Julie, querida:
¿Lees estas cartas? Espero que sí, pero no exijo nada, me mantengo en un segundo plano. No tengo nada que ofrecerte y entiendo que estés resentida. Te escribo de todas formas, soy tu padre. Escribir se ha convertido en una costumbre valiosa, me tranquiliza. Ya sabes cómo soy, lo que me pasa. Todo dios me persigue porque debo dinero, me siento como un trofeo de caza. Ya no tengo buenos amigos, solo contactos dudosos. ¿Te acuerdas de Bjørnar Lind? Era mi mejor camarada, nos conocemos desde que éramos niños; ahora no me quiere ni ver. Le debo doscientas mil y no sé de dónde las voy a sacar. Tengo miedo de que mande gente a por mí, miedo a lo que puedan hacerme si no pago. En el ambiente corren rumores de que está intentando hacerse con un matón. ¿Sabes lo que le hacen a la gente? Le cortan los dedos con unas tijeras de podar, solo de pensarlo me pongo malo. La vida diaria se me hace difícil. El paro no me alcanza, resulta imposible ponerme al día con las facturas y las deudas.
¡Si todo llegara a su fin! Es culpa mía haber acabado en esta situación, tú no debes preocuparte, solo piensa en ti misma y sé feliz. ¡Sé joven, sana y prometedora! Debes saber que intento arreglar las cosas por mis patéticos medios. Algo de resolución me queda, aunque esté de rodillas; tengo planes. Sueños. Mi cerebro trabaja sin descanso para dar con una solución. Da vueltas, martillea, estalla constantemente. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? El 27 de mayo, ¿lo recuerdas? Discutimos. Solo intentaba explicarte la obsesión que provoca el juego. La pasión, la dependencia. Cerraste la puerta de un sonoro portazo, y pensé: no volveré a verla nunca más, no me dará más oportunidades. Conduje de vuelta a la calle Blom con la sensación de haber fracasado en todo. ¡Tiene que haber una solución! ¿Será tan solo que no la veo? Miro hacia el futuro hasta que me escuecen los ojos, se me saltan las lágrimas, camino sin descanso por las habitaciones de casa, me muerdo los labios hasta sangrar. A menudo pienso en mamá, pienso en ella con arrepentimiento y melancolía. Todo lo que tuvo que soportar a causa de mi locura. Todo era más fácil antes, ella nos cuidaba y lo arreglaba todo. Era una especie de instancia correctora. No puedo entender que ya no esté. Visito su tumba una vez a la semana, es duro. Con frecuencia solo deseo caer de rodillas y abrirme paso cavando, arrancar la tapa del ataúd y recuperarla. Ayer compré brezo y lo puse delante de su lápida, ya sabes, esa planta llena de flores entre rojas y moradas que lo aguanta todo; recuerda a un arbusto salvaje. Quiero que sepas que la cuido, la arreglo, quito las malas hierbas y riego. A veces busco tu rastro, por si has ido por allí a atenderla un poco. ¿Lo haces? ¿Vas allí a llorar en soledad? Me gusta comprobar que reconocemos que a todos nos llega la muerte. Tal vez uno solo se marchita, como la abuela. En mis peores momentos he pensado en la muerte como solución, ya sabes que tengo ese viejo revólver que me dejó el abuelo. Perdona que te hable con tanta franqueza, tú no eres responsable de mí. No creo que llegue a viejo, estoy tan cansado… Imagina, la abuela ya tiene setenta y nueve años. Pero está inmóvil en una silla y solo está viva en parte. Una especie de sopor en el que no sucede nada. Pero su perfil cincelado es el mismo y la barbilla prominente que tú has heredado. Yo no soy capaz de perderme, adormilarme, cada una de mis células vibra. La sangre se desboca por mi cuerpo, mis dedos tiemblan. Por las noches escucho en la oscuridad, esta vieja casa tiene muchos crujidos, suspiros, no duermo gran cosa. ¿Vienen ya?, pienso, ¿será esta mi última hora? Hoy estuve en la oficina de empleo, pero nadie quiere a un hombre medio viejo. Tampoco tengo buenas referencias, nada que aportar o de lo que presumir. ¡Julie! No me rindo, aunque tenga que recurrir a medidas extremas. Dedico cada hora del día a buscar una solución. Todo gira en torno a un dinero que no tengo. Cosas que no me puedo permitir, proyectos que no puedo terminar, deudas que no puedo pagar. Todo es miedo y vergüenza, terror cada vez que llaman a la puerta, las largas horas hasta conciliar el sueño, el único consuelo que tengo. Mientras no sueñe con la debacle. La vida no puede seguir así, desgasta demasiado mis fuerzas. Siempre este miedo, este corazón desbocado. Mi patético rostro en el espejo, la certeza de que lo estropeé todo. Solo por un fallo. Una debilidad por el juego, las probabilidades y la suerte.
