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Maria Jose Osorio

Fragmento

Capítulo 1

Feminazi, amargada, resentida, no tienes vida social, necesitas a alguien que te tire bien. Esos son algunos de los adjetivos y comentarios que suelen repetirse en mi blog. Me divierten; más aun porque creo que mi personaje no es lo suficientemente interesante como para ser premiado con tan coloridas descripciones; al final del día soy solo una chica hablando sobre hombres... ¿Y quién no necesita que lo tiren bien?, si ya estamos en el tema.

Puede que la mayor parte del tiempo no solo hable de hombres, sino que me ría de ellos, pero dicen que no hay mejor halago que una burla. O no hay mejor halago que una copia, o no hay mejor copia que una burla. En fin, queda claro cuál es mi punto.

Mi vida social, al contrario de lo que los blogopinólogos (esta palabra no existe) piensan, no es tan mala. Ya he encontrado al amor de mi vida y se llama Netflix. Es perfecto: está siempre ahí, tiene buenas sugerencias sobre lo que me va a gustar, y puede estar conectado toda la noche sin cansarse.

En realidad, en medio de alguna maratón de series o películas, también tengo citas. Tal vez no clasifican del todo como agenda social, dado que solo las tengo sabiendo que no van a funcionar: mi misión no es salir con tipos que valen la pena, sino con los imbéciles del mundo. Es un proyecto autodestructivo —lo sé— que describo con detalle en mi blog y que las mujeres parecen disfrutar leyendo, porque al final a nadie le interesan tus historias de romance exitosas: la gente siempre prefiere la parte sangrienta del noticiero.

Suena muy frívolo, también lo sé; puede que me haya ganado lo de feminazi por poner «Esta marca experimenta con hombres» como advertencia principal en mi página, pero, vamos, también hay que admitir que la gente ama tomarse las cosas de manera literal, especialmente en Internet. Y en cualquier caso, estamos todos experimentando con todos siempre, jugando con nuestras cabezas, manipulándonos, poniéndonos a prueba. Es la selección natural de la especie por donde vayas, en los trabajos, en los deportes y, por supuesto, en el amor. La única diferencia es que yo llevo una bitácora pública acerca de los resultados.

No recuerdo la última vez que salí con un hombre en el que estuviese sinceramente interesada; hay una tranquilidad en autosabotearse... por lo menos nunca ocurren finales inesperados. Puedo escuchar a Romina, mi amiga psicóloga, diciendo «Tienes problemas de intimidad; este blog es solo una excusa para mantener la situación bajo control y no volver a salir dañada».

Romina es insoportable.

Sí debo admitir que hay partes de una que jamás vuelven a encajar después de sufrir por amor. Creo que nunca llegas a estar tan consciente de todo lo que eres hasta que te rompen el corazón, porque ahí duele todo, duele el alma, duele el cuerpo, duele pensar, sentir, hablar. Duele abrir los ojos todos los días a la misma hora y por unos leves segundos pensar que se ha ido, que ya no te importa, para dar paso poco a poco a la decepcionante realidad de que los fantasmas y demonios continúan ahí, observándote, riéndose de tu inhabilidad para eliminarlos. Las personas que amas se llevan algo de ti con ellas, te modifican, dejan detrás una nueva versión tuya que demoras en reconocer. Hay miedos nuevos, hay inseguridades donde antes no existían, hay nervios y ansiedad en el espacio donde alguna vez hubo calma y felicidad. Y cuando por fin sales de la oscuridad, del agujero, tu mejor amigo es el control; y tu juego pasa inevitablemente a la defensiva.

Mierda, Romina tiene razón, pensé mientras cerraba el agua caliente de la ducha, y mis monólogos interiores están empezando a ponerse preocupantemente largos. Me encanta ensayar mi posible charla TED, casi tanto como mi discurso de aceptación de un Oscar. No parece que esté muy cerca de ninguno de ellos, pero tampoco lo estoy de Raoul Bova y eso no me impide imaginarlo en la ducha.

Salí del baño, examiné mis no perfectamente depiladas piernas (clara señal de que no estaba saliendo con nadie que verdaderamente me interesara), me puse el buzo que me servía como pantalla para no admitir que realmente permanecía en piyama, me senté en la mesa del comedor, abrí la computadora y volvió a mi esa sensación de estar encerrada en un cuarto oscuro tratando de prender un encendedor que solo echara chispas. Se supone que escribir es lo mío, y aun así no parezco capaz de concretar tres frases seguidas sin apretar compulsivamente DELETE.

Capítulo 2

El comienzo del proyecto literario en el que estaba enfrascada se había dado meses atrás, cuando conocí a la que sería mi editora. Rocío es una de esas mujeres que podrían ser sin problemas protagonistas de una trilogía entera: inteligente, graciosa, con una intuición acertada como brújula y, sobre todo, aguerrida y peleona.

Recuerdo haber estado parada a su lado. La sala estaba sumergida en un silencio matizado solo por la pausada voz de Juan José Estrada, autor del libro que nos reunía a todos ahí. Debo hacer una confesión en este punto: mi presencia en ese evento ocurrió casi por accidente. Minutos antes me encontraba en el bar del costado, en una cita con un espécimen que claramente consideraba que un resumen de sus últimas diez borracheras era información de interés. Usé la excusa de querer un cigarro para tomarme un break lejos de esa conversación con tufo a trago, y agradecí por primera vez la existencia de la ley que prohíbe fumar dentro de locales públicos. Salí despavorida de la escena del crimen y vi que en el local del costado se realizaba la presentación de un libro. No estoy orgullosa de lo que hice a continuación: apagué el cigarro en la acera, miré hacia los lados como una fugitiva cualquiera y opté unilateralmente por cambiar de plan.

Juan José Estrada probó ser el segundo hombre de la noche que intentaría matarme del aburrimiento. Su libro —una novela bélica de ochocientas páginas— te hacía preferir un disparo a quemarropa con tal de no seguir escuchando hablar sobre él. Buscando algún cómplice de bostezos, volteé hacia la mujer parada a mi derecha y le dije, sonriendo, «Tengo que pedirle al autor que vaya a hacer otra de estas lecturas a la casa de mi hermano; es el tipo de somnífero que necesitamos para mi sobrino». Me devolvió la sonrisa y, sin hacer comentarios, volvió a poner su atención en el monólogo del soldado al que estábamos siendo sometidas.

Mi celular empezó a sonar, cortando con navaja la parsimonia del lugar (lamenté haber cambiado mi ringtone a «Anaconda» la noche anterior). Juan José Estrada no parecía estar interesado en las canciones de Nicky Minaj, y me lanzó una de esas miradas asesinas que no recibía desde el colegio de monjas. Me apuré en sacarlo de la cartera y quitarle el sonido. Hice un gesto de disculpa, sintiendo prácticamente que había violado a la comunidad literaria. Vi en la pantalla que era Gabriel, el chico que había dejado desparejado. Opté por mandarle un mensaje por WhatsApp:

Me di cuenta de que la mujer a mi lado estaba leyendo la conversación de reojo.

La espía no pudo evitar una carcajada que hizo eco. Juan José Estrada empezaba a perder la parsimoniosa calma de su voz. Minutos después, el autor-soldado, desmoralizado por las constantes interrupciones, terminó su monólogo y pasó a la firma de libros. Volteé y decidí presentarme.

—Soy Mariana —susurré.

—Rocío —respondió, sonriente.

—Asumo que tú no llegaste aquí huyendo de un patán.

—Todas las mujeres estamos siempre huyendo de un patán...

—Buen punto.

—Pero en realidad mi editorial es la que publica este libro; por eso estoy acá.

Mi cara empezó a mutar entre diversas tonalidades de fucsia. Debía pensar que era una idiota.

—Siento lo que dije antes...

—No te preocupes —y bajó la voz—, puede que me haya quedado dormida un par de veces mientras lo leía, pero no se lo digas a nadie —me confesó, y nos reímos.

—Bueno, igual creo que prefiero las historias de Juan José Estrada que las de mi cita de esta noche; por lo menos estas involucran el uso de neuronas.

—Si era tan malo, ¿por qué saliste con él?

—Es un experimento social, digamos. He optado por salir con una serie de sujetos equivocados, en pro de la supervivencia femenina. Mis conclusiones sobre cada uno van a dar a un blog.

—Te agradecemos por tus servicios... ¿Un blog? Suena divertido.

—Si algún día estás con tiempo para matar, entra a www.50ultimascitas.com; ahí verás el detalle de mi lucha diaria.

—Así será. Tengo que ir para allá, a supervisar la firma. Quédate un rato, que mientras más denso es el autor, más alcohol ponen en los cocteles.

—Gracias, pero debo regresar a casa para registrar los pormenores de la velada, tengo una memoria poco confiable —le dije, y nos despedimos con cordialidad.

Es divertido cómo la vida está llena de reacciones en cadena. Tomas una decisión pequeña —una que no es de vida o muerte, y de la que parece no depender nada importante— y a veces termina siendo la chispa que enciende el mechero. Para mí esa noche fue un ejemplo perfecto de cómo aquello que nos encanta llamar «destino» es, a veces, solo una combinación de circunstancias que se sincronizan de modo asombroso.

Una semana después recibí un correo de Rocío: había leído mi blog y le había parecido «GENIAL», quería reunirse conmigo y ver si estaba interesada en un proyecto editorial. Recuerdo haber leído el mensaje unas siete veces antes de reaccionar.

Qué momento tan gringo, pensé. Con Laura, mi mejor amiga, siempre que algo combinaba clichés con situaciones surrealistas era catalogado como gringo, porque la vida tiene un poquito de Hollywood (y demasiado de cine independiente francés).

¿Un libro? Ese sin duda era el sueño, era mi respuesta a «¿Dónde te ves en diez años?», era la fantasía favorita entre amigas. Yo tendría un best seller, Laura sería CEO de Google, y las dos discutiríamos sobre cual jet usar para sacarnos el antojo de pizza en Roma. Más allá de las bromas, no recuerdo un sueño más antiguo y sincero que el de escribir un libro.

Los recuerdos de lo que pasó después de ese mensaje los llevo en la cabeza como una secuencia de eventos en cámara rápida, como una presentación de slides que lleva como fondo alguna canción indie de letra rara y acordes ingenuos:

Mi mail de respuesta mostrando interés.

Su mail concretando una fecha de reunión.

El insomnio imbatible de la noche anterior.

El exceso de corrector de ojeras de la mañana siguiente.

La seudocrisis existencial en el taxi por no encontrar el billete para pagar.

La amable recepcionista, el carnet de invitada.

La sala de reuniones.

La conversación sobre mi blog, sus autores favoritos, los míos, el feminismo, las redes sociales, el café delicioso que estaba a una cuadra, el tráfico, las expectativas, mi edad como un impedimento, mi edad como una ventaja.

La posibilidad del libro.

La realidad del libro.

El abrazo del final.

La palabra contrato.

La garúa de afuera, el auto estacionado, el cigarro en mi mano derecha que no paraba de temblar, el grito ahogado de saber lo que acababa de suceder pero no poder entenderlo por completo.

El problema con los sueños es que uno se prepara siempre para el primer momento, para el instante en que se materializan, para el abrazo emocionado entre amigos, para la llamada a los padres, para el descorche del champán, pero nunca pensamos en lo que viene después. Nunca pensamos que no nos sentiremos a la altura de nuestro sueño.

Al firmar el contrato con la editorial, me comprometí a entregar el borrador final en tres meses. Sentí que lo que tenía entre manos era demasiado grande como para convertirse en aquello que hiciera con mis horas extra, así que renuncié a mi trabajo en Belle, una multinacional de productos de belleza. No fue una decisión fácil dada la cantidad de tiempo que ya había invertido en esa empresa hasta ese momento. Había hecho mis prácticas profesionales ahí y llevaba dos años como asistente de marketing. Yo tenía un plan, uno que había seguido bastante al pie de la letra, pero que carecía de cualquier brillo al lado de la idea de publicar un libro.

Pensé, además, que el reto era complicado pero no imposible: después de todo se basaría en el blog, un tema que ya tenía dominado y sobre el que venía escribiendo desde hacía casi un año. Era cuestión de agrupar todas aquellas ideas con potencial que venían a mí, encontrarles un hilo conector y estarían listas para el empastado.

Pero era 3 de junio, faltaba un mes para cumplir la fecha pactada y tenía un total de trece páginas escritas. En realidad eran ocho, pero les puse interlineado doble, porque aparentemente tenía diecinueve años y estaba tratando de engañar a mi profesora de Filosofía de nuevo. La odiosa, malévola, página en blanco insistía en demostrarme que nada que realmente importe será jamás sencillo.

El proceso creativo detrás de escribir un libro es sin duda interesante. Cuentan que Vargas Llosa se levanta a escribir todos los días a las cinco de la mañana bajo reloj, mientras que Proust se encerraba en su departamento aislado del ruido por paredes de corcho, y escribía toda la tarde hasta entrada la noche.

En mi caso, bueno... el proceso consistió en una lucha constante por dejar de ser una idiota.

ETAPA 1: LA ERA HIPPIE

Lo primero que hice fue darme «el discurso del creativo», que consiste en decirse a uno mismo que la inspiración no se puede forzar y uno debe crear cuando las musas te visitan; no puedes obligarte a escribir, como no puedes obligarte a pintar o a componer una canción. Eres un alma libre, y solo dejándote ser podrás soltar la genialidad que llevas dentro.

Y claro: como cada vez que me sentaba frente a la computadora la creatividad no salía precisamente a chorros, dejaba los esfuerzos ahí y me distraía con otra cosa, esperando a que ese foco tarde o temprano se encendiera. Una vez que has perdido la mitad del tiempo que tenías para escribir el libro en vagar como adolescente en el laboratorio de cómputo, te das cuenta de que no puedes esperar la inspiración divina eternamente.

Eso nos lleva a la...

ETAPA 2: LA BÚSQUEDA DE ACTIVIDADES ALTERNATIVAS

Cuando estás escribiendo algo y te estancas, tu sistema de defensa mental aparentemente te convierte en una versión histérica de Martha Stewart. Fue así que pasé de escritora en ciernes a amante de los tutoriales y quehaceres del hogar. Aquí un listado de mis logros en esta etapa:

  • Aprendí a hacer galletas de avena con pasas
  • Aprendí a hacerme una trenza francesa
  • Ordené todos mis CD’s alfabéticamente
  • Ordené de nuevo todos mis CD’s pero por tipo de música

  • Limpié la parte de arriba del refrigerador
  • Tejí un par de mitones

Esta es una etapa con bastante más productividad, solo que no muy enfocada en un libro.

Y así es como pasamos a la siguiente etapa.

ETAPA 3: EL PÁNICO

Aquí tu adormecida cabeza por fin entiende lo que hizo en las otras dos etapas, y entra en un absoluto ataque de ansiedad. Frases como «Todo está perdido» se repiten de manera regular. En el lado positivo, la certeza de que estás a puertas de humillarte a ti misma y perder una oportunidad única en la vida, provoca que por fin te sientes frente a la computadora y escribas.

Y creo estar ahora en la última y peor etapa que es...

ETAPA 4: EL CUESTIONAMIENTO INSOPORTABLE

Es decir, la hoja por fin tiene palabras, pero cada vez que las relees, tienes la seguridad de que será el peor libro alguna vez escrito y que lo usarán para envolver pescado. Todo me suena tan soso, tan repetido, tan fácilmente etiquetable. Se supone que los libros te hablan de la persona que está detrás de ellos; este hablaría de mí, y yo no podía decidirme sobre qué quería que dijera.

Me paré, cogí una polera y un par de monedas y salí a comprar cigarros. Si se trataba de ser una escritora frustrada, que al menos fuese con un pucho en la mano. Me senté en la parada de buses que estaba afuera de la tienda, y entre bocanadas traté de pensar en algo que pudiera ayudarme a soltar la mano.

Agarré mi celular, abrí Twitter y publiqué «Se busca inspiración a domicilio». Me reí y luego me reproché la tontería que acaba de publicar: Para este tipo de cosas sí tienes tiempo, boluda. Una notificación nueva apareció en mi celular. Tenía una mención en Twitter de una chica seguidora del blog:

¿FAQWomen?, pensé, y me reí con la genialidad del juego de palabras. No me sonaba conocido, pero podía adivinar de qué se trataría. Nada que le guste más al ego masculino que escribir sobre mujeres, probarle al mundo que no somos tan complicadas, que solo se requiere el semental correcto para descifrarnos. Puaj.

En todo caso, la curiosidad mató al gato, y mis deseos de seguir huyendo de mis deberes literarios eran suficientes como para perder un poco más de tiempo. Entré a la página y comencé a navegar por los cientos de posts que habían publicado, y tuve que admitir que mi juicio inicial había sido bastante errado.

El blog era divertido y estaba muy bien escrito. Eran tres chicos distintos —todos chilenos— los que estaban detrás de esos posts. Uno era El Chino, cuya gracia parecía estar en lograr abordar un tema superficial y vacío e igual hacerlo sonar como una conclusión intelectual. Otro era Pato, que era claramente el Ted Mosby del grupo, el último romántico, el que supera los fracasos amorosos con altas dosis de humor autodespreciativo.

Y luego estaba Daniel.

Sentada en una banca dura, incómoda y fría, era incapaz de moverme, como pegada, leyendo en el celular uno de sus posts, titulado «Ah, la química».

Cuando lees algo que te atrapa, el mundo parece apagarse de a pocos hasta dejarte sola, hundida en medio de esas palabras como si tuvieran gravedad y no pudieras evitar caer en ellas. Algo de lo que está escrito ahí está en ti, y eso forma un nexo. Así es como llegas a amar un libro, una canción, y así era como me tenía congelada, y sin poder apartar la vista, lo escrito por Daniel.

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