Mitos mexicanos

José Luis Trueba Lara

Fragmento

Título

Prólogo

La triste y trágica historia
de un mal mexicano y su país inventado

Es cierto, a ojos de muchos, soy un mal mexicano, alguien incapaz de amar a su Patria como dictan los cánones. A fuerza de ninguneos y cejas alzadas descubrí que apenas me quedaba un camino para tratar de salvar mi honor maltrecho: el cinismo químicamente puro. Sin embargo, también reconozco que en más de una ocasión he optado por el silencio, que acompaño con una sonrisa bobalicona. En estos casos, la mudez se ha transformado en la tabla de salvación que me ha librado de acusaciones y juicios sumarios. La historia de mis desgracias es fácil de contar, cualquier punto de partida es bueno. “Me da vergüenza tener un hijo como tú”, me dijo mi padre en uno de sus proverbiales momentos de ternura después escuchar alguna de mis vilezas. Sus palabras estaban anunciadas: en la escuela, a mis maestros les horrorizaba mi falta de patriotismo; en las reuniones, la gente no se tienta el alma para decirme que mi actitud es casi monstruosa y, para terminar de ensombrecer la realidad, tampoco faltan los que se compadecen al enterarse de los pormenores de una vida tan triste y desdichada como la mía. Por más que lo intento, la gente no comprende que estoy condenado a mantenerme firme en lo que aprendí en un verso de Gabriel Zaid: “Mi Patria está en tus ojos, mi deber en tus labios”. Efectivamente, mi país es infinitamente más pequeño que el de mis críticos y mi nacionalismo está marcado por la alta traición que se niega a adorar un fulgor inasible.

Para la mayoría de esas personas —y las que aún me falta conocer— es obvio que mi falta de nacionalismo es una infamia que debe ser perseguida y censurada. Las causas de mi perfidia son claras: no me gusta el tequila y los mariachis me parecen espeluznantes. No tolero el heavy metal de los trompetazos y lo mismo me sucede con la música que posa como agropecuaria a pesar de que se escribe en las ciudades. Por más que trato de fingir, no puedo alegrarme al escuchar “El mariachi loco” ni tengo la costumbre de imitar a Juan Gabriel. Y exactamente lo mismo me ocurre con los cómicos que exaltan la naquez barriobajera, con los charros sin rancho o con los que se pasan de machos y valientes después de meterse tres fajos de aguardiente entre pecho y espalda. Eso de ser “borracho, parrandero y jugador” no va conmigo. Sin pensarlo dos veces prefiero cederle esas cualidades al tal Juan Charrasqueado, al hombre bragado que refrendaba su condición de semental en los campos de su rumbo, donde —como todos lo sabemos— ya “no quedaba ni una flor”. Por las buenas o por las malas, él se había llevado a la cama a todas las mujeres de esos lugares.

La lista de mis traiciones a la Patria no se reduce a lo que he contado: veo algo raro en las chinas que bailan con los charros. Por más que lo intento no terminan de convencerme. El castísimo beso con el que cierran su zapateado me parece falsísimo y lejano de los jarabes que les paraban el pelo a las buenas conciencias y alimentaban las excomuniones. Para colmo de mi desgracia, la duda sobre sus amoríos me llevó a hacerme una pregunta de pésimo gusto: ¿cómo fue que se enamoraron si ella vivía en Puebla y él pasaba sus días en Cocula o no salía de Tecatitlán, donde —como sabiamente lo afirma Manuel Esperón— se componen todos los sones? La distancia entre esas poblaciones no es poca, y durante más de un siglo aventurarse a recorrerla requería de una gran valentía: la presencia de los bandoleros y los alzados exigía la contratación de escoltas y guardaespaldas.

Con las adelitas las cosas son bastante peores: por más que las veo en los murales o en los carteles cinematográficos, la imaginación no me alcanza para considerarlas como “la más pura esencia de la mujer mexicana”. Las mujeres sometidas o sometibles sólo pueden ser la esencia de un pasado que podríamos abandonar sin cargos de conciencia. Y, por si lo anterior no bastara para humillar a este símbolo de la Patria, estoy seguro de que las verdaderas soldaderas no se parecían a María Félix ni a las actrices que las encarnaban en las películas de una supuesta época de oro. Es más, las mujeres que se transformaron en pin ups gracias al disfraz de revolucionarias con tal de adornar los calendarios que regalaba el patriótico carnicero de la esquina, o que la Pepsi-Cola imprimía para publicitar sus refrescos, también me parecen una falsedad por los cuatro costados. Su güejerez, la sinuosidad de su cuerpo y su sonrisa coquetísima no se parecen a lo que se mira en las fotografías de la bola; ellas son una invención de Humberto Limón, Alberto Carmona o de cualquier otro pintor cuyas obras se convertirían en los cromos que Galas de México imprimía en sus calendarios.

En las imágenes de las mujeres que fueron atropelladas por la Revolución sólo distingo una tristeza infinita, un hambre indomable y una historia de vejaciones sin tregua, aunque esto no implica que también las hubiera capaces de asustar al más plantado. La existencia de asesinas y saqueadoras encuadernadas a la rústica es innegable. Todo me hace pensar que las únicas revolucionarias que estaban lejos de la miseria eran las que le soltaban la rienda a la rapiña o las que les calentaban la cama a los generales, justo como se mira en el retrato de una de las muchas esposas de Pancho Villa, donde la santa señora casi está vestida como una dama de alcurnia mientras que él posa como un militar de cepa, aunque el color de su quepí sea distinto del que tiene su casaca con botonadura dorada y una medalla.

Fotografía

Mi desconfianza a los símbolos nacionales también incluye a la Patria que se muestra en la portada de los libros de texto gratuitos: la toga que le heredaron los revolucionarios franceses, los símbolos griegos y prehispánicos, junto con la presencia de una extraña alegoría del progreso y la pequeña enseña francesa son una combinación extravagante. Creo que sólo a fuerza de mirarla nos acostumbrarnos a ella y la aceptamos con un orgullo que, tal vez, carece de fundamento. Ese retrato es un enigma que debe ser desentrañado. ¿No te parece muy extraño que esa mujer —cuyo nombre y vida no son del todo claros— nos represente a todos los mexicanos? Aún más, ¿cómo logró adquirir las cualidades que la transformaron en la encarnación del país y la madre de todos sus habitantes? Estas preguntas no podían quedarse sin respuesta.

El orgullo que no tengo

Gracias a mi actitud maldecible me di cuenta de que el orgullo nacionalista se nutre de la incomprensión y la ignorancia, de la aceptación de una serie de mitos y una religión profana que no admite la heterodoxia y exige rituales indiscutibles. Tú y yo podemos cerrar los ojos y recordar las misas laicas de los lunes en la primaria, y sin grandes problemas podríamos repetir los rezos y los juramentos que pronunciábamos en las ceremonias cívicas. Lo que ocurría en el patio y en los templos no era muy distinto.

Esta fe no era resultado de una chiripada, tampoco era un acto de amor: “somos aquello que contamos que somos, y una nación es, en esencia, la fe en un relato. Un mito de origen que para ser asumido como verdadero por una colectividad debe ser narrado como una historia dotada de sentido”, dice Tomás Pérez Vejo. El significado de estas palabras es simple: lo que creemos sobre los símbolos y los mitos de la Patria son las ideas que se han repetido hasta convertirse en una verdad indiscutible, aunque su historia real sea distinta de la que se asume y defiende. En este caso, como en muchos otros, la verdad puede ser ignorada.

La creación de esta historia mítica implicó un largo casting para seleccionar a sus protagonistas y establecer bandos precisos: los buenos y los malos que luchan eternamente o se revelan como los ejemplos de lo deseable y lo inaceptable. Algo idéntico a lo que sucedió con los episodios del pasado que se eligieron para edificar una idea de nación y justificar la existencia de los otros, de los que no tienen la fortuna de ser mexicanos o se atrevieron a mancillar a la Patria. En algunas ocasiones ciertos personajes populares fueron condenados al olvido —como sucedió con los aguadores, que perdieron su sentido gracias a las obras públicas—, y otros se adecentaron para que no desentonaran con las imágenes que debían representar al país, tal como sucedió con la china poblana o con los léperos que poblaban los barrios de mala muerte.

En los héroes de la historia oficial esta situación también se revela con toda su fuerza: apenas unos cuantos son dueños del bronce, el mármol y los laureles, los demás son olvidables o se revelan como los villanos que traicionaron a México. Y cuando se trata de los personajes míticos, la situación es idéntica: las mujeres tienen la patriótica obligación de ser la más pura esencia de lo mexicano (como sucede con las adelitas y las castas novias que teóricamente viven en las vecindades). A los varones les ocurrió casi lo mismo: el charro y el borracho, el jugador y el macho los definen y los alejan de los 41 que sólo pueden mirarse como una afrenta a la virilidad que alimenta al patriotismo.

La bravura sin límites

La defensa de lo mexicano está marcada por la bravura: no le tiene miedo al ridículo ni se echa para atrás en su afán para volver al pasado promisorio. Según los más fieles devotos de la religión laica, el México verdadero tiene que mantenerse puro o regresar a un tiempo imaginario para tranquilidad de los patrioteros que defienden las tradiciones, que al parecer están en franca agonía. Los ejemplos de esta actitud son legión, por eso me conformo con mostrar un par que me parecen un monumento a lo deschavetado.

En 1942, Adolfo León Ossorio —un nacionalista por los cuatro costados— inició una campaña para que las mujeres mexicanas abandonaran las prácticas extranjerizantes y dejaran de usar abrigos y suéteres, ellas sólo debían protegerse del frío con rebozos que acentuaban su mexicanidad. Esta propuesta no es única: poco más de diez años antes, el Señor Presidente y el subsecretario de Educación tomaron la preclara decisión de expulsar del país a Santa Claus. El gordo colorado era aliado de los malinchistas y se merecía que de inmediato le aplicaran el artículo 33 de la Constitución. Para que nadie resultara dañado por esta medida, lo sustituiría el gran Quetzalcóatl, quien desde ese momento se encargaría de entregar los juguetes a los niños en Navidad, algo que —aunque no lo creas— ocurrió en el Estadio Nacional, donde quince mil chamacos lo recibieron acompañados con el ritmo de los tamborazos y los caracoles.

Por fortuna, la gente tomó a chunga esas ideas y las redujo a una adaptación de la letanía para burlarse del burócrata que le hacía el caldo gordo a Pascual Ortiz Rubio:

En nombre del Anáhuac

te pido posada,

porque así lo quiere

Lerdo de Tejada.

Es muy probable que en este momento te burles de aquellos nacionalistas, pero ¿te has detenido a pensar en lo que sucede cuando lo patriotero se adueña de las fiestas a las que vas? En este caso, el riesgo de quedar alelado con la paja en el ojo ajeno no es poco.

Comprender los mitos

La certeza de que los mexicanos somos como somos y no nos parecemos a nadie es indudable y defendible: las chinas y las adelitas, los charros y los borrachos, los machos y los léperos condenados a la simpatía son intocables. Ellos son las estatuas que adornan la historia de mármol que sólo se cuenta para enorgullecer a quienes no los conocen más allá de sus retratos. Y, si lo pensamos un poco, lo mismo sucede con los políticos corruptos cuyas tropelías revelan una de las características de lo que se asume como parte del ser mexicano; el apotegma de “la corrupción somos todos” justifica sus acciones. La transa, qué duda cabe, es parte del ser de los habitantes de nuestro país.

Lo curioso de estos mitos es que los nacionalistas pasan por alto un hecho crucial: nuestras tradiciones se transforman y pueden ser comprendidas y abandonadas. Dejar atrás el pasado puede ser saludable: si hace varios siglos desistimos de los sacrificios humanos y la antropofagia ritual —dos lindísimas tradiciones prehispánicas que ni siquiera Ortiz Rubio y sus achichincles extrañaban—, no veo por qué razón no podemos renunciar a las que provocan dolores y muertes. También valdría la pena comprender aquellas que nos encantan y defendemos sin saber cómo se construyeron o cuáles son sus significados y sus consecuencias. Preguntarnos sobre el sentido que tienen las cartas de la Lotería o las imágenes que adornan los tableros de los juegos de mesa quizá nos revelaría el papel que desempeñaron en la creación de un país marcado por el analfabetismo. En esos cartones se revela una pedagogía de lo mexicano y, si lo dudas, sólo tienes que evocar al Valiente y al Borracho, a la Chalupa y a la China, o los pecados y las virtudes que adornan los tableros de Serpientes y escaleras.

Lo que escribo no implica arrasar la memoria. En mis palabras apenas hay una certeza: la historia existe y vale más comprenderla, sus páginas nos revelan la presencia del pasado y explican los hechos del presente. El problema al que me enfrento es preciso: no basta con presumir que los mexicanos somos como somos, lo importante es comprender por qué creemos que somos como somos y darnos la oportunidad de pensar si vale pena mantenernos en el camino que hemos seguido. La fascinación por las vecindades y sus habitantes, por sólo detenerme en un caso, nos ha llevado a exaltar el jodidismo, a pensar que su condición debe ser bendecida y asumir que un ser todopoderoso —el caudillo, el político que está en el candelero o el mismísimo Señor Presidente— es el único que podrá liberarlos de la miseria. Efectivamente, los pobres están condenados a ser el pueblo bueno que espera la llegada de su redentor.

Algo hay en nuestros símbolos más preciados que los revela como un mecanismo del poder que sueña con perpetuarse gracias a la certeza de que somos como somos y que las acciones de los poderosos nos llevarán al paraíso. No olvidemos la lección que nos dio Timothy Snyder en su alegato contra la tiranía: “un nacionalista nos anima a ser la peor versión de nosotros mismos, y después nos dice que somos los mejores”.

La imaginación
y la esencia de lo mexicano

A pesar de los riesgos, vale la pena asumir una idea escalofriante: lo mexicano es una invención. Nuestro nacionalismo es una historia que a fuerza de repeticiones se convirtió en una verdad absoluta, en una fe incontrovertible, en la seguridad de que existe una línea que marca la diferencia entre nosotros y los otros, entre los patriotas y los enemigos del país, entre los que están dispuestos a mantener las tradiciones y quienes se afanan por entregar a México a los malvados que siguen los pasos de la Malinche. Me explico para que no me malentiendas: las fronteras son resultado de la historia, de los hechos humanos que nada tienen que ver con la naturaleza ni con las esencias. Aunque el linde que nos separa de los gringos está parcialmente señalado por el río Bravo, es resultado de una derrota militar y la venta de La Mesilla en tiempos de Santa Anna. Su creación es tan humana como los países que separa. Lo que pensamos en términos de blanco y negro es una infinita gradación de grises.

Ante estos hechos, la verdad es evidente: lo estadounidense y lo mexicano son resultado de las acciones humanas y, por lo tanto, debemos asumir que la nación y el nacionalismo son creencias que permitieron edificar una comunidad imaginaria que posibilitó la invención de los mexicanos y las características que supuestamente los distinguen, algo idéntico a lo que hicieron los gringos. Ellos también creen que son como son y no se parecen a nadie.

Estamos ante un sueño tan poderoso que, en el caso de nuestro país, fue capaz de lograr que las personas se sientan parte de la misma nación y estén convencidas de la verdad que se encarna en los símbolos y los mitos que las representan, aunque para ello se tengan que aceptar historias estrambóticas, como las del concurso internacional en el que la bandera de México fue la ganadora indiscutible por ser la más bonita del planeta, o la de aquel otro certamen donde nuestro himno obtuvo el segundo lugar intergaláctico, pues apenas pudo ser derrotado por “La marsellesa” con unos cuantos votos de diferencia. En estas elecciones no hubo necesidad de exigir un recuento de los sufragios. Ante la Revolución francesa cualquiera se cuadra.

Si la bandera cambió con el paso del tiempo o si el himno fue parcialmente censurado con tal de dejarlo presentable son asuntos que el nacionalismo deja de lado. Lo único que le importa son los mitos, los símbolos, las narraciones donde el odio y la exaltación son la materia prima de una historia. Efectivamente, “no hay historias nacionales porque haya naciones, hay naciones porque alguien ha inventado su historia”, sus mitos y sus símbolos, afirma Pérez Vejo.

La creación de lo mexicano

Inventar una nación no es un asunto sencillo, en su creación se entretejen los sueños y las pesadillas, la necesidad de dejar de ser quien se era y asumir la posibilidad de ser alguien distinto: una persona que se reconoce como integrante de una comunidad imaginada desde el poder y cuyas imágenes se entrelazan con la fascinación de la gente de a pie. Por raros que sean, los símbolos y los mitos de la Patria sólo pueden permanecer en la medida en que tengan un buen rating. Estamos frente a un proceso que, en el caso de México, comenzó durante los siglos xvii y xviii, y por lo menos se prolongó hasta el primer tercio del siglo xx, cuando los revolucionarios tomaron el poder y reinventaron el país sobre las tumbas y los horrores que ocurrieron durante la gran rebelión que inició cuando Madero “soltó al tigre”.

El nacionalismo mexicano no fue una marejada que todo lo cambió de un día para otro y que se mantiene como un peñasco inconmovible, es una marea que va y viene, y cuyas olas tienen distintas intensidades que varían de acuerdo con los acontecimientos. El orgullo de los criollos novohispanos, la guerra santa que inició con el levantamiento de Hidalgo, la proclamación de la Independencia, que puso sobre la mesa la necesidad de inventar un país a marchas forzadas, la derrota en la guerra contra los estadounidenses y lo que ocurrió después de que los sonorenses dieron un golpe de Estado y asesinaron al presidente Carranza son algunos de sus momentos estelares.

En esos años se crearon los símbolos y los mitos que aún nos parecen “la más pura esencia de lo mexicano”. La importancia de aquellos sucesos no es poca: son el escenario en el que transcurren las historias de los mitos que se narran este libro.

El pasado colonial

Aunque los altares de muertos y otras parafernalias se esfuerzan por mostrar lo contrario, la idea de lo mexicano no nació en los tiempos prehispánicos, ésta comenzó a narrarse durante la Colonia gracias al orgullo de los criollos. Los hijos de los peninsulares que nacieron de este lado del océano hicieron suya la admiración a algunas culturas mesoamericanas, y lo mismo ocurrió con el culto a la Virgen de Guadalupe y la certeza de que los americanos no eran inferiores a los europeos. En buena medida, ellos son los padres de la arrogancia que sentimos por los indígenas muertos, del peso que aún mantiene el guadalupanismo y, por supuesto, de la certeza de que en todo el planeta no existe nadie mejor que nosotros.

Dos imágenes de la Virgen de Guadalupe publicadas en tiempos de la Colonia

El orgullo de los criollos no era una sustancia etérea. La construcción de su identidad exigía la existencia y la adopción de una serie de símbolos y mitos: el águila y la serpiente los unían con un pasado glorioso y les otorgó la posibilidad de vengarse de la afrenta perpetrada por los conquistadores que anticipaban la llegada de los burócratas enviados por la Corona; por su parte, la Virgen que se reveló delante de un indígena les permitió imaginar la existencia de una comunidad antigua y capaz de fundir a los separados por la sangre, y algo parecido sucedió con la refutación de los naturalistas europeos que —a la manera de Buffon, Raynal o Cornelius de Pauw— señalaban que los nacidos en América no eran capaces de crear obras dignas de ser consideradas. Y si a lo anterior se agrega la segregación racial que caracterizaba al poder en la Colonia, la mesa estaba puesta para el parto del primer nacionalismo. El orgullo de ser como somos comenzó a ocupar el centro de la escena.

La idea de Patria había nacido, aunque todavía no se mostraba con toda su fuerza: la identidad que se estaba edificando mostraba la construcción del sueño de una sociedad y un yo diferente de los otros. Los criollos se miraban como seres distintos de los funestos españoles, de los indios que se topaban a su paso o de los negros que estaban marcados por la esclavitud, y lo mismo les ocurría con las castas de color quebrado. Ellos no eran mulatos, coyotes o cambujos marcados por la sangre envilecida. Entre sus blasones y los de un mestizo existía una clara diferencia: sabían quién era su padre y no cargaban la huella de una bastardía lejana o cercana. La idea de la nación mestiza aún no existía.

A pesar de esto, los americanos —es decir, los criollos que vivían en Nueva España— ya se asumían como los actores de una historia escrita en clave bíblica: eran el pueblo elegido que esperaba la llegada del nuevo Moisés que los liberaría de los faraones que encarnaban los españoles y sus soberanos. La idea del futuro promisorio se convirtió en uno de los mitos del nacionalismo mexicano. Por ello no debe sorprendernos que los criollos se consideran herederos de un pasado heroico, de una derrota gloriosa y un territorio que era la más clara representación de un cuerno de la abundancia. Su mundo y su esencia eran distintos —y seguramente mejores— de los que caracterizaban a los europeos.

A pesar de estas señas de identidad, los habitantes de la Colonia jamás se asumieron como novohispanos a carta cabal: ellos pertenecían a una casta, eran originarios de un lugar o formaban parte de una comunidad precisa. Para los veracruzanos era obvio que eran los habitantes de un puerto, pero no necesariamente se sentían parte de la intendencia que se creó en 1786 para demarcar las fronteras interiores de Nueva España. La noción de lo jarocho era mucho más poderosa que la idea de lo novohispano. Lo único que verdaderamente los unía eran el catolicismo y el culto guadalupano, que mutó en una religión de Estado que daría soporte a una comunidad imaginada.

La idea del Reino casi era una entelequia, pues apenas unos pocos podían darse el lujo de creer en ella. Debido a esto no podemos pensar que el nacionalismo y sus símbolos son resultado del tránsito de lo novohispano a lo mexicano, sino de una serie de peculiaridades y diferencias que le abrieron el paso a lo mexicano.

La guerra santa

El guadalupanismo les permitió a los criollos imaginar una comunidad que se uniría gracias a la religiosidad y una idea racial que vincularía a sus habitantes con el sueño del mestizaje absoluto. La Virgen encarnaría nuestra primera Patria. Debido a esto, no es casual que su retrato se mostrara como uno de los símbolos más importantes durante la guerra civil, y mucho menos es azaroso que el obispo Manuel Abad y Queipo acusara a Miguel Hidalgo de ser el profanador de su imagen al convertirla en el estandarte de la herejía que se nutría del odio, el asesinato y el saqueo. “Nuestro pequeño Mahoma, apático y voluptuoso, no necesitó más esfuerzos que abrir la boca para vomitar calumnias y blasfemias”, escribió el clérigo en uno de sus edictos contra los insurgentes.1

Los hechos del Padre de la Patria —que en su tiempo horrorizaron a tirios y troyanos— son una herencia fundamental del nacionalismo: sus devotos están convencidos de que llegará el momento de la venganza, el tiempo en el que se juzgará y condenará a los enemigos del pueblo y a los malvados del pasado. La violencia como ingrediente del patriotismo llegó para quedarse: ésta puede ejercerse para unir o separar a las personas y —como bien lo señala Pablo Piccato— para dejar claras las diferencias de “su clase, su género o cualquier otra forma de distinción”. Un hecho que permitió justificar la existencia de los personajes que no necesariamente son la mejor versión de lo mexicano.

La sed de venganza y la violencia de Hidalgo no son el único legado de la guerra civil que se inició en 1810. En los Sentimientos de la nación, José María Morelos creó las ideas que permitieron cerrar el círculo que comenzó a trazarse gracias al orgullo criollo: el hecho de que la celebración del 12 de diciembre se elevara a rango constitucional para alabar a “la patrona de nuestra libertad, María Santísima de Guadalupe”, nos revela el sueño de una nación que no se unía por las ideas políticas, sino por una religión de Estado. El nacionalismo y la idea de Patria no se nutrieron de los enciclopedistas, y los ilustrados que apenas los amamantaron; se alimentaron del guadalupanismo que alumbró la idea del pueblo elegido y de una historia que reflejaba los acontecimientos del Éxodo. El amor a la Patria es un asunto de fe, y las dudas quedaron canceladas desde aquellos años.

La idea del guadalupanismo como sustento de la unidad estaba acompañada por el primer asomo del mestizaje. En los Sentimientos de la nación Morelos señalaba otra exigencia crucial: “que los empleos sólo los obtengan los americanos”. Con estas palabras, el generalísimo puso los puntos sobre las íes: aunque los mexicanos aún no existían, los nacidos en la América Septentrional eran los dueños de esta parte del mundo y ellos —aunque no se señala con una claridad meridiana— eran una muchedumbre variopinta que sólo compartían la sangre, que terminaría por mezclarse, y la fe irrenunciable en la mujer que les indicaría el rumbo al paraíso.

El nuevo país

Luego de once años de victorias, derrotas y componendas, el Ejército Trigarante entró a la Ciudad de México. La independencia se había consumado. A pesar de las fiestas y los sueños de triunfo, la realidad que enfrentaban los vencedores no era promisoria: la guerra había destruido una buena parte de la riqueza de la Colonia, las minas estaban inundadas, las haciendas habían sido saqueadas y los obrajes casi estaban desmantelados. Y para terminar de complicar la situación, los límites del país recién parido eran difusos y no se tenía claro quiénes merecerían el honor de ser considerados como sus ciudadanos. Para los caudillos más radicales era obvio que los españoles debían ser expulsados a toda costa, mientras que los criollos marcados por el orgullo estaban ciertos de que los negros, los indios y muchas de las castas estaban lejos de ser considerados como parte de la nación. Incluso, si lo pensamos un poco, sería absolutamente descabellado asumir que, de un día para otro, los habitantes del país se contagiaron de las fiebres pat

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