No te pido que me perdones, solo una pizca de comprensión. Estoy en otra senda. El juego ya no me proporciona alegría alguna, creo que sería capaz de pasar por delante de una máquina tragaperras y conservar el dinero en el bolsillo. Mas esas luces brillantes tienen algo, son como una droga. Frente a ellas el tiempo se detiene y estoy completamente vivo. Tomo posesión de la máquina, la dirijo, la reto, me saluda espléndida con luz y música, tira de mí, me tienta. Yo me entrego, me dejo llevar, sueño. Puede que tú me consideres débil, pero esa es solo parte de la verdad. Si supieras lo desesperado que estoy, lo lejos que estoy dispuesto a llegar si tan solo pudiéramos retomar el contacto. No tengo a nadie más que a ti. Me siento arrastrado al límite y no sé dónde acabaré. No hay amigos, ni trabajo, ni hijos. No, hijos sí, porque sigo sosteniéndote, aunque no lo necesites, no lo desees. Tal vez me hayas visto alguna vez, estoy en el Honda a la puerta del colegio, escondido entre los coches del aparcamiento. Te veo salir del edificio con todos tus amigos, bromeando, riéndote, saludable. Contemplo tu hermosísimo cabello rojo como una nube que enmarca tu rostro. ¿Hay lugar para mí en tu vida, por pequeño que sea? Si me rechazas para siempre no sé si seré capaz de soportarlo. Hacerme viejo solo, sin sentirme unido a nadie. De todas las desgracias que pueden acontecerle a una persona, la soledad es la peor. No tener ni siquiera a alguien con quien llorar en este mundo miserable. Tú eres lo único de mi vida de lo que estoy orgulloso. Pero parece que estás muy delgada, Julie. ¿Comes bien? Tienes que abrigarte mejor, estamos en invierno. Mamá te diría lo mismo si te viera con el cuello desnudo. Siempre le hacías caso. ¿Recuerdas los buenos tiempos? Cuando todavía trabajaba en el concesionario de coches. Era un buen vendedor, transmitía confianza, era competente y no olvido el placer enorme de tocar la gran campana después de cada venta. La sensación de tener éxito, de ser parte del mundo. Regresar a casa con tu madre y contigo por la noche, al calor y la luz. Ya no hay luz, mi vida desaparece. Mientras te escribo estás tan cerca… Es como si nos cogiéramos de la mano, no soporto la idea de soltarte. ¡Escúchame! Piensa en mí, ¡déjame sentir que soy parte de tu vida! ¿Estás a gusto en la residencia? ¿Te va bien en el colegio? Sueño con impresionarte, con darte lo que más deseas. No creo en milagros, pero creo que uno puede cambiar su destino, es cuestión de imaginación y voluntad. De resistencia y valor. También creo que cuesta. Tal y como están las cosas ahora, pagaría lo que fuera, no tengo nada que perder. Ante mí solo tengo días oscuros y aterradores.
Un hombre camina en la oscuridad.
Es visible unos segundos bajo las farolas, la negrura lo devora y vuelve a aparecer, como si solo existiera en breves destellos. Así se siente, en eso se ha convertido su vida. Revive, desprende luz, para volver a apagarse, viene y va como una fiebre ardiente, vibrante. Lleva los puños cerrados en los bolsillos mientras se abre paso a tirones en la noche, pero no llama la atención. Nadie se vuelve para seguirle con la mirada, es un hombre corriente, de pelo escaso y mediana edad. Mientras camina, piensa, casi asombrado: no se me nota por fuera. Esto que pronto haré. Qué poco saben las personas. Aquí estoy, entre ellos y, mira, van por las calles pensando en sus cosas.
