Presunto inocente

Scott Turow

Fragmento

1

—Tendría que sentirme más dolido —dice Raymond Horgan.

En un principio, pienso que se refiere al panegírico que va a pronunciar. Ha estado revisando sus notas otra vez y, en este momento, está poniendo dos hojas de la agenda en el bolsillo interior de su chaqueta de estameña azul. Pero, al observar su expresión, me doy cuenta de que su comentario es de carácter personal. Desde el asiento trasero del Buick oficial, observa a través de la ventanilla el tráfico que se va intensificando a medida que nos aproximamos al South End. Su mirada ha adquirido un aire meditabundo. Observándole, se me ocurre pensar que esta actitud podría haber sido de gran efectividad en los carteles de su campaña electoral de este año: Un Raymond cuyos marcados rasgos apuntan un aire de solemnidad, arrojo y un punto de dolor. Hay algo en él que refleja el aire estoico de esta metrópoli a veces triste, como los sucios ladrillos y los tejados alquitranados de esta parte de la ciudad.

Se ha convertido en un tópico, entre los que trabajamos con Raymond, comentar el mal aspecto que tiene. Hace veinte meses se separó de Ann, su mujer durante treinta años. Ha engordado y tiene una perpetua expresión sombría que sugiere haber alcanzado ese momento de la vida en el que uno se convence de que muchas cosas dolorosas no mejorarán.



Hace un año se hacían apuestas a que Raymond no volvería a presentarse, por falta de nervio o de interés, y él esperó hasta cuatro meses antes de las primarias para anunciar finalmente su candidatura. Hay quien dice que fue la adicción al poder y a la vida pública lo que le decidió. Yo creo que su principal estímulo fue el aborrecimiento que siente por su oponente, Nico Della Guardia, quien, hasta el año pasado, era también ayudante del fiscal general de nuestra oficina. Cualesquiera que fuesen sus motivaciones, ha resultado ser una campaña dura. Mientras duró el dinero, utilizaron los servicios de agencias y asesorías de opinión pública. Tres hombres jóvenes, de dudosa sexualidad, tuvieron la última palabra sobre diversas cuestiones, como por ejemplo, la foto de la campaña. Y la imagen de Raymond que recorre la ciudad en la parte trasera de uno de cada cuatro autobuses municipales tiene una sonrisa persuasiva que pretende ser reflejo de una voluntad tenaz. Según mi opinión, en la foto tiene aspecto de bobo. Es otra señal más de que Raymond ha perdido comba. Quizá eso es lo que quiso decir cuando habló de sentirse más dolido, queriendo indicar que los acontecimientos, una vez más, están escapándosele de las manos.

Continúa hablando de la muerte de Carolyn Polhemus, ocurrida tres noches atrás, el primero de abril:

—Es como si no pudiera abarcarlo todo. Por un lado, tengo a Nico, que intenta hacerme pasar por el responsable del asesinato. Por otro, a todos los cretinos del mundo con credenciales de prensa, que quieren saber cuándo vamos a atrapar al asesino. Y las secretarias que lloran en la oficina. Y, para colmo, esa mujer en la que tenemos que pensar. La conocí cuando ella era auxiliar, antes de que acabara sus estudios de derecho. Trabajó a mis órdenes; me gustaba. Una chica lista y sexy. Una abogada como la copa de un pino. Cuando me pongo a pensar en el hecho en sí... me siento hastiado. Pero ¡Dios!, un imbécil fuerza la puerta de su casa y ¿así acaba su vida?, ¿es ese su adiós definitivo? Una sabandija demente que le rompe el cráneo y se  la tira... ¡Dios! —vuelve a decir Raymond—, no puede uno sentirse lo bastante triste.

—Nadie forzó la puerta —digo yo después de un rato. Mi tono tajante me sorprende incluso a mí. Raymond, que momentáneamente ha centrado su atención en un fajo de papeles que traía de la oficina, vuelve la cabeza y fija en mí sus astutos ojos grises.

—¿De dónde has sacado eso?

Demoro la contestación.
—La pobre mujer fue violada y atada —dice Raymond—. Vamos, que yo no empezaría a investigar entre sus amigos y admiradores.

—No había ventanas rotas —replicó— ni puertas forzadas.

En ese momento, Cody, el policía que, después de treinta años de servicio, pasa sus últimos días en activo conduciendo el coche oficial de Ray, irrumpe en nuestra conversación desde el asiento delantero. Hoy ha estado inusualmente silencioso, ahorrándonos sus acostumbradas evocaciones de los tratos entre maleantes y los robos sustanciosos que presenció en casi todas las calles de la ciudad. A diferencia de lo que le ocurre a Ray, o incluso a mí, él no tiene ninguna dificultad en mostrarse afectado. Parece no haber dormido, lo que da a su semblante un aire de dolor. Mi comentario sobre el estado en que encontraron el apartamento de Carolyn le ha hecho saltar, por alguna razón.

