Domina

Barbara Wood

Fragmento

1

La mujer había gritado treinta veces en aquella hora. Su último alarido desgarró la suave tela de la noche primaveral y pareció provocar un temblor en los cimientos de la casa. La oscura silueta de la señora Cadwallader, inclinada sobre ella, estaba interpretando una pantomima en presencia de la quejumbrosa Felicity Hargrave.

—Los gimoteos no están bien —musitó la comadrona.

Apoyando la regordeta mano en la parte inferior de su espalda, se irguió y se estiró. Después extendió la mano hacia la botella de cordial que había traído para la pobre Felicity y tomó un generoso trago.

Aquel parto no iba nada bien, y él, en la planta baja, no ayudaba demasiado. ¿Qué hombre le hubiera negado a su esposa un poco de cordial para aliviar el dolor? Sin embargo, Samuel Hargrave había prohibido expresamente la utilización de cualquier sedante para facilitar el parto. Lo cual era una lástima porque la señora Cadwallader tenía el botiquín de comadrona mejor abastecido de todo Londres. Contenía opio y belladona; cornezuelo para acelerar el parto y detener la hemorragia; todo un surtido de hierbas y remedios populares; y una botella de ginebra de la más fuerte. Tapó de  nuevo el frasco con su corcho, lo dejó en el suelo y acarició con sus expertas manos el abultado vientre.

—Vamos —dijo en tono afectuoso—. Sé buena, Felicity. Ayúdale a nacer.

Con el cabello pegado al rostro y a la almohada, Felicity gimió y después lanzó un grito que debió oírse —la señora Cadwallader estaba segura— hasta en Kent.

Se sentó y frunció los labios.
—Ya llevamos veinte horas —musitó para sus adentros—. Y es el tercero. No está bien —su voluminoso busto se elevó y se hundió en un suspiro—. En fin, no me gusta, pero tengo que aplicarle la pluma.

La comadrona jadeó un poco mientras se inclinaba hacia el maletín y sacaba una pluma de ave y una botella. Destapando esta última, hundió la pluma en el contenido de vedegambre pulverizado y, levantándose, se inclinó sobre el enorme vientre pulsante e introdujo la pluma directamente en una de las fosas nasales de Felicity.

—Anda, sé buena, aspira.

La señora Cadwallader volvió a sentarse rápidamente y se preparó para el inevitable resultado: un estornudo y la repentina expulsión del niño.

Felicity Hargrave, haciendo una mueca mientras experimentaba otra fuerte contracción, respiró hondo, sacó el cuerpo bajo las sábanas y estalló en un estornudo tan violento que despeinó a la comadrona. Simultáneamente una piernecita empezó a asomar por el canal del parto, que la señora Cadwallader había untado una hora antes con grasa de ganso.

La rechoncha mujer arqueó las cejas.
—Conque eso es lo que ocurre. Ya no puedo hacer nada.

Tres sombrías figuras se hallaban sentadas alrededor de la mesa del comedor, con las manos cruzadas ante sí y  la cabeza inclinada. Ahora ya no había sobre la mesa ni platos ni jarras; no había más que la lámpara de aceite de ballena que, desde el centro de la mesa, arrojaba una luz amarillenta sobre los tres rostros. Samuel Hargrave, el marido de Felicity, estaba rezando; Matthew, de seis años, contemplaba la llama de la lámpara con unos ojos negros abiertos como platos; y James, de nueve años, se retorcía los dedos y se mordía la mejilla por dentro, alternativamente. Miró el rostro de su padre, buscando seguridad, pero no la encontró.

Samuel Hargrave, en profunda comunión con Dios, mantenía las manos tan fuertemente entrelazadas que los nudillos se le habían quedado blancos; llevaba cuatro horas sin cambiar de postura y no daba la menor señal de cansancio. Estaba tan concentrado que no oyó a la señora Cadwallader bajar la escalera.

—Padre —musitó James, aterrado por la sombría expresión que tenía el semblante de la comadrona.

Samuel tuvo que hacer un esfuerzo por librarse de sus pensamientos. Apartó la intensa mirada del plano de la meditación divina y la clavó en el rostro de la comadrona.

—No se puede hacer, señor. Viene del revés y es lo peor que puede haber. Una pierna abajo y la otra junto a la cabeza.

—¿No puede usted dar la vuelta al niño?
—A este, no, señor. Tengo que meter toda la mano allí adentro y no puedo porque su pobre esposa grita y se contrae. Lo que necesita es un buen médico, señor.

—No. —Samuel habló con tanta rapidez y vehemencia, que sobresaltó a la anciana—. No permitiré que ningún hombre contemple la desnudez de mi esposa.

La señora Cadwallader clavó sus agudos ojos negros en el hombre que así hablaba.

—Perdone que se lo diga, señor, pero no es ningún pecado que un médico examine a su esposa. Son unos  auténticos caballeros, señor, y no tienen en absoluto esa clase de interés, usted ya me entiende...

—Nada de médico, señora Cadwallader.

La comadrona irguió los hombros y resopló despectivamente.

—Permítame decirle que no tenemos tiempo para discutir, su esposa y su hijo se encuentran en una situación muy apurada. ¡Tenemos que darnos prisa, señor Hargrave!

Samuel se levantó de la silla y su alta y delgada figura pareció llenar toda la estancia; los pequeños Matthew y James se le quedaron mirando. Su padre siempre había tenido «cargada» la espalda por los muchos años de inclinarse en su alto taburete del Registro Civil sobre un pupitre lleno de libros mayores, pero aquella noche toda su espalda parecía encorvada bajo un peso invisible. Sacando un pañuelo del bolsillo, Samuel Hargrave se lo pasó por la frente.

La señora Cadwallader esperó con impaciencia. No le gustaba Samuel Hargrave —a casi nadie le caía bien— y su fervor metodista, estaba allí solo a causa de la dulce Felicity: por nada ni por nadie más.

La voz de Samuel tronó como desde un púlpito: —Señora Cadwallader, mi esposa sufriría una vergüenza mortal si un hombre ofendiera su pudor cristiano. Su deseo y el mío es...

—¡Pregúntele ahora si no quiere que la atienda un médico, señor Hargrave!

Samuel elevó los angustiados ojos al cielo y, al oír otro grito procedente del dormitorio, hizo una mueca.

El pequeño James, de nueve años, advirtió que su joven corazón empezaba a latir violentamente mientras miraba boquiabierto a su gigantesco padre, el cual, pese a encontrarse en su propia casa, vestía levita negra, pantalones negros, camisa blanca y corbata blanca almidonada. Jamás había visto titubear a su padre.



Mientras la señora Cadwallader separaba los pies y colocaba los brazos en jarras como disponiéndose a recibir la embestida de un toro, el pequeño James se levantó de su silla silencioso e inadvertido.

—¡Se lo digo en serio, señor Hargrave, su esposa necesita un médico! Hay un hombre respetable en Tottenham Court Road, justo a este lado de Great Russell Street. El doctor Stone es un hombre honorable, no le quepa la menor duda. Muchas veces le he visto...

—No, señora Cadwallader.

Mientras la comadrona miraba al gigantesco Samuel con indignación reprimida, el pequeño James se deslizó suavemente hacia las oscuras sombras del pasillo.

—¡De veras, señor Hargrave, su esposa necesita ayuda!

Samuel inclinó la cabeza y miró a la anciana con tal furia, que esta retrocedió.

—En tal caso, buena mujer, le aconsejo que vuelva a su puesto y la ayude. —Samuel dio media vuelta e hizo ademán de sentarse—. Yo rezaré.

Cuando poco después se abrió la puerta principal y entró James acompañado por unos jirones de nocturna niebla primaveral, Samuel había estado rezando con tanta intensidad, que su rostro aparecía bañado en sudor. James se quedó inmóvil, contemplando aterrado la cabeza inclinada de su padre. Después murmuró:

—Padre.

A Samuel le costó un esfuerzo abrir los pesados párpados y pestañeó varias veces mientras contemplaba el rostro insólitamente pálido del muchacho. James estaba sin resuello porque había corrido a la ida y al regreso.

—Padre, he ido a buscar ayuda.

Samuel parpadeó de nuevo.
—¿Qué has dicho, James?
—He ido por un médico. Llegará dentro de un minuto.



Al comprender el significado de las palabras de su hijo, Samuel, olvidando su fervor religioso y lleno de cólera, se levantó pausadamente de la silla.

—¿Que has ido por un médico?
—S-sí, padre. —James retrocedió—. Me pareció que tú no sabías qué hacer...

Nunca pensó que su padre pudiera moverse con tanta rapidez. Samuel rodeó la mesa en un instante y lo único que pudo ver James, antes de que en su cabeza estallaran toda clase de estrellas y planetas, fue una mano que se levantaba. Lanzó un grito, más de asombro que de dolor, e inmediatamente se llevó una mano a la oreja izquierda. Samuel se inclinó, agarró al muchacho por el brazo, apartó la mano protectora y volvió a propinarle otro golpe en un costado de la cabeza. James trató de escapar mientras, una y otra vez, la enorme mano iba descargando puñadas, hasta que se oyó una voz que preguntaba:

—¿Es esta la casa Hargrave?

El muchacho levantó la cabeza y vio, a través de las lágrimas, al doctor Stone de pie en la puerta.

—Aquí no le necesitamos para nada, señor —contestó Samuel secamente.

Los ojos del doctor Stone, pequeños y agudos tras las gafas, se posaron en la ensangrentada oreja de James.

—A juzgar por lo que veo, he llegado justo a tiempo. Samuel miró a su hijo y pareció sorprenderse momentáneamente; después se irguió y soltó al muchacho, que inmediatamente se ocultó debajo de la mesa.

—Esto es cosa de mujeres, señor. No tolero la presencia de ningún hombre en la habitación del parto.

El doctor Stone entró en el salón sin aguardar a que le invitaran a pasar. Era un hombre menudo y delgado, de unos sesenta y tantos años, de larga nariz afilada y pobladas patillas. Se sacudió la chistera golpeán dola suavemente contra el muslo, para eliminar el rocío, y dijo:

—El muchacho dice que viene de nalgas y que la señora Cadwallader no puede hacer nada.

La comadrona, que había oído los gritos de James, se encontraba ahora al pie de la escalera.

—Menos mal que ha venido usted, doctor Stone —dijo—. Lleva de parto un día y una noche y es el tercero, lo cual es mal asunto. No solo viene de nalgas sino que, además, tiene el cordón umbilical alrededor del cuello y Felicity no me permite darle la vuelta. No lo puede evitar, la pobrecilla.

—Veré qué puedo hacer —dijo el doctor Stone, frunciendo los labios.

—Un momento, señor —dijo Samuel—. No quiero que atienda usted a mi esposa.

—¡O él o el Ángel de la Muerte! —dijo la señora Cadwallader.

—He asistido a muchos partos, señor Hargrave —dijo el doctor Stone suavemente—. Puede creerme, soy un hombre serio y comprendo muy bien que desee proteger el pudor de su esposa.

—¡En esta casa ya tenemos la ayuda del Señor! —Yo sirvo al Señor. Al fin y al cabo, su misión era sanar, ¿no es cierto?

El rostro de Samuel adoptó una expresión angustiada. Los gemidos de su esposa le desgarraban el corazón.

—Tal vez —dijo el médico en tono tranquilizador— yo soy la respuesta a sus plegarias. Tal vez el buen Dios me ha enviado. Por lo menos, señor Hargrave, déjeme echar un vistazo.

Samuel respiró hondo y se estremeció. Sus atormentados pensamientos trataron de hallar alguna referencia bíblica a la situación, pero fue inútil.

—Muy bien, pues —dijo a regañadientes—. Señora Cadwallader, ¿querrá usted encargarse de...?

 —Pierda cuidado, señor Hargrave, estaré allí, no se preocupe.

El doctor Stone apoyó una fuerte mano en el hombro de Samuel.

—Todo irá bien, se lo aseguro. Actualmente, con el nuevo sueño nunca falla —se volvió hacia la comadrona—. ¿Vamos allá, buena mujer?

—¿Qué ha dicho usted? —preguntó Samuel con expresión confusa—. ¿El nuevo sueño?

El doctor Stone levantó su botiquín de cuero negro. —Soy un médico moderno, señor Hargrave. Recurriré al cloroformo para que su bendita esposa pueda dar a luz a su hijo muy pronto y sin sufrimiento.

—¡Cómo! —exclamó Samuel, retrocediendo un paso.

En la cabeza del médico se disparó una pequeña alarma; no hubiera imaginado que quedara todavía mucha gente de aquel talante, teniendo en cuenta que la propia Reina había aceptado el cloroformo siete años antes para alumbrar al príncipe.

—No hay el menor peligro, señor Hargrave. Administraré el cloroformo, su esposa se quedará dormida, su cuerpo se relajará y yo podré volver al niño fácilmente. Eso se hace ahora en todas partes.

—¡A mi mujer, no!
—Es la única manera, señor Hargrave. En el estado en que se encuentra su esposa, corre usted el riesgo de perderlos a los dos.

—Los dolores del parto fueron decretados por el Todopoderoso —dijo Samuel con voz trémula—. Evitarlos es un sacrilegio, y su gas para dormir, doctor, es un engaño de Satanás. ¡Los dolores del parto son la maldición de Dios sobre la mujer por el pecado que cometió en el Paraíso y ninguna cristiana temerosa de Dios tiene que sustraerse al justo castigo que todas las mujeres han soportado desde que Eva le ofreció a Adán  el fruto prohibido! —Agitó un tembloroso dedo en dirección al cielo—. «A la mujer le dijo: Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor

El doctor Stone trató de disimular su impaciencia. Pensaba que aquella polémica, que en otros tiempos había azotado Londres como un violento incendio, ya estaba muerta y enterrada. Hacía diez años, él y sus colegas habían discutido acaloradamente acerca de la utilización del cloroformo durante el parto. Y por algún tiempo pareció que las Sagradas Escrituras iban a imponerse, pero entonces John Snow ayudó a la reina Victoria a traer al mundo al príncipe Leopoldo, administrándole cloroformo, y el mundo cambió inmediatamente de idea. Parecía, sin embargo, que aún quedaban algunos focos de resistencia. El doctor Stone empezó a recitar en voz baja:

—«Hizo, pues, Yahvé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido, tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar.» —¿Cómo se atreve usted a pronunciar esas irreverencias en mi casa, doctor? ¡Convertir a Yahvé en un cirujano y tener la absurda presunción de que Él necesitó cloroformo para dormir a un hombre! Olvida usted, doctor, que el milagro de la costilla de Adán se hizo antes de que se introdujese el dolor en este mundo, en la época de la inocencia.

Otro grito procedente de lo alto desgarró el silencio nocturno. Ambos hombres levantaron los ojos.

—Los gritos de una mujer durante los dolores del parto son música a los oídos de Dios —sentenció Samuel severamente—. Llenan su corazón de alegría. Son los gritos de la vida y de la voluntad de vivir de un cristiano. Ningún hijo mío se deslizará a este mundo como una serpiente mientras su madre duerme, ignorante del sagrado acto que ha llevado a cabo. No tengo nada más que añadir, doctor Stone.



Neville Stone estudió brevemente al hombre que tenía delante, calibrándole y sopesando la situación, y por último llegó a la conclusión de que, aunque discutiera mil veces con él, jamás lograría modificar la fosilizada mentalidad de aquel metodista wesleyano.

—Muy bien, pues —dijo volviéndose bruscamente en dirección a la escalera.

El espectáculo que se ofreció a sus ojos le obligó a detenerse instantáneamente: la mujer jadeante y tendida en la cama, el abultado vientre, las separadas piernas ensangrentadas y un piececito blanco asomando a través del rizado y oscuro vello. Neville Stone se despojó apresuradamente de la levita, se la entregó a la señora Cadwallader y se arremangó la camisa.

Situándose entre las piernas de Felicity, el doctor Stone introdujo suavemente los dedos en su vagina, siguiendo la fría y delgada pierna que colgaba del cuello del útero. Tras una rápida exploración, se incorporó de nuevo.

—Es lo que usted ha dicho, señora Cadwallader. El doctor Stone abrió el maletín y sacó los instrumentos, colocándolos junto a los pies de Felicity, donde los pudiera alcanzar fácilmente: el fórceps obstétrico, destinado a asir la cabeza del niño y extraerla; una larga y curvada jeringuilla de metal que, siguiendo sus órdenes, la señora Cadwallader llenó de agua en caso de que hubiera de bautizar al niño in utero; una serie de afilados escalpelos por si —¡no lo quisiera Dios!— se viera obligado a efectuar un corte cesáreo; y, por último, el gancho, un instrumento para matar, destrozar y extraer el feto del canal del parto.

Mientras trabajaba silenciosa y rápidamente, prestando atención a la afanosa respiración de Felicity, el doctor Stone advirtió que un fino sudor le empezaba a empapar todo el cuerpo. Aquel caso no le gustaba nada. Un hábil examen le había permitido establecer que se ría imposible dar la vuelta al niño por medios normales y, puesto que Samuel Hargrave había prohibido el uso del cloroformo, ello significaba que Neville Stone se vería obligado a adoptar una decisión que no quería. No había más que dos alternativas: un corte cesáreo que salvaría al niño, pero mataría a la madre, o matar al niño y extraerlo a trozos para salvarla a ella.

Sintió a su lado la poderosa presencia de la señora Cadwallader, cuyo busto maternal palpitaba afanoso. Oyó la jadeante respiración de Felicity y advirtió que su pulso era muy débil. Pensó en el hombre que esperaba abajo, con las manos juntas en actitud de rezar, y en su propia fragilidad y mortalidad.

Después, la mirada del doctor Stone se posó en el maletín negro.

Diez años antes, no hubiera tenido que preocuparse al respecto; hubiera tenido que elegir uno de los dos horribles caminos y hubiera puesto manos a la obra con todo el estoicismo de sus muchos años de experiencia profesional. ¡Cuántas mujeres habían muerto de parto antes de la aparición del cloroformo! Pero ahora —¡maldita sea!—, hoy en día, había una solución sencilla y salvadora que le libraba de la responsabilidad de aquella terrible decisión. Unas cuantas gotas del milagroso líquido y madre e hijo se salvarían...

Adoptando instantáneamente una decisión (ya se enfrentaría más tarde a las consecuencias), Neville Stone introdujo la mano en el maletín y sacó un frasco. Mientras la señora Cadwallader se inclinaba hacia él, sacó un pañuelo del bolsillo y lo enrolló en forma de cono, como si fuera un embudo. Mientras destapaba la botella, oyó que la señora Cadwallader le preguntaba en voz baja:

—¿Va usted a utilizar esa cosa, señor?
Él asintió con expresión grave, se levantó de la cama y se situó al lado de Felicity. Inclinándose sobre  ella y murmurándole unas palabras tranquilizadoras, el doctor Stone colocó sobre la nariz y la boca el extremo más ancho del cono formado por el pañuelo y vertió unas cuantas gotas de cloroformo a través del mismo.

—¿Cómo actúa? —preguntó en voz baja la comadrona, contemplando fascinada el procedimiento mientras los dulzones vapores llenaban súbitamente la atmósfera.

—Cuando el líquido se libere en la tela, Felicity inhalará los vapores y estos le producirán un profundo sueño.

—¿Y cómo se llama esa cosa?

Mientras Felicity aspiraba las primeras emanaciones, Neville Stone empezó a hablar con voz suave y tranquilizadora, más para calmar a la parturienta que para instruir a la comadrona.

—Hace cuatro años, un caballero norteamericano llamado Olivier Wendell Holmes nos dio la palabra que necesitábamos para designar el nuevo sueño. Lo llaman anestesia.

—Ah, conque un yanqui, ¿eh? —la señora Cadwallader se restregó la nariz con la manga—. Pues, no sé, señor...

—Sssst —el doctor Stone se irguió, dejando el cono sobre el rostro de Felicity—. Ya se está durmiendo. En cuanto haya perdido el conocimiento lo bastante, extraeré al niño.

El sudor de la frente le caía en grandes gotas sobre la mesa; sus manos estaban tan fuertemente apretadas que le temblaban. Estaba haciendo acopio de todas sus reservas de fuerza, había vaciado todos sus músculos y nervios en un intento de liberarse de los vínculos físicos y convertirse en un mero ser pensante, olvidando la dura silla en que estaba sentado, olvidando al chiquillo  que, acurrucado debajo de la mesa, se cubría con una mano la ensangrentada oreja, olvidando incluso el hecho de que, de repente, habían cesado todos los rumores procedentes del dormitorio de arriba. Él se estaba concentrando en la comunión con el señor.

Sin embargo, la concentración de Samuel no era tan fuerte como su voluntad, ya que sus plegarias se iban convirtiendo en pensamientos dispersos: cómo permitirse el lujo de alimentar otra boca; dónde encontrar a una criada de confianza que cuidara de ellos durante la convalecencia de Felicity; cómo pagar el impuesto de la casa.

Un nudo muy difícil de tragar le recorría la garganta. Y después, lo impensable: si muriera Felicity...

Un sollozo se le escapó del pecho y Samuel se desplomó de improviso sobre la mesa, con los brazos en cruz, la cabeza descansando sobre una mejilla y los ojos fuertemente cerrados. Sus pensamientos empezaron a volar. Y él, demasiado débil para seguir luchando, lo permitió. Curiosamente, sus pensamientos volaron derecho a la causa de su tormento. Samuel Hargrave se daba cuenta de que había estado luchando contra ello, contra la necesidad de enfrentarse a la desnuda e insoportable verdad, de que se había sumergido en la plegaria no tanto por la salvación de Felicity como por la suya propia; y lo que ahora veía con toda claridad era la dolorosa e inevitable realidad de que él, Samuel Hargrave, era el único responsable de aquella noche de desdicha.

Llegado a ese punto, Samuel ya no trató de huir del recuerdo: el episodio de hacía nueves meses que les había condenado a él y a Felicity a aquella terrible noche de infierno.

En todos los años de su virilidad, Samuel jamás había conocido la lujuria. De chico, su único experimento con la masturbación le había reportado una fuerte pali za administrada por su padre. En su adolescencia y más adelante, siendo ya un joven funcionario del Registro Civil, había evitado las poluciones nocturnas atándose un cordel alrededor del miembro, de forma que, si el traicionero órgano se excitaba durante su sueño, la presión del cordel le despertara y él se pudiera mojar con agua fría. En su noche de bodas con Felicity había probado de forma definitiva su dominio de sí mismo: cumplió su deber conyugal con rapidez e indiferencia, sin disfrutar ni una sola vez de los placeres de la carne, deleitándose tan solo en la idea de estar creando un nuevo cristiano para el Señor. Y la pequeña y dócil Felicity —loado fuera Dios— jamás había constituido una tentación para Samuel. Solo dos veces se había entregado al acto y, para gran suerte suya, en ambas ocasiones había quedado embarazada. A Samuel se le antojaba algo tan sencillo que no comprendía ni toleraba los deseos carnales de otros hombres.

Pero entonces, al cabo de nueve años de virtuosa y honrada vida conyugal, había ocurrido algo desastroso.

Felicity llevaba varias semanas dominada por un «malestar»: se mostraba apática y soñadora y descuidaba sus deberes. Samuel se había despertado varias veces por las noches por culpa de Felicity, que se revolvía en la cama, suspiraba con inquietud y gemía a veces. Por fin se dio por vencido y decidió que valía la pena gastar dinero en un médico que pudiera encontrar algún remedio, pero el médico de Harley Street se limitó a sacudir la cabeza y a encogerse de hombros, sin poder hallar la menor explicación a la languidez de Felicity.

Y una noche, justo después de las doce, cuando los londinenses respetables ya se habían encasquetado los gorros de dormir y descansaban plácidamente bajo sus edredones, Samuel se despertó sobresaltado. Abrió los ojos y vio a Felicity sonriendo, con los párpados entornados y un olor a láudano en el aliento.



Samuel trató de hablar, pero ella le cubrió la boca con las puntas de los dedos mientras con la otra mano le hacía unas electrizantes caricias en el pecho desnudo. Samuel trató de resistirse, de hacerle recuperar la cordura, pero el preparado de opio dominaba el cerebro de ella, y la contemplación de sus negros bucles derramados seductoramente sobre su blanco busto le ahogó las palabras en la garganta.

Samuel apenas recordaba lo que había sucedido después; solo conseguía evocar fragmentos y retazos: los húmedos labios de Felicity sobre su boca, la dulce lengua abriéndose paso por entre sus dientes, el explosivo roce de sus dedos sobre su miembro erguido y, después, un torbellino oscuro, un vertiginoso aturdimiento mientras la noche se abatía sobre ellos y los engullía en un frenesí de éxtasis y pasión.

A la mañana siguiente, Felicity volvió a ser la misma de siempre, como si los demonios hubieran sido exorcizados, y se dedicó de nuevo tranquilamente a sus tareas cotidianas, cuidando pacientemente de sus dos hijitos y sentándose humildemente junto a la chimenea con su libro de oraciones. En Samuel se produjo, por el contrario, un cambio. Dolido por lo que había hecho y comparándose con el desventurado Adán, a quien Eva había arrastrado estúpidamente al pecado, Samuel Hargrave se entregó a un inusitado fervor religioso. Empezó a acudir al templo todas las noches, subiendo a menudo al púlpito. Se puso a escribir opúsculos y a distribuirlos entre los pobres: sermones sobre los males de la bebida, del juego y de la carne. Se convirtió en un padre severo para sus hijos, dispuesto a librarles de caer en aquella misma impiedad. Y, cuando algunas semanas más tarde Felicity le comunicó que estaba embarazada, Samuel se horrorizó.

Y ahora el Señor le castigaba. El parto hubiera tenido que ser fácil: tras el primer hijo, los siguientes no  planteaban dificultades. Aquella pesadilla no tenía más explicación que la mano vengativa de Dios. En el caso de otros hombres, el caso tal vez fuera distinto, pero Yahvé era un capataz muy riguroso y exigía un comportamiento ejemplar en sus predicadores predilectos. Aquella noche de hacía nueve meses, Samuel había sido sometido a una prueba y había fracasado miserablemente, y ahora recibía el merecido castigo.

Samuel se levantó lenta y dolorosamente de la mesa que había regado con sus lágrimas y se frotó las mejillas. Y entonces se dio cuenta: la casa estaba en silencio.

Retorciéndose las manos, la señora Cadwallader contemplaba con asombro la actuación del médico.

Laxo por fin el perineo de Felicity, la vagina se había dilatado, permitiendo que Neville Stone introdujera la mano y diera la vuelta al niño. ¡Sin que Felicity parpadeara tan siquiera! Y ahora el fruto de sus entrañas yacía boca arriba entre sus piernas: un cuerpecillo esmirriado como una rata desollada.

Curiosamente, la criatura no lloraba.

Mientras el doctor Stone sujetaba y cortaba el cordón y la comadrona levantaba de la cama el cuerpecillo sorprendentemente liviano y hacía ademán de volverse, el doctor Stone, sudando profusamente, exclamó:

—¡Oh, Dios mío!

Los ojos de la señora Cadwallader parecieron salirse de las órbitas al ver la sangre, roja y fluida, que brotaba a borbotones de la vagina de la parturienta.

Una mano del doctor Stone voló hacia el maletín, buscando apresuradamente un torniquete mientras, con la otra, el médico taponaba el orificio por medio de una toalla.

—¡Es la placenta, señora Cadwallader! ¡Está mal colocada!

 —¡Dios bendito! —exclamó la mujer, apretando instintivamente a la silenciosa criatura contra su pecho—. ¡Morirá desangrada!

—No, si yo puedo evitarlo.

El doctor Stone introdujo los dedos en la vagina y, presionando el abdomen de la mujer con la otra mano, aplicó masaje a la matriz.

El ruido de unas fuertes pisadas en la escalera arrancó a Samuel de su inconexa meditación. Este se levantó penosamente.

El doctor Stone cruzó la estancia, se plantó resueltamente delante de él y dijo:

—Hicimos todo lo posible.

Por un instante Samuel pensó: ¡El niño ha muerto! —Lo lamento, señor Hargrave, no se ha podido salvar a su mujer.

Samuel miró al médico, sumido en el estupor, mientras la voz de Neville Stone añadía suavemente:

—Su esposa tenía la placenta anormalmente colocada, y eso ha dado lugar a una hemorragia excesiva. Pero... —apoyó una mano en el brazo de Samuel— hemos podido salvar a la criatura.

Samuel parpadeó en silencio y después dijo: —¿Mi Felicity? ¿Muerta?
—No lo considere una desgracia, señor Hargrave. La desaparición de su esposa no ha sido en vano. Aún le queda la pequeña.

En una repentina muestra de brutalidad, Samuel apartó bruscamente la mano del médico, se alejó a toda prisa y subió corriendo al piso superior. Una vez en el dormitorio, cayó de hinojos al lado de Felicity.

Parecía que estuviera dormida, un casto ángel adormecido, con su despejada frente brillante de sudor, las espesas y aterciopeladas pestañas descansando en las  pálidas mejillas y los párpados cerrados para siempre sobre sus ojos grises. La almohada parecía una aureola alrededor de su enmarañado cabello negro; se la veía tan serena, tan dolorosamente joven...

Un sonido ahogado se escapó de los labios de Samuel cuando este se enjugaba una lágrima con la mano. Mientras respiraba hondo para tranquilizarse, experimentó un momentáneo aturdimiento y después su olfato captó un olor acre que no acertaba a identificar. Frunciendo el ceño, Samuel dirigió la mirada hacia la mesilla de noche y a la mortecina luz de la lámpara de aceite trató de distinguir los objetos. Entonces lo vio con claridad: un frasco con líquido y un pañuelo.

Se levantó de un salto y rompió a temblar violentamente. El doctor Stone se apresuró a decirle:

—Fue la única manera de salvar a la criatura, señor Hargrave. De no haber sido por el cloroformo, ambos hubieran muerto y usted no tendría ahora el consuelo de un nuevo retoño.

Samuel parecía una estatua a punto de desplomarse. —¡Usted la ha matado! —¡Le aseguro que no, señor! En el estado en que se encontraba su esposa, ni toda la medicina del mundo hubiera podido salvarla. ¡Sin la anestesia, hubiera tenido usted que enterrar también a su hija!

El rostro de Samuel se ensombreció con expresión amenazadora; una oleada carmesí surgió como del cuello de su camisa, inundándolo hasta el nacimiento del cabello, mientras se le hinchaban las venas de la frente. El doctor Stone se alarmó; parecía que Samuel Hargrave estuviera a punto de sufrir un ataque. Pero entonces el rubor desapareció, el temblor se hizo menos intenso y Samuel pareció calmarse.

—No —dijo en tono apagado—, usted no tiene la culpa, doctor. La responsabilidad de la muerte de Felicity es solo mía. De lo que usted es culpable, doctor, es  de haber desafiado la voluntad de Dios. Ambos hubieran tenido que morir aquí esta noche porque este es el castigo que Él me había destinado. El niño es el producto de mis pecados. Lo que usted ha hecho, doctor, es salvar a una criatura que no tenía derecho a vivir.

—¡Un momento, señor!

Pero la señora Cadwallader acalló al médico con un ademán.

—Si usted no se hubiera entrometido, doctor, yo habría expiado mis pecados. Pero ahora, por culpa suya y de su maldito cloroformo, tendré que conservar un recuerdo viviente de esta noche...

El doctor Stone contempló horrorizado a aquel hombre y después se volvió para mirar al tembloroso animalillo envuelto en mantas en brazos de la comadrona. ¿Habría intuido su desdichada situación y por eso no había emitido aún ningún sonido?

—Disculpe, señor Hargrave —dijo el médico con más suavidad—, pero tenemos que resolver la cuestión del nombre. La última petición de su esposa en el momento de expirar fue que se bautizara a la criatura con el nombre de su marido. Como médico y caballero, tengo el deber moral y ético de ver cumplido su deseo antes de salir de aquí esta noche.

Samuel volvió la cabeza y contempló el pálido y sereno rostro sobre la almohada.

—Pues se llamará Samuel.
—Ahí está el problema, señor Hargrave. Su esposa creyó que la criatura era un niño.

Cuando Samuel volvió a mirar al médico, Neville Stone se quedó atónito: los oscuros ojos estaban llenos de odio y aborrecimiento. Pero, ¿hacia quién?

—Pues llevará mi nombre, doctor.
—¡No lo dirá usted en serio, señor! ¡Bautizar a una niña con un nombre masculino!

Samuel lanzó un grito, dio media vuelta, y cayó de  rodillas junto al lecho. Arrojando los brazos sobre el cuerpo de Felicity y hundiendo el rostro en su pecho, empezó a sollozar en silencio mientras el médico y la comadrona se retiraban al rincón más oscuro de la estancia, contemplando cómo se agitaba su encorvada espalda.

—Lástima de chiquilla —murmuró la señora Cadwallader—. Primero se queda sin madre y ahora también sin padre.

—Lo superará. En la hora del dolor, he oído muchos juramentos que después se olvidan. De momento, tenemos que ayudar a este pobre hombre y cumplir el último deseo de su esposa.

—Pero ¿qué puede usted hacer, doctor? Él está muy afligido y cualquiera sabe cuánto tardará en sobreponerse. ¡Y esa pobrecita sin un nombre tan siquiera!

Neville Stone se rascó con aire ausente las blancas patillas mientras contemplaba la trágica escena de la cama. Después, como si hubiera tenido una inspiración, se le ocurrió:

—Cumpliremos con nuestro deber cristiano, buena mujer. Tráigame, por favor, un poco de agua para bautizar.

Dio media vuelta y, abandonando el dormitorio, dejó a Samuel llorando en silencio sobre el cuerpo de su esposa y bajó la escalera para dirigirse al comedor, donde se encontraban los dos olvidados chiquillos, uno de pie, con los ojos muy abiertos, junto a la chimenea medio apagada y el otro escondido todavía como un perro debajo de la mesa. El doctor Stone se fue derecho en busca de la Biblia familiar y la abrió por una página adornada con dibujos de brillantes colores y filigrana de pan de oro: la Memoria de la Familia. El doctor Stone encontró la línea correspondiente al nacimiento de Matthew Christopher Hargrave, fechada el 14 de junio  de 1854, y escribió debajo: Hija de Samuel Hargrave y de su bienamada esposa Felicity (fallecida en este día), 4 de mayo de 1860, Samantha Hargrave...

2

Al cumplir los cuatro años, la niña aún no había pronunciado ni una sola palabra.

Había nacido en una casa oscura y silenciosa, y sus únicos compañeros eran un hombre antipático vestido de negro que se marchaba de casa temprano todas las mañanas y regresaba muy tarde por las noches, dos niños taciturnos y poco comunicativos y una criada dispéptica. La criada se sentía incómoda en presencia de aquella niña que parecía observarla siempre desde las sombras con sus grandes ojos de animal. Pensando que la niña era retrasada y no merecía los mismos cuidados que una criatura normal, la dejaba sentada en los peldaños de la entrada, para que no la molestara.

St. Agnes Crescent era un tramo de calle en forma de media luna empotrado en la confluencia de Charing Cross y High Holborn, a horcajadas de la estrecha frontera que separaba al Soho de Covent Garden. Cuando Samuel Hargrave se había trasladado allí con su esposa años antes, St. Agnes Crescent era un buen barrio de clase media, de casas construidas sobre terreno elevado, habitadas por laboriosos protestantes como los Hargrave. Pero después se produjo un enorme incremento de población que trajo consigo una abrumadora oleada de inmigrantes irlandeses muertos de hambre que empezaron a hacinarse en las ya superpobladas zonas de Seven Dials y Covent Garden. St. Agnes, situada en el camino de aquella embestida demográfica, fue ocupada por más residentes de los que podía contener y el número de sus habitantes se multiplicó, al igual que  el de los Dials, hasta cinco veces en pocos años. De ahí que el tramo de peldaños donde la atareada sirvienta dejaba a Samantha diese entonces a una mísera calle de barriada pobre.

A ambos extremos de la calle había sendas tabernas, llamadas La Carroza del Rey y El León de Hierro. En el mirador del primer piso de la casa vecina un descolorido rótulo rezaba Planchado a dos peniques la pieza, lo cual no significaba nada, pues los propietarios de la planchadora mecánica se habían mudado hacía tiempo y nadie se había molestado en quitar el rótulo. En la acera de enfrente abría sus puertas un humoso figón que servía asados de carne y frecuentaban peones y prostitutas, y en ambas direcciones del Crescent se veían tenderetes de verduras, ropavejeros, golfillos y pordioseros.

La criada, cuya hora preferida de la jornada era la de tomar el té con una lavandera del barrio, comentaba el misterio de que el señor Hargrave, que ganaba un buen sueldo en el Registro Civil, no hubiera dejado aquello, como habían hecho sus antiguos vecinos, para irse a vivir tal vez a una de aquellas bonitas casas nuevas de Brixton Road. Pero eso no era más que una de las desgracias con que tenía que habérselas la atribulada sirvienta; la otra era el problema de la niña.

—Téngala bien limpia, me dice —comentó un día entre el té y las tortas untadas con mantequilla—. ¡Y para él es como si no existiera! Cuando me vine a trabajar aquí hace casi cuatro años, me dio dos órdenes: que la tuviera quieta y lejos de su vista y que la llevara arreglada. No es difícil tener quieta a la niña, porque no habla. Es un poco anormal. ¡Y lo nerviosa que te pone! Anda constantemente en las sombras y nunca sabes si, al darte la vuelta, te la encontrarás allí, mirándote como si te estuviera estudiando o yo qué sé. No me gusta tenerla cerca, la verdad. Y, en cuanto a lo de llevarla arre glada, el amo es tan tacaño con el dinero, que no me deja comprarle ropa nueva. No tiene más que dos vestidos y yo me paso el tiempo en composturas porque crece muy deprisa. Le he pedido dinero para comprar un poco de tela y hacerle otro vestido, ¡pero ese hombre es capaz de mondar una patata en su bolsillo por no compartirla contigo! —mientras su amiga se inclinaba hacia delante con ávido interés, la criada añadió—: Y hay otra cosa muy rara en esa niña. No me deja que le toque el cabello. En cuanto me ve tomar el peine, se pone a chillar. Es como si supiera que no está bien de la cabeza y no quisiera que nadie se la toque. Y yo la dejo despeinada. ¿Cómo puedo tener aseada a la niña en esas condiciones? ¿Qué perdería su padre abriendo un poco la bolsa?

Estaba claro que no podía, por lo cual, cuando Samantha adquirió el suficiente valor para unirse a los chiquillos de la calle, su descuidado aspecto le permitió incorporarse inmediatamente al grupo.

Puesto que Matthew y James, que ahora tenían diez y trece años, iban diariamente a una escuela del estado y después se pasaban las veladas metidos en sus libros o estudiando las Escrituras con su padre, la pequeña Samantha se buscó una familia adoptiva en las calles. Aprendió rápidamente. Corría en silencio tras el grupo, siguiendo a los mayores y más expertos, explorando callejas y cubos de la basura, se columpiaba en las cuerdas de los tendederos y jugaba a las carreras y al escondite. Adquirió una indómita y desenfrenada libertad; descubrió el sol y la lluvia, se convirtió en una ágil acróbata y, aunque nadie sabía su nombre porque era muda, muy pronto se ganó la admiración de sus compañeros.

Su mejor amigo y protector era un niño de nueve años llamado Freedy cuya madre, una verdulera irlandesa, lo había envuelto en papel de periódico al nacer y  lo había dejado en un cubo de la basura. Un anciano desollador de gatos oyó su llanto al pasar y, en la creencia de haber tropezado con una buena pieza, descubrió el niño abandonado, se compadeció de él y se lo llevó a casa. El anciano, que ganaba su miserable existencia saliendo por las noches con un palo y un saco en busca de gatos, crió al huérfano y le enseñó su oficio. Había muerto de neumonía cuando Freedy contaba siete años, dejando al niño a su suerte, que este capeaba durmiendo sobre un saco en un agujero que había cavado bajo un cobertizo y pidiendo comida o bien robándola. A pesar de su desnutrición y de los dientes que le faltaban, el niño era un guapo pillete que sobrevivía gracias a su ingenio y a su habilidad de desollador, habiendo aprendido del anciano la forma de despellejar gatos cuando el animal todavía estaba vivo, ya que esas eran las pieles que más se cotizaban; hablaba ya con presunción de la taberna que tendría un día en propiedad.

Freedy fue quien consiguió que Samantha hablara por primera vez.

Aquella mudita de cuatro años y sonrisa encantadora era como una pequeña mascota y seguía a los pilluelos en todas sus aventuras. Una tarde a última hora, mientras regresaban de los Dials tras haberse pasado el día robando cebollas y salchichas, Samantha y Freedy bajaban por una callejuela iluminada por la luz del crepúsculo, cuando Freedy se detuvo de repente y Samantha tropezó con él.

—¡Escucha! —exclamó él en voz baja, moviendo la cabeza a uno y otro lado.

Samantha prestó atención y oyó, sobre el ruido de fondo del ajetreo londinense, un débil maullido.

—¡Es un gato! —dijo Freedy—. Ven, vamos a atraparlo, lo desollaremos y lo venderemos por seis peniques. ¡Prometo comprarte unos zapatos con el dinero!



Desconcertada, la pequeña Samantha siguió a Freedy mientras este se acercaba cautelosamente a un agujero de una valla. Agachándose, el niño miró hacia el interior.

—¡Tenía razón! ¡Y además está herido! No tendré que molestarme en perseguirlo y atraparlo. ¡Lo podré desollar tal como está!

Mientras él tomaba el cuchillo colgante de la cuerda que le servía de cinturón, Samantha se arrodilló y miró por el agujero. Un viejo gato atigrado, escuálido y sucio de barro, yacía sobre un costado. Tenía herida una pata.

Cuando Freedy extendió el brazo, Samantha movió con rapidez una mano y le apresó la muñeca. Su fuerza sorprendió al niño.

—¿Qué pasa?

Ella sacudió la cabeza con violencia, agitando sus negros rizos.

—Vamos, chiquitina —dijo él, tratando de librarse de su tenaza—. Esto significa para mí una cena como es debido.

Samantha abrió la boca y emitió un áspero sonido. —¿Qué es eso? —dijo él, frunciendo el ceño.

Le brotó de los labios como un chirriante susurro. —¡Daño!
—¡Puedes hablar! —exclamó Freedy, arqueando las cejas.

—¡Daño! —repitió ella sin soltarle la muñeca y sacudiendo aún la cabeza.

—Sí, cariño, ya sé que al gato le hace daño. Por eso me será más fácil...

—Ayuda, Freedy, ayuda...
—¿Tú quieres que ayude a este puerco gato? —dijo él, abriendo mucho los ojos y echándose hacia atrás.

Ella asintió enérgicamente. —¡Tú estás chiflada!



Las lágrimas asomaron a los ojos de Samantha. —Ayuda... al gato. Por favor...
Él clavó la mirada en su bonito rostro y sintió que su corazón de piedra se ablandaba al contemplar aquellos hermosos ojos grises, de negras pestañas.

—Pues, no sé. Yo iba a meter la mano y darle una cuchillada. Pero, si intentamos tocarlo y ayudarle, no nos dejará, eso seguro. Nos arañará de mala manera, no te quepa duda, los animales heridos lo suelen hacer.

Ella sacudió de nuevo la cabeza y se agachó. Sonrió, contemplando los dorados ojos en la oscuridad, e introdujo la mano. El viejo gato atigrado permitió que Samantha acariciara su espeso pelaje.

Freedy se quedó de una pieza.
—Bueno, que me aspen si lo entiendo...

Les costó una semana conseguir que el gato bebiera la leche robada de la alacena de Samantha. La niña tomó un poco de pan mohoso que la criada, por alguna misteriosa razón, guardaba siempre en una caja de hojalata, y echó sobre la herida aquella especie de borra de color verde, tal como una vez le había visto proceder a ella con un corte que Matthew se hizo en un brazo. Ambos niños se reunían todas las mañanas, después de salir el padre de Samantha hacia su trabajo, corrían a la calleja y curaban al gato. Puesto que Atigrado solo permitía que le tocara Samantha (había arañado a Freedy la vez que este lo intentó), el niño aguardaba con impaciencia, apoyado en la valla, mientras su amiguita acariciaba al animal, le daba de comer y le hablaba en murmullos con su nueva voz. Hasta que una mañana descubrieron que el viejo Atigrado había desaparecido.

Freedy fue también quien primero advirtió a la pequeña Samantha a propósito de Isaiah Hawksbill.

Había una oscura y silenciosa casa cerca de la esquina que resultaba muy misteriosa porque, a pesar de  tener las ventanas cerradas con tablas de madera, estaba habitada por un anciano que vivía solo y que encendía la imaginación de los niños con visiones de magia y brujería. Nadie veía jamás al viejo Hawksbill, pero los que le llevaban su menguada ración semanal de comida murmuraban por doquier que le habían visto (los paquetes tenían que ser depositados junto a la puerta posterior de la casa, donde el viejo dejaba el dinero en el interior de una lata, y algunos valientes con afanes de notoriedad habían permanecido ocultos acechando) y el espectáculo les espeluznó: un viejo marchito y arrugado y con un rostro tan feo que hubiera parado el tren de Brighton. Si a los niños de St. Agnes Crescent el nombre de Hawksbill les infundía terror (siempre cruzaban a la otra acera cuando se acercaban a la casa), a los mayores les provocaba recelo y desconfianza. Corrían historias sobre un espantoso crimen abominable que Hawksbill había cometido años atrás con una niña.

Samantha solía contemplar, desde el otro lado de la calle y con el brazo protector de Freedy alrededor de sus huesudos hombros, las ventanas cubiertas por tablas de madera, mientras los demás niños arrojaban fruta podrida contra la puerta de Hawksbill, donde quedaba pegada y se secaba hasta que la lluvia la arrastraba consigo. Y así transcurrían sus días: vagando por el Crescent con un grupo de pilluelos sin hogar y regresando por la noche a casa, donde la criada le daba de cenar y la mandaba a dormir: una extraña y pequeña criatura viviendo en la periferia de una fría familia ajena al amor.

Hasta que un día ella reparó en su padre y su padre reparó en ella.

Tenía seis años y llevaba un vestido remendado, demasiado estrecho para su escuálido cuerpo y tan corto que rayaba en lo indecoroso. Sus pies y sus piernas esta ban llenos de mugre, y el enmarañado cabello le llegaba hasta la cintura. Estaba sentada en el umbral de su casa, trazando un dibujo en el polvo de la puerta, cuando Samuel, que regresaba más temprano porque era el cumpleaños de la Reina y el Registro había cerrado a mediodía, empezó a subir los peldaños. Le dirigió a Samantha una palabra malhumorada, en la creencia de que era la hija de un vecino, y avanzó el pie para apartarla, cuando ella levantó de repente la cabeza y le miró a los ojos. Ambos se quedaron helados; él, alto y fúnebre, con la mano en el tirador de la puerta, y ella, agachada y sucia, a sus pies, con el rostro vuelto hacia arriba, como un mugriento girasol. Se miraron el uno al otro largo rato, descubriéndose por primera vez, contemplándose inexpresivamente, sin moverse; y entonces estalló súbitamente en el interior de Samuel Hargrave una pasión largo tiempo reprimida. Estaba contemplando el rostro de su bella Felicity.

Notando que la cabeza le daba vueltas y estremecido de repugnancia, Samuel vio que una diminuta y churretosa mano se extendía hacia la pernera de su pantalón y retrocedió de manera instintiva. Dando media vuelta, Samuel se dirigió apresuradamente a la puerta, tropezó en el umbral y su voz empezó a tronar por toda la casa, llamando a la criada. Acto seguido, se produjo una acalorada discusión:

—¡Va más sucia que un pilluelo!
—¿Y a usted qué más le da? ¡No le presta atención! —¡Yo la contraté para que cuidara de ella!
—Por cinco puercos chelines a la semana, no esperará usted que...

La criada fue despedida de inmediato.

Se mandó llamar a una vecina, madre de doce hijos, y se le entregó un chelín para que diera un buen baño a la niña, y después media corona para que le comprara ropa y zapatos. Mientras soportaba en silencio el áspe ro estropajo e incluso el cepillado del cabello, Samantha reflexionó acerca del milagro que había ocurrido.

Él se había fijado en ella...

3

Se contrató a otra criada y el propio Samuel se encargó por las noches de dar a Samantha la adecuada instrucción religiosa. Fue allí, junto al fuego de la chimenea del salón, donde Samantha descubrió su profunda capacidad de amar. Veía en aquel austero hombre como un salvador y en sí misma a una niña abandonada, porque, ¿acaso no la había sacado de las calles y ahora se ocupaba de ella? En un febril deseo de complacerle, Samantha se esforzó con el alfabeto y Samuel se sorprendió de la facilidad con que aprendía, pero no lo dio a entender. Trataba a la niña como a una desconocida, como si efectivamente la hubiera encontrado en la calle, y cumplía con ella sus fundamentales deberes cristianos, encargándose de que vistiera con decoro, estuviera alimentada y leyera las Sagradas Escrituras. Sus dos enfurruñados compañeros, unos chicos a los que apenas conocía (Freedy era para ella más hermano que James o Matthew), recibían su instrucción y después se iban a la cama sin jamás dar muestras de advertir su presencia.

De día Samantha seguía correteando por las calles con sus amigos del duro aprendizaje callejero, pero ahora les dejaba temprano, para regresar a casa a toda prisa, lavarse, cambiarse de ropa y aguardar ansiosamente el regreso de su padre.

Samantha se distinguía del resto de los pilluelos del Crescent por un detalle fundamental: no se había corrompido. Por muchas travesuras o correrías ilícitas en que participara, la pequeña Samantha se las arreglaba para conservar un sencillo sentido de la honradez.



A ello se añadía su inocente confianza en la bondad esencial de la naturaleza humana: todos los demás veían a la persona superficial, a la prostituta o al ladrón de cadáveres, pero la pequeña Hargrave, con toda la compasión heredada de una dulce madre a la cual nunca había conocido, siempre descubría detrás de la fachada un alma buena, una mujer que no había tenido suerte o un hombre que trataba de alimentar a su familia medio muerta de hambre. Samantha creía sencilla y firmemente que la gente se veía obligada a obrar el mal, que nadie era malo por condición.

Al principio Freedy pensaba que era una tonta, y así se lo decía a menudo, porque ella se compadecía de los vendedores de salchichas a quienes robaban; Freedy trató de explicarle la sencilla ley de la supervivencia de los más rápidos. Y cuando compadecida de los veteranos mancos de la guerra de Crimea que pedían limosna en Piccadilly Circus, les entregó lo que había robado aquel día, el niño trató de hacerle comprender que muchos de ellos eran impostores que escondían los brazos en el interior de la camisa y se daban la gran vida a costa de estúpidos como ella. Pero al cabo de algún tiempo, viendo que ella jamás podría cambiar y que, en comparación con los bribones sin principios con quienes él se juntaba, Samantha era una preciosa singularidad, Freedy desistió de su intento de hacerla cambiar.

Y si no acertaba a descubrir ningún mal en los desdichados habitantes del Crescent (en su fuero interno ni siquiera temía al viejo Hawksbill), era lógico que Samantha viera en su padre/salvador la encarnación de todo lo mejor. Ganarse su aprobación era lo que más deseaba en el mundo. Sin embargo, al comprobar que, tras haberse pasado varias semanas bregando con el alfabeto y esforzándose al máximo, no conseguía arrancarle el menor elogio, Samantha buscó otro medio de complacerle.



Bajaba un día por la calle con un cubo de agua de la bomba situada al final del Crescent, porque su casa no tenía agua corriente, cuando Freedy se le acercó por detrás y tomó el asa del cubo, dirigiéndole una desdentada sonrisa.

—No te veo mucho últimamente, señorita Remilgada.

Samantha se limitó a encogerse de hombros mientras descendían por la sucia calle, derramando el agua del cubo que llevaban entre los dos; Freedy no entendía demasiado de padres. Cuando llegaron frente a los peldaños de acceso a la casa, Freedy se jactó de la gran cantidad de peniques que había ganado últimamente.

—¿Y de dónde saca tantas monedas la gente como tú? —le preguntó ella.

—Del curtidor de ahí abajo —contestó él, levantando perezosamente un brazo—. Te da medio penique por cubo. Lo necesita para curtir.

—¿Cubo de qué?

Freedy se comprimió el hundido estómago y soltó una carcajada.

—¿Un cubo de qué? ¿Se lo quieres preguntar tú misma, señorita Remilgada?

Samantha le miraba alejarse calle abajo y riéndose, y entonces le vino la inspiración: con unos cuantos peniques podría comprar alguna cosa para complacer a su padre.

Resultó que el curtidor necesitaba excrementos de perro para su trabajo y los pagaba a medio penique el cubo. Se tardaba todo un día en llenar un cubo y, puesto que muchos niños se dedicaban a ello, la competencia era muy reñida. Cargada con el cubo y la pala que el curtidor le había facilitado, Samantha recorrió los pasajes y las callejas, procurando evitar la casa de Hawksbill, a pesar de que los peldaños de su entrada estaban llenos de excrementos, y al anochecer se dirigió a casa del curtidor entre las burlas de sus amigos:

 —¡Ahí vienen las natillas!

Samantha se abrió paso estoicamente, pero dio rienda suelta a las lágrimas cuando, al recibir el medio penique del curtidor, un golfo se lo arrebató de las manos y se quedó con él. Después las bromas se convirtieron en provocaciones y alguien tuvo el descaro de adelantarse y tirarle del pelo. En aquel momento, una patata podrida voló por los aires y dispersó al grupo entre gritos, y entonces apareció Freedy, sonriendo.

Mientras la acompañaba a casa, su amigo escuchó el triste relato de los acontecimientos del día (Samantha estaba agotada y sucia y lo peor era que había perdido su dinero) y, al llegar a la puerta, se plantó con las manos en las caderas.

—Eres muy tonta, Samantha Hargrave, a pesar de lo mucho que lees y escribes. Los demás no trabajan tanto como tú. No hay suficiente caca de perro por ahí. Hubieras podido llenar el cubo con la tuya y elevar un poco el nivel. El curtidor no nota la diferencia. ¡Eres una cándida, señorita Remilgada, ni siquiera sabes vender tu propia caca!

Y Freedy se alejó calle abajo entre risas.

Cinco minutos más tarde, Samuel inspeccionaba, frunciendo la nariz, las manchas pardas que su hija traía en las manos y en el vestido y la entregaba a la adusta ama de llaves, que le propinó una buena azotaina y la envió a la cama sin cenar.

Dos días más tarde, James se fue a Rugby.

La mañana de su partida, James, que tenía dieciséis años, bajó vestido con su traje de domingo, portando una deteriorada cartera. Tras despedirse ceremoniosamente de su padre, James salvó los peldaños de la entrada y desapareció.

Al año siguiente hubo cartas, breves epístolas que se limitaban a describir las triviales incidencias de la vida escolar de James. «La semana pasada jugué al críquet y  me confiaron el bate; lancé una pelota y me sacaron porque el capitán dijo que, si la pelota hubiera llegado lo bastante lejos, hubiera fallado.» Puesto que no podía practicar deportes debido a sus deficiencias auditivas, James se entregaba al estudio en cuerpo y alma y tenía que esforzarse mucho más que sus compañeros porque, a causa de su sordera, le resultaba difícil seguir las clases.

Y después, con la misma rapidez con que se había ido, James regresó a casa. Tenía un año mas y era más sabio y traía orgullosamente consigo un diploma en matemáticas. Samantha se alegró del regreso de su hermano porque este había crecido y era muy guapo y se parecía mucho a su padre. Pero James no se quedó en casa mucho tiempo ya que, poco después, fue enviado a Oxford, y esa vez su padre le acompañó.

La mañana en que salieron hacia un lugar que llamaban la estación de Paddington, Samantha se encontraba sentada en los peldaños de la entrada, apoyada la barbilla en las manos. Freedy apareció como por ensalmo, tal como acostumbraba hacer (habilidad esta que le permitía librarse de las garras de la policía). Se sentó torpemente a su lado, porque ahora tenía catorce años y era muy desgarbado, y le preguntó:

—¿Por qué pones esa cara?
—Mi padre y mi hermano se han ido en un tren y a mí me hubiese gustado acompañarles.

—¿Adónde van?
—A Oxford, vete tú a saber qué será eso.
—¿Y a qué han ido?
—No lo sé. Hablaban de la medicina y de estudiarla. Freedy, ¿cómo se estudia un frasco de medicina?

Su amigo se dio una palmada en la rodilla, que sobresalía a través de la raída tela de sus pantalones, y soltó una carcajada.

—¡No se estudia un frasco de medicina, tonta, es la ciencia de la medicina!

 —¿Y por qué se van mi papá y mi hermano a Oxford? —preguntó ella, levantando el rostro para mirarle.

—Supongo que significa que tu hermano va a ser médico.

—¿Y para qué tiene que ir a Oxford? Lo único que hace un médico es meterte una cucharada de cosas malas en la boca.

Freedy se inclinó hacia ella, brillantes los ojos, y dijo en tono misterioso:

—¡Oh, los médicos hacen mucho más que eso! ¡Cortan a las personas, las cortan en lonchas como si fueran jamón, eso es lo que hacen!

Samantha avanzó su sensual labio inferior.
—¡No lo creo! ¡Mi hermano jamás haría una cosa así!

—Lo hará cuando sea médico. ¡Creen que es elegante!

—¿Y tú cómo lo sabes?
—Te lo enseñaré. —Freedy se levantó de un salto y la miró sonriendo—. ¿Vienes conmigo, bonita?

—¿Adónde? —preguntó la pequeña, mirándole con expresión recelosa.

—¡Donde los médicos cortan a la gente!

4

Le acompañó por las calles de Londres, bajando por Charing Cross Road hasta llegar a Tottenham Court Road, para seguir después por University Street. El North London Hospital, de cuatro pisos de altura, se levantaba frente al University College y resultaba tan impresionante que Samantha se quedó sin respiración. Eran las diez de la mañana y en la entrada principal se registraba mucho ajetreo. Freedy le hizo señas a Sa mantha mientras rodeaban el edificio para dirigirse a un patio trasero ocupado por gran número de carretas y coches.

Algunos estudiantes de medicina se encontraban junto a la entrada posterior formando un apretado grupo, todos erguidos y apuestos y hablando en voz baja.

—Son como tu hermano, Sam —murmuró Freedy—. Eso es lo que es James.

Ocultándose detrás de un carretón, Samantha y Freedy observaron a los estudiantes y, un minuto más tarde, vieron entrar nerviosamente en el patio a tres muchachas. Como empezaban a reírse de forma histérica, un joven se acercó un dedo a los labios, tomó del brazo a una de ellas y la acompañó hacia la puerta. Cuando todos hubieron entrado, Samantha y Freedy salieron de su escondite y atravesaron la puerta posterior del hospital.

Una vez sus ojos se hubieron adaptado, Samantha vio que se encontraba en un angosto pasillo enlosado, a ambos lados del cual había sendas puertas de doble hoja. La de la izquierda estaba entreabierta; Samantha atisbó rápidamente y lanzó un jadeo. Tendido en una mesa alargada, desnudo y de un blanco amarillento, vio el cadáver de un joven. Le rodeaban cuatro hombres de camisas arremangadas, hurgando en una cavidad que Samantha no alcanzaba a ver. El que visiblemente dirigía el grupito, un gigantón de rojizo cabello entrecano que llevaba un delantal de carnicero manchado de sangre, estaba comentando serenamente algún detalle.

—¿Quieres irte a casa, melindrosa? —le murmuró Freedy al oído.

Tragando saliva, Samantha sacudió la cabeza y le siguió pasillo abajo hasta la puerta más pequeña por donde habían entrado todos los estudiantes. Cruzó de puntillas el enlosado, abrió temerosamente la puerta y se encontró al pie de una oscura y angosta escalera. En lo  alto de la escalera había otra puerta abierta de la cual surgían luz y voces.

—No tendríamos que hacer esto, Freedy —murmuró.

El muchacho se encontraba a su espalda, con una mano apoyada en su cintura.

—Ya sabía yo que no tendrías valor. Eres una miedosa, como siempre imaginé.

—¡No lo soy!
—Cállate si no quieres que nos echen. Bien, pues si no tienes miedo, sube.

Samantha inició el ascenso. Al llegar arriba, se detuvo y miró cautelosamente por el marco de la puerta. Vio la última grada de una sala de operaciones. En las tres inferiores se apretujaban los estudiantes de medicina, los médicos y los auxiliares, hombro con hombro, inclinados ávidamente sobre las barandillas metálicas, con los ojos clavados en la vacía mesa de operaciones, como si estuvieran aguardando el comienzo de una representación teatral. En la última grada, hacia el otro extremo, se encontraban acomodados los estudiantes de medicina con sus nerviosas y agitadas acompañantes.

Samantha se quedó en el rincón, apretujada contra el duro cuerpo de Freddy, y vio abrirse la puerta de doble hoja de abajo. Apareció el gigante pelirrojo, todavía con el delantal de carnicero que llevaba en la sala de autopsias. Su presencia dio lugar a un inmediato silencio. Era el señor Bomsie, profesor de cirugía clínica. Le acompañaban los tres ayudantes de la sala de autopsias, con las manos y los brazos todavía manchados de sangre oscura, e, inmediatamente después, dos hombres introdujeron en la sala de operaciones un cesto de mimbre que contenía a un paciente.

Era una frágil mujer, asustada y temblorosa como un gorrión; mientras la ayudaban a subir a la mesa y sus ojos miraban con inquietud los impersonales rostros  que la estaban observando, uno de los ayudantes empezó a desabrocharle el vestido y el señor Bomsie se dirigió con voz de trueno a los presentes:

—La paciente es una hembra de veinticinco años que, por lo demás de buena salud, trabaja de sirvienta en Notting Hill. Su amo la envió al doctor Murray, tras haberse quejado ella de un intenso dolor en el pecho derecho. El examen reveló un pezón retraído que sangra constantemente y un bulto del tamaño de una manzana. Sin una intervención quirúrgica, moriría antes de un año.

Bomsie le hizo una seña a uno de los ayudantes. El joven se dirigió a un armario adosado a una pared y eligió los instrumentos preferidos del señor Bomsie: dos escalpelos, un tenáculo, unos cuantos torniquetes de Liston, unas tijeras. Después los depositó en una bandeja junto a la cabeza de la mujer.

Ataron con correas a la paciente que, con el pecho al descubierto, estaba suplicando ahora que la soltaran.

El North London Hospital había tenido el raro privilegio de ser el primer hospital de Inglaterra en que se había utilizado la anestesia durante las operaciones, lo cual no significaba, sin embargo, que ello fuera una práctica habitual; la conveniencia de utilizar o no cloroformo quedaba a la discreción del cirujano en cada caso, y el señor Bomsie había decidido no utilizarlo. Su opinión era compartida por muchos colegas suyos: eran demasiados los pacientes que morían debido a la inhalación del cloroformo y del éter. No valía la pena correr el riesgo de que murieran a causa de la anestesia para ahorrarles unos minutos de dolor durante la operación. Esa era la explicación que el señor Bomsie daba en público. Sin embargo, la razón secreta de que desdeñara la anestesia residía en su edad —tenía sesenta y tantos años— y en el hecho de ser un eminente cirujano casi legendario.



No hacía mucho tiempo, antes de la aparición de la anestesia, el mejor cirujano era el más rápido, aquel que más ahorraba al paciente los sufrimientos. En su larga e ilustre carrera, Gerald Bomsie se había hecho famoso por ser uno de los cirujanos más rápidos de Inglaterra. Sin embargo, con la llegada de la anestesia, gracias a la cual el paciente ya no gritaba y forcejeaba con las correas sino que dormía tranquilamente, los cirujanos podían trabajar despacio. Los criterios de la fama estaban cambiando: se elogiaba no a los más rápidos sino a los más hábiles, y aunque Gerald Bomsie era legendario en cuanto a lo primero, dejaba mucho que desear en lo segundo. La anestesia le estaba robando celebridad. Y puesto que muchos de los cirujanos de más edad seguían operando al estilo antiguo, sin utilización de anestesia, ninguno de los presentes en la sala en aquella fresca mañana de mayo cuestionaba el método del señor Bomsie.

Sujetando el escalpelo con los dientes, para poder alisarse la leonina melena con las manos, y haciendo caso omiso de los gritos de terror de la joven tendida delante de él, Gerald Bomsie extendió los dedos sobre el pecho enfermo, para estirar la piel, y lo abrió con un limpio corte.

Todos sacaron los relojes de bolsillo para cronometrar el tiempo. Samantha oyó que alguien decía en voz baja:

—No parpadees, ¡es el más rápido desde Liston! ¡Yo le vi cortar una vez de un solo tajo la pierna y los testículos del paciente, tres dedos de su ayudante y los faldones del frac de un espectador!

Los ojos gris paloma de Samantha se abrieron en hipnotizada fascinación. El pecho estaba siendo levantado de la pared del tórax y la sangre se escapaba en torrente hacia unos cubos de serrín colocados debajo de la mesa. Cuando el bulto de ensangrentada carne ama rillenta cayó al suelo, las vigorosas manos del señor Bomsie efectuaron rápidamente unas ligaduras alrededor de los puntos sangrantes, vertieron agua sobre los relucientes músculos rojos y después unieron la piel con tiras de esparadrapo.

La salva de aplausos despertó a Samantha de su estupor. Vio que la paciente se había desmayado, por suerte para ella, al igual que las amigas de los estudiantes.

Mientras se llevaban a la paciente, el señor Bomsie se lavó las manos, algo que los cirujanos solo hacían después de una operación, y se dirigió de nuevo a los presentes. Pero Freedy y Samantha no se quedaron a escucharle. Bajaron a escondidas la escalera y corrieron hacia el pasillo, para ver adónde llevaban a la operada.

Nadie prestó atención a los dos zarrapastrosos chiquillos mientras seguían a los hombres que portaban el cesto. Llegaron a un vestíbulo lleno de médicos y estudiantes, pacientes apoyados en las paredes o tumbados en el suelo y visitantes con sombreros de copa y crujientes crinolinas. El cesto de mimbre fue introducido a través de una de las puertas que daban al vestíbulo. Freedy le dirigió a Samantha una sonrisa pícara.

—Estás un poco pálida, bonita. Ya no puedes soportarlo más, ¿verdad?

—Si tú puedes, yo también —contestó ella con dificultad.

Entraron en la sala sin que les vieran.

Lo que primero les hizo pararse en seco fue el hedor. Cubriéndose la nariz con el extremo de su pañoleta, Samantha contempló la escena: una alargada habitación con una chimenea al fondo y una hilera de camas flanqueando ambas paredes. Esforzándose en no marearse, Samantha recorrió con perpleja mirada las camas de las mujeres: algunas gemían, otras gritaban, algunas pedían la muerte y unas pocas conocían un caritativo reposo. Era la sala de enfermas operadas,  y todas ellas, aquejadas por infecciones de diverso grado, habían sufrido alguna forma de mutilación quirúrgica.

Cerca de la chimenea había una mesa junto a la cual se encontraba sentada una hermana de la congregación de Todos los Santos, vestida con un sencillo hábito de holandilla marrón, con toca y delantal blanco, sorbiendo una taza de té. En la pared, a su espalda, había un aviso que decía: Las sábanas tienen que cambiarse una vez al mes, sea necesario o no. A lo largo del pasillo, que separaba las dos hileras de camas, y entre estas, las criadas del pabellón se afanaban en sus tareas: vaciar los orinales, dar la vuelta a las pacientes, aplicar emplastos, barrer los suelos. Otra hermana estaba haciendo inventario junto a un armario y efectuando anotaciones en un cuaderno. Samantha no sabía qué era peor, si el ruido o el hedor. Ninguna cámara de torturas hubiera podido ofrecer un coro más patético de sufrimientos humanos. Y, sin embargo, no podía cubrirse los oídos con las manos porque tenía que protegerse la nariz; en ningún lugar, ni siquiera en los callejones durante los calurosos días estivales, había sido asaltada por una fetidez tan espantosa. Samantha se percató de cuál era la causa de aquellas malolientes emanaciones: las llagas purulentas, las heridas que rezumaban, la carne gangrenada, los riachuelos de pus verdoso. Era el olor repugnante de unos cuerpos vivos pudriéndose.

Observó que el cesto de mimbre estaba vacío porque la desdichada criatura, con el busto todavía al aire, dejando al descubierto el pecho sano y el rojo y húmedo corte de la herida, había sido colocada en una cama. En el lecho vecino Samantha vio a un cirujano y a tres estudiantes examinando a una bonita niña de diez años a la que habían amputado una pierna por debajo de la rodilla y cuyo muñón descansaba sobre una bandeja para recoger el pus que manaba de la herida. Mientras  hablaba, el cirujano retiró el vendaje de la niña: un rectángulo de brocado con unas iniciales bordadas, donado caritativamente por alguna familia pudiente. Arrancó el trozo de tela, tirando de él en los lugares en que se había pegado, y lo arrojó a los pies de la cama. Una hermana lo recogió inmediatamente, lo llevó a la cama de al lado donde la joven recién operada del pecho estaba llorando sin poderse contener y lo aplicó sobre el sangrante corte, fijándolo con esparadrapo de colapez.

Mientras otras dos hermanas se acercaban para ayudarla, una de ellas observó la presencia de los niños y gritó:

—¡Vosotros! ¡Largo de aquí!

Dando media vuelta, Freedy y Samantha echaron a correr, atravesaron a toda prisa el bullicioso vestíbulo y salieron por la puerta principal. Corrieron con toda la rapidez y agilidad de su juventud y experiencia, escalando vallas y saltando zanjas hasta que por fin cayeron agotados junto a un muro, jadeantes.

Freedy rompió a reír.
—Tengo que reconocerlo, Sam, ¡nunca te hubiera creído capaz de tanto! ¡Aún no he conocido a ninguna mujer que no se desmaye viendo eso!

Una vez recuperado el resuello, Samantha permaneció en silencio, clavados los ojos en el mugriento muro de ladrillo del otro lado. Freedy enmudeció también y entonces ella le dijo suavemente:

—No está bien, Freedy.
—Vamos, Sam, ¿dónde está tu valor? Todo el mundo lo hace, entrar a escondidas en el hospital...

—No me refiero a eso. —Samantha le miró con una expresión de sorprendente madurez en una persona de tan pocos años, fijos en él sus grandes ojos grises—. Hablo de lo que ocurre allí dentro. Los médicos tienen que ayudar, no torturar.

 —Lo hacen con buena intención, Sam. Puede que no sepan hacerlo mejor.

Ella apartó la cabeza y se entregó a profundas y angustiadas reflexiones.

Se pasó varias semanas sufriendo pesadillas, y de día la perseguían los terribles recuerdos del hospital. Lo que la trastornaba, sin embargo, no era el temor de aquel lugar ni la repugnancia que todo ello le había causado, tal como Freedy suponía, sino la espantosa sensación de que aquello estaba mal.

Cuando la preocupación de Samantha por el hospital se convirtió en una obsesión dominante, ocurrió algo que la distrajo.

Al trocarse el verano en un invierno que cubrió Londres con un manto de sucia nieve, el fervor religioso de Samuel Hargrave se intensificó. Aquel año, cuando no recorría las calles en compañía de Freedy, Samantha ayudaba a su padre por las noches en su divina misión: su tarea consistía en coser los opúsculos.

No satisfecho con hablar desde el púlpito algunos domingos, Samuel empezó a pronunciar sermones por las calles. Provisto de los opúsculos bíblicos que él mismo escribía y hacía imprimir, y que Samantha cosía a la luz de una lámpara, Samuel Hargrave recorría los lugares donde se producían las escenas más licenciosas de Londres —Cremorne Gardens, Haymarket y Regent Street—, arrojando sus folletos a las prostitutas e invitándolas a arrepentirse. Su fanatismo fue operando en él un lento cambio que Samantha, en su ciego afecto, no acertó a ver. Y una noche Samuel hizo una cosa muy rara.

Mientras Samantha se hallaba inclinada sobre los opúsculos con el cabello cayéndole hacia delante y las  mejillas y la frente bañadas en la lechosa luz de la lámpara, sintió fija en ella la intensa mirada de su padre. Al levantar la cabeza, le sobresaltó la vehemencia de sus ojos. Samantha le estuvo mirando largo rato, desconcertada pero sin asustarse, hasta que él abrió la boca y ella le oyó decir:

—Felicity...

Sin saber a qué se refería, porque no conocía a nadie que se llamara así, Samantha le preguntó:

—¿Qué ocurre, padre?

Su vocecita pareció abrir una puerta. El rostro de Samuel, por primera vez en diez años, se ablandó mientras los ojos se le empañaban levemente. Al verlo, Samantha lanzó un grito, se levantó de su silla y, corriendo hacia él, le echó los brazos al cuello y rompió a llorar contra su pecho. Por un instante, él se lo permitió, aunque no le devolvió el abrazo, y ella pudo oír los latidos terriblemente acelerados de su corazón. Después Samuel apartó a su hija y, una vez recuperado el dominio de sí, siguió escribiendo su sermón.

Dos días más tarde, hizo el anuncio.

Ya era hora, dijo en el tono que utilizaba para quejarse de una chuleta poco asada, de que Samantha aprendiera el significado del buen trabajo cristiano y el valor de un chelín. Al fin y al cabo, ya tenía diez años y se estaba acercando rápidamente al umbral de la edad adulta. Había un caballero viudo, le explicó lacónicamente, que necesitaba quien le ayudara en los trabajos domésticos: una mujer que le preparara la comida y le limpiara la casa. Cuando quiso comentar que era absurdo enviarla a ella a servir a otra casa y conservar, en cambio, a la criada, Samantha vio, por su resuelta manera de apretar la mandíbula, que sería inútil disentir. Iría todas las mañanas, le explicó él, a la casa del hombre con quien había concertado el trato; se llevaría la comida y la cena y regresaría a casa a dormir, dado que  el caballero en cuestión no deseaba que lo hiciera en la suya.

Samantha empezaría al día siguiente y el nombre del caballero era Isaiah Hawksbill.

5

Lo primero que advirtió Samantha fue el nauseabundo hedor que se escapaba a través de la puerta abierta; lo segundo fue la extrema fealdad del hombre. Mirándole boquiabierta, Samantha trató de disimular su sobresalto. Porque Freedy la había avisado de que, como demostrara tenerle miedo, caería en poder de Hawksbill.

—Pasa —le dijo él con aspereza—, eres la chica Hargrave.

Samantha tragó saliva y cruzó el umbral.

Se encontraban en el fregadero de la cocina y, una vez sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad, a Samantha se le cortó el aliento. El espectáculo era sorprendente, con platos y cacharros sucios por todas partes, restos de comida putrefacta, mugrientas jarras y trozos de pan florecido.

—Empezarás por aquí —le dijo él bruscamente y Samantha observó que tenía un defecto de pronunciación o bien un leve acento extranjero—. No tengo tiempo de ocuparme de este desorden, pero no me queda una cuchara limpia y estoy harto de prepararme la comida.

Sus ojillos verdes brillaban por debajo de unas pobladas cejas canas; el cabello, blanco como la nieve, estaba enmarañado y necesitaba un corte y su hirsuta barbilla, un buen afeitado. Llevaba una arrugada levita, una corbata torcida y una camisa blanca que había adquirido un tono grisáceo y estaba llena de lamparones. En conjunto, no era, en realidad, más que un anciano  descuidado, pero a Samantha le pareció verdaderamente el monstruo sobre el cual Freedy la había prevenido.

Experimentó súbitamente el impulso de dar media vuelta y salir huyendo, pero entonces recordó que estaba allí por deseo de su padre (debido cualquiera sabía a qué misteriosa razón) y, recordándolo, se sintió dominada de inmediato por su perpetuo afán de complacerle. Por su padre, se quedaría.

—Esto te va a llevar todo el día —dijo Hawksbill con voz agria—. A las doce, me traerás pan remojado con leche. Hay una habitación al final del pasillo, al otro lado de la sala; la puerta estará cerrada con llave. Dejarás el plato en el suelo y regresarás aquí. En ningún caso debes llamar. Para la cena, hay pollo frío en aquella alacena. Toma un ala para ti y tráeme el resto en una escudilla. Déjalo frente a la puerta y márchate. Cuando hayas comido, vete. No volveré a hablar contigo hasta mañana por la mañana. ¡Si tienes alguna pregunta que hacer, guárdatela!

Isaiah Hawksbill se detuvo un momento y miró de hito en hito el tembloroso cuerpecito de la niña con sus perversos ojillos; después dio media vuelta y se alejó renqueando.

El trabajo equivalía a un esfuerzo hercúleo, pero la pequeña Samantha puso manos a la obra con todo su entusiasmo, esperando recibir del señor Hawksbill una alabanza de la cual pudiera hacer ofrenda a su padre. Se dedicó estoicamente a limpiar los estantes, los rincones, la pila y el suelo, arrojando la repugnante basura a un cubo de la trasera de la casa, y después lavó, fregó y frotó hasta que las manos se le quedaron en carne viva. A mediodía llevó el plato de pan remojado con leche hasta el fondo de un largo y oscuro pasillo, se detuvo ante la puerta cerrada y prestó atención. De dentro llegaba el débil rumor de las pisadas de alguien que caminaba arrastrando los pies. Más tarde, a la hora de cenar, re gresó con el pollo rancio y encontró el plato vacío en el lugar en el que ella lo había dejado. Adentro, inquietante silencio.

La casa era oscura y polvorienta y los muebles aparecían cubiertos por sábanas; la escalera subía hacia una siniestra oscuridad. Al caer la noche, Samantha empezó a estremecerse de miedo y, puesto que no tenía apetito, arrojó el ala del pollo al cubo de la basura, cerró de golpe la puerta de atrás y regresó a casa corriendo.

A la mañana siguiente, Isaiah Hawksbill la estaba aguardando.

—Me tienes que cambiar la ropa de la cama. Hace casi un año que no se ha tocado. Tendrás que deshacer la cama, lavar las sábanas y tenderlas. Encontrarás sábanas limpias en algún armario de por ahí. Mi almuerzo será lo mismo de ayer y, para la cena, hay una lata de carne. Extiéndela en una capa delgada (delgada, he dicho) sobre unas cuantas rebanadas de pan y déjamelas delante de la puerta. Toma tú una rebanada.

El viejo extendió súbitamente la mano y le asió dolorosamente el brazo.

—Hay algo que tienes que meterte bien en tu cabeza de mocosa, y es que jamás debes intentar entrar en la habitación que tengo bajo llave. El resto de la casa me importa un bledo, pero esta habitación... —se inclinó hacia delante, casi rozándole el rostro con el suyo—. ¡Como te pille una vez, aunque solo sea una, tocando el tirador de aquella puerta, desearás no haber nacido!

Al término de la semana, Samantha estaba agotada. Las tareas diarias en la sombría casa de dos pisos de Hawksbill hubieran sido suficientes para mantener ocupadas a dos robustas muchachas, por lo cual cabe imaginar lo que eso significaba para una endeble chiquilla de diez años: encender la lumbre por la mañana y poner el agua a calentar, limpiar y rascar la parrilla, sacudir las pesadas alfombras y volverlas a extender, qui tar el polvo de los estantes, sacar la basura, y limpiar la chimenea hasta quedarle los brazos completamente negros. Hawksbill le daba nueve peniques y esperaba que comprara con ellos pan y empanadas de carne casi podrida y leche que era agua en un setenta por ciento. Pero, cuando depositaba en la palma de su mano los tres chelines (Samantha no sabía que casi todas las criadas ganaban seis o siete), todo su cansancio se desvanecía. Serían una ofrenda de amor a su padre.

—Bueno, ¿qué tal va eso? —le preguntó Freedy, acercándose a ella mientras regresaba a casa.

—Es una vivienda como otra.
—¿Hace cosas malas el viejo?

Samantha pensó en la habitación cerrada.
—Que yo sepa, no.

Freedy largó un puntapié a una piedra con su pie descalzo. Tenía casi quince años, era alto y desgarbado y se le estaba empezando a desarrollar la musculatura bajo su ajustada y sucia camisa.

—Harry Passwater dice que el viejo le hizo una vez una cosa fea a una niña pequeña. Estuvieron a punto de ahorcarle, pero embrujó a los testigos y nadie pudo demostrar nada.

—Harry Passwater no tendría que andar contando historias.

—¡Vamos, no te des aires conmigo, Samantha Hargrave! ¡Aunque seas una chica de servicio, no estás en casa de un miembro del Parlamento!

Al llegar a la puerta de su casa, Freedy se volvió de golpe y asió impulsivamente a Samantha por los hombros. Con una seriedad que ella jamás había conocido, dijo en tono grave:

—Si ese vejestorio te toca un pelo tan siquiera, ¡te juro que le machacaré los cochinos sesos!

Ella le vio alejarse corriendo y entró a toda prisa en la casa. Su padre tomó los chelines sin decir palabra.



Mientras el verano se trocaba en otoño y el otoño se transformaba en un húmedo y melancólico invierno, los días se fueron confundiendo en sucesiones de semanas, y una aburrida monotonía, con la excepción de alguna que otra carta ocasional de James desde Oxford, se apoderó de la vida de Samantha. Según pasaba los días entre las silenciosas y tristes paredes de la sombría casa de Hawksbill y las noches estudiando la Biblia junto a la chimenea, la curiosidad empezó a crecer en su interior.

¿Qué haría el señor Hawksbill al otro lado de la puerta cerrada?

6

Isaiah Hawksbill tenía dos secretos muy bien guardados: el primero de ellos estaba enterrado bajo las tablas del suelo del recibidor, y el segundo era el hecho de ser judío.

Isaiah Rubinovich, nacido en la yerma franja de tierra que discurre a lo largo de la frontera occidental de Rusia y que se conoce como la Empalizada, era hijo de un pobre buhonero y de su mujer tuberculosa. Se había visto obligado a huir del gueto cuando se habían presentado una noche los «hachas» en busca de jóvenes judíos con que completar el cupo militar: el zar Nicolás había ordenado que todos los muchachos judíos de entre doce y dieciocho años fueran reclutados al objeto de cumplir veinticinco años de servicio. Isaiah se había marchado con un pan en el bolsillo, prometiendo regresar algún día, cuando la situación fuera más segura. De eso hacía cuarenta y cinco años.

La casualidad y un agudo ingenio le habían permitido atravesar Polonia y llegar a Alemania, donde los  judíos gozaban de mayor libertad y la atmósfera académica estaba en pleno apogeo. Tras ganarse la vida como aprendiz de botica, Isaiah Rubinovich se matriculó en la Universidad de Giessen, donde estudió farmacología bajo la guía del famoso barón Von Liebig. Aunque soñaba con regresar algún día a su patria, el solitario y joven Isaiah estaba convencido de que su sueño era una quimera porque, durante su ausencia, la extensión de la Empalizada se había reducido y casi todos los judíos rusos vivían al borde de la inanición y en la desesperanza. En la Europa occidental, aunque se sentía solo y echaba de menos a los suyos, Isaiah gozaba de libertad intelectual y tenía la seguridad de que podría abrirse camino y prosperar.

Después de destacarse como erudito y químico y recibir el espaldarazo de la comunidad científica, Isaiah inauguró una floreciente farmacia y se granjeó el aprecio de muchos médicos eminentes. Sin embargo, la viveza de su carácter y su temperamento apasionado le hicieron caer en desgracia ante los poderes públicos. Entonces abandonó el continente y se perdió entre la población en rápido desarrollo de Londres donde cambió de apellido (tomando el de una taberna de la zona) y logró abrir otra próspera farmacia, se casó con una bella judía inglesa llamada Rachel y disfrutó largos años de felicidad, hasta que estalló la epidemia de cólera de 1848, que se llevó a su mujer.

Cerró la tienda, condenó con tablas las ventanas de su casa y juró que jamás volvería a tener ningún trato con la sociedad.

Recibió a Samantha en la puerta trasera, como acostumbraba hacer, a las siete en punto. Aquella mañana, sin embargo, llevaba una polvorienta chistera sobre el enmarañado cabello y se había puesto un gabán.

 —Tengo que salir, mocosa. Me fastidia mucho, Dios sabe el tiempo que hace que no piso la calle; pero se trata de una diligencia urgente.

Aunque se entregó inmediatamente a sus tareas con toda la vigorosa determinación de que pudo hacer acopio su frágil cuerpo y pese a estar acostumbrada a trabajar sola y a vagar por la casa sin la compañía de nadie, aquella mañana, y una vez las fuertes pisadas de Hawksbill se hubieron perdido camino abajo, Samantha no pudo evitar la estremecedora realidad de que, por primera vez, se encontraba auténticamente sola en la vivienda.

En un intento de armarse de falso valor, empezó a canturrear mientras quitaba el polvo, habló en voz baja mientras barría y dio fuertes pisadas para meter ruido en la casa (observando una vez que, en el recibidor, las tablas del suelo sonaban extrañamente a hueco), hasta que por último se encontró inevitablemente frente a la habitación cerrada.

Se inclinó, tal como había hecho muchas veces, y pegó el oído a la madera de la puerta. En ocasiones había escuchado extraños ruidos, como de rascar, algún que otro golpe seco y, justamente la víspera, lo que parecía ser una cadena que arrastrasen por el suelo. Pero en ese momento reinaba allí un silencio sepulcral.

Retrocedió y estudió los paneles de roble.

Lo correcto hubiera sido dar media vuelta y retirarse. Pero la indecisión la había paralizado. Toda la obediencia que su padre le había enseñado se disipó ante su vehemente necesidad infantil de saber qué había al otro lado de aquella puerta. Samantha extendió la mano y tocó cautelosamente el tirador. Para gran sobresalto suyo, la puerta se abrió un par de centímetros.

Retiró la mano como si hubiera recibido un mordisco. ¡El viejo no había cerrado con llave!

Tragando saliva para armarse de valor, apoyó la palma de la mano en el bastidor y empujó suavemente;  la puerta, girando sobre sus goznes, se abrió como unas enormes fauces negras que bostezaran, sin revelar más que una impresionante oscuridad al otro lado. Con los ojos muy abiertos, Samantha avanzó un paso, y otro, y otro más, hasta que se encontró en el interior de la habitación prohibida.

El aire era gélido. No había ninguna luz; la grisácea claridad matinal se filtraba a través de unos pesados cortinajes de terciopelo. Pero según se le adaptaban los ojos a la penumbra, la niña alcanzó a distinguir diversos objetos diseminados aquí y allá.

Era la habitación más desordenada que jamás hubiera visto.

Gruesos libros se elevaban formando retorcidas torres, amontonándose desde el suelo hasta el techo, en un precario equilibrio que el menor soplo de brisa hubiera podido romper; voluminosas cajas de madera, de algunas de las cuales se escapaba la paja de relleno, se hallaban adosadas a las paredes; grandes cantidades de papeles

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos