Vera y su mundo (LoveInApp 1)

Susana Rubio

Fragmento

vera_y_su_mundo-2

1

VERA

Estaba escuchando a Aitana y Zzoilo en mi habitación mientras hacía el cambio de armario y empecé a cantar a grito pelado. El verano ya había llegado y estaba la mar de contenta. Había terminado el grado superior en desarrollo de aplicaciones multiplataforma y estaba segura de que las notas iban a ser excelentes. Adoraba el mundo de la informática, como mi mejor amiga, Ariadna.

Ariadna: Esta noche vas a ser toda mía.

Me reí al leerla.

Vera: ¿Con sexo?

Ariadna: Con lo que quieras.

Vera: Con Max incluido.

Max es mi otro amigo del alma.

Ariadna: Deja el tema, bruja.

Me reí y me puse a pensar en ellos dos.

Ariadna tiene veinte años, como yo, y es una chica alta, de talla media y con unos ojos preciosos que esconde tras unas bonitas gafas. Su pelo es castaño y lo lleva a la altura del hombro y con un espeso flequillo. Su rostro es interesante y siempre va vestida a la última. Como Max, en ese sentido son igualitos.

Mi mejor amigo tiene muy buen gusto y combina la ropa con una maestría que muchos quisieran. Es más alto que nosotras, también tiene dos años más y le sobran un par de tallas, pero lo disimula genial. Lo más bonito que tiene es su boca, con una sonrisa y unos dientes perfectos. Cuando lo conocí pensé que lo que más destacaba de él eran sus ojos claros, pero con el tiempo tuve claro que su sonrisa es de esas que te pueden dejar con la boca abierta.

Y pensaba en ellos dos porque meses atrás se habían enrollado durante una noche de esas de fiesta loca. Ambos estaban seguros de que había sido una tremenda metedura de pata. Yo también lo pensé porque una de nuestras normas (que tenemos muchas) es la de no tener sexo entre nosotros. El sexo lo acaba jodiendo todo y cuando creamos las «normas de los tres cerditos» tuvimos claro que enrollarnos entre nosotros sería algo casi incestuoso. Pero el alcohol, la noche, la música, el bailecito donde frotas y frotas... al final provocan situaciones raras como ver a Ariadna y a Max comiéndose el filete. Cuando creamos esas normas, a nuestros diecisiete años y a los diecinueve de Max, no pensamos que a veces existen factores incontrolables que te hacen actuar de forma distinta.

Ariadna: Por cierto, me he pasado al Tinder Plus.

Vera: ¿Hay tíos más buenos allí?

Ariadna: Deja el cachondeo, listilla.

Mi amiga era una adicta a Tinder y eso que el centro en el que habíamos estudiado estaba plagado de chicos. En nuestra clase, el ochenta por ciento del alumnado era del género masculino.

Vera: Nos vemos esta noche, petarda.

Éramos amigas desde los dieciséis años, hacía ya cuatro años que andábamos juntas por el mundo. Nos conocimos en el instituto cuando empezamos el grado medio de sistemas microinformáticos. Nos sentamos juntas por casualidad y al final del día nos dimos cuenta de que podíamos formar un buen equipo. Tanto la una como la otra demostramos el primer día que se nos daba bien la informática, anulamos un poco a nuestros compañeros con nuestras respuestas, pero no nos importó. La tecnología era nuestra pasión y estábamos allí para aprender. Eso comportó que al día siguiente algunos de los chicos pulularan a nuestro alrededor como las abejas en la miel.

—¿Vera?

—¿Sí?

Un chico muy alto con gafas redondas de metal me miraba desde su altura.

—Ayer no me quedó claro que es un sistema operativo monopuesto. ¿Podrías explicármelo?

Lo miré alzando las cejas. ¿Me lo preguntaba en serio?

Con el tiempo me di cuenta de que había algunos alumnos que solo estaban allí porque la idea de que la informática es el futuro les había obnubilado la mente. Como es lógico, aquel tipo de alumnos acababan abandonando los estudios. El mundo de la informática es algo que debes llevar en la sangre, algo que has mamado desde bien pequeño. No puedes levantarte un día de la cama pensando: «Voy a ser programador, me voy a forrar». Esto no funciona así.

—¡Vera! ¿Has hecho algo en mi iPad?

Mi hermana Miriam entró en mi habitación dando un portazo.

—No tengo nada mejor que hacer —le respondí a la enana.

Tenía cinco años menos que yo y a sus quince era una adolescente terrible: presumida, repelente, contestona y rebelde. Pero era mi hermana y debía entender que estaba en esa época en la que parece que todo el mundo está en contra de ti.

—Veraaa...

Cambió su gesto a uno de total inocencia y me reí. Tenía más registros en esa cara que el propio Leonardo DiCaprio. Cuando quería, también era un encanto y debo confesar que era mi debilidad.

—Anda, dime, ¿qué te pasa en la tableta? —le pregunté buscando mis gafas.

—No se enciende, no sé por qué.

Le di un vistazo y vi que no tenía ningún golpe. Saqué la batería, tal vez con el simple hecho de restablecer el ciclo de energía había suficiente.

—Ahora esperamos diez minutos.

—¿Y ya estará?

—Ya lo veremos. Mientras, cuéntame qué tal con ese amigo tuyo del barrio, el del jamón y queso.

—¿Con Jacobo?

Nos reímos las dos por mi broma, aunque era un tema que me preocupaba un poco. Mi hermana no había salido en serio con ningún chico, solo tenía quince años, y ese en concreto le iba detrás casi con desesperación. Era un chico del barrio que iba en moto y en patinete, parecía uno más, pero me daba malas vibraciones. No me gustaba, no sabía exactamente por qué, aunque a Miriam no se lo había dicho. Sabía que si lo hacía no me explicaría nada más, que era lo que le había ocurrido a mi madre con ella en más de una ocasión.

—Bueno, bien. Ya sabes.

—Pues yo con Andrés muy bien también. Hemos pensado en irnos un fin de semana fuera este verano. ¿Y vosotros?

Había visto varios vídeos sobre cómo tratar a un adolescente, a mi madre no se le daba demasiado bien y yo no quería que mi hermana terminara odiándonos a todos. En uno de esos vídeos de YouTube, una psicóloga de renombre decía que nunca había que avasallarlos con preguntas: ¿Cómo te ha ido el colegio? ¿Qué tal en Inglés? ¿Quiénes son tus amigas? Lo que necesitaba era provocar un diálogo de tú a tú con ella y para eso yo también tenía que explicarle mis cosas.

—¡Anda! Qué planazo... Nosotros no tenemos ni idea. A Jacobo le gusta mucho ir en patinete, así que quizá nos dedicamos a eso.

—Genial, así que tenéis en común las ruedecitas.

Mi hermana patinaba desde los cinco años, entrenaba cuatro veces a la semana y había ido a competiciones de patinaje a nivel nacional. Hacía un año que había dejado las competiciones, pero seguía entrenando duro.

—Y más cosas —me dijo aleteando sus pestañas cargadas de rímel.

La enana sabía maquillarse mejor que yo, estas nuevas generaciones no venían con un pan bajo el brazo, sino con un eyeliner de lo más sofisticado. Había visto a Miriam trazarse la línea negra encima del ojo con una rapidez alucinante. Estudiar no era lo suyo, pero en el tema de la cosmética podía sacar una matrícula de honor.

—¿Starbucks? —le pregunté sonriendo.

Mi hermana y yo éramos unas fanáticas de esa cafetería.

—¿Cómo lo has sabido?

—Porque si no le gustara, ya lo habrías despachado.

—Se dice mandado a la mierda.

—Pues eso.

Justo en ese momento la llamó alguien y salió de mi habitación, pero la oí claramente.

—Holaaa, Jacobo... ¿Eh? Sí, claro... En diez minutos estoy lista... ¿Esta noche? No, no puedo. Mi madre no me deja ir a ese tipo de fiestas... ¿Escaparme? ¿Lo dices en serio?

Menudo gilipollas...

—Eh... No, no. Paso de tener problemas nada más empezar el verano. Mi madre es capaz de castigarme sin salir y me da algo con este calor.

Seguí escuchando atenta. Me daba miedo que aquel tipo terminara convenciendo a mi hermana.

—Sí, sí, la próxima no me la pierdo... Ja, ja, ja... Claro que sí...

Los siguientes cinco minutos de conversación fueron risas y susurros, así que imaginé que no estarían hablando de nada preocupante. Cuando entró de nuevo en mi habitación, coloqué la batería del iPad en su sitio y se encendió sin problemas.

—¡Eres la mejor!

Me dio un beso con tanto ímpetu que nos caímos las dos en la cama. Aproveché el momento para hacerle cosquillas, como cuando tenía ocho o nueve años, y contra todo pronóstico se echó a reír como una chiquilla.

—Creo que llaman a la puerta —me dijo entre risas.

