PRÓLOGO
—Póngase en pie la acusada.
A Casey le temblaron las rodillas cuando se levantó de la silla. Adoptó una postura perfecta —los hombros erguidos, la mirada al frente—, pero notó los pies inestables bajo su cuerpo.
«La acusada.» Desde hacía tres semanas, todo el mundo en la sala del tribunal se refería a ella como «la acusada». No Casey. No su nombre de pila, Katherine Carter. Y menos aún señora de Hunter Raleigh III, el nombre que habría adoptado a estas alturas si todo hubiera sido distinto.
En esta sala, se la había tratado como un término legal, no una persona, una persona que había querido a Hunter más intensamente de lo que hubiera creído nunca posible.
Cuando el juez la miró desde el estrado, Casey se sintió de pronto más pequeña del metro setenta y tres que medía. Era una niña aterrada en una pesadilla, levantando la mirada hacia un hechicero todopoderoso.
Las siguientes palabras del juez le provocaron un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
—Señora presidenta del jurado, ¿han llegado a un veredicto unánime?
Una voz de mujer respondió:
—Sí, señoría.
Por fin había llegado el gran momento. Hacía tres semanas, doce vecinos del condado de Fairfield habían sido escogidos para decidir si Casey saldría libre o pasaría el resto de su vida en la cárcel. De un modo u otro, nunca gozaría del futuro que había imaginado. Nunca se casaría con Hunter. Hunter ya no estaba. Casey aún veía la sangre cuando cerraba los ojos por la noche.
La abogada de Casey, Janice Marwood, le había aconsejado que no intentase interpretar las expresiones faciales de los miembros del jurado, pero Casey no pudo evitarlo. Miró de soslayo a la presidenta, que era baja y regordeta, con un rostro dulce y amable. Tenía el aspecto de alguien al lado de quien se sentaría la madre de Casey en los picnics de la iglesia. Casey recordaba haber oído comentar a alguien que la mujer tenía dos hijas y un hijo. Había sido abuela hacía poco.
Seguro que una madre y abuela vería a Casey como un ser humano, no una simple «acusada».
Casey escudriñó la cara de la presidenta en busca de algún indicio de esperanza, pero no vio nada más que una expresión neutra.
El juez volvió a hablar.
—Señora presidenta, ¿quiere hacer el favor de leer el veredicto para que quede constancia?
La pausa que siguió se le hizo una eternidad. Casey alargó el cuello para mirar al público sentado en la sala. Directamente detrás de la mesa de la fiscalía estaban el padre y el hermano de Hunter. Hacía poco menos de un año, ella aún iba a formar parte de su familia. Ahora la fusilaban con la mirada igual que a un enemigo declarado.
Desvió la vista rápidamente hacia «su» zona de la sala, donde se fijó de inmediato en un par de ojos, de color azul intenso como los suyos y casi igual de asustados. Su prima Angela estaba allí, claro. Angela la había apoyado desde el primer día.
Agarrada de la mano de Angela estaba la madre de Casey, Paula. Tenía la piel pálida y pesaba cinco kilos menos que cuando su hija había sido detenida. Casey esperaba que alguien cogiese la otra mano de su madre, pero la siguiente persona en el banco era un desconocido con libreta y bolígrafo; otro periodista más. ¿Dónde estaba el padre de Casey? Sus ojos escudriñaron furiosamente la sala en busca de su rostro, con la esperanza de haberlo pasado por alto de algún modo.
No, no le había fallado la vista. Su padre no estaba. ¿Cómo podía no estar, precisamente hoy?
«Me lo advirtió», pensó Casey. «Acepta el acuerdo —había dicho su padre—. Tendrás tiempo para otra vida. Yo aún podré llevarte al altar y conocer a mis nietos.» Quería que los niños lo llamaran El Jefe, The Boss.
En cuanto se dio cuenta de que su padre no estaba en la sala del tribunal, Casey creyó saber exactamente lo que estaba a punto de ocurrirle. El jurado iba a condenarla. Nadie creía que fuera inocente, ni siquiera papá.
La mujer con el semblante amable y el veredicto por fin tomó la palabra.
—Del primer cargo, la acusación de homicidio, el jurado declara a la acusada... —La presidenta tosió en ese preciso instante, y Casey oyó un gemido procedente de la galería—. Inocente.
