Umami (Mapa de las lenguas)

Laia Jufresa

Fragmento

2004

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Una milpa, les dije. Me paré en la silla del comedor y les dije: Maíz, frijol y calabaza junto a la mesa de picnic. Hice un gran círculo con las manos, triunfal, proclamé: Como nuestros antepasados. Los tres miramos a través de la puerta corrediza, hacia el patio donde está la mesa de picnic. Antaño, la mesa se doblaba y podía transportarse. Las dos bancas de los lados se le metían debajo, como patas retráctiles de tortuga, y el todo se convertía en un maletín de aluminio. Pero ya no. Ya no se dobla y ya no la llevamos a los parques. Alrededor de la mesa sólo hay cemento gris, gris de sucio, y una fila de jardineras llena de tierra seca, restos de arbustos, cubetas rotas. Es un patio urbano, incoloro. Si ves algo verde es musgo lo que ves. Si rojo, será algo oxidado.

Y hierbas de olor, les dije: perejil, cilantro, tomatillo, chile para la salsa verde que hace papá cuando hay visitas. Él compró la idea de inmediato: ¿Podría también plantar uno de esos jitomates deformes que comió en la gira por California?, preguntó. Pero mamá, la que según dice ama las plantas, no. Mamá se fue a su cuarto antes de que yo me bajara de la silla y sólo accedió tres días después al trato. Lo escribimos en una servilleta. Lo firmamos, ligeramente modificado para su confort americano: una milpa con pasto. Las milpas tienen historia en la privada Campanario, no soy la primera en intentarlo. Como sea, ahora es oficial: A cambio de convertir el patio en una milpa-jardín, Ana puede no ir al campamento y pasar el verano en casa. Mi propia casa, por cierto. ¿Eso no se llama pagar renta? Habrá quien lo llame así. Pero no ellos. No es que sean crueles, es sólo que aman los lagos. Mamá creció junto a uno. Le dan nostalgia las libélulas.

En la mente de mamá: campamento de verano = infancia privilegiada. Pero aquí campamento es sólo un nombre en código para decir que mis hermanos y yo pasaremos dos meses con su madrastra, la abuela Emma, nadando entre las algas, dándoles de comer piedras a los patos. Mamá entiende la pasión por estas actividades como signo de una constitución sana, como tomar leche o despertarse temprano. Nos crio en una de las ciudades más grandes del mundo pero no quiere que seamos niños de ciudad, que es exactamente lo que somos. Ella misma lleva aquí veinte años y aún se anuda un pañuelo en la cabeza, como otros expatriados despliegan en la ventana la bandera del país que dejaron. Desarraigada, es algo que mamá dice de sí misma cuando hay visitas y bebe vino tinto y se le ponen negros la lengua y los dientes. De chiquita, me imaginaba finas raíces saliéndole de los pies, llenando de tierra sus sábanas.

Protestante, es otra de las cosas que mamá dice de ella misma. Acompaña el término con un gesto preciso: un giro amplio de la muñeca, una suerte de caravana de la mano que sirve tanto para justificarse como para burlarse de ella misma. En nuestra familia el mero gesto significa protestante. Lo usamos entre nosotros, para reírnos de las neurosis particulares de mamá: su obsesión por la puntualidad o por un trabajo bien hecho. Alguien gira la mano y es como quitar las telarañas invisibles del catolicismo nacional. O es hora de ir al aeropuerto, aunque aún sea demasiado temprano. Si alguno hace el gesto los demás entendemos, sin palabras, con conocimiento de causa: ética protestante.

La verdad es que ahora hay un Walmart junto al lago de su infancia. Pero no es sabio mencionárselo. Ni eso ni que ella también podría visitar a Emma. Mamá tiende a olvidar que se desarraigó solita. A veces pienso que yo debería hacer lo mismo. Empacar y largarme en cuanto cumpla catorce años. Pero no lo haré. Porque le encantaría: su hija mayor siguiendo sus pasos. Ésa sería la interpretación de la familia, estoy segura: mamá tuerce las cosas con la misma delicadeza firme con la que dobla la ropa y exprime los trapos. He visto fotos de ella cuando tenía mi edad, con el chelo entre las piernas y los pies descalzos. Así era fácil evaporarse. Subir como la espuma. Fácil escaparse y ser rescatada. A mí, cuando me siento, los muslos se me juntan y algo siempre se me está saliendo por un borde del pantalón o de la boca o de la silla. Y de ritmo no entiendo nada. Ni de aventuras. Si yo me fugara, terminaría regresando.

Ahora tenemos dos costales de tierra “buena”. El vendedor del invernadero me convenció de que nuestra tierra, la que hay en el patio, no sirve. Dice que está contaminada con plomo. Dice que toda la Cuauhtémoc, toda la Benito Juárez y todo el centro tienen niveles alarmantes, de hasta cuarenta miligramos de plomo por cada kilo de tierra. No sé si le creo, pero igual le compré la tierra. Sobre todo para que mi amiga Pina y yo pudiéramos irnos de allí. No nos miró las tetas ni nada, pero sí clavó muy lento las manos en el saco de tierra, hasta el antebrazo, mientras hablaba de suelos y abonos. Entonces Pina, que me había acompañado con tal de que después fuéramos por una horchata, me dio un codazo. Compra la tierra, me dijo: Ya hay suficiente mierda en el atún.

Durante nuestra pausa en La Michoacana de la esquina, un negocio que sobrevive básicamente gracias a nosotros, le pregunté a Pina: ¿Crees que era un pervertido? Pi se lamió los labios y acarició uno de los costales, gimió: Mmmm, tierra. Se puso la mano entre las piernas: Mmm, ¡lombriz con plomo! A veces me da pena salir con ella a la calle. A veces nada más envidia. A Pina no sé decirle que no. Cuando íbamos en tercero de primaria me obligó a jugar un juego en el que te rascabas la mano hasta sangrártela. Hicimos pacto de sangre entonces, de ser hermanas. Pero últimamente no somos iguales, me da envidia todo lo que hace, todo lo que le pasa, que siempre es más interesante que lo que me pasa a mí. No sé cuándo empezó. Sí sé cuándo empezó. Cuando reapareció su mamá empezó. Antes teníamos cada una su fantasma, ella su mamá y yo mi hermana, pero hace tres meses su fantasma la contactó por internet. No es igual, claro, que tu mamá se vaya o que tu hermana se muera, pero ¿qué es más interesante: una mamá que reaparece o una que nunca va a ninguna parte?

Pina paró de gemir y dijo: No digas pervertido.

¿Por?

Hay pendejos que lo dicen de los gays. Esa palabra es discrimitoria.

Discriminatoria.

Eso.

¿Echo la tierra nueva sobre la vieja y me olvido? Estamos en el patio. Pina tiene un brazo levantado y la cara girada hacia su propia axila, que con la mano opuesta y unas pinzas va depilando. Cuando le da tortícolis, cambia de lado. Parece una garza: bonita y torcida. Miro hastiada los costales de tierra nueva, que no contestan. Me gusta la palabra hastío. La entiendo como esto, como esta hora en que lo único despierto son las moscas. Todo está detenido, todo apesta a cemento con polvo. No sé del plomo, pero sí encontré una chancla en la tierra vieja. Y unas corcholatas, y —enterrado con alevosía y ventaja— a mi perro de peluche que desapareció hace cinco años. Si mis hermanos no estuvieran en el campamento, ya estaría planeando mi venganza.

Pina, que no sabe de lo que habla, dice: Tienes que sacar la tierra vieja.

¿Y qué hago con ella?

Se la vendes a Marina. O se la regalas, para que plante algo y coma algo.

¿Con plomo?

Es un mineral, Ana: le hacen falta.

Tal vez lo que le hace falta es leer Umami.

¿Qué es eso?

El libro de Alf, te lo pasé hace mil años.

Se lo regalé a alguien. ¿Era una novela de pedofilia?

Nada que ver, es un ensayo antropológico sobre la relación entre el quinto sabor y la comida prehispánica. ¿En qué privada vives?

Ya sé qué es el umami, pero ¿por qué escribió un libro con el nombre de su casa?

Qué tonta eres.

Tonta tú que no sabes qué hacer con tu tierrita.

Papá sale por la puerta corrediza. Hace dos meses se quitó la barba y todavía no me acostumbro. Se ve más joven. O tal vez más feo. El otro día llegué a su ensayo para que me diera un aventón, y me costó reconocerlo. Toda la vida ha estado sentado al fondo del escenario, pero antes siempre lo ubicaba. Se ve que era sólo por la barba. Pero no es momento de mencionárselo. Le devuelvo los veinte pesos que me sobraron del invernadero.

Papá se sienta con su cerveza en la banca y sube los pies a mis costales. Guarda el dinero en su cartera. Le prometí que el proyecto sería una buena inversión, que en realidad no sé qué significa. Le explico del nitrógeno en la tierra, primero. De cómo el maíz va a quitárselo, y cómo el frijol va a devolvérselo. Luego, le explico del plomo. Tal vez exagero un poco. (Tóxico, le digo, y: cancerígeno.) Papá se queda mirando a mamá por la ventana: hoy trae un turbante anaranjado, lava los platos y mueve los labios, parece una carpa japonesa. Acordamos no contarle del plomo. Mamá es el tipo de persona cuyo corazón se rompe a la menor mención de polución y/o progreso.

Le propongo a papá comprar una manguera. Papá se pone a calcular. Preocuparse por el dinero es uno de sus tics. Cuando le da, junta los ojos. Para distraerlo, le explico de los tomates. Algunos, le prometo, serán deformes y otros serán morados. Pina me ayuda, levanta su pinza y con ella traza movimientos verticales: Algunos tendrán rayas, dice. Esto emociona a papá. Va a la cocina por otra cerveza y lo vemos tratando de convencer a mamá de que salga. Tomates tigre, le está diciendo y, también: Quality time. Con su acento que solía hacerla reír. Pero mamá no sale. Mamá no cree en los patios. En su cabeza los patios equivalen a algo patético y mal nutrido, algo que se revuelca en su propia suciedad, algo enjaulado.

O, ¿no se te hace que está muy flaca?, pregunta Pina.

¿Quién?

¡Marina!

Papá sale y anuncia que no va a comprarme herramientas. Debo conseguirlas prestadas. Apuesto a que es su respuesta al comentario usual de mamá: La consientes demasiado.

Le pregunto a quién se supone que se las voy a pedir prestadas, las herramientas, pero papá nada más aplasta con el pie la lata de su cerveza anterior. Hace veinte años que toca los timbales en la Orquesta Sinfónica Nacional: cuando produce un eco, sabe dejarlo sonar. Después de un rato, alza la cabeza y se le queda viendo a Pina. ¿No te duele?, le pregunta.

Pina dice que sí.

¿Por qué no mejor te rasuras?

Porque te vuelven a salir más rápido, explico yo entre dientes. Papá entiende: no pregunta más. Pina se guarda la pinza en el bolsillo de su short, cruza los brazos atrapando cada mano en una axila, dice: Tengo que empacar. Se levanta y nos da un beso a cada uno.

¿No te quedas a comer?

No puedo, me voy mañana a ver a Chela y no tengo bloqueador y etcétera.

Me la saludas, dice papá.

Pero yo no sé qué decir y Pina se va. Por la ventana la veo abrazar a mi mamá: carpa japonesa, garza china.

Llega un mail de mis hermanos recién aterrizados en Michigan: los boletos, siempre cortesía de la aerolínea para la que nuestro abuelo, al que casi no recordamos, piloteó durante toda su carrera. Antes, nada me emocionaba más en el mundo que volar con ellos, como si todos fueran parte de una gran familia extendida, brillosita, con neceseres azules llenos de sorpresas para los nietos de pilotos, infinitamente superiores a los envueltos de dulces que recibía en las fiestas de mis compañeros de escuela. Me colgaban un gafete del cuello y yo lideraba a mis hermanos. Cuando todavía éramos cuatro no cabíamos todos juntos: se sentaban ellos tres en una fila y yo, al otro lado del pasillo, fingía que volaba sola. Entonces, Emma no tenía ni teléfono. Ahora a cada rato manda fotos que toma con su celular. Hace poco vio un documental (un powerpoint de esos que le encanta reenviar) sobre el cáncer de piel. De allí que, en las fotos que llegan con el mail, Theo trae gorra, Olmo visera y ella un sombrero cónico, seguramente del Penny Savers, donde compra todo por triplicado porque sabe que se va a romper. Los tres tienen un tono fantasmagórico infligido por la densa crema solar, pero Emma tiene un cigarro entre los dedos porque no hay powerpoint que la convenza de dejar eso.

El año pasado, Theo intentó explicarle que le convenía comprar un solo ejemplar de mejor calidad que tres chafas de, por ejemplo, una linterna. La abuela lo dejó pontificar a gusto pero, cuando él terminó, ella contestó: Se nota que no viviste una guerra. Theo se tardó en reaccionar porque para cuando le dijo: ¡Tú tampoco!, Emma ya se había alejado por el pasillo de los detergentes, con su carrito bien lleno por triplicado.

Cuando alguien intenta oponerse a este hábito suyo, tan incoherente con el resto de sus costumbres hippies y, como ella presume, anti-establishment, la abuela Emma se defiende con el argumento de que comprando en el Penny Savers apoya la economía birmana, o taiwanesa, o de alguno de esos países en vías de expansión.

Sólo el universo está en expansión, dice Theo.

Y ella dice: All rightie, then.

Mamá llora con el mail, llora con las fotos. Se pone peor en verano. Como un río sucio trae basura, cada verano acarrea hasta nuestra puerta el aniversario de muerte de mi hermana Luz. Era la menor.

¿Era la mejor?, preguntó una tía sorda en esas semanas en que nos salía familia de por debajo de las piedras, como insectos que sólo viven un día: el de dar el pésame.

No, le grité: Era la más chica.

Luz tenía casi seis años cuando se ahogó. Así decía ella desde que cumplió los cinco: Tengo casi seis. Yo tenía diez. Mamá no ha vuelto al lago desde entonces, pero insiste en mandarnos. En su mente, si te caes del caballo has de subirte otra vez. O, si no tú, al menos tus hijos.

¿Hay algo que quiera decirle a sus hijos?, preguntó la psicóloga la única vez que fuimos a una terapia todos, poquito después de que murió Luz. Llevábamos una hora hablando, sobre todo papá y Theo, y yo, pero mamá no había dicho absolutamente nada, ni Olmo, que estaba muy chiquito. La doctora alzó mucho las cejas para indicarle a mamá que nuestro futuro estaba en juego, nuestra salud mental estaba en juego, es lo que llevaba una hora repitiéndonos. Mamá concedió, finalmente. Nos miró uno por uno a los tres hijos que le quedábamos y dijo, tan lento que se le notaba el acento extranjero: Niños, ustedes son valientes y yo no soy un pez.

2003

2 0 0 3

Es una noche de julio. En el pasillo distribuidor de la privada Campanario flota ese vaho fresco, casi limpio, que dejan tras de sí los aguaceros de la tarde durante todo el falso verano de la Ciudad de México. Huele a piedra mojada y el piso refleja, para nadie, un espectáculo lumínico. Son las luces de la Casa Amargo. Marina Mendoza vive allí, siempre las deja encendidas. Pero esta noche algo pasa con sus luces. Varían. Pulsan de lo más tenue a lo más brillante. No rítmicamente, como cuando está prendida la televisión, sino de tajo, luego se estabilizan, y luego otra vez cambian de intensidad. No hay vecino que atestigüe, pero tampoco le sorprendería: es Marina Mendoza, otra vez insatisfecha con la atmósfera.

La Casa Amargo es la primera a la derecha, tiene vista a la calle, pero su puerta, y la mayoría de sus ventanas, dan al pasillo distribuidor. Sus seis metros de frente representan la porción más voluble de la privada. Marina cambia de lugar las plantas, encuentra cosas en la calle y las apila junto a su puerta. Tiene una gran M negra, de acrílico, que recogió cuando desmontaron la marquesina de un viejo cine a unas cuadras; hay una guirnalda de luces navideñas fundidas, un banco al que le falta una pata, un brontosaurio de cuarenta centímetros que le regaló Olmo, el vecinito, en su cumpleaños; un móvil cuelga del marco de la ventana y una sábila florece de mentiras por efecto de unos listones rojos en sus picos. Pero mañana, quién sabe. Mañana tal vez el brontosaurio esté sobre la sábila, o la M sirva de guía para las enredaderas. Marina deja el polvo apilarse durante semanas y, luego, un día, o más bien una noche, mueve muebles, pasa un trapo, se reinventa.

Frente a la Casa Amargo está la Casa Ácido.

A la derecha de Amargo está la campana que da nombre a la privada y, detrás de ésta, las tres casas restantes: Dulce, Salado y Umami.

A la izquierda de Amargo está el portal principal de la privada, cubierto por un breve techo de teja que no sirve de mucho en las lluvias, pero que le da a la privada un aire rústico que todos sus habitantes aprecian, sobre todo en primavera, cuando la jacaranda de la calle tapiza de flores el techo y la banqueta. En honor a este árbol, el dueño quiso pintar el pasillo distribuidor —las fachadas de las cinco casas— de color jacaranda, pero en la tienda le entregaron un moradito opresivo que, por ser tantos litros, él no se atrevió a devolver. Marina detesta el color, le recuerda las batas de un hospital en el que estuvo y, por eso, lo llama moradicomio.

En realidad, Marina nunca ha estado en un manicomio, es sólo que deja de comer por periodos, y a veces tiene que ir a un hospital general para que le pasen por intravenosa sodio, potasio, cloro, bicarbonato, dextrosa, calcio, fósforo y magnesio, eso es todo. O eso era todo hasta la última vez, en que la hicieron quedarse días extras para lavarle el cerebro. Ahora lo tiene limpio y pálido. Al menos así se lo imagina: turgente, como un huevo cocido y pelado.

Con tal de deshacerse del moradicomio, Marina fundó una Asociación de Vecinos que, por ahora, no tiene agenda. El color de adentro de su casa, en cambio, le gusta mucho. Es blanco. De hecho, fue por lo blanco de sus paredes que Marina alquiló la Casa Amargo. Y por lo liso. Porque las paredes de tirol, sobre todo las que albergan grandes manchas de humedad, resumían con una fuerza visual de ícono todo lo que ella esperaba dejar atrás con la mudanza. Era entonces la primera vez que dejaba la casa de sus papás, donde había vivido los diecinueve años que tenía, en otra ciudad, lo suficientemente lejos de la privada Campanario como para hacer de ésta un sitio promisorio.

El día que Marina visitó por primera vez la Casa Amargo, acababan de pintarla, aún olía a thinner y el sol entraba por la ventana recortando, en la pared del fondo, un rectángulo luminoso en el que ella vio su águila sobre el nopal, su aquí es dónde. La palabra con que asoció esa certeza fue: posibilidades. El color, entonces, ese blanco de lo posible, encendido por el sol sobre la pared lisa, se llamó blansible.

El doctor Alfonso Semitiel, dueño de la privada, le dio aquel primer tour a Marina desplegando una actitud que ella había visto una vez antes, en la mamá de un novio que tuvo, una señora que solía enumerar las virtudes de su hijo sólo para terminar cada sesión de piropos proclamando: Yo lo hice.

Semitiel se jactaba en general de la construcción que hizo sobre las ruinas de la mansión de sus abuelos y, en particular, de los nombres que eligió para las casas en honor a los cinco sabores que puede reconocer la lengua humana. Marina necesitaba caerle bien porque, aunque tenía una copia de la escritura de sus padres, no sabía si él iba a aceptársela como aval o si insistiría en llamarlos por teléfono para verificar su identidad. Marina no quería que su familia supiera dónde estaba, no todavía, así que hizo acopios de encanto y opinó que los nombres eran muy originales, lo cual era cierto, y omitió decir que le parecían absurdos, por no mencionar contraproducentes, porque ¿quién querría pagar por vivir en un lugar llamado Amargo? Pues ella. Amargo era la casa perfecta. Tenía, arriba, dos cuartos y un baño. Abajo, una sala de buen tamaño, una cocina y un patio ocupado en su totalidad por un enorme rotoplás. A Marina le gustaba la imposibilidad del patio. Cualquier otro patio, uno más pintoresco o menos encumbrado, le hubiera recordado a la casa de sus papás. Ella, que hasta entonces sólo había deseado cosas intangibles, tuvo un anhelo ferozmente pragmático: quería la casa para ella. Quería dormir en uno de los cuartos y usar el otro como estudio. Quería pintar todos los días, aprender a hacer arroz, a usar un aerógrafo, un pirógrafo, una plancha, un vibrador. Nunca más las transfusiones, la culpa, las manchas de humedad, nunca más el infierno grande de la falsa Atenas trasnochada que era Xalapa, Veracruz, su ciudad de origen. Se había ido. Iba a volver a empezar. Amargo sería su hoja en blanco. Pero, para eso, iba a tener que impresionar al casero y no sabía cómo. Improvisó. Le dijo que había sido maestra de artes plásticas. No mencionó que la corrieron porque se desmayó frente a los niños. Sí mencionó que tenía la preparatoria, pero no que la había hecho abierta porque al mismo tiempo trabajaba en el restaurante de su papá. Y mintió. Dijo que había venido al D.F. para hacer la universidad. Para culminar, le habló de tú al casero —algo que entendía como típicamente chilango— e, impostando coquetería, preguntó: ¿Estás casado? Él se puso nervioso y ella más. Contestó que era viudo, que era hijo único, que era antropólogo. Tomaron un café y ella se robó, del changarro donde firmaron el contrato, su primer objeto para Amargo: un cenicero. Lo colocó en el centro de la sala vacía. Luego pasó horas echada en el piso de su nuevo hogar, fumando y viendo flotar el polvo embobada, desplazándose por el suelo conforme avanzaba el sol por la pared, convencida de que algo (su vida) estaba por empezar.

Es esa tonalidad de esperanza, ese panorama de un blanco todo en potencia, un blanco umbral, lo que Marina entiende por blansible. Y es lo que busca reproducir ahora, un año y pico más tarde, con una serie de focos caros. Luz blanca, prometen en el empaque. Los instala uno por uno en toda la casa y va generando afuera, sin saberlo, el baile lento de luces sobre el charco.

Después de alquilar Amargo, Marina de hecho sí entró a la universidad. La carrera la escogió, el horario no. Había algo en la palabra diseño que le despertaba una expectativa difusa pero insistente: quizá allí le enseñarían lo más básico, eso que ella veía en los otros: una suerte de instinto de planificación, de autopreservación. Pero lo único cierto por ahora es que, como resultado directo de su esco

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