No la conocí en vida. Existe para mí a través de los otros, mediante la evidencia de lo que su muerte les obligó a hacer. Trabajando en retrospectiva, buscando solo hechos, la reconstruí bajo la forma de una muchachita triste y una puta, en el mejor de los casos como alguien que-pudo-ser… una etiqueta que también podría aplicárseme a mí. Ojalá hubiese podido concederle un final anónimo, relegarla a unas pocas palabras lacónicas en el informe de un policía de Homicidios, la copia en papel carbón que se manda a la oficina del forense, junto con el papeleo necesario para llevarla al cementerio. Lo único que había de malo en mi idea es que ella no hubiera querido que las cosas ocurrieran de ese modo. Por brutales que fueran los hechos, ella hubiese querido que llegaran a ser conocidos. Y puesto que le debo mucho, y soy el único que conoce toda la historia, he empezado a escribir esto.
Pero antes de la Dalia estuvo la relación de compañeros, y antes de eso, la guerra, los reglamentos militares y las maniobras en la División Central, que nos recordaban que también los polis éramos soldados, aunque fuésemos mucho menos populares que quienes estaban combatiendo contra los alemanes y los japoneses. Después del trabajo de cada día, los agentes tenían que participar en simulacros de ataque aéreo, de apagón y de evacuación de incendios, lo cual nos obligaba a ponernos firmes en la calle Los Ángeles, esperando que el ataque de un Messerschmitt nos hiciera sentir un poco menos estúpidos. La llamada para los servicios del día seguía siempre un orden alfabético, y poco después de haberme graduado en la academia, en agosto de 1942, fue allí donde conocí a Lee.
Ya lo conocía por su reputación y estaba enterado de nuestros historiales respectivos: Lee Blanchard, peso pesado, 43 victorias, 4 derrotas y 2 nulos, con anterioridad una atracción habitual en el Hollywood Legion Stadium. Y yo: Bucky Bleichert, peso semipesado, 36 victorias, ninguna derrota y ningún nulo, colocado una vez en el puesto número diez del ranking por la revista Ring, tal vez porque a Nat Fleisher le divertía la mueca desafiante con que solía contemplar a mis adversarios, en una exhibición de mis dientes de caballo. Pero las estadísticas no contaban toda la historia. Blanchard pegaba duro y recibía seis golpes para poder colocar uno, un clásico cazador de cabezas; yo bailaba, hacía fintas y buscaba el hígado, siempre con la guardia en alto, pues temía que si recibía demasiados puñetazos en la cabeza mi aspecto se estropearía aún más de lo que mis dientes lo hacían. En cuanto a los estilos de pelear, Lee y yo éramos como el aceite y el agua, y cada vez que nuestros hombros se rozaban cuando nos repartían los servicios a primera hora del día, yo me preguntaba quién ganaría.
Durante cerca de un año nos estuvimos midiendo mutuamente. Jamás hablábamos del boxeo o del trabajo policial y limitábamos nuestra conversación a unas cuantas palabras sobre el tiempo. Físicamente, éramos tan distintos como pueden serlo dos hombres: Blanchard era rubio y rubicundo, medía metro ochenta y dos y tenía los hombros y el tórax enormes, con las piernas gruesas y arqueadas y una barriga incipiente dura e hinchada; yo era de tez pálida y cabello oscuro, un metro noventa de flaca musculatura. ¿Quién ganaría?
Finalmente, dejé de intentar predecir quién sería el ganador. Pero otros policías habían hecho suya la pregunta, y en ese primer año en la Central oí docenas de opiniones: Blanchard ganando por un KO rápido; Bleichert por decisión de los jueces; Blanchard abandonando o siendo obligado a abandonar por las heridas… todo salvo Bleichert noqueando a su adversario.
Cuando no me veían, les oía susurrar nuestras historias fuera del ring: el ingreso de Lee en el Departamento de Policía de Los Ángeles; su rápido ascenso gracias a los combates privados a los que asistían los peces gordos de la policía y sus amigotes de la política; cómo capturó a los atracadores del Boulevard-Citizens, allá por el 39, y se enamoró de una de las chicas de los ladrones, lo cual le impidió engrosar las filas de los detectives cuando la chica se fue a vivir con él –en una completa violación de las reglas del departamento sobre no mezclar trabajo y vida privada– y le suplicó que dejara de boxear. Los rumores sobre Blanchard me impactaban como pequeños golpes para mantener la guardia, y yo me preguntaba hasta qué punto serían ciertos. Los fragmentos de mi propia historia eran como puñetazos en el estómago, por su veracidad al ciento por ciento: el ingreso de Dwight Bleichert en el departamento para escapar de problemas bastante graves; la amenaza de expulsión de la academia cuando se descubrió que su padre pertenecía al Bund germano-estadounidense; las presiones sufridas para que denunciara ante el Departamento de Extranjeros a los chicos de ascendencia japonesa con los cuales había crecido para así asegurar su posición dentro del Departamento de Policía de Los Ángeles… No le habían pedido que participara en combates privados porque no era un pegador de los que noquean a sus adversarios.
Blanchard y Bleichert: un héroe y un delator.
Acordarme de Sam Murakami y de Hideo Ashida esposados camino de Manzanar ayudó a simplificar mi percepción de los dos… al principio. Más tarde entramos en acción, codo con codo, y mis primeras impresiones sobre Lee –y sobre mí mismo– se fueron al garete.
Fue a principios de junio de 1943. La semana anterior, los marineros se habían peleado con unos mexicanos pachucos en el muelle Lick de Venice. Corrían rumores de que uno de los chicos había perdido un ojo. Empezaron a producirse escaramuzas tierra adentro: personal de la marina de la base naval Chavez Ravine contra los pachucos de Alpine y Palo Verde. Los periódicos publicaron que los zooters llevaban insignias nazis, además de sus navajas automáticas, y centenares de soldados, marineros y marines uniformados se dirigieron hacia el centro de Los Ángeles, armados con bates de béisbol y garrotes de madera. Se decía que en la Brew 102 Brewery, en Boyle Heights, los pachucos se estaban agrupando en número similar y con armamento parecido. Todos los agentes de la División Central fueron movilizados y se les proporcionó un casco de latón de la Primera Guerra Mundial y una porra enorme conocida como «sacudenegros».
Al caer la noche, fuimos conducidos al campo de batalla en camiones prestados por el ejército y solo se nos ordenó una cosa: restaurar el orden. Nos habían quitado los revólveres reglamentarios en la comisaría; los jefazos no querían que ningún 38 cayera en manos de aquellos gángsters mexicanos de trajes amplios, pantalones drapeados con vuelta y corte de pelo de cola de pato. Cuando salté del camión en Evergreen con Wabash, llevando en la mano solo un garrote de kilo y medio con el mango recubierto de cinta adhesiva para que no resbalara, me sentí diez veces más asustado de lo que jamás había estado en el ring, y no porque el caos se acercara a nosotros desde todas direcciones.
Me sentí aterrado porque los buenos eran en realidad los malos.
Los marineros reventaban a patadas todas las ventanas de Evergreen; los marines con sus uniformes azules destrozaban sistemáticamente las farolas, procurándose cada vez más y más oscuridad en la que poder actuar. Dejando de lado sus rivalidades internas, soldados y marines volcaban los coches aparcados frente a una bodega, mientras en la acera jóvenes de la marina con camiseta y pantalones acampanados blancos molían a palos a un pequeño grupo de zooters. En la periferia de la acción pude ver cómo algunos de mis compañeros se lo pasaban en grande con gente de la Patrulla Costera y policías militares.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, aturdido, preguntándome qué debía hacer. Entonces miré a lo largo de Wabash, hacia la calle Primera, donde vi casitas y árboles; nada de pachucos, polis o soldados sedientos de sangre. Antes de saber muy bien lo que hacía, corrí hacia allí a toda velocidad. Hubiera seguido corriendo hasta derrumbarme, pero una aguda carcajada que brotó de un porche me hizo frenar en seco.
Caminé hacia el lugar de donde llegaba el sonido. Una voz estridente dijo:
–Eres el segundo poli joven que sale huyendo escopeteado del tumulto. No te culpo. Resulta difícil saber a quién ponerle las esposas, ¿verdad?
Me quedé plantado en el porche, mirando al viejo.
–La radio dice que los taxistas han ido hasta los cuarteles de la parte alta de Hollywood para traer a los marineritos hasta aquí. Según la KFI, esto es un asalto anfibio, han estado tocando «Levando anclas» cada media hora, y he visto unos cuantos reflectores giratorios al final de la calle. ¿Crees que esto es lo que llamáis vosotros un asalto anfibio?
–No tengo ni idea, pero voy a volver.
–No eres el único que ha salido por patas, ¿sabes? Hace poco un hombretón pasó corriendo por aquí.
El abuelo comenzaba a parecerme una versión maliciosa de mi padre.
–Hay unos cuantos pachucos que necesitan ver su orden restaurado.
–¿Y cree que es así de simple, amigo?
–Yo haría que lo fuese.
El viejo lanzó una risita placentera. Bajé del porche y volví hacia donde debía estar, mientras me daba golpecitos en la pierna con el garrote. Ahora todas las farolas estaban rotas; resultaba casi imposible distinguir a los zooters de los soldados. Aquello me ayudó a resolver mi dilema, y me dispuse a lanzarme a la carga. Entonces, a mi espalda, oí gritar «¡Bleichert!», y supe quién era el otro tipo que había salido corriendo.
Retrocedí. Allí estaba Lee Blanchard, «la esperanza blanca, aunque no lo bastante grande, de Southland», enfrentado a tres marines de uniforme azul y un pachuco con todo su atavío. Los tenía acorralados en el camino de entrada a un destartalado bungalow y los mantenía a raya con rápidos movimientos de su sacudenegros. Los marines le lanzaban golpes con sus garrotes, y fallaban siempre porque Blanchard no paraba de moverse de un lado a otro, atrás y adelante, sobre las puntas de los pies. El pachuco se acariciaba las medallas religiosas que le colgaban del cuello con expresión de no entender nada.
–¡Bleichert, código tres!
Me uní a la refriega y comencé a blandir mi porra, golpeando relucientes botones de latón y cintas de campaña. Recibí algunos torpes golpes en los brazos y los hombros, y avancé cuanto pude para que los marines no tuvieran mucho espacio para hacer girar sus garrotes. Era como intentar agarrarse a un pulpo, pero allí no había árbitro ni campana que marcara los tres minutos del asalto, así que instintivamente dejé caer mi porra, bajé la cabeza y empecé a soltar puñetazos, mis puños impactando sobre blandos estómagos cubiertos de tela de gabardina. Luego oí gritar:
–¡Bleichert, atrás!
Obedecí, y allí estaba Lee Blanchard, con el sacudenegros levantado por encima de su cabeza. Los marines, desconcertados, se quedaron paralizados; la porra bajó con rapidez: una, dos, tres veces, limpios golpes sobre los hombros. Cuando el trío quedó reducido a un confuso amasijo de ropas azules, Blanchard dijo:
–A las alturas de Trípoli, mierdecillas. –Luego se volvió hacia el pachuco–. Hola, Tomás.
Sacudí la cabeza y me estiré. Los brazos y la espalda me dolían; sentía un sordo latir en los nudillos de mi mano derecha. Blanchard estaba esposando al mexicano.
–¿De qué va todo esto? –fue cuanto se me ocurrió decir.
Blanchard sonrió.
–Disculpa mis malos modales. Oficial Bucky Bleichert, le presento al señor Tomás Dos Santos, objeto de una orden de busca y captura por homicidio cometido mientras perpetraba una felonía de Clase B. Tomás le dio un tirón a una vieja en el cruce de la Sexta con Alvarado, la vieja cayó al suelo con un ataque de corazón y empezó a chillar como una loca. Tomás tiró el bolso y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Dejó sus bonitas huellas dactilares en el bolso y tantos testigos oculares como desees. –Blanchard le dio un codazo al mexicano y preguntó en español–: ¿Hablas inglés, Tomás?
Dos Santos negó con la cabeza. Blanchard movió la suya con aire de tristeza.
–Es hombre muerto. Homicidio en segundo grado es un viaje a la cámara de gas para los chicanos. Este chaval dirá el Gran Adiós dentro de unas seis semanas.
Oí disparos procedentes de Evergreen y Wabash. Alzándome sobre la punta de los pies, vi llamas que brotaban de una hilera de ventanas rotas, y que se convirtieron en una serie de estallidos blancos y azules cuando llegaron a los cables de teléfono y el tendido del tranvía. Miré hacia el suelo, donde estaban los marines, y uno de ellos me hizo un gesto obsceno con el dedo.
–Espero que esos tipos no te hayan tomado el número de placa –dije.
–Si lo han hecho, que los jodan vuelta y vuelta.
Señalé hacia un grupo de palmeras que se habían convertido en bolas de fuego.
–Esta noche no conseguiremos meterle en chirona. ¿Has venido hasta aquí para darles una paliza a esos o qué? ¿Pensaste que…?
Blanchard me hizo callar con un puñetazo juguetón que se detuvo justo antes de impactar contra mi placa.
–Salí corriendo porque sabía que no podía hacer ni una jodida mierda para restaurar el orden, y si me quedaba en medio del tumulto podrían matarme. ¿Te suena eso?
Me reí.
–Cierto. Entonces tú…
–Bueno, vi cómo esos capullos perseguían al chicano, que se parecía sospechosamente al objeto de la orden de busca y captura cuatro once barra cuarenta y tres. Me acorralaron aquí, y entonces te vi volviendo al tumulto para que te hicieran daño, así que pensé que sería mejor que te hicieran daño por una buena razón. ¿Te parece bien?
–Ha funcionado.
Dos de los marines habían logrado ponerse en pie y estaban ayudando al otro para que se levantara. Cuando empezaron a alejarse por la acera hombro con hombro, Tomás Dos Santos lanzó una fuerte patada con el pie derecho al mayor de los tres traseros. El gordo soldado al que pertenecía se volvió para encararse con su atacante; yo di un paso hacia delante. Entonces abandonaron su campaña en el este de Los Ángeles, y los tres avanzaron cojeando hacia la calle, en medio de los disparos y las palmeras en llamas. Blanchard revolvió con su mano el cabello de Dos Santos.
–Ah, capullito, eres hombre muerto. Vamos, Bleichert, busquemos un sitio donde dejar a este tipo.
Encontramos una casa con un montón de periódicos tirados en el porche, a unas cuantas manzanas de allí, y nos metimos en ella. En el armario de la cocina había una botella de Cutty Sark, llena casi hasta la mitad. Blanchard le quitó las esposas de las muñecas a Dos Santos y se las puso en los tobillos a fin de que pudiera tener las manos libres para echar un trago. Para cuando terminé de preparar unos sándwiches de jamón y unos tragos, el pachuco se había liquidado la mitad del licor y se dedicaba a eructar a gritos «Cielito lindo» y una versión mexicana de «Chattanooga Chou Chou». Una hora después, la botella estaba vacía y Tomás se había quedado dormido. Lo tumbé en el sofá y lo tapé con una colcha.
–Es el noveno que pillo en 1943 –comentó Blanchard–. Dentro de seis semanas él estará chupando gas, y yo, en tres años, trabajando en la Nordeste o en la Brigada Central.
La seguridad de sus palabras me molestó.
–De eso nada. Eres demasiado joven, no te han nombrado sargento, te acuestas con una tía sin estar casado y perdiste a tus amigotes jefazos cuando dejaste de boxear para ellos, aparte de no haber hecho ninguna ronda de paisano. Tú…
Me detuve al ver que Blanchard sonreía, se acercaba a la ventana de la sala y miraba por ella.
–Incendios en Michigan y Soto. Precioso.
–¿Precioso?
–Sí, precioso. Sabes mucho de mí, Bleichert.
–La gente habla de ti.
–También hablan de ti.
–¿Qué dicen?
–Que tu viejo es una especie de chalado que babea por los nazis. Que entregaste a tu mejor amigo a los federales para conseguir ingresar en el departamento. Que inflaste el número de tus victorias peleando con pesos medios demasiado fondones…
Las palabras quedaron colgando en el aire como la cuenta final de un asalto.
–¿Eso dicen?
Blanchard se volvió hacia mí.
–No. Dicen que nunca has atrapado a nadie que valga la pena y que crees que puedes vencerme.
Acepté el desafío.
–Todas esas cosas son ciertas.
–¿Ah, sí? Pues también es cierto lo que has oído de mí. Salvo que me encuentro en la lista de sargentos, que en agosto me trasladarán a la Brigada Antivicio de Highland Park y que en la oficina del fiscal del distrito hay un muchacho judío que pierde el culo por los boxeadores. Me ha prometido el primer puesto libre en la Criminal que pueda encontrar.
–Estoy impresionado.
–¿Sí? ¿Quieres oír algo todavía más impresionante?
–Dispara.
–Mis primeros veinte noqueados fueron unos desgraciados elegidos por mi mánager. Mi chica te vio pelear en el Olympic y dijo que estarías guapo si te arreglaras los dientes, y que, quizá, podrías vencerme.
No estaba seguro de si aquel hombre buscaba pelea o tal vez un amigo; si me estaba poniendo a prueba, buscándome las cosquillas o intentando sacarme información. Señalé hacia Tomás Dos Santos, que se retorcía en su modorra alcohólica.
–¿Qué hay del mexicano?
–Lo llevaremos a comisaría mañana por la mañana.
–Tú lo llevarás.
–La mitad del premio es tuyo.
–Oh, gracias, pero no.
–De acuerdo, socio.
–No soy tu socio.
–Tal vez algún día.
–Tal vez nunca, Blanchard. Seguramente tú trabajes en la Criminal, ejerzas de recuperador y te dediques a mandarles informes a esos abogados corruptos del centro, y seguramente yo me chupe mis veinte años, cobre mi pensión y me busque un trabajo tranquilo en algún otro sitio.
–Podrías irte con los federales. Sé que tienes amigos en el Departamento de Extranjería.
–No sigas por ahí.
Blanchard miró de nuevo por la ventana.
–Precioso. Serviría para una postal. «Querida mamá, ojalá estuvieras aquí para ver el colorido motín racial de Los Ángeles Este.»
Tomás Dos Santos se revolvió y murmuró:
–¿Inez? ¿Inez? ¿Qué? ¿Inez?
Blanchard se acercó a un ropero del vestíbulo y encontró un viejo abrigo de lana que le echó por encima. El calor prestado por el abrigo pareció calmarle; sus balbuceos se apagaron.
–Cherchez la femme. ¿Eh, Bucky?
–¿Cómo?
–Busca a la mujer. Incluso con todo ese alcohol dentro, el bueno de Tomás no es capaz de olvidar a Inez. Te apuesto diez a uno a que cuando entre en la cámara de gas ella estará allí con él.
–Quizá pueda apelar. De quince años a cadena perpetua, y en veinte años a la calle.
–No. Es hombre muerto. Cherchez la femme, Bucky. Acuérdate de eso.
Recorrí la casa en busca de un sitio donde dormir, y al final me decidí por un dormitorio de la planta baja con una cama demasiado corta para mis piernas y un colchón lleno de bultos. Al tenderme en ella, oí sirenas y disparos a lo lejos. Poco a poco me fui quedando dormido, y soñé con mis mujeres, demasiado escasas en número y con demasiado tiempo entre una y otra.
Por la mañana, los disturbios ya se habían enfriado; el cielo había quedado cubierto con una capa de cenizas y las calles llenas de botellas de licor rotas, garrotes y bates de béisbol abandonados. Blanchard llamó a la comisaría de Hollenbeck para que un coche patrulla transportara a su noveno delincuente de 1943 a una celda del Palacio de Justicia, y Tomás Dos Santos lloró cuando los agentes lo apartaron de nosotros. Blanchard y yo nos dimos la mano en la acera y luego seguimos caminos separados hacia el centro: él, a la oficina del fiscal del distrito para escribir su informe sobre la captura del ladrón de bolsos; yo, a la Central y a una nueva jornada de trabajo.
El Ayuntamiento de Los Ángeles declaró ilegal vestir el zoot suit típico de los pachucos, y Blanchard y yo volvimos a nuestras corteses conversaciones previas a la asignación de servicios. Y todo lo que había afirmado con tan molesta certeza esa noche en la casa vacía acabó por convertirse en realidad.
Blanchard fue ascendido a sargento y trasladado a la Brigada Antivicio de Highland Park a primeros de agosto, y Tomás Dos Santos entró en la cámara de gas una semana más tarde. Transcurrieron tres años y yo seguía metido en un coche patrulla con radio de la División Central. Entonces, una mañana le eché un vistazo al tablón de ascensos y cambios de destino, y en lo alto de la lista vi: «Blanchard, Leland C., sargento; Brigada Antivicio de Highland Park a Brigada Criminal Central, efectivo a partir de 15/9/46».
Y, claro está, nos convertimos en compañeros. Cuando vuelvo la vista atrás, sé que él no poseía ningún don profético; se limitaba a trabajar para asegurar su propio futuro, mientras que yo caminaba con paso incierto hacia el mío. Lo que sigue atormentándome es aquel «Cherchez la femme» pronunciado con voz inexpresiva. Porque nuestra relación no fue sino un torpe camino hacia la Dalia. Y, al final, ella acabaría poseyéndonos a los dos por completo.
I
Fuego y Hielo
1
El camino hasta convertirnos en compañeros empezó sin que yo lo supiera, y me enteré a raíz de un episodio que revivía todo aquel revuelo sobre el combate Blanchard-Bleichert.
Yo volvía de un largo turno de servicio en un control de velocidad situado en Bunker Hill, a la caza de infractores de tráfico. Tenía el cuaderno de multas lleno y el cerebro atontado tras ocho horas siguiendo con los ojos el cruce de la Segunda y Beaudry. Cuando cruzaba la sala general de la Central, entre una multitud de policías uniformados que esperaban para escuchar el informe general de la tarde, oí por encima cómo Johnny Vogel decía:
–No han peleado desde hace años, y Horrall ha prohibido los combates clandestinos, por lo que no creo que se trate de eso. Mi padre es uña y carne con el judío, y dice que intentaría conseguir a Joe Louis si fuera blanco.
Entonces Tom Joslin me dio un codazo.
–Hablan de ti, Bleichert.
Miré hacia Vogel, que charlaba con otro policía a unos metros de distancia.
–Suéltalo, Tommy.
Joslin sonrió.
–¿Conoces a Lee Blanchard?
–¿Conoce el Papa a Jesucristo?
–¡Ja! Trabaja en la Brigada Criminal.
–Dime algo que no sepa.
–Pues a ver qué te parece esto: el compañero de Blanchard está a punto de cumplir sus veinte años de servicio. Nadie pensó que lo conseguiría, pero lo ha logrado. El jefe de la Criminal es Ellis Loew, ese tipo de la oficina del fiscal del distrito. Le consiguió el puesto a Blanchard y ahora anda buscando a un chico brillante para que sustituya a su compañero. Corre la voz de que los boxeadores lo enloquecen y quiere que tú ocupes el puesto. El bueno de Vogel está en la brigada de detectives. Se lleva bien con Loew y no hace más que presionar para que su chico consiga el puesto. Con franqueza, no creo que ninguno de vosotros dos esté cualificado para ocuparlo. Yo, en cambio…
Me estremecí, pero conseguí responder con una broma para mostrarle a Joslin que no me importaba.
–Tienes los dientes demasiado pequeños. No sirven para morder cuando los boxeadores se agarran en el combate. Y hay muchos agarrones en la Criminal.
Pero sí me importaba.
Esa noche me quedé sentado en los escalones que había delante de mi apartamento y miré hacia el garaje donde guardaba el saco y la pera de entrenamiento, mi álbum con los recortes de prensa, los programas de combates y las fotografías publicitarias. Pensé en que era bueno pero no lo bastante, en que me había mantenido en mi peso cuando podría haber ganado unos cinco kilos para luchar en la categoría de pesos pesados, en los combates con pesos medios mexicanos hinchados a tortillas en el Eagle Rock Legion Hall, donde mi viejo iba a sus reuniones del Bund. El peso semipesado era una categoría en tierra de nadie, y pronto decidí que había sido hecha a mi medida. Mientras pesase ochenta kilos, podía bailar sobre las puntas de mis pies durante toda la noche, lanzar ganchos precisos al cuerpo del otro, y solo un bulldozer sería capaz de aguantar mi directo de izquierda.
Pero no había bulldozers semipesados, porque cualquier boxeador de ochenta kilos con aspiraciones tragaba y tragaba hasta convertirse en un peso pesado, incluso si sacrificaba con ello la mitad de su velocidad y gran parte de su pegada. El peso semipesado era un sitio seguro. En esa categoría tenías garantizadas pagas de cincuenta dólares sin que te hicieran daño. Ser un peso semipesado era salir en el Times citado por Braven Dyer, verse adulado por el viejo y sus amigotes antijudíos y ser un tipo importante mientras no abandonara Glassell Park y Lincoln Heights. Era todo lo lejos que como boxeador nato podía llegar… sin verme obligado a poner a prueba mis redaños.
Entonces llegó Ronnie Cordero.
Era un peso medio mexicano procedente de El Monte, rápido, con capacidad para noquear con ambas manos y una defensa tipo cangrejo, la guardia alta, los codos pegados a los flancos para desviar los golpes dirigidos al cuerpo. Solo tenía diecinueve años y poseía unos huesos enormes para su peso, con un potencial de crecimiento suficiente para hacerle subir dos categorías hasta el peso pesado y el dinero a espuertas. Había conseguido catorce victorias seguidas por KO en el Olympic, cargándose de forma fulgurante a todos los pesos medios importantes de Los Ángeles. Cordero seguía creciendo y, ansioso por elevar la calidad de sus oponentes, me lanzó un desafío a través de la página deportiva del Herald.
Sabía que iba a comerme crudo. Sabía que perder ante un taquero arruinaría mi celebridad local. Sabía que huir del combate me haría daño, pero que librar ese combate me mataría. Empecé a buscar un lugar adonde huir. El ejército, la armada y los marines parecían buenos sitios; entonces bombardearon Pearl Harbor y los hicieron parecer aún mejor. Luego mi viejo sufrió una embolia, perdió su trabajo y su pensión y empezó a tomar papilla para bebés a través de una paja. Obtuve una prórroga de reclutamiento por mi situación familiar e ingresé en el Departamento de Policía de Los Ángeles.
Podía ver en qué dirección iban mis pensamientos. Los capullos del FBI no paraban de preguntarme si me consideraba alemán o estadounidense, y estaba dispuesto a demostrarles mi patriotismo ayudándoles. Ahuyenté lo que vino después de aquello concentrándome en el gato de mi casera, que acechaba a un arrendajo posado en el tejado del garaje. Cuando el gato saltó sobre él, tuve que reconocer hasta qué punto deseaba que el rumor de Johnny Vogel fuera cierto.
La Criminal era la celebridad local para un poli. La Criminal era ir de paisano sin abrigo ni corbata, emoción, aventura y dietas por kilometraje en tu coche de civil. La Criminal era perseguir a los tipos realmente malos y no atrapar a los borrachos y los vagabundos que se reunían delante de la Midnight Mission. La Criminal era trabajar en la oficina del fiscal del distrito, con un pie metido en la brigada de detectives y cenas tardías con el alcalde Bowron, cuando se ponía de muy buen humor y quería que le contaran historias de la guerra.
Pensar en ello empezó a dolerme. Fui al garaje y comencé a golpear la pera hasta sentir calambres en los brazos.
Durante las siguientes semanas trabajé en un coche patrulla cerca del límite norte de nuestra circunscripción. Me encargaba de curtir a un novato bocazas llamado Sidwell, un muchacho que acababa de servir tres años como policía militar en el Canal. Estaba pendiente de cada palabra mía con la babeante tenacidad de un perrito faldero y se había enamorado hasta tal punto del trabajo policíaco civil que se dedicaba a rondar por la comisaría después de haber terminado su turno, haciendo el ganso con los carceleros, golpeando con la toalla los carteles de «Se busca» que había en el vestuario, y en general molestando a todo el mundo hasta que alguien se hartaba y le decía que se fuera a casa.
No tenía el menor sentido del decoro y podía hablar con cualquiera de lo que fuese. Yo era uno de sus temas favoritos, y además se encargaba de transmitirme todos los cotilleos de la comisaría.
Yo no hacía mucho caso a la mayor parte de los rumores: el jefe Horrall iba a poner en marcha un equipo de boxeo interdepartamental, y me enchufaría a la Criminal para asegurarse de que yo figurara en él junto con Blanchard; al parecer, Ellis Loew, el trepa de la oficina del fiscal, había ganado un montón de dinero apostando por mí antes de la guerra y ahora iba a concederme una recompensa con atrasos. Horrall había rescindido su orden prohibiendo los combates privados, y algunos de los jefazos que manejaban el cotarro querían tenerme contento para poder llenarse los bolsillos cuando apostaran por mí. Todas esas historias me sonaban demasiado pilladas por los pelos, aunque en cierto modo sabía que el boxeo se encontraba detrás de mis posibilidades de ascenso. A lo que sí di crédito era a que la elección para la Criminal se estaba reduciendo a Johnny Vogel o a mí.
El padre de Vogel trabajaba con los tipos de la Central; yo tenía un historial de treinta y seis victorias, ningún nulo y ninguna derrota en la categoría de tierra-de-nadie conseguido cinco años atrás. Consciente de que el único modo de competir con el nepotismo era dar el peso adecuado, empecé a golpear sacos, me salté comidas y practiqué saltando a la cuerda hasta que volví a estar de nuevo en la segura y tranquila categoría de los semipesados. Luego esperé.
2
Pasé una semana en el límite de los ochenta kilos, harto de entrenarme y soñando todas las noches con filetes, hamburguesas con chile y pasteles de coco con crema. Mis esperanzas de conseguir el puesto en la Criminal se habían reducido hasta el punto de que las habría tirado por la borda a cambio de unas costillas de cerdo en el Pacific Dinning Car, y el vecino que cuidaba del viejo por veinte pavos al mes me había llamado para decirme que había vuelto a las andadas, disparando a los perros del vecindario con su escopeta de balines y gastándose el cheque de la Seguridad Social en revistas de chicas ligeras de ropa y maquetas de aeroplanos. Había llegado un punto en el que tenía que tomar alguna decisión al respecto, y cada abuelo desdentado que me encontraba durante las rondas hería mi vista como una gargolesca versión del loco Dolph Bleichert. Estaba observando a uno de ellos cruzar con paso inseguro la Tercera con Hill cuando recibí la llamada de radio que cambió mi vida para siempre.
–11-A-23, llame a comisaría. Repito: 11-A-23, llame a comisaría.
Sidwell me dio un codazo.
–Tenemos una llamada, Bucky.
–Acusa recibo.
–El encargado ha dicho que llamemos a comisaría.
Giré a la izquierda, aparqué y señalé la caja metálica con el teléfono de la esquina.
–Usa la llave maestra. Esa que llevas colgada al lado de las esposas.
Sidwell obedeció, e instantes después volvió al trote al coche patrulla con expresión grave.
–Debes presentarte de inmediato al jefe de detectives –dijo.
Mi primer pensamiento fue para el viejo. Conduje a toda velocidad las seis manzanas hasta el Ayuntamiento y le dejé el coche patrulla a Sidwell. Luego, subí en el ascensor hasta las oficinas del jefe Thad Green en la cuarta planta. Una secretaria me dejó entrar en el santuario del jefe, donde, sentados en butacas de cuero, estaban Lee Blanchard, más peces gordos de los que nunca había visto reunidos en un solo sitio, y un tipo delgado como una araña que vestía un tres piezas de tweed.
–El agente Bleichert –anunció la secretaria, y me dejó plantado allí en medio, consciente de que el uniforme me colgaba del enflaquecido cuerpo como una tienda de campaña.
Entonces Blanchard, que llevaba pantalones de pana y cazadora granate, se levantó y ofició de maestro de ceremonias.
–Caballeros, este es Bucky Bleichert. Bucky, de izquierda a derecha y de uniforme, te presento al inspector Malloy, al inspector Stensland y al jefe Green. El caballero trajeado es Ellis Loew, ayudante del fiscal del distrito.
Asentí con la cabeza y Thad Green me señaló un asiento vacío encarado al grupo. Me senté y Stensland me entregó un fajo de papeles.
–Lea esto, agente. Es el editorial de Braven Dyer para el Times del próximo sábado.
La primera página tenía fecha del 14/10/46 y justo debajo un titular en letras mayúsculas: «Fuego y Hielo entre lo mejor de Los Ángeles». A continuación empezaba el texto escrito a máquina:
Antes de la guerra, la ciudad de Los Ángeles se vio agraciada con dos boxeadores locales, nacidos y criados a apenas ocho kilómetros de distancia, unos púgiles con estilos tan distintos como el fuego y el hielo. Lee Blanchard era un torbellino de piernas arqueadas cuyos golpes eran como latigazos de una honda y hacían que saltaran chispas sobre las primeras filas de asientos. Bucky Bleichert entraba en el cuadrilátero tan tranquilo e impasible que se diría que era inmune al sudor. Bailaba sobre la punta de sus pies mejor que Bojangles Robinson, y sus potentes directos aderezaban los rostros de sus oponentes hasta que parecían el steak tartare que sirven en el Mike Lyman’s Grill. Los dos hombres eran poetas: Blanchard el poeta de la fuerza bruta, Bleichert el poeta opuesto, el de la velocidad y la astucia. En conjunto ganaron 79 combates y perdieron solo cuatro. Tanto en el ring como en la tabla de los elementos, el fuego y el hielo resultan difíciles de vencer.
El señor Fuego y el señor Hielo jamás pelearon entre ellos. Los límites de sus categorías los mantuvieron apartados. Pero cierto sentido del deber hizo que se acercaran en espíritu, y los dos hombres ingresaron en el Departamento de Policía de Los Ángeles y siguieron peleando fuera del ring… esta vez en la guerra contra el crimen. Blanchard resolvió el misterioso robo al banco Boulevard-Citizens en 1939 y capturó al temible asesino Tomás Dos Santos. Bleichert sirvió de forma distinguida durante los disturbios de los pachucos del 43. Ahora ambos son agentes en la Central: el señor Fuego, 32 años, es sargento en la prestigiosa Brigada Criminal; el señor Hielo, 29 años, trabaja como policía cubriendo el peligroso territorio del centro de Los Ángeles. Recientemente les pregunté tanto a Fuego como a Hielo por qué habían renunciado a sus mejores años en el cuadrilátero para convertirse en policías. Sus respuestas son reveladoras del carácter de esos magníficos hombres:
Sargento Blanchard: «La carrera de un boxeador no dura para siempre, pero la satisfacción de servir a tu comunidad, sí».
Agente Bleichert: «Yo quería luchar contra oponentes más peligrosos, como criminales y comunistas».
Lee Blanchard y Bucky Bleichert han hecho grandes sacrificios para servir a su ciudad, y el día de las elecciones, el 5 de noviembre, se pedirá a los votantes de Los Ángeles que hagan lo mismo: votar una propuesta para conceder cinco millones de dólares al Departamento de Policía de Los Ángeles a fin de modernizar su equipamiento y proporcionar un aumento salarial del 8 por ciento a todo su personal. Tengan en mente los ejemplos del señor Fuego y el señor Hielo. Voten «Sí» a la Propuesta B el día de las elecciones.
Cuando hube terminado, le devolví las páginas al inspector Stensland. Empezó a decir algo, pero Thad Green le hizo callar poniendo una mano sobre su hombro.
–Díganos qué opina de esto, agente. Y sea sincero.
Tragué saliva para que la voz no me temblara.
–Es sutil.
Stensland se ruborizó, Green y Malloy sonrieron, y Blanchard lanzó una risotada sin contenerse.
–La Propuesta B va a ser derrotada –dijo Ellis Loew–, pero hay una posibilidad de someterla de nuevo a votación en las elecciones de la primavera próxima. Lo que teníamos en…
–Ellis, por favor –le cortó Green, y se volvió otra vez hacia mí–. Una de las razones por las que la propuesta no saldrá adelante es que la gente no está nada satisfecha con el servicio que se le ha dado hasta ahora. Nos faltaron efectivos durante la guerra y algunos de los hombres que contratamos para remediarlo resultaron ser manzanas podridas y nos dieron mala fama a todos. Además, desde que la guerra acabó el cuerpo se ha llenado de novatos y muchos de nuestros mejores hombres se han jubilado. Hay que reconstruir dos comisarías y necesitamos ofrecer unos salarios iniciales más altos para atraer a hombres buenos. Para todo eso hace falta dinero, y los votantes no van a dárnoslo en noviembre.
Empezaba a ver de qué iba todo aquello.
–Ha sido idea suya, ayudante –dijo Malloy–. Explíqueselo usted.
Loew tomó la palabra.
–Me apuesto lo que sea a que podremos hacer que aprueben la propuesta en la votación especial del 47. Pero para lograrlo necesitamos que haya más entusiasmo público hacia el departamento. Hemos de levantar la moral dentro del cuerpo e impresionar a los votantes con la calidad de nuestros hombres. Los buenos boxeadores de pura raza blanca resultan atractivos, Bleichert. Usted lo sabe.
Miré a Blanchard.
–Tú y yo, ¿eh?
Blanchard me guiñó el ojo.
–Fuego y Hielo. Cuéntele el resto, Ellis.
Loew torció el gesto al oír que lo llamaba por su nombre de pila, y continuó:
–Un combate a diez asaltos dentro de tres semanas en el gimnasio de la academia. Braven Dyer es muy buen amigo mío y se encargará de ir creando expectación en su columna. Las entradas costarán dos dólares, y una mitad del aforo será para policías y sus familias, y la otra para civiles. Los ingresos irán al programa de beneficencia de la policía. A partir de ahí crearemos un equipo de boxeo interdepartamental, formado por buenos chicos blancos de pura raza. Los miembros del equipo tendrán un día libre a la semana para enseñar a los niños con menos recursos el arte de la autodefensa. Montones de publicidad, hasta que lleguen las elecciones especiales del 47.
Ahora todos los ojos se clavaron en mí. Contuve el aliento, esperando que me ofrecieran el puesto en la Criminal. Cuando vi que nadie decía nada, miré a Blanchard de soslayo. Su torso parecía brutalmente poderoso, pero su estómago se había ablandado y yo era más joven, más alto y probablemente mucho más rápido que él. Antes de encontrar alguna razón para echarme atrás, dije:
–Acepto.
Los jefazos saludaron mi decisión con aplausos; Ellis Loew sonrió, dejando al descubierto unos dientes que parecían pertenecer a una cría de tiburón.
–La fecha es el 29 de octubre, una semana antes de las elecciones –dijo–. Y ambos podrán usar sin limitaciones el gimnasio de la academia para entrenarse. Diez asaltos es pedirles mucho a dos hombres que han estado inactivos durante tanto tiempo como ustedes, pero cualquier otra cosa resultaría propia de nenazas. ¿No creen?
–O de comunistas –repuso Blanchard con un bufido.
Loew le dedicó una mueca toda dientes afilados.
–Sí, señor –dije.
El inspector Malloy alzó una cámara y gorjeó:
–Mire el pajarito, hijo.
Me puse en pie y sonreí sin separar los labios; el flash soltó un fogonazo. Vi estrellitas y recibí unas palmadas en la espalda, y cuando la camaradería acabó y se me despejó la visión, Ellis Loew estaba delante de mí.
–He apostado muy alto por usted –dijo–. Y si no pierdo mi apuesta, espero que pronto podamos ser colegas.
Pensé: «Eres un cabronazo muy sutil», pero contesté:
–Sí, señor.
Loew me dio un flácido apretón de manos y se fue. Me froté los ojos para librarme de la última estrellita que entorpecía mi visión y vi que la habitación estaba vacía.
Mientras bajaba en el ascensor, pensé en sabrosos modos de recuperar el peso que había perdido. Blanchard debía de pesar algo más de noventa kilos, y si me enfrentaba a él con mi viejo y cómodo peso me machacaría cada vez que lograra atravesar mi guardia. Intentaba decidirme entre el Pantry y Little Joe’s cuando llegué al aparcamiento y vi a mi adversario en carne y hueso, hablando con una mujer que lanzaba anillos de humo a un cielo que parecía de postal.
Me dirigí hacia ellos. Blanchard estaba apoyado en un coche policial sin distintivos y agitaba las manos ante la mujer, todavía concentrada en sus anillos de humo, que exhalaba en grupitos de tres o cuatro cada vez. Cuando me acerqué ella estaba de perfil, la cabeza inclinada hacia arriba, la espalda arqueada y una mano apoyada sobre la portezuela del vehículo. Una cabellera castaño rojiza cortada al estilo paje le rozaba los hombros y el largo y delgado cuello; la forma en que le quedaban la chaqueta Eisenhower y la falda de lanilla me indicó que todo su cuerpo era delgado.
Blanchard me vio y le dio un codazo. Ella soltó una gran bocanada de humo y se volvió hacia mí. De cerca, distinguí un rostro de facciones marcadas y hermosas que parecían no encajar entre sí: la frente alta y despejada que daba un aire incongruente a su peinado, la nariz torcida, unos labios generosos y unos grandes ojos de color castaño muy oscuro.
Blanchard hizo las presentaciones.
–Kay, este es Bucky Bleichert. Bucky, Kay Lake.
La mujer aplastó su cigarrillo con el pie. Yo dije «Hola», al tiempo que me preguntaba si sería la chica que Blanchard había conocido durante el juicio por el atraco al Boulevard-Citizens. No daba el perfil de muñeca de un atracador de bancos, incluso aunque hubiera estado años viviendo con un policía.
Su voz tenía un ligero deje del Medio Oeste.
–Te vi boxear varias veces. Y las ganaste todas.
–Siempre gano. ¿Eres aficionada al boxeo?
Kay Lake negó con la cabeza.
–Lee solía llevarme a rastras a los combates. Antes de la guerra iba a clases de arte, así que me llevaba mi cuaderno y hacía dibujos de los boxeadores.
Blanchard le pasó un brazo alrededor de los hombros.
–Kay me obligó a dejar los combates a puerta cerrada. Dijo que no quería ver cómo acababa moviéndome como un vegetal.
Empezó a imitar a un boxeador medio sonado, y Kay Lake se apartó un poco de él con el gesto torcido. Blanchard la miró rápidamente y luego lanzó al aire unos cuantos directos de izquierda y unos cruzados de derecha. Los golpes se veían venir a kilómetros de distancia, y en mi mente contraataqué con un uno-dos a su mentón y su estómago.
–Intentaré no hacerte daño –dije.
Kay me fulminó con la mirada al oír mi comentario; Blanchard sonrió.
–Me ha llevado semanas convencerla de que me deje boxear. Le he prometido un coche nuevo si no pone demasiados morritos.
–No hagas ninguna apuesta que no seas capaz de cubrir.
Blanchard se rió, y luego se acercó a Kay y le pasó un brazo por los hombros.
–¿A quién se le ha ocurrido todo esto? –pregunté.
–A Ellis Loew. Consiguió que yo entrara en la Criminal; y cuando mi compañero presentó sus papeles de jubilación, empezó a pensar en ti para sustituirle. Hizo que Braven Dyer escribiera toda esa mierda del Fuego y el Hielo, y luego le llevó el pastelito a Horrall. Jamás se lo habría tragado, pero todas las encuestas decían que la propuesta se iba a pique, así que acabó dando luz verde.
–¿Ha apostado dinero por mí? ¿Conseguiré entrar en la Criminal si gano?
–Algo así. Al fiscal del distrito no le gusta mucho la idea, piensa que nosotros dos no funcionaremos como compañeros. Pero va a seguirles la corriente. Horrall y Thad Green lo convencieron. Personalmente, casi espero que ganes. Si pierdes, tendré que quedarme con Johnny Vogel. Está gordo, se tira pedos, le apesta el aliento y su padre es el capullo más grande de toda la Central, haciendo siempre recaditos para ese niñato judío. Además…
Le di unos suaves golpecitos con el índice en el pecho.
–¿Y qué sacas tú de todo esto?
–Las apuestas funcionan en los dos sentidos. A mi chica le gustan las cosas bonitas y no puedo permitirme decepcionarla. ¿Verdad que no, cariño?
–Sigue hablando de mí en tercera persona –dijo Kay–. Me encanta.
Blanchard alzó las manos en un gesto burlón de rendición; los oscuros ojos de Kay parecían arder. Sentí curiosidad por la mujer y pregunté:
–¿Qué piensa usted de todo este asunto, señorita Lake?
Ahora sus ojos parecieron bailar.
–Por razones estéticas, espero que los dos tengáis un buen aspecto con la camisa quitada. Por razones morales, espero que el Departamento de Policía de Los Ángeles quede en ridículo por perpetrar esta farsa. Por razones financieras, espero que Lee gane.
Blanchard se rió y dio una fuerte palmada en el capó del coche; yo olvidé mi vanidad y sonreí con la boca abierta. Kay Lake me miró a los ojos y, por primera vez –sí, era algo extraño, pero estaba seguro de ello–, tuve la sensación de que el señor Fuego y yo estábamos haciéndonos amigos. Tendí la mano y dije:
–Mucha suerte en la derrota.
Lee me la estrechó.
–Lo mismo digo –replicó él.
Kay nos abarcó a los dos con una mirada que indicaba que nos consideraba dos chiquillos estúpidos. Me llevé la mano al ala del sombrero, lo ladeé un poco en señal de despedida y comencé a alejarme.
–Dwight –llamó Kay, y me pregunté cómo sabía mi verdadero nombre. Cuando me di la vuelta, dijo–: Estarías muy guapo si te arreglaras los dientes.
3
La pelea se convirtió en la gran sensación del departamento y, luego, de Los Ángeles entero. Todo el aforo del gimnasio de la academia estaba vendido a las veinticuatro horas de que Braven Dyer anunciara el acontecimiento en la página deportiva del Times. El teniente de la calle Setenta y siete nombrado apostador oficial del departamento empezó dando como favorito a Blanchard por tres a uno, mientras que los apostadores auténticos se decantaban por el señor Fuego por KO (dos y medio a uno) y por decisión final de los jueces (cinco a tres). Las apuestas interdepartamentales estaban al rojo vivo, y en todas las comisarías montaron puestos especiales para recogerlas. Dyer y Morrie Ryskind, del Mirror, alimentaban la locura en sus columnas y un locutor de la KMPC compuso una cancioncilla llamada «Tango del Fuego y el Hielo». Respaldada por un grupo de jazz, una soprano de voz aguardentosa canturreaba: «Fuego y Hielo no son como el azúcar y la sal; ciento ochenta kilos a golpes de cuero no son cosa de broma. Pero el señor Fuego enciende mi llama y el señor Hielo enfría mi frente, ¡para mí es un servicio nocturno de primera clase!».
De nuevo me convertí en una celebridad local.
Cuando repartían los servicios vi cambiar de manos tarjetas de apuestas y me saludaron polis a quienes no conocía; el gordo Johnny Vogel me lanzaba una mirada asesina cada vez que pasaba por mi lado en los vestuarios. Sidwell, siempre traficando con rumores, dijo que dos tipos del turno de noche habían apostado sus coches y que el jefe de la comisaría, el capitán Harwell, era el encargado de guardar sus apuestas hasta después del combate. Los de la Brigada Antivicio habían suspendido sus redadas contra los apostadores clandestinos porque Mickey Cohen recibía diez de los grandes al día en tarjetas y le pasaba el cinco por ciento a la agencia de publicidad contratada por el Ayuntamiento en su esfuerzo por conseguir que se aprobara la propuesta para obtener fondos. Harry Cohn, el jefazo de Columbia Pictures, había apostado un buen fajo por mi triunfo por decisión final de los jueces, y si lo lograba pasaría un ardiente fin de semana con Rita Hayworth.
Aunque nada de todo eso tenía sentido, resultaba agradable, y para evitar volverme loco me entrené más duro de lo que jamás lo había hecho.
Cada día, al acabar mi turno, me iba directo al gimnasio y me empleaba a fondo. Sin hacer caso de Blanchard y de su séquito de lameculos, ni de los policías fuera de servicio que me rondaban igual que moscas, me dedicaba a golpear el saco, directo de izquierda, derecha cruzada, gancho de izquierda, cinco minutos en cada sesión, todo el tiempo sobre las puntas de los pies; me entrenaba con mi viejo compañero Pete Lukins como sparring, y golpeaba la pera hasta que el sudor me cegaba y sentía los brazos como goma. Saltaba a la cuerda y corría por las colinas del Elysian Park con pesas de un kilo atadas a los tobillos, lanzando puñetazos a las ramas de árboles y arbustos, y dejando atrás a los perros que merodeaban por allí alimentándose de lo que encontraban en los cubos de basura. Cuando llegaba a casa, me atiborraba de hígado, filetes enormes y espinacas, y me quedaba dormido antes de poder quitarme la ropa.
Entonces, cuando faltaban nueve días para la pelea, vi a mi viejo y decidí lanzarme a por el dinero.
Ocurrió durante mi visita mensual, cuando fui en coche a Lincoln Heights sintiéndome culpable por no haberme pasado por allí desde que me enteré de que volvía a hacer locuras. Le llevé regalos para calmar un poco mi culpabilidad: conservas que me había agenciado del mercado durante mi ronda y unas cuantas revistas de chicas confiscadas. Cuando frené delante de la casa, comprendí que eso no sería suficiente.
El viejo estaba sentado en el porche, dando tragos de un frasco de jarabe para la tos. En una mano sostenía su pistola de balines y disparaba con aire distraído contra una formación de aviones hechos con madera de balsa y alineados sobre el césped. Estacioné el coche y me dirigí hacia donde estaba. Tenía la ropa manchada de vómito y bajo ella asomaban los huesos, que sobresalían como si se los hubieran colocado en ángulos equivocados. El aliento le apestaba, tenía los ojos amarillentos y velados y la piel que podía ver por entre su apelmazada barba blanca estaba salpicada por venillas rotas. Me incliné para ayudarle a ponerse en pie y él me apartó las manos de un golpe, farfullando:
–Scheisskopf! Kleine Scheisskopf!
Tiré de él hasta conseguir levantarle. La pistola de balines y el frasco de Expectolar cayeron al suelo.
–Guten Tag, Dwight –murmuró, como si me hubiera visto el día anterior.
Me aparté las lágrimas de los ojos con la mano.
–Habla en inglés, papá.
El viejo se llevó la mano izquierda al hueco del codo derecho en un torpe corte de mangas y comenzó a agitar el puño ante mí.
–Englisch Scheisser! –gritó–. Churchill Scheisser! Amerikanisch Juden Scheisser!
Lo dejé en el porche y fui a echar un vistazo a la casa. La sala se hallaba repleta de piezas para montar aviones y latas abiertas de judías con moscas zumbando a su alrededor; el dormitorio estaba empapelado con fotos de chicas, la mayoría cabeza abajo. El cuarto de baño apestaba a orines rancios y en la cocina había tres gatos que andaban husmeando latas de atún medio vacías. Cuando me acerqué a ellos, me bufaron; les tiré una silla y volví junto a mi padre.
Estaba apoyado en la barandilla del porche, mesándose la barba. Temeroso de que se cayera, lo agarré del brazo; temeroso de echarme a llorar, le dije:
–Di algo, papá. Haz que me enfade. Dime cómo has logrado dejar la casa tan jodida en tan solo un mes.
Mi padre intentó soltarse. Yo lo sujeté con más fuerza y luego aflojé mi presa, temiendo quebrarle los huesos como si fueran ramas secas.
–Du, Dwight? Du? –murmuró.
Y supe que había sufrido otra embolia y que otra vez había perdido la memoria del inglés. Rebusqué en mi propia memoria en un intento de hallar frases en alemán y no encontré nada. De pequeño había odiado tanto a aquel hombre que me obligué a olvidar el idioma que me había enseñado.
–Wo ist Greta? Wo, Mutti?
Lo rodeé con mis brazos.
–Mamá está muerta. Eras demasiado tacaño para comprarle licor de contrabando, así que se consiguió un poco de aguardiente de uvas de los negros de los Flats. Era alcohol de quemar, papá. Se quedó ciega. La metiste en el hospital y se tiró desde el tejado.
–Greta!
Lo abracé con más fuerza.
–Chsss. Eso ocurrió hace catorce años, papá. Hace mucho tiempo.
Él intentó apartarme; yo le empujé hacia la puerta del porche y lo aprisioné contra ella. Sus labios se curvaron para lanzar una invectiva, pero entonces su rostro se vació de toda expresión y supe que no lograba encontrar las palabras. Cerré los ojos y las encontré yo por él:
–¿Sabes lo que me cuestas, so cabrón? Podría haber entrado en la policía con un historial limpio, pero descubrieron que mi padre era un jodido subversivo. Me hicieron delatar a Sammy y Ashidas, y Sammy murió en Manzanar. Sé que solo te uniste al Bund para hacer el imbécil y perseguir coños, pero tendrías que haberlo sabido, porque yo no tenía ni idea.
Abrí los ojos y descubrí que estaban secos; los de mi padre carecían de toda expresión. Le solté los hombros.
–No podías haber sabido lo que ocurriría –dije–, y lo de delatarles fue todo culpa mía. Pero siempre fuiste un maldito cerdo tacaño. Mataste a mamá, y eso sí es culpa tuya.
Y se me ocurrió una idea para poner fin a aquella maldita situación.
–Ahora debes descansar, papá. Yo cuidaré de ti.
Esa tarde me quedé a ver entrenar a Lee Blanchard. Su régimen de trabajo consistía en asaltos de cuatro minutos con pesos pesados bastante ligeros, tipos larguiruchos procedentes del gimnasio de la calle Main, y su estilo era el ataque total. Se encorvaba para avanzar, sin dejar de hacer fintas con el torso; su directo era sorprendentemente bueno. No era ni el cazador de cabezas ni la presa fácil que había esperado, y cuando le soltaba ganchos al saco podía oír los golpes a veinte metros de distancia. Con un tipo como aquel no había nada seguro, y ahora el combate era por dinero.
Así que el dinero me obligó a tomar medidas serias.
Volví a casa en coche y llamé al cartero jubilado que se ocupaba de echarle un vistazo a mi padre de vez en cuando. Le ofrecí un billete de cien para que limpiara la casa y se pegara a mi viejo como una lapa hasta después del combate, y aceptó. Entonces llamé a un antiguo compañero de la academia que trabajaba en la Antivicio de Hollywood y le pedí los nombres de algunos apostadores. Pensando que quería apostar por mi propia victoria, me dio los números de dos independientes, uno que trabajaba con Mickey Cohen y otro que estaba con la banda de Jack Dragna. En las apuestas de Cohen, Blanchard figuraba como favorito por dos a uno, pero en las de Dragna la cosa andaba igualada, Bleichert o Blanchard, ya que estaban llegando informes que decían que yo parecía ser fuerte y rápido. Podría doblar cada uno de los dólares que invirtiera.
Por la mañana llamé a la comisaría para decir que me encontraba enfermo, y el jefe de turno se lo tragó porque yo era una celebridad local y el capitán Harwell no quería que me tocara las narices. Una vez que me hube librado del trabajo, liquidé mi cuenta de ahorros, cobré mis bonos del Tesoro y pedí un préstamo bancario por dos de los grandes, usando mi Chevy casi nuevo del 46 como garantía. Desde el banco había un corto trayecto hasta Lincoln Heights, donde tuve una charla con Pete Lukins. Estuvo de acuerdo en hacer lo que yo quería, y dos horas después me llamó con los resultados.
El tipo de Dragna al que le había enviado aceptó su dinero por una victoria de Blanchard por KO en el último asalto, ofreciéndole una apuesta de dos a uno en contra. Si yo besaba la lona entre los asaltos ocho al diez ganaría 8.640 dólares… lo suficiente para mantener al viejo en un asilo de primera durante al menos dos o tres años. Había cambiado el puesto de la Criminal por una liquidación de las deudas del pasado, con la estipulación del último asalto como un riesgo apenas suficiente para no hacerme sentir demasiado cobarde. Era un trato que alguien me iba a ayudar a saldar, y ese alguien era Lee Blanchard.
Cuando solo faltaban siete días para la pelea, comí hasta ponerme en ochenta y siete kilos, aumenté la distancia recorrida en mis carreras e incrementé el tiempo de mis sesiones con el saco hasta los seis minutos. Duane Fisk, el agente asignado como entrenador y ayudante, me advirtió sobre los riesgos de pasarme con el entrenamiento, pero yo no le hice caso y continué igual hasta que faltaron cuarenta y ocho horas para el combate. Luego bajé el ritmo a unos suaves ejercicios gimnásticos y estudié a mi oponente.
Desde el fondo del gimnasio, observé a Blanchard entrenarse en el ring central. Busqué defectos en su técnica de ataque y calibré sus reacciones cuando sus sparrings pasaban a la acción. Me di cuenta de que doblaba los codos para desviar los golpes dirigidos al cuerpo, lo cual le abría la guardia para recibir pequeños uppercuts que le harían alzarla todavía más y lo dejarían en posición de recibir unos buenos ganchos en las costillas. Observé que su mejor golpe, el cruzado de derecha, lo anunciaba siempre con dos medios pasos a la izquierda y una finta con la cabeza. Vi que contra las cuerdas era letal y que podía mantener a oponentes de menos peso clavados a ellas con empujones de los codos alternados con puñetazos cortos al cuerpo. Me acerqué algo más y pude ver tejido cicatrizal en su ceja, algo que debería evitar para impedir que el combate se parara por los cortes. Era un pequeño contratiempo, pero una larga cicatriz que bajaba por la parte izquierda de su caja torácica parecía un lugar muy suculento para machacarlo.
–Al menos tiene buen aspecto sin la camisa.
Me volví al oír esas palabras. Kay Lake me observaba fijamente; por el rabillo del ojo vi a Blanchard, descansando en su taburete y mirándonos.
–¿Dónde está tu cuaderno de dibujo? –pregunté.
Kay agitó la mano en dirección a Blanchard; él le lanzó un beso con los dos puños enguantados. Sonó la campana y él y su compañero de entrenamiento saltaron de nuevo al ring amagando golpes.
–Lo dejé –respondió Kay–. No era muy buena, así que cambié de especialidad.
–¿A cuál?
–Medicina, luego psicología, luego literatura inglesa, luego historia.
–Me gusta una mujer que sabe lo que quiere.
Kay sonrió.
–A mí también, pero no conozco a ninguna. ¿Qué es lo que quieres tú?
Mis ojos recorrieron el gimnasio. Treinta o cuarenta espectadores estaban sentados en sillas plegables alrededor del ring central, la mayoría policías fuera de servicio y periodistas, muchos de ellos fumando. Una bruma evanescente se cernía sobre el cuadrilátero y las luces del techo la hacían brillar con un resplandor sulfuroso. Todas las miradas estaban clavadas en Blanchard y su contrincante, y todos los gritos y bromas iban dirigidos a él… pero sin mí y sin mi voluntad de saldar viejos asuntos aquello no significaba nada.
–Formo parte de esto. Esto es lo que quiero.
Kay meneó la cabeza.
–Dejaste de boxear hace cinco años. Ya no forma parte de tu vida.
La agresividad de aquella mujer me estaba poniendo nervioso, y le espeté:
–Y tu novio nunca llegó a nada, como yo; y tú eras la chica de un gángster antes de que él te recogiera. Tú…
Kay Lake me interrumpió con una carcajada.
–¿Has estado leyendo mis recortes de prensa?
–No. ¿Has estado leyendo tú los míos?
–Sí.
Yo no tenía réplica para eso.
–¿Por qué dejó Lee de pelear? –pregunté–. ¿Por qué ingresó en el departamento?
–Atrapar criminales le hace sentir que todo está en su sitio. ¿Tienes novia?
–Me reservo para Rita Hayworth. ¿Coqueteas con muchos polis o soy un caso especial?
Varios gritos se alzaron entre el público. Miré hacia el ring y vi cómo el compañero de entrenamiento de Lee Blanchard caía sobre la lona. Johnny Vogel trepó al cuadrilátero y le quitó el protector de la boca; el tipo escupió un largo chorro de sangre. Cuando me volví hacia Kay, estaba pálida y se apretaba la chaqueta Ike alrededor del cuerpo.
–Mañana por la noche será peor –dije–. Deberías quedarte en casa.
Kay se estremeció.
–No. Es un gran momento para Lee.
–¿Te ha pedido que vengas?
–No. Él nunca haría algo así.
–Un tipo sensible, ¿eh?
Kay se hurgó en los bolsillos en busca de cigarrillos y cerillas, y encendió uno.
–Sí. Como tú, pero sin estar amargado.
Me sentí enrojecer.
–¿Siempre estáis ahí cuando el otro os necesita? ¿A las duras y a las maduras y todo eso?
–Lo intentamos.
–Entonces ¿por qué no os habéis casado? Vivir con alguien sin estar casado va contra el reglamento, y si los jefazos decidieran ponerse bordes podrían crucificar a Lee por ello.
Kay lanzó unos cuantos anillos de humo hacia el suelo y luego alzó los ojos hacia mí.
–No podemos.
–¿Por qué no? Lleváis años juntos. Dejó de disputar combates a puerta cerrada por ti. Te deja que coquetees con otros hombres. A mí me parece un partido estupendo.
Se oyeron más gritos. Miré de soslayo y vi a Blanchard sacudiendo a un nuevo contrincante. Empecé a parar los golpes, removiendo el aire estancado del gimnasio. Al cabo de unos segundos me di cuenta de lo que estaba haciendo y me detuve. Kay lanzó su cigarrillo hacia el ring.
–Ahora tengo que irme –dijo–. Buena suerte, Dwight.
Solo mi viejo me llamaba así.
–No has respondido a mi pregunta.
–Lee y yo no nos acostamos juntos –repuso Kay, y se marchó antes de que pudiera hacer nada salvo ver cómo se alejaba.
Rondé por el gimnasio alrededor de una hora. Cuando ya oscurecía empezaron a llegar reporteros y fotógrafos y se dirigieron hacia el ring central, donde Blanchard proseguía con su aburrida serie de victorias por KO contra peleles con la mandíbula de cristal. La frase con que Kay Lake se había despedido aún resonaba en mi mente, junto con destellos de su risa y su sonrisa y de cómo se ponía triste en apenas un segundo. Al oír que un reportero gritaba «¡Eh! ¡Ahí está Bleichert!», salí del gimnasio y corrí hacia el aparcamiento y hacia mi Chevy, ahora hipotecado por partida doble. Cuando me marchaba, me di cuenta de que no tenía ningún sitio adonde ir y nada que deseara hacer salvo satisfacer mi curiosidad acerca de una mujer que había aparecido como un vendaval perturbador y que parecía llevar un gran dolor dentro.
Así que me dirigí al centro para leer sus recortes de prensa.
El empleado del archivo del Herald, impresionado por mi placa, me llevó hasta una mesa de lectura. Le dije que estaba interesado en el robo al banco Boulevard-Citizens y el juicio a los atracadores capturados, y que creía que la fecha del atraco había sido a principios del 39, y que el proceso judicial debió de celebrarse en otoño del mismo año. Me dejó allí sentado y regresó al cabo de unos diez minutos con dos grandes volúmenes de recortes encuadernados en cuero. Las páginas de periódico habían sido pegadas con cola a gruesas láminas de cartón negro, ordenadas cronológicamente. Fui pasando hojas desde el 1 al 12 de febrero hasta encontrar lo que buscaba.
El 11 de febrero de 1939 un grupo de cuatro hombres asaltó un coche blindado en una tranquila calle de Hollywood. Usaron una motocicleta caída en medio de la calzada para distraer su atención; cuando uno de los guardias bajó del vehículo para investigar el accidente, los ladrones lo redujeron. Le pusieron un cuchillo en la garganta y obligaron a los otros dos guardias que seguían dentro del coche a que les abrieran. Una vez dentro, los durmieron con cloroformo, los ataron y amordazaron, y reemplazaron las seis bolsas de dinero que llevaba el coche por otras seis con recortes de guías telefónicas y fichas.
Uno de los ladrones condujo el vehículo blindado hasta el centro de Hollywood; los otros tres se pusieron uniformes idénticos a los que llevaban los guardias. Los tres tipos uniformados entraron por la puerta del Boulevard-Citizens Savings & Loan situado en Yucca con Ivar, cargados con los sacos llenos de papeles y fichas, y el gerente les abrió la cámara acorazada. Uno de los ladrones le atizó con una porra; los otros dos cogieron sacos con dinero auténtico y se encaminaron hacia la puerta. Para entonces, el conductor ya había entrado en el banco y se había encargado de reunir a los empleados. Los llevó hasta la cámara, donde les golpeó con la porra y cerró la puerta. Los cuatro ladrones se encontraban de nuevo en la calle cuando un coche patrulla de la zona de Hollywood, alertado por una alarma conectada con la comisaría, llegó al lugar. Los agentes dieron el alto a los atracadores; estos abrieron fuego y los policías respondieron a sus disparos. Dos ladrones murieron y otros dos escaparon, con cuatro bolsas llenas de billetes de cincuenta y cien dólares sin marcar.
Al no encontrar mención alguna a Blanchard o Kay Lake, hojeé las páginas uno y dos de la semana siguiente con los informes sobre las investigaciones del Departamento de Policía de Los Ángeles.
Los atracadores muertos fueron identificados como Chick Geyer y Max Ottens, dos tipos duros de San Francisco a los cuales no se les conocían socios en Los Ángeles. Los testigos oculares del banco no pudieron identificar por las fotos policiales a los dos que habían escapado, ni tampoco proporcionar descripciones adecuadas: llevaban las gorras caladas hasta las cejas y ambos lucían gafas de sol oscuras. No hubo testigos en el lugar donde robaron el coche blindado y los guardias narcotizados habían caído inconscientes antes de poder echar un buen vistazo a sus atacantes.
El atraco pasó de la segunda y tercera páginas a las columnas de sucesos. Bevo Means siguió dando cobertura al caso durante los tres días siguientes, alimentando la teoría de que la banda de Bugsy Siegel estaba persiguiendo a los atracadores fugados porque una de las paradas hechas por el coche blindado fue en la tienda para caballeros del Gran Bug. Siegel había jurado encontrar a los dos tipos, aunque el dinero con el que se habían largado fuera del banco, no suyo.
Las informaciones en las columnas de sucesos se fueron espaciando cada vez más, y continué pasando páginas hasta toparme con el titular del 28 de febrero: «Soplo recibido por policía ex boxeador resuelve sangriento atraco a un banco».
El artículo estaba lleno de elogios hacia el señor Fuego, aunque resultaba bastante parco en hechos. El agente Leland C. Blanchard, de veinticinco años, policía perteneciente a la División Central de Los Ángeles y antigua «atracción habitual» del Hollywood Legion Stadium, interrogó a sus «conocidos del mundillo del boxeo» e «informadores» y recibió el soplo de que Robert «Bobby» De Witt era el cerebro del trabajito del Boulevard-Citizens. Blanchard le pasó la información a los detectives de Hollywood y estos hicieron una redada en la casa de De Witt en Venice Beach. Encontraron un gran alijo de marihuana, uniformes de guardias y bolsas de dinero del Boulevard-Citizens Savings & Loan. De Witt protestó alegando a gritos su inocencia y fue arrestado y acusado de dos cargos de atraco a mano armada en grado uno, cinco cargos de asalto con agravantes, un cargo de robo de vehículo con agravante y otro de posesión de drogas ilegales. Fue encarcelado sin fianza… y seguía sin haber mención alguna a Kay Lake.
Cansado de tanta historia de policías y ladrones, seguí pasando páginas. De Witt, nacido en San Berdoo y con tres condenas anteriores por proxenetismo, seguía alegando a gritos que la banda de Siegel o la policía le habían tendido una trampa: la banda, porque a veces había metido las narices en el territorio de Siegel; la policía, porque necesitaba urgentemente un pardillo al que cargar con el mochuelo del Boulevard-Citizens. No tenía ninguna coartada para el día del atraco y dijo que no conocía a Chick Geyer, Max Ottens ni al cuarto hombre, que todavía andaba suelto. Fue a juicio y el jurado no le creyó. Le declararon culpable de todos los cargos y acabó en San Quintín, condenado a una pena de entre diez años y cadena perpetua.
Kay apareció por fin en un artículo de interés humano del 21 de junio titulado: «Chica de gángster se enamora… ¡de un policía! ¿Seguirá el camino recto? ¿Acabará en el altar?». Acompañando al texto, había fotos de ella y de Lee Blanchard, así como una foto policial de Bobby De Witt, un tipo con facciones muy marcadas y con un tupé engominado. El artículo empezaba con un relato del atraco al Boulevard-Citizens y el papel desempeñado por Blanchard en su resolución, para caer seguidamente en lo almibarado:
… y en la época en que se produjo el atraco, De Witt estaba ofreciendo cobijo en su casa a una impresionable joven. Katherine Lake, de diecinueve años y procedente del oeste, de Sioux Falls, Dakota del Sur, había llegado a Hollywood en 1936 no en busca del estrellato, sino de una educación universitaria. Y lo que consiguió fue graduarse en la universidad de los más duros criminales.
«Acabé con Bobby porque no tenía ningún otro sitio adonde ir –le contó “Kay” Lake a Aggie Underwood, reportero del Herald Express–. La Depresión no había terminado y apenas había trabajo. Solía salir a pasear por los alrededores de la horrible pensión en la que tenía un catre, y así fue como conocí a Bobby. Me proporcionó una habitación para mí sola en su casa y me dijo que me conseguiría un trabajo en el Valley J.C. si mantenía la casa limpia. No lo hizo, pero aun así tenía mucho más de lo que había esperado.»
Kay pensó que Bobby De Witt era músico, pero en realidad era un traficante de drogas y un proxeneta. «Al principio se portó muy bien conmigo –dijo Kay–. Luego me hizo beber láudano y quedarme en casa todo el día para contestar al teléfono. Después de aquello, la cosa fue a peor.»
Kay Lake se negó a explicar cómo fue la cosa «a peor», y no se sorprendió cuando la policía arrestó a De Witt por su implicación en el terrible atraco del 11 de febrero. Encontró alojamiento en un pensionado femenino de Culver City, y cuando la fiscalía la llamó para testificar en el juicio contra De Witt lo hizo, a pesar de que sentía pánico hacia su antiguo «benefactor».
«Era mi deber –dijo–. Y, claro, en el juicio conocí a Lee.»
Lee Blanchard y Kay Lake se enamoraron. «Tan pronto como la vi supe que era la chica ideal para mí –explicó el agente Blanchard al reportero de sucesos Bevo Means–. Tiene ese tipo de belleza delicada e infantil que me vuelve loco. Ha llevado una vida muy dura, pero yo me encargaré de enderezar su rumbo.»
Para Lee Blanchard, la tragedia no es algo desconocido. Cuando tenía catorce años, su hermana de nueve años desapareció y nunca se la ha vuelto a encontrar. «Creo que por eso dejé el boxeo y me convertí en policía –dijo–. Atrapar criminales hace que sienta que las cosas están donde deben estar.»
Y así, de la tragedia, ha surgido una historia de amor. Pero ¿cómo terminará? Según Kay Lake: «Ahora lo importante es mi educación y Lee. Los días felices han vuelto».
Y con el gran Lee Blanchard ocupándose de Kay, da la impresión de que esos días felices van a durar.
Cerré el álbum de recortes. Nada de todo aquello me sorprendía en exceso, salvo lo de la hermana pequeña. Pero todo el asunto me hacía pensar en que las cosas habían ido muy mal: Blanchard, desaprovechando la oportunidad que le brindaba su caso más glorioso al renunciar a seguir celebrando combates a puerta cerrada; una niña a la que estaba claro que habían asesinado y tirado en cualquier parte como una bolsa de basura; Kay Lake, conviviendo a ambos lados de la ley. Volví a abrir el volumen y contemplé fijamente a la Kay de siete años antes. Incluso a los diecinueve, parecía demasiado avispada para pronunciar las palabras que Bevo Means había puesto en sus labios. El hecho de que fuera presentada como una chica ingenua me irritó.
Devolví los álbumes de recortes al empleado y salí del edificio Hearst preguntándome qué había ido a buscar allí, consciente de que era algo más que una simple prueba de que el cambio de Kay había sido auténtico y legal. Mientras conducía sin rumbo para matar el tiempo, a fin de agotarme y ser capaz de dormir hasta la tarde, de repente lo comprendí todo: con alguien que cuidara de mi viejo y sin ninguna perspectiva de acceder a la Criminal, Kay Lake y Lee Blanchard eran lo único que había de interesante en mi futuro, y necesitaba llegar a conocerles más allá de las frases ingeniosas de doble sentido, las insinuaciones y el combate.
Me detuve en una brasería en Los Feliz y me zampé un enorme filete con espinacas y judías; después me dirigí hacia Hollywood Boulevard y el Strip. Ninguna de las películas anunciadas en las marquesinas me resultaba atrayente y los clubes del Sunset parecían demasiado lujosos para una celebridad de tan poca monta como yo. En Doheny terminaba la larga hilera de neones y proseguí hacia las colinas. Mulholland estaba llena de motoristas apostados en controles de velocidad, y tuve que resistir el impulso de pisar el acelerador para llegar hasta la playa.
Al final me cansé de conducir como un buen ciudadano respetuoso con la ley y me dirigí hacia el muelle. Los reflectores de Westwood Village surcaban el cielo justo por encima de mi cabeza; los observé girar e iluminar las formaciones de nubes bajas. Seguir las luces resultaba hipnótico y dejé que obnubilaran mi mente. Los coches que pasaban a toda velocidad por Mulholland apenas perturbaban mi sopor, y cuando por fin las luces se apagaron miré mi reloj y vi que era algo más de medianoche.
Me desperecé mientras contemplaba las escasas luces que aún seguían encendidas en las casas, y pensé en Kay Lake. Leyendo entre líneas el artículo del periódico, la veía sirviendo a Bobby De Witt y a sus amigos, quizá prostituyéndose para él, el ama de casa de un gángster enganchada al láudano. Todo eso me resultaba verosímil aunque desagradable, como si estuviera traicionando las chispas de pasión que saltaban entre nosotros. La frase de despedida de Kay también empezaba a resultarme verosímil, y me pregunté cómo podía Blanchard vivir con ella sin llegar a poseerla por completo.
Las luces de las casas se fueron apagando una a una, y me quedé solo. Un viento frío soplaba desde las colinas; me estremecí, y en ese momento supe la respuesta.
Sales de una pelea que acabas de ganar. Empapado en sudor, con el sabor de la sangre en la boca, excitado a más no poder, deseando todavía atacar. Los apostadores que han hecho dinero gracias a ti te traen a una chica. Una profesional, una semiprofesional, una aficionada que está probando el sabor de su propia sangre. Lo hacéis en el vestidor, o en el asiento trasero de un coche demasiado pequeño para tus piernas, y a veces rompes la ventanilla de una patada. Después de hacerlo, sales caminando y la gente se agolpa a tu alrededor para tocarte y vuelves a sentir toda la excitación. Se convierte en otra parte del juego, el undécimo asalto de un combate a diez. Y cuando vuelves a la vida corriente, es como si te debilitaras, una sensación de pérdida. Mientras Blanchard había estado apartado de aquel juego, y debía ser consciente de ello, había querido mantener su amor por Kay alejado de todo aquello.
Subí al coche y me dirigí hacia casa, preguntándome si alguna vez le contaría a Kay que no había ninguna mujer en mi vida porque para mí el sexo sabía a sangre, resina y linimento para suturas.
4
Cuando sonó el timbre de aviso, salimos de nuestros vestidores al mismo tiempo. Al empujar la puerta, yo era un puro nervio de adrenalina viva. Había masticado un gran filete dos horas antes, tragándome el jugo y escupiendo la carne, y podía oler la sangre animal en mi propio sudor. Bailando sobre la punta de mis pies, avancé hacia mi esquina a través de la más increíble multitud de asistentes a un combate que había visto en mi vida.
El gimnasio aparecía lleno hasta los topes y los espectadores se apiñaban en las gradas y en angostas sillas de madera. Todos los presentes parecían estar gritando y la gente sentada junto a los pasillos me tiraba del albornoz y me apremiaba a matar a mi contrincante. Habían quitado los rings laterales, y el central estaba bañado en un cuadrado perfecto de cálida luz amarillenta. Me agarré a la cuerda inferior y me subí al cuadrilátero.
El árbitro, un veterano del turno de noche de la Central, estaba hablando con Jimmy Lennon, quien se había tomado una noche de permiso de su trabajo habitual como presentador en el Olympic; en un lateral del ring vi a Stan Kenton, junto con Misty June Christy, Mickey Cohen, el alcalde Bowron, Ray Milland y un montón de jefazos del cuerpo vestidos de civil. Kenton agitó la mano en mi dirección y yo le grité: «¡Arte en el ritmo!». Se rió y yo le mostré mis dientes de caballo a la multitud, que rugió su aprobación. Los rugidos fueron in crescendo; me giré y vi que Blanchard había subido al cuadrilátero.
El señor Fuego me hizo una reverencia; se la devolví con toda una salva de golpes cortos al aire. Duane Fisk me llevó hasta mi taburete; me quité el albornoz y me senté de espaldas al poste con los brazos rodeando la cuerda superior. Blanchard adoptó una posición similar; nuestros ojos se encontraron. Jimmy Lennon le hizo una seña al árbitro para que se colocara en una esquina y el micrófono del ring bajó sujeto a un poste suspendido de las luces del techo. Lennon lo cogió y gritó por encima del rugido:
–¡Damas y caballeros, policías y partidarios del mejor boxeo de Los Ángeles, ha llegado el momento del tango del Fuego y el Hielo!
La multitud se volvió loca y comenzó a aullar y patear el suelo. Lennon esperó hasta que se hubieron calmado y el estruendo se convirtió en un zumbido. Luego, con voz más melosa, continuó:
–Esta noche tenemos un combate a diez asaltos en la categoría de los pesos pesados. En el rincón blanco, con calzón blanco, un policía de Los Ángeles con un historial profesional de cuarenta y tres victorias, cuatro derrotas y dos nulos. Con un peso de noventa y dos kilos y trescientos gramos, damas y caballeros… ¡el gran Lee Blanchard!
Blanchard se quitó el albornoz, se besó los guantes y saludó hacia los cuatro laterales. Lennon dejó que los espectadores se desmadraran durante unos segundos antes de volver a alzar su voz amplificada:
–Y en el rincón negro, con ochenta y seis kilos y medio de peso, un policía de Los Ángeles invicto en treinta y seis combates como profesional… ¡el escurridizo Bucky Bleichert!
Me empapé de hasta el último hurra que me dedicaron mientras memorizaba los rostros que se hallaban junto al cuadrilátero, fingiendo que no iba a dejarme caer. El ruido del gimnasio se fue apagando y me dirigí hacia el centro del ring. Blanchard también se acercó; el árbitro farfulló unas palabras que no oí; el señor Fuego y yo entrechocamos nuestros guantes. Sentí que me moría de miedo y retrocedí hasta mi rincón; Fisk me puso el protector en la boca. Entonces sonó la campana, y todo terminó y al mismo tiempo empezaba.
Blanchard cargó hacia mí. Le recibí en el centro del cuadrilátero y comencé a lanzar directos dobles mientras él se mantenía encorvado ante mí meneando la cabeza. Mis golpes fallaron y me moví hacia la izquierda, sin hacer ningún intento de contraatacar, esperando engañarle para poder atacar con mi derecha.
Su primer golpe fue un rápido gancho de izquierda al cuerpo. Lo vi venir y avancé para esquivarlo, mientras le lanzaba un corto de izquierda cruzado a la cabeza. El gancho de Blanchard me rozó la espalda; fue uno de los golpes fallidos más potentes que había recibido en toda mi vida. Tenía la derecha algo baja y logré meterle un buen uppercut. Impactó de lleno, y mientras Blanchard subía la guardia le largué un uno-dos en las costillas. Retrocedí con rapidez antes de que pudiera agarrarse a mí o buscarme el cuerpo, y recibí un izquierdazo en el cuello. Me dio una buena sacudida; entonces me puse de puntillas y comencé a bailar a su alrededor.
Blanchard intentaba cazarme. Yo me mantenía fuera de su alcance, lanzando directos cortos contra su oscilante cabeza, conectando más de la mitad de las veces y recordándome que debía golpear bajo para no abrirle sus maltrechas cejas. Blanchard se irguió un poco y empezó a soltarme ganchos al cuerpo; retrocedí y los frené con combinaciones de golpes a sus puños. Después de más o menos un minuto, logré sincronizar sus fintas y mis golpes, y cuando movió la cabeza de nuevo me lancé sobre él con ganchos cortos de derecha a las costillas.
Bailé, di vueltas y fui soltando ráfagas rápidas. Blanchard me buscaba, intentaba hallar un resquicio que le permitiera lanzar su gran golpe de derecha. El asalto se acababa y me di cuenta de que el resplandor de las luces del techo y el humo de la multitud habían distorsionado mi sentido de las distancias en el ring: no veía las cuerdas. Por puro reflejo, miré por encima de mi hombro. Y, al hacerlo, recibí el gran golpe en un lado de la cabeza.
Me tambaleé hacia el poste del rincón blanco; Blanchard se abalanzó sobre mí. La cabeza me latía con fuerza y los oídos me zumbaban como si unos cazas Zero japoneses bombardearan dentro de ellos. Levanté las manos para protegerme el rostro; Blanchard lanzó demoledores ganchos de izquierda y derecha sobre mis brazos para hacer que los bajara. Mi cabeza empezó a despejarse y de un salto me agarré al señor Fuego en un abrazo de oso que lo inmovilizó, mientras iba recuperando las fuerzas a cada segundo y lo empujaba tambaleándonos a través del ring. Entonces intervino el árbitro gritando: «¡Suéltense!». Yo seguí agarrado, y al final tuvo que separarnos.
Retrocedí de nuevo, ya sin el mareo ni el zumbido en las orejas. Blanchard vino hacia mí, plantó los pies en el suelo y dejó toda la guardia abierta. Hice una finta con la izquierda y el gran Lee se colocó justo delante de un derechazo alto perfecto. Cayó de culo sobre la lona.
No sé quién de los dos quedó más aturdido. Blanchard permanecía sentado con la mandíbula desencajada, escuchando contar al árbitro; yo me aparté a uno de los rincones neutrales. Al llegar a siete, Blanchard ya estaba de pie y esta vez fui yo quien cargó sobre él. El señor Fuego parecía clavado al suelo, con los pies bien separados, dispuesto a matar o morir. Estábamos ya casi a la distancia de golpeo cuando el árbitro se interpuso entre nosotros y gritó: «¡La campana! ¡La campana!».
Fui hacia mi rincón. Duane Fisk me quitó el protector y me limpió con una toalla mojada; miré hacia el público, puesto en pie y aplaudiendo. Cada uno de aquellos rostros me decía lo que ahora yo ya sabía: que podía darle una paliza a Blanchard, pura y simplemente. Y durante una fracción de segundo pensé que todas aquellas voces me gritaban que no me dejara vencer.
Fisk me giró la cara, me metió el protector en la boca y me siseó al oído:
–¡No te acerques a él! ¡Mantente fuera de su alcance! ¡Trabaja con el directo!
Sonó la campana. Fisk bajó del ring; Blanchard vino directo hacia mí. Ahora se mantenía erguido, y me lanzó una serie de golpes que se quedaron cortos por milímetros, avanzando un solo paso cada vez, midiéndome para soltar un gran cruzado de derecha. Yo seguí moviéndome sobre la punta de los pies mientras lanzaba dobles directos desde demasiado lejos como para hacerle daño, intentando establecer un ritmo de pegada monótono que le hiciera confiarse y descuidar la guardia.
La mayor parte de mis golpes dieron en el blanco; Blanchard seguía con su acoso, intentando acercarse. Le solté un derechazo a las costillas; él se movió con rapidez y lanzó su derecha contra las mías. Muy pegados uno al otro, nos dedicamos a lanzar golpes al cuerpo con los dos puños; no había espacio para coger impulso, así que los golpes eran solo movimientos de brazos, y Blanchard mantenía el mentón pegado al pecho, obviamente protegiéndose de mis uppercuts.
Seguíamos estando muy pegados, lanzando golpes a los brazos y los hombros. Durante todo ese intercambio sentí la fuerza superior de Blanchard, pero no intenté zafarme de él; quería hacerle algo de daño antes de empezar otra vez a bailar alrededor de él. Me preparaba para una seria guerra de trincheras cuando el señor Fuego se mostró tan frío y astuto como el señor Hielo en sus mejores momentos.
En mitad de un intercambio de golpes al cuerpo, Blanchard dio un paso hacia atrás y me soltó un fuerte izquierdazo en la parte baja del vientre. El golpe me dolió y retrocedí, preparándome para seguir con mi baile. Sentí las cuerdas a mi espalda y subí la guardia, pero antes de que pudiera moverme hacia un lado para apartarme de él, una izquierda y una derecha me dieron en los riñones. Bajé la guardia y un gancho de izquierda de Blanchard impactó en mi mentón.
Reboté contra las cuerdas y caí de rodillas sobre la lona. Oleadas de conmoción se desplazaban dolorosamente desde mi mandíbula a mi cerebro; distinguí una imagen borrosa del árbitro conteniendo a Blanchard y señalándole uno de los rincones neutrales. Me apoyé sobre una rodilla y me agarré a la cuerda inferior, pero entonces perdí el equilibrio y caí sobre el estómago. Blanchard había llegado al poste del rincón neutral, y al estar tumbado conseguí que mi vista se estabilizara. Hice varias inspiraciones profundas; el nuevo aliento hizo que se aliviara el efecto de que me habían abierto el cráneo. El árbitro se acercó a mí y empezó a contar; cuando iba por el seis, probé qué tal estaban mis piernas. Las rodillas se me doblaban un poco, pero era capaz de mantenerme en pie. Blanchard lanzaba besos con los guantes a sus partidarios, y yo empecé a hiperventilar con tal fuerza que casi me sale disparado el protector bucal. Al llegar a ocho, el árbitro frotó mis guantes contra su camisa y le dio a Blanchard la señal de continuar la pelea.
La ira me hacía sentirme fuera de control, igual que un niño humillado. Blanchard vino hacia mí agitando sus miembros, con los guantes abiertos, como si yo no mereciera siquiera que cerrara los puños. Lo recibí de frente, lanzando un golpe que fingí vacilante cuando entró en mi radio de acción. Blanchard esquivó el puñetazo con facilidad… tal y como se suponía que debía hacer. Se preparó para asestarme un tremendo cruzado de derecha que acabara conmigo y, en el momento en que se echaba hacia atrás, le lancé un derechazo en la nariz con todas mis fuerzas. Su cabeza salió despedida hacia un lado; seguí con un gancho de izquierda al cuerpo. La guardia del señor Fuego cayó bruscamente; me lancé sobre él con un uppercut corto. La campana sonó justo cuando se tambaleaba contra las cuerdas.
La multitud coreaba «¡Buck-kee! ¡Buck-kee! ¡Buck-kee!» cuando me dirigí hacia mi rincón con paso algo inseguro. Escupí mi protector y jadeé en busca de aire; miré hacia el público y supe que ya no importaban las apuestas: machacaría a Blanchard hasta convertirle en comida para perros y luego exprimiría a la Criminal en busca de cada chanchullo y dólar fácil que pudiera sacar; con ese dinero pondría a mi viejo en un asilo y conseguiría todo el lote.
–¡Hazle boxear! ¡Hazle boxear! –gritaba Duane Fisk.
Los jefazos que hacían de jueces junto al ring me sonrieron; yo les devolví el saludo de Bucky Bleichert mostrando todos mis dientes de caballo. Fisk me metió una botella de agua en la boca, tragué y escupí en el cubo. Me puso una ampollita de amoníaco bajo la nariz, volvió a colocarme el protector… y entonces sonó la campana.
Ahora se trataba de actuar con mucha cautela: mi especialidad.
Durante los cuatro asaltos siguientes bailé, hice fintas y solté directos desde una media distancia segura, usando la ventaja que mis largos brazos me daban y sin permitir que Blanchard me inmovilizara o me pusiera contra las cuerdas. Me concentré en un blanco, sus maltrechas cejas, y lancé una y otra vez mi puño izquierdo hacia ellas. Si el golpe impactaba con nitidez y Blanchard alzaba los brazos por reflejo, yo avanzaba y le soltaba un gancho de derecha justo al centro del estómago. La mitad de las veces, Blanchard podía responder golpeándome el cuerpo, y cada puñetazo que me asestaba restaba flexibilidad a mis piernas y me hacía soltar un ligero «umf». Hacia el final del sexto asalto, las cejas de Blanchard eran un surco abierto y ensangrentado y los costados me dolían desde la cinturilla del calzón hasta la zona de las costillas. Los dos nos estábamos quedando sin resuello.
El séptimo asalto fue un combate de trincheras librado por dos guerreros exhaustos. Intenté quedarme a media distancia y trabajar los directos largos; Blanchard mantenía los guantes altos para limpiarse la sangre de los ojos y protegerse las heridas a fin de impedir que se abrieran todavía más. Cada vez que yo me adelantaba para lanzar un uno-dos hacia sus guantes y su estómago, él me clavaba un buen puñetazo en el plexo solar.
La pelea se había convertido en una guerra librada segundo a segundo. Mientras esperaba el octavo asalto, me di cuenta de que tenía el calzón salpicado de pequeñas gotas de sangre; los gritos de «¡Buck-kee! ¡Buck-kee!» me hacían daño en los oídos. Al otro lado del cuadrilátero, el entrenador de Blanchard le estaba frotando las cejas con un lápiz cauterizador y aplicaba minúsculas tiritas a los pedazos de piel que colgaban de las heridas. Derrumbado en mi taburete, dejé que Duane Fisk me diera agua y me masajeara los hombros, mientras yo mantenía los ojos clavados en el señor Fuego durante los sesenta segundos que duraba el descanso, intentando hacer que me recordara a mi viejo para que el odio me diera la fuerza necesaria para aguantar los nueve minutos siguientes.