Los rostros que salen a su encuentro carecen de expresión. No se vislumbra felicidad alguna, ninguna alegría por este día, por la vida, o por los copos de nieve que caen. Esta vida que solo es suya un instante, que dan por descontada, que pasa despacio a su lado mientras sueñan con otra existencia, en otro lugar. Amor, cuidados, todas esas cosas que las personas necesitan. Anda y anda, preferiría darse la vuelta, pero sabe que es demasiado tarde, ha llegado demasiado lejos. Casi le resulta incomprensible haber llegado hasta ese punto, pero lo aparta de su mente y sigue adelante, se deja arrastrar por el miedo y la necesidad. Observa este abismo que se abre ante él, no tiene fin. La caída le da un miedo mortal, la caída le seduce. Dobla los dedos en los bolsillos, teme por ellos, imagina una tijera de podar atravesando la piel delgada, la sangre que mana a borbotones de los muñones con cada latido. Tiene náuseas. No puede deshacerse de esa imagen. Tiene que llegar a otro lugar, aunque se llame espanto. Lleva sobre los hombros una gran vergüenza, una vida miserable, ya no puede más, tiene que actuar. A ratos levanta un momento la vista hacia las personas que no saben nada. No ven todo este horror que crece despacio en su interior. ¿Ya está creciendo?, piensa, ¿ya estoy en marcha, esto está pasando? ¿No es la ciudad un decorado, no se trata de una película? Las casas parecen de cartón piedra, todos los demás son extras. No, esto es real; cierra los puños, siente cómo se contraen los músculos. Está en marcha, coge impulso, camina como si fuera sobre raíles.
Tiene el labio inferior partido, no sabe cuándo ocurrió, un sabor dulzón a sangre en la lengua, le parece que sabe bien. Más tarde, cuando todo haya pasado, la gente se horrorizará, se tapará la cara con las manos y le juzgará. Aunque pueda explicarlo. Sabe que puede explicarlo, paso a paso, el camino agotador, el abismo enorme a los pies, si le dan tiempo. Si solo quisieran escuchar la que es su historia… Pero la gente no tiene tiempo, tienen sus propias historias tristes, oh, su carga es tan pesada, ¡está tan solo! Así piensa mientras va por la calle, con las manos hundidas en los bolsillos, con la cara vuelta hacia la acera cubierta de aguanieve.
Es de mediana estatura, de complexión fuerte, viste una parka verde. La parka tiene capucha, se está llenando de nieve. El rostro ancho, los ojos juntos, de color gris; no es un hombre guapo, pero tampoco del todo insignificante. La frente alta, la mandíbula ancha y una barbilla fuerte y barbuda. Calza botas con la suela cosida, de cuero algo gastado que deja pasar el agua, no siente los dedos de los pies. Apenas lo nota, tiene tanto en qué pensar… No, ahora no se atreve a pensar, vacía la mente, solo es un organismo decidido que no mira atrás. Solo tiene que abrirse camino hasta la meta, no dejar paso al temor. Le rodea como un gas incoloro, casi no se atreve a respirar. Pasa por delante de una tienda de espejos, de repente ve su propia cara y aparta la mirada horrorizado. El rostro está tan desnudo, los ojos en la sombra… Se vuelve, camina y camina; la figura es fuerte, compacta, los hombros redondeados y anchos; anda con pasos oscilantes, decididos. Cada vez que las botas impactan sobre la acera el aguanieve sale disparada hacia todas partes, un chasquido húmedo. Nada puede detenerle. Pero no puede evitar pensar: si me encontrara ahora con alguien, por ejemplo, un viejo amigo, hablaríamos de la mar y de los peces y de los viejos tiempos. Podríamos tomarnos una cerveza en el Dickens, y todo sería diferente. Pero no vendrá ningún viejo amigo. No tiene amigos, ya no, ni tampoco trabajo, se ha apartado, vive a lo suyo. Vive con angustia, pena y preocupación. Su mundo es pequeño y miserable. Es 7 de noviembre y cae aguanieve. Grandes copos mojados. Enciende un cigarrillo, inhala con fuerza, llena los pulmones de humo. Le pica, empieza a toser, pero sabe que se le pasará. Enseguida ve una gasolinera Jet con chillones neones amarillos. Levanta la vista hacia los grandes carteles de Hennes & Mauritz. Cubren la fachada del edificio que queda a su derecha. Qué raro, piensa al ver a la exuberante mujer en ropa interior de puntillas, qué desnuda está en esta noche helada. Sin embargo parece estar cómoda, mientras que él está mojado y tiene frío, mas no puede considerarse una molestia. Es algo que percibe en la distancia, como si se contemplara desde fuera. Enseguida ve la entrada de la floristería. Al instante reduce la velocidad. Recorre los últimos metros mirando de reojo, con disimulo, a través del escaparate. Ya no puede detenerse, porque va por ese raíl, y por delante solo tiene un abismo donde todo se pierde en la oscuridad. A la vez se encoge, está horrorizado, no comprende que sea posible, que haya llegado tan lejos. Que tiene por delante una misión ruin, un propósito despreciable. Él, el bueno de Charlo. Charles Olav Torp. Un hombre corriente. Puede que un poco desafortunado, algo débil, pero, por lo demás, un tipo estupendo. ¿Acaso no es un hombre de bien? Cree que sí, aprieta los dientes, se apoya sobre la pesada puerta, se abre hacia dentro. Oye una campana. Su sonido quebradizo, tintineante, le importuna. Preferiría llegar sin hacer ruido, nadie debe fijarse en él, nadie debe escuchar. Se detiene en mitad de la tienda. Al instante siente el aroma, dulce y anestésico. Es demasiado, se desconcierta, tiene que dar un paso a un lado porque se marea. Lleva mucho tiempo sin comer. ¿Lo ha olvidado? Ya no se acuerda. Es un día turbio, como si acabara de despertarse y recuperara la conciencia al borde del precipicio. Los ojos recorren inquietos el local. El interior es una pequeña jungla de flores y verde, hojas y corolas. Ve flores de seda y regaderas, abono para flores y abrillantadores de hojas, coronas de rosas secas. Una abundancia incomprensible. Lee nombres exóticos: crisantemos y brezo, hibiscos y monstera. Una chica joven espera tras el mostrador. Le recuerda a su hija Julie, pero no es tan hermosa como ella, porque Julie es la más bella, la mejor. El corazón late suavemente cuando piensa en su hija. A la vez siente un dolor sordo y su propia traición se le presenta en todo su horror. Traga saliva y endereza la espalda; vuelve a mirar a la joven, es frágil y rubia, de largas trenzas. Se fija en sus muñecas delgadas, tan increíblemente menudas y blancas. Es joven, piensa, y su esqueleto es blando como el de un gatito. Puede hacer el puente y abrirse de piernas, está casi seguro. Su piel es fresca y rosada, sorprendentemente transparente. La mirada baja le sienta bien. Por todo el suelo hay flores metidas en cubos de plástico rojos y azules. Ve rosas, rojas y amarillas, y otras cuyos nombres ignora. Se queda mirando a su alrededor, dudando, con las manos metidas en los bolsillos. Por un momento se ve sobrepasado. Se siente tremendamente expuesto bajo la luz intensa, a solas con la chica joven que sigue esperando. Ahora le mira, está insegura pero es amable. Le gusta estar allí de pie, su trabajo; pronto cerrarán y volverá a su estudio a darse un baño caliente. Puede que tenga algo rico para cenar, que vea la televisión. O una larga conversación telefónica con una amiga del alma. No lo sabe, pero nota que ella está bien, que está satisfecha con sus circunstancias. Algunas personas viven bien, piensa, así tiene que ser o el mundo habría enfermado, los arbustos y la maleza crecerían sin límite hasta hacerse enormes, altos, cubriendo todas las huellas dejadas por la especie humana. Sería hermoso, piensa, un planeta Tierra de un verde intenso sin gente, solo animales pastando y pájaros aleteando, graznando. La chica está delgada, pero tiene buen aspecto. Piensa que comerá lo que necesite, puede que sea activa, nada se le queda pegado. O tal vez está condicionada por la herencia de una familia menuda. Especula, ocupa el tiempo, siente los latidos del corazón incansable, nota que tiene las mejillas encendidas, a pesar de que acaba de caminar por las calles durante una eternidad, dando vueltas por la ciudad gris de aguanieve y niebla. Se ha detenido en la orilla para observar el agua, lo ha contemplado