—Sí, debe de ser Andrés. Te has librado...

Abrí y apareció mi chico con una gran sonrisa. Me dio un beso rápido en los labios y entró en el piso para ir directamente a mi habitación.

Salíamos juntos desde hacía tres años y la verdad era que con él me sentía muy bien. Antes de conocerlo, mi vida amorosa era un poco... ¿cómo decirlo? ¿Caótica? Caté el sexo a los dieciséis y tuve demasiadas experiencias poco satisfactorias. Y digo demasiadas porque no le daba importancia al sexo y consideraba que hacerlo con alguien a quien apenas conocía no era negativo. Creía que ellos nacían enseñados y que si te gustaba mucho alguien todo tenía que ir genial.

Y no es así, claro.

Con Andrés todo fue más despacio y eso ya me gustó. Además, tiene veintitrés años y eso también lo noté. No era de esos que iban a saco o de esos que no podían aguantarse las ganas. Andrés quiso conocerme antes de llegar al final y, cuando por fin lo hicimos, fue tranquilo, pero mucho más agradable. No hablaré de que fue multiorgásmico porque eso solo sale en las películas.

Aparte del sexo, me gustan muchas más cosas de él, como su manera de ver la vida. Es una persona que transmite calma, que inspira confianza y que te escucha cuando hablas. No todos los chicos saben escuchar de verdad, lo había comprobado en más de una ocasión.

—¿Qué tal tu primer día de vacaciones? —me preguntó antes de sentarse en mi cama.

—Muy bien, ¿y tú qué tal?

—Bien, mucho curro. Ya sabes.

—¿Al final vas a poder salir esta noche?

Era jueves y en Random, la discoteca de moda, hacían una fiesta para los estudiantes.

—No, tengo que quedarme a escribir unos informes para mañana.

—¿También trabajas mañana? —le pregunté sorprendida.

—Lo siento, pero sí. Pero te lo compenso el domingo, vaaa...

Le puse morritos y se rio.

—Tengo que irme...

—¿Ya?

Me dio un abrazo y nos besamos en la boca con cariño.

—Pásatelo bien por mí esta noche...

ANDRÉS

A Vera la conocí en una estación de metro. Los dos vivimos en el mismo barrio, en Gracia, y cuando bajamos, nos chocamos sin querer y nos pusimos a reír. Empezamos a charlar, una cosa llevó a la otra y hasta el día de hoy. Llevamos juntos tres años, que se dice pronto, y durante este tiempo me he dado cuenta de que ella es la chica con la que quiero pasar el resto de mi vida.

Después de hacer una visita rápida a Vera, me fui a casa directamente porque estaba hasta arriba de trabajo. Ella salía de fiesta con sus amigos, pero yo tenía que hacer varias cosas. Mientras estudiaba la carrera de ADE, de eso hacía ya dos años, había tenido la suerte de entrar en una gran gestoría de la ciudad y quería demostrar que habían hecho un buen fichaje. Realmente preferiría no trabajar y ser millonario, pero los sueños no te dan de comer. Vivía con mis padres, claro, y mi primer objetivo era ganar dinero suficiente para irme de allí.

—Andrés, nos vamos a ver a los tíos. Tienes la cena en la nevera —me informó mi madre.

—Perfecto, ¿vendréis tarde?

—Como siempre.

Eso significaba que no llegarían antes de las doce de la noche y que iba a quedarme solo hasta esa hora.

Andrés: Tengo la casa para mi solito hasta media noche, ¿te vienes?

Al momento me envió un Gif de un gatito asintiendo con la cabeza.

Me senté en el ordenador y me puse a trabajar un rato. Tenía que adelantar esos informes sí o sí. Probablemente después tendría que sentarme de nuevo hasta las tantas, pero a veces uno tenía que hacer ciertos sacrificios.

Cuando oí el timbre, abrí corriendo y su cuerpo voluptuoso se tiró a mis brazos.

—Ufff, te tenía unas ganas ya...

Sonreí en sus labios mientras me comía la boca con fiereza.

—Julia, te voy a poner mirando las estrellas.

—Eso espero, cielito...

vera_y_su_mundo-3

2

VERA

Llegamos a la discoteca hacia las doce y el ambiente estaba bastante cargado. Daba la impresión de que todos los estudiantes de Barcelona estábamos allí dentro.

—Creo que me han metido mano unas cuatro veces antes de llegar aquí —soltó Max sonriendo.

—Max, llevas la camiseta llena de pelos —le dijo Ariadna señalando su camiseta negra.

—¡No jodas!

Puso una cara de susto total y Ariadna se echó a reír con ganas.

—Que es broma, nene.

—Cada día te pareces más a tu hermano —le replicó él medio enfadado mientras se peinaba alguno de sus rizos.

No miento si digo que Max se puede pasar una media hora larga peinándose. Lleva el pelo siempre despeinado, pero es adrede y le cuesta un año que cada pelo esté donde él cree que debe estar. Lo tiene ondulado y un poco largo, le queda genial, pero pierde demasiado tiempo con él.

Max es adiestrador de perros. Trabaja en las afueras de Barcelona en un inmenso espacio donde educa a perros con problemas. Es muy bueno en lo suyo y siempre supo que quería dedicarse al mundo perruno. Dejó los estudios cuando terminó la ESO y no puede estar más feliz, aunque a veces vaya lleno de pelos cuando vamos a tomar una cerveza a última hora de la tarde.

—¿Eso es un piropo? —le preguntó Ariadna.

—Tu hermano es un depredador, tú misma.

Nos reímos los tres por aquel comentario.

El hermano mellizo de Ariadna, Alejandro, es... ¿cómo decirlo? De esos tíos que solo tienen un pensamiento en la cabeza: aparearse. También es cierto que la naturaleza le ha dado un buen físico, aparte de una cara guapa como la de mi amiga. Está claro que le saca todo el partido del mundo para ligar. Cuando Max dice que es un depredador, no exagera nada. Alguna noche lo hemos visto liarse con tres tías distintas. Si su coche hablara...

Sonó en ese momento «Mon Amour» de Aitana y Zzoilo y saltamos los tres a la pista como si nos hubiera dado un extraño calambre.

«Es que me encantas tanto, si me miras mientas canto...».

Cantábamos como tres gallinas, pero como no se nos oía, nos daba igual, no necesitábamos mucho más para pasarlo genial. Bailábamos las dos con Max como si no hubiera un mañana. Lo dábamos todo, siempre.

—¡Tu hermano, Ariadna! —gritó Max sin dejar de bailar.

Me volví para buscarlo y lo encontré mirándonos a través de sus gafas de pasta con su pose de chico malo: apoyado en la barra, con una cerveza en la mano y su media sonrisa.

Alzó las cejas y yo puse los ojos en blanco.

—¡Voy a saludarlo! —nos gritó Ariadna.

Max y yo seguimos en medio de la pista, pero ambos fuimos echando un ojo a los dos mellizos.

—¿Tú por qué los miras? —me preguntó Max de repente.

Lo miré asombrada.

—Eh... No sé. ¿Y tú?

—Yo siempre os controlo, a las dos.

Y era cierto. Max necesitaba siempre saber dónde estábamos cuando salíamos de fiesta. Decía que no se fiaba del género masculino.

—Es su hermano, Max.

—Y es un capullo, ¿no?

Lo preguntó con retintín y yo achiqué los ojos.

—¿Me estás diciendo algo?

—No, solo que me ha venido a la cabeza una conversación que tuvimos hace un mes cuando ibas tan pedo.

Parpadeé un par de veces porque yo no recordaba haber hablado nada fuera de lo normal con él, aunque con la que llevaba...

—¿Qué tonterías dije?

—Que Alejandro era demasiado guapo. Me dijiste que Dios lo había castigado con esa cara...

—Yo no creo en Dios.

—Tú no, pero yo sí. Y me dijiste eso.

—Ya, bueno, ¿y qué?

—Me dijiste que no se iba a enamorar nunca, que era una pena.

Lo miré frunciendo el ceño.

—Ya sabes que cuando bebo hablo demasiado. No sé por qué sacas esto ahora.

—Tal vez te parece más guapo que Andrés...

Usó otra vez ese tono cantarín en plan «sé lo que me digo».

—Tal vez es a ti a quien le parece guapo... —le repliqué en el mismo tono.

—A ver, estaría ciego si te dijera que no. Ya sabes que lo bonito y yo vamos cogidos de la mano, pero a mí me van las tías. De momento.

Max podría haberse dedicado al mundo de la decoración y al estilismo porque en general tiene muy buen gusto. Yo lo conocí un año antes que a Ariadna porque paseaba a varios perros alrededor de mi instituto. Un día, esperando el autobús, lo vi a lo lejos persiguiendo a uno de sus perrillos y no me lo pensé dos veces: fui corriendo tras aquel chihuahua hasta que lo atrapé.

—Vaya, gracias. Goliat siempre se escapa.

—Menudo nombre...

Nos reímos los dos.

—Soy Max, tengo dieciocho años y soy adiestrador de perros.

—Vera, tengo dieciséis y estoy terminando la ESO.

Me dio con rapidez una tarjeta.

—Llámame y te invito a un refresco.

—Hecho —le dije observando sus bonitos ojos.

En ese momento no pensé que acabaría siendo mi mejor amigo, realmente pensé en algo más bien romántico, pero cuando al cabo de una semana quedamos para tomar algo, me di cuenta de que Max sería para mí alguien más importante que un simple noviete de adolescencia.

—¡Hombre! Si tenemos aquí a la pareja del año. —Alejandro se colocó entre los dos, mirándome a mí.

—A ti te va todo, pero a mí no me roces tu culo en mis partes sensibles —le dijo Max alzando la voz.

Yo me reí y el hermano de mi amiga ladeó la cabeza mirándome. Dio un sorbo al botellín y no pude evitar mirar cómo se juntaban sus labios alrededor del cristal.

—¿Quieres un poco?

—¿Vas a echarle pimienta como la última vez?

Me habían escocido los labios gracias a Alejandro durante un par de horas bien largas.

—Fue una broma y te la debía.

Yo le había llenado de sal el azucarero y le jodí el café de primera hora de la mañana.

—Perdona, creo que yo te debo muchas más.

Siempre estábamos a la gresca, yo no entendía cómo podía ser mellizo de mi mejor amiga porque no podían ser más diferentes, aunque los dos eran igual de inteligentes. Alejandro había optado por hacer bachillerato porque quería estudiar Periodismo. Era un tío responsable en sus estudios, probablemente era en lo único en lo que era responsable. Todavía le quedaban dos años para terminar la carrera, pero estaba sacando unas notazas tremendas.

—Cuando quieras me lo pagas en carne.

—De cerdo, guapo —le repliqué con rapidez provocando una sonora carcajada que me hizo sonreír.

Colocó sus manos en mi cintura y me acercó a él. Estaba tan acostumbrado a esos gestos con las chicas que no se daba cuenta de que no todas éramos igual.

—A ver, Alejandro... ¿Buscas algo?

Ladeé la cabeza y aleteé las pestañas en plan coqueto.

—¿De ti? Estás casada.

—Entonces ¿qué coño haces? —le pregunté molesta.

No me gustaba su manera despectiva de decirme que salía con alguien.

—No sé, quizá te des cuenta de que ese tío no es tu tipo.

Alejandro y Andrés jamás se habían caído bien y ninguno de los dos sabía darme una razón coherente.

—Pues no lo sé, pero te puedo asegurar que tú no lo eres.

Se acercó despacio hacia mí, mirando fijamente mis labios y aguanté el tipo. Lo conocía de sobra. Mucho blablablá y poca acción.

Estampó su boca contra la mía y una ola extraña subió por mi cuello hasta llegar a mi cabeza, donde creo que durante cinco segundos se me fundieron todos los fusibles.

¿Qué-coño-había-sido-eso?

Alejandro se separó de mí despacio y me miró a los ojos sin miedo. Estaba segura de que mi mirada le estaba indicando todo lo que se me pasaba por la cabeza en ese momento y puedo asegurar que eran pensamientos para mayores de dieciocho años.

Madre mía, qué labios... qué calorcito... qué polvo tiene este chico.

—Si me quieres devolver el beso, no me voy a enfadar —dijo haciendo referencia a nuestro intercambio de bromitas.

—Ni en sueños —le dije enfadada.

Alejandro soltó otra de sus carcajadas y yo le di la espalda para pedir una cerveza en la barra. En cuanto tuve el botellín en la mano, le di un buen trago para sofocar aquel calor. Tal vez había demasiada gente allí metida...

—¡Tía!

Di un salto al oír el grito de mi mejor amiga.

—¡Joder, casi me tiras la bebida!

—¿Qué diantres ha sido eso?

La miré haciéndome la tonta. Quizá no estábamos pensando en lo mismo.

—¿El qué?

—Alejandro y tú. Tú y Alejandro. Te ha comido la boca.

—¿Qué dices, exagerada? Ha sido un minibeso.

—Sí, claro, llámalo como quieras.

—Ya sabes cómo es tu hermano, no sé de qué te extrañas...

—¡Chicas, chicas!

Max nos interrumpió y dejamos el tema, aunque yo sabía que Ariadna volvería a decirme algo tarde o temprano. Lo normal, porque yo también le había hecho un interrogatorio casi de detective cuando se lio con nuestro mejor amigo.

—Acabo de hablar con Rodri, ya sabéis el tipo aquel del bulldog francés... —Asentimos con la cabeza—. Necesita una novia para la boda de un familiar.

—¿Una novia?

—¡¡¡Sííí!!! Lo pilláis, ¿verdad?

Ariadna y yo nos miramos como si estuviera hablando en ruso. ¿Se había fumado algo?

ALEJANDRO

Había estado a punto de no ir a esa fiesta, pero mi mejor amigo había insistido hasta la saciedad. Aquella misma tarde había quedado con él en la cafetería: se había metido en no sé qué lío. Siempre andaba igual y yo era el que tenía que acabar sacándolo del apuro.

Cuando entré en la cafetería, vi problemas en aquel rostro simpático.

—Liam, ¿qué pasa?

Me senté a la mesa. Se estaba tomando una cerveza y me miró frunciendo el ceño.

—Es Ana, me ha pillado un mensaje...

—¿Con Lola?

—Joder, sí. Y le he dicho que eras tú, que estabas usando mi móvil.

—Bueno, pues nada. Una más en mi currículum, tampoco le extrañará a Ana...

—Lee —me dijo pasándome su móvil.

Lola: ¿Nos vemos esta noche en Random?

Liam: Por supuesto, te voy a dar un repaso que se te van a caer las bragas.

—Muy sutil —le dije.

—Sigue leyendo.

Lola: No voy a llevar bragas, guapo.

Liam: Me estás poniendo malo.

Lola: A la una te espero en la entrada. Ponte la camiseta apretada, ya sabes cuál.

Liam: Hecho.

Lola: Y prepárate para...

Liam me quitó el móvil de las manos.

—Bueno, no hace falta que lo leas todo. Esta noche te necesito.

—¿A mí? ¿Para qué?

—Ana quiere ir a la fiesta de los cojones. Me parece que no se lo ha acabado de creer y quiere comprobar con sus propios ojos que es verdad lo que le he dicho.

—Macho, tú y tus marrones.

—Joder, solo te pido que finjas que estás con Lola.

—Solo.

—Y que te pongas una camiseta apretada.

—¡No me jodas!

—Tío, me juego el cuello. En serio.

Me miró con los mismos ojos que el gato ese, el de Shrek, ¿y qué le iba a decir? Era mi amigo, mi colega, y nos habíamos cubierto las espaldas mutuamente en más de una ocasión. A veces, ser el mejor amigo de Liam era la hostia de complicado.

Durante la primera hora de la noche, Lola y yo habíamos tenido que fingir que estábamos liados delante de Ana, su chica. Encima, llevaba una de las camisetas negras apretadas de Liam y me sentía como una puta salchicha.

—Hay que joderse...

Lola era muy maja y Ana también, pero a Liam le iban los líos. Al final lo pillarían, como siempre. Y es que no era la primera vez que una de sus chicas lo pillaba in fraganti. Le iba el riesgo, para él aquello era como escalar sin cuerdas. Después venían las hostias, pero lo superaba con una frialdad increíble. Yo siempre le decía que se dejara de historias y que no saliera con nadie, pero él me respondía que entonces se perdía la parte romántica de la vida. La verdad es que no lo entendía. Ya eran ganas...

Con lo divertido que era tontear con las chicas... sobre todo con una morenaza de pelo largo y ojos rasgados como Vera. Joder, Vera era... ¿cómo decirlo? Una de esas chicas que te van calando poco a poco. En un principio pensé que era una empollona y una friki de la informática, siempre con esas gafas y el pelo recogido con un lápiz. Pero el tiempo me mostró que la amiga de mi hermana era lista y divertida. Lo malo fue que empezó a salir con el tipo ese y entonces el tonteo se terminó. Vera se tomó en serio aquella relación, tanto que ya llevaban tres años juntos.

Pero aquella noche, al verla con ese vestido... joderrr, que no soy de piedra, Vera.

vera_y_su_mundo-4

3

VERA

Como no entendíamos a Max, lo sacamos a la terraza de la discoteca, ahí pudimos hablar con tranquilidad.

—A ver, Max, ¿qué dices?

—A ver si me explico. He tenido una idea brillante...

—¿No será como aquella de montar un lavadero para perros? —le pregunté riendo.

—¿Puedo hablar? —se quejó

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos