Prólogo
27 de junio, Boston, Massachusetts
Debido a la inclinación del eje de la Tierra, el amanecer del 27 de junio llegó con rapidez a Boston, Massachusetts, en claro contraste con las mañanas más frías de invierno, cuando la trayectoria del sol quedaba baja sobre el cielo del sur. Desde las 4.24, una luz veraniega cada vez más brillante llenaba con premura las calles del Italianate North End, los estrechos senderos del elegante Beacon Hill y los anchos bulevares de la señorial Back Bay. Exactamente a las 5.09, el disco solar al completo apareció en el horizonte sobre el océano Atlántico e inició su ininterrumpido ascenso por el despejado cielo matinal.
De los diversos capiteles del Boston Memorial Hospital, el BMH, el primero que recibió los rayos dorados fue el más alto del Stanhope Pavilion, el pabellón central de veintiún pisos. La moderna torre de cristal era la novedad más reciente del batiburrillo de estructuras que constituían el hospital universitario especializado de Harvard, que se elevaba sobre el puerto de Boston. Su silueta definida contrastaba enormemente con los viejos edificios bajos de ladrillo, cuya antigüedad se remontaba a más de ciento cincuenta años.
El vanguardista Stanhope Pavilion contaba con todos los elementos de cualquier hospital moderno, incluida una zona de veinticuatro quirófanos de última generación, los «quirófanos híbridos del futuro», cada uno de ellos equipado con la tecnología más puntera y con el aspecto de haber sido diseñado como un decorado de Star Trek, nada que ver con los quirófanos estándares más antiguos. El complejo lo formaban dos conjuntos de doce quirófanos dispuestos en torno a dos puestos de mando centrales. Unas ventanas permitían a los supervisores ver el interior de cada quirófano, además de a través de las imágenes ampliadas de los monitores.
Dentro de cada uno de estos quirófanos híbridos, en los cuales podían llevarse a cabo gran variedad de operaciones, desde cirugía cerebral hasta operaciones cardíacas o trasplantes rutinarios de rótula, había varios aparatos enormes colgados del techo a los que se accedía con comodidad, que representaban lo más puntero de la tecnología médica. Gracias al sistema de suspensión, se podía disponer al instante de cualquier equipo, a la vez que el suelo se dejaba libre para facilitar el movimiento del personal y acelerar las transiciones entre procedimientos. Uno de los soportes sostenía el equipo de anestesia; otro, un equipo de perfusión cardiopulmonar; el tercero contaba con un microscopio funcional y, por último, un sistema de arco en C que incluía un escáner biplano que, mediante una combinación de luz infrarroja y rayos X, generaba imágenes tridimensionales en tiempo real de la estructura interna del cuerpo humano. Cada quirófano contaba además con varias filas de pantallas de vídeo de alta definición conectadas al sistema de información clínica del hospital, que permitían que se vieran a la vez los datos de los pacientes y otras imágenes de interés médico, como las de rayos X, y que se activaban al instante por voz.
La razón de contar con este equipamiento ultramoderno y tan desproporcionadamente caro obedecía al propósito de incrementar la rapidez y eficacia de los procedimientos quirúrgicos y aumentar la seguridad del paciente. Sin embargo, en aquel hermoso día de finales de junio, toda aquella brujería tecnológica y diseño racional no iban a constituir una garantía contra las consecuencias involuntarias y los fallos humanos. Pese a la buena intención de los entregados trabajadores del departamento de cirugía del BMH, en el quirófano híbrido número ocho de Stanhope se estaba fraguando un desastre humano.
Tan pronto la luz inundó la entrada para vehículos del Stanhope Pavillion a las 5.30 de la mañana, empezaron a aparecer coches y taxis en fila ante la entrada porticada, y al abrirse las puertas se apeaban pasajeros con bolsas para pasar la noche. No había mucha conversación entre estos pacientes inminentes y los familiares que los acompañaban, mientras entraban en el hospital y subían en ascensor hasta la sección de admisiones diurnas de la cuarta planta. Hubo un tiempo, años atrás, en que se admitían pacientes el día antes de la operación, pero la práctica había quedado casi relegada al olvido por culpa de lo que dictaban las aseguradoras; aquella noche de más en el hospital se consideraba demasiado cara.
La primera remesa de pacientes representaba las primeras operaciones del día. Aquellos que habían sido programados como casos «de seguimiento» se les exigía que llegaran dos horas antes de lo que estipulara el horario. Aunque la duración de las operaciones podía calcularse de antemano hasta cierto punto, la estimación nunca era cien por cien segura. Si se producía un error de coordinación siempre redundaba en beneficio del hospital, no de los pacientes. A veces estos se veían obligados a pasar largas horas en las zonas de espera; para algunos esto suponía un problema, porque obligaban a todos a estar en ayunas desde la medianoche anterior a la operación; solo podían beber agua, y poca.
Aquel día, uno de los casos «de seguimiento» era una reparación de hernia inguinal abierta a la que tenía que someterse un hombre fortachón de cuarenta y cuatro años, sano, inteligente y sociable, llamado Bruce Vincent. Como el procedimiento tenía previsto empezar a las 10.15, le habían dicho que se presentase en el área de admisiones quirúrgicas a las 8.15. A diferencia de otros pacientes del día, no le preocupaba la inminente operación. Su indiferencia —en comparación— no se debía solo a la relativa simplicidad de la intervención; tenía más que ver con lo familiarizado que estaba Bruce con el BMH. Para él, el hospital no era un inframundo misterioso y siniestro, porque llevaba veintiséis años yendo allí casi cada día. Lo habían contratado nada más graduarse en el Instituto de Charleston, donde se había hecho popular gracias al deporte, para unirse al departamento de seguridad. Había sido una herencia simbólica: la madre de Bruce había sido auxiliar de enfermería en el hospital durante toda su vida, y su hermana mayor era una de las enfermeras con título.
Con todo, el hecho de ser empleado del hospital y de estar acostumbrado al entorno no era lo único que le hacía mantener la sangre fría aquella mañana. Estaba tan tranquilo porque, tras veintiséis años de profesión, se había hecho amigo de casi todo el mundo: médicos, enfermeras, administradores y personal de apoyo. En el ínterin, había aprendido muchísimo de medicina, sobre todo de medicina hospitalaria, hasta el punto de que los empleados del hospital decían en broma que se había graduado en la inexistente facultad de medicina del BMH. Bruce era capaz de mantener una conversación sobre una técnica quirúrgica con cirujanos ortopédicos, sobre la mala praxis con los de administración y sobre la dotación de personal con las enfermeras. Y lo hacía con frecuencia.
Cuando le dijeron que le tendrían que administrar anestesia espinal para una operación de hernia que a lo sumo duraría una hora, ya sabía perfectamente lo que era la anestesia espinal y por qué era más segura que la general. No había ningún misterio en aquello. Y además, tenía confianza plena en su cirujano, el legendario William Mason. También sabía que el voluble doctor Mason, a quien llamaban a escondidas «el Salvaje Bill», era uno de los cirujanos con más renombre del hospital. El propio doctor Mason se encargaba de mantener aquella reputación y de que se supiera que cada semana atendía a pacientes que venían de todas partes del mundo para encomendarse a sus habilidosas manos y para añadirse su increíble historial de éxitos. Mason era catedrático de cirugía en Harvard, jefe del departamento de cirugía gastroenterológica y director asociado del afamado programa de residencia quirúrgica del BMH. Su subespecialidad era la agotadora cirugía del páncreas, un órgano encajado en lo más profundo del abdomen que era especialmente difícil de operar debido a su consistencia, su función digestiva y su ubicación.
Cuando Bruce contaba que era Mason quien lo iba a operar de la hernia, todos se sorprendían. Era bien sabido que Mason no había llevado a cabo ninguna reparación de hernia desde que había sido residente de cirugía hacía treinta años. Se jactaba de dedicarse solo a las operaciones de páncreas más complejas y difíciles. Algunos se habían quedado perplejos hasta el punto de preguntarle a Bruce cómo había logrado lo imposible: que el doctor Mason se dignara a efectuar una operación tan nimia, apta para un neófito y tan impropia de su dignidad. Y Bruce lo había explicado con alegría.
Año tras año, Bruce había ido ascendiendo de forma paulatina en el departamento de seguridad gracias a su dedicación absoluta al hospital y a su personalidad extrovertida. Bruce Vincent adoraba su trabajo, y todos adoraban a Bruce Vincent, por su actitud y por el hecho de, en apariencia, conocer a cada uno por su nombre. También les gustaba que fuera padre de familia, que se hubiera casado con otra empleada alegre y popular del BMH, que trabajaba en el servicio de catering. Habían tenido cuatro hijos; uno de ellos era apenas un bebé. Y como las fotos de los hijos de los Vincent estaban siempre colgadas en el tablón de avisos de la cafetería, a toda la comunidad médica del centro le parecía que eran la familia del hospital por excelencia.
Aunque Bruce había gozado de gran popularidad desde el principio, esta se disparó cuando le asignaron la difícil tarea de gestionar la zona de aparcamiento. Gracias a su esfuerzo, unas dificultades que parecían insalvables se esfumaron, sobre todo cuando convenció a la junta directiva de que se construyera un aparcamiento de varios pisos para médicos y enfermeras, dentro de las obras del Stanhope. La guinda del pastel era que Bruce no se encerraba en su cubículo de «amo del aparcamiento», sino que siempre estaba al pie del cañón desde el alba hasta bien entrada la tarde, con su sonrisa y su comentario personalizado. Siguiendo su ejemplo, los demás empleados del aparcamiento trabajaban con la misma dedicación y simpatía. Con su capacidad de supervisarlo todo, Bruce había conseguido entablar amistad con el doctor William Mason, por lo demás bastante solitario.
Cuando Mason se había comprado su Ferrari rojo, cuatro años atrás, todo el hospital se había enterado. Circularon algunas insinuaciones subrepticias sobre la crisis de los cuarenta, porque aparte de aquel deportivo chillón, se había puesto muy pegajoso con algunas de las mujeres más jóvenes y atractivas del departamento de cirugía; sobre todo enfermeras, pero también con una de las residentes. Bruce se enteró por cotilleos de la conducta de Mason y de sus comentarios subidos de tono, pero los atribuyó a la envidia. En cuanto al Ferrari, en lugar de considerarlo inadecuado o fuera de lugar entre los monótonos y conservadores Volvos, Lexus, BMW y Mercedes, Bruce lo puso por las nubes y se ofreció a aparcarlo personalmente para que no se abollara. Así pues, cuando su médico de cabecera de Charleston le dijo que debía someterse a una operación de hernia —que le había dado la lata de vez en cuando pero que ahora le ocasionaba molestias por momentos, sobre todo a su sistema digestivo—, se limitó a preguntarle a Mason si la llevaría a cabo él. Bruce le soltó la pregunta de improviso, cuando Mason le dio las llaves del Ferrari. Para sorpresa de todos —incluido Bruce, como más tarde confesó— Mason se mostró conforme al momento, y le prometió que, cuando quisiera, le haría un hueco en su apretada agenda llena de famosos, magnates, aristócratas europeos y jeques árabes.
Aunque le habían dado la cita aquella misma mañana, Bruce se había presentado en la oficina a las cinco, como cualquier otro día. Y tal y como llevaba años haciendo, fue saludando a los empleados según iban llegando. Hasta aparcó el Ferrari de Mason. Este se quedó bastante sorprendido al verlo, y se lo comentó, preocupado por si le estaba fallando la memoria.
—Tengo la operación programada en segunda ronda, así que no me tengo que presentar en admisiones hasta las ocho y cuarto —se limitó a explicar Bruce.
Pero la dedicación profesional de Bruce acabó teniendo consecuencias justo aquella mañana: tras gestionar un problema causado por un empleado, que no se había presentado a trabajar y no había avisado, llegó tarde al área de admisiones quirúrgicas del Stanhope 4.
—Llega usted con casi cuarenta minutos de retraso, Bruce —le dijo nerviosa Martha Stanley. Era la jefa de la sección de admisiones de cirugía. No solía registrar ella misma las entradas, pero había estado esperando a que Bruce apareciera—. Tenías que haber llegado a las ocho y cuarto. Ya nos han llamado de quirófano para saber dónde leches estabas.
—Perdone, señorita Stanley —le contestó él, tímido—. Me ha retenido un problema de personal en el aparcamiento.
—Quizá no debería haber trabajado hoy —le recriminó Martha con un gesto de desaprobación.
La había sorprendido verlo vestido de uniforme cuando había entrado en el garaje aquella mañana, enterada como estaba de que tenía programada una operación de hernia inguinal. Abrió su fichero y examinó el contenido para comprobar que su historial y su último chequeo seguían allí, así como un análisis de sangre reciente y un electrocardiograma. Observó luego la pantalla del ordenador para cerciorarse de que constaba la misma información.
—Por si no lo sabe, el doctor Mason no soporta tener que esperar, y esta mañana le quedan aún dos operaciones de cáncer de páncreas para los pacientes VIP.
Bruce puso una expresión de remordimiento, casi de sufrimiento.
—¡Lo siento! Seguro que detesta esperar. A lo mejor podemos acelerar el ingreso; no es una operación complicada, solo una hernia.
—Cada operación es importante y ha de ceñirse a las normas —masculló Martha mientras registraba la entrada—, pero será mejor que le metamos en quirófano más pronto que tarde. No habrás comido nada, ¿verdad?
—Me ponen anestesia espinal —replicó Bruce—. Un colega del doctor Mason, el doctor Kolganov, me lo dijo cuando me sometió al chequeo y redactó mi historial.
—Da igual lo que le hayan programado. ¿Ha comido? Le dijeron que nada de comer después de medianoche. Es lo mismo para todo el mundo.
—No; va bien. Que empiece el espectáculo.
Bruce se miró el reloj y el corazón le dio un vuelco. De pronto lo invadió el temor de que Mason cambiara de opinión y se negase a operarle. Y era lo último que quería.
—Vale —admitió Martha con un punto de reticencia—. Tanto el historial como el examen que le ha hecho el colega del doctor Mason han sido negativos, así que quizá podamos evitar que el residente de cirugía vuelva a examinarlos y dé su opinión. Durante la última media hora ha habido una especie de avalancha de visitas, así que está desbordado y tardaría un buen rato en visitarlo. ¿De qué lado lo van a operar?
—Del derecho —contestó Bruce.
—¿Alergias?
—Ninguna.
—¿Lo han anestesiado alguna vez?
—No, nunca he estado ingresado en un hospital.
—Fantástico.
Martha llamó a uno de los auxiliares que se encargaban de llevar a los pacientes a los cambiadores, donde se quitaban la ropa y se ponían la bata de hospital. Le tendió a Bruce su fichero personal.
—Suerte —le deseó—. Y para la próxima, ¡sea puntual!
Bruce levantó un pulgar en gesto de aprobación y esbozó una sonrisa culpable antes de seguir al auxiliar.
Tras haberse desnudado y conseguir ponerse la bata de hospital, Bruce se quedó tumbado en una camilla y se tapó con una sábana hasta las axilas. Apareció otra enfermera, vestida con uniforme de cirujana; una de las pocas a las que no conocía. Se presentó como Helen Moran y le preguntó lo mismo que Martha. Luego le dibujó una X con rotulador permanente en la cadera derecha, tras haber confirmado de qué lado tenían que operarlo.
—Tengo órdenes de trasladarlo con la máxima rapidez —le aseguró—. Avisaré a anestesia de que va de camino; han estado buscándolo.
Bruce asintió. Se sentía cada vez más avergonzado de haber llegado tarde al área de admisiones, y agradecido por la atención adicional que le estaban prestando por ello. Se imaginó que era debido en gran parte al hecho de que su cirujano fuese el doctor Mason. Justo cuando Helen se marchó, apareció un camillero que desbloqueó la camilla y la condujo por el pasillo. Se llamaba Calvin Wiley. Bruce no lo conocía, pero Calvin a él sí.
—Es usted un famoso —le dijo Calvin mientras guiaba la camilla por la tortuosa ruta que los conducía hasta los quirófanos—. Me dijeron que Mason lo iba a operar y que tenía que llevarlo hasta la sala de espera de preoperatorio.
—Casi un famoso —matizó Bruce, complacido. Tal y como había previsto, que Mason fuera su cirujano era una ventaja importante. Solo esperaba que su retraso no lo mandara todo al traste.
Calvin dejó a Bruce en la zona de espera preanestésica, en un cubículo enmarcado por cortinas. Apenas se marchó, aparecieron dos enfermeras: Connie Marchand y Gloria Perkins. Bruce las conocía a ambas, porque las dos iban y volvían del centro en coche. Tras un poco de charla, centrada sobre todo en los hijos de Bruce, Gloria se marchó. Connie revisó los papeles, comprobó la marca de la cadera derecha de Bruce y le repitió las mismas preguntas que le habían hecho Martha y Helen. Satisfecha de encontrarlo todo en orden, Connie le dio a Bruce un apretón cariñoso en el brazo y dijo que iba a anunciar su llegada a los anestesistas.
—Me imagino que alguno de los anestesistas estará al llegar —dijo—. Ya nos han llamado varias veces preguntando por usted. Al doctor Mason no le gusta esperar.
—Estoy al tanto —reconoció Bruce—. Mea culpa, ¡lo siento! He llegado un poco tarde al área de admisión de cirugía. ¿Irá todo bien?
—Debería —le aseguró Connie.
Unos minutos después, se descorrió la cortina y una mujer joven de ojos azules y claros y cutis bronceado se plantó junto a Bruce. Se presentó, directa y simpática, como la doctora Ava London, del equipo de anestesistas, y añadió:
—Señor Vincent, estaré junto al doctor Mason esta mañana, cuidando de usted. Me he enterado de que es usted bastante popular y de que esas fotos tan bonitas del tablón de anuncios de la cafetería son de sus hijos.
—Controlo el aparcamiento del hospital —explicó Bruce, a quien la atractiva y cercana anestesista ya le caía bien—. Me sorprende no conocerla. ¿Es usted nueva?
—Más o menos —admitió Ava—, aunque ya casi son cinco años.
—Entonces no es nueva —apuntó Bruce, un poco dolido, pues se enorgullecía de conocer al personal del centro médico—. Me imagino que no usará usted el aparcamiento.
—No me hace falta; puedo venir andando —explicó Ava examinando los papeles de la carpeta que había a los pies de la camilla de Bruce—. Vivo aquí cerca, en Beacon Hill.
Al instante, Ava advirtió que faltaba la conformidad de un residente que no fuera de primer año de cirugía. Le preguntó a Bruce por qué.
—A Martha Stanley le pareció que no hacía falta, porque el compañero del doctor Mason ya se había ocupado del historial y de mi chequeo hace unos días. Para ser sincero, admito que es culpa mía. Llegué tarde a admisiones y querían traerme aquí lo más pronto posible.
Ava asintió. Un médico que hubiera terminado el período de residencia estaría, sin duda, más cualificado que un residente. Hojeó el historial y los resultados de los análisis. No señalaban ningún problema médico, excepto una hernia inguinal normal y corriente. Satisfecha al ver que estaba todo en orden, volvió a dejar el dosier en la camilla y estableció contacto visual con Bruce.
—Parece que está usted sano.
—Creo que sí. ¿Podemos acelerar un poco? No quiero que el doctor Mason se enfade por tardar con el registro.
—Es importante hacerlo bien. Tengo varias preguntas para usted. Veo que en su historial no hay constancia de problemas médicos, en concreto nada relacionado con el corazón o los pulmones.
—Nada.
—¿Y nunca le han puesto anestesia?
—Nunca.
—Y está en ayunas desde medianoche.
—El colega del doctor Mason dijo que me administrarían anestesia espinal.
—Correcto. La secretaria del doctor Mason nos informó específicamente de que él había solicitado anestesia espinal. ¿Le parece bien? ¿Sabe lo que es?
—Sí. De hecho, conozco a la mayoría de los anestesistas y a sus ayudantes, y me lo han contado casi todo sobre el proceso.
—¡Un paciente informado! Desde luego eso es de gran ayuda. Pero entenderá que necesitemos su consentimiento para emplear anestesia general si la espinal comporta cualquier problema.
—¿A qué clase de problema se refiere?
—Las probabilidades son mínimas, pero debemos estar preparados. Por ejemplo, si la operación se alarga más de lo previsto y la anestesia espinal pierde efecto, hemos de estar listos para administrarle anestesia general. Por eso necesitamos su consentimiento ante cualquier eventualidad. Por eso nos interesa saber si ha tenido usted problemas de corazón o en los pulmones.
—No he tenido nada en los pulmones.
—¿Y reflujo?
—¡Estoy bien! De verdad que lo estoy. ¿Seguro que no estamos haciendo esperar al doctor Mason?
—No pasa nada por que espere un rato, créame. Y volviendo al tema de la anestesia espinal, ¿sabe que le tendremos que clavar una aguja en la espalda para administrarle el agente anestésico?
—Sí, lo sé todo al respecto. El colega del doctor Mason me lo explicó de cabo a rabo, y me aseguró que no sentiría nada de nada.
—Correcto. No sentirá ningún dolor durante la operación, me aseguraré de ello. Pero dígame, ¿padece algún problema de espalda del que debería estar al tanto?
—Tampoco. Mi espalda está estupenda.
—Perfecto. En cuanto lo metamos en el quirófano, le pediremos que se siente en la mesa de operaciones, con la cabeza apoyada en un soporte. Notará un pinchazo cuando le administre la anestesia local, en la zona baja de la espalda, antes de introducir la aguja espinal. Una vez inyectada la anestesia en la espina dorsal, le ayudaremos a tumbarse en la mesa. Otra pregunta: durante la operación, ¿quiere quedarse despierto, con la posibilidad de ver, si al doctor Mason le parece bien? ¿O prefiere estar dormido? Sea como sea, no sentirá dolor, y yo estaré con usted mientras dure todo.
—¡Quiero estar dormido! No quiero ver nada.
Por muy relajado que Bruce se sintiese en el hospital, no quería ni por asomo ver cómo lo rajaban.
—De acuerdo. Dormirá, pues. Le repito mi pregunta anterior: ¿ha comido algo desde ayer a medianoche?
—No.
—¿Y no tiene alergias conocidas a ningún medicamento?
—Cero.
—¿Se está medicando, ya sea por prescripción facultativa o por su cuenta?
—No.
—Excelente. Voy a colocarle una vía y a llevarlo hasta el quirófano. Me han confirmado que el doctor Mason ya está preparado para recibirle. ¿Desea hacerme alguna pregunta?
—No se me ocurre ninguna —respondió Bruce.
Por primera vez, una sombra de miedo le erizó parte del vello de la nuca. Empezaba a ser consciente de que lo que iba a afrontar era real. Se había puesto en manos del equipo de cirujanos, y ya no tenía control sobre su vida.
La doctora London colocó la vía con tanta habilidad y rapidez que Bruce se sorprendió de que tardase tan poco. Por muy cómodo que se sintiese en el entorno del hospital, reconocía sin pudor que nunca le habían gustado las inyecciones, y siempre miraba hacia otro lado cuando le pinchaban.
—¡Vaya! —exclamó—. Casi ni me he enterado. Imagino que ya habrá hecho esto varias veces.
—Unas cuantas —reconoció Ava. Sabía que se le daba bien, así como la anestesia en general. También era sensible al estado mental de sus pacientes, y detectó un ligero cambio en la conducta de Bruce—. ¿Qué tal está? ¿Nervioso?
—Un pelín —admitió Bruce. Su voz, que antes había sonado firme y confiada, vaciló un poco.
—Le puedo dar algo para que se tranquilice, si quiere —dijo Ava ante aquel indicio de agobio.
Bruce no dudó.
—Por favor.
Mediante una jeringuilla y un vial que llevaba en el bolsillo a tal efecto, le administró a Bruce cuatro miligramos de su medicamente preoperatorio favorito, midazolam. Puso en orden todo lo que necesitaba para suministrarle la anestesia, quitó el freno a la camilla y, sin esperar a que la llamaran, empujó a Bruce hasta la sala principal que desembocaba en los quirófanos.
—Ya noto el efecto de lo que me ha dado —confesó Bruce mirando las lámparas empotradas del techo. El miedo que lo atenazaba hacía un rato había desaparecido como por encanto. Sintió la necesidad de hablar—. ¿Cuándo veré al doctor Mason?
—Ya pronto. Me han dicho que nos está esperando; por eso le llevo directamente a quirófano yo misma, sin esperar a que me lo ordenen.
Si alguien le hubiera preguntado, Bruce habría dicho que se sentía achispado cuando entró en el quirófano ocho y contempló el panorama. Hacía casi un año que lo habían llevado a visitar los nuevos quirófanos híbridos, una vez estuvieron acabados, así que no se sorprendió al ver las jirafas de color crema que colgaban del techo ni los monitores de vídeo ni la ventana que daba al mostrador principal. Cuando la camilla quedó en paralelo a la mesa de operaciones, vio que la enfermera llevaba ya puesta la ropa quirúrgica y la mascarilla, y estaba preparando los aparatos. No la reconoció, pues casi no se le veía la cara, pero a la otra, alta, que se paseaba por la sala, sí: era Dawn Williams. Sabía que conducía un Ford Fusion blanco. Ella, a su vez, también lo reconoció.
—Bienvenido, señor Vincent —lo saludó Dawn risueña, acercándose al extremo de la camilla para ayudar a Ava a subirlo a la mesa de operaciones—. Vamos a cuidar muy bien de usted, igual que hace usted con nuestros coches.
Dejó escapar una risita ahogada.
—Gracias —dijo Bruce colocando las piernas a un lado de la mesa para encarar el soporte con forma de rosquilla que le sujetaría la cabeza. Examinó la sala en busca del doctor Mason, pero este no estaba. Preguntó por él.
—Llegará en cuanto le avisemos de que está usted listo —le explicó Dawn.
—¿Aún sigue con la primera operación del día? —preguntó Ava al tiempo que Dawn y ella colocaban a Bruce.
Por regla general, el proceso de anestesia no empezaba hasta que el cirujano se hallaba presente y se procedía al llamado «corrillo» preoperatorio: el cirujano, el anestesista y la enfermera repasaban el caso para cerciorarse de que todos contaban con los mismos detalles. Por desgracia, el doctor Mason no siempre procedía así, igual que otros miembros de la alta jerarquía quirúrgica, que se saltaban algunas reglas para maximizar la productividad. Y el problema era que se salían con la suya.
—Sí; en el quirófano catorce —explicó Dawn—, pero el supervisor de quirófano nos ha avisado de que quiere que vayamos preparando al señor Vincent.
—De acuerdo —contestó Ava resignada.
Se puso los guantes esterilizados y empezó a preparar la espalda de Bruce. No le agradaba empezar sin haber visto a Mason, y no era la primera vez que se encontraba en una situación similar por culpa del cirujano. En cinco ocasiones, había insistido en que comenzara con la anestesia antes de aparecer siquiera por quirófano. A Ava le gustaba seguir el protocolo, pues creía que era clave para la seguridad del paciente, y administrar la anestesia sin que el cirujano estuviese presente le parecía una flagrante violación de lo que consideraba una buena praxis.
A decir verdad, a Ava no le gustaba trabajar con el egocéntrico doctor Mason. Le incomodaba que se sintiera con derecho a transgredir las normas por ser una estrella de la cirugía. Sabía, por intuición, que si alguna vez surgía un problema durante una operación, él no se haría responsable, y que ella cargaría con las culpas en calidad de anestesista. Y por si eso fuera poco, había otra razón que no le dejaba disfrutar cuando trabajaba con él. Era una de las pocas anestesistas del personal hospitalario, y la más joven, y Mason se le había insinuado en más de una ocasión, igual que había hecho con otras enfermeras y anestesistas. Había llegado a llamarla a casa varias veces —se suponía que para comentar una operación inminente— y le había propuesto que dieran una vuelta porque andaba por su barrio, a lo que Ava siempre había puesto reparos. Sin embargo, aunque aquella conducta la horrorizaba, nunca había expresado lo que sentía por miedo a enemistarse con aquel hombre. Tampoco había dicho una palabra al jefe de anestesistas, el doctor Madhu Kumar, quien la había contratado, porque estaba en la misma liga que Mason, de coloso en su campo, y los dos tenían muy buena relación. Era el doctor Kumar quien se ocupaba de la anestesia de los pacientes VIP que llegaban a Mason desde todas partes del mundo, y ese día estaba precisamente haciendo eso. En cambio, para pacientes de menos rango, que no despertaban el interés de Kumar, como Bruce Vincent, Mason solía requerir a Ava.
Lo primero que hizo Ava tras preparar la región lumbar de Bruce fue administrar una pequeña dosis de anestesia local en el punto donde iba a aplicar la aguja espinal. Se aseguró de que el estilete estaba bien colocado e introdujo la aguja en la espalda de Bruce.
—Notará una ligera presión —le informó.
Segundos después, oyó el sonido de la aguja al penetrar en el ligamento flavo, y un segundo después, cómo esta atravesaba la duramadre que cubría el canal espinal. Cuando se hubo asegurado de que la aguja estaba en la posición correcta, le administró el anestésico: bupivacaína. Como de costumbre, el proceso se desarrolló sin ningún contratiempo. Un momento después, ella y Dawn colocaron a Bruce en decúbito supino sobre la mesa de operaciones.
—No noto nada distinto en las piernas —dijo Bruce. Se veía que le preocupaba que la anestesia no le hiciera efecto.
—Tardará unos minutos —le explicó Ava mientras lo conectaba a todos los dispositivos de seguimiento que tenía a mano. Cuando terminó y comprobó que todo era normal, incluidos el electrocardiograma, la respiración y el nivel de anestesia, le inyectó la dosis adecuada de propofol, como somnífero. Exactamente a las 9.58 de la mañana, Bruce Vincent perdió la consciencia y cayó dormido. Por acto reflejo, Ava comprobó de nuevo las constantes vitales del paciente. Todo seguía igual, y empezó a tranquilizarse; el comienzo de una operación siempre era lo que más nerviosa la ponía.
Durante los siguientes cuarenta minutos, Ava se fue sintiendo cada vez más irritada. A pesar de las repetidas llamadas al mostrador para consultar la hora a la que iba a llegar el doctor Mason, y de que cada vez le aseguraban que estaba a punto de aparecer, el cirujano todavía no se había presentado. A medida que avanzaba el tiempo, Ava se culpaba por haber administrado la anestesia espinal en el momento en que lo hizo. Aunque sabía que la dosis tendría efecto durante dos horas más, tiempo suficiente para una sencilla reparación de hernia, le parecía poco considerado para con el paciente el hecho de esperar al cirujano, que debería haber estado allí desde el principio.
—¡Dawn! —gritó Ava, casi al límite de su paciencia—. ¡Sal al mostrador y exige que te digan qué coño pasa y cuándo va a venir el doctor Mason! Habla directamente con Janet Spaulding. Que sepa que el paciente lleva con anestesia espinal más de media hora.
Janet Spaulding era la supervisora de quirófanos y una persona de peso a la que temer. Si alguien podía poner las cosas en marcha, era ella. Era fija en los quirófanos y no aguantaba lindezas de nadie.
Ava cruzó una mirada de exasperación con Betsy Halloway, la enfermera instrumentista, que había estado todo el tiempo parada, con las manos enguantadas cruzadas sobre el pecho. Tenía el instrumental preparado y cubierto con una gasa esterilizada. Llevaba preparada más tiempo incluso que Ava. Volvió a comprobar las constantes de Bruce. Todo era normal, incluida la temperatura corporal. Pidió a Dawn que lo tapara con una manta en cuanto se hizo patente que Mason se iba a retrasar.
Dawn volvió al vuelo.
—Buenas noticias —anunció—. El Salvaje Bill va a venir en un momento. Acaba de salir del quirófano catorce. Se ha producido una anomalía congénita inesperada del árbol biliar en el primer paciente que lo ha retenido más de lo previsto.
—Dios bendito —masculló Ava. Miró hacia atrás, por la ventana, para ver si Mason estaba junto al fregadero, pero no había nadie—. ¿Y dónde coño está?
—Ha ido al quirófano dieciséis; su segundo equipo está operando al segundo paciente de pancreatitis.
—Es decir, que ahora mismo es responsable de tres pacientes anestesiados —se burló Ava.
—Pero Janet me ha dicho que vendrá en un segundo. Lo ha prometido.
—¿Y el doctor Kumar?
—Ni idea. Estará yendo y viniendo de un quirófano a otro. A veces lo hace.
—Dadme un respiro —dijo Ava para sus adentros, mientras pensaba que menos mal que el público general no sabía que ocurría esa clase de cosas en un hospital universitario de renombre.
Con el rabillo del ojo atisbó un movimiento en los fregaderos. Giró la cabeza y vio al doctor Mason poniéndose una mascarilla quirúrgica, charlando y riendo con otro joven a quien no reconoció. Inspiró hondo para tranquilizarse.
Cinco minutos después, el doctor Mason entró volando en la sala.
—Hola a todos —dijo presuroso—. Quiero que saluden al doctor Sid Andrews. A partir del uno de julio será mi nuevo becario, pero se ha ofrecido voluntario hoy para echarme una mano con esta reparación de hernia. Hace ya tiempo que no me ocupo de ninguna, así que no me parece descabellado.
Se echó a reír, como si acabara de decir algo absurdo: que él precisamente necesitase ayuda.
El doctor Andrews venía detrás de él, con las manos entrelazadas a la altura del pecho, como es costumbre tras el lavado quirúrgico. Saludó con una de ellas. Era un hombre alto y delgado de veintitantos años, con un rostro tan bronceado como el de Ava. En todos los aspectos, salvo en la altura, era la antítesis del doctor Mason, que era robusto y de cuello ancho, con las manos especialmente grandes y de dedos gruesos, que le daban más aspecto de albañil que de reputado cirujano. Además, Mason doblaba en edad a Andrews y lucía una tripa un tanto abultada.
—Sid es australiano —prosiguió el doctor Mason, mientras Betsy le ayudaba a ponerse los guantes. Echó un vistazo a Ava—. ¿Has estado abajo, cielo? Ahí abajo, me refiero.
—Pues sí —respondió ella. Se le erizó el vello al oír la palabra «cielo», y también ante el doble sentido de la pregunta—. ¡Óigame! El paciente lleva más de una hora con anestesia espinal.
No estaba de humor para salidas de tono, si era lo que Mason pretendía, ni para charlar de viajes, si no iba por aquella vía.
—El trabajo siempre es lo primero. ¡Ah! —exclamó Mason con retintín—. Sid, quiero presentarte a una de las mejores anestesistas del BMH, y sin duda la más sexy, aunque lleve puesto ese holgado uniforme.
Volvió a reírse, al tiempo que entrelazaba los dedos para que los guantes quedaran bien ajustados.
—Encantado —saludó el doctor Andrews mientras Betsy lo ayudaba con los guantes.
—¿Podemos empezar? —preguntó Ava.
—Cuidado con ella, Sid —comentó Mason, como si Ava no pudiera oírlo.
El cirujano se acercó al lado derecho de la mesa de operaciones y observó cómo preparaban la zona inguinal de Bruce. Sid se colocó a la izquierda. Pocos minutos después, entre bromas sobre las bondades de la Gran Barrera de Coral, cubrieron al paciente con un paño quirúrgico. Ava tomó uno de los bordes del paño y lo aseguró con pinzas hemostáticas a la pantalla del anestesiómetro, ignorando los reiterados intentos de Mason para que se uniera a la conversación.
En cuanto comenzó la operación, tras la primera incisión cutánea, Ava recobró la compostura lo suficiente como para suspirar aliviada. Se sentó en el taburete y miró el reloj. Había pasado una hora y doce minutos desde que había puesto la anestesia espinal. Le alegró saber que el paciente no había respondido a la incisión, lo cual significaba que la dosis era la adecuada. Esperaba que todo transcurriera rápido y sin complicaciones. Por desgracia, no iba a ser así.
El primer indicio de problemas fue un arranque de Mason treinta minutos más tarde.
—Mierda, mierda, mierda —repetía con obvia irritación—. No me lo puedo creer.
Aunque ninguno de los dos cirujanos no había hablado de problemas técnicos, era obvio que estaban batallando con algo.
—Intenta liberar el intestino desde ahí —le pidió el doctor Mason a Sid.
Ava lo vio inclinarse y meter el dedo por la incisión. Al parecer se guiaba por el tacto.
—¿Hay algún problema?
—Es obvio que sí —le espetó Mason como si hubiera preguntado una estupidez.
—No puedo —admitió Sid retirando la mano.
—Lo que faltaba —se quejó Mason levantando las manos asqueado—. Intentas hacerle un favor a alguien y te dan una bofetada con toda la palma.
Ava miró a Betsy y ambas pusieron los ojos en blanco; las dos sabían qué quería dar a entender Mason: fuera cual fuese el problema, estaba claro que era culpa del paciente.
—Tendremos que entrar en el abdomen —le dijo Mason irritado—, así que hará falta que esté bien relajado.
De pronto, se oyó por megafonía:
—Doctor Mason, disculpe la interrupción. Le habla Janet, de la sala de control. Los dos residentes de cirugía requieren su presencia en quirófano; se trata de los dos pacientes con pancreatitis. ¿Qué les digo?
—¡Por el amor de Dios! —gritó Mason sin dirigirse a nadie en concreto. Mirando hacia el altavoz de la pared, añadió—: Dígales que se estén quietos, que iré en cuanto pueda.
—De acuerdo —respondió Janet Spaulding.
—Si tiene que trabajar con el abdomen, hay que cambiar a anestesia general —informó Ava.
En cierto modo, aquel cambio era un alivio: cada vez le preocupaba más que la anestesia espinal fuese insuficiente. El paciente daba signos, aunque muy leves, de que disminuía su efecto, y de una ligera alteración de la respiración. Ava suministró a Bruce otra píldora de propofol y controló el ritmo y la intensidad de su respiración.
—Como quiera. Es su problema; usted es la experta.
—Soy anestesista —puntualizó Ava—. ¿Puede decirme qué problema hay?
—Que no podemos reducir la protusión del intestino que provoca la hernia —le explicó Mason irritado—, así que tendremos que proceder hacia el abdomen. Hay que liberarla, y es la única manera. De todas formas, debería haber utilizado anestesia general desde un principio, dados los síntomas gastrointestinales del paciente.
—Desde su despacho se requirió de forma expresa anestesia espinal —repuso Ava para dejar las cosas claras, en tanto que preparaba todo lo necesario para pasar a anestesia general por inhalación.
Para empezar, tomó la máscara negra que estaba siempre a mano y conectó el oxígeno. Con destreza, colocó la máscara sobre el rostro de Bruce. Quería hiperoxigenar al paciente durante al menos cinco minutos antes de administrarle un relajante muscular. Pensó en usar succinilcolina como agente paralizador, por lo rápido que hacía efecto y se disipaba. Luego emplearía una vía aérea con mascarilla laríngea o intubación endotraqueal. Mientras sopesaba los pros y los contras de ambos métodos para las vías respiratorias del paciente, su mente reparó en la última parte del comentario de Mason, la de los síntomas gastrointestinales. No recordaba haber visto ninguno en su historial, y el paciente tampoco había mencionada nada al respecto. Para asegurarse, agarró la máscara con una mano mientras abría con la otra el dosier de Bruce y consultaba el historial y los resultados del chequeo. Tras echar un vistazo, sus sospechas se confirmaron. Lo recordaba bien: no mencionaban síntomas gastrointestinales. De lo contrario, la anestesia general quizá le habría parecido mejor opción.
—No se menciona ningún síntoma gastrointestinal, ni en el historial ni en el chequeo —dijo Ava interrumpiendo la charla del cirujano, que ahora giraba en torno a las zonas áridas de Australia.
—Pues deberían mencionarse —le espetó Mason—. Por eso el médico de cabecera ha recomendado la cirugía.
—Acabo de comprobarlo de nuevo —replicó ella—. No se menciona en ninguno de los documentos que salieron de su despacho.
—¿Y en la nota del residente de segundo año? —preguntó Mason—. ¿La ha mirado, por el amor de Dios?
—No hay ninguna nota.
—¿Y por qué coño no? —estalló Mason—. Siempre la hay.
—Pues esta vez no —dijo Ava— El paciente llegó tarde al mostrador de admisiones. Su colega lo había chequeado y había redactado el historial hacía unos días. Imagino que en admisiones le darían el visto bueno. Quizá la orden venía de arriba. No conozco todos los detalles, salvo lo que me dijo el paciente. Fue su colega quien especificó al paciente que le iban a poner anestesia espinal.
—Como quiera. —Mason hizo un gesto de desprecio con la mano—. No vamos a convertir este cambio de anestesia en el momento cumbre de su carrera, ¡por favor! ¡Hágalo y que continúe el espectáculo! Ya ha oído a la señorita Spaulding, me reclaman en dos operaciones de verdad.
—Si hubiera estado aquí antes de empezar, se podría haber evitado todo esto —murmuró Ava entre dientes.
—¡Oiga! —tronó Mason—. ¿Me está sermoneando? ¿Se le ha olvidado quién soy?
—No es más que un comentario —repuso Ava tratando de quitar hierro—. Precisamente para eso nos reunimos antes de comenzar.
—Ah, ¿de veras? —se mofó Mason—. Gracias por informarme. Siempre me he preguntado el porqué de esas asambleas, aunque la idea en origen fue mía. ¡Dígame! ¿Cuánto vamos a tener que esperar para volver al trabajo?
—Un minuto más al cien por cien de oxígeno —respondió Ava, agradecida por cambiar de tema.
Ya se estaba reprochando a sí misma por haber provocado a Mason. ¿En qué estaba pensando? Inspiró hondo para aclararse las ideas y centrarse de lleno en el problema más evidente, y en especial en las vías respiratorias: cuando se empleaba anestesia general, eran el elemento crucial. La máscara laríngea era más rápida y fácil de utilizar, pero no era segura. Obedeciendo más que nada a su instinto, se decantó por el tubo traqueal; le daba confianza. Más tarde tendría motivos para preguntarse por qué había llegado a esa conclusión.
Mientras sujetaba la máscara con una mano, Ava tomó el tubo adecuado, así como el laringoscopio que utilizaría para colocarlo. Comprobó la succión para asegurarse de que funcionaría si era necesario. El pitido de fondo del oxímetro, leve pero agudísimo, le confirmó que el paciente estaba bien oxigenado. Miró la hora. Habían pasado cinco minutos. Por suerte, Mason ya se había olvidado de la discusión. Charlaba con el asistente sobre submarinismo.
Apartó la máscara y le administró a Bruce cien miligramos de succinilcolina por vía intravenosa. El rostro de Bruce acusó cierta fasciculación, nada fuera de lo normal. Lo más importante, el pulso y la presión arterial, no se alteraron. Tras inclinar hacia atrás la cabeza del paciente, Ava insertó el pulgar derecho en la boca de Bruce para abrir la mandíbula inferior, e introdujo el laringoscopio de la mano izquierda por detrás de la lengua. Apartó la derecha y buscó el tubo endotraqueal.
Aunque Ava ya había utilizado el laringoscopio y colocado tubos endotraqueales miles de veces, el proceso siempre la ponía nerviosa, la apremiaba y le recordaba por qué amaba la labor de anestesista, aunque la mayor parte del tiempo fuese pura rutina. La sensación le recordaba a la vez que la habían convencido para que se lanzase en paracaídas. Tenía la mente alerta, los sentidos agudizados y notaba en las sienes el pulso acelerado. Aunque el paciente ya estaba más que oxigenado desde que el nivel de oxígeno había llegado al cien por cien, no podía respirar por la parálisis que le provocaba el relajante muscular, así que el tiempo era de vital importancia. Tenía entre seis y ocho minutos para iniciar la respiración artificial, antes de que el oxígeno extra se agotase y Bruce empezara a asfixiarse.
Con pericia, Ava introdujo la hoja del laringoscopio más adentro, en la depresión sobre la epiglotis de Bruce, y lo levantó, con cuidado pero con firmeza, hacia el paladar para abrirle la boca y hacerle adelantar la lengua. Al instante se vio recompensada con una vista perfecta de las cuerdas vocales y de la apertura de la tráquea. Sin apartar la vista de su objetivo, cogió el tubo endotraqueal con la derecha con la intención de insertar la punta en la tráquea, pero la imagen desapareció. Para su horror, la boca del paciente se había llenado, de repente, de fluidos y de una mezcolanza de comida sin digerir.
—¡Dios mío! —profirió mientras se le aceleraba el corazón.
Por lo visto, el hombre había regurgitado el contenido de un estómago lleno; se suponía que eso no podía suceder, habida cuenta de que le habían prohibido comer y beber después de medianoche, a menos que fuera un poco de agua. Sin duda, había desoído las indicaciones y había creado una emergencia anestésica gravísima. Aunque Ava nunca se había enfrentado a tal cantidad de vómito con un paciente vivo, Ava había practicado innumerables veces en un simulador para tener claro qué hacer en situaciones similares. Primero ladeó la cabeza del paciente para dejar salir todo lo que pudiera echar por la boca, y al mismo tiempo inclinó la mesa para que la cabeza quedase por debajo del cuerpo. Tomó el succionador y aspiró los restos de vómito de la faringe de Bruce. Lo que más le preocupaba era la cantidad que hubiese podido pasar a la tráquea.
—Pero ¿qué coño...? —estalló Mason alarmado, cuando la mesa comenzó a inclinarse de improviso. Rodeó la pantalla de éter y fulminó a Ava con la mirada.
Dawn, la enfermera, se levantó de un salto de su taburete, que estaba en la esquina, y fue hasta el otro extremo de la sala.
Ava los ignoró a los dos; estaba demasiado ocupada. Retiró el laringoscopio y el tubo endotraqueal y repitió la operación. Esta vez logró introducir correctamente el tubo. En cuanto quedó bien colocado y sellado, puso una boquilla más estrecha y flexible en el tubo de succión, lo fue metiendo por el tubo endotraqueal y aspiró el máximo de vómito al tiempo que iba avanzando con el tubo hacia el pecho del hombre. Echó un vistazo al electro y vio que el corazón había entrado en fibrilación, lo que significaba que había dejado de bombear. Un segundo después saltó la alarma de presión arterial, que indicaba que esta estaba cayendo en picado. El pitido del oxímetro se volvió más grave a medida que caía la saturación de oxígeno.
—¡Pide ayuda! —gritó Ava a Dawn.
Betsy colocó de inmediato un paño esterilizado sobre la incisión abierta, en tanto que Mason y Andrews retiraban los otros paños que cubrían al paciente y los doblaban dejando al descubierto el tórax del paciente. Andrew subió el paño hasta el cuello de Bruce, y el torso quedó a la vista desde el pecho hasta el ombligo. Mason le propinó una fuerte palmada en el esternón con la mano abierta y con tanta fuerza que el cuerpo entero se sacudió. Todos fijaron la vista en el electrocardiograma, a la espera de que reflejara un ritmo n
