Hechicero 2 - Negrasombra

Sebastien de Castell

Fragmento

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1

EL AMULETO

—Esto no es robar —insistí, quizá un poco alto, teniendo en cuenta que el único que podía escucharme era un gato ardilla de sesenta centímetros de largo que, en ese momento, estaba atareado con una cerradura de combinación que se interponía entre el contenido de una de las vitrinas de la casa de empeños y nosotros.

Reichis, que tenía una de sus peludas orejas levantada y pegada a la cerradura mientras con sus diestras patitas daba vueltas a las tres ruedecitas de latón, me soltó con aquellos gruñiditos y ruiditos suyos:

—¿¡Te importa!? ¡Esto no es tan fácil como parece!

Y sacudió los cuartos traseros con cierta violencia, como si estuviera molesto.

Si nunca has visto un gato ardilla, imagina un gato con cara de malas pulgas, con una larga cola peluda y con una tela coriácea que le va de la pata de delante a la de detrás y de la que se vale para planear por el aire de tal manera que parece, a un tiempo, un ser ridículo y aterrador. ¡Ah!, y dale la personalidad de un ladrón, de un chantajista y, si te crees lo que el propio Reichis cuenta, la de un asesino múltiple.

—Ya casi lo tengo —me dijo.

Aunque, claro, llevaba una hora diciendo lo mismo.

Finas rayitas de luz empezaban a escurrirse por entre los huecos que quedaban en las tablas de madera del escaparate de la casa de empeños y por debajo de la puerta. No tardaría en haber gente en la calle principal, que llegaría para abrir su negocio o que se dirigiría a la cantina para ese importantísimo primer trago de la mañana. Aquí, en las Tierras Fronterizas, hacen cosas de esas, como emborracharse como cubas antes incluso de desayunar. Esa es una de las razones de que, en este sitio, la gente tienda a considerar que la violencia es la única manera de solucionar las disputas. Y también era la razón de que se me estuvieran crispando los nervios.

—Deberíamos haber roto el cristal y haberle dejado algo de dinero por los daños.

—¿¡Romper el cristal!? —gruñó Reichis para dejarme claro lo que pensaba de aquella idea—. Principiante... —Y volvió a concentrarse en la cerradura—. Ya casi está... ya casi está...

Oí un «clic» y, un instante después, el gato ardilla se volvió, orgulloso, con la cerradura de latón en la zarpa.

—¿¡Ves!? ¡Así se roba!

—No estamos robando —insistí como por décima vez desde que nos habíamos colado en la casa de empeños en mitad de la noche—. Ya le pagamos por el amuleto, ¿recuerdas? Es él quien nos ha estafado.

Reichis resopló con desdén.

—¿Y qué hiciste tú al respecto, Kellen? Te quedaste plantado, como un papanatas, mientras él se embolsaba esa moneda que con tanto esfuerzo habíamos conseguido. ¡Como un papanatas!

Que yo supiera, Reichis jamás se había esforzado por conseguir una moneda.

—¡Deberías haberle rajado la garganta de un mordisco, como te dije!

Para los gatos ardilla, la solución a la mayoría de las elecciones complicadas que se te presentan en la vida consiste en acercarte a la fuente del problema y morderle con fuerza en el cuello y, a poder ser, arrancarle un pedazo de carne sanguinolenta tan grande como sea posible.

No me importó que fuera Reichis quien dijera la última palabra. Pasé la mano por encima de él para abrir la puerta de cristal de la vitrina y quité la campanita de plata que había encima del fino disco de metal. Los glifos que había grabados a lo largo del borde de la moneda brillaron a pesar de la poca luz que había. Se trataba de un amuleto de silencio. Un amuleto de silencio jan’tep. Con él podía lanzar hechizos sin que dejasen ese eco característico de la magia con el que los cazadores de recompensas conseguían rastrearnos. Por primera vez desde que habíamos huido de las tierras de los jan’tep, me sentí —casi— como si pudiera respirar tranquilo.

—Oye, Kellen, esas marcas que hay en el amuleto... son magia, ¿verdad? —me preguntó Reichis después de subirse al mostrador de un salto para ver más de cerca la moneda que tenía en la mano.

—Más o menos. Son, más bien, una manera de trabar un hechizo en el amuleto —me giré para dirigirme a él—. ¿Desde cuándo te interesa la magia?

