El debut vienés
Viena suele describirse —de forma exagerada— como una ciudad de paradojas, pero quienes no lo saben o nunca han estado en ella podrían imaginarla como un capricho extraído de los insulsos eslóganes de la Oficina de Turismo Austríaca, un lugar caracterizado por sus deliciosos pasteles de crema, las jarras y las camisetas con la imagen de Mozart, los valses de Año Nuevo, los monumentales edificios adornados de estatuas, las anchas avenidas, las ancianas con abrigo de pieles, los tranvías eléctricos y los caballos lipizanos. La Viena de principios del siglo XX no se publicitaba así. En aquella época no se publicitaba de ningún modo. La otrora indispensable guía de Maria Hornor Lansdale, de 1902, ofrece un retrato de la capital de los Habsburgo que es, al mismo tiempo, más mugriento y dinámico de lo que puedan hacer pensar nuestras actuales guías turísticas. Su libro describe algunas zonas de la Innere Stadt, o centro de la ciudad, como «oscuras, sucias y lúgubres», y la autora escribió lo siguiente del barrio judío: «El interior de las casas es de una sordidez incalificable. Cuando se asciende por la escalera, la desvencijada barandilla se pega a los dedos y las paredes de ambos lados rezuman humedad. Al entrar en una pequeña habitación oscura, el techo se ve cubierto de hollín y los muebles abarrotan la sala».[1]
Un alemán que subiera a un tranvía vienés podría descubrir que era incapaz de intercambiar una sola palabra con los demás pasajeros, pues en aquella época la ciudad albergaba a una población cada vez mayor de magiares, rumanos, italianos, polacos, serbios, checos, eslovenos, eslovacos, croatas, rutenos, dálmatas, istrios y bosnios, todos los cuales convivían en apariencia felizmente. En 1898 un diplomático estadounidense que describió la ciudad anotó lo siguiente:
Es posible que alguien que lleve poco tiempo en Viena sea un alemán de pura cepa, pero su esposa será de Galitzia o polaca; su cocinero, bohemio; la niñera, dálmata; su ayudante, serbio; su cochero, eslavo; su barbero, magiar y el tutor de su hijo, francés. La mayoría de los empleados de la administración son checos, y los húngaros tienen mucha influencia en los asuntos de gobierno. No, ¡Viena no es una ciudad alemana![2]
En el extranjero se consideraba a los vieneses gentes bondadosas, cordiales y muy cultas. Durante el día la clase media se reunía en los cafés, donde pasaban horas conversando con una única taza de café y un vaso de agua, y donde podían leer periódicos y revistas en todos los idiomas. Por las noches se vestían para ir a bailes, a la ópera, al teatro o a las salas de conciertos. Eran entusiastas de estos espectáculos y no perdonaban que un mal actor se olvidara de su parlamento o un cantante cantara en un tono demasiado alto, al tiempo que idolatraban o endiosaban a sus artistas predilectos. El escritor vienés Stefan Zweig recordaba aquella pasión al evocar su juventud: «Mientras en política, en la administración y en la moral todo iba como una seda y la gente se mostraba indiferente y bonachona ante un “desliz” e indulgente ante una falta, no había perdón para las cosas del arte; estaba en juego el honor de la ciudad».[3]
El 1 de diciembre de 1913 el sol no calentaba mucho en la mayor parte de Austria. Al atardecer se cernió una niebla desde las laderas septentrionales de los Cárpatos hasta las ondulantes colinas y las verdes tierras bajas de la región subalpina. En Viena no corría una gota de aire, las calles y las aceras estaban tranquilas y la temperatura era desacostumbradamente fría. Para el joven Paul Wittgenstein, de veintiséis años, era un día de gran nerviosismo y de una tensión espantosa.
Tener los dedos sudados y las manos frías constituye la peor pesadilla de cualquier pianista; el más leve brillo provocado por las glándulas sudoríparas en la yema de los dedos puede hacer que estos resbalen y golpeen al mismo tiempo dos teclas contiguas. El pianista que suele tener los dedos sudorosos es un esclavo de la prudencia. Si tiene las manos demasiado frías, los músculos de los dedos se agarrotarán. El frío en los huesos no impide la transpiración de la piel y, en los peores casos, los dedos pueden quedar paralizados por el frío aun estando resbaladizos por el sudor. Antes de ofrecer un recital en invierno, muchos concertistas pasan un par de horas nerviosos con las manos sumergidas en agua caliente.
El debut en concierto de Paul debía comenzar a las siete y media de la tarde en el Grosser Musikvereinsaal, un lugar reverenciado, de una acústica casi perfecta, donde Brahms, Bruckner y Mahler vieron interpretar muchas de sus obras por primera vez. Desde allí, en concreto desde la Sala de Oro, se retransmite anualmente para todo el mundo la orgía de valses y polcas de Año Nuevo. Paul no esperaba que en su debut se agotaran las entradas. El auditorio tenía un aforo de 1.654 localidades de asiento más otras trescientas de pie. Era lunes, Paul era un desconocido y el programa que había decidido interpretar era un tanto novedoso para el público vienés. Sin embargo, estaba familiarizado con la técnica de llenar un local regalando entradas. Cuando era niño, su madre le había enviado a comprar doscientas entradas para un concierto en el que un amigo de la familia iba a tocar el violín. El responsable de la taquilla creyó que era un revendedor y le gritó a la cara: «¡Si lo que quieres son entradas para la reventa, vete a otra parte!». Paul regresó con su madre y le suplicó que encargara a otro la tarea. Por primera vez en su vida se sintió avergonzado de ser rico.
Si la sala iba a estar medio vacía, al menos en las butacas ocupadas debía haber el mayor número posible de aliados. Quería crear una atmósfera que diera la impresión de que contaba con el sólido apoyo del público. La familia Wittgenstein era numerosa y estaba bien relacionada. Se esperaba que asistieran todos los hermanos, primos y tíos, y que aplaudieran ruidosamente al final de cada pieza, con independencia de lo que les pareciera la interpretación. Repartieron entradas entre los inquilinos de sus casas, los criados y los parientes lejanos de los criados, muchos de los cuales jamás habían asistido a un concierto de música seria, y se les emplazó a acudir. Paul podía haber alquilado una sala más modesta, pero le advirtieron de que en ese caso tal vez no acudieran los críticos. Necesitaba que estuvieran presentes Max Kalbeck, del Neues Wiener Tagblatt, y Julius Korngold, del Neue Freie Presse. Eran los dos críticos musicales más influyentes de Viena.
Se sopesaron con sumo cuidado todos los detalles. Un concierto con la Orquesta Filarmónica de Viena le habría costado casi el doble que con la no tan prestigiosa Orquesta Tonkünstler, pero el dinero no era impedimento. «Al margen del precio —escribió años después—, no quería contratar a la Filarmónica de Viena. Seguramente no iban a tocar como yo quería que lo hicieran y parecía un caballo imposible de montar; además, si el concierto era un éxito, la gente podría decir que era mérito de la orquesta.»[4] Optó por la Tonkünstler.
El director, Oskar Nedbal, era doce años mayor que Paul, ex alumno de Dvorák, compositor y violista de primer orden. Había ingresado en la Orquesta Tonkünstler en 1906, después de ser director de la Orquesta Filarmónica Checa durante diez años. El día de Nochebuena de 1930 se arrojó por la ventana de un cuarto piso de un hotel de Zagreb y no se volvió a oír hablar de él.
El programa escogido por Paul era insólito, terco y provocador. Quería presentar cuatro obras para piano y orquesta de forma consecutiva: cuatro conciertos para un virtuoso en una sola tarde. Con independencia del éxito o fracaso que obtuviera, el debut de este joven se recordaría durante mucho tiempo como un audaz espectáculo atlético.
Las obras del ebrio compositor irlandés John Field, que había muerto de cáncer de recto en Moscú en 1837, hacía mucho tiempo que habían pasado de moda en Viena. En la actualidad, por lo que más se recuerda a John el Borrachín es por haber sido el creador del nocturno, una breve composición lírica para piano que más tarde popularizaría Chopin. A buen seguro, el ayuda de cámara y el cocinero de Paul no eran los únicos miembros del público aquella tarde que jamás habían oído hablar de él. Incluso entre los entendidos en música de 1913 pocos habrían considerado a Field un compositor digno de la Sala de Oro, pues Viena contaba con un legado musical propio, el más ilustre de todas las ciudades del mundo, y a quienes se habían criado oyendo a Mozart, Haydn, Beethoven, Schubert, Brahms, Bruckner y Mahler (todos los cuales habían vivido en algún momento entre las murallas de la ciudad) la música de Field les habría parecido, en el mejor de los casos, una curiosidad insípida y, en el peor, una broma de mal gusto.
La historia no cuenta cómo se sintió Paul en las horas previas al concierto, ni cuál era su estado de ánimo mientras se ponía el frac, ejercitaba las manos en la sala de calentamiento, ascendía por los empinados escalones hacia la tarima y recibía el aplauso de un público compuesto por amigos, desconocidos, críticos, mentores, profesores y criados. En todo caso, nunca conseguía controlar los nervios. Años después, en ocasiones similares, se le vería golpear las paredes con los puños, romper las partituras o lanzar los muebles al otro extremo de la habitación minutos antes de salir al escenario.
El Concierto de Field se compone de tres movimientos que duran en total treinta y cinco minutos. Si Paul no reparó en ello en su momento, más tarde debió de enterarse de que Julius Korngold, el principal crítico del Neue Freie Presse, había abandonado el auditorio durante los aplausos y no había regresado para escuchar su interpretación de la Serenata y allegro giocoso de Mendelssohn, de las Variaciones y fuga sobre un tema de Czerny, de Josef Labor, ni el exagerado virtuosismo del Concierto en mi bemol de Liszt. Cuando al día siguiente él y su familia buscaron las reseñas en los periódicos, la curiosa conducta de este crítico debió de haber pesado mucho en su ánimo.
Ludwig, el hermano menor de Paul, no se encontraba en Viena para oírle tocar. Tres meses antes se había trasladado de Inglaterra (donde había estudiado filosofía en Cambridge) a Noruega, donde vivía en dos habitaciones de la casa de un jefe de Correos, en un pueblecito enclavado en un fiordo, al norte de Bergen. Según los diarios de su amigo más íntimo, su decisión de exiliarse fue «insensata y repentina». En septiembre había afirmado que quería apartarse de un mundo en el que «se descubre sintiendo continuamente desdén hacia los demás e irritando al prójimo a causa de su temperamento nervioso».[5] En aquella época también sufría (como solía sucederle) delirios sobre su propia muerte. «Crece en mí día a día el sentimiento de que moriré antes de poder publicar [mis ideas]», escribió a su tutor y mentor de Cambridge.[6] Quince días después, un sobresalto le animó a tomar la decisión de marcharse: recibió una carta en la que se anunciaba que su hermana Gretl y el esposo de esta, Jerome, irían a vivir a Londres. «No aguanta a ninguno de los dos y no quiere vivir en Inglaterra, expuesto siempre a recibir sus visitas», anotó su amigo.[7] «Me marcho inmediatamente —exclamó Ludwig— porque mi cuñado ha venido a vivir a Londres y no soporto estar tan cerca de él.»
Toda la familia quería que Ludwig viajara a Viena para asistir al concierto de Paul y pasar la Navidad, pero él se mostraba reacio y la obligación de plegarse a sus deseos le abrumaba. Su familia le deprimía, la Navidad anterior había sido terrible, estaba desanimado y su obra filosófica avanzaba a paso de tortuga. «Para Navidad, INFORTUNADAMENTE, debo ir a Viena —escribió a un amigo—. El hecho es que mi madre desea mucho que vaya, tanto que se ofendería dolorosamente si yo no lo hiciese; y tiene tan malos recuerdos de esta misma época del año pasado que no tengo valor para quedarme.»[8]
Esa misma época del año anterior
La Navidad en el palacio de invierno de los Wittgenstein, situado en la Alleegasse, en el barrio vienés de Wieden, era tradicionalmente una ocasión espléndida y ceremoniosa a la que la familia concedía la mayor relevancia. Sin embargo, la Navidad de 1912 (el año anterior al debut de Paul) fue diferente, ya que la energía y el entusiasmo del clan estaban apagados debido a la terrible certeza de que el cabeza de familia (Karl Wittgenstein, el padre de Paul y Ludwig), de torso robusto y tez curtida, agonizaba en su habitación del piso de arriba. Padecía cáncer de lengua y un mes antes se había sometido al bisturí del barón Anton von Eiselsberg, un distinguido cirujano vienés. Para acceder a la lesión, el doctor Von Eiselsberg había tenido que extraer primero una buena parte de la mandíbula inferior. Solo entonces pudo proceder a extirpar las glándulas cervicales, el suelo de la boca y lo que quedaba de la lengua después de anteriores incursiones quirúrgicas. Un equipo de ayudantes logró detener la hemorragia mediante la moderna técnica de cauterización eléctrica.
Karl había fumado grandes puros cubanos durante toda su vida adulta, y siguió haciéndolo incluso después de que, siete años antes, le diagnosticaran los primeros síntomas de su enfermedad. Los médicos le aconsejaron que no se desplazara con el fin de recibir tratamiento. Al final, había pasado por siete operaciones, pero el cáncer logró sortear todas las estratagemas que el doctor Von Eiselsberg concibió contra él y se extendió desde el tiroides hasta el oído y la garganta para, finalmente, llegar a la lengua. La última intervención quirúrgica tuvo lugar el día 8 de noviembre de 1912. Eiselsberg le había advertido del riesgo de que muriera en el quirófano y, la noche anterior, mientras los médicos afilaban su instrumental, Karl y su esposa Leopoldine se retiraron a la opulenta penumbra de la Musiksaal. Él tomó el violín, ella se sentó al piano, y juntos interpretaron algunas de sus piezas favoritas de Bach, Beethoven y Brahms en una larga y tácita despedida.
A la mañana siguiente, en el centro de su quirófano, una sala sencilla, bien iluminada y de azulejos relucientes, el doctor Von Eiselsberg extirpó el tumor de la boca de Karl. Tal vez en aquella ocasión consiguiera por fin extirpar los últimos restos del cáncer, pero para Karl, que se hallaba deprimido, y mudo, y que sufría el azote de una sobreinfección, ya era demasiado tarde. Abandonó la clínica para morir en casa. Y así fue como el día de Navidad de 1912, mientras yacía en la cama, débil y con fiebre, su familia se reunió en un ambiente de sombría espera.
