La España de Pelayo, Manolita y Marcelino

Josep Lluís Sirera

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Son muchos los estudios publicados en estos últimos años sobre nuestra posguerra. Estudios que abarcan la práctica totalidad de temas posibles, desde las relaciones internacionales hasta la vida cotidiana de los españoles bajo el franquismo, y que han contribuido decisivamente a aportar luz a nuestro conocimiento de aquellos años, ciertamente difíciles. Al lado de esta ya nutrida bibliografía especializada, nuestra pretensión es bastante más modesta: contribuir a poner de relieve el trasfondo histórico en el que se desarrollan las diferentes líneas argumentales que Amar en tiempos revueltos ha ido presentando a lo largo de sus (por el momento) siete temporadas. Y, de forma semejante, relacionar dicho trasfondo con los muchos personajes que han desfilado por la serie durante estos años. Los temas y los aspectos históricos que en este libro se tratan lo han sido, pues, en coherencia con la forma en que en ella se plantean. No nos ha resultado nada difícil, por otra parte, ya que uno de los grandes méritos que Amar… presenta es su rigor histórico, que se hace patente, en primer lugar, en el gran trabajo de su magnífico equipo de guionistas (encabezado por quienes la idearon: Josep Maria Benet i Jornet, Antonio Onetti y Rodolf Sirera), pero que es muy visible también en el de todo el equipo humano (actores incluidos) que hace posible una serie que cuenta, además, con el asesoramiento histórico del doctor Ángel Bahamonde.

Es cierto que este rigor ha facilitado nuestro trabajo, pero también tenemos que reconocer que en muchos momentos hemos sentido que no podíamos competir en cantidad de información histórica con la serie. Cosa evidente pues, al fin y al cabo, en el momento de escribir este prólogo son más de mil quinientos los capítulos que se llevan emitidos de Amar en tiempos revueltos. Conscientes de ello, nos hemos inclinado en este libro no por una exposición rigurosamente cronológica (como sucede en las diferentes temporadas de la serie), sino por un desarrollo temático que nos ofrezca, en su conjunto, un mosaico de los principales rasgos históricos del período. El orden de presentación de dichos temas viene, además, determinado por su mayor o menor presencia en las diferentes temporadas, lo que no significa, en absoluto, que únicamente aparezcan en una de ellas. De hecho, bastantes de esos temas (la situación de la mujer bajo el franquismo o el crucial papel desempeñado por la Iglesia católica durante estos años, por ejemplo) recorren todo el período histórico que abarca Amar… y, en consecuencia, nuestro libro.

Conviene precisar, a este respecto, otra cosa: aunque la serie arranca, en su primera temporada, en los meses inmediatamente anteriores al estallido de nuestra Guerra Civil, el relato lo hace después del fin de ésta y, más concretamente, en 1943, año del nacimiento de Leonor, la hija mayor de Manolita y Marcelino. Nos hemos inclinado por esta opción porque el período de 1936-1939 presenta unos rasgos específicos y completamente diferenciados de los años posteriores y hubiese exigido, en consecuencia, un tratamiento particularizado y mucho más amplio del que en este volumen le habríamos podido destinar. En el otro extremo, el arco cronológico abarcado por el libro se cierra a finales de 1956, momento en que se desarrolla el primer tramo de la séptima temporada de Amar en tiempos revueltos.

Nuestro libro está construido a partir de las conversaciones que mantiene la niña con su abuelo Pelayo, conversaciones a las que, con frecuencia, se suman Manolita y Marcelino. A partir de ellas, en efecto, se va reconstruyendo el pasado más inmediato de los personajes, no de forma estrictamente cronológica sino —como se ha mencionado— temática.

El libro se encuentra dividido en cinco grandes capítulos: el primero (Cuando sobrevivir no era nada fácil. 1939-1948) corresponde a las dos primeras temporadas de la serie. Se trata de años extraordinariamente duros, de racionamiento, represión y penuria a todos los niveles; aspectos sombríos que condicionan, sin duda, los amargos recuerdos que de la época nos ofrece Pelayo. El segundo capítulo (Lo importante es resistir… 1948-1950) se relaciona con la tercera temporada; el tercero (…Y no perder la esperanza. 1950-1952), con la cuarta; el cuarto (La memoria necesaria. 1952-1954), con la quinta. Finalmente, el quinto (Mirando al futuro con optimismo. 1954-1956) guarda relación con la sexta temporada y el primer tramo de la séptima.

No olvidemos, en cualquier caso, que al organizarse internamente todos los capítulos por temas, los personajes e historias de cada temporada pueden aparecer en cualquiera de ellos, en especial los de la sexta y la séptima, ya que las charlas entre Pelayo, Leonor y los padres de ésta transcurren, como ya se ha dicho, en teoría a lo largo del último trimestre de 1956, mientras que lo sucedido en la temporada anterior (la sexta) está obviamente muy presente en todos los personajes que intervienen en nuestra obra. Conviene advertir, a este respecto, que este libro presenta plena autonomía narrativa y no es, de ninguna de las maneras, un relato complementario de lo que sucede durante dicha séptima temporada.

Otro elemento importante hay que tener asimismo presente: son los personajes los que toman la palabra y, en consecuencia, son sus reflexiones y puntos de vista los que aquí se ofrecen. Es cierto que, para no perder densidad informativa, nos hemos permitido la licencia de suponerlos mejor informados de lo que lo hubiesen estado de haber existido realmente, pues una de las características más llamativas de la posguerra es la opacidad y la manipulación informativa que el franquismo impuso sobre la sociedad española del momento. El hecho de que sean Pelayo, Manolita y Marcelino quienes nos informen de los aspectos más relevantes de la España de los cuarenta y cincuenta implica —por otra parte— que lo hagan en coherencia a su modo de pensar y de ver el mundo. Es decir: hemos pretendido que el Pelayo que aquí encuentre el lector sea lo más semejante posible al Pelayo que podemos ver en la pequeña pantalla.

Para complementar la información que las explicaciones de Pelayo aportan, hemos procurado apostillar su relato con los puntos de vista de Manolita. En cualquier caso, el lector encontrará en ambos personajes idénticas ganas de vivir, de salir adelante, de superar los durísimos años que siguieron al final de la guerra. El mismo Pelayo, consciente de todo el dolor y el sufrimiento de aquellos tiempos, irá modulando su discurso según avance en sus explicaciones, de forma semejante a como la sociedad española fue superando el hambre y la miseria de la posguerra gracias a sus enormes ganas de vivir o, si se prefiere, de sobrevivir.

El cuerpo del presente libro (las conversaciones entre los miembros de la familia Gómez-Sanabria, que firma Josep Lluís Sirera) se completa con un anexo cronológico y con veinticuatro cuadros explicativos que aportan información complementaria sobre aquellos aspectos históricos que van surgiendo en dichas conversaciones. Anexo y cuadros han sido elaborados por Carles Sirera Miralles, con la excepción de los referidos a la educación y la cultura, que lo han sido por Remei Miralles. Dichos cuadros se intercalan a lo largo de la obra en función de los temas tratados por los personajes. Tanto la información que contienen, como la que se incluye en el mismo relato, descansan en los estudios históricos sobre el período, una selección de los cuales aparecen consignados en la correspondiente Bibliografía, para que el lector interesado pueda ampliar su conocimiento de la época. Para facilitar la lectura de la obra, hemos incluido también un pequeño índice de aquellos personajes de la serie que, por un motivo u otro, son citados a lo largo del libro.

Los autores confiamos en que esta obra ayude al lector no sólo a incrementar su conocimiento de una época (la de la posguerra) que tanto ha condicionado, y condiciona, la historia reciente de España, sino también a reencontrarse, sobre el papel, con unos personajes televisivos tan entrañables como lo son la familia de El Asturiano, así como con ese pequeño pero fascinante mundo que gira en torno a las plazas de Santo Tomé y de los Frutos.

Leonor y Pelayo sellan un pacto

Leonor y Pelayo

sellan un pacto

Uno de los momentos del día que más le gustan a Leonor es el rato que pasa por las mañanas en el comedor de su casa, esperando la hora de ir al colegio. Muchas de sus compañeras aprovechan esos minutos para dormir un poco más; otras, para acabar unos deberes que la noche antes no tuvieron ganas de hacer… Pero ella, no. Ella siempre hace los deberes en el colegio, y en cuanto a que se le peguen las sábanas, nada de nada. Desde muy pequeña se ha acostumbrado a madrugar. Normal: desde que se acuerda, sus padres y su abuelo siempre se han despertado cuando aún era de noche. El trabajo en un bar es muy sacrificado, eso también lo aprendió de muy pequeña. Además, cuando llegaron sus hermanas Lola y María, el trabajo en la casa se multiplicó y sus padres tuvieron que levantarse cada día más temprano para poder atender todas sus obligaciones. Y la cosa fue a más, claro, porque a las dos les siguieron Luisita, Marisol y Manolín. Menos mal, piensa Leonor, que está ella para echar una mano a sus padres, porque si no…

Pero ¿por qué le gusta tanto ese momento del día? Si se lo preguntasen, a Leonor le costaría explicar la verdad: mientras desayuna puede fijarse en sus padres y en su abuelo, lo que hacen y lo que dicen; como están siempre tan atareados, se olvidan un poco de ella y ni se dan cuenta de que está mirándolos. Y es que a Leonor le gusta mucho observar a su familia; aprendió a hacerlo en los ratos que se pasaba en El Asturiano, y según va haciéndose mayor advierte que su interés por sus padres, y por su abuelo, no hace sino crecer. En algunos momentos, incluso, piensa que si eso no será porque cada día que pasa se parece más a… ¿a quién? A su madre, claro, pero también a su padre, a su abuelo… y hasta a la abuela Enriqueta, y eso que sabe bien que familia, lo que se dice familia, la abuela Enriqueta no lo era.

A Leonor, eso de parecerse a otra persona siempre le hizo gracia desde muy pequeña: uno de los primeros recuerdos que tiene era cuando las amigas de su madre se acercaban a ella, le acariciaban el rostro y le decían: «Eres clavadita a tu madre, clavadita». ¿De verdad? Cree que entre Manolita, su madre, y ella hay muchas diferencias en lo físico. Ella es ella, faltaría más. No una copia. Claro que a lo mejor se referían al carácter, y si es eso, pues a lo mejor sí que tenían razón, porque las dos gastan un genio parecido, las dos no se arrugan ante nada y defienden sus convicciones ante quien sea. Ella, por lo menos, siempre lo ha hecho y está segura de que su madre, cuando era una niña, haría lo mismo, porque si de mayor le planta cara hasta a la mismísima Guardia Civil…

Este último pensamiento llena de orgullo a Leonor porque le gusta parecerse a su madre. Y es que Manolita le provoca una gran admiración: siempre la ve apresurada en su casa, yendo de allí para allá, cuidando de sus hermanas y de su hermano (de ella, ya no, que es mayor). Cuidando, claro está, de su padre, que tiene muy mal despertar y hasta que no ha desayunado no sabe siquiera dónde está. Y en el bar, lo mismo; Leonor aún recuerda que de chiquitina jugaba a imaginarse a Manolita con seis brazos por lo menos, como esos dioses raros que hay por la India. Vaya… ¿por qué no le pediría nunca a Simón que le hiciese un dibujo de su madre con muchos brazos? Sería divertido.

Pero Leonor no puede seguir imaginándose a su madre con seis brazos, uno para cada uno de sus hijos. Acaba de entrar en el comedor su abuelo, Pelayo, que le sonríe con cariño y le acaricia, como hace siempre, el cabello. No hace falta que le diga nada: como todos los días ella ya sabe lo que le toca. Hacerse cargo de Lola, de María y de Luisita y emprender con ellas el camino al colegio, que las monjas no esperan. Por eso, se acaba la leche a toda prisa, revisa rápidamente que lleva todos los libros y los cuadernos que necesita y se pone en pie…

Justo en ese momento recuerda que se ha olvidado una cosa. Un ejemplar del tebeo Pulgarcito que Emilia, una compañera de curso, le dejó el otro día con la promesa de que se lo devolviese apenas lo hubiera acabado de leer. Emilia, que tiene un hermano mayor, se lo pidió prestado a éste porque Leonor le dijo que no conocía la revista ni a sus personajes: Carpanta y su amigo Protasio, Don Pío y su familia, las hermanas Gilda, Gordito Relleno, la criada Petra y, sobre todo, los hermanos Zipi y Zape y sus padres, don Pantuflo Zapatilla y doña Jaimita, que son los preferidos de su amiga.

A Leonor le ha encantado el tebeo, por supuesto. Pero no es eso sólo: le ha provocado una sensación extraña, una sensación que hasta entonces no había experimentado leyendo los tebeos de Azucena (y eso que están pensados para niñas), ni siquiera cuando ojeaba los de Hazañas bélicas que tanto le gustan a su primo Pedrito. ¿De qué sensación se trata? Leonor no ha tardado mucho en descubrirla: aquellos personajes que salen en las historietas le son muy familiares, mucho. Es como si se los encontrase en la calle, o como si fueran clientes de El Asturiano. No, claro está: el bueno de Sebas no es precisamente Gordito Relleno, pero los dos son tan buenas personas, siempre dispuestos a ayudar… Y claro que las hermanas Gilda no deben de ser las que salen en esa película que al abuelo y a su padre tanto les gusta y de la que su madre no quiere ni oír hablar en casa. Pero, pese a ello, esos personajes de Pulgarcito le parecen terriblemente familiares. Hasta está segura de que cuando salga con sus hermanitas a la calle, se cruzará con Don Pío, su esposa Benita y su sobrino Luisito; otra casualidad: Benita y Don Pío también han adoptado a un sobrino, como sus padres han hecho con Luisita. Porque seguro que ese niño también es huérfano y hasta cabe la posibilidad de que sus padres fuesen del maquis, como los de Luisita, y hubieran muerto asimismo luchando por la libertad.

Mientras piensa todo esto, Leonor no ha parado ni un momento de hacer cosas; los almuerzos de sus hermanas y el suyo, listos: el abuelo acaba de entregárselos; los cuadernos de sus hermanas, también. Va, por fin, a su cuarto a por el Pulgarcito. No es que lo tuviese oculto, pero casi: aunque tiene las cosas muy claras, le da la impresión de que para muchas personas (para las monjas, seguro), ese tebeo no es lectura de niñas. Así que mejor ser discreta y poner el ejemplar entre los libros como quien no quiere la cosa...

Lo que Leonor siempre olvida es que Pelayo es zorro viejo y no le ha pasado inadvertida la maniobra de su nieta, así que, con esa amplia y beatífica sonrisa que se gasta cuando pilla a alguna de sus nietas en un renuncio, le hace la pregunta que ella tanto teme:

—¿Se puede saber qué llevas ahí, entre los libros?

—Sólo es un tebeo, abuelo. Es de una de mis compañeras y tengo que devolvérselo.

—¿Y qué tebeo es? Porque de los de Azucena, no parece.

—¡Claro que no! Esos tebeos los leen mis hermanas. Yo ya soy mayor. Toma.

Leonor le alarga el ejemplar de Pulgarcito a su abuelo. Cuál no será su sorpresa cuando ve que Pelayo lo coge con una gran sonrisa y lo hojea sin dejar de sonreír. Después, se lo devuelve con un pequeño suspiro.

—Cómo ha crecido mi abejaruco —le dice, muy cariñoso—. Claro, estamos tus padres y yo siempre tan pendientes de tus hermanos que más de una vez nos olvidamos de ti… Imagínate que ya hace unos años pensé que sería hora de que tu abuelo te comprase el Pulgarcito, pero, entre unas cosas y otras, lo he ido dejando siempre para más adelante. Y me alegro, porque así has tenido que ser tú quien lo descubriese. Muy bien hecho, Leonor.

Y estampa un beso en la frente de Leonor, que se queda muy sorprendida.

—Pero, abuelo… Si es sólo un tebeo, ni siquiera es un cuento. ¿Por qué le das tanta importancia?

—Pues porque es mucho más que un tebeo. Es… es como un periódico.

—¡Anda ya! ¿Un periódico? Si aquí no salen noticias.

—No, es cierto; ahí no vas a encontrar nada sobre los viajes de Franco por España, ni lo que hacen los ministros, ni la gente esa de tantas campanillas como don Andrés Hernández Salvatierra. Pero sale algo mucho más importante.

—¿Qué?

—Muchas de las cosas que, hoy día, nos pasan a la gente de a pie en España. Cómo vive, cuáles son sus ilusiones…

—¿Como el pollo con el que Carpanta sueña siempre?

—Exacto. Mira a Carpanta, cuánta hambre pasa el pobre. Como la que pasamos la gran mayoría de los españoles no hace tantos años. Y así, si vas fijándote, encontrarás que en Pulgarcito estamos nosotros, los españolitos de a pie.

—Abuelo… No he leído más que un Pulgarcito, pero a mí me parece que a muchos de esos personajes las cosas nunca les salen bien.

—Y a muchos de nosotros, tampoco. Mira a tu alrededor… Mira a Sebas, a tus primos… Mira los apuros que pasamos cada día. Piensa en todo lo que han tenido que luchar tus padres para recuperar a Luisita y a Marisol…

—No sigas, abuelo, que ya te comprendo. ¡Y yo que creía que no os iba a gustar que leyera Pulgarcito!

—¿Que no…? Pues para que te enteres, a partir de esta semana, tu abuelo te comprará el Pulgarcito para que lo leas y te ayude a entender esta España en la que vives. Y te prometo que yo también lo leeré. Y ya verás cómo tus padres también se enganchan.

Leonor se alegra ante la promesa de que todas las semanas podrá leer Pulgarcito. Está contenta también porque se sabe muy afortunada: querida por sus padres y por su abuelo, y tratada por ellos como una persona adulta. Ninguna de sus compañeras de clase puede decir lo mismo. Pero, al mismo tiempo, las palabras de Pelayo le han dejado un poso de inquietud. Desde pequeña se ha ido dando cuenta de muchas cosas que pasaban en su casa y que sus padres le decían que no tenía que ir contándolas. Por ejemplo, por qué su abuelo no va a misa, por qué cuando habla de Franco, al Caudillo como dicen las monjas, siempre le llama el Chaparro o el Chaparrito de El Pardo (y su padre también lo llama así a veces)… Y más cosas: sabe que su abuelo se queda algunas noches hasta muy tarde en el bar, y no porque lo tengan abierto; ha oído decir a sus padres que escucha la radio… No una emisora cualquiera, sino una que está prohibida por el Gobierno. Son cosas que ella ha visto y hasta ahora ha aceptado sin atreverse a preguntar, aunque en más de una ocasión ha tenido que morderse la lengua, por miedo a que se enfadasen con ella. Quizá ahora…

—Abuelo… ¿Puedo pedirte una cosa?

—Dime, mi niña.

—Eso que me has contado sobre lo que son los personajes de Pulgarcito está muy bien, pero a mí me gustaría que me contaras cosas de la España en que vivimos. Cosas de esas que dices tú que en los periódicos no salen porque el Chaparro de El Pardo no les deja publicarlas.

Leonor ha remarcado mucho lo del Chaparro: sabe que si llama así a Franco, ya tiene a su abuelo en el bolsillo.

—Es que no sé si todo lo que puedo contarte te gustará…

—Venga, abuelo, no tengas miedo. No me chivaré ni a las monjas ni a nadie. Pero es que estoy pensando que cuando yo tenga nietos y me pregunten cómo era de pequeña, y cómo era la España en que vivía, igual no sabré qué contestarles. Y no querría tener que decirles que lean un libro de historia. Me daría mucha pena no tener nada que contarles.

La petición de su nieta emociona a Pelayo. Desde que acabó la guerra ha pensado muchas veces que le gustaría llevar un diario, escribir lo que le pasa y lo que les ha ido pasando a sus amigos, a sus parientes, a los vecinos… Pero él, lo reconoce, habla mejor que escribe, y había arrinconado en el desván de los sueños imposibles escribir un libro con sus recuerdos. Y ahora Leonor, con su petición, le está despertando de nuevo el gusanillo.

—De acuerdo, Leonor, tu abuelo te irá contando, en los ratos que tengamos libres, cómo es la España en que vivimos. Y como a ti se te da tan bien, vas escribiendo lo que yo te cuente. ¿De acuerdo?

Leonor, muy seria, afirma con la cabeza. Abuelo y nieta, muy formales, se dan la mano y sellan el pacto.

Cuando sobrevivir no era nada fácil 1939-1948

Cuando sobrevivir

no era nada fácil

1939-1948

El año en que nació Leonor (1943)

El año en que nació Leonor (1943)

Mientras Leonor despeja la mesa, Pelayo entra en el comedor con una gran caja de hojalata. No cruzan palabra, ni falta que hace. Desde la primera semana del curso, aquello se ha convertido en una rutina. Una rutina que todos respetan, en especial Manolita y Marcelino a quienes, tras la sorpresa inicial, hasta les hace gracia que su hija se aplique con tanta diligencia a escribir lo que su abuelo le explica. La única condición que han puesto a Pelayo es que lo que tenga que contarle a su nieta se lo cuente en casa… y sin alzar mucho la voz. Y es que los dos saben que, aunque ya no es como cuando acabó la guerra, siempre se corre el peligro de que lo denuncien por hablar mal del Régimen.

Por eso, todos los domingos por la tarde, entre unos y otros han encontrado la forma de que abuelo y nieta se queden en casa un rato. Entonces, Pelayo saca, de la caja en la que guarda recuerdos y documentos de todo tipo, algo que le sirve de ejemplo para lo que va a contarle esa semana a su nieta. Ella apresta su cuaderno y su lápiz y pronuncia la frase que va a desatar los recuerdos de Pelayo:

—Yo ya estoy lista, abuelo. Cuando quieras.

Esta semana, Pelayo no ha sacado un objeto, sino varios: unas hojas de diario muy bien plegadas, varios recortes de prensa, una cartilla de racionamiento y una hoja en la que se lee «Tarjeta de abastecimiento». Se lo alarga todo a Leonor y ésta comprueba la fecha de la mayoría de los recortes: 1943. El año en que ella nació. Han dejado atrás los años de la Guerra Civil, de la que el abuelo apenas ha querido hablar porque dice que aún es muy pequeña para darse cuenta cabal de lo que fue aquella atrocidad. Ya era hora: con las ganas que tiene de saber cómo era España cuando ella vino al mundo…

Con parsimonia, Pelayo va desplegando las hojas de diario y va señalando diversas noticias que aparecen en ellas.

—Fíjate en esta primera noticia —le dice—: el 2 de febrero las tropas del Eje se rinden en Stalingrado. Es la primera gran derrota del Tercer Reich, a la que pronto seguirán otras. Por ejemplo —y le señala un recorte— el 25 de julio de 1943, el rey Víctor Manuel III de Italia, tras el desembarco de las fuerzas aliadas en Sicilia, ordena la detención de Mussolini, el líder de los fascistas italianos, aliado de Hitler y muy amigo de Franco. Para los que en España habíamos sido derrotados en la guerra, y vivíamos desde 1939 acogotados por los lacayos del Régimen, estas noticias eran como ver la luz al final del túnel: igual, los nazis no ganaban; no todo estaba perdido para las democracias occidentales, ni para la Unión Soviética… Fue entonces cuando viniste al mundo, imagínate. Fuiste la ilusión y la alegría de toda la familia, como las primeras derrotas de los fascistas alemanes e italianos lo fueron para todos los demócratas españoles.

Al decir esto, Pelayo no puede evitar emocionarse cuando recuerda aquellas conversaciones, siempre en voz baja, muy baja, con sus amigos del barrio. Con Paloma, por ejemplo. ¡La de veces que desearon, en esos momentos, que las fuerzas aliadas se hubiesen equivocado de isla y hubieran desembarcado en Mallorca, en lugar de en Sicilia! ¡Cómo se alegraron todos de que Franco retirase la División Azul del frente soviético o que, el 3 de octubre, España dejase de ser una potencia no beligerante, que no ocultaba sus simpatías por los nazis, para declararse neutral! Tras tantos sufrimientos para la España vencida, que malvivía en condiciones casi infrahumanas, esos cambios de orientación de la política exterior española eran el reconocimiento de que los que tenían ahora la sartén por el mango en Europa, no vestían camisas pardas como los nazis, ni negras como los fascistas italianos, sino que eran los aliados: los yanquis, los británicos, los franceses de la Resistencia (David contra el Goliat hitleriano), los soviéticos (ahí le dolía a Franco). Lástima que las camisas azules y las boinas rojas de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS (a nombres largos no nos gana nadie a los españoles) continuasen campando a sus anchas por nuestra patria…

—¿Quieres decir que cada vez que celebramos mi cumpleaños recuerdas esas esperanzas que se os despertaron a ti y a tus amigos en 1943? ¿Y no te sientes decepcionado entonces? Porque Franco continúa en El Pardo.

—Sí, mi vida. Continúan mandando él y su grey en España, pero no por eso me siento decepcionado. Cada vez que te veo pienso que si naciste en ese año de esperanza, es porque tú, y todos los chicos de tu edad, sois nuestra esperanza, los que un día podréis contar a vuestros hijos y a vuestros nietos lo que nos pasaba… sin tener que hacerlo en voz baja.

—¿Y qué sucedía en España mientras los aliados estaban ganando la guerra?

—Pues, lo primero, que había que seguir los avances de los aliados a través de las emisoras de radio del extranjero, en especial Radio Londres, porque aquí la maquinaria propagandística del Régimen se dedicaba a decirnos que eran las fuerzas del Eje las que se estaban llevando el gato al agua. Y eso te lo decían en la prensa, en la radio y, sobre todo, en el No-Do, que se había creado en octubre del año anterior, 1942, con el objetivo de que en todos los cines se proyectase ese «noticiario documental» que de noticiario de verdad tiene poco y de propagandístico, mucho. ¡Y vaya si hace propaganda! Porque en el No-Do lo que podemos ver no son sólo todos los viajes de Franco a lo largo y ancho de España, todas sus inauguraciones y todas sus entradas bajo palio… También no vemos la realidad; una realidad que en la España de 1943 era terrible, pero terrible de verdad.

—¿Lo dices por la gente que estaba en las cárceles? Porque, digo yo, si en 1956 aún hay tantos, en 1943 debía de haber muchos más.

—Eso mismo. Las cárceles en aquel año rebosaban de presos; decenas de millares, de toda suerte y condición: hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, muy jóvenes a veces, todos como sardinas en lata… Daba lo mismo el delito que, supuestamente, hubiesen cometido, porque en aquellas cárceles se hacinaban militares y milicianos que habían luchado a favor de la legalidad republicana… Pero también otros muchos cuyo único «delito» era haber pertenecido a los partidos políticos y sindicatos leales a la República; y otros muchos más que, simplemente, habían tratado de ser coherentes con sus ideas, con su forma de ver la vida. Entre ellos, para que veas, muchos escritores y artistas, que el único delito que habían cometido era ayudar a la República con su inteligencia y con su trabajo… Y maestros, muchísimos profesores que pensaban que el futuro de España estaba en la educación de todos sus ciudadanos, empezando por los niños como tú…

»Y ya puedes imaginarte en qué condiciones vivían aquellos desgraciados: sin apenas comida, ni medicamentos, ni nada de nada. Muchos morían de enfermedad; otros, de hambre. Así, sin estar condenados a muerte, murió mucha gente buena y honrada, muchos padres y madres de familia que dejaban a sus hijos huérfanos… Hasta lumbreras como el poeta Miguel Hernández, que murió de tuberculosis un año antes de que tú nacieras, cuando sólo tenía treinta y dos años. Un chaval, vamos.

—Y eso continúa ahora… —dice, reflexiva, Leonor.

—Continúa, sí, mi niña; la represión se ha atenuado porque Franco y los suyos tratan de disimular ante las potencias democráticas; no en vano hemos sido admitidos, el 20 de diciembre del año pasado, 1955, en la ONU. Por eso, nuestro Gobierno ha abierto un poco la mano. Pero en aquellos años, en los años que van desde el final de nuestra guerra hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, no hubo piedad ni clemencia para los vencidos. Se sucedían los consejos de guerra, al amparo de leyes como la de Responsabilidades Políticas, aprobada el 9 de febrero de 1939, o la Ley de Represión a la Masonería y el Comunismo del año siguiente.

—Los fusilamientos…

De nuevo Leonor no puede ocultar un estremecimiento. Pelayo se preocupa. Es consciente de que lo que está contando forma parte de la historia negra de España, y que quizá tendría que callarse, hacer caso a su nuera, que siempre le echa en cara que habla demasiado. Si al menos tuviese la seguridad de que, en un futuro más o menos cercano, se podrá hablar con libertad de todo lo que él ha vivido, se callaría… Pero ¿y si no es así? Entonces, su deber es continuar dando testimonio de los sufrimientos de ese pueblo español que él tanto ama. Y dando testimonio de la única forma que él sabe: con sus propias palabras y a su manera. ¡Ojalá pudiera hacerlo por la radio! No, mejor no soñar imposibles. Pero, tampoco renunciar a hablar con Leonor, por muy triste que sea lo que le está narrando.

—Hubo muchos, muchísimos. No sé si algún día llegaremos a saber a cuántos pobres pasaron por las armas los franquistas. Porque no te creas que se van con chiquitas ni que se limitan a aplicar la pena de muerte a los que tienen delitos de sangre, no señor. La de viudas y huérfanos que lo fueron después de la guerra… Y la de veces que sus familiares se enteraban de que los habían fusilado cuando iban a visitarlos a la cárcel o a llevarles algo de ropa y comida. Más aún te diré: hablo de viudas y huérfanos, pero también podría haber dicho viudos y padres solos, porque a los que dictaban las penas de muerte con tanta ligereza, les importaba muy poco si eran hombres, mujeres, ancianos o chiquillos los que iban a morir.

—Habría gente que se salvaría, ¿verdad?

—Sí, Leonor. Por suerte, la maquinaria represiva del Régimen, aunque funcionase a todo tren, no daba abasto en aquellos años… Lo que en muchas ocasiones era peor, porque había algún reo condenado a muerte que se pasaba en prisión meses y meses, sufriendo todas las madrugadas, cuando sacaban (la saca se llama a eso) a los que iban a fusilar, por si leían su nombre. Y, no te creas, bastantes condenados, entre demoras e indultos, se libraron al final, pero a otros les tocó ir al paredón después de meses, o años incluso, de espera angustiosa.

—Pobres…

—Pobres, en efecto, los que acababan ante un paredón… Pero pobres también las familias de todos ellos, que quedaban desamparadas. En los pueblos y en las ciudades pequeñas sobre todo, porque como allí todos se conocen, los familiares de los presos y de los ejecutados se convertían en una especie de parias: mal mirados por las nuevas autoridades, mal mirados por la Iglesia, mal mirados por los vecinos… Y si sólo fuera eso… Porque, como las autoridades pensaban que, con la cárcel y los fusilamientos, esas familias aún no habían tenido suficiente castigo, se sacaron muchos otros de la manga. El más temible era el económico: se trataba de arrebatarles los bienes que poseían con cualquier excusa: contribuciones e impuestos atrasados, multas por las causas más peregrinas… El caso era hundirlos en la miseria y que no pudiesen salir nunca de ella.

—¿Nadie les ayudaba?

—Hubo mucho malnacido que participó en la represión: envidiosos, resentidos, gente que quería hacer méritos ante los vencedores denunciando como el que más, incluso a personas que nada habían hecho… De esta forma, fueron a la cárcel (y a la muerte) gente honrada, buena gente, víctima de la calumnia y la delación que propiciaba la famosa Causa General, mediante la cual el Régimen perseguía los supuestos delitos cometidos en lo que ellos llaman «zona roja»; delitos que muchas veces sólo podían probarse a través de los delatores. Y otros muchos lo perdieron todo: sus bienes, sus ahorros, sus casas. Todo.

»Por suerte para nuestra patria, no todos se comportaron así: gente noble y honrada la hubo en los dos bandos, como desgraciados y criminales los hubo también a uno y otro lado del frente. Y esa buena gente claro que ayudó en la medida de lo posible; y si no hicieron más es porque el Régimen dejó claro desde el primer momento que no buscaba la reconciliación entre los españoles; por eso, daba igual que fueras cura o monja,

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