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Acerca del autor
Página de título
Copyright
Dedicatoria
Introducción
Epílogo: Recetas para la sociedad
Agradecimientos
Notas bibliográficas
Apéndice: Dónde encontrar médicos, terapeutas, productos e información
Introducción
A un hombre con los pulmones llenos de tumores cancerosos se lo envía a su casa a morir, tras decirle que la medicina no puede hacer nada por él. Seis meses después reaparece en la consulta de su médico, sin ningún tumor. Una joven diabética, muy fumadora, se encuentra inconsciente en la unidad coronaria después de un grave infarto. Su médico, angustiado, ve la rapidez con que mengua su función cardiaca y se declara impotente para salvarla. Pero a la mañana siguiente la joven ha recobrado el conocimiento y está con ganas de charlar, claramente en el camino de la recuperación. Un neurocirujano les dice a unos afligidos padres que su hijo, en estado de coma con grave lesión cerebral tras sufrir un accidente de moto, no recuperará jamás el conocimiento. Actualmente el joven es un muchacho sano y vigoroso.
Muchos médicos conocidos míos tienen uno o dos casos de este tipo para contar, casos de curación espontánea. Si uno sigue buscando puede descubrir muchos más; sin embargo, muy pocos investigadores hacen esto. Para la mayoría de los médicos, estas historias no son más que puras historias, que no se toman en serio, que no se analizan, que no se consideran creíbles fuentes de información sobre la capacidad del cuerpo para repararse a sí mismo.
Por otro lado, la medicina moderna se ha encarecido tanto que afecta gravemente a la economía de muchos países desarrollados y se pone fuera del alcance de gran parte de la población mundial. En muchos países los políticos discuten sobre cómo pagar el servicio nacional de la salud, sin darse cuenta de que el debate sobre la naturaleza misma de la atención sanitaria ha existido siempre a lo largo de la historia. Los médicos creen que la salud requiere una intervención externa de una u otra forma, mientras que los defensores de la higiene natural sostienen que la salud es consecuencia de una vida en armonía con la ley natural. En la antigua Grecia, los médicos trabajaban bajo el patrocinio de Asclepio, dios de la medicina; en cambio, los sanadores (o curanderos) servían a la hija de Asclepio, la radiante Higea, diosa de la salud. El médico, escritor y filósofo René Dubos ha escrito:
Para los fieles de Higea, la salud es el orden natural de las cosas, un atributo positivo al que los hombres tienen derecho si rigen sus vidas juiciosamente. Según ellos, la función más importante de la medicina es descubrir y enseñar las leyes naturales que aseguran al hombre una mente sana en un cuerpo sano. Más escépticos, o más juiciosos en sentido mundano, los seguidores de Asclepio creen que el papel principal del médico consiste en tratar la enfermedad, en restablecer la salud corrigiendo las imperfecciones causadas por accidentes de nacimiento o de la vida misma.1 *
Los debates políticos acerca de cómo cubrir los costes de la atención médica tienen lugar entre los seguidores de Asclepio. No ha habido ningún debate acerca de la naturaleza de la medicina ni de lo que la gente espera de ella, sino sólo sobre quién va a pagar sus servicios, en la actualidad desmesuradamente costosos debido a su dependencia de la tecnología médica. Yo soy un fiel devoto de Higea y deseo introducir ese punto de vista en todas las conversaciones sobre el futuro de la medicina.
Permítaseme poner un ejemplo de cómo estos diferentes puntos de vista conducen a diferentes estrategias. En Occidente, un enfoque principalísimo de la medicina científica ha sido identificar los agentes externos de la enfermedad y desarrollar las armas para combatirlos. Un éxito sobresaliente a mediados de este siglo fue el descubrimiento de los antibióticos y, con ellos, los grandes éxitos contra las enfermedades infecciosas causadas por bacterias. Estos éxitos fueron un factor importante para conquistar mentes y corazones para el partido de Asclepio; convencieron a la mayor parte de la gente de que valía la pena la intervención médica con los productos de la tecnología, sin que importara ni poco ni mucho su precio. En Oriente, particularmente en China, la medicina ha tenido un enfoque totalmente diferente; ha explorado formas de aumentar la resistencia interior a las enfermedades para poder mantenerse sano sean cuales fueren las influencias dañinas a las que uno esté expuesto, lo cual es una estrategia «higeana». En sus exploraciones, los médicos chinos han descubierto muchas sustancias naturales que tienen esos efectos tónicos en el cuerpo. Si bien el método occidental nos ha sido útil durante muchos años, es posible que su utilidad a largo plazo no nos sirva ya tanto como la del método oriental.
Las armas son peligrosas. Existe el riesgo de que el tiro nos salga por la culata, hiriendo, por consiguiente al usuario, y también de que provoquen mayor agresividad en el enemigo. De hecho, los especialistas en enfermedades infecciosas de todo el mundo están nerviosos ante la posibilidad de que nos invadan plagas de organismos resistentes imposibles de tratar. Justamente hoy he recibido un ejemplar de la revista Clinical Research News for Arizona Physicians, publicación del Centro médico universitario donde imparto clases. Uno de los artículos que publica se titula «Resistencia a los agentes antimicrobianos: ¿La nueva plaga?». Transcribo un párrafo de este artículo:
Los agentes antimicrobianos se consideran los «medicamentos maravillosos» del siglo xx, pero los médicos clínicos y los investigadores tienen actualmente plena conciencia de que la resistencia de los microbios a los fármacos se ha convertido en un problema clínico importantísimo. […] Se han propuesto diversas soluciones. La industria farmacéutica hace esfuerzos por desarrollar en sus fármacos nuevos agentes antimicrobianos más resistentes que los actuales. Por desgracia, y según parece, estos organismos desarrollan rápidamente nuevos mecanismos de resistencia. […] Es esencial que se cumplan con estrictez los procedimientos de control de la infección con los pacientes internos. Los profesionales de la salud han de comprender que la resistencia antimicrobiana es un problema que se acelera «en todos los ambientes de la práctica médica», y esto puede comprometer directamente el resultado en los pacientes.2
La frase «y esto puede comprometer directamente el resultado en los pacientes» es un eufemismo. Lo que quiere decir es que los pacientes pueden morir de infecciones que antes los médicos curaban con antibióticos. De hecho, los antibióticos están perdiendo a marchas forzadas su poder, y algunos especialistas en enfermedades infecciosas comienzan a pensar qué harán cuando ya no puedan confiar en ellos. Podríamos tener que retroceder a los métodos usados en los hospitales en los años veinte y treinta, antes del descubrimiento de los antibióticos: una estricta cuarentena, desinfección, drenaje quirúrgico, etc. ¡Qué retroceso será para la medicina tecnológica!
En cambio, no se desarrolla resistencia alguna a los tónicos dé la medicina china, porque éstos no actúan «contra» los gérmenes (y por lo tanto no influyen en su evolución) sino que actúan más bien aliándose «con» las defensas del cuerpo. Estimulan y aumentan la actividad y eficiencia de las células del sistema inmunitario, con lo cual ayudan a los pacientes a resistir todo tipo de infecciones, no sólo las causadas por las bacterias. Los antibióticos solamente son eficaces contra las bacterias, no sirven de nada en las enfermedades causadas por virus. La impotencia de la medicina occidental contra las infecciones virales se pone de manifiesto claramente en su ineficacia contra el sida. La terapia herbolaria china para personas infectadas por el virus del sida parece mucho más prometedora. No es tóxica, en gran contraste con los actuales fármacos antivirales de Occidente, y hasta permite a las personas infectadas vivir una larga vida sin síntomas, aunque el virus continúe en su cuerpo.
El concepto oriental de fortalecer las defensas internas es «higeano», en cuanto supone que el cuerpo tiene una capacidad natural para resistir y hacer frente a los agentes de la enfermedad. Si esta suposición predominara en la medicina occidental, no tendríamos ahora la crisis económica que tenemos en los servicios nacionales de salud, porque los métodos que aprovechan la capacidad curativa natural del cuerpo son muchísimo más baratos que las intervenciones intensivas de la medicina tecnológica, y a la larga son más seguros y más eficaces.
Los «asclepianos» se interesan más por el tratamiento, mientras que los «higeanos» se preocupan más por la curación. Los tratamientos se originan fuera, la curación viene de dentro. La palabra curación significa «hacer sano, completo», es decir, restablecer la integridad y el equilibrio. Desde hace mucho tiempo estoy interesado en los casos de curación, y supongo que usted también. Tal vez conozca a alguien que haya experimentado una remisión espontánea de un cáncer, en la cual la extendida y maligna enfermedad haya desaparecido, ante la sorpresa de los médicos que cuidaban al enfermo. La desaparición de la enfermedad pudo ser temporal o permanente. ¿Qué ha ocurrido? Tal vez conozca a alguien que, incluso, se haya curado por la oración o por el fervor religioso.
He titulado este libro LA CURACIÓN ESPONTÁNEA porque deseo llamar la atención sobre la naturaleza innata, intrínseca, de este proceso de curación. Incluso cuando se aplican tratamientos con buenos resultados, estos buenos resultados provienen de la activación de mecanismos sanadores propios, los cuales, en otras circunstancias, también hubieran operado, posiblemente, sin ningún estímulo exterior. El tema principal de este libro es muy simple: El cuerpo puede curarse a sí mismo. Puede hacerlo porque tiene un sistema sanador. Si usted goza de buena salud, deseará saber algo sobre este sistema, ya que es el que lo mantiene sano y porque puede fortalecer ese estado. Si usted o alguno de sus seres queridos está enfermo, deseará saber qué sistema es éste, porque es la mayor esperanza de recuperación.
En la primera parte de este libro defiendo la existencia de un sistema sanador propio y presento pruebas de cómo actúa, entre ellas sus interacciones con la mente. En todos los planos de la organización biológica, desde el ADN para arriba, existen en nosotros mecanismos de autodiagnosis, autorreparación y regeneración, siempre dispuestos a activarse cuando surge la necesidad. La medicina que aprovecha estos mecanismos innatos de curación es más eficaz que la medicina que se limita simplemente a eliminar los síntomas. En esta parte presento casos de personas conocidas por mí que se han recuperado de la enfermedad, muchas veces en contra de los pronósticos médicos que no veían posibilidad alguna de recuperación o que insistían en que la mejoría sólo podía producirse con muchísimo esfuerzo «asclepiano». Dado que he hecho correr la voz de que estoy interesado en casos de este tipo, he ido conociendo otros muchos casos, y creo que cualquiera que busque encontrará más. La curación espontánea es un hecho común, no un acontecimiento excepcional. Podemos maravillarnos ante los casos de remisión espontánea del cáncer, pero prestamos poca atención a actividades más corrientes del sistema sanador, como la curación de las heridas, por ejemplo. En realidad, las curaciones más extraordinarias del sistema sanador espontáneo suelen ser las más corrientes, las cotidianas.
En la segunda parte propongo la manera de mejorar al máximo el sistema sanador propio. En esta parte encontrará información concreta sobre cómo modificar el estilo de vida para aumentar la capacidad curativa; entre otras cosas, incluyo datos sobre los alimentos, toxinas medioambientales, ejercicio, reducción del estrés, vitaminas, suplementos y hierbas tónicas que le servirán para mantener su bienestar. También sugiero un programa de ocho semanas para cambiar paulatinamente el estilo de vida con el objeto de reforzar su poder sanador natural.
En la tercera parte ofrezco consejos sobre cómo tratar la enfermedad. Analizo tanto los puntos fuertes como los débiles de los tratamientos convencionales y alternativos, y presento un buen número de estrategias seguidas por enfermos que han conseguido sanar. Ofrezco recomendaciones para poner en práctica los métodos naturales para conseguir mejoría en tipos de enfermedades comunes, y además presento un capítulo, «El cáncer, un caso especial», dado que esta enfermedad plantea un desafío único al sistema de curación, y la selección de tratamientos hace preciso un concienzudo análisis del estado de cada persona enferma. En el epílogo «Recetas para la sociedad», hago unas consideraciones sobre cómo tendrían que cambiar las actuales instituciones médicas para acomodarse a la filosofía «higeana».
Hasta ahora son pocos los médicos e investigadores que se han preocupado por buscar ejemplos de curación; por lo tanto, no es de extrañar que el fenómeno de la curación espontánea se nos presente como algo vago, y el concepto de sistema sanador propio como un tanto raro. Pero yo les aseguro que cuanto más nos adhiramos a ese concepto, más ayudaremos a nuestra autocuración y menos tendremos que recurrir a intervenciones médicas, con frecuencia innecesarias, a veces dañinas, y siempre costosas. La medicina orientada a la curación nos serviría mucho mejor que el sistema actual, ya que supondría menos riesgos, sería más segura y más barata. He escrito este libro en un esfuerzo por servir a su nacimiento y consolidación.
1
Prólogo en la selva
Permítame que le invite a acompañarme a un remoto lugar que visité hace más de veinte años, junto a la ribera de un anchuroso río en una sofocante tarde de 1972. El río es un afluente del Caquetá, en el noroeste del Amazonas, cerca de la frontera entre Colombia y Ecuador. Me había perdido. Andaba en busca de un chamán, un indio cofán llamado Pedro que vivía en una cabaña remota en algún lugar de la inmensa y densa espesura de la selva, pero el sendero que debía llevarme hasta ella me dejó ante un río imposible de cruzar, y sin señal alguna de cómo continuar. Ya se estaba haciendo tarde.
Dos días antes, tras un largo y arduo trayecto, había dejado mi Land-Rover al final de un camino de tierra y cogí una lancha motora hasta un pequeño poblado fronterizo donde pasé una noche inquieta. Al día siguiente unos indios me llevaron en canoa hasta el comienzo de un sendero que, según dijeron, me llevaría hasta el claro del bosque donde vivía Pedro.
–A medio día de camino –me dijeron.
Yo sabía que medio día de camino para un indio podía significar mucho más camino para mí. Llevaba mi mochila con las cosas imprescindibles, pero no mucha comida, ya que esperaba alojarme en casa del chamán. Después de varias horas de caminar por la selva, llegué a una bifurcación del sendero. Nadie me había prevenido sobre esa bifurcación. Puse oído atento al susurro de la intuición y decidí tomar el sendero de la derecha. Pasada otra hora llegué a un claro en el que se alzaban varias cabañas y donde cinco jóvenes cofanes se pintarrajeaban las caras unos a otros.
Estaba muerto de sed y de calor. Les pedí agua en castellano y los hombres no me hicieron ni caso. Volví a pedírselo y me dijeron que no tenían agua.
–¿Que no tenéis agua? –exclamé yo–. ¿Cómo puede ser eso?
Se encogieron de hombros y continuaron aplicándose sus pinturas. Les pregunté por el chamán.
–No vive aquí –contestó uno de los indios.
–¿Dónde puedo encontrarlo?
Con un gesto bastante descortés me indicaron un sendero que salía de detrás de las cabañas.
–¿Está lejos? –pregunté.
Otro encogimiento de hombros.
Esa era una experiencia nueva para mí. En los pueblos interiores de Colombia siempre me había encontrado con indios extraordinariamente hospitalarios. Los que se mostraban desafiantes y poco amistosos eran los habitantes de los escarpados pueblos fronterizos, los mestizos en busca de fortuna. Una vez que salía de estos pueblos y entraba en territorio indio, siempre me sentía a salvo, confiado en que los pueblos nativos aceptarían a un desconocido, lo ayudarían a encontrar su destino y ciertamente le darían agua a un viajero sediento.
Los cinco cofanes eran jóvenes, guapos y, evidentemente, presumidos. Vestían sencillas túnicas de algodón, lucían cabellos negros, largos y brillantes, y estaban entregados por completo a su arte de cosmética. Después de aplicar una nueva marca en la frente o en la mejilla, el agraciado se miraba y remiraba la nueva señal en un trozo de espejo roto, dando un gruñido de aprobación o pidiendo otro trazo de adorno. Estaba claro que eso les iba a llevar toda la tarde. Mi presencia no tenía el más mínimo interés para ellos, y después de estar allí media hora sin que me hicieran caso, me eché la mochila al hombro y continué por el sendero hasta que, varias horas más tarde, la vereda se perdió en un inmenso matorral a la orilla del caudaloso río. Y allí quedé perdido y desamparado.
El lugar era muy hermoso, pero mi estado de ánimo me inclinaba a considerar el río y la espesura más como obstáculos que como fuentes de placer para mis sentidos. Grandes nubes algodonosas se mecían por encima de la bóveda de frondosos árboles. El río de cristalinas aguas discurría veloz. Ni la menor señal de presencia humana, ni sonido alguno excepto los trinos de los pájaros y el zumbido de los insectos. De no haber sido por los molestos jejenes, que en grandes cantidades lo invaden todo desde el atardecer hasta la aurora, no me habría importado acampar allí. Llevaba una hamaca y un mosquitero en mi mochila, y podría haber pasado la noche allí si hubiese sido necesario, pero me inquietaba la perspectiva de sentirme perdido, y me sentía desalentado por lo infructuoso de mi búsqueda.
Ese chamán tan difícil de encontrar tenía fama de poderoso sanador. Durante el año que pasé vagando por Sudamérica, la mayoría de los chamanes que conocí me decepcionaron. Algunos eran unos borrachos; otros sólo deseaban fama y riqueza. Uno de ellos, al enterarse de que yo era médico de Harvard, sólo se interesó por convencerme de que le obtuviera un certificado de esa institución que diera fe de sus poderes y conseguir así aventajar a sus rivales. Tuve muchísimas aventuras durante ese viaje, pero al final, ninguna me había enseñado a ser mejor médico. Pedro era mi última esperanza; él era desconocido en el mundo civilizado, y yo, el primer gringo* que lo visitaba. Y por cierto que esperaba muy animoso que me enseñara los secretos de la curación que yo llevaba buscando tanto tiempo.
Pero por el momento me hallaba perdido en la selva. El brillante sol del Amazonas ya estaba adquiriendo los matices dorados de la caída de la tarde. La noche se me vendría encima rápidamente, lo cual significaba un sorprendente frío a la orilla del río y ninguna posibilidad de conseguir una habitación. No soy fumador, pero me fumé tres cigarrillos seguidos, de los Pielrojas, la marca barata de la localidad, que lleva el dibujo de un indio norteamericano en la cajetilla. Estuve dando chupadas y más chupadas, por echar humo a mi alrededor, con la esperanza de que el humo me librara temporalmente de las picaduras de los mosquitos.
En caso de duda, come. Busqué entre mis escasas provisiones y encontré un paquete de cocoa y unos cuantos frutos secos. Encendí mi hornillo de gas y herví agua del río. Pronto pude disfrutar del líquido caliente que jamás me había sabido mejor: me confortaba tener algo agradable y familiar en un entorno desconocido para mí.
Me encontraba en ese remoto lugar de Sudamérica en busca de algo que yo me imaginaba exótico y extraordinario, a mundos de distancia de mi experiencia normal. Deseaba penetrar en la fuente del poder curativo, encontrar la íntima conexión entre magia, religión y medicina; deseaba entender la manera como la mente interacciona con el cuerpo. Sobre todo esperaba aprender los secretos prácticos para ayudar a la gente a curar sus enfermedades. Había pasado ocho años en una prestigiosa institución de enseñanza superior, cuatro estudiando botánica y cuatro más estudiando medicina, pero no logré encontrar una respuesta clara a mis interrogantes. Mis estudios de botánica me despertaron el deseo de conocer la selva, de visitar a los médicos nativos y de colaborar en el rescate del conocimiento de las plantas medicinales, que se estaba perdiendo rápidamente. Mi formación médica me inspiró el deseo de huir del mundo de los tratamientos tecnológicos y agresivos en busca de un romántico ideal de curación natural.
Tres años antes, en 1969, recién acabada mi formación clínica básica, tomé la decisión de no poner en práctica el tipo de medicina que acababa de aprender. Hice esto por dos motivos, el uno, emocional, y el otro, lógico. El primero era sencillamente la sensación visceral de que si enfermaba, no quería que me trataran de la forma como me habían enseñado a tratar a los demás, a no ser que no me quedara otra alternativa. El motivo lógico era que la mayoría de los tratamientos que había aprendido durante los cuatro años de estudios en la Facultad de Medicina de Harvard, más el año de prácticas como médico interno en el hospital, no llegaban a la raíz de los procesos de la enfermedad ni favorecían la curación; más bien suprimían esos procesos o tan sólo contrarrestaban los síntomas visibles de la enfermedad. No había aprendido nada sobre la salud y su mantenimiento, ni a prevenir la enfermedad, lo cual es una grave omisión, ya que siempre he creído que la función primordial de los médicos debería ser en primer lugar enseñar a la gente la manera de no caer enfermos. La palabra «doctor» viene del verbo latino docere, «enseñar». Enseñar a prevenir debería ser lo primero; el tratamiento de la enfermedad ya existente, lo segundo.
Me inquieta la naturaleza supresora de la medicina convencional. Si nos fijamos en los nombres de las categorías más populares de los medicamentos de uso hoy en día, descubrimos que la mayoría de ellas comienzan con el prefijo «anti». Usamos, entre otros, antiespasmódicos, antihipertensores, antiansiolíticos, antidepresivos, antihistamínicos, antiarritmia, antipiréticos, antitusivos, antiinflamatorios, además de los betabloqueadores y los antagonistas receptores H2. Esta es, en realidad, una antimedicina, una medicina que en esencia es neutralizadora y supresora.
¿Qué hay de malo en eso?, puede preguntarse usted. Si una fiebre sube hasta un punto peligroso o se desmadra una alergia, ciertamente hay que contrarrestar esos síntomas. No pongo ninguna objeción al uso de esos tratamientos durante un corto periodo de tiempo y para el caso de trastornos muy graves. Pero llegué a comprender, desde el comienzo de mi estancia en el hospital, que si se adoptan tales medidas como estrategia principal para tratar la enfermedad, se generan dos tipos de problemas. El primero es que supone un riesgo para el paciente, porque las armas farmacéuticas son, por naturaleza, fuertes y tóxicas; sus efectos deseados suelen ser, con demasiada frecuencia, contrarrestados por efectos secundarios, por toxicidad. Las reacciones adversas a los medicamentos supresores de la medicina convencional son una señal de alerta contra el sistema, y las he visto con frecuencia más que suficiente en mi formación clínica para saber que tiene que haber una manera mejor. La medicina botánica me atrajo porque ofrecía la posibilidad de encontrar alternativas naturales menos peligrosas a los fármacos que me habían enseñado a usar.
El segundo problema, menos perceptible pero más preocupante, es la posibilidad de que con el tiempo los tratamientos supresores puedan reforzar los gérmenes patógenos en lugar de destruirlos. No pensé en esta posibilidad hasta que leí los escritos de un gran médico hereje, Samuel Hahnemann (1755-1843), prodigio alemán y médico renegado creador de la homeopatía, una de las principales escuelas de medicina alternativa. La homeopatía usa dosis pequeñísimas de remedios muy diluidos para activar la reacción curativa. No soy homeópata. Disiento profundamente de todos aquellos homeópatas que se oponen a la inmunización, y el sistema en su conjunto me parece confuso a la vez que incompatible con los modelos científicos actuales de la física y la química. Sin embargo, he experimentado y observado las curas homeopáticas y admiro este sistema por el uso de tratamientos que no pueden hacer daño. Más aún, encuentro útiles algunas de las ideas de Hahnemann.
Una de sus enseñanzas más importantes alude al peligro de suprimir los síntomas visibles de una enfermedad.3 Hahnemann ponía el ejemplo de un sarpullido con comezón en la piel. Es mejor tener la enfermedad en la superficie de la piel, decía, porque desde la piel puede salir al exterior. Las medidas supresoras pueden llevar el proceso hacia dentro, hacia órganos más vitales; es posible que desaparezca el sarpullido y la comezón, pero luego es fácil que aparezcan problemas peores, problemas que podrían resistirse a los tratamientos supresores más fuertes.
Hahnemann lo comprendió así mucho antes de que se descubrieran los corticosteroides, hormonas sintéticas antiinflamatorias muy potentes que los médicos convencionales recetan actualmente sin pensar en los daños que pueden ocasionar. Los esteroides de uso tópico son supresores muy eficaces de los sarpullidos y en la actualidad se venden sin receta en Estados Unidos. Una y otra vez veo a pacientes que se hacen adictos a ellos. Mientras se aplican las pomadas o aceites esteroides se controlan los sarpullidos, pero tan pronto como dejan el tratamiento, los síntomas reaparecen con más virulencia que antes. El proceso de la enfermedad no se resuelve, sino que simplemente se lo mantiene a raya, al tiempo que se lo fortalece para que pueda presentarse con más saña tan pronto como se quite la fuerza supresora externa.
Cuando se administran sistemáticamente estos esteroides, su poder supresor y tóxico es incluso mayor. Las personas que toman medicamentos como la prednisona durante meses o años para la artritis reumatoidea, el asma y otros trastornos autoinmunes (es decir, del sistema inmunitario) y alérgicos, normalmente sufren de terrible toxicidad (subida de peso, depresión, úlceras, cataratas, debilidad ósea, acné), pero no pueden dejar de tomar esos medicamentos porque si los dejan, los síntomas vuelven con renovada fuerza. ¿Qué les ocurre a las energías de esas enfermedades suprimidas? ¿Adónde van?
Mi experiencia con enfermos confirma esta advertencia de Hahnemann. Hace poco conocí a una mujer de unos 35 años, que hacía dos años había presentado síntomas de una grave enfermedad autoinmune,* el escleroderma. La enfermedad comenzó con una dolorosa palidez de las manos al exponerlas al frío. Este es el fenómeno llamado de Raynaud, señal de inestabilidad neurovascular que puede presentarse sola o anunciar perturbaciones tanto de la función nerviosa como de la circulatoria. En este caso iba acompañado de dolor de las articulaciones e hinchazón de los dedos. Después comenzó a engrosarse y a endurecerse la piel de las manos, manifestación clásica y visible del escleroderma (la palabra significa «piel dura»). Los enfermos de escleroderma avanzado suelen tener las manos frías y la piel amoratada, brillante, dura y rígida, pero este cambio externo, aunque feo, no es el peor efecto de esta enfermedad. Cuando el escleroderma interesa órganos internos de los sistemas digestivo y cardiorrespiratorio suele ser mortal.
Los médicos diagnosticaron rápidamente el caso y comenzaron el tratamiento con elevadas dosis de prednisona y otros fármacos inmunosupresores. La reacción fue espectacular. En pocos meses la piel recobró la normalidad, desaparecieron los dolores de las articulaciones y el médico le anunció a la mujer que su enfermedad estaba en «completa remisión». Lamentablemente, al cabo de un año comenzó a tener dificultades para respirar. Las radiografías revelaron fibrosis pulmonar, enfermedad progresiva en la cual el tejido normal de los pulmones es reemplazado por tejido fibroso anormal. Le dijeron que este trastorno no tenía ninguna relación con el escleroderma que había sufrido anteriormente; pero, en realidad, la fibrosis pulmonar es una manifestación bien conocida, aunque poco común, del mismo proceso, sólo que situada en una zona del cuerpo mucho más vital y mucho más resistente a los tratamientos. Tenía las manos calientes, sonrosadas y suaves; no había ninguna señal visible de la enfermedad en la superficie de su cuerpo; pero por dentro estaba quedando lisiada por una enfermedad en los pulmones que se resistía a todo el poder supresor de la medicina convencional.
Cuando acabé el periodo de prácticas en el hospital, ya había visto suficientes variaciones sobre el tema para estar convencido de que no deseaba practicar la medicina convencional ni recibir más formación en ella. Sin embargo, no sabía cómo actuar, y esa incertidumbre me llevó a emprender mi propia búsqueda. Después de dos arduos años de un incansable rastreo había aprendido muy poco sobre curación. Poco antes de llegar al territorio de los indios cofanes tuve la convicción de que seguramente no había hecho los esfuerzos suficientes para explorar el nuevo terreno. Los sanadores y chamanes comunes ya estaban descubiertos, eran bien conocidos y fáciles de localizar. Lo que buscaba tenía que estar más lejos, pensaba yo, tenía que ser más difícil de hallar, tenía que encontrarse escondido en lo más profundo de la selva amazónica.
Y allí estaba yo aquella tarde, perdido, acabada la cocoa y a punto de declinar el día.
Finalmente encontré a Pedro el chamán, y recuerdo muy bien nuestro encuentro, aunque sucedió hace más de veinte años, porque ese encuentro fue decisivo en mi vida. Evidentemente, en aquellos momentos yo no tenía idea de su significado real, lo consideré simplemente como otra frustración más en la ya larga serie de frustraciones. Pero de hecho fue el paso que me abrió un nuevo camino, el camino que me llevaría de vuelta al lugar donde descubriría lo que siempre había sabido, pero no había sido capaz de reconocer.
Una vez que arreglé mis cosas y me eché la mochila al hombro, vi un banco de arena río arriba, a poca distancia de donde estaba. Pensé que desde ese lugar elevado podría ver mejor la zona y hacerme una idea respecto al sendero que conduciría a la cabaña de Pedro. Vadeando el río llegué hasta el banco de arena y desde allí escudriñé la ribera; río arriba vi lo que parecía ser parte de un sendero, a bastante distancia. Lo era. Llegué allí siguiendo la orilla del río, y una vez en el sendero se desvaneció mi ansiedad, y eso que el sol ya estaba poniéndose por occidente. Después de cuarenta y cinco minutos de caminata, llegué a un claro situado en la desembocadura de un río pequeño, afluente de otro más grande. En el ángulo formado por la intersección de los dos ríos, elevada sobre pilares, se erguía, solitaria, una cabaña grande con techo de paja. Corrí hacia ella en el momento justo en que el sol brillaba con los colores de un ocaso tropical, y subí la tosca escalera que conducía a una plataforma exterior con vistas a la confluencia de los dos ríos.
No había ningún chamán a la vista. La única moradora era una joven india que hablaba castellano con dificultad y me miraba como quien mira a un extraterrestre. Me dijo que Pedro no estaba. Se había marchado hacía diez días y ya tendría que haber regresado el día anterior. Le pregunté si podía quedarme allí. No puso objeción alguna, de modo que me quité la mochila y colgué la hamaca entre dos postes a la orilla de la plataforma.
Durante los siguientes cuatro días con sus noches me pasé la mayor parte del tiempo echado en la hamaca, quemando cigarrillos Pielrojas en mis dedos, contemplando la transformación de los largos y calurosos días en noches despejadas y estrelladas. Ocasionalmente desafiaba a los mosquitos para ir a tomar un baño en el río por la tarde. En vano trataba de entablar conversación con la chica, por lo que busqué refugio contra el calor, la humedad, la cegadora luz del sol y la espesura de la selva leyendo una colección de relatos cortos de Jack London sobre el lejano Norte, que había llevado conmigo por si me encontraba en una situación como aquélla. Fue una buena elección el escape literario a un mundo de iglúes, campos de hielo y frío paralizador. Desgraciadamente los cuentos se acabaron, pero yo los releí y los volví a releer una y otra vez.
Tuve también otra diversión. Poco antes de marcharse, Pedro había matado una hembra de jaguar, que había dejado un cachorro, al que tenían encerrado en una jaula en la cabaña. El cachorrito era precioso, parecía un gatito y quería jugar. Una vez lo saqué de la jaula y estuve jugando con él hasta que el juego resultó ser demasiado violento para mí. Quise darlo por acabado, pero mis intentos para quitármelo de encima y calmarlo estimularon un circuito salvaje en el cerebro del animalillo. De repente ya no era un gatito amoroso sino un cru

