
Agosto de 1934
Norma contemplaba fascinada en el Hollywood Boulevard el Teatro Chino de Grauman. La entrada de esa construcción en forma de templo era una pagoda que se erguía hacia el cielo, con unos horripilantes dragones sujetando el techo. Aquel edificio parecía salido de un cuento y, al mismo tiempo, su belleza cautivadora intimidaba. En sus años de vida, jamás había visto nada tan impresionante como ese cine. Había estado dudando si acercarse más al edificio. En su recuerdo, la voz de su antigua madre adoptiva sonaba tan real como si Ida Bolender estuviera justo a su lado. «Si el mundo se desmorona y tú estás en un cine, ¿sabes qué pasará? —le preguntó Ida con voz temblorosa—. Que arderás con todas esas malas personas. ¡El ser humano debe ir a la iglesia, no al cine! Solo ahí está en manos de Dios y protegido». Ya había pasado más de un año desde que su primera familia de acogida la había rechazado. Se había vuelto demasiado difícil para ellos.
Cuando en ese momento Norma apretó con más fuerza la mano de su acompañante, murmuró una oración, por si acaso. Grace la había invitado al cine ese caluroso día de verano, previo aviso de que tenía algo importante que comentarle. Cuando los adultos decían algo así, casi siempre eran malas noticias, castigos o algo peor: seguro que ahora sí que tendría que irse al orfanato y la amenaza se cumpliría.
Acongojada, Norma alzó la mirada hacia Grace McKee. Era amiga de su madre biológica, siempre estaba de buen humor y no tenía hijos. Norma vivía temporalmente con ella hasta que alguien volviera a acogerla. Se estremeció al pensar que la mayoría de los padres de acogida preferían bebés o niños pequeños. Cuanto menor era el niño, más dinero pagaba el Estado. A Norma le costó reprimir las lágrimas.
Grace apretó la mano de Norma y le sonrió con ternura.
—Antes de que hablemos en serio, tienes que ver por fin un cine por dentro. En un país donde hay más cines que iglesias, forman parte de nuestra cultura —dijo, y agitó el abanico blanco primero delante de su cara y luego de la de Norma—. La vida también puede ser entretenida y alegre, y no siempre seria y avinagrada.
Sonaba increíble. Norma le devolvió una sonrisa vacilante. Desde que vivía con ella, Grace le dedicaba mucho tiempo y le enseñaba Los Ángeles. Y siempre estaba muy guapa. Aquel día llevaba un alegre vestido de color azul cielo con topos blancos que dejaba al descubierto incluso los tobillos. Se había peinado el cabello rubio platino con unas ondas. Así no parecía en absoluto una supervisora del pequeño Consolidated Film Industries que vivía en una casa de dos estancias, más bien se asemejaba a las estrellas de cine de esas revistas coloridas que tanto adoraba Norma hojear. Grace gustaba a todo el mundo y jamás pasaba desapercibida, aunque fuera menuda y delicada. Cuando Norma pasaba tiempo con ella, olvidaba su pasado triste. Grace nunca se quejaba cuando Norma se desesperaba y necesitaba llorar; al contrario, la consolaba con cariño. En general, Grace le mostraba afecto con frecuencia, la agarraba del brazo y le hacía mimos. Norma nunca había pasado momentos tan despreocupados y divertidos como aquellos con Grace.
—Ven, corazón —dijo Grace, y tiró de la mano de Norma por el Hollywood Boulevard, que parecía decorado con las breves sombras de las palmeras, como si fuera un bordado. El sol vespertino de California freía el asfalto como si fuera una tortilla del desayuno. Hacía semanas que la sequía tenía paralizada Los Ángeles.
Norma se aferró a la mano de Grace al entrar en el Teatro Chino de Grauman. A cada paso amenazaba con quedarse pegada al suelo con las sandalias mexicanas, que le iban pequeñas, mientras Grace se erguía a su lado balanceando las caderas con unos tacones altos como un banquillo.
—Hoy me gustaría presentarte a Jean Harlow —dijo Grace.
Norma no sabía quién era, pero sonaba prometedor.
—Tengo ganas de conocerla, tía Grace —dijo, aunque se moría por saber qué tenían que comentar más tarde. Sin embargo, no preguntó por miedo a parecer curiosa o incluso una persona difícil. Tenía en mente la imagen del orfanato del Centro Avenue de Hollywood.
—Jean es la actriz más guapa y con más talento que ha habido jamás en Hollywood —se deshizo en elogios Grace—. Su última película se titula La chica de Missouri [1] y se estrenó la semana pasada. Te gustará.
Norma acaba de poner el pie en la acera cuando Grace le señaló con el abanico las losas de hormigón que tenían delante.
—Aquí han quedado inmortalizados los iconos de Hollywood con las huellas de manos y pies.
—¿Qué es un icono? —preguntó Norma, que se agachó con cuidado para no ensuciar el único vestido de verano que tenía.
—Un icono es una persona de mucho éxito, una actriz, cantante o bailarina que es respetada durante generaciones por mucha gente debido a sus habilidades —explicó Grace—. Estas, por ejemplo, son las huellas de tu tocaya, la actriz Norma Talmadge, a la que tanto admiraba tu madre por su belleza.
«¿Mi madre biológica?». Norma se mordió los labios con fuerza. Lo único que le había quedado de esa mujer era una fotografía en la que aparecía su padre, un hombre sonriente con un bigote tan fino que parecía dibujado a lápiz.
Norma recorrió cautelosa con el dedo índice la huella de la mano izquierda en el hormigón; incluso se atrevió a colocar la mano sobre ella.
—Icono —murmuró en tono reverente para sus adentros.
—Ya crecerás poco a poco —dijo Grace, y le dedicó una sonrisa. Luego se acercó a la taquilla y adquirió las entradas.
Norma dudó un instante si aceptar la entrada, pero luego la cogió. Si realmente el mundo se desmoronara ese día, ardería en el cine, desde donde ni siquiera se veía la iglesia más próxima. Pero por lo menos estaría con Grace.