La campana sonó. Avancé hacia el centro del ring con piernas temblorosas. Blanchard, de nuevo encorvando el cuerpo, vino hacia mí. También le temblaban las piernas, y pude ver que sus heridas estaban cerradas.
Le lancé un débil directo. Blanchard lo encajó sin detenerse y prosiguió su avance hacia mí, apartando mi guante de su camino mientras mis débiles piernas se negaban a desplazarse hacia atrás. Sentí cómo los cordones del guante le abrían de nuevo las cejas y noté que el estómago se me hundía al tiempo que veía el rostro de Blanchard cubierto de sangre. Se me doblaron las rodillas, escupí el protector y me tambaleé hacia atrás hasta chocar contra las cuerdas. Vi una bomba con forma de mano derecha trazando un arco en mi dirección. Daba la impresión de que había sido lanzada desde kilómetros de distancia, y supe que tendría tiempo suficiente para responder. Puse todo mi odio en mi propia derecha y la lancé directa hacia el blanco ensangrentado que tenía delante. Sentí el inconfundible crujir del cartílago de la nariz y luego todo se volvió negro y de un ardiente amarillo. Alcé los ojos hacia la luz cegadora y noté que me levantaban; Duane Fisk y Jimmy Lennon se materializaron junto a mí, sosteniéndome por los brazos. Escupí sangre y las palabras «He ganado».
–Esta noche no, chico –dijo Lennon–. Has perdido: KO en el octavo asalto.
Cuando comprendí lo que me había dicho, me eché a reír y me solté los brazos de un tirón. Lo último que pensé antes de perder el conocimiento fue que me había librado por fin de mi viejo… y de una forma limpia.
Estuve diez días fuera de servicio, debido a la insistencia del doctor que me examinó después del combate. Tenía las costillas magulladas, mi mandíbula se había hinchado hasta el doble de su tamaño normal y el derechazo causante de tal hinchazón me había aflojado seis dientes. El matasanos me contó más tarde que Blanchard tenía la nariz rota y que sus cortes habían requerido veintiséis puntos de sutura. Teniendo en cuenta el daño que nos habíamos infligido, el combate había sido nulo.
Pete Lukins recogió mis ganancias y juntos nos dedicamos a recorrer asilos hasta encontrar uno que parecía apto para que en él vivieran seres humanos: el King David Villa, a una manzana de Miracle Mile. Por dos de los grandes al año y cincuenta al mes deducidos de su cheque de la Seguridad Social, el viejo tendría su propia habitación, tres áreas comunes y un montón de «actividades en grupo». La mayoría de los viejos del asilo eran judíos y me gustó la idea de que ese loco kraut fuera a pasar el resto de su vida en un campamento enemigo. Pete y yo le instalamos allí, y cuando nos marchábamos ya estaba incordiando a la jefa de enfermeras y comiéndose con los ojos a una chica de color que hacía las camas.
Después de aquello, no me moví de mi apartamento; me dediqué a leer y a escuchar jazz en la radio, atiborrándome de sopa y helado, lo único que podía comer. Me sentía contento porque sabía que había hecho todo cuanto pude… y que con eso había conseguido llevarme la mitad del pastel.
El teléfono sonaba constantemente; sabía que serían reporteros o policías que querían darme sus condolencias, así que nunca contestaba. No escuché los noticiarios deportivos y no leí los periódicos. Quería cortar de raíz lo de ser una celebridad local, y encerrarme en mi agujero era el único modo de conseguirlo.
Mis heridas curaban bien, y al cabo de una semana ya estaba impaciente por volver al trabajo. Me pasaba las tardes en los escalones de la parte trasera de la casa, mirando cómo el gato de mi casera acechaba a los pájaros. Chico clavaba sus ojos en un arrendajo posado en una rama cuando oí una voz algo aflautada:
–¿Aún no te has aburrido?
Miré hacia abajo. Lee Blanchard se encontraba al pie de la escalera. Tenía las cejas cubiertas de puntos y la nariz aplastada y amoratada. Me eché a reír y dije:
–Empiezo a estarlo.
Blanchard se metió los pulgares dentro del cinturón.
–¿Quieres trabajar en la Criminal conmigo?
–¿Cómo?
–Ya me has oído. El capitán Harwell te ha llamado para decírtelo, pero, joder, estabas hibernando.
Sentí un cosquilleo por todo el cuerpo.
–Pero perdí el combate. Ellis Loew dijo…
–A la mierda lo que dijo Ellis Loew. ¿No lees los periódicos? Ayer se aprobó la propuesta, probablemente por haberles dado a los votantes tan buen espectáculo. Horrall le dijo a Loew que Johnny Vogel quedaba descartado, que tú eras su hombre. ¿Quieres el trabajo?
Bajé los peldaños y le tendí la mano. Blanchard la estrechó y me guiñó el ojo.
Así nos convertimos en compañeros.
5
La División Central Criminal estaba en la sexta planta del Ayuntamiento, entre el Departamento de Homicidios de la Policía de Los Ángeles y la División Criminal de la oficina del fiscal del distrito: un espacio delimitado con paneles, con dos escritorios enfrentados, dos archivadores metálicos de los que se desbordaban los expedientes y un mapa del condado de Los Ángeles que tapaba la ventana. Había una puerta de cristal esmerilado con el rótulo AYUDANTE DEL FISCAL DEL DISTRITO ELLIS LOEW, que separaba nuestro cubículo del despacho del jefe de la Criminal y el fiscal del distrito, Buron Fitts –su jefe–, pero nada que lo separase de la sala de los tipos de Homicidios, una enorme habitación con hileras de mesas y paredes cubiertas con tableros de corcho de los que colgaban informes criminales, carteles de SE BUSCA y todo un revoltijo de papeles y demás. Sobre el más maltrecho de los dos escritorios de la Criminal había un rótulo que ponía SARGENTO L.C. BLANCHARD. El de enfrente tenía que ser el mío, y me dejé caer en la silla mientras me imaginaba AGENTE D.W. BLEICHERT grabado en madera junto al teléfono.
Estaba solo, era la única persona que había en la sexta planta. Acababan de dar las siete y había llegado temprano a mi primer día en el nuevo puesto para saborear mi debut con ropa de paisano. El capitán Harwell había llamado para decir que debía presentarme el lunes 17 de noviembre a las ocho de la mañana, y que ese día empezaría asistiendo a la lectura del informe de los delitos cometidos durante la semana anterior, algo que era obligatorio para todo el personal del Departamento de Policía de Los Ángeles y la División Criminal del fiscal del distrito. Después, Lee Blanchard y Ellis Loew se encargarían de informarme sobre el trabajo en sí, y luego ya vendría la persecución de criminales fugitivos.
La sexta planta albergaba las divisiones de élite del departamento: Homicidios, Antivicio, Robo y Fraude, junto con la Central Criminal y la Brigada Central de Detectives. Era el territorio de los polis especializados, gente con aspiraciones y poder político, y ahora era mi hogar. Llevaba mi mejor chaqueta de sport y unos pantalones a juego, con mi revólver reglamentario enfundado en una nueva pistolera de hombro. Todos los hombres del cuerpo estaban en deuda conmigo por el aumento del ocho por ciento de paga que acompañaba a la aprobación de la Propuesta 5. Mi carrera en el departamento estaba comenzando. Y me sentía dispuesto a cualquier cosa.
Excepto a volver a boxear. Hacia las ocho menos veinte el lugar empezó a llenarse de agentes que hablaban entre gruñidos de resacas, de las mañanas de los lunes en general y de Bucky Bleichert, el maestro de baile convertido en gran pegador, el chico nuevo del barrio. Permanecí oculto en mi cubículo hasta que les oí desfilar por el pasillo. Cuando el lugar se quedó en silencio, me dirigí hacia una puerta que ponía DETECTIVES-SALA DE REUNIONES. Al abrirla, recibí una gran ovación.
Era un aplauso estilo militar, unos cuarenta policías de paisano de pie junto a sus sillas, aplaudiendo al unísono. Al mirar hacia la parte delantera de la sala, vi una pizarra en la que habían escrito con tiza «¡¡¡8%!!!». Lee Blanchard estaba junto a ella, al lado de un hombre pálido y gordo con pinta de ser un jefazo. Miré al señor Fuego. Él sonrió, y el hombre gordo se dirigió hacia un atril y lo golpeó con los nudillos. Los aplausos se apagaron y los agentes tomaron asiento. Encontré una silla al fondo de la sala y me senté; el hombre gordo golpeó el atril por última vez.
–Agente Bleichert –dijo–, estos son los hombres de la Central Criminal, Homicidios, Antivicio, Fraude, etcétera. Ya conoce al sargento Blanchard y al señor Loew, y yo soy el capitán Jack Tierney. Usted y Lee son los hombres del momento, y espero que haya disfrutado de su ovación, ya que no volverá a oír otra hasta que se jubile.
Todos rieron. Tierney golpeó el atril y habló de nuevo a través del micrófono adosado.
–Basta de gilipolleces. Este es el informe de los delitos correspondientes a la semana que finalizó el 14 de noviembre de 1946. Presten atención, que viene bueno.
»En primer lugar, tres asaltos a licorerías, las noches del 10, 12 y 13, todos cometidos en un radio de diez manzanas en Jefferson, comisaría de University. Dos adolescentes caucásicos con escopetas recortadas y bastante nerviosos, obviamente drogados. La gente de University no tiene pistas y el jefe de la brigada quiere que un equipo de Robos se ocupe del asunto a jornada completa. Teniente Ruley, venga a verme a las nueve para hablar del tema, y todos vosotros poned al corriente a vuestros soplones: los atracadores drogados son un problema serio.
»Siguiendo hacia el este, tenemos a unas cuantas putas que trabajan por libre en los bares y restaurantes de Chinatown. Prestan sus servicios en los coches aparcados, bajando las tarifas y quitándoles el negocio a las chicas que Mickey Cohen controla allí. De momento la cosa no es grave, pero a Mickey C. no le gusta, y a los chinos tampoco, porque las chicas de Mickey utilizan los cuartos de los hoteluchos de Alameda, todos ellos propiedad de los amarillos. Más pronto o más tarde tendremos jaleo, así que quiero apaciguar a los dueños de los restaurantes y arrestos de cuarenta y ocho horas para cada puta de Chinatown que podamos pillar. El capitán Harwell mandará una docena de policías del turno nocturno para hacer una redada más adelante esta semana, y quiero que los de Antivicio repasen todos sus archivos de prostitución y que se repartan fotos e historiales de todas las independientes conocidas por trabajar en el centro. Quiero que dos hombres de la Central se ocupen de ello, con supervisión de Antivicio. Teniente Pringle, venga a verme a las nueve quince.
Tierney hizo una pausa y se estiró. Miré alrededor de la sala y vi que la mayoría de los hombres estaban tomando notas en cuadernos. Me estaba maldiciendo por no haber llevado uno cuando el capitán golpeó el atril con las palmas abiertas.
–Y aquí hay algo que le va a encantar al viejo capitán Jack. Hablo de los robos cometidos en las casas de Bunker Hill en los que han estado trabajando los sargentos Vogel y Koenig. Fritzie, Bill, ¿habéis leído el informe de la Científica sobre el asunto?
Dos hombres sentados uno al lado del otro unas filas por delante de mí respondieron «No, capitán» y «No, señor». Pude echarle un buen vistazo al perfil del mayor de los dos: era la viva imagen del gordo Johnny Vogel, solo que más gordo.
–Sugiero que lo lean de inmediato en cuanto acabe la reunión –prosiguió Tierney–. Para quienes no estén al tanto de la investigación: los chicos de la Científica encontraron unas cuantas huellas aprovechables en el último robo, justo al lado del armario de la plata. Pertenecían a un varón blanco llamado Coleman Walter Maynard, de treinta y un años y con dos acusaciones por sodomía. Un perfecto degenerado violador de criaturas.
»Los de libertad condicional del condado no saben nada. Vivía en una pensión entre la Catorce y Bonnie Brae, pero cuando empezaron los robos se largó a toda pastilla. Los de Highland Park tienen cuatro casos de sodomía por resolver, todos ellos de niños de unos ocho años. Quizá sea Maynard, quizá no, pero entre ellos y los de Robos podríamos regalarle un bonito billete solo de ida a San Quintín. Fritzie, Bill, ¿en qué más andáis trabajando?
Bill Koenig se encorvó sobre su cuaderno; Fritz Vogel se aclaró la garganta y respondió:
–Hemos estado trabajando en los hoteles del centro. Hemos pillado a un par de revientapuertas y también a varios carteristas.
Tierney golpeó el atril con un grueso nudillo.
–Fritzie, ¿eran Jerry Katzenbach y Mike Purdy los revientapuertas?
Vogel se removió en su asiento.
–Sí, señor.
–Fritzie, ¿se delataron el uno al otro?
–Eh… sí, señor.
Tierney puso los ojos en blanco y miró hacia el techo.
–Para los que no estéis familiarizados con Jerry y Mike, dejad que os ilustre. Son maricas y viven con la madre de Jerry en un acogedor nidito amoroso en Eagle Rock. Son amantes desde que Dios se chupaba el dedo, pero de vez en cuando se pelean y les entran ganas de cazar algunos polluelos enjaulados. Entonces uno delata al otro, y luego el otro le corresponde, y los dos se pasan una temporadita encerrados por cuenta del condado. Mientras están dentro, se mantienen alejados de las bandas, se benefician de unos cuantos chicos guapos y ven reducida su sentencia gracias a los chivatazos que dan. Es algo que lleva sucediendo desde que Mae West era virgen. Fritzie, ¿en qué más has estado trabajando?
Risas ahogadas resonaron por toda la sala. Bill Koenig empezó a levantarse, girando la cabeza a un lado y a otro para ver de dónde provenían las carcajadas. Fritz Vogel le hizo volver a sentarse tirándole de la manga.
–Señor –dijo–, también hemos estado trabajando para el señor Loew. Trayéndole testigos.
El pálido rostro de Tierney empezó a tornarse de un rojo intenso.
–Fritzie, el jefe de detectives de la Central soy yo, no el señor Loew. El sargento Blanchard y el agente Bleichert trabajan para el señor Loew, tú y el sargento Koenig, no. Así que dejad lo que estéis haciendo para el señor Loew, dejad en paz a los carteristas y haced el favor de coger a Coleman Walter Maynard antes de que viole a más niños, ¿de acuerdo? En el tablón de anuncios de la brigada hay un informe sobre sus relaciones conocidas y sugiero que todo el mundo se familiarice con él. Ahora Maynard es un fugitivo y puede que se esté escondiendo con alguno de sus conocidos.
Vi que Lee Blanchard abandonaba la sala por una puerta lateral. Tierney hojeó algunos papeles que tenía sobre el atril.
–Aquí hay algo que el jefe Green piensa que deberíais saber –continuó–. Durante las tres últimas semanas alguien ha estado arrojando gatos muertos descuartizados en los cementerios de Santa Mónica y Gower. La comisaría de Hollywood tiene media docena de informes sobre este asunto. Según el teniente Davis de la calle Setenta y siete, es la tarjeta de visita de una pandilla de jóvenes negros. La mayor parte de los gatos fueron dejados los martes por la noche, y la pista de patinaje de Hollywood está abierta los martes para los negros, así que puede que exista alguna relación. Preguntad por la zona, hablad con vuestros informadores y comunicad cuanto sea pertinente al sargento Hollander, en Hollywood. Ahora los homicidios. ¿Russ?
Un hombre alto de cabello gris vestido con un traje inmaculado de anchas solapas ocupó el atril; el capitán Jack se dejó caer en la silla vacía más cercana. El hombre se movía con un porte y una autoridad más propios de un juez o un prestigioso abogado que de un policía; me recordó al tieso y algo relamido predicador luterano que visitaba al viejo hasta que el Bund entró en la lista de organizaciones subversivas.
–El teniente Millard –murmuró el agente que estaba sentado junto a mí–. Es el número dos de Homicidios, pero en realidad es quien manda. Un tipo de lo más pulcro.
Asentí con la cabeza y escuché hablar al teniente con una voz suave como el terciopelo:
–… y el forense ha dictaminado que el asunto Russo-Nickerson es un caso de asesinato-suicidio. La oficina se está encargando del atropello con fuga ocurrido entre Pico y Figueroa el día 10 y hemos localizado el vehículo, un sedán La Salle del 39, abandonado. Está registrado a nombre de un varón mexicano, Luis Cruz, cuarenta y dos años, con domicilio en el 1349 de Alta Loma Vista, en el sur de Pasadena. Cruz ha vestido dos veces el traje a rayas en Folsom, en ambas ocasiones por robo en primer grado. Hace tiempo que no se le ve y su mujer afirma que el La Salle le fue robado en septiembre. Dice que se lo llevó el primo de Cruz, Armando Villareal, de treinta y nueve años, que también ha desaparecido. Harry Sears y yo empezamos a investigarlo y los testigos oculares dijeron que dentro del coche viajaban dos varones mexicanos. ¿Tienes alguna otra cosa, Harry?
Un hombre rechoncho y algo desaliñado se puso en pie y se giró para encararse a la sala. Tragó saliva unas cuantas veces y luego empezó a tartamudear:
–La mujer de C-C-C-Cruz está jo-jo-jodiendo con el pri-primo. No denunció que el co-coche hubiera sido ro-ro-robado, y los vecinos di-dicen que ella busca que le retiren la libertad condicional al pri-primo para que C-C-Cruz no se entere de lo suyo.
Harry Sears volvió a sentarse bruscamente. Millard le sonrió y dijo:
–Gracias, compañero. Caballeros, Cruz y Villareal han violado la libertad condicional y ahora son fugitivos prioritarios. Se han emitido órdenes de busca y captura para ellos y para quienes los escondan. Y aquí viene la guinda: los dos tipos son unos borrachos que suman entre ambos cien denuncias por embriaguez. Los conductores borrachos que atropellan y se dan a la fuga son una condenada amenaza, así que a por ellos. ¿Capitán?
Tierney se puso en pie y gritó: «¡Pueden retirarse!». Un enjambre de policías me rodeó, dándome la mano, palmaditas en la espalda y suaves puñetazos en el mentón. Aguanté el chaparrón hasta que la sala se despejó y Ellis Loew se acercó a mí jugueteando con la llavecita insignia de los Phi Beta Kappa que colgaba de su chaleco.
–No tendría que haber aflojado con él –dijo, haciendo girar la llavecita entre sus dedos–. Iba por delante en las tres tarjetas de los jueces.
Sostuve la mirada del ayudante del fiscal.
–La Propuesta 5 fue aprobada, señor Loew.
–Sí, desde luego. Pero algunos de sus jefes perdieron dinero. Agente, intente ser un poco más hábil aquí. No deje perder esta oportunidad igual que hizo con el combate.
–¿Estás listo, besalonas?
La voz de Blanchard me salvó. Me fui con él antes de hacer algo que echara por tierra mi oportunidad en ese mismo instante.
Nos dirigimos hacia el sur en el coche sin distintivos de Blanchard, un cupé Ford del 40 con una radio de contrabando metida bajo el salpicadero. Lee hablaba y hablaba del trabajo mientras yo contemplaba el escenario callejero del centro de Los Ángeles.
–… básicamente perseguimos a los fugitivos prioritarios, pero algunas veces nos encargamos de cazar testigos materiales para Loew. Aunque no demasiado a menudo; suele utilizar a Fritzie Vogel para que le haga los recados, con Bill Koenig a su lado poniendo la fuerza bruta. Los dos son unos mierdas. De todas formas, a veces tenemos períodos relajados en los que debemos visitar las comisarías y echar un vistazo a sus asuntos prioritarios: las órdenes de búsqueda y captura emitidas por los tribunales de la región. Cada comisaría del Departamento de Policía de Los Ángeles destina a dos hombres para que trabajen en ello, pero se pasan la mayor parte del tiempo siguiendo chivatazos, así que debemos echarles una mano. Algunas veces, como hoy, oyes algo en el informe semanal o consigues encontrar algo interesante en el tablón. Cuando las cosas están realmente calmadas, puedes dedicarte a suministrar papeles a los abogados del Departamento 92. Tres pavos por una tanda de informes, siempre se saca algo de calderilla con eso. Pero el gran chollo está en hacer de recuperador. Tengo listas con delincuentes de H. J. Caruso Dodge y Yeakel Brothers Old, todos esos tipos duros negros a los que los agentes normales tienen miedo de molestar. ¿Alguna pregunta, socio?
Resistí el impulso de preguntar: «¿Por qué no estás tirándote a Kay Lake?», y «Ya que hablamos del tema, ¿cuál es su historia?».
–Sí. ¿Por qué dejaste de pelear e ingresaste en el cuerpo? Y no me digas que lo hiciste por la desaparición de tu hermana pequeña y porque atrapar criminales te hace sentir que todo está en su sitio. Ya he oído eso un par de veces y no me lo trago.
Lee mantenía los ojos clavados en el tráfico.
–¿Tienes hermanas? ¿Algún pariente pequeño que te importe de verdad?
Negué con la cabeza.
–Mi familia está muerta.
–Laurie también. Lo comprendí al fin cuando tenía quince años. Mis padres seguían gastando dinero en colgar carteles y en detectives, pero yo sabía que se la habían cargado. No paraba de imaginármela mientras crecía: la reina del baile de graduación, todo sobresalientes, formando su propia familia… Me dolía mucho, así que empecé a imaginar que crecía en el mal sentido. Ya sabes, como una golfa. La verdad es que me resultaba confortador, pero me daba la sensación de estar echándole mierda encima.
–Oye, lo siento –dije.
Lee me dio un suave codazo.
–No lo sientas, porque tienes razón. Dejé el boxeo y me uní a la poli porque Benny Siegel empezaba a meterme mucha presión. Compró mi contrato, asustó a mi mánager para que se largara, y me prometió un combate contra Joe Louis si hacía dos tongos para él. Le contesté que no e ingresé en el cuerpo porque los chicos del sindicato judío tienen una regla que prohíbe matar polis. Estaba cagado de miedo, temía que me matara de todas formas, así que cuando oí que los atracadores del Boulevard-Citizens se habían llevado un poco de dinero de Benny junto con el del banco, sacudí todos los troncos cercanos hasta conseguir la cabeza de Bobby De Witt en bandeja. Y se lo ofrecí a Benny para que hiciera con él lo que quisiera. Su segundo de a bordo le convenció para que no se lo cargara, así que entregué al tipo a la policía de Hollywood. Y ahora Benny es mi colega. Siempre me pasa algún soplo sobre a qué caballos apostar. ¿Siguiente pregunta?
Decidí no pedirle información sobre Kay. Al mirar hacia la calle, vi que el centro urbano había dado paso a manzanas de casitas descuidadas. La historia sobre Bugsy Siegel seguía rondando por mi cabeza cuando Lee redujo la velocidad y paró junto a la acera.
–Qué diablos… –farfullé.
–Esto es para mi satisfacción personal –dijo Lee–. ¿Recuerdas al violador de niños del informe?
–Claro.
–Tierney dijo que hay cuatro casos de sodomía sin resolver en Highland Park, ¿correcto?
–Correcto.
–Y mencionó que había un informe sobre sus relaciones conocidas, ¿no?
–Sí. ¿Qué…?
–Bucky, leí ese informe y reconocí el nombre de un traficante de objetos robados: Bruno Albanese. Tiene su base en un restaurante mexicano de Highland Park. Llamé a los polis de la zona, conseguí las direcciones de donde se habían producido las agresiones y me enteré de que dos de ellas sucedieron a menos de un kilómetro del tugurio por donde ronda ese tipo. Esta es su casa, y según los archivos tiene un montón de multas de tráfico por pagar y se han emitido citaciones. ¿Quieres que te haga un esquema del resto?
Salí del coche y crucé un patio delantero cubierto de hierbajos y cagadas de perro. Lee me alcanzó cuando ya estaba en el porche y llamó al timbre; del interior de la casa brotaron furiosos ladridos.
La puerta se abrió con una cadena de seguridad sujeta al marco. Los ladridos crecieron en intensidad; a través de la abertura distinguí a una mujer muy desaliñada. «¡Agentes de policía!», grité. Lee metió un pie en el espacio que había entre el marco y la puerta; yo introduje la mano y arranqué la cadena de un tirón. Lee abrió de un empujón y la mujer salió corriendo hacia el porche. Entré en la casa preguntándome dónde estaría el perro. Estaba echando un vistazo a la sórdida sala cuando un gran mastín de color marrón se abalanzó sobre mí con las fauces abiertas. Busqué a tientas mi pistola… y la bestia empezó a lamerme la cara.
Nos quedamos allí plantados, las patas delanteras del perro sobre mis hombros como si fuéramos a bailar el Lindy Hop. Una lengua enorme me lamía sin parar y la mujer gritó:
–¡Hacksaw, sé bueno! ¡Sé bueno!
Agarré las patas del perro y se las bajé hasta el suelo, y al momento concentró su atención en mi ingle. Lee hablaba con la mujer, mostrándole una tira de fotos policiales. Ella no paraba de negar con la cabeza, las manos en las caderas, el vivo retrato de una ciudadana airada. Con Hacksaw pisándome los talones, me reuní con ellos.
–Señora Albanese –dijo Lee–, este es el oficial al cargo. ¿Quiere explicarle lo que acaba de contarme?
La mujer agitó los puños; Hacksaw empezó a explorar la entrepierna de Lee.
–¿Dónde está su marido, señora? –pregunté–. No tenemos todo el día.
–¡Se lo he dicho a él y se lo repito a usted! ¡Bruno ha pagado su deuda con la sociedad! ¡No se mezcla con criminales y no conozco a ningún Coleman o como se llame! ¡Es un hombre de negocios! Su agente de la condicional le obligó a dejar de ir a ese sitio mexicano hace dos semanas, ¡y no sé dónde está! ¡Hacksaw, pórtate bien!
Miré al auténtico oficial al cargo, que bailoteaba torpemente con un perro de noventa kilos.
–Señora, su esposo es un conocido traficante de objetos robados con un montón de infracciones de tráfico. En el coche tengo una lista de mercancía caliente, y si no me dice dónde está pondré patas arriba su casa hasta encontrar algo sucio. Y entonces la arrestaré a usted por posesión de mercancías robadas. ¿Cuál de las dos cosas prefiere?
La mujer se golpeó las piernas con los puños; Lee forcejeó con Hacksaw hasta conseguir que se pusiera a cuatro patas y dijo:
–Hay gente que no responde a la buena educación. Señora Albanese, ¿sabe usted qué es la ruleta rusa?
La mujer hizo un mohín.
–¡No soy tonta, y Bruno ha pagado su deuda con la sociedad!
Lee se sacó una 38 de cañón corto de la parte de atrás de su cinturón, comprobó el cilindro y lo cerró de un golpe seco.
–En esta arma hay una bala. ¿Crees que hoy es tu día de suerte, Hacksaw?
Hacksaw soltó un ladrido y la mujer exclamó: «¡No se atreverá!». Lee apoyó la 38 en la sien del perro y apretó el gatillo. El percutor hizo clic en una cámara vacía; la mujer ahogó un jadeo y empezó a ponerse pálida.
–Faltan cinco –dijo Lee–. Vete preparando para el cielo de los perros, Hacksaw.
Lee apretó el gatillo por segunda vez. Cuando el percutor hizo clic de nuevo y Hacksaw, aburrido de aquel juego, le lamió las pelotas, tuve que contener la risa que me brotaba en el estómago. La señora Albanese rezaba fervorosamente con los ojos cerrados.
–Hora de conocer a tu creador, perrito –dijo Lee.
–¡No, no, no, no, no! –balbuceó la mujer–. ¡Bruno está en un bar de Silverlake! ¡El Buena Vista, en Vendome! ¡Por favor, deje a mi pequeño en paz!
Lee me mostró el cilindro vacío de su 38 y volvimos al coche con los felices ladridos de Hacksaw resonando a nuestra espalda. Me estuve riendo durante todo el camino hasta Silverlake.
El Buena Vista era un restaurante asador construido a modo de rancho español: paredes de adobe encalado y torretas festoneadas con luces navideñas seis semanas antes de la festividad. El interior era fresco, todo en madera oscura. Había una larga barra de roble justo al lado de la entrada, con un hombre detrás limpiando vasos. Lee le mostró su placa durante una fracción de segundo.
–¿Bruno Albanese?
El hombre señaló hacia el fondo del restaurante, con los ojos bajos.
La parte trasera del salón era estrecha, con luces tenues y reservados tapizados en cuero sintético. Del último, el único ocupado, llegaban los ruidos producidos por alguien que comía con voracidad. Un hombre delgado y de tez morena estaba encorvado sobre un plato lleno de judías, chiles y huevos rancheros, engullendo como si se tratara de su última comida en esta vida.
Lee golpeó la mesa con los nudillos.
–Agentes de policía. ¿Es usted Bruno Albanese?
El hombre alzó la vista y preguntó:
–¿Quién, yo?
Lee se deslizó en el reservado y señaló el tapiz religioso colgado en la pared.
–No, el niño en el pesebre. Hagamos esto rápido, para que no tenga que verte comer. Tienes una orden de busca por infracciones de tráfico, pero a mi compañero y a mí nos gusta tu perro, así que no vamos a detenerte. ¿A que es todo un detalle por nuestra parte?
Bruno Albanese eructó.
–Eso es que queréis pillar a alguien, ¿no?
–Chico listo –dijo Lee. Puso sobre la mesa la foto de Maynard y la alisó con la mano–. Le gusta metérsela a los niños pequeños. Sabemos que te vende cosas, pero no nos importa. ¿Dónde está?
Albanese miró la foto y soltó un hipido.
–Nunca he visto a este tipo antes. Alguien les ha conducido en mala dirección.
Lee me miró y suspiró.
–Hay gente que no responde a la buena educación –comentó.
Entonces agarró a Bruno Albanese por la nuca y le hundió con fuerza el rostro en el plato, haciendo que le entrara grasa por la boca, la nariz y los ojos mientras agitaba los brazos frenéticamente y golpeaba con las piernas por debajo de la mesa. Lee lo mantuvo en esa posición al tiempo que entonaba:
–Bruno Albanese era un buen hombre, un buen esposo y un buen padre para su hijo Hacksaw. No cooperaba mucho con la policía, pero ¿quién espera hallar la perfección? Socio, ¿puedes darme una sola razón para que le perdone la vida a este mierda?
Albanese emitía fuertes gorgoteos; la sangre empezó a manchar sus huevos rancheros.
–Ten compasión –le dije–. Incluso un vulgar traficante merece una última cena mejor que esta.
–Muy bien dicho –replicó Lee, y soltó la cabeza de Albanese.
Este se levantó, lleno de sangre y jadeando en busca de aire, limpiándose todo un recetario de comida mexicana de la cara. Cuando recuperó algo de aliento logró graznar:
–¡Apartamentos Versalles, entre la Sexta y Saint Andrews, habitación 803! ¡Y, por favor, no le digáis que os he dado el soplo!
–Buen provecho, Bruno –dijo Lee.
–Eres un buen chico –añadí.
Salimos a la carrera del restaurante y nos dirigimos a toda velocidad hacia la Sexta con Saint Andrews.
En los buzones del vestíbulo del Versalles figuraba un Maynard Coleman en el apartamento 803. Subimos en el ascensor hasta la octava planta y llamamos al timbre; pegué la oreja a la puerta y no oí nada. Lee sacó una anilla llena de ganzúas y empezó a trajinar con la cerradura hasta que una de ellas encajó y el mecanismo cedió con un seco chasquido.
Entramos en una habitación pequeña, caldeada y oscura. Lee encendió la luz del techo, que iluminó una cama plegable de pared cubierta de animales de peluche: ositos, pandas y tigres. El lecho apestaba a sudor y a un olor medicinal que no logré identificar. Arrugué la nariz y Lee se encargó de identificarlo por mí.
–Vaselina mezclada con cortisona. Los homosexuales lo utilizan para lubricarse el culo. Pensaba entregar a Maynard personalmente al capitán Jack, pero ahora dejaré que Vogel y Koenig le den un repaso antes.
Me acerqué a la cama y examiné los muñecos; todos tenían suaves mechones de cabello infantil pegados entre las patas con cinta adhesiva. Me estremecí y miré a Lee. Estaba pálido, sus rasgos contraídos por varios tics faciales. Nuestros ojos se encontraron y salimos en silencio de la habitación. Bajamos en el ascensor, y una vez en la acera pregunté:
–¿Y ahora qué?
A Lee le temblaba un poco la voz.
–Busca una cabina y llama a los de tráfico. Dales el alias de Maynard y esta dirección y pregúntales si tienen procesada alguna papeleta rosa de infracción del último mes más o menos. Si la tienen, consigue una descripción del vehículo y el número de la matrícula. Me reuniré contigo en el coche.
Corrí hacia la esquina, encontré un teléfono público y marqué el número de la línea de información policial de tráfico. Me respondió uno de los empleados:
–¿Quién pide la información?
–Agente Bleichert, Departamento de Policía de Los Ángeles, placa 1611. Información sobre la compra de un coche, Maynard Coleman o Coleman Maynard, South Saint Andrews, 643. Los Ángeles. Es probable que sea reciente.
–Entendido… un minuto.
Esperé, cuaderno y bolígrafo en mano, mientras pensaba en los animales de peluche. Unos buenos cinco minutos después, me sobresaltó un «Agente, lo tengo».
–Dispare.
–Sedán De Soto, 1938, verde oscuro, matrícula B de Boston, V de Victor, 1-4-3-2. Repito, B de Boston…
Lo anoté todo, colgué y regresé corriendo al coche. Lee examinaba un callejero de Los Ángeles y tomaba notas.
–Lo tenemos –dije.
Lee cerró la guía.
–Es muy probable que merodee por las escuelas. Sabemos que había escuelas de primaria cerca de los sitios donde ocurrieron las agresiones de Highland Park, y por aquí hay media docena de ellas. He hablado por radio con las centrales de Hollywood y Wilshire y les he dicho lo que tenemos. Los coches patrulla se apostarán cerca de las escuelas para intentar atrapar a Maynard. ¿Qué tienen los de tráfico?
Señalé mi cuaderno de notas; Lee cogió el micrófono de la radio y conectó el interruptor de emisión. Hubo un estallido de estática y luego el aparato se quedó muerto.
–¡Mierda, pongámonos en marcha! –exclamó.
Recorrimos las escuelas de primaria de Hollywood y el distrito de Wilshire. Lee conducía y yo escrutaba las aceras y los patios de las escuelas buscando De Sotos verdes y tipos que merodearan por allí. Nos detuvimos en un teléfono de la policía y Lee llamó a Wilshire y a Hollywood para darles los datos obtenidos de tráfico, urgiéndoles a transmitirlos a todos los coches patrulla y a todos los agentes de servicio.
Durante esas horas apenas pronunciamos palabra. Lee agarraba el volante con los nudillos blancos, conduciendo lo más despacio que podía junto a las aceras. La única vez que su expresión cambió fue cuando paramos para echar un vistazo a unos chavales que estaban jugando. Entonces sus ojos se nublaron y sus manos temblaron, y pensé que o se echaba a llorar o estallaba.
Pero lo único que hizo fue quedarse mirándolos, y el simple acto de volver a meternos en el tráfico pareció calmarle. Era como si supiera exactamente hasta dónde podía dar rienda suelta al hombre antes de recuperar el estricto control del deber policial.
Poco después de las tres nos dirigimos hacia el sur por Van Ness, hacia la escuela de primaria Van Ness. Nos encontrábamos a una manzana de distancia, junto al Polar Palace, cuando un De Soto verde matrícula BV 1432 se cruzó con nosotros y entró en el aparcamiento que había delante del local.
–Le tenemos –dije–. El Polar Palace.
Lee dio media vuelta y detuvo el coche en la acera de enfrente, justo delante del aparcamiento. Maynard estaba cerrando el De Soto, mirando a un grupo de niños que se dirigían hacia la entrada con sus patines colgados del hombro.
–Vamos –dije.
–Cógelo tú –me pidió Lee–. Yo podría perder los nervios. Asegúrate de que los chavales están lejos, y si intenta hacer cualquier tontería, mátalo.
Actuar solo yendo de paisano iba en contra de todas las reglas.
–Estás loco. Esto es un…
Lee me empujó para que saliera del coche.
–¡Ve a por él, maldita sea! ¡Esto es la Criminal, no una jodida clase! ¡Ve a cogerle!
Crucé entre el tráfico de la Van Ness hasta llegar al aparcamiento, y vislumbré a Maynard entrando en el Polar Palace en medio de una multitud de niños. Corrí hacia la puerta principal y la abrí, recordándome que debía actuar despacio y con calma.
El aire frío me aturdió; la dura luz que reflejaba la pista de hielo me hizo daño en los ojos. Me los protegí con la mano y miré a mi alrededor: vi fiordos de papel maché y un puesto de bocadillos y refrescos en forma de iglú. Había unos cuantos chicos haciendo piruetas sobre el hielo, y un grupo de chavales contemplando entre exclamaciones de asombro un gigantesco oso polar disecado, erguido sobre sus patas traseras junto a una salida lateral. No se veía ni un solo adulto en todo el lugar. Entonces tuve la idea: mirar en los servicios de caballeros.
Un cartel me indicó que me dirigiera al sótano. Me encontraba a mitad de la escalera cuando Maynard empezó a subir con un pequeño conejo de peluche en la mano. El olor pestilente de la habitación 803 volvió a impactarme; cuando estaba a punto de pasar junto a mí dije:
–Agente de policía. Queda arrestado.
Y saqué mi 38.
El violador alzó las manos y el conejo salió volando por los aires. Lo empujé contra la pared, lo cacheé rápidamente y le esposé las manos a la espalda. Mientras le obligaba a subir a empujones la escalera, la sangre me retumbaba en la cabeza. De repente sentí que algo me golpeaba las piernas.
–¡Deja en paz a mi papá! ¡Deja en paz a mi papá!
Mi atacante era un crío con pantalones cortos y jersey de marinero. No me llevó ni medio segundo identificarlo como el hijo del violador: el parecido era asombroso. El niño se cogió a mi cinturón y siguió chillando:
–¡Deja en paz a mi papá!
El padre empezó a gritar que le diera tiempo para despedirse del crío y encontrar a alguien que lo cuidara. Le obligué a subir la escalera y a cruzar el Polar Palace, con mi pistola apoyada en su cabeza y empujándolo con la otra mano para que continuase caminando, mientras el niño seguía aullando detrás de mí y dándome puñetazos con todas sus fuerzas. Se formó una pequeña multitud a nuestro alrededor. Grité: «¡Agente de policía!», y conseguí que se apartaran hasta poder llegar a la salida. Un viejo carcamal me abrió la puerta, farfullando:
–¡Eh! ¿No es usted Bucky Bleichert?
–Encárguese del chico y busque a alguien que lo cuide –logré jadear, y sentí cómo se llevaban al pequeño tornado de mi espalda.
Vi el Ford de Lee en el aparcamiento, y empujé a Maynard hasta llegar a él y meterlo de un último empujón en el asiento trasero. Lee puso la sirena en marcha y arrancó a toda velocidad. El violador murmuraba algo de Jesús y otras palabras ininteligibles. Yo no cesaba de preguntarme por qué el estruendo de la sirena no lograba acallar los chillidos del niño pidiendo que volviera su papá.
Dejamos a Maynard en las celdas del Palacio de Justicia y Lee telefoneó a Fritz Vogel a la Central para comunicarle que el violador estaba detenido y listo para ser interrogado sobre los robos de Bunker Hill. Después volvimos al Ayuntamiento, donde hice una llamada a la comisaría de Highland Park para notificarles el arresto de Maynard, y otra llamada al Centro de Detención Juvenil de Hollywood a fin de calmar mi conciencia sobre el crío. La cuidadora con la que hablé me dijo que Billy Maynard se encontraba allí esperando a que llegara su madre, la ex mujer de Coleman Maynard, una tipa que ejercía en los coches y había sido acusada seis veces de prostitución. El niño continuaba aullando que volviese su papá, y colgué deseando no haber llamado.
Siguieron tres horas de redactar informes. Escribí a mano el del agente que había practicado el arresto y Lee lo pasó a máquina, omitiendo cualquier mención a nuestra entrada ilegal en el apartamento de Coleman Maynard. Ellis Loew rondaba por nuestro cubículo mientras trabajábamos, murmurando «Una gran captura» y «Los machacaré en el tribunal con lo del crío».
Terminamos con el papeleo a las siete. Lee trazó una señal de visto en el aire y dijo:
–Otro tanto en la cuenta de Laurie Blanchard. ¿Tienes hambre, compañero?
Me puse en pie y me desperecé. La comida me pareció de pronto una gran idea. Entonces vi a Fritz Vogel y Bill Koenig que se acercaban al cubículo.
–Pórtate bien –me susurró Lee–. Tienen buena relación con Loew.
Vistos de cerca, los dos parecían viejos jugadores de la línea media de Los Ángeles Rams que hubieran descuidado sus condiciones físicas. Vogel era alto y gordo, con una cabezota cuadrada que surgía directamente del cuello de su camisa y los ojos azules más claros que había visto nunca; Koenig era sencillamente inmenso y le sacaba unos cinco centímetros a mi metro noventa, con un corpachón de jugador de línea defensiva que empieza a ablandarse. Tenía la nariz grande y achatada, las orejas como abanicos, la mandíbula torcida y unos dientes diminutos y cascados. Tenía pinta de estúpido, Vogel de astuto, y ambos de malos bichos.
Koenig soltó una risita.
–Ha confesado. Tanto las porquerías que les hizo a los críos como los robos en las casas. Fritzie dice que todos recibiremos felicitaciones por esto. –Me tendió la mano–. Hiciste un buen combate, rubito.
Estreché su enorme puño y observé que había manchas de sangre fresca en la manga derecha de su camisa.
–Gracias, sargento –dije.
Entonces alargué mi mano hacia Fritz Vogel, quien la aceptó durante una fracción de segundo, clavando en mí sus ojos con furiosa frialdad y soltándola como si fuera una boñiga caliente.
Lee me dio una palmada en la espalda.
–Los ases de Bucky. Sesos y cojones. ¿Has hablado con Ellis de la confesión?
–Es Ellis solo para los tenientes y los de arriba –advirtió Vogel.
Lee se rió.
–Soy un tipo privilegiado. Además, tú le llamas kike y chico judío a sus espaldas, así que ¿qué más te da?
Vogel se ruborizó; Koenig miró a su alrededor con la boca abierta. Cuando se volvió de nuevo hacia nosotros, vi manchas de sangre en la pechera de su camisa.
–Vamos, Billy –dijo Vogel.
Koenig le siguió obedientemente de regreso a la sala común.
–Bonita pareja, ¿eh?
Lee se encogió de hombros.
–Unos mierdas. Si no fueran policías, estarían encerrados en Atascadero. Haz lo que te digo y no actúes como yo, socio. A mí me tienen miedo, pero tú no eres más que un novato.
Me devané los sesos en busca de una réplica cortante. Entonces Harry Sears, que parecía el doble de desgalichado que por la mañana, asomó la cabeza por la puerta.
–Lee, he oído algo que creo que deberías saber.
Pronunció las palabras sin el menor rastro de tartamudeo; pude oler licor en su aliento.
–Dispara –dijo Lee.
–Estaba en la sección de la condicional, y el supervisor me contó que Bobby De Witt acaba de obtener un informe favorable. Andará suelto por Los Ángeles en libertad condicional a mediados de enero. Pensé que te interesaría saberlo, nada más.
Sears me hizo un gesto con la cabeza y se marchó. Miré a Lee, cuyo rostro se retorcía igual que había hecho en la habitación 803 del Versalles.
–Socio… –dije.
Lee logró sonreír.
–Vamos a comer algo. Kay iba a hacer estofado y me dijo que debía llevarte a casa.
Fui allí pensando en la mujer y me quedé estupefacto cuando vi dónde vivían: una casa art déco de contornos aerodinámicos y tonos beige, a medio kilómetro al norte de Sunset Strip. Cuando llegamos a la entrada, Lee me dijo:
–No menciones a De Witt. Kay se preocuparía.
Asentí y entré en un salón que parecía sacado de un plató de cine.
Las paredes estaban cubiertas con paneles de caoba pulida y los muebles eran de estilo danés moderno, de madera clara y reluciente en media docena de tonalidades distintas. De las paredes colgaban reproducciones de obras de los más destacados artistas del siglo XX, y en el suelo había alfombras con dibujos modernistas, rascacielos emergiendo entre la niebla, altos árboles en un bosque, o las torres de alguna fábrica expresionista alemana. Junto al salón había una zona de comedor, y sobre la mesa flores frescas y fuentes tapadas de las que brotaba un aroma a buena comida.
–No está mal para la paga de un poli –dije–. ¿Estás recibiendo sobornos, socio?
Lee se rió.
–Todo gracias al boxeo. Eh, nena, ¿dónde andas?
Kay Lake salió de la cocina. Llevaba un vestido floreado a juego con los tulipanes de encima de la mesa. Me tendió la mano.
–Hola, Dwight.
Me sentí igual que un chico pobre entrando en el baile de graduación del instituto.
–Hola, Kay.
Con un leve apretón dejó caer mi mano, poniendo fin al apretón de manos más largo de la historia.
–Tú y Leland, compañeros… Te dan ganas de creer en cuentos de hadas, ¿verdad?
Miré a mi alrededor buscando a Lee y vi que había desaparecido.
–No. Soy un tipo realista.
–Yo no.
–Ya lo veo.
–Ya he tenido suficiente realidad como para toda una vida.
–Lo sé.
–¿Quién te lo ha contado?
–El Herald Express de Los Ángeles.
Kay se echó a reír.
–De modo que sí has leído mis recortes de prensa. ¿Alguna conclusión al respecto?
–Sí. Los cuentos de hadas no funcionan.
Kay me guiñó el ojo como Lee; tuve la sensación de que ella era quien le había enseñado.
–Es por eso por lo que debes hacerlos realidad. ¡Leland! ¡Hora de cenar!
Lee reapareció y nos sentamos a comer; Kay descorchó una botella de champán y llenó nuestras copas. Cuando hubo terminado, brindó:
–Por los cuentos de hadas.
Bebimos, Kay volvió a llenar las copas y Lee dijo:
–Por la Propuesta B.
La segunda dosis de burbujas me cosquilleó en la nariz y me hizo reír. Propuse:
–Por la revancha del Bleichert-Blanchard en el Polo Grounds, mejor aún que la de Louis-Schmeling.
–Por la segunda victoria de Blanchard –dijo Lee.
–Por que acabe en combate nulo y no haya sangre –añadió Kay.
Bebimos, terminamos la botella y Kay trajo otra de la cocina. Al abrirla, el corcho salió disparado y le dio a Lee en el pecho. Cuando tuvimos llenas las copas, sentí la fuerza de la bebida por primera vez.
–Por nosotros –farfullé.
Lee y Kay me miraron como si se movieran a cámara lenta y me di cuenta de que nuestras manos libres reposaban sobre la mesa separadas por apenas unos centímetros. Kay observó que yo reparaba en ello y me guiñó el ojo.
–Así es como aprendí a hacerlo –dijo Lee.
Nuestras manos se movieron hasta unirse en una especie de tríada.
–Por nosotros –brindamos al unísono.
Contrincantes, luego compañeros, después amigos. Y con la amistad llegó Kay, que jamás se interpuso entre nosotros, y que siempre llenó nuestras vidas fuera del trabajo con su gracia y estilo.
Ese otoño del 46 fuimos juntos a todas partes. Cuando íbamos al cine, Kay se sentaba en medio y agarraba las manos de los dos en las escenas de miedo; durante las veladas de los viernes oyendo a las orquestas en el Malibú Rendezvous, alternaba los bailes con ambos y siempre lanzaba una moneda al aire para ver con quién bailaba la última pieza lenta. Lee nunca manifestó ni una pizca de celos, y la atracción que Kate ejercía sobre mí se fue calmando hasta hervir a fuego lento. Estaba latente cada vez que nuestros hombros se rozaban, cada vez que reaccionábamos igual ante una canción de la radio, un cartel gracioso o una palabra de Lee, y nuestros ojos se encontraban al instante. Cuanto más sosegada era la atracción, más sabía que podría tener a Kay… y más la deseaba. Pero dejaba que las cosas siguieran su curso, no porque eso fuera a destruir mi relación con Lee, sino porque hubiera trastornado la perfecta relación entre los tres.
Después del servicio, Lee y yo íbamos a su casa y encontrábamos a Kay leyendo, subrayando pasajes de los libros con un lápiz amarillo. Preparaba la cena para los tres, y a veces Lee se iba a dar una vuelta por Mulholland en su motocicleta. Entonces, ella y yo hablábamos.
Nuestra conversación siempre eludía a Lee, como si hablar del núcleo central de nuestra relación a tres sin que él estuviera presente fuese un engaño. Kay hablaba de sus seis años de universidad y de las dos licenciaturas que Lee había financiado con el dinero de sus combates, y de que su trabajo como profesora suplente era perfecto para la «diletante demasiado preparada» en que se había convertido. Yo hablaba de cómo crecí siendo un kraut en Lincoln Heights. Nunca comentamos nada de mis chivatazos al Departamento de Extranjería ni de su vida con Bobby De Witt. Ambos teníamos una idea general de la historia del otro, pero ninguno de los dos quería detalles. Ahí yo jugaba con ventaja: los hermanos Ashida y Sam Murakami llevaban mucho tiempo fuera de circulación, pero a Bobby De Witt le faltaba solo un mes para conseguir la condicional… y yo podía ver que Kay temía su regreso.
Si Lee estaba asustado, nunca lo demostró aparte del momento en que Harry Sears le dio la noticia, y jamás pareció inquietarle durante nuestros mejores ratos juntos, los que pasábamos trabajando para la Criminal. Ese otoño aprendí lo que era realmente el trabajo policial, y Lee fue mi maestro.
Desde mediados de noviembre hasta Año Nuevo capturamos un total de once delincuentes, dieciocho tipos con órdenes de búsqueda por infracciones de tráfico y tres fugitivos que habían violado la libertad condicional. Nuestras batidas contra merodeadores sospechosos nos proporcionaron media docena de arrestos más, todos ellos relacionados con asuntos de narcóticos. Trabajábamos bajo las órdenes directas de Ellis Loew, y también a partir de los informes delictivos de la sala común y de los rumores que nos llegaban, todo ello filtrado por el instinto de Lee. Sus técnicas eran a veces cautelosas y astutas; otras, brutales; pero siempre se mostraba amable con los niños. Y cuando se ponía duro para obtener alguna información, lo hacía porque era el único medio de conseguir algo.
Así que nos convertimos en un equipo de interrogadores «poli bueno-poli malo». El señor Fuego como el tipo duro, y el señor Hielo como el tipo blando. Nuestra fama de boxeadores nos proporcionaba un punto de respeto añadido en la calle, y cuando Lee apretaba las clavijas en busca de información y yo intercedía por el interrogado, conseguíamos lo que buscábamos.
El tándem no siempre era perfecto. Cuando hacíamos turnos de veinticuatro horas, Lee sacudía un poco a los drogadictos para conseguir tabletas de Benzedrina y se las tragaba a puñados a fin de mantenerse despierto; entonces, cada negro que veíamos se convertía en «Sambo», cada blanco en «un mierda» y cada mexicano en «Pancho». Toda su dureza emergía a la superficie y destruía su finura habitual, y en un par de ocasiones tuve que frenarle en serio para que no se dejara llevar por su papel de poli malo.
Pero era un precio pequeño a pagar por lo que estaba aprendiendo. Bajo la tutela de Lee no tardé en convertirme en un buen policía, y no era el único que lo sabía. A pesar de haber perdido medio de los grandes en el combate, Ellis Loew empezó a tratarme mejor cuando Lee y yo le llevamos a unos cuantos tipos que se moría por juzgar; y Fritz Vogel, que me odiaba por haberle quitado el puesto en la Criminal a su hijo, acabó por admitir a regañadientes ante Loew que era un policía de primera.
Y, sorprendentemente, mi celebridad local duró lo suficiente como para proporcionarme algún beneficio extra. Lee era uno de los recuperadores favoritos de H. J. Caruso, el vendedor de coches que hacía esos famosos anuncios por la radio, y cuando el trabajo escaseaba buscábamos coches pendientes de pago o embargo en las zonas de Watts y Compton. Cuando encontrábamos uno, Lee rompía la ventanilla del conductor de una patada y le hacía un puente mientras yo montaba guardia. Luego formábamos un convoy de dos coches hasta el aparcamiento de Caruso en Figueroa, y H.J. nos soltaba cuarenta pavos por pieza. Charlábamos con él de policías y ladrones y de cosas de boxeo. Después nos regalaba una botella de bourbon del bueno que Lee siempre le pasaba después a Harry Sears para mantenerle engrasado y que nos proporcionara buenas informaciones de Homicidios.
A veces íbamos con H.J. a las veladas de boxeo del miércoles en el Olympic. Tenía una especie de palco junto al ring construido especialmente para él, que nos protegía cuando los mexicanos del gallinero arrojaban monedas y vasos de cerveza llenos de orina al cuadrilátero, y Jimmy Lennon nos presentaba al público durante las ceremonias anteriores al combate. Benny Siegel se dejaba caer de vez en cuando por allí, y entonces él y Lee se iban para charlar. Lee siempre volvía con aspecto de estar algo asustado. El hombre al que desafió en el pasado era el gángster más poderoso de la Costa Oeste, y era conocido por ser vengativo y por tener un temperamento de gatillo fácil. Pero generalmente Lee conseguía buena información sobre las carreras, y los caballos que Siegel le soplaba solían ganar.
Así transcurrió el otoño. Mi viejo consiguió un pase para salir del asilo en Navidad y lo llevé a cenar a la casa de Lee y Kay. Se había recuperado bastante bien de la embolia, pero seguía sin recordar nada de inglés y solo divagaba en alemán. Kay le dio de comer pavo y ganso, y Lee escuchó sus monólogos kraut toda la noche, intercalando un «Vaya que sí, abuelo» y un «De locos, tío» cada vez que el viejo hacía una pausa para respirar. Cuando lo llevé de vuelta al asilo, me dedicó su corte de mangas y se las apañó para entrar en el centro por su propio pie.
La víspera de Año Nuevo fuimos en coche a Balboa Island para oír a la orquesta de Stan Kenton. Entramos bailando en 1947, ebrios de champán, y Kay lanzó monedas al aire para ver quién de los dos conseguía el último baile y quién el primer beso después de las campanadas. Lee ganó el baile y yo les contemplé girar por la pista al son de «Perfidia», sobrecogido por el modo en que ambos habían cambiado mi vida. Entonces llegó la medianoche, la orquesta enloqueció y yo no supe muy bien lo que debía hacer.
Kay me libró del problema, besándome en los labios con suavidad y susurrando:
–Te quiero, Dwight.
Una mujer gorda me agarró e hizo sonar un matasuegras en mi rostro antes de que pudiera devolverle a Kay las palabras.
Regresamos por la autopista de la costa del Pacífico, formando parte de una larga corriente de juerguistas que hacían sonar las bocinas. Al llegar a la casa de Lee y Kay, mi coche no quiso arrancar, así que me preparé la cama en el sofá y no tardé en quedarme dormido como un tronco por todo el alcohol que había bebido. Debía de estar amaneciendo cuando me desperté y oí unos sonidos extraños, medio ahogados por las paredes. Agucé el oído para identificarlos y distinguí unos sollozos seguidos por la voz de Kay, más dulce y suave de lo que jamás la había oído. Los sollozos se hicieron más fuertes, hasta convertirse en gemidos. Me puse la almohada sobre la cabeza y me obligué a volver a dormir.
6
Estuve dormitando durante la mayor parte del anodino informe delictivo del 10 de enero, hasta que el ladrido del capitán Jack me despertó:
–Eso es todo. Teniente Millard, sargento Sears, sargento Blanchard y agente Bleichert, preséntense de inmediato en la oficina del señor Loew. ¡Pueden retirarse!
Me dirigí por el pasillo hasta el santuario de Ellis Loew. Lee, Russ Millard y Harry Sears ya estaban allí, reunidos en torno al escritorio de Loew y examinando una pila de ejemplares del Herald de la mañana.
Lee me guiñó el ojo y me alargó uno de los periódicos, doblado por la sección de local. Había un artículo titulado «¿Aspirará el ayudante del fiscal de la división criminal a ocupar el cargo de su jefe en las Primarias Republicanas del 48?». Leí tres párrafos que elogiaban a Ellis Loew y su preocupación por los ciudadanos de Los Ángeles, y arrojé el periódico sobre el escritorio antes de ponerme a vomitar.
–Aquí viene el hombre –dijo Lee–. Eh, Ellis, ¿vas a meterte en política? Di: «De lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo». Veamos qué tal te sale.
La imitación de Franklin Delano Roosevelt provocó una carcajada general; incluso Loew soltó una risita mientras nos repartía unas copias de una hoja de antecedentes penales, con la tira adjunta de fotos policiales.
–Este es el caballero al que debemos tenerle miedo. Leed esto y averiguaréis por qué.
Leí el informe. Detallaba la carrera criminal de Raymond Douglas «Junior» Nash, varón, blanco, nacido en Tulsa, Oklahoma, en 1908. Los antecedentes de Nash se remontaban a 1926, e incluían estancias en la prisión estatal de Texas por violación, robo a mano armada y agresión delictiva en primer grado con mutilación. Había cinco cargos contra él en California: tres robos a mano armada en el norte, en Oakland County, y dos de 1944 en Los Ángeles, violación con agravantes e inducción a la delincuencia de un menor. El informe acababa con unas anotaciones de la brigada de inteligencia de la policía de San Francisco, en las que declaraban que Nash era sospechoso de una docena de robos en el área de la Bahía y se rumoreaba que fue uno de los hombres que participó desde el exterior en el intento de fuga de Alcatraz en mayo de 1946. Cuando acabé, le eché un vistazo a las fotos. Junior Nash tenía el típico aspecto de un granjero oriundo de Oklahoma: cabeza larga y huesuda, labios finos, ojos pequeños y redondos y unas orejas que podrían haber pertenecido a Dumbo.
Miré a los demás hombres. Loew estaba leyendo sobre sí mismo en el Herald; Millard y Sears seguían revisando los informes con cara de póquer.
–Danos las buenas noticias, Ellis –dijo Lee–. Está en Los Ángeles armando jaleo, ¿verdad?
Loew comenzó a juguetear con su llavecita de la Phi Beta Kappa.
–Testigos oculares le han implicado en los dos robos a supermercados cometidos en Leimert Park el fin de semana, razón por la cual no figuraban en el informe de delitos. Durante el segundo robo, golpeó con su pistola a una anciana, que ha muerto hace una hora en el Good Samaritan.
–¿So-socios co-conocidos? –tartamudeó Harry Sears.
Loew meneó la cabeza.
–El capitán Tierney ha hablado esta mañana con San Francisco. Han dicho que Nash es un lobo solitario. Parece ser que fue reclutado para colaborar en el asunto de la fuga de Alcatraz, pero eso fue una excepción. Lo que…
Russ Millard alzó una mano.
–¿Hay algún común denominador en las agresiones sexuales de Nash?
–A eso iba –dijo Loew–. Por lo visto a Nash le gustan las negras. Jovencitas, de menos de veinte años. Todas sus víctimas sexuales han sido chicas de color.
Lee me llevó hacia la puerta.
–Iremos a la comisaría de University, leeremos los informes policiales y empezaremos a partir de ahí. Apuesto a que Nash está escondido en algún lugar de Leimert Park. La zona es de blancos, pero hay negros desde Manchester hacia el sur. Montones de lugares donde buscar carne negra.
Millard y Sears se levantaron para irse. Loew se acercó a Lee.
–Procure no matarle, sargento. Se lo merece, desde luego, pero inténtelo de todas formas.
Lee le dirigió su sonrisa de diablo patentada.
–Lo intentaré, señor. Pero usted debe asegurarse de acabar con él en los tribunales. Los votantes quieren ver a los tipos como Junior en la cámara. Les hace sentirse seguros por la noche.
Nuestra primera parada fue la comisaría de University. El jefe nos mostró los informes de los robos y nos dijo que no perdiéramos el tiempo recorriendo la zona cercana a los dos supermercados, que Millard y Sears ya estaban en ello, tratando de obtener una mejor descripción del coche de Nash, que se creía que era un sedán blanco de después de la guerra. El capitán Jack había llamado a la comisaría para informarles de la inclinación de Nash por la carne negra, y tres agentes de paisano de Antivicio ya habían sido enviados para comprobar los burdeles de la zona sur especializados en jovencitas de color. Las comisarías de las calles Newton y Setenta y siete, donde la mayor parte de la población era de color, enviarían coches con radio en el turno de noche para que recorrieran los bares y los parques donde la juventud negra se congregaba, con la orden de mantener los ojos bien abiertos en busca de Nash y advertir a los jóvenes de que anduvieran con cuidado.
Nosotros no podíamos hacer nada salvo recorrer la zona con la esperanza de que Nash siguiera rondando por allí y dar la voz de alarma a los informadores de Lee. Decidimos llevar a cabo una ronda por Leimert Park y nos pusimos en marcha.
La calle principal del distrito era Crenshaw Boulevard, una avenida amplia que se extendía por el norte hasta Wilshire y por el sur hasta Baldwin Hills, y que deletreaba «boom de posguerra» como un letrero de neón. En cada manzana entre Jefferson y Leimert se alineaban casas que en tiempos fueron elegantes y que ahora estaban siendo derruidas, sus fachadas sustituidas por carteles gigantescos que anunciaban la apertura de grandes almacenes, centros comerciales, parques para niños y cines. Se prometían fechas de finalización que iban desde la Navidad del 47 hasta principios del 49, y comprendí que hacia 1950 esa parte de Los Ángeles sería irreconocible. Conduciendo hacia el este, pasamos junto a un solar vacío tras otro donde seguramente pronto se alzarían casas, y luego por manzanas y manzanas de bungalows de preguerra hechos de adobe, que se distinguían solo por su color y por el estado de sus patios delanteros. Hacia el sur todo eran viejas casas de madera, cada vez más desvencijadas a medida que avanzábamos.
Y por la calle no había nadie que se pareciera a Junior Nash; y cada sedán blanco último modelo que vimos iba conducido por una mujer o por un tipo de aspecto respetable.
Cuando nos acercábamos a Santa Bárbara y Vermont, Lee rompió nuestro largo silencio.
–Esto de hacer la gran ronda es una mierda inútil. Voy a pedir que me devuelvan algunos favores.
Entró en una gasolinera, salió del coche y se encaminó hacia una cabina; yo me dediqué a escuchar las llamadas por radio. Llevaba en ello unos diez minutos cuando Lee volvió al coche, pálido y sudoroso.
–Tengo una pista. Uno de mis soplones dice que Nash está viviendo con una negra en un sitio cerca de Slauson y Hoover.
Apagué la radio.
–En esa zona todos son de color. ¿Crees que…?
–Creo que vamos hacia allí cagando leches.
Enfilamos por Vermont hasta Slauson y luego fuimos hacia el este, pasando por delante de fachadas de iglesias y salones para alisarse el pelo, solares vacíos y licorerías sin nombre, solo letreros de neón que parpadeaban la palabra L-I-C-O-R-E-S A LA UNA DE LA TARDE. Giramos a la derecha para entrar en Hoover. Entonces Lee redujo la marcha y comenzó a examinar los portales. Pasamos ante un grupo de tres negros y un blanco mayor que ellos, sentados en los escalones de una casa que tenía un aspecto especialmente sórdido; me di cuenta de que nos identificaban enseguida como polis.
–Drogatas –murmuró Lee–. Por lo visto a Nash le gusta mezclarse con ellos, así que vamos a echar un vistazo. Si no están limpios, les apretaremos las clavijas para que nos den su dirección.
Asentí. Lee detuvo el coche en mitad de la calle. Bajamos y nos acercamos; los cuatro tipos metieron las manos en los bolsillos y arrastraron los pies por el suelo, el numerito de baile de los tipos de suburbio.
–Policía –dije–. Besad la pared suave y despacito.
Se colocaron en posición de ser registrados, las manos por encima de la cabeza, las palmas apoyadas contra la pared, las piernas separadas hacia atrás.
Lee se ocupó de los dos de la derecha. El blanco murmuró:
–¿Qué demo… Blanchard?
–Cállate, so mierda –dijo Lee y empezó a cachearle.
Yo procedí primero con el negro de en medio, pasando las manos a lo largo de las mangas de su abrigo y metiéndolas luego en los bolsillos. En la mano izquierda saqué un paquete de Lucky y un encendedor Zippo; en la derecha, unos cuantos cigarrillos de marihuana.
–Drogas –dije. Lo tiré todo al suelo y luego miré rápidamente a Lee de soslayo. El negro con zoot suit que estaba junto a él se llevó la mano al cinturón; al sacarla, la luz arrancó destellos al metal–. ¡Socio! –grité, y saqué mi 38.
El blanco giró sobre sí mismo; Lee le disparó dos veces en la cara a quemarropa. El del traje acababa de abrir su navaja cuando le apunté. Disparé, él dejó caer el arma, se agarró el cuello y se desplomó contra la pared. Me di la vuelta, vi que el tipo de la punta rebuscaba en la parte delantera de sus pantalones y le descerrajé tres tiros. Salió volando hacia atrás. Oí un grito: «¡Bucky, al suelo!». Al caer sobre el cemento, tuve una visión borrosa de Lee y el último negro a apenas un metro el uno del otro. Los tres disparos de Lee lo derribaron justo cuando le apuntaba con una pequeña Derringer. Cayó muerto en el acto, con medio cráneo reventado.
Me puse en pie, miré los cuatro cuerpos y la acera cubierta de sangre, caminé tambaleante hasta el bordillo y vomité hasta que me dolió el pecho. Oí sirenas que se acercaban, me puse la placa en la solapa de la chaqueta y me volví. Lee registraba los bolsillos de los fiambres, arrojando navajas y porros sobre la acera, lejos de los charcos de sangre. Vino hacia mí y yo esperé que soltara alguna salida graciosa que me tranquilizara. No lo hizo; lloraba como una criatura.
Nos llevó el resto de la tarde poner por escrito diez segundos sobre el papel.
Redactamos nuestros informes en la comisaría de la calle Setenta y siete y fuimos interrogados por el equipo de Homicidios que investigaba todos los tiroteos en los que estuvieran implicados policías. Nos dijeron que los tres negros –Willie Walker Brown, Caswell Pritchford y Cato Early– eran drogadictos conocidos, y que el blanco, Baxter Fitch, había estado dos temporadas a la sombra a finales de los años veinte. Dado que los cuatro hombres iban armados y estaban en posesión de marihuana, nos aseguraron que no habría ninguna vista ante el Gran Jurado.
Yo me tomé el interrogatorio con calma; Lee lo llevó peor, temblando y murmurando que había detenido a Baxter Finch un montón de veces por vagancia cuando trabajaba en Highland Park, y que sentía cierto aprecio por aquel tipo. Mientras estuvimos en la comisaría me mantuve cerca de él, y luego lo conduje hasta su coche a través de una multitud de reporteros que nos acribillaron a preguntas.
Cuando llegamos a la casa, Kay estaba de pie en el porche delantero; una mirada a su tenso rostro me indicó que ya lo sabía todo. Corrió hacia Lee y lo abrazó, susurrando:
–Oh, cariño, oh, cariño.
Los miré, y luego reparé en que había un periódico sobre la barandilla.
Lo cogí. Era la edición especial del Mirror, con un gran titular en primera plana: «¡Policías boxeadores en un tiroteo! ¡¡Cuatro delincuentes muertos!!». Debajo había imágenes publicitarias de Fuego y Hielo, con calzones y guantes de boxeo, acompañadas por fotos policiales de los cuatro hombres muertos. Leí un relato bastante exagerado del tiroteo y un resumen del combate de octubre. Entonces oí gritar a Lee:
–¡Nunca lo entenderás, así que déjame en paz de una puta vez!
Lee salió corriendo por el camino de entrada hacia el garaje, con Kay detrás de él. Me quedé en el porche, sorprendido ante ese núcleo de blandura que había en el hijo de perra más duro que jamás había conocido. Oí que la motocicleta de Lee arrancaba, y al cabo de unos segundos salió montado a toda velocidad y giró a la derecha con un chirrido de neumáticos, sin duda dispuesto a desahogarse con una brutal carrera por Mulholland.
Kay volvió cuando el ruido de la moto se apagaba ya en la distancia. Le cogí las manos y dije:
–Lo superará. Lee conocía a uno de esos tipos, y eso lo ha empeorado todo. Pero lo superará.
Kay me miró de una forma extraña.
–Pareces muy tranquilo.
–Se trataba de ellos o de nosotros. Mañana tendrás que cuidar de Lee. De momento estamos fuera de servicio, pero cuando volvamos será para perseguir a una auténtica bestia.
–Tú también debes cuidar de él. Bobby De Witt sale dentro de una semana, y durante su juicio juró matar a Lee y a los otros hombres que lo arrestaron. Lee está asustado, y yo conozco a Bobby. Es un hombre realmente malvado.
Rodeé a Kay con mis brazos y la apreté con suavidad.
–Chsss. Fuego y Hielo se ocupan de todo, así que puedes estar tranquila.
Kay se soltó de mi abrazo.
–No conoces a Bobby. No sabes las cosas que me obligó a hacer.
Le aparté un mechón de cabello de los ojos.
–Sí, lo sé, y no me importa. Quiero decir, me importa, pero…
–Sé lo que quieres decir –replicó Kay, y me apartó de un empujón.
La dejé ir, sabiendo que si iba tras ella me diría un montón de cosas desagradables que no quería oír. La puerta delantera se cerró de un portazo y me senté en los escalones. Me alegró haberme quedado solo para tratar de aclarar un poco las cosas.
Cuatro meses atrás, yo era un tipo metido en un coche patrulla que no iba a ninguna parte. Ahora era un detective de la Criminal que había servido de instrumento para que se aprobara una propuesta millonaria, con dos negros muertos en mi historial. Al mes siguiente tendría treinta años y llevaría cinco en el cuerpo, lo cual me permitiría presentarme a las pruebas para sargento. Si aprobaba, y después sabía jugar bien mis cartas, podría ser teniente detective antes de los treinta y cinco años. Y eso sería solo el principio.
Empecé a ponerme nervioso, así que entré en la casa y di unas cuantas vueltas por el salón, hojeando algunas revistas, buscando en los estantes algo que leer. De pronto oí ruido de agua corriendo con fuerza, procedente de la parte trasera de la casa. Fui hacia allí, vi la puerta del cuarto de baño abierta de par en par y sentí el vapor cálido; entonces supe que todo aquello era para mí.
Kay se hallaba desnuda bajo la ducha. Su rostro se mantuvo inexpresivo, incluso cuando nuestros ojos se encontraron. Contemplé su cuerpo, desde los pecosos senos de oscuros pezones hasta las anchas caderas y el liso estómago; entonces se dio la vuelta para mí. Vi las antiguas cicatrices de cuchillo que entrecruzaban su espalda desde los muslos hasta la columna. Logré no temblar y me alejé de allí deseando que no me hubiera mostrado aquello el mismo día en que había matado a dos hombres.
II
Treinta y nueve con Norton
7
El teléfono me despertó temprano la mañana del miércoles, interrumpiendo un sueño en el que aparecía el titular del Daily News del martes –«Fuego y Hielo dejan KO a unos criminales negros»– y una hermosa rubia con el cuerpo de Kay. Imaginándome que eran los reporteros que me habían estado incordiando desde el tiroteo, descolgué el auricular, lo estampé sobre la mesilla de noche y me hundí de nuevo en el sueño. Entonces oí «¡Levántate y brilla, socio!», y cogí el auricular.
–¿Qué pasa, Lee?
–¿Sabes qué día es hoy?
–Quince. Día de cobro. ¿Me has llamado a las seis de la mañana para…? –Me detuve al percibir un deje de nerviosa alegría en la voz de Lee–. ¿Te encuentras bien?
–¡De maravilla! Corrí por Mulholland a ciento setenta por hora y ayer estuve jugando a las casitas con Kay durante todo el día. Ahora estoy aburrido. ¿Te apetece un poco de trabajo policial?
–Continúa.
–Acabo de hablar con un soplón que me debe un favor gordo. Dice que Junior Nash tiene un picadero: un garaje entre Coliseum y Norton, en la parte de atrás de un edificio de apartamentos verde. ¿Echamos una carrera hasta allí? El que pierda paga las cervezas esta noche en el boxeo.
Nuevos titulares danzaron delante de mis ojos.
–Hecho –dije, y colgué.
Me vestí en tiempo récord, fui corriendo a por mi coche y recorrí a toda velocidad los trece o quince kilómetros que había hasta Leimert Park. Y Lee ya estaba allí, apoyado en su Ford, delante de la única edificación que se alzaba en un enorme solar vacío: un bungalow verde vómito, con un cobertizo de dos pisos en la parte de atrás.
Dejé mi coche detrás del suyo y bajé. Lee me guiñó el ojo y dijo:
–Has perdido.
–Has hecho trampa –repuse.
Lee se rió.
–Tienes razón. Te he llamado desde un teléfono público. ¿Te han estado molestando los reporteros?
Examiné a mi compañero con atención. Parecía relajado, pero por debajo se le notaba nervioso, aunque hubiera vuelto a colocarse su vieja fachada de jocosidad.
–Me escondí. ¿Y tú?
–Bevo Means vino a verme y me preguntó qué tal me sentía. Le dije que no me gustaría estar mucho tiempo así.
Señalé hacia el patio.
–¿Has hablado con alguno de los inquilinos? ¿Has comprobado si el coche de Nash está ahí?
–No hay ningún vehículo –dijo Lee–, pero he hablado con el encargado. Nash le ha alquilado ese cobertizo de atrás. Lo ha usado un par de veces para pasárselo bien con chicas negras, pero el encargado no ha vuelto a verle desde hace una semana o así.
–¿Has entrado?
–No, te estaba esperando.
Saqué mi 38 y la sostuve pegada a mi pierna; Lee me guiñó el ojo, hizo lo mismo con su pistola y los dos cruzamos el patio en dirección al cobertizo. Los dos pisos tenían puertas de madera de aspecto endeble, con unos escalones desvencijados que conducían a la segunda planta. Lee probó con la puerta de abajo, que se abrió con un crujido. Nos pegamos a la pared, cada uno a un lado del vano. Entonces giré sobre mí mismo y entré con el brazo de la pistola bien extendido.
Ningún sonido, ningún movimiento, solo telarañas, un suelo de madera cubierto con periódicos ya amarillentos y neumáticos viejos. Salí de espaldas y Lee procedió a subir la escalera, pisando con la punta de los pies. Una vez en el rellano, giró el pomo, negó con la cabeza y pegó una fuerte patada a la puerta, que cayó limpiamente arrancada de sus bisagras.
Subí la escalera corriendo; Lee entró con la pistola por delante. Cuando llegué arriba, le vi enfundar de nuevo su arma.
–Basura de Oklahoma –dijo, e hizo un gesto que abarcó toda la habitación.
Crucé el umbral y moví la cabeza en señal de asentimiento.
El cuarto apestaba a vino barato. Una cama hecha con dos asientos de coche desplegados ocupaba casi todo el suelo; estaba cubierta con una tapicería desgastada y sembrada de condones usados. Botellas de moscatel vacías se amontonaban en los rincones y la única ventana estaba llena de mugre y telarañas. El olor empezó a molestarme, así que me acerqué y la abrí. Cuando miré afuera, vi a un grupo de policías uniformados y hombres con ropa de civil en la acera de Norton, como a una media manzana de la Treinta y nueve. Todos contemplaban algo que se encontraba entre los hierbajos de un solar vacío; dos coches patrulla y otro sin distintivos estaban aparcados junto a la acera.
–Lee, ven aquí –dije.
Lee sacó la cabeza por la ventana y entornó los ojos.
–Creo que distingo a Millard y a Sears. Se suponía que hoy tenían que hablar con sus informadores, así que quizá…
Salí corriendo del picadero, bajé los peldaños y doblé la esquina hacia Norton, con Lee pisándome los talones. Al ver que el furgón del forense y un coche del departamento fotográfico se detenían con un chirrido de neumáticos, aceleré mi carrera. Harry Sears estaba bebiendo sin esconderse ante media docena de agentes; distinguí un destello de horror en sus ojos. Los fotógrafos habían entrado en el solar y se desplegaban por el terreno, apuntando con sus cámaras al suelo. Me abrí paso a codazos por entre un par de policías y vi a qué venía todo aquello.
Era el cuerpo desnudo y mutilado de una mujer joven, cortado en dos por la cintura. La mitad inferior yacía entre los hierbajos, a menos de un metro de la mitad superior, con las piernas bien abiertas. Le habían amputado un gran trozo en forma de triángulo del muslo izquierdo, y tenía un corte largo y ancho que iba desde el borde seccionado hasta el inicio del vello púbico. Los faldones de piel que rodeaban la hendidura habían sido retirados hacia atrás; no había órganos en su interior. La mitad de arriba era peor: los senos estaban cubiertos de quemaduras de cigarrillos; el derecho colgaba casi suelto, unido al torso tan solo por unas hilachas de piel; el izquierdo presentaba un corte circular que rodeaba el pezón. La herida llegaba hasta el hueso, pero lo peor de lo peor era el rostro de la chica. Era un enorme hematoma púrpura, la nariz había sido aplastada hasta confundirse con la cavidad facial, la boca estaba tajada de una oreja a otra en una especie de sonrisa burlona, como si estuviera riéndose del resto de las brutalidades infligidas. Supe que me llevaría esa sonrisa conmigo a la tumba.
Al levantar la vista, sentí mucho frío; respiraba en rápidos jadeos. Noté el roce de hombros y brazos a mi alrededor y oí una confusión de voces: «No hay ni una maldita gota de sangre…». «Este es el peor crimen cometido contra una mujer que he visto en mis dieciséis años…» «La ató. Mira, se ven las rozaduras de las cuerdas en los tobillos.» Entonces se oyó un prolongado y estridente silbido.
La docena aproximada de hombres que había allí dejaron de parlotear y miraron a Russ Millard, quien dijo con voz tranquila:
–Antes de que esto se nos escape de las manos, voy a dejar algunas cosas claras. Si este homicidio consigue mucha publicidad, vamos a obtener gran cantidad de confesiones. A esta chica la han destripado. Necesitamos información para eliminar a los pirados, y eso va a ser todo. No se lo digáis a nadie. No se lo digáis a vuestras mujeres, ni a vuestras novias ni a otros agentes. ¿Harry?
–De acuerdo, Russ –dijo Harry Sears, tapando la petaca con la palma de la mano para que el jefe no la viera.
Millard se dio cuenta de lo que hacía y puso los ojos en blanco con una mueca de disgusto.
–Ningún periodista debe ver el cadáver. Vosotros, los fotógrafos, tomad vuestras fotos ahora. Cuando hayan terminado, que el equipo forense cubra el cuerpo con una sábana. Agentes, quiero un perímetro alrededor de la escena del crimen que vaya desde la calle hasta unos dos metros más allá del cadáver. Cualquier periodista que intente cruzarlo debe ser arrestado de inmediato. Cuando lleguen los del laboratorio para examinar el cuerpo, llevad a los periodistas al otro lado de la calle. Harry, llama al teniente Haskins de University y dile que mande aquí a todos los hombres de los que pueda prescindir para iniciar la investigación.
Millard miró a su alrededor y me vio.
–Bleichert, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Está también Blanchard?
Lee estaba acuclillado junto al fiambre, escribiendo en su cuaderno. Señalé hacia el norte.
–Junior Nash ha alquilado un garaje detrás de ese edificio de ahí –expliqué–. Estábamos registrándolo cuando vimos el jaleo.
–¿Había sangre en el lugar?
–No. Esto no es cosa de Nash, teniente.
–Dejaremos que eso lo decida el equipo forense. ¡Harry!
Sears estaba sentado en un coche patrulla, hablando por radio. Al oír su nombre, gritó:
–¡Sí, Russ!
–Harry, cuando lleguen los hombres del laboratorio envíalos a ese edificio verde de la esquina y que examinen el garaje en busca de sangre y huellas dactilares. Quiero la calle cerrada…
Millard se interrumpió al ver unos coches que giraban para entrar en Norton y avanzaban directamente hacia el tumulto. Bajé los ojos hacia el cadáver. Los técnicos fotográficos continuaban tomando instantáneas desde todos los ángulos; Lee seguía anotando cosas en su cuaderno. Los hombres que había en la acera miraban al fiambre y al momento apartaban la vista. En la calle, un aluvión de periodistas y tipos con cámaras empezó a salir de los coches. Harry Sears y un cordón de policías se preparaban para contenerlos. Aquello me puso nervioso, y decidí echarle un buen vistazo al cadáver.
Sus piernas estaban abiertas para el sexo, y pude ver que estaban rotas por el modo en que tenía dobladas las rodillas; su cabellera negro azabache no mostraba rastros de sangre seca, como si el asesino se la hubiera lavado con champú antes de arrojarla allí. Aquella horrible sonrisa muerta era el último y brutal golpe: los dientes resquebrajados que asomaban por entre la carne lacerada me obligaron a apartar la mirada.
Encontré a Lee en la acera, ayudando a poner las cuerdas para delimitar la escena del crimen. Miró a través de mí, como si solo pudiera ver los fantasmas que flotaban en el aire.
–Junior Nash, ¿recuerdas? –dije.
Al fin centró su mirada en mí.
–Él no lo ha hecho. Es una escoria, pero no ha hecho esto.
El ruido procedente de la calle aumentó al llegar más periodistas, y los policías que formaban el cordón se agarraron por los brazos para contenerlos.
–¡Mató a golpes a una vieja! –grité para que me oyera–. ¡Es nuestro fugitivo de mayor prioridad!
Lee me aferró los brazos y apretó con tal fuerza que apenas podía sentirlos.
–¡Esta es nuestra prioridad ahora, y nos quedamos aquí! ¡Soy el más antiguo, y eso es lo que vamos a hacer!
Sus palabras resonaron por todo el lugar, haciendo que varias cabezas se volvieran en nuestra dirección. Me liberé los brazos de un tirón y miré a quien era el fantasma de Lee.
–De acuerdo, socio –repuse con acritud.
Durante la hora siguiente, la Treinta y nueve con Norton se llenó de vehículos de la policía, periodistas y una gran multitud de curiosos. El cuerpo fue trasladado en dos camillas cubiertas por sábanas; en la parte trasera del furgón, un equipo de laboratorio tomó las huellas de la chica muerta antes de llevarla al depósito de cadáveres. Harry Sears entregó a la prensa un informe redactado por Russ Millard, con todos los datos del asunto salvo que al fiambre había sido destripado. Sears se marchó luego al Ayuntamiento para comprobar los registros de la Oficina de Personas Desaparecidas y Millard se quedó para dirigir la investigación.
Varios técnicos de laboratorio recorrieron el solar en busca de posibles armas del crimen y ropas de mujer; otro equipo forense registró el picadero de Junior Nash para buscar huellas dactilares y manchas de sangre. Después Millard contó a los agentes presentes. Había cuatro hombres dirigiendo el tráfico y controlando la morbosa curiosidad de los civiles, doce de uniforme y cinco de paisano, además de Lee y de mí. Millard sacó un plano de su coche patrulla y dividió toda la zona de Leimert Park en áreas para batir a pie; asignó un territorio a cada hombre y nos dijo las preguntas que deberíamos hacer a cada persona en cada casa, apartamento o comercio: ¿Ha oído gritar a una mujer en algún momento en las últimas cuarenta y ocho horas? ¿Ha visto a alguna persona tirar o quemar ropas de mujer? ¿Se ha fijado en algún coche o gente sospechosos merodeando por esta zona? ¿Ha pasado usted por la avenida Norton entre las calles Treinta y nueve y Coliseum durante las últimas veinticuatro horas y, de ser así, se fijó si había alguien en los solares vacíos?
Se me asignó la avenida Olmsted, tres manzanas al este de Norton, desde el sur de Coliseum hasta el bulevar Leimert; a Lee le encargaron las tiendas y los edificios de Crenshaw, desde el norte de la Treinta y nueve hasta Jefferson. Quedamos en encontrarnos en el Olympic a las ocho y nos separamos; y empecé a gastar suela.
Caminé, llamé a timbres e hice preguntas, obteniendo respuestas negativas y anotando las direcciones donde no había nadie en casa para que la segunda ronda de policías encargados del puerta a puerta supiera por dónde empezar a trabajar. Hablé con amas de casa que le daban al jerez a escondidas y con mocosos maleducados; con jubilados y con militares de permiso, e incluso con un policía que tenía el día libre y trabajaba en la División Oeste de Los Ángeles. Lancé preguntas sobre Junior Nash y sobre el sedán blanco último modelo, y enseñé fotografías del tipo. Todo lo que conseguí fue un hermoso y gordo cero; a las siete volví a mi coche, disgustado con el caso en el que me había visto metido.
El automóvil de Lee ya no estaba, y en la Treinta y nueve con Norton estaban instalando las luces para los forenses. Conduje hacia el Olympic esperando que una buena sesión de combates me quitara el mal sabor de boca del día.
H. J. Caruso había dejado entradas para nosotros en el torniquete delantero, junto con una nota diciendo que tenía una cita de alto voltaje y que no aparecería. La entrada de Lee seguía en su sobre; cogí la mía y me dirigí hacia el palco de H. J. Estaban en los preliminares de un combate de pesos gallo, y me acomodé para verlo y esperar a Lee.
Los dos diminutos guerreros mexicanos estaban dando un buen espectáculo, y la multitud se mostraba encantada. Desde el gallinero llovieron monedas; gritos en inglés y español resonaron por todo el pabellón. Después de cuatro asaltos, supe que Lee no vendría; los dos pesos gallo, ambos bastante castigados, me hicieron pensar en la chica destripada. Me puse en pie y salí; sabía con toda exactitud dónde se encontraba Lee.
Volví a la Treinta y nueve con Norton. Todo el solar permanecía iluminado con reflectores de arco voltaico, tan brillantes como si fuera de día. Lee se encontraba dentro de la escena del crimen delimitada por los cordones. La noche se había vuelto fría; con el cuerpo encogido dentro de su cazadora, observaba a los técnicos del laboratorio que hurgaban entre los hierbajos.
Me acerqué a donde se encontraba. Lee me vio llegar e hizo un rápido gesto de desenfundar las pistolas, sus pulgares convertidos en percutores. Era algo que siempre hacía cuando estaba puesto de Benzedrina.
–Habías quedado en reunirte conmigo, ¿te acuerdas?
El resplandor de los arcos voltaicos daba al rostro nervioso y hosco de Lee un matiz blancoazulado.
–Dije que esto tenía prioridad. ¿Recuerdas tú eso?
Miré hacia la lejanía y vi otros solares vacíos iluminados.
–Puede que sea prioridad para el FBI. Igual que Junior Nash tiene prioridad para nosotros.
Lee sacudió la cabeza.
–Socio, esto es grande. Horrall y Thad Green han estado aquí hace un par de horas. Jack Tierney ha sido enviado a Homicidios para dirigir la investigación, con Russ Millard de apoyo. ¿Quieres mi opinión?
–Dispara.
–Va a ser un caso de cara a la galería. Una buena chica blanca es asesinada y el departamento se lanza en masa para agarrar al asesino y demostrar a los votantes que al aprobar la propuesta han conseguido una excelente fuerza policial.
–Quizá no era una chica tan buena. Quizá esa anciana a la que Nash se cargó era la abuelita de alguien. Quizá te estás tomando este asunto de forma demasiado personal, y quizá debamos dejar que el FBI se encargue de todo y volver a nuestro trabajo antes de que Junior mate a otra persona.
Lee apretó los puños.
–¿Tienes algún «quizá» más?
Di un paso hacia él.
–Quizá tienes miedo de que Bobby De Witt salga en libertad. Quizá eres demasiado orgulloso para pedirme que te ayude a meterle el susto en el cuerpo y apartarle de la mujer que nos importa a los dos. Quizá deberíamos dejar que el departamento acabe anotando esa chica muerta en la cuenta de Laurie Blanchard.
Lee abrió los puños y se dio media vuelta. Permanecí un rato viendo cómo oscilaba sobre sus talones, a la espera de que se volviera loco de ira o que soltara alguna gracia o lo que fuera, pero cuando finalmente pude vislumbrar su rostro vi que estaba dolido. Entonces fui yo quien apretó los puños y gritó:
–¡Háblame, maldita sea! ¡Somos compañeros! ¡Matamos a cuatro jodidos hombres juntos y ahora me sales con esta mierda!
Lee se volvió hacia mí. Me dirigió su sonrisa de diablo patentada, pero le salió nerviosa y triste, agotada. Su voz sonaba ronca, a punto de quebrarse.
–Solía vigilar a Laurie cuando jugaba. Yo era un camorrista y todos los demás chavales me tenían miedo. Tenía un montón de novias… ya sabes, romances de críos. Las chicas me tomaban el pelo por lo de Laurie, hablándome de cuánto tiempo pasaba con ella, como si ella fuera mi auténtica novia.
»Entiéndeme, yo la cuidaba. Era bonita y siempre tenía chicos a su alrededor.
»Papá siempre estaba hablando de que Laurie tomaría clases de ballet, de piano y de canto. Yo trabajaría con la pandilla de vigilantes de Neumáticos Firestone, como él, y Laurie iba a ser artista. Solo eran palabras, pero para un crío como yo aquello era muy real.
»En fin, hacia la época en que desapareció, papá llevaba ya tiempo hablando de todo eso de las clases y había logrado que me enfadara con Laurie. Empecé a dejar de acompañarla cuando iba a jugar después de la escuela. Al barrio había llegado una chica nueva, bastante ligera de cascos. Le gustaba exhibirse. Solía andar por ahí en traje de baño, y se lo enseñaba todo a los chicos. Estaba rondándola cuando Laurie desapareció, cuando tendría que haber estado protegiendo a mi hermana.
Alargué la mano hacia el brazo de mi compañero para decirle que lo comprendía. Lee me la apartó con un gesto brusco.
–No me digas que lo entiendes, porque voy a contarte lo que hace que me sienta tan mal. Laurie fue asesinada. Algún degenerado la estranguló o la cortó en pedacitos. Y cuando murió, yo pensaba cosas horribles sobre ella. Pensaba en cómo la odiaba porque papá la veía como a una princesa y a mí como a un vulgar matón. Me imaginaba a mi propia hermana descuartizada como el fiambre de esta mañana, y me regodeaba con ello mientras andaba con aquella zorra, tirándomela y bebiéndome el licor de su padre.
Lee tomó una honda bocanada de aire y señaló hacia el suelo, a unos pocos metros de distancia. Habían delimitado con estacas un perímetro interior separado, y las dos mitades del cuerpo estaban marcadas con líneas de cal. Me quedé mirando el contorno de sus piernas abiertas.
–Voy a cogerle –murmuró Lee–. Contigo o sin ti, voy a cogerle.
Logré esbozar el fantasma de una sonrisa.
–Te veré mañana en el trabajo.
–Contigo o sin ti.
–Ya te he oído –repuse, y fui hacia mi coche.
Cuando arrancaba el motor, observé que otro solar vacío se iluminaba, una manzana hacia el norte.
8
A la mañana siguiente, lo primero que vi cuando entré en la sala común fue a Harry Sears leyendo el titular del Herald: «¡¡¡Se busca la guarida del hombre lobo asesino y torturador!!!»; lo segundo que vi fue una hilera de cinco hombres: un par de pordioseros, dos tipos de aspecto normal y uno con el uniforme de la prisión del condado, todos esposados a un banco. Harry dejó el periódico y tartamudeó:
–Han co-co-confesado. Di-di-dicen que hicieron re-re-banadas a la chica.
Asentí, oyendo los gritos que llegaban desde la sala de interrogatorios.
Un instante después, Bill Koenig salió por la puerta con un tipo gordo doblado sobre sí mismo, y dirigiéndose a todos los presentes anunció:
–No ha sido él.
Un par de policías aplaudieron burlonamente desde sus mesas; otros cuantos apartaron la vista, asqueados.
Koenig empujó al gordo hacia el pasillo.
–¿Dónde está Lee? –pregunté a Harry.
Señaló la oficina de Ellis Loew.
–Co-con Loew. Y pe-pe-periodistas, también.
Fui hacia allí y miré a través del resquicio de la puerta. Ellis Loew estaba de pie detrás de su mesa, haciendo su numerito ante una docena de periodistas. Lee se hallaba sentado junto a él, vestido con el único traje que tenía. Parecía cansado, pero ni mucho menos tan tenso como la noche anterior.
Loew, con voz firme y grave, decía en ese momento:
–… y la repugnante naturaleza del asesinato hace imperativo que nos esforcemos todo lo posible por atrapar a ese demonio cuanto antes. Unos cuantos agentes especialmente preparados, entre los que se encuentran el señor Fuego y su compañero el señor Hielo, han sido apartados de sus asuntos para ayudar en la investigación, y con hombres como ellos creo que podemos esperar resultados positivos muy pronto. Además…
La sangre que retumbaba en mi cabeza me impidió oír nada más. Empecé a abrir la puerta; Lee me vio, le hizo una seña con la cabeza a Loew y salió del despacho. Me llevó casi por la fuerza hasta nuestro cubículo de la Criminal. Una vez allí, giré en redondo para encararme con él.
–Has hecho que nos aparten del caso, ¿verdad?
Lee me puso las manos en el pecho como para contenerme.
–Vamos a tomarnos esto con calma y sin excitarnos, ¿vale? Primero, le he pasado un informe a Ellis. Le he dicho que tenemos información contrastada de que Nash ya no está en nuestra jurisdicción.
–¡Joder, te has vuelto loco o qué!
–Chsss. Escúchame, solo ha sido para acelerar las cosas. Sigue habiendo una orden de búsqueda contra Nash, están vigilando el picadero y cada policía de la parte sur está pateando las calles para agarrar a ese cabrón. Esta noche yo mismo me encargaré de vigilar el picadero. Tengo unos prismáticos potentes, y creo que entre ellos y los arcos voltaicos podré ver las matrículas de los coches que bajen por Norton. Es posible que el asesino vuelva para disfrutar del espectáculo. Anotaré todos los números de matrícula que pasen y los comprobaré después con los datos de tráfico.
Lancé un suspiro.
–¡Dios, Lee…!
–Compañero, todo lo que quiero es una semana para investigar la muerte de la chica. Nash está cubierto, y si no le han cogido para entonces volveremos a centrarnos en él como objetivo prioritario.
–Es demasiado peligroso para dejarlo escapar. Ya lo sabes.
–Socio, está cubierto. Y ahora no me digas que no quieres aprovechar lo de esos dos negros que te cargaste. No me digas que no sabes que la chica muerta es un plato mucho más jugoso que Junior Nash.
Vi más titulares sobre Fuego y Hielo.
–Una semana, Lee. Ni un minuto más.
Lee me guiñó el ojo.
–Cojonudo.
La voz del capitán Jack nos llegó por el intercomunicador:
–Caballeros, todo el mundo a la sala de reuniones. Ahora.
Cogí mi cuaderno y atravesé las dependencias policiales. Las filas de los que habían acudido para confesar habían aumentado, y los nuevos se encontraban esposados a los radiadores y los conductos de la calefacción. Bill Koenig abofeteaba a un viejo que pedía hablar con el alcalde Bowron; Fritzie Vogel anotaba nombres en una tablilla. La sala de reuniones estaba abarrotada de hombres de la Central y del FBI y un montón de policías de paisano a los que no había visto antes. El capitán Jack y Russ Millard se encontraban en la parte de delante, junto a un micrófono de pie. Tierney golpeó el micro con la punta de los dedos y se aclaró la garganta.
–Caballeros –dijo–, este es un informe general sobre el 187 en Leimert Park. Estoy seguro de que todos han leído los periódicos y de que saben que va a ser un trabajo condenadamente duro. Y también condenadamente importante. La oficina del alcalde ha recibido un montón de llamadas, nosotros también, el Ayuntamiento también, y el jefe Horrall ha recibido llamadas de personas a las cuales queremos tener contentas. Todo eso que cuentan del hombre lobo en los periódicos hará que recibamos muchas más, así que hay que ponerse en marcha.
»Empezaremos con la cadena de mando. Yo supervisaré la investigación; el teniente Millard será el oficial ejecutivo; el sargento Sears, el enlace entre los departamentos. El ayudante del fiscal del distrito, Ellis Loew, actuará como enlace con la prensa y las autoridades civiles, y los siguientes policías quedan asignados a la Central de Homicidios, con carácter efectivo desde el 16/1/47: sargento Anders, detective Arcola, sargento Blanchard, agente Bleichert, sargento Cavanaugh, detective Ellison, detective Grimes, sargento Koenig, detective Liggett, detective Navarette, sargento Pratt, detective J. Smith, detective W. Smith y sargento Vogel. Después de esta sesión informativa deberán reunirse con el teniente Millard. Russ, todos tuyos.
Saqué mi pluma, dándole un suave codazo al hombre que tenía al lado para obtener un poco más de espacio para escribir. Cada uno de los policías que me rodeaban estaba haciendo lo mismo: se podía sentir su atención concentrada en la parte delantera de la habitación.
Millard habló con su voz de abogado en la sala del tribunal:
–Ayer, siete de la mañana, avenida Norton, entre la Treinta y nueve y Coliseum. Una joven muerta, desnuda, cortada en dos, junto a la acera en un solar vacío. Obviamente torturada, pero no voy a extenderme sobre ello hasta que hable con el forense de la autopsia: el doctor Newbarr se encargará de practicarla esta tarde en el Queen of Angels. Nada de periodistas: hay algunos detalles que no queremos que sepan.
»La zona ha sido peinada a fondo una vez, sin pistas por el momento. No había sangre donde encontramos el cuerpo; la chica fue asesinada en otro lugar y su cuerpo arrojado al solar. Hay bastantes solares vacíos en la zona y están siendo rastreados en busca de armas y manchas de sangre. Un sospechoso de homicidio y robo a mano armada llamado Raymond Douglas Nash tenía alquilado un garaje al otro lado de la calle. También ha sido examinado en busca de huellas dactilares y manchas de sangre. Los chicos del laboratorio no han obtenido nada, así que Nash no es sospechoso del asesinato.
»Todavía no hemos identificado a la chica y no encaja con ninguna descripción en los archivos de Personas Desaparecidas. Se han mandado sus huellas por teletipo, así que pronto deberíamos obtener algún tipo de información. Por cierto, todo se inició a raíz de una llamada anónima a la comisaría de University. El agente que atendió la llamada dijo que se trataba una mujer histérica que llevaba a su niña a la escuela. No dio su nombre y colgó, y creo que podemos eliminarla como sospechosa.
Millard pasó a utilizar un paciente tono de profesor.
–Hasta que el cuerpo sea identificado, la investigación debe centrarse en la Treinta y nueve con la avenida Norton. El paso siguiente es volver a interrogar puerta a puerta.
Se oyó un gran gemido colectivo.
–University será el puesto de mando –continuó Millard con el ceño fruncido–, y allí habrá gente que pasará a máquina y recopilará los informes de campo de los agentes. Habrá policías encargados de redactar los sumarios a partir de los informes y los índices de pruebas. Se colgarán en el tablón de University y se repartirán copias por todo el Departamento de Policía de Los Ángeles y en las demarcaciones del condado. Los hombres aquí presentes procedentes de otras divisiones deberán explicar en sus comisarías todo lo hablado en esta reunión, consignarlo en cada informe delictivo general y pasarlo a cada turno. Cualquier información que reciban de los agentes debe ser remitida telefónicamente a la Central de Homicidios, extensión 411. Bueno, tengo listas de direcciones que visitar de nuevo para todos vosotros salvo Blanchard y Bleichert. Bucky, Lee, coged las mismas zonas que ayer. Los que sean de otras divisiones que se queden; el resto de los hombres asignados por el capitán Tierney que pasen a verme luego. ¡Eso es todo!
Me escabullí a toda prisa y bajé por la escalera de servicio hasta el aparcamiento. Quería evitar a Lee y poner alguna distancia entre él y mi visto bueno a su informe sobre Nash. El cielo se había vuelto de un gris oscuro, y durante todo el trayecto hasta Leimert Park no hice más que pensar que la tormenta borraría las pistas de los solares vacíos, arrastrando la investigación de la chica descuartizada y la pena de Lee por su hermana pequeña hasta las alcantarillas, haciendo que las cloacas se desbordaran y obligaran a Junior Nash a asomar la cabeza suplicando ser arrestado. Cuando aparcaba, las nubes empezaron a dispersarse; muy pronto estuve pateando la zona bajo un sol de justicia… y una nueva ristra de respuestas negativas acabaron con mis fantasías.
Formulé las mismas preguntas que el día anterior, aunque haciendo más hincapié en Nash. Pero esta vez fue diferente. Los policías peinaban el área, anotaban los números de matrícula de todos los coches estacionados y dragaban las cloacas en busca de ropa femenina. Además, la gente de la zona había escuchado la radio y leído los periódicos.
Una anciana que apestaba a jerez me enseñó un crucifijo de plástico y me preguntó si eso mantendría alejado al hombre lobo. Un vejestorio, con ropa interior de franela y alzacuellos, me dijo que la chica muerta era un sacrificio a Dios porque Leimert Park había votado a los demócratas en las elecciones al Congreso del 46. Un chaval me enseñó una foto de Lon Chaney, Jr. como el hombre lobo y me dijo que el solar de la Treinta y nueve con Norton era la zona de lanzamiento de su cohete. Un aficionado al boxeo, que me reconoció del combate con Blanchard, me pidió un autógrafo y luego me dijo muy serio que el asesino era el bassett de su vecino y que si, por favor, podría pegarle un tiro a ese mamón. Las negativas racionales que obtuve fueron tan aburridas como fantasiosas las respuestas de los chalados, y empecé a sentirme como el hombre normal en una monstruosa comedia de enredo.
Acabé a la una y media y caminé de vuelta hasta mi coche, pensando en el almuerzo y en pasarme luego por la comisaría de University. Había un trozo de papel metido bajo el limpiaparabrisas, una hoja con el membrete personal de Thad Green y que en el centro, escrito a máquina, ponía: «Agente de guardia: permita la entrada a este agente en la autopsia de la desconocida 31, a las 14.00 h, 16/1/47». La firma de Green estaba garabateada al final, y recordaba sospechosamente a la letra del sargento Leland C. Blanchard. Riendo a mi pesar, me dirigí hacia el hospital Queen of Angels.
Los pasillos estaban repletos de monjas enfermeras y ancianos en camillas. Le enseñé mi placa a una de las hermanas de mayor edad y pregunté dónde estaba la sala de autopsias; ella se persignó y luego me guió a lo largo del pasillo, hasta señalar una doble puerta en la que se leía la palabra PATOLOGÍA. Me dirigí al agente que montaba guardia y le enseñé mi invitación; se puso firme rápidamente y abrió las puertas. Entré en una habitación pequeña y fría, toda de un blanco antiséptico, con una larga mesa metálica en el centro. Sobre ella yacían dos objetos cubiertos con sábanas. Tomé asiento en un banco de cara a la mesa, estremeciéndome ante la idea de ver otra vez la sonrisa muerta de la chica.
La doble puerta se abrió unos segundos después. Entró un hombre alto y mayor que fumaba un puro, seguido de una monja con un cuaderno para tomar notas taquigráficas. Russ Millard, Harry Sears y Lee entraron detrás. El oficial ejecutivo de Homicidios sacudió la cabeza.
–Tú y Blanchard aparecéis siempre como la falsa moneda. Doctor, ¿podemos fumar nosotros?
El anciano se sacó un escalpelo del bolsillo trasero y lo limpió en la pernera de su pantalón.
–Por supuesto. A la chica no le molestará, ya está para siempre en la tierra de los sueños. Hermana Margaret, ¿me ayuda a retirar esta sábana?
Lee se sentó a mi lado en el banco. Millard y Sears encendieron sus cigarrillos y sacaron cuadernos y plumas. Lee bostezó.
–¿Has conseguido algo esta mañana? –me preguntó.
Pude observar que se le había pasado el efecto de la Benzedrina.
–Sí. Un hombre lobo asesino llegado de Marte cometió el crimen. Buck Rogers le está persiguiendo en su nave espacial, y tú deberías irte a casa a dormir.
Lee bostezó de nuevo.
–Luego. Lo mejor que he sacado yo ha sido una pista sobre los nazis. Un tipo me ha dicho que vio a Hitler en un bar en la Treinta y nueve con Crenshaw. ¡Oh, Dios, Bucky!
Lee bajó los ojos; entonces miré hacia la mesa de autopsias. La chica muerta estaba destapada, su cabeza vuelta en nuestra dirección. Clavé la vista en mis zapatos mientras el doctor empezaba a parlotear en su jerga médica:
–Hecho el examen patológico, tenemos aquí a una mujer caucásica. El tono muscular indica que su edad está entre los dieciséis y los treinta años. El cadáver se presenta en dos mitades, seccionado a la altura del ombligo. En la mitad superior, la cabeza está intacta, con grandes fracturas que han hundido el cráneo, y los rasgos faciales significativamente oscurecidos por considerables equimosis, hematomas y edema. Desplazamiento hacia abajo del cartílago nasal. Laceraciones en ambas comisuras de la boca que atraviesan los músculos maseteros y se extienden por las articulaciones de la mandíbula hasta llegar a los lóbulos. No hay signos visibles de hematomas en el cuello. Múltiples laceraciones en la parte anterior del tórax, concentradas en los dos senos. Quemaduras de cigarrillos en ambos. El derecho casi totalmente amputado del tórax. La inspección de la cavidad abdominal superior revela que no existe flujo sanguíneo. Intestinos, estómago, hígado y bazo extraídos.
El doctor inspiró de forma audible; alcé los ojos y le observé chupar su puro. La monja taquígrafa acabó de anotar lo que había dicho, y Millard y Sears siguieron con los ojos clavados en el fiambre mientras Lee miraba al suelo y se enjugaba el sudor de la frente. El doctor palpó los senos y continuó:
–La falta de hipertrofia indica que no había embarazo en el momento de la muerte. –Cogió su escalpelo y empezó a hurgar en la parte inferior del cuerpo. Cerré los ojos y escuché–. La inspección de la mitad inferior del cadáver revela una incisión longitudinal desde el ombligo a la sínfisis púbica. Mesenterio, útero, ovarios y recto extraídos; múltiples laceraciones, tanto en la pared anterior de la cavidad como en la posterior. Amplia hendidura triangular en el muslo izquierdo. Hermana, ayúdeme a darle la vuelta.
Oí abrirse las puertas.
–¡Teniente! –gritó alguien.
Abrí los ojos y vi a Millard poniéndose en pie y al doctor y la monja forcejeando para darle la vuelta al cadáver. Cuando estuvo boca abajo, el doctor le alzó los tobillos para flexionarle las piernas.
–Las dos piernas rotas por las rodillas, ligeras laceraciones a medio curar en hombros y parte superior de la espalda. Marcas de ataduras en ambos tobillos. Hermana, deme un espéculo y un depresor.
Millard regresó y le entregó un papel a Sears. Este lo leyó y le dio un codazo a Lee. El doctor y la monja volvieron a dar la vuelta a la mitad inferior del cadáver, dejando bien abiertas las piernas. Se me revolvió el estómago.
–Bingo –dijo Lee.
Miraba fijamente el papel de teletipo mientras el doctor hablaba con voz monótona de la falta de escoriaciones vaginales y la presencia de semen antiguo. La frialdad de su voz me irritó; cogí el papel con brusquedad y leí: «Russ: se trata de Elizabeth Ann Short, nacida el 29 de julio de 1924, en Medford, Mass. Los federales han identificado las huellas: fue arrestada en Santa Bárbara en septiembre de 1943. Se está investigando su pasado. Preséntate en el Ayuntamiento después de la autopsia. Convoca a todos los agentes disponibles. J. T.».
–Eso es todo en el examen preliminar post mortem –dijo el doctor–. Luego haré algunas pruebas más específicas y efectuaré varios análisis toxicológicos. –Volvió a tapar las dos mitades de Elizabeth Ann Short y añadió–: ¿Preguntas?
La monja se encaminó hacia la puerta agarrando con fuerza el cuaderno con las notas taquigráficas.
–¿Puede hacernos una reconstrucción? –preguntó Millard.
–Claro, aunque queda pendiente el resultado de las otras pruebas. Esto es lo que no sucedió: no estaba embarazada, no fue violada pero tuvo una relación sexual consentida en algún momento de la semana pasada, aproximadamente. Durante esa semana recibió lo que podría llamarse una paliza suave; las últimas marcas de su espalda son más antiguas que los cortes de la parte delantera. Esto es lo que creo que sucedió: la ataron y la torturaron con un cuchillo durante un mínimo de treinta y seis a cuarenta y ocho horas. Creo que le rompieron las piernas con un instrumento liso y redondeado, como un bate de béisbol, mientras todavía estaba con vida. Creo que o bien la mataron a golpes con algo parecido a un bate, o bien murió ahogada por la sangre que brotó de las heridas de la boca. Después de muerta, el asesino la cortó en dos con un cuchillo de carnicero o algo parecido, y luego le extrajo los órganos usando algo como una navaja o un cortaplumas. Una vez que acabó, desangró el cuerpo y lo lavó, yo diría que en una bañera. Hemos tomado unas muestras de sangre de los riñones y dentro de unos días podremos decirles si había alguna droga o licor en su organismo.
–Doctor, ¿sabía ese tipo algo de anatomía o medicina? –preguntó Lee–. ¿Por qué le hizo todo eso por dentro?
El doctor examinó la colilla de su puro.
–Dígamelo usted. Los órganos de la mitad superior pudo haberlos extraído fácilmente. Para sacar los órganos de la mitad inferior, tuvo que hurgar con una navaja, como si eso fuera lo que le interesaba. Puede que hubiera estudiado medicina, aunque también podría haber estudiado veterinaria, taxidermia o biología, o podría haber asistido al curso de fisiología avanzada del sistema escolar de Los Ángeles, o a mi clase de patología para principiantes en la UCLA. Dígamelo usted. Le diré lo que yo sé con seguridad: ya llevaba muerta entre seis y ocho horas antes de que la encontraran, y la mataron en algún recinto cerrado donde había agua corriente. Harry, ¿saben ya cómo se llamaba la chica?
Sears trató de responder, pero sus labios se movieron sin emitir sonido alguno. Millard le puso una mano sobre el hombro y dijo:
–Elizabeth Short.
El doctor alzó su puro saludando al cielo.
–Elizabeth, Dios te ama. Russell, cuando cojan al hijo de puta que le hizo esto, denle una patada en los huevos y díganle que es de parte de Frederick D. Newbarr, doctor en medicina. Y ahora salgan todos de aquí. Dentro de diez minutos tengo una cita con un tipo que se ha suicidado tirándose por la ventana.
Al salir del ascensor, oí la voz de Ellis Loew, una octava más alta y profunda de lo habitual, resonando por el pasillo. Alcancé a entender: «vivisección de una encantadora joven», «monstruo psicópata» y «Mis aspiraciones políticas están subordinadas a mi deseo de que se haga justicia». Abrí la puerta que daba a la sala de Homicidios y vi al chico prodigio republicano declamando ante los micrófonos de la radio y un equipo de técnicos. Llevaba en la solapa una insignia de la Legión Americana, probablemente comprada al legionario borrachín que dormía en el aparcamiento del Hall of Records y al que antiguamente había acusado con virulencia por vagancia.
La sala había sido tomada para la representación de aquel numerito, así que continué pasillo adelante hasta el despacho de Tierney. Lee, Russ Millard, Harry Sears y dos veteranos a los que apenas conocía –Dick Cavanaugh y Vern Smith– estaban reunidos en torno a la mesa del capitán Jack, examinando un papel que este sostenía.
Miré por encima del hombro de Harry. En la hoja, pegadas con cinta adhesiva, había tres fotos policiales de una morena despampanante, y junto a ellas tres primeros planos del rostro del cadáver encontrado en la Treinta y nueve con Norton. La sonrisa de su boca rajada me asaltó desde el papel.
–Las fotografías son de la policía de Santa Bárbara –dijo el capitán Jack–. Arrestaron a la joven Short en septiembre del 43 por beber alcohol siendo menor de edad, y la enviaron de vuelta a casa de su madre en Massachusetts. La policía de Boston se ha puesto en contacto con ella hace una hora. Viene hacia aquí en avión para identificar mañana el cadáver. La gente de Boston está investigando el historial de la chica, y aquí se han cancelado todos los permisos. Si alguien se queja, me limito a enseñarle estas fotos. ¿Qué ha dicho el doctor Newbarr, Russ?
–Torturada durante dos días –respondió Millard–. Causa de la muerte, las heridas de la boca o los golpes en la cabeza. No hubo violación. Los órganos internos fueron extraídos. Murió entre seis y ocho horas antes de que el cuerpo fuera tirado en el solar. ¿Qué más tenemos sobre ella?
Tierney examinó algunos papeles de su escritorio.
–Salvo por ese asuntillo con la bebida, no hay nada más. Cuatro hermanas, padres divorciados, trabajó en la cantina de Camp Cooke durante la guerra. El padre vive aquí, en Los Ángeles. ¿Cuál es el siguiente paso?
Yo fui el único que parpadeó cuando el gran jefe le pidió consejo a su número dos.
–Quiero hacer otra ronda por Leimert Park con las fotos –dijo Millard–. Harry, yo y otros dos hombres. Luego iré a la comisaría de University para leer informes y contestar llamadas. ¿Le ha enseñado Loew las fotos a la prensa?
Tierney asintió.
–Sí, y Bevo Means me ha contado que el padre les ha vendido al Times y al Herald algunas fotos antiguas de la chica. Saldrá en primera página en las ediciones de la noche.
–¡Maldita sea! –gruñó Millard, la única expresión malsonante que se le había oído decir jamás–. Van a salir pirados de todas partes en cuanto la vean –dijo con expresión enfurecida–. ¿Habéis interrogado al padre?
Tierney negó con la cabeza y consultó unos papeles.
–Cleo Short, 1020½ South Kingsley, distrito de Wilshire. Hice que un agente le llamara y le dijera que no se moviera de allí, que enviaríamos a algunos hombres para hablar con él. Russ, ¿crees que los chalados se colgarán aún más por este caso?
–¿Cuántas confesiones ha habido hasta el momento?
–Dieciocho.
–Por la mañana habrá el doble, más aún si Loew ha excitado a la prensa con su oratoria sentimental.
–Yo diría que les he motivado bastante, teniente. Y considero que mi oratoria está a la altura del crimen cometido.
Ellis Loew se hallaba de pie en el umbral, con Fritz Vogel y Bill Koenig a su espalda. Millard clavó sus ojos en la estrella radiofónica.
–Ellis, demasiada publicidad es un estorbo. Si fuese policía, lo sabría.
Loew se ruborizó y sus dedos buscaron la llavecita de Phi Beta Kappa.
–Tengo el cargo de enlace entre la policía y las instituciones civiles, designado especialmente por el Ayuntamiento de Los Ángeles.
Millard sonrió.
–Usted es un civil, abogado.
A Loew se le crispó el rostro, y luego se volvió hacia Tierney.
–Capitán, ¿ha enviado a alguien para hablar con el padre de la víctima?
–Todavía no, Ellis –dijo el capitán Jack–. Pero lo haremos cuanto antes.
–¿Qué tal Vogel y Koenig? Ellos conseguirían averiguar lo que necesitamos saber.
Tierney miró al teniente Millard. Este negó con la cabeza de forma casi imperceptible.
–Bueno, Ellis –dijo el capitán Jack–, en los casos importantes de Homicidios el responsable del departamento es quien asigna a los hombres. Ah, esto… Russ, ¿quién piensas que debería ir?
Millard examinó a Cavanaugh y a Smith, después a mí, que intentaba pasar desapercibido, y a Lee, que bostezaba apoyado en la pared.
–Bleichert y Blanchard. Vosotros, monedas falsas, iréis a interrogar al padre de la señorita Short. Presentad el informe mañana en la comisaría de University.
Las manos de Loew dieron tal tirón a su llavecita de la fraternidad que la arrancaron de su cadena y cayó al suelo. Bill Koenig se adelantó y la recogió; Loew giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo. Vogel dirigió una mirada furibunda a Millard y luego siguió a Loew. Harry Sears, con su aliento apestando a Old Grand Dad, exclamó:
–Manda a unos cuantos negros a la cámara de gas y ya se le sube a la cabeza.
–Los negros deben de haber confesado –dijo Vern Smith.
–Con Fritzie y Bill todos confiesan –añadió Dick Cavanaugh.
–Hijo de puta arrogante, con la cabeza llena de mierda –murmuró Russ Millard.
Cuando caía ya la noche, fuimos en coches separados al distrito de Wilshire, quedando en encontrarnos en el número 1020½ de South Kingsley. Era un garaje convertido en apartamento, más bien una chabola, situado detrás de una gran casa victoriana. En su interior había luces encendidas.
–Poli bueno, poli malo –dijo Lee con un bostezo, y llamó al timbre.
Un hombre flaco de unos cincuenta y tantos años abrió la puerta.
–Polis, ¿eh?
Tenía el cabello oscuro y ojos claros, parecidos a los de la chica en las fotos policiales, pero ahí acababa cualquier semejanza familiar. Elizabeth Short era una bomba; él parecía la víctima de un bombardeo: un cuerpo huesudo metido en unos abultados pantalones marrones y una camiseta sucia, los hombros cubiertos de lunares y el arrugado rostro marcado por las marcas del acné. Nos invitó a pasar con un gesto.
–Tengo coartada –dijo–, por si se les hubiera ocurrido pensar que lo hice yo. Más firme que el culo de un cangrejo, y eso sí que es firme.
–Soy el detective Bleichert, señor Short –dije, metiéndome a fondo en mi papel de poli bueno–. Y este es mi compañero, el sargento Blanchard. Nos gustaría expresarle nuestras condolencias por la pérdida de su hija.
Cleo Short cerró de un portazo.
–Leo los periódicos y sé quiénes son ustedes. Ninguno de los dos habría durado un asalto con el caballero Jim Jeffries. Y en lo que respecta a sus condolencias, bueno… c’est la vie. Betty decidía su vida y al final pagó las consecuencias. Nada es gratis en esta vida. ¿Quieren oír mi coartada?
Me senté en un maltrecho sofá y examiné la habitación. Las paredes estaban cubiertas del suelo al techo por estanterías rebosantes de novelas baratas; aparte del sofá, había una silla de madera y nada más. Lee sacó su cuaderno.
–Dado que está tan ansioso por contárnosla, adelante.
Short se dejó caer en la silla y movió nerviosamente los pies sobre el suelo, como un animal tanteando la tierra con las pezuñas.
–No me moví de mi trabajo desde el martes catorce a las dos de la tarde hasta el miércoles quince a las cinco de la tarde. Veintisiete horas seguidas, y las últimas diecisiete eran horas extra. Arreglo neveras, soy el mejor de todo el oeste. Trabajo en Electrodomésticos Frost King, South Berendo 4831. Mi jefe se llama Mike Mazmanian. Él corroborará que mi coartada es tan firme como el pedo de una palomita de maíz, y eso sí que es firme.
Lee bostezó y anotó la información; Cleo Short cruzó los brazos sobre su huesudo pecho, desafiándonos a rebatirlo.
–¿Cuándo vio a su hija por última vez, señor Short? –pregunté.
–Betty llegó al oeste en la primavera del 43, con estrellas en los ojos y ganas de liarla en la cabeza. No la había visto desde que abandoné a aquella bruja flacucha que tenía por mujer en Charleston, Massachusetts, el 1 de marzo del año del Señor de 1930, y nunca miré atrás. Pero Betty me escribió diciéndome que necesitaba un techo y entonces yo…
–Abrevie el discurso, papi –le interrumpió Lee–. ¿Cuándo vio a Elizabeth por última vez?
–Tranquilo, socio –dije–. El hombre está colaborando. Siga, señor Short.
Cleo Short se hundió aún más en la silla y clavó una mirada furiosa en Lee.