La gran sublevación de Karl
Hermine (pronunciado Hermiina), a quien llamaban Mining, era la primogénita de los nueve vástagos de Karl y su hija predilecta. Bautizada así en honor de su abuelo, Hermann Wittgenstein, su nacimiento coincidió con un cambio decisivo en la prosperidad de los negocios de Karl, quien, en consecuencia, siempre la trató como si fuera su amuleto de la suerte. Cuando murió su padre, tenía treinta y nueve años, estaba soltera, vivía todavía en la casa paterna y siempre había estado a la entera disposición de Karl. Era una persona reprimida, de carácter introvertido, movimientos rígidos, porte erguido y modales (para quienes no la conocían bien) que daban la impresión de arrogancia o altivez. En realidad, tenía una autoestima muy baja y se sentía fatal entre desconocidos. Cuando en cierta ocasión Brahms acudió a cenar a su casa y se le permitió sentarse con él a la cabecera de la mesa, la tensión nerviosa la obligó a abandonar la sala y pasó la mayor parte de la velada vomitando en uno de los cuartos de baño del palais. En sus fotografías de juventud Hermine aparece como una mujer despierta, femenina, tal vez incluso guapa, pero su instintiva necesidad de privacidad hacía que se pusiera en guardia siempre que un hombre la abordaba. Dicen que cuando estaba en la flor de la vida tuvo un par de pretendientes, pero ninguno tan apasionado como para liberarla de su virginidad.
Con el paso de los años se alejó de todos menos de su círculo más estrecho de amigos y familiares, su sonrisa menguó, se convirtió en una persona tímida, cortés y vigilante, y adquirió cierto aire de institutriz. En los días más calurosos se ponía los vestidos más gruesos y oscuros, y se cepillaba el pelo para alisárselo y recogérselo en la nuca en un rodete apretado. Tenía las orejas anchas y grandes y la nariz demasiado prominente, rasgos ambos heredados de su padre. En los últimos años de su vida parecía un apuesto oficial del ejército que disfrutaba de un retiro prematuro, un poco como el capitán Von Trapp en la versión cinematográfica de Sonrisas y lágrimas.
Pese a sus inhibiciones, Hermine era una pianista excepcional y una buena cantante, pero sus principales pasiones eran la pintura y el dibujo. Desde principios de la década de 1890, cuando su padre adquirió el palais (lo compró por doscientos cincuenta mil florines a un constructor arruinado que lo había edificado para sí veinte años antes), Hermine le ayudaba y animaba a amasar su colección de arte. Al principio Karl le dejaba decidir qué obras debían adquirir y dónde y cómo exponerlas (en aquella época, la llamaba en broma «mi directora de arte»), pero pronto se impuso su despotismo innato y el papel de Hermine disminuyó hasta desvanecerse a la sombra del autoritario entusiasmo de su padre. No obstante, siguió siendo su fiel compañera. Lo acompañaba en los rigurosos viajes que efectuaba para inspeccionar las fábricas y los talleres de laminación por todo el imperio de los Habsburgo, y supervisaba las remesas que llegaban. Propuso infinidad de mejoras para su finca de caza en las montañas y, en las semanas anteriores a la última operación quirúrgica de Karl, permaneció pacientemente sentada junto a su lecho anotando los datos autobiográficos que él le dictaba a pesar de su respiración trabajosa y entrecortada.
1864. Me aconsejaron abandonar la escuela. Debería haber seguido estudiando a título particular hasta graduarme.
Me fugué de casa en enero de 1865.
Dos meses en una habitación alquilada en Krugerstrasse.
Me llevé un violín y 200 florines que eran de mi hermana Anna.
Vi en un anuncio de un periódico que un estudiante solicitaba ayuda y le di algún dinero a cambio de su pasaporte.
En la frontera de Bodenbach los funcionarios pidieron el pasaporte a todos.
Me obligaron a esperar en una sala grande.
Dos guardias de fronteras me llamaron aparte para registrarme.
El pasaporte falso resultó estar bien.[9]
El tal «consejo de abandonar la escuela» adoptó la forma de lo que alemanes y austríacos llaman Consilium abeundi: en realidad, Karl fue expulsado. Aunque Hermann Christian Wittgenstein se enfurecía a menudo por la informalidad y despreocupación de su hijo, en aquella ocasión trató de limitar sus reproches. Karl siempre había dado motivos de preocupación; era un chico terco, inquebrantable y rebelde, y en muchas ocasiones había surgido la necesidad de reprenderlo; por ejemplo, la vez que empeñó su violín para comprar un cortavidrio; la vez que manipuló el reloj de campana para que sonara cada quince minutos y despertara a toda la casa a intervalos regulares durante toda la noche; la vez que tomó «prestado» uno de los carruajes de su padre, llevó a su hermana y a un amigo de esta a dar una vuelta, corrió demasiado, chocó contra un puente y el amigo de su hermana se rompió la nariz. ¿Y aquella otra vez en que se escapó de la escuela para ir a la ciudad vecina de Klosterneuburg? Solo tenía once años, se había desprendido de su carísimo abrigo para hacerse pasar por un golfillo callejero y alguien lo reconoció cuando mendigaba en la entrada de un café junto al ayuntamiento. Lo retuvieron toda la noche y a la mañana siguiente lo devolvieron a sus enfurecidos padres.
Hermann adoraba, mimaba y consentía a su hijo mayor, Paul, a quien a escondidas entregaba regalos y preparaba como heredero de su fortuna; en cambio con Karl, su tercer hijo, no se llevaba bien. Desde el principio la relación entre ambos era glacial, de desconfianza y antagonismo, y así seguiría hasta el día de la muerte de Hermann, en mayo de 1878. Hermine aludía a las diferencias de personalidad entre su padre y su abuelo. Eran demasiado distintos; como dicen los ingleses, «como la tiza y el queso», o, como habría dicho ella, Tag und Nacht (como la noche y el día). Karl era divertido, impredecible y desinhibido; su padre, aburrido, parsimonioso y severo. En otros aspectos eran parecidos; ambos eran autoritarios e inflexibles, y fue a causa de estos defectos compartidos (quizá más que debido a sus diferencias) por lo que nació su gran enemistad.
Cuando Karl se escapó por segunda vez, lo hizo de forma repentina, sin avisar ni dejar ninguna nota explicativa. Corría el mes de enero de 1865. Tenía diecisiete años. Al principio supusieron que había sufrido un accidente. Hacía mal tiempo: ventisca y temperaturas bajo cero. El hielo cubría las calles de Viena y todas las carreteras que salían de la ciudad estaban cortadas por enormes montones de nieve. Se repartieron fotografías de Karl entre los policías, que auguraban confiados su inminente regreso, pero, cuando los días dieron paso a las semanas y las semanas se convirtieron en meses y Karl seguía sin aparecer, la tensión en la vivienda de los Wittgenstein había llegado a tal extremo que pronto se tornó imposible mencionar el nombre del chico delante de sus padres.
Desde el puesto fronterizo de Bodenbach, Karl se había dirigido al puerto de Hamburgo, donde embarcó en un buque con rumbo a Nueva York. Allí llegó a principios de la primavera, sin un penique ni más ropa que la puesta, y con un violín muy caro debajo del brazo. Aceptó un empleo de camarero en un restaurante de Broadway, pero lo dejó al cabo de quince días para unirse a una compañía de variedades. Tras el asesinato del presidente Lincoln el 14 de abril en el teatro Ford, las representaciones teatrales y musicales quedaron prohibidas en todo el territorio de la Unión, de modo que la compañía de Karl se vio obligada a disolverse. Enseguida se encontró pilotando una barcaza de heno prensado desde Nueva York a Washington, donde durante seis meses sirvió whiskies en un «bar para negros» abarrotado.
La tarea principal consistía en distinguir a un negro de otro para saber quién había pagado y quién no. Ni siquiera el propietario era capaz de distinguirlos.
Allí cobré mi primer sueldo decente.
Con ropa y pertrechos nuevos, regresé a Nueva York en noviembre y escribí a casa por primera vez.[10]
Los recuerdos del moribundo no eran del todo precisos. En realidad había enviado su primera carta —cuatro lacónicas líneas— tres meses antes, en septiembre de 1865, dirigida a un criado de los Wittgenstein con el que se llevaba bien. El efecto fue instantáneo: una avalancha de cartas remitidas por sus hermanos y su madre desde Viena, pero ninguna de su padre, quien seguía alimentando un profundo resquemor hacia él. Al principio se sintió demasiado avergonzado para responder a las misivas, y su silencio llevó a su hermana a mandarle una carta de súplica en la que le urgía a ponerse en contacto con sus padres. Karl escribió no a ellos sino a su hermana: «No puedo escribir a mis padres. Del mismo modo que no tendría valor para presentarme ante ellos ahora y pedirles perdón, menos aún podría hacerlo por escrito, sobre el papel, que es paciente y no se pone colorado de vergüenza. Solo podré hacerlo cuando las circunstancias me permitan mostrarles mis progresos».[11]
La situación de estancamiento se prolongó varios meses, mientras su madre, impaciente por tener noticias de su hijo díscolo, siguió asediándolo con cartas y remesas de dinero. Aun así, él se negaba a responderla directamente. El 30 de octubre escribió a su hermano Ludwig (a quien llamaban Louis):
La carta de madre me hizo inmensamente feliz; mientras la leía, el corazón me latía con tanta fuerza que no pude continuar […] De momento sirvo comidas y bebidas. No es un trabajo difícil, pero no acabo hasta las 4 de la madrugada […] Solo tengo un deseo (seguro que te lo imaginas): llevarme mejor con padre. Le escribiré tan pronto como haya abierto un negocio, pero aquí las cosas están muy mal, de modo que no debe extrañarte que todavía no haya encontrado otro empleo.[12]
La lasitud de Karl era física y mental. Estaba deprimido y durante seis meses había padecido una atroz diarrea (posiblemente, disentería) que lo había dejado consumido y con el ánimo abatido. Solo con un esfuerzo titánico consiguió hacer acopio de fuerzas para escribir a su madre:
Pensará que soy un mal hijo por no haberle dado las gracias hasta ahora, después de haber recibido varias cartas suyas y no haber contestado a ninguna, pero no logro encontrar la paz interior necesaria para escribir a mis padres. Cada vez que pienso en usted y en mis hermanas y hermanos, siento vergüenza y arrepentimiento […] queridísima madre, por favor, interceda por mí ante padre y no dude de la más sincera gratitud de su hijo.[13]
La correspondencia directa con su padre seguía siendo impensable, al menos hasta que hubiera encontrado un empleo mejor que el de camarero. Al regresar de Washington a Nueva York trabajó de profesor de matemáticas y de violín en una escuela cristiana de Manhattan. Incapaz de controlar a sus alumnos, dejó ese empleo y durante una breve temporada fue vigilante nocturno de una residencia para niños indigentes de Westchester. Después impartió clases en una elegante universidad de Rochester, donde la comida era buena y el sueldo, por primera vez desde que llegara a América, razonable. Solo entonces dirigió sus pensamientos hacia Viena y su padre.
Empresario
No hubo alfombras rojas ni bandas de música para dar la bienvenida a Karl cuando regresó de Nueva York en la primavera de 1866, y el aspecto que ofrecía solo sirvió para ahondar la aflicción que su fuga había causado en el seno de la familia. Se encontraba en un estado lamentable —desvariaba, estaba flaco y desaliñado—, y hablaba una confusa mezcla de mal alemán y argot yanqui.
Su madre le había escrito para advertirle de que se esperaba que, a su regreso, se dedicara a alguna labor agrícola. «Si el deseo inmediato de padre es que trabaje en una granja, por supuesto que lo haré», había asegurado Karl a su hermano Louis.[14] Al llegar, sin haber recuperado todavía el favor de la familia, lo enviaron a una de las granjas que tenía arrendadas su padre cerca de la pequeña ciudad comercial de Deutschkreutz, que en aquella época formaba parte de la Hungría occidental alemana. Se esperaba que allí recuperara las fuerzas y desarrollara algún entusiasmo por los negocios de su padre.
Hermann Wittgenstein no era un agricultor cualquiera. Jamás había arado un terreno ni ordeñado una vaca, pues su éxito empresarial residía en la asociación con sus suegros, unos ricos comerciantes vieneses apellidados Figdor. En 1847, cuando nació Karl, Hermann era un comerciante de lana que vivía en Gohlis, cerca de Leipzig, en Sajonia. Cuatro años después se trasladó con su esposa y sus hijos a Austria, donde ejerció de gestor o administrador de propiedades transformando las ruinosas herencias de aristócratas excéntricos en negocios prósperos a cambio de un porcentaje de los beneficios. El dinero obtenido de este modo, y de su colaboración con los Figdor (que comerciaban con el carbón, los cereales, la madera y la lana que esas fincas producían), se invertía prudentemente en propiedades inmobiliarias vienesas.
Si bien Hermann era frugal en extremo, él y su familia vivían rodeados de lujo. En Austria alquiló el famoso palacio de Bad Vöslau, para tres años después mudarse al descomunal, descollante y cúbico castillo de Vösendorf (hoy día, sede del ayuntamiento y del museo de la bicicleta), unos quince kilómetros al sur de Viena. Más adelante, ocupó una buena parte de un castillo alquilado en Laxenburg, construido originalmente para alojar a Anton von Kaunitz, primer ministro de la emperatriz María Teresa. Su hija menor, Clothilde (que terminó sus días en París, convertida en solitaria adicta a la morfina), fue la única de los once hijos de Hermann que nació en Austria. Karl era el sexto de los hermanos, tercero y menor de los varones.
Hermann Wittgenstein nunca prodigó mucho dinero a sus hijos, pues estaba decidido a que se abrieran camino en el mundo por sí solos. Pensaba que, de sus tres hijos varones, Karl era el más irresponsable, pero su rigurosa frugalidad, unida a la incesante reprobación y el menosprecio de las aptitudes de Karl, no consiguió más que despertar en el endurecido corazón del chico una acerada ambición por demostrar que su padre se equivocaba.
Al final de su vida profesional, a Karl le gustaba verse descrito como un hombre «hecho a sí mismo», pero esa expresión era acertada solo en parte. Sin duda amasó su inmensa fortuna gracias a su energía y aptitud para los negocios, pero, al igual que muchos de quienes se vanagloriaban de «haberse hecho a sí mismos», Karl solía pasar por alto el hecho de que se había casado con una dama de considerable fortuna, sin cuyo munificente fondo fiduciario tal vez jamás habría conseguido dar el primer salto para dejar de ser un empleado y convertirse en propietario capitalista.
