1
¿Es que ningún hombre sabe dónde se encuentra el clítoris?
Entorno los ojos mientras Parker (mi nueva víctima) busca agresivamente y sin éxito esa zona sensible en mi entrepierna que hará que me revuelque de placer. Después de varios minutos dándole instrucciones —más arriba, no tan rápido, un poco más suave— me rindo y finjo un orgasmo para irme a casa lo antes posible a leer una novela erótica que me provocará más excitación que las manos de mi acompañante.
—¿Te corriste? —pregunta con una sonrisa presumida que quiero borrar de su cara.
Dios, bendice a todas las mujeres que tienen sexo mediocre.
Me rompe el corazón saber que las próximas parejas de Parker tendrán el mismo resultado que yo, así que lo miro con seriedad por un par de segundos mientras me levanto de la cama en busca de mi ropa interior.
Debato entre herir su ego con la verdad o permitir, por una noche, que sienta la satisfacción de creer que es un genio en la cama.
—No —respondo finalmente y veo como sus labios carnosos se curvan en un gesto de decepción y confusión.
Conocí a Parker hace un par de horas en Sky’s, uno de los bares más lujosos de la ciudad y que, de casualidad, se encuentra en el hotel de Nicolás de Santis, el novio de mi mejor amiga. Por ende, tengo tragos gratis: ese hombre está dispuesto a ver el mundo arder con tal de hacer feliz a Emily.
Sky’s tiene celebraciones temáticas mensuales para atraer nuevos consumidores. Son un total éxito y la de este mes fue un baile de máscaras. Fui con el único objetivo de encontrar un hombre con quien pasar la noche y Parker, con su sonrisa cálida, nariz delgada, ojos seductores y, mucho más importante, un espectacular traje gris Tom Ford que gritaba dinero con todas sus fuerzas, me pareció el candidato perfecto.
Pasamos gran parte de la velada coqueteando, bebiendo vodka y bailando en la pista de baile destinada a las parejas. A eso de las dos de la mañana le susurré que tenía un minuto para besarme antes de que me cansara de enviarle indirectas y me dirigiera a los brazos de otra persona. Él reaccionó, como esperaba, de inmediato.
Y así fue cómo me guio hasta una de las suites del Hotel de Santis para pasar los siguientes minutos recorriendo el cuerpo del otro con nuestras lenguas. Todo iba bien... hasta que caí en la cuenta de que Parker, al igual que la mayoría de los hombres con los que me he acostado, no sabe qué mierda está haciendo. Usualmente, cuando mi acompañante nocturno no resulta tan satisfactorio como imagino me encargo de guiar cada uno de sus movimientos para alcanzar el orgasmo y pasar una velada entretenida. Lo intenté durante cinco minutos con Parker, pero esta noche no tengo energía para hacer otra cosa que volver a ponerme el vestido rojo —que elegí sabiendo el efecto que tendría en los hombres—, despedirme sin entregarle ningún número de contacto o apellido, e irme hacia mi departamento.
Cuando estoy en el ascensor este se detiene en el piso treinta y, al abrirse las puertas, me revelan a un despeinado, desabrochado y desaliñado Gabriel de Santis. Me encantaría decir que su físico es tan horrible como lo es él por dentro, pero no puedo. Sus ojos verde esmeralda brillan tan fuerte que mis piernas se debilitan por un segundo.
Sacudo la cabeza y me convenzo de que es culpa del alcohol más que de su presencia.
Cuando su mirada choca con la mía, Gabriel suspira fuerte y entorna los ojos, como si fuera mi culpa que el ascensor hubiese decidido unir a las dos personas que no soportan estar más de un minuto en presencia de la otra.
Las puertas se están cerrando cuando decide estirar el brazo y entrar.
—Le diré a mi hermano que mejore la seguridad de este lugar. Es intolerable que se les dé acceso a criminales que asusten a la clientela.
Maldito drama queen.
Vale, en parte entiendo su rechazo hacia mi persona.
Después de todo, reventé las llantas de su Mustang. ¿Golpe bajo? Quizá. En mi defensa, el maldito hijo de puta chocó mi auto en Halloween y, a pesar de mis incesantes mensajes (le pedí su número de teléfono a Nicolás), llamadas a su departamento (de nuevo, gracias, Nicolás) y numerosas visitas a la empresa de seguridad en la que trabaja (siempre siendo rechazada por su asistente) nunca tuve respuesta.
Cansada de esperar que le crezca una buena neurona, decidí tomar acciones con mis propias manos. Es lo que cualquier persona haría, ¿no?
Quizá soy una perra vengativa.
Después de llamar a su oficina por décima vez, caminé hacia la primera tienda de cuchillos que encontré. Me acerqué a uno de los jóvenes vendedores y le pregunté qué instrumento me serviría para reventar las llantas de un auto. Me miró en silencio por unos segundos, probablemente debatiendo si llamar o no a la policía, antes de asentir y dirigirse a uno de los mostradores en búsqueda de una pequeña navaja. Me explicó que tenía un filo de hoja ancha, ideal para lo que buscaba. Luego, pasó a mostrarme el método más efectivo para reventar una llanta. No sabía si mostrarme sorprendida o asustada. Me decidí por lo primero y asentí haciendo notas mentales de sus comentarios. Resulta que el mejor método es clavar la navaja en la goma y rajarla apoyando el peso del cuerpo para producir fuerza.
Al día siguiente, fui al edificio de Gabriel de Santis con ánimos de tener una conversación civilizada y resolver el tema antes de recurrir a la violencia. Sin embargo, fui informada por el conserje del edificio que el señor de Santis se encontraba fuera de la ciudad y desconocía la fecha de su regreso. El enojo hizo hervir la sangre en mis venas y llegó a mis pulmones. Mi acelerado corazón me dio la valentía para bajar al subterráneo, detenerme frente a su auto deportivo y aplicar la técnica que había repasado mil veces en mi mente antes de quedarme dormida.
Funcionó a la perfección. Me fui de ese edificio con la cabeza en alto y sin mirar atrás.
Nunca le dije a Gabriel que fui yo quien dañó su preciado auto, pero estoy segura de que solicitó ver las cámaras de seguridad y, como no oculté mi rostro, lo descubrió todo.
—Buenas noches para ti también —respondo con la sonrisa más falsa que tengo.
Le presto atención y noto que está igual de desgastado que yo. Nos vemos tan similares que no me sorprendería saber que su noche acabó de manera parecida a la mía. De seguro encontró a una chica guapa en el bar y, después de seducirla con esa voz grave que le eriza la piel a cualquiera, la llevó a la habitación para follar en cada postura imaginable. Por supuesto, al ser hombre no tiene la necesidad de fingir el orgasmo y, por lo mismo, supongo que su noche terminó de una manera más satisfactoria que la mía.
¿Por qué mierda estoy pensando en la vida sexual del hombre que detesto?
Acomodo mi revelador vestido para no exponer accidentalmente uno de mis pechos. Sería en extremo incómodo.
—Hablaré con Liam —continúa.
—Justo lo que todos queremos escuchar; tus palabras. —interrumpo lo que sea que haya querido decir.
—Hablaré con él para que deje de regalarte tragos. Es irresponsable de su parte manejar un negocio de esa manera. Después de todo, es el encargado del bar.
—Oh, ¿te refieres al chico que se acuesta con mi amigo? ¿Es el mismo Liam con quien fui la semana pasada al cine? No te halagues, príncipe. No tienes tanto poder.
—No vuelvas a llamarme así.
—Pero es lo que eres, ¿no? Quieres que todo el mundo responda tus comandos como si fuéramos tus súbditos y te juremos lealtad incondicional. —Me acerco un poco a él, irritada por su aire de desprecio—. No eres nadie, de Santis. Deja de pensar que lo eres.
No quito mi vista de su rostro, esperando una reacción. Aprovecho el silencio para observarlo de cerca. Tiene barba de hace un par de días y, aunque odio admitirlo, le sienta bien. Le da un aire de madurez que necesita con urgencia, ya que comporta siempre como un adolescente mimado.
Me pregunto cómo una persona que creció en un ambiente igual al de Nicolás es tan distinto. Su hermano es de las personas más carismáticas con las que me he encontrado. Sonríe a todo el mundo, ayuda a las señoras a cruzar la calle y está asquerosamente infatuado con mi mejor amiga. Busca cualquier excusa para celebrarla, presumirla y amarla tanto en público como en privado. Es el tipo de hombre que cualquier persona se merece y me hace tan feliz que Emmy haya encontrado a alguien que esté dispuesto a mover mar y tierra por ella luego de la adolescencia que tuvo. Nicolás la atesora como si fuera el cristal más frágil de todos y, a la vez, nunca la amarra a él. Le da la libertad que ella siempre ha anhelado para seguir creciendo por su cuenta.
Es difícil no envidiar una pareja de ese calibre, sobre todo si desde adolescente no has tenido más que malas experiencias con personas del sexo opuesto. Cuando entré a la universidad salí con una chica con la esperanza de sentirme atraída por ella y poder, al fin, dejar de lado a los hombres. Lamentablemente, no dio frutos. Resulta que mi cuerpo solo se siente atraído por el peor tipo de hombre: el que te utiliza, te rompe en un millón de pedazos y te deja a ti recogiéndolos.
Como Gabriel de Santis.
No me asombra que él sea de esas personas que utiliza a una mujer solo por su cuerpo. Y está bien, siempre y cuando sea consensuado y ambas partes estén de acuerdo. En mi caso, nunca lo fue. Nunca acepté ser víctima de los apodos con los que me llamaron durante mi época escolar. Nunca esperé que la aprobación masculina que deseaba se transformara en la razón por la cual los hombres se acercaban a mí. Nunca consentí eso. Tampoco acepté ser utilizada por una persona que debió haberme protegido.
Y me rompió.
Por eso, entre otras razones, es que detesto a Gabriel de Santis. Él es el tipo de hombre que destroza a mujeres sensibles como yo.
A raíz de eso he dejado de ser ese ángel que abría sus alas a cualquier persona que se le acercara con supuestas buenas intenciones. En cambio, aprovecho de disfrutar el envoltorio que me otorgó la vida para atraer a los hombres y luego... devorarlos.
Estoy cansada de que se aprovechen de mí y traten mi cuerpo como si fuera de ellos.
Estoy cansada de necesitar esa puta validación.
Estoy cansada de escuchar todas las noches que soy fácil.
El problema es que me gusta el sexo. Sé que eso no es de por sí un problema, pero después de tantos años manchando mi imagen por ser la mujer que soy —esa que disfruta la compañía nocturna de un hombre— me resulta difícil vociferar a los cuatro vientos que gozo el calor de otra persona entre mis piernas.
Cuando encontré a Jonathan, mi novio de dos años y casi esposo, enredado en las sábanas de nuestra cama, gritando el nombre de Ashley, mi supuesta mejor amiga, mientras ella le suplicaba que se moviera más rápido, decidí dejar de caer en las trampas de los hombres.
La verdad es que no conozco a mi padre.
Nunca pensé que su ausencia me afectaría; sin embargo, después de varios años de terapia, me he dado cuenta de que busco su fantasma en cada hombre con el que hablo. Llevo toda la vida anhelando la atención de cualquiera que decida darme más de un minuto de su tiempo. Deseo que alguien me quiera como él nunca lo hizo.
¿Es injusto culparlo por esto? No lo creo. Fue su decisión no querer conocerme y dejar a mi adorada madre, que se dedica a cuidar de otros con su trabajo de enfermera, abandonada para criar a una recién nacida.
El maldito hijo de puta me dejó traumas solo por existir.
Y acá estoy, trabajando de manera constante en mí para no caer rendida en los brazos del primer hombre que se me acerque con una radiante sonrisa y cálidos ojos. Aprendí la lección. Estoy recuperando el control de mi cuerpo después de que me lo quitaran por tantos años.
El sexo es bajo mis reglas.
Yo estoy en control de la situación.
Yo decido cuándo comenzar, cuándo detenernos y qué limites se pueden cruzar.
No permitiré que otro hombre me dañe.
—Lo que daría por tener audífonos en este momento para no escuchar tu chillona voz —añade Gabriel a regañadientes.
Entorno los ojos y dirijo mi atención a la pequeña pantalla que indica en qué piso estamos, desesperada por llegar al primero y tomar una bocanada de aire.
—Si te callaras, no tendría razón para hablarte —suelto.
Espero una respuesta sarcástica de su parte. Un comentario que me recuerde cuál es mi lugar en el mundo, como si fuera un animal. Cuando creo que está por estallar, Gabriel me sorprende levantando las comisuras de sus labios. ¿Se está entreteniendo? En el año que nos conocemos, nunca lo he visto dedicarme algo remotamente similar a una sonrisa. Claro, me ha amenazado con sus palabras y cruzado con sus ojos, pero sus hoyuelos nunca habían estado presentes. No debería distraerme y, aun así, me quedo pegada viendo el cambio de su rostro que curiosamente no refleja ganas de asesinarme. Se ve más joven... casi guapo. El ceño fruncido, que es una constante en su físico, desaparece, y en su lugar sus cejas relajadas me recuerdan la libertad que representa Nicolás.
Por más que no me desagrada ver una versión de él en la que no parece estar constipado, me pregunto por qué me está permitiendo ver esto.
—¿Acaso estás... sonriendo? —pregunto, incapaz de morderme la lengua—. No sabía que eras capaz.
Se le cae el rostro de inmediato. Me castigo por arruinar lo que sea que estuviera pasando, aunque a la vez pienso ¿por qué me importa? Gabriel no ha hecho más que recordarme lo mucho que me desprecia. Y cada vez que Emily menciona al hermano de su novio, le recuerdo que es mi enemigo número uno. ¿Por qué, entonces, tengo el pequeño impulso de querer ver esa sonrisa de nuevo?
Claramente la falta de sueño está afectando mi comportamiento.
Se me parten los labios al verlo caminar en mi dirección sin intención de detenerse. Retrocedo hasta chocar con una de las paredes del ascensor, y ni eso lo detiene.
— Oh, piccola ladra, no sabes de qué soy capaz.
2
Mi cerebro hace un cortocircuito.
Su desconcertante cercanía y ese aroma embriagador marea mis sentidos y, por culpa del orgasmo pendiente, mi cuerpo anhelante confunde esta situación con algo que jamás debe ser. Siento los desbocados latidos de mi corazón amenazar mi pecho con su escape y mi entrepierna palpita de una manera preocupante.
Avery, compórtate.
Sigo uno de los ejercicios de respiración que aprendí gracias a mi instructora de yoga, levanto levemente la cabeza y mantengo la compostura.
Sé hacer esto. Sé manipular a un hombre para que crea que es el objeto de mi deseo, mi máxima perdición y mi razón de existir. Después de todo, no hay criatura más egocéntrica que la misma que destruye constantemente los derechos de una mujer con el propósito de quedarse en la cima del universo.
El pequeño lapso de concentración no es más que un desliz temporal, un giro inesperado de acontecimientos. Llevo mis manos hacia los botones de su camisa, jugando delicadamente con esta. La suave tela me resulta una perfecta distracción para no enfocarme en los notables músculos que se esconden detrás.
Noto de manera clara su perplejidad ante la situación. Aprovecho estos segundos de despiste para deslizar mis manos por su pecho hasta llegar al cinturón que lleva puesto.
Escucho el momento exacto en que su respiración se detiene.
No me está tocando, pero corre fuego por mis venas por la manera en la que mantiene la mirada en mí. Me siento más acalorada de lo que estuve con Parker.
Una vez que engancho dos de mis dedos en su cinturón, lo acerco. No tanto como para sentir su cuerpo contra el mío, solo lo suficiente como para desear haberlo acercado más.
—Explícame, príncipe —susurro en su oído—. Cuéntame de qué eres capaz.
Sonríe.
No es la misma expresión de hace tan solo unos instantes. No. Esa representaba a un hombre bajando sus defensas. Esta, por el contrario, me recuerda a un animal hambriento que acaba de encontrar su presa. Oh, Dios.
Su mano callosa acaricia mi mentón de una manera tan suave y dulce que, si fuéramos otras personas, provocaría que me inclinara ante su tacto para exigirle más.
No somos otras personas.
Mi instinto ruega que me aleje del calor de su cuerpo. Y por más que mi cerebro les pide a gritos a mis piernas que se muevan para crear distancia, me veo paralizada por completo. Hipnotizada.
—Quizá algún día —murmura con voz ronca.
Después de lo que parecen ser horas, las puertas del ascensor se abren y tanto Gabriel como yo nos quedamos quietos, sin hacer un esfuerzo por salir corriendo de estas cuatro paredes claustrofóbicas.
Eso, hasta que un grupo de personas se sube al ascensor y me despierto del trance en el que me encontraba. ¿Qué mierda?
—¿Estás ebrio? —Empujo a Gabriel para hacer espacio y salir corriendo.
Doy un par de pasos cuando una mano agarra mi muñeca y detiene mis movimientos. Gabriel, una vez más, se acerca peligrosamente a mí. ¿Es que no conoce el significado de espacio personal? ¿Será que no le enseñaron en el colegio que lo cordial es mantener al menos un metro de distancia? Sobre todo considerando que somos enemigos. O, bueno, así lo veo yo en mi intento de dramatizar la vida. La verdad es que me desagrada.
—No estoy ebrio, Avery.
Por la manera en que lo dice, no me cabe duda alguna de que está diciendo la verdad. Su tono es tan serio que noto que no solo quiere que lo escuche, sino también que le crea. Por alguna razón eso es importante para él.
Una conversación antigua con Emily me recuerda que sus padres fallecieron por culpa de un conductor ebrio en un accidente de coches. Haría sentido que ahora midiera el alcohol que ingiere.
Asiento, sin saber qué más agregar a la discusión.
Retrocede un par de pasos, y cuando sus labios no están a centímetros de los míos, finalmente me permito respirar. Qué hombre más despreciable, desorientándome de esta manera.
—Nunca más vuelvas a acercarte tanto a mí —indico tensando la mandíbula.
En esta ocasión, levanta la vista y me encuentro con sus ojos esmeralda clavados en los míos, con sus pupilas dilatadas. Cruza los brazos y su camisa negra se tensa en la parte de los músculos.
Lo odio.
Eso no significa que no encuentre su cuerpo atractivo.
—¿Acaso te aterra la forma en que tu cuerpo reacciona a mi presencia? —inquiere levantando una de sus cejas con una expresión arrogante.
—Sí —admito, acercándome yo a él. Doy un par de pasos con mis tacones negros hasta que la punta de estos choca con sus zapatos. Ni por un segundo desvío mi mirada de sus ojos—. Temo sentirme tan repulsada por ti que mi cuerpo se vea obligado a vomitar. Sería una lástima arruinar este maravilloso vestido, ¿no lo crees?
Con mis palabras llega la reacción esperada. Gabriel se ve impulsado a bajar la vista hacia mi impactante vestido burdeos que deja poco a la imaginación. Además, mis pechos se ven fenomenales con el escote en V.
Me observa como la mayoría de los hombres suele hacerlo: con deseo carnal y necesidad hambrienta. Sin embargo, Gabriel podría ser considerado como el primero que detesta sentirse atraído hacia mí. No es su culpa, en realidad, que su cuerpo reaccione ante el mío.
Me acerco a su oreja y le susurro:
—Cuidado, príncipe. No queremos que termines tú con una reacción física.
Retrocedo y noto cómo traga con dificultad.
—Sei un rompicoglioni —musita entre dientes en italiano. No entiendo qué significa, pero su tono me da a entender que no fue un cumplido.
Entorno los ojos y camino en dirección a la salida del hotel. Una vez que regreso a las ruidosas calles de Manhattan veo de reojo que Gabriel saca un cigarrillo de su bolsillo y lo enciende en sus labios.
—Esas cosas te matarán —digo haciendo un gesto de desagrado en el momento en que el humo llega a mi nariz.
—Eso espero —susurra tan bajo que creo haber escuchado mal.
Me volteo, esperando una aclaración, pero él se queda en silencio con la vista en las estrellas.
Sin saber cómo reaccionar, me acerco a la calle para detener un taxi que se viene acercando. Una vez dentro, lo guío hacia el departamento que comparto con Emily en Upper West Side (financiado parcialmente por su novio, Nicolás de Santis).
Durante todo el trayecto intento distraerme pensando en el trabajo que tengo pendiente y en la clase de yoga a la que debo ir por la mañana, a las siete. En cambio, mi mente gira en torno a las dos palabras de Gabriel:
Eso espero.
3
—¿Quién quiere comenzar? —pregunto mirando alrededor de la mesa.
Nos encontramos en una cafetería en la esquina del departamento que comparto con mi mejor amiga y en el que pasamos casi todas las tardes.
Emily se sienta a mi derecha y busca en la aplicación de notas de su teléfono los apuntes que tomó de la novela. Frente a ella está su novio, Nicolás, cuyo libro está tan doblado, marcado y subrayado que no me sorprendería que haya sido manoseado por todas las personas de Nueva York. Según él, es una muestra de cariño hacia la obra. En mi opinión, es un comportamiento psicópata. Camille, la menor de los hermanos de Santis, está sentada frente a mí, tiene una obra de arte. Su versión del libro está llena de dibujos que fue creando a medida que avanzaba la historia. Si bien no tiene miedo de escribir en él, definitivamente tiene más estructura que su hermano. Finalmente, Alex, en una de las esquinas, es el peor de todos. Una taza de café cayó sobre su libro y está tan inflado por la humedad que no sé cómo fue capaz de leerlo después de ese incidente.
Mi libro tiene un par de anotaciones pequeñas.
Nos reunimos el último jueves de cada mes para comentar el libro correspondiente. Es una pequeña tradición que inició hace unos meses en el cumpleaños de Nicolás.
—Creo que es el peor libro que hemos leído —comenta Alex con un pedazo de muffin de arándanos en la boca.
Veo a Emily y Nicolás compartir una sonrisa cómplice, pero ninguno dice nada.
—Alexander Bennet —interrumpo con un tono serio—. Al ingresar a este club de lectura te advertimos explícitamente que la mayoría de los libros que leeríamos tendrían alto contenido erótico.
Levanta las manos, derrotado, a la vez que Camille suelta una pequeña carcajada.
—Lo sé, Avery... —Hace una mueca, como si estuviera pensando—. Apellido desconocido.
Ah, así que eso estaba intentando recordar. Mi apellido.
—Guau y pensar que te consideré un amigo —digo cruzándome de brazos y ocultando la sonrisa que se está asomando.
—Es realmente una lástima que este sea el fin de una era —agrega Emily a mi lado con rostro contemplativo—. Fue un gusto conocerte, Alex.
Él abre la boca en un gesto de shock e indignación, lo que me impulsa a sacarle la lengua solo para provocarlo más.
—¿La escogerías a ella? —chilla Alex apuntándome como si mi mera presencia fuera un inconveniente para él.
—¡Me conoce hace más tiempo! —exclamo con una sonrisa victoriosa.
—Yo la conocí cuando era un muro impenetrable —contraataca—. Pregúntale a cualquier persona de la oficina. Dios, Emily era insoportable. Aun así me acerqué a ella con ánimos de ser buena persona.
—No te estás defendiendo bien —suelta Emily, incapaz de ocultar la gracia que esto le causa.
Con Alex estamos en constantes batallas ficticias sobre a quién estima más Em. Si la persona que creció con ella y conoció sus fases más incómodas de la adolescencia o la persona que estuvo a su lado cuando ni ella soportaba su propia compañía.
—¿Acaso sabes en qué calle vivió toda su infancia? ¿El hecho de que estuvo gran parte de su adolescencia ocultando que estaba enamorada de One Direction? Oh, no me mires así, Emily. Encontré una vez el póster que tenías escondido de Harry Styles en tu armario.
—¡Me habías dicho que no te gustaban las boy bands! —dice Nicolás con una sonrisa radiante en su rostro.
De seguro molestará a su novia con este pedazo de información.
—Volviendo al tema inicial... —anuncia mi mejor amiga con ese tono de jefatura.
—Sí, el tema inicial, Emily Montgomery. ¿La escogerías a ella por sobre mí?
Emily levanta las cejas. De seguro se está cuestionando por qué decide pasar de manera voluntaria tanto tiempo con nosotros, dos de los drama queens más grandes de Estados Unidos.
Aunque sea una pelea sin valor alguno, hay cierto peso en las palabras que se pronuncian. Conozco a Emily de toda la vida, crecimos como hermanas. Pijamadas todas las semanas, juntas para chismear, citas de estudio. Es una extensión de mi alma.
Alex estuvo ahí en momentos en los que nadie más estuvo. Se puede decir que la abandoné después de la muerte de su novio y, aunque tenía mis propios problemas en esa época, nada lo justifica.
Nos reencontramos hace un año, después de pasar cinco separadas. Eso crea una marca. Una cicatriz que por más que quieras olvidar estará siempre presente, sobre todo en los momentos de más vulnerabilidad. Emily es de las personas más leales que conozco y su amistad significa el mundo entero para mí. De momento, es la persona que me ancla. La que me recuerda que hay algo bueno en el mundo, y es por eso que no puedo soportar perderla. No una segunda vez.
—Pasé de ser Avery apellido desconocido a «ella». Me siento realmente honrada —digo intentando sonreír.
—¿Qué mierda está pasando? —pregunta Camille con timidez a Nicolás, quien decide que ese es el momento indicado para poner una canción de NSYNC en su teléfono. Se pone a bailar cuando suenan las primeras notas musicales, haciéndole algunos gestos a Emily.
El ambiente de inmediato se relaja. Emily cubre su rostro con ambas manos y se sacude en una risa silenciosa.
—¿También te gustaba Justin Timberlake, amor?
—No, pero le gustaba JC Chasez. —La empujo con mi codo para llamar su atención.
Nunca había visto a Nicolás con una sonrisa tan grande.
Me disocio de la conversación cuando Nick le pregunta a su novia sobre todas las boy bands existentes para ver de cuál es fan y me fijo en el exterior, solo para darme cuenta de que estoy viviendo un tipo de sueño en este momento. Estoy con las personas que más atesoro en el mundo, discutiendo un libro erótico con una taza de capuchino, y de fondo veo las calles blancas con capas de nieve, decoración navideña y luces centelleantes.
Siento que estoy sumergida en una postal invernal.
Pese a eso, hay un pequeño vacío en mi corazón. Siempre ha estado ahí. A través de los tiempos lo he atribuido a distintos problemas, pero ninguna de las acciones que he tomado ha logrado llenar ese espacio.
—Alguno de estos días, Avery, debemos juntarnos —dice Nicolás volviéndome al presente—. Hay mucho que me encantaría saber acerca de mi amada novia.
—Vale —respondo.
—Estoy del lado de Camille —interrumpe mi amiga—. ¿Qué mierda está pasando? En primer lugar, Alexander, por supuesto que no te escogería sobre Avery. Mocosa, ni se te ocurra decir una palabra. No hay mundo en el que decidiría por alguno de ustedes dos. O los tengo a ambos o a ninguno. Dejen de decir estupideces. —Ambos asentimos con sonrisas gloriosas. Con Alex sabemos que no podemos competir por su amor. Nos quiere a los dos de su leal e incondicional manera. Nos gusta que lo admita y siempre buscamos nuevas formas de hacerlo—. En segundo lugar, por favor, no desvirtuemos la junta. Vamos a hablar del libro.
—Está bien —dice Alex.
—Personalmente, considero que la protagonista no debió haber sobrevivido a su accidente —suelta Emily.
—¿Disculpa? —consulta Cam con ojos abiertos.
—Era tediosa, ¿no crees?
—No sé si lo suficiente como para ser asesinada.
—Hubiese sido un poco más interesante —añade Em.
Dejo pasar su comentario por el mero hecho de que suele leer más libros de suspenso y misterio que otra cosa. De todos modos, le aconsejaré que no deje de ir a terapia.
—Montgomery, enfoquémonos en lo importante. El capítulo 18 —comenta Nick mientras busca una página en particular.
—¡El capítulo 18! —chilla Camille—. Me gustó la degradación de este capítulo. En particular que Mason le demandara que gateara hacia él y....
—Dios, Cam, estoy acá al lado —gime Nicolás fingiendo taparse las orejas.
Soltamos carcajadas de esas que no te permiten respirar. Veo que a Alex le caen un par de lágrimas de risa por los gestos que pone Nicolás, a pesar de que esto mismo viene pasando hace meses.
—Todos los meses lo mismo, Nick —confirma Camille.
—No creo que un hermano pueda simplemente acostumbrarse a escuchar a su hermana hablar de... ya sabes —dice Nicolás.
—¿Sexo?
—Por todos los santos.
—No puedo creerlo —suelta Cam—. ¿Acaso no recuerdas que tú interrumpiste mi primera vez?
Eso detiene todo movimiento. A Alex y a mí se nos cae la mandíbula, dejando nuestra boca abierta en expresión de shock. Emily, en cambio, entrecierra los ojos intentando entender.
—Espera, ¿qué? —preguntamos Alex y yo.
—¡NO DIGAS ESO! —exclama Nicolás, rojo como un tomate.
Se cubre el rostro con las manos mientras todos dirigimos nuestra atención a su hermana.
—Estaba semidesnuda, con tan solo mi ropa interior. El chico, Ezra, se estaba poniendo el condón.
—¡¿ESTABA QUÉ?! —chilla Nick. Su rostro está tan rojo que descubro la existencia de una nueva gama de colores—. Yo no vi eso. De lo contrario, lo hubiera echado a patadas del departamento.
—Han pasado ocho años, Nicolás. Compórtate.
Cam entorna los ojos y toma un par de sorbos de su té antes de volver a centrar su atención en nosotros.
—Resulta que estábamos por hacerlo, cuando este sujeto —anuncia apuntando a su hermano mayor— entra a la habitación sin siquiera golpear y arruina mi romántica velada.
—¿Romántica? No mientas, mujer. A los meses admitiste que fueron a Burger King y se rehusó a pagar lo que comiste.
—¿Dividieron la cuenta? —pregunto con curiosidad.
Asiente, avergonzada.
—No hay nada de malo, claro. Es solo que...
—No es lo que imaginabas —continúo sus pensamientos.
Sé más de lo que me gustaría admitir sobre citas mediocres. En el colegio una vez un chico me invitó a cenar, pero a la hora de pagar la cuenta se retiró para ir al baño... y nunca volvió. Asumí que él iba a cubrir los gastos, principalmente porque fue él quien planeó todo, por lo que andaba sin dinero en ese momento y tuve que llamar a mamá para que me fuera a ayudar. El chico nunca volvió. Las pocas veces que lo vi en el colegio me evitaba y, a decir verdad, no tenía la energía para pelear con una persona más en esa época.
Pienso en Camille mientras recuerdo mi miserable adolescencia. Aun cuando he compartido con ella en los últimos meses, no hemos tenido la oportunidad de hablar a solas y lograr conocernos mejor. Sin embargo, por lo poco que he aprendido gracias a estas juntas mensuales, sé que es una romántica empedernida como yo, por lo que entiendo su decepción.
Durante la siguiente hora continuamos conversando sobre la historia, los personajes y, más importante, las escenas candentes del libro. En cierto momento, Nicolás pretende recibir una llamada urgente para dejar de escuchar a Camille compartir ciertas historias sexuales. No voy a mentir, la chica se ve más inocente de lo que es.
Nos reímos, comemos un montón y terminamos la velada con las mejillas cansadas y los estómagos llenos. La cura a cualquier corazón roto.
Estas reuniones se han convertido en un espacio seguro. Un escape de la vida y sus problemas. Y, aunque la lectura me brinda esa misma oportunidad para escapar, compartir esa experiencia con otras personas que te entienden es una satisfacción que no muchos conocen.
* * *
—Me quedaré con Nicolás esta noche —avisa Emily al llegar a nuestro departamento.
El Upper West Side es un sector en el que nunca pensé vivir. Debido a que tiene uno de los códigos postales más costosos de Estados Unidos, esperaba tener cuarenta años la primera vez que pusiera un pie en este lugar.
Resulta que Nicolás de Santis no solo es dueño del Hotel de Santis, sino que de un montón de inmobiliarios más, al igual que sus hermanos. Heredaron una fortuna tan grande en dinero y en activos que no es necesario que ninguno tenga un trabajo estable para sobrevivir. De hecho, tienen edificios y casas repartidas por el mundo, incluso en Italia. Nicolás se sentía algo avergonzado de ser un ricachón, razón por la cual solo a los ocho meses de salir con mi amiga se lo admitió. ¡Nicolás hasta tiene una página en Wikipedia! Wikipedia. Ese es otro nivel de fama, según mis estándares. Y no, no se la creó él mismo.
En un inicio Emily se rehusaba a vivir en un edificio de su propiedad, por lo que Nicolás tuvo que repetir sus argumentos varios meses antes de que mi amiga aceptara. En primer lugar, quedaba más cerca de donde vivía él, en el Upper East Side, por lo que podría llegar más rápido en caso de cualquier emergencia —incluso ofreció comprarle un auto, pero mi amiga consideró que eso hubiese sido mucho—. En segundo lugar, argumentó que el departamento llevaba meses sin arrendatarios y era mejor que una persona le diera vida al espacio que dejarlo ahí acumulando polvo. Tercero, todo tipo de papeleo sería directamente con la corredora de propiedades para que no fuera incómodo. La condición que agregó Emily es que debemos pagar un arriendo justo. Debo admitir que yo estaba muy en contra de esa cláusula. No tengo grandes problemas de dinero, pero si el chico quiere andar regalando departamentos, ¿quiénes somos nosotras para negarnos a su generosidad? Por supuesto que acepté sus condiciones y Nicolás también, aunque nos hizo una generosa reducción en la renta.
El espacioso lugar nos permite vivir juntas y a la vez tener nuestros propios espacios. Es un departamento mariposa; cada una tiene una habitación del mismo tamaño y hay una tercera que podría considerarse una oficina. Mi trabajo requiere presencialidad solo cuando me encuentro con clientes, por lo que necesito un espacio en casa, y Emily está impulsando trabajo remoto en la consultora en la que trabaja.
Todos sabemos que el piso es un lujo en Nueva York. Mi departamento anterior medía veinte metros y nadie quiere saber lo cerca que estaba el baño de la cocina. Ahora, en cambio, ¡tenemos la cocina en una habitación propia! No solo eso, sino que también cumplí mi sueño de tener una gran habitación llena de libros y plantas para brindarle vida. El living para mí es una especie de santuario en medio de la ciudad. Un refugio para nosotras en el que el tiempo se desacelera y los problemas se desvanecen. Las paredes están adornadas con estanterías de madera, pinturas que he encontrado en ferias y plantas que se yerguen con gracia.
—No entiendo por qué aún no te vas a vivir con él —expreso mientras me sirvo un té.
Voy hacia el living para hablar con mi amiga. Emily encoge los hombros y continúa regando las plantas.
—No quiero dejarte sola —responde, poco convincente.
Entorno los ojos de manera dramática. Sé que esa no es la razón por la cual no ha podido dar ese paso. He mencionado que no tengo problemas en vivir sola. Nunca lo he hecho por temas de dinero, pero no quiero que eso sea un impedimento en la vida de mi amiga. Estoy dispuesta a irme a un departamento de diez metros si es necesario.
—Millie... —susurro acercándome a ella para que vea la honestidad en mis ojos —. Realmente me importa una mierda vivir sola. Vivo contigo porque me gusta, pero puedo estar por mi cuenta un tiempo.
Lanza una carcajada ante mis palabras y quiero abrazarla hasta que su corazón sane por completo. Aún hay mucho de su pasado sin resolver, pero con terapia está avanzando para solucionar ciertas cosas.
—La verdad es que me da miedo —admite mordiendo su labio inferior.
Le hago señas para que nos sentemos en el sofá beige que se encuentra repleto de cojines de distintos colores.
—¿Qué te da miedo? —pregunto con mi taza de té en mano.
—No lo sé. Supongo que me aterra que todo cambie... que nos convirtamos en mis padres. Pretendiendo estar felices, pero ocultándonos secretos.
El padre de Emily engañó a su madre con su secretaria y luego las abandonó para estar con ella. Es algo que jamás ha podido superar del todo.
—O... puedes terminar como los padres de Nicolás, quienes se amaron hasta su último aliento —contrapongo.
—Quiero eso, Ave —admite en voz baja—. Desesperadamente. Es solo... complicado. Me cuesta desaprender todo eso de lo que me estuve convenciendo por cinco años, ¿sabes? A veces despierto en la mitad de la noche pensando que el último año y medio ha sido una mentira. Que nunca apareciste, que Alex nunca se atrevió a hablarme, que Nicolás nunca miró dos veces en mi dirección y... me aterra esa realidad. Aún me da miedo dar grandes saltos y que se acabe todo aquello a lo que le tengo cariño.
Dejo la taza en la mesa de centro de madera antes de cubrirnos con una gran mantita de lana. Apoyo mi cabeza en su hombro y le tomo las manos con seguridad.
—Está bien, Em —digo—. Estoy orgullosa de lo que has logrado.
Pasamos varios minutos en silencio, nuestras miradas fijas en la vista blanca de afuera, los copos de nieve bailando con el aire que recorre la ciudad.
—Tú aún no me cuentas nada de ti —indica cambiando el tema—. De tus últimos años. De tu casi esposo. No has compartido nada.
Es cierto. Y no es que no quiera. Más que nada también tengo miedo de decir en voz alta aquellas cosas que llevan años atormentándome en silencio. Hace un año Emily tuvo la valentía de pronunciar, por más que le costara, todos sus miedos, confiando en que estaría ahí para ayudarla a salir adelante. Sé que ella devolvería el favor.
Pero no estoy lista.
—Lo haré.
4
Hace diez años
Estoy en la librería la primera vez que noto la atención de un hombre en mí.
Tengo catorce años.
Él debe tener treinta.
Le he rogado a mamá que pasáramos por ahí antes de ir a casa, dado que se ha publicado la última parte de una de mis trilogías de fantasía favoritas. He encontrado el libro hace más de veinte minutos, pero aprovecho de refugiarme entre los pasillos de ese lugar que se siente como casa para apreciar las estanterías repletas de libros que esperan ser descubiertos. Huelo páginas y páginas y todos mis sentidos se relajan ante ese aroma que evoca tanto cariño.
Toda la vida he amado la lectura. Desde que mamá me leía por la noche historias de valientes princesas que salvaban los mundos, de príncipes que las acompañaban y ayudaban, y de dragones que las protegían. Vivir entre las páginas de un libro se volvió una necesidad. Cada vez que tenía un mal día y necesitaba desconectarme de mi realidad sabía que podía contar con mis libros para ser transportada a un universo en el que mis problemas desaparecían. No había nada que se sintiera como acompañar a mis personajes favoritos en sus más alocadas aventuras.
A los catorce años mis gustos habían evolucionado. Si bien sigo interesada en las historias fantásticas, son aquellas con contenido romántico las que me han cautivado totalmente. Supongo que es culpa de Aiden, uno de los chicos de mi curso que provoca mariposas en mi estómago cada vez que dirige su mirada en mi dirección.
Llevo tres libros en mis brazos cuando siento sus ojos sobre mí.
Creo que podría considerarse convencionalmente atractivo. Es más alto que cualquier hombre que haya visto y sus rasgos esculpidos con delicadeza contrastan con la gran barba que lleva, similar a la de Noah en Diario de una pasión. Su camisa azul resalta unos ojos del mismo color, haciendo que brillen con más intensidad bajo la cálida luz.
En primera instancia creo que el hombre desconocido que me mira me confunde con otra persona. No hay razón para que clave su vista en mí por tanto tiempo sin pronunciar siquiera una palabra. Eso, hasta que veo sus ojos recorrer mi cuerpo, poniendo énfasis en las curvas de mis caderas y en mis pechos, que crecieron durante el verano. Oh. Es acá cuando recuerdo el vestido muy, muy corto que llevo puesto. Le había dicho a mamá que debíamos ir de compras, que crecí demasiado en el verano (en todo sentido) como para seguir con la misma ropa.
Ahora soy más alta de lo que era antes, creo que incluso le saco una cabeza entera a Emmy. Los sujetadores que solía usar el año pasado me quedan pequeños. Lo mismo mis pantalones y camisetas. Mi cuerpo creció sin que me diera cuenta y ahora no sé cómo cubrirme de la minuciosa examinación del extraño.
Al identificar que es a mí a quien busca en vez de a otra persona, me fijo más en su mirada. Es una que he visto un montón de veces en las películas de romance con las que estoy obsesionada desde pequeña gracias a mamá. Se muerde el labio cuando se da cuenta de que lo estoy observando de vuelta. Al ver que me sonríe, me siento tan incómoda que quiero buscar a mamá y pedirle que me lleve lejos de aquí.
Mi corazón se acelera y él no deja de mirarme. Paso las palmas de mis manos por mi vestido para limpiar el sudor. Quiero gritar y esconderme detrás de alguno de los estantes para dejar de sentir que estoy siendo observada con lupa.
Y es en este momento cuando todo cambia. Lo siguiente que pasa modifica el rumbo de mi vida por siempre.
Se cruza frente a mí una niña de no más de seis años con un vestido de flores, similar al mío, caminando de la mano de su padre. Este le señala unos estantes llenos de libros coloridos y ella le sonríe como si él fuera su universo entero. El padre se agacha ante ella y le dice algo que la hace soltar una carcajada antes de abrazarla con fuerza y darle un beso en la sien.
No reconozco lo que siento cuando los veo. Mis órganos se revuelven con fuerza, mi respiración se entrecorta y tengo la repentina necesidad de apretar los puños para no ponerme a gritar. ¿Qué me pasa?
Sigo observando a padre e hija compartiendo un momento que para cualquier persona podría resultar normal, cotidiano, mientras que mi corazón sangra por una carencia que no sabía que tenía. ¿Cómo hubiese cambiado mi vida si hubiese tenido la presencia de mis dos padres? ¿Acaso hice algo mal en mi vida pasada que me impide intercambiar vivencias como la de esta niña? Es injusto, pero la odio, porque sé que nunca tendré eso que la hace tan feliz. ¿Cómo se sentirá tener esa devoción por parte de un hombre?
Quito mi vista de ellos, lista para encontrar a mamá y pedirle que nos vayamos. En cambio, mi mirada vuelve a chocar con la del atractivo extraño, quien continúa observándome detenidamente. Su sonrisa ahora es más tímida.
En esta ocasión, le sonrío de vuelta.
No es una sonrisa genuina como las que comparto con Emily cada vez que tenemos pijamadas y pasamos la noche viendo películas. No. Es una sonrisa coqueta. O eso espero. Solo intento replicar lo que he visto un millón de veces en películas. Levanto la comisura de mis labios y me paro recta para sacar más mis pechos. Logro relajarme después de unos segundos, cuando noto que no se ha espantado tras mis esfuerzos de parecer mayor y segura de mí misma. De hecho, creo que empiezo a disfrutar de su atención y de sentir que tengo algún tipo de poder sobre él.
Imito lo que hace Elle Woods en Legalmente rubia sin quitar mi vista de él. Pretendo que se me caen los libros de las manos y, con toda delicadeza, me agacho para recogerlos con la espalda recta, el trasero fuera y el estómago dentro. Inclinar y posar.
Es ahí cuando veo que toma una decisión y da unos pasos en mi dirección. Sus ojos no se apartan de mí. Las mariposas en mi estómago vuelan y mi sonrisa se agranda. Me siento orgullosa por haber provocado una reacción tan grande en él que lo llevó a la necesidad de acercarse. ¿Me hablará? ¿Será este el inicio de mi primer amor?
De pronto, mi madre aparece frente a mí.
—¿Estás lista, amor? —pregunta observando los libros que tengo en las manos.
Me toma tan por sorpresa que solo asiento sin decir nada.
Cuando el extraño nos alcanza, pasa por mi lado con la cabeza en alto y sin hacer contacto visual.
Paso el resto del día enojada con mi madre.
5
Voy entrando a la oficina cuando lo veo.
Está sentado junto a algunos de mis compañeros, perdido en una agitada conversación de la que no soy parte. Una conversación que no escucho, porque mi mente ha retrocedido ocho años y estoy frente a una persona que juré nunca más ver.
La primera persona que amé. La primera persona que pensé que me amaba de vuelta.
Ethan.
Ethan Reynolds.
Me detengo bruscamente para observarlo desde mi posición, escondida, preocupándome de no ser vista desde la oficina en la que se encuentra. Debería moverme, debería correr, esconderme, huir y dejar este lugar atrás por siempre.
No... no puedo. Mi cuerpo dejó de funcionar apenas lo vi.
—Ave, ¿estás bien? —pregunta Eleanor, una compañera de trabajo—. ¿Por qué lloras?
Parpadeo y caigo en cuenta de las lágrimas que caen por mi rostro.
Le hago una señal de silencio y me marcho apresuradamente.
Espero que él no me haya visto, que haya pasado desapercibida.
Camino sin detenerme hasta llegar al baño de chicas. Cierro con pestillo y paso unos segundos en shock antes de largarme a llorar sin preocuparme de que alguien pueda escucharme. Mierda. Siento como si no pudiera tomar aire suficiente, como si mis pulmones no se llenaran por completo. Mi respiración se vuelve cada vez más rápida, provocando una creciente ansiedad que me es difícil controlar. Con cada respiro siento que el mundo se da vueltas, que se cae sobre mis hombros... qué voy a ser aplastada. Me siento tan a abrumada que olvido dónde estoy, por qué estoy así y qué puedo hacer.
Reconozco los síntomas. Después de batallar por años con mi salud mental, por supuesto que sé cuándo estoy teniendo un ataque de pánico.
Intento detener los pensamientos catastróficos que amenazan con mi fin, pero no puedo dejar de preguntarme por qué, por qué, por qué. Inhalo profundamente, recordando cada uno de los ejercicios que me han funcionado en el pasado, pero ¿por qué?
Mis pulmones hacen un esfuerzo por agrandarse y tragar el aire de mi alrededor, pero su cara, esa sonrisa que le quiero cortar de la cara, no me deja.
Voy hacia el lavamanos a humedecer mi rostro, intentando encontrar calma en medio del caos. Me repito que esto pasará, que estaré bien, que tengo las habilidades para manejarlo. Vamos a estar bien. Ralentizo mi respiración a propósito y me concentro en mis sentidos, en el aquí y ahora. Mis pensamientos de a poco se vuelven más claros y soy capaz, al fin, de ver una salida de esta oscuridad. Respiro hondo, sintiéndome cada vez mejor y más capaz de enfrentar lo que venga.
Oh, Dios. ¿Qué está haciendo acá?
Cuando todo se fue a la mierda entre nosotros, pensé que sería una persona que se