como una solución. Saltar desde la orilla, dejarse hundir hasta el fondo. Sería rápido, ha pensado, primero una presión dolorosa, luego la cabeza arde y los ojos lo ven todo rojo. Todo pasará por delante. La enfermedad de Inga Lill, la desesperación de Julie, su propia manía enfermiza por el juego. Se obliga a descartar esos pensamientos. Todo está a punto de hacerse realidad. Lo que ha imaginado durante días, semanas, está a punto de suceder. Este es el primer paso. Tan inocente, tan tranquilizador, comprar un ramo de flores. La chica espera paciente, pero se siente insegura ante su silencio. Cambia el peso de una pierna a la otra, retira las manos, vuelve a ponerlas sobre el mostrador. Los dedos están adornados con delgados anillos; las uñas, pintadas de rojo. Empuja las trenzas sobre la espalda, son claras y brillantes como una cuerda de nailon, en unos segundos vuelven a caer al frente y oscilan sobre el pecho. Él sabe que cuando se acuesta por la noche y se quita las gomas, entonces el cabello se expande ondulado por las trenzas. Qué jóvenes son estas chicas, piensa, tan tersas, tan transparentes. Piensa en papel de seda, porcelana y seda, piensa en cristal fino. Puede ver sus venas como una delgada red verde bajo la piel de las muñecas. Allí late la vida que fluye con alimento y oxígeno, todo lo que necesita para mantenerse con vida. Vuelve a respirar profundamente. La luz de la tienda, el intenso aroma de las rosas y el calor casi dulzón son demasiado para él. Siente pinchazos en los ojos. Nota que se le acelera el pulso y cierra los puños con fuerza, siente que las uñas le cortan la piel. Dolor, piensa, esto está ocurriendo de verdad. No, no ha ocurrido nada, todavía no, pero el tiempo pasa y tarde o temprano llegaré a eso. ¿Hasta dónde voy a llegar?, ¿será horrible? La chica del mostrador lo intenta otra vez, sonríe con amabilidad, pero él no le corresponde. Su rostro está inmóvil. Sabe que debería sonreír y así parecer un cliente normal, un hombre que se dispone a hacer algo agradable. Comprar un ramo de flores. Pero él no es ningún cliente normal y lo que va a hacer no es alegre.
Titubeante, se acerca al mostrador; el cuerpo corpulento oscila sobre el suelo. No está seguro de su voz porque lleva un tiempo sin escucharla, por eso le pone algo más de energía.
—Quiero un ramo mixto —dice dando un respingo ante el sonido de su voz.
Tengo los pies mojados, piensa, las botas no son impermeables. Por la espalda baja un reguero de sudor frío, pero le arden las mejillas. No estoy seguro de que esto esté pasando. ¿No debería sentir otra cosa, estar más presente? Pienso tantas cosas raras… ¿Pierdo el control? No, tengo un objetivo claro, estoy seguro. He hecho un plan y me atengo a él. Los pensamientos se ven interrumpidos por las palabras de la chica:
—¿Es una ocasión especial? —pregunta.
La voz es dulce e infantil, un poco afectada, aparenta ser más joven de lo que es, se protege, para que él la trate con consideración. Son cosas que hacen las mujeres, se lo perdona, pero solo porque es joven. Las mujeres adultas deben comportarse como tales, no soporta esa misma afectación en las mujeres mayores, las que se aprovechan del supuesto sexo débil, cuando en realidad son resistentes, gomosas, listas y más calculadoras que los hombres. Eso le hace pensar en Inga Lill. Ella lo hacía con frecuencia, sobre todo al principio. Ponía una voz muy dulce, seducía y se escondía detrás de todo lo femenino, le hacía sentirse como un matón por ser tal cual, directo. Inga Lill, ya no estás, no sabes lo que está ocurriendo y le doy gracias a Dios por ello. Estoy perdiendo la perspectiva, razona, me estoy distrayendo con trivialidades, tengo que ir al grano. ¿Qué edad tiene?, se pregunta, y la contempla. ¿Tendrá dieciocho? Es mayor que Julie, que tiene dieciséis. No importa, no la conozco, nunca volveremos a vernos. Aquí viene mucha gente, ella no se acuerda de casi nadie, porque es joven, y vive como las chicas jóvenes, la mayor parte del día metida en un sueño sobre todas las cosas maravillosas que van a pasar.
Se remanga y se pone manos a la obra.
Lleva un jersey rojo oscuro, ceñido, parece una flor, un esbelto tulipán, fresco, flexible y encendido. Sí, es una ocasión muy especial, Dios mío, ¡si ella supiera! Pero no quiere hablar, no quiere darse a conocer más de lo necesario. Comprar flores es algo corriente, más adelante no podrán relacionarlo con lo que va a hacer ahora. ¿Qué está a punto de hacer?, ¿cómo acabará? No lo sabe, se desploma por el precipicio camino de una solución. Un tránsito hacia otra cosa. Mira a su alrededor. El establecimiento tiene buena fama. Todos los días lo visita un gran número de clientes, imagina una corriente constante de gente entrando y saliendo. Una infinita cantidad de rostros, una infinita cantidad de pedidos, ramos de distintos colores. Él no llama la atención en su parka verde. Se preocupa de apartar la mirada, distraer la atención de la chica hacia algo que no sea él. ¡Cómo florece en los grandes cubos! Casi no puede concebir que salgan de la tierra negra y húmeda. En polvo te convertirás, piensa, y de la tierra nacen flores. Dientes de león, ortigas. Es como debe ser, la muerte no es tan mala como dicen, está convencido. La chica espera paciente. Es florista. Tiene orgullo profesional. Es una artista con las flores. No puede limitarse a juntar cualquier cosa, lo que sea; se trata de una composición, de formas, colores y aromas, nunca hace dos ramos iguales. Tiene un estilo propio, pero necesita algo para empezar. Un pequeño estímulo, una idea. No se lo dan. Charlo está callado, no quiere.
—¿Para una señora? —pregunta prudente.
Nota su rechazo, no lo entiende y le resulta desagradable. Parece que le da igual, como si comprara por encargo de otros; parece estar incómodo, nervioso. Da la sensación de que suda copiosamente, el cuerpo oscila un poco, tiene las mandíbulas apretadas. Ella piensa que tal vez vaya a visitar a un enfermo. Nunca se sabe.
Charlo asiente sin mirarle a los ojos. Pero luego cae en la cuenta de que si ayuda y colabora, tardará menos en salir de la tienda. Tiene que despejarse la cabeza ya, no debe quedarse cavilando, tiene un proyecto que culminar. Mis nervios, piensa, pinchan como agujas. Sabía que pasaría. Vuelve a concentrarse. En su objetivo.
—Sí —dice—, para una señora. —Su voz vuelve a ser demasiado brusca y añade una idea repentina que cree adecuada—: Es su cumpleaños.
Aliviada, la florista empieza su labor. Todo vuelve a su lugar, el cuerpo menudo se concentra. Baja los hombros, los dedos delgados cogen una tenaza, se inclina sobre los cubos y selecciona las flores una a una. Los dedos sujetan los tallos con tanta delicadeza… Parece que tiene un plan. Ya no duda, ni rastro de inseguridad. Pasea la mirada por los cubos con profesionalidad, segura de sí misma. Lirios blancos, anémonas azules, guisantes de olor y rosas. Poco a poco nace un grueso ramo de color pastel entre sus dedos. Empieza por el centro del ramo con un lirio, el núcleo que el resto rodeará, subiendo y bajando, meciéndose, pero sujetas, de manera que las flores se protegen y se apoyan entre sí; es un arte. Lo ve y lo entiende, se siente fascinado y se pierde en lo que se está creando delante de sus ojos, pero se estremece al pensar que las flores tienen un propósito horrendo. Se mueve inquieto, su corazón late con fuerza bajo la parka, quiere tranquilizarlo, pero no es capaz, el corazón ya no le escucha. Bueno, bueno, piensa, pues que lata a lo bruto, tengo un cerebro que funciona como debe. Soy yo quien decide, soy yo quien le da al cuerpo instrucciones para que actúe. Aunque la sangre corra desbocada por mi cuerpo y me tiña la cara de rojo, soy yo quien decide. Respira profundamente una vez más; tanto, que ella lo oye y levanta la vista. Es consciente de que él está allí, de que algo pasa, pero no es capaz de interpretar su comportamiento. Instintivamente se aferra a su labor, que domina. Juntar flores. Charlo vuelve a respirar tranquilo. Cálmate, dice en su interior, no ha ocurrido nada, todavía no. Nadie tiene nada contra ti. Todavía puedes darte la vuelta, puedes echarte atrás y la vida seguirá su curso, seguirá hacia la muerte. Lanza miradas de soslayo al ramo, sus pensamientos se distancian de nuevo, solo está parcialmente presente. Es un cero, no es nada, por fin podrá liberarse con una explosión. En su mente cree saber bastante sobre cómo sucederá todo. Lo ha repasado una y otra vez. Controlará el momento, dirigirá todo lo que pueda suceder. No hay lugar para imprevistos, los descarta deprisa. Mira por la ventana, ve que sigue cayendo mucha aguanieve. Huellas, piensa, y se palpa los bolsillos. Quiere asegurarse de que lo lleva todo. Lo tiene, ha pensado en todo, lleva muchas semanas haciéndolo. En sus pensamientos se ha ejercitado, y algunas veces, en sueños, ha lanzado un grito de terror.
El ramo crece.
La campanilla de la puerta tintinea con frescura en el silencio, y él da un respingo. Entra una mujer, viste un abrigo verde con cuello de piel negra, tiene grandes copos de nieve en los hombros. Los quita con un guante de color beis y le mira con ojos muy maquillados. ¿No será observadora?, piensa Charlo. Una de esas viejas agudas que no se pierden nada. Los detalles, alguna peculiaridad que después pueda repetir. Pero él no tiene ninguna peculiaridad, cree que no, se tranquiliza de nuevo. Ella se inclina sobre un cubo, saca una rosa, observa el tallo con los ojos entornados. Él aparta la cara deprisa. Este rostro que siente tan grande, tiene la sensación de que cuelga, que se mueve como un estandarte. Mira hacia el exterior, el aguanieve. Se ve con más claridad bajo las farolas, un engranaje compacto, blanco grisáceo que se mueve de lado en la oscuridad. Siente tristeza. Por el terrible destino que le ha sido asignado. No me merezco esto, piensa, si soy una persona de buen corazón. Pero la angustia le corroe el alma. Se está perdiendo. La chica sigue trabajando. ¿No va a terminar nunca?, piensa, el ramo es grande y va a ser caro. Piensa en el tiempo que pasa, que está allí dentro, expuesto, en precario. Puede resultar peligroso. A partir de ahora todo será peligroso. Está preparado para este miedo. Es físico, lo controlará si consigue hacer eso de la respiración.
—Ahora el ramo costaría doscientas cincuenta coronas —dice la florista.
Le mira de reojo y aparta la vista enseguida. Su actitud hace que siga sintiéndose insegura.
Él asiente y dice:
—Está bien. Tiene buena pinta —añade en un torpe intento de mostrar buena voluntad.
Ella le devuelve la sonrisa aliviada. A pesar de todo, hay algo positivo en él, piensa, y está contenta. Debería haber hablado, sonreído, piensa Charlo. Haber resultado encantador, puedo si quiero. Entonces me olvidaría entre tantos otros.
—¿Van a pasar mucho tiempo fuera del agua? —pregunta ella.
Su voz suena más fresca, más abierta.
Él se queda un rato pensativo. ¿Llegarán a meterlas en agua? No lo sabe. Son casi las ocho de la noche y sabe que la tienda cerrará en unos minutos. Todavía deberá esperar un rato más antes de entrar en acción. Hasta que el tráfico de las calles disminuya. Hasta que la gente se haya recogido y él pueda caminar entre las casas sin ser visto.
—Una hora o dos —dice observando cómo envuelve los tallos en papel mojado; después los rodea con celofán, que cruje como un mal presagio.
