Prólogo
Por Augusto Darget1
Julieta de Mar del Plata es muy conocida en los medios. Tiene más de 25 años de carrera allí. Su extenso currículum habla, además de su experiencia en diarios, revistas, canales de TV y radios, de su licenciatura en comunicación social, de su maestría en economía aplicada y en periodismo de investigación. Pasó por muchos medios nacionales e internacionales: CNN, Forbes, Newsweek, América TV, Telefe, Neura Media, La Nación, Crítica de la Argentina, El Cronista, Infobae y Radio Nacional, entre otros; en fin, desarrolló muy bien su carrera y su profesión.
Julieta de Mar del Plata me pidió que desarrolle el prólogo de su primer libro, tan ansiado por los que transitamos en este mundo. Porque, al igual que Sócrates, no quería escribir. Porque prefería que la gente piense. Que no estudie de memoria. Que no repita.
En este libro hay un mundo de anécdotas del mercado y de experiencias de vida. Son algunos fotogramas extraídos de la película que es la Argentina desde hace décadas.
Porque, como Aristóteles, Julieta de Mar del Plata cree, a diferencia de Platón, que no venimos con experiencias pasadas que nos traen el conocimiento, sino que este saber se aprende a partir de la experiencia.
Al igual que las fábulas de Paléfato en Historias increíbles, Julieta de Mar del Plata cuenta historias verídicas y las desmenuza para dar vuelta los mitos. Porque de eso se trata, de desterrar los mitos y encontrar explicaciones racionales. De estudiar a fondo. De encontrar las verdades si es que estas existen.
En la antigua Grecia, los filósofos eran llamados por su nombre de pila, y el lugar donde pertenecían. Como Tales de Mileto o Diógenes de Sinope. Tales, el primero en desterrar los mitos. Diógenes, que enseñaba por medio de ejemplos.
Entonces, ustedes tienen entre sus manos el libro de quien sabe en estos tiempos. Es la obra de Julieta Tarrés o Julieta de Mar del Plata, que siendo filósofa sin saberlo les hará comprender muy amigablemente el arte de las finanzas. A disfrutarlo.
1 Darget es analista financiero y un referente en el mercado de capitales. Acumula más de 30 años de experiencia en la industria financiera. Actualmente es director de Silver Cloud.
Introducción
Hace 25 años que soy periodista y más de 20 que me enfoco en analizar temas vinculados a la economía y a las finanzas en la Argentina y en el mundo. Estudié economía aplicada en Di Tella, cursé durante dos años una maestría que me abrió la cabeza y me aportó herramientas de análisis y comprensión fundamentales. Ese fue un momento bisagra en mi carrera periodística. Después de haber pasado por la universidad dejé de necesitar traductores de la realidad, y pude entender mejor de economía para explicarle a mi audiencia cada hecho, cada noticia, cada evento.
Los libros y papers económicos me influenciaron, incluso más de lo que pensé que podían llegar a hacerlo. A tal punto que comencé a usar ese conocimiento teórico para argumentar mis análisis periodísticos con mayor solidez. Las redes sociales me ayudaron a potenciar mi contenido, allí pude combinar datos de la actualidad con el impacto en la vida cotidiana de la gente. Con el tiempo se convirtió en un espacio donde pude librar uno de los tantos intentos de mi larga batalla contra el analfabetismo financiero.
Las últimas estadísticas del Banco Mundial en materia de inclusión y educación indican que un tercio de la población global no accede ni a medios de pago formales ni a cuentas bancarias. Esas personas tampoco saben cómo administrar sus ahorros, el problema empeora cuando se considera el porcentaje de la población global que desconoce las herramientas financieras que tiene a su alcance para, al menos, no perder dinero. El 63 % de las personas en el mundo no está educada financieramente. En países de América Latina, el promedio de analfabetos financieros es mayor, y en la Argentina, 8 de cada 10 no podría profundizar conceptos básicos, aunque en charlas de café opina de teoría económica sin conocerla más que el promedio de todo el planeta. No hay en el país un argentino que no haya escuchado qué es la inflación, la deuda soberana o qué significa el déficit fiscal, pero nadie conceptualiza a fondo. Es que, a diferencia de lo que pasa en países emergentes, la Argentina tiene cifras alentadoras para los analistas: más del 93 % de la población adulta tiene, al menos, una cuenta abierta en un banco. De una población total, superior a 46 millones, hay más de seis millones de inversores independientes que controlan cuentas comitentes que operan directamente en la bolsa.
El contraste de la situación de la Argentina comparada con los países de América Latina es notable. Las estadísticas muestran un crecimiento sostenido de una supuesta formalización económica financiera de sus habitantes; sin embargo, esos resultados no son otra cosa que la consecuencia directa de las restricciones cambiarias, de regulaciones y controles financieros y de una masiva desconfianza en los gobiernos. En definitiva, en este país las herramientas se usan más para ocultar ahorros de la “autoridad”, escapar del sistema y salir a cualquier costo de la economía formal, lo que la clase política denomina “fuga de capitales”, que no es otra cosa que la compra de dólares y el resguardo del patrimonio en cualquier activo que ofrezca más estabilidad y cobertura que el peso argentino. Esta realidad, graficada en datos, me inspiró a escribir este libro.
Lo primero que pensé es que tenía que encontrar una forma de seducir a un lector promedio, que cree que sabe, y al que probablemente no le interesen ni la economía ni las finanzas. Porque decirle a la gente “ignorante” no es grato, todo lo contrario. A nadie le gusta enterarse que parte de sus problemas con el dinero son consecuencia de una sucesión de malas decisiones, que en gran medida ocurren por falta de información. Las estadísticas privadas de 2023 muestran que en 8 de cada 10 hogares argentinos se administra mal el presupuesto familiar, se malgastan los ingresos y se ahorra en dólares que, casi sin excepción, se guardan en placares o cajas de seguridad como si fueran recuerdos. Es posible que el lector promedio no sepa que todo ahorro que no esté invertido pierde valor. No solo pierden poder de compra los pesos, eso también ocurre con los euros, los yuanes, los francos suizos e incluso con los tan demandados dólares, que en una década han llegado a perder un 23 % (2013-2023). Además, 2 de cada 10 argentinos que invierte lo hace sin objetivos claros. Muchas veces imitando a familiares, amigos o por consejos de colegas del trabajo.
Dentro de este contexto es que decidí sentarme a escribir y a contar lo que pasa en un país desordenado, famoso por sus crisis y devaluaciones, y célebre por ser la tercera economía del planeta, detrás de los Estados Unidos y de Rusia, en atesorar dólares en efectivo. La plata motiva a cualquier argentino, es sinónimo de éxito y de estatus. Argentina, como muchos otros, es un país mercantilista, y las vivencias de sus ciudadanos dan cuenta de ese sentimiento nacional. El desafío era no crear un producto trillado, que ya existiera en el mercado. En nuestro país, como en las librerías de países de habla hispana, abundan los tomos de teoría económica, los libros que resumen la historia de incontables crisis, los manuales técnicos con consejos para aprender finanzas personales, e incluso los populares ejemplares de gurúes que, sin riqueza demostrable, dan recetas a su público para convertirlos en millonarios.
Este libro no se parece a ninguno de esos. Es diferente porque pone el foco en las inseguridades, los problemas, y hasta en los éxitos de personas comunes. Esta obra recopila diez historias cotidianas, experiencias reales de la vida de un puñado de argentinos que se animaron a contar su relación con la plata. Sus verdaderas identidades fueron protegidas detrás de seudónimos con el único objetivo de cuidar la privacidad de cada uno y de sus familias, sin alterar la esencia de sus historias.
Este libro cruza relatos de sujetos sociales y generaciones diversas, algunos más recientes, otros que abarcan una vida. De manera empírica, evidencia que los argentinos tuvieron, tienen y tendrán un vínculo pasional con el dinero, que se trata de un tema tabú del que no se habla, salvo en contados ámbitos familiares de extrema intimidad. En otras culturas, por ejemplo la estadounidense o la india, las personas cuentan abiertamente cuánto ganan o invierten. Hablan hasta de sus objetivos monetarios sin avergonzarse por ello. En esas sociedades, ser rico es sinónimo de éxito y un millonario es respetado, incluso imitado. En la Argentina, pocos saben quiénes son los dueños de los mayores patrimonios, y es un deporte nacional criticar al rico. Es común que se juzgue a cualquiera que tenga dinero, sin importar quién sea o cómo haya obtenido su fortuna.
Cuando se habla de plata, en nuestro país afloran todas las emociones posibles que puede sentir un ser humano, de la misma manera que ocurre con la política, la salud mental (para quienes van a terapia), el fútbol (nuestro deporte nacional) y, solo a veces, los debates religiosos. Los sentimientos de los argentinos sobre el dinero son heterogéneos y contradictorios. Hay quienes dicen que es una característica típica del alma humana evitar mencionar al elefante en el baño. La frase “de lo importante es de lo que no se habla” resume ese comportamiento intrincado.
La falta de estabilidad económica en la Argentina es la razón principal por la que tratar temas acerca del dinero se torna pasional, y prácticamente un tabú si el asunto se vuelve personal. Cuando este fenómeno se extiende a toda una sociedad en constante crisis y sin educación financiera, se crea un terreno fértil para que proliferen todo tipo de manipulaciones, por ejemplo, la de las estafas. Los ahorristas que toman malas decisiones financieras pierden plata en el camino, y, en la mayoría de los casos, sin que lo noten a tiempo. Otro es el caso de la inflación, un fenómeno de empobrecimiento masivo, y a pesar de que la población, ya anestesiada por un desequilibrio que lleva décadas, cree que puede convivir con este flagelo monetario tan arraigado en la Argentina. Pero lo cierto es que la inflación se encuentra en extinción en casi todo el planeta. Un argentino promedio es experto en lidiar con problemas económicos de toda calaña, pero aun así no tiene educación suficiente para evitar que la devaluación constante del peso erosione parte de su patrimonio.
Otro motivo que me llevó a escribir este libro es el interés masivo del público por los temas que más le preocupan: dólar, ahorros, inversiones conservadoras, medios de pago, impuestos y formas de ganarle a la inflación. Para ello, me dediqué a concentrar en un pequeño apéndice hacia el final del libro una explicación actualizada de cada uno. Cuando se compara a la economía local con la de otros países se pone en evidencia lo mal que funciona todo en la Argentina. Los cotejos ponen luz al funcionamiento anormal con el que vivimos día a día. El Estado argentino suele intervenir en las dinámicas de mercados privados que, en el mundo, se regulan solos. Las restricciones para la compra de dólares son un ejemplo: históricamente el Banco Central controló la cantidad y el precio de la divisa al mismo tiempo. Algo técnicamente imposible, que lo único que logra es aumentar la escasez. Eventos similares se vieron en mercados como el de los alimentos y el de los combustibles. Esos fenómenos anormales que describen a la microeconomía argentina enojan y frustran a la población. A tal punto que los desequilibrios macroeconómicos contaminan las conversaciones cotidianas.
Las charlas coloquiales en los asados de fin de semana con la familia, durante el café de la mañana con colegas o en los after office de la tarde siempre giran en torno a los temas políticos y económicos. El argentino promedio discute con sus pares con el mismo énfasis que un funcionario en gestión. Las opiniones son libres, pero en los últimos años han generado bandos. La grieta no es solo ideológica, también es política y hasta económica. ¿Dolarizar o mantener el peso con vida? ¿Controles, sí o no? ¿La inflación es monetaria o multicausal? Todos opinan porque creen que saben; a veces la desinformación es tan grande que hasta el que estudió la materia duda ante argumentos no académicos.
Los debates son infinitos, incluso a pesar de que la mayoría no ha estudiado economía. Las charlas sobre precios son extensas, se comparan costos de bienes y de servicios. Se usan los precios de productos similares en el exterior como referencia, se dolarizan los precios para encontrar anclas, referencias intertemporales. El objetivo es siempre despejar la nominalidad de la economía. Lo curioso es que dentro de una sociedad mercantilista, que vive pensando en qué hacer con los pesos, los argentinos no quieran desnudar los saldos de sus cuentas. El que es rico muchas veces intenta disimularlo por temor a las críticas. Y el que es pobre también, probablemente porque sienta vergüenza. En la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), quienes responden subdeclaran ingresos por varias razones, pero es oficial que el tema genera pudor.
Para el promedio de los ciudadanos es de mal gusto preguntar cuánto ganan por su trabajo o cuáles fueron las ganancias de las inversiones del año. Esta radiografía de la actualidad fue otra de mis inspiraciones. La desesperación social me desafió y ordené mis ideas para convertirlas en un contenido útil, que pueda servir de respuesta a cientos de dudas de mucha gente. El objetivo es difundir tranquilidad con soluciones pragmáticas, pero indispensables para atravesar la incertidumbre y cualquiera de las crisis a las que nos someten los gobiernos. Nada es imposible en la Argentina, solo hay que tener información.
PARTE I
Capítulo 1
Miedo a quedarse afuera
Juan Antonio, el hombre que por temor a perderlo todo estuvo a punto de cambiar sus dólares por una moneda que nunca se creó: el amero.
Juan Antonio era uno de los tantos clientes que tenía una tradicional sociedad de bolsa en el corazón de la city porteña a mediados de los 2000. Sociedad de bolsa es sinónimo de bróker en la Argentina. Es la forma coloquial para nombrar a una empresa que intermedia en una operación financiera. Este hombre, ya retirado, tiene una suma de más de ocho dígitos en dólares invertidos en activos financieros —bonos, acciones, fondos, monedas, commodities— de la Argentina y del mundo. Comenzó a comprar acciones —fracciones de empresas que pueden operarse en la bolsa— y bonos —títulos de deuda corporativa o de países— en 1985. A pesar de los vaivenes económicos y financieros de nuestro país, siempre confió en que el mercado de capitales era la mejor opción para resguardar parte de su patrimonio.
El 15 de septiembre de 2008, en Wall Street se desató una masiva crisis financiera conocida como subprime (así denominada porque la causa fue el derrumbe de las hipotecas inmobiliarias)2. Al enterarse de semejante evento, que en pocos días se convirtió en un problema global, este inversor, que hoy tiene más de 70 años pero entonces tenía 56, comenzó a preocuparse. Sufría por el paradero de su capital, y tal era el temor de perderlo todo que quienes lo conocen hace tiempo cuentan que incluso había dejado de escuchar a sus asesores. Bajo un comportamiento poco habitual, entró en pánico. Su accionar llamó la atención porque él es, y siempre lo fue, un inversor racional y muy experimentado. Es que Juan Antonio padeció en su vida las consecuencias financieras de varios vaivenes económicos. Y, según sus asesores, es común ver a personas como él, con este tipo de perfil inversor, arriesgar más en momentos de derrumbes bursátiles. Las estadísticas lo evidencian, son los que toman mayores riesgos frente a quienes son conservadores porque tienen miedo a perder dinero. El objetivo suele ser el mismo: hacer crecer el patrimonio con menos esfuerzo, aunque quizás con mayor riesgo, para conseguir ganancias de oportunidad.
Atravesó muchas veces cimbronazos financieros: el lunes negro de 1987, el efecto tequila de 1994, la crisis asiática de 1997 y la burbuja puntocom en el 2000, entre otros eventos que causaron pérdidas millonarias a inversores en todo el planeta. El 16 de octubre de ese año, un mes después de la crisis que golpeó fuerte a la mitad de las economías del mundo, Juan Antonio recuerda que le pidió una reunión urgente al principal accionista de la empresa con la que invierte en la bolsa hace más de 22 años. En aquel momento, su asesor financiero pensó lo peor: en su cabeza giraba la idea de que su cliente se iba a llevar con él los 7 millones de dólares que tenía invertidos mediante ese ALyC (agente de liquidación y compensación, más conocido como sociedad de bolsa o bróker financiero). Dado que el analista no lograba tranquilizar a su cliente, con quien tenía una buena y larga relación, se imaginó el final de ese vínculo próspero. Sería un problema para la sociedad de bolsa, porque era uno de los clientes más importantes. Es que un ALyC como ese, uno de los 160 que operan en la Argentina, aún depende de que los clientes más prósperos inviertan sumas de dinero más grandes que el resto para conseguir mejores precios a la hora de comprar activos para el resto de los inversores de la cartera.
Juan Antonio no pensaba dejar de operar con su bróker; simplemente porque confiaba en la pericia de los socios que lo administraban. Con los años, había ganado mucho dinero invirtiendo dólares en bonos del Tesoro norteamericano, en el Standard & Poor’s 500 (S&P 500) y en acciones de compañías con mucha inversión en innovación y desarrollo, como General Motors y Microsoft. Fue entonces cuando sugirió el encuentro con un solo objetivo en su cabeza: quería hacer un cambio radical de estrategia en su cartera. Los dólares estaban colocados, en partes iguales, en instrumentos de renta fija y variable. Esas inversiones habían sido diseñadas para obtener una rentabilidad de mediano y largo plazo. Pero en pocas semanas, el pánico contaminó el comportamiento racional de este abogado exitoso, de clase alta, superinformado y muy viajado. Después de leer noticias catastróficas en todo el mundo durante 30 días corridos, había llegado a una conclusión: quería rescatar todo y con la liquidez comprar un solo activo que lo protegiera de cualquier pérdida futura.
Juan Antonio tenía un punto a su favor, y la historia moderna le daba la razón. El argumento del protagonista de esta historia se basaba en el riesgo financiero, una variable fundamental que debe evaluarse antes de concretar cualquier inversión en el mercado de capitales. La tasa de riesgo se vincula a la incertidumbre que generan los cambios producidos en la economía o en las finanzas y alteran los rendimientos de una inversión. En aquel momento, el temor de Juan Antonio era extremo y, según los expertos, infundado. Él creía que el dólar estadounidense iba a sufrir con la crisis financiera y se depreciaría casi todo su valor de mercado. Y si eso llegaba a suceder, él iba a perder la totalidad de su patrimonio. Ese comportamiento poco habitual en este inversor experimentado y racional descolocó a sus asesores aquel día. Pero lo que los impactó no fue lo que hizo su cliente, sino lo que dijo: “¡Vendan todo y compren amero cuando salga al mercado y empiece a cotizar!”. Fue una orden, no una expresión de deseo. El problema era que ninguno en aquella sala entendió lo que Juan Antonio quería decir. Pensaron que tendrían que hablar con su mujer porque sus decisiones no tenían coherencia. Después de una hora de escuchar al abogado con atenció
