Mi nombre es Valentina y me encuentro frente a estas hojas en blanco para tintar el primer día de, espero, mi larga vida como vampira. Sí, digo larga vida, por la sencilla razón de que no soy lo que se podría decir una «no muerta». No he tenido que fallecer para adentrarme en este mundo paralelo. Sólo he necesitado una experiencia como la de anoche.
No puedo dejar de darle vueltas a lo que me sucedió anoche. En realidad, todo comenzó como cualquier fin de año desde hace un par de lustros para mí. Cené en casa sola, a excepción de mi inseparable Vlad, un hurón albino al que encontré abandonado hace un año más o menos buscando comida en el contenedor de basura que hay frente a mi casa. Delante de mí, en la mesa, había un bol de ensalada gigante; frente a Vlad, en el suelo, una pechuga de pollo bastante grande incluso para él. Nunca me ha gustado demasiado la carne, ni tampoco el pescado; incluso me sientan mal. En realidad no tomo nada de origen animal.
Cuando terminé de cenar, casi sin darme cuenta, fui al dormitorio y me desnudé. Me descubrí buscando algo de ropa para poder salir a dar una vuelta. Siempre me entretengo una barbaridad decidiendo qué ponerme, y cuando lo pienso me parece un tanto ridículo, puesto que mi vestuario se compone básicamente de todo tipo de prendas de color negro. Opté por unos pantalones ajustados y una camiseta de manga larga con un escote que dejaba poco lugar a la imaginación. Me molesta tremendamente llevar tacones, pero, por otro lado, es indiscutible el aire femme fatale que dan unos botines bajos con tacón de aguja, de modo que, muy a mi pesar, me los calcé sin dudarlo ni un momento. Recogí mi cabello en un moño alto y me anudé al cuello la correa negra que siempre me acompaña en las aventuras nocturnas. Ya, sin darme cuenta, me había dicho a mí misma que aquella noche, como tantas otras, me apetecía tener algo de compañía.
Dejé a Vlad entretenido con una polilla en la cocina y salí a la calle. Por un momento pensé que el abrigo que había cogido era demasiado liviano para protegerme de las bajas temperaturas nocturnas de Granada, pero, conforme iba avanzando, el calor interno que generaba mi musculatura calmaba la sensación de frío. Las calles estaban inundadas de gente celebrando la venida del año nuevo. Vestidos con sus mejores galas se dirigían a una u otra discoteca a pasar una noche desenfrenada de alcohol, drogas y, con un poco de suerte, algo de sexo. Yo no buscaba ninguna de las dos primeras cosas; simplemente, me apetecía escuchar buena música y echar un buen polvo.
Decidí dar un rodeo para disfrutar de la hermosura de aquellas callejuelas. Pronto llegué al paseo de los Tristes, el lugar más mágico de Granada, y gracias al cual decidí instalarme en aquella vieja casa del Albaicín. Nunca deja de sorprenderme de noche. La Alhambra muestra su espalda iluminada, guardando recelosa su interior; una imagen en la que piedra, vegetación y luz forman un trío encantador y embriagador. Continué descendiendo hasta llegar a Carrera del Darro y, a pocos metros de dejar atrás la calle Zafra, por la que se llega en línea recta hasta mi casa, alcancé el puente de Espinosa, punto por el que debía atravesar el río para llegar a mi destino.
Jamás había visto tanta gente en la entrada del Dhampir; por un momento, temí que pudiera llegar a convertirse en un sitio de moda para estudiantes. Peter y yo elegimos ese lugar para abrir el pub por lo discreto de su ubicación, la entrada es casi imperceptible desde el otro lado del río, gracias a un par de árboles que con su edad y frondosidad esconden el lugar. Por lo general, lo frecuentan conocidos de Peter y extranjeros que lo descubren por esa obsesión suya de escudriñar cada rincón de cada ciudad.
Ninguno de los dos pensó en el local como una fuente de ingresos puesto que estamos bien servidos; más bien, es nuestro pequeño lugar sagrado. Él se enamoró de aquel magnífico edificio de cuatro plantas, una de las cuales casi acaricia el lecho del río. Decidió que quería vivir allí y abrir un pequeño negocio. Llegamos al acuerdo de que yo aportaría el capital y desde casa me encargaría de los proveedores, mientras que Peter dirigiría personalmente el local. Respetó la estructura del edificio, pero dentro hizo maravillas, aunque sólo usa la primera planta por encima del pub como vivienda. El sótano pasó a servir de almacén y el ático es el lugar donde guarda sus «juguetes».
Tuve que abrirme paso hasta la puerta de la entrada y agradecí que el interior no estuviera tan atestado como parecía desde fuera. Peter me saludó desde el otro lado de la barra. Entré decidida hacia él y mirándolo fijamente a los ojos, aquellos ojos de color azul oscuro. Él no es precisamente mi prototipo de hombre: su pelo rubio y ondulado siempre me recuerda a un anuncio de champú, su rostro tiene los rasgos marcados haciendo que el semblante sea un tanto duro. Eso sí, tiene un cuerpo escultural. Se mantiene en forma pese a los años que han pasado desde su baja definitiva del Cuerpo de Bomberos de Nueva York; por las lesiones que sufrió cuando, intentando sofocar un incendio, se le cayó un muro encima. Entre las escasas secuelas se encuentran la pérdida total de visión del ojo izquierdo, que hace que el azul de éste sea algo más claro que el derecho, y una delgada cicatriz desde el pómulo hasta la ceja, que contribuye a esa dureza en sus facciones y, ya de paso, a mi atracción puramente física hacia él.
Antes de que me sentara en una banqueta junto a la barra, Peter ya había colocado una 1925 bien fría frente a mí. Le pegué unos tragos mientras él le indicaba a Paula, la camarera, que iba a ausentarse un rato.
No mediamos palabra alguna, nos dirigimos hacia la puerta del fondo del Dhampir y comenzamos a subir la escalera en dirección al piso de Peter. Nada más atravesar la puerta de la entrada me agarró, como un cavernícola, me colocó sobre su hombro y al llegar al dormitorio me lanzó a la cama para despojarme de la ropa con facilidad. Fue imposible separarnos. No pensé en nada, salvo en mi sexo y en aquel cuerpo escultural empujando con violencia. Lo aparté bruscamente y me coloqué sobre él. Estaba a punto de llegar al orgasmo cuando me descubrí succionando su cuello. El placer que sentía me hacía chupar con más fuerza hasta que noté cómo mis papilas degustaban el fluido con sabor metálico y algo salado que escapaba por sus poros hacia mi boca. Entonces, me corrí y fue el mayor orgasmo que había tenido jamás. Había probado su sangre. Más bien tan sólo la había paladeado, pero me había excitado más que cualquier otra cosa en el mundo. Me había extasiado.
Permanecimos tumbados largo rato en la cama. No sé en qué pensaba Peter, yo únicamente podía pensar en aquel fluido espeso que me moría de ganas de volver a probar.
—Oye Peter, ¿te importaría si la próxima vez traigo un escalpelo? Quiero beberte mientras follamos.
—Joder, Valen, estás loca. —
Ahí estaba de nuevo, me volvía a llamar loca con ese acento tan suyo que no era capaz de disimular.
—Venga, hombre, otras veces me pides que te pegue y te encanta. Quizá esto también te guste.
Permaneció callado unos instantes y pronto comenzó a tener ese brillo en los ojos que siempre aparece cuando planea alguna pequeña travesura. Se levantó de un brinco de la cama y entró en el cuarto de baño. Apareció con una pequeña bolsa de aseo en las manos. Se sentó al borde de la cama y la abrió extrayendo de un diminuto bolsillo un paquete de hojas de afeitar. Tomó una y la introdujo en una antigua navaja. Me mostró el resultado con una sonrisa pícara.
—Mientras no me desangres y no estropees ningún tatuaje, Valen, bebe lo que te apetezca.
Arrojó la bolsa de aseo al suelo y se abalanzó sobre mí. Comenzó a morderme el cuello indicándome que estaba listo para volver a comenzar. Asió mi mano y me entregó la navaja cerrada. Rodeándome la cintura con su brazo me volteó para servirme de montura. Mientras él movía sus caderas debajo de mí, yo acariciaba su pecho buscando un hueco donde arañar con la hoja de afeitar. El único lugar relativamente amplio que no estaba tatuado era un perfecto círculo en la zona que debía de ocupar su corazón. Con mucho cuidado, haciendo acopio de la escasa capacidad de concentración que me quedaba, mientras Peter se movía debajo de mí con tanta efectividad, acaricié con la afilada hoja la superficie de su piel haciendo una pequeña incisión que no pareció hacerle daño y por la que pronto comenzó a brotar sangre. Lamí la superficie de la herida y libé el preciado líquido. Peter emitió un largo gemido, haciéndome estremecer de placer. Aquel sabor, aquella textura, aquel movimiento entre mis ingles. Aquel placer de sentirme empapada por dentro porque Peter había terminado su trabajo. Todo ese cúmulo de sensaciones me hizo estallar con más fuerza que nunca. Caí derrumbada a su lado con los labios llenos de sangre, casi sin poder respirar. Acababa de descubrir algo nuevo para mí. Anoche llegué a la conclusión de que la sangre formaría parte de mi dieta sexual para siempre.
1
Han pasado dos días desde mi noche mágica. Quizá sean imaginaciones mías, pero me siento mejor. Ayer me levanté a las diez de la mañana; me apetecía dormir. Corrí al cuarto de baño porque de lo contrario iba a orinarme encima y a continuación me metí en la ducha. Permanecí un buen rato bajo el agua caliente y cuando consideré que ya estaba más arrugada que una uva pasa cerré el grifo.
Me puse frente al espejo a desenredarme el pelo y por un momento me pareció que las arruguitas de expresión que, desde hace un par de años, marcaban irremediablemente mi piel habían desaparecido. Hice algunos mohínes, arrugué los morros, sonreí forzadamente, hasta puse cara de mono, y mis arruguitas seguían sin aparecer. Perfecto, por fin había dado con la crema hidratante adecuada. Me irrita sobremanera gastar ingentes cantidades de dinero en productos de belleza que no sirven para nada.
Justo cuando había comenzado a darle un repaso a mi trasero frente al espejo, el móvil comenzó a sonar.
—¡Felicidades, Valen! — dijo la voz de Peter, esa voz que me hizo rememorar las sensaciones de mi nacimiento como vampira; noté palpitaciones— ¿Cuántos ya?
—Treinta, Peter — le respondí con desgana. Él sabía muy bien que no me apetecía nada que me recordaran que ya había alcanzado la treintena.
—Vamos, nena, no sé por qué te preocupas tanto si tienes el mejor culo de toda la ciudad. Créeme, lo sé, he conocido unos cuantos traseros últimamente y no todos «made in Granada».
Por eso me gusta tanto mi relación con Peter: cuando nos apetece nos buscamos el uno al otro, y mientras tanto hablamos de lo bien que lo hemos pasado. E incluso hablamos de nuevas pautas sexuales que otros nos enseñan y que debemos poner en práctica.
—Déjate de chorradas, guiri. Ah, por cierto, tío, hay que cerrar unas cuantas semanas el Dhampir; había demasiada gente el otro día, y no me gustaría que se convirtiera en un lugar agobiante.
—A sus órdenes, jefa — contestó con cierta mofa—. Por cierto, ¿salimos a celebrar tu «no cumpleaños» y de paso te hablo del bombón que me comí hace algunas horas?
—De acuerdo, si es un «no cumpleaños», me parece bien. Pero tenemos que dejarlo para esta noche; he de escribir algunas páginas porque Pepa está desesperada.
—OK, te paso a recoger a las nueve en punto. — Y colgó, como de costumbre, sin decir adiós y sin darme opción a rechistar.
Me dirigí al dormitorio y me puse ropa cómoda. Vlad se encontraba hecho una pelotita entre las sábanas, así que tuve que cogerlo y llevarlo al sofá para poder hacer mi cama. La casa necesitaba un buen arreglo, pero no me apetecía nada. Margarita, la chica que viene a limpiar, estaba enferma y la verdad es que la había descuidado un poco; el orden no es precisamente mi fuerte. Puse una lavadora y desayuné lo mismo que cada mañana: café con leche de soja y una tostada de pan integral con aceite de oliva y unos granitos de sal.
Justo cuando subía la escalera en dirección a mi estudio para coger el portátil y ponerme a trabajar, mi móvil volvió a sonar. Lo había dejado abajo, en la cocina, de modo que salí corriendo en su busca.
—¿Cómo estás esta mañana, cariño? No sé si felicitarte o no por tu cumpleaños.
Se trataba de Pepa, mi editora, que llama todos los viernes para saber si tengo o no algo nuevo en mente, cuando ni siquiera sabemos si mi última novela va a venderse bien. La quiero mucho, pero me irrita su insistencia porque denota que se pone nerviosa al pensar que un cese en mi capacidad creativa le supondría alguna merma en sus ganancias.
—Hola, Pepa, estoy bien. Como me he levantado y no he notado que, de ayer a hoy, haya cedido a la fuerza de la gravedad ninguna parte de mi cuerpo, me he recuperado pronto de haber cumplido los treinta, la verdad.
—Tengo buenas noticias, Valen, tu novela se vende como los churros, parece que el público esperaba con ganas un nuevo ejemplar de la saga. Felicidades, cielo, tenemos que quedar para celebrarlo. Descansa un mes más, si te apetece, para que luego retomes el trabajo con fuerzas renovadas.
No me lo podía creer, Pepa, la misma Pepa que me llama cada viernes para preguntarme por mi trabajo, me acababa de decir que descansara un mes más. Claro que, lo pensé enseguida, alguna razón debía de haber.
—Te he confirmado una entrevista en directo en el programa Abraza la palabra, de TVE, para que presentes la novela y la publicites el catorce de febrero. Te viene bien que el público vea cómo eres y qué piensas sobre algunos temas de actualidad.
—Creo que ya habíamos hablado sobre eso, Pepa.
No soporto ser objetivo de las cámaras, me empequeñezco de tal manera que no me concentro en lo que hago o digo. Pepa lo sabe muy bien, y llevaba bastante tiempo sin insistir en el tema.
—Pero, Valen, ¿no te das cuenta de que si tus libros se venden sin publicidad, podrían venderse aún más con ella?
—Déjame que lo piense, pero no te prometo nada. —
No tenía ganas de discutir en ese momento; siempre tendría tiempo de decirle que no.
Me despedí de ella, y como estaba de mal humor, finalmente decidí no ponerme a trabajar en mi nueva novela. Pese a lo raro que les parece a quienes me conocen bien, me dedico a escribir novelas románticas de temática fantástica. No sé la razón, quizá porque nunca he estado enamorada, pero se me da muy bien desarrollar historias de amor tan melosas y empalagosas que algunas veces me provocan el vómito. Mis obras parecen encantar a todo tipo de mujeres y a un colectivo reducido de hombres. Lo cierto es que gracias a ellas vivo sin preocuparme en absoluto por el dinero, o, más bien, por la falta de éste, y teniendo en cuenta que tardo en escribir una novela un mes escaso, tengo prácticamente el resto del año para mí; para leer y escribir otras cosas que no creo que llegue a publicar jamás.
Decidí, muy a mi pesar, limpiar y ordenar la casa. Cuando llegó Peter aún estaba sin arreglar y tenía que darme otra ducha. Lo hice todo lo más rápido posible y acudí al salón donde mi acompañante me esperaba jugando con Vlad.
—¿Qué sentiste la otra noche, Valen? — me preguntó con interés.
—¿Cuando bebí tu sangre? Pues verás, es como si fuese algo que me hubiese estado esperando toda la vida. Me excitó y a la vez sació mi hambre. Sabes que nunca he comido nada de origen animal, pero no por lástima sino porque no me gusta el sabor de la carne o el pescado, y cuando he intentado comerlos me han sentado mal. Pienso que incluso podría beber sangre sin necesidad de tener sexo. Me gusta y quiero convertirla en mi nuevo refresco. — Le guiñé un ojo.
—Estás loca, Valen — me dijo cariñosamente, dedicándome una de sus mejores sonrisas y cogiendo mi abrigo para que me lo pusiera.
Cenamos en un argentino. Bueno, yo puedo decir que cené: una ensalada y de postre un par de piezas de fruta. Sin embargo, Peter más bien devoraba; comió tanta carne que imaginé que habían cocinado una vaca entera para él.
—¿Sólo tomas eso, Valen? Siempre comes muy poco, y haciendo tanto deporte necesitas muchas más calorías.
—No te preocupes por mí. En un argentino no suelen poner tofu y además mi cena está en tu casa, en la cama.
Le saqué la lengua para que pareciera que estaba bromeando, pero en realidad me moría de ganas de volver a bebérmelo. Fantaseaba rememorando el placer que sentí aquella noche e imaginando lo que me esperaba pocas horas más tarde.
Paseamos por Granada, anduvimos por el centro, donde resplandecían las luces navideñas y nos dirigimos a la calle Elvira. Siempre acabábamos en la calle Elvira, en el mismo rinconcito de la misma tetería. Se explayó contándome su cita de la noche anterior. La chica debía de estar muy buena y ser genial en la cama para conseguir que Peter hablase de ese modo de ella. Me gustaba oírle contar emocionado las cosas que había aprendido, pese a su tremenda experiencia con las mujeres.
—Pues si es una chica tan completita, quizá no le importe compartirte conmigo alguna vez.
—Me parece una idea genial, siempre y cuando la primera vez te abstengas de sacar la cuchilla. — Y soltó una risita juguetona.
Asentí con fingida cara de indignación y terminé de beberme el té. Llamé a la camarera para que se cobrara y salimos de vuelta a casa de Peter. Una vez allí, nos limitamos a hacer lo mismo que hacíamos siempre que atravesábamos el umbral que separaba el Dhampir de su casa. Excepto por una salvedad: yo tenía una navaja de afeitar y pretendía usarla.
Llevábamos ya un rato retozando cuando comencé a buscar un lugar diferente donde acariciarlo con la hoja afilada; no quería que sintiera dolor al succionar cerca del corte anterior. En el hombro derecho, la inmensa enredadera atestada de miniaturas de armas medievales y calaveras que cubría casi todo su cuerpo dejaba un pequeño hueco. La zona por la que pasé el filo de la hoja debía de estar muy irrigada porque la sangre comenzó a brotar abundantemente. Noté cómo mis ojos brillaban de excitación, a la par que Peter empujaba dentro de mí, y acerqué mi lengua y mis labios para sorber el preciado líquido. Mi mente quedó en blanco; bueno, más bien en rojo. Notaba cómo los pequeños sorbos alcanzaban mi garganta y resbalaban por el esófago hasta penetrar en mi estómago. Notaba cómo mi estómago cada vez se llenaba más. Y de pronto unas manos rígidas me agarraron por los hombros,