Charlo vuelve a girarse. Al hacerlo, ve que deposita el ramo en una bolsa con forma de cono. La bolsa lleva escrito en letras muy visibles, rojas y azules, «Floristería de Tina». Saca la cartera para pagar, le tiemblan un poco los dedos. La chica evita su mirada y se queda observando su cartera, marrón y gastada. Ve con ojos jóvenes y despiertos que la cremallera está rota, se ha abierto por las costuras, y el cuero está dañado. Ve la pequeña pegatina roja y blanca que indica que es donante de sangre. Paga, guarda la cartera y se permite una sonrisita. Ella le devuelve la sonrisa y él ve que le falta un pedacito de la paleta izquierda, que no se ha molestado en reparar. Eso hace que su sonrisa resulte bastante atractiva. Charlo mira de refilón a la mujer de más edad, que espera. La nieve se ha fundido sobre los hombros, las manchas húmedas brillan a la luz. Mira la hora, tiene prisa, de hecho se acerca al mostrador. Tiene la nariz afilada y roja, la cara larga y delgada. Profundas arrugas enmarcan su boca, sombras azuladas bajo los ojos. Sabe que siempre recordará esa cara. Por fin desaparece por la puerta. La puerta se cierra, la campanilla tintinea. El aire del exterior le produce una extraña sensación de frescor. Va por las calles con la bolsa. Es visible unos segundos bajo las farolas, la negrura lo devora y vuelve a aparecer. La bolsa oscila colgada de su mano. Tanta consideración que tuvo con el ramo, tanta técnica y experiencia, todo para nada. Las flores solo son un billete de entrada. Será así como entre en la casa.
Hasta la misma cocina de Harriet Krohn.
Vive en la calle Fredbo, en Hamsund.
Son diecisiete kilómetros en coche. La casa de Harriet pertenece a una colonia protegida, construcciones de madera de mediados del siglo XIX, está en una calle muy tranquila. Bonitas casas de madera de poca altura y ventanales hermosamente ribeteados. La mayoría de los que viven allí son gente mayor, la mayoría tienen una buena situación económica. En verano, las fachadas están decoradas con jardineras rebosantes de geranios, berros y margaritas. La casa está a pocos minutos de la estación de tren; son doce casas en total, seis a cada lado de la calle. Harriet vive en el número 4. La casa es verde como el liquen de la montaña, los marcos y las vigas son amarillos. Charlo se aproxima a Hamsund. El aguanieve sigue cayendo con fuerza, se concentra intensamente para mantener el coche sobre la carretera, no va a caer en la cuneta, esta noche no. A su lado, sobre el asiento, hay un viejo revólver Husqvarna; no está cargado. Solo es para imponerme, piensa, seguro que estará dispuesta a colaborar, no se atreverá a no hacerlo, es vieja. También lleva un par de guantes de piel negros y una bolsa de tela para las cosas de valor que pueda encontrar. La lleva enrollada en el bolsillo. Conduce por la carretera E 134, siguiendo el río, que corre por su izquierda, negro y cruel. Sabe que el río está plagado de salmones, pero nunca le ha llamado la atención pescar. Al pensar en pescar recuerda su infancia. Recuerda a su padre, que siempre quería pescar, mientras él se aburría y la caña se mecía indiferente sobre el agua. Pescar resultaba demasiado lento para él, demasiado aburrido. Nunca lo dijo en voz alta, no quería herir a su padre, no quería quejarse. Una vez fui un chico considerado, piensa. Y para qué pienso en mi padre, si ya se ha ido, está libre de toda carga. La gente fallece, como yo lo haré, y eso es bueno. Menos mal, concluye, fijándose con esmero en la carretera. La raya central apenas se ve, el aguanieve se posa como gachas grises sobre el asfalto, los limpiaparabrisas trabajan duro para apartar la nieve mojada. Pero el Honda no le traiciona, el Honda es insuperable y de confianza. Ha buscado de antemano un buen lugar para dejar el coche. Hará el último tramo a pie, solo son doscientos metros. En Hamsund hay un viejo hotel clausurado, en el patio se puede aparcar un coche sin que sea visible desde la
