Pacto de matrimonio (Casarse con un millonario 4)

Jennifer Probst
Jennifer Probst

Fragmento

cap-1

1

Podía considerarlo oficial. Era un desastre de persona.

Julietta Conte tenía la vista clavada en las paredes color crema de su casa, pero no veía nada. Era gracioso que jamás se hubiera tomado la molestia de colgar cuadros ni fotografías. Normalmente la perfección de las paredes, que no tenían agujeros ni marcas de clavos, la relajaba. Le recordaba el estilo de vida ordenado y controlado del que se sentía tan orgullosa. Esa noche, en cambio, la absoluta perfección de la pared le provocaba un vacío interior. Como si fuera una impostora. O un fantasma.

De sus labios brotó un sonido extraño. Había perdido el acuerdo comercial más importante que le habían ofrecido a la empresa familiar, pero a esas alturas no podía dejar de lado el sentido común. Tras un mes de indagaciones, de papeleo sin fin, de dormir poco y de asistir a ciertos eventos sociales, solo había conseguido el rechazo del hotel Palazzo. Y eso que estaba segurísima de que iba a triunfar. Además, aún le quedaba por delante el momento de comunicar el fracaso a su equipo por la mañana.

Mientras se arrebujaba con su bata de seda de color chocolate, atravesó la mullida alfombra en dirección a la moderna cocina para servirse una copa de Bolla. A su espalda oía el murmullo de la televisión, pero el silencio que reinaba en su casa parecía gritarle en los oídos.

¿Qué le pasaba esa noche? No era el primer acuerdo que perdía. No tenía por costumbre regodearse en los fracasos. Había aprendido a ser fuerte y a seguir adelante, hacia el siguiente puerto donde obtener beneficios. La verdad era que La Dolce Famiglia no atravesaba problemas financieros. Lo sucedido no era una cuestión de vida o muerte. Sin embargo, lo único que quería era dejar huella tanto en el mundo empresarial como en el familiar. Y a esas alturas ya ni siquiera podía lograr eso.

Oyó una molesta vibración. Cogió el móvil y leyó el mensaje de texto. Su hermana. Otra vez. ¿Era el tercer o el cuarto que le mandaba esa noche? «¿Lo has hecho?»

La impaciencia le crispó los nervios. Su hermana menor estaba felizmente casada con su amor platónico de toda la vida e insistía en que un ridículo hechizo de amor la había ayudado a conseguirlo. Ojalá. ¿No sería la vida más fácil si pudiera hacerse una lista de las cualidades que se buscaban en un hombre para quemarla en una fogata dedicada a la Madre Tierra y después sentarse a esperar? Por supuesto, tal como ella intentó explicarle, casi con toda seguridad no fuera cosa del libro, sino del hecho de estar destinados a acabar juntos. Carina se negaba a creerlo.

De modo que, durante su última visita, su hermana la obligó a coger el libro de tapas moradas y a jurar por su condición de hermanas que haría el hechizo. Carina creía que si lo hacía, el señor Adecuado llamaría a su puerta y su vida cambiaría. Tras una hora soportando un terrible maltrato verbal acerca de su incapacidad para ver más allá de las hojas de cálculo y vislumbrar el futuro, Julietta accedió, convencida de que su hermana olvidaría la ridícula conversación y pasaría página.

De eso hacía dos semanas. Veinte mensajes de texto. Doce llamadas telefónicas. Y no había visos de que el tema cayera en el olvido.

Sus dedos escribieron dos letras: «NO».

Sentía el sabor afrutado y fresco del vino en la boca. Abrió el frigorífico y sacó un racimo de uvas, tras lo cual regresó al salón para seguir rumiando el enfado. ¿Por qué nadie entendía ni aceptaba que una mujer soltera pudiera ser feliz? Porque era feliz. Muy feliz, joder. Pero desde que ese dichoso libro de tapas moradas llegó a sus manos a la fuerza, era víctima de una tortura sin fin. Carina juraba que el hechizo había funcionado tanto en el caso de Alexa como en el de Maggie, que habían encontrado a sus almas gemelas.

Se sintió abrumada por una oleada de desesperanza. Luchó contra el repentino pánico, respiró hondo y analizó fríamente sus emociones. Por supuesto, sus hermanos le provocaban cierta envidia. Todos ellos disfrutaban de matrimonios felices, y no dejaban de hablar de sus familias y de planear encuentros. A ella la veían como a la hermana soltera que debería entretenerlos con historias sobre relaciones fallidas y ardientes encuentros entre las sábanas.

El resplandeciente salvapantallas del portátil, que mostraba el logo de La Dolce Famiglia, parecía burlarse de ella. En vez de hablar de lo que sus hermanos querían, ella hablaba de números, de ventas y del siguiente trato que aumentaría todavía más el prestigio de la familia. Hasta su madre empezaba a mirarla con preocupación y tal vez incluso con un poco de lástima.

Mordió una uva con saña. El sabor ácido del jugo fue una explosión en su lengua. Merda. ¿Qué más daba? ¿No vivían en una época en la que las mujeres no necesitaban a los hombres? El sexo estaba sobrevalorado, y de todas formas era algo que no le interesaba. Su incapacidad para experimentar un orgasmo o para crear un vínculo profundo con un hombre había sido una fuente de frustraciones durante años, hasta que se juró cortar por lo sano esa parte de su vida a fin de conservar la cordura. Tal vez su mente ansiara el contacto físico, pero su cuerpo estaba hecho de hielo. Tras muchos intentos por sentir algo, lo que fuera, por los hombres, había cesado de quejarse y había empezado a vivir. Sin sexo.

Su piso elegante y moderno dejaba bien claro que era una mujer de éxito, rica y con clase. Aunque sus hermanas preferían el estilo cálido de la Toscana, ella se decantaba por la decoración moderna, ya que las líneas limpias le resultaban mucho más atractivas a su sentido del orden. La pintura clara de las paredes hacía resaltar las angulares mesas negras y de cristal, los divanes de color hueso y los cojines morados, todo ello en un espacio de techos altísimos. Los enormes ventanales permitían el paso de la luz durante el día y ofrecían unas vistas espectaculares por la noche, con la ciudad de Milán iluminada. Su cocina consistía en una barra con taburetes de cuero rojo y encimera de granito negro. No necesitaba una mesa grande, dado que siempre comía sola. Si salía algún dispositivo electrónico nuevo, se lo compraba de inmediato. Su casa contaba con lo último en tecnología, desde los distintos ordenadores con su velocísima conexión a internet hasta el enorme televisor y el sistema de sonido que permitía oír música en todas las estancias.

Aunque no poseía el estilo de su hermana Venezia en lo referente a la moda, sus trajes siempre eran de diseño y tenían un corte magnífico. Apreciaba la ropa bien confeccionada y nutría su lado más femenino con un vestidor lleno de cuero, ante, seda y satén. Con su sueldo podría haberse comprado una mansión, pero prefería su lujoso apartamento en el centro de Milán, cerca del trabajo, de la gente y de la actividad. Podría acabar volviéndose loca con el excesivo silencio de las montañas. Mientras seguía comiendo uvas, el móvil vibró de nuevo: «¿De qué tienes miedo?».

Cogió el teléfono e hizo lo impensable: pulsó el botón de apagado y castigó a su hermana de la única forma posible. La condenó al silencio.

Solo le tenía miedo al fracaso. Por suerte, había aprendido que el trabajo duro y el control férreo conducían al éxito. Lo único que había sido incapaz de cambiar era su cuerpo. De modo que había tomado la única resolución posible: aceptarlo y seguir adelante. En ese momento, los mensajes de texto de su hermana la carcomían por dentro.

Su mirada recorrió el salón y se posó en el libro. Las tapas forradas de tela parecían emitir una luz parpadeante, casi exigente, como si le suplicara que atravesara la estancia y se acercara. Lo había dejado en el estante de las biografías que tanto le gustaban, pero el extraño color morado se negaba a fundirse con los demás lomos. Tal vez fuera mejor echarle una ojeada y decirle a Carina que había realizado el hechizo. Así podría seguir adelante y dejar atrás ese tema tan ridículo.

Depositó la copa en una bandeja, se acercó a la estantería y sacó el libro, que parecía inofensivo por su pequeño tamaño. Hechizos de amor. Mmm... no aparecía el nombre del autor. Hojeó las delicadas y desgastadas páginas sin que de ellas surgieran volutas de humo mágico. Nada se agitó en la estancia ni tampoco sintió una ráfaga de viento frío.

Se sentó de nuevo y se recostó en los cojines. Qué raro. El libro estaba compuesto por un único hechizo: hacer una lista con las cualidades requeridas en el alma gemela. Eso no prometía ni el matrimonio ni un final feliz. Colocar una copia de la lista bajo el colchón. Quemar la original en una fogata. Entonar una especie de plegaria tonta a la Madre Tierra. Finito.

¿Nada más?

Meneó la cabeza, masculló algo entre dientes y cogió el libro de contabilidad que siempre dejaba junto al portátil. La tinta negra manchó las páginas blancas mientras escribía a gran velocidad, negándose a titubear. Esta vez no reflexionaría ni analizaría la situación. Era un desahogo emocional que solo se permitía en contadas ocasiones, una lista de todo lo que siempre había deseado en un compañero y que sabía que era imposible de encontrar.

No leyó la lista. Dobló dos veces cada hoja y colocó una debajo de su colchón. Acto seguido, regresó a la cocina. Tras sacar un cuenco de acero inoxidable, cogió una cerilla de un cajón y prendió fuego al papel.

Los bordes se arrugaron y se ennegrecieron. Agitó la mano para evitar que saltara el detector de humo y observó como desaparecía la lista. Sus labios entonaron la ridícula plegaria a la Madre Tierra. Iba a matar a su hermana por haberla convertido en una idiota, pero al menos había mantenido su palabra. Respiró profundamente un par de veces mientras el papel se consumía y en el cuenco solo quedaban las cenizas.

De repente, la invadió una sensación fatídica. Le dio un vuelco el corazón. ¿Por qué había escrito esa lista? Debería haberse limitado a exponer una serie de cualidades claras y precisas en vez de la descarnada debilidad que transmitían las palabras que había escrito en el papel.

No importaba. Nadie lo sabría ni lo sospecharía. Y puesto que la Madre Tierra no hablaba, estaba a salvo.

Cogió el móvil, lo encendió y escribió un mensaje: «Ya está hecho. A ver si me dejas tranquila».

Pasó un segundo y apareció una carita sonriente en la pantalla.

Gracias a Dios. Por fin podía retomar su vida y dejar ese episodio atrás.

Desterró el vacío que le atenazaba las entrañas y subió el volumen de la televisión para ponerle fin al silencio.

cap-2

2

Julietta se ajustó bien el nudo del chal verde salvia, se alisó la falda y abrió la puerta dorada de doble hoja. Acto seguido, caminó hasta el mostrador de la recepcionista, donde una señora mayor anotó su nombre y le pidió que esperara sentada. Mmm... Sorprendente. Pensó que encontraría a una chica espectacular con tacones de vértigo que le alegrara el mundo a su jefe durante el almuerzo. Muy mal por su parte haberse dejado llevar por esos prejuicios. A lo mejor Sawyer Wells la sorprendía para bien.

Se quitó la gabardina verde lima y dejó el maletín en el suelo. Las continuas llamadas de teléfono amenizaron su espera mientras inspeccionaba las lujosas oficinas de Wells Enterprises. En la pared principal se veía el logo gigantesco de la empresa, realizado en bronce pulido: W@E. La zona de recepción contaba con cómodos sillones de cuero y una alfombra azul oscuro. El inmenso escritorio de recepción estaba hecho de cristal y equipado con una gran variedad de dispositivos de última generación, así como con varios cajones y distintos compartimentos para organizar.

Julietta había hecho los deberes, pero no había servido de mucho. En una breve llamada a su cuñado Max este le informó de que Sawyer era amigo suyo, de que era un hombre de palabra y de que era un tiburón de los negocios. Su nombre era muy conocido en el mundo hotelero, y muchos hoteles de lujo trataban de tentarlo para que los dirigiera durante un tiempo. Sawyer llegaba, le daba la vuelta a la situación de los hoteles y se marchaba sin mediar palabra. Su cuartel general estaba emplazado en Nueva York, pero hacía diez meses que había abierto una oficina en Milán. Los rumores se extendieron por el sector como la pólvora. Julietta estaba segura de que el famoso Hotel Principe di Savoia vigilaba sus pasos. Ese hombre poseía un currículo impecable, y todo lo que tocaba lo convertía en oro, aunque a su llegada estuviera al borde de la bancarrota.

La misteriosa llamada telefónica la había pillado por sorpresa. ¿Por qué quería verla un lunes a las nueve y media de la mañana el gurú de los hoteles? Había intentado recabar información, pero una voz cortante le advirtió de que solo tendría esa oportunidad para reunirse con Sawyer y de que él le expondría el motivo de la reunión en persona.

Julietta aborrecía los secretos y las negociaciones comerciales envueltas en misterio. Había accedido a encontrarse con Sawyer, pero empezó a investigar sobre él de inmediato. Era curioso que un hombre tan poderoso, que había viajado por todo el mundo salvando hoteles de lujo, careciera de pasado. Daba la impresión de que había sido un fantasma hasta los veintipocos años. La última década mostraba su rápida ascensión al poder, pero no encontró nada de interés ya que la prensa parecía muy contenta con airear su agitada vida amorosa. Claro que, siendo un empresario de éxito, era de esperar que tuviera a su espalda una larga ristra de conquistas. A ella le traía sin cuidado con quién se hubiera acostado y cuándo. Solo le importaba lo que quería de su empresa. Por desgracia, Max solo le había aconsejado que se reuniera con él, y le había jurado que desconocía las intenciones de su amigo.

—Señorita Conte, puede pasar.

Julietta sonrió y cogió su maletín Pineider. La guiaron por un corto pasillo hasta llegar a una puerta de madera de cerezo tallada. Estaba a punto de girar el pomo cuando la puerta se abrió sin emitir el menor ruido. Sintió un escalofrío en la espalda y titubeó. Qué raro... tenía la impresión de que si atravesaba esa puerta, su vida jamás volvería a ser la misma. Era como si la estuvieran invitando a entrar en una casa encantada cuyo dueño ansiara arrebatarle el alma.

—Adelante.

Fue un susurro ronco y grave que le acarició los oídos. Dio los tres pasos necesarios para entrar y la puerta se cerró en silencio tras ella.

Aferró el maletín con fuerza. ¿Qué le pasaba? Por regla general dominaba los encuentros de negocios desde el primer momento, pero en ese caso parecía estar anclada al suelo mientras miraba sin pestañear al hombre con más atractivo sexual que había visto en la vida.

Con razón su recepcionista era una señora mayor. Era imposible que una mujer trabajara para él sin que tartamudeara y tropezara constantemente en sus esfuerzos por complacerlo. Su santuario privado estaba amueblado con maderas oscuras, tonos de color vino y molduras doradas. La pared que tenía a la espalda contaba con una estantería que llegaba hasta el techo y en sus baldas se alineaban incontables libros, extrañas figuras y esculturas realizadas en distintos materiales. Mármol pulido, plata bruñida, cobre retorcido. La pared de la izquierda estaba pintada de rojo y mostraba una variedad de cuadros de tinte erótico. Aunque ansiaba investigar a fondo esas obras de arte, se guardó la información para futuras indagaciones. El escritorio de madera de cerezo ocupaba la mitad del espacio en su afán por intimidar. Debían de haber colocado su sillón sobre una peana que lo elevara, porque era imposible que un hombre fuera tan alto. El hombre en cuestión la observaba encaramado a su trono rojo de piel, y bajo ese escrutinio tan alejado de las habituales cortesías y saludos se sintió desnuda. Expuesta. Y un tanto vulnerable.

Sawyer tenía el pelo rubio y ondulado, con tantos matices en él que la luz jugueteaba con los distintos mechones creando la ilusión de que tenía un halo alrededor de la cabeza. Dicho halo le acariciaba los hombros y tentaba a una mujer para que enterrara los dedos en esos largos mechones mientras él la devoraba. Catalogó sus rasgos en una lista pormenorizada: cejas elegantes y curvadas; pómulos afilados; barbilla fuerte con un hoyuelo. Esos ojos debieron de ser regalo de un ángel o del mismo Dios, porque parecían oro puro y eran capaces de penetrar cualquier superficie con su resplandor. Tan sorprendentes como un tesoro oculto, esos ojos veían cosas que ninguna mujer quería revelar. Estaba segura de que la mayoría de las mujeres tenía pocas alternativas al respecto. Ese hombre tomaba lo que quería y como lo quería sin pedir disculpas.

Y después los ángeles regresaron al cielo entre alaridos y lo abandonaron en el infierno.

Su boca era un festín sensual cincelado con un rictus malicioso que exudaba sexo ardiente sin reglas. Una brutal cicatriz desfiguraba la parte derecha de su rostro, desde la ceja hasta la barbilla. Era un corte limpio. Se imaginó la navaja desgarrándole la piel e intentó no demostrar la menor compasión. Ese hombre no la necesitaba.

La mezcla entre el ángel y el demonio atraía a las mujeres como el Flautista de Hamelín. Sintió que sus terminaciones nerviosas cobraban vida de repente. Menos mal que los hombres no la afectaban. De lo contrario, estaría calcinada antes incluso de sacar a colación el tema de la reunión. Enderezó los hombros y enfrentó su mirada sin titubear.

—Buenos días, señor Wells. Es un placer conocerlo.

Acortó la distancia que los separaba y le tendió la mano. Él se puso en pie y rodeó con la suya la que le ofrecía. El apretón fue impersonal y al mismo tiempo íntimo. Tenía la piel cálida y áspera al tacto, y sintió que su mano la engullía como si quisiera reclamarla por entero según sus propios términos.

Sorprendida por el extraño rumbo de sus pensamientos, retiró la mano sin darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Esos maravillosos labios esbozaron una sonrisa torcida, pero no supo si era burlona o si de verdad el gesto le había hecho gracia. Fuera lo que fuese, la cabreó. Percibió de inmediato que ese hombre estaba acostumbrado a ganar. Se sentía cómodo consigo mismo. La humanidad lo entretenía, como si estuvieran interpretando una obra en un escenario en la que él se negaba a participar. Mmm... Necesitaba pasar a la ofensiva cuanto antes. Una actitud defensiva lo aburriría al instante y no la llevaría a ningún lado. Se sentó, cruzó las piernas y se acomodó en el sillón con una pose cordial que distaba mucho de ser genuina.

—Veo que le gustan los juegos.

Sawyer ladeó la cabeza. La sorpresa que apareció en sus ojos la ayudó a controlar su temperamento.

—Depende del juego —replicó Sawyer.

Ella le ofreció una sonrisa distante.

—El ajedrez —puntualizó al tiempo que señalaba las preciosas figuras talladas de un rey y una reina que flanqueaban los impresionantes libros con tapas de cuero de un estante. Las piezas, esculpidas en ébano y marfil, tenían unos detalles exquisitos y le otorgaban la imagen de un hombre interesado en los desafíos mentales—. Son muy bonitas.

Sawyer apoyó los codos en la pulida madera del escritorio y unió los dedos de ambas manos. Julietta se negó a acobardarse bajo esa mirada que amenazaba con penetrar su superficie. Cuando por fin habló, su voz ronca acarició ciertos lugares recónditos que ella ni siquiera sabía que poseía.

—¿Juega?

—No.

—¿Por qué?

Julietta contestó con voz cortante:

—Los juegos no me interesan. Prefiero un intercambio directo de información que produzca un beneficio mutuo.

Él enarcó una ceja dorada.

—Sin embargo, es la directora ejecutiva de una empresa importante. Debe ser consciente de que siempre hay un ganador y un perdedor.

Ah, sí. Le gustaban los enfrentamientos verbales. Una vibrante satisfacción recorrió su cuerpo. Qué raro le resultaba encontrar un hombre con el que discutir de tú a tú sin que se asustara. La mayoría se acobardaba al escuchar su gélido tono o alzaba la voz en un intento por ganar la discusión. No, ella prefería un intelecto sutil, tan afilado y cortante como la espada de un samurái. Eludió su ataque con su respuesta.

—Si se hace bien el trabajo, el oponente ni siquiera es consciente de que ha perdido.

—No estoy de acuerdo. Si el oponente es digno, siempre será consciente de que una parte ha quedado por encima de la otra. Hay que robar la reina para ganar el juego.

Julietta abrió el maletín, como si le aburriera el rumbo de la conversación. El crujido de los papeles puso fin al palpitante silencio y se dio cuenta de que le sudaban las palmas de las manos. Qué raro. Pero no eran nervios. Era otra cosa que no alcanzaba a comprender.

—Las reinas pueden ser sacrificadas. Es una pieza poderosa, pero en realidad todo el peso recae sobre el rey. Con un plan B astuto, la reina no tiene por qué arruinar la partida.

Los ojos de Sawyer se oscurecieron. Ah, sí, era imposible que una mujer pudiera trabajar para él. Debería prestar su imagen como ejemplo de lo que había que evitar para no acabar embarazada en la adolescencia. Poseía el equilibrio justo entre luz y oscuridad para que una mujer se sintiera tentada de saltar al vacío abandonando la razón, sin importar lo dolorosa que fuera la caída. Por suerte, ella detestaba las alturas y las evitaba a toda costa.

—Creía que no jugaba al ajedrez.

—Y no lo hago. —Alzó la barbilla—. Pero eso no significa que no conozca las reglas. Por si acaso.

La risa ronca de Sawyer flotó por la estancia y la acarició entre las piernas. Reconoció la reacción física de su cuerpo aunque su mente se mantuvo distante.

—Julietta Conte, es usted una mujer fascinante. —Pronunció su nombre dándole un nuevo significado. Por regla general, cada vez que oía su nombre en la junta directiva daba un respingo. En el mundo empresarial muchos hombres usaban el romanticismo o la intimidad para denigrar a las mujeres. Pero Sawyer hablaba con un respeto teñido de una clara sensualidad, y eso la desequilibraba—. Me alegro de haber seguido mis instintos y convertirla en la primera persona a la que le ofrezco trabajar para mí.

Julietta cerró el maletín y lo dejó en el suelo, tras lo cual ojeó el informe en un deliberado juego de poder.

—Aunque le agradezco ser la primera en hablar con usted, preferiría conocer los detalles de la oferta. Detesto perder la mañana con una negociación poco merecedora de mi tiempo. Estoy segura de que lo entiende, señor Wells.

—Sawyer. —Apoyó la barbilla en la punta de los dedos—. Al fin y al cabo, conozco a toda tu familia. Soy un gran amigo de tu cuñado. Lo menos que podemos hacer es tutearnos.

—De acuerdo.

—Dilo.

Julietta alzó la vista.

—¿Cómo?

Entre ellos se produjo un instante de tensión, como si estuvieran enzarzados en un juego preliminar cuyas normas desconocía.

—Mi nombre —respondió él en voz baja—. Que digas mi nombre.

Julietta parpadeó. Una oleada de calor la recorrió por entero provocándole cierto picor en la piel. Sintió que el estómago le daba un vuelco antes de asentarse de nuevo. No quería hacerlo y pretendió restarle importancia al extraño momento, de modo que abrió la boca, si bien sus labios parecieron responder a su orden sin rechistar.

—Sawyer.

Se escuchó pronunciando su nombre y se puso de vuelta y media por el desliz. Se percató de la satisfacción y de algo más profundo que cruzaban por el rostro de Sawyer, pero él se limitó a asentir con la cabeza.

—Gracias.

Julietta carraspeó y se concentró de nuevo en el informe.

—Ahora que ya nos hemos presentado formalmente, me gustaría avanzar. Parece que tu reputación te precede.

—Espero que para bien —replicó él.

—En su mayor parte.

Otra carcajada.

—Eres muy distinta de los demás miembros de tu familia —comentó Sawyer.

Julietta decidió pasar por alto la dolorosa herida y logró esbozar una tensa sonrisa.

—Espero que para bien.

Él frunció el ceño y se inclinó hacia delante.

—¿Te ha molestado el comentario? Solo me refería a que tu dedicación ha demostrado ser un activo muy valioso para Michael. Tus hermanas no estaban preparadas para llevar las riendas del negocio. Tienen mucha suerte de contar contigo.

La herida se cerró y acabó convirtiéndose en un leve moratón. ¿Por qué parecía tan preocupado por la posibilidad de molestarla? Daba la impresión de que poseía la cualidad de meterle el dedo en las llagas más sangrantes sin pretenderlo, exponiendo sin querer sus más profundas inseguridades. Era como si ansiara saberlo todo.

—Por supuesto que no me molesta. Tengo mucha suerte de poder dirigir La Dolce Famiglia. No había caído en la cuenta de que conoces a casi toda mi familia.

El rictus adusto de su rostro se suavizó y mostró el afecto que sentía por ellos.

—Max y yo nos movíamos en los mismos círculos y acabamos conectando. Me ha hablado mucho de Venezia, y el año pasado tuve la suerte de conocer a Carina en Las Vegas. Asistí a su boda.

El recuerdo de los apresurados esponsales de su hermana resurgió de repente. No tuvo tiempo de viajar y siempre se había arrepentido de no haber asistido. Su madre fue el único miembro de la familia que estuvo presente. Sin embargo, la idea de que Sawyer hubiera sido testigo de una ceremonia tan íntima la irritaba.

—Interesante —murmuró—. ¿Conoces a mi madre?

Su rostro se despejó de toda expresión y se convirtió en un lienzo en blanco.

—Tuve el placer de conocer a tu madre hace muchos años. La respeto muchísimo.

Tras esas palabras se escondía una historia, pero supuso que ese hombre era un experto en guardar secretos. Hizo un gesto para que su atención se centrara en la carpeta que tenía en su regazo.

—Parece que me llevas ventaja. Mis datos comienzan en la época en la que empezaste a dirigir hoteles para transformarlos en empresas lucrativas. No he encontrado mención alguna sobre tu familia, tu lugar de nacimiento u otra cosa. Es como si no hubieras existido hasta cumplir los veintitrés años.

La oscuridad apareció de repente y engulló la luz de sus ojos, dorados como el whisky. Julietta contuvo la respiración al vislumbrar la rabia y el dolor descarnado, pero las emociones desaparecieron con la misma rapidez con la que habían aparecido.

—Así es —replicó—. Y con eso te basta.

Julietta respetaba sus demonios interiores. Al fin y al cabo, ella tenía los suyos. Asintió despacio con la cabeza.

—Con eso me basta.

Sawyer sonrió. Sus dientes eran tan blancos que deslumbraban, pero estaban un tanto torcidos, un defecto que evitaba que fuera excesivamente guapo.

