Una historia negra (edición en castellano)

Antonella Lattanzi
Antonella Lattanzi

Fragmento

cap-1

1

Después

 

Cogió el teléfono. «Hola, Manuel», dijo. «Manuel, hola, soy yo. Tengo miedo, Manuel.»

«¿Por qué?», preguntó Manuel, con una voz que le dio pena; antes de conocerla, Manuel nunca había tenido una voz así.

«Tengo miedo, Manuel, hay alguien», repitió pegada al móvil. «Te lo ruego, estoy muerta de miedo.»

«Tranquilízate, dime dónde estás.»

«En el rellano.» Silencio. «¿Qué debo hacer? Te lo ruego, Manuel», suspiró, «dime qué debo hacer.»

«¿Y Mara?», dijo Manuel, suspiró, «¿dónde está Mara?»

«Aquí, conmigo», susurró, resopló en el móvil. «¿Manuel?»

«Sí.»

«Tengo miedo, Manuel.»

«Marchaos de ahí, ahora mismo… tomad un taxi, nos vemos en el bar que está al lado del castillo de Sant’Angelo, ¿te acuerdas?», había dicho Manuel. Llegaron al bar al mismo tiempo, a ella le pesaban las piernas cuando se apeó del taxi, sudaba, la niña, Mara, dormía en sus brazos, apretaba el bolso en una mano, él aparcó la motocicleta. Ya era de noche, los automóviles circulaban muy rápido junto al Tíber, se veía el castillo de Sant’Angelo imponente, iluminado, pero estaba oscuro, era agosto, hacía demasiado calor, costaba respirar, y había un ambiente de derrota. «¿Quién podía ser?», ella no lo dejó ni quitarse el casco, se abalanzó sobre él, tiró el bolso al suelo, abrió los brazos y se le pegó para que la abrazara, sin soltar a Mara. Luego se apartó, le apretó con fuerza la muñeca, Manuel no conseguía desatar la correa del casco. «Espera», le dijo. Ella siguió, «¿Qué debo hacer, Manuel?». Y entonces soltó la hebilla.

Manuel pudo por fin quitarse el casco, lo guardó en el transportín, el pelo se le había pegado a la frente, las sienes, la nuca, se enjugó el sudor, recogió el bolso de ella, lo dejó colgando de la mano, cogió a la niña en brazos, resultaba extraño ver a un hombre en camisa oscura y pantalones azules con una niña dormida, la cabeza en su hombro, y un bolso de mujer meciéndose junto a su pierna. Le rodeó el hombro con el brazo libre, la llevó al bar abierto toda la noche, se estiraba con la mano el cuello de la camisa, se asfixiaba, le abrió la puerta, le cedió el paso. «Anda, cariño, hablemos dentro, pasa, venga», miró hacia atrás. Se sentaron a una mesa, él dejó el bolso sobre la superficie metálica que refractaba las luces de neón del bar, colocó con cuidado a la niña en un banco al lado de ellos, la acomodó lo mejor que pudo. Entonces cogió las manos de Carla, la miró. «Lo siento mucho», dijo en voz alta, «pero creo que es cosa de Vito, mejor dicho, no lo creo, sino que estoy seguro.»

Y siempre era cosa de él, todo, desde que Carla tenía diez años, ahora tenía treinta y ocho, ella sentía que tenía setenta, suspiró. Permanecieron sentados a la mesa del bar frente a la ribera del Tíber, era agosto de 2012, un agosto dentro de los cánones, caluroso, decía el boletín informativo (no, estaba fuera de los cánones, decía Carla, un calor nunca visto, infernal), ellos estaban dentro del bar y mientras hablaban de vez en cuando miraban por el ventanal, miradas furtivas e ininterrumpidas, esa noche había un polvo extraño en toda Roma, como el que arrastra el siroco, y se levantaba y revolvía por la ribera del Tíber al paso de cada automóvil, se distinguía con claridad, iluminado por los faros contra la negrura de la noche, el que removían los autobuses era espeso y arenoso, lo partían a su paso y lo atravesaban, los coches desaparecían dentro y reaparecían, a las motocicletas las devoraba, luego salían marrones como la arena. Hacía demasiado calor y era de noche pero de vez en cuando pasaban automóviles, autobuses, motocicletas, gente. Sin embargo, por suerte, al otro lado del ventanal, delante del bar y también en las proximidades, al menos por lo que podían distinguir desde allí dentro los dos, al menos hasta ese momento, por suerte no se veía a nadie apostado fuera.

«Y no es solo cosa de Vito, Carla, siento decírtelo», dijo Manuel, le estalló el timbre del móvil en el bolsillo, le dio un vuelco el corazón, cogió el móvil. Carla lo miraba triste, él miró el teléfono. «Tranquila, no es nada», miró de reojo al camarero, una quemadura abultada le cruzaba la mejilla, guardó el móvil. «Y no es solo cosa de Vito», continuó, «también es cosa de su familia, y no solo de su familia sino también de los amigos de su padre.» Carla levantó las manos en señal de rendición, luego estrechó la taza de manzanilla que él le había pedido pese al calor. La manzanilla despedía vaharadas largas y claras. «Pero si su padre, el General», dijo ella, «no se levanta de la cama desde hace cinco años. Manuel, por favor, también tú, cómo puede ser.»

«¿Qué dices, Carla? ¿Qué tiene que ver levantarse o no levantarse?» La niña, Mara, suspiró dormida. Carla también le echó una ojeada al camarero, cuando este se volvió a mirarla ella apartó rápidamente los ojos. «Esa es gente mala, perversa», dijo Manuel, «me lo dijiste tú, esos lo resuelven todo con violencia. Para esa gente da igual que el padre esté vivito y coleando o enterrado. Son amigos hasta que se vuelven enemigos.» Carla escuchaba, pero ponía una cara como si oyese todo eso por primera vez. «Pero no puede ser», dijo, «hace semanas que Vito se comporta bien, ya lo hemos dicho varias veces, ¿no?, lo ha dejado, se acabó. Manuel, escúchame, hay algo más, algo va mal.» Manuel se pasó una mano por la cara, de pronto tenía los ojos hundidos y grandes ojeras, como si les hubiera entrado agua. «Pero, Carla, cariño, me lo dijiste tú», se excusó, meneó la cabeza. «Vito, su familia, su ejército de amigos. Con esos no se acaba nunca.» Y cuántas veces Vito le había dicho a ella: Juro que te mato, Carla, te degüello como a un cerdo, y mato también a nuestros hijos.

cap-2

2

Antes

 

El 6 de agosto de 2012 Maria Addolorata llamada Mara, la hija menor de Carla, cumplía tres años. Dos años antes, tras obtener el divorcio, Carla había alquilado para ella y Mara un piso en la via Prenestina, lo más lejos que pudo de aquel en el que habían vivido todos juntos hasta entonces. Era un antiguo complejo que se había construido para los empleados ferroviarios y que ahora estaba abandonado a su suerte, compuesto de edificios bajos, un patio interior, salidas a diferentes calles. Nicola, el hijo mayor, de veintiún años, y su hermana Rosa, de diecinueve, habían alquilado dos habitaciones en un piso de estudiantes a dos manzanas de la casa de su madre, él era pinche de cocina en un local de la plaza Navona, ella, camarera en el mismo lugar. Los cuatro no cabían en el apartamento de dos habitaciones de la via Prenestina, y además el sueño de Nicola era que su novia se fuera a vivir con él, y a Rosa la entusiasmaba la independencia. Mara, Nicola, Rosa: todos eran hijos de Vito Semeraro.

Aquel 6 de agosto era un día espantosamente caluroso, lucía un sol molesto, era temprano por la mañana y Rosa y Nicola subieron al tranvía número 5. Tenían el primer turno, porque además de ser él pinche y ella camarera, de vez en cuando también limpiaban el local donde trabajaban. Mientras subían al tranvía Nicola reparó al vuelo en la silueta de un Audi por el viaducto de la via Prenestina, la casa de Carla quedaba justo en el cruce, parecía el automóvil de su padre.

Nicola se volvió hacia su hermana. «¿Es él?», le preguntó, pero ella llevaba puestos los cascos. «Ro, ¿es él?», la zarandeó. Ella se quitó los cascos con una sonrisa, tenía siempre esa sonrisa en la cara, una especie de pincelada tosca como la de los payasos, imposible saber si era de verdad, miró hacia donde le señalaba Nicola y entornó los ojos.

Cuando tenía miedo siempre se ponía fea, de golpe. Espantosamente fea. Pero entonces del automóvil se apeó un hombre bajo, casi un enano, se rascó el muslo doblándose de un modo afectado, se alejó cojeando hacia el Pigneto; el automóvil, en el que había una mujer muy bien vestida —por fin pudieron ver—, aceleró, desapareció. Rosa se aferró con fuerza a las agarraderas del tranvía con un suspiro de alivio. «Pero si el otro día nos dijo que se marchaba, cómo iba a ser él. Está en Massafra», dijo, «¿no te acuerdas? Anda, Nico, siempre estás pensando en desgracias.» «Pero volvía hoy», dijo Nicola, «sí que podía ser él», y le dio la espalda. El tranvía arrancó remeciéndose y rebotando en los rieles, olía a sudor y hacía un calor infernal, las caras de la gente se iban difuminando y fusionando con los asientos rojos.

Un par de días antes los dos habían ido a comer a la casa de su padre. Durante la comida, Vito le dijo a Rosa: ¿Me pasas un pan, por favor? Ella se lo pasó pero se acordó de que una vez, por un pan como ese —Vito se había fijado en la bolsa de la tienda y le había preguntado a Carla: ¿Por qué has cambiado de panadería? ¿Oye? Habla, gilipollas. ¿Quién te lo ha vendido? Has ido a ligotear con alguien, ¿eh?—, su padre perdió la paciencia con su madre, la levantó en vilo como si ella estuviese poseída por el demonio y él fuese un exorcista, y la estampó contra la pared. Luego se volvió hacia sus hijos y los miró con una ternura, con una compasión desmedidas. Porque siempre era igual: su padre nunca se equivocaba, siempre parecía que todo cuanto hacía —ya fuese el cariño que prodigaba a sus hijos, Vito a sus hijos jamás les había puesto un dedo encima, o las palizas que le daba a Carla desde que Rosa y Nicola recordaban—, que todo cuanto Vito hacía era solo por amor.

Era a primera hora de la tarde cuando ella lo llamó, él estaba en el coche, regresaba de Massafra, su pueblo natal y el de todos sus parientes. Después del divorcio ella no había vuelto a telefonearlo, él vio que el nombre de su exmujer resplandecía en el móvil y le temblaron las manos, muchas veces veía a Carla rodeada de luz, o de un halo oscuro. «Antes te he llamado para felicitar a Mara, ¿por qué me has colgado?», preguntó él, los dientes apretados, rechinando.

«¿Estás libre esta noche?», dijo ella muy seca, una voz que no parecía suya, «tu hija quiere que vengas a su fiesta.»

La voz de Vito casi se quebró, solo dijo «Sí».

«Nos vemos en la casa de mi hermano, mi casa se ha inundado, se ha roto la caldera», un susurro de odio en lugar de la voz.

«¿Necesitas ayuda?», dijo él. «Si quieres paso para tratar de arreglarla.»

«A lo mejor después de la cena, gracias», la voz de Carla se suavizó en contra de su voluntad. «Adiós, Vito.»

«Hasta luego», y Vito apretó el acelerador.

La madre cerró el portal de casa tras de sí, la pulsera que le había regalado Manuel no se enganchó en la jamba por un pelo. Cogió a su hija en brazos y agarró las bolsas en las que había guardado lo necesario para la fiestecita y la cena de Mara. Madre e hija entraron juntas en el ascensor, la madre dejó las bolsas y a la niña en el suelo, la niña se puso de puntillas tratando de subirse a la madre, la madre pulsó el cinco. Esa mañana había despertado a su hija con un paquete, dentro había un puzzle de gomaespuma de piezas muy grandes, de esas que se montan en el suelo, feliz cumpleaños, amor, y Mara tardaba en despertarse, la cara soñolienta, los ojos semicerrados, el pijama rosado de las Winx, el calor del sueño de los niños y el olor, también, de los niños. Carla siempre había envidiado a sus hijos cuando eran pequeños, alguien te cuida, te dice qué hacer, te organiza los días, se ocupa de ti, y esas explosiones de alegría sin igual, sin miedo, ni conciencia del futuro, en ciertas tardes sin deberes o en ciertos domingos desenfrenados en el parque, siempre, cada día, el olor de su hija le recordaba que se podía vivir tranquilo, sin que pesaran las cosas, disfruta de este tiempo habría querido decirle pero ya se sabe, es imposible explicarles a los niños lo afortunados que son por ser niños.

Juro que te mato, Carla, te degüello como a un cerdo, y mato también a nuestros hijos: cuántas veces se lo había oído decir a su exmarido. Juro que te mato si te veo sonreírle al estanquero que te vende los billetes del metro. Juro que te mato si te pones un vestido, o una falda, para salir. Juro que te mato si tienes una amiga —con el tiempo las cosas habían empeorado—, si ves a tu hermano, si hablas con tus padres. Poco antes del divorcio —era verano, Rosa estaba en Massafra, donde iba a pasar dos meses con su familia paterna, Nicola estaba en un camping con su novia, luego se reuniría con su hermana—, Vito encerraba por la noche a Carla con llave en el dormitorio. Y por la mañana, antes de irse a trabajar, la encerraba con llave en una parte de la casa: le dejaba solo el cuarto de baño y la cocina, pues Mara acababa de nacer y podía necesitar algo. Ella suplicaba: Pero ¿y si tengo una emergencia con la niña? ¿Y si no se encuentra bien? ¿Qué hago? Te lo ruego, Vito. Vuelvo cada dos horas, descuida. Aparte de mí, tú no necesitas a nadie. También le quitaba el teléfono.

Carla gritaba un poco más pero luego, como si ella misma fuese la niña de pocos meses que tenía en brazos, poco a poco se calmaba. La vencía el sueño. Entre una toma y otra se dormía con su hija, se despertaba de golpe tambaleándose de pie y muerta de sueño solo cuando oía la llave en la cerradura.

Y entonces se acercaba contoneándose a Vito, sinceramente encantada de verlo, sinceramente encantada de que hubiese alguien, de nuevo, protegiéndola, y de que no fuese solo ella la que tuviese que ocuparse de Mara, de que hubiese alguien que pensaba en ella, en Mara. Pues, cuando su marido no era esa especie de diablo, para ella Vito volvía a ser el muchacho del que se había enamorado de niña. Todavía le ponía el corazón a cien.

Te mato como a un cerdo, y mato también a nuestros hijos, pero por suerte a esos hijos nunca los había tocado, y Vito era un tiarrón de dos metros, de brazos y piernas descomunales, hasta que un día, al volver un momento a casa como siempre cada dos horas, encontró a Carla desnuda bañándose en la bañera, y a Mara llorando, se convenció de que en alguna parte había un hombre y, desnuda, sacó a Carla bocabajo por la ventana. La mujer del piso de abajo llamó a la policía. Pero Vito no le tenía ningún miedo a la policía. Hacía décadas que las fuerzas del orden llegaban, periódicamente, a su casa. Pero luego nunca había motivos suficientes para hacer nada. Tienes que cuidar de tus hijos, le dijo cuando la volvió a meter dentro, de nuevo era Vito, le dio un beso, la tapó con la sábana. Te he traído flores, dijo. Perdona, dijo. Nos vemos dentro de dos horas, y volvió al trabajo.

Madre e hija llegaron a la quinta planta, la hija aún asida a las pantorrillas de la madre. «Sal, venga», pero la niña no quería caminar, trataba de encaramarse a Carla, le impedía la salida y comenzó a protestar, en las plantas inferiores alguien dio tres golpes fuertes contra la puerta del ascensor. «¡Ascensor!», gritó. Carla imprecó. Cogió a Mara en brazos, luego las bolsas, salió con dificultad del ascensor. «¡Ascensor!», gritaron de nuevo. Con movimientos desacompasados se buscó las llaves en los bolsillos, por fin abrió.

El apartamento de su hermano Franco era tan pequeño como el suyo, solo dos plantas más arriba, pero era la casa de un soltero y parecía mucho más grande, mucho más bonita. Y también había más luz, a lo mejor esas dos plantas de más hacían que estuviera más expuesta, o no, pero cada vez que Carla entraba allí —y entraba a menudo, para regar las plantas, para comprobar que todo estuviera en su sitio, para limpiar un poco—, cada vez que entraba allí le parecía una extensión de sol. Franco no estaba nunca.

Ahora se encontraba en Vietnam, trabajaba de operador para una documentalista romana que había vivido diez años sola en una aldea de México, debía desplazarse con frecuencia para acompañarla, pues tenía proyectos en todo el mundo.

Lo cierto es que Carla tampoco habría querido ser ama de casa y después costurera. De pequeña era buena dibujando, de mayor quería ser pintora, sus padres eran periodistas, habían muerto unos años antes, cómo se explicaba que sus padres le hubieran permitido casarse con él, cómo se explicaba que no la hubieran arrancado de las garras de aquel monstruo, cuando era pequeña los monstruos no existían y nunca habrían podido existir. Muy pequeña, podría decirse, antes de la famosa fiesta de año nuevo en la que por insondables conjunciones ella y Vito se habían conocido. Ella tenía diez años, él quince, a saber cómo amigos de amigos habían invitado a su chalé de Terracina tanto a la familia de ella como a la de él, en aquel entonces la madre y el padre de Vito no se movían de Massafra «ni aunque haya un bombardeo», a saber por qué esa vez emprendieron el viaje, precisamente aquella vez estaban también los Romano, y no había más chicos, solo estaban Carla y Vito, vete a saber, el destino, el sino, pensaba Carla mientras colocaba las bolsas sobre la mesa y comenzaba a sacarlo todo y Mara no dejaba de protestar, «¿Qué te pasa, Mara?», vete a saber, las conjunciones astrales y la lectura de la mano, los tarots y el péndulo y la güija para comunicar con los difuntos, vete a saber, Cristo o quien sea, con que solo hubiésemos podido ver el futuro. ¿Qué habríamos hecho?

Sacó el gran puzzle de gomaespuma, le había encantado a Mara, tenía dibujados los números y las letras, de golpe la niña se despabiló, en silencio se sentó en el suelo a jugar.

Pronto el calor empezó a elevarse de los fogones, fuera había refrescado un poco, Carla abrió todas las ventanas, una ráfaga de viento penetró en la casa, alborotó el pelo rubísimo de Mara, la niña levantó la cabeza del puzzle, abrió de par en par los ojos azul claro, como el hielo, iguales a los de su madre, abrió la boca y estaba contentísima, trató de adentellar el viento como los perros, aulló como un perro. Carla bajó el fuego para que la salsa a la amatriciana no cociese demasiado, del horno llegaba el olor del pollo con patatas y especias, se inclinó, lo abrió, miró, fuera la luz había disminuido algo, era más densa, cerró el horno, se limpió las manos con una bayeta, mientras esperaba que la comida estuviese lista se acercó a su hija con esos ojos de hielo pasmados, se sentó con ella, se pusieron a jugar. «Te quiero mucho, Mara, ¿lo sabes?» «Yo tamién, mamá», dijo ella, sin levantar la cabeza de un número 3 que sonreía amarillo desde el fondo rosa. «Mucho mucho, Mara. ¿Y tú? ¿Tú, me quieres?» Mara dijo «Ti», siguió jugando. «Sí, pero ¿cuánto me quieres?» Y Mara dijo «Ten», le tendió una D color ladrillo. Carla la cogió, se puso la mano en la boca, miró el puzzle, empezó a pensar dónde colocarla.

La sentencia de divorcio, al cabo, Vito tuvo que aceptarla, lo mandaba la ley, pero se defendió con ahínco y con lo que parecía una sinceridad apabullante. Él tiene celos de todo, incluso de mis pensamientos había dicho Carla. No es verdad, señoría, había dicho él sonriente, desde luego, no creo que los celos puedan medirse con un metro, los celos tienen una gama de grises. De modo que diría que no soy en absoluto una persona celosa. Definirme celoso no sería decir la verdad. ¿De manera que usted no era excesivamente celoso?, dijo el juez. La respuesta es no. Siempre he sido un excelente marido, lo que pasa es que mi esposa exagera, las mujeres exageran siempre, para eso estamos nosotros, para hacerlas entrar en razón. A partir de ese momento Vito esperó que la justicia se olvidase de él. Sin embargo, hubiese o no divorcio, Vito nunca dejó de hacerse notar. Había días, a veces incluso varios días, en los que parecía que se había calmado, que el odio del que estaba hecho se lo había tragado, y que él mismo por fin ya no estaba. Entonces Carla empezaba, como el deshielo, a salir de casa con algo menos de miedo, a responder al teléfono sin tener siempre el corazón en un puño, incluso a atreverse a pasear. Hasta con Manuel alguna vez, a veces también los dos con Mara. Cuando llegaba, la furia de Vito era incontenible como un desastre natural. Él siempre regresaba tras los días de silencio. Mi mujer es mía hasta que la muerte nos separe, para Vito no cabía la palabra divorcio. Deja pasar un poco de tiempo, le decía su hermana Mimma desde Massafra, verás que la recuperas. Luego, en abril, apareció Manuel Bocci.

De acuerdo con lo que Vito había conseguido averiguar —hizo que indagaran sus amigos de Massafra, y eran amigos que se las sabían todas—, Manuel para Carla, hasta ese momento, había sido un perfecto desconocido. Él y ella se cruzaban con frecuencia, por casualidad, él era psicólogo y tenía su gabinete cerca de la casa de ella, era un psicólogo poco conocido pero apreciado, socialmente muy comprometido, tenía también una consulta en las afueras de la ciudad. Carla pasaba mucho tiempo en casa. Por la mañana dejaba a Mara en la guardería y se iba a trabajar como costurera a tiempo parcial en una tienda china de la plaza Vittorio, cuánta impresión causaba a los clientes ver a una italiana entre tantos orientales, oculta tras las volutas de vapor de la plancha o encorvada sobre la máquina de coser para rehacer un dobladillo. Hacia las dos y media de la tarde tomaba el tranvía y corría como una loca hasta el Pigneto para recoger a su hija en la guardería de la plaza de los Condottieri, tardaba tres cuartos de hora si todo iba bien, el pánico a llegar tarde nunca la abandonaba. Carla tenía un coche viejo, un Micra bastante destartalado, regalo de su amiga Anna, cuando aún tenía alguna amiga, pocas. Iba a llevarlo al desguace, quédatelo, todavía puede serte útil con los niños pequeños, le había dicho Anna. Pero cuando Vito lo supo se puso como una fiera. ¿Adónde quieres ir con ese coche, eh?, la miró resoplando. Y solo por un acto de rebeldía, poco después de marcharse de la casa de su marido, de su exmarido, Carla se lo llevó a la via Prenestina. No tenía seguro, no tenía dinero para el seguro, la gasolina, el mantenimiento de un automóvil, hacía infinidad de tiempo que nadie lo arrancaba. Nicola solo tenía el carnet de motocicleta, Rosa ni siquiera eso. Carla nunca había conducido, se había sacado el carnet no se sabe cómo, con poco menos de treinta años, después de muchas disputas con su marido, durante una temporada maravillosa Vito la había ayudado a estudiar para el examen, pero luego, una vez que lo aprobó, nunca usó el carnet. El Micra yacía allí, al pie de su casa, inútil; como todas las buenas intenciones de Carla, de Vito.

Carla recogía a su hija de la guardería, hacía la compra con ella, volvían a casa. Se quedaban Carla y Mara solas, como siempre, Carla aceptaba también trabajos a domicilio, iban mujeres del Pigneto a que les estrechara vestidos, les ensanchara faldas, les cosiera cortinas, Mara era muy callada, nunca molestaba, podía estar horas jugando sola. Una vez una mujer elegante que vivía en los chalés del Pigneto, en una casa gigantesca con jardín, le dijo a Mara: ¿Quieres venir a mi casa a jugar con mi hija? Tiene tu edad, lo pasaréis bien. Mara había levantado los ojos proyectando alegría por todas partes, Carla ni siquiera los había levantado, introdujo la aguja para hilvanar la chaqueta de Halloween de la mujer, la mujer iba a disfrazarse de preso. Carla solo dijo: No.

Cuando Nicola y Rosa no trabajaban y no tenían nada que hacer cenaban en la casa de su madre. Siempre estaban los cuatro juntos, Nicola estaba convencido de que si estaba él a su madre nunca le ocurriría nada. Después de cenar solían marcharse. Sois jóvenes, decía ella, trabajáis mucho, divertíos (pero en el fondo yo también soy joven, no tengo ni cuarenta años, yo también podría salir, divertirme también). A eso de las nueve Carla acostaba a la niña, y cuando Mara dormía Carla se sentía culpablemente viva por fin, le habría gustado seguir teniendo una amiga —Anna, cuánto necesitaba a Anna—, tomar vino, hablar de hombres, de todo. Pero no, a veces veía las películas que le pasaba Nicola, muchas otras veces se quedaba dormida como años antes con la niña, se ovillaba a su lado como si Mara pudiese protegerla, de vez en cuando se decía ¿Ahora quién me protege?, y echaba de menos a Vito, recordaba solo al Vito bueno, estaba en un tris de llamarlo pero luego pensaba No. Pocas veces podía salir, airearse una hora, nada más, cuando Nicola o Rosa se quedaban con Mara.

Conoció a Manuel después de cruzarse con él muchas veces, las mañanas en que llevaba a Mara a la guardería o salía a hacer la compra, o las tardes que tenía que recoger un encargo en el mercado al aire libre. Un día ya no aguantaba más, se estaba desquiciando metida en casa otra noche, sola, salió sin hacer ruido una vez que Mara se quedó dormida, si alguien llegaba a enterarse —Vito, Nicola, Rosa— de que había dejado a Mara sola habría puesto el grito en el cielo, en menudo lío se hubiera metido. Fue a tomar una copa de vino en un local cercano, se sintió aún más sola —y se vio con los ojos de su marido, su exmarido, puta, furcia—, la noche que conoció a Manuel estaba un poco piripi.

Unos días después empezaron a saludarse, luego a cruzarse dos palabras, y no se sabe cómo en un momento dado Manuel acabó en el sofá del apartamento de Carla, viendo películas con ella. Se besaron. Hicieron el amor. No te merezco, le dijo ella —lo miraba y él era tan tranquilizador, parecía que nada lo alteraba—, pero Carla no sabía que además era guapísima, tan pequeña, suave, tan indefensa, esa era la sensación que daba en cuanto la mirabas.

Solo puedo confiar en ti, le decía ella. Manuel tenía cuarenta años, era un hombre atractivo, en su presencia todas las mujeres se ponían un poco raras. A ella la aterrorizaba que él la abandonase, y justo la noche anterior a ese 6 de agosto lo vio paseando con una mujer en la plaza Venezia, fue pura casualidad, ella nunca pasaba por la plaza Venezia. No paseaban del brazo ni de la mano, no se reían con complicidad ni se tocaban, pero esos celos que eran como un hueso que de repente sale de una rodilla, un codo, una cadera, para clavarse en una parte del cuerpo donde no debería estar —un ojo, la garganta, la barriga—, los celos típicos de Vito, que Carla conocía tan bien, se apoderaban también de ella y pensaba, con ese hueso bien clavado en la garganta, por ejemplo, que después de todo ella y su marido —su exmarido— eran iguales, había algo innato que los unía, si no era el amor era la rabia.

El telefonillo sonó cuando la cena aún no estaba lista. Carla estaba pinchando el pollo asado con un tenedor, la sopa de la cena de Mara se calentaba en el fuego, los calabacines a lo pobre chisporroteaban en la sartén. Los calabacines a lo pobre eran un plato típico de Puglia, al telefonillo estaba Vito, al sonido de su voz Carla se sobresaltó.

«Te esperaba a las siete», le abrió la puerta.

«No veía la hora de verte», dejó una botella de espumoso y una bolsa grande en el suelo y le agarró las manos. «De veros.»

¿De verdad un amor así puede acabarse?, se preguntó Carla, y así de terrible, se dijo, y as

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos