1
Terminarás limpiando váteres
«Como no estudies (practiques piano), terminarás limpiando baños asquerosos».
La escuché durante toda mi infancia, se repetía cíclicamente cada vez que mostraba algún tipo de rebeldía. Rebeldía en el sentido de poner resistencia a la práctica diaria.
Si me cansaba de repetir el mismo pasaje cinco veces con la mano izquierda, la frase llegaba a mis orejas. Si quería ir a jugar con mis amigos al salir del colegio, saltaba la frase. Si me enfrentaba a mis padres y emitía cualquier queja respecto a las horas diarias de piano, escuchaba la frase.
Se convirtió en mi verdugo, me perseguía y no había manera de deshacerme de ella. La odiaba, no la soportaba más... y cuando casi la olvidaba, volvía a aparecer.
Me la acabé creyendo, llegué a pensar que la salvación para no limpiar baños de adulta era aprender mucho piano de manera disciplinada; no comprendía por qué había gente que no lo practicaba si la amenaza era tan grande... Algo no me cuadraba, ya que mis amigos del colegio no tocaban ningún instrumento. Y cuando se lo preguntaba a mi madre, la respuesta era que ¡todos acabarían limpiando váteres!
No había ningún tipo de escapatoria en mi cabeza; aunque careciera de lógica, me tragué esa premisa y simplemente pensaba que para mí era así y punto.
En realidad, no puedo juzgar a mis padres, solo lo hacían por mi bien de la manera en que sabían. Y por otro lado había cierta garantía (aunque no la que yo había decidido) de que esa premisa fuera cierta.
Mis padres emigraron cuando yo tenía cuatro años (ampliaré la historia en otro capítulo) y, sin saber ni una palabra de español, salieron adelante gracias a que son músicos y siempre te puede salir algún trabajo. Lo más lógico es que quisieran darme esa herramienta y así garantizar mi futuro de alguna manera.
Solo había un inconveniente en ese plan de vida: que yo no había escogido ese camino.
Eso hace que me plantee... ¿cómo se puede elegir el dedicarse a algo que requiera una disciplina desde la infancia? Ningún niño va a preferir entrenar o practicar durante horas en vez de jugar. Bueno, quizá hay uno de cada mil, pero por lo general eso no pasa. Sin embargo, la mayoría de los músicos clásicos o deportistas empezaron durante su infancia.
Bendita casualidad si eso es lo que más te apasiona y encima tus padres pudieron despejarte el camino para que cumplieses tu objetivo. Pero créeme que no es la norma. La norma es estudiar algo que ellos quieran según el modelo de creencias y vida que a su vez han aprendido de sus propios padres o vivencias.
Una amiga mía estudió Derecho porque es lo que sus padres le dijeron... Otra estudió Medicina porque era el sueño de su madre... Y así con la mayoría de las personas que conozco.
¿Dónde está nuestro poder interior o libertad para escoger? Enterrado entre los escombros de todos aquellos que nos rodearon e insistieron con sus propias ideas de lo que es correcto.
En mi caso, casi acertaron. Era la música.
Pero no solo como intérprete.
Y no solo la clásica. Era simplemente la música y lo curioso es que para crearla como lo hago hoy, he tenido que «desaprender» para ver el panorama completo.
¿Cómo lo descubrí y por qué estoy tan segura?
Dicen que lo que más te apasiona desde los siete hasta los catorce años es a lo que deberías dedicar tu vida. A esa edad no me interesaban las sinfonías, escuchaba la música pop de mi época y no había nada en el mundo que me pudiera gustar más. Era algo que llenaba todas mis células de luz.
Sin embargo, se convirtió en una fantasía secreta porque mi deber era practicar las piezas de Bach y Brahms para no terminar limpiando baños...
2
El profesor antisistema
De las decenas de profesores que he tenido, solo hay uno que se resiste al olvido.
Sus clases, bromas y manera de ser se han quedado en mi memoria de una forma especialmente vívida. Y eso que lo tuve de pequeña.
En el conservatorio, todas las clases eran aburridas. Tenía análisis (mirar partituras y contar mentalmente los intervalos entre las notas... Algunos castigos son más divertidos que eso), clases de piano (siempre miraba con ansias el reloj esperando que hubiera pasado más de un minuto), clases de solfeo (horas cantando ritmos del libro de partituras dando golpes con la mano a la vez como robots sin alma)...
Todas menos una.
Coro.
La clase de coro era un oasis entre toda esa aura académica, rancia y correcta a la par.
Era un lugar donde me conectaba con la música más que en cualquier otro rincón del conservatorio.
La clase de coro la impartía un profesor antisistema.
Nuestro «libro de texto» estaba formado por unas fotocopias que se iban creando en cada clase (siempre le tocaba a alguien bajar a hacerlas entre risas y una melodía que tocaba el señor O.; el afortunado desaparecía durante unos minutos para volver con la misma ceremonia y repartirlas).
Se trataban de letras de canciones de Queen, los Beatles y Mecano que alguien escribía con la típica caligrafía de preadolescente.
Solo cantábamos la música de esos tres grupos. ¿En qué conservatorio del mundo o de España pasaría algo parecido? En ninguno.
Esperaba con ansias cada clase, me sentaba y, al cabo de los minutos, me encontraba cantando «Dalí», de Mecano, o «Let it be», de los Beatles, en una versión a cuatro voces que sonaba de manera espectacular.
Tuve la suerte de descubrir esas joyas a una edad muy temprana. Cuando cierro los ojos, aún veo perfectamente la hoja donde estaba escrito con boli: «La cara vista es un anuncio de Signal...» de «Me cuesta tanto olvidarte», de Mecano.
Tenía un compañero que estudiaba en el Liceo francés y siempre que llegaba tarde, el profesor (el señor O.) tocaba el himno de Francia, que ya nos sabíamos, y lo cantábamos como si fuéramos el coro de la Capilla Sixtina con sus correspondientes risas al acabar.
Al señor O. le daban absolutamente igual los programas didácticos, que estuviéramos en un conservatorio de música clásica o lo que le dijeran de dirección o jefatura.
Él se centró en enseñarnos a cantar piezas de música y, sobre todo, a conectar con ella de una manera más sencilla pero no menos valiosa, bastante más que lo que «intentan» esos libros de texto infumables que estudiaba en las demás asignaturas.
Sin embargo, ser un antisistema se paga, y caro. Tuvo problemas constantes por su manera de enseñar poco ortodoxa. Recibía quejas de madres escandalizadas y «los de arriba» le presionaban para que cambiara y se adaptara a las reglas.
Lamentablemente no siguió trabajando en el conservatorio porque, de manera heroica, no se dejó doblegar para complacer al sistema.
La mayoría de las veces el mundo no está preparado para aquellos que son capaces de jugarse el cuello por no dejar que aplasten su libertad.
Ese tipo de personas acaban siendo apartadas para que su puesto lo tome otro que sí enseñe corales barrocos y acabe rayando a los niños con tecnicismos y, sobre todo, mucha seriedad.
Es injusto. Me gustaría que los conservatorios estuvieran plagados de señores O. Seres divertidos que trabajan siguiendo sus propias reglas y consiguen mucho más que los que siguen el sistema impuesto.
¿Cómo sería el mundo si no se apretara, como una serpiente a su presa, a todo el que se sale de lo común?
El problema es que pocas de estas personas terminan siendo aceptadas; sin embargo, no dejan de luchar y eso es lo que más admiración me produce. Son héroes. Porque su libertad es más poderosa que cualquier otra cosa y no la venden por nada.
Por otro lado, entiendo que debe de haber algunas reglas, pero cuando sirven para eliminar al que logra una enseñanza más profunda, carecen de sentido y humanidad. Las normas las crean los humanos y estos también las pueden romper (pero algunos no lo saben).
Al fin y al cabo, para que esas clases se me quedaran grabadas a fuego, algo tuvo que haber hecho bien aquel antisistema...
3
Los niños y niñas sí mienten
Cuando tenía cuatro años, tuvimos que huir de mi país de origen porque estaba en guerra y por el terrorismo.
Llegamos a Madrid (por azar del destino), ya que nadie de mi familia tuvo jamás ningún vínculo con España, pero una amiga de mis padres nos ayudó a desplazarnos a esta ciudad.
Fueron épocas difíciles, mis padres no tenían ni idea de español y ni siquiera teníamos casa.
Nos alojamos en diferentes pisos como invitados mientras mis padres hacían todo lo posible por ganar dinero trabajando y aprender el idioma. (Siempre me acordaré de un diccionario rojo que les regalaron, parecía del siglo XIX y con más de mil páginas marrones como minipergaminos llenos de letras diminutas que encerraban todas las palabras rusas y españolas que existían).
La mayoría de la gente ayuda siempre que puede. Y todos esos que aportaron su granito de arena fueron responsables de que tuviera comida y techo en todo momento durante mi infancia temprana. Más tarde solían regalarme ropa (usada) de las alumnas de mi madre y, a veces, me daban unos vestidos preciosos que enternecían mi pequeño corazón.
Sí, conocí la pobreza, pero también la valentía de mis padres para salir adelante.
Cuando acabábamos de llegar, nos alojamos en casa de una pareja. Parecían muy amables y según recuerdo todo iba normal. Allí descubrí el queso crema, estilo Philadelphia, que me encantó; nunca había probado nada parecido.
Un día, la mujer de la casa, llamémosla señora Sharon, se fue a la ducha y salió con un turbante en la cabeza.
No me preguntes por qué, pero le dije que parecía una monja (tenía cuatro años) así, en frío y sin titubear. Sé que no lo consideraba algo negativo, fue un comentario porque sí.
A lo que, con una enorme tensión en sus facciones, me respondió preguntándome:
—¿Eso quién te lo ha dicho, tu mamá?
—Sí... —le contesté.
Lo siguiente que recuerdo es que llovía, yo lloraba desconsolada mientras nos metíamos en un taxi para huir de ahí, porque la señora Sharon me creyó, se ofendió y le montó un pollo gigante a mi madre por haberme dicho supuestamente que ella parecía una monja.
Nos echó como a ratas.
El disgusto que pasé al sentirme tan culpable por haber mentido y haber puesto a mi madre en esa situación se convirtió en algo traumático que recuerdo a la perfección.
No tengo mucha más idea de qué pasó aparte de lo que presencié, pero sí sé que los niños y niñas no siempre dicen la verdad.
A veces mienten y, sobre todo, si tienen miedo.
4
No soy como el resto
Como te explicaba, mi infancia fue compleja, pero me proporcionó elementos muy valiosos que permitieron que mi mundo interior creciera a unos niveles estratosféricos. No era un mundo, era un multiverso.
Solía acompañar a mi madre a las casas de los alumnos a los que daba clase, donde tenía que permanecer en silencio, sin molestar, sentada con una hoja y colores para dibujar durante horas. Esos momentos me hacían pensar y escapar de mi realidad mientras creaba escenarios imaginarios.
El cerebro humano es fascinante y, a veces, cuando hay límites, salen las maneras de pensar más ilimitadas.
Cuando estaba en casa, pasaba las tardes sola en mi habitación (mientras mi madre daba clase) y tras la práctica diaria de piano, me quedaba ahí jugando con mis muñecas. Suena perfectamente normal, no hay nada de raro en ello. Pero me gustaría recalcar que, a diferencia de la media de las niñas, tenía muchos menos juguetes y esa carencia me hizo desarrollar la imaginación. Casi no veía la televisión porque estaba en la sala del piano. Y la tecnología tal y como la conocemos hoy no existía.
Tenía un pequeño diario que olía a flores (en los noventa era común que la papelería destinada a niñas oliera bien), era muy especial porque, además, tenía una cerradura con llave.
Ahí dibujaba y escribía con faltas de ortografía y letras grandes y torcidas pequeños pensamientos existenciales.
No me percibía como las demás, siempre intuí que algo nos separaba. Tenía su parte mala porque, en cierto modo, sentía que me faltaba algo (a mí, como persona). Me veía una niña fea, demasiado alta y con poca suerte.
Parte de esa ecuación se encontraba en mis orígenes.
Mi madre es rusa y mi padre, argelino. Yo nací en Argelia y siempre me comuniqué en ruso con mis padres. Al mudarme a España con cuatro años, lo hicimos solo mis padres y yo (no tengo hermanos), así que mi vínculo familiar era enano y además no tenía primos, abuelos o tíos cerca.
Entre casi no tener familia y mi genética poco común, sentía que era un bicho raro y que nunca llegaría a los niveles de aceptación de los que gozaban otras amigas o compañeras de clase.
Tuve amigos, sí, pero siempre noté que había grupos con los que me llevaba bien y a los que no pertenecía del todo. No contaban conmigo como lo hacían con otras personas.
Esta sensación la fui arrastrando durante muchos años (diría que hasta ahora).
Cuando fui algo más mayor, la gente reaccionaba de una manera muy sorpresiva al enterarse de mi origen poco común, así que entre eso y la madurez vi que, en realidad, era algo valioso. Pertenecía a dos culturas. En verdad, a tres si añadimos la española, que es la de adopción.
Si lo ves, con perspectiva es una bendición más que otra cosa. Sin embargo, de niña lo que buscaba era ser como las chicas más guais y no había ninguna con orígenes como los míos.
Tenía la unicidad delante de mis narices, pero en vez de abrazarla y valorarla, la apartaba con desprecio sin saber que esto es lo más precioso de cada ser humano.
5
Sistema obsoleto
Cursé estudios reglados, que en total fueron catorce años, pero si sumamos los no reglados, podrían rozar los veinte. ¡Veinte años de estudios! Ni los médicos estudian tanto...
¿Cuál es mi conclusión?
Que el sistema es una mierda. Así de claro.
Los músicos clásicos nos matamos a estudiar, pulir la técnica y tocar obras infinitamente.
Hasta ahí todo correcto.
Por otro lado, nos instruyen con conocimientos teóricos que en su mayoría se imparten mediante libros de texto del siglo pasado cero estimulantes y profesores «podridos» por tener que dar esas clases. Así que el panorama no es el más inspirador.
Pero hay más, mucho más.
Resulta que cuando vas al conservatorio y terminas todos los años correspondientes, obtienes el equivalente a un título universitario. El objetivo final es convertirse en intérprete, concertista (de hecho, hay otras vertientes, como la pedagogía para quien la escoja, pero ahora hablo del estándar). Pero ese título tiene algunas taras.
El problema en esta sociedad es que confunde a los expertos en un ámbito con personas que ya han logrado lo que querían.
Te explico: si yo quiero ser una pianista concertista, lo suyo sería que mi profesor fuese o haya sido un pianista concertista y no (solo) alguien que ha aprendido qué es lo mejor para enseñar. Que sus zapatos pisen día tras día aulas con pianos, pero no escenarios (aunque sean zapatos distintos).
La información de por sí es valiosa, claro que sí, pero un experto que no ha sufrido en sus propias carnes lo que es la vida de concertista pasará por alto varios puntos clave, sobre todo psicológicos, sin los cuales la experiencia del alumno se ve mutilada. Su visión y herramientas tienen un sesgo. No ve el panorama completo.
El alumno no lo sabe y lo que hace es culparse a sí mismo.
La enorme paradoja que experimenta el sistema educativo musical en España es que, precisamente, esos concertistas están apartados de la docencia estatal porque, según las reglas, no puedes cambiar los horarios de las clases por tu agenda concertística, algo que convierte en incompatible esta doble vertiente