–Antes de que el amigo aquí se pusiera nervioso, iba a contarles que eché mano de mis ahorros y le mandé a Betty un billete de cien pavos para que viniera al oeste, y le prometí pagarle treinta y cinco a la semana si mantenía limpia la casa. Una oferta generosa, si quieren saber mi opinión. Pero Betty tenía otros planes en mente. Era un desastre como ama de casa, así que la eché el 2 de junio del año del Señor de 1943, y no la he visto desde entonces.
Anoté la información y luego pregunté:
–¿Sabía que últimamente se encontraba en Los Ángeles?
Cleo Short dejó de clavar su mirada en Lee para clavarla en mí.
–No.
–¿Sabe si tenía algún enemigo?
–Solo ella misma.
–Basta de contestaciones brillantes, papi –espetó Lee.
–Déjale hablar –dije en un murmullo, y luego añadí en voz alta–: ¿Adónde se fue Elizabeth cuando se marchó de aquí en junio del 43?
Short señaló a Lee con un dedo.
–¡Dígale a su amigo que si continúa llamándome papi, yo le llamaré a él desgraciado! ¡Dígale que a no mostrar respeto podemos jugar los dos! ¡Dígale que yo le arreglé al jefe Horrall su modelo Maytag 821, y se lo arreglé de puta madre!
Lee se fue al lavabo; le vi engullir un puñado de píldoras con agua del grifo.
–Señor Short –proseguí con mi más calmada voz de poli bueno–, ¿adónde se fue Elizabeth en junio del 43?
–Si ese gorila me pone la mano encima, me encargaré de que le caiga un buen puro –continuó Short.
–Estoy seguro de ello. ¿Le importaría res…?
–Betty se fue a Santa Bárbara y consiguió un trabajo en la cantina de Camp Cooke. Me mandó una postal en julio. Decía que un soldado le había dado una paliza. Eso fue lo último que supe de ella.
–¿Mencionaba en la postal el nombre del soldado?
–No.
–¿Mencionaba el nombre de alguna de sus amistades en Camp Cooke?
–No.
–¿Novios o algo así?
–¡Ja!
Levanté mi pluma del cuaderno.
–¿Qué significa «ja»?
Short se rió tan fuerte que pensé que su flaco pecho de gallina iba a explotar. Lee salió del lavabo y le hice señas para que se calmara. Asintió y se sentó en el sofá a mi lado; esperamos a que Short se cansara de reír. Cuando su risa se convirtió en un seco cacareo, continué:
–Hábleme de Betty y los hombres.
Short rió de nuevo.
–Le gustaban, y ella les gustaba a ellos. Betty creía más en la cantidad que en la calidad, y no creo que se le diera muy bien decir no, a diferencia de su madre.
–Sea más concreto –dije–. Nombres, fechas, descripciones…
–Hijo, debe de haber recibido demasiado en el ring, porque se le está derritiendo la sesera. Einstein sería incapaz de recordar los nombres de todos los novios de Betty, y yo no me llamo Albert.
–Díganos los nombres que recuerde.
Short se metió los pulgares en el cinturón y se meció en la silla como un vulgar chulo callejero.
–Betty estaba loca por los hombres, por los soldados. Le gustaba cualquier tipo blanco que llevara uniforme. Cuando se suponía que debía estar limpiando la casa, ella se paseaba por Hollywood Boulevard, dejándose invitar a copas por los soldados de permiso. Y cuando vivía aquí, mi casa parecía un cuartel de las Fuerzas Armadas.
–¿Está llamando fulana a su propia hija? –preguntó Lee.
Short se encogió de hombros.
–Tengo cinco hijas. Una manzana podrida entre cinco no está mal.
La rabia de Lee parecía rezumar de su cuerpo; le puse una mano en el brazo para contenerle y casi pude notar el zumbido de su sangre.
–¿Qué hay de esos nombres, señor Short?
–Tom, Dick, Harry… qué más da. Todos esos desgraciados le echaban una breve mirada a Cleo Short y luego se lanzaban encima de Betty. Eso es todo lo concreto que puedo ser. Busquen a cualquiera de uniforme que no sea demasiado horrible y tendrán a su hombre.
Pasé la hoja del cuaderno para empezar otra.
–¿Qué me dice del trabajo? ¿Tenía Betty algún empleo cuando vivía aquí?
–¡El empleo de Betty era trabajar para mí! –gritó el hombre–. ¡Dijo que buscaba trabajo en el cine, pero era mentira! ¡Todo lo que ella quería era pasearse por el Hollywood Boulevard con esos trajes negros suyos, y cazar hombres! ¡Destrozó mi bañera tiñéndose de negro la ropa, y luego se largó antes de que pudiera deducirle los daños de su salario! ¡Deambulaba por las calles como una viuda negra, y no me extraña que acabaran haciéndole daño! ¡Es culpa de su madre, no mía, culpa de esa puta irlandesa sin coño! ¡No es culpa mía!
Lee se pasó un dedo con fuerza por la garganta. Salimos a la calle, dejando a Cleo Short gritándoles a sus cuatro paredes.
–Hostia puta –murmuró Lee.
–Sí –suspiré, pensando en que acababa de señalar como sospechosos a todos los miembros de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Me hurgué en los bolsillos buscando una moneda–. ¿Echamos a suertes quién escribe el informe?
–Hazlo tú, ¿vale? –me pidió Lee–. Yo voy a vigilar el picadero de Junior Nash y a conseguir algunos números de matrícula.
–Intenta dormir un poco también.
–Lo haré.
–No, no lo harás.
–No puedo dejar esta mierda. Oye, ¿irás a casa a hacerle compañía a Kay? Ha estado muy preocupada por mí y no quiero que esté sola.
Pensé en lo que yo había dicho la noche anterior en la Treinta y nueve con Norton, aquello que los tres sabíamos pero de lo cual nunca hablábamos, aquel paso adelante que solo Kay había tenido el valor de dar.
–Claro, Lee.
Encontré a Kay en su postura habitual de las noches de entre semana: leyendo en el sofá de la sala. Cuando entré no levantó la mirada; exhaló perezosamente un anillo de humo y dijo:
–Hola, Dwight.
Cogí una silla y me senté frente a ella al otro lado de la mesita de café.
–¿Cómo sabías que era yo?
Kay rodeó con un círculo un pasaje del libro.
–Lee pisa fuerte, tú andas con más cautela.
Me eché a reír.
–Es algo simbólico, pero no se lo cuentes a nadie.
Kay apagó el cigarrillo y dejó el libro.
–Pareces preocupado.
–Lee ha perdido la cabeza con eso de la chica muerta. Ha hecho que nos asignen a la investigación del caso cuando deberíamos estar buscando a un fugitivo prioritario, ha estado tomando Benzedrina y se le nota bastante nervioso. ¿Te ha hablado de ella?
Kay asintió.
–Un poco.
–¿Has leído los periódicos?
–He procurado evitarlo.
–Bueno, están presentando a la chica como el asunto más candente desde la bomba atómica. Hay un centenar de hombres trabajando en un solo homicidio, Ellis Loew espera sacar una buena tajada del asunto, Lee no piensa más que en ello…
Kay logró desarmarme con una sonrisa.
–Y tú apareciste en los titulares del lunes, pero hoy vuelves a ser un trozo de pan rancio. Y quieres atrapar a ese atracador tan importante y tan malo para volver a salir en los titulares.
–Touché! Pero eso es solo parte del asunto.
–Lo sé. Una vez que consigas el titular, te esconderás y no leerás los periódicos.
Suspiré.
–Dios, desearía que no fueras más inteligente que yo.
–Y yo desearía que no fueras tan cauteloso y complicado. Dwight, ¿qué va a pasar con nosotros?
–¿Con los tres?
–No, con nosotros.
Mis ojos vagaron por el salón, todo madera, cuero y cromo. Había un armarito de caoba con la parte frontal de vidrio; estaba lleno con los jerséis de cachemira de Kay, en todos los tonos del arcoíris, a cuarenta dólares cada uno. Esa mujer, escoria blanca de Dakota del Sur moldeada por el amor de un policía, estaba sentada frente a mí. Y, por una vez, dije exactamente lo que pensaba.
–Nunca lo dejarías. Nunca dejarías todo esto. Quizá si lo hicieras, quizá si Lee y yo dejáramos de ser compañeros, quizá entonces podríamos tener una oportunidad juntos. Pero nunca podrías renunciar a todo.
Kay se tomó su tiempo para encender otro cigarrillo. Exhaló el humo y dijo:
–¿Sabes lo que ha hecho por mí?
–Y por mí –repuse.
Kay echó la cabeza hacia atrás y clavó los ojos en el techo estucado con molduras de caoba. Mientras seguía lanzando anillos de humo, dijo:
–Me enamoré de ti como una colegiala. Bobby De Witt y Lee solían arrastrarme a los combates. Yo llevaba mi cuaderno de dibujo para no sentirme como una de esas horribles mujeres que les siguen la corriente a sus hombres fingiendo que les gusta el boxeo. Lo que a mí me gustaba eras tú. El modo en que te reías de ti mismo por tus dientes, la manera en que te cubrías para que no te golpearan. Luego entraste en la policía y Lee me contó que se había enterado de que denunciaste a esos amigos japoneses tuyos. No te odié por eso, solo hizo que me parecieras más real. Lo mismo sucedió con el asunto de los pachucos. Eras mi héroe de cuento, solo que las historias eran reales, con trocitos y fragmentos aquí y allí. Entonces llegó el combate, y aunque odiaba la idea, le dije a Lee que siguiera adelante, porque eso haría que los tres llegáramos a ser lo que debíamos ser.
Pensé en una docena de cosas que decir, todas ellas ciertas, y referentes solo a nosotros dos. Pero no pude, y busqué refugio en la imagen de Lee.
–No quiero que te preocupes por Bobby De Witt. Cuando salga, yo me encargaré de él. A fondo. No dejaré que se acerque a ti o a Lee.
Kay apartó sus ojos del techo y me clavó una mirada extraña, dura pero con un trasfondo de tristeza.
–Bobby ya no me preocupa. Lee puede manejarle.
–Creo que Lee le tiene miedo.
–Así es. Pero creo que se debe a que Bobby sabe mucho de mí, y Lee tiene miedo de que se lo cuente a todo el mundo. No es que a nadie le importe, claro.
–A mí me importa. Y como agarre a Bobby De Witt, tendrá suerte de poder hablar siquiera.
Kay se puso en pie.
–Para ser un hombre tan lanzado, resulta difícil hacerte entender las cosas. Me voy a la cama. Buenas noches, Dwight.
Cuando oí que del dormitorio de Kay salía la música de un cuarteto de Schubert, cogí pluma y papel del armarito donde se guardaba el material de escritorio y redacté el informe sobre el interrogatorio al padre de Elizabeth Short. Incluí su «muy firme» coartada, su relato sobre el comportamiento de la chica cuando vivió con él en el año 43, la paliza que recibió a manos de un soldado de Camp Cooke y su desfile de novios anónimos. Rellenar el informe con detalles superfluos hizo que mi mente se alejara casi por completo de Kay, y cuando terminé me hice dos sándwiches de jamón, los engullí con un vaso de leche y me quedé dormido en el sofá.
Mis sueños consistieron en fugaces visiones de fotos policiales de criminales recientes, con Ellis Loew representando el lado bueno de la ley y con los números de detención impresos sobre su pecho. Betty Short se unió a él en blanco y negro, primero de frente, luego de perfil izquierdo. Después todos los rostros se disolvieron hasta convertirse en informes policiales que pasaban ante mí incesantemente, mientras yo intentaba rellenar la información sobre el paradero de Junior Nash en los espacios en blanco. Me desperté con dolor de cabeza y con la certeza de que tenía por delante un día muy largo.
Estaba amaneciendo. Salí al porche y recogí el Herald de la mañana. El titular era: «Se busca a los novios de la joven torturada y asesinada», con un retrato de Elizabeth Short centrado justo debajo. El pie de foto rezaba «La Dalia Negra», seguido por: «Las autoridades están investigando la vida amorosa de Elizabeth Short, de 22 años, víctima del “Hombre Lobo Asesino”, cuyos romances la convirtieron, según sus amistades, de una chica inocente a una seductora delincuente vestida de negro conocida como la Dalia Negra».
Sentí la presencia de Kay a mi lado. Cogió el periódico y examinó la primera página con un leve estremecimiento. Cuando me lo devolvió, dijo:
–¿Acabará pronto todo esto?
Hojeé rápidamente el periódico. Elizabeth Short ocupaba seis páginas enteras, la mayor parte de la tinta retratándola como una escurridiza mujer fatal embutida en un ceñido traje negro.
–No –respondí.
9
Los periodistas habían rodeado la comisaría de University. El aparcamiento se hallaba repleto y junto a la acera se alineaban los furgones de la radio, así que dejé el coche en doble fila, puse el cartel de «Vehículo oficial de la policía» bajo el limpiaparabrisas y me abrí paso a través del cordón de periodistas con la cabeza gacha para evitar que me reconocieran. No funcionó; oí gritar «¡Buck-kee!» y «Bleichert», y luego varias manos me agarraron. Me arrancaron un bolsillo de la chaqueta y tuve que entrar casi a puñetazos.
El vestíbulo se encontraba lleno de policías que salían para empezar el turno de día; una puerta daba a una sala común atestada. A lo largo de las paredes había catres; vi a Lee dormido en uno de ellos, con las piernas tapadas con hojas de periódico. Los teléfonos sonaban en las mesas a mi alrededor, y mi dolor de cabeza volvió de inmediato, sintiendo el latido en las sienes dos veces peor que antes. Ellis Loew estaba colgando algunas hojas en un tablón de anuncios; le di una fuerte palmada en el hombro.
Giró en redondo.
–No quiero formar parte de este circo –dije–. Soy un agente de la Criminal, no un tipo de Homicidios, y tengo fugitivos con prioridad. Quiero ser asignado de nuevo a mi puesto. Ahora.
–No –siseó Loew–. Trabajas para mí y te quiero en el caso Short. Esa es mi decisión, definitiva e irrevocable. Y no pienso aguantarte exigencias de prima donna, agente. ¿Entiendes?
–¡Ellis, maldita sea!
–Deberás tener galones en la manga antes de poder llamarme así, Bleichert. Hasta entonces soy el señor Loew para ti. Ahora ve a leer el informe de Millard.
Hecho una furia, me dirigí hacia el fondo de la sala. Russ Millard estaba dormido en una silla con los pies apoyados en el escritorio que tenía delante. Cuatro hojas de papel escritas a máquina se hallaban clavadas con chinchetas al tablero de corcho que había cerca de él. Leí:
Primer informe
187 P. C., Víct.: Short, Elizabeth Ann, M. B.
F.N. 29/7/24. Denunciado 17/1/47 6.00 horas.
Caballeros:
Este es el primer informe sobre E. Short, F. M. 15/1/47, Treinta y nueve con Norton, Leimert Park.
1. Treinta y tres confesiones falsas o probablemente falsas hasta el momento. Los sujetos que eran claramente inocentes han sido puestos en libertad, los incoherentes y los seriamente desequilibrados retenidos en prisión a la espera de comprobación de coartadas y exámenes médicos. Los enfermos mentales conocidos están siendo interrogados por el doctor De River, psiquiatra titular, con apoyo de la Div. Det. Nada en firme todavía.
2. Resultados del post mort. prelim. y posteriores: víct. asfixiada hasta morir por cuchillada oreja a oreja a través de boca. Ni alcohol ni narcóticos en sangre en el momento de la muerte. (Para det. véase caso archivo 14-187-47.)
3. D.P. Boston investigando pasado E. Short, familia, antiguos novios y sus paraderos en el momento del crimen. Padre (C. Short) tiene coartada válida: está eliminado como sospechoso.
4. D.I.C. Camp Cooke está investigando nuestros informes de paliza recibida por E. Short en manos de soldado cuando trabajaba en la cantina en 9/43. E. Short arrestada por beber alcohol por debajo edad legal en 9/43, D. I. C. informa de que soldados arrestados con ella están todos fuera del país, por tanto eliminados como sospechosos.
5. Se están dragando alcantarillas de toda la ciudad en busca de ropa de E. Short. Cualquier prenda de mujer encontrada será analizada en el lab. criminal central. (Para det. véase inf. lab. criminal.)
6. Informes interrogatorios puerta a puerta 12/1/47-15/1/47 recopilados y leídos. Una pista seguida: mujer de Hollywood llamó para quejarse de gritos que «sonaban como balbuceos extraños» en H. W. Hills noches del 13/1 y 14/1. Resultado del seguimiento: descartado como juerguistas ruidosos. Agentes en la zona: no hacer caso suceso.
7. De pistas telefónicas verificadas: E. Short vivió la mayor parte de 12/46 en San Diego, en casa de señora Elvera French. Víct. conoció a hija de señora French, Dorothy, en cine donde Dorothy trabajaba, y contó historia (sin verificar) sobre haber sido abandonada por esposo. Los French la aceptaron en su casa y E. Short les contó varias historias contradictorias: viuda comandante cuerpo aéreo; embarazada por piloto marina; comprometida con aviador ejército. Víct. tuvo muchas citas con hombres diferentes durante su estancia en casa de los French. (Para det. véase entrevistas 14-187-47.)
XXXXX8. E. Short dejó casa de los French 9/1/47 en compañía de hombre al que llamaba «Red» (desc. como: V. B., 25-30, alto, «apuesto», 1.70/80, pelirrojo, ojos azules). «Red» supuestamente viajante de comercio. Conduce un sedán Dodge de preguerra con pegatinas de Huntington Park. Iniciada búsqueda vehículo. Orden de búsqueda para «Red».
9. Información verificada: Val Gordon (M. B.) Riverside, Calif., llamó diciendo ser hermana del difunto comandante fuerza aérea Matt Gordon. Dijo: E. Short escribió a ella y a sus padres en otoño 46, poco después com. Gordon muriera al estrellarse avión. Mintió acerca de ser prometida de Gordon, les pidió $. Padres señorita Gordon se negaron a la petición.
10. Baúl perteneciente a E. Short localizado en oficina Railway Express, centro Los Ángeles (empleado R. E. Vio nombre y foto víct. en periódicos, la recordó depositando baúl finales 11/46). Baúl siendo examinado. Encontradas copias centenar cartas amor a varios hombres (casi todos soldados) y notas (muchas menos) escritas a ella. También muchas fotos E. Short con soldados de uniforme. Se están leyendo las cartas y recopilando nombres y descripciones de los hombres.
11. Información telefónica verificada: antiguo ten. fuerza aérea J. G. Fickling llamó desde Mobile, Ala., cuando vio nombre y foto E. Short en periódicos de Mobile. Dijo él y víct. habían tenido «breve affaire» en Boston finales 43 y que «siempre tenía como a otros diez hombres haciendo cola». Fickling tiene coartada verificada para momento del crimen. Eliminado como sospechoso, niega también haber estado comprometido con E. Short.
12. Numerosas llamadas con pistas a todo el D. P. L. A. y oficinas del sheriff. Las que parecían de chalados descartadas, otras remitidas a las áreas correspondientes a través de Cent. Homicidios. Investigando y cotejando todas las pistas.
XXXXXX13. Información verificada de direcciones: E. Short vivió en esas direcciones en 1946. (Nombres que siguen a las direcciones pertenecen a las personas que han llamado o a los residentes verificados de esa misma dirección. Todos salvo Linda Martin comprobados en registros.)
13-A-1611 N. Orange Dr., Hollywood (Harold Costa, Donald Leyes, Marjorie Graham) 6024 Carlos Ave., Hollywood. 1842 N. Cherokee, Hollywood (Linda Martin, Sheryl Saddon) 53 Linden, Long Beach.
14. Resultados investigación forense sobre hallazgos en solares vacíos: no se encontró ropa de mujer, sí numerosos cuchillos y hojas de cuchillo, todos demasiado oxidados para ser arma del crimen. No se halló sangre.
15. Resultados interrogatorios puerta a puerta Leimert Park (con fotos E. Short): nada (todos los que afirman haberla visto obviamente chalados).
En conclusión: creo que todos los esfuerzos investigadores deberían centrarse en interrogar a relaciones conocidas de E. Short, en particular a sus numerosos amantes. Sargento Sears y yo iremos a San Diego para interrogar a sus R. C. de allí. Entre orden de búsqueda «Red» y los interrogatorios R. C. en L. A. deberíamos obtener información significativa.
Russell A. Millard, Ten.,
Número de Placa 493, Central Homicidios
Cuando me di la vuelta, Millard me estaba observando.
–Así, a bote pronto, ¿qué opinas? –preguntó.
Manoseé mi bolsillo arrancado.
–¿Se merece la chica todo esto, teniente?
Millard sonrió; me fijé en que ni la ropa arrugada ni la incipiente barba lograban empañar su aura de clase.
–Creo que sí. Tu compañero piensa que sí.
–Lee está persiguiendo al hombre del saco, teniente.
–Ya sabes que puedes llamarme Russ.
–De acuerdo, Russ.
–¿Qué conseguisteis sacarle Blanchard y tú al padre?
Le entregué mi informe.
–Nada concreto, solo más información de que la chica era una fulana. ¿Qué es todo eso de la Dalia Negra?
Millard golpeó con las palmas los brazos de su asiento.
–Tenemos que agradecérselo a Bevo Means. Fue a Long Beach y habló con el conserje del hotel donde la chica estuvo el verano pasado. El conserje le dijo que Betty Short siempre llevaba vestidos negros ceñidos. A Bevo le hizo pensar en esa película de Alan Ladd, La dalia azul, y lo sacó de allí. Supongo que la imagen servirá para que recibamos por lo menos una docena más de confesiones al día. Como dice Harry cuando se ha tomado unos tragos: «Hollywood te joderá cuando nadie más lo haga». Tú eres un tipo listo y duro, Bucky. ¿Qué piensas?
–Pienso que quiero volver a la Criminal. ¿Puedes ayudarme con Loew?
Millard negó con la cabeza.
–No. ¿Vas a responder a mi pregunta?
Dominé el impulso de golpear o suplicar.
–La chica le dijo sí o no al tipo equivocado en el momento y el lugar equivocados. Y dado que por su cuerpo han pasado más tipos que neumáticos por la autopista de San Berdoo, y como ella no puede contárnoslo, yo diría que encontrar a ese tipo va a ser un trabajo de mil demonios.
Millard se puso en pie y se desperezó.
–Bien, chico listo, ve a la comisaría de Hollywood y reúnete con Bill Koenig. Luego id a interrogar a los inquilinos de las direcciones de Hollywood que figuran en mi informe. Haced hincapié en el tema de los novios. Mantén a raya a Koenig en lo posible, y redacta tú el informe porque Billy es prácticamente analfabeto. Vuelve aquí a informar cuando hayáis terminado.
Obedecí, con mi dolor de cabeza transformándose en migraña. Lo último que oí antes de salir a la calle fue a un grupo de polis leyendo entre risas las cartas de amor de Betty Short.
Recogí a Koenig en la comisaría de Hollywood y fui con él a la dirección de la avenida Carlos. Estacioné delante del 6024.
–Tú tienes más rango, sargento –dije–. ¿Cómo quieres que lo hagamos?
Koenig carraspeó ruidosamente y luego se tragó el nudo de flema que había logrado expectorar.
–Fritzie es el que suele preguntar, pero está en casa enfermo. ¿Qué tal si hablas tú y yo te cubro las espaldas? –Abrió su chaqueta para mostrarme una porra de cuero metida en el cinturón–. ¿Crees que va a ser un trabajo de fuerza?
–Va a ser un trabajo de hablar –respondí, y salí del coche.
Había una anciana sentada en el porche del 6024, una casa de tres plantas construida con tablillas marrones y con un letrero clavado en el césped que ponía HABITACIONES PARA ALQUILAR. La anciana vio que me acercaba y cerró su Biblia.
–Lo siento, joven –dijo–, pero solo alquilo a chicas que tengan carrera y referencias.
Le enseñé mi placa.
–Somos agentes de policía, señora. Hemos venido para hablar con usted sobre Betty Short.
–Yo la conocía como Beth –respondió la anciana, y luego miró a Koenig, plantado en medio del césped hurgándose la nariz con disimulo.
–Está buscando pistas –dije yo.
La mujer lanzó un bufido.
–No las encontrará dentro de esa gorda narizota. ¿Quién mató a Beth Short, agente?
Saqué pluma y cuaderno.
–Estamos aquí para averiguarlo. ¿Podría decirme su nombre, por favor?
–Soy la señorita Loretta Janeway. Llamé a la policía cuando oí el nombre de Beth en la radio.
–Señorita Janeway, ¿cuándo vivió Elizabeth Short en esta dirección?
–Comprobé el libro de registros justo después de oír las noticias. Beth se alojó en la tercera planta, en la habitación de atrás derecha, desde el 14 de septiembre al 19 de octubre pasados.
–¿Se la envió alguien con referencias?
–No. Lo recuerdo muy bien, porque Beth era una chica muy guapa. Llamó a la puerta y dijo que iba caminando por Gower cuando vio mi letrero. Me contó que era aspirante a actriz y que buscaba una habitación baratita hasta que llegara su gran oportunidad. Le dije que ya había oído eso antes, y le expliqué que le iría muy bien perder ese horrible acento de Boston que tenía. Pues bien, Beth se limitó a sonreír y dijo «Ahora es el momento de que todos los hombres acudan en ayuda de su rey», sin el más mínimo acento. Luego añadió: «¿Ve? ¿Ve cómo sigo los consejos?». Estaba tan ansiosa por complacer que le alquilé la habitación, aunque mi política es no alquilar nunca a la gente del cine.
Anoté la información pertinente y luego pregunté:
–¿Qué tal inquilina era?
La señorita Janeway meneó la cabeza.
–Que Dios la tenga en su gloria, pero se trataba de una inquilina horrible y me hizo lamentar el haber roto mi regla sobre la gente del cine. Siempre se retrasaba en el pago, siempre andaba empeñando sus joyas para comer, e intentó que le dejara pagar por días en vez de por semanas. ¡Quería pagar un dólar al día! ¿Puede imaginarse el espacio que ocuparían mis libros de contabilidad si le dejara hacer eso a todas mis inquilinas?
–¿Se relacionaba con las demás inquilinas?
–¡Dios santo, no! Su habitación en la parte de atrás disponía de escalera particular, así que Beth no tenía que entrar por la puerta principal como las demás chicas, y nunca asistió a los cafés con pastas que les servía a las demás al volver de la iglesia los domingos. Beth nunca iba a la iglesia, y una vez me dijo: «Las chicas están bien para charlar de vez en cuando, pero yo prefiero a los hombres de todas todas».
–Aquí viene mi pregunta más importante, señorita Janeway. ¿Tuvo Beth novios mientras vivió aquí?
La anciana cogió la Biblia y la apretó contra sí.
–Agente, si hubieran entrado por la puerta principal como los pretendientes de las otras chicas, yo los habría visto. No quiero blasfemar contra una muerta, así que me limitaré a decir que oí montones de pasos por la escalera de Beth a las horas menos convenientes.
–¿Mencionó alguna vez que tuviera enemigos? ¿Alguien de quien tuviera miedo?
–No.
–¿Cuándo la vio por última vez?
–A finales de octubre, el día que se marchó. Me dijo, con su mejor voz de chica californiana: «He encontrado una cueva más agradable».
–¿Le comentó adónde se mudaba?
–No –respondió la señorita Janeway. Luego se inclinó hacia mí como para hacerme una confidencia, y señaló a Koenig, que volvía al coche rascándose la entrepierna–. Tendría que hablar con ese hombre respecto a su higiene. Con franqueza, es repugnante.
–Gracias, señorita Janeway –dije, y luego regresé al coche y me senté al volante.
–¿Qué te ha dicho ese vejestorio de mí? –gruñó Koenig.
–Que eres encantador.
–¿De veras?
–De veras.
–¿Y qué más?
–Que un hombre como tú podría hacer que volviera a sentirse joven.
–¿De veras?
–De veras. Le he dicho que lo olvide, que estás casado.
–No estoy casado.
–Lo sé.
–Entonces ¿por qué le has mentido?
Me incorporé al tráfico.
–¿Quieres que te mande notitas amorosas al trabajo?
–Oh, entiendo. ¿Qué te ha contado de Fritzie?
–¿Conoce a Fritzie?
Me miró como si yo fuera el retrasado mental.
–Hay mucha gente que habla de Fritzie a sus espaldas.
–¿Y qué dicen?
–Mentiras.
–¿Qué clase de mentiras?
–Mentiras malintencionadas.
–¿Por ejemplo?
–Que pilló la sífilis por acostarse con putas cuando trabajaba en Antivicio. Que le suspendieron un mes sin empleo y sueldo para que se curara con mercurio. Que le trasladaron a la Central por eso. Mentiras malintencionadas, y cosas aún peores.
Sentí escalofríos recorriéndome la columna vertebral. Giré para entrar en Cherokee.
–¿Como cuáles? –pregunté.
Koenig se inclinó hacia mí.
–¿Me estás sonsacando o qué, Bleichert? ¿Buscas cosas malas que contar sobre Fritzie?
–No. Tengo curiosidad, nada más.
–La curiosidad mató al gatito. Recuerda eso.
–Lo haré. ¿Qué sacaste en el examen de sargento, Bill?
–No lo sé.
–¿Cómo?
–Fritzie lo hizo por mí. Acuérdate del gatito, Bleichert. No quiero que nadie diga nada malo de mi compañero.
El número 1842, un gran bloque de apartamentos de estuco, apareció ante nosotros. Aparqué.
–Trabajo de hablar –murmuré, y me encaminé directamente hacia el vestíbulo.
En la pared había un directorio con S. Saddon y nueve nombres más, aunque ninguna Linda Martin. El número del apartamento era el 604. Cogí el ascensor hasta la sexta planta, recorrí un pasillo que olía vagamente a marihuana y llamé a la puerta. La música de una gran orquesta se apagó de repente, la puerta se abrió y una chica bastante joven con un resplandeciente atuendo de egipcia apareció en el umbral, sosteniendo en sus manos un tocado de papel maché.
–¿Es usted el chófer de la RKO? –preguntó.
–Policía –respondí.
La puerta se cerró