A Norma se le aceleró el corazón al entrar en el Teatro Chino de Grauman. Boquiabierta, paseó la mirada por el techo revestido de madera, los tapices de las paredes y los lujosos suelos. ¡Qué mundo tan colorido, tan resplandeciente…! Ese cine tan ostentoso evocaba los palacios de los libros de cuentos que los Bolender se negaban a leerle en voz alta porque la Biblia siempre tenía prioridad. Mirara adonde mirara veía rojo, bronce y dorado: las cortinas bordadas en oro con cordones gruesos como animales de peluche, tinas de bronce que parecían lavamanos, puertas con emblemas y herrajes trabajados, demasiado pesadas para abrirlas de un empujón. Jamás se había atrevido a soñar que el mundo pudiera ser tan vibrante, suntuoso y refulgente. Como el corazón cada vez le latía más rápido con tanta emoción, se llevó una mano al pecho por si acaso. Si se le salía, quería atraparlo.
—Hollywood es la capital mundial de la tentación —anunció Grace, y avanzó con seguridad, como si estuviera en el salón de su casa.
Arropada por el aroma a palomitas de maíz y mantequilla derretida, Norma entró en la sala del cine de la mano de Grace. El acomodador les indicó sus asientos en la quinta fila de la sala, no menos fastuosa. Allí cabrían el doble de niños que en toda su escuela, y ni siquiera en la iglesia de la comunidad pentecostal el frescor era tan agradable. De nuevo, la abigarrada decoración era en rojo y dorado. El suelo estaba cubierto con una alfombra tan mullida que a Norma le daba la sensación de flotar. Imaginaba la entrada al paraíso muy parecida a aquello.
Agitando el abanico, Grace miró en todas direcciones, como si buscara a un conocido entre los escasos espectadores. Norma pensó que Grace y sus amigos debían de ser ricos si, en una época en la que muchos desempleados hacían cola por pan y gachas de maíz, les sobraban quince céntimos para una entrada de cine.
Norma ocupó la butaca contigua a la de Grace. Era la única niña de la sala y se hundió en el asiento de terciopelo granate. Clavó la mirada en la ornamentación del techo, que parecía una enorme aureola, rodeada en los bordes de maravillosas pinturas.
Cuando el gong anunció el inicio del espectáculo, Norma contuvo el aliento de la emoción y no volvió a respirar con normalidad hasta que apareció Jean Harlow en el lienzo. La chica de Missouri contaba la historia de Eadie, de origen humilde, que buscaba un marido adinerado y provocaba todo tipo de incidentes; incluso era acusada de robo. Era una película divertida, aunque el acaudalado señor Paige, uno de los maridos potenciales para Eadie, no vocalizaba al hablar y Norma no pudo seguir todos los diálogos.
Miró varias veces para asegurarse de que Grace aún estaba sentada a su lado y se percató de que ella tampoco paraba de observarla. Sin embargo, la mayor parte del tiempo Norma estuvo concentrada en Eadie, que relucía sobredimensionada en el lienzo. Con el mismo pelo rubio platino que Grace y el vestido blanco ceñido, Eadie transmitía una belleza sobrenatural, como una diosa.
Durante los créditos de la película, Grace y Norma aplaudieron entusiasmadas. Así que eso era un icono. «¡Es todo lo contrario a mí!», se le pasó por la cabeza a Norma. Seguro que cualquiera querría acoger a un icono. Los iconos no acababan en el orfanato. Qué bonito debía de ser no ir pasando de una familia de acogida a otra, que no te atormentaran las pesadillas sobre el orfanato ni despertarte muchas noches empapada en sudor. Seguro que a Jean Harlow la quería todo el mundo y tenía una familia adecuada y muchos amigos. Nadie se burlaba de ella.
Norma aún no quería irse. La película había sido muy bonita y aún quedaba un ambiente especial en el aire. La acción la había absorbido como si Eadie existiera de verdad. Había notado el latido del corazón de la protagonista, había reído y sufrido con ella. Se había sentido como una amiga íntima. ¿Volverían a proyectar la película si Grace y ella se quedaban sentadas sin más?
Por desgracia, Grace se levantó con elegancia al cabo de un instante y sacó a Norma de la sala. Esta se esforzó al máximo en moverse con menos torpeza. Incluso dio unos pasos de puntillas y se imaginó llevando zapatos tan altos como los de Grace.
—Jean Harlow tiene un talento excepcional como actriz —la elogió Grace mientras atravesaba el vestíbulo con su vestido de topos y el bolso bajo el brazo—. Su interpretación es seductora y cómica a la vez.
—Es maravillosa —susurró Norma, con los dedos de los pies doloridos pese a que volvía a caminar con normalidad.
Grace asintió.
—Es perfecta. —Acto seguido se plantó delante de Norma con un movimiento impetuoso. Escudriñó su rostro centímetro a centímetro, igual que durante la proyección de la película—. Tú también lo eres, Norma. Una niña dulce con un gran corazón. —Le dio un golpecito en la punta de la nariz.
Norma bajó la mirada, incrédula. Si era perfecta, ¿por qué no tenía familia? ¿Por qué la habían abandonado primero su madre biológica y luego los Bolender?
Fuera, en el Hollywood Boulevard, Grace volvió a cogerla de la mano.
—Quería comentarte algo —dijo al cabo de un rato, desviando la mirada hacia la costa. Norma notó un nudo en la garganta. Tenía las manos húmedas. Grace se paró de repente. A la niña se le aceleró el corazón. Olía el humo de los árboles que ardían en las colinas—. Tengo intención —empezó Grace— de solicitar tu tutela y acogerte para siempre en mi casa.
Un ruido de fondo empezó a resonar en los oídos de Norma, que al principio no pudo decir ni una palabra.
—Tú… tú… ¿serás mi nueva mamá? —tartamudeó al final.
—Seré tu mamá, sí, y seremos una familia como Dios manda —subrayó Grace, y bajó los párpados. Llevaba hasta las pestañas teñidas de rubio platino.
¿El sueño imposible de tener a una mujer cariñosa y atenta a la que poder llamar «mamá» iba a hacerse realidad? ¿Una madre con la que poder contar siempre y que nunca la abandonara, que la quisiera tal y como era? Norma notó un cosquilleo de ilusión en el estómago. No podía creer su suerte.
—¡Me encantaría! —contestó.