Levantó la cerradura de combinación.

—Desde que este cacharro ha empezado a resplandecer.

Los tres glifos elaborados que había a lo largo de la cámara cilíndrica de latón de la cerradura habían empezado a brillar y a ponerse de color rojo. Lo siguiente que recuerdo es que la puerta de la casa de empeños se abrió de par en par y que el sol iluminó con fuerza el interior de la tienda al tiempo que una silueta cargaba contra mí y me tiraba al suelo, lo que puso un abrupto punto final a aquel atraco —que, ahora, pensándolo en frío, podríamos haber planeado mucho mejor.

Aquellos cuatro meses en las Tierras Fronterizas me habían servido para llegar a una conclusión irrefutable: era un forajido lamentable. Era incapaz de cazar algo que mereciera la pena, me perdía fuera adonde fuera y empezaba a tener la sensación de que todo aquel con el que me encontraba tenía razones de lo más sensatas para intentar robarme o matarme —y, en ocasiones, para lo uno y para lo otro.

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2

LA SENDA DE LOS PUÑOS

Que te peguen un puñetazo en la cara duele mucho más de lo que imaginas.

Cuando los nudillos de alguien conectan con tu mandíbula, sientes como si cuatro diminutos arietes intentaran romperte la boca. Tus propios dientes se convierten en traidores y te muerden la lengua, lo que hace que sientas el sabor ferroso de la sangre en la parte trasera de la garganta. Ah, y ese crujido que oyes y que se parece tanto al chasquido que siempre has pensado que hacen los huesos al romperse, lo hace tu cuello mientras tu cabeza gira un cuarto de vuelta en el sentido de las agujas del reloj para intentar que la barbilla no salga volando del escenario del crimen.

¿Lo peor? Que, para cuando tus piernas recuperan el equilibrio y abres los ojos, te das cuenta de que el devastador oponente que te está dando la paliza es un niñato con la cara pecosa que rondará los trece años.

—¡No deberías haberme robado el amuleto! —me gritó Pecas.

Se echó hacia delante, lo que me obligó a mí a echarme hacia atrás de forma instintiva porque, al parecer, mi cara había decidido que prefería la vergüenza que me supondría caerme a que volvieran a golpearme. Empezaron a oírse risotadas a nuestro alrededor, porque los del pueblo ya habían salido de las tiendas, de los almacenes y de la cantina para presenciar la pelea y apostar sobre el resultado de la misma. Ninguno de ellos creía en mí. Puede que los jan’tep fuéramos los mejores magos del continente, pero no valíamos para nada en una pelea a puñetazos.

—¡Te pagué por ese amuleto! —le solté—. ¡Además, he vuelto a dejarlo en su sitio! ¡No tienes razones para...!

Pecas le hizo una señal con el pulgar en alto a Reichis, que estaba junto a la puerta de la casa de empeños e inspeccionaba con sumo interés la campanita de plata del amuleto. Cada vez que Pecas me pegaba, el gato ardilla tañía la campanita. Esas son el tipo de cosas que divierten a estos animales.

—¿De verdad piensas que me he tirado toda la noche abriendo esa cerradura para que, ahora, tú, devuelvas el amuleto?

—¡Eres un maldito ladrón! —le espeté.

Pecas se puso rojísimo. Debía de pensar que estaba diciéndoselo a él. Siempre se me olvida que los demás no entienden lo que dice Reichis, sino que solo oyen un montón de gruñiditos y ruiditos. El muchacho pegó un grito y cargó contra mí. De pronto, me encontré en el suelo, sin respiración y con mi oponente encima.

—Será mejor que te pongas de pie, chico —me sugirió Ferius Parfax con aquel hablar fronterizo suyo, como arrastrando las palabras. Estaba apoyada en el poste en el que habíamos atado los caballos, con la visera del sombrero calada sobre los ojos, como si estuviera echando una cabezada—, porque no se puede esquivar un golpe cuando estás en el suelo.

«¡Podrías ayudarme, ¿no?!» es lo que le habría dicho si hubiera tenido aire en los pulmones.

