Era una noche cálida de primavera cuando un puño llamó a una puerta con tanta fuerza que se doblaron los goznes.
Un hombre salió a abrir y se asomó a la calle. Venía niebla del río y la noche estaba nublada. Era como intentar mirar a través de terciopelo blanco.
Pero más tarde pensaría que había habido siluetas allí fuera, más allá de la luz que se derramaba sobre la calle. Muchas siluetas que lo observaban con cautela. Y se le ocurriría que tal vez había habido puntos de luz muy débil…
La silueta que tenía justo delante, sin embargo, era inconfundible. Era enorme y de color rojo oscuro y parecía una figura de arcilla hecha por un niño para representar a un hombre. Sus ojos eran dos ascuas.
—¿Y bien? ¿Qué quieres a estas horas de la noche? El gólem le dio una pizarra en la que había escrito:
TENEMOS ENTENDIDO QUE QUIERE USTED UN GO´
ro, los gólems no podían hablar, ¿verdad?
—Ja. Quererlo, sí. Poder pagarlo, no. He estado preguntando pero es un escándalo lo caros que estáis últimamente…
El gólem borró las palabras de la pizarra y escribió:
PARA USTED, CIEN DO´LARES.
—¿Eres tú el que se vende?
NO.
El gólem se hizo bruscamente a un lado. Y otro de ellos entró en la luz.
También era un gólem, el hombre pudo verlo. Pero no era como esos montones de barro de aspecto pobre que se veían de vez en cuando. Aquel resplandecía como una estatua recién bruñida, perfecto hasta el último detalle de la ropa. Le recordó a uno de los viejos retratos de los reyes de la ciudad, que eran todo pose regia y peinado imperioso. De hecho, incluso tenía una pequeña corona moldeada en la cabeza.
—¿Cien dólares? —dijo el hombre en tono receloso—. ¿Qué defecto tiene? ¿Y quién lo vende?
NINGU´
ES.
—Suena como si alguien quisiera quitárselo de encima a toda prisa.
GO´DEBE TENER UN AMO.
—Sí, claro, pero se cuentan historias… De que enloquecen y hacen demasiadas cosas, y todo eso.
NO ENLOQUECE. OCHENTA DO´LARES.
—Parece… nuevo —dijo el hombre, dándole unos golpecitos en el pecho resplandeciente—. Pero los gólems ya no se fabrican, eso es lo que ha hecho subir los precios más allá del poder adquisitivo del pequeño empresario. —Se detuvo—. ¿Es que los vuelven a fabricar?
OCHENTA DO´LARES.
—He oído que los sacerdotes prohibieron su fabricación hace años. Me podría estar metiendo en un lío de los gordos…
SETENTA DO´LARES.
—¿Quién los fabrica?
SESENTA DO´LARES.
—¿Se los está vendiendo a Albertson? ¿O a Spadger y Williams? Ya es lo bastante dura la competencia, y ellos tienen dinero para invertir en una fábrica nuev…
CINCUENTA DO´LARES.
El hombre caminó alrededor del gólem.
—Uno no puede cruzarse de brazos mientras su empresa se hunde por culpa de los recortes de precios injustos, a eso me refiero…
CUARENTA DO´LARES.
—La religión está muy bien, pero ¿qué saben los benefactores de beneficios, eh? Hum… —Levantó la vista para mirar al gólem amorfo que estaba en las sombras—. ¿Acabo de ver cómo escribías «treinta dólares»?
SI´—Siempre me ha gustado hacer tratos con mayoristas. Espera un momento. —Fue adentro y volvió a salir con un puñado de monedas—. ¿Le vais a vender alguno a esos otros hijos de puta?
NO.
—Bien. Decidle a vuestro jefe que es un placer hacer negocios con él. Para adentro, Destellitos.
El gólem blanco entró en la fábrica. Después de mirar a un lado y al otro, el hombre entró al trote detrás de él y cerró la puerta.
Unas sombras más profundas se movieron en la oscuridad. Se oyó un leve susurro. Luego, bamboleándose ligeramente, las formas enormes y pesadas se alejaron.
Poco después, y al otro lado de una esquina, un mendigo con la mano esperanzadamente extendida para pedir limosna descubrió con asombro que acababa de volverse nada menos que treinta dólares más rico.*
El Mundodisco giraba sobre el resplandeciente telón de fondo del espacio, dando vueltas muy despacito sobre los lomos de los cuatro elefantes gigantes que estaban posados sobre la concha de Gran A’Tuin, la tortuga estelar. Los continentes se movían poco
* Poco después cogió una borrachera monumental y lo embarcaron a la fuerza en un mercante que zarpó con rumbo a tierras extranjeras y extrañas, donde conoció a un montón de señoritas que no llevaban mucha ropa. Al final murió como resultado de pisar a un tigre. Las buenas obras traspasan fronteras.
a poco a la deriva, coronados por sistemas climáticos que a su vez daban vueltas lentas a contracorriente, como bailarines de vals girando en sentido contrario a la rueda del baile. Mil millones de toneladas de geografía rodando lentamente por el cielo.
La gente tiende a despreciar cosas como la geografía y la meteorología, y no solamente porque esté de pie sobre la primera y la esté empapando la segunda. Es porque no tienen mucha pinta de ciencia de verdad.* Pero la geografía no es más que física a baja velocidad y con unos cuantos árboles clavados, y la meteorología está llena de ese caos y esa complejidad tan emocionantes y a la moda. Y el verano no es una época del año. También es un lugar. El verano es una criatura que se mueve y a la que le gusta ir al sur a pasar el invierno.
Incluso en el Mundodisco, con su diminuto sol en órbita e inclinado sobre el mundo giratorio, las estaciones se movían. En Ankh-Morpork, la más grande de sus ciudades, a la primavera la apartaba a codazos el verano, y al verano le pinchaba en la espalda el otoño.
Hablando en términos geográficos, no había muchas diferencias en el seno de la ciudad, aunque a finales de primavera la porquería que flotaba sobre el río a menudo adoptaba un bonito color verde esmeralda. La neblina primaveral se convertía en la niebla otoñal, que se mezclaba con los gases y el humo del barrio mágico y de los talleres de los alquimistas hasta que parecía cobrar una espesa y asfixiante vida propia.
Y el tiempo continuaba pasando.
La niebla otoñal hacía presión contra los cristales de las ventanas a medianoche.
* Es decir, la clase de ciencia que se puede usar para hacer que a algo le salgan tres piernas de más y después volarlo por los aires.
Un hilo de sangre corría sobre las páginas de un volumen raro de ensayos religiosos que alguien había partido por la mitad.
Lo cual había sido innecesario, pensó el padre Tubelcek. Pensándolo un poco más, se le ocurrió que también había sido innecesario pegarle. Pero al padre Tubelcek nunca le habían importado mucho aquellas cosas. La gente se curaba, los libros no. Extendió un brazo tembloroso e intentó reunir las páginas, pero se volvió a caer de espaldas.
La sala estaba dando vueltas.
La puerta se abrió de golpe. Unos pasos pesados hicieron crujir los tablones del suelo… o por lo menos un paso y un sonido de arrastre.
Paso. Arrastre. Paso. Arrastre.
El padre Tubelcek intentó concentrar la mirada.
—¿Tú? —preguntó con voz ronca.
El otro asintió.
—Recoge… los… libros.
El viejo sacerdote miró cómo el otro reunía los libros y los amontonaba cuidadosamente con unos dedos que no eran los más adecuados para la tarea.
El recién llegado cogió una pluma de entre los escombros y escribió algo meticulosamente sobre un trozo de papel, después lo enrolló y lo colocó con cuidado entre los labios del padre Tubelcek.
El sacerdote agonizante intentó sonreír.
—Nosotros no funcionamos así —balbució, con el pequeño cilindro moviéndose entre sus labios como un último cigarrillo—. Nosotros… hacemos… nuestras… propias… p…
La figura arrodillada se lo quedó mirando un momento y después, con mucho cuidado, se inclinó lentamente hacia delante y le cerró los ojos.
El comandante sir Samuel Vimes, de la Guardia de la Ciudad de Ankh-Morpork, se miró al espejo con el ceño fruncido y empezó a afeitarse.
La navaja era una espada liberadora. Afeitarse era un acto de rebelión.
Últimamente había alguien que le preparaba el baño (¡todos los días! Quién iba a pensar que la piel humana pudiera soportarlo). Alguien le dejaba la ropa preparada (¡y vaya ropa!). Alguien le hacía la comida (¡y vaya comida! Estaba ganando peso, lo sabía). Y hasta había alguien que le lustraba las botas (¡y vaya botas! Nada de suela de cartón, sino unas botas enormes y de cuero reluciente del bueno, y además de su número). Tenía gente que lo hacía prácticamente todo por él, pero había cosas que un hombre debía hacer por sí mismo, y una de ellas era afeitarse.
Sabía que aquello no le hacía mucha gracia a lady Sybil. El padre de ella jamás se había afeitado solo en la vida. Tenía un tipo que se lo hacía. Vimes solía protestar diciendo que se había pasado demasiados años pateándose las calles de noche como para que ahora le gustara que alguien blandiera un instrumento afilado junto a su cuello, pero la verdadera razón, la que no le decía a nadie, era que odiaba la idea de que el mundo se dividiera entre los afeitados y los afeitadores. Entre los que llevaban botas relucientes y los que limpiaban el barro de esas botas. Cada vez que veía que Willikins, el mayordomo, le estaba doblando la ropa, tenía que reprimir el deseo acuciante de dar una patada en el reluciente trasero del mayordomo por ser una afrenta a la dignidad humana.
La navaja se movía tranquilamente sobre la barba que le había crecido durante la noche.
El día anterior había tenido una cena oficial. Ya no se acordaba del motivo de la misma. Parecía pasarse la vida entera en aquellos eventos. Mujeres altivas con risitas maliciosas y hombres con carcajadas como rebuznos que habían estado los últimos de la fila el día que se repartían las barbillas. Y como de costumbre, había regresado a través de la ciudad sumida en la niebla sintiéndose fatal consigo mismo.
Había visto luz debajo de la puerta de la cocina, había oído conversaciones y risas y había entrado. Willikins estaba allí, en compañía del anciano que echaba carbón a la caldera, del jefe de jardineros y del chaval que limpiaba las cucharas y encendía las chimeneas. Estaban jugando a cartas. Había botellas de cerveza sobre la mesa.
Había cogido una silla y había hecho un par de bromas y había pedido que le repartieran cartas. Y ellos habían sido… hospitalarios. En cierta manera. Pero a medida que la partida avanzaba, Vimes se había dado cuenta de que el universo cristalizaba alrededor de él. Era como convertirse en una rueda dentada dentro de un reloj de cristal. Nadie se reía. Lo llamaban «señor» y no paraban de carraspear. Todo era muy… cuidadoso.
Por fin había murmurado una excusa y había salido dando tumbos. A medio camino por el pasillo le había parecido oír un comentario seguido de… bueno, tal vez solamente fuera una risilla común. Pero podría haber sido una risilla sardónica.
La navaja circunnavegó la nariz con cuidado.
Ja. Hacía un par de años, alguien como Willikins solamente le habría dejado entrar en la cocina a regañadientes. Y le habría hecho quitarse las botas.
«Así que esta es tu vida ahora, comandante sir Samuel Vimes. Un poli arribista para los pijos y un pijo para los demás, ¿eh?»
Miró su reflejo con el ceño fruncido.
Era cierto que había empezado su vida en el arroyo. Y ahora estaba comiendo carne tres veces al día, tenía unas botas buenas, una cama caliente por las noches y, ahora que lo pensaba, también una esposa. La buena de Sybil… era cierto que últimamente tenía tendencia a hablar de cortinas todo el tiempo, pero el sargento Colon le había dicho que aquello les pasaba a todas las mujeres casadas y que era una cosa biológica y perfectamente normal.
La verdad era que había sentido bastante apego por sus viejas botas baratas. Las suelas eran tan finas que podía leer las calles con ellas. Llegó un punto en que podía saber dónde estaba en plena noche solamente gracias al tacto del empedrado. Ah, vaya…
El espejo frente al que Sam Vimes se estaba afeitando tenía algo raro. Era ligeramente convexo, de forma que reflejaba más espacio de la habitación que un espejo plano, y proporcionaba una vista muy buena de los edificios anexos y los jardines del otro lado de la ventana.
Hum. El pelo le clareaba. Definitivamente la línea del pelo le estaba retrocediendo. Menos pelo que peinar, pero por otro lado más cara que lavar…
Hubo un centelleo en el cristal.
Se apartó a un lado y se agachó.
El espejo se hizo añicos.
Se oyó el ruido de unos pies en alguna parte más allá de la ventana rota y luego un estrépito y un grito.
Vimes se incorporó. Pescó el pedazo de cristal más grande del cuenco de afeitarse y lo apoyó en la flecha negra de ballesta que se había incrustado en la pared.
Terminó de afeitarse.
Luego hizo sonar la campanilla del mayordomo. Willikins se materializó.
—¿Señor?
Vimes enjuagó la cuchilla.
—Dígale al chico que se pase un momento por el cristalero,
¿quiere?
El mayordomo echó un vistazo a la ventana y luego al espejo roto.
—Sí, señor. ¿Y la factura otra vez al Gremio de Asesinos, señor?
—Con mis saludos. Y ya que sale, que haga una visita a esa tienda del paseo Cinco y Siete y me traiga otro espejo para afeitarme. El enano de la tienda sabe cuáles me gustan.
—Sí, señor, y enseguida vengo con la escoba y el recogedor, señor. ¿Quiere que informe a la señora de este percance, señor?
—No. Siempre dice que es culpa mía porque los animo. —Muy bien, señor —dijo Willikins.
Y se desmaterializó.
Sam Vimes se secó y bajó a la salita de invitados, donde abrió el armario y sacó la ballesta nueva que Sybil le había regalado por su boda. Sam Vimes estaba acostumbrado a las viejas ballestas de la guardia, que tenían la desagradable costumbre de disparar por la culata cuando uno estaba arrinconado, pero aquella era una Burleigh & Fuerteenelbrazo hecha a medida y con la culata de nogal aceitado. Decían que no había otra mejor.
Luego eligió un puro fino y salió tranquilamente al jardín. Se oía un revuelo enorme en la caseta de los dragones. Vimes entró en ella y cerró la puerta tras de sí. Dejó la ballesta apoyada en la puerta.
Arreciaron los aullidos y los chillidos. Por encima de las gruesas paredes de las jaulas de incubar se elevaban llamaradas diminutas.
Vimes se acercó a la más próxima. Cogió a una dragoncita recién salida del cascarón y le hizo cosquillas debajo de la barbilla. Cuando el bicho soltó su llama excitada él la usó para encenderse el puro y saboreó el humo.
Sopló un anillo de humo en dirección a la figura que colgaba del techo.
—Buenos días —le dijo.
La figura se retorció con movimientos frenéticos. Gracias a una gesta asombrosa de control muscular había logrado cogerse de una viga con el pie mientras caía, pero ahora era incapaz de subirse a la misma. Dejarse caer estaba completamente descartado. Debajo de él había media docena de bebés dragón saltando de excitación y soltando llamaradas.
—Esto… buenos días —respondió la figura colgante. —Parece que hoy hace bueno —dijo Vimes, cogiendo un cubo lleno de carbón—. Aunque supongo que más tarde volverá la niebla.
Cogió una piedrecita de carbón y se la echó a los dragones. Ellos se pelearon por cogerla.
Vimes cogió otro trozo. El joven dragón que se había hecho con el carbón ya tenía una llama claramente más larga y caliente.
—Supongo —dijo el joven— que no puedo convencerlo a usted para que me baje de aquí.
Otro dragón atrapó un trozo de carbón y eructó una bola de fuego. El joven se balanceó desesperadamente para esquivarla.
—Adivina —dijo Vimes.
—Supongo, ahora que lo pienso, que fue una estupidez elegir el tejado —opinó el asesino.
—Probablemente —dijo Vimes. Hacía unas semanas se había pasado varias horas serrando vigas y recolocando meticulosamente las tejas del tejado.
—Tendría que haberme dejado caer de la pared y haber usado los arbustos.
—Tal vez —dijo Vimes. En los arbustos había colocado un cepo para osos.
Cogió más carbón.
—Supongo que no me querrás decir quién te ha contratado.
—Me temo que no, señor. Ya conoce las reglas.
Vimes asintió con gravedad.
—La semana pasada tuvimos que llevar al hijo de lady Selachii ante el patricio —dijo Vimes—. Ese chaval realmente necesita aprender que «no» no quiere decir «sí, por favor».
—Puede ser, señor.
—Y luego hubo aquel percance con el chaval de lord Óxido. No se puede disparar a los sirvientes por poner los zapatos
del revés, ¿sabes? Lo pone todo perdido. Tendrá que aprender
lo que es la derecha y lo que es la izquierda igual que los demás.
Y también lo que está bien y lo que está mal.
—Le escucho, señor.
—Parece que hemos llegado a un impasse —dijo Vimes.
—Eso parece, señor.
Vimes lanzó un trozo de carbón a un dragón pequeño de color bronce y verde, que lo atrapó con habilidad. El calor se estaba volviendo intenso.
—Lo que no entiendo —dijo— es por qué lo intentáis todo el tiempo aquí o en la oficina. O sea, yo camino mucho, ¿no? Podríais dispararme en medio de la calle, ¿verdad?
—¿Qué? ¿Como vulgares delincuentes, señor?
Vimes asintió. Era oscuro y retorcido, pero el Gremio de Asesinos tenía una especie de honor.
—¿Cuál era mi precio?
—Veinte mil, señor.
—Es poco —dijo Vimes.
—Estoy de acuerdo.
El precio aumentaría si el asesino regresaba al Gremio, pensó Vimes. Los asesinos consideraban que sus propias vidas tenían gran valor.
—Vamos a ver —dijo Vimes, examinando la punta de su puro—. El Gremio se lleva el cincuenta por ciento. Lo cual deja diez mil dólares.
El asesino pareció reflexionar sobre aquello y después se llevó la mano al cinturón y tiró una bolsa con cierta torpeza hacia Vimes, que la cogió al vuelo.
Vimes recogió su ballesta.
—Me da la impresión —dijo Vimes— de que si a un hombre lo soltaran es posible que fuera capaz de llegar a la puerta
solamente con quemaduras superficiales. Si fuera un tipo rápido. ¿Cómo de rápido eres tú?
No hubo respuesta.
—Por supuesto, tendría que estar desesperado —dijo Vimes,
calzando la ballesta sobre la mesa de la comida y sacándose un
cordel del bolsillo. Ató un extremo del cordel a un clavo y el
otro a la cuerda de la ballesta. Luego, apartándose a un lado con
cautela, aflojó el gatillo.
La cuerda se movió una pizquita.
El asesino, que estaba mirando aquello del revés, pareció dejar de respirar.
Vimes dio varias caladas a su puro hasta que la punta estuvo al rojo vivo. Luego se lo sacó de la boca y lo apoyó en el cordel que impedía que la ballesta disparara, de forma que solamente tenía que arder una fracción de pulgada más antes de que el cordel se chamuscara.
—Dejaré la puerta abierta —dijo—. Siempre he sido un hombre razonable. Seguiré tu carrera con interés.
Tiró el resto del carbón a los dragones y salió.
Parecía que iba a ser otro día lleno de acontecimientos en Ankh-Morpork, y no había hecho más que empezar.
Mientras Vimes llegaba a la casa oyó un zuuum, un clic y el ruido de alguien que corría muy deprisa hacia el estanque decorativo. Sonrió.
Willikins estaba esperándole con su abrigo.
—Recuerde que tiene una cita con su señoría a las once, sir
Samuel.
—Sí, sí —dijo Vimes.
—Y a las diez tiene que ir a ver a los heraldos. La señora fue
muy clara al respecto, señor. Sus palabras exactas fueron: «Dile
que no intente escabullirse otra vez», señor.
—Ah, muy bien.
—Y la señora dijo que por favor intentara usted no molestar a nadie.
—Dígale que lo intentaré.
—Y su palanquín está fuera, señor.
Vimes suspiró.
—Gracias. Hay un hombre en el estanque decorativo. Sáquelo de ahí y dele una taza de té, ¿quiere? Me ha parecido un
chico prometedor.
—Claro, señor.
El palanquín. Oh sí, el palanquín. Había sido un regalo de bodas del patricio. Lord Vetinari sabía que a Vimes le encantaba caminar por las calles de la ciudad, así que fue un detalle muy típico de él regalarle algo precisamente que le impedía hacerlo.
Le estaba esperando fuera. Los dos porteadores pusieron la espalda recta, expectantes.
Sir Samuel Vimes, comandante de la Guardia de la Ciudad, se volvió a rebelar. Tal vez sí que tenía que usar aquel trasto de los demonios, pero…
Miró al hombre de delante y le hizo un gesto con el pulgar en dirección a la portezuela del palanquín.
—Adentro —le ordenó.
—Pero señor…
—Hace una mañana bonita —dijo él, quitándose otra vez el
abrigo—. Conduzco yo.
Queridísimos mamá y papá:
El capitán Zanahoria de la Guardia de la Ciudad de AnkhMorpork tenía el día libre. Y tenía una rutina. Primero desayunaba en alguna cafetería cercana. Luego escribía una carta a su familia. Las cartas que enviaba a su familia siempre le planteaban problemas. Las cartas que su familia le enviaba a él siempre eran interesantes y estaban llenas de estadísticas sobre minería y de noticias emocionantes sobre nuevas perforaciones y vetas prometedoras. Los únicos temas sobre los que Zanahoria podía escribir eran asesinatos y cosas por el estilo.
Mordió un momento el extremo de su lápiz.
Bueno, esta ha sido otra semana intresante [escribió]. He ido más de culo que un mono con el culo azul. ¡De Verdad De La Buena! Vamos a abrir otra Casa de la Guardia en la calle Chinchulín que cae cerca de Las Sombras, así que ahora tenemos Nada Menos que cuatro incluyendo la de Hermanas Dolly y la de Muro Largo, y yo soy el único Capitán que hay así que estoy dando vueltas todo el teimpo. Personalmente a veces hecho de menos la camaradería de los viejos teimpos cuando solo éramos yo y Nobby y el Sargento Colon pero estamos en el Siglo del Murciélago Frugívoro. El Sargento Colon se va a jubilar a final de mes, dice que la señora Colon quiere que compre una granja, dice que está anelando la paz que reina en el campo y estar Cerca de la Naturaleza, estoy seguro de que le deseáis lo mejor. Mi amigo Nobby sigue siendo Nobby pero más que antes.
Zanahoria cogió con expresión ausente una chuleta de cordero a medio comer de su plato del desayuno y la sostuvo por debajo de la mesa. Se oyó un unk.
En todo caso, volviendo al travajo, estoy seguro de haberos hablado de los Particulares de la calle Cable, aunque siguen operando desde Pseudópolis Yard, a la gente no le gusta que la Guardia no lleve uniforme, pero el Comandante Vimes dice que los delincuentes tampoco llevan uniforme así que a la m##rda con todos.
Zanahoria hizo una pausa. Decía mucho sobre el capitán Zanahoria el que, aun después de casi dos años en Ankh-Morpork, todavía le incomodara aquello de «m##rda».
El Comandante Vimes dice que hay que tener policía secreta porque hay crímenes secretos…
Zanahoria volvió a hacer una pausa. A él le encantaba su uniforme. Era la única ropa que tenía. La idea de la Guardia disfrazada era… bueno, era impensable. Era como aquellos piratas que navegaban bajo bandera falsa. Era como ser espías. Aun así, continuó obedientemente:
… Y el Comandante Vimes sabe de qué habla estoy seguro. Dice que esto ya no es como el trabajo policial a la veija usanza, ¡¡que consistía en pillar a los pobres diablos demasiado estúpidos para escaparse!! En todo caso esto significa mucho más trabajo y caras nuevas en la Guardia.
Mientras esperaba a que se formara una nueva frase, Zanahoria cogió una salchicha de su plato y la puso bajo la mesa.
Se oyó otro unk.
El camarero apareció correteando.
—¿Otra ración, señor Zanahoria? Invita la casa. —Todos los
restaurantes y casas de comidas de Ankh-Morpork ofrecían
comida gratis a Zanahoria, sabiendo con una feliz certeza que él
siempre insistiría en pagar.
—No, pero estaba muy bueno. Aquí tiene… veinte peniques y quédese el cambio —dijo Zanahoria.
—¿Cómo está su joven dama? Hoy no la he visto. —¿Angua? Ah, pues está… por ahí, ya sabe. Ya le diré que ha preguntado por ella.
El enano asintió jovialmente y se alejó correteando. Zanahoria escribió unas pocas líneas diligentes más y luego dijo, en voz muy baja:
—¿Todavía están el mismo carro y el mismo caballo delante de la panadería de Cortezadehierro?
Se oyó un gañido procedente de debajo de la mesa. —¿De veras? Qué raro. Hace horas que se terminó el reparto, y la harina y la sémola no suelen llegar hasta la tarde. ¿Y el cochero sigue ahí sentado?
Algo ladró, flojito.
—Y ese caballo parece demasiado bueno para un carro del
reparto. Y ya sabes, lo normal sería que el cochero le pusiera un
morral. Y es el último jueves del mes. Que es el día en que
Cortezadehierro paga a sus empleados. —Zanahoria dejó el lápiz e hizo un gesto educado con la mano para llamar la atención
del camarero—. Una taza de café de bellota, señor Tal’Adr. Para
llevar.
En el Museo del Pan de los Enanos, situado en el callejón Tiovivo, el señor Hopkinson, el conservador, estaba algo alterado. Dejando de lado otras consideraciones, lo acababan de asesinar. Pero en aquel momento estaba optando por considerar esto un enojoso detalle sin importancia.
Lo habían matado a golpes con una hogaza de pan. Se trata de algo muy poco probable incluso en la peor de las panaderías humanas, pero el pan de los enanos tiene unas propiedades asombrosas como arma ofensiva. Los enanos consideran la panadería una de las disciplinas bélicas. Cuando hablan de comerse una torta saben a qué se refieren.
—Mire esta muesca de aquí —dijo Hopkinson—. ¡Ha estropeado toda la corteza!
Y también el cráneo de usted, dijo la Muerte.
—Ah, sí —dijo Hopkinson, con la voz de alguien que considera que los cráneos van regalados pero que es muy consciente del
valor que su escasez da a una buena pieza de exposición—. ¿Pero
qué tiene de malo una simple cachiporra? ¿O incluso un martillo?
Yo podría haberle proporcionado uno si me lo hubiera pedido.
La Muerte, que por naturaleza tenía también una personalidad obsesiva, se dio cuenta de que estaba en presencia de un maestro. El difunto señor Hopkinson tenía una voz chillona y llevaba las gafas colgando de un cordel negro —su fantasma lucía ahora el equivalente espiritual de las mismas—, y estas eran siempre señales de una mente que sacaba brillo a la parte inferior de los muebles y guardaba los clips sujetapapeles organizados por tamaños.
—Es una vergüenza —dijo el señor Hopkinson—. Y también una muestra de ingratitud, después de que yo les ayudara con el horno. De verdad me temo que tendré que protestar.
Señor Hopkinson, ¿es usted consciente de que está muerto?
—¿Muerto? —trinó el conservador—. Ah, no. Eso no puede ser de ninguna manera. Ahora no. Es de lo más inconveniente. Ni siquiera he catalogado las magdalenas de combate.
No importa. —No, no. Lo siento pero no me va bien. Va a tener usted que esperarse. Ahora no puedo ocuparme de esa clase de tonterías.
La Muerte se quedó perplejo. Después de la confusión inicial, la mayoría de la gente se sentía en cierto modo aliviada al morirse. Era como si les quitaran un peso subconsciente de encima. Como si las habas cósmicas estuvieran contadas por fin. Había pasado lo peor y ya podían, metafóricamente, continuar con sus vidas. Poca gente trataba el asunto como un simple incordio que podía desaparecer si se quejaban lo bastante.
La mano del señor Hopkinson atravesó el tablero de una mesa.
—Oh. ¿Lo ve? —Esto es del todo inoportuno. ¿No podía usted haber elegido un momento más conveniente?
Solamente previa consulta con su asesino. —Todo esto me parece muy mal organizado. Quiero presentar una queja. Después de todo, pago mis impuestos.
Soy la Muerte, no los impuestos. Yo solamente vengo una vez.
La sombra del señor Hopkinson empezó a desvanecerse. —Pero es que yo siempre he intentado tenerlo todo planeado de antemano, que es lo sensato…
Yo creo que lo mejor es ir tomando la vida tal como viene.
—Me parece muy irresponsable.
A mí siempre me ha funcionado.
El palanquín se detuvo delante de Pseudópolis Yard. Vimes dejó que los porteadores se fueran a aparcarlo y entró con paso firme, poniéndose otra vez el abrigo.
Hubo un tiempo, y parecía que fuera ayer, en que la Casa de la Guardia solía estar casi vacía. Estaban solamente el viejo sargento Colon dormitando en su silla y la ropa limpia del cabo Nobbs secándose frente a la lumbre. Y de pronto todo había cambiado.
El sargento Colon lo estaba esperando con una tablilla para sujetar papeles.
—Tengo los informes de las otras Casas de la Guardia, señor —dijo, trotando al lado de Vimes.
—¿Algo especial?
—Ha habido un asesinato algo raro, señor. En una de las viejas casas del Puente Ilegítimo. Un viejo sacerdote. No sé mucho
del asunto. La patrulla ha dicho que había que ir a mirar.
—¿Quién lo ha encontrado?
—El agente Visita, señor.
—Oh, dioses.
—Síseñor.
—Intentaré acercarme esta mañana. ¿Algo más?
—El cabo Nobbs está enfermo, señor.
—Oh, eso ya lo sé.
—Me refiero a que está de baja, señor.
—¿Esta vez no es el funeral de su abuela?
—Noseñor.
—¿Cuántos lleva este año, por cierto?
—Siete, señor.
—Una familia muy extraña, los Nobbs.
—Síseñor.
—Fred, no tienes que llamarme «señor» todo el tiempo.
—Tenemos compañía, señor —dijo el sargento, lanzando
una mirada significativa hacia un banco de la oficina principal—. Ha venido para ese trabajo de alquimista.
Un enano sonrió con gesto nervioso a Vimes.
—Muy bien —dijo Vimes—. Lo veré en mi despacho. —Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó el monedero del asesino—. Pon esto en el Fondo Para Viudas y Huérfanos, ¿quieres,
Fred?
—Sí. Oh, bien hecho, señor. Un poco más de dinero providencial como este y pronto podremos permitirnos unas cuantas viudas más.
El sargento Colon regresó a su mesa, abrió su cajón disimuladamente y sacó el libro que estaba leyendo. Se titulaba Cría de animales. Al principio le había preocupado un poco el título —se oían historias sobre gente muy extraña en el campo—, pero luego resultó ser tan solo un libro sobre las cosas que tenían que hacer el ganado y los cerdos y las ovejas para criar.
Y ahora se estaba preguntando dónde podría encontrar un libro que les enseñara a leer.
En el piso de arriba, Vimes abrió con cautela la puerta de su despacho. El Gremio de los Asesinos seguía las normas. Eso había que reconocérselo a los muy cabrones. Matar a alguien que pasara por casualidad era de muy mala educación. Dejando todo lo demás aparte, a uno no le pagaban. Así que las trampas en su despacho quedaban descartadas, ya que todos los días entraba y salía demasiada gente de allí. Con todo, no estaba de más tener cuidado. A Vimes se le daba muy bien crearse esa clase de enemigos ricos que se podían permitir pagar a asesinos. Los asesinos solamente necesitaban tener suerte una vez, pero Vimes necesitaba tener suerte todo el tiempo.
Entró con rapidez en la sala y echó un vistazo por la ventana. Le gustaba tenerla abierta mientras trabajaba, aun cuando hacía frío. Le gustaba oír los ruidos de la ciudad. Pero cualquiera que intentara subir desde el suelo o bajar desde el techo se encontraría con todas las tejas sueltas, agarraderos inestables y tuberías traicioneras que el ingenio de Vimes pudiera idear. Y debajo Vimes había instalado rejas con puntas. Eran bonitas y decorativas, pero por encima de todo eran puntiagudas.
De momento, Vimes iba ganando.
Alguien llamó débilmente a la puerta.
Los responsables eran los nudillos del enano aspirante. Vimes lo hizo pasar a su despacho, cerró la puerta y se sentó a su mesa.
—Así pues —dijo—, eres alquimista. Tienes manchas de ácido en las manos y no tienes cejas.
—Exacto, señor.
—No es habitual encontrar enanos en esa línea de trabajo.
Tu gente siempre parece trabajar en la fundición de su tío o algo
parecido.
Al enano no se le escapó aquello de «tu gente».
—No se me dan bien los metales —dijo.
—¿Un enano al que no se le dan bien los metales? Debe de
ser un caso único.
—Bastante poco frecuente, señor. Pero siempre se me ha dado bastante bien la alquimia.
—¿Miembro del gremio?
—Ya no, señor.
—¿Ah, no? ¿Cómo lo dejaste?
—A través del tejado, señor. Pero casi tengo la certeza de
saber qué es lo que hice mal.
Vimes se reclinó hacia atrás.
—Los alquimistas siempre están volando cosas por los aires.
Nunca he oído que echaran a nadie por ello.
—Eso es porque nadie había volado nunca el Consejo del Gremio, señor.
—¿Cómo, todo el Consejo?
—La mayor parte, señor. O por lo menos, todas las partes
que se podían desprender.
Vimes se sorprendió abriendo inconscientemente el cajón inferior de su mesa. Lo volvió a cerrar y se dedicó en cambio a toquetear los papeles que tenía delante.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
El enano tragó saliva. Estaba claro que aquella era la parte que había estado temiendo.
—Culopequeño, señor.
Vimes ni siquiera levantó la vista.
—Ah, sí. Lo dice aquí. Eso quiere decir que eres de la zona
montañosa de Überwald, ¿verdad?
—Vaya… sí, señor —dijo Culopequeño, con aire sorprendido. Por lo general los humanos no podían distinguir entre clanes de enanos.
—Nuestra agente Angua es de allí —dijo Vimes—. A ver… Aquí dice que tu nombre de pila es… no entiendo la letra de Fred… esto…
No se podía hacer nada.
—Jovial, señor —dijo Jovial Culopequeño.
—Jovial, ¿eh? Me alegra saber que se mantienen los viejos
nombres tradicionales. Jovial Culopequeño. Bien.
Culopequeño observó con atención. Por la cara de Vimes no había cruzado ni un asomo de burla.
—Sí, señor, Jovial Culopequeño —dijo. Y seguía sin haber ni una sola arruga de más en aquella cara—. Mi padre se llamaba Alegre. Alegre Culopequeño —añadió, igual que uno se hurgaría una muela cariada para ver cuándo se despertaba el dolor.
—¿De veras?
—Y… y su padre se llamaba Respingón Culopequeño.
Ni un rastro, ni una sombra de sonrisita apareció por ninguna parte. Vimes se limitó a dejar a un lado el papel.
—Bueno, pues aquí se viene a trabajar, Culopequeño.
—Sí, señor.
—No hacemos volar cosas por los aires, Culopequeño.
—No, señor. Yo no hago volar todo por los aires, señor.
Algunas cosas se derriten.
Vimes tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—¿Sabes algo de cadáveres?
—Solamente tuvieron conmociones leves, señor.
Vimes suspiró.
—Escucha. Yo sé cómo hacer de policía. Consiste sobre
todo en caminar y hablar. Pero hay muchas cosas que no sé.
Uno se encuentra la escena de un crimen y allí hay unos polvos
grises en el suelo. ¿Qué son? Yo no lo sé. Pero vosotros sabéis
mezclar cosas en cuencos y podéis descubrirlo. O a veces la persona muerta no tiene ni un moretón. ¿La han envenenado?
Parece que necesitamos a alguien que sepa de qué color tiene
que ser un hígado. Quiero a alguien que pueda mirar el cenicero y decirme qué clase de puros fumo.
—Panatelas Finos de Tizneabrojo —dijo Culopequeño de forma automática.
—¡Por los dioses!
—Se ha dejado el paquete en la mesa, señor.
Vimes bajó la vista.
—De acuerdo —dijo—. A veces la respuesta es fácil. Pero a
veces no. A veces ni siquiera sabemos si era la pregunta correcta.
Se puso de pie.
—No puedo decir que me caigan muy bien los enanos,
Culopequeño. Pero tampoco me caen bien los trolls o los humanos, así que supongo que no pasa nada. Bueno, eres el único aspirante al puesto. Treinta dólares al mes, cinco dólares para
gastos, y espero que trabajes para el oficio y no para el reloj, hay
cierta criatura mítica llamada «horas extras» pero nadie ha visto
nunca sus huellas, si los agentes trolls te llaman chupatierra los
echo, y si tú los llamas rocas a ellos te echo a ti, somos una gran
familia, y cuando hayas estado presente en unas cuantas disputas domésticas, Culopequeño, te aseguro que verás los parecidos, trabajamos en equipo y prácticamente vamos inventándonos las cosas sobre la marcha, y la mitad del tiempo ni siquiera
estamos seguros de cuál es la ley, así que las cosas se pueden
poner interesantes, técnicamente tienes el rango de cabo, pero
no te pongas a dar órdenes a policías de verdad, estás a prueba
durante un mes, te daremos algo de formación tan pronto como
haya tiempo, ahora encuentra un iconógrafo y reúnete conmigo en el Puente Ilegítimo dentro de… demonios… mejor que
sea dentro de una hora. Tengo que encargarme de ese maldito
escudo de armas. Pero bueno, por lo menos los muertos no
suelen ponerse más muertos. ¡Sargento Detritus!
Se oyó una serie de crujidos mientras algo pesado se movía por el pasillo de fuera y un troll abría la puerta.
—¿Síseñor?
—Este es el cabo Culopequeño. El cabo Jovial Culopequeño, cuyo padre era Alegre Culopequeño. Dele su insignia,
hágale jurar el cargo y enséñele dónde está todo. Muy bien.
¿Cabo?
—Intentaré ganarme el honor de este uniforme, señor —dijo Culopequeño.
—Bien —dijo Vimes en tono animado. Miró a Detritus—. Por cierto, sargento, tengo aquí un informe que dice que anoche un troll con uniforme clavó a uno de los sicarios de Chrysoprase a una pared por las orejas. ¿Sabe algo del asunto?
El troll arrugó su frente enorme.
—¿Dice algo de que estuviera vendiendo bolsas de tocho a
niños trolls?
—No. Dice que iba a leerle literatura espiritual a su querida y anciana madre —dijo Vimes.
—¿Dijo Cerril si vio la placa de ese troll?
—No, pero dice que el troll lo amenazó con embutírsela allí
donde el sol no brilla —dijo Vimes.
Detritus asintió con expresión grave.
—Eso es ir demasiado lejos para estropear una buena placa
—dijo.
—Por cierto —dijo Vimes—, ha tenido mucha suerte al adivinar que le estaba hablando de Cerril.
—Me ha venido de repente, señor —dijo Detritus—. He pensado: ¿qué hijoputa que vende tocho a niños merece que lo claven a una pared por las orejas, señor? Y… bingo. Esa idea se ha formado en mi cabeza, así.
—Eso me parecía a mí.
Jovial Culopequeño paseó la mirada de una cara impasible a otra. Los dos guardias no dejaban de mirarse a los ojos, pero sus palabras parecían venir de cierta distancia, como si ambos estuvieran leyendo un guión invisible.
Luego Detritus negó lentamente con la cabeza.
—Ha tenido que ser un impostor, señor. Es fácil encontrar cascos como los nuestros. Ningún troll de los míos haría algo
así. Sería brutalidad policial, señor.
—Me alegra oírlo. Solamente de cara a la galería, sin embargo, quiero que registre las taquillas de los trolls. La Liga AntiDifamación del Silicio anda detrás de este asunto.
—Sí, señor. Y si me entero de que ha sido uno de mis trolls caeré encima de él como una tonelada de cosas rectangulares para construir, señor.
—Bien. Bueno, puede marcharse, Culopequeño. Detritus se hará cargo de usted.
Culopequeño vaciló. Aquello era imposible. El tipo no había mencionado ni hachas ni oro. Ni siquiera había dicho cosas del tipo: «Puedes llegar muy alto en la Guardia». Culopequeño sentía realmente extrañeza.
—Esto… le he mencionado mi nombre, ¿verdad, señor? —Sí. Lo tengo aquí escrito —dijo Vimes—. Jovial Culopequeño. ¿Sí?
—Esto… sí. Eso es. Bueno, gracias, señor.
Vimes se quedó escuchando cómo se alejaban por el pasillo. Luego cerró la puerta con cuidado y se tapó la cabeza con el abrigo para que nadie le oyera reír.
—¡Jovial Culopequeño!
Jovial salió corriendo detrás del troll llamado Detritus. La Casa de la Guardia se estaba empezando a llenar. Y estaba claro que la Guardia trataba con toda clase de cosas, y que muchas de ellas estaban relacionadas con gritar.
Había dos trolls con uniforme delante del escritorio del sargento Colon, con un troll ligeramente más pequeño entre ellos. Este último lucía una expresión abatida. También lucía un tutú y un par de alitas de gasa pegadas a la espalda.
—… casualidad de que sé que los trolls no tienen ninguna tradición del Hada de los Dientes —estaba diciendo Colon—. Sobre todo ninguna que se llame —bajó la vista— «Cangapanilla». Así pues, ¿qué tal si lo dejamos en allanamiento de morada sin licencia del Gremio de Ladrones?
—No dejar que los trolls tengamos Hada de los Dientes es un prejuicio racista —murmuró Cangapanilla.
Uno de los guardias trolls volcó el contenido de un saco sobre la mesa. Diversos artículos de plata cayeron en cascada sobre los papeles.
—Y esto es lo que ibas encontrando debajo de sus almohadas, ¿no? —dijo Colon.
—Ay, pequeñines míos —dijo Cangapanilla.
En la siguiente mesa, un enano fatigado estaba discutiendo con un vampiro.
—Mire —le dijo—, no es asesinato. Usted ya está muerto, ¿verdad?
—¡Pero me los ha clavado!
—Bueno, acabo de bajar a hablar con el encargado y me ha
dicho que ha sido un accidente. Dice que no tiene nada en absoluto en contra de los vampiros. Que simplemente estaba cargando con tres cajas de lápices HB con goma de borrar y se tropezó con el borde de la capa de usted.
—¡No sé por qué no puedo trabajar donde me dé la gana! —Sí, pero… ¿en una fábrica de lápices?
Detritus bajó la vista hacia Culopequeño y sonrió. —Bienvenido a la vida en la gran ciudad, Culopequeño —dijo—. Tienes un apellido interesante.
—¿Ah, sí?
—La mayoría de los enanos tienen apellidos como Levantarrocas o Fuerteenelbrazo.
Detritus no tenía buen ojo para los matices en las relaciones, pero por fin captó el tono incisivo de la voz de Culopequeño.
—Pero es buen apellido —dijo.
—¿Qué es el tocho? —preguntó Jovial.
—Es cloruro de amonio mezclado con radio. Te da un cosquilleo en la cabeza pero funde el cerebro troll. Es un gran problema en las montañas y algunos cabrones lo están fabricando aquí en la ciudad y estamos intentando descubrir cómo llega allí.
El señor Vimes me está dejando dirigir una —Detritus se concentró— cam-pa-ña de con-cien-cia-ción pú-bli-ca para decirle a la gente lo que les pasa a los cabrones que se lo venden a niños… —Hizo un gesto con la mano en dirección a un póster
enorme y más bien tosco que había en la pared. Decía:
Tocho: Simplemente di «AarrghaarrghporfavornononononoUGH».
Abrió una puerta.
—Este es el viejo retrete que ya no usamos nunca, lo puedes usar tú para mezclar cosas, es el único sitio que tenemos
ahora mismo, lo tienes que limpiar primero porque aquí huele
como a váter.
Abrió otra puerta.
—Y este el vestuario —dijo—. Te toca una percha para ti
solo y tal, y hay estos paneles para cambiarse detrás porque
sabemos que los enanos sois modestos. Aquí se vive bien si no
te ablandas. El señor Vimes es buen tío pero tiene sus cosas raras, no para de decir cosas como que esta ciudad es un crisol y
toda la escoria flota hacia la parte de arriba y cosas así. Te daré
tu casco y tu placa en un minuto, pero primero —abrió una
taquilla más bien grande que había al otro lado de la sala y en
la que había pintada la palabra «DTRiTUS»— tengo que ir a
esconder este martillo.
Dos figuras salieron corriendo de la Panadería de Enanos Cortezadehierro («No Hay Pan Más Afilado»), se abalanzaron sobre el carruaje y le gritaron al cochero que arrancara a toda prisa.
El cochero volvió una cara pálida hacia ellos y señaló la calle que tenían delante.
Allí había un lobo.
No un lobo común y corriente. Tenía el pelaje rubio y lo bastante largo alrededor de las orejas como para ser una melena. Y por lo general los lobos no se sentaban tranquilamente sobre las patas traseras en medio de la calle.
Este lobo estaba gruñendo. Un gruñido muy, muy largo. Era el equivalente auditivo de una mecha consumiéndose.
El caballo estaba paralizado, demasiado asustado para quedarse donde estaba pero demasiado más aterrado para moverse.
Uno de los hombres extendió con cautela un brazo para coger una ballesta. El gruñido se intensificó un poco. El hombre apartó la mano todavía con más cautela. El gruñido empezó a remitir.
—¿Qué es?
—¡Es un lobo!
—¿En una ciudad? ¿Y qué come?
—Oh, ¿por qué has tenido que preguntar eso?
—¡Buenos días, caballeros! —dijo Zanahoria, despegando la
espalda de la pared—. Parece que la niebla se está levantando
otra vez. ¿Licencias del Gremio de Ladrones, por favor?
Ellos se volvieron. Zanahoria les dedicó una sonrisa jovial y asintió alentadoramente.
Uno de los hombres se dio varias palmadas en el abrigo a modo de exhibición teatral de despiste.
—Ah. Bueno. Esto… Esta mañana he salido de casa con un poco de prisa, me la debo haber dejado…
—La Sección Dos, Norma Uno de los Estatutos del Gremio de Ladrones dice que los miembros tienen que llevar sus carnets en todas sus incursiones profesionales —dijo Zanahoria.
—¡Ni siquiera ha desenvainado la espada! —dijo
