1
El mar se extendía como una lona gris bajo un cielo pálido. Nellie solo notaba el lento cabeceo del barco de vapor mientras este surcaba las olas, aunque le habían descrito esa primera parte del viaje como la más tempestuosa y agotadora de la travesía a Nueva Zelanda. Sin embargo, apenas soplaba el viento desde que habían embarcado en Bremerhaven el día anterior y, por el momento, nadie se había mareado. Consideró entonces que se daban las condiciones ideales para dirigirse al capitán del Adelinde y comunicarle lo que Maria solicitaba. No debía de estar tan ocupado como para no escucharla. ¿Se tomaría en serio su petición? Esa mañana, cuando Bernhard había llamado a la puerta del camarote que compartían para contarles qué problema tenía Maria, Walter lo había escuchado más bien divertido.
—¿Ha dormido en el suelo? —había preguntado riendo Walter.
Bernhard, un hombre de estatura media, cabello rubio y unos ojos de color azul y mirada dulce, había sacudido la cabeza.
—Claro que no —había respondido ofendido—. Yo he dormido en el suelo. Pero no me apetece demasiado hacerlo durante todo el viaje y Maria tampoco está muy satisfecha con la solución.
—¿Pero sí ha aceptado tu propuesta de matrimonio? —había intervenido Nellie.
El día anterior, al repartirse los camarotes, Maria se había mostrado dispuesta a compartir el suyo con Bernhard, aunque normalmente intentaba evitar la intimidad con otras personas.
—Sí —había asegurado Bernhard—. Pero es que en algún momento, durante el transcurso de su educación de niña de casa bien, ha interiorizado que lo correcto es que una mujer solo comparta su cama con un hombre después de haber contraído matrimonio. Y ahora desea atenerse a ello.
Nellie había fruncido el ceño. Sabía que, una vez que su amiga había tomado una decisión, era muy difícil que cambiase de manera de pensar, sobre todo tratándose de algo que ella consideraba correcto o incorrecto.
—¿Y si le presentas como argumento que Nellie y yo también dormimos juntos, aunque no estamos casados? —había preguntado Walter, todavía divertido.
Bernhard había respondido con una mueca.
—Es distinto —había señalado—. Nellie aún está casada con Philipp.
Walter se había llevado las manos a la cabeza.
—Así que el adulterio está permitido, pero unas… relaciones prematrimoniales…
—¡Venga, ya conoces a Maria! —le quitó la palabra Nellie.
En realidad, Walter conocía a su hermana menor mejor que cualquier otra persona en el mundo, exceptuando quizá a Nellie.
—Se ciñe a las normas, y eso es bueno, de lo contrario estaría metiendo la pata más a menudo. Pero ¿qué querrá hacer ahora? ¿Hemos de cambiar de camarote?
Nellie se había ofrecido el día anterior a compartir camarote con Maria, aunque prefería estar con Walter. Las dos jóvenes se conocían desde hacía años y eran amigas íntimas. Nellie toleraba las dificultades de Maria para tratar con otras personas.
—Quiere casarse —había contestado Bernhard, negando con la cabeza—. A ser posible, hoy mismo. El capitán tiene que casarnos.
Y ahora, Nellie estaba en la cubierta del barco, dejándose mecer por las olas y esperando al capitán del carguero para darle a conocer las intenciones de Maria. Pese al abrigo de invierno, tiritaba. Por fortuna, el capitán Bladder apareció unos minutos después de que ella hubiese solicitado su presencia. Sonrió a Nellie. Era obvio que se alegraba de verla. La joven era alta y delgada, tenía el cabello de un rubio cobrizo y ojos castaños de mirada despierta. Llevaba el pelo corto. Hacía unos años que se había decidido por el corte bob, que estaba de moda, y encontraba ese peinado tan práctico como los pantalones largos, que por fin podían vestir también las mujeres sin que nadie las criticase, al menos en la gran ciudad de Berlín.
—¿Qué puedo hacer por usted, doctora De Groot? —preguntó cortésmente Bladder, esmerándose en hablar en el alto alemán estándar—. ¿Está satisfecha con su alojamiento? Ya sé que los camarotes son muy sencillos…
Era evidente que el capitán se esforzaba por ser amable. Y, sin embargo, esa formalidad no encajaba con un hombre que respondía tan bien a la imagen que tenía Nellie de un viejo lobo de mar. Bladder era robusto y una barba enmarcaba su rostro curtido. Llevaba la gorra de capitán algo inclinada sobre un abundante cabello rubio.
Nellie hizo un gesto de rechazo.
—Los camarotes son estupendos, muchas gracias —contestó—, aunque la principal preocupación de mi marido es cómo se ha instalado al caballo. Habría preferido dormir en el compartimento junto a Erlkönig. Pero tenemos otro problema.
Justo después vio cómo el capitán Bladder se quedaba boquiabierto.
—En la vida he casado yo a alguien —exclamó en puro dialecto alemán.
Nellie no pudo reprimir la risa. Estaba segurísima de ello. A fin de cuentas, el hombre capitaneaba un carguero que solo acogía pasajeros de forma excepcional, y no un vapor de lujo cuyo capitán tenía que enfrentarse de vez en cuando a los peculiares deseos de sus caprichosos clientes.
—Estoy convencida de que la novia se sabe de memoria la fórmula de casamiento —intentó tranquilizar al marino—. Podemos escribírsela. ¡Venga! ¿Acaso no ha estado soñando toda su vida con disfrutar de esta oportunidad?
La misma Nellie estaba abierta a vivir nuevas experiencias. Le encantaban las aventuras.
—Qué va —contestó el capitán con franqueza—. De ser así me habría hecho clérigo. Pero si la muchacha insiste… Hagámoslo mientras la mar está en calma. No vaya a ser que los novios se caigan por la borda.
Nellie asintió.
—¿Esta tarde? —preguntó esperanzada.
El capitán consultó un reloj de bolsillo.
—¡A la una en punto! —respondió—. Todavía tengo que prepararme.
Tres horas más tarde, Walter condujo ceremoniosamente a su hermana por la cubierta, mientras un marinero tocaba con una armónica la marcha nupcial. La imagen provocó la risa de Nellie. Los severos y aristocráticos progenitores de Maria y Walter seguro que se habían imaginado de un modo completamente distinto la boda de su hija. A pesar de todo, los hermanos ofrecían una bonita estampa. Los dos eran morenos y tenían unos llamativos ojos azules. Walter era alto y de movimientos flexibles, y Maria era baja, frágil y se presentó de forma torpe y reservada ante el capitán, que se había instalado en la cubierta con su primer oficial y el sobrecargo. Un marinero llenaba vasos con kööm, un aguardiente de comino y anís, probablemente la bebida que más se acercaba al champán en esa embarcación. Los oficiales se habían engalanado y Bladder sostenía sonriente una Biblia. Lanzaba miradas de admiración a la novia, cuyo aspecto Nellie se había dedicado a mejorar para el acto durante toda la mañana.
Maria llevaba suelto su largo cabello. Nellie se lo había cepillado hasta conseguir sacarle brillo. A falta de flores, se había provisto de las plumas que habían adornado dos sombreros y de unas cintas con las que había confeccionado una corona de la que descendía sobre el cabello de Maria un pañuelo de seda de un gris azulado. Este hacía las veces de velo y conjugaba maravillosamente con los ojos azules de la novia. Maria se había puesto el mejor de los dos vestidos que guardaba en el camarote, en una bolsa con lo imprescindible; el resto del equipaje se hallaba bajo la cubierta. El vestido azul marino con el talle bajo y la amplia falda acampanada le quedaba de maravilla. Maria era de tez pálida, pero brillante como el alabastro. A Bernhard, que la estaba esperando a un lado junto a Nellie, como madrina de boda, le resplandecían los ojos al mirarla.
Nellie, por su parte, cogió la Biblia.
—Por ahora, no la necesitamos —dijo sonriendo al capitán—. Sin pastor eclesiástico… —Evitó a conciencia revelar al capitán y a la tripulación que Bernhard era judío.
El joven llegó junto a su futura esposa. Llevaba un sencillo traje marrón. Walter habría tenido prendas más elegantes que prestarle, pero era más alto que Bernhard y a este no le sentaba bien su ropa.
—Si hubiésemos contado con algo más de tiempo, habría podido hacer algún arreglo —se lamentó Nellie. Sabía coser. Antes de cumplir su sueño de estudiar veterinaria había asistido a una escuela de economía doméstica en Utrecht.
Pero a Maria no le importaba en absoluto cómo iba vestido su novio, aunque sin duda tomó nota de todo. Después de que transcurrieran muchos años, todavía recordaría todos los detalles de la ceremonia, pues su memoria era legendaria. Sin embargo, no se sentía segura en muchas situaciones cotidianas. Miró dubitativa a Bernhard y vaciló al poner la mano en la que él le tendía. Maria, al igual que Nellie, ya había alcanzado la mitad de la treintena, pero tenía el aspecto de una jovencita.
—¡Ya podemos empezar! —inició el capitán la ceremonia con un fuerte acento dialectal—. Algo tendré que decir, ¿no es así? —Nellie suspiró. Tal vez no debería haberle escrito solo la fórmula propia de un casamiento, sino también un discurso adecuado—. Bien, aquí tenemos a dos personas que ya no quieren navegar en solitario por la vida, sino hacerlo en compañía. No es mala idea, con solo una vela no se llega muy lejos; en cualquier caso, no a Nueva Zelanda. Y lo mejor sería que al menos uno de los dos fuese un barco de vapor…
Walter se echó a reír; Maria, atónita, levantó la vista hacia Bernhard.
—¿Es una metáfora? —preguntó.
Tendía a tomarse al pie de la letra lo que la gente le decía, pero ya había aprendido cuándo no era oportuno.
—Como dice la gente del mar: «Detrás de un marinero siempre hay una mujer fuerte…, a veces una en cada puerto…». Pero vosotros sois los dos marineros de agua dulce, y esos se mantienen fieles…, como…, como un perro. Sois veterinarios, ¿o no? Os seréis leales… Aquí no tenemos más que un gato… —El capitán Bladder se interrumpió.
Pero entonces, para sorpresa de todos, el novio tomó la palabra.
—Con el tiempo —dijo Bernhard con dulzura—, se aprende a fijar el rumbo con la luz de las estrellas y no con las luces de cualquier embarcación que pase cerca. Es lo que leí en una ocasión y he vuelto a recordarlo ahora que nos casamos en un barco. Se ajusta muy bien a nosotros, Maria, ya que tú siempre has sido mi estrella, tú me has ayudado a encontrar mi rumbo y me recogiste cuando todos me dejaron en la estacada. Te amo y te seré siempre fiel…
—¿Metáfora? —volvió a preguntar Maria.
Bernhard sonrió, luego le cogió la mano derecha con la suya izquierda y le transmitió unas señales en morse con el índice derecho, un juego que se había convertido en el código secreto de los dos. En el rostro de Maria asomó una leve sonrisa.
—Siempre hablaré solo tu idioma —tradujo Walter a Nellie. Había aprendido el alfabeto morse de niño porque su hermana estaba fascinada con ese lenguaje.
El capitán Bladder carraspeó.
—Ahora mismo podría trabajar como radiotelegrafista aquí —observó de repente en un alto alemán impecable—. ¿Puedo ahora…? —Se volvió inquisitivo hacia Nellie y los novios. Nellie asintió—. Entonces: Maria Henriette von Prednitz, si aceptas tomar por esposo al aquí presente Bernhard Benjamin Lemberger, en…, hum…, en la salud y en la enfermedad, responda usted con un sí.
—Se lo tendría que haber preguntado antes a Bernhard —señaló Maria—. Y o bien tutea o bien habla de usted.
—¡Y qué más da! —exclamó Bernhard—. Ahora di sí.
—Creo que tenemos que hacerlo bien del todo —insistió Maria.
El capitán resopló antes de continuar. Esta vez logró dominarse.
—Bernhard Benjamin Lemberger, ¿aceptas tomar por esposa a Maria Henriette von Prednitz y honrarla y amarla en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte os separe?
Maria asintió satisfecha.
—Sí —respondió Bernhard con voz firme.
Suspiró notablemente aliviado cuando también Maria contestó con un indiscutible sí después de que Bladder le hubiese planteado la pregunta.
—Entonces, como capitán de este barco y…, bueno…, en virtud de mi cargo, os declaro marido y mujer. ¡Viento en popa a toda vela! —exclamó sonriendo—. ¡Buena travesía y con un palmo de agua siempre bajo la quilla! —añadió.
—Metáforas —dijo Bernhard rodeando a Maria con un brazo y besándola con cuidado.
Nellie suspiró aliviada cuando su amiga, confiada, se estrechó contra él y le devolvió el beso.
—¡Nosotros seremos los próximos! —le susurró Walter tendiéndole uno de los vasos de aguardiente que el capitán, ya más tranquilo, llenaba una y otra vez generosamente.
Walter y Nellie eran pareja desde hacía muchos años. Se habían conocido durante la guerra, en circunstancias nada propicias. Él había llegado a Bélgica, de donde era natural Nellie, siendo oficial del ejército alemán, y había formado parte de las tropas de ocupación de la ciudad de Cortrique. Ya entonces, Nellie trabajaba de veterinaria y se encargó como tal del caballo de Walter. Ninguno de los dos hubiese creído que la relación fuera a sobrevivir a la guerra. Tras la liberación, Nellie pensaba seguir con el matrimonio de conveniencia que había contraído con su amigo de infancia Philipp. Pero este le había pedido que lo dejase marchar. Antes de la guerra había estudiado veterinaria obedeciendo al deseo de sus padres de que se ocupase de la consulta de su progenitor. Sin embargo, tenía más talento en el ámbito musical y se le había brindado la oportunidad de viajar a Estados Unidos como músico. Nellie se ocuparía de la consulta veterinaria ella sola. No obstante, el suegro de Nellie no lo aceptó y colocó en su puesto a un colega varón.
Después de aquello, Nellie se marchó a Berlín y conoció a la hermana de Walter, Maria, la primera mujer que había terminado la carrera de veterinaria en Alemania, y abrió con ella un consultorio. Unos años más tarde, se unió a ellas Bernhard, compañero de estudios de Maria, y Nellie volvió a encontrarse con Walter, quien, al terminar la contienda, había desaparecido una temporada para evitar el casamiento que sus padres le habían planeado. Desde entonces, la relación entre Nellie y Walter había sido algunas veces muy complicada, pero últimamente los unía un profundo amor.
—Pero ¿Philipp pedirá el divorcio? —preguntó inquieto Walter porque Nellie no respondió al instante.
Ella asintió.
—Seguro, he firmado todos los documentos habidos y por haber. Ahora solo es cuestión de una formalidad…
Walter hizo una mueca. Ambos sabían que no era un asunto fácil. Philipp o Phipps, como Nellie lo había llamado siempre, había aparecido en Berlín después de haber emigrado muchos años atrás. Había hecho carrera y era considerado un mago del violín en el escenario. Se había ganado de inmediato los favores de Grietje, la hija que había tenido con Nellie y cuyo talento para la música también era extraordinario, y, de haber sido por el padre y la hija, Nellie habría continuado casada con su marido y estarían viviendo juntos los tres en Estados Unidos.
Pero Nellie se había negado. Amaba su profesión de veterinaria y amaba a Walter, y ambos esperaban cumplir el sueño de emigrar gracias a una herencia que Walter había recibido hacía poco. Pero no iban a Estados Unidos, sino a Nueva Zelanda, a causa de una maravillosa coincidencia.
—¿Vamos a ver cómo está Erlkönig? —preguntó Nellie para cambiar de tema.
No le gustaba hablar de su esposo. La herida que por él le había originado la pérdida de su hija todavía estaba abierta, aunque ella había favorecido que Grietje partiera con su padre a Estados Unidos, pues allí Phipps le facilitaría una mejor formación musical. La separación definitiva entre madre e hija había resultado, no obstante, muy difícil, agravada por el hecho de que eran miles los kilómetros que las separaban. Grietje y su padre iban a vivir en Boston, y llegar allí desde Nueva Zelanda suponía dar media vuelta al mundo.
Walter asintió.
—Ya tengo mala conciencia por estar exigiéndole demasiado —admitió.
El elegante semental negro estaba instalado en un estrecho compartimento durante la travesía. El caballo de carreras había sido el factor determinante en la elección de emigrar a Nueva Zelanda. Walter lo había vendido a un criador neozelandés y había aceptado el cargo de preparador que Julius von Gerstorf le había ofrecido para facilitarle el ingreso en el nuevo país. También Nellie, Maria y Bernhard iban a ser bien recibidos en la antigua colonia británica. El país —que el estrecho de Cook dividía en la Isla Norte y la Isla Sur— sufría una gran carencia de veterinarios y, en opinión de Julius von Gerstorf, a los campesinos les daba absolutamente igual que fuera una mujer o un judío quien se ocupase de sus ovejas, vacas y caballos. En Alemania, por el contrario, cada vez era más difícil ser aceptado, en especial para Bernhard, y también el ambiente era hostil para las mujeres.
—Erlkönig no es el primer caballo que superará un viaje —opinó con serenidad Nellie—. Y ahora solo son seis semanas. Antes los caballos tenían que aguantar tres meses en los barcos de vela y todavía más cuando había calma chicha. Hiciste bien en venderlo, Walter, no le des más vueltas.
Walter asintió a disgusto. Amaba al semental con el que había ganado muchas carreras en los últimos dos años. No obstante, no se veía trabajando de jockey en el futuro. Era un jinete excelente, pero en los hipódromos cada vez se recurría con mayor frecuencia a hombres menudos y de poco peso para competir.
Bajaron por la escalera que llevaba a la bodega de carga. Allí olía a lanolina. El capitán Bladder transportaba sobre todo artículos de lujo, objetos de mudanzas o máquinas a Nueva Zelanda y Australia, y regresaba con lana. Su carguero no disponía de cámaras frigoríficas para transportar carne y tampoco cargaba con productos de ballena porque, según él mismo confesaba, no soportaba el hedor. Así que los caballos no se veían atormentados por olores desagradables o que tal vez los asustaban; solo les resultaba fastidioso el hecho de no hacer ejercicio durante semanas.
La situación no era tan difícil para Erlkönig porque a su lado había una hermosa yegua castaña. En cuanto había subido a bordo, el semental había empezado a seducirla. En ese momento, saludó a Walter y Nellie con un fuerte relincho que su nueva amiga acompañó. Nellie sacó una zanahoria del bolsillo de la falda y la repartió entre el semental y la yegua.
—Qué lástima que no pueda casarse con ella y compartir el box —comentó riendo—. Si la yegua está en celo y él no puede acercarse a ella, lo pasará fatal.
—Bah, lo superará —afirmó Walter—. En el hipódromo también había yeguas en celo. Y, cuando lleguemos…, ¡en Nueva Zelanda lo espera un paraíso en la tierra!
Erlkönig estaba destinado a cumplir sus funciones de semental de cría en Epona Station, la granja de los Von Gerstorf, donde correría en libertad por los prados acompañado de sus yeguas. En Berlín eso era inconcebible para un semental tan valioso.
Nellie se inclinó sobre el hombro de Walter.
—¿Y para nosotros? —preguntó—. ¿Crees que también será un paraíso para nosotros? Todo sonaba muy bien, pero fue tan rápido…
De hecho, habían tomado la decisión de emigrar a Nueva Zelanda en un tiempo mínimo.
Walter la besó.
—Juntos siempre hemos sido felices —le recordó—. Incluso en la guerra. Y ahora… Tenemos dinero y podemos empezar de cero otra vez. Al principio nos quedaremos un tiempo en la granja de los Von Gerstorf y luego nos iremos a la nuestra. Yo entrenaré caballos y tú tendrás tu consulta. ¿Qué puede salir mal?
Nellie lo ignoraba. Sin embargo, sabía por experiencia que su vida rara vez se desarrollaba como había planeado. Ahora quería ser optimista. ¡El nuevo país satisfaría sus expectativas!
2
Los días que siguieron fueron más turbulentos y luego llegaron a zonas más cálidas. Nellie disfrutó del sol de Tenerife, donde el barco atracó, pero Walter quería marcharse lo antes posible para no dilatar más de la cuenta el tiempo de espera del semental. Maria y Bernhard no opinaban nada al respecto. Pasaban mucho tiempo en el camarote, la joven parecía estar gozando por primera vez en su vida de la compañía de otra persona en un espacio reducido.
Nellie se esforzaba por estudiar inglés y animaba a Walter y Bernhard a que también lo hicieran. Hablaba neerlandés y francés, idioma este último que Walter también dominaba. En el periodo de la posguerra, en el despacho de un general y en el hipódromo de Berlín, a donde acudían muchos jockeys estadounidenses y británicos, también había pillado alguna palabra suelta en inglés, pero su vocabulario era demasiado escaso para residir en un país donde se hablaba ese idioma. Bernhard solo había aprendido en la escuela latín y griego. Las lenguas extranjeras le resultaban totalmente ajenas. No obstante, bebía de los labios de su profesora: Maria se había resistido a dar clases a sus amigos. Por su parte, ella leía el inglés con fluidez, pues, al haberse especializado en enfermedades de animales exóticos, había tenido que estudiar muchos libros escritos en esa lengua. Aun así, nunca la había hablado y primero tuvieron que trabajar la pronunciación. Con ayuda del primer oficial del barco, lo consiguieron en cierta medida, pero eso exigía su tiempo. Nellie estaba muy contenta de que en esa larga travesía no hubiese mucho que hacer.
Cuando por fin llegaron al puerto natural de Auckland, los meses de primavera y verano ya habían pasado, y ni prados verdes ni árboles en flor esperaban a los amigos. En Nueva Zelanda, en el otro extremo del globo terráqueo, reinaba en el mes de julio el más profundo invierno. Aunque en las planicies de la Isla Norte no nevaba, hacía frío y llovía. La isla se hallaba detrás de un telón de llovizna y niebla cuando por fin surgió a la vista. Nellie se envolvió tiritando en su abrigo de invierno.
—El país de la larga nube blanca —observó el capitán, que llevaba un impermeable forrado y largo hasta las rodillas.
—Aotearoa —añadió Maria—. Así la llamaban los primeros pobladores de la isla, los maoríes.
En algún lugar en el barco había encontrado un diccionario de la lengua maorí y, tras una primera lectura, ya se lo sabía de memoria. Siempre ocurría lo mismo.
—Sí. Kuramarotini, la primera habitante de la isla, que llegó de Hawaiki con un jefe tribal llamado Kupe, la bautizó así —explicó el primer oficial—. En cualquier caso, aquí llueve muy a menudo.
Nellie suspiró.
—Pues nos toca ver parir a las vacas en establos húmedos y fríos —murmuró—. En Bélgica era corriente… Pero da igual, mejor estar trabajando muerta de frío que no trabajar. ¿Vendrá alguien a recogernos, Walter?
Walter, que miraba tan intensamente la tierra como si pudiera levantar la nube por su propia voluntad, se encogió de hombros.
—Eso espero. En cualquier caso, se envió un radiotelegrama. Si la señora Von Gerstorf lo ha recibido, nos mandará a alguien. De algún modo habrá que transportar al semental. Supongo que en tren; hay un enlace de Auckland a Ellerslie, donde está el hipódromo. Y la granja no queda demasiado lejos de allí. Pero a lo mejor dejan que Erlkönig pase dos días primero en una cuadra de alquiler para que se recupere del viaje.
De hecho, los caballos habían superado bien la travesía. Estaban, por supuesto, inquietos y malhumorados después de tanto tiempo inmóviles. Pero no habían perdido peso ni tampoco habían sufrido cólicos u otras enfermedades.
Nellie volvió a suspirar.
—¿Significaría eso que deberíamos pasar dos días más en un hotel? Me gustaría poder llegar de una vez.
Maria movió la cabeza.
—No tendré mis muebles allí —señaló entristecida—. Así que la granja no será para mí un hogar. Todo será distinto.
Había en su voz un deje de miedo. Para Maria, los cambios eran un horror. Había amueblado el apartamento que compartía con Nellie con los muebles de su habitación de adolescente, que eran los que habría preferido llevarse en el barco a Nueva Zelanda.
—Construiremos un nuevo hogar —la consoló Bernhard—. De todos modos, ahora que somos dos habríamos necesitado muebles nuevos…
—Y mis libros… —siguió lamentándose Maria.
Desde los mamotretos de medicina hasta los libros infantiles, pasando por novelas, Maria había almacenado todo el material de lectura en su habitación.
—Empaqueté una parte —le recordó Nellie—. Y Grietje se ha llevado los libros infantiles como recuerdo. No se ha perdido nada, Maria, puedes estar tranquila. Intenta levantar esos ánimos.
Sin embargo, el único que parecía realmente contento y lleno de energía en ese lluvioso día de llegada era Walter. Parecía darle igual que el nuevo país lo recibiera con viento y nubes o con un sol resplandeciente. Lo principal para él era poner el pie en tierra y liberar de una vez por todas a Erlkönig.
Por fin apareció la escollera, que tampoco tenía un aspecto demasiado acogedor. Solo esperaban al carguero un par de camiones para transportar las mercancías. Entre ellos había un gran coche, un vehículo todoterreno con una superficie de carga abierta, un pick-up. Cuando el barco atracó, una muchacha descendió de la camioneta. A diferencia de los conductores de los demás vehículos, que se quedaron todo el tiempo posible resguardados en el interior, parecía estar impaciente por la llegada del Adelinde. Nellie se percató de que debajo del sueste con que se protegía de la lluvia asomaba un brillante cabello rojizo. La muchacha era delicada y casi desaparecía en su voluminoso abrigo encerado. Nellie calculó que debía de tener trece o catorce años. Le sonrió y la joven le devolvió la sonrisa. Tenía un rostro que recordaba al de un elfo, muy fino, una nariz pequeña y ojos grandes y redondos. Pero su sonrisa más bien era pícara, como la de un simpático duende.
En cuanto los marineros colocaron una especie de pasarela de tablas para que los pasajeros bajaran, la muchacha se acercó, y en ese momento también descendió del pick-up una mujer, la conductora. Llevaba el cabello castaño recogido formalmente en un moño, pero, al igual que la muchacha, vestía pantalones de montar, botas y un abrigo encerado, y su semejanza con la pequeña era notable.
—Es evidente que son madre e hija —opinó Nellie caminando con determinación, aunque algo escéptica con respecto a la pasarela improvisada.
No tenía vértigo, pero temía que Maria sí. Walter le tendió galantemente la mano para ayudarla. Ella le sonrió.
—Pero el caballo no puede salir por aquí —observó en ese momento la mujer—. No ha recorrido tantos kilómetros para que dejemos que se caiga ahora al agua.
La muchacha se volvió a Walter y Nellie.
—¿Son ustedes los veterinarios? —preguntó curiosa en alemán—. ¿Han traído a nuestro caballo?
—April, podrías saludarlos antes con un «buenos días» y darles la bienvenida como es debido —la reprendió la mujer y se dirigió después a Walter—: Disculpe a mi hija. Está muy contenta de tener al nuevo semental de cría y poder observar además en el futuro lo que hacen tres veterinarios, para aprender de ellos. Generalmente nos toca tratar nosotros mismos a nuestros caballos y April quiere a toda costa aprender. Ah, sí, por cierto, soy Mia von Gerstorf, ¿y ustedes son Walter y Maria von Prednitz? ¿O Bernhard Lemberger y Cornelia de Groot?
Walter le tendió la mano.
—Walter von Prednitz, encantado de conocerla, estimada señora, estimada señorita… Y esta es mi prometida, la doctora Nellie de Groot.
—Doctora Nellie, simplemente —le corrigió Nellie—. No tenemos que ser tan formales…
Mia von Gerstorf le dio la mano y le sonrió.
—Opino lo mismo —dijo alegremente—. Aquí en Nueva Zelanda enseguida se pasa al tuteo. Además de que en inglés no existe el usted…
—Salvo en inglés antiguo. —Esa era Maria. Perdía toda su timidez cuando podía compartir sus conocimientos—. El you corresponde al usted, mientras que el tú se traduce por un thou. «No matarás» sería Thou shalt not kill…
Nellie suspiró, esperando que su amiga no fuera tomada por una pedante.
—Es mi amiga Maria —la presentó—. Nuestra enciclopedia portátil y una veterinaria extraordinaria. La primera mujer que se licenció en Europa.
Mia von Gerstorf también dirigió su cálida sonrisa a Maria. No parecía haberse tomado a mal su discurso.
—Doctora Von Prednitz…
—¡Lemberger! —dijo con orgullo Maria—. Maria Lemberger. Me he casado.
—Nos hemos casado —explicó Bernhard ganándose al instante con sus hoyuelos y su cálida mirada la simpatía de Mia—. En el barco. Algo muy… singular.
Mia rio.
—¡Tienen que contármelo con todo detalle! —le pidió—. Pero ahora debemos ocuparnos del caballo. ¿Han pensado cómo descargarlo?
Walter asintió.
—Lo cargamos por una rampa que llevaba directa a la cubierta inferior. Por ahí también se descargan las maletas. Ahora mismo me ocupo de ello. Pero, luego, ¿qué hacemos? No ha traído usted ningún remolque…
Con el pesado coche de los Von Gerstorf habría sido posible tirar de un remolque en el que transportar fácilmente por carreteras normales a caballos.
Mia von Gerstorf negó con la cabeza.
—No. Tendríamos que volver a meter al pobre en otra caja. Seguro que no le gustaría. Hemos pensado que era mejor que caminara un poco. April lo llevará primero a casa de mi padre. Hay ahí una cuadra en la que podrá dormir. Y mañana se irán a casa.
Walter se quedó literalmente con la boca abierta. Miró a Mia totalmente estupefacto.
—¿Montarlo? ¿Ahora? ¿Después de haber estado tanto tiempo parado? ¿Y además una muchacha tan joven? —Negó con la cabeza—. No es posible, señora Von Gerstorf, esto…, esto no puedo admitirlo…
—Pues claro que es posible —replicó tranquilamente Mia—. Por supuesto que le flojearán algo las patas, pero April sabe mucho. Y es prudente, seguro que no le exige demasiado. Son solo algo más de cuatro kilómetros, justo el movimiento necesario después de pasar tanto tiempo en el barco.
—A lo mejor —propuso Walter— podría montarlo yo. No está…, no está acostumbrado a todo esto…
Mia frunció el ceño.
—Ha participado en carreras. Mi marido ha dicho que por media Europa, lo habrán tenido que transportar de un sitio a otro. No se asustará por una nadería.
—¡Es justo lo que ocurre! —exclamó agobiado Walter—. Es un caballo de carreras… No un caballo para damas. Y es sensible….
—Bueno, pues tendrá que perder esos hábitos con nosotros. No tratamos a nuestros caballos como si fueran de porcelana —insistió con energía Mia—. Son, sobre todo, caballos que disfrutan corriendo. Y tampoco calificaría a April de dama…
—¡Mamá! —protestó April indignada. Era evidente que le había halagado que Walter la hubiese tratado de «estimada señorita».
—En cualquier caso, no en el sentido de que necesites una silla para amazonas —suavizó la observación su madre—. Esto ya se ha superado, señor Von Prednitz, al menos aquí en Nueva Zelanda. Podría usted primero descargar a Erlkönig y así vemos cómo ha sobrevivido a la travesía.
Walter quería presentar más pretextos, pero Nellie le puso la mano en el brazo.
—Es de ellos, no te pelees —dijo en voz baja—. Tal vez sea realmente mejor no cargarlo con el peso de un jinete —se dirigió a continuación a la señora Von Gerstorf, mientras Walter se iba al carguero para ver al caballo—. A Walter no le importará llevarlo…
Mia frunció el ceño.
—¿Con este tiempo? ¿Y mañana diecisiete kilómetros hasta Epona Station? April ya lo tiene todo bajo control y no pesa prácticamente nada. Además, le gusta dormir en casa de su abuelo, mientras que sospecho que ustedes querrán marcharse enseguida a la granja. Después de un viaje tan largo, lo que más apetece es llegar por fin a la meta.
Nellie no tuvo otro remedio que darle la razón. Buscó con la mirada a Bernhard y Maria, que habían desaparecido. Era posible que estuvieran ocupados con el equipaje. A fin de cuentas, Maria estaba muy preocupada por sus cosas.
—Seguro que caben todas sus maletas en el pick-up —señaló Mia, cuando el casco del barco se abrió y se descolgó una rampa. Los marineros sacaron las primeras cajas y toneles de los almacenes y los conductores de los camiones que se atrevieron a exponerse a la lluvia fuera de sus cabinas enseguida se pusieron manos a la obra para ayudarlos. Mia saludó a un hombre con impermeable que, por lo visto, había ido a recoger a la yegua.
—¡Señor Abercrombee! ¿Está impaciente por ver a su nuevo caballo de carreras? Mi esposo se ha esforzado mucho por encontrar uno a su gusto.
El hombre sonrió y le aseguró que confiaba plenamente en el criterio de su marido.
Nellie comentó lo mucho que le gustaba la yegua y Mia enseguida la presentó como un miembro del grupo de veterinarios recién llegados. El nuevo propietario, un hombre alto y de cabellos oscuros, se tomó con calma la información.
—Me alegro —dijo—. Hasta ahora solo contábamos con un veterinario en todo Auckland, y apenas se ocupa de caballos desde que todo el mundo va en coche. Si a Melisande le ocurre algo, se la enviaré a ustedes. Pero ahora voy corriendo a sacarla del barco.
Mia tradujo sus palabras a Nellie, que estaba contenta por haber entendido el sentido general de lo que había dicho el hombre. Poco después, Bernhard y Maria salían del barco con los dos caballos y examinaban con atención que ninguno cojeara.
—Los dos se mueven de forma impecable y los tendones presentan buen aspecto, están sanos —sentenció Bernhard—. De hecho, nada se opone a que lo monten un poco. Además, la niña no pesa casi nada.
Walter lo miró molesto. Seguía considerando una locura dejar en manos de April al brioso semental. Y, sin embargo, Erlkönig estaba muy tranquilo. Después de permanecer tanto tiempo parado, estaba rígido y tenía que calentarse un poco para que su temperamento volviera a despertar. Lo mismo le sucedía a Melisande, la yegua castaña de sangre caliente. Erlkönig le lanzó un apenado relincho cuando su dueño se marchó enseguida con ella. Por lo visto, vivía en Auckland.
—¡No te preocupes, enseguida volverás a verla! —Mia von Gerstorf puso con suavidad la mano en el cuello del semental, lo acarició y luego sacó una manzana del bolsillo de su abrigo—. Toma, de bienvenida. Mañana te daremos más. ¡Qué caballo tan bonito eres!
Cogió a Walter el ronzal de la mano y sujetó ella misma al semental mientras seguía acariciándolo y mimándolo. Erlkönig parecía sentirse a gusto y la propietaria de la yeguada enseguida se ganó las simpatías de Nellie y Maria. En los últimos años habían estado trabajando de veterinarias en un hipódromo y sabían que la mayoría de los dueños y criadores de caballos únicamente veían en ellos una inversión. Solo los cuidadores, jinetes y entrenadores les dispensaban algo de cariño, pero también con estos la relación solía ser comercial. Mia, por el contrario, resplandecía de alegría al saludar al nuevo caballo y su hija hasta plantó a Erlkönig un beso en la nariz.
—¿Cómo lo llamaremos, mamá? Tiene un nombre muy raro…
Mia se echó a reír.
—Espera a que esta noche tu abuelo te busque el poema de El rey de los elfos.[1] No me extrañaría que lo supiera de memoria…
—«Quién cabalga tan tarde a través de la noche y el viento…» —empezó a recitar Maria, pero se interrumpió cuando Nellie le hizo una señal.
—¿Habéis visto las maletas, Maria? —preguntó, percatándose al mismo tiempo de que uno de los mozos las estaba descargando en ese momento.
Entretanto, April dejó espacio libre en la superficie de carga de la camioneta, sacando una voluminosa silla y un cabestro.
—¿Qué es esto? —preguntó horrorizado de nuevo Walter cuando ella se dispuso a colocar la silla sobre el lomo de Erlkönig—. Estimada señorita, por favor… El caballo está acostumbrado a la ligera silla de carreras, en cualquier caso a una silla polivalente…
—Esta es una silla australiana —le informó Mia—. Y es muy cómoda. Tanto para el caballo como para el jinete. Mire qué grande es la superficie de contacto…
—Pero… es un purasangre… —Walter miraba sin saber qué hacer cómo April le apretaba la cincha mientras hablaba suave y cariñosamente con Erlkönig. El semental se lo permitía sin oponer ninguna resistencia.
—Esta silla les va bien a todos nuestros purasangres —insistió Mia—. No tenga miedo, también contamos con sillas de doma. Mi marido y yo las preferimos cuando trabajamos con los caballos. Por el contrario, para distancias largas son más agradables las sillas australianas. No es tan fácil caerse de ellas. —Sonrió a su hija, que acababa de poner el bocado y estaba a punto de montar.
—Permita al menos que la ayude, estimada señorita… —Walter se acercó al caballo.
April soltó una risita y levantó con afectación la pierna para que la lanzara sobre el caballo como un jockey. Se deslizó ágilmente sobre la silla, pero Erlkönig se asustó un poco y dio un salto lateral.
—¡Uy! —April rio. Y enseguida se enderezó en la silla, tomó las riendas con suavidad y chasqueó suavemente la lengua—. En marcha, bonito. ¡Nos vemos mañana, mamá!
Para asombro de Walter, el caballo se puso al paso y se dejó conducir por la calle en dirección a la ciudad.
—¿No los seguimos? —preguntó Walter cuando Mia despidió a su hija con la mano y luego indicó al mozo que dejara los equipajes en la camioneta.
—No, ¿por qué? —preguntó Mia.
Nellie sonrió y volvió a poner la mano sobre el brazo de Walter.
—No te angusties —intentó tranquilizarlo—. Estamos en otro país. Aquí la gente es más flexible. Es justo lo que nosotros deseábamos.
—Pero el tráfico… —replicó Walter.
—Esto no es Berlín —lo sosegó también Bernhard—. No te preocupes, seguro que la pequeña meterá a tu bebé en la cama sin el menor problema. Y, ahora, me gustaría resguardarme de la lluvia.
Mia le sonrió comprensiva.
—Deben conseguir unos impermeables —les aconsejó—. Y sombreros para protegerse de la lluvia. Es probable que estén acostumbrados a que en Alemania metan a los animales en el establo cuando acude el veterinario, pero aquí suelen tratarlos en el pastizal. En las granjas son todavía algo primitivos. Pero ahora los llevo a Epona Station. En nuestra casa, todo es muy moderno…
Walter, Bernhard y Nellie dejaron que Maria, que soportaba mal estar apretujada entre otras personas, se sentara delante junto a la conductora, y ellos se instalaron en el asiento trasero. En contra de lo esperado, el vehículo era muy amplio, aunque olía a perro mojado y cuero. Nada que ver con los taxis berlineses ni con el gran coche de la mecenas de Walter, la condesa Von Albrechts, con quien él solía salir de paseo.
—¿Saben ustedes conducir? —preguntó Mia, mientras sacaba el enorme vehículo de la zona portuaria.
Los cuatro tuvieron que admitir que no. Solo Walter se había sentado una o dos veces ante el volante para hacer una prueba, pero no se había atrevido a circular por Berlín.
—Tendrán que aprender —advirtió Mia—. Aquí las distancias son grandes y necesitan coche. Pero no es difícil —añadió—. No tanto como montar a caballo.
Nellie y Walter rieron el chiste y Maria se quedó sin comprender.
—Montar a caballo es muy difícil —convino—. Y los caballos se alteran con facilidad, son muy sensibles. ¿Tiene otros animales también en la granja?
—Maria es especialista en animales exóticos —explicó Nellie—. Si tienen también canguros o koalas…
Mia von Gerstorf se echó a reír.
—Todavía no saben demasiado sobre su nuevo hogar —comentó—. Los canguros y koalas son de Australia. En Nueva Zelanda no había en un principio ni mamíferos ni marsupiales… —Nellie admiró su fina intuición. Si Maria no hubiese estado allí para corregirla, no habría mencionado también a los marsupiales—. Solo distintos tipos de murciélagos. Por lo demás, aquí abundan sobre todo las aves…, algunas muy divertidas. El kiwi, el ave de nuestro escudo, es casi ciega, pero a cambio tiene olfato. Es noctámbula y durante el día se entierra. Los keas…
—Son loros —completó Maria la frase—. Viven en zonas donde nieva, lo que es inusual. Pero provienen de los Alpes de la Isla Sur, ¿verdad?
Mia asintió.
—Son muy inteligentes y divertidos. Has de estar siempre atento para que no se apropien de nada. Hasta consiguen abrir los cierres de los bolsos. Son mis aves favoritas. Pero no tenemos ninguna. Solo un par de gallinas. No me gustan las jaulas.
—¿A quién le gustan? —preguntó Bernhard—. ¿Y qué ocurre con perros y gatos?
Mia rio.
—Tenemos. Pero están todos escandalosamente mimados. Me encanta que los animales sean felices. También los caballos. Me encantaría hacerlos a todos felices. Y lloro cada vez que tenemos que vender uno. Pero no nos queda otra solución, vivimos de ello. Sin embargo, los educamos a todos bien y no se los vendemos a cualquiera. La gente tiene que estar satisfecha con nuestros ejemplares. Cuando es así, también los tratan bien.
Nellie encontró que era una filosofía muy afable. En ese momento ya sabía que se iba a llevar bien con Mia.
Mia dirigió la camioneta fuera del área urbana de Auckland y tomó una carretera relativamente recta entre prados y campos de cultivo.
—Dentro de poco empezarán las curvas —comunicó—. Epona Station se encuentra en las estribaciones de la cordillera de Waitakere, un fantástico territorio donde cabalgar. Bosque pluvial. La primera vez que lo ves te fascina. Todos esos líquenes y musgos, los árboles antiquísimos…, además de los arroyos y cascadas… Es como estar en un cuento de hadas. Se lo tengo que enseñar. ¿Montan todos a caballos?
De hecho, solo montaban Walter y Nellie. Ya de niña, Maria demostró ser muy torpe para aprender equitación y la familia de Bernhard no se pudo permitir un deporte así.
—Entonces, aprenderán todavía más deprisa a conducir —los consoló Mia—. Es su única posibilidad de llegar a algún sitio. Miren allí, es Onehunga. —Cruzó una pequeña población que a primera vista solo parecía consistir en una calle mayor, pero Mia les contó que también había fábricas, así como los asentamientos de los obreros que trabajaban allí y un barrio habitado sobre todo por maoríes—. Y también hay varias iglesias —añadió—. Si son ustedes creyentes, seguro que encuentran alguna que les convenga. Pero no hay sinagogas. Aunque, si les soy sincera, nunca las he echado de menos.
Bernhard tomó nota.
—Usted…, ¿usted es judía? —preguntó atónito.
—Mi padre y yo —respondió Mia—. Y por supuesto April y Jonathan, nuestro hijo. Pues…
—Es judío quien nace de una judía —concluyó Bernhard—. No…, no lo habría imaginado jamás… —Tenía la sensación de quitarse un enorme peso de encima.
—También usted es judío, ¿verdad? —pregunto Mia como de paso—. Algo me comentó mi marido. Y que en Alemania cada vez nos lo ponen más difícil. Mi padre lleva años prediciendo desgracias allí. Teme que en algún momento ese Hitler tome el poder. Pero a mí me resulta inimaginable. Aquí, miren. A partir de este punto, el terreno pertenece oficialmente a Epona Station. En el bosque hemos obtenido la madera para los establos. Enseguida verán el rótulo de entrada…
Pasó por alto que Bernhard y ella misma fueran judíos, como si eso no contara para nada.
Nellie se percató de que Bernhard se sentía infinitamente aliviado. En ese país nunca más volvería a tener miedo.
3
Mia cruzó un bonito portal de hierro forjado que daba la bienvenida a los visitantes de Epona Station.
—¿El nombre es maorí? —preguntó Nellie.
Ambas, Mia y Maria, negaron con la cabeza. También Bernhard y Walter parecían saber la respuesta.
—Es una diosa —contestó Walter recordando lo que había aprendido en el bachillerato—. La diosa romana de los caballos.
—En realidad, es más bien celta —explicó Mia—. Los celtas la llamaban Rhiannon, pero los romanos la encontraron útil y le abrieron las puertas del Olimpo. A lo mejor también los griegos, antes. En cualquier caso, es responsable de la suerte de los caballos y me pareció un buen nombre.
A derecha e izquierda del cuidado acceso, se veían ahora las dehesas para los caballos, provistas de vallas blancas, aunque en esa época del año, pleno invierno, estaban, naturalmente, vacías.
—Lástima que no hayan llegado en primavera —se lamentó Mia—. Esto está muy bonito en esa época. En especial cuando llegan los potrillos… —Sonrió de felicidad al evocar el recuerdo—. Y desde aquí se ve también la casa.
Seguía lloviendo, pero ese tiempo brumoso daba un aspecto aún más mágico a la mansión de Epona Station que bajo un sol radiante. No era una granja en el sentido habitual, sino más bien semejaba un palacete con sus voladizos, balcones y torrecillas. El amarillo y el azul claro con que estaba pintada reforzaban todavía más esa impresión.
—Qué bonito —dijo Maria casi con devoción.
Mia resplandeció.
—Sí, ¿verdad? Yo también me quedé fascinada la primera vez que la vi. Aunque precisa de muchos cuidados. Es un edificio de madera y hay que pintarlo cada dos años para mantenerlo en buen estado. Pero vale la pena, ¿verdad?
Nellie no estaba segura. De hecho, prefería edificios funcionales. Epona Station era, por descontado, algo especial, como su propietaria, la reina de ese palacete. Nellie se sentía realmente transportada a un país fantástico. Se alegró de que la realidad volviera a triunfar cuando llegó a la granja. Los perros ladraban y casi saltaban unos encima de los otros para saludar a Mia. En los corrales, delante de las cuadras, había caballos que seguramente eran muy bonitos, algo que solo se podía intuir en su estado actual, con el pelaje de invierno hirsuto, húmedo y con barro. Un joven larguirucho, de rasgos exóticos, sacaba en ese momento a un caballo ensillado del establo.
—¿Vas a montarlo con este tiempo, Cedric? —le preguntó cariñosamente Mia—. Eso es poner mucho celo en cumplir con tus obligaciones.
Nellie se sintió orgullosa por haber entendido la pregunta. Sin embargo, Maria tuvo que traducir la respuesta del joven.
—April monta con viento y lluvia —dijo Cedric—. Y Winterstar tiene que salir. Había pensado ir al encuentro de April. Traerá al semental, ¿no?
El joven mostró cierta decepción cuando Mia le comunicó que no esperaba a su hija hasta el día siguiente.
—Tras el largo viaje habría sido exigir demasiado al caballo. Y además con este tiempo…
—A April no le importa —aseguró el joven, con un tono de admiración en su voz—. ¡April es fuerte!
Mia sonrió.
—No me cabe la menor duda. ¿Dónde está Jonathan? ¿Ha trabajado con su poni?
Cedric hizo una mueca.
—Diez minutos como mucho —contestó—. Luego le pareció que llovía demasiado. Y a Hurricane también. Levantó la cabeza y corrió a la cuadra. Después, Jonathan lo desensilló…
Mia suspiró. Incluso quien no sabía inglés percibía el tono de reproche en la voz de Cedric. Si realmente el poni se había escapado, él no lo habría dejado en absoluto en el establo, sino que lo habría conducido de nuevo a la pista y habría trabajado con él al menos un cuarto de hora. Los caballos se daban perfectamente cuenta de cuando alguien toleraba sus caprichos.
—Mañana los reñiré a los dos —prometió Mia—. Y ahora es mejor que montes antes de que la silla esté completamente mojada y se te resfríe el trasero.
El chico sonrió cuando subió al caballo y puso en movimiento a la yegua alazana purasangre.
—Cedric es el hijo de Leo, nuestro primer mozo de cuadra —lo presentó a los recién llegados—. Un jinete genial, le dará clases junto con mi hija, señor Von Prednitz. Espera poder competir el año que viene, pero todavía no sé si enviaremos caballos a Ellerslie. En cualquier caso, aún necesita unos últimos retoques, al igual que April…
Walter carraspeó.
—¿Se puede… averiguar de algún modo si su hija y Erlkönig han llegado bien? —preguntó.
Mia se echó a reír.
—Luego llamaré a mi padre —prometió—. ¿Qué es lo que más le preocupa, mi hija o el caballo?
Walter se ruborizó.
—Naturalmente…, bueno…
Mia hizo un gesto con la mano y le guiñó el ojo.
—No se apure, yo también deseo saber antes de nada que mis caballos están bien… Y ahora otro tema. ¿Quieren que les haga una visita guiada por los establos o prefieren ir a sus alojamientos para refrescarse un poco? Dentro de una hora larga los espero para cenar, entonces también conocerán a mi hijo. A lo mejor desean descansar un poco antes.
Nellie tomó la palabra antes de que Walter pudiese decir algo.
—Bien, si no le molesta, preferiríamos ver los caballos mañana. Yo necesitaría un poco de descanso. Sueño con darme un baño. —Sonrió disculpándose.
Mia asintió.
—Disponen de un cuarto de baño y también de agua caliente. Lo único es que tiene que compartirlo con sus amigos. Está entre las dos casas de invitados. Esperen, voy a enseñárselo todo.
Condujo a los cuatro hacia un edificio adyacente de una sola planta, en el que antes se instalaban los empleados del criadero. En la actualidad, estos se marchaban a sus casas. Solo Hans Willermann, el caballerizo, vivía en Epona Station, pero se había construido su propia cabaña de madera cerca del bosque.
—Hemos acondicionado las viviendas y las utilizamos para alojar a los invitados —explicó Mia—. Cuando vienen a comprar caballos, les pedimos que se queden un par de días para conocer con calma a los animales. Tenemos que ofrecerles un poco de lujo.
En efecto, cada vivienda se componía de tres habitaciones, en una de las cuales se podía cocinar. Entre las dos habían construido un baño moderno con calefacción de gas. Junto a la bañera había una gran botella de espuma de baño. Nellie resplandeció al verla.
—¡Esto es el cielo! —exclamó con un suspiro.
—¿Les gusta? —preguntó Mia amablemente, cuando Nellie y Maria enseguida se pusieron de acuerdo en que Maria y Bernhard ocuparían la vivienda de la izquierda y Nellie y Walter la de la derecha. En Berlín, Nellie también se había instalado a la derecha del cuarto de baño y Maria a la izquierda. A los hombres les daba igual. Se sometieron a la elección de sus mujeres y salieron en busca del equipaje—. Entonces, los dejo solos por ahora. Vengan a la casa principal a las siete. ¡Me alegro de que estén aquí!
Nellie y Maria permanecieron en el pasillo de delante del baño y las dos suspiraron con alivio. Habían llegado y estaban solas. Maria disfrutaba del silencio. También Nellie permaneció un rato callada antes de hablar.
—La señora Von Gerstorf es amable, ¿no? —preguntó a su amiga.
Maria asintió.
—Aquí todo es… bonito —añadió, lo que en cierta medida sorprendió a Nellie. No era frecuente que Maria se sintiera bien al llegar por vez primera a un lugar—. Muy… tranquilo…
—Al menos a primera vista —puntualizó Nellie—. La jovencita también me ha gustado. Es igual que su madre, aunque… Hay algo que me ha extrañado. No sé qué es…
—Que sea pelirroja —indicó Maria, a quien no se le escapaba ningún detalle—. Mia von Gerstorf tiene el cabello castaño y Julius von Gerstorf es rubio. En una unión así, suele imponerse el cabello más oscuro. En cambio, los descendientes pelirrojos son escasos. Podría ser que ambos fueran hijos de padres pelirrojos y pertenezcan al reducido porcentaje de niños que desarrollan por sí mismos otro color de cabello. Pero es poco probable.
—¿Supones que April no es hija de Julius? —concluyó Nellie.
—Estadísticamente, su paternidad es muy poco probable —confirmó Maria.
—¿Lo sabrá? —pensó Nellie—. Tengo curiosidad por conocer al hijo y ver si también es pelirrojo. Pero en principio me da igual. ¿Quieres ir al baño antes de que llene la bañera y me sumerja en el perfume de rosas?
Una hora más tarde, todos se habían aseado y cambiado de ropa, y se presentaron formalmente vestidos en la entrada del palacete. Epona Station era como la copia en miniatura de una casa señorial. En la planta baja había un salón y un comedor, así como la cocina y una despensa. La puerta de la cocina estaba abierta, al parecer Mia von Gerstorf no ponía un límite estricto entre las dependencias de los señores y las del servicio.
Una mujer rolliza y de aspecto bonachón trajinaba en la cocina.
—¡La señora Mia enseguida vendrá! —informó a los invitados tras recibirlos con un breve saludo—. Pónganse cómodos en el salón.
Nellie abrió la puerta de la sala de estar con cierta vacilación. Lo primero que la impactó fue la gran cantidad de estanterías llenas de libros. Había cientos de obras de los temas más diversos. La mayoría escritas en alemán.
—Madre mía —exclamó Bernhard—. ¿Quién tiene tantos libros?
—Mi abuelo —contestó para sorpresa general una voz clara desde un sillón de orejas que estaba junto a la chimenea. El niño al que pertenecía la voz, con pantalón de paño y jersey de lana, se levantó y tendió educadamente la mano a los recién llegados—. Mi abuelo es el hombre más inteligente del mundo entero. Ha reunido todos estos libros y nos los ha enviado.
Nellie sonrió al niño.
—Entonces tú eres Jonathan.
El niño asintió con seriedad. Debía de tener ocho o nueve años, el cabello castaño y los ojos color avellana. Un rizo le colgaba rebelde sobre la frente. No podía ocultar su parentesco con Julius von Gerstorf. Naturalmente, sus rasgos todavía eran infantiles, pero le faltaba ese toque travieso propio de Mia y April, y tampoco parecía sonreír tan a menudo.
—Jonathan von Gerstorf —se presentó formalmente.
Maria evitó el apretón de manos, como siempre que era posible, y cogió en cambio el libro que el niño estaba leyendo: Historia de la alquimia.
—¿Quieres hacer oro? —preguntó sonriendo Bernhard.
Jonathan negó con la cabeza.
—No. La opinión de que los alquimistas medievales se afanaban sobre todo en convertir metales de poco valor en oro es errónea. En igual medida, como mínimo se esforzaban por descubrir un remedio universal que sirviera para combatir todas las enfermedades…
—Y, de ese modo, la alquimia sentó las bases de la ciencia moderna. Medicina, farmacia y metalurgia —añadió Maria—. Paracelso…
La llegada de Mia von Gerstorf interrumpió el discurso.
—Perdonen el retraso —se disculpó.
También ella se había cambiado y llevaba un vestido a la moda de terciopelo dorado cuyo color subrayaba sus luminosos ojos. Era muestra de un gusto excelente, a un mismo tiempo selecto y sencillo, conforme a una cena informal.
—Espero que mi hijo los haya entretenido un poco en mi ausencia —dijo Mia, rodeando al niño con el brazo. Él se estrechó casi imperceptiblemente contra ella—. Jonathan es muy inteligente para su edad.
El chico sonrió cohibido.
—Pero hoy el poni se me ha escapado —confesó a su madre.
Mia se encogió de hombros.
—Hurricane es un fresco —respondió ella con despreocupación—. Pronto te enseñarán cómo tratarlo. El señor Von Prednitz os dará a todos clases de equitación y enseguida te desenvolverás mejor con él. ¿Les apetece un jerez antes de comer? —preguntó volviéndose a sus invitados y desviando así hábilmente su atención para que no percibieran que Jonathan no mostraba ningún entusiasmo por las clases de equitación.
Mia también demostró ser una anfitriona magnífica. Preguntó a las veterinarias acerca de su carrera e incluso consiguió que Maria hablase abiertamente de sus experiencias como veterinaria en el zoológico y luego con los distintos animales de las estrellas de las revistas de variedades de Berlín. Aceptó con toda naturalidad que ni Maria ni Nellie comieran carne y expresó su admiración por esta última, quien había trabajado varios años en un matadero para salvar el periodo de construcción del consultorio de Berlín.
—Yo no podría —dijo con sinceridad—. Nosotros adquirimos la carne de los campesinos de los alrededores, que se encargan personalmente de la matanza, pero, si tuviera que presenciarla, tampoco comería carne. Al principio de todo, Hans le cortó la cabeza a uno de nuestros pollos… No logré ni tocar el asado.
—Es posible que esto le pasara a mucha gente —opinó Nellie, y cambió de tema. Se refirió jovialmente al Berlín de los años veinte.
—Qué pena que April no la oiga —se lamentó Mia—. Las chicas de la escuela no dejan de hablar del charlestón, pero aquí ninguna lo baila bien. Van dando brincos a su manera por todos lados.
—Puedo enseñarle a bailar el charlestón —se ofreció Walter.
—Después de la guerra, mi marido trabajó un tiempo como acompañante de baile —desveló Nellie con una expresión impenetrable. Ese trabajo no la había entusiasmado.
A continuación, Walter tuvo que hablar de ese peculiar oficio, Mia le pidió que abriera otra botella de vino y al final de la velada todos se habían puesto de acuerdo en llamarse en adelante por el nombre de pila, como era usual en los países de lengua inglesa.
—Una noche preciosa —resumió Nellie cuando volvieron a sus alojamientos, muertos de cansancio, pero muy satisfechos—. Tengo curiosidad por saber cómo irá todo.
4
A la mañana siguiente, Nellie se despertó de un humor estupendo y llena de energía. Ese día no llovía. La niebla se había disipado y todo presentaba un aspecto más acogedor. Walter ya se había levantado y estaba en el baño. Estaba deseoso de conocer los caballos de los Von Gerstorf e impaciente por ir a las cuadras. Más tarde, cuando Nellie se reunió con él, se encontraba inmerso en una animada conversación profesional con Hans Willermann. El caballerizo, un hombre bajito y flaco, con ojos de un azul acuoso, había sido mozo de Julius von Gerstorf cuando este todavía servía en la escuela de equitación de Hannover. Tras enterarse del pasado en el ejército de Walter, enseguida se dirigió a él con un «señor teniente».
—No le digas que en realidad eras teniente coronel —le susurró Nellie a Walter cuando Hans entró en las cuadras—. De lo contrario tendremos aquí un problema de rangos. —Julius von Gerstorf había dejado el ejército siendo teniente.
Walter le guiñó un ojo.
—No insistiré —prometió.
Las cuadras de Epona Station eran amplias y estaban bien cuidadas. Yeguas y potros tenían corrales en los que podían vivir en grupo. Hans explicó que se trataba de cobertizos de esquiladores de ovejas que se habían rehabilitado. Solo los caballos de paseo y los sementales de cría estaban en unos boxes grandes. Un poni tordo apenas si alcanzaba a ver por encima de la pared de su box. Nellie miró embelesada sus crines espesas, su preciosa cabeza y su perfecta constitución de caballo de carreras.
—Hurricane —lo presentó Hans—. Un poni galés. Sus padres eran de Gran Bretaña. El señor teniente compró la madre para April cuando todavía era pequeña. Y luego a la señora Mia se le ocurrió la idea de que podía criarlos aquí. Tenemos dos yeguas de cría y cada año potros. Antes, April los montaba con tres años, luego se vendían como monturas para niños. Ahora debería encargarse Jonathan de ello, pero a él no le gusta. Sin embargo, se gana mucho dinero con estos caballos. Hay pocos ponis para niños que estén bien domados.
Walter asintió.
—A ver si el pequeño Jonathan se anima después de recibir las lecciones adecuadas —dijo esperanzado.
Hans lo miró escéptico. Era imposible que el niño no hubiese recibido una buena formación, pues Von Gerstorf era soldado de caballería. Pero a muchos niños les costaba tener a sus padres de profesores. Con algo de suerte, Walter conseguiría salir airoso.
Ya habían preparado un box para Erlkönig, lo que recordó a Walter que era probable que April ya estuviera de camino con el semental. La tarde anterior había llegado bien a la casa de su abuelo, pero ahora emprendía un trayecto más largo con el caballo más descansado. Walter empezó a preocuparse de nuevo.
Mientras Hans contaba algo de cada yegua y cada potro, entró Leo Takona, el primer cuidador. Era un hombre alto, algo robusto, que llevaba plasmados en su rostro sus orígenes maoríes, pero hablaba un inglés tan fluido como su hijo e incluso un poco de alemán. Hans se enorgulleció cuando el recién llegado lo saludó en su idioma.
—Se lo he enseñado yo —explicó—. No me apaño bien con el inglés.
En ese momento, Cedric se asomó por la entrada de la cuadra.
—¿Tú también trabajas aquí? —preguntó Nellie hablando con cuidado en inglés.
El chico negó con la cabeza.
—No, señora. Voy a la escuela, en Auckland, como April. Pero hoy es sábado y tenemos fiesta.
Nellie no era consciente de en qué día de la semana vivía. Observó que padre e hijo enseguida cogían los rastrillos y se ponían a limpiar las cuadras.
—Ah, sí, la señora Mia dice que vayan a desayunar a la casa —se acordó de golpe el joven, dirigiéndose a Nellie y Walter—. Los otros veterinarios ya están allí.
Hans sonrió.
—Váyanse entonces. La señora Mia enseguida les hará una visita guiada por las cuadras. Con mucho amor. Dura el triple. Es una joya, nuestra señora Mia. Si quieren saber mi opinión, en lo que respecta a conocimiento de caballos le da mil vueltas a la Baronesa.
—¿A la Baronesa? —preguntó Nellie, cuando Walter y ella emprendieron el camino a la casa—. ¿Quién será? Me sabe un poco mal que vuelvan a invitarnos ahora al desayuno… Ya podemos ocuparnos de nosotros mismos. En cuanto hayamos comprado, lo haremos.
En casa de los Von Gerstorf se desayunaba en la mesa de la cocina. La cocinera servía los huevos fritos y las tostadas directos al plato.
Maria y Bernhard ya estaban tomando café y té al tiempo que estudiaban unos catálogos de instrumental para veterinarios.
—Necesitáis un equipo básico —indicó Mia después de saludar a Walter y Nellie.
Nellie hojeó el catálogo y vio que Maria no solo había marcado vendajes, gasas hidrófilas, grapadoras e instrumental quirúrgico, sino también una mesa de curas y jaulas para animales pequeños.
—¿Quieres montar también una consulta para animales pequeños además de aprender a conducir?
Maria asintió.
—Con el dinero que ganó Bernhard —respondió.
Poco antes de marcharse de Alemania, Bernhard había apostado todo su dinero a que Erlkönig ganaría una carrera y multiplicado con ello su fortuna.
—Es posible que aquí no haya trabajo suficiente para tres veterinarios de animales grandes —añadió Bernhard—, además de que necesitaremos tres vehículos. Mientras que, si abrimos una consulta de animales pequeños, la gente nos traerá perros y gatos. Mia es tan amable que pondrá un espacio a nuestra disposición y Maria no tendrá que salir de aquí cada día…
A Maria no le gustaba realizar consultas a domicilio. En Berlín solían ocuparse de ellas Bernhard o Nellie. Si los cuidadores de caballos solicitaban expresamente a Maria, uno de ellos la acompañaba.
—También les irá bien a nuestros animales pequeños —dijo Mia. Le brillaron los ojos cuando Jonathan entró en la cocina—. ¡Jonathan! —Le sonrió—. ¿Has dormido bien? ¿Estás preparado para la clase de equitación?
El niño se mordisqueó el labio.
—¿No querías enseñar los establos a la señora Nellie, a la señora Maria, al señor Bernhard y al señor Walter? —preguntó.
Mia rio y le alborotó los rizos castaños.
—Y, mientras los llevo a dar una vuelta, puedes ir ensillando a Hurricane. ¡No hay peros que valgan! ¡Vamos a bajarle los humos a ese fresco!
—Deberíamos ir también a la farmacia… —señaló Bernhard—. Lo mejor sería hoy mismo, ya que mañana estará cerrada. Y en caso de que el fin de semana haya una urgencia…
Mia, que estaba untando con miel una rebanada para su hijo, asintió.
—Podéis coger la camioneta cuando queráis, hoy no la necesito —contestó, hasta que de repente recordó que ninguno sabía conducir—. A lo mejor Cedric puede enseñaros a conducir.
—¿Cedric ya lleva coche? —preguntó sorprendida Nellie.
—Claro. Tiene quince años. —Era evidente que para Mia resultaba totalmente normal dejarle coger el volante—. De lo contrario tendríamos que llevar cada día a los niños a la escuela. Onehunga no tiene instituto de secundaria. Quien quiere asistir a uno tiene que ir a Auckland. Y, por desgracia, allí solo hay tres alumnos de esta zona desde que comenzó el año…
—¡Pronto serán cuatro! —puntualizó Jonathan con un deje de orgullo.
Mia asintió.
—Bueno, todavía falta bastante —advirtió a su hijo. Y se volvió hacia Nellie—. Jonathan ha saltado dos cursos y quisiera ir al instituto hoy antes que mañana. Está impaciente. Mi inteligente hijito quiere alzar el vuelo. Casi me da miedo.
Jonathan se rio con picardía, mostrando por primera vez el parentesco con su madre. Luego explicó con todo detalle cómo se organizaba la marcha a la escuela de los niños: cada mañana, Cedric llevaba a su padre Leo a Epona Station, ahí recogía a April y la conducía a la escuela de Auckland. Llevaba el coche de su padre, que era igual de grande pero mucho más viejo y abollado que la camioneta de los Von Gerstorf.
—¿Y el tercer alumno? —preguntó Maria.
—Ah, Alex… —contestó Jonathan con desagrado—. Él también va en ocasiones con ellos. Cuando sus padres necesitan el coche. La mayoría de las veces se marcha por su cuenta.
Parecía que el tercer alumno del instituto no gozaba de gran estima.
—Ahora no te metas con él y vente con nosotros a la cuadra —lo amonestó su madre—. ¿Habéis acabado todos? Entonces ¡bienvenidos al criadero de caballos de Epona Station!
Mia tenía, en efecto, una historia que contar de cada uno de sus caballos. La mayoría de las sin excepción preciosas yeguas de cría habían nacido en Epona Station.
—Por eso necesitamos un nuevo semental —explicó—. Una gran parte de las yeguas están emparentadas con Northern Star y Magic Moon. —Acarició a un maravilloso purasangre de un castaño rojizo, al lado del cual había un ejemplar de capa negra igual de hermoso. Ya no eran jóvenes.
—Pero ¿no criais sobre todo caballos de carreras? —preguntó Bernhard.
Mia hizo un gesto de negación.
—No. Sobre todo caballos de paseo con un elevado porcentaje de purasangre, aunque cada año tenemos uno o dos potros purasangres. En tal caso, debemos decidir si cuentan con potencial suficiente para mandarlos al hipódromo o si es mejor domarlos y ofrecerlos como caballos para amazonas o también para participar en cacerías. Julius es en esto muy severo, solo envía a las carreras caballos que ganan a los de Willie. Una antigua rivalidad… —Esbozó una sonrisa algo torcida.
—¿Willie es Wilhelmina Rawlings? —preguntó Walter.
Le había pedido información detallada a Julius von Gerstorf acerca de si había otras granjas de caballos más grandes en los alrededores de Epona Station.
—¿De Baroness Stud? —intervino Maria—. En…, en nuestra habitación había un programa del hipódromo de Ellerslie. He leído el nombre.
Mia asintió.
—Exacto. La marca del hierro es una pequeña corona… Y los caballos tienen realmente mucho éxito. No obstante, también sufre a veces unas derrotas espectaculares. Es porque… ¡Pero dejémoslo! Es mejor que os presente a nuestros caballos más antiguos. Medea y Valerie llegaron con Julius y conmigo a Nueva Zelanda. Allerliebste fue un regalo de bodas. Y Medea nos unió a Julius y a mí…
Contó que su padre se la había comprado en la finca de los Von Gerstorf, en Hannover. Julius había seguido preparando a la yegua y Mia y él habían ido intimando.
—Estos dos son descendientes de Medea y Magic Moon —prosiguió, señalando un corral que compartían las dos yeguas, cuando Jonathan apareció en la entrada del antes cobertizo de esquiladores tirando con la mano de un Hurricane ensillado. El pequeño semental relinchó ansioso a las yeguas.
Jonathan intentó reñirlo sin mucha convicción.
—Hasta aquí he llegado —dijo como si fueran a darle una paliza, cuando no a ejecutarlo.
—¡Voy! —contestó Mia, terminando así su paseo—. Podéis practicar con el coche. Se lo diré a Cedric camino de la pista.
Aunque a Walter le habría gustado experimentar sus habilidades de conductor con la camioneta de los Von Gerstorf, estaba todavía más interesado en saber lo que Mia iba a enseñar a su hijo en la pista. Así que los siguió a los dos al cuadrilongo, una instalación cuidada y con las generosas medidas de treinta por sesenta metros. En Hannover las pistas también eran así de grandes, pero en los hipódromos los cuadriláteros solían ser más pequeños. Walter pensó que, en un país donde llovía tanto, no estaría mal invertir en una instalación cubierta. Cuando llegara el momento de construir su propia cuadra, hablaría de ello con Nellie.
Mia, en pantalones de montar como el día anterior, dejó que su hijo pusiera el poni al paso primero y situó el ejercicio en la mitad de la pista alejada de la entrada del cuadrilongo. Hurricane enseguida empezó a fijar la vista en la salida y a intentar dirigirse hacia allí.
—Debes llevarle la contraria al instante —le aconsejó Mia—. La rienda exterior y el muslo interior. Y mantenlo ocupado. Haz un par de figuras, cambia de mano… No ha de tener la oportunidad de que se le ocurra hacer una tontería.
A Walter le gustó excepcionalmente el poni ensillado. Hurricane estaba muy bien musculado y sabía a la perfección lo que debía o no debía hacer. Parecía divertirle poner a prueba a su jinete, aunque era obediente cuando Jonathan seguía las indicaciones de su madre. Pero, a la que el niño se despistaba un momento, el pequeño semental se marchaba hacia la salida. Walter se imaginaba muy bien lo que sucedía cuando Mia no estaba en el centro y no recordaba a su hijo cómo utilizar las ayudas. Jonathan no montaba mal, pero no ponía corazón.
Cuando Mia por fin le indicó que galopase, ocurrió. En el patio se oyó el sonido de unos cascos —alguien debía de estar yéndose a caballo—, Jonathan volvió la cabeza hacia allí y dejó de presionar con el muslo para controlar los cuartos traseros, así que Hurricane giró sobre el pie posterior como una pelota de goma al rebotar y escapó en dirección a la salida. Walter no fue lo suficientemente rápido para detenerlo y el poni ya hacía tiempo que no hacía caso de las ayudas de Jonathan. Pero, antes de que Mia y Walter llegaran al patio, oyeron chillidos, golpes de cascos y la voz furibunda de una muchacha.
—¡Jonathan, atontado! ¿Es que no puedes aprender de una vez a frenarlo? ¡Y tú lárgate, Hurry! ¡Erlkönig es demasiado alto para ti, no puedes luchar con él!
Y eso era precisamente lo que pretendía el caballito tordo. Con su desamparado jinete sobre el lomo, atacaba al semental. April estaba sentada sobre el gran caballo negro e intentaba controlarlo cuando se levantaba y coceaba. La muchacha lo hacía con mucha destreza, pero el poni insistía. Cuando Erlkönig se separaba de él de mala gana, el pequeño lo seguía y le mordía el trasero. Walter por fin consiguió alcanzar al poni, cogió decidido las riendas de Hurricane y alejó a ese iracundo pequeñajo del ejemplar de carreras. Erlkönig se tranquilizó al instante. El ataque
