Yo no

Joachim Fest
Joachim Fest

Fragmento

PROLOGO


PRÓLOGO

Por lo general, uno suele empezar a escribir sus memorias cuando se da cuenta de que ya ha transcurrido la mayor parte de su vida y ha alcanzado, en mayor o menor medida, lo que se había propuesto. Instintivamente, se mira hacia atrás: sorprende ver cuántas cosas del pasado han caído en el olvido o han desaparecido como «tiempos muertos». Se querría retener lo más importante o, si ya ha caído en el olvido, rescatarlo para el recuerdo.

Al mismo tiempo, hay que hacer un esfuerzo por recordar el pasado. ¿Qué dijo mi padre cuando mi madre le reprochó su pesimismo mientras intentaba convencerle de que fuera más tolerante con los gobernantes? ¿Cómo se llamaba el profesor de alemán del instituto Leibniz que lamentó ante toda la clase que yo me marchara? ¿Con qué tono me hizo el doctor Meyer sus observaciones cuando me acompañaba hacia la puerta durante mi última visita? ¿Con melancolía o simplemente con resignada ironía? Vivencias, palabras, nombres: todo está perdido o a punto de perderse. Sólo algunos semblantes pueden relacionarse, después de mucho indagar, con una opinión, una imagen o una situación. Otros datos proceden de la tradición familiar. Aunque en muchas ocasiones se ha roto el hilo conductor. Esto se debió en parte a que durante la evacuación de la familia de Karlshorst se perdieron todos sus recuerdos, escritos, dibujos y cartas. Lo mismo ocurrió con las fotos familiares: las imágenes de este libro nos las han facilitado, en su mayoría después de la guerra, amigos que en algún momento las consiguieron y pudieron salvar sus bienes de los avatares de los tiempos.

Yo no habría podido escribir sobre mis más tempranos recuerdos si a comienzos de los años cincuenta la radio no me hubiera encargado un relato sobre la historia reciente de Alemania. Como el material bibliográfico no era por entonces muy amplio, completé el estudio, hasta donde fue posible, con conversaciones con testigos de esa época, desde Johann Baptist Gradl hasta Ernst Niekisch, pasando por Heinrich Krone. Pero a quien más consulté fue a mi padre, quien como ciudadano políticamente comprometido había vivido en primera persona los conflictos y padecimientos de esa época. Por supuesto, estas conversaciones pasaron pronto al terreno personal y pusieron de manifiesto problemas familiares que yo había vivido, pero de los que apenas me había dado cuenta.

Por lo general, yo me limitaba a tomar notas de lo que me iba contando mi padre, y eso me ocasionó ciertas dificultades. Después de casi cincuenta años, en ocasiones no he podido recordar el trasfondo de alguna anotación, por lo que sólo puedo dar somera cuenta de ella o, alternativamente, dejarla fuera. Algunas de sus opiniones no se pueden mantener a la luz de los conocimientos que he adquirido. Sin embargo, en lugar de corregirlas, las he mantenido en su redacción original, ya que me parecían muy importantes como exponentes del punto de vista de un testigo presencial: no reflejan la perspectiva histórica que tenemos hoy, sino las percepciones, las preocupaciones y las esperanzas frustradas de un contemporáneo de los hechos.

Para facilitar la lectura, me he tomado la libertad de reproducir en estilo directo algunos de los apuntes breves que figuraban en mis cuadernos. A un historiador le está tajantemente vedado actuar así. Resulta innecesario decir que todo lo que aparece en forma de diálogo se ajusta tanto al contenido como al tono de lo que se dijo. Las observaciones aisladas que aparecen entrecomilladas corresponden a una cita literal.

Mis observaciones, como siempre sucede en el caso de registros biográficos, no pretenden ser en modo alguno irrefutables. Lo que cuento sobre los amigos de mis padres, de los profesores y superiores expresa sólo mi punto de vista. Presento a los Hausdorf y los Wittenbrink, los Gans, Kiefer, Donner y otros tal y como yo los recuerdo. Esto no quiere decir que fueran exactamente así, pero esto no me causa ninguna preocupación.

