Introducción
BAJO EL CRISTO DE BRAZOS ABIERTOS
Hoy va a hacer calor, pero todavía es temprano y casi no transpiro mientras pedaleo a ritmo parejo por el parque Flamengo, sobre la costa de Río de Janeiro. Es para mí un trayecto habitual, pero me sigue sorprendiendo la variedad de personajes con los que me cruzo cada mañana. Ahí pasa corriendo un hombre orgulloso de su físico trabajado en el gimnasio. Ágil, esquiva a una pareja de gringos que caminan mirando para todos lados, acaso asustados por lo que se dice acerca de la inseguridad. Un borrachín que toma cerveza sentado en una de las máquinas de ejercicios podría confirmar esos temores. Muy cerca, un señor arrugado que escucha música mientras toma sol en zunga les muestra la otra cara, libre y desinhibida, de esta ciudad maravillosa. Sin pensarlo, empiezo a tararear un tema de Mercedes Sosa: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto / Me ha dado la risa y me ha dado el llanto / Así yo distingo dicha de quebranto / Los dos materiales que forman mi canto”.
Tomo conciencia del privilegio de estar viviendo este momento. Lo que está en juego es mucho, pero esa presión es al mismo tiempo motivo de felicidad. Me hace sentir vivo y me hará rendir al máximo. Tengo 55 años, estoy en mis sextos Juegos Olímpicos y esta pedaleada en la mañana del 16 de agosto de 2016 me lleva a la regata que definirá si alcanzo aquello que persigo desde hace casi tres décadas: la medalla de oro.
En un rato Cecilia Carranza también saldrá en bici hacia la marina donde guardamos nuestro barco, el Nacra 17, un catamarán que se estrena como clase olímpica mixta en estos Juegos. Programó en su teléfono el himno argentino en la versión de Los Piojos, una banda de rock de su generación. Escucha el tema en loop, una vez tras otra. Es una grabación en vivo y los aullidos de la gente con los que arranca el tema la hacen sentir poderosa, conectada con lo que vinimos a hacer. Ceci creció mucho durante el tiempo que llevamos navegando juntos. Hace un rato, en el desayuno, noté la confianza en su mirada. No hablamos demasiado ni nos dimos aliento. No hace falta.
Ayer, en el día libre antes del final de la competencia, la fue a visitar Berna, su sobrino.
—Tía, me pidieron que no te diga nada, pero ¡qué nervios! —le dijo.
Ceci se rió y respondió que habíamos entrenado para llegar a esta instancia de la mejor manera posible. Podíamos ganar o perder, pero seguros de haber dejado todo. Era cierto. El camino que nos trajo hasta acá fue largo y complejo. Entre otras cosas, yo nunca había navegado con una mujer, como es obligatorio en esta categoría. Además, veníamos de experiencias distintas. Eso generó una relación despareja y muchas tensiones. “Mejorar mi tono con Ceci. Nunca más subirle la voz o presionarla”, anoté después de un día complicado en la libretita roja donde llevo mis apuntes. No sé si esta tarde voy a terminar con una medalla colgada del cuello, pero de Río seguro me voy a llevar un posgrado en cómo relacionarme con una mujer veintiséis años más joven. Con Ceci bromeamos que luego de estos Juegos estaré listo para volver a casarme.
Llevo casi medio siglo compitiendo y sé que lo importante ya está hecho. Ahora solo resta desplegar lo que tanto practicamos. Estoy tranquilo y el escenario ayuda. Veo ante mí la imponente bahía de Guanabara. Custodiado por el Cristo Redentor y los morros cubiertos de vegetación, este espejo de agua es el centro de nuestra vida desde hace nueve meses. Entonces, llenos de incertidumbre y atrasados en la preparación, decidimos que la única manera de llegar con posibilidades a los Juegos, de aspirar a una medalla, era mudarnos acá enseguida. Y eso hicimos. Nos volvimos locales. Navegamos hasta descubrir los secretos y caprichos de esta geografía endiablada. Somos expertos en cada una de las muchas corrientes que atraviesan la bahía y conocemos la infinidad de vientos que la recorren.
El esfuerzo rindió. Luego de las doce regatas iniciales, llegamos primeros a esta última jornada de los Juegos Olímpicos, con una ventaja de cinco puntos sobre el segundo. Nuestro deporte es cruel. Cada regata suma el puesto obtenido, pero esta competencia final, la medal race, vale el doble de las otras. Gana el campeonato el equipo que acumula menos puntos. Nosotros venimos bien, pero si hoy tenemos un mal día, podemos quedar afuera de todas las medallas.
