Todo el azul del cielo

Mélissa Da Costa

Fragmento

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1

ASUNTO: Búsqueda de compañero/a de viaje para una última escapada

AUTOR: Emile26

FECHA: 29 de junio 01.02

MENSAJE:

Joven de 26 años, sentenciado a causa de un alzhéimer precoz, desea lanzarse a la carretera para un último viaje. Busco compañero/a de aventuras que quiera compartir conmigo este periplo final. Itinerario pendiente de ser aprobado conjuntamente. ¿Los Alpes, los Altos Alpes, los Pirineos? Viaje en autocaravana combinado con senderismo (habrá que cargar con mochila y tienda). Se necesita una condición física adecuada.

Salida: lo antes posible. Duración del viaje: dos años como ­máximo (según la estimación de los médicos). Posibilidad de acortar.

Perfil de mi compañero/a de viaje:

No es necesario ningún conocimiento médico especial: no preciso cuidados ni recibo ningún tratamiento, y mis capacidades físicas están intactas.

Buen estado de salud mental (puedo sufrir pérdidas de memoria cada vez más importantes).

Pasión por la naturaleza.

Que no le asusten las condiciones de vida un poco rústicas.

Ganas de compartir una aventura humana.

Contactadme solo por correo. Más adelante podremos comunicarnos por teléfono.

Émile se frota el mentón. Es un tic que tiene desde pequeño cuando está pensativo o indeciso. No le convence el anuncio. Le parece frío, distante, un tanto disparatado también. Lo ha escrito de un tirón, sin pensar. Es la una de la madrugada. Lleva una semana sin dormir nada, o casi nada. Eso no ayuda a escribir.

Vuelve a leer el anuncio de www.petitesannonces.fr. Le parece que deja un regusto extraño, un poco amargo. Sin embargo, se dice a sí mismo que ya está bien así, que es lo bastante oscuro como para disuadir a los sensibles y lo bastante descabellado como para desalentar a las personas convencionales. Solo alguien lo suficientemente especial podría percibir el peculiar tono del anuncio.

Lleva desde que le dieron los resultados médicos viendo a su madre llorar y a su padre contraer las mandíbulas. Y su hermana languidece mientras las ojeras se apoderan de su rostro. Él no. Él recibió la noticia con total lucidez. Un tipo de alzhéimer precoz, le dijeron. Una enfermedad neurodegenerativa que causa una pérdida progresiva e irreversible de la memoria. La enfermedad acabará dañándole el tronco encefálico hasta destruirlo. El tronco encefálico es el responsable de las funciones vitales: los latidos del corazón, la tensión arterial, la respiración... Esa es la parte buena: la muerte lo alcanzará pronto. En dos años como mucho. Es perfecto. No quiere convertirse en una carga, ni pasar el resto de su vida, decenas y decenas de años, en un estado de senilidad avanzado. Prefiere saber que morirá pronto. Dos años está bien. Todavía tiene tiempo para disfrutar un poco.

Después de todo no está tan mal que Laura se marchara hace un año. Las cosas hubieran sido mucho más complicadas. Hace una semana que se lo repite a sí mismo, desde que recibió el pronóstico. Laura se fue, y no tiene noticias suyas desde hace un año. Ni una llamada. Ni siquiera sabe dónde vive. Y es mejor así. De esta manera no tiene ninguna atadura. Puede irse. Puede emprender este último viaje con serenidad. No es que no tenga ya a nadie... Están sus padres, su hermana Marjorie y su pareja Bastien, y los gemelos. Está Renaud, su amigo de la infancia. Renaud, que acaba de ser padre y que está buscando una casa para instalarse con su familia. Renaud, padre y casado... ¡Ironías de la vida! Ninguno de los dos se lo hubiese imaginado jamás. Renaud era el chico gordito del fondo de la clase. Asmático, alérgico a los cacahuetes y completamente patético en deporte. En cambio él era el chico travieso y un poco rebelde, espabilado. Al verlos uno se preguntaba qué hacían juntos. El gordito y el rebelde. Renaud siempre se había mantenido un poco a su sombra. Y después, con los años, se volvieron las tornas. A Renaud le fue bien. Empezó perdiendo diez kilos, después encontró su vocación: se convirtió en logopeda. A partir de ese momento, se transformó. Renaud conoció a Laëtitia y ahora formaban una familia. Mientras que él, el chico travieso, se encontraba allí, abandonado. Con veintiséis años y mucha menos vitalidad. Y había dejado que Laura se fuese.

Émile sacude la cabeza mientras se recuesta en su silla de escritorio. No es momento de ponerse sentimental y remover el pasado. Ahora tiene que concentrarse en el viaje. Se le ocurrió en cuanto le dieron los resultados. Se permitió derrumbarse durante una o dos horas, y después la idea del viaje empezó a germinar en su mente. No ha hablado de ello. Con nadie. Sabe que se lo impedirían. Sus padres y su hermana enseguida lo apuntaron a un ensayo clínico. Sin embargo, el médico había sido muy claro: no se trataba de curarlo o de tratarlo, sino simplemente de aprender un poco más sobre su enfermedad rara. No tenía ningún interés en pasarse los últimos años de su vida en una habitación de hospital siendo objeto de estudios médicos. No obstante, sus padres y su hermana insistieron. Él sabe por qué. Se niegan a aceptar su muerte. Se aferran a la esperanza ínfima de que el ensayo clínico y sus observaciones permitan frenar la enfermedad. ¿Frenarla para qué? ¿Para alargarle la vida? ¿Para alargar un estado de senilidad? Está decidido: se irá. Ultimará todos los detalles en el más absoluto secreto, sin decirles nada, y se irá.

Ya ha encontrado la autocaravana y la ha pagado. Recogerá el vehículo a finales de semana. La estacionará en un aparcamiento de la ciudad, mientras pone todo en orden, para no levantar las sospechas ni de sus padres ni de su hermana. En cuanto a Renaud, todavía tiene dudas. ¿Se lo cuenta? ¿Le pide consejo? No lo sabe. Si Renaud hubiese estado soltero, sin un hijo, todo habría sido diferente. Se hubieran ido juntos. No cabe ninguna duda. Pero resulta que las cosas han cambiado. Renaud tiene su vida, sus responsabilidades. Y Émile no quiere enredarlo en sus últimas andanzas. Aunque, a pesar de todo, siempre habían soñado con vivir aventuras así. Decían: «Cuando acabemos la carrera, cogeremos las tiendas y las mochilas y nos iremos a los Alpes». Luego Émile conoció a Laura. Y Renaud a Laëtitia. Y abandonaron sus ansias de evasión.

Hoy por fin puede irse. Ya no tiene ataduras. Solo le quedan dos años de vida y sus allegados se están preparando para su pérdida. Que sea ahora o en dos años, no hay tanta diferencia. Vuelve a leer el anuncio una vez más. Sí, es extraño e impersonal. Sí, probablemente nadie responda. No importa, se irá de todos modos. Sin nadie. Le da miedo morir solo, es algo que le angustia, pero si así es como tiene que ser, si nadie responde a su anuncio, qué se le va a hacer. Se irá porque su último sueño es más fuerte que su miedo. Hace clic en «Enviar» y aparece un mensaje en pantalla que le indica que se acaba de publicar su anuncio. Se recuesta en la silla con un suspiro. Es la una y cuarto de la madrugada. Si alguien responde, si alguien comete la locura o tiene la valentía (no sabe muy bien cómo definirlo) de escribirle, entonces estará convencido de haber encontrado al mejor compañero de viaje de todos los tiempos.

—Émile, colega, lo siento, no he podido dejarle el niño a Laëtitia porque trabaja. Por cierto, me ha dicho que en cuanto acabe viene.

Renaud parece molesto por tener que ir a la habitación del hospital con su hijo en brazos. Émile le da una palmada en el hombro.

—Anda, calla, ya sabes que me gusta ver al mocoso.

—Debería estar durmiendo. No ha dormido en toda la noche. Se quedará roque en breve.

Renaud parece cansado. Émile ve cómo lucha por abrir el carrito mientras sostiene a su hijo en brazos. El bebé tiene apenas seis meses y Émile aún no se ha acostumbrado a ver a Renaud con un hijo. Todavía le resulta absurdo. Así que al verlo allí, desplegando un carrito tan concentrado, no puede contenerse.

—¿De qué te ríes?

—Tengo la impresión de estar viendo un espejismo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Tú y el mocoso, tú siendo el rey de los carritos plegables.

—Sí, eso, tú ríete. Ya te lleg...

No acaba la frase y Émile enseguida entiende el porqué. Renaud iba a responder «ya te llegará el día», como suele hacer, pero ha parado en seco. Se ruboriza ante la metedura de pata que acaba de cometer.

—Lo siento... No...

Émile sacude la cabeza y contesta con una amplia sonrisa:

—Pues no, no me llegará. ¡Por lo menos me libro de eso! ¿Quién dijo que la vida es injusta?

Intenta hacerle sonreír, pero es en vano. Renaud deja el carrito y se vuelve hacia él, con el rostro descompuesto.

—¿Cómo lo haces? Quiero decir... Yo no puedo dormir... ¿Cómo lo haces para bromear sobre el tema?

Émile intenta esquivar su mirada fingiendo inspeccionarse las uñas. Responde con actitud despreocupada:

—Estoy bien. A ver..., en unos meses ya ni siquiera sabré quién soy así que... Nada importará. ¡No vale la pena amargarse!

—Émile... No estoy de broma.