—Bien. Vamos a hablar de negocios. Tengo una propuesta. Una especie de fusión —dijo él.

Julietta cruzó los brazos por delante del pecho y guardó silencio. Sawyer parecía intrigado por su control y su paciencia. Se preguntó con qué tipo de mujer estaría acostumbrado a lidiar en su mundo.

—Estoy a punto de anunciar la creación de mi propia cadena de hoteles de lujo. Llevo unos cuantos años comprando propiedades en las mejores zonas de las ciudades más importantes de Europa y de Estados Unidos. El plan es ambicioso y comenzará con la apertura de los hoteles de Milán, Roma, Venecia y Florencia. Después pasaré a Inglaterra, donde habrá tres establecimientos incluyendo el de Londres. Luego a Estados Unidos, donde construiré hoteles en Nueva York, Los Ángeles y Chicago. —Esperó en silencio a que ella dijera algo, pero Julietta no abrió la boca—. La cadena hotelera se llamará Purity. Llevo años trabajando en el concepto; un sueño por decirlo de alguna manera, y tengo listo a un equipo para empezar a trabajar. He decidido comenzar en Italia por distintos motivos. Las estadísticas demuestran que el turismo es importante en las ciudades elegidas y que muchos exigen algo más, sobre todo los estadounidenses. Combinaré una línea de spas y de restaurantes exclusivos. Prefiero trabajar con proveedores específicos que puedan firmar un contrato de exclusividad conmigo. Mi intención es que la gente con la que haga negocios trabaje para algunas de las empresas más prestigiosas del mundo. Los turistas soñarán con experimentar las vivencias únicas que pueda ofrecerles Purity. Albornoces de lujo, zapatillas, toallas, camas y sábanas. Similar a Frette, pero hemos creado una línea nueva de la que Armani no puede jactarse. El cliente deseará rodearse de todo aquello que toque. El segundo elemento está formado por los spas y los restaurantes. Ya he firmado contratos para incorporar los mejores menús y las mejores técnicas de relajación del mundo. Los dos chefs que he robado han rechazado contratos televisivos para venirse conmigo. El tercer componente, las exquisiteces: joyerías de artículos de oro, joyas personalizadas, las mejores firmas de moda y, por supuesto, repostería.

Julietta se inclinó un poco hacia delante. El corazón le latía a mil mientras esperaba sus siguientes palabras.

—Quiero contratar a una cadena de pastelerías que puedan proveer un servicio de catering exclusivo a todos los hoteles Purity. En dicho servicio se incluyen eventos de todo tipo además de bodas. Necesito una pastelería exclusiva y de prestigio capaz de surtir a todos los restaurantes, al servicio de habitaciones y a un establecimiento a nivel de calle para las compras compulsivas.

La mente de Julietta intentaba abarcar todas las posibilidades. El plan era arriesgado. Y una locura dada la situación económica del momento. Sin embargo, la simplicidad del contrato en exclusiva y las localizaciones eran una genialidad. Si todo funcionaba, Sawyer podría lanzar una de las marcas más exitosas del mundo. Hizo un mohín mientras pensaba.

—¿Los chefs que has contratado entienden los términos? La mayoría intenta hacerse con el control de toda la comida, incluyendo los dulces.

—Todos conocen las reglas. No quiero un chef de renombre capaz de hacer un buen postre o un chef repostero. Necesito una cadena que ya funcione y que pueda ofrecerles a mis clientes lo que quieren a través de canales diversos. Y quiero lo mejor. La Dolce Famiglia es lo mejor.

Sintió un inmenso placer, pero lo desterró. Ese hombre era un genio, pero hacía mucho que había aprendido que en los acuerdos espectaculares la letra pequeña escondía trampas.

—Estoy impresionada. Por supuesto tendré que ver tus planes de desarrollo, el calendario y los emplazamientos para decidir si algo así nos conviene.

—Por supuesto.

—La estimaci

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