1
Eran más o menos las once de un día nublado de mediados de octubre, y daba la sensación de que podía empezar a llover con fuerza pese a la limpidez del cielo en las estribaciones de la sierra. Me había puesto el traje azul añil, con camisa azul marino, corbata y pañuelo a juego en el bolsillo del pecho, zapatos negros, calcetines negros de lana con dibujos laterales de color azul marino. Iba bien arreglado, limpio, afeitado y sobrio y no me importaba nada que lo notase todo el mundo. Era sin duda lo que debe ser un detective privado bien vestido. Me disponía a visitar a cuatro millones de dólares.
El vestíbulo principal de la residencia Sternwood tenía una altura de dos pisos. Sobre la doble puerta de entrada, que hubiera permitido el paso de una manada de elefantes indios, había una amplia vidriera que mostraba a un caballero de oscura armadura rescatando a una dama atada a un árbol y sin otra ropa que una cabellera muy larga y conveniente. El adalid llevaba la visera del casco levantada para mostrarse sociable, y estaba tratando de deshacer los nudos que aprisionaban a la dama, pero sin conseguir ningún resultado práctico. Me quedé allí parado y pensé que, si viviera en la casa, antes o después tendría que trepar allí arriba para ayudarle. No daba la impresión de ponerle mucho empeño.
Había puertas de cristal al fondo del vestíbulo y, más allá, una amplia extensión de césped color esmeralda que llegaba hasta un garaje muy blanco, delante del cual un joven chófer, esbelto y moreno, con relucientes polainas negras, limpiaba un Packard descapotable de color granate. Más allá del garaje se alzaban algunos árboles ornamentales, arreglados con tanto cuidado como si fueran caniches. Y todavía quedaba sitio para un invernadero de grandes dimensiones con techo abovedado. Finalmente más árboles y, al fondo de todo, la línea sólida, desigual y reconfortante de las últimas estribaciones de la sierra.
En el lado este del vestíbulo una escalera exenta, de baldosas, se alzaba hasta una galería con una barandilla de hierro forjado y otro romántico elemento en forma de vitral. Por todo el perímetro, grandes sillas de respaldo recto con asientos redondos de felpa roja ocupaban espacios vacíos a lo largo de las paredes. No parecía que nadie se hubiera sentado nunca en ellas. En el centro de la pared orientada hacia el oeste había una gran chimenea vacía con una pantalla de bronce de cuatro hojas y, encima de la chimenea, una repisa de mármol con cupidos en los extremos. Sobre esta colgaba un retrato al óleo de grandes dimensiones y, encima del cuadro, cruzados en el interior de un marco de cristal, dos gallardetes de caballería agujereados por las balas o comidos por las polillas. El retrato era de un oficial en una postura muy rígida y con uniforme de gala, aproximadamente de la época de la guerra entre México y Estados Unidos. El militar tenía bigote y mosca negros, ojos duros y ardientes también negros como el carbón y el aspecto de alguien a quien no sería conveniente contrariar. Pensé que quizá fuera el abuelo del general Sternwood. Difícilmente podía tratarse del general en persona, incluso aunque me hubieran informado de que, pese a tener dos hijas veinteañeras, era un hombre muy mayor.
Todavía contemplaba los ardientes ojos negros del militar cuando se abrió una puerta, muy lejos, debajo de la escalera. No era el mayordomo que volvía. Era una jovencita de unos veinte años, pequeña y delicadamente proporcionada, pero con aspecto resistente. Llevaba unos pantalones de color azul pálido que le sentaban bien. Caminaba como si flotase. Su cabello —mucho más corto de lo que reclama la moda actual de corte a lo paje— era una magnífica onda leonada. Los ojos, gris pizarra, casi carecían de expresión cuando me miraron. Se me acercó y al sonreír abrió la boca, mostrándome afilados dientecitos de depredador —tan blancos como el interior de la piel de una naranja fresca y tan relucientes como porcelana—, que brillaban entre sus labios finos, demasiado tensos. A su cara le faltaba color y reflejaba cierta falta de salud.
—Eres alto, ¿eh? —dijo.
—No era esa mi intención.
Se le abrieron mucho los ojos, sorprendida. Estaba pensando. Comprendí, pese a lo breve de nuestra relación, que pensar sería siempre una cosa más bien molesta para ella.
—Además de guapo —añadió—. Seguro que lo sabe.
Dejé escapar un gruñido.
—¿Cómo se llama?
—Reilly —dije—. Doghouse Reilly.
—Un nombre curioso.
Se mordió el labio, torció la cabeza un poco y me miró de reojo. Bajó los párpados hasta que las pestañas casi le acariciaron las mejillas y luego los alzó muy despacio, como si fueran un telón teatral: un truco con el que llegaría a familiarizarme, destinado a lograr que cayera rendido a sus pies.
—¿Boxeador profesional? —me preguntó cuando no lo hice.
—No exactamente. Soy sabueso.
—Ah… —Enfadada, sacudió la cabeza, y el cálido color de sus cabellos resplandeció en la luz más bien escasa del enorme vestíbulo—. Me está tomando el pelo.
—Ajá.
—¿Cómo?
—No pierda el tiempo —dije—. Ya me ha oído.
—No ha dicho nada. No es más que un bromista. —Alzó un pulgar y se lo mordió. Era un pulgar con una forma peculiar, delgado y estrecho como un dedo corriente, sin curva en la segunda falange. Se lo mordió y lo chupó despacio, girándolo lentamente dentro de la boca, como un bebé con un chupete.
—Es usted terriblemente alto —dijo. Luego dejó escapar una risita, que revelaba un secreto regocijo. A continuación giró el cuerpo lenta y ágilmente, sin levantar los pies del suelo. Las manos le colgaron sin vida. Después se inclinó hacia mí hasta caer de espaldas sobre mis brazos. La sujeté para impedir que se rompiera la cabeza contra el suelo de mosaico. La cogí por las axilas y sus piernas se doblaron de inmediato. Tuve que hacer fuerza para que no se cayera. Ya con la cabeza sobre mi pecho, la volvió para mirarme y lanzó otra risita.
—Es usted muy atractivo —rió—. Yo también.
No dije nada. De manera que el mayordomo eligió aquel momento tan conveniente para regresar por la puerta que daba al jardín y verme con ella en los brazos.
No pareció preocuparle. Era un hombre alto, delgado y de pelo cano, de unos sesenta años, más o menos. Sus ojos azules eran tan remotos como pueden llegar a ser unos ojos. Tenía piel suave y reluciente y se movía como una persona con excelentes músculos. Atravesó lentamente el vestíbulo en dirección nuestra y la chica se apartó de mí precipitadamente. Luego corrió hasta el pie de la escalera y la subió como un gamo. Desapareció antes de que yo pudiera respirar hondo y soltar el aire.
El mayordomo dijo con voz totalmente neutra:
—El general le recibirá ahora, señor Marlowe.
Levanté discretamente la barbilla del pecho e hice un gesto de asentimiento.
—¿Quién era? —pregunté.
—La señorita Carmen Sternwood, señor.
—Deberían ustedes destetarla. Parece que ya tiene edad suficiente.
Me miró con cortés seriedad y repitió el anuncio que acababa de hacerme.
2
Salimos por la puerta de cristal que daba al jardín y avanzamos por un sendero muy uniforme de baldosas rojas que bordeaba el lado del césped más alejado del garaje. El chófer de aspecto juvenil había sacado un majestuoso sedán negro de llantas cromadas, y estaba limpiándole el polvo. El sendero nos llevó hasta un lateral del invernadero, donde el mayordomo abrió una puerta y se hizo a un lado. Me encontré con un vestíbulo donde hacía un calor de horno. El mayordomo entró detrás de mí, cerró la puerta exterior, abrió la interior y también atravesamos la segunda. Entonces empezó a hacer calor de verdad. El aire era denso, húmedo, lleno de vapor y perfumado con el empalagoso olor de orquídeas tropicales en plena floración. Las paredes y el techo de cristal estaban muy empañados, y grandes gotas de humedad caían ruidosamente sobre las plantas. La luz tenía un color verdoso irreal, como luz filtrada a través de un acuario. Las plantas lo llenaban todo, un verdadero bosque, con desagradables hojas carnosas y tallos como los dedos recién lavados de los muertos. Y olían de manera tan agobiante como alcohol en ebullición debajo de una manta.
El mayordomo se esforzó al máximo por guiarme sin que las hojas empapadas me golpearan la cara y, al cabo de un rato, llegamos a un claro en el centro de la jungla, bajo el techo abovedado. Allí, en una zona de baldosas hexagonales, habían extendido una vieja alfombra turca de color rojo; sobre la alfombra se hallaba una silla de ruedas y, desde la silla de ruedas, nos observaba acercarnos un anciano a todas luces agonizante, con unos ojos muy negros de los que hacía ya tiempo que había desaparecido todo el fuego, pero que conservaban aún la franqueza de los del retrato que colgaba sobre la repisa de la chimenea en el gran vestíbulo. El resto de la cara era una máscara plomiza, de labios exangües, nariz afilada, sienes hundidas y el giro hacia fuera de los lóbulos que marca la cercanía de la desintegración. El cuerpo, largo y flaco, estaba envuelto —pese al calor sofocante— en una manta de viaje y un albornoz de color rojo desvaído. Las manos, semejantes a garras, de uñas moradas, estaban cruzadas sobre la manta de viaje. Algunos mechones de lacio pelo cano se aferraban a su cráneo, como flores silvestres luchando por la supervivencia sobre una roca desnuda.
El mayordomo se colocó delante de él y dijo:
—El señor Marlowe, mi general.
El anciano no se movió ni habló; no hizo siquiera un gesto de asentimiento. Se limitó a mirarme sin dar signo alguno de vida. El mayordomo empujó una húmeda silla de mimbre contra la parte posterior de mis piernas, obligándome a sentarme. Luego, con un hábil movimiento, se apoderó de mi sombrero.
El anciano sacó la voz del fondo de un pozo y dijo:
—Brandy, Norris. ¿Cómo le gusta el brandy, señor Marlowe?
—De cualquier manera —dije.
El mayordomo se alejó entre las abominables plantas. El general habló de nuevo, despacio, utilizando sus fuerzas con el mismo cuidado con que una corista sin trabajo usa las últimas medias presentables que le quedan.
—A mí me gustaba tomarlo con champán. El champán ha de estar tan frío como el invierno en Valley Forge antes de añadirlo a la tercera parte de una copa de brandy. Se puede quitar la chaqueta, señor Marlowe. Aquí hace demasiado calor para cualquier hombre que tenga sangre en las venas.
Me puse en pie, me desprendí de la americana, saqué un pañuelo del bolsillo y me sequé la cara, el cuello y las muñecas. Saint Louis en agosto no era nada comparado con aquel invernadero. Volví a sentarme, busqué maquinalmente un cigarrillo y luego me detuve. El anciano advirtió mi gesto y sonrió débilmente.
—Puede fumar. Me gusta el olor a tabaco.
Encendí el cigarrillo y arrojé una buena bocanada en dirección al anciano, que lo olisqueó como un terrier la madriguera de una rata. La débil sonrisa le distendió un poco las comisuras en sombra de la boca.
—Triste situación la de un hombre obligado a satisfacer sus vicios por tercero interpuesto —dijo con sequedad—. Contempla usted una reliquia muy descolorida de una existencia bastante llamativa; un inválido paralizado de ambas piernas y con solo medio vientre. Son muy escasas las cosas que puedo comer y mi sueño está tan cerca de la vigilia que apenas merece la pena darle ese nombre. Se diría que me nutro sobre todo de calor, como una araña recién nacida, y las orquídeas son una excusa para el calor. ¿Le gustan las orquídeas?
—No demasiado —dije.
El general cerró los ojos a medias.
—Son muy desagradables. Su carne se parece demasiado a la de los hombres. Y su perfume tiene la podredumbre dulzona del de una prostituta.
Me quedé mirándolo con la boca abierta. El calor húmedo y pegajoso era como un sudario a nuestro alrededor. El anciano hacía unos gestos de asentimiento tan medidos como si su cuello tuviera miedo del peso de la cabeza. Luego apareció el mayordomo, que salió de entre la jungla con el carrito de las bebidas, me preparó un brandy con soda, envolvió el cubo del hielo con una servilleta húmeda y volvió a desaparecer entre las orquídeas sin hacer ruido. Más allá de la jungla una puerta se abrió y se cerró.
Tomé un sorbo de brandy. Una y otra vez el anciano se pasó la lengua por los labios mientras me contemplaba, moviéndolos lentamente, uno sobre otro, con lúgubre concentración, como un empleado de pompas fúnebres secándose las manos después de habérselas lavado.
—Hábleme de usted, señor Marlowe. Supongo que tengo derecho a preguntar.
—Por supuesto, pero no hay mucho que contar. Tengo treinta y tres años, fui a la universidad una temporada y todavía sé hablar inglés si alguien me lo pide, cosa que no sucede con mucha frecuencia en mi oficio. Trabajé en una ocasión como investigador para el señor Wilde, el fiscal del distrito. Su investigador jefe, un individuo llamado Bernie Ohls, me llamó y me dijo que quería usted verme. Sigo soltero porque no me gustan las mujeres de los policías.
—Y cultiva una veta de cinismo —sonrió el anciano—. ¿No le gustó trabajar para Wilde?
—Me despidieron. Por insubordinación. Consigo notas muy altas en materia de insubordinación, mi general.
—A mí me sucedía lo mismo. Me alegra oírlo. ¿Qué sabe de mi familia?
—Se me ha dicho que es usted viudo y que tiene dos hijas jóvenes, las dos bonitas y alocadas. Una de ellas se ha casado en tres ocasiones; la última, con un antiguo contrabandista al que conocían en su círculo con el nombre de Rusty Regan. Eso es todo lo que he oído, mi general.
—¿Hay algo que le haya parecido peculiar?
—Quizá el capítulo de Rusty Regan. Pero siempre me he llevado bien con los contrabandistas.
Mi interlocutor me obsequió con otro de sus conatos de sonrisa, tan económicos.
—Parece que a mí me sucede lo mismo. Siento gran afecto por Rusty. Un irlandés grandote con el pelo rizado, natural de Clonmel, de ojos tristes y una sonrisa tan amplia como el Wilshire Boulevard. La primera vez que lo vi pensé lo mismo que probablemente piensa usted: que se trataba de un aventurero que había tenido la suerte de dar el braguetazo.
—Debe de haberle caído muy bien —dije—. Aprendió a expresarse como lo hubiera hecho él.
Escondió las afiladas manos exangües bajo el borde de la manta de viaje. Yo aplasté la colilla del pitillo y terminé mi copa.
—Fue un soplo de vida para mí… mientras duró. Pasaba horas conmigo, sudando como un cerdo, bebiendo brandy a litros y contándome historias sobre la revolución irlandesa. Había sido oficial del IRA. Ni siquiera estaba legalmente en Estados Unidos. Su boda fue una cosa ridícula, por supuesto, y es probable que no durase ni un mes como tal matrimonio. Le estoy contando los secretos de la familia, señor Marlowe.
—Siguen siendo secretos —dije—. ¿Qué ha sido de él?
El anciano me miró con rostro inexpresivo.
—Se marchó, hace un mes. Bruscamente, sin decir una palabra a nadie. Sin despedirse de mí. Eso me dolió un poco, pero fue educado en una escuela muy dura. Tendré noticias suyas cualquier día de estos. Mientras tanto vuelven a querer chantajearme.
—¿Vuelven? —dije yo.
Sacó las manos de debajo de la manta con un sobre marrón.
—Me habría compadecido sinceramente de cualquiera que hubiese tratado de chantajearme cuando Rusty andaba por aquí. No mucho antes de que él apareciera (es decir, hace nueve o diez meses) pagué cinco mil dólares a un individuo llamado Joe Brody para que dejara en paz a mi hija Carmen.
—Ah —dije.
El general alzó las finas cejas canas.
—¿Qué significa eso?
—Nada —respondí.
Siguió mirándome fijamente, frunciendo a medias el ceño.
—Coja este sobre y examine lo que hay dentro —dijo al cabo de un rato—. Y sírvase otro brandy.
Recogí el sobre de sus rodillas y volví a sentarme. Me sequé las palmas de las manos y le di la vuelta. Estaba dirigido al general Guy Sternwood, 3765 Alta Brea Crescent, West Hollywood, California. Habían escrito la dirección con tinta, utilizando el tipo de letra de imprenta inclinada que usan los ingenieros. El sobre había sido abierto. Saqué de dentro una tarjeta marrón y tres hojas de un papel muy poco flexible. La tarjeta era de fina cartulina marrón, impresa en oro: «Arthur Gwynn Geiger». Sin dirección. Y con letra muy pequeña en la esquina inferior izquierda: «Libros raros y ediciones de lujo». Le di la vuelta a la tarjeta. Más letra de imprenta, esta vez inclinada hacia el otro lado.
Muy señor mío: Pese a la imposibilidad de reclamar legalmente lo que aquí le incluyo (reconozco con toda sinceridad que se trata de deudas de juego) doy por sentado que preferirá usted pagarlas.
Respetuosamente,
A. G. GEIGER
Examiné las tiesas hojas de papel blanco. Se trataba de pagarés impresos, completados con tinta, con distintas fechas de comienzos de septiembre, un mes antes.
Me comprometo a pagar a Arthur Gwynn Geiger, cuando lo solicite, la suma de mil dólares (1.000,00 $) sin intereses, por valor recibido.
CARMEN STERNWOOD
La letra de la parte escrita a mano era desordenada e infantil, con muchas florituras y con círculos en lugar de puntos. Me preparé otro brandy, tomé un sorbo y dejé a un lado el sobre con su contenido.
—¿Sus conclusiones? —preguntó el general.
—Todavía no las tengo. ¿Quién es ese tal Arthur Gwynn Geiger?
—No tengo ni la más remota idea.
—¿Qué dice Carmen?
—No se lo he preguntado. Y no tengo intención de hacerlo. Si se lo preguntara, se chuparía el pulgar y se haría la inocente.
—Me encontré con ella en el vestíbulo. Y fue eso lo que hizo conmigo. Luego trató de sentárseme en el regazo.
Nada cambió en la expresión del general. Sus manos entrelazadas siguieron descansando, tranquilas, sobre el borde de la manta de viaje, y el calor, que a mí me hacía borbotear como un guiso puesto al fuego, no parecía proporcionarle siquiera un poco de tibieza.
—¿Tengo que mostrarme cortés? —pregunté—. ¿O basta que me comporte con naturalidad?
—No he advertido que le atenacen muchas inhibiciones, señor Marlowe.
—¿Salen juntas sus dos hijas?
—Creo que no. Me parece que las dos siguen caminos de perdición separados y un tanto divergentes. Vivian es una criatura malcriada, exigente, lista e implacable. Carmen es una niña a la que le gusta arrancarle las alas a las moscas. Ninguna de las dos tiene más sentido moral que un gato. Yo tampoco. Ningún Sternwood lo ha tenido nunca. Siga.
—Imagino que se las ha educado bien. Las dos saben lo que hacen.
—A Vivian se la envió a buenos colegios para las clases altas y luego a la universidad. Carmen fue a media docena de centros cada vez más liberales, y acabó donde había empezado. Supongo que ambas tenían, y todavía tienen, los vicios habituales. Si le resulto un tanto siniestro como progenitor, señor Marlowe, se debe a que mi control sobre la vida es demasiado reducido para dedicar espacio alguno a la hipocresía victoriana. —Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, que luego volvió a abrir con brusquedad—. No necesito añadir que el varón que se permite ser padre a los cincuenta y cuatro años se merece todo lo que le sucede.
Bebí otro sorbo de mi brandy e hice un gesto de asentimiento. El pulso le latía visiblemente en la gris garganta descarnada, pero era tan lento, al mismo tiempo, que apenas se le podía calificar de pulso. Un anciano muerto en dos terceras partes, pero todavía decidido a creer que podía mantener el rumbo.
—¿Sus conclusiones? —preguntó de repente.
—Yo pagaría.
—¿Por qué?
—Es cuestión de elegir entre muy poco dinero o muchas molestias. Ha de haber algo detrás. Pero nadie le va a romper el corazón si no lo han hecho ya antes. Y un número enorme de estafadores tendrían que robarle durante muchísimo tiempo para que llegara a darse cuenta.
—Me queda un poco de orgullo, señor Marlowe —respondió con frialdad.
—Alguien está contando con eso. Es la manera más fácil de engañarlos. Eso o la policía. Geiger podría cobrar esos pagarés, a no ser que usted demostrara que se trata de una estafa. En lugar de eso se los ofrece como regalo y reconoce que son deudas de juego, lo que le permite a usted defenderse, incluso aunque Geiger se hubiera quedado con los pagarés. Si se trata de un sinvergüenza, sabe lo que hace, y si es un tipo honrado con un pequeño negocio de préstamos para ayudarse, es normal que recupere su dinero. ¿Quién era ese Joe Brody al que pagó cinco mil dólares?
—Creo que un jugador de ventaja. Apenas lo recuerdo. Norris, mi mayordomo, lo sabrá.
—Sus hijas disponen de dinero propio, ¿no es eso, mi general?
—Vivian sí, pero no demasiado. Carmen es todavía menor, de acuerdo con las disposiciones del testamento de su madre. Las dos reciben una generosa asignación mía.
—Estoy en condiciones de quitarle de encima a ese tal Geiger, mi general, si es eso lo que quiere —dije—. Sea quien sea y tenga lo que tenga. Puede que le cueste algo de dinero, aparte de lo que me pague a mí. Y, por supuesto, no le servirá de gran cosa. Nunca se consigue nada dándoles dinero. Está usted en su lista de nombres productivos.
—Me hago cargo. —Bajo la descolorida bata roja, sus hombros, anchos pero descarnados, esbozaron un gesto de indiferencia—. Hace un momento ha hablado usted de pagar a ese Geiger. Ahora dice que no me servirá de nada.
—Quiero decir que quizá sea más barato y más fácil aceptar cierto grado de presión. Eso es todo.
—Mucho me temo que soy más bien una persona impaciente, señor Marlowe. ¿Cuáles son sus honorarios?
—Veinticinco dólares diarios más gastos…, cuando tengo suerte.
—Entiendo. Parece razonable tratándose de extirpar bultos patológicos de las espaldas ajenas. Una operación muy delicada. Espero que se dé cuenta de ello y que realice la intervención conmocionando lo menos posible al paciente. Quizá resulten ser varios, señor Marlowe.
Terminé el segundo brandy y me sequé los labios y la cara. El calor no resultaba menos intenso después de una bebida alcohólica. El general parpadeó y tiró del borde de la manta de viaje.
—¿Puedo llegar a un acuerdo con ese individuo si me parece remotamente sincero?
—Sí. El asunto está por completo en sus manos. Nunca hago las cosas a medias.
—Le libraré de ese individuo —dije—. Tendrá la impresión de que se le ha caído un puente encima.
—Estoy seguro de ello. Y ahora deberá disculparme. Estoy cansado. —Se inclinó y tocó un timbre en el brazo de su silla de ruedas. El hilo estaba enchufado a un cable negro que se perdía entre las amplias cajas de color verde oscuro donde las orquídeas crecían y se pudrían. El general cerró los ojos, volvió a abrirlos en una breve mirada penetrante, y se acomodó entre sus cojines. Los párpados bajaron de nuevo y ya no volvió a interesarse por mí.
Me puse en pie, recogí la chaqueta de la húmeda silla de mimbre, salí con ella entre las orquídeas, abrí las dos puertas del invernadero y, al encontrarme con el aire fresco de octubre, me llené los pulmones de oxígeno. El chófer que trabajaba junto al garaje había desaparecido. El mayordomo se acercó a buen paso por el camino de baldosas rojas con la espalda tan recta como una tabla de planchar. Me puse la chaqueta y lo contemplé mientras se acercaba.
Se detuvo a medio metro y me dijo con aire circunspecto:
—A la señora Regan le gustaría hablar con usted antes de que se marche. Y, por lo que respecta al dinero, el general me ha dado instrucciones para que le entregue un cheque por la cantidad que usted considere conveniente.
—¿Cómo le ha dado esas instrucciones?
Pareció sorprendido, pero luego sonrió.
—Ah, ya entiendo. Es usted detective, por supuesto. Por la manera de tocar el timbre.
—¿Es usted quien firma los cheques?
—Es mi privilegio.
—Eso debería evitarle la fosa común. No tiene que darme dinero ahora, gracias. ¿Por qué desea verme la señora Regan?
Sus ojos azules, honestos, me miraron calmosamente.
—Tiene una idea equivocada sobre el motivo de su visita, señor Marlowe.
—¿Quién la ha informado de mi visita?
—Las ventanas de la señora Regan dan al invernadero. Nos vio entrar. He tenido que decirle quién era usted.
—No me gusta eso —dije.
Sus ojos azules se helaron.
—¿Trata de decirme cuáles son mis deberes, señor Marlowe?
—No. Pero me estoy divirtiendo mucho tratando de adivinar en qué consisten.
Nos miramos durante unos instantes. Norris con ferocidad antes de darse la vuelta.
3
La habitación era demasiado grande, el techo y las puertas demasiado altas, y la alfombra blanca que cubría todo el suelo parecía nieve recién caída sobre el lago Arrowhead. Había espejos de cuerpo entero y chismes de cristal por todas partes. Los muebles de color marfil tenían adornos cromados, y las enormes cortinas del mismo color se derramaban sobre la alfombra blanca a un metro de las ventanas. El blanco hacía que el marfil pareciera sucio y el marfil hacía que el blanco resultara exangüe. Las ventanas daban a las oscurecidas estribaciones de la sierra. Llovería pronto. Ya se notaba la presión en el aire.
Me senté en el borde de un sillón muy blando y profundo y miré a la señora Regan, que era merecedora de atención, además de peligrosa. Estaba tumbada en una chaise-longue modernista, sin zapatos, de manera que contemplé sus piernas, con las medias de seda más transparentes que quepa imaginar. Parecían colocadas para que se las mirase. Eran visibles hasta la rodilla y una de ellas bastante más allá. Las rodillas eran redondas, ni huesudas ni angulosas. Las pantorrillas merecían el calificativo de hermosas, y los tobillos eran esbeltos y con suficiente línea melódica para un poema sinfónico. Se trataba de una mujer alta, delgada y en apariencia fuerte. Apoyaba la cabeza en un almohadón de satén de color marfil. Cabello negro y fuerte con raya al medio y los ojos negros ardientes del retrato del vestíbulo. Boca y barbilla bien dibujadas. Aunque los labios, algo caídos, denotaban una actitud malhumorada, el inferior era sensual.
Tenía una copa en la mano. Después de beber me miró fríamente por encima del borde de cristal.
—De manera que es usted detective privado —dijo—. Ignoraba que existieran, excepto en los libros. O, en caso contrario, creía que se trataba de hombrecillos grasientos que espiaban en los vestíbulos de los hoteles.
No me concernía nada de todo aquello, de manera que dejé que se lo llevara la corriente. La señora Regan abandonó la copa sobre el brazo plano de la chaise-longue, hizo brillar una esmeralda y se tocó el pelo.
—¿Le ha gustado mi padre? —preguntó, hablando muy despacio.
—Me ha gustado —respondí.
—A mi padre le gustaba Rusty. Supongo que sabe quién es Rusty.
—Ajá.
—Rusty era campechano y vulgar a veces, pero muy de carne y hueso, y papá se divertía mucho con él. No debería haber desaparecido como lo hizo. Papá está muy dolido, aunque no lo diga. ¿O sí se lo ha dicho?
—Dijo algo acerca de eso.
—A usted no se le va la fuerza por la boca, ¿verdad señor Marlowe? Pero papá quiere que se le encuentre, ¿no es cierto?
Me quedé mirándola cortésmente durante una pausa.
—Sí y no —respondí.
—No se puede decir que eso sea una respuesta. ¿Cree que lo podrá encontrar?
—No he dicho que fuese a intentarlo. ¿Por qué no probar con el Departamento de Personas Desaparecidas? Cuentan con una organización. No es tarea para un solo individuo.
—No, no; papá no querría por nada del mundo que interviniera la policía. —Desde el otro lado de la copa me miró de nuevo, muy segura de sí, antes de vaciarla y de tocar el timbre. Una doncella entró en la habitación por una puerta lateral. Era una mujer de mediana edad, de rostro largo y amable, algo amarillento, nariz larga, ausencia de barbilla y grandes ojos húmedos. Parecía un simpático caballo viejo al que hubieran soltado en un prado para que pastara después de muchos años de servicio. La señora Regan agitó la copa vacía en su dirección y la doncella le sirvió otra, se la entregó y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra, ni mirar una sola vez en mi dirección.
Cuando la puerta se hubo cerrado, la señora Regan dijo:
—Y bien, ¿qué es lo que se propone hacer?
—¿Cómo y cuándo se largó?
—¿Papá no se lo ha contado?
Le sonreí con la cabeza inclinada hacia un lado. La señora Regan enrojeció. Sus cálidos ojos negros manifestaron enfado.
—No entiendo qué razones puede tener para ser tan reservado —dijo con tono cortante—. Y no me gustan sus modales.
—Tampoco a mí me entusiasman los suyos —dije—. No he sido yo quien ha pedido verla. Me ha mandado usted a buscar. No me importa que se dé aires conmigo, ni que se saque el almuerzo de una botella de scotch. Tampoco me parece mal que me enseñe las piernas. Son unas piernas estupendas y es un placer contemplarlas. Como tampoco me importa que no le gusten mis modales. Son detestables. Sufro pensando en ellos durante las largas veladas del invierno. Pero no pierda el tiempo tratando de sonsacarme.
Dejó la copa con tanta violencia que el contenido se derramó sobre uno de los cojines de color marfil. Bajó las piernas al suelo y se puso en pie echando fuego por los ojos y con las ventanas de la nariz dilatadas. Tenía la boca abierta y vi cómo le brillaban los dientes. Apretó tanto los puños que los nudillos perdieron por completo el color.
—No consiento que nadie me hable de esa manera —dijo con la voz velada.
Seguí donde estaba y le sonreí. Muy despacio, la señora Regan cerró la boca y contempló la bebida derramada. Luego se sentó en el borde de la chaise-longue y apoyó la barbilla en una mano.
—¡Vaya! ¡Qué hombre tan sombrío, tan guapo y tan bruto! Debiera tirarle un Buick a la cabeza.
Froté una cerilla contra la uña del dedo gordo y, de manera excepcional, se encendió. Lancé al aire una nube de humo y esperé.
—Detesto a los hombres autoritarios —dijo—. No los soporto.
—¿De qué es de lo que tiene miedo exactamente, señora Regan?
Abrió mucho los ojos. Luego se le oscurecieron, hasta dar la impresión de que eran todo pupila. Incluso pareció que se le arrugaba la nariz.
—Mi padre no le ha mandado llamar por esa razón —dijo con voz crispada, de la que aún colgaban retazos de indignación—. No se trataba de Rusty, ¿no es cierto?
—Será mejor que se lo pregunte usted.
Estalló de nuevo.
—¡Salga! ¡Váyase al infierno!
Me puse en pie.
—¡Siéntese! —me gritó. Volví a sentarme. Tamborileé con los dedos de una mano en la palma de la otra y esperé.
—Por favor —dijo—. Se lo ruego. Usted podría encontrar a Rusty…, si papá quisiera que lo hiciese.
Tampoco aquello funcionó. Asentí con la cabeza y pregunté:
—¿Cuándo se marchó?
—Una tarde, hace un mes. Se marchó sin decir palabra. Encontraron el automóvil en un garaje privado en algún sitio.
—¿Quiénes lo encontraron?
Apareció en su rostro una expresión astuta y dio la impresión de que todo el cuerpo se le relajaba. Luego me sonrió cautivadoramente.
—Entonces es que no se lo ha contado. —Su voz sonaba casi exultante, como si se hubiera apuntado un tanto a mi costa. Quizá sí.
—Me ha hablado del señor Regan, es cierto. Pero no me ha hecho llamar para tratar de esa cuestión. ¿Era eso lo que quería oír?
—Le aseguro que me tiene sin cuidado lo que diga.
Volví a ponerme en pie.
—En ese caso me iré.
La señora Regan no dijo nada. Fui hasta la puerta blanca, muy alta, por la que había entrado. Cuando me volví para mirar, tenía el labio inferior entre los dientes y jugueteaba con él como un perrillo con los flecos de una alfombra.
Descendí por la escalera de baldosas hasta el vestíbulo, y el mayordomo, como sin quererlo, surgió de algún sitio con mi sombrero en la mano. Me lo encasqueté mientras él me abría la puerta principal.
—Se equivocó usted —dije—. La señora Regan no quería verme.
El mayordomo inclinó la plateada cabeza y dijo cortésmente:
—Lo siento, señor. Me equivoco con frecuencia. —Luego cerró la puerta a mis espaldas.
Desde el escalón de la entrada, mientras aspiraba el humo del cigarrillo, contemplé una sucesión de terrazas con parterres y árboles cuidadosamente podados hasta la alta verja de hierro con remates dorados en forma de hoja de lanza que rodeaba la finca. Una sinuosa avenida descendía entre taludes hasta las puertas abiertas de la entrada. Más allá de la verja, la colina descendía suavemente por espacio de varios kilómetros. En la parte más baja, lejanas y casi invisibles, apenas se distinguían algunas de las viejas torres de perforación —esqueletos de madera— de los yacimientos petrolíferos con los que los Sternwood habían amasado su fortuna. La mayoría de los antiguos yacimientos eran ya parques públicos, adecentados por el general Sternwood y donados a la ciudad. Pero en una pequeña parte aún seguía la producción, gracias a grupos de pozos que bombeaban cinco o seis barriles al día. Los Sternwood, después de mudarse colina arriba, no tenían ya que oler el aroma de los sumideros ni el del petróleo, pero aún podían mirar desde las ventanas de la fachada de su casa y ver lo que los había enriquecido. Si es que querían hacerlo. Supongo que no querían.
Descendí, de parterre en parterre, por un camino de ladrillos que me fue llevando, cerca de la verja, hasta las puertas de hierro y hasta donde había dejado mi coche en la calle, bajo un turbinto. Los truenos empezaban a crepitar por las estribaciones de la sierra, y el cielo, sobre ellas, había adquirido un color morado cercano al negro. Llovería con fuerza. El aire tenía el húmedo sabor anticipado de la lluvia. Levanté la capota de mi coche antes de ponerme en camino hacia el centro.
La señora Regan tenía unas piernas encantadoras. Eso había que reconocérselo. Y ella y su padre eran una pareja de mucho cuidado. Él, probablemente, solo estaba probándome; el trabajo que me había encargado era una tarea de abogado. Incluso aunque Arthur Gwynn Geiger, «Libros raros y ediciones de lujo», resultara ser un chantajista, seguía siendo tarea para un abogado. A no ser que fuese todo mucho más complicado. A primera vista me pareció que podría divertirme averiguándolo.
Fui en coche hasta la biblioteca pública de Hollywood e hice una primera investigación de poca monta en un libro muy pomposo titulado Primeras ediciones célebres. Media hora de aquel ejercicio me obligó a salir en busca del almuerzo.
4
El establecimiento de A. G. Geiger estaba en la parte norte de Hollywood Boulevard, cerca de Las Palmas. La puerta de entrada quedaba muy hundida con respecto a los escaparates, con molduras de cobre y cerrados por detrás con biombos chinos, de manera que no me permitían ver el interior. En los escaparates vi muchos cachivaches orientales. No estaba en condiciones de decir si se trataba de objetos de calidad, dado que no colecciono antigüedades, a excepción de facturas sin pagar. La puerta de entrada era de cristal, pero tampoco se podía ver mucho a través de ella porque apenas había luz en el interior. La tienda estaba flanqueada por el portal de un edificio y por una resplandeciente joyería especializada en la venta a plazos. El joyero había salido a la calle, y se balanceaba sobre los talones con cara de aburrimiento. Era un judío alto y de buena presencia, de pelo blanco, ropa oscura muy ajustada y unos nueve quilates de brillantes en la mano derecha. Una sonrisa de complicidad casi imperceptible apareció en sus labios al verme entrar en la tienda de Geiger. Dejé que la puerta se cerrase despacio a mi espalda y avancé sobre una gruesa alfombra azul que cubría todo el suelo. Me encontré con sillones tapizados de cuero azul flanqueados por altos ceniceros. Sobre estrechas mesitas barnizadas descansaban, entre sujetalibros, grupos de volúmenes encuadernados en piel. En distintas vitrinas había más volúmenes encuadernados de la misma manera. Mercancías con muy buen aspecto, del tipo que un rico empresario adquiriría por metros y luego contrataría a alguien para que les pegase su ex libris. Al fondo había una mampara de madera veteada con una puerta en el centro, cerrada. En la esquina que formaban la mampara y una de las paredes, una mujer, sentada detrás de un pequeño escritorio con una lámpara de madera tallada encima, se levantó despacio y se dirigió hacia mí balanceándose dentro de un ajustado vestido negro que no reflejaba la luz. Tenía largas las piernas y caminaba con un cierto no sé qué que yo no había visto con frecuencia en librerías. Rubia de ojos verdosos y pestañas maquilladas, se recogía el cabello, suavemente ondulado, detrás de las orejas, en las que brillaban grandes pendientes de azabache. Llevaba las uñas plateadas. A pesar de su apariencia anticipé que tendría un acento más bien plebeyo.
Se me acercó con suficiente sex-appeal para hacer salir de estampida a todos los participantes en una comida de negocios e inclinó la cabeza para colocarse un mechón descarriado, aunque no demasiado, de cabellos suavemente luminosos. Su sonrisa era indecisa, pero se la podía convencer para que resultara decididamente amable.
—¿En qué puedo ayudarle? —me preguntó.
Yo me había puesto las gafas de sol con montura de concha. Aflauté la voz y le añadí un trémolo de pájaro.
—¿Tendría usted por casualidad un Ben Hur de 1860?
No dijo «¿Eh?», pero era eso lo que le apetecía. Sonrió desoladamente.
—¿Una primera edición?
—Tercera —dije—. La que tiene la errata en la página 116.
—Mucho me temo que no…, por el momento.
—¿Qué me dice de un Chevalier Audobon 1840…?, la colección completa, por supuesto.
—No…, no de momento —dijo con aspereza. La sonrisa le colgaba ya de los dientes y las cejas y se preguntaba dónde iría a estrellarse cuando cayera.
—¿De verdad venden ustedes libros? —pregunté con mi cortés falsete.
Me miró de arriba abajo. La sonrisa desaparecida. Ojos entre desconfiados y duros. Postura muy recta y tiesa. Agitó dedos de uñas plateadas en dirección a las vitrinas.
—¿Qué le parece que son, pomelos? —me respondió, cortante.
—No, no, ese tipo de cosas no me interesa nada, compréndalo. Probablemente tienen grabados de segunda mano, de dos centavos los de colores y de uno los que estén en blanco y negro. La vulgaridad de siempre. No. Lo siento, pero no.
—Comprendo. —Trató de colocarse otra vez la sonrisa en la cara. Pero estaba tan molesta como un concejal con paperas.
—Quizá el señor Geiger…, aunque no está aquí en este momento. —Sus ojos me estudiaron cuidadosamente. Sabía tanto de libros raros como yo de dirigir un circo de pulgas.
—¿Quizá llegue un poco más tarde?
—Mucho me temo que será bastante más tarde.
—Qué lástima —dije—. Sí, una verdadera lástima. Me sentaré y fumaré un cigarrillo en uno de estos sillones tan cómodos. Tengo la tarde más bien vacía. Nada en que pensar excepto mi lección de trigonometría.
—Sí —dijo ella—. Sí…, claro.
Estiré las piernas en uno de los sillones y encendí un cigarrillo con el encendedor redondo de níquel vecino al cenicero. La chica de la tienda se quedó inmóvil, mordiéndose el labio inferior y con una expresión incómoda en los ojos. Asintió finalmente con la cabeza, se dio la vuelta despacio y regresó a su mesita en el rincón. Desde detrás de la lámpara se me quedó mirando. Crucé las piernas y bostecé. Sus uñas plateadas se movieron hacia el teléfono de mesa, no llegaron a tocarlo, descendieron y empezaron a tamborilear sobre el escritorio.
Silencio durante cerca de cinco minutos. Luego se abrió la puerta de la calle y entró con gran desparpajo un pájaro alto y de aspecto hambriento con bastón y una enorme nariz, cerró la puerta sin esperar a que lo hiciera el mecanismo, se llegó hasta el escritorio y dejó un paquete bien envuelto. Luego se sacó del bolsillo un billetero de piel de foca con adornos dorados en las esquinas y mostró algo a la rubia, que presionó un botón situado sobre la mesa. El pájaro alto se dirigió hacia la puerta situada en la mampara y la abrió apenas lo justo para deslizarse dentro.
Terminé mi primer cigarrillo y encendí otro. Los minutos siguieron arrastrándose. En el bulevar los claxons pitaban y gruñían. Un gran autobús rojo interurbano pasó por delante refunfuñando. Un semáforo sonó como un gong antes de cambiar de luz. La rubia se apoyó en un codo, se tapó los ojos con una mano y me observó disimuladamente. La puerta de la mampara se abrió de nuevo y el pájaro alto con el bastón salió deslizándose. Llevaba otro paquete bien envuelto, del tamaño de un libro grande. Se llegó hasta el escritorio y pagó en efectivo. Se marchó como había llegado, caminando casi de puntillas, respirando con la boca abierta y lanzándome una mirada penetrante de reojo al pasar a mi lado.
Me puse en pie, dediqué un sombrerazo a la rubia y salí detrás del tipo