Casey ocultó la cara entre las manos. Se había acabado. Ocho meses después de despedirse de Hunter, por fin podía empezar a imaginar el futuro. Podría ir a casa. No tendría la vida que había planeado con Hunter, pero dormiría en su propia cama, se ducharía sola y comería lo que quisiera comer. Sería libre. Mañana daría comienzo un nuevo futuro. Quizá se compraría un cachorro, algo de lo que pudiera cuidar, que la quisiera incluso después de todo lo que se había dicho de ella. Luego, tal vez el año siguiente, volvería a la universidad a terminar su doctorado. Se enjugó las lágrimas de alivio.
Pero entonces recordó que aún no había terminado.
La presidenta carraspeó y siguió adelante.
—Del cargo alternativo de homicidio involuntario, el jurado declara a la acusada culpable.
Por un instante, Casey creyó que había oído mal. Pero cuando se volvió hacia la tribuna del jurado, la expresión de la presidenta ya no era impenetrable, ya no era dulce. Se había sumado a la familia Raleigh para mirar a Casey con aire de censura. Casey la Loca, tal como la había llamado la prensa.
Casey oyó un sollozo a su espalda y se volvió para ver a su madre santiguarse. Angela había posado las dos manos sobre ella en un gesto de absoluta consternación.
«Por lo menos una persona me cree —pensó Casey—. Por lo menos Angela cree que soy inocente. Pero voy a ir a la cárcel de todos modos, para mucho tiempo, tal como prometió el fiscal. Mi vida se ha acabado.»
1
Quince años después
Casey Carter se adelantó al oír el clic, y luego oyó el estrepitoso chasquido metálico tan conocido detrás de ella. Dicho chasquido era el sonido de las puertas de su celda. Las había oído cerrarse todas las mañanas cuando salía a desayunar, todas las noches después de cenar, y por lo general dos veces más entre medio. Cuatro veces al día durante quince años. Aproximadamente 21.900 chasquidos, sin contar los años bisiestos.
Pero este sonido en particular era distinto de todos los demás. Hoy, en lugar de su atuendo carcelario naranja, llevaba los pantalones negros y la camisa nueva de algodón blanco que su madre había llevado la víspera al despacho del alcaide, ambos una talla demasiado grandes. Hoy, cuando saliera, sus libros y fotografías la acompañarían.
Sería la última ocasión, Dios mediante, que oiría ese agobiante eco metálico. Después de esta vez, se había acabado. Sin libertad condicional. Sin restricciones. Una vez saliera de este edificio, sería libre por completo.
El edificio en cuestión era la Institución Correccional de York. Cuando llegó aquí, se compadeció de sí misma todas las mañanas y todas las noches. La prensa la llamaba Casey la Loca, aunque Casey la Maldita habría sido más preciso. Con el tiempo, no obstante, se había acostumbrado a sentir agradecimiento por los pequeños detalles. El pollo frito de los miércoles. Una compañera de celda con una voz preciosa y predilección por las canciones de Joni Mitchell. Libros nuevos en la biblioteca. Con el paso de los años, Casey se había ganado el privilegio de dar clases de sensibilización al arte a un grupito de compañeras presas.
York no era un lugar en el que Casey se hubiera imaginado nunca, pero había sido su hogar durante década y media.
Mientras recorría los pasillos embaldosados —un guardia delante de ella, otro detrás— sus compañeras la jaleaban. «Venga, Casey.» «No te olvides de nosotras.» «¡Demuéstrales de qué eres capaz!» Oyó silbidos y aplausos. No echaría de menos la cárcel, pero recordaría a muchísimas de esas mujeres y las lecciones que le habían enseñado.
Estaba emocionada por salir, pero no había tenido tanto miedo desde el día de su llegada. Había pasado 21.900 chasquidos contando los días que le quedaban. Ahora por fin se había ganado la libertad, y estaba aterrada.
Le sobrevino una intensa sensación de alivio al ver que su madre y su prima la esperaban a la salida. Ahora su madre tenía el pelo entrecano, y era por lo menos un par de centímetros más baja que cuando Casey empezó a cumplir condena. Pero cuando la rodeó con los brazos, Casey volvió a sentirse como una niña pequeña.
Su prima Angela estaba tan preciosa como siempre. Le dio a Casey un fuerte abrazo. Casey procuró no pensar en la ausencia de su padre, ni en el hecho de que la cárcel no le había permitido asistir a su funeral hacía tres años.
—Muchísimas gracias por venir desde la ciudad —le dijo Casey a Angela. La mayoría de los amigos de Casey le retiraron la palabra una vez fue detenida. Los pocos que fingieron ser neutrales durante el juicio desaparecieron de su vida una vez fue condenada. El único apoyo que había recibido Casey del otro lado de los muros de la cárcel había sido el de su madre y Angela.
—No me lo habría perdido por nada del mundo —dijo Angela—. Aunque te debo una disculpa: esta mañana estaba tan entusiasmada que he salido de la ciudad sin la ropa que me pidió tu madre que trajera. Pero no te preocupes. Podemos pasar por el centro comercial de camino a casa para comprar algunas cosillas básicas.
—Eres única buscando excusas para ir de compras —bromeó Casey. Angela, que había sido modelo, era ahora directora de marketing de una compañía de ropa deportiva femenina llamada Ladyform.
Una vez en el coche, Casey le preguntó a Angela hasta qué punto conocía a la familia Pierce, los fundadores de Ladyform.
—He conocido a los padres, y su hija, Charlotte, que lleva la sucursal de Nueva York, es una de mis amigas más íntimas. ¿Por qué lo preguntas?
—El episodio del mes pasado de Bajo sospecha iba sobre la desaparición de Amanda Pierce, la hermana pequeña de tu mejor amiga. Es un programa que reinvestiga casos abiertos. Igual Charlotte podría ayudarme a conseguir una entrevista. Quiero que averigüen quién mató a Hunter en realidad.
La madre de Casey dejó escapar un suspiro hastiado.
—¿No puedes disfrutar de un solo día tranquilo antes de empezar con todo eso?
—Con el debido respeto, mamá, creo que quince años es tiempo suficiente esperando la verdad.
2
Esa noche, Paula Carter estaba sentada en la cama, recostada contra el cabecero, con un iPad mini en el regazo. Las voces amortiguadas de Casey y Angela en la sala de estar, con las risas enlatadas de la televisión de fondo, le resultaban reconfortantes. Había leído varios libros acerca de la transición de «reentrada» de los presos que volvían al mundo exterior. Teniendo en cuenta la persona tan libre de convencionalismos que había sido Casey cuando era más joven, Paula había temido en un primer momento que su hija intentara retomar de inmediato una vida ajetreada en Nueva York. En cambio, había averiguado que, las más de las veces, la gente en la situación de Casey tenía dificultades para comprender hasta qué punto eran libres.
Paula se había recluido en su habitación para darle a Casey la oportunidad de moverse por la casa sin tener a su madre rondando. A Paula le dolía pensar que un desplazamiento del dormitorio a la sala de estar, con pleno uso del mando a distancia de la tele, era lo más independiente que había sido su hija en quince años, tan inteligente, decidida y llena de talento.
Le agradecía mucho a Angela que se hubiera tomado el día libre para ir a recibir a Casey a la salida de la cárcel. Las dos chicas eran primas, pero Paula y su hermana, Robin, habían criado a sus hijas como si fueran hermanas. El padre de Angela nunca había estado presente, de modo que Frank había sido una figura paterna para Angela. Luego, cuando esta tenía solo quince años, Robin también desapareció, así que Paula y Frank acabaron de criarla.
Angela y Casey estaban unidas como hermanas, pero no podían ser más distintas. Eran las dos preciosas y tenían los mismos ojos de color azul intenso, pero Angela era rubia y Casey morena. Angela tenía la estatura y la silueta de la modelo de tanto éxito que había sido a los veintitantos; la figura de Casey siempre había sido más atlética, y durante la universidad había jugado al tenis a nivel de competición en Tufts. Mientras que Angela se saltó la universidad para centrarse en su carrera de modelo y una ajetreada vida social en Nueva York, Casey se había tomado los estudios en serio y se había dedicado a múltiples causas políticas. Angela era republicana, Casey demócrata. La lista era interminable, y aun así, las dos seguían siendo uña y carne.
Ahora Paula volvió a fijar la vista en las noticias que había estado leyendo en el iPad. Solo diez horas después de abandonar su celda, Casey volvía a aparecer en los titulares. ¿Le llevaría tanta atención a recluirse en su habitación y no salir nunca más? O peor aún, ¿la animaría a buscar directamente la atención pública? Paula siempre había admirado la determinación de su hija a luchar —a menudo estruendosamente— por aquello en lo que creía. Pero si por Paula fuera, Casey se cambiaría de nombre, emprendería una vida nueva y no volvería a hablar nunca de Hunter Raleigh.
Qué peso se había quitado Paula de encima cuando Angela se puso de su parte contra la idea de Casey de contactar con los productores de Bajo sospecha. Casey había dejado el tema cuando llegaron al centro comercial, pero Paula conocía a su hija. La conversación no había terminado allí.
Oyó otra ráfaga de risas enlatadas de la televisión. De momento Casey y Angela estaban viendo una sit-com, pero bastaría un clic para que se toparan con las noticias. Paula estaba sorprendida de que la noticia se hubiera filtrado tan pronto, y se preguntó si los periodistas revisaban todos los días los nombres de los presos que eran excarcelados. O igual uno de los guardias de la cárcel había hecho una llamada. O quizá la familia Hunter había emitido un comunicado de prensa. Dios sabía que estaban convencidos de que Casey tendría que haber ido a la cárcel para el resto de su vida.
O quizá simplemente alguien había reconocido a Casey en el centro comercial. Paula lamentó una vez más haber delegado en Angela la tarea de ayudar a su prima a comprar un nuevo vestuario. Sabía lo ocupada que estaba su sobrina.
Paula había hecho un gran esfuerzo por que Casey tuviera en casa todo lo que necesitara: revistas en la mesilla de noche, toallas y un albornoz nuevo, un botiquín provisto de los mejores productos de spa... El objetivo de tanta preparación era mantenerla alejada de la atención pública, pero en cambio habían acabado yendo al centro comercial.
Volvió a mirar la pantalla del iPad. ¡CASEY LA LOCA SALE A DERROCHAR! No había fotografías, pero la supuesta periodista sabía a qué centro comercial había ido Casey y en qué tiendas había entrado. El denigrante artículo concluía: «Por lo visto, la comida de la cárcel no le ha pasado factura a la silueta de la Bella Durmiente. Según nuestra fuente, Casey está delgada y en forma gracias a las muchas horas haciendo ejercicio en el patio de la cárcel. ¿Lucirá la cazafortunas sus nuevos modelitos para buscar un novio nuevo? El tiempo lo dirá».
La bloguera se llamaba Mindy Sampson. Hacía tiempo que Paula no veía ese nombre impreso, pero volvía a las andadas. La razón por la que Casey estaba en una forma física excelente era que siempre había sido un culo inquieto, constantemente de aquí para allá entre el trabajo, las colaboraciones como voluntaria, los grupos políticos y las exposiciones de arte. En la cárcel, no tenía más entretenimiento que el ejercicio y obsesionarse con encontrar a alguien que la ayudara a limpiar su nombre. Pero una gacetillera como Mindy Sampson hacía parecer que había estado preparándose para la alfombra roja.
Tanto si quería como si no, Paula tenía que poner a su hija sobre aviso. Al enfilar el pasillo, ya no se oían las risas enlatadas. Cuando dobló la esquina, Casey y Angela tenían la mirada fija en la pantalla de la televisión. La cara de la presentadora de las noticias por cable rezumaba indignación santurrona. «Hemos tenido noticias de que Casey Carter ha sido puesta en libertad hoy y ha ido directa a un centro comercial. Así es, amigos, Casey la Loca, Casey la Asesina, la llamada Bella Durmiente Asesina vuelve a estar entre nosotros, y en lo primero que ha pensado es en un armario lleno de ropa nueva.»
Casey apagó la televisión.
—¿Ves ahora por qué estoy tan desesperada por lo de Bajo Sospecha? Por favor, Angela, he escrito a abogados defensores y consultorios jurídicos de todo el país, y nadie está dispuesto a ayudarme. Ese programa de televisión podría ser mi mejor oportunidad, mi única oportunidad. Y tu amiga Charlotte tiene acceso directo a los productores. Por favor, solo necesito una cita.
—Casey —la interrumpió Paula—, ya hemos hablado de esto. Es una idea terrible.
—Lo siento, pero tengo que darle la razón a tu madre —convino Angela—. Detesto decirlo, pero hay quien cree que te fuiste de rositas.
Paula y Frank quedaron destrozados cuando su única hija fue condenada por homicidio involuntario, pero los medios informaron del veredicto como una derrota de la fiscalía, que describió a Casey como una asesina despiadada.
—Ya me gustaría ver a uno de esos pasar una semana en una celda —protestó Casey—. Quince años son una eternidad.
Paula posó una mano en el hombro de su hija.
—Los Raleigh son una familia poderosa. El padre de Hunter podría mover hilos con los productores. Ese programa podría mostrarte bajo una luz muy negativa.
—¿Una luz negativa? —rezongó Casey—. Yo diría que eso ya está pasando, mamá. ¿Crees que no he visto cómo me miraba la gente cuando hemos ido hoy de compras? No puedo ni entrar en una tienda sin sentirme como un animal del zoo. ¿Qué clase de vida es esta? Angela, ¿me harás el favor de llamar a tu amiga o no?
Paula notó que Angela empezaba a ceder. Las dos habían estado siempre muy unidas, y Casey se mostraba más persuasiva que nunca. Paula miró a su sobrina con ojos suplicantes. «Por favor —pensó—, no le dejes cometer este error.»
Sintió un gran alivio cuando Angela respondió con el mayor tacto posible:
—¿Por qué no esperas unos días, a ver cómo te sientes?
Casey negó con la cabeza, claramente decepcionada, pero luego cogió en silencio el mando a distancia y apagó la televisión.
—Estoy cansada —dijo de repente—. Me voy a la cama.
Paula concilió el sueño esa noche rezando por que los medios pasaran a hablar de alguna otra cosa para que Casey pudiera empezar a adaptarse a una nueva vida. Cuando despertó por la mañana, cayó en la cuenta de que debería haber sabido que su hija nunca esperaba a tener la aprobación de nadie para hacer aquello que consideraba importante.
La habitación de Casey estaba vacía. Había una nota encima de la mesa del comedor. «He ido en tren a la ciudad. Volveré a casa esta noche.»
Paula supuso que Casey debía de haber caminado los ochocientos metros hasta la estación de tren. No tuvo que plantearse por qué se había marchado mientras ella seguía dormida. Iba a ver a la productora de Bajo sospecha, costara lo que costase.
3
Laurie Moran sonrió con amabilidad al camarero y rehusó que le rellenaran la taza de café. Miró de reojo el reloj de pulsera. Dos horas. Llevaba sentada a esa mesa del 21 Club dos horas enteras. Era uno de sus restaurantes preferidos, pero tenía que volver al trabajo.
—Mmmm, este suflé es una absoluta delicia. ¿Seguro que no quieres un poco?
Su acompañante en la que estaba resultando ser una comida penosamente larga era una mujer llamada Lydia Harper. A decir de algunos, era una valiente viuda de Houston que había criado a dos chicos sola desde que un desconocido perturbado había asesinado al padre de estos, un estimado profesor de la facultad de Medicina de Baylor, después de una disputa por un incidente de tráfico. Según otros, era una manipuladora que había contratado a un sicario para que matase a su esposo porque la aterraba que se divorciara de ella y pidiera la custodia de sus hijos.
El caso era perfecto para el programa de Laurie, Bajo sospecha, una serie de «especiales informativos» sobre crímenes reales centrada en casos abiertos. Hacía dos semanas que Lydia había aceptado participar en una nueva investigación del asesinato de su marido, pero aún no había firmado los documentos. Después de decirle a Laurie una y otra vez que «tenía que ir sin falta a la oficina de correos», le había soltado dos días antes que quería reunirse con ella —en Nueva York, con un billete de avión en primera clase y dos noches en el Ritz-Carlton— antes de firmar sobre la línea de puntos.
Laurie había supuesto que Lydia quería disfrutar de un viaje de cinco estrellas a costa del programa, y estaba dispuesta a complacerla si era lo que hacía falta para que firmase el acuerdo de participación. Pero cada vez que Laurie había intentado abordar el asunto durante la comida, Lydia había cambiado de tema para hablar del espectáculo de Broadway que había visto la víspera, las compras que había hecho en Barneys esa mañana o lo excelente que estaba el picadillo de pavo clásico del 21 que había pedido del menú del almuerzo.
Laurie oyó que su móvil volvía a vibrar en el bolsillo exterior de su bolso de mano.
—¿Por qué no contestas? —sugirió Lydia—. Lo entiendo. Trabajo y más trabajo. No se acaba nunca.
Laurie había desatendido varias llamadas y mensajes, pero temía no contestar a esta, que podía ser de su jefe.
Notó un vuelco en el estómago en cuanto vio la pantalla del móvil. Cuatro llamadas perdidas: dos de su asistente, Grace Garcia, y dos de su ayudante de producción, Jerry Klein. También vio una serie de mensajes de textos de ambos.
«Brett te está buscando. ¿Cuándo vas a llegar?»
«Ay, Dios mío. Casey la Loca ha venido para hablar de su caso. Dice que conoce a Charlotte Pierce. Seguro que quieres hablar con ella. ¡Llámame!»
«¿Dónde estás? ¿Sigues almorzando?»
«CL sigue aquí. Y Brett sigue buscándote.»
«¿Qué le decimos a Brett? Llama ya mismo. A Brett le va a explotar la cabeza si no vuelves enseguida.»
Y luego un último mensaje de Grace, recién enviado: «Si vuelve a entrar en tu despacho otra vez, tendremos que pedir una ambulancia en la planta 16. ¿Qué parte de “no está” no entiende?».
Laurie puso los ojos en blanco, imaginándose a Brett de aquí para allá por los pasillos. Su jefe era un brillante productor de renombre, pero también era impaciente y petulante. El año anterior había corrido entre los empleados del estudio una imagen hecha con Photoshop de su cara pegada al cuerpo de un bebé en pañales con un sonajero en la mano. Laurie siempre había sospechado que había sido cosa de Jerry, pero estaba segura de que habría borrado sus huellas electrónicas para no ser descubierto.
Lo cierto era que Laurie había estado eludiendo a Brett. Hacía un mes desde la emisión de su último especial, y sabía que ya estaba ansioso por que empezara la producción del siguiente.
Dios sabía que tenía que estar agradecida. No hacía mucho, Laurie había pasado horas sin dormir preguntándose si aún tenía una carrera. Primero, había dejado de trabajar un tiempo después de que su marido, Greg, fuera asesinado. Luego, cuando se reincorporó, tenía un historial cuando menos lleno de altibajos. Cada vez que un programa fracasaba, oía a ambiciosos y jóvenes ayudantes de producción —todos ansiosos por ocupar su puesto— comentar en voz alta si estaba «de bajón» o había «perdido el toque».
Bajo sospecha había cambiado todo eso. Laurie había empezado a darle vueltas a la idea antes de que muriera Greg. A la gente le encantaban los misterios, y contar las historias desde el punto de vista de los sospechosos era una perspectiva novedosa sobre los casos abiertos. Pero después de que Greg fuera asesinado, dejó de lado la idea durante años. En retrospectiva, se daba cuenta de que no quería quedar como una viuda obsesionada con el asesinato sin resolver de su propio marido. Pero, como se suele decir, la necesidad es la madre de la ciencia. Con su carrera en juego, por fin presentó la que sabía que era su mejor idea. Habían hecho tres especiales de éxito, cada uno de ellos con mejores índices de audiencia y tendencias virales que el anterior. Pero, como también se suele decir, el buen trabajo se recompensa con más trabajo.
Hacía un mes, Laurie estaba convencida de que iba adelantada con respecto a la agenda de trabajo. Tenía lo que a su modo de ver era un caso perfecto. Unos alumnos del consultorio jurídico penal de la facultad de Derecho de Brooklyn se habían puesto en contacto con ella para hablarle de una joven condenada por el asesinato de su compañera de cuarto en la universidad hacía tres años. Tenían pruebas de que uno de los testigos clave de la fiscalía había mentido. Aquello no encajaba con el modelo típico de su programa, que revisaba casos sin resolver desde la perspectiva de personas que habían pasado años bajo una nube de sospecha. Pero la posibilidad de liberar a una mujer que había sido injustamente condenada despertó en Laurie el ansia de hacer justicia que la había llevado a estudiar periodismo.
Luchó con uñas y dientes para conseguir que Brett aprobara la idea, y le vendió el concepto de las condenas injustas como candente tendencia narrativa. Entonces, tres días después de que Brett diera luz verde con entusiasmo, la fiscalía anunció en una rueda de prensa conjunta con los estudiantes de Derecho que estaba tan convencida con las nuevas pruebas que había accedido a la libertad de la acusada y a reabrir el caso. Se había hecho justicia, pero el programa de Laurie se había ido al garete antes de empezar.
Así pues, Laurie había pasado a su segunda opción: el asesinato del doctor Conrad Harper, a cuya viuda tenía ahora delante, a punto de acabarse el postre.
—Lo siento muchísimo, Lydia, pero me ha surgido un asunto urgente en la oficina. Tengo que volver, pero dijiste que querías hablar conmigo en persona sobre el programa.
Lydia sorprendió a Laurie al dejar la cucharilla y pedir la cuenta.
—Laurie, quería que nos viéramos —dijo—. Me pareció que era lo más adecuado. Después de todo, no voy a participar.
—¿Qué...?
Lydia levantó la palma de la mano.
—He hablado con dos abogados distintos. Ambos dicen que tengo mucho que perder. Prefiero aguantar a los vecinos mirándome con cara de pocos amigos que meterme en un lío legal.
—Ya hemos hablado de eso, Lydia. Esta es tu oportunidad de averiguar quién mató a Conrad en realidad. Sé que tienes fundadas sospechas de un antiguo alumno.
Un alumno al que su marido había suspendido el semestre anterior había estado acosándolo.
—Y, por supuesto, si quieres investigarlo, adelante. Pero yo no me someteré a ninguna entrevista.
Laurie abrió la boca para hablar, pero Lydia la interrumpió de inmediato.
—Por favor, ya sé que tienes que volver al trabajo. No vas a convencerme de que cambie de parecer. Mi decisión es definitiva. Lo que ocurre es que pensé que tenía que darte la noticia en persona.
En ese preciso instante llegó el camarero con la cuenta, que Lydia se apresuró a entregar a Laurie.
—Me alegro mucho de haber tenido ocasión de conocerte, Laurie. Te deseo lo mejor.
La periodista notó que un escalofrío le recorría la columna cuando Lydia se levantó de la mesa y la dejó allí, sola. «Ella lo hizo —pensó Laurie—, y nadie podrá demostrarlo nunca.»
Mientras esperaba a que el camarero volviera con su tarjeta de crédito, Laurie escribió un mensaje conjunto a Grace y Jerry: «Decidle a Brett que llego en diez minutos».
¿Qué iba a hacer una vez llegara allí? Su caso del profesor asesinado se había ido al garete.
Estaba a punto de enviar el mensaje cuando recordó el texto anterior de Jerry sobre Casey la Loca. ¿Era posible? Lo comprobó. «¿De verdad ha preguntado por mí Casey Carter?»
Grace contestó de inmediato. «¡SÍ! Está en la sala de reuniones A. ¡Hay una asesina convicta en nuestro edificio! He estado a punto de llamar a la policía.»
Como periodista, Laurie había entrevistado a varias personas acusadas e incluso condenadas por homicidio. Grace, por el contrario, se estremecía con solo pensarlo. La respuesta de Jerry llegó inmediatamente después de la de Grace: «Me daba miedo que se fuera, pero cuando le he dado las gracias por esperar, ¡ha dicho que no nos libraremos de ella hasta que te vea!».
Laurie se sorprendió sonriendo mientras firmaba la cuenta del almuerzo. Que Lydia Harper se hubiera echado atrás del programa quizá acabara siendo una suerte. La excarcelación de Casey había abierto las noticias de todas las cadenas el día anterior, y ahora estaba buscando a Laurie. Escribió otro mensaje desde el taxi. «Entretened todo lo posible a Brett. Decidle que tengo una pista sobre un nuevo caso prometedor. Quiero hablar primero con Casey.»
4
Cuando Laurie salió del ascensor en la planta dieciséis de las oficinas de los Estudios Fisher Blake en Rockefeller Center, fue directa a la sala de reuniones. Grace se las había apañado para averiguar por medio de Dana, la secretaria de Brett, que este estaría ocupado unos quince o veinte minutos con una conferencia, pero que seguiría intentando dar caza a Laurie una vez hubiera acabado.
Laurie se estaba preguntando por qué Brett tenía tantas ganas de hablar con ella. Estaba atosigándola para que concretara su siguiente caso, pero eso no era nada nuevo. ¿Cabía la posibilidad de que hubiera descubierto de antemano que la viuda del profesor iba a suspender su colaboración? Desechó la idea. Quizá su jefe quisiera que la gente pensara que era clarividente, pero no lo era.
La mujer que la esperaba en la sala de reuniones se puso en pie de un brinco en cuanto Laurie abrió la puerta. Esta reconoció a Katherine Carter, Casey, de inmediato. Laurie acababa de salir de la universidad y estaba empezando su carrera como periodista cuando el caso de la Bella Durmiente saltó a los titulares. El comienzo de su «carrera» quería decir servir cafés en la redacción de un periódico regional en Pennsylvania, pero, por aquel entonces, Laurie estaba en el paraíso, absorbiendo hasta el último ápice de conocimiento.
En tanto que aspirante a periodista, no había perdido detalle del juicio. Cuando la noche anterior oyó la noticia de la puesta en libertad de Casey, Laurie no podía creer que hubieran transcurrido ya quince años. Qué rápido pasaba el tiempo, aunque probablemente no se lo parecería así a Casey.
Cuando su juicio había copado los titulares, Casey estaba despampanante, con larga y lustrosa melena morena, piel de alabastro y unos ojos azules almendrados que chispeaban como si estuviera pensando algo gracioso. Recién acabada la universidad, había encontrado un puesto de ayudante en el departamento de arte contemporáneo de Sotheby’s. Estaba haciendo un máster y soñaba con tener su propia galería cuando conoció a Hunter Raleigh III en una subasta. Si la nación entera siguió el caso de cerca no fue solo por la posición acomodada de su prometido: Casey era cautivadora por méritos propios.
Incluso quince años después seguía siendo preciosa. Ahora llevaba el pelo más corto, hasta los hombros, como la propia Laurie. Estaba más delgada, pero se la veía fuerte. Y sus ojos aún chispeaban de inteligencia cuando le estrechó la mano con firmeza.
—Señora Moran, muchas gracias por recibirme. Lamento no haber llamado para pedir cita, pero supongo que está saturada de solicitudes.
—Así es —dijo Laurie, a la vez que indicaba con un gesto que tomaran asiento a la mesa de la sala de reuniones—. Pero no de gente con un nombre tan notable como el suyo.
Casey dejó escapar una risa triste.
—¿Y de qué nombre hablamos? ¿Casey la Loca? ¿La Bella Durmiente Asesina? Por eso estoy aquí. Soy inocente. Yo no maté a Hunter, y quiero recuperar mi nombre, mi buen nombre.
Para quienes no se tuteaban con él, «Hunter» era Hunter Raleigh III. Su abuelo, el primer Hunter, había sido senador. Los dos hijos del primer Hunter, Hunter Junior y James, se alistaron en el ejército tras licenciarse en Harvard. Después de que Hunter Junior fuera una de las primeras bajas en la guerra de Vietnam, su hermano menor, James, dedicó su vida a la carrera militar y llamó a su primogénito Hunter III. James ascendió al rango de general de tres estrellas. Incluso después de jubilado, seguía sirviendo como embajador. Los Raleigh eran una versión menor de los Kennedy, una dinastía política.
Y entonces Casey mató a su heredero al trono.
Al principio, la prensa apodó a Casey la Bella Durmiente. Aseguraba haber estado profundamente dormida mientras un desconocido o desconocidos irrumpían en la casa de campo de su prometido y lo mataban a tiros. La pareja había asistido a una gala de la fundación de la familia Raleigh esa noche en la ciudad, pero se retiraron temprano porque Casey estaba indispuesta. Según ella, se durmió en el coche y ni siquiera recordaba el momento de llegar a casa de Hunter. Despertó horas después en el sofá de la sala de estar, fue al dormitorio y se lo encontró cubierto de sangre. Ella era una promesa joven y bonita en el mundo del arte. Hunter era un miembro querido de una apreciada familia política americana. Fue una tragedia de esas que cautivaban a la nación.
Y entonces, en cuestión de unos ciclos de noticias, la policía detuvo a la pobre Bella Durmiente. La fiscalía tenía un caso sólido. La prensa empezó a llamarla la Bella Durmiente Asesina y, con el tiempo, Casey la Loca. Según la mayor parte de las teorías, cuando Hunter rompió el compromiso, ella se emborrachó y se dejó llevar por la ira.
Ahora estaba en una sala de reuniones con Laurie, afirmando todavía, después de tantos años, que era inocente.
Laurie era consciente de cómo iban pasando los segundos que quedaban para que tuviera que enfrentarse a su jefe. Por lo general, habría querido repasar metódicamente la versión de Casey de la historia, pero tenía que ir al grano.
—Perdona que sea tan directa, Casey, pero es difícil dejar de lado las pruebas en tu contra.
Aunque Casey negó haber disparado la pistola que, según se demostró, era el arma homicida, se encontraron sus huellas dactilares en ella. Y sus manos dieron positivo en la prueba de restos de pólvora. Laurie le preguntó si negaba esos hechos.
—Supongo que las pruebas se llevaron a cabo correctamente, pero lo único que eso quiere decir es que el auténtico asesino me puso el arma en la mano y efectuó un disparo. Piénsalo: ¿por qué iba a decir que no había disparado nunca el arma si hubiera matado a Hunter con ella? Podría haber explicado fácilmente mis huellas diciendo que la disparé en el campo de tiro. Por no hablar de que quien disparó contra Hunter, fuera quien fuese, por lo visto falló dos veces, según los orificios de bala encontrados en la casa. Yo tenía muy buena puntería. Si hubiera querido mata