Le costaba respirar, y empezó a imaginar lo bonita que sería la vida con Grace. Una vida llena de color en vez de soledad en blanco y negro. Tardes en el cine en lugar de estrictos servicios religiosos, comidas juntas y por la mañana despertarse acurrucadas en una cama caliente. Sin embargo, lo más importante era tener un hombro en el que apoyarse que no la considerara «demasiado difícil». Si ese sueño se cumplía ahora, sería para siempre la mejor hija que pudiera imaginarse. Se lo juró en ese mismo instante por lo más sagrado. Grace jamás podría decir de ella que era «demasiado difícil».
Norma iba a abrazar a Grace cuando de pronto la expresión en el rostro de esta mutó. Se puso seria como Norma nunca la había visto y bajó el tono al decir:
—Para conseguir tu tutela, tengo que demostrar que tu madre biológica está incapacitada mentalmente. —Norma se detuvo. No conocía el término «incapacitada mentalmente», pero, por el tono vacilante de Grace, no significaba nada bueno—. Y esta es la condición más fácil de las dos necesarias —añadió Grace, afligida. En el vestido de topos bajo las axilas se dibujaron unas manchas oscuras de sudor.
—Y… ¿la… la se… la segunda? —preguntó Norma, aterrorizada.
Grace miró al suelo con gravedad y cerró un momento los ojos, pesarosa; luego volvió a alzar la vista poco a poco.
—Como mínimo, tienes que haber pasado seis meses en un orfanato.
Norma retrocedió un paso en un acto reflejo. ¿En un orfanato? ¿Lejos de Grace? Preferiría no estar ni una hora más sin ella. Se le encogió el corazón.
—Seguro que pasan rápido —se apresuró a decir Grace—. ¿Aguantarás, mi niña? —Tendió los brazos a Norma—. No puedo cambiar las reglas del estado de California, por mucho que quiera. —Norma dudó. Le parecía inconcebible sobrevivir la eternidad de seis meses en un orfanato—. No hay otra manera de que pueda ser tu nueva mamá —le aseguró Grace—, y te prometo que luego siempre podrás contar conmigo.
—¿De… de… de verdad? ¿Para siempre? —preguntó Norma, incrédula.
Grace le acarició el pelo con cariño y le dijo con ternura:
—De verdad, para siempre.
Eso la convenció. Al final asintió y procuró sonreír con la misma confianza que Eadie en la película. Se fundió en el abrazo de Grace y luego hizo un montaje del tiempo que le esperaba en el orfanato, como si fuera la escena de una película. Al final, llegaría una madre, seguramente la mejor del mundo. «Mamá», dijo con cuidado, aún arrimada a Grace. Le cayó una lágrima de felicidad por la mejilla. Dentro de seis meses por fin tendría una madre que la obsequiaría con su amor incondicional y nunca más la abandonaría. Durante las últimas semanas ya había experimentado un poco cómo era el amor maternal: cálido, seguro y dulce como un dónut; un amor que tranquilizaba el corazón y facilitaba la respiración.

A los doce años parecía una chica de diecisiete. Tenía el cuerpo desarrollado y bien proporcionado, pero no lo sabía nadie más que yo. Seguía llevando el vestido azul y la blusa que me daban en el orfanato. Me hacían parecer una idiota con ropa demasiado grande.
MARILYN MONROE

Marzo de 1942
Norma tuvo que agarrarse a la valla del aeropuerto para que no la apartaran a un lado. Hacía semanas que los cineastas y la prensa de Los Ángeles esperaban con emoción el inicio del rodaje de Todos vienen al café de Rick. Observaba fascinada la frenética actividad en la pista de rodaje del aeropuerto Metropolitan. Habían montado cámaras con grúas, los micrófonos se erguían en las alturas y multitud de lámparas iluminaban todo aquel ajetreo. Las caravanas, en las que saltaba a la vista el logotipo de Warner Bros., eran un ir y venir continuo. También había mujeres, seguramente actrices. Una de ellas caminaba muy erguida de un lado a otro por delante de la caravana sujetando unas hojas contra el pecho. ¿Esperaba impaciente el momento del vértigo?
Norma sabía por Grace que una actriz solo era capaz de conmover el corazón de los espectadores y arrebatárselo si ella y su papel eran uno, si se metía del todo en el papel y lo convertía en una ilusión de auténtica vida. Grace le había descrito esa unidad como un «momento del vértigo» en el que la actriz ya no diferenciaba entre su propia vida y su papel. Norma quería vivirlo algún día. Se lo imaginaba como cientos de momentos de felicidad concentrados en un solo instante. Desde su primera visita al cine no existía nada más para ella que llegar a ser actriz. Cuando salió del orfanato y se mudó a casa de Grace, no paraba de imitar escenas de películas en su habitación. En sus visitas semanales juntas al cine siempre experimentaba una vida nueva: heroica, romántica, de vez en cuando trágica, a menudo llena de amor. Y al final siempre le salía todo bien al protagonista del lienzo, fuera hombre o mujer.
—Este plató de cine parece un hormiguero —dijo más para sí misma que para su hermanastra, que estaba al lado—. Parece que reina un caos increíble, pero en realidad todos cumplen con su tarea.
Norma observó a un operador de cámara que manejaba un aparato de un tamaño impresionante en el que se reflejaba la luz del sol. ¿Cuándo harían sonar la primera claqueta del día? Todos vienen al café de Rick le gustaba mucho por la peculiar historia de amor. El centro de la película era el club nocturno de Rick, en Casablanca, desde donde este ayudaba a europeos a huir del terror nazi a la seguridad de Estados Unidos. El romance entre Rick e Ilsa era delicioso.
Norma había devorado con entusiasmo la obra de teatro. Se rumoreaba que los autores habían recibido la increíble cantidad de veinte mil dólares por la venta de los derechos cinematográficos. El actor más conocido del reparto era Humphrey Bogart. Interpretaba el papel de Rick y se esperaba que hoy estuviera en el plató. El dueño del club nocturno era uno de sus primeros papeles románticos; hasta entonces sobre todo había encarnado a gánsteres. Aún no estaba claro si Ingrid Bergman, que interpretaba el papel de Ilsa, también aparecería en el rodaje. A Norma le interesaba aún más verla, ya que su hermanastra y ella idolatraban a la señorita Bergman. Como la mayoría de las mujeres que habían aparecido en la gran pantalla, transmitía invulnerabilidad, como si la vida no pudiera afectarla. Además, su belleza era deslumbrante.
De pura emoción, a Norma el corazón le latía casi tan rápido como cuando Grace por fin se la llevó a casa tras la temporada de soledad en el orfanato. Ya hacía seis años que Norma tenía una madre de verdad y la mejor hermanastra del mundo. Hacía seis años que se sentía querida y había encontrado un hogar para siempre. Cada vez que pensaba que su deseo más anhelado se había cumplido, el corazón le saltaba en el pecho de la alegría. Acudía a los platós con su hermanastra con frecuencia y descaro, que era una de las cualidades que sin duda necesitaba una buena actriz. Nada podía darle vergüenza delante de una cámara, ni siquiera un beso.
—¡Debe de ser ese de ahí! —gritó la mujer que estaba detrás de Norma, y con una fotografía en la mano atravesó la valla del aeropuerto—. ¡El hombre de la gabardina gris y el sombrero bien calado!
—¡Sí, ese es Bogie! —confirmó uno de los redactores de periódico entre la multitud, lo que no hizo sino aumentar la exaltación general—. Señor Bogart, ¿tiene tiempo para una breve entrevista?
Norma sintió que la apretaban con brusquedad contra la valla. No reconoció al hombre de la gabardina gris porque el cuello levantado le tapaba una parte de la cara.
—¿Tú qué crees? ¿De verdad es él? Y ¿dónde está Ingrid Bergman? —le preguntó a Bebe.
En realidad, su hermanastra se llamaba Eleanor. Era la hija mayor del hombre con quien se casó Grace un año después de su primera visita juntas al cine, y al que Norma de vez en cuando llamaba «papá» por consideración hacia su madre.
Su hermanastra no reaccionó a la pregunta, tenía la mirada perdida en algún sitio del cielo azul de marzo sobre el aeropuerto. Hacía días que parecía más abatida que de costumbre.
—¿Qué te pasa? —preguntó Norma mientras sacaba el lápiz y la libreta de la chaqueta de punto. En las últimas páginas de la libretita coleccionaba las firmas de las estrellas de Hollywood. Las primeras contenían sus pensamientos más ocultos.
Cuando el hombre de la gabardina gris se acercó a la valla se desató un griterío y se oyó el siseo de los fogonazos de las cámaras. «¡Señor Bogart, por favor, un autógrafo!», sonó una voz aguda, y otra mujer gritó con ardor: «¡Bogie, eres mi héroe!».
En ese momento, Norma solo tenía ojos para su hermanastra. Esperaba animar a Bebe con esa excursión matutina. Hacía un día fantástico de primavera. Hacía poco que se notaba el aroma embriagador de los eucaliptos en flor, recostados contra las laderas de las montañas de Bel Air. Sin embargo, no podía decir precisamente que había conseguido alegrarla. Bebe tenía incluso los ojos llenos de lágrimas y el pintalabios borrado.
—No pasa nada. —Le restó importancia con un gesto y procuró no mirar a Norma.
Entretanto, el hombre había llegado a la valla. ¡Era Bogie de verdad! Norma estaba convencida. Nadie dominaba esa mirada de gánster por encima del cuello alzado como él.
Tras lanzarle al actor una última mirada ardiente, Norma agarró de la mano a su hermanastra y se abrió paso entre la multitud para alejarse de la valla, pasando junto a los periodistas. Con los vestidos claros que Bebe había cosido a partir de unas cortinas viejas, el mismo pintalabios rojo y las chaquetas de punto abrochadas, casi parecían gemelas. Tardaron un rato en lograr escabullirse de la muchedumbre histérica.
—¿Vamos a la casita del árbol? —preguntó Norma.
La casita de madera en el viejo roble tras la casa de la familia era su refugio. Allí arriba, escondidas en un mar de hojas, Norma le había confiado a su hermanastra cómo imaginaba su vida de actriz y el miedo que sentía por si no recibía ninguna invitación para hacer pruebas en los grandes estudios cinematográficos. Por su parte, Bebe le había contado su primer beso con Joe Tyler y su difícil infancia. Su hermanastra nació el mismo año que ella, pero, más que por su edad, se sentían unidas por su pasado. Igual que Norma, Bebe también había vivido en familias de acogida y en el orfanato. Su madre biológica también había sido declarada incapaz. Rodeadas de ramas que crujían y envueltas en la agradable sombra fresca, se convirtieron en hermanas de verdad. Aunque Norma seguía sintiendo más cercanía con Grace.
—Pero tú querías ver a Humphrey Bogart —afirmó Bebe a media voz.
—¡No si veo que estás triste! —insistió Norma, y le colocó bien la chaqueta de punto a su hermanastra en los hombros, que se le había caído con el tumulto. Bebe se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, pero las mejillas no le duraron mucho secas—. No creo que el hombre de la gabardina sea Bogie de verdad —mintió Norma al tiempo que se obligaba a no mirar atrás hacia la valla. Le habría encantado llevarse a casa el autógrafo del famoso actor en su diario; tal vez incluso habría conseguido saber más de Ingrid Bergman—. También podría ser Conrad Veidt, que interpreta el papel del comandante Strasser —aclaró con valentía.
Rodeó a Bebe por los hombros y emprendió el camino a casa. Lo principal era que su hermana mejorara pronto. Era motivo suficiente para dejar plantado hasta a Humphrey Bogart. Bebe le había llegado al corazón desde el principio con su amabilidad. El día en que Norma se mudó, Bebe le hizo sitio en su habitación de buena gana, incluso le preparó un ramito de flores silvestres recogidas en la vera de un camino y se lo dejó sobre la almohada para que Norma durmiera siempre bien en la cama de su nuevo hogar y tuviera sueños tan bonitos como esas flores. Acto seguido, Norma le dio un abrazo espontáneo.
Igual que el aeropuerto Metropolitan, la casa de la familia se encontraba en el barrio de Van Nuys. Tres décadas antes, los primeros granjeros llegaron con sus tiendas de campaña a esa zona de Los Ángeles, en el corazón del valle de San Fernando. Ahora mucha gente se ganaba la vida en la industria conservera. En algunas calles del barrio, las casitas estaban tan juntas que ni siquiera había sitio para un jardín estrecho. Mientras Bebe y Norma paseaban hacia casa, charlaron sobre Todos vienen al café de Rick. Bebe había leído la obra de teatro antes que Norma y quedó muy conmovida por el amor de Rick hacia Ilsa. Norma sabía que su hermanastra ya sabía algo del amor por Joe Tyler. Ella no podía ni imaginar sentir por un chico una parte del amor que sentía por Grace y Bebe. Además, la idea de que un desconocido le rozara los labios con los suyos le provocaba un gélido escalofrío en la espalda. Cuando llegaron a Odessa Avenue, Bebe volvía a sonreír un poco. Pese a todo, Norma notaba que a su hermanastra le preocupaba algo importante.
—Voy a buscar agua para refrescarnos —propuso.
Habría preferido prepararle una tostada con queso para animarla, pero, como iban justos de dinero, ya no había queso tan a menudo. Grace trabajaba solo de vez en cuando en Consolidated Film Industries, y Ervin, tras una audición fallida como actor, pasaba días tumbado en el sofá sin ganar ni un centavo, y no parecía que fuera a haber cambios en eso; Norma lo sabía porque las audiciones escaseaban. Desde que Estados Unidos se había sumado a la guerra en el mes de diciembre, cada vez se rodaba menos. Necesitaban la celulosa, el material de las películas, para fabricar explosivos, y la resina, con la que se hacían las botellas que se tiraban a la cabeza durante las peleas, quedaba reservada para la industria armamentística. Por lo menos eso habían publicado en The Hollywood Reporter, un periódico que Grace y Norma solían leer juntas.
—Sube tú —dijo Norma, y se volvió hacia la casa—. Tendría que haber cojines arriba.
Bebe estaba subiendo los primeros peldaños cuando Grace salió de la casa. Ya estaba arreglada para la visita al Teatro Chino de Grauman por la tarde. Llevaba una falda de tubo, tacones y su blusa preferida color menta con mangas abullonadas. Desde la entrada en la guerra había escasez de materiales, por lo que no se podían producir ni llevar blusas de ese estilo, pero Grace no iba a permitir que le prohibieran su prenda preferida.
—¡Mamá! —exclamó Norma, y vio por el rabillo del ojo que de pronto su hermanastra se había quedado petrificada en la escalera—. Hemos estado a punto de ver a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman, ¿te lo puedes creer?
—Qué bien, corazón —contestó Grace en tono alegre. Bajo el tenue sol primaveral, su piel parecía casi del color del alabastro—. Bebe, ¿has hablado con Norma del tema? —preguntó.
Norma vio que Bebe volvía a bajar despacio hasta llegar a su lado.
—No he tenido el valor —dijo, y miró avergonzada al frente, al suelo polvoriento. Norma no paraba de mirar a su hermanastra y a su madre.
—¿Ya no vamos al Teatro Chino de Grauman? —preguntó con un hilo de voz a Grace—. ¡Por favor, no!
Esa semana proyectaban la nueva película de Rita Hayworth, la bailarina más sensual de todo Hollywood. Norma notó que Bebe ponía la mano encima de la suya y se la estrechaba para apoyarla. Su hermanastra tenía los dedos helados.
—Entremos en casa —propuso Grace, y empujó a Norma con un movimiento suave poniéndole la mano en la espalda. Le temblaba.
—¿Qué…? ¿Qué ha pasado? —preguntó Norma.
Como tantas veces cuando estaba nerviosa o tenía que hablar delante de un grupo grande, tartamudeaba. Desde hacía algún tiempo también le aparecían unas manchas granates muy feas en las mejillas. Se limpió el pintalabios de la boca, de repente ese rojo chillón no le parecía apropiado. ¿Es que tenían noticias de su madre biológica? ¿Pearl Baker había sucumbido a su enfermedad mental? Norma lo había pensado muchas veces y nunca estaba segura de qué debía sentir por Pearl. Hacía años que no se veían. Aun así, pensar en su progenitora le provocaba cierto desasosiego. ¿Tal vez fuera porque las enfermedades mentales podían heredarse? ¿Quizá por eso antes la consideraban «difícil» y aún hoy algunos vecinos la miraban mal?
Norma y Grace entraron en casa, donde la pintura de cada habitación era de un tono pastel y el suelo estaba cubierto de linóleo blanco (el último grito antes de que estallara la guerra). Mientras atravesaban el salón pensativas, Norma desvió la mirada hacia el sofá, donde solía estar sentado o tumbado su padrastro. Cuando se levantaba y pensaba que nadie lo veía practicaba los andares despatarrados de John Wayne.
En la pequeña habitación que compartían las hermanastras, Norma se sentó en el taburete junto al escritorio. El libro de biología del segundo curso del instituto estaba abierto. Lo cerró y guardó su diario en el cajón del escritorio.
Grace caminó de un lado a otro de la habitación varias veces. Tras mucho dudar, al final desembuchó:
—Ervin ha recibido una oferta de trabajo prometedora que no puede ni quiere rechazar.
—¿Por fin le han ofrecido un gran papel? —preguntó Norma, entusiasmada. A lo mejor algún día podría ir a visitar a su padrastro al plató y echar un vistazo entre bastidores.
Grace negó con la cabeza, afligida, y el pelo ahora de color lavanda no se movió ni un centímetro.
—No es como actor, es como vendedor.
Norma estaba desconcertada. ¡Pero si Ervin estaba intentando consagrarse como actor! No paraba de hablar de contratos con la Metro-Goldwyn-Mayer de mil dólares al mes. No obstante, ella sabía que la cuenta doméstica pronto estaría completamente vacía si algo no cambiaba. Su padrastro necesitaba trabajo con carácter urgente, así que ¿por qué no en ventas?
—Le ha surgido la oportunidad de hacerse cargo del departamento de Ventas de Adel Precision en Virginia Occidental —siguió explicando Grace—. Venderá componentes hidráulicos para aviones.
—¿En Virginia Occidental?
Estaba en la otra punta de Estados Unidos y era conocido por sus gélidos inviernos. Norma no quería irse de Los Ángeles, la ciudad donde todo parecía posible, la ciudad que se había convertido en el lugar más glamuroso del mundo a partir de un pedazo de tierra reseco y caliente. En Virginia Occidental jamás cumpliría su sueño de llegar a ser un icono admirado y querido. ¿Por qué no podía buscar Ervin trabajo en Los Ángeles? Ahí estaban los grandes estudios cinematográficos. En Virginia Occidental no se rodaba ni una sola película. Ahí se sentía a gusto, había estado a punto de conocer a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman. Además, por su padrastro era por el que menos estaba dispuesta a renunciar a algo. Algunos días estaba tan gruñón que era insoportable. Cuando Grace no estaba, trataba a Norma como si fuera una boca más que alimentar que solo servía para llevarle cerveza al sofá.
—Entonces ¿está decidido? —preguntó con un hilo de voz.
Grace deslizó la mirada hacia el salón.
—Ervin ya ha aceptado —contestó en voz baja—. Por desgracia, no he sido capaz de convencerlo. —Se le humedecieron los ojos y Norma también notó que se le saltaban las lágrimas—. Es un vendedor nato y quiere ganar dinero para nosotras ya. Necesitamos dinero para comer y tenemos que pagar el alquiler o pronto nos pondrán de patitas en la calle —susurró Grace.
—Procuraré no sentir demasiada nostalgia —prometió Norma para animar a Grace, y se arrimó a ella.
Grace la abrazó con fuerza, como si no quisiera volver a soltarla jamás, y dijo con voz trémula:
—Lo siento… Pero, como eres niña tutelada, tú no puedes salir del estado de California.
Aquella frase fue para Norma como si la apuñalaran por la espalda; la cogió totalmente desprevenida. Se quedó helada. ¿No podía ir porque «solo» era una niña tutelada? ¿Tenía que separarse de su familia, de su querida madre?
—Lo he intentado todo, pero el departamento de Bienestar insiste en que sería ilegal llevarte —le aseguró Grace. Su rostro había perdido todo rastro de brillo. Parecía al borde del colapso y se aferraba a ella, que estaba perdiendo las fuerzas—. Lo siento mucho —murmuró Grace entre sollozos, con las uñas clavadas en el brazo de Norma—. No sé qué más puedo hacer para que no nos separemos. —Las lágrimas le rodaban por las mejillas—. Si todo va bien, Ervin y yo volveremos dentro de un año, o como mucho dos, y tendremos dinero suficiente para poder vivir todos juntos en Los Ángeles.
Norma sintió un doloroso deseo de gritar o por lo menos dar un furioso puñetazo en la pared de madera desvencijada que separaba la habitación de las niñas de la cocina. Sin embargo, cuando miró a su madre, a la que jamás había visto tan blanca, no le salió ni una mala palabra.
Ervin Goddard entró en la habitación. Despatarrado y con los pulgares tras la enorme hebilla del cinturón, se plantó delante de ellas. Estaba tan normal, como si estuviera ensayando para un papel en un wéstern. Norma no entendía por qué Grace seguía encandilada con ese gigante texano. ¿Porque era diez años menor que ella?
—¿Le has dicho de una vez que nos mudamos sin ella, cariño? —preguntó—. Tiene casi dieciséis años, lo puede soportar.
Norma sacudió la cabeza, incrédula. ¡Cómo podía hablar con tanta frialdad! ¿Es que no la conocía en absoluto? Sin duda, no sobreviviría ni un solo mes sin su querida madre, sin su hogar definitivo. Cerró los puños. Tendría que renunciar a comer juntas, a las conversaciones en confianza que solo ellas eran capaces de mantener, a reflexionar con su madre en el sofá sobre los deberes de matemáticas. Las visitas al cine sin Grace no serían lo mismo. ¿Cómo habían podido tomar aquella decisión? ¡Pero si Grace no quería volver a abandonarla jamás! Norma sintió que se le encogía el estómago. Tenía ganas de soltarlo todo a gritos.
Como si tuviera algodón en los oídos, oyó que Ervin afirmaba, satisfecho:
—Entonces, por fin podemos hablar con franqueza de nuestros planes de futuro en Virginia Occidental. —Y su madre asintió en un gesto casi imperceptible.
Norma no entendía por qué Grace, para lo demás tan fuerte, se dejaba dominar de esa manera por Ervin. En sus manos era como de cera.
Por lo menos, le quedaría Bebe. Sola se hundiría, volvería a ser la niña pequeña a la que nadie quería.
—¡Entonces, ya está todo claro! —exclamó Ervin, y se volvió hacia Norma—. Bebe te escribirá.
Dicho esto, se dispuso a marcharse con las piernas bien abiertas.
—¿Bebe también va? —susurró Norma, que de pronto sentía que le faltaba el aire. Se desplomó en el taburete sin fuerzas.
—En la casa nueva hay sitio para una tercera persona —contestó Ervin en el marco de la puerta—, pero no para una cuarta.
Norma miró incrédula primero a Ervin y luego a Grace y sintió un dolor agudo en su interior, como si alguien le moviera un cuchillo en las entrañas camino de su corazón. Se levantó a duras penas, se tambaleó hasta la ventana y miró hacia la casa del árbol, donde Bebe seguía apoyada en la escalera, llorosa. No era culpa de su hermanastra ser la elegida. Era comprensible que un padre tuviera una hija preferida. Norma seguía siendo un acto benéfico, tanto para todo el barrio como para Ervin. Pese a todo, con Grace como madre, siempre se había sentido armada contra todos los ataques. Ya casi ni le dolía. Con Grace de madre ya no se burlaban de ella en el colegio por ser como una «ratita tímida».
Cuando Norma oyó el paso pesado de Ervin en la escalera, cerró la puerta de la habitación y se acercó mucho a Grace.
—Bebe y yo compartimos una habitación diminuta aquí. Po… po… podríamos vivir las dos en una habitación también en Virginia Occidental. —Estaba convencida de que su hermanastra y ella se llevarían bien hasta metidas en un barril de madera—. ¡Por favor, déjame ir, mamá! —suplicó.
—Yo te dejaría, pero el departamento de Bienestar no, corazón —contestó Grace, abatida—. Ya verás que uno o dos años pasan rápido. —Suspiró y Norma vio que mentía.
—¡Uno o dos años son una eternidad! —sollozó Norma.
Se levantó de la silla, desesperada, se dejó caer al suelo de linóleo delante de Grace y rompió a llorar. Su madre biológica la había abandonado, Ida Bolender la había echado y ahora Ervin Goddard, que controlaba a Grace, la abandonaba también. Tendría que volver al orfanato, donde nadie luchaba por ella, nadie creía en ella. Prefería esconderse en la casa del árbol a partir de entonces. Hacía dos años había quemado el vestido azul y la blusa blanca del orfanato. Entonces pensó que esa época se había terminado de una vez por todas.
Norma lloró sin freno, aunque Grace se agachó y la abrazó para consolarla. Sentía un dolor tan grande en su interior que tuvo que llevarse las manos al pecho, pero la aflicción, el tirón y el escozor no remitían.
—Me encargaré de que no tengas que volver al orfanato —prometió Grace, y se limpió las lágrimas con un pañuelito y luego enjuagó las de Norma. Se le había corrido el rímel.
—¿Cómo? —Norma miró a Grace a través de un velo de lágrimas—. ¿Cómo vas a conseguirlo? —El pelo castaño claro se le alzaba en la cabeza, erizado. La cinta rosa que llevaba se había soltado.
—¿Vienes, cariño? —dijo Ervin desde el salón, impaciente.
—¡Ya voy! —contestó Grace, que volvió a atarle la cinta del pelo a Norma—. En junio cumplirás dieciséis años —dijo con ternura—. Eso significa que según la ley de California te puedes casar.
Norma abrió los ojos de par en par. ¿Casarse? Aún se sentía una niña necesitada de protección. Y ¿no había que enamorarse antes de casarse? Por lo menos así funcionaba siempre en las películas. ¡Y no tenía previsto enamorarse!
—Jimmy te cae bien, ¿no? —preguntó Grace con cautela—. Sería tu salvación del orfanato.
—¿Te refieres a Jim Dougherty, el vecino de cuando vivíamos en Archwood Street? —preguntó Norma mientras la palabra «orfanato» resonaba en su cabeza.
En Archwood Street, la madre de Jim y Grace se habían hecho amigas junto a la valla del jardín. Norma había ido algunas veces en el coche de Jim, pero no sabía mucho de él. Durante la Gran Depresión su familia tuvo que vivir en una tienda y cazar la cena en las colinas californianas.
—Jimmie es un buen hombre —dijo Grace—. Era presidente de la asociación de estudiantes del instituto, muy querido y ¿sabes qué más? —Intentó animarla con una sonrisa.
Sin embargo, Norma no pudo responderle. No quería marido, quería conservar a su madre. ¿Por qué no despertaba de una vez de esa pesadilla?
—¿No podría vivir con tu tía Ana? —preguntó, presa del pánico. Ya había pasado unos días en varias ocasiones en casa de la hermana del padre de Grace. A Norma le caía muy bien Ana Lower, era una anciana cariñosa.
Sin embargo, Grace negó con la cabeza.
—La tía Ana no se encuentra bien. El mes pasado estuvo en el hospital por retención de líquidos en las piernas. Sería pedirle demasiado que se hiciera responsable de ti en este estado. Jim es la única salida. Estaba en el equipo de fútbol americano del instituto, incluso era buen actor en el grupo de teatro —detalló Grace—. Podría enseñarte a estudiar para los papeles, y, en cuanto vuelva, tú y yo nos ocuparemos juntas de las audiciones en la Metro-Goldwyn-Mayer.
—¿Hacer audiciones estando casada? —preguntó Norma. Otro sueño que se desvanecía ese día.
Casada jamás conseguiría un contrato. Los estudios cinematográficos daban por perdidas a las actrices en cuanto se casaban porque el riesgo de que se quedaran embarazadas era demasiado alto. Todo su esfuerzo y el ensayo constante quedaban en nada. ¡Y eso que ya dominaba bastante el papel de Dorothy de El mago de Oz!
—¿Por qué no vas a poder hacerlas como mujer casada? —dijo Grace, y asintió para animarla—. Si eres mejor que las demás, te cogerán a ti estés casada o no.
¿Ella, mejor que las demás? Nunca lo había sido, ni lo sería jamás. La partida de Grace le demostraba una vez más que valía menos que cualquier otro miembro de la familia.
—A lo mejor todo esto es una señal del destino que nos demuestra hasta qué punto Hollywood es tu sitio —continuó Grace.
—Pe… pe… pero… —empezó a tartamudear de nuevo Norma. Notó que las manchas rojas de las mejillas se le encendían de nuevo. En ese momento no quería pensar en ser actriz. Sin Grace, ese futuro perdía importancia—. Ni siquiera sé lo que debe hacer una esposa.
Grace esbozó una sonrisa tan triunfal como la de una estrella de cine, aunque aún tenía los ojos llorosos.
—Seguro que aprenderás rápido las obligaciones de una esposa. Di que sí para que sepa que tienes el sustento asegurado en mi ausencia.
Norma pensó en las palabras de Jean Harlow en La chica de Missouri, que, en el papel de Eadie, estaba convencida de que una mujer solo podía hacer una cosa: casarse. En el orfanato había sentido una soledad infinita. Les hablaba a los demás niños de sus fantásticos padres, que pronto irían a recogerla. Todos los días. Norma hundió la cabeza en el delicado hombro de Grace.
—No lo conseguiré. Sin ti y sin Bebe estoy perdida. —Su voz sonaba rota, ya ni siquiera tenía fuerzas para levantarse del suelo.
Grace mecía a Norma en sus brazos.
—Nos escribiremos muchas cartas y en un abrir y cerrar de ojos estaremos otra vez juntas. Y si sigues yendo todas las semanas al cine, estaremos unidas en eso mentalmente.
Norma alzó la vista, petrificada, sin decir palabra. No quería volver a poner un pie en un cine sin Grace. Todo le recordaría a la pérdida de su madre. El cine y las películas de Hollywood estaban unidos para siempre con Grace. Y ese día le demostraba que su destino era ser abandonada una y otra vez. ¡Siempre puñaladas en el corazón!
Norma asintió solo por amor a Grace. Sabía que, de nuevo, todos los colores de su vida se apagarían. Su futuro era solo gris y lluvioso; el brillo había desaparecido, igual que el amor.

Abril de 1942
A principios de abril las noches seguían siendo frías. Norma llevó mantas de lana y cojines a la casa del árbol. Bebe la siguió con provisiones. Para la noche de despedida habían comprado a escondidas cerveza de raíz, que hacía ya un tiempo que la familia no podía permitirse. Sus padres se habían acostado una hora antes. Grace estaba exhausta de hacer maletas.
Cuando Norma terminó de cubrir el suelo de la casa del árbol con los cojines, Bebe y ella se acomodaron con la espalda apoyada en la pared de madera y se taparon con las mantas hasta las axilas. Como si el tiempo se hubiera detenido, estuvieron escuchando el canto de los grillos.
—No habrá un solo día que no piense en ti —susurró Bebe al cabo de un rato.
Norma sentía tanto miedo al futuro y tanta desolación que solo logró decir: «Yo también». Al día siguiente, además de perder a su familia, tendría que casarse con un desconocido, besarlo y «entregarse por completo», como lo había llamado Grace. Nunca la había tocado un chico, ni mucho menos besado. Y en realidad Jim Dougherty ya no era un chiquillo, era todo un hombre, lo que lo hacía todo aún peor. ¿Qué pasaría si su actitud no era la adecuada y él no la quería? Entonces tendría que ir al orfanato hasta los dieciocho años. Quizá debería practicar antes el beso, por lo menos en el dorso de la mano, pero se estremeció al pensar que, más adelante, sería la boca de Jim la que se le acercaría húmeda a la cara. En las películas siempre parecía fácil y romántico; era muy distinto en la realidad.
Norma borró de la cabeza la imagen de los labios de Jim y miró entre las grietas del techo de tablones. Las estrellas brillaban prometedoras en el firmamento encima de Los Ángeles, como si no pasara nada.
Bebe siguió su mirada.
—¿El cielo de Virginia Occidental será distinto al de Los Ángeles?
Norma cerró los ojos con fuerza para no romper a llorar.
—Más gris y lluvioso, creo.
—Si no soportas estar con Jim, me llamas y yo vendré a buscarte, diga lo que diga el departamento de Bienestar —susurró Bebe—. En Virginia Occidental buscaré un roble que ni papá ni Grace conozcan y me pondré a construir una casa en un árbol para nosotras. —Le dio a Norma una botella de cerveza de raíz.
A ella le encantaba esa bebida dulce y espumosa que, a diferencia de la cerveza de verdad, no contenía alcohol y en origen se fabricaba con la corteza de la raíz del sasafrás. Sin embargo, esa noche no acababa de disfrutar del sabor. Sacó el regalo de despedida que tenía para Bebe de detrás de la espalda y con los brazos laxos se lo dio a su hermanastra.
—Para que no olvides nunca el tiempo que hemos pasado juntas.
—¿Es tu diario con todos los autógrafos? —dijo Bebe solamente.
Norma asintió.
—Para que sigamos unidas, quería entregarte una parte de mis pensamientos. Y, por supuesto, los autógrafos.
Antes, su diario era su tesoro; lo protegía con severidad. Lo había defendido con vehemencia incluso ante su padrastro. Cuando un día empezó a tirar todo lo que tenía a mano, borracho, se plantó delante de él, temeraria, y le quitó su libro secreto en el último segundo. Y, cuanto tuvo que aprenderse el texto de Dorothy de El mago de Oz, siempre observaba las célebres firmas del diario y se decía que esas personas habían trabajado mucho para alcanzar el éxito y habían tenido que recitar sus frases una y otra vez. Soñaba con poder dejar un día las huellas de las manos y su firma en una de las baldosas del Teatro Chino de Grauman.
—Lo siento, falta Ingrid Bergman —añadió en tono de disculpa.
Bebe abrió el librito con veneración y lo hojeó con mucho cuidado, como si el papel fuera en realidad un viejo y delicado pergamino.
—Las firmas de los hermanos Marx y de Hedy Lamarr tienen un valor incalculable —reflexionó—. ¿No prefieres quedártelas?
Norma sacudió la cabeza con tanto ímpetu que estuvo a punto de marearse. ¡No quería saber nada más del mundo de la interpretación! Lo asociaba a Grace, igual que las visitas al cine. Ella siempre la había animado, le había hablado del «momento del vértigo» y había leído con ella a Stanislavski. Si persistía en su sueño de ser actriz, siempre se acordaría de que incluso Grace la había abandonado; ella, que le había prometido no desentenderse jamás. No podría vivir con ese dolor.
Norma se esforzó en sonar un poco alegre. Tuvo que aclararse la garganta antes de decir:
—Mira en las páginas de en medio.
Bebe sonrió ensimismada mientras leía las líneas que Norma había escrito bajo el título «Cosas que tener en cuenta en los estados más fríos». Empezaba con consejos de vestimenta y terminaba con el almacenamiento de comida por si en invierno se quedaba atrapada durante semanas debido a la nieve. Aunque Norma solo la había visto en las lejanas cimas de las montañas del Bosque Nacional de Ángeles y en las películas.
Bebe sonrió conmovida.
—Eres un encanto, siempre cuidas de mí. Nadie me trata tan bien como tú.
Abrazó a Norma y se echó a llorar. Cuando pudo respirar mejor, le dio a su hermanastra un monedero cosido con cariño, hecho de imitación de cuero marrón y algo más grande que un puño, que tenía una cinta para colgarlo del cuello. Norma abrió la cremallera del monedero diente a diente y sacó un billete de diez dólares. En mitad de este, dentro de un marco ovalado, figuraba el retrato del padre fundador Hamilton. Nunca había tenido tanto dinero, pero aun así dudó. Debían de ser todos los ahorros de Bebe. Norma solo tenía un cuarto de dólar que fuera suyo.
—Es para emergencias —dijo su hermanastra—. Para que de verdad puedas llamarme si Jim no es buen marido. Las llamadas a larga distancia son caras. —Señaló una serie de números que había apuntado en una hoja adjunta al billete—. Es el número de teléfono de la oficina de correos d
