Prólogo
Cuando parece que ya no hay salida
Te-lo-dije. Qué tres palabras más ácidas. Las escupimos, casi como si fueran bilis. Pero, a la vez, qué satisfacción nos producen. «Yo tenía razón», «ya lo sabía yo». Da igual que esas palabras no se puedan lanzar más que en un contexto en el que alguien está pasando por un mal trago. El gustillo que nos dejan en el paladar del yo es más intenso que el del amargor de un café de especialidad en el barrio más gentrificado de tu ciudad.
Podríamos decir que no siempre queremos que al otro le vaya bien. La envidia, los celos y la inquina son siempre buenos catalizadores de esas frases que se alegran del mal ajeno. Pero no siempre se las soltamos a quienes no queremos. De hecho, el «ya te lo dije» no es más que el hijo putativo de un consejo que intenta señalarle el buen camino al otro.
Hace unos días, mientras tomaba algo con unas amigas, una de ellas, Anna, me preguntó cuál es la diferencia entre placer y goce. Es una distinción difícil de hacer, y más aún de comprender, en una época en la que ambas palabras han venido a significar lo mismo. Le expliqué la diferencia con un «ya te lo dije»: le requerí que se imaginara que su pareja, a la que ama, le pedía consejo sobre un ámbito relevante de su vida en el que debía tomar una decisión importante. «Imagínate —continué— que, tras unos días, tu pareja vuelve a casa destrozada anímicamente, con pesadumbre y tristeza. Tú, preocupada, le preguntas qué ha sucedido y ella te cuenta que no ha seguido tu consejo y que las cosas no han salido bien».
Le pregunté a Anna cuántas veces había contestado a este tipo de situaciones con una respuesta del tipo «ya te lo había dicho» y cuántas veces había sentido esa frase brotando de sí misma, aunque no hubiera llegado a florecer en sus labios, como la flor de una planta carnívora que piensa en su pareja como en un insecto que ha tomado la decisión equivocada. Mi amiga se echó a reír con los ojos de quien sabe que lo que le están contando es real, tan real que solo puede producir la carcajada que señala que la cotidianeidad es un espacio privilegiado para explicar cualquier teoría.
Entonces le dije que el goce es esa satisfacción que se obtiene del displacer. Lo placentero habría sido que su pareja, independientemente de seguir su consejo o no, hubiera podido resolver de manera positiva el dilema al que se enfrentaba. El displacer es esa sensación afilada que se te clava cuando ves mal a quien amas. Y el goce es la satisfacción que genera el displacer.
Hay muchos otros elementos de este ejemplo en los que se puede apreciar el goce. ¿Tal vez su pareja no siguiera sus buenos consejos para continuar en una situación de agravio? Quizá la pregunta les suene retorcida a algunas. Pero estoy segura de que podemos aclararla tirando de refranero. ¿Tal vez más vale malo conocido que bueno por conocer? El conocimiento popular de nuevo arrojando luz sobre nuestros comportamientos.
En ambos casos, en el de Anna o el de su pareja, hay un punto en común: la repetición. Repetir un escenario nos trae algo de paz. La frase «ya sabía yo que esto iba a suceder» construye a nuestro alrededor un espacio conocido, quizá hostil, pero rodeado de certezas. La repetición lleva implícita la facultad de saber qué sucederá, aunque sea malo. El valor de esta suerte de clarividencia aumenta en detrimento de la estima por la imaginación. Es más, diría que hay un rechazo a la imaginación que supera lo que llamamos «realidad». No se trata de abogar a favor de mantras aspiracionales propios de tazas fabricadas al otro lado del mundo bajo condiciones laborales deplorables e inhumanas ni de negar las circunstancias materiales que muchas veces limitan nuestra capacidad de acción. Cuando hablo de imaginación me refiero a la habilidad de crear posibilidades en nuestra mente que deben ser ajenas a lo que nos rodea. Pero ¿qué cosas solemos imaginar? Generalmente, lo que deseamos. Cuando somos pequeñas, la imaginación nos lleva a mundos que no pueden habitar nuestra realidad, pero vamos perdiendo esa capacidad con el tiempo. Quizá sea uno de los aspectos que más extrañamos de nuestra infancia. Como adultas, cada vez más, la ansiedad y los malestares influyen en nuestra imaginación al concebir escenarios horribles y situaciones terroríficas que tal vez no ocurran, al tiempo que mermamos la posibilidad de concebir alternativas a las brutalidades que sí están sucediendo.
La relación entre deseo, imaginación y goce conforma un oscuro triángulo de las Bermudas en el que la obediencia a lo impuesto (aquello que se repite y nos trae tranquilidad y malestar) habita despreocupadamente.
Poner sobre la mesa la diferencia entre placer y goce con mis amigas hizo que me cuestionara cuál es mi relación con el goce en muchos aspectos, si estos los compartiría con otras personas y cómo podría escapar de algunas dinámicas. Después de dejar a mis amigas, llegué a casa y comencé el ritual: sacar la cena de la nevera y comérmela fría, y de pie, en la cocina mientras me lamento por no poder alquilar un piso para mí sola aun habiendo trabajado y estudiado sin descanso durante los últimos diez años. Esta escena encaja perfectamente con las imágenes de cualquier banco al estilo de Shutterstock. El texto explicativo que mejor describiría esta estampa para que la encontraran las becarias publicistas de alguna empresa de marketing podría ser: «Mujer triste en la cocina sosteniendo un túper». El intimismo más miserable. La maja en bata con el pollo frío.
Me acuerdo de Anna y de lo que ahora me gustaría poder llamar «explicación estúpida». ¿Por qué elijo una y otra vez una vida que no me hace feliz? Me contesto a mí misma diciendo que las circunstancias me obligan a estar en esta situación. Ahora me encuentro yo en ese triángulo de las Bermudas afirmando rotundamente que «no hay alternativa». Las palabras que me repito para calmar la angustia me parecen cínicas. Como decía Jacques Lacan, la angustia nunca miente.[1]
NI EN SUEÑOS
Desde el borde de un acantilado busco con la mirada la isla de Utopía, que representa la promesa de que las cosas pueden ser de otra manera. No la encuentro. Si me tiro al mar, mi nado no tendrá destino concreto. Pero no estoy sola. Veo unos brazos que se agitan y se dan la mano. Deben de estar nadando a contracorriente en esa masa de agua cuya resaca arrastra hacia la derecha. Me paro a escuchar y localizo unas voces que gritan contra el hastío, el dolor y el cansancio que nos produce el sistema; voces que narran nuevas formas de no hacer, de imaginar el futuro, de pensarnos. De pronto, dejan de oírse. Me despierto con un ruido extraño que proviene de mi ordenador.
He vuelto a quedarme dormida viendo El cuento de la criada. En la serie, basada en la novela de Margaret Atwood, el personaje principal vive en una realidad política gobernada por un autoritarismo religioso de corte fascista que ha esclavizado a las mujeres fértiles para asegurar la tasa de natalidad del país.[*] En el momento en que me despierto, June, la criada protagonista, ha perdido las fuerzas para luchar.
El psicoanálisis me ha enseñado que el sueño es un momento privilegiado en el que asoma el inconsciente. Sé que escuchar la rendición de June ante el sistema ha alterado mi sueño. Sé también que la realidad en la que vivo no se diferencia tanto de la que describe Atwood.[**] Pienso entonces en la escritora Layla Martínez, que nos recordaba de manera gramsciana que «la forma en que imaginamos el futuro está fuertemente condicionada por los productos culturales que consumimos».[2] Me levanto del sofá confusa, una vez más, interrogándome sobre lo que puedo hacer para no caer en esa espiral ideológica del capital que consigue enraizarse en lo más profundo de mi psique y mi imaginación. Me pregunto si me habrán robado la capacidad de generar alternativas, pero también de vivirlas. Quizá, de nuevo, lo único que puedo hacer es escribir. Somnolienta, repto hasta el escritorio, donde el espejo me devuelve el reflejo de alguien que siente que ya apenas puede distinguir entre sueño, ficción y realidad.
NI SOBRE EL PAPEL
Algo debe de estar condicionándome para que no pueda imaginar una alternativa sobre el futuro, o incluso sobre el presente, sin creer que es una quimera utópica. Ya lo dijo el filósofo Fredric Jameson en 2001: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Qué mala opinión debemos de tener de nosotras mismas como humanidad para sentenciar que un futuro mejor o un cambio en el presente es imposible. Quizá suene romántico, aunque la base no lo sea en absoluto, pero me niego a creer que el ser humano es malo por naturaleza. Me niego a creer que la maldad no sea el fruto de la imposición de un sistema que idealiza y establece como norma a una clase de hombre desalmado que trabaja en Wall Street colocado de cocaína o anfetaminas y que agrede sexualmente a mujeres decenas de años más jóvenes que él. Al fin y al cabo, el deseo está construido socialmente. Si algo nos parece deseable y alcanzable, es porque ha sido representado como positivo en el registro simbólico. De nuevo Gramsci, pero esta vez infectado por el psicoanálisis de Jacques Lacan.
La manera en que concebimos al ser humano y en que buscamos identificarnos con lo deseable tiene mucho que ver con la constante pregunta de quiénes somos. En la actualidad esta duda está más presente que nunca, sea delante de un espejo, de una terapeuta o de una taza en la que ya viene inscrita la respuesta: «Tú eres tu propio jefe». La cuestión del «quién soy» se suele responder desde el Yo:[*] en función de lo que me gustaría ser o lo que considero que soy. Sin embargo, ante una pregunta tan central en nuestra cotidianeidad, lo apropiado sería acercarnos a una disciplina que no se centre en afirmar y validar quién crees ser, sino en discutir si lo eres, qué te gustaría ser y, sobre todo, por qué te gustaría serlo. En el terreno de la política, dejar de lado el estudio del inconsciente es un grave error que las izquierdas no pueden permitirse. Recordemos que la experimentación vinculada al marketing, la propaganda y la publicidad lleva décadas haciendo uso de esa fuerza que no sabemos muy bien qué es (spoiler: el deseo), pero que nos mueve con ferocidad.
Dejar el inconsciente fuera del análisis político limita gravemente la manera en que podemos explicar nuestros comportamientos en política. Aunque la convergencia entre el psicoanálisis y el análisis crítico-político gozó de momentos de clara influencia, lo cierto es que hoy en día no ocupa un espacio central en las teorías o los análisis hegemónicos. El modelo actual para explicar el comportamiento tiene su centro en la razón. Se entiende que nuestras acciones y decisiones vienen marcadas por ella, así como por nuestra voluntad o nuestros intereses. Puedo entender que las corrientes autoritarias y neoliberales rechacen el estudio del inconsciente: cuanto más simple sea el sujeto, más fácil su manipulación. Lo que no comprendo es por qué las posiciones de izquierdas también lo rechazan, aun cuando Marx ya introdujo algo más que el Yo o la voluntad al acuñar el concepto de falsa consciencia en su teoría sobre el comportamiento humano.
EL INCONSCIENTE Y LOS AFECTOS
Tampoco consigo comprender cómo se puede considerar que todo comportamiento es susceptible de ser interpretado desde la voluntad o la razón. ¿Qué sentido tendría entonces el «ya te lo dije»? Sería otra de las innumerables maneras de proceder que se arrojan a la papelera de las interpretaciones mainstream: si no se pueden explicar desde ese paradigma gobernado por la razón, se consideran residuales, no vinculantes, irrelevantes, irracionales. Pienso de manera intensa en esta cuestión: mi situación actual es mala, pero reincido en acciones que me mantienen en ella. Odio vivir en la ciudad, pero es en la ciudad donde encuentro trabajo, aunque ese trabajo no me permite vivir con una mínima dignidad en la ciudad. Está claro que trabajamos porque se nos impone, pero si repito una conducta al elegir trabajo es porque esa imposición ya ha calado. No entiendo muy bien por qué sigo en un sector que me hace infeliz, que no me permite vivir en condiciones dignas y que me obliga a pasar por situaciones degradantes. Se ha colocado a la voluntad consciente muy por encima del inconsciente al explicar comportamientos o decisiones. Y esa jerarquía también funciona para establecer que, por encima de los afectos o las emociones, está la razón.[*]
Se entiende que lo racional es elegir lo que produce una ganancia material, aunque esa decisión nos reporte dolor, nos haga daño. Que lo lógico es querer vivir en una gran ciudad, aun con una calidad de vida mucho menor que en otro tipo de núcleos urbanos o rurales, porque es un espacio rebosante de éxito y oportunidades, aunque sean inalcanzables para el común de los precarios. Que vivamos tristes y explotándonos en ciudades con condiciones disparatadas se percibe como racional y bueno porque puede que, quizá, en algún momento, nos aporte algo positivo. Lo que nos mantiene en estos espacios hostiles es, pues, la promesa aspiracional de que algún día desaparecerá el malestar por haber decidido permanecer en ese lugar que tanta infelicidad nos genera.
Pensar la política lejos del psicoanálisis, de los afectos o de las emociones no tiene mucho sentido. Sobre todo si nos paramos a ver cómo se instrumentalizan estos aspectos, es decir, cómo se movilizan con fines políticos. Un claro ejemplo de ello es la «guerra contra el terror» que tuvo lugar tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. El ataque a las Torres Gemelas dio paso a una época en la que las derechas neoconservadoras y neoliberales estadounidenses trataron de reclutarnos con fines políticos no a través de la razón, sino de las emociones y los afectos. Al otorgarles centralidad en la guerra contra el terror movilizaron e instrumentalizaron sentimientos como el miedo, el odio y la ira, que facilitaron una legislación antiinmigración y de hiperseguridad e hipervigilancia. Para activarlos, se lanzaron campañas propagandísticas y mentiras que acabaron permeando nuestros inconscientes. La estrategia tuvo tanto éxito que, esgrimiendo la razón de la seguridad, lograron mermar los derechos fundamentales vinculados a la privacidad, la intimidad o la libertad de movimiento sin hallar gran resistencia.
Hoy en día esta instrumentalización con fines políticos no se limita a los afectos negativos, sino que ha traspasado ese umbral para acercarse a las llamadas «emociones positivas». A la guerra contra el terror hay que sumarle las promesas de felicidad. La movilización de la ira o el enfado se acompaña ahora de intentos de movilizar la alegría, la hiperexigencia, la resiliencia o el sacrificio mediante la psicología positiva y el mindfulness. El objetivo es claro: apelar a los principios que harán que sigas esforzándote y aspirando a ser un ganador dentro del capitalismo, por más que esa misión te lleve a una precariedad completa. No son solo las derechas quienes movilizan los afectos positivos, las izquierdas también buscan ahora generar un ambiente de esperanza y felicidad para capturar el voto de quienes están descontentas. Votad con alegría, nos dicen, como si la felicidad fuera algo que se pudiera alcanzar depositando un sobre en una urna.
La importancia de los afectos y su movilización a través del inconsciente es tal que, si bien puedo entender que las derechas rechacen su estudio para la teoría política, no comprendo que las izquierdas también lo hagan. Negar la importancia de los afectos y del inconsciente en nuestros análisis fortalece el paradigma de que todo es racional y que actuamos siempre según nuestra voluntad e interés, lo que conduce a la afirmación de que lo que tenemos es lo que nos merecemos porque es lo que queremos. Además, pese a que las cuestiones sobre malestares y salud mental[*] ocupan muchos de los discursos de las izquierdas, estos se alejan del psicoanálisis y se aproximan a corrientes de la psicología que proponen como solución la gestión privada e individual de las emociones (aunque estas se analicen como fruto de las condiciones socioeconómicas).
El malestar es una emoción que surge de algún conflicto al que se enfrenta el sujeto y que se vuelve visible a través de diferentes síntomas. Si tu trabajo no cubre tus necesidades básicas, puede que sientas ese malestar y que se manifieste como ansiedad. En otras ocasiones el conflicto sobreviene porque no haces lo que realmente deseas, o porque lo que haces, aunque lo deseas, no te hace feliz. Este conflicto puede causar síntomas como tristeza o desasosiego. Es importante recalcar aquí que, en muchas ocasiones, no sabemos nombrar las emociones que experimentamos y que tendemos a utilizar la nomenclatura propia de la psicopatología. Es decir, identificamos (y llamamos a) nuestro desasosiego con la ansiedad o nuestra tristeza con la depresión, lo que nos lleva a una innecesaria y peligrosa psicologización y patologización de todo estado de ánimo, algo que se refuerza con la tendencia actual de la psicología mainstream a tratar estos síntomas como trastornos en sí. El objetivo, pues, no es indagar en el conflicto que las ocasiona, sino acabar con los síntomas, que se entienden como conductas que conviene eliminar. Erradicarlos de esta manera, sin ahondar en el conflicto subyacente, resta importancia a las emociones, a los afectos y a todo lo que se escapa de lo consciente. El resultado es el fortalecimiento de la idea de un Yo que todo lo puede y que no debe verse condicionado o afectado por elementos ajenos a la razón. Descartar la posibilidad de profundizar en el conflicto que da lugar al síntoma implica el rechazo u omisión del análisis crítico sobre nuestra situación y posición vital.
Colocar las emociones y el inconsciente en un espacio central del análisis político y social es fundamental si queremos entender los límites que condicionan y frenan nuestra capacidad de idear alternativas a la Realidad Política que vivimos. Escribo «Realidad Política» con mayúsculas porque, aunque cada una de nosotras definimos la realidad de una manera singular, propia y subjetiva, lo cierto es que hay un relato que se impone sobre los nuestros; es el relato oficial. Acompañar el sustantivo «realidad» del adjetivo «política» visibiliza cómo el origen de ese relato oficial se esconde en las relaciones de poder que configuran nuestra vida política. Las limitaciones en el momento de imaginar, formar y desear alternativas surgen de creer que la Realidad Política es inamovible.
Reflexiono sobre cuántas veces he tenido que elegir entre intentar provocar un cambio y seguir simplemente con lo que se me ha impuesto. Pienso en todos esos consejos desoídos, en cada vez que me imagino dejando el trabajo y denunciando las injustas (e ilegales) condiciones laborales a las que me enfrento, pero que no llevo a la práctica para no verme en una situación material más precaria. Como tantas otras compañeras, acabo pasando por el aro, sucumbiendo al abuso laboral, para asegurarme de que en la universidad no me colgarán una letra escarlata que invalidaría mi carrera como investigadora y docente. Pienso, con angustia, que muchas veces optamos por cambiarnos a nosotras mismas en vez de cambiar un entorno hostil y violento. Simplemente, llegamos a esa decisión tras un cálculo de fuerzas y esfuerzos en el que siempre salimos perdiendo.
LAS DOS OPCIONES
Ese cálculo de fuerzas y esfuerzos nos lleva siempre a la conclusión de que estamos solas y que nuestra acción no cambiará nada. Es más, nos avisa de que denunciar el abuso laboral solo podría empeorar nuestra situación y que es mejor quedarnos como estamos. A este cálculo se le suman los mensajes optimistas que nos bombardean día tras día. El mantra de «si quieres, puedes» obvia nuestros límites en lo referente al dolor. «Aguanta un poco más, es posible que tu jefe vea tu resiliencia, esfuerzo y motivación, los aprecie y cambie su actitud contigo».
Estos lemas de la cultura del esfuerzo y la (auto)explotación consiguen que la balanza de fuerzas y esfuerzos ya no tenga un peso doloroso, sino optimista. El abuso laboral se torna así en una especie de reto que hemos de tomarnos de manera competitiva pero no personal, una oportunidad para demostrar nuestra valía. Los jefes no son explotadores, son granujillas. La falta de alternativas no solo se observa en el entorno profesional. Como afirmó Jameson y luego Mark Fisher, somos incapaces de imaginar un sistema distinto al capitalismo. Pero esto no siempre fue así. En los años noventa, los movimientos antiglobalización apuntaban la necesidad de no ceder a un sistema-mundo como el capitalismo neoliberal. A pesar de todo parece, o al menos eso nos hacen creer, que ni las manifestaciones, ni las contracumbres, ni el asociacionismo pueden librar batalla contra la Realidad Política. Cuanto más éxito tienen nuestras luchas o más se incluyen nuestras demandas en la agenda política —aunque lo segundo suceda eliminando todo tinte radical de las peticiones—, mayor es el ataque, el acoso y la violencia que recibimos. Cualquier paso adelante enfrenta una respuesta que implica dos pasos a la derecha.
La Realidad Política no solo configura nuestros actos y elimina las alternativas, sino que también determina cómo nos pensamos y cómo pensamos a las demás. Si decidimos ir contra esa Realidad Política, seremos estigmatizadas y apartadas. Si nos adaptamos a ella, seremos ciudadanas perfectas, la corporeización del éxito democrático y liberal. Para cumplir con este canon, debemos acomodarnos a las reglas e ideales de la Realidad Política, aunque no nos hagan felices o nos permitan vivir una vida vivible. Por otro lado, la