—Había dejado todas las puertas y las ventanas sin cerrar —dice—. Le gustaba tenerlas así. La tía vivía en el país de las maravillas.

—Yo creo que alguien se las dio de listo —intervengo yo—. Opino que eso nos llevaría por un camino equivocado.

—¡Venga, Rusty! —exclama Raymond—. Estamos buscando a un delincuente. No necesitamos al maldito Sherlock Holmes. No quieras correr más que los detectives. Limítate a bajar la cabeza y a caminar en línea recta... ¿De acuerdo? Atra pa al culpable y así salvarás mi devaluado pellejo —ahora, me sonríe con calor y desparpajo.

Quiere que sepa que se está animando. Pero no necesita enfatizarme la importancia de capturar al asesino de Carolyn.

En sus declaraciones sobre esta muerte, Nico se ha mostrado vil, aprovechado e implacable: «El comportamiento laxo del fiscal general, a la hora de hacer cumplir la ley en los últimos doce años, le ha hecho cómplice de los elementos criminales de esta ciudad. Ni tan siquiera los miembros de su propia oficina se encuentran a salvo, como esta tragedia ilustra». Nico no se ha molestado en explicar cómo el hecho de haber estado trabajando diez años seguidos en esa oficina, encaja con estas supuestas relaciones de Raymond con los fuera de la ley. Pero explicar no es tarea del político. Y además, Nico siempre ha sido un cínico en su vida pública. Esa es una de las cualidades que lo han hecho apto para la carrera política.

Apto o no, Nico tiene todas las probabilidades de perder las primarias, para las que solo faltan dieciocho días. Desde hace más de una década, Raymond Horgan ha arrasado entre el millón y medio de votantes inscritos en el censo del condado de Kindle. Este año todavía le queda por obtener la confirmación del partido, pero eso se debe en gran medida a una vieja disidencia con el alcalde. Los asesores de Raymond en estas cuestiones, grupo al que jamás he pertenecido, creen que cuando se hagan públicos los primeros sondeos oficiales dentro de una semana y media, los otros líderes del partido podrán obligar al alcalde a cambiar de criterio, y que Raymond estará a salvo durante otro cuatrienio. En esta ciudad unipartidista, la victoria en las primarias equivale a la elección.

Cody vuelve la cabeza y comenta que es cerca de la una. Ray asiente distraído. Rudy lo toma por una anuencia y palpa bajo el salpicadero para hacer sonar la sirena. Lo hace en dos breves ráfagas, como puntuando el tráfico, pero es suficiente para que coches y camiones se hagan a un lado y el oscuro Buick avance orgullosamente entre ellos. Aquí, el vecindario  todavía es marginal. Viejas casas, de paredes de guijarros y porches astillados. Los niños, de una palidez lechosa, juegan a la pelota y a la comba al borde de la acera. Yo me crié a tres manzanas de aquí, en un piso que estaba sobre la panadería de mi padre. Recuerdo aquel tiempo como años oscuros. Durante el día, mi madre y a veces yo, cuando no iba a la escuela, ayudábamos a mi padre en la tienda. Por la noche, nos encerrábamos en una habitación mientras él bebía. No había más niños. Los actuales vecinos no son muy distintos; todavía hay muchos como mi padre: serbios, como él, ucranianos, italianos, polacos; grupos étnicos que guardan silencio y miran al mundo con ojos pesimistas.

Nos detenemos, inmersos en el intenso tráfico del viernes por la tarde. Cody se ha parado detrás de un autobús que emite sus nocivos humos con un rumor intestinal. En su trasera hay un cartel electoral de Horgan, y un Raymond de metro y medio de ancho mira por encima de nuestras cabezas con la expresión desventurada de un invitado a un debate televisivo o de un presentador de comida enlatada para gatos. Y yo no lo puedo evitar. Raymond es mi futuro y mi pasado. Llevo con él una docena de años; años llenos de auténtica lealtad y admiración. Yo soy su segundo de a bordo y su caída sería la mía. Pero no hay manera de acallar la voz del descontento: tiene sus propios imperativos. Y ahora, de repente, se pone a hablarle a la imagen de allí arriba con un tono firme.

—Bobo —le dice—. Eres un bobo.

Mientras bajamos por la calle Tercera, me doy cuenta de que el funeral se ha convertido en un hecho importante para el departamento de policía. La mayor parte de los coches aparcados son blancos y negros, y hay policías de uniforme por parejas o en tríos paseándose por toda la calle. Matar a un fiscal es casi como matar a un policía. Y, dejando aparte los intereses institucionales, Carolyn tenía muchos amigos en el cuerpo. Como  fiscal competente que era, supo crear esos vínculos de lealtad con los policías apreciando la buena labor de estos e impidiendo que aquella quedara diluida en los tribunales. Y, desde luego, hay que tener en cuenta también que era una mujer hermosa y de temperamento moderno. Carolyn, todos somos conscientes, caía bien. Ya más cerca de la iglesia, el tráfico está completamente congestionado. Solo avanzamos unos cuantos metros antes de volver a detenernos, a la espera de que los coches que nos preceden regurgiten a sus pasajeros. Los vehículos de las personalidades, limusinas con matrículas oficiales y los coches de la prensa en busca de sitio para aparcar por los alrededores cierran el paso con indiferencia bovina. Los corresponsales de los informativos, en particular, no respetan ni la ordenanza local ni las reglas mínimas de educación. La unidad móvil de una de las cadenas de televisión, con su pequeño radar esférico sobre el techo, está aparcada en la acera justo delante de las puertas de roble abiertas de par en par de la capilla. Una nube de informadores aborda a la multitud, como si se tratara de un combate de boxeo profesional, lanzando sus micrófonos a las personalidades que van llegando.

—Después —dice Raymond.

Y arremete contra la horda que rodea el coche en cuanto llegamos, por fin, al bordillo. Les explica que va a hacer algunas revelaciones en el elogio fúnebre y que, a la salida, las repetirá para las cámaras. Se detiene un instante para dar una palmada a Stanley Rosenberg, del Canal 5. Stanley, como de costumbre, obtendrá la primicia.

Paul Dry, del despacho del alcalde, se acerca a mí. Su Excelencia, según parece, desea cambiar impresiones con Raymond antes del comienzo del servicio religioso. Paso el mensaje a Horgan tan pronto se libera de los periodistas. Pone cara de pocos amigos, haciendo alarde de poca diplomacia pues, sin duda, Dry ha captado el gesto, y desaparece con él en la oscuridad gótica de la capilla. El alcalde, Agustine Bolcarro, tiene el carácter de un tirano. Hace diez años, cuando 

Raymond Horgan era la cara de moda de la ciudad, estuvo a punto de arrebatarle el cargo a Bolcarro. Pero solo a punto. Desde que perdió aquellas elecciones, Raymond ha hecho todos los gestos de lealtad debidos. Pero Bolcarro aún se resiente de sus viejas heridas. Ahora que, por fin, le toca a Raymond superar unas elecciones reñidas, ha declarado que su posición dentro del partido le exige mantener una neutralidad absoluta, influyendo para que el partido demore también su confirmación. Es evidente que disfruta viendo los esfuerzos de Raymond por llegar a buen puerto; aunque, si lo logra, Augie será el primero en felicitarlo y afirmará no haber dudado nunca de su victoria.

En el interior de la iglesia, los bancos ya están casi todos ocupados. En el altar se destaca el féretro rodeado de flores: lirios y dalias blancas, y creo percibir en el ambiente, a pesar de tanta humanidad, un ligero aroma floral. Avanzo saludando con gestos a varios personajes y estrechando manos. Es una reunión de peces gordos. Han acudido todos los políticos de la ciudad y del condado. La mayoría de los magistrados y los abogados más brillantes están presentes. Una serie de grupos izquierdistas y feministas con los que, en ciertos períodos, Carolyn estuvo alineada, también están representados. Como la ocasión requiere, la charla se desarrolla en voz baja. Las expresiones de condolencia y conmoción son sinceras.

Me topo con Della Guardia, que está también trabajándose al personal.

—Nico —le doy la mano.

Lleva una flor en la solapa, costumbre que ha adquirido al hacerse candidato. Me pregunta por mi mujer y mi hijo y, antes de que pueda contestarle, empieza a hablar de la muerte de Carolyn, adoptando un tono moderadamente trágico.

—Ella... —da vueltas con la mano buscando la palabra adecuada. Me doy cuenta de que nuestro rutilante candidato a fiscal general tiene aspiraciones poéticas e intervengo.

—Ella era magnífica —y al decirlo, quedo momentánea mente atónito ante este súbito impulso sentimental y la fuerza y rapidez con que se ha abierto camino desde algún recóndito refugio interior.

—«Magnífica.» Eso es. Muy bien —Nico asiente y su rostro se ilumina por un instante. Yo, que lo conozco muy bien, sé que cree haber encontrado un pensamiento del que puede aprovecharse—. Supongo que Raymond os estará exigiendo el máximo en este caso.

—Raymond Horgan lo exige siempre. Eso ya lo sabes tú. —¡Vaya, vaya! Yo creí que tú eras apolítico. Estás citando frases de Raymond.

—Son mejores que las tuyas, Delay.1

Nico adquirió ese sobrenombre cuando ambos éramos jóvenes ayudantes de la oficina del fiscal general, adscritos a la sección de apelaciones. Nico jamás presentaba un informe a tiempo. John White, el antiguo ayudante jefe, lo llamaba el Inevitable Delay Guardia.

—¡Oye! —exclama—. ¿No estaréis enfadados conmigo por lo que he dicho, verdad? Porque lo pienso de veras. Creo que para que sea efectiva una ley, tiene que hacerse cumplir desde arriba. Es la verdad. Ray es un blando. Está cansado. No le quedan fuerzas para mantenerse firme.

Conocí a Nico hará una docena de años, el mismo día que empecé a trabajar como ayudante del fiscal, cuando nos asignaron el mismo despacho a los dos. Once años más tarde, yo era el ayudante jefe y él, el responsable máximo de la sección de homicidios. Y yo le despedí. Ya había empezado a intentar desbancar abiertamente a Raymond. Hubo un caso de un médico clandestino, un abortista, a quien Nico quería acusar de asesinato. Su pretensión no tenía ninguna base legal, pero excitaba las pasiones de varios grupos de presión cuyo apoyo buscaba. Hizo circular historias noticiosas sobre sus desa

1. Corrupción fonética de la primera parte del apellido de Nico Della Guardia, que se convierte así en «Tardón». (N. del T.)

 cuerdos con Raymond y presentó ante el tribunal argumentos, siempre respaldados por abundante cobertura de prensa, que eran simples panfletos electoralistas. Raymond dejó en mis manos el acto final. Una mañana, fui a los almacenes K-Mart y compré el par de playeras más barato que encontré. Las dejé sobre la mesa del despacho de Nico con una nota: «Adiós. Buena suerte. Rusty».

Siempre supe que la pugna electoral le sentaría bien. Tiene buen aspecto. Nico Della Guardia rondará los cuarenta, es de estatura media y de una pulcritud fastidiosa. Siempre ha estado preocupado por su peso y, desde que lo conozco, come carnes a la plancha y cosas por el estilo. Aunque su piel tiene imperfecciones y su color es peculiar: pelo rojo, tez verduzca y ojos claros, son detalles que no captan las cámaras de televisión, ni se aprecian tampoco en una sala de juicios. Con cierta unanimidad, se le considera bien parecido. Siempre ha vestido impecablemente; incluso cuando eso requería la mitad de su paga, sus trajes fueron siempre de sastre.

Pero dejando a un lado su buena apariencia, el rasgo más atractivo de Nico ha sido siempre esa sinceridad suya, descarada e indiscriminada, de la que está haciendo gala ahora, al recitar sin ningún pudor los puntos de su plataforma política mientras conversa, en medio de un funeral, con el principal ayudante de su oponente. Después de doce años, incluidos los dos durante los cuales compartimos el mismo despacho, he llegado a darme cuenta de que Nico puede evocar en cualquier momento esa fe en sí mismo, tan entusiasta e irreflexiva. La mañana en que le despedí, hace nueve meses, pasó por mi despacho camino de la calle, resplandeciente como un sol de mayo y me dijo sencillamente: Volveré.

Intento desilusionar a Nico.
—Es demasiado tarde, Delay. Le he prometido mi voto a Raymond Horgan.

Le cuesta un tiempo captar la gracia, pero cuando lo hace quiere seguirla. Empezamos a jugar a una especie de tira y  afloja, basado en las debilidades del otro. Nico admite que le falta dinero para su campaña, pero alardea del apoyo implícito que le brinda el arzobispo: «capital moral».

—En eso somos fuertes —dice—. De verdad. Ahí es donde vamos a captar votos. La gente ya ha olvidado por qué votó a Raymond «Derechos civiles». Para ellos, no es más que una mancha difusa. Un borrón. Mi mensaje es fuerte y claro.

La confianza de Nico es radiante como siempre que habla de sí mismo.

Se me acerca un poco y baja la voz.
—¿Sabes qué era lo que me preocupaba? ¿Sabes a quién me hubiera costado vencer? A ti.

Se me escapa una carcajada, pero Nico continúa:
—Me sentí aliviado. Te estoy diciendo la verdad. Respiré cuando Raymond anunció su candidatura. Lo estaba viendo venir: Raymond celebra una gran conferencia de prensa en la que anuncia su próximo cese, pero aprovecha la ocasión para proponer a su primer ayudante como candidato. Los medios de comunicación adorarían a Rusty Sabich. Un tipo apolítico. Un fiscal profesional. Estable. Maduro. Un tipo en quien todo el mundo puede confiar. El que acabó con los Santos de la Noche. Todo eso lo doraría la prensa al máximo y Raymond conseguiría que Bolcarro te respaldara. Tú sí habrías resultado duro de vencer. Muy duro.

—Ridículo —comento yo, como si escenas similares no se me hubieran aparecido en la imaginación un centenar de veces durante el último año.

—Eres un personaje. De verda

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