1
La muerte salió por todos los canales. La muerte irrumpió como irrumpen esas cosas, en el noticiero de las ocho de la noche, sin el menor aviso, con la confianza de los que saben sus derechos; es cierto que no fue el título principal porque esa tarde el presidente había firmado un convenio para subir un cuatro coma siete los haberes de los jubilados, pero aun así la muerte apareció antes que dos asaltos a mano armada con heridos, la venta de un marcador de punta del equipo campeón, una bomba con docenas de víctimas en algún rincón de Medio Oriente, el fracaso de otra vacuna contra el sida.
El padre Augusto Fiorello nunca habría esperado tanta difusión: si alguna vez hubiese discutido con alguien los detalles de su muerte —y si ese alguien no hubiera sido su confesor, el obispo Mallea, ante quien sus relatos, codificados por siglos de fórmulas cristianas, incluían los detalles más intestinos de su vida narrados sin pasión, como si le hubiesen sucedido a otra persona—, seguramente se habría contentado con exponer sus esperanzas de una agonía serena que le permitiera confesarse por última vez, recibir los óleos finales y morirse en la paz del Señor. Si acaso, si el padre Augusto hubiera tenido con quién mantener una charla de ese tenor, si la charla hubiese sido inusualmente franca o demasiado regada por uno de esos vinos pateros de la Colonia que el padre festejaba, habría hablado de su miedo a no morir con la dignidad cristiana que tantos años de sacerdocio le imponían: su miedo de que todos esos años de preparación no le sirvieran para morir como debía; en cuyo caso —callaría— algo radical habría fallado. O quizás, incluso, en el extremo del vino o de la intimidad, el padre Augusto habría hablado de todas esas muertes que su práctica le obligó a presenciar. Habría dicho que muchas veces se sintió inútil frente a moribundos a los que no pudo confortar con sus rezos, sus manos, sus promesas; no habría dado detalles, pero habría hablado de un hombre que gritaba que no lo dejara solo, que lo dejaran solo de una vez, que tenía miedo de quedarse solo, y de cómo él le dijo varias veces que el Señor nunca lo dejaría solo, que al contrario lo estaba esperando, que junto a Él jamás estaría solo, pero que el hombre gritaba más y más y que en sus gritos había cada vez menos palabras, más espanto. Y se habría asustado ante la aparición de esa escenografía que, incluso en su mente, mientras contaba aquellos hechos —obviando su escenario—, habría modificado para hacer tolerable: otro recuerdo que prefería no recordar. O, para cambiar rápidamente de lugar, habría hablado de aquella mujer que lo miraba en silencio, llena de odio, como si fuera él quien la estaba matando y le estrujaba la mano y al final le preguntó si realmente Dios tenía que hacerle esto. O de ese chico de quince o dieciséis que se moría sin entender qué le pasaba y cómo él, el padre Augusto, tuvo un momento de duda y de zozobra que le hizo volver a esa mujer: si realmente tenía que hacerle esto. No era una conversación fácil: si el padre Augusto la hubiera mantenido se habría dicho que hablaba de más. Y, aun así, seguro que se habría guardado tantas cosas.
En cualquier caso, el padre Augusto jamás habría podido imaginar que esa muerte que tal vez discutió —que tal vez no— pudiera llegar a ser tan pública.
Es curioso cómo ciertos hechos —ciertas personas— que parecían destinados al ámbito estrecho de un pueblo como Tres Perdices pueden tornarse, de pronto, sin que nada las haya preparado para eso, historias nacionales. La mejor razón para esa sinrazón sigue siendo, mal que nos pese, la violencia de una muerte fuera de tiempo o de lugar.
Nadie diría que la muerte del padre Augusto Fiorello llegó fuera de tiempo: a sus sesenta y ocho años, el padre ya llevaba varios convencido de que el Señor lo reclamaría en cualquier momento —y no le guardaba por eso un rencor particular: consideraba que, si lo hacía, estaba en todo su derecho y, a veces, llegaba a extrañarse de que no lo hubiera decidido todavía. Nadie diría tampoco que estuvo fuera de lugar: ¿cuál habría sido más propicio que su modesta residencia, la casita de tres ambientes adosada a la iglesia que administraba desde hacía tantos años en el final de Tres Perdices, justo donde solía terminar el pueblo y donde, ahora, un racimo de ranchos a medio construir arma el suburbio pobre de una villa que no estaba pensada para tener suburbios? Así que no se trata del tiempo o el lugar. Lo que no entraba en ningún cálculo fue la violencia del cuchillo.
2
Entre todas esas cosas, me preocupaba más que nada que él descubriera cuánto esperaba estos almuerzos. Nos encontrábamos cada dos o tres semanas; alguna vez pasaban más sin que nos viéramos. Yo era el que llamaba, pero eso nunca fue un problema: se suponía que Juanjo era un hombre muy ocupado —Juanjo era un hombre muy ocupado— y tener que llamarlo no me desmerecía. Yo respetaba los plazos —nunca lo llamé sin que hubiesen pasado por lo menos quince días desde el último almuerzo— y él muy pocas veces me dijo que no podía: el mecanismo funcionaba. No necesitábamos negociar tiempo y lugar: nos encontrábamos a la hora de siempre en la fonda de siempre.
—Che, se te ve bastante bien.
—No te preocupes, Juan, no necesito que me mientas. El mozo nos preguntó si queríamos lo de siempre y le dijimos que sí, por supuesto: Juanjo su milanesa napolitana con papas fritas a caballo —diciendo, como siempre, que acá sí que sabían hacer la napolitana como en los viejos tiempos— y yo mi bife mariposa con ensalada mixta, pero ahora casi sin aceite. Estábamos, como siempre, en la última mesa de la pared de las ventanas.
—No, boludo, para qué te voy a mentir. Te lo digo en serio. Yo pensé que...
Dijo, y se interrumpió. Yo no quise preguntarle qué pensó —no quise ponerlo en un aprieto— y le dije si estaba satisfecho con la ley de alquileres que le acababan de aprobar. Juanjo me miró con sorpresa: no me digas que ahora te importan esas cosas.
—¿Por qué? ¿Qué cosas me tendrían que importar?
—No sé, si te la pasás despotricando contra esas boludeces de la politiquería, como vos decís. Ay, Colo, qué lástima.
Quizás la lástima consistía en que yo despreciara las actividades a las que Juanjo dedicaba su vida; quizás —más probablemente— que yo desperdiciara la mía sin dedicarme a ellas o, incluso, sin disfrutar de los beneficios que podían ofrecerme. Tampoco quise averiguarlo y me callé: no estaba haciendo mi parte del trabajo. Desde siempre —siempre eran los quince o veinte años que llevábamos manteniendo esta rutina—, nuestros encuentros se basaban en el enfrentamiento, la batalla gentil de los que creen que pueden decirse cualquier cosa sin pelearse; este mediodía, por alguna razón, yo me empeñaba en esquivar el bulto: como si tuviera miedo de que el mecanismo ya no funcionara. O como si estuviera decidido a romperlo de una vez por todas. Juanjo en cambio retomaba los temas habituales:
—Carlos, en serio: ¿por qué no te dejás de joder y te venís a trabajar con nosotros? Sos uno de los tipos más capaces que he conocido, podrías hacer muchas cosas; la verdad que no soporto ver cómo dejás pasar la vida sin hacer un carajo.
—¿Dejo pasar la vida? Yo diría que ya se me pasó.
—No jodas, Colo, todavía podés pelearla. En serio, con más razón, venite a laburar con nosotros y vas a tener un motivo más para pelearla. ¿Ya no te acordás cómo era la sensación de servir para algo, de tener un sentido? No sabés lo bien que te haría.
Era su oferta habitual: nunca pasaban más de dos almuerzos sin que me la hiciera. Supongo que la hacía porque imaginaba que era la forma de ayudarme, de ayudar a un amigo —y ahora, como decía, con más razón. O quizás porque realmente necesitaba poder confiar en alguien: no debía sucederle mucho, últimamente. Yo solía hacerme el tonto, contestarle con risitas y evasivas. Hasta hoy:
—¿Con ustedes en el gobierno? Vos estás loco. Yo jamás trabajaría para tu gobierno.
—Colo, no seas boludo. Están todos, metete vos también. Es como en nuestros tiempos, sólo que más tranquilo y se pueden hacer cosas...
—No, jamás lo haría. Y menos ahora.
—¿Por qué menos ahora?
Me preguntó Juanjo, y enseguida entendió —pero no quiso seguir por esa vía. Me insistió en que trabajara con ellos, que valía la pena, que se podían hacer cosas. De pronto se me ocurrió que quizás le molestara que me quedase afuera: que conservara mi derecho a criticar, a juzgarlo. Que lo tranquilizaría que yo estuviera adentro, en el mismo barro: una manera de callarme.
—Vale la pena, Colo, en serio. Si nunca pensamos que fuéramos a tener otra oportunidad...
Alguna vez sabría: quizás lo que no soporté fue que hablara de otra oportunidad; quizás fue algo en el tono, el gesto, su nudo en la corbata, el modo en que miró su milanesa. En cualquier caso, mi respuesta se me fue de las manos:
—¿Otra oportunidad de qué, Juan? ¿De llenarse la boca con boludeces sobre los desaparecidos y seguir haciendo lo mismo que todos los demás? ¿De hablar de los muertos heroicos para justificar que siguen vivos y no hacen un carajo de todo lo que los muertos querían hacer? ¿De usar los setentas para tapar lo que no pueden ni quieren hacer ahora?
Juanjo me miraba con la boca llena de pan, abierta como un globo. Yo no podía parar:
—Se la pasan hablando de los setentas en vez de ocuparse del presente, del futuro. Usan ese pasado para glorificarse: no se crean, nosotros no somos lo que ven, nosotros no somos nosotros, nosotros somos lo que fuimos hace treinta años, somos los otros, los que murieron hace treinta años y no tuvieron la posibilidad de hacerse otros —como nosotros.
No quería ser tan tajante: la etiqueta de nuestros encuentros toleraba que se dijera cualquier cosa pero sin dejar de lado cierta distancia irónica, el desapego. Yo los estaba perdiendo y no sabía por qué. Para arreglarlo traté de incluirme en el naufragio:
—¿No te parece que nosotros ya no tenemos derecho a hacer más nada?
Juanjo tenía las mejillas muy bien afeitadas y una papada que rebasaba con creces el cuello de su camisa de vestir; algún pliegue rozaba el nudo demasiado grande de su corbata roja. No le quedaba mucho pelo pero lo organizaba para taparse buena parte del cráneo. Cuando —como ahora— lo miraba sin reconocerlo me forzaba a recordar mi propia imagen en el espejo de mi baño.
—¿Qué querés decir?
—Es muy fácil. Disculpame la barbaridad, pero: ¿cómo hacés para no considerarte un completo fracaso?
Somos una mierda: no podía dejar de repetirme que somos una mierda. Que somos una mierda que se pasa la vida diciendo que somos una mierda. Que somos una mierda que ha llevado hasta lo indecible las mil y una maneras de decir que somos una mierda, que lo ha convertido en arte, que lo canta, lo pinta, lo recita —y nos creemos muy dotados porque suponemos que nadie lo puede hacer tan bien como nosotros. Que somos una mierda que se supone astuta —una mierda astuta— porque nos la pasamos diciendo que somos una mierda.
Somos tan cobardes: creemos que la palabra nos redime. Suponemos que alcanza con decir ciertas cosas para ponernos por encima de esas cosas. La calle está poceada y un cartel dice atención pavimento deformado; el pavimento sigue deformado pero nadie puede decir que no se lo dijeron. El país se derrumba un poquito y películas libros canciones obras de teatro lo relatan; el país sigue cayendo pero su caída queda bien contada y nos admiran. Las palabras, digo: se nos multiplican. Como escribió un poeta: los poetas se quedan sin cojones en el momento culminante del cariño; / no es problema, se escriben un versito / pa’ la posteridad. Somos una manga de poetas, una banda de fracasados charlatanes. Nunca supimos hacer nada pero lo hemos dicho con tanta aplicación —y a veces, incluso, con alguna elegancia. De eso que no falte: nadie sabe revolcarse en la derrota con la elegancia de nosotros argentinos.
Es curioso: siempre fuimos así, me parece que siempre fuimos así y sin embargo hubo tiempos en que creímos que no sólo la derrota era lo nuestro. Siempre fuimos charlatanes melancólicos tangueros, pero de tanto en tanto nos daba el sobresalto de que estábamos haciendo cosas bien. Un país bien, casi llegamos a creer: que estábamos haciendo un país bien. Sí, nos lo llegamos a creer, eso fue lo más curioso: imaginamos que teníamos todo para hacerlo bien y que sólo necesitábamos tiempo y un poco de esfuerzo para conseguirlo, pero que conseguirlo estaba inscrito en nuestra historia como si ya hubiera pasado. Eran tiempos extraños: nuestra habilidad para la derrota —para hacer de la derrota un arte— se mezclaba y se contradecía con esa idea de que íbamos a conseguir grandes triunfos. Era como si, en esos tiempos, no nos atreviéramos a ser del todo lo que éramos: lo que somos. Después se nos pasó: perdimos, nos hundimos en el mejor de los naufragios y la contradicción terminó de disolverse. Ésa fue nuestra victoria: nos dedicamos del todo a la derrota, sin fisuras, y ahora hemos llegado a la plenitud de nuestro ser nosotros: una mierda.
—Digo, en serio: ¿cómo hacés para no considerarte un fracaso completo?
Juanjo me miró con interés: imaginó que yo retomaba mi papel. Titubeó: me pareció que tenía una respuesta a flor de labios pero quiso saber un poco más antes de lanzarla al campo de batalla. Mi pregunta seguía retozando entre nosotros como retozan ciertas palabras cuando un silencio las aviva. Me pidió que aclarara.
—No sé si ya te lo dije alguna vez. Quizás no: me parece que recién ahora, con el quilombo de estos días, terminé de entenderlo. Pero te digo que fue como una revelación, esas cosas que de pronto se te aparecen y no sabés cómo fue que tardaste tanto tiempo en darte cuenta.
El mozo llegó con la napolitana y el mariposa, medio de vino de la casa, soda y hielo. El mozo debía tener la misma edad que nosotros —y siempre estuvo ahí. A veces cruzábamos algún comentario de ocasión: el fútbol, el gobierno, el tiempo, el fútbol. Quién sabe qué había hecho él en aquellos tiempos. Un día se me ocurrió que tenía pinta de haber sido policía, y me reí: era una reacción de antes, una observación que ya no me correspondía. Juanjo me miraba callado, esperando que le hablara de mi gran descubrimiento; yo también me callé.
—Dale, Colo, contame.
—¿Sabés qué? De pronto me acordé del Tucumano. ¿Te acordás del Tucu, uno que militaba en Derecho y no creo que haya dado ni una sola materia? ¿Ese que andaba con Marita de Medicina?
—Creo que sí, pero no estoy seguro... ¿Era un tipo alto, peinado con gomina?
No era. Mi relación con Juanjo estaba construida sobre ese tipo de malentendidos. De hecho, cada vez que lo veía, en algún momento me preguntaba por qué lo seguía viendo: por qué me importaba tanto verlo. Nos habíamos encontrado a fines de los ochentas, de casualidad, y habíamos ido armando una amistad basada en simular que habíamos sido muy amigos en los años de la militancia, que habíamos compartido los momentos más duros —y que los avatares de la historia nos habían separado durante algún tiempo pero que, felizmente, habíamos conseguido reencontrarnos. Los dos simulábamos creerlo —yo, al menos, simulaba creerlo la mayor parte del tiempo: me dejaba llevar. Pero sabía que era falso: en realidad habíamos armado una amistad hecha de recuerdos que casi nunca recordábamos. Los dos teníamos la memoria de los escenarios, del clima de la época, de algunas personas: no nos resultaba difícil incluirnos en esas escenas y hacer como si siempre hubiéramos sido muy cercanos. Tantas veces me pregunté por qué lo hacíamos. Yo había dejado de ver a la gente de esa época: supongo que, a partir de cierto punto, necesité estos encuentros para recuperar ese pasado. O para reírme de él. O para recuperarlo riéndome de él. Juanjo, en cambio, había seguido conectado con aquellos años por su profesión de abogado y su escalada política; me imagino que yo le permitía recuperarlos sin la interferencia de sus tejes y manejes presentes: sin que los recuerdos se le mezclaran con las alianzas y ventajas que esos recuerdos podían procurarle.
—Bueno, Carlos, ¿me vas a terminar de decir lo que estabas diciendo?
—En realidad te estaba preguntando, y disculpame la pregunta obvia: si tuvieras que resumirlo en una frase, ¿qué dirías de nuestra famosa generación?
—Ah, por ahí iba la cosa. Una frase siempre es muy difícil...
Juanjo hacía tiempo. Yo trataba de no mirarlo para que no se sintiera presionado: para que no sintiera cómo se le cerraba la soga alrededor del cuello.
—Mirá, muy en síntesis, te diría que es una generación que entregó todo, que dejó por el camino a su mejor gente pero ahora por fin puede hacer algo de lo que se propuso...
—Es una forma de verlo, sí. A ver: ¿qué fue lo que se propuso?
—¿Me vas a hacer un diálogo socrático?
—Dale, decime: ¿qué nos proponíamos?
—Obvio, construir una sociedad mejor.
—¿Una sociedad mejor?
—No rompas las bolas, Carlos, vos lo sabés tan bien como yo: una sociedad sin explotadores ni explotados, algo así como el socialismo, aunque ahora resulte tan complicado hablar de socialismo. En fin, un país más justo, más igualitario, ¿no?
Juanjo se tomó un trago de vino con soda y lo miró como si recién notara lo que era: una bebida que ya tampoco le correspondía. Le sonreí:
—¿Y lo logramos?
—No rompas las bolas.
—¿No lo logramos?
Quizás no tenía que decírselo: quizás tenía que seguir pensándolo solo, en silencio, en lugar de entrar como una vaca en el bazar de su memoria. ¿Qué derecho tenía a entrar como una vaca en el bazar de su memoria? Si nos encontrábamos, una vez cada tanto, ¿no era porque compartíamos, pretendíamos compartir esa memoria? Muchas veces, en los días que siguieron a ese mediodía, pensé que tendría que haberme callado. Pero ya me había callado demasiadas cosas demasiado tiempo.
—¿Qué pasa, no le gustó cómo salió el bife?
—Sí, maestro, no se preocupe, está muy bien.
El mozo se retiró con su sonrisa profesional —o quizás estaba preocupado de verdad: nunca supe distinguir la simulación de la preocupación de la preocupación auténtica. Si es que son, finalmente, dos cosas tan distintas: el que simula preocuparse ya se está preocupando de algún modo.
—¿Así que no lo logramos?
—Vos sabés que no, Carlos, es evidente. ¿Adónde querés ir a parar?
—Querer, querer, a ningún lado.
Juanjo resopló: ¿te estás divirtiendo? Yo le dije que menos de lo que él quería creer y me pareció que no podía seguir demorando mi brulote:
—No sólo no lo logramos, sino que lo que pasó fue todo lo contrario.
Hice una pausa, lo invité. Juanjo prefirió el silencio.
—Hace cuarenta años, cuando teníamos quince o veinte y empezamos a meternos en política, la Argentina era un país bastante próspero. Todos lo sabemos, pero últimamente estuve mirando algunos números para ver si no nos equivocábamos, si no era otro de esos recuerdos que uno se fabrica. No era: la desocupación no era importante, la desigualdad no era tan bruta, había pobreza pero no miseria, las escuelas y los hospitales públicos funcionaban, había jubilaciones decentes, hasta había un futuro. Ya no era ese país prepotente de principios de siglo pero todavía andaba bien. Teníamos industrias en serio, fabricábamos coches, heladeras, aviones; había trenes que iban a todos lados, una flota mercante, las mejores editoriales en castellano... Por supuesto que había industriales y terratenientes riquísimos y obreros y campesinos pobres, por supuesto que había diferencias escandalosas, injusticias brutales, pero la mayoría de los argentinos, mal que mal, vivía bastante bien.
Me habría gustado decirlo tranquilo, como quien enumera hechos irrefutables; debo reconocer que soné alborotado. Traté de moderarme:
—Entonces apareció nuestra famosa generación y decidió que ese país era un desastre. Por supuesto, teníamos razón: no es justo que un tipo tenga mil veces más que otro. Y por supuesto encontramos razones para justificar lo que decíamos, como podés justificar cualquier cosa si buscás un poco. Así que lo explicamos muy adecuadamente, y como era un desastre teníamos que cambiarlo de raíz...
—¿Qué me estás haciendo, el cuento de Caperucita? ¿No te estás olvidando de un par de cosas?
—Sí, claro. El espíritu de la época, por ejemplo. Es cierto, no estábamos haciendo nada original: esa misma idea de que había que inventar otro mundo daba vueltas por todo el mundo, y más que nada por el tercero. El que no creía en un futuro socialista era un boludo, uno que no merecía considerarse un hombre. Ya lo sé, Juanjo, no digo que hayamos inventado nada. Ni siquiera inventamos nada.
—Y las injusticias que había, la revolución libertadora, el exilio de Perón, la represión, los golpes, las dictaduras... No peleábamos por pelear. Si empezamos a pelear fue porque ellos no nos dejaron otro camino. ¿O ya te lo olvidaste?
—No, Juanjo, cómo me lo voy a olvidar. Estoy viejo pero no chocho, todavía. O quizás debería decir: muerto pero no chocho todavía. Ya sé todo eso, y más: armamos un paquete coherente, demostramos que la Argentina había vuelto a ser una colonia, como en los tiempos de los españoles, como eran colonias todos los demás países de la región. Vos te acordás de las consignas: patria sí colonia no, liberación o dependencia, toda esa murga. Eso sí que fue inteligente: a todos nos habían enseñado en la escuela que nuestros próceres nos liberaron de los españoles y fundaron la patria peleando con las armas en la mano: Belgrano, Castelli, Güemes, San Martín. Así que si demostrábamos que la patria era otra vez una colonia, pelear con las armas en la mano no sólo era legítimo, era casi una obligación.
Juanjo respiró demasiado fuerte. Llevaba unos días sin fumar —otro de sus intentos habituales— y parecía a punto de ceder al vicio. Me imaginé su lucha: no sólo buscaba argumentos para contestarme —o para desechar lo que estaba diciéndole—; también necesitaba encontrar razones para no pedirle un cigarrillo al mozo. Cuando habló, la voz le sonó destemplada, irritada; las mejillas, de un rojo subido.
—No me hagas una lección de historia, Carlos. ¿Adónde querés llegar con todo esto?
—Vos ya sabés adónde quiero llegar. Sos un tipo inteligente, ya lo vas entendiendo. Por eso te enfurruñás, se te ve. Pero más vale lo hacemos paso a paso: quisimos hacer de nuevo aquel país que nos resultaba intolerable. Elegimos las metas y la forma que nos pareció más apropiada. Nos jugamos las bolas para conseguirlo; de verdad, nos jugamos a fondo, fuimos generosos, hicimos todo lo posible. Y ahora, después de todo este tiempo, de todos esos compañeros que murieron o se tuvieron que ir o se jodieron la vida, la Argentina está tanto peor de lo que era entonces. Tanto peor, hermano, un desastre. ¿Te imaginás alguna forma más contundente del fracaso?
Juanjo no me contestó. No sé si pensaba en el cigarrillo o en mis frases: en cualquier caso, ninguna de las dos cosas parecía tranquilizarlo.
—En serio, Juanjo, pensalo. Ahora no paramos de llorar por cómo está el país. Si está así, ¿no es porque nosotros fallamos y ellos no? No digo que nosotros lo hayamos hecho así; digo que, cuando era mejor que ahora, nosotros quisimos mejorarlo, y el resultado fue que creamos las condiciones para que ellos lo hicieran mucho peor de lo que era.
Quizás, se me ocurrió, seguíamos viéndonos porque todavía podíamos decir nosotros y ellos y saber —suponer que sabíamos— de qué hablábamos: nada crea mayor cercanía que tener un ellos y un nosotros. Juanjo levantó la cabeza, me miró. Yo tenía que rematar la idea y me detuve un momento para pensar cómo conseguir que no sonara demasiado rimbombante. Me pareció que no lo conseguía:
—En síntesis, te digo: no quiero que suene muy rimbombante, pero no se me ocurre otra manera: somos la generación más fracasada de esta larga historia de fracasos que es la historia argentina.
Nos quedamos callados. Juanjo me miraba y parecía a punto de decir algo, pero no. Yo había dicho todo lo que quería —y algo más. El silencio duró varios minutos: por primera vez, en todos estos años de palabras, nos callamos.
—¿En serio creés eso?
Me preguntó, después de un rato. No entendí que estaba preparando su venganza.
—Hace treinta años que no creía nada tan en serio.
Le dije, y él hizo durar el silencio un poco más, para subrayar lo que estaba por decirme:
—¿Y se te ocurrió pensar qué diría Estela si pudiera escucharte?
3
Digamos que no pudo soportar lo que llamamos latortura. Latortura es una forma barata de llamarlo: gentileza hacia el lector o el interlocutor, una manera de la deferencia o de la cobardía —una agachada. Llamarlo latortura no supone ninguna descripción: no muestra un cuerpo vivo atado de las muñecas a una soga que cuelga del techo y el cuerpo a su vez que cuelga de la soga mientras los brazos se le van estirando, descoyuntando, deshaciendo en el esfuerzo de sostener el cuerpo que ya nada sostiene, que sólo sus enemigos necesitan; no muestra un cuerpo vivo atado al que una mano agarra por la nuca para hundirle la cabeza en el agua o en un agua repleta de basura mierda bichos para que vea cómo le pueden convertir en agua el aire, el aliento en ahogo, la vida en un momento, cómo pueden cambiarle el mundo en un momento, diseñarle en un momento un mundo donde ese cuerpo ya no puede ser lo que era antes; no muestra un cuerpo vivo atado pies y manos a una cama de fierro, desnudo, muy desnudo, los brazos estirados separados, las piernas estiradas separadas, abierto, más que abierto, que recibe descargas implacables estruendosas tremendas en las orejas labios ojos cuello encías tetillas tetas panza huevos glande vagina y se retuerce y no consigue siquiera retorcerse, atado, tan abierto, y se retuerce sin siquiera; no muestra un cuerpo vivo atado muy desnudo obligado por manos y brazos de otros cuerpos a presentarse en cuatro patas con la cabeza baja contra el piso, aplastada contra el piso por un zapato o bota con las manos atadas por detrás de la espalda, con las piernas flexionadas separadas y los cuartos traseros para arriba, el culo arriba para que le entre el palo el cuchillo la botella que hace de lo interior de ese cuerpo una zona disponible para el ataque, un lugar del afuera: que deja afuera indefendible lo que estaba adentro, defendido: que le da vuelta el cuerpo. Llamarlo latortura no muestra que ese cuerpo pertenece a un hombre una mujer que están ahí, reclusos de ese cuerpo, rehenes de ese cuerpo, desnudos de ese cuerpo sufriéndolo a los gritos, retorcidos dentro de un cuerpo retorcido, encerrados en un cuerpo que querrían olvidar, abandonar, perder —olvidar
