La maravillosa historia de Carapuntada 5 - Una fiera anda suelta

Guy Bass

Fragmento

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El Día de l
a Devor
ación
Una antigua odacon forma de poemay expresada con rimaLa avaricia es retorcida, vil y vulgar, pero una vez al año no está nada mal.Así que echa el resto en nuestro bufé¡que el Día de la Devoración pronto va a ser!El autocontrol es para seres inferiores,así que dale al diente y come hasta que te ahogues.¡Atibórrate! ¡Hártate! ¡Come hasta reventar!Desayuna, almuerza y merienda, no importa tener que arrojar.Los glotones solo pueden disfrutar un día al año,así que cómete un poni... ¡y si puedes un caballo!¡Haz tarta de pata de vaca y sopa de cabeza de cabra!¡Disfruta de la comida hasta que te estalle la panza!Aunque estés saciado no dejes de comer,haz que tus tripas ansíen devolver.Si eres capaz de aguantar en la mesa...¡devóralo todo, que hoy es nuestra fiesta!
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BIENVENIDO A
(Población: 664)Entre los viejostiempos y antaño
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9PRÓLOGOTODO EL MUNDO ES BIENVENIDO(Bueno, casi)
¡A
y, Tarados de Arriba en invierno! Aunqueel aire era frío y la niebla densa, la bienve-nida fue tan cálida como el leño de una hoguera.¡Qué vecinos tan gentiles! ¡Cuánto relleno teníanlas tartas! ¡Menudas sonrisas de medio lado! Po-días pasarte por el Perro con Trompeta a relle-narte las entrañas con una cerveza o tomarte unté caliente en Tés Inespecíficos, la vieja tiendade la señora Huevasdebígaro. En el Día de laDevoración, el caluroso festival de invierno, erastan bienvenido como un reconfortante plato desesos templados.
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10A menos que fueras un monstruo. Las bue-nas gentes de Tarados de Arriba sabían lo que era vivir con temor a las criaturas, los mons-truos y los seres disparatados, pues, desde que habían fundado el pueblo, se había cernido so-bre este el castillo Grotescote, que estaba en lo alto de una colina y proyectaba su sombra ominosa en el pueblo. Grotescote era el hogar del más chiflado de todos los profesores chi-flados, el profesor Erasmus. A diario, el profe-sor se esforzaba en su siniestro laboratorio para crear seres antinaturales, hasta el punto de que el castillo estaba abarrotado de mons-truos, y en Tarados de Arriba no les gustaban los monstruos.Lo que la atribulada población de Tarados de Arriba no sabía era que en el castillo Gro-tescote no solo había monstruos. Escondidas tras sus muros había criaturas mucho más im-predecibles, inusuales y aterradoras... ¡y esta-ban hambrientas!
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(No hay escapatoria)A los monstruos no nos asusta la oscuridadY salimos reptando en cuanto el sol se va.Ahora bien, si oímos a los terrorcillos...¡Nos hacemos caca en los calzoncillos! Firmado:Las creaciones de GrotescoteCaPítuLO unO
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–¡¿H
abéis oído eso?! ¡Se acercan losterrorcillos! —comentó Arabellaentre susurros.Arabella era una niña de diez años, desaliña-da, con el pelo que parecía el nido de un pája-ro y que sentía fascinación por las criaturas, los monstruos y los seres disparatados. En ese instante, miraba la vieja puerta de madera.—Reza lo que sepas, Carapuntada —aña-dió la niña.—Podríamos escondernos... puede que aún estemos a tiempo... —le respondió alguien con voz lastimosa.Se trataba de Carapuntada, que ladeó su ca-beza grisácea y sin pelo y se pasó los dedos por las costuras de la cara. De pronto, sonó el retumbar de un trueno lejano.—No hay tiempo ni para correr ni para es-conderse. Tú los has llamado... y, ahora, no hay escapatoria.El ruido que hacían los terrorcillos era cada
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13vez mayor. La niña miró la gran campana de latón que Carapuntada tenía en las manos.—P-pero... no sé si voy a poder hacerlo. No sé si... Carapuntada acunaba la enorme campana mientras el suelo empezaba a retumbar.—¡Es tarde para eso! ¡Ya están aquí!
¡B
UUUM!
La puerta se abrió de par en par y una marea de niños humanos inundó la habitación. Aun-que solo llevaban una semana en el castillo, el uniforme con el que habían llegado, inmacula-do y sin arrugas, estaba raído, harapiento, y el pelo, en su día repeinado, estaba greñudo y despeinado.—¡Aaah! —chilló Carapuntada mientras se le caía la campana (que hizo un estrepitoso ¡CLON!) y se subía a las cortinas para evitar la estampida.Sin embargo, y a pesar de su extraño aspec-
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to, los niños apenas se fijaron en él. Pero es que, claro, la primera creación del profesor Erasmus había pasado la mayor parte de su casi-vida escondida entre las sombras y solo salía para cu-rar la ferocidad de las creaciones más impredecibles del profesor, así que sa-bía qué hacer para que nadie descu-briera su presencia.No obstante, en este caso, Carapun-tada no podía eludir sus responsabili-dades. No podía seguir ocultándose. Los terrorcillos eran su problema, y tenía que afrontarlo sin rodeos.
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—Es que son tantos... —musitó.La creación miraba cómo el centenar de huérfanos se empujaban unos a otros para conseguir un sitio en la larga mesa (compuesta por siete más pequeñas), en la que había dis-puestos cien cuencos y cien cucharas. —¡Ay, menuda situación tan lamentable! ¡El castillo Grotescote no es sitio para huma-nos! —comentó Arabella suspirando mientras recogía del suelo la campana—. ¡Debería estar lleno de monstruos!—Lo siento, Arabella... pero ¿qué querías que hiciera? —respondió Carapuntada colga-do de las cortinas—. Es que... claro... como el orfelinato en el que vivían lo regentaba aquella
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16madameque resultó ser una araña que se ali-mentaba de sus almas... pues...—¡Sí y, gracias a ti, ahora está más muerta que muerta! —soltó la niña mientras se pasa-ba la mano por el pelo desgreñado—. Sigo sin entender por qué nos hemos hecho responsa-bles de esta caterva. —¡Cómo íbamos a dejarlos allí! ¡No tenían a nadie que cuidara de ellos! No tenían...—Ya, ya... pobrecitos. La cuestión es que llevo una semana sin ver por aquí a los mons-truos. ¡Viruela, por ejemplo, se niega a bajar del techo!Carapuntada levantó la vista y se fijó en el murcimono de Arabella, un ser medio mono, medio murciélago, y que saltaba de una viga del techo a otra soltando ladriditos ner-viosos:—¡Yabiiit! ¡Yabiiit! ¡Swarrr-tiki!
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17—¡¿Ves?! —insistió la niña—. Y, aunque le he visto morderse un pie, ¡no está tan loco como para acercarse a los terrorcillos! Los monstruos no han salido de su escondrijo des-de su llegada.Carapuntada sabía por qué las creaciones delprofesor Erasmus se ocultaban en los rinconesmás oscuros del castillo. Los niños eran comouna fuerza de la naturaleza, un torbellino deenergía, ruidoso e impredecible. Carapuntada sesentía tan abrumado en compañía de los huér-fanos, que cuando estaba en la misma habita-ción que ellos se limitaba a hacerse a un lado.—No pensaba que serían tan... tan anima-dos —comentó mientras descendía con caute-la por la cortina, bajaba al suelo de un saltito y se acercaba a su amiga—. Hace una semana eran muy modositos, pero, ahora...—¡Ahora son más ruidosos que el aire de una trompeta! —gruñó Arabella dejando la campana de golpe sobre la mesa.
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18—Por lo menos, no tenemos que cuidarlos solos —apuntó Carapuntada mientras se es-condía detrás de las piernas de la niña—. Por lo menos, tenemos a...
¡
B
UUUM!
La puerta que había al otro lado de la habi-tación se abrió de golpe y una criatura enorme y monstruosa entró. Era una absurda combi-nación de elementos: una larga cola, un tercer brazo y un único ojo en mitad de la cara. Lu-cía un gorro alto de cocinero y con sus dos brazos más fuertes traía un puchero en el que habrían cabido tres ovejas.—¡ESPANTOSde Grotescote —rugió laCriatura mientras levantaba el puchero—, la CE-NA está SERVIDA!
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ELuCubRaCiÓn n.° 453«La gustación y la digestión son lujos reservados para los que no están locos».Sacado de Escritos ocasionalmente científicos del profesor Erasmus Erasmo.
LOAS AL
COCINERO
(La comida más sabrosa que probaréis en la vida)CApítulO DOs
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–¡C
omida! —gritó uno de los niños cuan-do la Criatura apareció con el enorme puchero. Por todo el comedor empezaron a oírse murmullos de emoción.—¡Papeo de verdad! —exclamó otro niño.—¡Por fin comida digna! —añadió un ter-cero.—¡Llevo una semana lamiendo el barro de mis botas! —gritó otro.—La ha preparado la Criatura... ¡Ha coci-nado! —susurró Carapuntada.La Criatura era una de las creaciones más re-cientes del profesor Erasmus y su cordialidadhabía sido más que suficiente

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