La historia del ascenso de Karl Wittgenstein desde la condición de díscolo camarero en Norteamérica a multimillonario magnate austríaco del acero puede resumirse de forma sucinta. Después del año que pasó dedicado a las labores agrícolas en Deutschkreutz, se matriculó en la Universidad Politécnica de Viena, donde solo adquirió los conocimientos que le pareció que más adelante podrían serle de utilidad y se saltó las clases vespertinas, y con el fin de adquirir experiencia laboral aceptó un empleo mal pagado en la fábrica de Staatsbahn (Compañía Nacional de Ferrocarriles). En 1869 abandonó la universidad sin titulación y durante los tres años siguientes tuvo diversos empleos: ayudante de ingeniero de diseño en un astillero de Trieste; en una empresa de fabricación de turbinas de Viena; en los Ferrocarriles del Nordeste de Hungría en Szatmár y Budapest; en las Acerías Neufeldt-Schoeller de Ternitz, y finalmente en la ciudad balneario de Teplitz (o Teplice), donde comenzó a trabajar a media jornada en la elaboración del proyecto de una nueva planta de laminación. El director lo contrató para hacer un favor a la familia y esperaba muy poco de él, pero muy pronto la energía, la creatividad y la capacidad de Karl para hallar soluciones rápidas a un amplio abanico de problemas empresariales y de ingeniería le reportaron un puesto a tiempo completo en la fábrica.
Sintiéndose seguro al fin, con una renta anual de mil doscientos florines, Karl decidió pedir la mano de su novia. Ella, Leopoldine Kalmus, era la hermana de una mujer que tenía alquilada un ala del castillo de Laxenburg. La madre de Karl celebró con cierta reserva la noticia del compromiso de su hijo, pero no estaba segura de que fuera a ser un buen esposo. A su futura nuera le escribió lo siguiente: «Karl tiene buen corazón, pero abandonó la casa de sus padres demasiado pronto. Por lo que respecta a los últimos detalles para mejorar su educación, formalidad, orden y autocontrol, confío en que los aprenderá en su adorable compañía».[15]
Hermann, que todavía tenía que conocer a la señorita Kalmus, era menos optimista. El padre de la joven (ya difunto) había sido comerciante de vinos. Ella era medio judía de ascendencia y de religión católica, cosas ambas que atentaban contra la ética protestante y la sensibilidad antisemita de Hermann. A decir verdad, Leopoldine era prima lejana de su esposa, la señora Wittgenstein (ambas afirmaban descender de un rabino del siglo XVII, un tal Isaac Brillin), pero él quizá no lo supiera en aquel momento. En cualquier caso, él había dejado claro a sus hijos hacía mucho tiempo que no quería que se casaran con judíos. De los once, tan solo Karl le desobedeció. Hermann tenía potestad jurídica para prohibir el matrimonio, y a Karl le correspondía obtener de su padre la autorización formal. Karl cumplió con los trámites, pero de un modo tan descuidado y poco respetuoso que acabó enfureciendo a su padre.
Hermann yacía en la cama quejándose de dolor de espalda cuando su hijo llegó de Teplitz muy animado. Karl se ofreció a darle un masaje para aliviar el dolor y, en cuanto su padre se tendió boca abajo y comenzó a gemir con la cabeza hundida en la almohada, dejó caer como si tal cosa la noticia de que se dirigía a Bad Aussee, donde iba a proponer matrimonio a la señorita Kalmus. La historia no refiere si surgió en ese momento la cuestión de la religión de la joven, pero, cuando Karl empezó a ensalzar las bondades y virtudes de su futura prometida, Hermann le interrumpió. «Bueno, todas son así al principio —le dijo—, ¡hasta que mudan la piel!»[16] El anciano solo escribiría a su futura nuera una vez que se hubo hecho público el compromiso:
Querida señorita:
Mi hijo Karl, a diferencia del resto de sus hermanos, ha optado siempre desde su más tierna infancia, por seguir su propia senda. Al final tal vez esto no haya resultado ser un inconveniente tan grave. Ha pedido incluso mi consentimiento para formalizar su compromiso con usted, aunque tan solo cuando ya iba de camino a pedirle la mano. Como él se deshace en elogios hacia usted, y como sus hermanas coinciden en el aprecio de su persona, no creo que yo tenga derecho a poner dificultades, de manera que no puedo más que desear que se cumplan sus deseos y esperanzas de un futuro venturoso. Que esta expresión de mi sincera disposición de ánimo baste al menos hasta que haya tenido la oportunidad de conocerla personalmente.
Afectuosamente,
H. WITTGENSTEIN[17]
Karl y Leopoldine se casaron el 14 de febrero, día de San Valentín, de 1874 en una capilla lateral de la iglesia de San Esteban, la majestuosa catedral católica de Viena. Era un día ventoso. Las brillantes tejas de colores de la catedral resplandecían como las escamas de un pez exótico, mientras en lo alto del pórtico, entre figuras talladas que representaban la fealdad y el mal, el rostro de un judío con su pileum cornutum lanzaba una mirada maliciosa a Hermann y sus invitados cuando atravesaban la puerta. Concluida la ceremonia, todo el mundo se congregó para felicitar a los novios… pero Karl, en medio de un ataque de ira por la pereza de su cochero, dio un puñetazo en la ventanilla del carruaje mientras gritaba: «¡Váyase al infierno! ¿Va a arrancar alguna vez?».[18] La fuerza del golpe hizo añicos el cristal y le produjo un corte profundo en la mano, cuya sangre manchó el impoluto interior del vehículo.
La pareja se marchó a vivir a Eichwald, cerca de Teplitz, pero el trabajo remunerado que Karl tenía allí no duró tanto como él esperaba. Pronto se vio envuelto en una disputa interna, en cuyo momento culminante renunció a su empleo en señal de protesta por el trato desagradable que el presidente del consejo de administración había dispensado a su amigo, el director general. Estuvo un año sin empleo (fue en esa época cuando nació Hermine) y en el verano de 1875 se incorporó como ingeniero, con funciones poco definidas, en una empresa de Viena. Cuando llevaba un año en la capital, el presidente hostil de Teplitz dimitió y Karl fue readmitido en su antigua empresa, en esta ocasión con un asiento en el consejo de administración. La fábrica se encontraba en una situación calamitosa, pero consiguió sacarla a flote gracias a un voluminoso pedido de raíles que logró tras una dura competencia con Krupp. Para ello persiguió por media Europa a Samuil Poliakov, financiero ruso, constructor de vías férreas y asesor de confianza del zar Alejandro II, hasta convencerle de que adquiriera unos raíles mucho más ligeros y baratos que los que le ofrecían sus competidores. Los rusos, en guerra contra los turcos, los necesitaban para una campaña militar en la península balcánica. El contrato de Karl establecía que seguiría fabricándolos hasta que Poliakov le telegrafiara indicándole que se detuviera. Cuando por fin llegó el pedido, Karl informó a los rusos de que su empresa tenía almacenados en el patio, listos para enviar, varios millares de raíles; era mentira, claro está, pero de ese modo se aseguró de que el pago final fuera mucho mayor.
En sus negocios Karl era un oportunista, que amasó su fabulosa fortuna gracias al feliz resultado de los riesgos que asumía, a su esforzado trabajo y a su aguda intuición. Hacía promesas sin estar seguro de cómo lograría cumplirlas, aceptaba adquirir empresas y acciones con dinero que no poseía, y ponía a la venta mercancías almacenadas que ya había prometido a otros clientes. En última instancia, siempre confió en su ingenio para escapar de los problemas que él mismo se creaba. «Un industrial debe aprovechar las oportunidades —escribió—. Debe estar dispuesto a apostarlo todo a una sola carta cuando el momento lo exige, aun a riesgo de no recoger los frutos que había confiado en obtener, perder su apuesta inicial y tener que volver a empezar desde cero.»[19]
En 1898, con cincuenta y un años, regresó a Viena después de unas largas vacaciones en el extranjero y anunció que se retiraba de los negocios. Renunció con carácter inmediato a todos los cargos directivos y puestos ejecutivos, y decidió que en los años siguientes observaría con lupa la industria desde su despacho de la Krugerstrasse, que mantuvo abierto «solo por si el ministro de Comercio se pasa por aquí para pedirme consejo». Cuando presentó todas aquellas dimisiones se encontraba en la cumbre de su vida profesional, durante la cual había sido propietario o accionista principal de la Compañía Minera de Bohemia, la Compañía Siderúrgica de Praga, las Acerías de Teplitz, la Compañía Minera Alpina y un puñado de factorías, plantas de laminación y minas de carbón y metal de menor importancia por todo el imperio. Había ocupado un asiento en el consejo de administración de al menos tres entidades bancarias de primera línea, así como de empresas de municiones, y poseía, desperdigadas por las tres residencias que tenía en Austria, valiosas y espléndidas colecciones de muebles, arte, porcelana y manuscritos musicales autógrafos.
Porque, mientras su salud se lo permitiera, Karl dedicaría parte del retiro a sus placeres privados: la caza, el tiro, la esgrima y la equitación, encargar y coleccionar obras de arte, escribir artículos sobre temas económicos y empresariales, tocar el violín y, en verano, dar largas caminatas por las laderas alpinas. Sería ocioso conjeturar cuánto dinero tenía. Su primo Karl Menger escribió que su fortuna antes de la Primera Guerra Mundial «se estimaba en doscientos millones de coronas; equivalente al menos a esa misma cantidad de dólares después de la Segunda Guerra Mundial».[20] Pero las cifras carecen de sentido. Era fabulosamente rico.
Matrimonio con una rica heredera
Jerome Steinberger era hijo de un importador de guantes arruinado de Nueva York. Su padre, Herman, se había suicidado el día de Navidad del año 1900. Una de sus tías paternas se había arrojado al río Hudson, y se cree que un tío suyo, Jacob Steinberger, pudo también quitarse la vida en mayo de 1900.[21] Jerome realizó audaces intentos para recuperar la empresa de la familia, pero no lo consiguió, transformó su apellido en Stonborough y realizó un curso de humanidades en una universidad de Chicago. Se rumoreaba que su padre, un inmigrante de Nassau, en Sajonia, había suscrito un seguro de vida por valor de cien mil dólares. Su hermana, Aimée, se casó con William, la oveja negra del poderoso clan de los Guggenheim.[22]
En 1901, haciéndose llamar doctor Stonborough, Jerome viajó por primera vez a Viena y, un año después, regresó a la ciudad para estudiar medicina. No se sabe dónde ni cómo se convirtió del judaísmo al cristianismo, ni siquiera si en efecto lo hizo, pero el 7 de enero de 1905, doce semanas después de la boda judía de su hermana en Nueva York, estaba de vuelta en Viena, en uno de los días más fríos de la historia de Austria, tiritando ante el altar de una iglesia protestante de la adoquinada Dorotheergasse, junto a su nerviosa novia, una espigada vienesa de veintidós años.
Sus amigos la llamaban Gretl, aunque la habían bautizado con el nombre de Margherita, que a su debido tiempo ella anglicanizaría para convertirlo en Margaret. Era la hija menor de Karl y Leopoldine Wittgenstein. Entre sus tíos y tías había jueces, soldados, médicos, científicos, mecenas de las artes y funcionarios del gobierno, todos ellos figuras destacadas. En las paredes de la iglesia, encima del lugar donde ella y Jerome se pronunciaron las promesas matrimoniales, había tres lustrosas inscripciones, cada una costeada por un miembro de la familia: «Venga a nosotros tu reino», «Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan» y «Que todo cuanto respira alabe a Yahvé. ¡Aleluya!».
No está claro qué indujo a Jerome y Gretl a sentir un interés romántico por el otro. Procedían de entornos diferentes. El de ella era musical; el de él, no. Mientras que ella aceptaba de buen grado la compañía de los demás, él solía rehuirla. No obstante, compartían un vivo interés por las cuestiones médicas y científicas: siendo adolescente, Gretl había bordado un cojín para su dormitorio en el que se representaba un corazón humano con todas las arterias y venas coronarias. Tras la quiebra de su padre, a Jerome debió de entusiasmarle la perspectiva de compartir la inmensa fortuna de ella; al fin y al cabo, era la hija de uno de los hombres más ricos del imperio de los Habsburgo. Y es igualmente posible que ella, a su vez, se sintiera atraída por los rasgos de Jerome que más le recordaban a su padre: el carácter impaciente y autoritario, la presencia imponente, los impredecibles cambios de humor. Estas suposiciones pueden estar muy lejos de la realidad, pero lo cierto es que Jerome Stonborough y Karl Wittgenstein tenían una personalidad parecida y, aun cuando lo que movió a Jerome a casarse con Gretl no fuera su fortuna, no pudo menos de quedar impresionado por el lujoso palacio repleto de tesoros que el padre de la joven tenía en Viena.
Gretl era nueve años menor que su flamante marido norteamericano y unos cuantos centímetros más alta que él, tenía los ojos oscuros, el pelo moreno y la tez blanca. A juzgar por las instantáneas que han quedado de ella, no se la podría calificar de hermosa, al menos en el sentido clásico del término, pero tal vez el arte de la fotografía fuera injusto con ella, pues muchos de los que la conocían personalmente daban testimonio de su impresionante atractivo. «Poseía una belleza “singular” —afirmó alguien— y una elegancia poco corriente. Los dos arcos que formaba en la frente el nacimiento del cabello le conferían un aspecto único.»[23] Gustav Klimt trató de plasmar esos esquivos matices en un retrato de cuerpo entero que la señora Wittgenstein le encargó poco antes de la boda de su hija.
A Gretl no le gustó el cuadro una vez acabado por considerar que Klimt había plasmado de forma «inexacta» su boca, que más tarde mandó volver a pintar a un artista de segundo orden. Aun así, el retrato seguía sin gustarle, de modo que, sin llegar a colgarlo ni a exponerlo en público, dejó que se enmoheciera en el desván. Los visitantes de la Neue Pinakothek de Munich, donde actualmente se expone el cuadro, pueden entretenerse tratando de averiguar por qué a la modelo le desagradaba tanto. Tal vez señalen los círculos grises que aparecen bajo los ojos de Gretl y califiquen su expresión de cansada, dubitativa o, tal vez, asustada; quizá observen su aire cohibido y desconcertado con ese llamativo vestido de seda blanco con los hombros al descubierto que no le favorece, o acaso se fijen en la palidez de las manos entrelazadas sobre el estómago, con los dedos torcidos en un gesto nervioso. Sin embargo, al examinar el retrato, por más que se esfuercen, jamás adivinarán los verdaderos motivos de todo esto; motivos que nada tenían que ver con los temores que la joven pudiera sentir ante su inminente boda con Jerome, ni siquiera con la incomodidad de tener que posar ante el depredador sexual de Klimt. En mayo de 1904, cuando Klimt empezó a trabajar en el cuadro, el hermano de Gretl, que solo tenía un año más que ella y había sido su compañero inseparable en la adolescencia, se había envenenado inopinadamente en público de la forma más dramática.
La muerte de Rudolf Wittgenstein
Cuando murió, Rudolf Wittgenstein, conocido en la familia como Rudi, tenía veintidós años y estudiaba química en la Academia de Berlín. A decir de todos, era un hombre inteligente, culto y apuesto, que sentía pasión por la música, la fotografía y el teatro. En el verano de 1903, angustiado por un aspecto de su personalidad que él definía como «mi pervertida orientación»,[24] buscó ayuda en el Comité Científico Humanitario, una organización benéfica que defendía la derogación del artículo 175 del Código Penal alemán, una ley draconiana contra die widernatürliche Unzucht (los actos sexuales antinaturales). Dicha organización publicaba un informe anual de sus actividades con el florido título de Jahrbuch für sexuelle Zwischenstufen unter besonderer Berücksichtigung der Homosexualität (Anuario sobre transexualidad, con atención específica a la homosexualidad), y fue en uno de esos volúmenes donde, en un estudio de casos redactado por el distinguido sexólogo Magnus Hirschfeld, se exponían con detalle los problemas de un estudiante homosexual de Berlín, sin citar su nombre. Temiendo que se le identificara como el sujeto en cuestión, Rudi tomó de inmediato su fatídica decisión. Al menos, esa es una de las versiones de la historia. Los hechos que se describen a continuación son menos discutibles.
La noche del 2 de mayo de 1904, a las 9.45, Rudi entró en un bar-restaurante de la Brandenburgstrasse de Berlín, pidió dos vasos de leche y algo para comer, que ingirió en un estado de visible agitación. Cuando hubo terminado, pidió al camarero que llevara una botella de agua mineral al pianista con la indicación de que interpretara el popular tema de Thomas Koschat «Verlassen, verlassen, verlassen bin ich»:
¡Abandonado, abandonado, abandonado estoy!
¡Como una piedra en el camino, pues ninguna muchacha me quiere!
¡Iré a la iglesia, a la puerta de la iglesia,
¡y allí, arrodillado, lloraré desconsolado!
En el bosque se alza una loma con muchas flores,
allí descansa mi pobre muchacha, a la que no hay amor que resucite.
llí mi peregrinación, allí mis deseos,
¡allí sentiré profundamente lo abandonado que estoy.[25]
Mientras la música sonaba en toda la sala, Rudolf sacó del bolsillo un sobrecito de sales blancas y diluyó el contenido en uno de los vasos de leche. Los efectos de la ingestión de cianuro potásico son instantáneos y atroces: opresión en el pecho, una terrible sensación de quemazón en la garganta, cambios en el color de la piel, náuseas, tos y convulsiones. Al cabo de dos minutos Rudolf se desplomaba inconsciente en su asiento. El patrón mandó a unos clientes en busca de un médico. Llegaron tres, pero demasiado tarde para que sus atenciones surtieran efecto.
En el periódico del día siguiente, una noticia informaba de que en el lugar de los hechos se habían encontrado varias notas dejadas por el suicida. En una de ellas, dirigida a sus padres, Rudi explicaba que la pena por la muerte de un amigo le había llevado a quitarse la vida. Dos días más tarde, se trasladaron sus restos mortales desde un depósito de cadáveres de Berlín hasta Viena para que recibieran sepultura sin honores; para su padre, Karl, el dolor y la humillación eran inenarrables. Tan pronto como concluyeron los rotos fúnebres, se apresuró a sacar a su familia del cementerio y prohibió a su esposa que volviera la vista hacia la tumba. En el futuro, no permitiría que ella ni ningún otro miembro de la familia pronunciara el nombre de Rudolf en su presencia.
Ocho meses después del funeral, cuando Gretl y su marido abandonaban la iglesia en la que acababan de casarse, la novia depositó su ramo helado en las manos de un amigo fiel con la indicación de que lo llevara al lugar donde estaba enterrado su hermano y esparciera las flores sobre la tumba.
La tragedia de Hans
La decisión de Karl de prohibir toda mención de Rudolf no vino determinada por la falta de sentimientos, sino por un exceso de ellos, que, una vez desatados, podrían resultar destructivos. También había consideraciones de orden práctico: el deseo de mantener unida a la familia e impedir que sufriera, lo que únicamente podía lograrse soportando tener la boca cerrada. Sin embargo, si su intención era unir a los miembros de su familia con lazos más estrechos, no pudo haber fracasado de forma más rotunda, pues el efecto de su censura creó en la casa un ambiente de tensión insoportable, que produjo una fisura entre hijos y padres que el tiempo no conseguiría cerrar. Los primeros acusaban a Karl (nunca en su presencia) de someterles a una presión excesiva en lo relativo a la profesión, de insistir en que no se dedicaran a ninguna actividad que no incluyera las dos disciplinas que habían labrado su fortuna: la ingeniería y los negocios. También acusaban a la señora Wittgenstein, Leopoldine (o Poldy, como la llamaban en el entorno familiar), de no rebelarse contra su autoritario marido, de ser timorata, indecisa e insegura. Más de cuarenta años después de la muerte de su hermano, Hermine escribía con amargura:
Cuando a los siete años mi hermano Rudi tuvo que presentarse al examen de ingreso en la escuela pública, estaba tan triste y asustado que el examinador comentó a mi madre: «Es un niño muy nervioso; debería tener cuidado con él». En mi casa he oído a menudo repetir esta frase con ironía, como si fuera absurda. Mi madre no podía pensar que uno de sus hijos pudiera ser demasiado nervioso; para ella, eso era imposible.[26]
Debido a la prohibición de Karl, las conversaciones familiares sobre el suicidio de Rudi se circunscribieron a cónclaves secretos, con la inevitable consecuencia de que los hechos se distorsionaron con el paso del tiempo como en el juego infantil del teléfono. Por ejemplo, se rumoreaba que se había suicidado porque, al haberse criado entre algodones en Viena, no estaba preparado para los rigores de la vida estudiantil de Berlín; porque su padre se negaba a que se formara como actor, o porque había contraído una enfermedad venérea que le había hecho enloquecer. Se decían todas estas cosas y muchas más, algunas de ellas, sin duda, inexactas y descorazonadoras; sin embargo, no eran nada comparadas con los chismorreos y las tergiversaciones en torno a la desaparición de otro hermano: Johannes (conocido como Hans).
Como habría observado Oscar Wilde, «perder un hijo puede considerarse una desgracia, pero perder dos parece un descuido». Por extraño que pueda parecer, el suicidio de Rudi no fue la primera tragedia de esta naturaleza que sufrió la familia Wittgenstein, pues dos años antes Hans, el mayor de los varones, había desaparecido sin dejar rastro. Él también era un tema de conversación prohibido.
Las fotografías que nos han llegado de Hans en su juventud, con la cabeza ladeada y la mirada estrábica, hacen pensar que tal vez padeciera cierta deficiencia mental, que acaso fuera lo que hoy día se denomina un idiot savant, que se define como un niño retrasado que demuestra un talento excepcional en algún ámbito concreto, como grandes dotes memorísticas o la capacidad de realizar cálculos aritméticos con rapidez. No cabe duda de que era tímido, exasperantemente tímido, y que su mundo interior era muy intenso. Corpulento y desgarbado, obstinado y reacio a la disciplina, su hermana mayor lo consideraba «un niño muy peculiar». La primera palabra que pronunció fue «Edipo».
Desde sus primeros años manifestaba un curioso impulso por traducir el mundo que le rodeaba en fórmulas matemáticas. Cuando era pequeño, una tarde en que paseaba con su hermana por un parque de Viena, al atravesar una caseta adornada Hans le preguntó si podía imaginarla hecha de diamantes.
«Sí —respondió Hermine—, ¿verdad que sería bonita?» «Déjame probar una cosa —pidió él, y sentándose en la hierba se puso a calcular la producción anual de las minas de diamante sudafricanas y la riqueza acumulada de los Rothschild y los multimillonarios americanos, a medir mentalmente cada sección de la caseta, incluidos todos sus adornos y filigranas de hierro forjado, y a construir lenta y metódicamente una imagen hasta que, de repente, se detuvo—. No puedo seguir —exclamó— porque no puedo imaginar una caseta de diamantes más alta que esto —añadió señalando una altura de algo más de un metro—. ¿Tú puedes?» «Claro —contestó Hermine—. ¿Cuál es el problema?» «Pues que no queda dinero para comprar más diamantes.»
Pese a toda su habilidad matemática, lo que siempre interesó a Hans fue la música, para la que poseía un talento prodigioso y fenomenal. Con cuatro años sabía reconocer el efecto Doppler como una disminución de medio semitono en una sirena al pasar; a los cinco, se tiró al suelo llorando y gritando «¡mal!, ¡mal!» cuando dos bandas de metal situadas cada una en un extremo de un gran desfile de carnaval tocaban simultáneamente dos marchas militares en claves musicales distintas. En cierta ocasión en que la familia acudió a escuchar en concierto al famoso Cuarteto Joachim en la Kleiner Musikvereinsaal, Hans se negó a acompañarlos. No le interesaba la interpretación musical; prefirió tumbarse en el suelo de su casa con las partituras que se iban a interpretar en el concierto esparcidas ante sí. Sin haber escuchado jamás la pieza, fue capaz, estudiando simplemente cada una de las hojas impresas, de construir en su cabeza una impresión nítida de cómo sonarían los cuatro instrumentos juntos y, a partir de ahí, interpretar de memoria al piano el conjunto cuando regresaron sus padres.
Aunque era zurdo, Hans tocaba el violín, el órgano y el piano con destreza. Julius Epstein, maestro de Mahler y distinguido profesor de piano del Conservatorio de Viena, lo calificó en una ocasión de «genio», pero, pese a toda su habilidad y a los destellos de sentimiento, desde sus primeros años la violencia y los estallidos de tensión espontáneos, típicos de su carácter, malograban las interpretaciones musicales de Hans. Hermine lo atribuía al ambiente tenso y enrarecido de la casa de los Wittgenstein, y concluía:
Resultaba trágico que, pese a su enorme rectitud ética y su sentido del deber, nuestros padres no consiguieran crear una especie de armonía entre ellos y sus hijos; ¡resultaba trágico que mi padre tuviera hijos que eran tan distintos de él como si los hubiera encontrado en un orfanato! Debió de ser una amarga decepción para él que ninguno siguiera su camino y continuara la obra de su vida. Una de las mayores diferencias, y de las más trágicas, tenía que ver con la falta de vitalidad y de voluntad de vivir de sus hijos cuando eran jóvenes…[27]
Así pues, ¿qué le sucedió a Hans? Una noticia breve en el Neues Wiener Tagblatt del 6 de mayo de 1902 explicaba: «El industrial Karl Wittgenstein ha sufrido una terrible desgracia. Su hijo mayor, Hans (24), que ha pasado unas tres semanas en América con motivo de un viaje de estudios, ha tenido un accidente en una piragua».[28] La fecha de esta breve noticia hace pensar en la posibilidad de que Rudi escogiera el segundo aniversario de la «terrible desgracia» de su hermano Hans como fecha significativa en la que poner fin a su vida en Berlín. Ahora bien, si en efecto Hans se suicidó el 2 de mayo de 1902, los Wittgenstein estaban todavía lejos de reconocerlo públicamente, y la escueta noticia, que no da la menor pista sobre el destino final de Hans, no fue en modo alguno la última palabra sobre el asunto. Desde entonces, los miembros de la familia han ofrecido muchas explicaciones alternativas. Algunos dicen que huyó a Estados Unidos, otros a Sudamérica, una información refiere que se le vio por última vez en La Habana, Cuba. Su nombre no aparece en ninguna de las listas de pasajeros existentes. Tal vez viajara con pasaporte falso. Se sabe que poco después de que cumpliera veinte años su padre lo envió a trabajar a las plantas de producción de Bohemia, Alemania e Inglaterra, donde se esperaba que asumiera las obligaciones y responsabilidades que tanto le desagradaban y de las que no consiguió recoger ningún beneficio evidente. En lugar de trabajar, prefería interpretar música.
Cada vez que regresaba a casa para pasar una temporada, la relación de Hans con su padre era infernal y tempestuosa. Karl era un hombre aterrador, incluso cuando estaba de buen humor. Como escribió Gretl en su diario, «las frecuentes bromas de mi padre no me parecían graciosas, tan solo peligrosas».[29] Karl, incapaz de comprender la psicología ajena, alimentaba el deseo de que su hijo mayor sobresaliera en los negocios, brillara como empresario e industrial, reprodujera sus magníficos logros… pero, cuanto más se eleva alguien, más pequeño le parece a quien no sabe volar. Aunque a Karl le gustaba la música, detestaba la malsana obsesión que Hans sentía por ella, y al final le prohibió tocar ningún instrumento salvo durante unas horas rigurosamente establecidas. Su sublevación juvenil contra su padre le había conducido a su gran éxito en los negocios, pero era insensato por su parte suponer que Hans estaba hecho de la misma pasta, y demostró su miopía al creer que la incesante presión paterna sobre un hombre tan joven, voluble e inestable llevaría a otra cosa que no fueran las más catastróficas consecuencias.
La opinión más extendida apunta que huyó al extranjero en 1901 para escapar de su padre. Con poco más de veinte años Hans había engordado, estaba obsesionado con la sombría filosofía nihilista de Arthur Schopenhauer y, según algunas fuentes, «se cree que era homosexual».[30] Hay quien afirma que vivió hasta los veintiséis años. En una publicación se indica que murió en Everglades, Florida; según otra, «en 1903 se informó a la familia de que un año antes había desaparecido de una embarcación en Chesapeake Bay, y que no se le había vuelto a ver desde entonces. La conclusión obvia fue que se había suicidado».[31]
Pero ¿llegan unos padres a la «conclusión obvia» de que su hijo se ha suicidado cuando se les informa de que se le vio por última vez un año antes en una barca de remo? ¿No sería más normal que un progenitor angustiado por unas circunstancias tan inquietantes y extrañas aguardara pacientemente, esperara, hora tras hora, año tras año, que llamaran a la puerta? ¿En qué momento admite un padre, sin cadáver ni testigos, que su hijo no ha huido y se ha escondido, sino que en efecto se ha suicidado?
El único elemento común en la mayoría de las versiones es que Hans salió a navegar en una barca. Algunos dicen que se pegó un tiro o se envenenó en ella; otros, que la hundió con la intención de ahogarse. Uno de sus sobrinos creía que la embarcación debió de volcar durante una tormenta tropical