—Ni yo.

Renaud está a punto de romperse. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Durante un segundo, Émile tiene ganas de contárselo, de soltarlo todo: «Todo irá bien, colega, me iré, me lanzaré a la aventura con mi mochila y una autocaravana, como soñábamos. Voy a vivir sesenta años en solo uno. Te lo prometo. No me arrepentiré de nada».

Pero no puede. Renaud no intentaría disuadirlo, todo lo contrario. Ese no es el problema. Renaud es mucho más que un amigo, es un hermano, y, si se entera de que se va, la idea de dejar que lo haga solo, de no acompañarlo, le destruirá. Ni hablar. Émile se niega a hacerlo sentir culpable. Y, si conoce tan bien como cree a Renaud, es capaz de decidir que lo acompaña, cueste lo que cueste, por lo menos durante unos meses o unas semanas. Y eso es todavía más intolerable. No quiere ser la persona que aleje a Renaud de su familia, ni por un breve periodo de tiempo.

—No tienes que hacerte el duro conmigo —insiste Renaud, con los ojos todavía más empañados.

—Se te va a caer el mocoso.

Efectivamente, el bebé se está resbalando de los brazos de Renaud, que tiene toda la atención puesta en Émile.

—Ay, mierda.

Renaud sujeta mejor al bebé y lo deja encima de la cama de hospital, al lado de Émile, que lo coge y se lo sube al regazo.

—Émile...

—Irá bien, colega. La vida es así. No me ha tocado una buena papeleta. Tendré que conformarme.

—No digas eso.

—Está el ensayo clínico... Nunca se sabe.

Ha usado la misma carta que sus padres y su hermana: tapar la terrible verdad con una esperanza absurda. Ha intentado sonar creíble y parece funcionar, puesto que Renaud abandona su aspecto abatido y vuelve a pelearse con el carrito.

—¿Quieres que te ayude?

—No, ya puedo.

—Bueno, ¿y cómo está mi mocoso preferido?

El bebé, sentado sobre las rodillas de Émile, suelta un grito divertido. Renaud y Laëtitia le pusieron Tivan. Se inventaron el nombre. Émile sospecha que Renaud se dejó engatusar por Laëtitia. No puede negarle nada. Tivan... ¡Vaya nombre! Prefiere llamarlo «mocoso». Incluso eso suena mejor. Renaud por fin ha desplegado el carrito. Se incorpora, coge a su hijo y lo deja en el interior como si se tratase de un objeto precioso. Una vez instalado el bebé, Renaud se sienta en la cama, al lado de Émile. Lo observa de manera extraña.

—Bueno... ¿Qué..., qué tal vas?

—Bien. ¿Y vosotros? ¿Y Laëtitia? ¿Habéis visitado casas ­nuevas?

La estrategia de distracción no funciona. Renaud continúa:

—Me he cruzado con tu madre en la entrada del hospital.

—¿Cuándo? ¿Ahora?

—Sí. Está...

No se atreve a continuar. Émile termina la frase en su lugar.

—Está destrozada, lo sé.

—Suerte del ensayo clínico ese...

—Sí... Suerte...

—Joder...

Renaud se pasa la mano por la cara. Tiene un aspecto envejecido. La noticia de la enfermedad de Émile le ha causado una gran conmoción.

—¿Cómo has pillado eso?

—No he pillado nada de nada. Es una enfermedad genética rara, eso es todo.

—Ya, pero ¿por qué tú?

—¿Por qué yo? ¿Por qué no yo? Es la gran lotería del universo, punto.

—¿Cómo aguantas el tipo? ¿Cómo lo haces para no romperlo todo?

—¿Y llorar? ¿Compadecerme por mi mala suerte?

Renaud no sabe qué responder.

—Lo he aceptado, nada más.

—Siempre has sido así.

—¿Así como?

—Resuelto, fuerte... Yo era el miedica de los dos. Tú tirabas de mí hacia arriba.

—Ya estás arriba del todo, Renaud. Lo has conseguido tú solo. No me necesitabas.

Renaud sonríe. No consigue guardar más las apariencias. Una lágrima se le escapa por el rabillo del ojo. Se le quiebra la voz.

—Te voy a echar muchísimo de menos, colega.

Émile no podrá aguantar mucho más. Tiene un nudo en la garganta que se niega a sentir, pero ver a Renaud llorar es demasiado. Deja de contenerse. No suelen abrazarse, pero en ese momento les resulta evidente.

—Para. Todavía no ha pasado.

—Lo siento... Estoy llorando como un flojo.

—Y delante del mocoso, ¡no tienes vergüenza!

Renaud sonríe entre lágrimas. Se sorbe los mocos.

Émile resiste. Le arde la garganta, pero no llorará. Lo ha ­decidido. Renaud tiene razón. Siempre ha sido fuerte y resuelto. Y lo será hasta el final.

—¿Cuándo llega Laëtitia? Tendrás que secarte las lágrimas antes de que llegue y te vea así. Igual te deja.

—No se atrevería a dejar al pequeño sin padre.

—Por tu bien eso espero.

Renaud lo mira de manera extraña, con los ojos húmedos.

—¿Realmente confías en el ensayo clínico?

Émile no quiere mentirle.

—No.

A Renaud se le hunden todavía más los hombros.

—Entonces ¿por qué has dicho...?

—Algo hay que decir.

—¿Qué harás?

—¿Cómo que qué haré?

Un grito sale del carrito de Tivan, pero ninguno de los dos se mueve. Se están evaluando. Ambos aguardan una reacción en la mirada del otro.

—No te vas a quedar para el ensayo clínico. —Renaud no está preguntando. Es una afirmación, clara y rotunda. Y añade—: Colega, te conozco mejor que nadie. No es propio de ti.

Émile mira a su amigo con afecto. Tiene los ojos enrojecidos de llorar. Su amigo más antiguo. El niño gordito y asmático. Uno de los pilares de su vida. Lo ha entendido. Por supuesto que lo ha entendido. Se conocen a la perfección.

—Colega...

—¡Lo sabía!

—Aún no he dicho nada...

—¡Sabía que tramabas algo!

—Tienes razón. No me quedaré aquí.

—¡Estaba seguro!

Renaud ya no parece devastado. Está casi sonriente, invadido por una excitación todavía mezclada con dolor.

—¡Cuéntame!

—No puedes decir nada a nadie, ¿de acuerdo?

—¡Estás loco! ¡Jamás!

—Me voy.

—¿Te vas? ¿A dónde?

—Todavía no sé a dónde...

Unos golpes en la puerta los interrumpen. Renaud se sobresalta y se seca los ojos húmedos con rapidez. Émile responde:

—¿Sí?

La puerta se abre y aparece una mujer joven con el pelo rizado y rubio, vestida con un traje ceñido.

—¡Laëtitia!

Parece sofocada. Se quita las gafas de sol, deja el bolso en el suelo y lanza una rápida mirada al carrito de Tivan.

—¿No duerme?

Émile percibe al instante el cambio en la actitud de Renaud. Se endereza y saca pecho. Se da aires de importancia, de padre responsable. En cuanto llega Laëtitia, él siempre adopta ese papel. Es cierto que Laëtitia impone un poco. Es una gran mujer con la cabeza bien amueblada y una idea muy clara sobre cómo debe ser la vida. Sabe lo que quiere y hacia dónde va. Trabaja duro. Tiene todos los frentes cubiertos.

—Se está quedando dormido.

Miente. Seguramente teme que Laëtitia lo tome por un mal padre. La situación hace sonreír a Émile. Laëtitia se acerca a la cama y le da un beso rápido a Renaud antes de plantarse ante Émile.

—¿Qué tal?

—Bien.

Lo abraza. Émile no está acostumbrado a gestos de afecto como ese de su parte. Siempre se han llevado bien, pero manteniendo una cierta distancia educada y respetuosa. En cambio, entre Laura y ella nunca hubo conexión. Laura era lo opuesto a ella. Tan morena como Laëtitia rubia, tan despreocupada y ligera como Laëtitia seria y previsora. Una siempre le había inspirado admiración mezclada con miedo mientras que por la otra sentía una adoración sin límites. Siempre había preferido la despreocupación, la espontaneidad y el lado infantil de Laura. Era libre como el viento. Y se había largado.

Laëtitia lo suelta. Desde que recibió la noticia de su enfermedad, de pronto la gente de su alrededor se ha vuelto afectuosa, como Laëtitia. Abrazos, largas miradas, frases susurradas, como si el ruido pudiera matarlo. Le hace sentir incómodo. No le gusta.

—¿Sigues muy desbordada por el trabajo? —pregunta Émile.

—Ni me lo recuerdes...

—¿Y la casa?

—Ya no tenemos tiempo para hacer visitas. Entre Tivan, el trabajo..., estamos hechos polvo.

El silencio vuelve a reinar en la habitación de hospital. Laëtitia se ha situado delante de la ventana, al lado del carrito de Tivan. Con una mano le acaricia la cabeza, pensativa. Entonces parece volver en sí.

—¿Cuándo empiezas el ensayo clínico?

—La semana que viene.

—¿Por qué te tienen aquí?

—Me tienen que hacer pruebas antes de empezar el ensayo.

—¿Pruebas?

—Análisis de sangre, análisis de ADN, escáneres, test de memoria...

—¡Madre mía! —Aparta un mechón sedoso de la cabeza de Tivan, y prosigue—: ¿Puedes salir de aquí este fin de semana?

—Claro. No me tienen preso. —Intenta hacerla sonreír pero no surte efecto.

Laëtitia siempre ha sido seria. Émile cree que le aporta tranquilidad a Renaud, que por eso la quiere tanto. Él siempre ha sido miedoso y en ella ha encontrado a alguien fuerte.

—Pues podrías venir a cenar a casa este fin de semana.

—Me parece genial.

—El viernes por la noche. Ven el viernes por la noche. Haré lasaña.

—¡Qué buen plan!

Émile nota como Renaud lo observa con desconfianza. Lo vigila. Escudriña su mirada en busca de algún indicio. Renaud sabe que quiere irse. Probablemente se está preguntando si el fin de semana seguirá aquí o si está mintiendo. Émile quisiera tranquilizarlo, pero Laëtitia está presente y se niega a compartir el secreto con ella. Estaría en contra. No lo entendería.

En todo caso este fin de semana sí que estará. Irá a buscar la autocaravana el sábado por la mañana. La estacionará en el aparcamiento que se encuentra delante del cine, donde a menudo hay todo tipo de autocaravanas y extrañas furgonetas aparcadas. Después ya verá. Todavía no sabe exactamente cuándo se irá. El anuncio registra ciento siete visualizaciones desde que lo publicó hace dos días, y nadie ha respondido. No abriga muchas esperanzas, pero se dice a sí mismo que nunca se sabe. Tiene previsto aprovechar el domingo para concretar el itinerario. Ansía naturaleza, bosque, olor a pino, sentir piedras bajo los pies.

—¿Y el trabajo?

Se sobresalta al escuchar la voz de Laëtitia. Ella lo mira desde la ventana de la habitación, con la mano todavía en el carrito, sobre la cabeza de Tivan.

—¿Qué?

—No volverás, supongo...

—Ah... No.

—¿Te han dado la baja?

—Sí. Indefinida.

Un silencio pesado flota en la estancia. Renaud se retuerce, incómodo.

—No lo voy a echar de menos —añade Émile.

Su trabajo es poner en contacto hoteles con páginas web de reservas. Obtiene una comisión cada vez que se firma un contrato. Se trata de una empresa emergente muy pequeña creada hace apenas tres años. Aparte de él está el jefe, un amigo de Laura. Fue ella quien los presentó hace tres años. El jefe tiene veintiocho años y ganas de comerse el mundo. No llegará muy lejos. No dispone de los medios necesarios para satisfacer sus ambiciones. Además de ellos dos, hay también un estudiante en prácticas: Jérôme-Antonin, un niño de papá incompetente y holgazán. No, no va a echar de menos ese trabajo. En su momento lo aceptó porque necesitaba un salario, pero nunca le entusiasmó. Trabajaba como un autómata, para pasar el tiempo. Por eso le costó darse cuenta de que estaba perdiendo la memoria. Lo atribuyó al aburrimiento y la falta de motivación. Todos aquellos correos electrónicos que había perdido, reescrito, reenviado, las citas que se le habían pasado, las llamadas con los clientes que olvidaba cada dos por tres, las lagunas de memoria en medio de la jornada, delante de un documento en blanco («¿Qué iba a hacer yo ahora?»)... Era un trabajo aburrido, sin sorpresas, así que pensó que simplemente se había cansado. Pero no era eso o, en todo caso, no era solo eso. Estaba perdiendo la memoria. Después vinieron los desvanecimientos y las faltas de equilibrio. Culpa del cansancio, pensó. Una reacción a la partida de Laura... un año después... Fue su madre quien insistió para que fuese al médico. Y llegaron los resultados.

Laëtitia se dirige con rapidez hacia la ventana. Forcejea con la manilla para abrirla.

—Hace un calor infernal.

El aire fresco de última hora del día se cuela en la estancia. El mes de julio ha llegado y fuera los pájaros cantan muy fuerte.

—¿No hay aire acondicionado aquí?

—Lo reservan para la zona de geriatría.

—No puedo más. Voy a la máquina expendedora a buscar una limonada fresca. ¿Queréis algo?

Émile sacude la cabeza, Renaud lo imita. Laëtitia se seca la frente, donde se le han quedado pegados algunos mechones r­i­zados.

—Ahora vuelvo.

Sale de la habitación y cierra la puerta con suavidad. Renaud se gira inmediatamente hacia Émile. Lo quiere saber ahora.

—Bueno, entonces... ¿Qué es lo que tramas?

—Todavía no lo sé del todo.

Émile extiende el brazo hacia la mesita de noche blanca y coge el móvil. Abre una página de internet, desliza el dedo, teclea.

—Toma. Este es el punto en el que me encuentro de momento. —Le tiende el teléfono a Renaud. Es el anuncio—. Lee.

Émile está frente al volante de la autocaravana, inmóvil, perdido en sus pensamientos, perplejo. Ha ido esta mañana a buscar el vehículo. Está en perfecto estado. Incluso viene con una vajilla y un juego de toallas que parece que nadie ha utilizado. Si quisiera podría irse hoy mismo...

La autocaravana está en el aparcamiento delante del cine y Émile no se decide a salir. Está inmerso en un verdadero tormento. Ya no sabe qué pensar. Renaud se alarmó un poco el otro día cuando vio el anuncio.

—Lo de irse lo entiendo, pero con un desconocido... —Hizo un gesto incómodo, como excusándose por no poder acompañarlo—. Está claro, nadie responderá... O un pirado. Un psicópata. Un perturbado sexual. ¿Dónde te estás metiendo?

A Émile le desalentó un poco su reacción. Por lo general, Renaud y él estaban en sintonía, pero esta vez era diferente. Y eso le generaba serias dudas. «¿Renaud reacciona así porque sabe que moriré dentro de poco? ¿Porque sabe que moriré lejos de mi casa, lejos de mi gente? ¿O es que realmente se trata de una idea pésima?». Estuvo a punto de borrar el anuncio. No obstante, esta mañana alguien ha respondido. Y lo ha cogido totalmente por sorpresa, puesto que no ha sido un hombre, tal y como había dado por hecho que sería en el caso de que alguien respondiera. No, se trata de una mujer. Una mujer joven. Dice tener veintinueve años. El anuncio debería haberla asustado o al menos inquietado. Irse sola con un desconocido, que afirma estar viviendo los últimos años de su vida, sin tener ninguna idea precisa del itinerario o del verdadero objetivo del viaje... Sin embargo, no parece preocupada. Ha respondido con un mensaje corto, casi no ha hecho preguntas. ¿Estará mal de la cabeza?

ASUNTO: Re: Búsqueda de compañero/a de viaje para una última escapada

AUTOR: Jo

FECHA: 5 de julio 08.29

MENSAJE:

Hola, Emile26.

Su anuncio me ha llamado la atención.

Me llamo Joanne, tengo 29 años.

Soy vegetariana, no soy demasiado maniática con la limpieza ni con la comodidad.

Mido apenas 1,57 m, pero puedo llevar una mochila de 20 kg durante varios kilómetros.

Estoy en buena forma física, aunque tengo algunas alergias (picaduras de avispa, cacahuetes y moluscos).

No ronco.

No hablo demasiado, me gusta la meditación, sobre todo cuando estoy en plena naturaleza.

Estoy disponible para irme lo antes posible.

Espero noticias suyas.

Joanne

No hace más que releer el mensaje en bucle desde esta mañana. No lo entiende demasiado. ¿Quién es? ¿Por qué hace eso? Ahora es él quien desconfía... No pide nada. Está dispuesta a seguirlo tal cual, sin ningún temor. ¿Qué clase de chica hace eso? De pronto tiene muchas ganas de enseñárselo a Renaud, para saber su opinión. «Soy vegetariana, no soy demasiado maniática con la limpieza ni con la comodidad». ¡Es de lo más peculiar! Ni siquiera habla de su enfermedad, de la sentencia de muerte que flotará en el ambiente durante todo el viaje... ¿Le da igual? «No ronco. No hablo demasiado, me gusta la meditación, sobre todo cuando estoy en plena naturaleza».

Émile se frota el mentón, se pasa la mano por la cara, por la barba, que se empeña en mantener desde hace un año. A decir verdad, lo que le cuesta admitir es que su anuncio quería atraer justo este tipo de respuestas. Lo había redactado para captar a personas exactamente así. ¿Entonces qué? ¿Cuál es el problema? ¿Por qué ahora tiene una actitud tan escéptica y desconfiada? Se mira en el retrovisor: barba castaña, unos hoyuelos que se intuyen bajo el vello, unos ojos almendrados color marrón. Apenas empieza a tener arrugas junto a los ojos. Patas de gallo. Son muy sutiles. Está seguro de que nadie se ha dado cuenta excepto él. Observa la expresión inquieta en su rostro, el pliegue en la frente.

En realidad nunca creyó que pasaría. Nunca se imaginó que alguien respondería a su anuncio. O, en todo caso, que sería una chica. Eso es lo que tanto le perturba. Laura tenía ese punto alocado, un lado espontáneo y disparatado, pero jamás de los jamases habría respondido a ese mensaje. Nunca se habría embarcado en una aventura semejante. Y, sin embargo, Laura era la chica más independiente y desenvuelta que había conocido jamás. La Laura del principio, por lo menos. De la que se había enamorado perdidamente.

El tono de llamada de su móvil lo saca de sus pensamientos. El nombre «Mamá» parpadea en la pantalla y él espera tres largos segundos antes de responder.

—¿Émile? ¿Dónde estás?

—Estoy bien, mamá. Estoy comprando algunas cosas. ¿Qué ocurre?

—He pasado por tu casa. He llamado al timbre y nadie responde...

—Pues espérame. Llego en diez minutos.

—Solo me pasaba para ver qué tal estás. Tu hermana está aquí... con los gemelos.

Reprime el suspiro que tiene ganas de soltar. Se obliga a responder con amabilidad:

—Voy enseguida.

Desde que le dieron los resultados, no le dejan ni un segundo de descanso. Ni los unos ni los otros. Resulta asfixiante. Tiene ganas de irse, de acabar con todo este espectáculo. En el fondo, ellos también se sentirán aliviados, salvo que todavía no lo saben. De momento, están colmados de dolor y de buenas intenciones, pero todo esto acabará pesándoles. Tienen que volver a vivir. Ya nadie puede hacer nada más por él, pero ellos tienen que vivir.

ASUNTO: Re: Re: Búsqueda de compañero/a de viaje para una última escapada

AUTOR: Emile26

FECHA: 5 de julio 20.11

MENSAJE:

Bueno, Joanne, encantado.

Tengo que confesarte que no me esperaba recibir una respuesta a este anuncio.

Has sido una increíble sorpresa.

¿Dónde vives? Si no estamos muy lejos podríamos encontrarnos antes de salir, para hablar sobre el itinerario.

Yo vivo al lado de Roanne.

Émile

P. D.: Puedes tutearme.

El entusiasmo ha pesado más que las dudas. Émile ha dejado de lado la preocupación y la aprehensión. Ha pasado el día con su madre y su hermana. Lo han colmado de cuidados como se hace con los moribundos. Por poco no explota. Ha visto cómo intercambiaban miradas dolorosas, cómo contenían las lágrimas. Ha sentido todo el peso de la sentencia flotando por encima de sus cabezas en el piso. Incluso los hijos de Marjorie, los gemelos, lo notaban. No han llorado. Han estado silenciosos, demasiado silenciosos para unos niños de tres años. Si no se va, esto se convertirá en un infierno. La muerte cada vez ocupará más espacio, sofocará todo lo demás y ya no quedará nada entre ellos más allá de ese olor agrio, ese sabor amargo de la muerte acercándose.

Tiene que irse. Y rápido. Ahora que todo está casi intacto.

ASUNTO: Re: Re: Re: Búsqueda de compañero/a de viaje para una última escapada

AUTOR: Jo

FECHA: 5 de julio 20.21

MENSAJE:

Hola otra vez, Émile.

Vivo en Saint-Malo y tú en Roanne. Nos separan 700 km. Me temo que no podremos tomar un café antes del gran inicio...

Sin embargo, puedo estar en Roanne pasado mañana. Podemos encontrarnos en la salida número 3 de la autopista. Llevaré un sombrero negro de ala ancha, sandalias doradas y una mochila roja. ¿Qué te pa­rece?

Joanne

ASUNTO: Re: Re: Re: Re: Búsqueda de compañero/a de viaje para una última escapada

AUTOR: Emile26

FECHA: 5 de julio 20.29

MENSAJE:

Me parece que tienes tanta prisa por irte como yo... ¿Me equivoco?

Émile

Joanne no ha respondido. Es medianoche, Émile está tumbado en la cama, las ventanas abiertas de par en par. Está solo en el piso. Resulta obvio que ella no quiere hablar del tema. Se pregunta por qué. Se pregunta de qué huye ella. Él ha puesto las cartas sobre la mesa. Ella no. Puede que no huya de nada, puede que simplemente esté chiflada. O que sea una ninfómana. Le da igual. Va a morir. Ya nada tiene importancia. Aun así vuelve a escribirle, para cerciorarse de que no ha cambiado de opinión.

ASUNTO: Re: Re: Re: Re: Re: Búsqueda de compañero/a de viaje para una última escapada

AUTOR: Emile26

FECHA: 6 de julio 00.14

MENSAJE:

¿A las 12.00 del mediodía te va bien?

No tengo tu número de teléfono. ¿Cómo nos encontraremos?

Émile

ASUNTO: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Búsqueda de compañero/a de viaje para una última escapada

AUTOR: Jo

FECHA: 6 de julio 00.49

MENSAJE:

A las 12.00 del mediodía me va bien. Me reconocerás por el sombrero negro, las sandalias doradas y la mochila roja.

Joanne

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2

El corazón de Émile late extrañamente fuerte y tiene un nudo en la garganta. No sabe muy bien lo que está haciendo. No es fácil conducir esta autocaravana. Nunca había conducido una. En un semáforo en rojo se mira en el retrovisor de manera furtiva. Tiene mala cara. Ojeras, la barba hirsuta. Sube todavía más el volumen de la música. No quiere pensar en lo que acaba de hacer, en lo que acaba de dejar atrás o, mejor dicho, en las personas que acaba de abandonar. Lo ha hecho rápido, muy rápido, antes de cambiar de opinión. Ayer por la noche todavía dudaba y esta maña­na se ha ido.

El semáforo se pone en verde. Sigue el cartel que indica la autopista, pasa la rotonda. Ya distingue la salida número 3. Es allí donde ha cogido la autopista durante casi veintiséis años, cada verano, con sus padres y su hermana, para ir hacia el sur. Émile aparta los recuerdos. No quiere pensar en ello ahora. De momento no. Debe concentrarse en lo que está por venir.

Cuando llega al pequeño aparcamiento que hay a la entrada de la autopista baja el volumen de la música. No es un lugar demasiado transitado un martes a la hora de comer. Consulta la hora en el panel de control. Faltan diez minutos. Todavía no debe de haber llegado. El aparcamiento está desierto. ¿Quién la traerá? ¿Un amigo? ¿Un familiar? ¿Qué les habrá contado? Estaciona la autocaravana y justo mientras apaga el motor percibe un movimiento, al fondo del aparcamiento. Al final del todo, hay un árbol. Un único árbol que ha crecido en un minúsculo rincón de hierba, a la entrada de la autopista. Allí está la chica, sentada al pie del árbol. No cabe duda, es ella. Está sentada con las piernas cruzadas y lleva un sombrero negro de ala ancha. Contra el árbol, junto a ella, se encuentra una gran mochila roja. Ella lo observa vacilante, con la mano a modo de visera para protegerse del sol. Émile quita las llaves del contacto y abre la puerta, y allá a lo lejos en el aparcamiento la chica se levanta. Lleva un vestido negro muy largo, que le llega hasta los tobillos y esconde la forma de su cuerpo. Émile no está seguro, porque todavía está lejos, pero le parece delgada, más bien endeble, perdida en medio de ese vestido tan grande. Émile avanza. Ella también. Se siente un poco tonto y torpe. Todavía más que si se tratase de una primera cita. La tiene delante. Se la ve frágil y muy menuda. Tiene los hombros finos. Émile se pregunta cómo puede llevar una mochila tan grande. Bajo el gran sombrero negro se esconde un rostro fino, unos ojos pequeños marrones, sin brillo alguno, una melena color castaño claro enmarañada, ni del todo lisa ni del todo ondulada. Debe de ser guapa cuando quiere, cuando se peina, cuando se pinta la raya de ojos, cuando no se envuelve en ropa demasiado grande y cuando no se esconde bajo la sombra de su sombrero. Pero ahora mismo simplemente parece pequeña. Pequeña y un poco apagada. Un tanto descuidada.

—Hola —dice Émile con un nudo en la garganta.

Ella levanta la cabeza para responderle. Tenía razón, debe de medir apenas 1,57 metros.

—Hola.

No añade nada más. Él se siente un poco descolocado. Se la había imaginado de otra manera. Por el tono de su primer mensaje parecía que se trataba de una chica segura, un tanto desenvuelta, un tanto alocada. No esta especie de mujercita devorada por su propio sombrero y tan tímida. Se siente obligado a seguir con la conversación puesto que sabe que ella no lo hará.

—Pues este soy yo. Soy..., soy Émile.

Ella asiente con la cabeza. Esboza algo parecido a una pequeña sonrisa.

—Yo Joanne.

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Dos horas.

—¡Oh! No lo sabía... ¡Lo siento!

—No pasa nada. Me han dejado antes de lo previsto.

Tiene una vocecita que apenas se oye. Definitivamente, no tiene nada que ver con la chica del primer mensaje.

—¿Te han traído en coche?

—He hecho autostop.

—Ah.

No se le ocurre nada más que añadir. Está allí, plantada delante de él con su enorme mochila roja. Entonces añade:

—¿Nos...? ¿Estás lista? ¿Nos vamos?

Ella asiente con la cabeza. Se dirigen hacia la autocaravana. Tiene un andar pesado y ligero a la vez. Pesado porque parece que lleva una gran carga. Ligero porque parece que flota por encima del suelo. Le abre la puerta. Apenas presta atención al interior del vehículo. No obstante, Émile le dice:

—Esta es la autocaravana. Aquí es donde viviremos.

Le parece extraño pronunciar estas palabras. «Aquí es donde viviremos». Solo ha vivido con Laura. Y ahora va a compartir este vehículo minúsculo con una perfecta desconocida. Ella barre con la mirada la parte trasera del vehículo.

—Oh. Perfecto.

Émile no detecta ninguna emoción concreta en su voz, ningún brillo en sus ojos. Parece completamente indiferente a todo lo que le pase. Émile se instala en el asiento del conductor. Ella se abrocha el cinturón. Todavía no se ha quitado el sombrero. A Émile le da la sensación de que no lo hará. Se retuerce, incómodo en el asiento, suelta una risa nerviosa.

—En cuanto al itinerario, no... —La risa nerviosa se convierte en un carraspeo—. No nos hemos puesto de acuerdo. No sabemos a dónde vamos...

De pronto, la situación le parece de lo más absurda: estar allí, al volante de esa autocaravana, con una chica totalmente ausente, sin siquiera saber hacia dónde van. Se oye un hilo de voz:

—A mí me da igual.

¿Qué puñetas hace aquí? Caray, ¿de qué puede estar huyendo para lanzarse al vehículo del primer tipo que pasa, sin preocuparse por su propia suerte? Han decidido que irán hacia los Pirineos. Durante el trayecto, no dicen ni una palabra. Émile intenta lanzarle miradas discretas, pero está seguro de estar siendo de todo menos discreto. Sin embargo, no puede evitarlo. Ha soltado la frase tal cual, irrevocable, sin rodeos, sin pretextos: «A mí me da igual». Y sabe que está siendo totalmente sincera. No le importa a dónde van, quién es él ni por qué hace esto, ni lo que pueda pasarle... Todo eso le da igual. Solo quiere huir. ¿De quién? ¿De qué? Esta situación lo está volviendo loco.

Ahora lo entiende todo. Estaba equivocado. El tono de su mensaje, tan peculiar... Le había parecido desafiante, una travesura. Creía estar ante una personalidad fuera de lo común, un poco excéntrica, un poco extrovertida. Se había confundido. El tono era peculiar, sí, pero por una simple razón... Esta chica está fuera de lugar, tiene la cabeza en las nubes, está disociada. Está perdida. Está en otra parte. Apenas debe de ser consciente de estar viva.

Conducen con la música baja, casi sin volumen. La chica tiene la mirada fija en la carretera. Está completamente inmóvil.

—Avísame si quieres abrir la ventana...

—Sí.

—Y si quieres parar...

—Sí. De acuerdo.

Los kilómetros van pasando. Émile empieza a acostumbrarse a la autocaravana, a la conducción, y al silencio de la chica también. Se dice a sí mismo que en realidad le viene bien, que no tiene ni ánimo ni ganas de hablar. Siente un nudo en la garganta y las lágrimas se le acumulan en los ojos, pero se contiene. Ayer estaba en casa de sus padres para decirles las fechas de su primera sesión del ensayo clínico.

—Mamá, para que te lo anotes en la agenda... Por si quieres acompañarme.

Vio el programa La pregunta de los 1.000 euros con su padre un rato, mientras su madre regaba las orquídeas a su lado. Después fue a casa de Marjorie, para ayudarla a cambiar la bombilla de la lámpara de techo del comedor.

—Pero Émile... No hacía falta que te molestaras... Ya hace tres meses que estoy sin...

Parecía sorprendida. Su marido, Bastien, trabajaba mucho. No estaba siendo una época fácil con la llegada de los gemelos. Les costaba llegar a final de mes. Bastien tenía poco tiempo para las chapuzas de la casa, y cuando la bombilla de la lámpara del techo había exhalado su último aliento, tres meses antes, Marjorie le había pedido a Émile si podía pasarse a cambiarla. Por supuesto nunca lo había hecho. No es que no tuviera tiempo... No, pospuso esa tarea que no era tan importante durante tres meses. Pero ayer fue. Pasó por un hipermercado a comprar una bombilla y después fue a casa de Marjorie. Bastien estaba en el trabajo. Los gemelos habían llegado de la escuela y estaban merendando. Marjorie estaba limpiando la encimera.

—Vengo por lo de la bombilla —anunció.

Marjorie le instaló una escalera plegable en el comedor. Los gemelos se quedaron abajo, para observar, intrigados. Cuando acabó, Marjorie le ofreció café e insistió para que se quedase a cenar con ellos, pero respondió que no podía, que tenía que ir a casa de Renaud. Sin embargo, esperó a que Bastien volviera del trabajo para tomarse un segundo café con él y hablar de todo y de nada. Después se fue. Dijo «Hasta luego». Se largó rápido, muy rápido, hacia casa de Renaud. No era momento de llorar o de dejarse llevar. Todavía tenía una despedida secreta pendiente, un rostro que quería grabar en su mente antes de irse al día siguiente. Así que llamó al timbre de casa de Renaud, con un cartón de huevos en la mano.

—¡Mi madre me ha traído más! ¡Dos cartones en una semana! Se me pudrirán. Os los traigo para que los cocinéis enseguida.

Renaud quiso decir algo. Se puso extrañamente pálido, pero Laëtitia estaba al lado. Ella dijo:

—¡Oh, qué amable! ¿Quieres tomar algo antes de irte?

Había ido expresamente a esa hora porque sabía que Laëtitia estaría en casa. Sabía que Renaud no podría interrogarlo, hablar a solas, derrumbarse sobre su hombro. No era juego limpio irrumpir así, a traición, pero no quería despedidas. Nunca le habían gustado. Laëtitia sirvió unos martinis y los tres se los tomaron en el comedor. Émile cogió a Tivan en brazos, para hacerlo llorar un poco.

—¡Qué poco me quiere tu mocoso!

Renaud estaba pálido y silencioso. No hablaba. Sospechaba que algo no iba bien, que quizá esa visita fuese la última. Cuando se marchaba, en el umbral de la puerta, Renaud intentó retenerlo.

—Espera, Émile...

Laëtitia había vuelto al comedor después de despedirse.

—¿Qué significa la historia esta de los huevos? ¡No me tomes por un estúpido!

En el fondo de la mirada de Renaud había un profundo dolor. Émile respondió:

—Colega, tengo que irme, de verdad.

Le dio un abrazo y empezó a bajar las escaleras a toda prisa. Renaud gritó con todas sus fuerzas en el hueco de la escalera:

—¡¡Desgraciado!!

Lo había entendido. Sabía que Émile huía como un ladrón, sin decirle adiós. Émile oyó como Laëtitia salía a la escalera y le preguntaba a Renaud:

—¿Qué te pasa?

La puerta del piso se cerró. Émile no oyó nada más. Pasó por su casa a buscar la mochila y cerró con llave. Esa noche durmió en la autocaravana, en el aparcamiento del centro, para asegurarse de que nadie lo molestaría. Para asegurarse de que Renaud no aparecería y echaría la puerta abajo. Pasó la noche en vela. No pudo pegar ojo en ningún momento.

Intenta ahuyentar todos estos pensamientos. Todavía resulta demasiado doloroso. Nunca ha hecho algo así. Se pregunta si para Joanne es igual de doloroso, si esa es la razón por la que no pronuncia ni una palabra y parece tan perdida. Puede ser. No está tan mal que guarden silencio después de todo, que ambos respeten este momento tan difícil.

Se detienen en un área de servicio para estirar las piernas. Joanne se queda de pie al lado de la autocaravana. Émile camina unos pasos en dirección a la tienda. En unas horas ha entendido muchas cosas. Cosas que ignoraba. No sabía que cambiar una bombilla podía convertirse en un momento tan agradable y preciado, ver sonreír a su hermana, ver el programa La pregunta de los 1.000 euros junto a su padre, sentir a su madre alrededor cuidando de sus orquídeas, oír llorar al mocoso mientras Laëtitia le sirve martini en un vaso y Renaud mira por la ventana. No sabía que todo eso tenía tanto valor. Cuando Laura se fue, creyó que ya no le quedaba nada, solo un vacío y unas cuantas cosas insignificantes. No vio lo que sí tenía, pequeñas cosas sin importancia que, sin embargo, hacen que nos sintamos queridos, que sigamos con vida.

Contiene las lágrimas mientras cruza las puertas de cristal de la tienda del área de servicio. No tiene hambre, pero ya es entrada la tar­de y debería comprar alguna cosa para esta noche. Tarde o temprano llegará el hambre. Escoge un sándwich de la vitrina refrigerada, y luego deambula por los pasillos. No sabe si Joanne tiene algo para comer. Por si acaso, decide coger una bolsa de patatas y dos compotas. Se hace con una lata de guisantes en conserva y otra de lentejas. Por si acaso... Así tendrán reservas. Cuando llega a la caja, añade una botella de agua a la compra y saca la tarjeta de crédito.

—Dieciséis euros con cuarenta y seis, por favor.

En el aparcamiento hace un calor sofocante. El sol de julio es abrasador. Joanne se ha sentado en una pequeña zona con hierba al lado de la autocaravana. Ha extendido las piernas hacia delante revelando unos centímetros de sus tibias. Están pálidas, no debe de haber tomado mucho el sol últimamente. Émile se reúne con ella, con la bolsa de plástico en la mano.

—¿Quieres comer? He comprado algunas provisiones.

Ella levanta la mirada hacia Émile y mueve la cabeza de un lado a otro.

—Estoy bien, gracias. De momento no.

Parece que ha recuperado un poco de vitalidad. Pronuncia frases más largas. Émile se sienta a su lado, en la hierba, y pregunta: «¿Estás bien?», como si se conocieran mucho. Ella asiente.

—Sí. —Duda un instante, y luego añade—: ¿Sabes dónde dormiremos hoy?

Émile se encoge de hombros.

—No. Pensaba parar en cualquier lugar, cuando tenga sueño. Pero si quieres algún sitio concreto...

—Ah, ¡no! Solo preguntaba...

El silencio vuelve a cernirse sobre ellos. De pronto, una pregunta intriga a Émile. No puede evitar hacérsela.

—¿Cómo encontraste mi anuncio?

El rostro de Joanne desaparece bajo el sombrero puesto que de repente baja la cabeza. Arranca unas briznas de hierba para fingir serenidad.

—Había decidido que me iba. Necesitaba un vehículo. Estaba consultando la página para encontrar uno.

Émile espera que continúe, pero no ocurre.

—¿Y viste mi anuncio así, tal cual?

—Estaba en la página de inicio. Creo..., creo que debes de haber tenido muchas visualizaciones, porque aparecía entre los más consultados de las últimas veinticuatro horas.

—Ah, ¿sí?

Émile esboza una sonrisa, medio divertida, medio triste.

—Hay que reconocer que el anuncio era un poco raro, ¿no?

Joanne se encoge de hombros.

—Sí, puede ser.

Salta a la vista que a ella no le ha parecido raro. O está demasiado ida como para darse cuenta.

—Creía que un anuncio así asustaría a una mujer. —Émile insiste un poco, buscando una reacción.

—Oh... No..., a mí no.

Émile entiende que no obtendrá respuestas más precisas. Se levanta con movimientos lentos y le pregunta:

—¿Quieres ir al baño? ¿Estirar un poco más las piernas?

Ella niega con la cabeza.

—No, estoy bien.

—¿Nos vamos, entonces?

—De acuerdo.

Hace más fresco fuera. En el horizonte el sol desciende. Han conducido durante varias horas más. Émile creyó que iba a quedarse dormido al volante. Entre la noche en vela y las emociones... Demasiadas cosas que sobrellevar en un mismo día. Así que ha decidido parar. Ha aparcado la autocaravana al borde de la nacional, cerca de Brive-la-Gaillarde. Apenas son las seis, pero ahora está hambriento. Han sacado una mesa plegable y dos sillas de un armario del interior y las han puesto al lado de la carretera, improvisando una terraza.

—¿Qué quieres comer?

Joanne ha examinado las patatas, el sándwich y las compotas. Ha elegido una compota.

—¿Y ya está?

—No tengo demasiada hambre.

Se ha comido la compota de pie, sin sentarse con él a la mesa. Después ha preguntado si podía ducharse, si el depósito de agua estaba lleno.

—Adelante. Lo he comprobado esta mañana. Todavía nos quedan cincuenta litros. Mañana lo rellenaremos. Intentaremos encontrar un área de servicio para autocaravanas.

Ella ha asentido y ha desaparecido en el interior. Y ahora Émile está aquí, sentado al lado de la mesa plegable, en el borde de una nacional, comiendo un sándwich y mirando a la nada. Tiene el móvil al lado, apagado. No lo volverá a encender nunca más. O hasta que pase mucho tiempo. No ha dejado ninguna nota, a nadie. Lo hará más adelante. Escribirá una carta y se la enviará a sus padres. Ellos se la mostrarán a Renaud y a su hermana.

De vez en cuando pasa un coche. Cuando se aleja, vuelve el silencio. Solo se oye el agua de la ducha. Todavía percibe la absurdidad de la situación: él comiendo en el borde de la nacional, Joanne duchándose a unos pocos metros. Esa noche se tumbarán uno al lado del otro, en el colchón doble, en el techo abatible de la autocaravana. Émile espera que ella no tenga claustrofobia. No hay mucho espacio... Puede que no quiera dormir a su lado... Quizá prefiera dormir en el banco acolchado que hay abajo frente a la mesa.

Se dirán «buenas noches» y nada más, porque apenas hablan. Podrían ser una pareja mayor que viaja juntos.

El sonido de la ducha se detiene. Émile engulle los últimos bocados del sándwich y se recuesta en la silla plegable. No tardará en irse a tumbar a la cama. Está exhausto. Siente como si pesara una tonelada. Oye ruido de gravilla. Joanne se acerca, envuelta en un albornoz. Tiene el pelo empapado y le gotea sobre la cara. Apenas la reconoce así. Parece preocupada.

—Émile...

Se le hace extraño oírla pronunciar su nombre. Es la primera vez. Tendrá que acostumbrarse.

—Me he acabado la reserva de agua... Lo siento... No pensaba que se iba a terminar tan rápido...

Émile hace un gesto despreocupado con la mano.

—No pasa nada.

—Ya, pero... si querías ducharte...

—Ya lo solucionaremos mañana.

No parece aliviada. Siempre tiene ese aire de preocupación, con la cabeza hundida entre los hombros.

—¿Crees que podría utilizar el armario empotrado... para guardar mis cosas?

Émile le dirige una sonrisa tranquilizadora.

—Sí, por supuesto. También puedes poner algunas cosas debajo del fregadero.

—¿Y tus cosas?

—Hay más espacio debajo del sofá. Ese puede ser mi sitio.

—De acuerdo. Gracias.

Joanne vuelve hacia la autocaravana. Émile se estira y se levanta.

—¿Dejo la mesa y las sillas fuera? —pregunta alzando la voz, para que lo oiga desde dentro.

La cabeza de Joanne asoma por el marco de la puerta.

—¿Por qué?

—Me voy a dormir. Necesito recuperar horas de sueño.

—Ah... Sí, déjalas. Las guardaré antes de acostarme.

Émile recoge el envoltorio del sándwich, lo arruga con la mano, el móvil que sigue apagado, y vuelve al interior del vehículo. Joanne está arrodillada ante su mochila. Saca montones de ropa, con gestos lentos. Se levanta y abre la puerta del armario empotrado, donde estaban la mesa y las sillas plegables. Hay bastante espacio de almacenaje. No estarán demasiado apretados.

—¿Es tuya? —pregunta Joanne.

Acaba de descubrir una caja abajo del todo del armario. Se dispone a cogerla, pero Émile la interrumpe, con demasiada brusquedad.

—¡Es mía, déjala!

Joanne se detiene en seco. No sabe si la ha ofendido, pero ella no demuestra nada y continúa ordenando. En la caja hay fotografías apiladas. Años y años de fotografías. Émile usa un tono más suave.

—Voy a desplegar el techo. Dormiremos arriba.

Le indica la pequeña escalera de cuerda, al fondo del vehículo, que sirve para acceder al techo donde está la cama.

—De acuerdo.

Nunca ha desplegado un techo de autocaravana. Se pelea durante diez largos minutos con el mecanismo. Termina justo cuando Joanne asoma la cabeza y pregunta:

—¿Puedes?

—Todo en orden. —Mira el reloj. Son las siete—. Bueno, voy a acostarme... Si quieres quedarte un rato fuera hay velas bajo el fregadero. Y un encendedor.

—De acuerdo. Gracias.

—Si necesitas cualquier cosa, no dudes en despertarme... o en rebuscar. Como si estuvieras en tu casa.

—De acuerdo —repite.

—Buenas noches.

Sube la escalera y desaparece, bajo el techo. El colchón es cómodo pero pequeño. Habrá que intentar no moverse demasiado. Se desviste como puede, tumbado. El techo no es lo suficientemente alto como para sentarse. Se queda con una camiseta y los calzoncillos y deja la ropa sucia a sus pies. Se tumba sobre la almohada con alivio. No tardará mucho en dormirse esta noche.

Deben de ser las tres de la madrugada, quizá más. Tarda un buen rato en darse cuenta de dónde está. Quizá porque no reconoce el sitio. Quizá porque le falla la memoria. No sabe durante cuánto tiempo más será capaz de acordarse de quién es, quién era, por qué está allí. Los médicos no fueron demasiado claros.

«Pueden pasar meses antes de que se le deteriore de verdad la memoria. O puede ir muy rápido. No lo sabemos con certeza».

Es el segundo caso en Europa. No tienen experiencia al respecto. Una luz blanca baña la autocaravana. La luna. Todo está en silencio a su alrededor. La silueta inmóvil de Joanne se recorta en el resplandor blanquecino, muy cerca de él. Duerme de lado. Le da la espalda. Tenía razón, no ronca. Solo puede ver su espalda, frágil, y su melena, desparramada por la almohada. En la penumbra no se distinguen los colores y su pelo ya no parece tan claro. Ahora podría parecer moreno. Y liso. Podría tratarse de Laura.

Émile tiene un tic nervioso en la cara. Una mueca que parece una sonrisa. Sabe que es ridículo, que no tiene ningún sentido, pero por unos minutos quiere observarla dormir e imaginar que es Laura. Se acerca imperceptiblemente, hasta hundir la nariz en su pelo. No huele como el de Laura y no tienen el mismo aspecto, pero su imaginación hará el resto. La escucha respirar, no se mueve. Visualiza a Laura. Sus piernas musculosas, su pelo perfectamente liso que le cae sobre los hombros, su cuello, que siempre encontró tan sensual, sus hombros redondeados, carnosos en su justa medida, sus pechos, como dos hermosas manzanas, no muy grandes pero perfectamente definidos. Y su vientre... Su delicioso vientre... Un poco blando, eso hacía que se quejase, pero era tan mullido... Era donde más le gustaba besarla, en el vientre. Sus labios carnosos. Sus glúteos... Cierra los ojos, intenta calmar su pecho desbocado. Los hombros de Joanne son demasiado finos. Laura no era como Joanne. Era todo formas, todo curvas. Voluminosa pero musculosa. No era este ser pequeño y frágil. No, Laura era rolliza, irradiaba vida.

Joanne suelta un suspiro en sueños. Émile se prepara para cerrar los ojos, para fingir que duerme, por si se da la vuelta, pero Joanne no se mueve. Continúa durmiendo, de espaldas a él. Émile se vuelve a concentrar en su pelo, solo en el pelo. Podría ser el de Laura. Y funciona. Laura está allí. Laura duerme a su lado. Ha venido con él en su última escapada. Están los dos, solo ellos dos en la autocaravana. Laura se quedará, no se irá. Se han reencontrado. Está seguro de que tiene su sonrisa traviesa y ligeramente insolente, que finge que duerme, solo para provocarle, solo para que sienta ganas de pasar una mano alrededor de su vientre y otra por su cuello, hasta sus pechos. Después, ya no podrá seguir fingiendo que duerme. Soltará un pequeño suspiro y él acercará su boca a su pelo, contra su oreja. Él se pegará a su espalda, ella le dirá: «¿Tienes ganas de mí?». Le encanta que tenga ganas de ella. Le hará repetírselo, sin cesar. «Dímelo, di que tienes ganas de mí».

Un coche pasa a toda velocidad al lado de la autocaravana, y Émile sale de su fantasía de manera abrupta. Resulta violento. Como un jarro de agua fría. Tira de la colcha hacia él con brusquedad y se da la vuelta. Tiene el ceño fruncido y un nudo en la garganta. También es su culpa. De Joanne. Está allí, durmiendo a su lado y con el pelo sobre la almohada... ¿Con qué derecho hace eso?

Esta mañana no han intercambiado más de dos frases. Seguramente se debe al episodio de la noche anterior. Émile todavía está de mal humor. Sabe que es estúpido y que ella no ha hecho nada, pero no puede evitarlo. Además esta mañana se la ha encontrado comiendo lentejas, directamente de la lata, y se ha enfadado. No sabe por qué. No deja de pensar que no debería haberla traído, que habría estado mucho mejor solo. Pero resulta que aquí está... No sabe si podrá deshacerse de ella ni de qué manera.

—Gira aquí —indica Joanne.

Llevan desde las nueve conduciendo. Están buscando un área de servicio para autocaravanas para rellenar el depósito de agua y poder ducharse y lavar los platos. Además también tienen que vaciar el inodoro químico.

—¿Estás segura? —pregunta de mal humor.

Joanne no deja que le afecte.

—Allí está indicado.

Gira por la carretera que le señala. Tiene razón. El área de servicio está allí. Salen del vehículo. El sol matutino es abrasador. Émile se arrodilla bajo el vehículo y suelta un suspiro de desaliento.

—Nunca he hecho esto...

Joanne está a su lado, con los brazos colgando. Se ha puesto de nuevo el gran sombrero que le esconde el rostro.

—Yo tampoco.

Émile se levanta malhumorado y mira a su alrededor. Una pareja de unos cincuenta años acaba de aparcar a pocos metros de allí. Tienen una autocaravana del mismo modelo.

—Mira, avisa a aquel tipo de allí. Seguro que él sabe cómo hacerlo.

Observa a Joanne obedecer y alejarse, enfundada en su vestido negro, que le llega hasta los pies. Se dice a sí mismo que es muy amable. Laura lo habría mandado a paseo. Lo habría mirado con su sonrisa insolente y habría respondido: «Ve tú a buscar a ese tío. Yo tengo todo el día».

Se habría tumbado en el césped y se habría negado a levantarse hasta que no le pidiera perdón por haberle hablado con ese tono. Después habría aceptado ayudarlo, pero con una mueca enfurruñada, y él habría querido devorarle el cuello.

—Buenos días.

Joanne ya está de vuelta con la pareja de cincuentones.

—Me parece que necesitan ayuda.

Joanne permanece escondida bajo el sombrero. Émile estrecha la mano al hombre y hace un gesto con el mentón a la mujer.

—Buenos días. Sí... Es que acabo de comprarla... Todavía no sé cómo funciona.

—¿Qué quieren hacer? ¿Llenar el depósito de agua?

—Sí...

—¿Y lo del retrete, saben cómo se hace?

Émile duda.

—Más o menos...

El hombre esboza una sonrisa divertida que significa que no ha conseguido engañarle.

—Bueno, no pasa nada. Siempre hay una primera vez. —Se arremanga y se arrodilla—. Vengan, vengan a verlo, no hace falta ser ningún genio.

Émile se queda mirando a la pareja de cincuentones mientras se alejan, agradecido. Acaban de salvarles la vida. ¡Y pensar que había empezado un viaje en autocaravana sin siquiera saber vaciar el inodoro! A veces es realmente estúpido. Joanne lo ha sorprendido. Se ha arremangado el vestido por encima de las rodillas y se ha puesto manos a la obra. Tiene unos brazos minúsculos —está convencido de que puede rodearlos con dos dedos—, pero han cargado juntos el depósito, después se ha ido a vaciar el contenedor del inodoro químico y lo ha vuelto a poner en su lugar. No ha rechistado. No parece tan frágil cuando trabaja. Le ha recordado una frase de su mensaje: «Mido apenas 1,57 m, pero puedo llevar una mochila de 20 kg durante varios kilómetros». Ha sonreído y se ha ablandado. Esta mañana ha sido injusto con ella. No puede culparla por haberlo sumergido en el recuerdo de Laura la pasada noche.

—¿Hacemos un descanso antes de continuar? —propone Émile justo cuando ella se dispone a subir de nuevo al vehículo.

Ella se gira hacia él y se encoge de hombros.

—Como quieras.

—Hay un riachuelo detrás del área de servicio —añade Émile.

Se dirigen hacia el pequeño arroyo. Es casi mediodía. Hay un sol abrasador. Se instalan a la sombra de los árboles. Émile se quita los zapatos y los calcetines. Se acerca al agua, sumerge los pies y suelta un suspiro de alivio.

—Deberías probarlo, ¡es muy agradable! —le dice a Joanne.

Ella está sentada con las piernas cruzadas bajo un árbol. Émile supone que lo rechazará con educación, pero se equivoca. Se levanta lentamente y va hasta donde se encuentra él, a la orilla del agua. Émile observa a los renacuajos deslizándose entre los dedos de sus pies. Joanne se pone en cuclillas para quitarse las sandalias doradas.

—Un poco de agua fresca, un poco de sombra, es perfecto —declara él.

Quiere compensar el malhumor de esta mañana. No sabe si está funcionando, ya que Joanne es siempre tan inexpresiva. La mira mientras pone un pie en el agua, y después el otro. Cierra los ojos, puede que sea un gesto de placer.

—¿Después iremos a comprar? —pregunta Émile.

—De acuerdo.

Vuelve a hacerse el silencio y se quedan allí, plantados, con los dos pies en el arroyo, disfrutando del frescor que proporcionan los árboles.

Observa la espalda inmóvil de Joanne, y piensa que no hay mucha diferencia entre que esté allí o no. Habla poco, no ocupa espacio, apenas respira. Pero allí está, y cierra los ojos al notar el contacto con el agua fría, mueve los dedos cuando un rayo de sol la acaricia, y así es como se percibe su presencia, una presencia dulce.

El sol se pone con lentitud. Han aparcado la autocaravana en un pequeño terreno puesto a disposición por el ayuntamiento. Hay otros viajantes en la zona. Émile y Joanne los han saludado, desde lejos. Han aparcado a la sombra, en la hierba. Han instalado la mesa y las sillas plegables bajo los árboles. Joanne, con su voz endeble, se ha ofrecido para preparar una ensalada y se ha sentado a la mesa a cortar tomates y pimientos. Émile se ha sentado enfrente y ha sacado su guía de viaje. Esa misma tarde, cuando han ido a hacer la compra, han adquirido una guía de viaje de los Pirineos. Incluye un mapa gigante, fotografías de los mejores miradores y rutas de senderismo. También están anotadas las áreas de servicio para autocaravanas. Émile está inclinado sobre el mapa gigante que ha desplegado. Se frota el mentón, rodea un nombre de ciudad de vez en cuando. Joanne continúa cortando tomates, indiferente. Unos metros más allá, unos niños gritan mientras juegan con un balón. Una mujer toma el sol delante de su autocaravana. Un perro ladra. Ellos están en silencio.

Émile cierra el mapa y se estira. Parece casi sorprendido de ver a Joanne delante de él, en la mesa. No puede evitar sonreírle cuando levanta el rostro, medio tapado por el gran sombrero. Ella no le devuelve la sonrisa, puesto que baja la mirada de inmediato y vuelve a cortar tomates. Émile se levanta.

—Me voy a la ducha.

Estaba soñando con una ducha fresca, pero el agua del depósito también se ha visto afectada por el calor. Está templada. Émile tiene cuidado de no dejarla correr demasiado rato. Solo tienen un depósito de cien litros. No es mucho. El espejo del cuarto de baño es muy pequeño, Émile piensa que le costará mantener la barba bien cuidada. Quizá deje que crezca libremente. Allí está, pensativo, mientras se observa en el espejo empañado del cuarto de baño. Se dice a sí mismo que este segundo día ha sido menos extraño que el anterior, que la presencia de Joanne en la autocaravana, a su lado, ya le parece menos absurda. Quizá acaben por adaptarse el uno al otro.

Cuando Émile sale de la autocaravana, con el torso desnudo, el calor sigue siendo sofocante. Joanne está atareada poniendo la mesa. Está colocando los cubiertos, al lado de los platos. La ensalada ya está lista. Debe de haber preparado una especie de vinagreta, puesto que en el centro de la mesa hay un pequeño bol con una cuchara dentro.

—Oh —suelta Émile sorprendido—. Gracias por haber preparado todo esto...

Joanne no parece entender por qué le da las gracias. Se encoge de hombros y se sienta, con movimientos lentos. Espera paciente a que se seque el cabello con la toalla.

—¿Te gusta cocinar? —pregunta Émile sentándose a la mesa.

Joanne no responde enseguida. Primero sirve la comida en los platos.

—Sí... Bueno..., cosas simples... Ensaladas, platos gratinados al horno...

Pincha un par de trozos de tomate con el tenedor y los mordisquea. Come como un pájaro. Émile se siente animado y pregunta:

—¿Qué hacías antes?

Joanne parece desconfiada.

—¿Antes? ¿Antes de qué?

—Antes de empezar este viaje. Trabajabas, ¿no?

—No. No trabajaba.

Émile alza las cejas, sorprendido.

—¿Nunca has trabajado?

—Sí. Claro que sí.

No parece que vaya a decir nada más al respecto así que se lanza él, para alentarla.

—Yo ponía en contacto hoteles y páginas web de reserva. Cada vez que se firmaba un contrato obtenía una comisión. Era horrible. Debía perseguir sin parar a los hoteleros... Y ellos estaban siempre desbordados de trabajo, así que no tenían ningún problema en mandarme a paseo. Te puedes hacer una idea... Estoy contento de haberme largado.

Joanne no sonríe. Vuelve a picotear la comida. Lo coge por sorpresa cuando la oye responder:

—Yo trabajaba de conserje en una escuela primaria.

Émile deja de masticar.

—¿Conserje? Es..., es sorprendente.

—Ah, ¿sí?

—No tienes pinta de conserje —añade él a modo de justificación.

Ella se termina lo que tenía en la boca antes de responder.

—No me dedicaba a la seguridad...

—¿No?

—No. Abría la verja de la escuela por la mañana y las aulas, el gimnasio, la zona para dejar las bicicletas... Y por la tarde lo cerraba todo. Hacía un poco de limpieza y..., y recogía las hojas secas o la basura del patio. Echaba una mano cuando había que pintar una clase o colgar un cuadro... Vigilaba que no se colara nadie en la escuela por la noche o los fines de semana. Y si eso ocurría tenía que llamar a la policía municipal. Nunca pasó. También regaba las plantas... Dibujaba rayuelas en el suelo... No era gran cosa, pero estaba bien.

Émile ha empezado a sonreír mientras la escuchaba. Es la primera vez que está tan habladora. Incluso cree adivinar un rastro de expresividad en el fondo de su mirada, pero no está seguro, ya que lleva puesto su inmenso sombrero.

—¿Vivías en la escuela?

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí. Tenía una casa en el patio que me ofrecían por trabajar allí.

Émile se la imagina con su vestido largo y su gran sombrero negro, en medio del patio de una escuela. La visualiza con un largo rastrillo, retirando las hojas secas y después con una regadera, encargándose de un arbusto de geranios. O caminando tranquilamente hacia una pesada verja metálica con un gran manojo de llaves en la mano. Después de todo le pega... Conserje de una escuela primaria.

—¿Trabajaste de eso durante mucho tiempo?

—Casi ocho años.

—¿Dimitiste?

Hace un gesto con la cabeza que Émile no acaba de comprender. No es ni un «sí» ni un «no». Decide no insistir. No quiere ahuyentarla con sus preguntas.

—En cualquier caso, esto está buenísimo —concluye.

Terminan la cena en silencio. Escuchan los sonidos de sus vecinos de camping. Los niños gritan, el perro ladra, a lo lejos se oye una televisión, o una radio, que han puesto los adultos. De vez en cuando hay música, como una sintonía. Anochece poco a poco. Émile recoge la mesa y saca dos velas.

—¿Quieres melón? —le pregunta a Joanne.

—No, gracias.

Apenas ha comido. Unos pocos trozos de tomate y pimiento, pero se ha dejado la mayor parte. Émile tampoco tiene más hambre, pero porque se ha comido tres cuartos de la ensalada. Vuelve a sentarse, enciende las velas y extiende las piernas.

Esta noche se siente bien. Ayer y esta madrugada no han sido fáciles, pero esta noche se siente calmado. Se pregunta con qué se entretendrán durante las largas noches, Joanne y él, todos esos meses... Joanne se aclara la garganta, y se levanta con lentitud. Parece que se mueva siempre al ralentí. Realiza movimientos precisos pero calmados, tranquilos, como si nada, absolutamente nada, pudiera alterarla.

—Voy..., voy a pasear un poco.

Émile le sonríe.

—De acuerdo.

La observa alejarse caminando sobre la hierba, con su andar pesado y ligero. Detrás de la autocaravana, se extienden varios centenares de metros de un campo totalmente abrasado por el sol. Joanne parece deambular sin saber demasiado hacia dónde se dirige. La ve desviarse tras un fardo de heno y continuar en dirección a una arboleda, detenerse unos segundos y seguir.

Émile se estira y se levanta. Esta tarde han comprado un hervidor de agua eléctrico. Le apetece prepararse un té. El calor nunca ha sido un impedimento para tomarse un té. Empieza a trastear en la autocaravana: saca las bolsitas, llena el hervidor, lo oye silbar, apoyado en la minúscula encimera. Mira su móvil, que está encima de la mesa, piensa que ya debe de contener decenas de mensajes de voz angustiados. Sin embargo, esta noche Émile se siente bien. Vuelve a salir, con la taza humeante en la mano, retoma su lugar frente a la pequeña mesa plegable. Ya ha anochecido por completo. Las velas proyectan una luz temblorosa. Algunas autocaravanas de su alrededor ya están a oscuras. Esta noche la luna no es más que un fino arco que ilumina débilmente el campo y los fardos de heno. Émile entorna los ojos. Joanne está allí, a lo lejos, en medio del campo. Está sentada con las piernas cruzadas, inmóvil. Distingue el sombrero negro de ala ancha, recortado contra la sombra, y su rostro, mirando al cielo, parece hablar a las estrellas. «No hablo demasiado, me gusta la meditación, sobre todo cuando estoy en plena naturaleza».

Se le escapa una sonrisa. Su mensaje no era tan extraño después de todo. Joanne había contado lo esencial. Nada más.

Un ruido lo despierta a medianoche. Es Joanne trepando por la escalera de cuerda. Pero no es el único sonido. Se oye un tamborileo contra el techo de la autocaravana. También hay destellos de luz. Se incorpora sobre un codo.

—¿Qué pasa?

Sin embargo, lo entiende antes de que Joanne abra la boca, ya que cuando llega a su altura, gateando por el colchón, puede ver que está empapada. Le gotea el cabello por encima de los hombros. Está temblando.

—Hay una tormenta de verano.

—Vaya... ¿Te ha pillado por sorpresa?

—Sí.

Se desliza bajo la colcha, y empieza a retorcerse para quitarse el vestido allí debajo, sin que él la vea. Émile se deja caer sobre la almohada con pesadez. Todavía tiene mucho sueño. Debe de ser de madrugada...

—¿Qué hora es?

—Las dos. O las tres.

Levanta una ceja, sorprendido.

—¿Y todavía estabas fuera?

—Me he quedado dormida.

—¿En medio del campo?

—Sí.

—¿Y eso te pasa a menudo?

—A veces.

Siempre igual de imperturbable. Por fin consigue quitarse el vestido negro empapado por debajo de la colcha. Émile le tiende una de sus camisetas que estaba sobre el colchón.

—Toma, ¿la quieres para secarte el pelo?

Joanne asiente. Otro destello rasga el cielo. Observa sus movimientos tranquilos: se incorpora cubriéndose el pecho con la colcha, se recoge el pelo y lo enrolla con la camiseta a modo de turbante. No parece darse cuenta de que la está observando. Se vuelve a tumbar, se apoya sobre el costado y tira de la colcha hasta el mentón.

—Buenas noches —murmura.

—Buenas noches.

Émile observa durante unos instantes los destellos que iluminan el techo de la autocaravana, el colchón, su ropa, amontonada a un lado y a otro de la cama. La lluvia cae con más intensidad. La oye tiritar a su lado. Le castañean los dientes. Permanece así, tumbado, escuchando los sonidos de la tormenta durante largos minutos. No tiene sueño. A su lado, Joanne se mueve. Ya no tiembla pero de vez en cuando se da la vuelta. Deduce que ella tampoco consigue dormir. Duda, se aclara la garganta.

—¿No duermes?

Joanne se queda quieta. Deja pasar un segundo, dos.

—No.

—¿Te dan miedo las tormentas? —pregunta intentando bromear.

Le sorprende la respuesta.

—Sí.

Émile se queda atónito durante unos instantes, incapaz de encontrar una respuesta.

—¿Quieres... que suba una vela?

—No. Está bien.

Nunca ha conocido a alguien como esta chica. Carga con un depósito de agua, se sube a una autocaravana con el primero que pasa, pero tiene miedo de las tormentas. No puede evitar sonreír.

—Buenas noches, Joanne.

Se le hace extraño oírse a sí mismo pronunciando su nombre, así, en la oscuridad de la cama. Tendrá que acostumbrarse.

—Buenas noches —murmura ella.

Émile también se gira sobre el costado, de manera que ambos se dan la espalda. Cierra los ojos, se deja acunar por el sonido de la lluvia, el rugido de los truenos, y luego se queda dormido sin darse cuenta.

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