Serrat

Jaume Collell

Fragmento

g

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Ojos de niño, oído de joven

 

 

 

Todo artista es un árbol con raíces y ramas. En el caso de Serrat, los frutos han crecido hasta llegar a un público universal, gracias a una voz singular que resuena en el corazón de culturas hermanas. Del mismo modo en que su vida ha sido objeto de múltiples biografías, hay que escuchar el murmullo de las fuentes que lo han alimentado y ver los ingredientes con los que ha amasado sus canciones. Cada compositor tiene su criterio cuando se dispone a filtrar las melodías y las rimas de antepasados y contemporáneos que influirán de alguna manera en su obra. Este paseo alrededor del universo sonoro del cantautor explora el rastro de las músicas y músicos que lo han hecho crecer, también la variedad de su repertorio y el poso artístico que ha dejado a las generaciones posteriores.

Por haber nacido cerca del mar, en una ciudad portuaria, Serrat tiende las redes para pescar canciones populares de aquí y de allí, que inundan un barrio con una intensa historia artística a cuestas. Las músicas que le emocionan no las abandona jamás, le indican el camino. Por el apego a la tierra, ha labrado los cantos y ritmos silbados por el viento, y los ha regado para recolectarlos como fruta madura. El arte está en la naturaleza, no se crea ni se destruye, simplemente circula y se transforma. Como el fabricante de tejidos, él ha urdido piezas de todos los estilos, y, como el corredor de comercio, las ha distribuido por su mundo. Es el suyo un oficio cercano al del mago que saca unas notas de la chistera en un pañuelo de versos y encandila al personal. No hay truco, pero sí misterios por desvelar.

Las madres de antes eran las primeras maestras. Cantaban en la cocina o mientras zurcían un calcetín. La gente no solo cantaba en casa, sino paseando por la calle o desde lo alto de un andamio. Cantar y bailar era una forma de desperezarse. Quien no sabía cantar ni bailar era un marginado social. Hoy apenas se canta, y se baila muy mal. La radio constituye la primera banda sonora de la época que permite al oyente imitar las canciones que difunde y absorber los títulos uno a uno como una esponja para acariciar la primera guitarra, ensayar cuatro acordes precarios y empezar a soñar con lo puesto. Mientras la canción francesa, las melodías italianas y el pop británico abren caminos en España, en la Cataluña de los años sesenta algunas de estas influencias desembocan en los recitados simples, casi desnudos, de los primeros compases de la Nova Cançó. La virtud de Serrat se explica por el espíritu ecléctico de sus apetencias musicales, con las que abraza el vasto material compositivo que irá almacenando en su taller.

Cuando nace Joan Manuel, no han pasado tantos años desde la mal llamada paz de Franco. La suerte es que la infancia edulcora siempre las penas y los obstáculos. Además, forja la memoria de la persona, sienta sus cimientos y construye un mundo mágico de olores e imágenes. Él crece feliz y libre en una Barcelona hostigada que aún conserva espacios de diversión. Allí cultiva los cinco sentidos sin darse cuenta, obedeciendo unos instintos que se convertirán en el principal ánimo de su vida artística. La mirada lo empuja a tocar con las manos todo lo que descubre fuera de casa, y para un futuro músico es tanto o más importante el olfato que el oído. A partir de estos cuatro sentidos irá fabricando el quinto, un gusto personal amplio, sin desdeñar ningún estilo, atento siempre a las voces de su tiempo. He aquí la columna vertebral de un oficio que desarrollará durante la adolescencia.

 

 

LA CALLE, LA ESCUELA Y LOS AMIGOS

 

Los padres de Serrat se conocen en Barcelona. La futura madre del cantautor llega a la ciudad caminando por la vía del tren y campos a través junto a una brigada que recoge a jóvenes y niños. Ángeles Teresa huye de Belchite, donde los nacionales, cuando estalla la Guerra Civil, han fusilado a sus padres y a buena parte de la familia en la tapia del cementerio. Sus cuerpos están mal enterrados en un bancal. Josep Serrat, nacido en la calle Nou de la Rambla, combate en el ejército republicano. Al final de la contienda pasa un tiempo detenido en el campo de concentración de Orduña, en el País Vasco. Cuando regresa a Barcelona, la historia termina en boda. La novia se casa de negro, como todas las mujeres en la posguerra.

Serrat viene al mundo en 1943 en la clínica La Alianza, situada en el barrio del Guinardó, donde entonces vive la familia. Fue un bebé de cinco kilos que llenó de orgullo a su madre, que lo levantaba con sus brazos como si estuviera ya medio criado. Al cabo de poco se trasladan al Poble Sec, bajo la falda de Montjuïc. Desde la cuna, situada a la derecha de la cama de sus padres, divisa los barrotes del balcón. El tiempo le fabrica esta imagen en la que se ve con una camiseta imperio. Recuerda también al fotógrafo que va a su casa para captar su primera instantánea, sentado en un sillón, con un suéter de cuello alto y un tebeo en las manos. La inseparable calle del Poeta Cabanyes será para siempre su patria infantil, esa que nunca cambia de bando. A ella le dedica una de sus primeras canciones, «El meu carrer», toda una declaración de principios básicos que uno puede entender como un texto constitucional particular.

En la delimitación simple de un espacio físico y sentimental, la calle de la infancia, reside la única patria posible de las personas con espíritu universal. No se puede decir más en una canción, con tan pocas palabras. Un Serrat maduro compartirá esta canción con el vecino que vive frente a su casa, que también emprende la carrera de cantautor, Jaume Sisa. Y, años después, en una grabación de temas antológicos, la canta a dúo con Miguel Poveda en una interpretación que arranca de forma convencional y que deriva en soleá temperamental con fondo de palmas. El cantaor flamenco, que también hace incursiones en la copla y poniendo música a poetas catalanes, repite el tema de Serrat en otro par de discos antológicos. Al cantaor Miguel Poveda, siendo un mozalbete, la música le entra por la ventana del barrio natal de Llefià, en Badalona. Se cría en su habitación, donde, cuando no está la madre, agarra sus discos con la única obsesión de escuchar música. También tira de casetes y sigue los programas de cante jondo de la emisora local. Y, en cuanto puede, recorre las peñas de flamenco de Cataluña, empieza a ganar concursos y emprende una carrera que lo lleva a actuar por todo el mundo.

Poveda es un artista cercano al cantautor del Poble Sec por extracción social, a pesar de la diferencia generacional. Serrat, de niño, también había encontrado el escaparate predilecto en los balconcitos del entresuelo de cincuenta metros cuadrados donde vivía. Un mirador privilegiado, perfumado con alguna que otra planta aromática, ideal para observar el exterior. Así, entre sus primeros estímulos están la contemplación de la calle y el murmullo de sus gentes. En casa del cantautor conviven, unidos como tierra de aluvión, dos chicos y dos chicas, que se crían como cuatro hermanos. Carlos es el hermano mayor, hijo de un anterior matrimonio del padre, y las chicas, María y Manolita, hijas de una hermana de la madre, que confecciona pijamas para ganar algún dinerito. El niño la ayuda. Incluso aprende a coser, ahora un botón, ahora el bajo de unos pantalones. Primero la llama mamá, después será doña Ángeles, una mujer de carácter, fuerte y decidida, que impone respeto. Josep, el padre, trabaja de lampista en Catalana de Gas. Todos le recuerdan con el mono azul de regreso a casa. Si hay una avería en el vecindario, la arregla y a alguna familia incluso le instala una ducha en el domicilio.

La calle constituye la primera escuela del chaval, y los amigos de vecindario, para quienes él siempre ha sido Juanito, los primeros colegas. Chicos y chicas son legión, tan solo desde la calle Magallanes hasta el final de la suya. Entre los habituales, Paco, Alfredo, Aquilino, Maite, Tito, Lola, Cuqui, Isaac, Cheles, Manel, Albert… Además de Sisa, otro nombre alcanzará también fama y reconocimiento, el futbolista Ferran Olivella. Los críos de entonces aún recuerdan cuando este tuvo una infección en un ojo y aparecieron por el barrio Kubala, Manchón y Biosca. El día de la boda del futbolista aún despertó más expectación en la calle porque acudió toda la plantilla del Barça. Cuando la comida está lista, el grito familiar avisa de que es hora de abandonar la calle: «¡Juanito!», «¡Jaumet!».

El olor de las magdalenas que elabora su madre y de las vaquerías cercanas —mezcla de establo, animales y leche— le entra por la piel. También el de la carbonería de la calle que abastece de combustible para las estufas y las cocinas de la época, el de la humedad de la escuela, y los de zotal, gas y naftalina, no tan agradables. También le entran por la piel las músicas y canciones que poco después le irán conquistando el corazón de forma natural, sin que sienta necesidad de prestar una atención especial, ni siquiera pensar que debía estudiarlas.

Las chicas, con los brazos en jarras, cantan en corro «la chata merenguera, como es tan fina, trico trico trau…», «Margarita tiene un gato en la punta del zapato», o «qui té l’anell picapedrell». Ellos juegan al fútbol en la empinada calle y, claro, ganan siempre los que atacan cuesta abajo. Los bolos y las peonzas también les entretienen, y untan chapas con jabón para meter gol en la cloaca del contrario, que simula una portería. Los botones se usan como materia prima para articular juguetes, y fabrican sus propios patinetes y pistolas improvisadas con un par de pinzas de la ropa para disparar huesos de cereza. No se olvidan de las clásicas canicas ni del «churro, media manga, mangotero» que destroza más de una espalda. Juntos se sientan a explicar aventuras, se inventan historias y, medio a escondidas, juegan a padres y madres y a médicos. En su momento, los chicos se escapan a su aire y ellas descubren que han ido a guateques sin decirles nada.

Juanito va a la escuela desde los tres años. Nunca se le borrará el recuerdo de sus maestras, la señorita Brígida y, sobre todo, la señorita Conchita, hija de la lechera que vive frente a su casa. Es ella quien lo acompaña cada día hasta el colegio de los escolapios, Can Culapi, en la ronda de Sant Antoni. Conchita lo recuerda gateando y ensuciándose siempre por el suelo. Su madre lo limpia y le cambia de ropa. Es un niño travieso e inquieto. Mientras caminan hacia la escuela, cogidos de la mano, él le pregunta por las letras de los carteles de las tiendas y por los anuncios de los tranvías y, frase a frase, aprende a leer en plena calle. Esta maestra es una excepción dentro de la rigidez de aquellos religiosos que imponían la misa diaria al alumnado.

Un Serrat adulto recogerá los recuerdos escolares en «Cançó per a la meva mestra», centrada en el nacionalcatolicismo de su infancia. Ahí están el aula, presidida por el crucifijo entre el retrato del dictador y el de José Antonio, la pizarra, la tiza, los olores, mientras el niño fija la mirada en las rodillas apretadas de la profesora. Sin duda, el paso del tiempo permite al artista fabricar un canto nostálgico de aquellos momentos. El ambiente de la escuela, no obstante, contrasta con el de casa. Entre los suyos se habla sin tapujos de la guerra. Esta postal amarga estará siempre presente en la memoria de la familia, ya que la madre y el padre han sufrido en carne propia y en la de sus predecesores las represalias más atroces. El llamado «alzamiento» por parte de los vencedores deja una marca imborrable en el cantante, defensor incansable de causas humanitarias, solidario de nacimiento. El arte, para él, siempre ha sido un grito desde el patio de luces de la conciencia. Se canta tanto para llorar como para reír.

 

 

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Serrat retrata su calle en una de sus primeras canciones. En 1970 vuelve a Poeta Cabanyes acompañado de una vecina y un niño. Foto Serrat con su vecina del Poble Sec, Barcelona, 1970, © Archivo Colita Fotografía.

 

 

En verano, el calor invita a estar más tiempo fuera de casa. La ociosa temporada se invierte en corretear por las calles del barrio, especialmente durante la noche, cuando las horas son más propicias a las aventuras callejeras. Es la época de las fiestas mayores, tanto las de cada calle como las del barrio. Los vecinos alzan portaladas de cartón piedra y entoldados. Los adornos son monumentales y los motivos variados. Destaca la exótica estética mozárabe y la temática marinera más cercana. Se organizan chocolatadas y el juego de romper la olla repleta de caramelos y monedas para los niños. El paseo de los gigantes se alterna con los concursos de belleza. Las competiciones deportivas se visten de gala, desde las carreras ciclistas hasta los combates de boxeo, las partidas de ajedrez y los encuentros de fútbol. En la plaza de las Navas no faltan atracciones ambulantes como los tiovivos con sus caballitos, e incluso una noria.

Las largas mesas para comer en la calle dan paso a los bailes nocturnos con orquestas y vocalistas en los entarimados ocasionales que se montan. A menudo suenan, por falta de presupuesto, discos dedicados en la plaza del Sortidor. Son los grupos del momento: The Platters, Los Cinco Latinos, Lucho Gatica…, con sus melodías emblemáticas: «Only You», «El humo ciega tus ojos»­ También celebridades como Estrellita Castro o Antonio Molina. Dos jóvenes de Barcelona pronto llegan a actuar en el teatro Cómico del Paral·lel, el Dúo Dinámico. Aquel día las chicas enloquecen. Las que no logran entrar espían el concierto desde fue­ra a través de pequeñas rendijas. Manuel de la Calva y Ramón Arcusa se conocen en la empresa Elizalde, que fabrica motores de avión. Uno tira por el jazz y el otro por cantar jotas y boleros. En 1958 debutan juntos en la radio y al cabo de un año dejan su empleo ordinario para comenzar a grabar discos. Este es uno de los primeros grupos que Serrat sigue con atención. El dúo escribe uno de los capítulos más determinantes de la música pop española.

Permanecen años en la memoria colectiva porque representan el inicio de los movimientos de fans, el fenómeno social más llamativo de la década rupturista. Su eclosión marca un estilo singular tanto de composiciones personales como de adaptaciones y constituye un acontecimiento que se expande por toda España y América Latina. La estética novedosa que exhiben, sus voces perfectamente acopladas, todo resulta novedoso en el Dúo Dinámico. Pero mientras se desarrollan aquellas fiestas y actuaciones de barrio esto queda aún muy lejos. La tropa merodea por las celebraciones veraniegas con más ganas de juguetear y armar follón que otra cosa, aunque algo de aquellas músicas les debe entrar. El calendario de fiestas anuales es interminable: el Carnaval con el entierro de la sardina y el jueves lardero, las dos Pascuas, las procesiones de niños y niñas que celebran la primera comunión, la fiesta del árbol, las verbenas estivales… Las juergas y canturreos se dan cita especialmente en la noche de San Juan. El ritual de recoger leña y trastos viejos y encender el fuego lo ilumina todo. También las travesuras. Unos roban la madera que han apilado otros para que su fogata sea más espectacular.

«Per Sant Joan» es de las primeras canciones de Serrat. El tema describe la tradicional celebración, sin duda bajo la inspiración de las vivencias callejeras. Firma tan solo la letra, procedimiento muy poco habitual en su obra. Los versos convierten una mesa vieja en un tesoro, aunque al final solo queda el desconsuelo porque el tiempo lo quema todo y nada es como antes. La mú­sica, gloriosa y ligera a la vez, es de Juan Pardo, uno de los cantautores más brillantes del pop español. El prolífico compositor nace con una intuición musical prodigiosa, ya que con cinco años es capaz de cantar una zarzuela tras oírla tan solo una vez. Es miembro de Los Relámpagos, Los Pekenikes, Los Brincos, antes de formar el popular dueto Juan & Junior y cantar después en solitario. Dos artistas coetáneos versionan la canción en sus actuaciones, Bruno Lomas y Glòria. El valenciano debuta como intérprete de rock con sus antiguos compañeros de escuela, bajo la influencia de los cantantes americanos, italianos y franceses. Glòria, algo más joven, defiende «Per Sant Joan» en el Festival Internacional de Barcelona de 1968. El primer disco de la cantante, que graba con tan solo catorce años, contiene un tema de Joan Baez. En los conciertos, ejerce de telonera de Serrat.

Las verbenas que los vecinos celebran en la calle para celebrar el solsticio de verano inspiran al cantautor a la hora de componer «Fiesta» en 1970, con música y letra propia. Así dibuja el jolgorio alrededor de los entarimados que montan en el barrio durante las conmemoraciones veraniegas, postal que cada año acude a la cita. La canción constituirá el colofón de los conciertos de Serrat. La marcha animosa cabalga hacia un clímax que contagia una sana alegría. En una grabación antológica, el artista incluye una versión a coro del tema junto a un nutrido grupo de cantantes su­dame­ricanos: Fito Páez, César Isella, Alejandro Dolina, Patricia Sosa, Adriana Varela, León Gieco, Ricardo Mollo, Celeste Carballo y Víctor Heredia. El himno, de naturaleza explosiva, es objeto de atención por parte de la banda navarra Tahúres Zurdos, de raíces mineras. La vocalista del grupo, Aurora Beltrán, subraya con total rotundidad la versión electrificada del grupo. El madrileño Depedro con su conjunto también interpreta una contundente «Fiesta», entre otros temas serratianos. A lo largo de su carrera, el cantautor del Poble Sec se convertirá en espejo para sus colegas, un espejo grandioso y sencillo a la vez.

Jaume Sisa absorbe también el ambiente de San Juan que se respira en el barrio. En 1981 dedica todo un álbum a la noche del solsticio de verano dentro del espectáculo que el grupo Dagoll Dagom estrena bajo el título Nit de Sant Joan. Se trata de un trabajo musical muy elaborado que obtiene una notable acogida popular. Los momentos vitales toman forma casi involuntariamente en la obra de todo artista. Serrat canta a la cuna, la madre, la calle, la maestra, la niñez, la primavera, la madrugada y a los cerezos en flor, sin moverse de Poeta Cabanyes. Allí puede correr a sus anchas porque en los años cincuenta casi nadie tiene coche. Como máximo, alguien aparca en la esquina. Hay bares, como el Martí, bodegas, tiendas y el popular restaurante Oliveta… Paco González Ledesma, hijo de una modista del Poble Sec, lo describe en sus novelas. Es un barrio de vencidos. Algunos, como el padre de Serrat, son de la CNT. El barrio había crecido a raíz de la Exposición Internacional de 1929. Pasada la guerra, las casas vacías fueron ocupadas por franquistas, como algún policía nacional, que al final también se dieron cuenta de que habían perdido.

Entre la tropa de amigos está Manolón, a quien apodan el Abuelillo. Toca la batería con más ruido que acierto. Pero Serrat aún no toca nada. Ningún indicio apunta a la futura carrera, aunque canta lo que oye en casa o por la radio. Es modoso y algo tímido. A Juanito también le llaman el Cani, puesto que a otro lo conocen como el Can. La vida irá añadiendo apodos a la identidad oficial que adopta en su carrera artística. Además de Juanito y el Cani, será bautizado como el Noi del Poble Sec (entre los suyos), el Nano (apodo que surge en Radio Barcelona y por el que es conocido en Sudamérica), el Flaco (denominación que recibe en Argentina debido a su delgadez) o simplemente Serrat, sin olvidar el alter ego de Tarrés con el que bautizará uno de sus álbumes.

Al final de la calle Poeta Cabanyes, una frontera imaginaria delimita el conjunto de barracas que ocupan familias aún más humildes. Allí no hay pendiente. En una placita casi escampada, los niños de arriba y abajo juegan al fútbol horas y horas. De vez en cuando imitan las corridas de toros con capotes improvisados. Unos y otros conviven sin problemas, aunque provienen de mundos distintos. Incluso vecinos de ambas zonas llegan a casarse entre ellos. En la época es normal ver a un marido pegando a su mujer en la acera. Tan normal como comprobar que sacan la silla a la calle y hablan de sus cosas mientras hacen calceta. Se habla catalán y castellano indistintamente, o una mezcla de ambos que demuestra una práctica imaginación idiomática.

La montaña de Montjuïc, tan cercana, es como quien dice el patio de casa. Cuando hay que celebrar algo no hay otro lugar más idóneo. Para los jóvenes constituye un espacio de recreo. El primer deporte comunitario consiste en robar los frutos de las higueras del vecindario. Hay descampados y laderas que no terminan nunca, un mundo propio a sus pies, lleno de escondrijos donde guardar secretos. El escenario perfecto también para el despertar de los primeros amores, y los posteriores. También hay una zona oscura, bautizada como Terra Negra, paraje de una prostitución sórdida. El nombre deriva de que allí se descargaba el carbón llegado en barco, que después se esparcía por el entorno. Es un lugar recóndito entre árboles y matojos donde resulta fácil convertirse en espectador nocturno de escenas desprovistas de intimidad. A los niños, las prostitutas ancianas que andan por la zona los echan a gritos. Nada que ver con las prostitutas del barrio, que cuando vuelven a su hogar se convierten en respetables amas de casa.

Entre la curiosidad y la inconsciencia, visitar calles cercanas forma parte de las aventuras infantiles. Muy cerca está el barrio chino, un territorio que la pandilla recorre con naturalidad, en el que tan solo se acercan a mirar. Serrat tiene entonces entre cinco y seis años, y sus paseos por la zona de perdición son del todo inocentes, aunque dominados por la curiosidad. Así que las calles Robadors, Sant Ramon y la de las Tàpies son tan suyas como de las mujeres de vida alegre. Un espacio compartido donde la realidad se contempla sin filtros, a diario.

En las tortuosas curvas de las calzadas que dan la vuelta a Montjuïc se celebran las competiciones de coches y motos. El pequeño Serrat, guiado por vecinos aún más escurridizos que él, se cuela en el circuito para contemplar las carreras, pero en adelante se mostrará más partidario del ciclismo. También se adentran con el grupo en el recinto del teatro griego porque para ellos no existe barrera alguna, y menos en sus dominios. En Poeta Cabanyes algún entretenimiento les permite incluso imaginarse que están dándole al pedal. De esto trata el juego que montan sobre la mesa de ping-pong que uno de la pandilla tiene en su casa. Utilizan pequeñas figuras de ciclistas, que pintan con el color de los equipos participantes. A modo de juego de la oca, los dados indican los avances de cada corredor por el circuito establecido. Serrat recorta de la prensa las etapas y clasificaciones y elabora un álbum minucioso. Ahora rememoran el Tour, ahora la Vuelta… Es un chico con iniciativa, decidido. Organiza eventos y anima a los demás a que participen. Coincidiendo con las Olimpiadas de Melbourne de 1956 prepara unos juegos para los amigos del barrio, con maratón y lanzamiento de jabalina incluidos. La infancia sin duda no pregunta por la vida, porque la vida llega desde cualquier parte y empapa los poros de la piel sin avisar. Es el tiempo en que uno aprende. Por eso los sentimientos forjados en los primeros años de existencia, y la casa y la calle, constituyen el origen definitorio de uno. Y, a partir de este origen, se descubren mundos desconocidos que transforman a la persona en alguien universal.

Entre los sonidos más apreciados por el chaval, el que proviene de la cocina donde su madre está friendo berenjena y batiendo huevos para preparar una gran tortilla y bocadillos. Es el presagio de un día de playa en Can Tunis. Suelen ir los domingos y hay que madrugar mucho para emprender una larga caminata hasta llegar a la arena y estirar las toallas. La tropa de los Serrat es numerosa. Caminan juntos, en procesión. Allí el muchacho ve por primera vez el mar, un Mediterráneo que todavía no sabe que se llama así. La primera sensación entre las olas que vienen y van es el gusto del agua salada.

No obstante, no es el único lugar en el que se remoja durante el buen tiempo. Con la cuadrilla de la calle meten la nariz por todas partes. Acuden a los baños de Sant Sebastià, en el barrio de la Barceloneta, las emblemáticas piscinas de los señores. Para llegar toman un acceso público y van saltando vallas, cada uno con su hatillo, hasta alcanzar los baños con las piscinas de distintos tamaños. Para ellos aquello es Hollywood, aunque el auténtico nido del espectáculo se encuentra en su entorno más próximo.

 

 

LOS ARTISTAS DEL BARRIO

 

En la misma calle Poeta Cabanyes, pero tocando el Paral·lel, nace a principios de los años sesenta un grupo que alcanzará el éxito. Se da a conocer con el nombre de Los de la Torre. Primero son tres chicos y dos chicas. El mayor, Emilio, y una de las hermanas, Gloria, cantan en las fiestas de la calle. Cada año los vecinos la adornan con banderitas que extienden de los balcones de un lado a los situados enfrente. A medida que avanza la década, Emilio, sus hermanos Carlos y Juan y un amigo triunfan como conjunto musical de moda, bajo el nombre de Los 4 de la Torre. Cuando quedan solo los tres hermanos, pasan a ser simplemente Los de la Torre. Han estudiado en el conservatorio y manejan bien el bajo, el piano, el saxofón y la batería. Es una formación de éxito que con el tiempo se hará cargo de la dirección musical de salas de baile como La Paloma y La Cibeles. Graban discos EP de los cuales, en la cúspide de su éxito, llegan a vender más de cien mil copias. Apenas conocen a Serrat, a pesar de los pocos años que les separan.

En 1964, los hermanos Vercher, Roberto y Joselín, del barrio, fundan junto a José María Garcés y Ramon Colom el conjunto Los Cheyenes. Los integrantes se dejan crecer el pelo hasta lo indecible, en actitud contestataria. El grupo constituirá el germen de una orquesta de baile muy popular, La Salseta del Poble Sec, a finales de los años setenta. Lo más habitual entre los músicos consiste en alternar el instrumento con algún empleo remunerado. Sisa, que ha sido compañero de escuela de Joselín, a los catorce años ya trabaja en una fábrica de básculas de la calle Borrell. La madre no quiere que siga los pasos del padre, jugador profesional y viajante de por libre. Tiene cinco años menos que Serrat, así que, de niños, no llegan a jugar juntos, aunque conserva alguna foto de ellos dos acompañados de otros amigos de la calle. Retiene el recuerdo de oírle cantar y tocar dentro de casa desde la acera. Entonces las ventanas eran altavoces.

Poco más tarde, el futuro cantautor galáctico se compra la primera guitarra. En su escalera vive Ricardo, que le enseña los primeros acordes. De ahí que, años después, utilice como sobrenombre el de Ricardo Solfa. A los dieciocho años viaja a Francia, ejerciendo de técnico de un grupo que actúa por los alrededores de París. Los vecinos, de repente, comprueban que el artista, cuando vuelve, ha dejado atrás la timidez y la introversión porque exhibe casacas extravagantes de colores y luce una melena desparramada como una inmensa escarola abierta. Serrat y Sisa, a lo largo del tiempo, mantienen buenas relaciones. En encuentros privados, uno canta sus temas al otro, y viceversa. Y en público actúan juntos más de una vez. Los vecinos recuerdan una fiesta popular en la que montan un tablado en Poeta Cabanyes. Entonces ambos cantautores comparten repertorio de boleros, un género por el que sienten adoración. Otro día, un coro del barrio se presenta bajo el balcón de Serrat e interpreta una canción suya, pero tan solo encuentran a su madre.

Las sociedades corales tienen un pasado histórico notable en el barrio, desde mediados del siglo XIX. Se contabilizan desde entonces unas veinte. Nacen como espacio de socialización fuera de las tabernas, único lugar de encuentro hasta el momento. Constituyen la base de los futuros movimientos sociales y sindicales. Entre las veteranas, La Palma Moderna de la calle Blasco de Garay, la Viola Barcelonense de la calle Salvà y la Peña Choral La Sirena con sede en el bar La Campana de la calle del Roser. También destacan Els Moderns del Poble Sec, la Nova Lira y la sociedad coral La Camelia. En Poeta Cabanyes, la Agrupació Coral La Nova Colla tiene la sede social en el bar Fortuny. Todas las formaciones exhiben un estandarte propio con el escudo y el nombre bordado sobre tela de terciopelo. Cada una tiene su banda de tambores, cornetas y trompetas y la mayoría están integradas tan solo por voces masculinas, como es costumbre en la época.

Son agrupaciones que perduran en el tiempo, más allá de los años sesenta. Cada año por Pascua salen a cantar las Caramelles por el barrio, y por Pentecostés acostumbran a realizar actuaciones incluso fuera de Cataluña y al regresar desfilan por las calles. Las tonadillas tradicionales de Pascua permiten a los cantantes repartir claveles incluso elevando las canastas con lacitos adornados con cascabeles hasta los balcones para recoger monedas entre el público. Los coros visten uniformados con camisa blanca, fajas coloradas y barretinas. Además de amenizar las fiestas, estos grupos participan en los concursos de los Coros de Clavé. El padre de Serrat, que canta Caramelles con su discreta voz de barítono, recuerda la figura paternal de Clavé, tan cercano a la clase trabajadora, cuyo espíritu impregna todas aquellas sociedades.

Josep Anselm Clavé funda a mediados del siglo XIX un movimiento de formaciones corales que alcanza una gran popularidad y al que imprime un marcado carácter social y obrerista. Ejerce además una influencia notable en la música popular de su tiempo. Nacido en Barcelona en 1824, de niño una enfermedad ocular le empuja a tocar el violín y la guitarra de un modo autodidacta. Recorre las tabernas cantando sus propias canciones. Hereda del padre las ideas republicanas y socialistas y a los diecinueve años ya está afiliado a grupos antimilitaristas. Funda una sociedad filarmónica que motiva el nacimiento de orfeones en Cataluña, al tiempo que fomenta la primera sociedad coral en España, La Fraternidad.

El camino artístico no le impide asumir compromisos políticos. Aunque rehúye ejercer de gobernador provincial, resulta elegido diputado en las Cortes constituyentes de 1873, las de la Primera República. Se traslada a Madrid, pero los problemas de salud le imposibilitan participar a fondo en el foro público y fallece al cabo de un año, cuando ha cumplido los cuarenta y nueve, justo cuando el golpe del general Pavía pone fin al breve periodo republicano. Entonces nace el Clavé mítico. La veneración que enciende su muerte inspira a los prohombres que levantan el Palau de la Música Catalana en 1908 a colocar su rostro escultórico frente al de Beethoven y las valquirias de Wagner en el arco del escenario. Los himnos y el legado de este influyente músico catalán permanecen en el imaginario de aquellas corales del Poble Sec, que agitan el alma social de las calles donde transcurre la infancia de Serrat.

Pero los tiempos cambian. En un local de la calle Salvà nacen Los Salvajes. Tres jóvenes se reúnen para empezar sin saberlo una de las carreras más intensas del rock hispánico. Gaby Alegret vive al otro lado del Paral·lel, en la calle del Tigre, aunque su padre tiene un taller en el Poble Sec. Allí, a través de su madre, conoce a Delfín Fernández y a Francesc Miralles. Son fundadores del conjunto en 1962 junto con Andy González y Sebastián Sospedra. Delfín es el benjamín. Con catorce años tiene claro que lo suyo es la batería. Ensaya en el balcón de su casa con unas improvisadas baquetas sobre la baranda. Enfrente vive Francesc, que toca con Los Pumas, un grupo anterior. Más adelante ensayarán en el sótano del bar Chipirón del Paral·lel. El local está equipado con un amplio espejo, ideal para que lo usen también los bailarines de flamenco.

Gaby, que ejerce de líder, había empezado imitando las rancheras de Miguel Aceves Mejía. Su padre es un aficionado a la zarzuela y su madre a las cantantes folclóricas. La primera música que les llega de fuera es francesa —Johnny Hallyday y Eddy Mitchell—, e italiana —Peppino di Capri y Tony Dallara—. El grupo empieza versionando temas de Adriano Celentano y Pino Donaggio. Sisa es a su vez compañero de escuela de Delfín y Francesc. A todos ellos les atraen los primeros grupos de rock británicos hasta que la figura de Elvis Presley los hipnotiza de forma definitiva y se erige como referente indiscutible.

Serrat y Los Salvajes se conocen por la cercanía circunstancial, pero no existen demasiadas afinidades entre ellos. Gaby y él se cruzan algún día. Sentados en la acera se cuentan sus cosas. Incluso se toman algo en uno de los bares de las esquinas de Poeta Cabanyes y canturrean juntos. Pero nada más. Años después se reencuentran en distintos ámbitos, tanto en festivales benéficos y galas de premios como e

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