El periodo al que se refieren las páginas que siguen lo he analizado en numerosas exposiciones de carácter histórico. Por este motivo, en el presente libro me he ahorrado reflexiones más profundas: éstas quedan para el lector. En cualquier caso, no he pretendido hacer una historia de la época de Hitler, sino plasmar su reflejo en un entorno familiar. Por ello, predomina lo que se ha vivido, lo incidental, incluso simplemente lo anecdótico, que forma parte de la vida. Cuando de adolescente, a comienzos de los años cuarenta, describía los tics de un amigo de mis padres enfermo de los nervios, mi padre me recriminó: «¡Pues no le mires tanto!». Mi respuesta fue que ni quería ni podía apartar los ojos de él. Nunca me he arrepentido de ello, ni se me ha reprochado dentro del acogedor entorno en el que yo crecí. Para este libro era incluso necesario. Mucho mayor fue la tentación de reprimir las poses de los años de juventud, o incluso presentarlas con otra luz, más clara.

Para terminar, quiero expresar mi agradecimiento a las numerosas personas que me han ayudado en la realización de este libro. Entre la larga lista de nombres, citaremos a la señora Ursel Hanschmann, a Irmgard Sandmyr y a mi amigo Christian Herendoerfer; a los compañeros de prisión Wolfgang Münkel y Klaus Jürgen Meise, que se escapó mucho antes que yo, y con éxito, del campo de prisioneros. Guardo un especial agradecimiento a mi editora Barbara Hoffmeister, por sus importantes y numerosas indicaciones. Por último, cabe citar a los numerosos amigos de mis días de juventud que me han ayudado aportando episodios vividos, fechas y nombres.

El autor
Kronberg, mayo de 2006

CAPITULO 1 COMO LLEGAMOS A REUNIRNOS TODOS

CAPÍTULO 1

CÓMO LLEGAMOS A REUNIRNOS TODOS

La tarea que me he impuesto es la de recordar. Al igual que le ocurre a cualquier persona, la mayor parte de mis vivencias y experiencias ha caído en el olvido. Nuestra memoria está trabajando sin cesar, aparta algunas cosas, las sustituye por otras o las cubre con nuevas experiencias. El proceso nunca termina; si echo la vista atrás y miro el largo camino recorrido, surgen un sinfín de imágenes, todas revueltas. En el momento en que ocurrieron no las relacioné con algo en concreto, y es años después cuando he descubierto el hilo oculto de mi vida.

Pero incluso entonces se agolpan de pronto todas las imágenes, especialmente las de los primeros años: la casa, con esa maleza asilvestrada a los lados y que más tarde el sentido del orden de mis padres nos quitó, con gran pena por nuestra parte; la pesca de cangrejos en el Havel; mi querida niñera Franziska, que un día tuvo que regresar a su Lusacia natal; los camiones que, con la bandera al viento, corrían por las calles ocupados por vociferantes uniformados; las excursiones a Sanssouci o Gransee, donde mi padre nos contaba hasta aburrirnos historias sobre una reina prusiana. Todo inolvidable. Al igual que cuando algún domingo de verano, a aquellos de nosotros que hubiésemos cumplido los diez años, nos llevaban al hipódromo —que más adelante se convertiría en uno de los mejores del país para carreras de obstáculos—, mientras tocaba la banda y los elegantes carruajes de los nobles, en su mayor parte calesas de dos ruedas, se alineaban en torno al «pabellón imperial». Mi abuelo había contribuido al desarrollo del hipódromo y de las obras de Treskow. Recuerdo, como si lo hubiera visto ayer mismo, el desfile de los enormes caballos con los pequeños hombrecillos encima, vestidos con sus coloridas ropas de yóquey, así como los solemnes señores pavoneándose dentro de su chaqué gris ratón, con pajarita al cuello y la pechera almidonada. Las damas, en cambio, permanecían ajenas al espectáculo observándose unas a otras bajo el ala de sus grandes sombreros: quizá para descubrir a alguna rival y despacharla con algún comentario demoledor.

El mundo que mi abuelo había llevado a Karlshorst era novedoso y distinguido. Él procedía de una notable familia de comerciantes en paños de Aquisgrán, diseminada por el Bajo Rin, y tan acomodada que, cada dos años, se podía permitir alquilar un tren para peregrinar a Roma y que el Papa los recibiera en audiencia privada. La vida le había puesto muy pronto en contacto con las familias de la alta nobleza. Con poco más de veinte años ya era «mariscal de viaje» del duque de Sagan, y poco después se marchó a Donaueschingen como «inspector del príncipe de Fürstenberg». Sus años jóvenes los había pasado sobre todo en los internados para nobles de Francia, y allí, en el palacio de Valençay, que había pertenecido a Talleyrand, conoció a mi abuela, que procedía de una familia de Donaueschingen y trabajaba como dama de honor de los Fürstenberg. Fue un gran amor que duró hasta la edad de Filemón y Baucis, antes de que la guerra hiciera saltar todo por los aires. Durante mucho tiempo se siguió hablando francés en la familia, y francesa era también la cocina de la casa, con sopa de cebolla, paté de pato y crème caramel. La biblioteca del abuelo contaba con la mayoría de los clásicos del país vecino en majestuosas ediciones en piel. Alguna vez le oí declamar a Racine paseando ante la mesa de su escritorio, pero sus autores favoritos eran Balzac y Flaubert.

El abuelo se había trasladado ya a Berlín cuando en 1890 el matrimonio Heinze perpetró el escandaloso asesinato de un acaudalado terrateniente o, según otra versión, de una señorita del servicio, o quizá, y esto es lo más probable, de una prostituta. Los Heinze, cuyo atroz crimen comparó mi abuelo, y mucha más gente, con los asesinatos de Jack el Destripador, declararon en el proceso que habían cometido el asesinato para llamar la atención sobre la escandalosa falta de viviendas que había en Berlín. Esto dio origen a que dos, y más tarde tres, grupos de familias acomodadas formaran sociedades urbanísticas filantrópicas, la mayor de ellas por iniciativa del presidente de la Cámara, el doctor Otto Hentig, y bajo el patronazgo del príncipe Karl Egon von Fürstenberg. Formaban parte de ella los Treskow, que residían desde 1816 en el cercano Friedrichsfeld, así como August von Dönhoff, los Lehndorff y otras familias del mismo rango. En esta etapa fundacional también estaba el reconocido arquitecto Oscar Gregorovius y, algo después, el famoso proyectista Peter Behrens.

Mi abuelo nunca creyó en la invocación de los Heinze a la miseria de los barrios bajos o al horror de los patios interiores de Wedding. Él pensaba que tan altruista motivo era falso, pues su conocimiento de la vida le decía que los Robin Hood de este mundo pertenecen a la literatura, y casi nunca a la realidad. Por consiguiente, se esforzó en averiguar todo sobre Gotthilf Heinze, al que solía llamar Gotthilf «el acuchillador», buscando incluso cómplices, alianzas secretas y, sobre todo, a esa belleza pelirroja de la que se hablaba en algunas fuentes malintencionadas: el «ángel de las alcantarillas», como la llamó una vez, años más tarde, delante de mí. Nunca he tenido muy claro si fue la prostituta asesinada o una cómplice del asesino. Mi abuelo creía que era la cómplice, y gruñía: «¡Curioso! La esposa le anima a cometer el asesinato, la querida permanece entre bastidores y se muestra dispuesta a divertirse».

El prefecto de turno firmó en mayo de 1895 el llamado acuerdo de colonización para las obras de Karlshorst, que abarcaba 600.000 metros cuadrados, y justo después comenzó una especie de carrera para hacer un reparto de parcelas. La sociedad filantrópica del príncipe de Fürstenberg nombró gerente a mi abuelo, que por entonces tenía veintisiete años. Su trabajo consistía en colaborar con Oscar Gregorovius y con las autoridades para convertir el terreno adquirido en un barrio periférico, trazar el recorrido de las calles, parcelar el solar y venderlo a precios razonables. En cada fase aparecía un nuevo barrio: estaban las calles «nobles», el barrio del Rin, el barrio de las sagas, el de Wagner, y así paso a paso.

Mi abuelo afrontaba su trabajo con gran acierto, pero pronto se dio cuenta de que a ese lugar, aparte de las viviendas con que Karlshorst contaba todavía en mi juventud, había que dotarlo de algunos atractivos adicionales. Así, levantaron un hospital, una iglesia protestante y otra católica, y un pequeño parque con un estanque, que ubicaron sobre un antiguo terreno pantanoso y que pronto atrajo a paseantes de muy lejos. También el hipódromo de Treskow se transformó poco a poco en un centro de acontecimientos sociales. Años más tarde, pasada ya la época de mi abuelo, Karlshorst tuvo incluso una escuela militar. El «nido de preocupaciones», como a él le gustaba llamarlo, o también la «yerma pradera», como aparecía en un documento oficial, llegó a tener al final más de 30.000 habitantes, cuando había empezado nada más que con ocho casas, o más bien patios, que albergaban a no más de cien vecinos.

Cuando yo conocí realmente a mi abuelo era una persona estricta, reservada, que en las multitudinarias reuniones familiares afrontaba el a veces incesante parloteo de una manera seca y prosaica. Por la calle solía ir con levita, bastón y sombrero hongo, lo que ya entonces le confería un aire de anticuado del que él se obstinaba en presumir. Al contrario que mis tres hermanos pequeños, que le evitaban cuanto les era posible, mi hermano mayor, Wolfgang, y yo procurábamos conversar con él, aun cuando muchas veces era un diálogo monosilábico. Él era muy buen oyente, y siempre sabía hacer las preguntas pertinentes. Tiempo después, una de mis hermanas le reprochó que tuviera un semblante demasiado hosco y «las comisuras de los labios demasiado marcadas». Pero para Wolfgang y para mí hasta su silencio tenía importancia. Su pañuelo siempre estaba impregnado de unas gotas de colonia. Los paseantes le saludaban con sumo respeto y se quitaban el sombrero en un movimiento que llegaba casi hasta la rodilla, lo que muchas veces nos provocaba la risa. Las personas mayores todavía recordaban que Karlshorst era en parte obra suya.

La mujer que estaba a su lado, mi abuela, era una persona sumamente delicada, que sabía hablar a sus nietos de la manera apropiada para cada uno. Su vida no siempre había sido fácil, y a pesar de que las muchas preocupaciones habían marcado su semblante, no dejaba que el descontento la afectase; bien al contrario, era muy risueña y dotada de un gran sentido práctico. La hacía feliz sentirse útil, y esa sensación la compensaba de todos los pesares, solía decir con cierta frecuencia. El matrimonio tuvo cinco hijas, y ambos lamentaron no haber tenido ningún hijo varón. Dos de las hijas ingresaron en órdenes religiosas: una se fue a trabajar a una misión en África, y a la otra, que tomó el bonito nombre de sor Alcantara, la enviaron sus superiores a un convento de Moran. Muy espigada, su figura poseía la dignidad típica de una abadesa, pero al mismo tiempo parecía singularmente frágil. Estaba mal «del pecho», y en la «fría cueva del convento», como en ocasiones se lamentaba mi madre, falleció de una pulmonía sin haber cumplido los treinta años.

La hija menor enfermó de difteria con catorce años, durante la guerra, lo que le produjo la terrible minusvalía de una parálisis total. Los abuelos gastaron un dineral en reconocidos especialistas, e incluso recurrieron a curanderos para intentar aliviar a su hija, pero no lo consiguieron. La «tía Agnes» se pasaba todo el día tumbada en la chaise-longue del comedor y, como no podía mover la cabeza, cuando entrabas, la veías inmóvil con sus ojos abiertos, en los que se reflejaban las perdidas ansias de vivir. Por las noches, mi abuelo se despojaba de todo vestigio de su orgullo de antiguo caballero y la llevaba a dormir a su habitación. Si se aludía a su enfermedad, ella únicamente replicaba: «¡Por favor! ¡Estoy bien así!».

La más elegante de las hijas de mi abuelo era Dorotea, a la que llamábamos «tía Dolly». Tenía una esbelta figura y, al igual que mi madre, se educó en un internado de Silesia para hijas mayores. Su vestimenta revelaba una predilección por la policromía fronteriza con los límites del buen gusto. Normalmente la veías con los últimos modelos de sombreros y un zorro sobre los hombros, con sus garras reluciendo al sol. Al cuello solía llevar algo discreto de oro, tenía una conversación culta y con frecuencia nos advertía que no «berlineáramos». Mi padre opinaba que en el internado provinciano de Liebenthal había adquirido el interés por el gran mundo, mientras que mi madre se había traído de allí poesía y buen juicio.

Mi madre, de nombre Elisabeth pero a quien la familia llamaba «Tetta», pasaba por ser la más austera de las hermanas. Sin embargo, en contradicción con su actitud, que era altiva y no carente de orgullo, tenía un lado amable y sabía dotar a su entorno de una calidez cautivadora. Si bien tenía un carácter dominante, era evidente que le gustaba la «música tranquila», y ello se veía en sus aficiones líricas. Le gustaban especialmente Eichendorff y Mörike, así como Heinrich Heine, si bien al recitar los poemas de éste omitía los dos últimos versos. «No es fiel a sus sentimientos», decía, «se avergüenza de ellos. Cuando seáis mayores y estéis capacitados para ello», nos decía a mis dos hermanos y a mí, «tenéis que escribir nuevos finales para los poemas de Heine. Entonces podré decir que me gusta realmente».

Había algo de cierto en la, por lo demás injusta, opinión que mi padre tenía sobre Dolly: le encantaba salir a escena. Mi madre, en cambio, cuando sus ruidosos hijos salían de casa, se sentaba al piano, improvisaba un poco, y rápidamente pasaba a sus piezas preferidas: Para Elisa, de Beethoven, alguna que otra variación de Mozart y muchos estudios de Czerny. Por último, cantaba con su agradable voz un par de Lieder de Schubert o de Schumann y, especialmente, algunas piezas de Carl Loewe, como la de Herr Heinrich am Vogelherd (Don Enrique en el puesto del pajarero) o Die Uhr (El reloj). «¿Por qué lo haces?», preguntaba la tía Dolly maravillada. «¿Qué sacas con ello? Deberías dar conciertos en casa y traer invitados». Pero a Tetta, mi madre, no la podía convencer.

Por algún tipo de conexiones familiares, en sus años jóvenes mi madre fue invitada a uno de los bailes que tenían lugar en las caballerizas imperiales, y hasta bien mayor se emocionaba recordando a los caballeros, con sus fracs y sus coloridas bandas, que se habían turnado en sus galanteos o, como dijo una vez, «le habían hecho la corte». También hablaba de pecheras condecoradas y de cómo se conseguía dejar caer el monóculo del ojo ante una broma pesada o en caso de sorpresa. Y luego estaban los tenientes, a los que recordaba «bizarros; hay que ver cuánta insensatez color de rosa puede haber en la cabeza de una jovencita». Ella ya no sabía si la servidumbre, que pululaba por todas partes y captaba miradas clandestinas, llevaba escarpines con hebillas. «El personal del servicio tenía la habilidad de mirar al vacío cuando uno de los caballeros me ayudaba con el abrigo. Bonito, brillante y superficial, como alguna música barroca», decía, por su parte mirando al vacío, «pero ¡fuera, fuera!». No lloraba por el tiempo pasado, pues ¿quién llora por un cuento que ya ha acabado?

En cambio, la tía Dolly, que con frecuencia hablaba de «temas elevados» y a quien éstos gustaban por su inaccesibilidad, consideraba que el teatro y la música tenían suma importancia en el ámbito social, y le llegaban al corazón. Era como si renaciera al escuchar el murmullo del patio de butacas, cuando la gente iba ocupando sus lugares, así como con los registros de los instrumentos, aunque también disfrutaba con el trasiego en los pasillos y, sobre todo, con los atentos caballeros que, con una ligera reverencia, le lanzaban miradas que unas veces eran tímidas y otras descaradas. En ocasiones respondía con unas risitas disimuladas, más propias de una jovencita, a pesar de que ya había cumplido los treinta años. Fue entonces cuando empecé a sospechar que entre hombres y mujeres existía una enigmática complicidad que con el tiempo habría que explorar.

Todo el mundo se preguntaba por qué tía Dolly nunca encontró un marido, ella que era cortejada por el tipo de hombres experimentados o, como le gustaba decir a mi madre, «fatalmente venidos a menos». La respuesta que se dio con el tiempo es que durante años había estado profundamente enamorada de un oficial de la Marina de Kiel que estaba casado. Y ella siempre lo había ocultado. Sólo sabían algo mis padres, y a nosotros, después de enterarnos de alguna cosa a escondidas, nos hicieron prometer que no diríamos ni una sola palabra. Una vez, cuando Dolly me llevó al palacio Gloria, en la estación de Karlshorst, a ver una película de amor que terminaba de manera trágica, se sonó con su pañuelo y estuvo llorando discretamente durante toda la película, con suspiros cada vez más hondos. Cuando salimos, me pidió, con cara sonriente pero con las huellas del llanto en su cara, que la dejara sola, a pesar de que sin ella yo era incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa.

Unos días más tarde apareció por la Hentigstrasse a una hora intempestiva y hablando sin parar. Cuando llegué, me llevó al salón y se disculpó por su «desaire». Como yo le quitara importancia, ella me replicó que también a su edad había que conservar la calma y, más importante todavía, guardar las formas. «Mi lloriqueo se saltó todas las normas». «La orgullosa tía Dolly», pensé yo. Con mis catorce años deduje de cada una de sus palabras lo mucho que envidiaba a mi madre. Ésta había empezado a trabajar a finales de 1919 en el banco Bleichröder, y todos los días iba al centro de la ciudad. Allí conocía a gente, adquiría experiencias e incluso había subido de nivel en su vida profesional.

Tía Dolly había puesto límites a su ambición y se había hecho bibliotecaria, ya que se supeditaba a ese dichoso oficial de la Marina con el que se prometía un futuro en común. El espíritu de Tetta, por el contrario, no era nada teatrero, y, con su discreción, no necesitaba de apariciones sociales ni de alicientes emocionales. No era ninguna diva, le oí un día decirle a un amigo de mi padre que le recriminó por no aprovechar más todas sus facultades, y durante cierto tiempo esa expresión se convirtió en una frase hecha: «¡Mamá no es una diva!». Apenas dos años después de entrar a trabajar en el banco conoció a mi padre, según le gustaba contar, «embelesada como una jovencita», después «un poco enamorada de él», luego incluso «muy enamorada», y muy pronto se casaron. Todo «sin sorpresa ninguna», todo sumamente «corriente», contaba a veces tía Dolly, y quizá incluso algo aburrido; pero muy esperanzador, como su propia existencia.

Las relaciones familiares por el lado paterno eran bastante más distantes y complejas. En la medida en que podemos retroceder en busca de datos, esto es, hasta el siglo XVII, los antepasados procedían de la villa de Liebenau, en Neumark. Los registros parroquiales reanudados en 1654, después de los desastres de la Guerra de los Treinta Años, los citan por primera vez en los años setenta. La mayor parte de ellos trabajaron como artesanos o comerciantes, y una rama de la familia llegó a poseer una fábrica de cerveza. Muchos de ellos habían trabajado durante generaciones como «consejeros», mayordomos de fábrica, de iglesia o «alcaldes de aldea». Los nombres que con más frecuencia se ponían en la familia también denotan pretensiones más elevadas. En todas las generaciones había una Rosina, muchas antepasadas se llamaron Cecilia o Justina, y mi abuelo se llamó Robertus Tiburtius, nombre latinizado siguiendo la tradición barroca. Era una persona vivaracha y muy alegre, que, como alguna vez se dijo, «revolucionaba todo salón de baile». Cuando era un joven recién casado, el espíritu colonizador de la época le llevó hasta la provincia de Posen, donde adquirió una gran propiedad agrícola. Al año de llegar allí y con sólo veintipocos años, ya era alcalde y estaba igualmente bien considerado por alemanes y polacos. Sin embargo, su mujer no se adaptaba al entorno polaco, por lo que hacia 1895 la familia regresó a Liebenau junto con los siete hijos que habían tenido. Allí, mi abuelo compró un molino harinero en las cercanías del pueblo.

Murió a comienzos de los años treinta, antes de que pudiéramos conocerle un poco mejor, y por ello los recuerdos que conservamos de él son una mezcla de lo que nos han contado y de lo poco que le vimos. Siempre que le veíamos andaba como una sombra taciturna y silenciosa por las habitaciones, apoyado en su bastón, acompañando nuestras riñas infantiles con un «Na, na» dicho como de pasada. Sólo se animaba a contar algo cuando mi padre le pedía que nos relatara algunos de los cuentos de Grimm que se había aprendido de memoria en el jardín de infancia, o que recitara el domingo por la noche el evangelio correspondiente a la misa matinal. Entonces, cerraba los ojos y empezaba: «En los tiempos en que vivía mucha gente y no tenían para comer...». Cuando nos reunimos en Liebenau para su entierro, le encontramos de cuerpo presente en el patio de su casa: vimos a una persona viejísima, apergaminada, que parecía extraña y quebradiza.

El féretro se había abierto de nuevo para la última bendición, y la abuela, muy encorvada y apoyada en un bastón, en un último y solícito gesto, le estuvo colocando el pico del pañuelo. El fallecido tenía la boca entreabierta y estaba semihundido en la mortaja adornada con encajes, y nosotros, los niños, solamente veíamos la parte superior y huesuda de su cara. Después de las posecillas de ceremonia que preceden a los rituales de este tipo, el sacerdote pronunció las exequias y salpicó a la comitiva fúnebre con agua bendita mientras jóvenes campesinos ajenos a nosotros cerraban el ataúd y lo sacaban al coche de caballos que esperaba en la calle. Casi cincuenta años más tarde, mi hermano menor, Winfried, recordó que a él, más que la abuela llorosa o que la parentela apesadumbrada reunida en torno al ataúd y las montañas de flores, lo que le había cautivado había sido una mosca que volaba en torno al céreo rostro del muerto y que varias veces había desaparecido por la boca. Yo también tenía ese recuerdo imborrable.

El abuelo fue un hombre sensato que, tal como me dijo más tarde mucha gente, era muy apreciado por todo su entorno; en las reuniones del ayuntamiento esperaban que él dijera las palabras definitivas, y siempre se hablaba de él. Mi padre gustaba de contar una historia de sus años jóvenes que reflejaba el sentido de la realidad tan riguroso que tenía el abuelo. Estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina el abuelo y cinco o seis de sus once hijos, cuando a uno de éstos se le ocurrió preguntar qué iba a hacer cada uno con la enorme cantidad de dinero que les iba a llover del cielo por intervención divina, gracia angelical o simplemente por casualidad. «¡El premio gordo! —gritó—. ¡Nos va a sorprender! ¡Va a llover dinero! ¡Os acordaréis de mis palabras!». Franz, de doce años, explicó a los perplejos tertulianos sus planes en relación con ese dinero: se iría a la ciudad, a la taberna de Linkes Kurt, y se rodearía de mujeres bonitas y de los mejores vinos y licores. August, algo mayor, le compraría a Maria Zietsch, del pueblo vecino, el vestido más caro, y sólo entonces se atrevería a hablarle por primera vez. Cecilia se compraría un taller de costura con la maquinaria más moderna, y contrataría por lo menos a cinco modistillas. Y así uno detrás de otro, hasta que le tocó el turno al enjuto Ron, que siempre parecía estar hambriento. «Pues yo —explicó entre bocado y bocado— con todo el dinero me compraría Schlackwurst (embutido de tocino), setenta piezas o incluso cien, tantas como me alcance el dinero. Me pasaría el día entero, el mes entero, qué digo, incluso un año entero, zampando embutido. Una pieza detrás de otra».

Esto era como una consigna. Todos saltaron y aplaudieron entusiasmados: ¡Schlackwurst, es verdad! ¡Es fenomenal!, gritaban como locos. Hasta que el abuelo, que había permanecido todo el rato en silencio, se acercó a la chimenea, cogió su bastón y apagó el griterío dando un violento golpe sobre la mesa. Sin reparar en la hija que estaba presente, chilló al exaltado grupo: «¡Malditos golfos, hay que comer pan con el embutido! ¡No se come el tocino sin pan!».

La moraleja de la historia la dedujo mi padre de su propia experiencia. Se pueden tener sueños, fabricar castillos en el aire: todo está permitido. ¡Pero siempre hay que mantener los pies en el suelo! Cuando tenía quince años y era un alumno aventajado, quería estudiar «algo relacionado con religión o las matemáticas». Más tarde dudó si debía seguir su amor por la naturaleza y hacerse pescador o guarda forestal. Cuando finalmente, y a instancias de su padre, se decidió por la enseñanza, el hijo del vecino, que era un poco mayor que él, comentó que era una pena que un chico tan capacitado escogiera una «profesión típica de holgazanes». A la vista de sus capacidades, al acceder a la escuela superior se le eximió de dos clases, y al acabar no tuvo que hacer los exámenes orales; después de ocupar algunos destinos como profesor, a comienzos de la Primera Guerra Mundial resultó herido de cierta gravedad en Francia, por lo que volvió a ejercer su profesión y muy pronto estaba de regreso en Berlín. Políticamente comprometido desde joven, en 1919 había organizado diversas agrupaciones locales del católico partido del Centro en los distritos meridionales de la capital, y ocupó en él puestos destacados, como lo haría también, más adelante, en el Reichsbanner[1], surgido para proteger a la República.

Era una persona muy alta, dotada de una enérgica expresión, y la «fotogenia» que muestra en la mayoría de sus retratos, como solíamos ironizar mi hermano mayor Wolfgang y yo, revela solamente severidad y determinación, pero ni un atisbo de su cálida bondad ni de la tranquilidad que irradia estar en armonía con uno mismo. Uno de sus amigos dijo una vez que era una mezcla de energía, arrogancia y serenidad. Su agudo sentido del humor podía llegar hasta extremos insospechados. Amigos de juventud a los que he preguntado por los recuerdos que habían conservado de él, suelen comentar que, de niños, nunca habían estado tan a gusto con un adulto como lo habían estado con él, por las locas historias que contaba y porque se sabía canciones bobaliconas. Casi todos hablaban en términos parecidos sobre su carácter divertido y su afición por las bromas. También es cierto que a veces se dejaba llevar por su temperamento colérico, aunque su buen humor y su equilibrio interior hacían que quisiera acabar con todas las posibles miserias.

Hay que decir también que mi padre carecía de pretensiones sociales, y que lo mismo hablaba de manera despreocupada con una panadera que discutía serias cuestiones de Estado con un funcionario del ministerio, y también se sentía igual de a gusto con un profesor universitario que con los niños en nuestros cumpleaños. Cantaba con frecuencia, y solía tener innumerables canciones en la cabeza, desde la de Prinz Eugen (Príncipe Eugenio) hasta la olvidada Ich hab’ mich ergeben... (Me he entregado...), cuya melodía sólo sobrevive en la académica obertura festiva de Johannes Brahms. En una ocasión, al finalizar una ronda de canto, presentó con mucho gusto unas Kufürstendamm-Chansons, que, por lo que yo recuerdo, hicieron inolvidable la afirmación de que «mi papagayo no come huevos duros», en otro punto formulaban la pregunta de qué arrastra, por amor de Dios, al mayordomo al Himalaya, o, en otro, ensalzaban a una amiga de nombre Titine, de la cual asegura su enamorado, y no sólo por culpa de la rima, que en su «pastel de la vida» no hay nada tan insignificante como la «uva pasa»[2]. Reía con bastante facilidad y podía amenizar una velada durante horas con sus anécdotas ingeniosas, o más serias, si así se requería.

Origen, trayectoria y poder de convicción marcaron el carácter de mi padre, que tenía cualidades muy contradictorias entre sí, pero que se complementaban perfectamente. Estas contradicciones se mantenían en armonía gracias a la fuerza de su personalidad, y cada una de sus líneas de pensamiento desempeñó su papel en su intransigencia frente al régimen nacionalsocialista. Él era un republicano convencido, a pesar de las deficiencias de la institución de Weimar. En distintas ocasiones le oímos decir que las dificultades del momento no podían poner en cuestión los principios. Y cada uno de nosotros, los hermanos, sufrió su enojo cuando, al acabar la dictadura de Hitler, se extendió el argumento exculpatorio de que en 1932-1933 sólo se había podido elegir entre el NSDAP (Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista) o el KPD (Partido Comunista Alemán), y la gente se decidió por Hitler como mal menor. ¿No habría sido más sensato y, desde luego, más responsable, decidirse por la República, replicaba, o para el caso, por el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), el centro o los liberales? De hecho, todos los que más tarde hablaron de una situación sin salida habían carecido de conocimiento y de fidelidad al Estado, así como de determinación luchadora. Mi padre siempre fue un ferviente militante republicano; él quería enfrentarse a las tropas de asalto de las SS no sólo con palabras, sino también con la fuerza de las armas. Por ello, después de que el NSDAP ganara las elecciones del 14 de septiembre de 1930, estuvo deliberando con su amigo Hubertus zu Löwenstein sobre la formación de un movimiento de la juventud republicana, y poco después nació la «Vanguardia Negro-Rojo-Oro», un nombre con una gran carga simbólica.

Al mismo tiempo era un convencido prusiano, aunque no hacía mucha gala de ello. Los numerosos antiguos prusianos que vivían en los antaño dominios de los Federico y los Guillerm

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