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Cuando descargan la última caja del camión, suelto un gran suspiro apoyándome en el sofá de la sala. Mi hermana menor, Megan, me observa desde el sillón mientras se lleva una copa de vino a los labios. Yo estoy sudando, con el cabello sujeto en lo alto de la cabeza y con ropa deportiva. Ella, en cambio, se ve estupenda y sin un pelo salido de su moño. Me observa con una ceja alzada. Si no fuera por el hombre que contraté para ayudarme a llevar mis cosas de la casa de mi exnovio hasta aquí, no habría sobrevivido a subir cinco pisos.
Desde que llegué, dos horas atrás, Megan se había dedicado a apilar las cajas en mi nueva habitación. Yo fui la que hizo los cinco viajes desde el camión hasta mi habitación junto al hombre de la mudanza para que fuera más rápido.
—Igual necesito una mano —digo con voz entrecortada, respirando fuerte y con una mano en el pecho. Como si eso ayudara a calmar mi agitada respiración.
—Tengo las dos ocupadas —murmura Meg de vuelta, tomando su copa de vino para evidenciarlo. No hace ademán de levantarse, para nada: extiende los pies y se cruza de piernas para mayor comodidad—. Voy a descansar un ratito más.
No ha hecho más que descansar desde que la desperté de su siesta. El señor de la mudanza se demoró en sacar las cosas del departamento donde vivía con mi exnovio, y por eso vinimos tarde aquí. Debí haberlo sabido: los viernes por la noche el tráfico es terrible. Justo ahora mismo me apetece tomar un largo baño con aromatizantes y una copa de vino mientras me relajo en el agua, pero mi hermana no tiene una tina. Es una cosa que extrañaré de mi antiguo departamento.
No es fácil mudarme cuando ya estaba acostumbrada a mi vida con Devan. Era fácil estar con él, se había convertido en una rutina. Me despertaba en su cama, a su lado cada mañana, me duchaba rápido y luego íbamos juntos al trabajo. Al terminar nuestra jornada laboral llegábamos a casa y teníamos toda la noche para nosotros. Los fines de semana salíamos a tomar unas copas con nuestros colegas del trabajo, o a veces a algún club a pasarla bien, bailando toda la noche. Esa era nuestra rutina. Y estaba bien con ella. Demasiado bien.
—Gracias por la ayuda —murmuro con sarcasmo a mi hermana, y ella me saca la lengua. Con esfuerzo me agacho a coger la última caja de mis pertenencias y camino hasta mi nueva habitación en el departamento de mi hermana, que una vez fue mío también. Las paredes de color blanco siguen igual de pulcras y mi cama está en su sitio, pero los cajones del clóset y tocador están vacíos. No sé si tendré energía suficiente para terminar la mudanza hoy.
En el suelo hay otras nueve cajas, todas llenas de ropa y accesorios. Incluso de libros, revistas y hasta obsequios que Devan me regaló. No soy una persona apegada emocionalmente, así que tener un peluche de mi ex no me hará llorar por la noche, ni tampoco me llenará de cólera por haberme dejado. No me produce ningún sentimiento, nunca nada me lo ha producido. Durante mi adolescencia mis exnovios siempre pensaron que era una persona fría, poco romántica y hasta seca. La verdad es que yo también empecé a pensarlo. Seis largos años con Devan y no derramé una sola lágrima cuando me dijo «Hemos terminado» la semana pasada, justo después de negarme a ser su esposa. Me había botado no solo de su departamento, también de su vida, y yo ni siquiera parpadeé. Hice lo que cualquier mujer con dignidad haría: asentí, cogí mis cosas y me largué de allí con la cabeza alta y el orgullo intacto. No soy del tipo de mujer que le ruega a un hombre. No. Mi madre me enseñó más que eso.
—En media hora salimos —dice Megan interrumpiendo mis pensamientos desde el umbral. Sus ojos verdes como los de nuestro padre me miran con curiosidad. Desde pequeñas hemos estado muy unidas, y le agradezco que siempre haya estado ahí para apoyarme. Con ella jamás soy fría, sino todo lo contrario. Podría decir que mi hermana menor es mi debilidad, la única que me saca ese entumecimiento y frialdad del corazón. No solo por su personalidad vivaz, sino también porque es mi única mejor amiga en el mundo.
—No sé si tengo ánimos para salir, Meg —declino, señalando las cajas. Recuerdo que me dijo que hoy tenía una noche de copas con sus colegas de la editorial donde trabaja. La reunión será en un bar conocido de la zona y yo estoy invitada. Con todas estas cajas a mi alrededor y con las energías por el suelo, ni siquiera una noche de copas podría sacarme de aquí—. Creo que paso.
Meg no desaprovecha la oportunidad de acercarse a mí para mirarme con ojo crítico. Esa mirada suya me inquieta. Es como si me analizara y pudiera leer mis pensamientos. Ciertamente podría hacerlo, porque es la única que me entiende a la perfección. Sabe si estoy mal o no con solo echarme un vistazo. Lo ha hecho desde siempre, y todavía no ha perdido el don.
—¿Es por Devan? —Hace la pregunta que menos esperaba. Ella mejor que nadie sabe que todo esto es por él. Por su culpa. Aunque no niego mi responsabilidad, tanto él como yo cometimos errores. Pero yo no fui la inmadura que se molestó por un rechazo y en un arranque de ira botó a su pareja a la calle. Sí, ese fue él. Frunzo el ceño. No sé adónde quiere llegar mi hermana—. ¿Aún no dejas de pensar en él? ¿Por eso no quieres ir de copas conmigo?
—No. —Casi escupo la palabra—. Solo estoy cansada.
En parte es verdad y en parte es mentira, porque sí, es por Devan. Una noche como esta saldríamos a bailar a algún club o beberíamos licor hasta la inconsciencia. Es difícil alejarlo de mi mente y de mi vida cuando los últimos seis años están impregnados de recuerdos suyos. No solo fue mi novio, empezó como mi mejor amigo, y hoy ni siquiera ha podido mirarme a la cara cuando he ido a sacar mis cosas de su casa. Siempre fue impulsivo. Mala suerte, porque yo también lo soy.
—Bueno, irán hombres guapos —dice ella sonriéndome—. No hay nada mejor que sacar un clavo con otro.
Pongo los ojos en blanco y me río de su sugerencia. Sé perfectamente su opinión sobre Devan: jamás le cayó bien.
—Eso lo sabrás tú mejor que nadie —me burlo.
Megan se queda en silencio ante mi broma. En vez de contestarme deja una copa llena de vino sobre mi tocador.
—Para que disfrutes tu noche. —Sale de allí y camina por el pasillo hasta que no oigo más sus pasos. Le prometí acompañarla, pero no tengo ánimos para salir. Quiero pasar la noche con tranquilidad y, si es posible, dormirme temprano y despertar mañana con todas mis cosas en su lugar.
Jamás le pediría a Megan que se quedara para ayudarme. Además, ella sabe lo mucho que aprecio mi soledad. Sobre todo después de haber terminado con Devan. Es lo que más necesito ahora: soledad y tranquilidad.

Tres horas después ya no pienso igual. Megan se fue hace horas y me dijo que si cambiaba de opinión la llamara. Mientras veo la mitad de mis cajas vacías en el suelo, lo pienso muy bien antes de tomar la decisión. Cojo el teléfono y le mando un mensaje al tiempo que me desvisto para bañarme. Dejo el teléfono cerca por si suena, pero cuando salgo, no hay llamadas perdidas suyas y ni un solo mensaje. Me pongo rápidamente un vestido veraniego sexy de color negro y me calzo unos tacones del mismo color, mis favoritos: los Louboutin. Recuerdo haber ahorrado cuatro meses de mi sueldo para comprármelos. Cuando llegué a la tienda con una sonrisa feliz, salí de igual forma pero con una bolsa del diseñador colgada del brazo y la caja de mis zapatos dentro. Devan estuvo malhumorado todo el camino a casa, criticando mi compra. «Mucha plata derrochada en unos zapatos». Como era mi dinero, ganado con mi trabajo y esfuerzo, le callé la boca rápido para que no arruinara mi momento.
Gracias a mi buena memoria recuerdo perfectamente el nombre del bar al que Megan dijo que iba, un tal Nuda. No sé si son las siglas o se llama así, pero es un nombre raro. No me preocupo cuando Meg no me responde, ya la encontraré allá. Llamo a un taxi y busco la dirección del bar en el buscador de Google y gracias a las indicaciones llegamos veinte minutos después. Antes de entrar en el restobar vuelvo a revisar el teléfono en busca de señales de Meg, pero ni siquiera me ha dejado en visto.
Con esfuerzo jalo la puerta, donde hay una señal de abierto, pero tropiezo al darme cuenta de que no se jala, sino que se empuja. Quedo como una tonta, pero nadie nota mi error. Está abarrotado. Me coloco un mechón de mi cabello castaño tras la oreja y echo un vistazo para encontrar a mi hermana. No tengo esa suerte.
Como todas las mesas están ocupadas, elijo ir al bar para sentarme en las sillas altas. Desde mi puesto observo el local con detenimiento, esperando dar con ella, pero lo veo difícil. Solo hay música a un volumen moderado mientras la gente come junto a sus amigos, y el sonido de las conversaciones logra acallar por unos instantes el de la música. No hay rastro de Megan y eso empieza a preocuparme. Saco el teléfono y vuelvo a llamarla. Para mi sorpresa, esta vez no hay tono de espera, sino que salta directamente el buzón de voz como si hubiera declinado mi llamada.
Le escribo un mensaje tecleando con furia:
Yo
Estoy en NUDA, dónde rayos estás?
Al instante se conecta y me responde:
Creí que no irías, ya me fui de allí
Pongo los ojos en blanco. «Tanto para nada». Como no me dice de volver o si está de camino a casa, tecleo de nuevo.
Yo
Me quedaré un rato :)
Diviértete!!! ;)
Guardo el teléfono en el pequeño bolso que descansa sobre mi regazo y vuelvo la vista al frente para pedirle al barman una bebida. Después de unos segundos logro captar su atención; pido un ron con Coca-Cola y espero a que lo prepare. Balanceo los pies enfundados en mis tacones favoritos al ritmo de la música y le sonrío cuando pone la bebida sobre la barra. Sin muchos miramientos, tomo un par de sorbos. Noto en la lengua el frío y el licor. El alcohol me quema la garganta.
Una extraña sensación me invade cuando dejo el vaso medio lleno sobre la barra, como si alguien me observara desde hace rato. Con el rabillo del ojo busco la fuente de la mirada, pero me quito la idea de la cabeza cuando no encuentro a nadie.
Al tercer sorbo, ya no puedo ignorar mi inquietud. Vuelvo la cabeza hacia la derecha y veo que a tres asientos de mí hay un hombre inclinado en la barra que me mira fijamente como si esperara a que yo le devolviera el saludo. Cuando nuestros ojos chocan me sorprende ver que sonríe de lado, como si nos conociéramos. Pero yo no he visto a ese hombre en mi vida. Nunca. Lo recordaría. Tiene un magnetismo que atraería a cualquier chica, porque desprende sensualidad con ese rostro tan masculino y guapo. Su atractivo principal parece ser ese, pero realmente es esa mirada suya, como la de un depredador buscando a su próxima presa. Sus ojos color miel se fijan en los míos y luego bajan para recorrerme todo el cuerpo. Me mira como si quisiera desnudarme. He visto esa mirada en muchos hombres, pero jamás vi a alguien hacerlo de forma tan descarada tras pillarlo. Como él está a lo suyo, decido mirar yo también su rostro. Su cabello rubio ceniza es lo primero que llama mi atención; luego, la mandíbula cuadrada. Al subir la mirada a sus ojos volvemos a encontrarnos y esta vez sonríe mostrando unos dientes blancos y alineados: una sonrisa digna de un hombre que parece haber ido recientemente al dentista y que cuida muy bien su salud dental. Aun así, es demasiado descarado y coqueto para mi gusto. Lo que sí me gusta de él, y no dejo de observar, son los hoyuelos que tiene en las mejillas, que hacen que parezca inofensivo, incluso tierno.
Lleva un traje negro y los primeros botones de la camisa abiertos. Sabe que es sexy y no le importa nada.
Decido despacharlo con la mirada. Ya sabes, ese gesto de ojos que hace una mujer cuando algo o alguien la fastidia. Vuelvo mi vista al frente satisfecha de tener los asientos de al lado ocupados por hombres lo suficiente mayores como para ser mis padres. Apuro mi tercera copa sintiendo los estragos del alcohol. Me mareo un poco al bajar la cabeza para sacar mi tarjeta del bolso.
—A mi cuenta, Rob —dice una voz profunda y masculina a mi lado. Levanto la cabeza con rapidez y no me sorprendo al ver al hombre de antes justo a mi lado. Con el rabillo del ojo lo había visto venir. Además, a este tipo de hombre le gusta ser el cazador. Aman cortejar a su presa, perseguirla pero sin asustarla. Si es que yo soy la suya, ya podría tener a mi clavo justo al lado. Saca de su billetera una tarjeta American Express y se la tiende al barman.
Me sonríe de lado y yo aprovecho para mirar sus hoyuelos.
«Maldita sea, amo los hoyuelos».
—Gracias —respondo con voz cantarina y una sonrisa inocentona. Si este hombre quiere ser mi clavo no pondría objeciones. Pero para llegar a eso necesita pasar unas cuantas pruebas, no saldría con cualquiera. Carraspeo— por pagarme las bebidas.
Cruzo las piernas, y a escondidas también los dedos de las manos rogándole al cielo y a cualquier deidad en el mundo que este hombre no sea un baboso.
—De nada —contesta sin dejar de sonreír. Hasta ahora parece un tipo normal sin mucha pretensión o incluso coquetería. Salvo por la forma en que me devoró con los ojos antes, fue como si quisiera arrancarme la ropa y follarme aquí mismo. Ahora está mirándome con normalidad, como si antes no me hubiera desnudado con esos ojos color miel que tiene—. ¿Vienes por aquí a menudo?
Mi burbuja se pincha. Demasiado bueno para ser verdad, ¿cierto?
Sacudo la cabeza.
—Tus pobres habilidades de conversación me están espantando. —Tomo el último sorbo de mi bebida y guardo la tarjeta en el bolso—. Gracias por las bebidas. Fue un placer.
—Espera, no, no te vayas —dice con rapidez pero sin parecer desesperado. Hay algo en su tono de voz que me hace detener mis movimientos para mirarlo. Cuando lo hago una sonrisa de lado se forma en sus labios—. Empecemos de nuevo.
Alzo una ceja.
—Bien —le concedo, solo por sus hoyuelos—. Empecemos de nuevo. ¿Cómo te llamas?
De nada vale «empezar de nuevo» cuando ni siquiera sé su nombre.
—Baxter. —Extiende la mano y yo la aprieto, sintiendo la firmeza en su agarre. Una corriente me atraviesa cuando sus ojos vuelven a recorrerme.
—Madie —me presento sin querer revelar mi nombre completo, solo mi apodo—. ¿A qué te dedicas?
Me suelta la mano y yo trato de ignorar el pinchazo de desilusión que me embarga al no sentir más su piel en la mía. Si ese leve contacto me produjo más de lo que debería, no imagino lo que este hombre podría causarme besándome.
—Negocios —responde con un encogimiento de hombros. Por su mirada evasiva siento que no es del todo sincero—. ¿Y tú?
—Desempleada. —Decido decir la verdad porque al parecer Baxter no quiere ser más preciso con su trabajo—. Últimamente solo tengo mala suerte.
—Pues yo creo que la buena suerte acaba de llegarte —declara con esa sonrisa suya desarmada, la que muestra esos hoyuelos en las mejillas.
Se señala.
—¿Tú eres mi buena suerte? —Trato de no poner los ojos en blanco, pero mi risa gana—. ¿Por qué?
—Puedo distraerte —murmura acercándose pero sin invadir mi espacio personal. Desde esta distancia cercana puedo sentir la fragancia masculina que su cuerpo destila.
Pienso un rato antes de responder.
—Ah, ¿sí? —Inclino la cabeza—. ¿Cómo harás eso?
Esto es un coqueteo en toda regla.
No despego mis ojos de los suyos para que capte mis señales. Parece hacerlo cuando asiente sonriendo luego de un guiño de su parte. Ha ganado y lo sabe. Yo lo supe desde que vi sus hoyuelos.
Es la primera vez que pondré en práctica la frase «un clavo saca otro clavo» y estoy emocionada por hacerlo con este hombre que claramente sabe lo que hace. Ya con sus bebidas y las mías pagadas, se levanta y yo también, caminando a una distancia prudencial hasta salir del restobar. Una vez fuera noto la calle un poco silenciosa. Es más de medianoche. Siento que su brazo se desliza detrás de mi cintura como guiándome por la acera. El valet se acerca con un auto BMW de lujo plateado y le entrega las llaves a mi… clavo de esta noche. Ni siquiera sé cómo llamarlo.
Lo haré por su nombre.
Baxter me acompaña al lado de mi puerta y me hace subir. Lo hago y luego él rodea el auto para subirse. Dentro se hace un silencio inquietante, ya que ni siquiera enciende el auto.
—¿Tu casa? —pregunta en un murmullo.
Niego.
—Mi hermana está allí, mejor a la tuya —miento. Ni siquiera sé dónde rayos está Megan, pero no quiero que estemos en todo el mambo (ya sabes, haciéndolo) y ella aparezca y nos pille. Aunque admito que me asusta irme con un desconocido a su casa—. Espera, ¿cómo sé que no eres un violador y asesino de mujeres desempleadas? Mira que tengo mala suerte… Podrías ser mi verdugo.
Se ríe. Saca su billetera del bolsillo del pantalón de su traje y busca algo en ella, luego me lo tiende. Es su licencia de conducir. En él sale su nombre completo y una fotografía suya que sí le hace justicia.
BAXTER COLE
FECHA DE NACIMIENTO: 14 DE FEBRERO DE 1993
Rápidamente quito mi vista de su licencia para mirarlo.
—¡Naciste en el día del amor! —señalo entre risas.
A él no le hace gracia. Enciende el auto.
—Qué suerte la mía, ¿verdad? —replica como si aquello fuese un suplicio.
—Qué romántico y fácil debe de ser para ti coquetear ese día.
Mientras conduce por la calle no despega los ojos del frente. No sé cuánto ha bebido Baxter Cole, pero noto que está lo suficientemente sobrio como para conducir con tranquilidad.
—Es fascinante la cantidad de mujeres que se enternecen con ese hecho —responde luego de varios minutos en silencio. No dice más, y yo tampoco. Nos mantenemos en silencio y no le devuelvo su licencia hasta que se detiene ante un edificio moderno y muy bonito. Con un control remoto abre la puerta del garaje y estaciona. Bajo del auto con las piernas temblorosas por la anticipación. Me guía de la misma forma que antes, con una mano en la parte baja de mi espalda, hacia el único ascensor que se ve.
2
No me dejo sorprender cuando Baxter presiona el último botón del panel en el ascensor. El ático. Los segundos se hacen largos cuando, por fin, este se detiene con un pitido cortando la música extraña que odio de los elevadores. Lo sorprendente de este edificio es que las puertas del elevador se abren hacia un vestíbulo. No hacia la puerta del departamento, sino a él. Directamente.
Esta vez sí me permito abrir un poco la boca de la sorpresa que me inunda al notar que es el departamento más lujoso en el que he estado. Todo se ve pulcro, prístino y en orden. El piso de mármol y las paredes blancas hacen un contraste que envidio.
Permito que tome mi mano mientras me guía por el vestíbulo, la sala y el comedor, así cruzamos hasta llegar a las escaleras donde se ve un segundo piso. Es un dúplex. Me hace subir las escaleras modernas y de madera hasta mostrar la habitación, que no tiene paredes ni puerta. Se ve una cama gigante con mesitas de noche a cada lado. Y una habitación contigua que parece ser el baño. Ese sí tiene puerta.
—Guau —digo impresionada—. Tienes un piso de soltero que cualquiera quisiera tener.
Estoy de pie frente a él y lo que menos siento es incomodidad. Su atractivo y la magnitud de nuestra química es lo que me ha hecho tomar esta decisión: la de venir a la casa de un desconocido y pasar la noche con él. Jamás lo he hecho. No es que haya nada malo en el sexo casual, mucha gente lo practica y no debería ser un tabú, pero vengo de una familia religiosa y con demasiados estándares y prejuicios. Decidí hacer mi propio camino en cuanto me di cuenta de lo retrógradas y antiguas que eran las reglas que mi madre impuso en casa. Mi hermana también lo hizo cuando ya éramos lo suficiente mayores como para independizarnos. Irnos de casa fue una decisión que tomamos cada una por su lado, aunque después hemos estado siempre juntas. Hasta que mi ahora exnovio me pidió ir a vivir con él.
Tener una noche de sexo casual nunca había sido una de mis prioridades, no por falta de interés o de tiempo, sino por respeto a Devan, a nuestra amistad y a nuestra relación. Incluso cuando acabamos, quise mantener ese respeto, pero vi enseguida que él no lo iba a hacer, y yo no voy a ser menos. Quiero disfrutar de mi soltería y sexualidad como me plazca.
—Lo sé. —Sonríe Baxter quitándose el saco y colgándolo en el perchero de su armario. Dejo mi bolso en la mesita de noche y lo miro. Estoy lejos de estar a su altura, le llego a la barbilla a pesar de llevar tacones. Desde este segundo piso se puede ver por la ventana del techo al suelo la gran vista que tiene de la ciudad. Como estamos en la última planta, que viene a ser la trigésima del moderno edificio, se puede apreciar buena parte de la ciudad. Como es de noche las luces son el único destello impresionante. Volteo a él, justo cuando siento su mano en mi cintura, que poco a poco va subiendo—. ¿Me dejas probar tus labios? Se ven tan seductores…
No lo dejo terminar. «¿Probarlos? Puedes hacer más que eso». Es lo que pienso justo antes de chocar mi boca con la suya, sintiendo el calor de sus manos a mi alrededor. Está tocándome por todos lados y yo solo puedo abrir la boca para recibir su lengua. Me prueba, me saborea con ímpetu. Con ansia. Y yo solo puedo recibirlo gustosa. Anhelo el contacto, sus labios y sus manos en cada parte de mí.
Jamás me han besado así. Nunca. Y no es por hacer comparaciones, pero ni siquiera mi exnovio me besó así. Baxter Cole me está besando con tanto vigor, con tanta potencia… y moviendo su lengua al ritmo de la mía que siento cómo me deshago en sus brazos.
Mi centro ya es una laguna y ni siquiera estamos desnudos.
Baxter está follándome la boca. Así, sin más, solo con su lengua y los movimientos excitantes que ejecuta en esa cavidad. Por unos segundos me olvido de respirar, hasta que ya no aguanto más y me separo unos centímetros. Mi respiración agitada imita la suya, nuestros pechos suben y bajan con fuerza.
Sus manos en mis caderas bajan hasta el dobladillo de mi corto vestido negro. Sus ojos color miel me miran con excitación. No dice nada cuando levanta mi vestido poco a poco tomándose su tiempo y disfrutando de rozar mi piel. Luego me lo saca por la cabeza y lo tira en algún lugar detrás de mí. Quedo en ropa interior delante de él y no estoy ni un poco avergonzada. Sigue con su camisa blanca arrugada y desabotonada, mientras que yo estoy con poca ropa y con mis tacones altos.
Veo con una sonrisa la tienda de campaña que hay en su pantalón. Si está tan excitado como yo, entonces esto no durará mucho. Y por mucho que quiera tener sexo con este hombre, también quiero disfrutarlo. No tendré esta suerte dos veces.
Sin quitarme mis tacones matadores Louboutin me agacho y le desabrocho el pantalón y le bajo la cremallera. Oigo un silbido de su parte, pero yo continúo con mi tarea de desnudarlo como él lo hizo conmigo. Cuando el pantalón ya está suelto, lo bajo y cae al suelo deslizándose por sus piernas. Frente a mí tengo su dura erección enfundada en un bóxer que en estos momentos, a la vista está, le queda apretado.
—Sigues teniendo mucha ropa —susurro. Lo veo desabotonarse la camisa y abrírsela, pero cuando está a punto de quitársela yo aprovecho su distracción para bajarle el bóxer de un tirón—. Ahora sí.
Justo antes de que pueda decir algo, meto su pene erecto en mi boca, mirándolo desde mi altura. Estos tacones me están matando, y quiero arrodillarme, mejor que estar con todo el peso sobre los pies como estoy ahora, pero me aguanto. Solo para probarlo. Escucho un gruñido desde el fondo de su garganta cuando lo saco de mi boca y vuelvo a engullirlo. Ahora la fricción es más rápida, moviendo mi cabeza hacia delante y atrás mientras que Baxter me toma del cabello para sujetarme contra su erección.
Siento cómo se hincha en mi boca, estirándose, y yo solo puedo mirarlo a los ojos en medio del vaivén. Eso parece excitarlo porque veo cómo echa la cabeza atrás unos segundos y se le marcan las venas en el cuello. Cuando me mira de nuevo, en sus ojos veo una cortina de excitación tremenda.
—Estoy a punto… —dice entrecortadamente con la voz ronca y gutural. Me retiro. Su erección sigue potente, no ha disminuido nada. Así que me tomo mi tiempo para quitarme el sostén y las bragas justo cuando lo veo abrir el cajón superior de su mesita de noche. De allí extrae un condón y lo desliza sobre su palpitante erección. Sigue con la camisa abierta, y está despeinado. Me paro frente a él y antes de que pueda quitarme los tacones, me detiene. Y con una mirada encendida dice—: Déjatelos puestos.
Ufff.
Yo aún tengo su sabor en la boca, pero a Baxter no parece importarle porque se acerca a mí, completamente desnudo y duro, y me besa. Su erección me llega a la altura del vientre.
—¿Estás lista? —susurra contra mis labios, con voz jadeante. Tal como me siento, no hago ningún ruido o sonido. Asiento imperceptible y lo empujo ligeramente hasta que quede sentado en el borde de la cama. Me siento a horcajadas en su regazo, y él, con una mano en el pene, se va adentrando en mí—. Mierda, Madie.
Miro embelesada desde mi posición cómo su rostro se tensa y cómo abre la boca al chocar mi trasero en sus piernas. Eso significa que está por completo dentro de mí. Me toma unos segundos acostumbrarme a esta posición debido a la intensidad, y cuando lo hago, subo empinándome en mis tacones desde el suelo y bajo. Esta vez Baxter suelta un par de maldiciones que yo gustosa recibo. Esta posición es mi favorita porque se siente más profundo.
Es un momento tan intenso que quiero cerrar los ojos para escapar de los suyos tan abrasadores, pero me mantengo firme, viéndolo perder el control.
—Baxter… —jadeo, sintiéndome llena. Llena de él.
Sus manos ahuecan mis pechos mientras yo subo y bajo. El sonido de piel hace eco en el silencioso departamento. Solo se oyen nuestros gemidos, sus jadeos y la piel chocar entre nosotros. Una de sus manos se clava en mi cadera, apretándome con fuerza, mientras que con la otra masajea mi seno. Sus manos fuertes y firmes se mueven entre mis pechos alternando entre uno y otro. Luego baja la cabeza y me chupa los pezones, deleitándome con su lengua cuando juguetea con ellos.
No estoy borracha, ni un poco, pero bien podría estarlo de él. Todo a mi alrededor es inundado por él. Sus manos en mi cuerpo, sus jadeos en mi oído, su olor en mi nariz y su sabor en mi boca.
—Te sientes tan bien, Madie… —me dice en el oído. El vello de mi piel se eriza al oírlo. Baxter me toma del cabello y hala, haciéndome estremecer de excitación.
Yo solo lo recibo, hasta que mis movimientos se vuelven rápidos, queriendo alcanzar el orgasmo. Su mano en mi cadera baja hasta donde nuestros cuerpos se unen.
—¿Qué…? —pregunto entrecortadamente casi deteniendo mis movimientos.
—Chist —me calla con un beso antes de tocarme el clítoris, y yo me desarmo. Cierro los ojos y no puedo evitar el gemido que sale de mi boca. A él le gusta, porque no deja de clavarse en mí con el mismo ímpetu. Quiere correrse, lo sé, y al parecer quiere que yo también lo haga.
No lo pienso mucho. Cierro los ojos. Las piernas me tiemblan y ahí es cuando siento que el clímax estalla y me alcanza, lanzándome en una nube llena de liberación que me hace jadear del gusto. Disfruto esos segundos cayendo en sus brazos al mismo tiempo que él inunda el condón.
El momento se vuelve incómodo cuando me tumba en la cama y se echa a mi lado. Su mano se une a la mía y nuestros dedos se entrelazan. Con disimulo me aparto y hago como si me estuviera atusando el cabello. No quiero acurrucarme con este hombre. Suena tonto luego de haber follado, pero siento que lo que tuvimos fue algo sexual, una reacción a la atracción de ambos, y acurrucarse tras haber follado es algo que solo hacía con mi novio. Así que, tumbada por completo en la cama y con las piernas débiles, en lugar de mirarlo a él, dirijo mi vista al techo. Aún llevo puestos los tacones y no pienso quitármelos.
—¿Agotada? —pregunta él rompiendo el silencio. No volteo a verlo. Mi mirada ahora está puesta en el ventanal. Veo que hasta tiene balcón, pero tristemente pienso que no podré quedarme mucho tiempo para poder hacer un recorrido por su casa.
—Ni un poco —digo con altanería y eso lo hace reír. Poco después me uno a sus suaves risas.
Siento que la cama se mueve, pero no lo miro.
—Voy a darme una ducha, ¿vienes?
Parpadeo. Giro la cabeza hacia él y veo mi oportunidad.
—Claro, en un minuto. Deja que me recomponga. —Bajo la mirada por su anatomía y sonrío de lado. Tiene una semierección y eso solo me hace pensar en el segundo round. Bien podría ir con él y volver a follar. Pero no, declino ese pensamiento por muy tentador que sea.
Veo que Baxter sonríe cuando me pilla comiéndomelo con la mirada. Su sonrisa extensa muestra esos hoyuelos y yo tengo que girar la cabeza para no caer en la tentación de ir tras él. Escucho que camina al baño y abre el grifo de la ducha.
Aprovecho la oportunidad y me levanto, me quito los tacones para no hacer ruido y cojo mi vestido del suelo para ponérmelo de vuelta. Con mi bolso en la mano bajo las escaleras en completo silencio. Presiono el botón del ascensor en el vestíbulo rogando que no suene. Lo hace, pero yo entro rápidamente y presiono el botón de la planta baja, el primer nivel. Como es de madrugada nadie más sube, así que soy la única hasta llegar abajo. Me pongo los tacones antes de salir y me despido del hombre tras el mostrador del portal, que me mira con curiosidad. Debe de preguntarse qué me pasó. En el espejo del ascensor traté de peinar mi cabello y limpiar mi maquillaje corrido. Parezco recién follada y eso no es bueno.
Tomo un taxi de regreso al departamento de Meg, y mío, antes de que el reloj dé las tres de la madrugada. Pienso que mi hermana estará dormida, así que me quito los tacones para no hacer ruido y caminar de puntillas, pero me sorprende verla en el sofá sentada de piernas cruzadas con el televisor encendido.
No bien escucha la puerta cerrarse voltea a verme.
—Ajá. —Alza la ceja y sonríe—. Supongo que tuviste una buena noche.
Acomodo mi cabello, retrasando decirle lo que realmente pasó. A mi hermana no le puedo ocultar nada. Por dos cosas: la primera es que ella sabe leerme, y la segunda es que es mi única mejor amiga y confidente.
—Depende de tu definición de «buena noche» —replico tratando de no reírme cuando abre los ojos con sorpresa. Dejo caer mis tacones al suelo y me echo a su lado en el sofá, inclinando mi cabeza en su regazo.
—¡Follaste! —grita en mi oído inclinándose y haciendo que levante la cabeza por su brusco movimiento. En su rostro hay una sonrisa divertida y en sus ojos verdes un brillo—. ¡Sacaste al clavo de Devan!
Hago una mueca y me tapo la cara.
—Como si eso fuera tan fácil… —murmuro en referencia a mi ex—. No puedo parar de pensar en él si me lo mencionas a cada rato.
La frente de Meg se arruga.
—Lo siento, ya no lo nombraré. —Levanta su dedo pequeño y me fuerza a levantar el mío para unirlos. Luego su expresión seria se desvanece y vuelve a ser la Megan emocionada—. ¡Ahora sí, cuéntame! ¿Cómo fue? ¿Te folló bien? ¿Es guapo? ¿Adónde fueron? Te llevó a un hotel, ¿verdad? ¿O a su casa? ¡Habla, Madie!
Su grito final me hace fruncir el ceño.
—¡No puedo hablar si lo haces tú! —Se me queda mirando—. Ya, ya, te voy a contar todo. ¿Quieres la versión larga o corta?
—Tu versión. —Su respuesta es rápida. Así que yo me ensarto en una larga conversación donde le cuento absolutamente todo, desde que llegué al restobar hasta horas después, cuando salí de la casa del extraño. Omito detalles como su nombre, su dirección, y, por supuesto, su increíble departamento. Ella escucha atentamente sin interrumpirme, excepto para los efectos dramáticos como exclamaciones o gritos, y al finalizar el relato ella me mira boquiabierta.
—En serio, ¿no me dirás nada, Meg? —pregunto ahora que estamos de nuevo con la seriedad. Amo a mi hermana y es la única a la que le pediría consejos.
Ella parece entender el motivo de mi pregunta porque pone una mano sobre la mía.
—Soy tu hermana, Madie, y no soy nadie para juzgarte. Eres libre de hacer lo que quieras con quien quieras sin miedo a que alguien diga cosas sobre ti. ¡Que se jodan los que juzgan! —exclama repitiendo lo que yo una vez le dije hace varios años. Sonrío encantada—. Solo que no debiste salir corriendo así.
Borro mi sonrisa.
—Estaba aterrada de lo que pasaría luego. ¿Abrazos, arrumacos, cucharita? ¡No, gracias!
Ella me mira apenada.
—¿Y si era el amor de tu vida y nunca más lo vuelves a ver?
—El amor de mi vida está encerrado en un jodido libro y no follándome borracho en su cama.
Megan me golpea el brazo, sin fuerza.
—¡Tonta! Dijiste que no bebió mucho.
—No. —Me río, recordando—. No estaba borracho.
Veo a Megan poner los ojos en blanco.
—Ahora yo tengo dos noticias que darte, prepárate, una buena y una mala. ¿Cuál quieres escuchar primero?
—La mala —respondo rápidamente cruzándome de piernas en el sofá. El vestido se me sube un poco.
—El lunes empiezas a trabajar.
—¿Y la buena? —pregunto confundida.
—Ah, sí. —Se encoge de hombros—. La buena noticia es que te conseguí trabajo en la editorial Coleman. Hablé con mi jefe y leyó el currículum que me diste. Por tu experiencia y buen desempeño te contrató. Y también porque eres mi hermana.
Me río.
—¡Esa es una buena noticia, Meg, ambas lo son!
—Creí que no querías empezar a trabajar la próxima semana…
—Necesito dinero para vivir. Por mí, empezaría a trabajar ahora mismo.
—Creí que esta noche ya lo hiciste.
Agarro el cojín en el que estoy apoyada y se lo tiro a la cara. Luego bostezo con fuerza, sin taparme la boca y ganándome un golpe con el cojín en la cara.
—¿Y a ti cómo te fue en tu noche de copas con tus colegas del trabajo? —Me llevo una mano a la cara frunciendo el ceño—. Aunque dentro de poco ahora serán también mis colegas.
—Si les caes bien… —Entrecierro los ojos—. Me fue bien, tomamos poco alcohol, ya sabes, no es bueno emborracharte enfrente del jefe. De los jefes —se corrige.
Sé que ella tiene dos jefes, y que trabaja en la editorial Coleman como correctora de estilo, al igual que yo. Tomamos las mismas clases cuando terminamos la secundaria. En esos años fue cuando ocurrió la gran pelea y nuestra familia se disolvió. No tuvimos muchas opciones al momento de estudiar, así que optamos por hacer un par de cursos de lo que más nos gustaba. Ambas amamos leer, así que la elección no fue difícil. Primero estudié yo, y luego ella. Cuando me fui a vivir con Devan no perdimos la comunicación ni la confianza, así que sé todo sobre ella como ella todo de mí.
—Ni que sepan que eres una borracha malhablada, te despedirían al segundo —digo levantándome del sofá y recogiendo mis tacones. Veo que su mirada va al televisor un momento y luego a mí. Yo no sé leer muy bien a la gente, pero sí a mi hermana. Y lo que sea que esté rondando por su mente me lo contará en su debido tiempo. Sé que está ocultando algo, lo noté por lo anterior cuando no entró en detalles con la noche de copas con sus jefes y por el movimiento nervioso de sus manos mientras hablaba. Dejaré pasar el tiempo y eventualmente me lo dirá, no la presionaré. Nunca lo hago.
Le beso la cabeza.
—Me iré a bañar, Meg, hasta mañana. —Miro el reloj en la pared del comedor, justo al lado de la entrada de la cocina, que cuenta con una gran isla. Niego con la cabeza al notar el rápido paso del tiempo—. Hasta más tarde.
Son más de las tres de la madrugada y yo no sé cómo puedo estar de pie. Megan apaga la tele y se va a su habitación, la del fondo del pasillo y yo voy a la mía. Este departamento es pequeño, perfecto para que vivan dos personas con comodidad. Y cada habitación tiene su propio baño. En cuanto entro en la mía cierro los ojos. No quiero ver las cajas que aún están allí, pero eso no las hará desaparecer. Escaneo el suelo y suelto un suspiro agotador, esto me tomará mucho tiempo. Primero decido tomar un baño y cuando estoy limpia y con el pijama puesto procedo a sacar las cosas de las cajas y ponerlas en su lugar. Lo único bueno es que la mitad de las cosas ya están en su sitio. Quiero estar totalmente instalada aquí antes de empezar el nuevo trabajo que Megan me consiguió.
Esto realmente se siente como una nueva vida, como un nuevo comienzo. Es como una nueva yo viviendo su antigua vida. La vida antes de enamorarme.
3
El lunes estoy tan feliz que no paro de sonreírle a Megan mientras maneja el auto para ir a la editorial. A nuestro trabajo.
Hace años, cuando ambas terminamos nuestros estudios, siempre tuvimos el sueño de trabajar juntas, pero la suerte no estuvo de nuestro lado. Yo fui contratada en la editorial Plume y Megan, en Coleman. Lo mío fue gracias a Devan, mi novio en ese entonces, y lo de mi hermana fue todo mérito suyo. Ahora que estamos a punto de cumplir ese sueño, no puedo más que agradecerle a ella por todo. No solo por ayudarme a conseguir trabajo en su editorial, sino también por aguantarme. La vez que dejé nuestro departamento años atrás para irme a vivir con Devan, fue ella quien se mostró reacia, pero, aun así, me apoyó. Jamás me juzgó o criticó y mucho menos me dijo «Te lo dije» al volver. Me aceptó sin más y con los brazos abiertos.
Me aferro a mi bolso cuando Megan se dirige al edificio de la editorial y muestra su identificación. El señor de seguridad nos deja pasar al estacionamiento subterráneo del lugar sonriéndonos cortésmente. Una vez que Megan encuentra sitio y estaciona el auto, bajamos de él y nos dirigimos al ascensor. Solo un par de personas están esperando allí.
—Al jefe le gusta que llegue temprano —me comenta en voz baja, ya que el reducido espacio hace que las voces se intensifiquen como si fueran un eco en la montaña—. Así puedo irme antes si así lo deseo.
Lo entiendo. Le doy un breve asentimiento porque sé de lo que habla. Eso de llegar temprano e irte temprano no es un tabú en este tipo de trabajos. Y más cuando puedes llevarte el trabajo a casa, en este caso, manuscritos.
Cuando el ascensor marca el décimo piso, está tan atestado que tengo que empujar a las personas para salir. Megan me da un ligero empujoncito y así llegamos a las puertas de vidrio de Coleman. En letras grandes y negras está el nombre de la editorial, debajo lo acompaña el símbolo «C» con una «E» incrustada, entrelazándose.
Sonrío al ver lo elegante y minimalista que se ve la editorial desde aquí.
Megan se me adelanta y abre la puerta de vidrio que parece dividir el mundo de afuera del que está adentro. Desde aquí se ve la gran cantidad de personas que hay, todas trabajando en lo suyo. Me preparo mentalmente para no arruinar esta pequeña entrevista con los jefes, suspirando para soltar todo el nerviosismo que quiere manejarme.
Los tacones altísimos los llevo por Megan. Son los mismos que utilicé el viernes pasado para follar con el desconocido. Son mis favoritos, y me los he vuelto a poner para este día porque ha insistido en ello. Mi hermana dijo que la primera impresión cuenta, y yo quiero sobresalir, quiero dar una muy buena primera impresión.
He pasado varios años de mi vida pensando que vivía para hacer otra cosa totalmente opuesta a la que me gusta. He estado tan engañada que por fin siento que vale la pena arriesgarse para lograr lo que uno quiere.
Sigo a Meg por el pasillo escapando de los ojos curiosos, mirando hacia delante y con la cabeza bien alta. Camino detrás de ella mientras me guía hasta las dos puertas de madera que hay al fondo de esta gran oficina. Justo afuera de estas, hay un pequeño escritorio desocupado. Y las puertas están frente a frente, supongo que serán las de los despachos de los jefes de Megan.
Mi hermana toca la puerta de la izquierda, al mismo tiempo que se vuelve hacia mí y me guiña el ojo con una gran sonrisa alentadora. Tendré una pequeña reunión con el jefe, nada formal, solo para hablar detalles del trabajo.
En ese instante la puerta se abre. Megan retrocede hasta ponerse a mi lado y yo inspiro.
No puede ser.
Abro la boca, pero nada sale de ella. El jefe de Megan, quien ha abierto la puerta, me mira con absoluto horror. Él sabe tan bien como yo que esto no debería estar pasando.
Miro sus ojos color miel esperando que esto sea una pesadilla, pero es peor. Es la realidad. Una donde el jefe de Megan, mi nuevo jefe, es mi rollo de una noche. El completo extraño que se llama Baxter y con quien follé hace dos días.
Con solo verlo, imágenes de nosotros juntos aparecen en mi mente como si se tratara de una película. Siento que mis mejillas se calientan, así que bajo la mirada esperando que él no note adónde fueron mis pensamientos.
Megan, completamente ajena a mi horror, habla:
—Señor Cole, esta es mi hermana Madison. —Con esas palabras me saca de mi estupor. Por supuesto. ¿Cómo fui tan estúpida para no relacionar «Cole» con «Coleman»? Ni yo misma lo sé. No quiero mirar a este hombre a los ojos, pero tampoco quiero perder un trabajo que he ansiado por años. Nadie puede hacer que me despida de mi sueño más anhelado.
Como si estuviera a punto de firmar mi propia sentencia. Me cuadro de hombros y alzo la barbilla poniendo el rostro serio.
Los ojos de Baxter me miran analizándome; de arriba abajo, su mirada recorre mi cuerpo con lentitud. Me siento como si estuviera desnuda en vez de ir vestida con una falda de tubo hasta las rodillas y una blusa blanca, con tacones negros que hacen que me vea mucho más alta. Casi a la altura de su nariz. Y sé cuán grande puede ser Baxter Cole.
Lo he sentido.
—Mucho gusto, señor Cole —digo alzando una mano para saludarlo. Se le forma un hoyuelo en la mejilla cuando me sonríe al darse cuenta de que llevo los mismos tacones de la follada del viernes.
A él parece divertirle esta situación.
Yo solo quiero dar media vuelta y huir.
—Mucho gusto, señorita Hall —responde tomándome la mano para apretarla. Cuando lo hace, no la suelta de inmediato, sino que me mira directamente a los ojos demorándose más de lo debido. Un escalofrío me recorre cuando pasamos de estar en su despacho a envolvernos en una burbuja en donde solo estamos nosotros dos.
Reprimo mis ganas de hacer algo más y lo suelto, ganándome de nuevo una sonrisa socarrona suya.
Quiero sonreírle de vuelta, decirle lo guapo que se ve con su traje gris y la camisa blanca desabotonada. Que el escaso vello de su pecho me volvió loca mientras lo tocaba aquel día en su apartamento. Pero no puedo permitirme tener pensamientos indebidos con mi jefe. Ni siquiera cuando ya lo he probado. Tuve una muy mala experiencia con mi ex, quien resultó ser mi jefe al principio. No quiero una relación complicada en el trabajo de nuevo. No quiero aquella experiencia de nuevo.
Así que en vez de decirle todo eso, solo miro a mi hermana sin saber qué más hacer.
Como todo el intercambio se está desarrollando fuera de su despacho, bajo la atenta mirada de algunos curiosos, Baxter retrocede y hace una seña para que pasemos. Cuando lo hago, siento su mirada sobre mí. No tengo que darme la vuelta para saber que está mirándome el culo.
—La entrevista será entre la señorita Madison y yo, puede empezar su trabajo. —Y con eso Baxter cierra la puerta. Volteo, aterrada de saber que solo estaremos él y yo en su despacho. Trato de no saltar cuando viene a mi encuentro, rozándome el brazo—. Madie…
Su susurro va directo a mí, estoy tan tensa que me alejo, chocando con la mesa de su escritorio. Esto está mal por tantas razones que me lo quedo mirando como si fuera estúpido. ¿Nunca ha oído lo que es «encuentro de una noche»? Porque estoy a un segundo de recordárselo con un guantazo si vuelve a tocarme.
Su ceño fruncido me causa gracia, es como si tratara de adivinar por qué quiero estar tan lejos de él en este momento. No es él. No. Soy yo. Yo soy quien tiene el problema de no querer apegarme a este hombre, o a cualquiera. Lo nuestro empezó y terminó esa noche.
Un encuentro fortuito que se ha convertido ahora en uno prolongado. Si soy capaz de pasar esta extraña entrevista, tendré que verlo todos los días. Y no sé si seré capaz de aguantar el tormento que llevaré a diario causado por él.
—Señor Cole…
—Dime Baxter o Bax —dice a unos metros de mí sin acercarse. Ha notado que no lo quiero cerca y eso parece fastidiarlo. Aunque cuando habla, siento su voz en cada parte de mi ser.
Hago una mueca. No he oído a mi hermana tutearlo, y dudo si hacerlo yo, aun así, sigo su consejo.
—Baxter…
—¿Por qué te fuiste? —Vuelve a interrumpirme mientras yo debato en mi mente mis siguientes palabras. Cuando veo que da un paso adelante, sacudo la cabeza—. ¿Por qué me alejas?
Hago una seña abarcando su despacho. Uno muy bonito y organizado, donde su nombre está escrito en la placa que reposa sobre su escritorio. En ella se lee su nombre completo, Baxter Cole, por debajo, hay una palabra que me llega como advertencia al cerebro: Jefe, seguida de Editor ejecutivo. Palabras que no se pueden ignorar con tanta facilidad, y menos mientras lo tenga enfrente mirándome con intensidad.
Señalo su placa para que vea la evidencia.
—Eres el jefe. —Eso ya lo sabe, claro—. Yo estoy aquí por un trabajo. ¿Vas a empezar con la reunión o tengo que venir otro día?
Cambiar el tema o hacer una pregunta siempre distrae a las personas. Por mucho que quiera decirle la verdad, tengo que ser fuerte y venir aquí a lo que verdaderamente he venido. No a liarme con el jefe, sino a conseguir un trabajo. A pesar de que el orden se haya alterado.
No tengo reparo en aceptar que Baxter tiene algo en su mirada que me debilita y, al mismo tiempo, me da fuerzas. Estoy conteniéndome. Sé lo abrasador que puede llegar a ser si lo toco. Es como una llama que se extiende rápidamente, como si mi cuerpo estuviera hecho de gasolina.
Y pese a ello, tengo que pasar totalmente de esta chispa que hay entre nosotros.
Me siento al borde de la silla cuando lo veo apoyarse en el respaldo de la suya con sus manos agarrándolo firmemente. Sus nudillos se ponen blancos mientras me mira con rostro serio, y eso me pone de los nervios.
Segundos después rompe el silencio.
—La señorita Hall, tu hermana, me ha dicho que nunca has trabajado como editora. —Que no tutee a mi hermana me crispa más los nervios; sin embargo, sé que es la forma correcta de dirigirse a ella, así que trato de no ponerme nerviosa mientras trato de actuar con naturalidad. No es normal que los jefes hagan la entrevista, para ello hay alguien encargado de tratar con los nuevos postulantes, pero parece que yo no tendré esa suerte. Así que me cuadro nuevamente de hombros y enfrento mi realidad.
—Es cierto —expongo con franqueza—. Nunca he trabajado como editora antes, pero trabajé en una editorial…
Levanta una mano cortando lo que estaba a punto de decirle.
—No es necesario.
De un momento a otro ha entrado en una faceta que no esperaba: la indiferencia. No sé muy bien cómo tomármelo, de modo que aprieto las manos en mi regazo porque, si no, golpearé su bonito rostro. ¿Este tipo qué se cree? Que nos acostáramos no significa que tenga algún compromiso con él que le permita mangonearme.
Me está tratando con tanta frialdad que bajo ligeramente la barbilla para no tener que ver su rostro indiferente. En vez de mirarlo, fijo mis ojos en el escritorio donde su placa luce con orgullo.
El silencio tenso se rompe cuando la puerta se abre intempestivamente alertando de la llegada de alguien. No me giro. Solo espero que la persona que ha entrado pueda disipar le energía acumulada que siento en cada poro de mi ser y en el ambiente.
—¡Madison! —Escucho la voz grave de un hombre suavizada por la jovialidad, como si me conociera de toda la vida. Me doy la vuelta y veo a un tipo más o menos de mi edad, sonriendo y mostrando un par de hoyuelos como los que tiene Baxter. Solo que el recién llegado tiene el cabello ligeramente más oscuro y ondulado. Hay una familiaridad en sus ojos que me deja un poco descolocada cuando se agacha a mi altura y me besa en la mejilla, impregnándome de su aroma a colonia exclusiva. No sé quién rayos es, pero está tan sonriente que lo imito, sonriendo de lado. Él parece notar la confusión en mi expresión porque me tiende la mano al mismo tiempo que mete la otra en el bolsillo de su traje oscuro—. Mucho gusto. Yo soy Johann Cole, Megan me ha hablado muy bien de ti.
Sonrío.
Tomo su mano para el apretón, pero me sorprende ver que acerca mi mano a su rostro para dejar un beso en el dorso. Es muy coqueto, tal como Megan me había advertido, pero su sonrisa y actitud son contagiosas, así que le devuelvo la mirada sin dejar de sonreír.
—Mucho gusto, señor Cole. —Sé perfectamente que mi hermana lo tutea, pero yo recién lo conozco y no me parece bien hacerlo, a pesar de que la diferencia de edad no parece ser mucha.
Él frunce el ceño.
—Llámame Johann —dice—. Es muy raro que una chica hermosa como tú me trate de usted.
Si no fuera mi futuro jefe le hubiera seguido el inocente coqueteo, pero lo es. Así que solo le sonrío bajando el rostro para que no logre ver el sonrojo que me han producido sus palabras, y no por él, sino por estar bajo la intensa mirada de su hermano.
Son tan iguales y distintos a la vez que los miro de reojo para ver las diferencias externas mientras ellos se saludan. Ambos son de contextura fuerte, altos y con rostros de ensueño. Sus trajes a la medida marcan músculos que parecen trabajados por varias horas en el gimnasio. Pero no es algo exagerado, lo que lo hace muy muy atrac