Salí con tiempo y me tomo un rato para mirar el mar. Busco señales que me confirmen el pronóstico que recibimos más temprano de nuestra meteoróloga, Elena Cristofori. Algo que me encanta de la náutica es que la cancha se modifica todo el tiempo de acuerdo con los cambios en el viento y la corriente. Eso hace de la vela un juego impredecible. Un ajedrez con un tablero dinámico. Los navegantes combinamos la información que nos da la meteorología con la sensibilidad para leer el viento en plena regata. Es un arte que me fascina, pero el viento es rebelde. Siempre se guarda algo. Y no solo se trata de saber qué está pasando en el momento, sino también qué pasará en los minutos siguientes. Obtenemos datos de la forma de las nubes, los colores del agua, las banderas ubicadas en la costa o el modo en que se mueven los barcos rivales. Pero aquí la intuición juega un papel fundamental.
A esto le sumamos la pericia para ejecutar las maniobras y la táctica para movernos de acuerdo con lo que hacen los rivales. En la última de las regatas, que comenzará en unas horas, los diez primeros equipos competiremos para ver quién combina mejor estas variables mientras hacemos equilibrio colgados del trapecio, que apenas nos mantiene sobre un barco veloz e inestable.
En la oscuridad, tirado en la cama y entregado a las manos sanadoras de Eva Álvarez, nuestra kinesióloga, me fui soltando y compartí con ella parte de mi historia. Una de las primeras veces que me trató, descubrió mi cicatriz. Es pequeña y sanó bien. Está en la mitad del tórax, a la altura de las costillas. A simple vista no se ve, pero ella la encontró y la trabajó con delicadeza buscando que la piel recuperara elasticidad. Le conté su origen, el cáncer por el que me tuvieron que extirpar todo el lóbulo superior del pulmón izquierdo. Salí de la operación sin voz e incapacitado para hacer el más mínimo esfuerzo. “Monocilindro”, me decían mis amigos.
Me habían sacado alrededor del treinta por ciento de mis pulmones. Con el tiempo, el sector remanente del órgano se expandió para ocupar el espacio vacante, pero al principio me costaba respirar. Me operaron hace menos de un año y hoy voy a correr la última regata de los Juegos. Qué ironía, el Comité Olímpico Internacional incorporó el Nacra porque quería un barco rápido y ágil que sedujera a los jóvenes y acá estoy yo, el más viejo de los navegantes que compiten en Río, y recién recuperado de un cáncer.
Cruzo con la bicicleta un túnel corto que pasa por debajo de una avenida. Cuando salgo de nuevo a la luz del parque, me acuerdo de las pedaleadas épicas con las que comencé mi rehabilitación en Cabrera de Mar, un escarpado pueblo español de montaña a 27 kilómetros de Barcelona. Allí tengo mi segundo hogar. Enseguida se me aparece la imagen de Theo y Borja, mis hijos mellizos. Fueron mi sostén después de la operación y durante todo el período de convalecencia.
Los mellizos no navegan ni heredaron mi pasión por el deporte. Aunque les gusta la actividad física, prevalece en ellos una fuerte inclinación artística que viene de Silvina, su madre. De todos modos, en un mes pedaleamos juntos 450 kilómetros. La recuperación en su compañía fue una oportunidad para conocerlos mejor. Lejos de cualquier pulsión competitiva, ambos tienen un enfoque relajado de la vida que me inquietaba un poco, pero en esos días pude entenderlo y valorarlo. Mientras pedaleo, las imágenes de aquella época me llenan de energía.
Tengo otros dos hijos, Yago y Klaus. Navegan juntos en 49er, una de las clases olímpicas más dinámicas y explosivas. Deportistas los dos, son bien distintos. Con Yago comparto la obsesión por la planificación y el método. Es el mayor, y quizá haya sido el que más sufrió cuando nos separamos con Silvina y decidí vivir de la náutica, lo que me obligaba a pasar largas temporadas fuera del país. Klaus, el menor, es pura sensibilidad. Compartimos mucho tiempo y es cariñoso, me saluda con un abrazo efusivo cada vez que nos cruzamos en la marina. Están en Río, compitiendo en sus primeros Juegos Olímpicos. Hace poco más de una semana desfilamos los tres juntos, con Ceci, en la ceremonia de inauguración. El momento en el que entramos al estadio olímpico, en medio de una fiesta llena de atletas, valió más que las dos medallas de bronce que gané en Juegos anteriores. En un mundo lleno de conflictos, la apertura de los Juegos es una muestra de que los distintos pueblos y culturas pueden convivir en paz. Este mensaje es para mí incluso más importante que el deporte en sí.
Compartir con ellos esta experiencia en Río justifica el esfuerzo que le estoy exigiendo a mi cuerpo. Siempre entrené y tuve pocas lesiones en mi carrera. Juego al squash con Yago y Klaus y son partidos parejos. Mi punto débil son las rodillas. Tengo ambas operadas de meniscos y cuando empecé a navegar en Nacra me dolían mucho. Agacharme, una posición habitual en los catamaranes, era una tortura. Sufría y Ceci me miraba preocupada. Antes de los Juegos viajé a Brasilia para participar de una carrera de calle, la Red Bull World Run, y tuve que parar a los 100 metros. Después entré en calor y pude seguir, pero prefiero usar la bici como sistema de entrenamiento. Esta Scott rutera en la que pedaleo hacia la marina olímpica es la misma con la que todos estos meses trepé hasta el Cristo que está en la cima del Corcovado.
No solo las rodillas pagaron un costo por mi estilo de vida. Sé que las decisiones que tomé afectaron mis relaciones. Hubo épocas en que pasaba nueve meses por año viajando por el mundo, compitiendo. Entiendo lo difícil que resulta mantener una pareja con este ritmo. Hace tiempo que estoy solo. No es algo que haya buscado.
En algún momento me cuestioné mi vocación. ¿Cuál era el sentido de poner tanto empeño en algo que en apariencia no es relevante? Me comparaba con mi tío Wolfgang, médico, que salvaba vidas y cuidaba la salud de sus pacientes. ¿Qué hago yo, en cambio? Invertí décadas en tratar de ser el más rápido dando la vuelta arriba de un barco entre un par de boyas. ¿Y eso qué significa? ¿Qué le aporto a la sociedad con mi esfuerzo de todos los días?
Ya en la marina, preparamos nuestro catamarán antes de salir a la batalla. Faltan unas horas para la última regata y la rutina no se altera. Llegamos primeros al día final de un Juego Olímpico, no es tiempo de innovar. Cada uno sabe qué hacer. El barco lleva tres velas. Yo me ocupo de la mayor y Ceci de las otras dos, el foque y el spinnaker. Nuestro equipo nos asiste, pero sabe que a Ceci y a mí nos gusta revisar los cabos, las chavetas, los tornillos y demás sistemas, así como poner con precisión todos los sables y darles la tensión exacta a las velas. Es un modo de asegurarnos de que no haya nada desgastado y con riesgo de romperse. El armado también incluye decisiones sobre qué materiales usar de acuerdo con la condición del viento que esperamos encontrar.
Mariano Parada y Mateo Majdalani, nuestros entrenadores, hicieron ayer el trabajo más duro de mantenimiento del barco, como una pulida final al casco para que ofrezca la menor resistencia posible al agua. Ellos son una de las razones por las que estamos acá, con serias posibilidades de ganar el oro. Cole, como llamamos a Mariano, es un gran amigo y un navegante de amplísima experiencia. Corrimos juntos en diferentes clases, incluyendo los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 y dos mundiales de la clase Snipe, que ganamos. Lo sumamos hace un año para que equilibrara con su experiencia la juventud de Mateo.
Con 22 años, Mateo es un joven prodigio. Íntimo de Klaus, mi hijo menor. Competían juntos en las clases juveniles y ya entonces advertí su enorme talento. Lo convocamos apenas arrancamos la campaña. Tuve que llamar a su padre para pedirle permiso antes de hacerle el ofrecimiento. Nunca había sido entrenador, mucho menos encarado una campaña olímpica. En Juegos anteriores ya habíamos probado trabajar con navegantes jóvenes y con proyección. Eran garantía de entusiasmo y compromiso. Al mismo tiempo, de esa forma podíamos transmitir nuestra metodología de trabajo a las generaciones que nos seguían. Con Mateo los resultados fueron superlativos. Es serio, enfocado, trabajador y, sobre todo, muy inteligente, algo clave en este deporte con tantas variables en danza. Su crecimiento profesional será uno de los grandes frutos de esta aventura.
En la marina, la convivencia con nuestros rivales es estrecha. Se respira tensión. Estamos alineados en el orden de clasificación. Nosotros somos los primeros. Al lado nuestro están los italianos y luego los austríacos y los australianos, las tres grandes amenazas en la lucha por las medallas. Es posible especular con distintos resultados que definirían de una u otra manera los puestos finales. Anoche estuvimos haciendo los cálculos. Lo único que me quedó es que si terminamos terceros o mejor ganamos el oro. Y si llegamos entre los seis primeros somos medalla seguro. Ceci tiene en la cabeza el resto de las posibilidades.
“Hay que correr bien y ya está”, dije. No es que no me importe. El oro es la medalla que quiero. Comprendo la importancia de los números, pero sé que arriba de un Nacra no se puede navegar y hacer cuentas al mismo tiempo. Si hay que elegir, me quedo con lo primero. Por las dudas, Cole y Mateo imprimieron una hoja con las posibles combinaciones de puestos. La plastificaron y está pegada en el barco.
El catamarán está listo y nos gusta ser los primeros en ir al agua. Pero el viento está inestable y la regata se posterga. Cuando esto pasa es importante mantener el equilibrio. Si algo aprendí en estos años es que de nada sirve ponerse nervioso. No es tan sencillo. Te preparaste para un horario, y de pronto el reloj se detiene hasta nuevo aviso y no sabés en qué momento debés recuperar ese estado mental óptimo para competir. Me voy a la zona que ocupamos con nuestras cosas, debajo de un árbol. Ahí tenemos la caja con herramientas, un par de sillas, los bolsos y los equipos de repuesto. Elegimos ese lugar porque está alejado. Cuando me focalizo, busco soledad. Estoy tranquilo y me tiro al pasto. Me tapo el sol con la gorra, asumo una posición fetal y dejo que el tiempo transcurra.
Ceci, en cambio, está más inquieta. Cole se la lleva aparte para distraerla. Se sientan contra el casco de nuestro barco, protegidos por la sombra que da la vela, y hablan de los planes para después de los Juegos y de la familia. Cole viste una remera que dice “Ceci y Santi”, en ese orden. La hicieron los papás de Ceci, que están en Río, y ella sonríe cuando la ve. También tiene una bandera argentina guardada en la mochila, por si hubiera que festejar. Hace bien en esconderla. Ninguno de nosotros se permite hablar de eso. Ceci aprovecha la pausa para tener una sesión corta de visualización con Daniel Espina, nuestro profesor de yoga y psicólogo deportivo.
Las sesiones con Dani son individuales. No necesita mucho. Apenas una colchoneta y una pelota para estirar. Yo tuve una corta hoy por la mañana y una más intensa ayer por la tarde. Ceci tuvo una rutina similar. En el inicio de la sesión, para ponerla en el estado de calma y sacarla de los pensamientos, Dani le dijo que se viera sentada a la orilla del río Paraná. Ancho y caudaloso, el Paraná es donde Ceci aprendió a navegar. Tiene una costanera hermosa sobre Rosario, su ciudad. Ella adora Rosario y su río. Es su refugio, donde está su familia. La imagen la hace sentirse protegida, a salvo de inseguridades.
Dani fue una pieza fundamental cuando tuvimos que superar situaciones críticas entre Ceci y yo. Nos escuchaba y trataba de hacernos entender que, además de navegar más rápido, teníamos que aprender a trabajar juntos. Ese fue el gran reto de este equipo mixto. Sacó lo mejor y lo peor de nosotros. La diferencia de edad no fue un problema, pero tenemos experiencias y personalidades muy distintas. Hubo una época en que no navegábamos bien y yo muchas veces descargué mi enojo en ella. Eso no ayudó al equipo. Ceci es una trabajadora incansable. Cuando arrancamos, estaba en una excelente disposición para absorber información, pero la dinámica de nuestra relación muchas veces atentó contra ese aprendizaje. En algún momento se frustró y se preguntó si estaba preparada para este nivel de exigencia.
Mi forma de ser contribuyó a su bajón anímico. Estoy siempre buscando el límite, viendo hasta dónde podemos rendir. Necesito el desafío. Si no veo ese deseo de darlo todo y más, me inquieto. Cuando estoy en modo entrenamiento, puedo volverme demasiado intenso para quien tiene otra forma de encarar el deporte y la vida.
Hay otra cuestión: soy compañero de Ceci pero, por mi experiencia previa, ejerzo de entrenador y líder del equipo. La superposición de roles trajo complicaciones. Había que involucrarla, así como al resto, en la toma de decisiones. Hice, y sigo haciendo, esfuerzos para bajar el énfasis con que me expreso. “¿Estás de acuerdo?”, me imita Dani, riéndose al repetir la muletilla con la que busco aprobación a mis ideas.
Antes de empezar la competencia en Río, hicimos un balance de lo que habían sido estos años de preparación. Ceci dio en una de las claves. Los problemas que afrontamos eran enormes, pero también las ganas de superarlos. Muchas veces ella estuvo al borde de su capacidad física y mental. Se levantaba a la mañana sin energía para salir de la cama y se preguntaba si el cansancio estaba en su cabeza o en su cuerpo. Se cuestionaba de dónde sacaría la fuerza necesaria para encarar todo lo que había que hacer ese día y el resto de los que faltaban para Río. Gimnasio, horas y horas en el agua, poner a punto el barco, planificar, viajar a competir en los campeonatos preparatorios. ¿Cómo hacer para llevar adelante todo eso?
Dani ayudó a que Ceci escalara la montaña física y emocional que supuso esta campaña olímpica. Ayer, en la sesión que tuvieron, se lo dijo. Al terminar, Ceci lo miró a los ojos y, emocionada, le dio las gracias.
—No tengo duda de que mañana, más allá del resultado, nos va a ir bien y yo lo voy a vivir con mucha paz y tranquilidad —le dijo.
Se abrazaron en silencio.
Ceci fue la última en sumarse al equipo de entrenamiento que inauguramos en 1993. El método que fuimos creando con los años incluye el trabajo de visualización y yoga que hace Dani y otros condimentos, como la planificación rigurosa, una preparación física implacable, largas horas en el agua y concentraciones donde compartimos una casa. Uno de los fundadores de la KGB —así llamamos en broma al equipo— es Daniel Bambicha, nuestro preparador físico histórico. Bambi fue corredor de pista. Cuando todavía competía viajó a Yugoslavia, que era parte del eje socialista, para entrenarse con su equipo nacional. Allí adoptó el sistema de disciplina férrea con que luego nos castigaba en el gimnasio. Le gustaba desafiarnos hasta el límite de nuestra resistencia y compartíamos el amor por el trabajo bien hecho. Aunque tuvimos un desencuentro y Bambi no vino a los Juegos, sus aportes fueron cruciales.
La contracara amable de Bambi es Mariano Galarza, otro histórico. Si la función de Bambi era exigirnos hasta decir basta, la de Galarza es malcriarnos. Grandote, bonachón, Galarza fue una gran inyección anímica cuando llegó a Río. Nos dio ese empujón de energía que necesitábamos para encarar la competencia. En las primeras campañas olímpicas se ocupaba de nuestra estrategia de marketing, gestionar los sponsors, armar la logística de los viajes y hasta de atender las necesidades de mis hijos y de mi ex mujer cuando yo estaba de viaje. Pero también tenía una función extra, que es la que ejerce ahora. Cocina y se ocupa de que todos estemos a gusto en la casa. Para lo primero es un genio. Anoche comimos un brocheta de cerdo con papas, zapallitos y berenjenas. Estaba riquísima, pero lo mejor fueron los cuentos con los que alegró la mesa.
Galarza es de Santa Lucía, un pueblo chico y caluroso de la provincia argentina de Corrientes, que él volvió mítico a fuerza de incluirlo en sus historias. Después de tantos años las conocemos casi todas, pero igual resultan desopilantes cuando las cuenta. Anoche volvió a uno de sus cuentos clásicos: la vez que, durante su infancia, llegó el circo a Santa Lucía y con sus amigos atrapaban gatos callejeros para alimentar al tigre a la hora de la siesta. Nos fuimos a dormir con el estómago dolorido de tanto reírnos. Rigor y disfrute, ese es el espíritu de la KGB.
Una parte esencial de esa forma de trabajar la aportaba Carlos Mauricio Espínola, otro miembro fundacional del equipo. Camau fue el gran compañero de mi carrera olímpica. Con él aprendí a planificar una campaña y a ganar medallas. Es el cuñado de Galarza y también correntino, pero su opuesto. Reservado y hosco, se queda callado en las reuniones sociales y puede resultar antipático para quien no lo conoce. No es mi caso. Yo lo conozco y lo admiro. Todavía guardo la imagen del primer día en que lo vi entrenar en el gimnasio Tarek. Era un atleta con una preparación física entonces inédita en nuestro deporte.
El pico de nuestro rendimiento llegó en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde competimos en Tornado, el catamarán antecesor del Nacra. Arriba del barco estábamos tan coordinados que casi no hablábamos. Cada uno sabía lo que tenía que hacer el otro y confiaba en que lo haría bien. Había entre nosotros un respeto absoluto. Ganam