Ferius era mi mentora en la senda de los argosios, esos misteriosos jugadores de cartas charlatanes que vagaban por el mundo para... bueno, lo cierto es que nadie sabía por qué se echaban a recorrer mundo. En cualquier caso, se suponía que Ferius me estaba enseñando a vivir como un forajido y a mantenerme alejado de los magos que me buscaban para conseguir la recompensa que ofrecían por mí los jan’tep. Casi siempre pretendía educarme con sus brillantes axiomas, como: «No se puede esquivar un golpe cuando estás en el suelo». Aquello de las frases lapidarias me molestaba casi tanto como que me llamara «chico» cada dos por tres.

—Ya te dije que te olvidaras del amuleto, chico.

Y puede que le hubiera hecho caso de no ser porque me había salido con una de esas tonterías argosias acerca de la «senda del agua», una de esas memeces que tanto me irritaban y que me había llevado a prestar atención a un gato ardilla, que todo lo arreglaba rajando gargantas o robando. Así que, en realidad, era culpa suya que estuviera en el suelo, con Pecas encima de mí haciendo lo imposible por dejarme sin conocimiento.

Si algo he aprendido acerca de las peleas no mágicas es que tienes que protegerte la cara, que era lo que estaba intentando hacer. Por desgracia, mi oponente apenas me permitía mover las manos y estaba a punto de atizarme de nuevo.

«¡Ancestros, ¿cómo es posible que este chico pegue tan fuerte?!».

Pecas cambió de posición con la cadera al tiempo que se echaba hacia delante y me agarraba la muñeca con una mano y el dedo índice con la otra.

—Todos saben cuál es el precio por robar —soltó mientras empezaba a tirar poco a poco del dedo hacia atrás.

El miedo se apoderó de mí antes incluso de sentir el dolor. Para lanzar cualquiera de los hechizos de los jan’tep es necesario trazar una serie de formas somáticas con las manos y, claro, eso no puedes hacerlo si tienes los dedos entumecidos.

Sacudí las caderas como pude y la desesperación me proporcionó la fuerza suficiente como para proyectar a Pecas por encima de mí. El muchacho aterrizó de bruces. Me di la vuelta a todo correr y me puse de pie. Mi rival, no obstante, ya me estaba esperando.

—Voy a desangrarte.

«Voy a desangrarte». Tres palabras que describían a la perfección las Siete Arenas, aquel agujero árido y caluroso, un desierto que parecía un infinito y polvoriento edredón de retales punteado de pueblecitos insignificantes donde la gente era ruda y desagradecida, y donde a la mínima de cambio se olvidaban de que eran personas civilizadas —aunque, bueno, muy civilizadas tampoco es que fueran.

Pecas, evidentemente preocupado porque no le hubiera oído la primera vez, declaró aún más alto:

—¡Te voy a desangrar, pero bien!

Dejé caer las manos a los lados —un reflejo que había desarrollado después de pasar toda la vida aprendiendo magia en vez de metiéndome en peleas a puñetazos, como si fuera un bárbaro— y las abrí, porque no puedes lanzar hechizos si tienes las manos cerradas. Relajé los dedos y los metí en los saquitos de los polvos que llevaba a los lados del cinturón. No necesitaba sino coger una pizquita de cada uno de ellos. Un poquito del rojo y otro poquito del negro. Luego, tenía que tirarlos al aire, trazar las formas somáticas con las manos, pronunciar el encantamiento de una sola palabra... y Pecas probaría de la medicina que me había estado dando hasta el momento.

La inmensa mayoría de los jan’tep tienen hechizos mejores y más potentes que yo, pero compenso mi falta de habilidad para la magia con unas manos rápidas. Soy lo que mi gente denomina con desdén «un tiramagia», es decir, un mago que, con tal de seguir con vida, combina la poca magia de que dispone con todos los trucos que sabe. En mi caso, eso implica utilizar un poco de magia de aliento mezclada con un toquecito de polvos explosivos. Cada uno de estos polvos por su lado no sirven de gran cosa pero, si los juntas, provocas una explosión capaz de destrozar una puerta de roble como si fuera papel mojado. Así que, en efecto, Pecas estaba a punto de llevarse la sorpresa de su vida.

—Nada de magia, chico, ¿te acuerdas? —me soltó Ferius.

«Ah, vale».

La razón de que quisiera aquel amuleto silenciador era que, cada vez que lanzaba un hechizo, dejaba una especie de eco que los buscamagos —magos especializados en dar caza a otros magos— eran capaces de localizar y seguir. Y, dado que en aquel momento de mi vida quería evitarlos a toda costa, Ferius había insistido en que dejara de confiar en la magia para salir de los problemas. La cuestión es que Pecas venía a por mí una vez más, con los puños preparados y decidido a enviarme con mis ancestros.

—Tú ganas —le dije mientras sacaba las manos de los saquitos y daba unos pasos atrás—. Te devolveré el amuleto y puedes quedarte el dinero.

No creo que aquel fuera el momento de mi vida del que más orgulloso me sentía.

—Voy a quedarme con el amuleto, con el dinero y, además... —señaló a Reichis, que estaba subido a un letrero—, voy a despellejar a ese animal tuyo. Creo que me haré un sombrero con su piel o puede que me limite a prenderle fuego y a mirar cómo corre hasta que ya no pueda... correr.

Aquellas palabras me encogieron el estómago. No hacía mucho había visto cómo un mago utilizaba la magia de las ascuas para quemar la tribu de Reichis entera... y aquella imagen aún ardía en mi cabeza, en mi pensamiento... igual que la cara de satisfacción del asesino, que, a decir verdad, se parecía mucho a la que Pecas estaba poniendo en aquel momento.

Ferius dice que el miedo y la ira son dos caras de la misma moneda, y Pecas acababa de darle la vuelta a la mía.

Empecé a notar una especie de pinchazo en el ojo izquierdo, como si fuera un dolor de cabeza, o algo mucho peor. Parpadeé para ver si se me iba, pero el dolor era cada vez más intenso. El sol de la mañana palideció, pero las sombras siguieron en su sitio y crecieron y se hincharon a medida que el mundo se oscurecía a mi alrededor, tal y como suele suceder cuando los sueños empiezan a convertirse en pesadillas... solo que estaba completamente despierto.

—Chico, contrólate —me advirtió la argosia.

Ella ya había visto lo que pasaba cuando me sucedía aquello, pero su advertencia llegó demasiado tarde, porque su voz sonaba como muy lejos, como si no fuera sino el recuerdo de alguien que había conocido en el pasado.

Pecas, que se echó a reír, no paraba, sin embargo, de sonar cada vez más fuerte en mis oídos. Su boca cada vez estaba más abierta, más y más, lo que le deformaba la cara. Cuando me pongo así, lo único que soy capaz de ver es la fealdad de las personas. Su crueldad. Era como si estuviera viendo cómo mi rival se convertía en la peor versión de sí mismo: una persona a la que solo le gustaba hacer daño, una persona capaz de echarse a reír después de prender fuego a un animal.

La ira que me invadía se hizo tan omnipresente que incluso dejé de sentir el dolor del ojo y me impidió darme cuenta de que había vuelto a meter los dedos en los saquitos hasta que vi las partículas de polvo rojo y polvo negro volando por delante de mí. Justo antes de que unos chocaran contra los otros, tracé con los dedos la forma somática del hechizo: el meñique y el anular presionados con fuerza contra la palma a modo de limitación, de control; el dedo corazón y el índice adelantados, que eran el signo de volar; y los pulgares apuntando hacia el cielo, que era el signo de... no sé... de «ancestros, por favor, no dejéis que me vuele las manos».

—¡Carath!

Pronuncié a la perfección cada sílaba y por delante de mis dedos salió disparado un feroz rayo de rabia que, si bien no era suficiente para matar, lo era para herir. Las llamas rojas y negras se entrelazaron por el aire como dos serpientes furiosas y pasaron volando justo por encima del hombro de Pecas antes de impactar contra la pared de la casa de empeños. Aquella habría sido una impresionante muestra de poder en caso de que aquel hubiera sido mi objetivo, pero, al parecer, los golpes en la cabeza alteran tu capacidad para apuntar.

El dolor del ojo me desapareció de inmediato y las visiones oscuras que me asaltaban se desvanecieron y volví a ver la calle como antes, polvorienta y luminosa. Me fijé en la cara de sorpresa de los que nos observaban. Los ataques me van y me vienen muy rápido, así, sin más, y me dejan tembloroso, débil... que no es lo mejor si estás en mitad de una pelea y tienes que defenderte.

Por mucha sorpresa y rabia que hubiera sentido Pecas, enseguida las dejó de lado. Antes de que pudiera protegerme, me soltó un fuerte gancho de derecha justo por encima de la mejilla izquierda. Cuando retiró la mano, había rastros de sangre en ella. Sin embargo, aquella expresión suya de petulancia enseguida se convirtió en confusión al ver las manchas de color beis que el mesdet le había dejado en los nudillos. Luego, me miró y enseguida se dio cuenta de las marcas que me rodeaban el ojo izquierdo como si fueran una enredadera de pura oscuridad.

—Negrasombra... —susurró.

La palabra se extendió por entre la multitud como el fuego entre las hojas secas.

—¡La plaga demoniaca! —exclamó uno de los presentes.

La mayoría de los que nos rodeaban empezaron a apartarse horrorizados, pero era evidente que Pecas era de otra pasta. De hecho, ni siquiera me pareció que tuviera miedo cuando dijo:

—Debería haber supuesto que un ladrón tendría una maldición diabólica.

Si me hubieran permitido hablar, les habría explicado que la negrasombra no es ni una plaga ni una maldición, sino una enfermedad mística que aflige a un pequeño número de jan’tep y que no es, que yo sepa, contagiosa. Eso sí, me habría callado lo de que, debido a que tienes visiones muy extrañas, va volviéndote loco, lo de que convierte tu magia en un problema para quienes te rodean... y lo de que todo jan’tep que se cruce en tu camino tiene el deber de matarte, claro.

Aunque daba igual, porque, para entonces, Pecas me tenía cogido por el cuello con ambas manos. Tiré de sus muñecas, desesperado porque me soltase, pero me agarraba con muchísima fuerza, demasiada. Empecé a sentir espasmos en la garganta, porque mi cuerpo se esforzaba por respirar. Poco después, el mundo empezó a encogerse a mi alrededor. De pronto, se me ocurrió que es probable que haya una manera ingeniosa de liberarse de un agarrón así. Debería aprenderla.

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3

EL PRECIO ROJO

No creo que me hubiera desmayado más de un segundo, porque justo antes de que mi cabeza chocara contra el suelo, abrí los ojos y vi a Pecas volando hacia atrás. Al principio, pensé que, de alguna forma, había activado algún hechizo nuevo de lo más útil, pero, cuando vi a Ferius agarrando a Pecas por el cuello de la camisa, me di cuenta de que había sido ella quien me lo había quitado de encima.

Qué pena, porque no me habría venido mal algo más de magia.

Tosí algo de polvo y, de pronto, mi oponente estaba tumbado de espaldas, a unos cuantos metros de distancia, y Ferius se había puesto delante de mí para que no me alcanzara un matón de hombros anchos que debía de tener alguna relación de parentesco con Pecas, porque también tenía la piel cubierta de manchitas marrones y mostraba su misma actitud.

—Será mejor que te apartes, mujer —le advirtió el matón mientras la miraba desde arriba y con los ojos guiñados—, un demonio ha reclamado el alma de ese chico, así que voy a enviarlo al Lugar Oscuro.

«El Lugar Oscuro».

Las Tierras Fronterizas están llenas de expresiones espirituales tan sofisticadas como esa.

—Amigo, no nos volvamos locos por culpa de una evidente marca de nacimiento —le respondió Ferius. El tono de sus siguientes palabras era una mezcla de sarcasmo y divertimento—. Imaginad por un momento, gentes cultas e ilustradas, que dejarais a un lado una vieja superstición como esa.

Lo de llamar «cultas e ilustradas» a aquellas personas era de lo más optimista, pero a algunas de ellas les gustó cómo sonaba. Una mujer que había entre la multitud dio un paso adelante y me miró.

—Si solo es una marca de nacimiento, ¿por qué se la oculta? —preguntó.

Ferius se me acercó y me frotó la frente para quitar un poco de la pasta, con lo que dejó al descubierto más marcas circulares y enrevesadas.

—Porque es antiestético ¡y el chico quiere tener buen aspecto! —contestó Ferius antes de soltar una carcajada.

A la muchedumbre, aquella risotada le resultó contagiosa. No sé cómo lo hace, pero Ferius siempre sabe qué decir para poner a la gente a su favor. O, al menos, a la mayoría de la gente.

El matón de los ojos guiñados me apuntó con el dedo.

—¡Pues yo digo que tiene la plaga demoniaca y que, aunque no la tuviera, el pequeño jan’tep, este mago estirado, ha intentado robar a mi primo, así que ha de pagar el precio rojo!

En las Siete Arenas, lo del «precio rojo» significa, más o menos, lo mismo que lo de «desangrar».

—Pues yo creo que Kellen ya había pagado suficiente por esa baratija —comentó Ferius mientras hacía una señal con la cabeza hacia el lugar en el que se encontraba Reichis, que aún estaba sobre el letrero de la tienda, ensimismado con la campanita de plata—. La cuestión es que tu primo quiere sacarle aún más.

—Eso da igual. Un ladrón es un ladrón y el precio rojo dicta que ha de perder los dedos.

Ferius le ofreció una de sus sonrisas tranquilizadoras.

—Y el sentido común dicta que lo mejor sería dejar el asunto tal y como está. Ahora mismo, lo que todo el mundo va a recordar es que tu primo se ha enfrentado a un tipo el doble de grande que él y que le ha dado una paliza. Esa es una buena historia. Una historia estupenda para contársela a tus amigotes cuando estés bebiendo con ellos en la cantina.

El de los ojos guiñados le devolvió la sonrisa.

—Será mucho mejor cuando les enseñe los huesos de los dedos de tu amiguito.

Noté un sabor amargo en la boca. Me había aterrado pensar en que Pecas me rompiera el dedo, pero que me los cortaran implicaría que no volvería a lanzar un hechizo en los días de la vida.

Ferius bajó la voz para que solo el grandote y yo pudiéramos oírle.

—No creas que va a ser una historia tan impresionante cuando tus amigos te recuerden que, después de que intentaras cortarle los dedos a un chico inocente, una mujer que no será más grande que tu brazo te pegó la zurra de tu vida.

Por unos instantes, pareció que el de los ojos guiñados estuviera pensando en lo que Ferius acababa de decirle, pero entonces se remangó, cerró sus enormes manos carnosas e hizo que le crujieran los nudillos.

—No pienso pelear más suave porque seas una dama.

—Oh, tranquilo, que no tengo nada de dama —La argosia se quitó su sombrero de ala negro y lo dejó en el suelo. Sobre sus hombros cayeron un montón de rizos rojos—. ¿Quieres bailar conmigo, amigo? ¿Sabes qué?, dame aquí tu mejor puñetazo —se tocó la mandíbula con el dedo enguantado— y si, después, sigues sin estar satisfecho y crees que el asunto aún no está zanjado, seré yo quien te pegue y, bueno... veremos adónde nos lleva eso.

La muchedumbre empezó a susurrar, entusiasmada, y las monedas empezaron a cambiar de manos de nuevo, pero no estaban apostando sobre si Ferius ganaría o perdería, sino por lo rápida y lo dura que iba a ser su derrota.

A pesar de que tampoco la conocía hacía tanto tiempo, nunca había visto que Ferius Parfax huyera de nadie ni de nada. Puede que tuviera que ver con que es argosia, aunque suelo pensar que se debe a que está loca. El problema era que aquel tipo también estaba loco... y que parecía que fuera capaz de arrancarle la cabeza de un solo puñetazo.

Rodé sobre mi costado y me apoyé en las manos para ponerme de pie. Sin embargo, Ferius hizo un rápido movimiento con los dedos para indicarme que no me metiera.

—Cuando quieras —le dijo a Guiñitos.

La mujer echó el pie derecho hacia atrás mientras se inclinaba hacia delante para dejar la mandíbula bien a la vista.

Él miró hacia atrás como si fuera a compartir un chiste con sus amigos y, de súbito, le soltó a la argosia un puñetazo que bien podría haber tumbado un tamarisco de dos metros de altura.

Desde el primer momento, había dado por hecho que mi compañera esquivaría el golpe, que se agacharía o que haría lo que fuera para evitar recibirlo; que era muy probable que tuviera planeado pasar por debajo de él y pegarle una rápida patada en la ingle a Guiñitos o un puñetazo en la garganta. Sin embargo, el matón fue muy rápido. Ferius recibió el puñetazo en la mandíbula y su cabeza giró hacia la derecha, seguida de los hombros y del resto del cuerpo hasta que dio media vuelta y se quedó mirándome.

La argosia seguía de pie, aunque daba la impresión de que se sintiera perdida, como si la hubieran noqueado pero su cuerpo no se hubiera dado cuenta todavía. Metí los dedos en los saquitos. Como Guiñitos intentara atizarle de nuevo, lo volaría por los aires y ya lidiaría más tarde con las consecuencias. Sin embargo, no creía que el matón aquel sintiera la necesidad de pegarle una vez más, porque jamás había visto un puñetazo tan espeluznante como aquel.

De repente, la argosia levantó un poco comisura de la boca y me guiñó el ojo. Antes de que me diera tiempo a respirar aliviado, Ferius Parfax se dio la vuelta, se volvió hacia el matón y, como si nada, le soltó:

—Digamos que esa ha sido de práctica. ¿Quieres intentarlo una vez más antes de que me toque a mí?

Guiñitos puso una cara que parecía que se hubiera tragado la lengua.

—¿¡Cómo...!? ¿¡Cómo es posible que...!?

Ferius se agachó y recogió su sombrero.

—Te agradezco que hayas sido tan caballeroso conmigo. Puede que, dado que te has mostrado tan generoso, no te importe que sigamos nuestro camino.

Por la calle se extendió un silencio inquietante. La multitud observaba y esperaba a que alguien hiciera algún movimiento. Unas pocas apuestas más cambiaron de manos y más de una persona desenvainó su cuchillo; Guiñitos tenía amigos que estaban listos para ponerse de su lado. Qué pena que nosotros no tuviéramos ninguno. El matón no había dejado de mirar a Ferius en ningún momento, y ella tampoco le había quitado ojo.

—¿Por qué siguen mirándose así? —me preguntó Reichis con sus típicos gruñiditos—. ¿Acaso se van a aparear?

Lo último que debes hacer en una situación como aquella es echarte a reír como si fueras idiota, pero eso es justo lo que hice. Todos se me quedaron mirando; todos menos los dos combatientes. No alcanzaba a ver lo que había en los ojos de Ferius, pero, fuera lo que fuera, hizo que Guiñitos reconsiderara lo del precio rojo.

—Supongo que has aprendido la lección —musitó—. Devolvedle el amuleto a mi primo y os podéis marchar.

—¡Trato hecho! —respondió Ferius, que se acercó a nuestras monturas y las desató—. Kellen, dile al gato ardilla que baje de ahí y que le devuelva la baratija esa al primo de este.

Dicho aquello, cogió los caballos y empezó a alejarse en dirección a las afueras del pueblo.

Yo aún seguía intentando determinar qué había sucedido cuando Reichis saltó del letrero y abrió las patas para bajar planeando con las finas membranas que tenía entre las patas de delante y las de detrás. La gente mostró asombro, pero también se oyeron susurros con tono de preocupación. Unas cuantas personas se llevaron las manos al pecho con los dedos dando forma a una casita. Debía de ser una especie de gesto para alejar el mal; cuando Reichis está de por medio, la gente tiende a volverse supersticiosa.

El gato ardilla aterrizó con suavidad en el suelo, aunque aquella gracilidad quedó emborronada por la mirada de enfado que me lanzó mientras soltaba el amuleto de plata de la campanita con sus diestras patitas.

—Si le hubieras rajado la garganta a ese niñato, tal y como te había dicho, ¡ya estaríamos comiéndonos sus ojos! —El animal tiró el amuleto al suelo y me tañó la campana en las narices—. ¡Pero esto me lo quedo!

Luego, siguió a Ferius y yo me quedé sentado en el suelo, cubierto de polvo, rodeado por una muchedumbre que, sin duda, aún consideraba que haría bien en cortarme los dedos.

—¡Será mejor que no vuelvas por aquí, negrasombra! —me gritó alguien.

Otros gruñeron a modo de aprobación.

Asentí y me puse de pie poco a poco. Solo tenía dieciséis años y ya le habían puesto precio a mi cabeza en la mitad de los sitios en los que había estado. No tenía dinero, no tenía habilidades y, además, acababa de quedarme sin el amuleto que impedía que cualquier mago que hubiera en las Tierras Fronterizas y que quisiera dar conmigo supiera cuál era mi paradero en cuanto se me ocurriera lanzar mi único hechizo.

Ah, claro, y, por si fuera poco, mis compañeros de viaje eran una argosia a la que le gustaba jugar a las cartas y apostar, y que nunca me daba una respuesta directa; y un gato ardilla homicida al que le pirraba comer ojos humanos.

Bienvenido a la vida de un tiramagia forajido.

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EL ARTE DE GANAR UNA PELEA

Pasamos el resto del día cabalgando por una vieja carretera empedrada que ascendía y descendía serpenteando por las colinas del desierto mientras un viento fuerte e inclemente movía la arena como si fueran olas en un océano sin fin.

Ferius me explicó que las Siete Arenas reciben ese nombre porque el suelo mineral de cada una de las siete regiones que la componen es de un color diferente. Cuando dejamos mi hogar, en los territorios de los jan’tep, hacía ya cuatro meses, la arena era de color amarillo oro debido a la mezcla del hierro y del cuarzo. Más al norte, las partículas de olivino le habían dado al suelo reflejos de un brillante verde esmeralda. Ahora que íbamos en dirección este, los grandes depósitos de lazurita proporcionaban a la arena un profundo color azul. Puede que el paisaje me hubiera parecido bonito si quienes vivían allí no hubieran intentado matarme cada dos por tres.

Al haber perdido el amuleto, el dinero y la mayor parte de mi dignidad, empezaba a tener serias dudas acerca de mi futuro como forajido.

«Voy a morir aquí mismo, ¿lo sabéis?». La frase sonaba dramática en mi cabeza, pero, dado que tenía la mandíbula dolorida y la lengua hinchada, lo que pronuncié fue:

—Voy a moí aquí’ismo, ¿aéis?

Aun así, me dio la sensación de que Ferius se hacía a la idea de lo que estaba diciendo.

—Ahora mismo, chico, las Tierras Fronterizas son el mejor sitio en el que puedes estar si tenemos en cuenta que padeces la negrasombra. Aquí hay menos magos que en la arcanocracia jan’tep, menos asesinos que en el imperio daromaní... y ni hablemos ya de los visires berabesqos. ¡Esos te quemarían en la hoguera nada más verte!

—Sí, claro, tienes razón, estos bárbaros solo quieren cortarme los dedos.

Me froté la mejilla una vez más y deseé estar en mi casa, en la ciudad de mi clan, entre jan’tep. Mi madre me habría quitado el dolor y los moretones con sus bálsamos curativos. Sin embargo, estaba atrapado en las Tierras Fronterizas, donde, por muy roñada que estuviera, consideraban la sierra para cortar hueso el epítome de la modernidad sanitaria, además de una advertencia para que aprendieras a ser fuerte y a no quejarte.

Aunque, claro está, si volviera a casa, Shalla, mi hermana, se burlaría de mí por haber dejado que me dieran una paliza. Era como si la viera, con los brazos cruzados, mirándome con una ceja enarcada y cara de desaprobación: «Kellen, un jan’tep de la Casa de Ke no deja que lo aterroricen los paletos de las Tierras Fronterizas y los buscamagos».

La echaba de menos. Aunque nos peleábamos, como quien dice, por todo, era de mi familia. A veces, también echaba de menos a mi madre y a mi padre... a pesar de que hubieran sido ellos quienes me habían sellado las bandas en cuanto se habían enterado de que padecía la negrasombra y, por tanto, quienes me habían negado la magia. A quien más echaba de menos, no obstante, era a Nephenia. Echaba de menos su pelo oscuro y su sonrisa tímida; echaba de menos que, cada vez que me daba la impresión de que sabía en qué estaba pensando, me demostrara que me había equivocado. Solo nos habíamos besado una vez pero juro que, incluso a pesar de los golpes, aún sentía el suave tacto de sus labios en los míos. ¡Ay, ancestros, pero cuánto ansiaba volver a casa!

Sin embargo, allí había más gente que quería matarme que en todas las Tierras Fronterizas juntas y, claro, ¿cómo se suponía que iba a defenderme de magos de guerra y de buscamagos si ni siquiera era capaz de derrotar a un niño tirillas de trece años?

Reichis, que iba subido a mi hombro, pegó un fuerte resoplido. A pesar de que es demasiado grande y pesado como para que ninguno de los dos estemos cómodos, de vez en cuando se me sube al hombro; y no es que sea porque me tiene afecto, sino porque le gusta verlo todo desde lo alto.

—Deberías haber seguido mi consejo —me soltó farfullando. A veces, le da a la botellita de licor que Ferius lleva en las alforjas.

Abrí y cerré la boca unas cuantas veces hasta que acerté a decir:

—¿Podrías recordármelo? —me dolía toda la boca.

Reichis me soltó un «¡ufff!» en el o

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