Yo fui Johnny Thunders

Carlos Zanón

Fragmento

Yo fui Johnny Thunders, una década después

Yo fui Johnny Thunders,

una década después

Siempre acaba siendo un proceso extraño cómo se van organizando las novelas. En mi caso, está lo que se te ha quedado dentro años y años —una escena, un recuerdo que inventas y relames, una frase, un personaje extraño— y lo que encuentras en los bolsillos una vez que decides volver a casa. Cosas que, en muchas ocasiones, ni recuerdas por qué las cogiste. Un maridaje de ingredientes raros y de materiales robados.

Con Tarde, mal y nunca (2009) quise hacer una novela de barrio sin moralina ni nostalgia, que fuera una historia de amor loco y disparatado, absurdo, fantasioso. Un día iba por la calle y vi a un hombre perseguir a otro; en un momento dado, al tropezarse con una escalera, el perseguido la cogió y golpeó al perseguidor con ella: «Aquí la empiezo», me dije.

Con No llames a casa (2012) quise mezclar una novela de pícaros con una de John Updike, el autor que más he leído. El desgaste de una relación adúltera cuando el equilibrio entre ambas —mismas certezas, mismas mentiras— se rompe, en el ámbito de la clase media y conectada siempre con la fantasía de pasado mañana, eclosionando con el presente inmediato y único de tres buscavidas, casi unos guardianes de la moral, unos delincuentes que acaban por calzarse unos zapatos demasiado grandes.

Con Yo fui Johnny Thunders (2014) quise componer un western con pistolero que trata de volver a casa y dejar de ser quien era, con la música que amé en mi adolescencia y que me salvó de la grisura y la resignación. Uno acaba un poco harto de tantas historias fascinadas por el barrio y las bondades de la working class, cuando lo cierto es que, si naces allí, te pasas todo el día aburrido, huyendo de alguien o tratando de encontrarte con alguien y tramando planes de fuga para no volver nunca más.

Yo fui Johnny Thunders fue desde el principio de su escritura hasta escasos meses antes de su publicación «Chien Andalusia». Cambié el título porque tenía que explicar demasiadas cosas... que se resumían en una: intentar que el libro fuera ruidoso y compacto como un tema de los Pixies, la famosa banda bostoniana de finales de los ochenta. Como en «Debaser», en cuyo estribillo anda ese «Chien Andalusia», un «Chien Andalou» mal dicho...

En principio, mi idea era que el protagonista, Francis, Mr. Frankie, fuera miembro de una banda de doo wop, pero la capacidad evocadora de ese estilo no casaba con el lumpen, con la ruina drogata que me interesaba mostrar. Así que del doo wop sólo quedaron los títulos de cada una de las partes. No quería escribir un libro con banda sonora ni con música al fondo. Quería que el texto sonara, que el estilo, las frases, el ritmo, la respiración, fueran como estar dentro de tu canción favorita. En el fondo, no supe qué quería hasta que leí Rompepistas, de Kiko Amat —la música como nervio—, y los ensayos de Greil Marcus —la música como ensoñación desde dentro de las canciones como muy pocos saben hacer, y ninguno como él.

Recuerdo un reportaje dedicado a las mujeres atacadas con ácido en los países islámicos, y que una de las víctimas salvó la vida al tener implantes de silicona en los pechos. Quería decir algo de esa violencia, la que aún se lleva dentro, enmascarada de posesión, psicopatía y dolor. Quería que la acción pasara en un bingo. Quería hablar de lo que significa tener un hijo, y que él o ella no se manchen de ti, de tu dolor, de tu mierda. Y de la lealtad de los amigos. Indagar sobre la imposibilidad de escapar de quién eres: no eres tú, sino los demás quienes no dejan que seas otro. No supe cómo empezar hasta que vi a un negro dando puntapiés a una pelota, sin furia ni rabia, casi divertido, casi suicida, entre el tráfico del paseo de Picasso. En esa imagen está el primer capítulo: hasta que no veo algo extraño, la cabeza no me hace clic. Y ahí, en ese momento, me hizo clic para esta novela.

Durante su escritura, estuve enfermo, sometido a un tratamiento muy severo. Y recuerdo una tarde de domingo en que, en mi ordenador, vi más de cincuenta veces (sin exagerar, los fijados somos así) el clip de una canción de los Avett Brothers que me devolvió las ganas de vivir perdidas con la enfermedad y la medicación. Me sentía tan débil que no sé de dónde saqué las fuerzas para escribir. Quizá de la canción y de las personas que me cuidaron y animaron, y de Anik Lapointe, mi editora, que pulió y me hizo pulir el manuscrito.

Yo fui Johnny Thunders ganó el premio del Congreso de Género Negro de la Universidad de Salamanca como mejor novela negra del año, el Novelpol y el Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón. Fue traducida en Francia y los Países Bajos, y en España se llegaron a hacer ocho reimpresiones. Las críticas en la prensa fueron espectaculares. Siempre he tenido la fortuna de tener buenas reseñas, pero con este libro iban llegando con un plus de entusiasmo y urgencia muy emocionante para mí.

No sé si es mi «mejor» libro. Puede que no lo sea porque vivo en la creencia de que aún no lo he escrito. Sí soy consciente de que fue importante para muchos lectores, de un modo visceral y orgánico que entiendo y que buscaba. Y, sin duda, trascendental en mi trayectoria de juntaletras, escritor o lo que sea esto.

CARLOS ZANÓN

Yo fui Johnny Thunders

YO FUI JOHNNY

THUNDERS

Where is it now, the glory and the dream?

WILLIAM WORDSWORTH

0. Start!
0

Start!

Hay un principio.

Un día te despiertas al lado de alguien que te importa una mierda, te llevas los dedos a la nariz, te los tintas de rojo y blanco, te vienen a la cabeza, a la vez, el nombre de tu madre, el de tu hijo y el título de una canción y te dices: ya está, se acabó.

También hay un final y en medio una historia.

Siempre sucede así.

The great pretender

THE GREAT PRETENDER

Lord I’ve been trying to be what I should

Lord I’ve been trying to do what I could

But each time it gets a little harder

I feel the pain

But I’ll try again

«Try Again»

Big Star (Bell / Chilton)

1. Johnny Thunders (1989.)
1 Johnny Thunders

1989

—¿Cuándo empezáis?

—Ya.

—¿Cuándo es ya?

Buena pregunta.

Tabuwe es alto y guapo. Mitad hombre, mitad pantera. Ambas mitades negras y son ambas quienes vienen chutando una pelota contra los edificios que flanquean calles y avenidas. Lleva más de una hora haciéndolo. El balón rebota en los muros y regresa al centro de la calzada. En ocasiones, son los peatones quienes, divertidos, le devuelven la pelota. A medida que la luz del día ha ido menguando, los coches que se lo iban encontrando por la calzada le fueron metiendo claxon. A Tabuwe no parecía importarle. Nadie sabía de qué iba todo aquello. Ni el negro ni su túnica púrpura ni sus vaqueros verdes ni sus pies descalzos ni por supuesto aquella mueca de animal hijo de puta que asomaba dibujada en su cara. Pero Tabuwe sí sabe adónde va, qué quiere hacer y, algo más confusamente, cómo hacerlo.

Abre en dos el paseo Pujades. Deja a un lado el Palacio de Justicia y los juzgados con sus coches de la Urbana. Tiene suerte: hay partido televisado y los vehículos de los urbanos no se moverán. Al otro lado, el parque de la Ciudadela, con su zoo, sus barcas, sus senderos de tierra. Enfila paseo de Picasso. La bola es ahora rechazada por viejos edificios, arcos y ventanas ciegas que, en su tiempo, quisieron asemejar barcos y claraboyas.

En el Màgic, el concierto todavía no ha empezado. Cuarenta y cinco minutos de retraso. Mr. Frankie/Francis —bien parecido, delgado, ojos vivos remarcados por lápiz azul, dos aros de oro en una de las orejas, zapatos de piel, pantalón negro y camisa roja— se saca la minga. Sin manos: como los campeones. La meada le duele al principio. Francis recuerda esos lavabos. Aquí empezó en los primeros ochenta, colándose en festivales de rockabilly y escuchando doo wop en el lavabo donde, decían, se escondía el mejor eco de la ciudad. Por entonces, la vida era obvia y divertida. Tan honesta en sus mentiras, en su teatrillo, con sus ridículas levitas eduardianas, sus brothel creepers y sus polvos apresurados en cualquier sitio. Tatuajes cutres, tupés grasientos y caseros y dedos aprisionados entre las bandejas de vinilos de segunda mano en Edison’s. Nen, Liz, Álex y Juanjo, Paula, Miquel y Lola. Todos aquellos amigos suyos, niños, novias, supervillanos desequilibrados, pendejos sin frenos que llegaron tarde al punk, al dinero y a la heroína pero que se subieron igual al tren de la bruja.

Mr. Frankie ha de gestionar bien su nostalgia. Le pone blando e inseguro. Además, joder, ésa no es una noche cualquiera. Él es hoy el guitarra amigo de Aquiles, de Corleone, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¿Cuántas veces soñó con tocar con los New York Dolls? ¿Eh? ¿Cuántas? Es cierto que esa noche sólo lo hará con un drogadicto que se aúpa a cualquier escenario que le pueda pagar la próxima dosis. Pero ese tío es Thunders, hostia. Leyenda. Es él, por el amor de Dios. Por eso y sólo por eso, bromea Francis consigo mismo, después de mear hoy se lavará las manos en señal de respeto.

Juanito Truenos.

Menudo desastre.

Caos, lío, rock’n’roll.

Divertida verborrea la de esta coca.

Francis sale del lavabo en dirección al camerino con sonrisa de pase privado. Se abre camino entre la concurrencia. Un tipo con un tupé en forma de antena de telecomunicaciones y camiseta de los Meteors le coge del hombro haciéndole girar como la llave de una caja de música.

—¿Cuándo empezáis?

—Ya.

—¿Cuándo es ya?

El camerino queda frente al escenario insonorizado con el cartón de cajas de botellas de Jack Daniel’s, Jim Beam y otros mejunges. En la sala anexa, un inmenso cartel con los Stones del Beggars Banquet señalan que el local un día estuvo de moda lo justo como para resistir las siguientes décadas. Mr. Frankie abre la puerta del camerino bruscamente. Unos minutos más tarde Coco, el bajista, cruzará en dirección contraria esa misma puerta para encaramarse al escenario y agarrar el micro:

—Hola, chicos. Esto está a punto. Johnny tiene ganas de ofreceros un concierto inolvidable pero necesitamos algo para poder empezar. ¿Hay alguna ATS en la sala?

El público estalla en carcajadas e insultos hacia Thunders, la figura de serie Z a la que Mr. Frankie y su banda —tocados por una serie increíble de envites afortunados—, Las Putas de Aviñón, acompaña en los bolos en Barcelona y Valencia. Una chica levanta la mano. Es enfermera del Clínico. El bajista le pide que le acompañe. En el fondo del camerino, la luminaria está derribada sobre una silla, farfullando algo que quizá podría ser inglés. La chica tiene la sensación de que el aire ha sido sustituido en aquel terrario por un compuesto de cigarrillos, alcohol y malas vibraciones.

—¿Qué le pasa...?

Mr. Frankie abre la camisa de Johnny. Le baja los pantalones. Todo él es una costra, un mapa en relieve del país Thunders. El terrario, al parecer, cuenta con su propio cocodrilo. Y allí está: piel endurecida, puro cuero de yonqui. Y ni él ni la gente a su alrededor han encontrado un trozo de vena en el que inyectarle el speedball que ahora necesita para levantarse, menear la cola y arrastrar la barriga hasta el escenario. La enfermera les mira asustada. Ella creía que... bueno, se esperaba otra cosa.

—¿Nos vas a ayudar o no?

Fuera, los seguratas —uno alto, con cara de pan y el otro bajo, delgado y rapado— no permiten el acceso a Tabuwe. Lo cierto es que nadie tiene muy claro el motivo por el cual no le dejan pasar. El negro les dice que su hermana —en realidad, su prima— Ashanti está dentro. «¿Y qué?» Que pagará la entrada. «No es eso, tío, y lo sabes». Que... «Es igual: the answer es no». Quizá no le dejen entrar por esa excentricidad de la pelota. O porque es negro y ya se sabe que todos los negros huelen mal. O simplemente no lo quieren dejar entrar porque va descalzo. Ésa podía ser una buena razón. Si se la explicaran, él podría entenderla. Pero no le dicen nada. Y las malas palabras pasan a ser malas maneras y éstas pasan de malas a peores, en el callejón, cerca del teatro Malic. Patadas, puñetazos, empujones, sangre roja sobre lienzo negro y un ojo que ya palpita.

Como vulgares matones de colegio los agresores se llevan, botando, la pelota del apaleado.

A Tabuwe la boca le sabe a metal.

El negro podía haber sacado la navaja pero ha sabido controlar la rabia: miró en todo momento la pelota y eso le hizo no perder la calma. Durante la paliza el balón se quedó en el suelo, a unos metros de ellos, triste por estar allí inmóvil, viendo qué le estaban haciendo a su amo. Tabuwe lo observaba, casi suplicando que echara a rodar y se escapara.

El negro se levanta apoyándose contra la pared. En cuanto puede, se aleja del lugar donde le han pegado. Pero no conseguirán hacerle cambiar de idea. Si no puede entrar esperará todo el tiempo que sea necesario a que Mr. Frankie aparezca, confiado y ajeno a su destino. La mala fortuna habrá querido que Ashanti esté con él al clavarle un cuchillo en las tripas. Cuando Tabuwe partió hacia Europa, su madre, entre otras cosas, le pidió que cuidara de Ashanti. Y ahora, ella está perdida. Dejó los estudios. No trabaja en nada. Se droga. Se tira a tíos blancos a cambio de un chute. Tíos que le harán hijos y la dejarán tirada. Que le pasarán el sida. Y todo por culpa de gente como Mr. Frankie. El negro fija todo aquel odio en él como si fuera el centro absoluto de su Armagedón. Por eso necesita distraerse con algo. Por eso necesita la pelota. Para que la ira no se apodere totalmente de él. Un chico y una chica han salido a fumarse un canuto bajo los porches. El negro va hacia ellos. La pareja le escucha y en cuanto apura las mechas vuelve a la sala. En tres minutos reaparece el chico con la pelota en las manos. Se la pasa a Tabuwe. Le llaman Mutante, Niño Mutante y el negro no puede saber que es él quien suministra la droga a Mr. Frankie y a Ashanti.

—Cuando acaban los grupos suelen dispersarse los seguratas. Eso sí, tienes que ir calzado. Pero si ya has tenido problemas con ellos, dentro duras medio minuto.

El negro agradece las gestiones. Le duele un costado y el ojo se le está hinchando. Hasta el final del concierto le queda una hora y media larga. Irá hasta el Maremàgnum, esa isla de restaurantes y tiendas que acaban de abrir sobre las aguas del puerto y en donde no hay horario comercial. Un colega suyo vende por allá sandalias de estranquis. Tiene la idea absurda que si va calzado, le dejarán entrar y ya dentro quizá pueda matarlo mejor, amparado en la confusión de la gente y la oscuridad del local.

Echa a andar hacia el Maremàgnum.

Mr. Frankie sube al escenario y enchufa su Gibson color crema. La boca le sabe amarga por gentileza de un par de buenas clenchas. Alguien en la sala ha hecho sonar a ¿Dean Martin? Coco espera con los brazos cruzados y la púa entre los dientes, como un pirata de cómic. Juan Antonio, el batería, se coloca como mejor puede detrás de bombos y platillos. Jorge, el uruguayo, se asegura la cinta de su también Gibson pero ésta color caramelo. Johnny sigue sin aparecer. El elixir aún ha de hacer efecto. Un minuto. Dos. Largos como un mal polvo. Mr. Frankie mira a sus compañeros. Nota la electricidad en la punta de los dedos al acercarlos a las cuerdas. La caja de su guitarra le golpea la polla aún dolorida por los dientes casi de leche de Ashanti.

Duele y gusta, y Thunders sin salir y la droga golpeando contra su cabeza.

No todos los minutos se componen de sesenta segundos.

Éstos al menos, no.

Oye, fin, se acabó.

—Empezamos sin él. Venga, vamos: One, two, three...!

El medio riff envenenado de «All by Myself» es disparado contra aquel público de muertos vivientes. Mr. Frankie abre y cierra las piernas. Enarbola la Gibson como una ametralladora que dispara contra todo lo que se mueve mientras sus dedos trastean y la púa pellizca electricidad. Una gran intro tramposa a lo rock’n’roll animal que alargan una y otra y otra vez hasta que la puerta del camerino se abre y aparece aquel Jesucristo, guitarra en ristre acercándose al escenario. La banda sigue tocando. Mr. Frankie, como si llevase sobre los hombros los mismísimos Heartbreakers, decide ir más allá y canturrea las primeras estrofas en un idioma inventado, mitad inglés, mitad farlopa. Thunders viste una camisa negra a rayas blancas, abotonada hasta arriba, con apliques metálicos en las puntas del cuello, pantalones pitillo, zapatos italianos que fueron caros, que estuvieron limpios, que tuvieron una suela que no estaba agujereada. Felino viejo, a años luz, eso sí, de la piltrafa que estaba hace nada en el camerino, se encarama al escenario. Pone una mano sobre el hombro de Mr. Frankie y pide un cigarro a la primera fila. En nada tiene un Winston de cajetilla blanda, limpio pero algo achaparrado. Alguien de la sala le enchufa la guitarra. Sigue el riff, aún, eterno, casi paródico. Francis espera que, al menos, consiga entrar en la segunda rueda porque lo que es en la primera no. Thunders apenas acierta a colocar el cigarro entre las cuerdas de la guitarra, por encima de los trastes. Saca algo de su magia de la guitarra, aquel motor de avión metido en una lavadora. Llega el estribillo. Johnny se acerca al micro. Se equivoca. Está cantando «Born to Lose». Se da cuenta, exhibe sonrisa al público y tratará de engarzar en la próxima rueda con «All by Myself». Pero antes busca los ojos a Mr. Frankie. Ese cocodrilo de ojos tristes y amarillos que se ha comido a Johnny Thunders atrapa a Francis con la mirada. Es un niño encerrado en la casa de las golosinas, un animal atrapado tras barrotes hechos de canciones de tres minutos.

Tabuwe ha llegado al final de las Ramblas. Cruza el puente y busca a su colega. No le cuesta encontrarlo. Fuera de los locales, en el suelo, sobre una sábana tiene lo que busca, así como gafas de sol, pulseras, collares y un mono que, si le das cuerda, va y toca el tambor. Ya ha conseguido unas sandalias, pero es pronto para volver. El concierto, como poco, irá por su media hora. Decide ir a un local de salsa. Se beberá un ron. Él no acostumbra a beber. Pero el dolor fuera y dentro de su cuerpo le pide algo que lo amortigüe. Hoy le hacen más daño que nunca esas miradas que le dicen no, fuera, miedo. En la entrada, unas turistas inglesas se ríen de él. Una de ellas le quita la pelota y trata de dar unos toques en medio de la pista. La chica, sonrosada y rubia como una flor horrenda, se desprende de los zapatos, incómodos, llenos de brillante bisutería. Otra le pregunta su nombre. Tabuwe da la versión más accesible del mismo. Es de Ghana. «¿Es bonito Ghana?». «Claro que sí. ¿Por qué no iba a serlo?» «Vamos al Mojito, ¿te vienes?» «Tengo prisa». «Un rato al menos». «Ok». Ellas entran. Él no puede. Quizá no le dejan entrar por la pelota. O porque es negro y ya se sabe que todos los negros huelen mal. O simplemente porque va calzado. O porque el ojo ya se le ha hinchado. ¿Quién sabe? Tantas humillaciones se siguen combinando mal en Tabuwe. Pero estos seguratas —sudamericanos, percherones y con pocas ganas de mambo— al menos se lo toman a risa y tienen suficiente con lanzar la pelota al agua.

Tabuwe no sabe nadar.

Sin pelota todo resultará más difícil.

El concierto ha sido un desastre, corto y ruidoso. Thunders ha querido quedarse solo en el escenario para el bis acústico. «Hurt Me». «As Time Goes By». Todo tuyo, cabrón, piensa Mr. Frankie. En el camerino busca a Ashanti. La chica parece triste. Ella dice que no, ¿por qué iba a estarlo? Pues, entonces, dejémoslo en no triste. En el vestuario, cerca de las duchas, Mr. Frankie se lleva a la chica para tirársela. El vaquero ajustado de ella se baja. Ella no quiere o no quiere mucho o vete tú a saber qué. Él la toma de la barbilla:

—¿Qué te pasa, cariño?

—No lo sé.

—Uno rápido, ¿vale?

Es rock’n’roll, nena. Y todo lo demás, nada. Mientras Mr. Frankie se la está metiendo dura y breve, mientras se corre entre sus piernas, Ashanti cierra los ojos y busca algo que le recuerde a su placer.

Tabuwe debe de haber acertado con la puerta por la que saldrán los músicos. Coco y Juan Antonio van primeros. Más rezagados, Jorge y Koska, la cantante de otra banda de la ciudad, Los Tropezones, llevan en volandas a Thunders. Anoche la chica quiso tirarse a Johnny. Hoy ni tan siquiera lo intentará. Detrás de ellos, Ashanti y Mr. Frankie. Es el momento, decide la pantera mientras saca la navaja. Francis no la ve llegar pero Ashanti distingue un demonio enloquecido en el aire. Enseguida ve la cara de su primo viniendo hacia ellos, su máscara furiosa, el gesto como salido de dentro de un espejo. La chica, instintivamente, se coloca delante de Francis. Tabuwe, para no herirla, hace verter brazo y navaja como una jarra de agua. La chica le increpa en su dialecto familiar. Mr. Frankie se envalentona y da un paso adelante. Los del grupo de delante se giran. El uruguayo y Coco acuden. Koska sujeta a Thunders contra la pared, quien sonríe ante todo aquello. Luego, Johnny cierra los ojos, apoya la cabeza contra el muro y se desliza por su tobogán, lejos y suave.

Tabuwe se derrumba en el suelo. Ashanti recuerda a su primo fuerte y hermoso. Y ahora lo tiene allí, roto, sentado en la acera, llorando.

—¿Estás bien, bicho? —le pregunta cariñoso Francis.

No, no lo está pero qué más da.

¿Qué hace esta ciudad con la gente? piensa Ashanti.

Las noches en esta parte del mundo son torrentes desbocados de agua sucia y ella, se sincera, preferirá dejarse llevar y meterse heroína dentro de un rato con Mr. Frankie que quedarse en esa acera para hacer lo correcto: consolar a su primo, llorar con él, pensar cómo pueden regresar los dos a casa y olvidar que existe algo como Barcelona en el mundo.

2. La casa del padre

2

La casa del padre

Paco, el padre de Francis, tiene casi setenta años, una pensión que no llega a los quinientos euros y un agujero enorme a la altura del corazón. Aún mantiene una buena cabellera, los pantalones de toda la vida le siguen sirviendo y su estatura es la que es normal cuando te crías comiendo pan negro y cines de sesión doble. Vive en la calle Varsovia, cerca de la plaza Guinardó, en un piso con ascensor ruidoso, techos blancos y ventanas que se abren mal y se cierran peor. El viejo sale poco de su casa, un tercero. En el primero está doña Imma, una buena mujer, algo gallinácea y obstinada, que le sube de tanto en tanto guisos y le propone, sin mucha fortuna que vote a CiU y que asista a algunas de las actividades del casal al que ella va dos o tres veces por semana.

Cuando llega el calor, Paco abre los ventanucos del balcón que dan a la calle y los del otro lado de la casa, en el patio de luces en el que se convocan fisgones, ropas tendidas y trastos viejos. Cuando llega el fresco los vuelve a cerrar. A veces esa rutina le tranquiliza y otras siente como si la vida le hubiera pasado por encima como las ruedas dentadas de un tanque.

Pobre. Solo. Viejo.

Si se despista un poco con el dinero, los últimos días de mes la dieta ha de ser arroz y legumbres, café con leche con pan mojado. Podía haber ahorrado más. Podía haber ganado también más. Podía haber cotizado más o haber gastado menos. Podía haber tenido también seguros de vida, pisos en alquiler, familiares ricos muriéndose en América. Podía haber hecho él viuda a Juana y no al revés, y que acabara ella contando días del mes, dinero de la cartilla y canales del televisor.

La madre de Francis mutó al conocer a Paco de Joana a Juana. La mujer lleva muerta hace años. Si se esforzara como hace la gente de edad —tirando paralelas hasta los cruces de caminos—, recordaría cuántos. Pero no lo hace. Sí que puede, sin embargo, recitar de memoria cuándo llegó la pequeña Marisol a casa. Cuándo se iba, cuándo volvía y cuándo dejó de ir y de volver. Sabe casi todo de Marisol. Que trabaja en rambla Guipúscoa, en un bingo, para escarnio del destino y compartiendo piso con un par de chicas dominicanas. Al poco de marcharse tuvo novio. Luego, otro, un moro. Ahora sale con su jefe, un tipo oscuro pero que no es pobre ni está solo, aunque sea, eso sí, casi tan viejo como él.

Hace dos días recibió llamada de Francis. ¿Cuántos años desde la última? Quién sabe. Con su hijo, lo mejor es pensar lo peor. Seguro que regresa creyendo que está para morirse y así no perder sus derechos sobre la vivienda. O en busca de un dinero que ya no existe. Por eso llamó, claro. Por eso dijo de volver. Por una temporada sólo, se excusó, después de tantos años. Después de tanto hacer sufrir a su madre, ¿a qué viene ahora eso de volver? En cuanto entre por la puerta se lo dirá. Tratará de que sea algo inteligente, que le hiera, que le marque el terreno nada más ponga un pie en el felpudo. Pero sabe que luego se pondrá nervioso y la gente joven tiene tantas palabras, tantos argumentos, tanto dar la vuelta a todo que nada nunca es lo que es. Antes, cuando era niño, o incluso ya hombre, sólo había una manera de decir lo importante. Y en ocasiones ni tenías que acabar de decirlo. Todos, apenas empezabas a enunciarlo, ya sabían qué era. Ahora no. Ahora todo puede ser. Ahora todo es quién lo diga y cómo se diga. Ahora todo parece que. Ahora todo el mundo tiene sus razones y todas son iguales y valen lo mismo: nada.

Añoranza del viejo de no tener veinte, treinta años menos.

Pero sobre todo añoranza, urgencia de aquella niña, Marisol.

Marisol era hija de una prostituta que trabajaba en un puticlub de la calle Lluís Sagnier, el Rombo, y fue vecina en el mismo edificio que ellos. La puta era tonta, se llamaba Carmen y tenía blando el corazón. Carmen murió de un mal feo. Durante su agonía rogó a Juana y a Paco que se hicieran cargo de la niña de apenas ocho años. Hasta, cree recordar, que lo dejó en testamento. La madre de un Francis adolescente y problemático, la cuidó como suya los primeros años pero luego perdió interés a medida que se le agrió cáncer y carácter. La niña, Marisol, se hizo adolescente y le gustaban los chicos demasiado. ¿Quién sabía cuánto, hasta dónde, de qué manera? Paco fue severo con ella pero la niña sabía cómo hacerlo para que esa actitud mutara en permisividad, en dinero, en una confianza absoluta en ella. El padre de Francis subió la apuesta. Y Marisol le aguantó las bridas tensas y ceñidas. Se dejó mirar, se dejó besar, se dejó manosear para salir viernes, sábado y domingo con dinero en los bolsillos. Marisol era guapa como una mala cosa y tenía buenas tetas. Desde cría supo que si ésa no era la combinación ganadora, se acercaba mucho. Nadie la había tratado con mucho cariño hasta entonces y el padre de Francis era mimoso, pedía poco y disparaba rápido. Entendió que no era tan caro el precio.

Para Marisol, Francis era Dios. Ejerció de hermana pequeña, de fan enamorada y, cuando supo que no eran hermanos, de hembra encelada e invisible para el chico rock’n’roll. Pero Francis un buen día se largó. Y aquella casa fue la del gato y el ratón. Y el ratón cerraba las tijeras y el gatito dejaba allí la patita. La única manera de tener días tranquilos era, de tanto en tanto, dejarse quitar el queso.

Juana fue una mujer enjuta a la que ya no le gustaba acostarse con su marido. Francis y sus líos le rompieron el poco muelle que le quedaba. Decidió dar por perdida la vida el día que descifró algo —nadie supo nunca qué— que indicó, sin ningún género de dudas, que la campana ya había sonado y ella estaba golpeando sombras, gestando ridículas heroicidades para un cielo sin Dios. En el derrumbe miró a otro lado con lo de Marisol. Cuando su marido se ponía caliente en la sobremesa de verano y sabía que Marisol estaba en su cuarto, seguro que en bragas y camiseta, escuchando bachatas o canciones de Alejandro Sanz en su discman plateado, el padre de Francis echaba mano a la cartera y enviaba a su mujer al bingo cercano a la plaza Eivissa, a que estuviera fresquita. Y ella no se hacía rogar. Estaba enganchada a esos cartones y a esa suerte, casi siempre, esquiva. Ella se negaba a reconocer que sabía qué pasaba en su casa cuando estaba en el bingo. Si Paco se aliviaba con la niña, puta como la madre, a ella la dejaría en paz. En el fondo, cantara o no bingo, Juana siempre salía ganando.

Paco nunca violó a Marisol. O al menos nunca tuvo en mente la visión que una violación conlleva. Nunca hubo nada que él entendiera como no consentido. Había veces que la chica se dejaba hacer. Pero a la mínima resistencia él cambiaba el sentido de su acoso. La mayor parte de las veces le pedía verla desnuda. O tocarse. O le rogaba que le masturbara. En esos casos, Marisol obedecía sin decir nada. A lo sumo, a veces emitía sonidos como de un animal que ronronea o se queja de una herida que escuece más que duele. Aunque también podía ser placer. ¿Quién sabía con las mujeres? ¿No era eso lo que le dijeron siempre? ¿Que no es sí y sí, más?

Marisol se iba de tanto en tanto pero siempre volvía. Nadie la iba a buscar. Simplemente desaparecía al principio del verano y volvía en septiembre, nunca más allá de octubre a excepción de una vez, casi en Navidades. Cuando Marisol no estaba en casa, Paco vivía su ausencia como una complicada mezcla de penitencia, pena y alivio. Pero hasta que no la perdió para siempre no supo cuánto se necesita el aire para poderse ahogar.

Un día de marzo Marisol dijo que se iba. Que había encontrado un alquiler barato. Que quería estar sola. Paco enloqueció y quiso ejercer derechos que nunca tuvo. De padre. De marido. Pero ella era mayor de edad. Nada le hizo cambiar de idea. El viejo estalló cuando cumplió su promesa. Se recuerda, furioso, en el comedor, como un león enjaulado con una enferma de cáncer al fondo, sabedora, cómplice y desahuciada. No paró hasta saber dónde estaba la cría. De qué vivía. Y, especialmente, a quién se estaba trajinando. La seguía a la puerta del trabajo, que en ese momento era una panadería. La esperaba a la salida. Se hacía el encontradizo. Hablaba mal de ella a sus vecinos, al administrador de fincas con el deseo de que la echaran del piso. Y la abordaba a todas horas.

—Viejo, si no me dejas vivir en paz, te denunciaré.

—¿De qué me vas a denunciar tú?

Paco entendía como un agravio que ni tan siquiera quisiera hablar con él que la había acogido en su casa, que le había dado todo como si fuera una hija, que se había desvivido por ella. Al repetirse las verdades se acaba por dudar de ellas pero con las mentiras uno termina por creérselas. El viejo insistió, insistió e insistió. Enamorado, se engañaba diciéndose que se conformaba con verla, con felicitarle el cumpleaños, con tomar un café. Marisol tenía en aquel tiempo por novio a un infeliz aplicado, miedoso y, al parecer, de sentir sincero. Y ante el acoso y temiendo perder aquella inusual estabilidad, Marisol denunció a Paco. Y casi nadie la creyó a excepción de los magistrados de la Sección Segunda de la Audiencia. Que lo hicieron a

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos