TE PRESENTO A MI QUETZALCÓATL
Este libro es atrevido y también intrépido. Es extraño, quizás lo más extraño que he escrito junto con El Evangelio según Luzbel, de hecho, se parecen mucho. En aquel conté toda la historia de la existencia desde el Big Bang hasta el fin de los tiempos, pasando por toda la aventura humana de manera muy compasiva. Ese libro que pretendía ser de historia terminó hablando también de ciencia, filosofía, religión, misticismo y ese misterio al que llamamos Dios. Termina con el fin del mundo y una segunda oportunidad para la humanidad.
Pero México no tiene una segunda oportunidad. Más bien, ya ha tenido demasiadas que ha desperdiciado. Nuestro país ha elegido siempre el sendero de la destrucción. Eso es terrible, no por nuestro casi inminente suicidio colectivo, sino por el desperdicio existencial. Detrás de toda nuestra oscuridad, hay una luz inconcebible para nosotros; una grandeza que se deriva de nuestras dos grandes raíces: Mesoamérica y España.
De Mesoamérica tenemos la magnificencia maya, el esplendor zapoteca, la majestuosidad teotihuacana, la nobleza de los toltecas y la iluminación de grandes místicos. De España tenemos la mezcla de docenas de pueblos euroasiáticos: iberos, celtas, vascos, griegos, romanos, germanos y árabes, la fusión de tres religiones, la sabiduría de grandes filósofos, la nobleza de los caballeros y la valentía de los aventureros de los océanos. Heredamos las glorias de Roma, la tradición clásica grecolatina y la tradición judeocristiana. Nuestras raíces no tienen por qué pelear quinientos años después de su violento encuentro.
México ha sido la historia de un pueblo valiente, guerrero, heroico, creativo, artístico, sabio. También ha sido la historia de un pueblo que lucha contra sí mismo a la menor provocación y destruye siempre sus caminos hacia la grandeza. Nuestro país surgió del encuentro de culturas más intenso, poderoso y contrastante de la historia de la civilización, precisamente por haberse desarrollado en mundos completamente distintos y separados. No es sencillo integrar ese choque tan potente. Llevamos medio milenio desperdiciado.
Todos sabemos que el eterno problema de México ha sido su división. Incluso quien guste de aferrarse a la infantil versión oficial de un México grandioso que llevaba tres mil años de existencia hasta que fue conquistado por España, tendría que aceptar que esa supuesta conquista se habría dado justamente por la falta de unidad.
No nos unimos como sociedad a lo largo de los trescientos años de virreinato, porque la igualdad y la integración nunca fueron el objetivo de las sociedades monárquicas de aquellos tiempos. No lo era en España como no lo era en Mesoamérica. No nos unimos porque esa sociedad estaba de hecho basada en la distinción de clase y casta. En doscientos años de vida independiente, con el nuevo país bajo nuestra responsabilidad, tampoco logramos esa unidad e integración. Tristemente ha sido así porque tampoco nos lo hemos propuesto hasta hoy.
Divididos obtuvimos la independencia, que se gestó más por los azares de las tormentas políticas y bélicas en Europa, que por un verdadero movimiento emancipador bien planeado y ejecutado. Detrás del mito de una sola guerra de independencia de once años, está la realidad de dieciséis años (1808-1824) de guerras intestinas con intrigas, venganzas y traiciones.
Comenzamos nuestra vida independiente fragmentados no sólo por la casta y clase, sino por ideas y grupos de poder: insurgentes e iturbidistas, monárquicos y republicanos, centralistas y federalistas, conservadores y liberales. Nunca mexicanos, siempre una etiqueta de odio y división.
Divididos como estábamos en grupos de poder que, con nobles banderas como discurso, siempre buscaron privilegios en exclusiva, nunca fuimos capaces de dialogar por un bien nacional. Tiene sentido: durante los tres siglos de virreinato hubo una elite privilegiada y un pueblo desposeído, con muy poco en medio. Ya independientes, los antiguos favorecidos se aseguraron sus fueros y permanecer arriba, mientras que los de abajo lucharon siempre con la bandera de la igualdad cuando sólo pretendían cambiar el orden en la ecuación de la desigualdad.
Así, divididos, enfrentamos el nacimiento en una era de conquista e imperialismo, y al no poder nunca organizarnos a causa de la fragmentación, fuimos siempre botín de los poderosos del mundo. Divididos nos encontraron los franceses en su invasión de 1838, y de igual manera estábamos para recibir la invasión norteamericana de 1847. Divididos nos enfrentamos en una guerra civil con un gran componente de odio, y divididos vimos cómo Napoleón III nos imponía a Maximiliano.
Divididos y fragmentados seguimos durante el porfiriato, pero sometidos todos por el puño de hierro del hombre. Con odio y división nos enfrentamos a otra guerra civil, una de veinte años a la que los ideólogos posteriores convirtieron en revolución. La unión, siempre con autoritarismo, otro rasgo tan mexicano, fue el proyecto de Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón; pero la división, para poder ser más autoritario aún, fue el proyecto de Lázaro Cárdenas. La división institucional fue el sistema político que surgió de la llamada revolución.
El autoritarismo y los discursos nacionalistas nos mantuvieron en relativa paz entre 1934 y 1970, pero, con el inicio de la decadencia y descomposición del PRI, volvió la eterna guerra entre mexicanos. Cuando comenzamos a jugar a la democracia en 1989, o el año 2000, según se quiera ver, descubrimos lo intolerantes y radicales que somos con los que no piensan como nosotros.
Divididos, intolerantes, radicales y con rencor comenzamos a hacer nuestros primeros devaneos con la democracia, y por eso muy pocos años después hemos comenzado a destruirla. Hablo en plural, porque el país, aunque nos pese y no seamos capaces de entenderlo, es una unidad. De entre todos los mexicanos sólo un grupo ha salido realmente beneficiado de nuestra eterna división: los políticos, los profesionales del conflicto en este país.
México ha dejado pasar muchas segundas oportunidades, y estoy seguro de que nos enfrentamos a la última. Mi regreso de Quetzalcóatl es un recorrido histórico, filosófico, místico y espiritual por parte de nuestro pasado mesoamericano, para ofrecer una historia de nosotros mismos basada en la unidad.
Es un libro atrevido, intrépido y extraño, pues trata de verlo todo desde una mirada amplísima que abarca a toda la humanidad, que pasa de la historia a la filosofía y de ahí a la religión y el misticismo para volver a la historia. Va de Teotihuacán a Roma, del mundo maya al valle del Nilo, de Mesoamérica a la India, de la toltequidad a la filosofía griega y, ante todo, del pasado que debemos superar al presente en que tenemos una última oportunidad para tratar de vislumbrar el futuro.
A través del relato del mito y la historia de la Serpiente Emplumada, este libro pretende recorrer y esclarecer el pasado mesoamericano, su cosmovisión, su visión mística de la existencia y su complejidad política en el momento de la llegada de Hernán Cortés. Brinca de un lado a otro del Atlántico para tratar de comprender a profundidad nuestras dos raíces, con sorprendentes similitudes y diferencias que no hemos logrado reconciliar.
13 de agosto de 1521. No hay fecha más polémica y hundida en la infamia en la historia que nos contamos de nosotros mismos. No existió tal cosa como la conquista de México, y es lo que me propongo exponer en este libro. Centralistas hasta en los mitos, nos hemos narrado la absurda versión de que la caída de una sola ciudad, Tenochtitlán, significa la conquista de un país que ni siquiera existía.
El trauma de la conquista no se deriva de que recordemos un evento que, evidentemente, nadie en el mundo de hoy vivió; se deriva de que llevamos cien años repitiéndonos esa historia lastimera. Deliberadamente nos inyectamos odio en el corazón. Nunca un país ha salido ni saldrá adelante con base en mitos de derrota y conflicto, y por razones extrañas, pareciera que es la única apuesta de México: decirnos a nosotros mismos que somos un pueblo y un país humillado, ofendido y derrotado, para ver si así salimos adelante. Quiero exponerte otra forma de ver los hechos y explicarte por qué somos un pueblo elegido.
Nos narramos una versión que no sólo nunca nos conducirá a la superación, sino que infunde en nuestras almas tanto rencor contra nosotros mismos, que nos lleva por el sendero de la autodestrucción. No es metafórico. Hemos optado por destruirnos a nosotros mismos, México vive en un suicidio colectivo, porque la historia que nos contamos no parece dejarnos otra alternativa. Te quiero ofrecer otra visión.
Para hablarte de nuestra verdadera grandeza quiero relatarte la historia de Mesoamérica, de Teotihuacán en adelante, hasta llegar a los mexicas y su aplastante derrota a manos de los pueblos sojuzgados por ellos. El 13 de agosto de 1521 decenas de pueblos sometidos se liberaron del más terrible y sanguinario yugo opresor, y junto a sus aliados castellanos comenzaron a construir México, un país surgido de la unidad y del triunfo, pero a cuyo pueblo le han narrado una versión de los hechos muy equivocada. Estoy seguro que con malas intenciones.
Tras derrotar a los mexicas, los tlaxcaltecas conquistaron nuestro actual norte y conformaron con ello nuestro territorio y, desde el puerto de Acapulco, conquistaron también las Filipinas; construyeron majestuosos conventos y pintaron impresionantes murales en ellos, fueron artistas y sabios que engrandecieron aún más su mente al estudiar la cultura grecolatina que llegó con los castellanos.
México es heredero de Teotihuacán y de Roma, de la toltequidad y del judeocristianismo, de Mesoamérica y del mundo grecorromano. No hay forma de encontrar dos raíces más gloriosas que, unidas, llegarían a la gloria, pero que terriblemente hemos puesto a pelear una contra otra. Te quiero compartir nuestra historia a través de Quetzalcóatl, por ser el dios en el que se unifican las dualidades.
Tras la victoria más importante de la historia prehispánica comenzó la construcción de nuestro país, en todos los sentidos posibles. Por extrañas razones, nos hemos dicho que la derrota de un pueblo cruel y sanguinario, que asesinaba a diario a decenas de personas de la manera más terrible, es una ofensa contra los mexicanos de hoy.
Tres mil años de historia tiene la civilización mesoamericana, una cultura donde todo es mérito propio pues se desarrolló de forma aislada, sin contacto con el resto del mundo, y llegó a cumbres gloriosas que se manifiestan en el mundo maya, en Monte Albán, Tajín, Palenque y Bonampak y, por encima de todo, en la espléndida Ciudad de los Dioses. Tres mil años de un impresionante desarrollo en el que los mexicas no tienen relación alguna; su única participación fue conquistar y someter a los pueblos herederos de la gran tradición tolteca y comenzar a destruirla.
Dentro de la historia mesoamericana no existe mayor personaje que Quetzalcóatl; historia, mito, leyenda y profecía. Te ofrezco mi versión de la gloriosa Serpiente Emplumada para contarte la historia de nuestros ancestros americanos a través de su principal divinidad; la historia de los toltecas, el pueblo que heredó la grandeza de las primeras culturas mesoamericanas y que hizo suyo el legado de Teotihuacán, el pueblo que estaba generando un glorioso renacimiento en el valle de México hasta que fue sometido por los mexicas.
La toltecáyotl o toltequidad es nuestra gran herencia del pasado indígena: una cosmovisión, religión, filosofía, pensamiento místico y forma de vida que giraba en torno al símbolo de la serpiente emplumada. Por eso, junto con la historia, es necesario hablarte de las visiones que los antiguos tenían de lo divino, un pensamiento sutil y refinado que nada pedía a la sabiduría egipcia o hindú, con grandes pensadores que hubieran podido dialogar con Platón, y con iluminados que hubieran podido meditar junto al Buda. Por encima de todos ellos, el gran Cristo mesoamericano: Quetzalcóatl.
Éste es un libro confrontador porque en muchos sentidos te dirá cosas que quizás nunca hayas escuchado; probablemente atente contra muchas de tus ideas, pero es ante todo un libro respetuoso ya que es simplemente una propuesta de paz y unidad. Es una visión diferente, una historia distinta de nosotros mismos que quizás tenga más éxito que la que actualmente nos destruye.
LA PROFECÍA DE QUETZALCÓATL
Te voy a contar la historia de un pueblo elegido que no ha sabido cumplir su misión y alcanzar su destino; la historia de la oscuridad que ha derrotado a la luz, en una tierra prometida donde hace quinientos años murió el sol, y no ha logrado volver a nacer, la historia de cómo hemos luchado del lado de la penumbra en la batalla cósmica que no deja de librarse entre Quetzalcóatl y Tezcatlipoca.
Te voy a hablar de la grandeza de México, pero también de su ocaso, porque las profecías gloriosas tienen fecha de caducidad. El sol mexicano está llegando a su fin y sólo hay dos posibles desenlaces: el ascenso glorioso por nuestro cielo o la muerte en lo más profundo de nuestro inframundo. El resultado no depende del cosmos ni de la era de Acuario o de algún otro poder místico y misterioso; depende completamente de nosotros y de que seamos capaces de descifrar a la Serpiente Emplumada.
Quetzalcóatl es la unión del espíritu y la materia, la compenetración de todas las dualidades, la consciencia que llena el espacio entre el cielo y la tierra. Es la serpiente del mundo enroscada en la base del árbol de la vida, y el águila en su copa lista para emprender el vuelo. Es sol invicto y tierra sagrada, nuestro padre y nuestra madre, es el descenso en espiral por los nueve círculos del inframundo y el ascenso glorioso a través de los trece cielos. Es la más gloriosa manifestación del Gran Espíritu en el Anáhuac,1 el “Único Mundo” de nuestros ancestros nahuas, que vio la intempestiva llegada del resto del mundo en los barcos de nuestros ancestros castellanos.
La Serpiente Emplumada bajó del cielo para crear y bendecir la tierra, descendió al inframundo para enfrentarse a las tinieblas y derrotar a la muerte, robó los huesos sagrados, la semilla de una nueva humanidad a la que creó del maíz e insufló divinidad a través de su sangre. Murió y resucitó, se hizo pan de vida para los hombres, dio movimiento a los astros, se enfrentó a su propia oscuridad y fue derrotada temporalmente por el demonio del mundo, por su propio reflejo oscuro, como todos nosotros.
Cansado del sueño del mundo, Quetzalcóatl se hizo a la mar en una balsa de serpientes y, en el límite del horizonte, donde se unen el cielo y la tierra, se prendió fuego para ascender en forma de la estrella matutina. Antes de marcharse prometió volver, en medio de presagios divinos, para restaurar su gloria. México duerme desde entonces y sueña con su despertar. Ésta es la historia de un pueblo elegido que no ha sabido cumplir su misión y alcanzar su gloria. Ésta es la profecía de Quetzalcóatl, su revelación, nuestro destino.
1 Anáhuac, cuyo significado literal es “cerca del agua”, era el nombre que daban los pueblos nahuas a toda la zona donde se desarrolló su cultura en el centro de Mesoamérica. La expresión Cem Anáhuac, totalmente rodeado de agua, significaba simbólicamente el único mundo.
EL SACRIFICIO DE LOS HIJOS DE QUETZALCÓATL
Año Uno Caña
Quetzalcóatl escuchó el llanto de sus hijos oprimidos y decidió finalmente regresar a liberarlos. Una vez más, la Serpiente Emplumada se sacrificó para dar vida a un nuevo sol. Todo cambiaría para siempre, un nuevo mundo con una nueva humanidad y, ante todo, un nuevo pueblo elegido, pues llegaba a su fin la era de los toltecas.2 Quetzalcóatl murió para renacer, como en su mito, y trajo nueva vida a los verdaderos hijos del Sol. Los transformó en algo que aún no termina de reconocerse a sí mismo…, algo destinado a la grandeza si está dispuesto a emerger de la oscuridad del inframundo y renacer.
Quetzalcóatl siempre vuelve, y aquella ocasión lo hizo tras años de conquista e injurioso sometimiento sobre sus leales seguidores. Los legítimos herederos de los toltecas llevaban cien años sojuzgados por los hijos de Huitzilopochtli, el sol de sangre que había usurpado el trono de la Serpiente Emplumada;3 por esa tribu de advenedizos que invadieron el valle, desollaron a la hija del rey los acolhuas,4 quemaron los códices antiguos para manipular la historia, reescribieron su pasado para usurpar el lugar de los toltecas, e impusieron la sed de sangre de su falso dios como la política de terror que imperó en el valle.
Era un año Uno Caña,5 una fecha siempre llena de temores y esperanzas por la profecía de la Serpiente Emplumada, y su vaticinado regreso que podía ocurrir cada cincuenta y dos años. Cholula vivía amenazada por la guerra, Huexotzinco languidecía ante los tributos y el embargo comercial, y Tlaxcala moría lentamente, sitiada en lo bélico, aislada en lo comercial, sometida en lo económico y obligada a pagar tributo con la sangre de sus mejores guerreros. Tlaxcala estaba ya condenada a desaparecer, su población se reducía drásticamente y los alimentos eran insuficientes. La sangre para saciar a Huitzilopochtli estaba secando el Anáhuac.
Incluso los aliados padecían la ira eterna de los mexicas,6 así como los que habían decidido someterse voluntariamente en busca de condiciones menos draconianas. Texcoco había perdido su independencia y era obligado a venerar al falso dios al que tanto se opusieron Nezahualcóyotl y Nezahualpilli;7 Tlacopan era un Estado pelele; Iztapalapa, Tlatelolco, la otrora poderosa Azcapotzalco…, todos arrodillados ante el llamado “Pueblo del Sol”.8
Era un año Uno Caña. Motecuzoma el joven llevaba más de quince años siendo el tlatoani de Tenochtitlán,9 y el hombre más poderoso del valle había tomado la decisión de hacer notar aún más su poder. Más guerras, más sacrificios, más tributo y más hambruna. Pero había más esperanza que temor por vez primera, pues una serie de presagios, considerados funestos, anunciaban al parecer el fin del dominio mexica.
No es que los pueblos sometidos no tuvieran, juntos, el poder para sacudirse el yugo; pero en aquel mundo no existía la unidad. Nunca habían llegado a acuerdos, siempre les vencía el miedo a sus amos, o la búsqueda de beneficios por separado con ellos. Todos morían lentamente, pero Huitzilopochtli seguía alimentándose, no sólo de su sangre, sino de su discordia y fragmentación, de su odio. En las costas orientales, por donde nace el sol y por donde había marchado Quetzalcóatl, un grupo de quinientos hombres blancos y barbados llegaron del mar anunciando una nueva era, una nueva muerte y un nuevo nacimiento.
Quetzalcóatl iba a liberar a su pueblo…, pero sería a costa de un doloroso sacrificio. Iba a darles una nueva vida, pero para recibirla tendrían primero que morir. Nacería un nuevo sol, pero eso requiere de un paso previo fundamental: descender al inframundo, morir y renacer. Todo renacimiento implica un sacrificio, y Quetzalcóatl, como en su mito, se sacrificó para que algo nuevo viera la luz. Con él se sacrificó todo su pueblo; su verdadero pueblo tolteca y no los mexicas que llegaron para oprimirlo.
Una semilla divina se hundió en la tierra sagrada y el nuevo pueblo elegido comenzó a gestarse.
2 Hay mucha discusión sobre quiénes fueron los toltecas. El acuerdo actual establece que es el nombre de los habitantes de Tula, ciudad que existió entre los años 600 y 1200, y que se llegó a considerar como la continuadora de la cultura y tradición de Teotihuacán, que ya había colapsado para el año 650. Los toltecas eran vistos como representantes de la era dorada del Anáhuac, y tanto los mexicas como otras ciudades del lago de Texcoco se asumían como sus continuadores.
3 Huitzilopochtli fue un dios exclusivo de los mexicas cuyo culto no existía en el valle de México antes del siglo XV. Era un dios de la guerra, pero ante todo un dios del sol, al igual que Quetzalcóatl; es decir, son distintas manifestaciones de Tonatiuh, el sol. Aunque Quetzalcóatl estaba también asociado a la fertilidad y al viento.
4 Los acolhuas son el pueblo de lengua nahua que dominó la rivera oriental de la zona lacustre del valle de México. Fundaron la ciudad de Texcoco, que convirtieron en su capital, por lo que se les llama comúnmente texcocanos.
5 Entre los pueblos mesoamericanos el tiempo era cíclico. Había cuatro tipos de año: caña, casa, conejo y pedernal, que iban del uno al trece hasta formar la atadura de años o siglo mesoamericano, de cincuenta y dos años.
6 Según su propia leyenda, los mexicas habían salido de un lugar originario llamado Aztlán, entonces eran conocidos como aztecas o aztlantecas. Ya instalados en el valle de México, se hicieron llamar mexicas en honor a su dios guía, a su dios de la tribu, al que nombraban Mexi. El acuerdo académico es que al hablar de este grupo en sus orígenes y hasta su llegada al islote donde fundaron su ciudad, el nombre correcto es aztecas, y una vez que se establecen como un grupo poderoso serán llamados mexicas. Azteca es una identidad basada en un supuesto lugar de origen, mientras que mexica es una identidad tribal, cimentada en el caudillo.
7 Padre e hijo respectivamente, fueron gobernantes de Texcoco a lo largo de casi todo el siglo XV.
8 Las ciudades ribereñas del lago de Texcoco vivían bajo un régimen de ciudades-Estado independientes, que solían hacer redes y alianzas. Para el siglo XV fueron cayendo lentamente bajo el poder mexica.
9 Fue entronizado en 1502 tras la muerte del tlatoani Ahuízotl.
CAYÓ LA NOCHE SOBRE EL PUEBLO DEL SOL
Oscuridad. Todo vuelve siempre a la oscuridad y todo brota de ella. En la penumbra nace la luz y en la noche nace el sol. Todo muere para renacer y todo nace para morir, todo es impermanencia y conflicto. Cada era nace de las cenizas de otros tiempos y cada humanidad está formada por los huesos de las anteriores. Así es como los dioses mueven los pensamientos y hacen que exista la ilusión del mundo en Ometéotl,10 la mente sagrada de donde todo surge y a donde todo vuelve. En el mundo, como en la mente, porque son lo mismo, todo es contradicción y conflicto.
Oscuridad. De pronto la penumbra fue tocada por algo cuya existencia le era absolutamente desconocida: luz. Algo tocó las entrañas de la tierra para germinar en ella y nacer. La oscuridad se agitó en torno a sí misma, sintió un impulso de vida en su vientre sagrado, sintió la batalla, el conflicto, la posibilidad de la muerte. Todos los seres que dominaban el mundo de las tinieblas bajo el amparo de la noche eterna se sacudieron y se dispusieron al combate.
La noche sintió miedo y despertó a las cuatrocientas estrellas para luchar contra esa fuerza que se gestaba en las entrañas de la madre tierra, contra esa potencia, esa voluntad de poder. Las estrellas siguier
