Estuche Sally Rooney (contiene: Gente normal | Conversaciones entre amigos | Dónde estás, mundo bello)

Sally Rooney
Sally Rooney

Fragmento

cap-2

1

Bobbi y yo conocimos a Melissa en la ciudad, en una velada poética en la que actuamos juntas. Nos hizo una foto en la calle en la que Bobbi salía fumando y yo sujetándome tímidamente la muñeca izquierda con la mano derecha, como si temiera que fuese a escaparse. Melissa usaba una cámara profesional grande y llevaba un montón de objetivos distintos en un estuche especial. Charlaba y fumaba mientras tomaba las fotos. Comentó nuestra actuación y hablamos de su obra, que conocíamos de internet. A eso de la medianoche cerraron el bar. Empezaba a llover y nos invitó a tomar una copa en su casa.

Nos subimos las tres al asiento trasero de un taxi y nos abrochamos los cinturones. Bobbi iba en medio, con la cabeza girada para hablar con Melissa, así que pude admirar su nuca y su pequeña oreja con forma de cucharilla. Melissa le dio al taxista una dirección de Monkstown y yo me puse a mirar por la ventanilla. En la radio, una voz anunció: «Clásicos… del pop… de los ochenta…». Y luego sonó una sintonía. Yo estaba emocionada, lista para afrontar el reto de visitar la casa de una desconocida, y ya preparaba cumplidos y ciertas expresiones que me hicieran parecer encantadora.

Era una casa adosada de ladrillo rojo, con un sicómoro en el exterior. A la luz de las farolas, las hojas se veían anaranjadas y artificiales. A mí me encantaba ver el interior de casas ajenas, sobre todo si eran de gente vagamente famosa como Melissa. En ese momento decidí memorizar cada detalle de su hogar, a fin de poder describírselo más tarde a nuestros amigos y que Bobbi pudiera mostrarse de acuerdo.

Cuando Melissa nos hizo pasar, una pequeña spaniel de pelaje rojizo vino corriendo por el pasillo y se puso a ladrarnos. Hacía calor en el recibidor y las luces estaban encendidas. Junto a la puerta había una mesita baja sobre la que alguien había dejado un montón de calderilla, un cepillo para el pelo y un pintalabios destapado. En la pared de la escalera colgaba una reproducción de Modigliani, una mujer desnuda recostada. Toda una casa, pensé. Aquí podría vivir una familia.

Tenemos invitados, anunció Melissa desde el pasillo.

Nadie salió a recibirnos, así que la seguimos hasta la cocina. Recuerdo que vi un cuenco de madera oscura lleno de fruta madura, y que me fijé en la galería acristalada. Gente rica, me dije. En esa época pensaba todo el tiempo en la gente rica. La perra nos había seguido hasta la cocina y nos olisqueaba los pies, pero como Melissa no dijo nada nosotras tampoco.

¿Vino?, preguntó. ¿Blanco o tinto?

Melissa lo sirvió en unas copas enormes del tamaño de boles y las tres nos sentamos en torno a una mesa baja. Nos preguntó cómo habíamos empezado a hacer recitales de spoken word. Acabábamos de concluir nuestro tercer año de universidad, pero llevábamos actuando juntas desde el instituto. Habíamos terminado los exámenes. Estábamos a finales de mayo.

Melissa tenía la cámara sobre la mesa y de cuando en cuando la cogía para sacar una foto, al tiempo que se reía despectivamente de sí misma por ser una «adicta al trabajo». Encendió un cigarrillo y sacudió la ceniza en un cenicero de cristal de lo más kitsch. La casa no olía a tabaco, y me pregunté si fumaría allí habitualmente.

He hecho un par de amigas, dijo.

Su marido estaba en el umbral de la cocina. Alzó la mano a modo de saludo y la perra se puso a ladrar y gañir correteando en círculos.

Esta es Frances, dijo Melissa. Y esta, Bobbi. Son poetas.

Él sacó un botellín de cerveza del frigorífico y lo abrió sobre la encimera.

Ven y siéntate con nosotras, dijo Melissa.

Me encantaría, contestó él, pero será mejor que intente dormir un poco antes del vuelo.

La perra se subió de un brinco a una silla cercana y él alargó la mano con gesto ausente para acariciarle la cabeza. Preguntó a Melissa si le había dado de comer, ella contestó que no. Entonces cogió a la perra en brazos y dejó que le lamiera el cuello y la barbilla. Dijo que ya se encargaba él y volvió a salir por la puerta de la cocina.

Nick tiene un rodaje en Cardiff por la mañana, dijo Melissa.

Nosotras ya sabíamos que su marido era actor. Melissa y él eran fotografiados a menudo en actos sociales, y teníamos amigos de amigos que los conocían. Nick poseía un rostro grande y atractivo, y parecía capaz de cargarse tranquilamente a Melissa bajo un brazo mientras con el otro rechazaba a una horda de intrusos.

Es muy alto, comentó Bobbi.

Melissa sonrió como si «alto» fuera un eufemismo para referirse a otra cosa, algo no necesariamente halagador. Seguimos charlando. Entablamos un breve debate sobre el gobierno y la Iglesia católica. Melissa nos preguntó si éramos creyentes y contestamos que no. Dijo que las ceremonias religiosas, como los funerales o las bodas, le parecían «reconfortantes de una manera en cierto modo sedante». Son actos comunitarios, dijo. Tienen cierto encanto para los neuróticos del individualismo. Y además fui a un colegio de monjas, así que todavía recuerdo muchas de las oraciones.

Nosotras también fuimos a un colegio de monjas, dijo Bobbi. Y eso nos planteó ciertos problemas.

Melissa sonrió de oreja a oreja y preguntó: ¿Como cuáles?

Bueno, yo soy lesbiana, contestó Bobbi. Y Frances es comunista.

Y no creo que recuerde ni una sola oración, añadí.

Estuvimos horas charlando y bebiendo. Recuerdo que hablamos sobre la poeta Patricia Lockwood, a la que admirábamos, y también sobre lo que Bobbi llamaba despectivamente «feminismo gay de pacotilla». Empecé a sentirme cansada y un poco borracha. No se me ocurría nada ingenioso que decir y me costaba poner caras que expresaran mi sentido del humor. Creo que reía y asentía sin parar. Melissa nos dijo que estaba trabajando en un libro nuevo de ensayos. Bobbi había leído el primero, pero yo no.

No es muy bueno, me dijo Melissa. Espera a que salga el próximo.

Hacia las tres de la madrugada nos acompañó a la habitación de invitados y nos dijo lo mucho que se alegraba de habernos conocido y de que nos quedáramos a pasar la noche. Cuando nos metimos en la cama me quedé mirando fijamente el techo y me di cuenta de lo borracha que estaba. La habitación daba vueltas en espirales breves, consecutivas. En cuanto mis ojos se acostumbraban a una rotación, empezaba la siguiente. Le pregunté a Bobbi si le pasaba lo mismo, pero me dijo que no.

Es fantástica, ¿no crees?, comentó Bobbi. Melissa.

Me cae bien, dije.

Oímos su voz en el pasillo y el sonido de sus pasos que la llevaban de habitación en habitación. En un momento dado la perra ladró y oímos que ella gritaba algo, y luego la voz de su marido. Pero después nos quedamos dormidas. No lo oímos marcharse.

Bobbi y yo nos habíamos conocido en el instituto. Por aquel entonces ella no se mordía la lengua y con frecuencia la castigaban por una falta de comportamiento que nuestra escuela catalogaba como «perturbación del normal desarrollo de la clase». Cuando teníamos dieciséis años se puso un piercing en la nariz y empezó a fumar. Le caía mal a todo el mundo. En cierta ocasión la expulsaron temporalmente por escribir «¡Que se joda el puto patriarcado!» en la pared junto a un crucifijo de escayola. Este incidente no despertó solidaridad alguna. A Bobbi se la consideraba una numerera. Hasta yo tuve que reconocer que durante la semana que expulsaron a Bobbi las clases fueron mucho más apacibles.

A los diecisiete años asistimos a un baile para recaudar fondos en el salón de actos del instituto, con una bola de discoteca medio rota arrojando destellos sobre el techo y las ventanas con barrotes. Bobbi se había puesto un vaporoso vestido veraniego y daba la impresión de no haberse cepillado el pelo. Estaba radiante, lo que implicaba que todo el mundo tenía que esforzarse mucho para no prestarle atención. Le dije que me gustaba su vestido. Me dio a beber vodka de una botella de Coca-Cola y me preguntó si habían cerrado el resto de la escuela. Probamos con la puerta de la escalera que daba a la parte de atrás y vimos que estaba abierta. Arriba las luces estaban apagadas y no había nadie. A través de los tablones del suelo percibíamos la vibración de la música, como la melodía del móvil de otra persona. Bobbi me ofreció un poco más de vodka y me preguntó si me gustaban las chicas. Con ella era muy fácil mostrarse impasible. Claro, me limité a contestar.

Al convertirme en la novia de Bobbi no traicionaba la lealtad de nadie. Yo no tenía amigas íntimas, y a la hora de comer me sentaba sola en la biblioteca del instituto leyendo libros de texto. Las otras chicas me caían bien, les dejaba copiar mis deberes, pero me sentía sola e indigna de una verdadera amistad. Hacía listas de las cosas que debía mejorar de mí misma. Cuando Bobbi y yo empezamos a salir, todo cambió. Ya nadie me pedía los deberes. A la hora de comer nos paseábamos por el aparcamiento cogidas de la mano y la gente apartaba la mirada con malicia. Era divertido, la primera cosa verdaderamente divertida que me pasaba en la vida.

Al salir de clase nos tumbábamos en su habitación a escuchar música y hablábamos de lo que nos gustaba de la otra. Eran conversaciones largas e intensas, y me parecían tan trascendentales que por las noches, en secreto, transcribía retazos de memoria. Cuando Bobbi hablaba sobre mí sentía como si me estuviera viendo en un espejo por primera vez. De hecho, empecé a mirarme más a menudo en los espejos de verdad y a interesarme por mi cara y mi cuerpo, algo que no había hecho nunca. Le preguntaba a Bobbi cosas del tipo: ¿Mis piernas son largas o cortas?

En nuestra ceremonia de graduación recitamos un poema juntas. Algunos padres lloraron, pero nuestros compañeros se limitaron a mirar por las ventanas del salón de actos o a cuchichear entre ellos. Al cabo de varios meses, tras una relación de más de un año, Bobbi y yo rompimos.

Melissa quería escribir un artículo sobre nosotras. Nos mandó un email para preguntarnos si nos interesaba y adjuntó algunas de las fotos que nos había hecho a la salida del bar. A solas en mi habitación, descargué uno de los archivos y lo abrí a pantalla completa. Bobbi me devolvía la mirada, con gesto pícaro, sosteniendo un cigarrillo en la mano derecha y ciñéndose la estola de piel con la otra. A su lado, yo parecía hastiada e interesante. Intenté imaginar mi nombre en un artículo periodístico, impreso en una tipografía con serifa con gruesas astas. Decidí que me esforzaría más por impresionar a Melissa la próxima vez que nos viéramos.

Bobbi me llamó casi inmediatamente después de que llegara el email.

¿Has visto las fotos?, preguntó. Creo que estoy enamorada de Melissa.

Sostuve el teléfono con una mano y amplié el rostro de Bobbi con la otra. Era una imagen de alta calidad, pero la aumenté hasta que empezó a pixelarse.

A lo mejor solo estás enamorada de tu propia cara, le dije.

Solo porque tenga una cara bonita no quiere decir que sea una narcisista.

No me molesté en replicar. Seguía concentrada en la ampliación de la foto. Sabía que Melissa escribía para varias webs literarias importantes y que su trabajo circulaba mucho por la red. Había publicado un famoso ensayo sobre los Oscar que todo el mundo volvía a postear cada año durante la temporada de premios. A veces también escribía artículos de índole local, sobre artistas que vendían sus obras en Grafton Street o sobre músicos callejeros de Londres; siempre aparecían acompañadas de hermosas fotos de sus personajes, retratos que reflejaban su humanidad y llenos de «carácter». Reduje la imagen a su tamaño original y traté de observar mi propio rostro como si fuera el de una desconocida que viera en internet por primera vez. Me pareció redondo y blanco, las cejas como paréntesis caídos, los ojos eludiendo el objetivo, casi cerrados. Hasta yo podía ver que tenía carácter.

Enviamos un email a Melissa diciendo que estaríamos encantadas, y nos invitó a cenar en su casa para hablar de nuestro trabajo y sacarnos algunas fotos más. Me pidió que le enviara algunos de nuestros poemas y le mandé tres o cuatro de los mejores. Bobbi y yo hablamos largo y tendido sobre lo que ella se pondría para la cena, bajo la excusa de comentar lo que deberíamos llevar ambas. Tumbada en mi habitación, la observé mirándose al espejo, moviendo mechones de pelo de aquí para allá con gesto crítico.

A ver, cuando dices que estás enamorada de Melissa…, empecé.

Me refiero a que estoy colada por ella.

Sabes que está casada.

¿No crees que le gusto?, preguntó Bobbi.

Sostenía frente al espejo una de mis camisas blancas de algodón peinado.

¿Qué quieres decir con que le gustas?, repuse. ¿Hablas en serio o en broma?

En parte hablo en serio. De verdad creo que le gusto.

¿Como para tener una aventura?

Bobbi se echó a reír. Con otra gente por lo general no me costaba discernir lo que debía tomarme en serio o en broma, pero con Bobbi resultaba imposible. Nunca parecía hablar completamente en serio ni completamente en broma. En consecuencia, había aprendido a adoptar una especie de aceptación zen ante todas las cosas raras que decía. Se quitó la blusa y se puso mi camisa blanca. Se la remangó con cuidado.

¿Bien?, preguntó. ¿O fatal?

Bien. Te queda bien.

2

El día que íbamos a cenar a casa de Melissa no paró de llover. Por la mañana me quedé sentada en la cama escribiendo poesía, pulsando la tecla intro a mi antojo. Al final abrí las persianas, leí las noticias en internet y me di una ducha. Mi apartamento tenía una puerta que daba al patio del edificio, lleno de vegetación exuberante y con un cerezo en flor en la esquina más alejada. Ya estábamos casi en junio, pero en abril se llenaba de florecillas alegres y sedosas como confeti. La pareja de al lado tenía un bebé que a veces lloraba por las noches. Me gustaba vivir allí.

Esa noche Bobbi y yo quedamos en la ciudad y tomamos un autobús hasta Monkstown. Volver a la casa por nuestra cuenta era como abrir un envoltorio en el juego de pasar el paquete. Se lo comenté a Bobbi por el camino y ella dijo: ¿Será el premio o solo otra capa de papel?

Ya nos enteraremos después de la cena, contesté.

Cuando llamamos al timbre, Melissa salió a abrir con la cámara al hombro. Nos dio las gracias por acudir. Tenía una sonrisa expresiva, cómplice, que pensé que seguramente dedicaba a todos sus fotografiados, como si dijera: para mí no eres uno más, sino alguien muy especial. Supe que más tarde ensayaría esa misma sonrisa con envidia ante el espejo. La perra ladró desde la puerta de la cocina mientras colgábamos nuestras chaquetas.

En la cocina encontramos al marido de Melissa cortando verduras. La perra se puso muy nerviosa al vernos allí reunidos. Se subió de un salto a una silla y estuvo ladrando durante diez o veinte segundos hasta que él la mandó callar.

¿Os apetece una copa de vino?, preguntó Melissa.

Dijimos que claro, y Nick nos sirvió. Yo lo había buscado en internet después de nuestro primer encuentro, más que nada porque no había conocido a otros actores en la vida real. Había trabajado sobre todo en teatro, pero también había hecho algo de televisión y cine. En una ocasión, hacía ya varios años, había estado nominado a un premio importante, que no ganó. Me había topado con toda una selección de fotos con el torso desnudo, muchas de las cuales lo mostraban más joven, saliendo de una piscina o duchándose en una serie de televisión cancelada tiempo atrás. Envié a Bobbi un enlace a una de esas fotos con el mensaje: marido trofeo.

No había demasiadas imágenes de Melissa en internet, aunque sus libros de ensayos habían generado mucha publicidad. No sabía cuánto tiempo llevaba casada con Nick. Ninguno de los dos era lo bastante famoso para que esa información circulara por la red.

¿Así que lo escribís todo juntas?, preguntó Melissa.

Oh, no, qué va, dijo Bobbi. Frances lo escribe todo. Yo ni siquiera la ayudo.

Eso no es verdad, repliqué. No es cierto, sí que me ayudas. Lo dice por decir.

Melissa ladeó la cabeza y soltó una especie de risita.

Vale, entonces ¿cuál de las dos está mintiendo?, preguntó.

La que mentía era yo. Salvo en el sentido de que enriquecía mi vida, Bobbi no me ayudaba a escribir poesía. Que yo supiera, nunca había escrito de forma creativa. Le gustaba interpretar monólogos dramáticos y entonar canciones antibelicistas. Sobre el escenario era la que llevaba la voz cantante, y yo solía mirarla con inquietud para que no se me olvidara lo que tenía que hacer.

Cenamos espaguetis con una salsa espesa a base de vino blanco y mucho pan con ajo. Nick apenas abrió la boca mientras Melissa nos acribillaba a preguntas. Nos hizo reír mucho a todos, pero fue un poco como si alguien te hiciera comer algo que en realidad no te apetece. Yo no tenía claro si me gustaba aquella especie de alegre imposición, pero era evidente que Bobbi se lo estaba pasando en grande. Se reía incluso un poco más de la cuenta, o así me lo parecía.

Aunque no habría sabido especificar por qué exactamente, tuve la certeza de que Melissa perdió interés en nuestro proceso de escritura cuando se enteró de que yo era la única autora de los textos. No se me escapaba que la sutileza de este cambio le bastaría a Bobbi para negarlo más tarde, algo que me irritaba como si ya hubiese sucedido. Empezaba a sentirme ajena a todo aquello, como si la dinámica que al fin se había revelado no me interesara o ni siquiera fuese conmigo. Podría haberle echado más ganas, pero supongo que me fastidiaba tener que esforzarme para que me hicieran caso.

Después de cenar Nick recogió la mesa y Melissa nos sacó más fotos. Bobbi se sentó en el alféizar contemplando la llama de una vela, riendo y poniendo caras adorables. Yo seguí sentada a la mesa sin moverme, apurando mi tercera copa de vino.

Me encanta el rollo de la ventana, dijo Melissa. ¿Hacemos otra parecida, pero en la galería?

Desde la cocina se accedía a la galería acristalada a través de unas puertas dobles. Bobbi siguió a Melissa, que cerró las puertas tras de sí. Podía ver a Bobbi riendo sentada en el alféizar, pero no alcanzaba a oír su risa. Nick empezó a llenar el fregadero de agua caliente. Volví a decirle lo buena que había estado la cena y él levantó la mirada y dijo: Ah, gracias.

A través del cristal observé a Bobbi quitándose una mancha de maquillaje de debajo del ojo. Tenía las muñecas delgadas y las manos finas, elegantes. A veces, cuando estaba haciendo algo anodino, como volver a casa del trabajo o tender la ropa, me gustaba imaginar que me parecía a ella. Bobbi tenía una postura mejor que la mía, y un rostro hermoso, de esos que no se olvidan fácilmente. Esa ilusión se me antojaba tan real que, cuando me vislumbraba sin querer en el espejo y me veía tal como era, sufría una extraña impresión de despersonalización. Ahora que tenía a Bobbi sentada justo en mi campo de visión me resultaba más difícil imaginarme como ella, pero lo intenté de todos modos. Me entraron ganas de soltar algo provocador y estúpido.

Creo que estoy de más aquí, dije.

Nick miró hacia la galería acristalada, donde Bobbi se estaba toqueteando el pelo.

¿Crees que Melissa muestra favoritismo?, preguntó. Puedo hablar con ella, si quieres.

No pasa nada. Bobbi es la favorita de todo el mundo.

¿De veras? Pues debo decir que tú me caes mejor.

Nuestras miradas se cruzaron. Se notaba que intentaba seguirme el juego, así que sonreí.

Ya, siento que tenemos una conexión natural, dije.

Me atraen los espíritus poéticos.

Ah, bueno. Créeme, tengo mucha vida interior.

Se rio al oírme decir esto. Yo sabía que mi comportamiento era un poco inapropiado, pero no me sentía demasiado mal por ello. En la galería, Melissa había encendido un cigarrillo y había dejado la cámara sobre una mesita de cristal. Bobbi asentía con convicción.

Creía que esta noche iba a ser una pesadilla, pero la verdad es que ha estado muy bien, dijo él.

Volvió a sentarse a la mesa conmigo. Me gustó esa súbita franqueza. Era consciente de que, sin que él lo supiera, había estado mirando fotos suyas en internet con el torso desnudo, y en ese momento me pareció algo tan divertido que casi me entraron ganas de contárselo.

No soy muy buena en este tipo de cenas, dije.

Yo diría que has estado muy bien.

Tú sí que has estado muy bien. Has estado fantástico.

Nick me sonrió. Intenté recordar todo lo que había dicho para poder reproducírselo a Bobbi más tarde, pero en mi mente no sonaba igual de gracioso.

Las puertas se abrieron y Melissa volvió a entrar en la cocina sosteniendo la cámara con las dos manos. Hizo una foto de los dos sentados a la mesa, Nick con la copa en una mano, yo mirando al objetivo con gesto ausente. Luego se sentó frente a nosotros y escrutó la pantalla de la cámara. Bobbi entró y volvió a llenarse la copa de vino sin pedir permiso. Tenía una expresión beatífica en el rostro, y me di cuenta de que estaba borracha. Nick la observó, pero no dijo nada.

Comenté que deberíamos ir tirando para poder tomar el último autobús y Melissa prometió enviarnos las fotos. La sonrisa de Bobbi perdió intensidad, pero era demasiado tarde para sugerir que nos quedáramos un poco más. De hecho, ya nos estaban tendiendo las chaquetas. La cabeza me daba vueltas, y ahora que Bobbi había enmudecido, yo no podía parar de reír sin ton ni son.

La parada del autobús quedaba a unos diez minutos a pie. Al principio Bobbi parecía apagada, por lo que deduje que estaba disgustada o enfadada por algo.

¿Te lo has pasado bien?, pregunté.

Me preocupa Melissa.

¿Cómo dices?

Creo que no es feliz, dijo Bobbi.

¿En qué sentido? ¿Te ha hablado de eso?

Creo que Nick y ella no son muy felices juntos.

¿De verdad?, pregunté.

Es triste.

Me abstuve de señalar que Bobbi solo había visto a Melissa en dos ocasiones, aunque tal vez debería habérselo dicho. Era cierto que Nick y Melissa no parecían estar locos el uno por el otro. Él me había dicho, sin que viniera a cuento, que había esperado que la cena organizada por su mujer fuera «una pesadilla».

Él me ha parecido gracioso, dije yo.

Apenas ha abierto la boca.

Ya, tiene un silencio de lo más divertido.

Bobbi no se rio y yo no insistí. En el autobús apenas hablamos, ya que no creí que fuera a interesarle la fluida relación que había establecido con el marido trofeo de Melissa, y no se me ocurría ningún otro tema de conversación.

Cuando llegué a mi apartamento me sentía más borracha que cuando estaba en la casa de Melissa. Bobbi se había ido a su casa y yo estaba sola. Encendí todas las luces antes de meterme en la cama. A veces lo hacía.

Ese verano los padres de Bobbi estaban atravesando un agrio proceso de separación. Eleanor, su madre, siempre había sido emocionalmente frágil y propensa a largos períodos de vagas dolencias, lo que convertía al padre, Jerry, en el progenitor más favorecido por la ruptura. Bobbi siempre los llamaba por sus nombres de pila, algo que seguramente había empezado como un acto de rebeldía pero que ahora sonaba a trato profesional, como si su familia fuera un pequeño negocio que gestionaban en cooperativa. Lydia, la hermana de Bobbi, tenía catorce años y no parecía llevar el asunto con la misma serenidad.

Mis padres se habían separado cuando yo tenía doce años y mi padre había vuelto a Ballina, donde se habían conocido. Yo viví en Dublín con mi madre hasta terminar la secundaria, y luego ella también regresó a Ballina. Cuando empecé la facultad me mudé a un apartamento en el barrio dublinés de Liberties que pertenecía al hermano de mi padre. Durante el curso, él alquilaba la segunda habitación a otro estudiante, lo que significaba que yo no podía hacer ruido por la noche y debía saludar educadamente a mi compañero de piso cuando me lo encontraba en la cocina. Pero en verano, cuando el otro inquilino regresaba a su casa, podía vivir allí a mis anchas, hacer café siempre que quisiera y dejar libros abiertos por todas partes.

Por entonces trabajaba de becaria en una agencia literaria. Había otro becario, llamado Philip, al que conocía de la universidad. Nuestra tarea consistía en leer pilas de manuscritos y escribir informes de una página sobre su valor literario, que era casi siempre nulo. A veces Philip me leía algunas frases malas en tono sarcástico para hacerme reír, pero nunca delante de los adultos que trabajaban allí. Íbamos tres días a la semana y a cambio cobrábamos un «estipendio», lo que básicamente quería decir que no nos pagaban. Lo único que yo necesitaba era comida y Philip vivía con sus padres, así que tampoco nos importaba demasiado.

Así es como se perpetúan los privilegios, me dijo Philip un día en el despacho. Capullos ricos como nosotros aceptando prácticas no remuneradas para acabar consiguiendo algún trabajo.

Habla por ti, le dije. Yo nunca voy a tener un trabajo.

3

Ese verano Bobbi y yo actuamos a menudo en recitales de spoken word y en noches de micrófono abierto. Cuando salíamos a fumar y algún intérprete masculino intentaba entablar conversación con nosotras, Bobbi exhalaba de forma elocuente y no decía nada, así que yo tenía que hablar en nombre de ambas, lo cual implicaba prodigar un montón de sonrisas y recordar detalles sobre sus actuaciones. Yo disfrutaba interpretando ese tipo de personaje, la chica sonriente que recordaba cosas. Bobbi me dijo que creía que yo no tenía una «auténtica personalidad», aunque según ella se trataba de un cumplido. En general, estaba de acuerdo con su afirmación. En un momento dado podía hacer o decir cualquier cosa, y solo más tarde pensar: Ah, así que soy esa clase de persona.

Al cabo de unos días Melissa nos envió los archivos con las fotos de la cena en su casa. Yo esperaba que Bobbi fuera la gran protagonista del reportaje, conmigo en quizá una o dos imágenes, borrosa tras una vela encendida, sosteniendo el tenedor con espaguetis. De hecho, por cada foto de Bobbi había otra mía, siempre perfectamente iluminada, siempre hermosamente enmarcada. Nick también salía en las fotos, lo cual me sorprendió. Irradiaba un enorme atractivo, más incluso que en persona. Me pregunté si era un actor de éxito por ese motivo. Resultaba difícil contemplar aquellas fotos y no sentir que constituía la presencia más poderosa de la habitación, algo que no me había parecido entonces ni por asomo.

La propia Melissa no salía en ninguna de las imágenes. Como resultado, la cena que aparecía en las fotos guardaba solo una relación sesgada con aquella a la que habíamos asistido. En realidad, toda la conversación había orbitado en torno a Melissa. Ella había inducido nuestras variadas expresiones de incertidumbre o admiración. Eran sus chistes los que nos habían hecho reír todo el rato. Sin ella en las imágenes, la cena parecía adoptar un carácter distinto, como si girara en sutiles y extrañas direcciones. Sin Melissa, las relaciones entre las personas que salían en esas fotos no quedaban claras.

En mi fotografía favorita, yo miraba directamente al objetivo con expresión soñadora y Nick me observaba como si esperara que dijese algo. Su boca estaba ligeramente entreabierta y no parecía ser consciente de la presencia de la cámara. Era una buena foto, aunque a decir verdad yo había estado mirando a Melissa en ese momento y Nick sencillamente no la había visto entrar por la puerta. La imagen capturaba algo íntimo que en realidad nunca había sucedido, algo elíptico y no exento de tensión. La guardé en mi carpeta de descargas para volver a observarla más tarde.

Más o menos una hora después de que llegaran las fotos, Bobbi me envió un mensaje.

Bobbi: no veas lo bien que salimos.

Bobbi: me pregunto si podemos ponerlas en el perfil de facebook.

yo: no

Bobbi: dice que por lo visto el artículo no saldrá hasta septiembre.

yo: quién lo dice

Bobbi: melissa

Bobbi: quedamos esta noche?

Bobbi: y vemos una peli o algo

Bobbi quería hacerme saber que ella había seguido en contacto con Melissa y yo no. Consiguió impresionarme, que era lo que pretendía, pero también me sentí mal. Yo era consciente de que se entendía mejor con Bobbi que conmigo, y no sabía cómo participar de su recién estrenada amistad sin rebajarme reclamando su atención. Quería que Melissa se interesara por mí porque ambas nos dedicábamos a escribir, pero yo no parecía caerle bien y ni siquiera estaba segura de que ella me cayera bien. No tenía la opción de no tomarla en serio, porque había publicado un libro, lo que demostraba que muchas otras personas la tomaban en serio aun cuando yo no lo hiciera. A mis veintiún años, yo no tenía logros ni posesiones que me avalaran como una persona seria.

Le había dicho a Nick que todo el mundo prefería a Bobbi, pero eso no era del todo cierto. Ella podía ser ácida y desmedida hasta un punto que incomodaba a la gente, mientras que yo tendía a mostrarme animosamente cordial. Siempre les caía muy bien a las madres, por ejemplo. Y como Bobbi solía tratar a los hombres como objetos de diversión o desprecio, también ellos acababan prefiriéndome a mí. Evidentemente, Bobbi se burlaba de mí por ese motivo. En cierta ocasión me envió por email una foto de Angela Lansbury con el asunto: tu sector demográfico.

Bobbi vino a mi casa esa noche, pero no mencionó a Melissa en ningún momento. Sabía que era pura estrategia, que quería que le preguntara por ella, así que no lo hice. Esto suena más pasivo-agresivo de lo que fue en realidad. De hecho, pasamos una velada agradable. Estuvimos charlando hasta tarde y luego Bobbi se quedó a dormir en un colchón en mi habitación.

Esa noche me desperté sudando bajo el edredón. Al principio me pareció estar soñando, o tal vez en una película. Me costaba orientarme en mi propia habitación, como si estuviera más lejos de la ventana y de la puerta de lo que debería. Intenté incorporarme y sentí una extraña y desgarradora punzada de dolor en la pelvis que me obligó a reprimir un grito.

¿Bobbi?, dije.

Ella se dio la vuelta. Traté de alargar el brazo para sacudirle el hombro pero no pude, y el esfuerzo me dejó agotada. Al mismo tiempo sentía una especie de euforia ante la gravedad de aquel dolor, como si pudiera cambiar mi vida de un modo inesperado.

Bobbi, dije. Bobbi, despierta.

No se despertó. Saqué las piernas de la cama y conseguí ponerme en pie. El dolor era más soportable si me encorvaba hacia delante y me sujetaba el vientre con fuerza. Rodeé el colchón y entré en el cuarto de baño. La lluvia repiqueteaba con fuerza sobre el vidrio plástico de ventilación de la pared. Me senté en el borde de la bañera. Estaba sangrando. No era más que una regla dolorosa. Apoyé la cara en las manos. Me temblaban los dedos. Luego me deslicé hasta el suelo y pegué la mejilla al borde fresco de la bañera.

Al cabo de un rato, Bobbi llamó a la puerta.

¿Qué pasa?, preguntó desde fuera. ¿Estás bien?

Solo es dolor menstrual.

Ah. ¿Tienes analgésicos ahí dentro?

No, dije.

Te los traigo.

Sus pasos se alejaron. Me golpeé la frente contra la bañera para no pensar en el dolor de la pelvis. Era un dolor caliente, como si todas mis vísceras se estuvieran contrayendo en un apretado nudo. Los pasos se acercaron de nuevo y la puerta del baño se abrió un par de centímetros. Bobbi introdujo la mano por el resquicio y me tendió una caja de ibuprofeno. Me arrastré hasta la puerta y la cogí, y ella se fue.

Por fin amaneció. Bobbi se despertó y entró en el cuarto de baño para ayudarme a llegar hasta el sofá de la sala de estar. Me preparó una infusión de menta y me quedé allí acurrucada, apretando la taza contra la camiseta, justo por encima del hueso púbico, hasta que empecé a notar que me quemaba.

Estás sufriendo, dijo ella.

Todo el mundo sufre.

Ah, repuso Bobbi. Muy profundo.

No bromeaba cuando le dije a Philip que no quería un trabajo. No lo quería. No tenía ningún plan sobre mi futura sostenibilidad financiera: nunca había querido ganar dinero por hacer algo. En los veranos anteriores había tenido varios empleos de salario mínimo —mailings, llamadas en frío, cosas así—, y contaba con tener más cuando acabara la carrera. Aunque sabía que tarde o temprano tendría que entrar en la rueda del trabajo a jornada completa, nunca había fantaseado con un futuro brillante en el que me pagaran por desempeñar un papel activo en la economía. A veces sentía esto como un fracaso por mostrar interés en mi propia vida, lo cual me deprimía. Por otra parte, sentía que mi desinterés por la riqueza material era ideológicamente sano. Había buscado cuál sería la renta media per cápita si el producto mundial bruto se repartiera equitativamente entre todos los habitantes del planeta, y según la Wikipedia ascendería a 16.100 dólares anuales. No veía motivo alguno, político o financiero, para aspirar a ganar más que eso.

Nuestra jefa en la agencia literaria era una mujer llamada Sunny. A Philip y a mí nos caía muy bien, pero yo era su preferida. Philip se lo tomaba bastante bien. Decía que yo también era su preferida. Creo que en el fondo Sunny sabía que yo no aspiraba a un puesto como agente literaria, y puede incluso que fuera eso lo que me distinguía a sus ojos. Philip, en cambio, estaba muy entusiasmado con la perspectiva de trabajar en la agencia, y si bien yo no lo juzgaba por hacer planes de futuro, creía tener mejor criterio a la hora de dirigir mi entusiasmo.

Sunny se preocupaba por mi futuro profesional. Era una persona de una franqueza absoluta que siempre decía lo que pensaba, algo que resultaba de lo más refrescante y era una de las cualidades que más apreciábamos en ella.

¿Qué me dices del periodismo?, me preguntó.

Había ido a devolverle una pila de manuscritos revisados.

Te interesa lo que pasa en el mundo, añadió. Te mantienes informada. Te gusta la política.

¿Ah, sí?

Sunny se echó a reír y negó con la cabeza.

Eres brillante, dijo. Algo tendrás que hacer.

Tal vez me case por dinero.

Me despidió agitando una mano.

Anda, vuelve al trabajo, dijo.

Ese viernes íbamos a participar en una lectura poética en el centro de la ciudad. Yo podía interpretar un poema durante un período de unos seis meses después de haberlo escrito, tras lo cual ya no soportaba verlo, mucho menos leerlo en voz alta en público. Ignoraba qué causaba ese proceso, pero me alegraba que mis poemas solo se hubieran interpretado y nunca publicado. Se alejaban flotando etéreamente entre el sonido de los aplausos. Los escritores de verdad, al igual que los pintores, tenían que seguir viendo durante el resto de sus vidas las cosas feas que habían hecho. Yo odiaba que todo lo que hacía fuera tan feo, pero también mi falta de valor para enfrentarme a esa fealdad. Le había explicado esta teoría a Philip, pero él se había limitado a decir: No te menosprecies tanto, tú eres una escritora de verdad.

Bobbi y yo nos estábamos maquillando en los lavabos del local y hablando sobre los últimos poemas que había escrito.

Lo que me gusta de tus personajes masculinos, dijo Bobbi, es que todos son horribles.

No todos son horribles.

En el mejor de los casos, son muy ambiguos en el plano moral.

¿Acaso no lo somos todos?, repliqué.

Tendrías que escribir sobre Philip, él no es problemático. Es un tío «majo».

Entrecomilló la palabra «majo» con los dedos, aunque creía de veras que Philip lo era. Bobbi jamás describiría a alguien como majo sin usar comillas.

Melissa había dicho que esa noche iría al recital, pero no la vimos hasta más tarde, hacia las diez y media o quizá las once. Nick y ella estaban sentados juntos, y él llevaba traje. Melissa nos felicitó y dijo que había disfrutado mucho con nuestra actuación. Bobbi miró a Nick como si esperara que él también nos hiciera algún cumplido, pero él se echó a reír.

Me he perdido vuestra actuación, dijo. Acabo de llegar.

Nick está en el Royal este mes, explicó Melissa. Está haciendo La gata sobre el tejado de zinc.

Pero no me cabe duda de que habéis estado geniales, añadió él.

Voy a buscaros unas copas, dijo Melissa.

Bobbi la acompañó a la barra, así que Nick y yo nos quedamos a solas en la mesa. No llevaba corbata, y el traje parecía caro. Me sentía bastante acalorada y temía estar sudando.

¿Qué tal la obra?, pregunté.

Ah, ¿te refieres a esta noche? Ha estado bien, gracias.

Se estaba quitando los gemelos. Los dejó sobre la mesa, junto a su copa, y me fijé en que eran de esmalte pintado, con cierto aire art déco. Se me pasó por la cabeza elogiarlos, pero me sentí incapaz. Lo que hice fue mirar hacia atrás, fingiendo que buscaba a Melissa y Bobbi. Cuando me volví de nuevo, Nick había sacado su móvil.

Me encantaría verla, dije. Me gusta esa obra.

Ven cuando quieras, puedo reservarte entradas.

No levantó la vista del móvil mientras hablaba, lo que me convenció de que no lo decía de corazón, o al menos de que no tardaría en olvidar la conversación. Me limité a contestar de un modo vagamente afirmativo y nada comprometedor. Ahora que Nick no me prestaba atención, podía observarlo con más detenimiento. Era extraordinariamente guapo. Me pregunté si la gente se acostumbra a ser tan atractiva hasta que al final se aburre de serlo, pero me costaba imaginarlo. Pensé que si yo fuera tan guapa como Nick me lo pasaría en grande a todas horas.

Perdóname por ser tan grosero, Frances, dijo. Estoy contestando a mi madre. Ha aprendido a enviar mensajes. Debería decirle que estoy hablando con una poeta, la impresionaría mucho.

Bueno, eso no lo sabes. Podría ser una poeta malísima.

Sonrió y volvió a guardarse el móvil en el bolsillo interior. Miré su mano y aparté la vista.

Eso no es lo que he oído, dijo. Pero tal vez la próxima vez pueda decidirlo por mí mismo.

Melissa y Bobbi regresaron con las bebidas. No se me escapó que Nick había dejado caer mi nombre en la conversación, como para demostrar que se acordaba de mí de la última vez que hablamos. Por supuesto, yo también recordaba su nombre, pero él era mayor que yo y medio famoso, así que su interés me pareció muy halagador. Resultaba que Melissa había ido al centro en el coche de ambos, por lo que él se había visto obligado a reunirse con nosotras tras la función para poder volver a casa. Estaba claro que Melissa no había organizado aquello pensando en la comodidad de Nick, que parecía cansado y aburrido y apenas participó en la conversación.

Al día siguiente Melissa me envió un email para decirme que nos habían reservado dos entradas para la función del jueves siguiente, pero que si ya teníamos otros planes no había ningún problema. Incluyó la dirección de email de Nick y escribió: Por si necesitáis poneros en contacto.

4

Ese jueves Bobbi había quedado para cenar con su padre, así que le ofrecimos la entrada sobrante a Philip. Este no hacía más que preguntarme si al acabar la función iríamos a saludar a Nick, pero yo no lo sabía. Dudaba de que fuera a salir expresamente para hablar con nosotros, y le aseguré que podríamos irnos sin más como de costumbre. Philip nunca había visto a Nick en persona, pero lo conocía de la tele y consideraba que tenía un físico «intimidante». Me hizo un montón de preguntas acerca de cómo era Nick en la vida real, ninguna de las cuales me sentía cualificada para contestar. Cuando compramos el programa, lo hojeó hasta dar con las biografías de los actores y me enseñó la foto de Nick. En la penumbra no se veía más que el contorno de un rostro.

Fíjate en esa mandíbula, dijo.

Sí, ya la veo.

Los focos alumbraron el escenario y la actriz que interpretaba a Maggie salió a escena y empezó a gritar con deje sureño. No lo hacía mal, pero se notaba que el acento era impostado. Se quitó el vestido y se quedó allí de pie con una combinación blanca como la que llevaba Elizabeth Taylor en la película, aunque esta actriz parecía más natural y al mismo tiempo menos convincente. Me fijé en la etiqueta de la combinación, remetida por dentro de la prenda, lo cual destruía el efecto de realismo a mis ojos por más que ambas, combinación y etiqueta, fueran indudablemente reales. Concluí que algunos tipos de realidad producen un efecto irreal, lo que me llevó a pensar en el teórico Jean Baudrillard, aunque no había leído ningún libro suyo y seguramente no se ocupaba de tales asuntos en sus obras.

Finalmente Nick apareció por una puerta situada a la izquierda del escenario, abotonándose la camisa. Sentí una punzada de vergüenza, como si todo el público se hubiese vuelto hacia mí en ese instante para comprobar mi reacción. Parecía muy diferente sobre el escenario, y hablaba con una voz distinta e irreconocible. Se comportaba de un modo frío e indiferente que sugería brutalidad sexual. Inspiré y exhalé por la boca varias veces y me humedecí los labios repetidamente con la lengua. En general, el espectáculo no era muy bueno. Los acentos de los demás actores discordaban entre sí y todo lo que había sobre el escenario parecían piezas de atrezo a la espera de ser trasladadas. En cierto modo esto contribuía a subrayar el espectacular atractivo Nick, haciendo que su sufrimiento pareciera más auténtico.

Cuando salimos del teatro volvía a llover. Yo me sentía pura y diminuta como un recién nacido. Philip abrió su paraguas y echamos a andar hacia la parada del autobús mientras yo sonreía como una loca por nada y me toqueteaba el pelo sin parar.

Ha sido interesante, dijo Philip.

Nick me ha parecido mucho mejor que los demás actores.

Sí, resultaba muy estresante, ¿verdad? Pero él ha estado bastante bien.

Al oír su comentario solté una carcajada demasiado sonora, que reprimí al comprender que no tenía ninguna gracia. Una fría llovizna iba jaspeando el paraguas e intenté pensar en algo interesante que decir sobre el tiempo.

Es guapo, me oí decir.

Hasta un extremo casi desagradable.

Llegamos a la parada del autobús de Philip y discutimos brevemente sobre cuál de los dos debería llevarse el paraguas. Al final me lo quedé yo. Para entonces llovía con fuerza y empezaba a anochecer. Yo quería hablar más sobre la obra, pero vi llegar el autobús de Philip. Sabía que en cualquier caso él no querría hablar mucho más del asunto, pero aun así me sentí decepcionada. Philip se puso a contar las monedas para pagar el billete y se despidió hasta el día siguiente. Volví andando sola a casa.

Cuando llegué, dejé el paraguas junto a la puerta del patio y abrí mi portátil para buscar la dirección de email de Nick. Sentía que debía enviarle una breve nota de agradecimiento por las invitaciones, pero no paraba de distraerme con cualquier cosa de la habitación, como un póster de Toulouse-Lautrec que había colgado encima de la chimenea o una mancha en la ventana que daba al patio. Me levanté y estuve un rato dando vueltas, pensando en ello. Limpié la mancha con una bayeta húmeda y luego me preparé una taza de té. Me planteé llamar a Bobbi para preguntarle si le parecería normal que mandara un mensaje a Nick, pero entonces recordé que esa noche estaba con su padre. Redacté un borrador y lo eliminé para no enviarlo por accidente. Luego volví a escribirlo otra vez, palabra por palabra.

Me quedé mirando fijamente la pantalla del portátil hasta que fundió a negro. Me preocupo por todo mucho más que la gente normal, pensé. Tengo que relajarme y dejar que las cosas pasen sin más. Debería experimentar con drogas. Estos pensamientos no eran inusuales en mí. Puse Astral Weeks en el equipo de la sala de estar y me senté en el suelo a escucharlo. Aunque intentaba no pensar demasiado en la obra, no pude evitar recordar a Nick gritando sobre el escenario: ¡No quiero apoyarme en tu hombro, quiero mi muleta! Me pregunté si Philip también estaría ensimismado con todo esto, o si lo mío era algo más personal. Tengo que ser más divertida y simpática, pensé. Una persona simpática mandaría una nota de agradecimiento.

Me levanté y escribí un breve mensaje en el que felicitaba a Nick por su actuación y le daba las gracias por las entradas. Moví las frases de aquí para allá y luego, como al azar, pulsé el botón de enviar. Acto seguido apagué el portátil y volví a sentarme en el suelo.

Esperaba tener noticias de Bobbi sobre cómo había ido la cena con Jerry, y al final, cuando ya había acabado de sonar el álbum, llamó. Seguía sentada en el suelo con la espalda contra la pared cuando respondí al teléfono. El padre de Bobbi era un alto funcionario del Departamento de Salud. Ella no aplicaba sus por lo demás rigurosos principios antisistema a su relación con Jerry, o al menos no de un modo coherente. Él la había llevado a cenar a un restaurante carísimo y habían pedido tres platos y vino.

Solo quiere recalcar que ahora soy un miembro adulto de la familia, dijo Bobbi. Y que me toma en serio y bla, bla, bla.

¿Qué tal lo lleva tu madre?

Ah, ha vuelto la temporada de migrañas. Nos pasamos todo el día andando de puntillas como si fuéramos unos putos monjes trapenses. ¿Qué tal la obra?

Pues la verdad es que Nick ha estado muy bien, dije.

Ah, qué alivio. Temía que fuera un bodrio.

Y lo era. Perdona, no he contestado a tu pregunta. La obra era mala.

Bobbi tarareó una especie de musiquilla sin melodía para sus adentros y no dijo nada más.

¿Te acuerdas de lo que comentaste la última vez que estuvimos en su casa, que no parecían felices juntos?, pregunté. ¿Qué te llevó a pensarlo?

Pensé que Melissa parecía deprimida.

Pero ¿por qué, por culpa de su matrimonio?

Bueno, ¿no crees que Nick se muestra un poco hostil con ella?, preguntó Bobbi.

No. ¿Tú sí?

¿No te acuerdas de la primera vez que fuimos a su casa, que nos miró con muy mala cara y luego le gritó a Melissa por no haber dado de comer a la perra? ¿Tampoco te acuerdas de que los oímos discutiendo cuando nos acostamos?

Ahora que lo decía, sí que recordaba haber percibido cierta animosidad entre ambos en aquella ocasión, aunque negué que Nick le hubiese levantado la voz a Melissa.

¿Ella estaba allí?, preguntó Bobbi. ¿En el teatro?

No. Bueno, no lo sé, nosotros no la vimos.

De todos modos, no le gusta Tennessee Williams. Lo encuentra muy afectado.

Me di cuenta de que Bobbi decía esto último con una sonrisa irónica, porque era consciente de estar restregándomelo por la cara. Yo estaba celosa, pero al mismo tiempo sentía que, al haber visto la obra de Nick, sabía algo que Bobbi ignoraba. Ella seguía viéndolo como un personaje secundario, sin más relevancia que el hecho de ser el marido de Melissa. Si le dijera que acababa de mandarle un email para agradecerle las entradas, ella no se daría cuenta de que yo también le estaba restregando algo por la cara, porque para ella Nick no era más que un agente de la desgracia de Melissa, alguien que carecía de interés en sí mismo. No me parecía probable que ella fuera a ver la obra, y no se me ocurría ninguna otra forma de impresionarla con la relevancia personal de Nick. Cuando le mencioné que él tenía intención de venir a vernos actuar pronto, se limitó a preguntar si eso significaba que Melissa también vendría.

Nick me contestó al día siguiente por la tarde, con un mensaje en el que no había una sola mayúscula y en el que me daba las gracias por haber ido a ver la obra y me preguntaba cuándo volveríamos a actuar Bobbi y yo. También decía que tenía función en el Royal todas las noches de lunes a viernes y por las tardes los fines de semana, así que, a menos que empezáramos después las diez y media, lo tendría complicado. Le dije que vería qué podía hacer, pero que no se preocupara si no podía venir. Él contestó: Oh, bueno, eso no sería demasiado recíproco, ¿no crees?

5

En verano echaba de menos los períodos de intensa concentración académica que me ayudaban a relajarme durante el curso. Me gustaba sentarme en la biblioteca a escribir los trabajos de clase, dejando que mi sentido del tiempo y de la identidad personal se fuera diluyendo mientras la luz se atenuaba al otro lado de las ventanas. Podía abrir quince pestañas en el navegador mientras escribía cosas del tipo «rearticulación epistémica» o «prácticas discursivas operantes». En días así no era raro que me olvidara de comer y saliera de allí al caer la tarde con un leve y punzante dolor de cabeza. Las sensaciones físicas volvían a inundarme con una impresión de genuina novedad: sentía como algo nuevo la brisa, y el canto de los pájaros fuera del Long Room. La comida me parecía increíblemente buena, al igual que los refrescos. Después imprimía el trabajo redactado sin ni siquiera echarle un último vistazo. Cuando iba a recogerlos, siempre había anotaciones en los márgenes de esos trabajos con comentarios del tipo «bien argumentado» e incluso algún que otro «brillante». Cada vez que conseguía un «brillante», le hacía una foto con el móvil y se la mandaba a Bobbi. Ella contestaba: Felicidades, tienes un ego alucinante.

Mi ego siempre había sido un problema. Sabía que los logros intelectuales eran, en el mejor de los casos, moralmente neutros, pero cuando me ocurrían cosas malas me consolaba pensando en lo lista que era. De pequeña, como me costaba hacer amigos, fantaseaba con la idea de que era más lista que todos mis profesores, más lista que ningún otro alumno que hubiese pasado nunca por la escuela, un genio camuflado entre personas normales. Aquello me hacía sentir como una espía. Al llegar a la adolescencia empecé a entrar en foros de internet y entablé amistad con un universitario estadounidense de veintiséis años. En las fotos lucía una dentadura blanquísima y me dijo que pensaba que yo tenía el cerebro de una física. Le enviaba mensajes a las tantas de la noche confesándole que me sentía sola en el instituto, que las otras chicas no me entendían. Ojalá tuviera novio, le escribí. Una noche me mandó una foto de sus genitales. Estaba hecha con flash y era un primer plano de su pene erecto, como para ser sometido a examen médico. Durante días me sentí culpable y aterrada, como si hubiese cometido algún enfermizo delito cibernético que la gente podría descubrir en cualquier momento. Eliminé mi cuenta y dejé de usar la dirección de correo electrónico asociada. No se lo conté a nadie, no tenía a quien contárselo.

El sábado hablé con el organizador de la velada y conseguí retrasar nuestra actuación hasta las diez y media de la noche. No le dije a Bobbi que lo había hecho, ni por qué. Estábamos en los lavabos de la planta baja, donde habíamos colado una botella de vino blanco y un par de vasos de plástico. Nos gustaba tomar una o dos copas de vino antes de salir al escenario, pero no más. Sentadas en los lavamanos, llenamos nuestros vasos y comentamos las novedades que íbamos a introducir en nuestra actuación.

No quería confesarle a Bobbi que estaba nerviosa, pero lo estaba. Hasta verme en el espejo me ponía de los nervios. No es que me viera horrorosa. Tenía una cara normalita, pero mi extrema delgadez me daba un aire interesante y me vestía de un modo que acentuaba ese efecto, echando mano de los colores oscuros y los escotes sobrios.

Esa noche me había pintado los labios de un marrón rojizo y bajo la extraña luz del lavabo parecía enferma y frágil. Al cabo de un rato las facciones de mi rostro parecieron distanciarse unas de otras, o al menos perder la normal correlación que guardaban entre sí, como cuando lees una palabra tantas veces seguidas que acaba perdiendo su sentido. Me pregunté si no estaría sufriendo un ataque de ansiedad. Entonces Bobbi me dijo que dejara de mirarme al espejo y le obedecí.

Cuando subimos vimos a Melissa sentada sola con una copa de vino y la cámara sobre la mesa. A su lado había un asiento vacío. Eché un vistazo alrededor, aunque tenía claro, por algo relacionado con la forma o el ruido de la sala, que Nick no estaba allí. Creía que eso me tranquilizaría, pero no fue así. Me pasé la lengua por los dientes varias veces mientras esperaba a que el presentador pronunciara nuestros nombres por el micrófono.

Sobre el escenario, Bobbi siempre se mostraba muy precisa. Lo único que yo tenía que hacer era acompasarme a su particular ritmo y, mientras lo hiciera, todo iría sobre ruedas. A veces recitaba bastante bien, otras veces solo bien, pero Bobbi era perfecta. Esa noche hizo reír a todo el mundo y arrancó muchos aplausos. Por unos instantes nos quedamos plantadas bajo los focos mientras nos aplaudían y nos señalábamos la una a la otra como diciendo: el mérito es todo suyo. Fue entonces cuando vi entrar a Nick por la puerta del fondo. Parecía un poco sofocado, como si hubiese subido los escalones demasiado deprisa. Aparté rápidamente la vista y fingí no haberme percatado de su llegada. Sabía que estaba intentando captar mi mirada y que de haberlo conseguido me habría dedicado una expresión como de disculpa. Esta idea me resultaba demasiado intensa para pensar en ella, como el resplandor de una bombilla desnuda. El público seguía aplaudiendo y podía sentir cómo Nick nos observaba mientras abandonábamos el escenario.

Después de la actuación, Philip nos invitó a unas copas y dijo que el poema nuevo era su preferido. Había olvidado llevarle su paraguas.

Y luego dicen que odio a los hombres, bromeó Bobbi. Pero la verdad es que tú me caes muy bien, Philip.

Me bebí la mitad del gin-tonic en dos tragos. Estaba pensando en marcharme sin saludar a nadie. Podría largarme sin más, me dije, y solo el hecho de pensarlo me hizo sentir mejor, como si volviera a coger las riendas de mi vida.

Vamos a buscar a Melissa, sugirió Bobbi. Y así te la presentamos.

Para entonces Nick estaba sentado junto a su mujer, bebiendo de una botella de cerveza. Se me hacía muy raro ir a hablar con ellos. La última vez que había visto a Nick tenía un acento falso y vestía de un modo muy distinto, y no sabía si estaba preparada para volver a oírlo con su acento real. Pero Melissa ya nos había visto y nos invitó a sentarnos con ellos.

Bobbi les presentó a Philip, que los saludó con un apretón de manos. Melissa comentó que creía que ya se habían visto antes, lo cual complació mucho a Philip. Nick dijo algo así como que sentía haberse perdido nuestra actuación, aunque yo seguía rehuyendo su mirada. Apuré el gin-tonic y luego me dediqué a agitar el hielo en el interior del vaso. Philip felicitó a Nick por la obra de teatro y hablaron sobre Tennessee Williams. Melissa volvió a tacharlo de «afectado» y yo fingí no saber que ya había hecho antes esa observación.

Después de pedir otra ronda de bebidas, Melissa sugirió que saliéramos a fumar. La zona de fumadores era un pequeño patio ajardinado en la planta baja, que no estaba demasiado lleno porque llovía. No había visto a Nick fumar hasta entonces, y cuando me ofreció un cigarrillo lo acepté aunque no me apetecía. Bobbi estaba imitando a uno de los hombres que habían salido a recitar antes que nosotras. Era una imitación muy graciosa, pero también cruel. Todos nos reímos. Entonces empezó a llover con fuerza, así que nos apiñamos debajo del estrecho saliente de la ventana y estuvimos hablando un rato, sobre todo Bobbi.

Está muy bien que interpretes a un personaje gay, estaba diciéndole a Nick.

¿Brick es gay?, preguntó él. Yo creo que es solo bisexual.

No digas «solo bisexual», replicó ella. Para tu información, Frances es bisexual.

Eso no lo sabía, intervino Melissa.

Decidí dar una larga calada antes de decir nada. Sabía que todo el mundo estaba esperando que hablara.

Bueno, dije. Sí, podría decirse que soy omnívora.

Melissa se rio. Nick me miró con una sonrisa divertida, de la que aparté rápidamente la vista fingiendo un súbito interés por mi vaso.

Yo también, dijo Melissa.

Me di cuenta de que Bobbi se quedaba extasiada al escuchar aquello. Le preguntó a Melissa algo que no alcancé a oír. Philip dijo que iba al lavabo y dejó su copa en el alféizar. Acaricié la cadena de mi collar, notando la cálida sensación del alcohol en mi estómago.

Siento haber llegado tarde, dijo Nick.

Me hablaba a mí. De hecho, parecía que hubiese esperado a que Philip nos dejara a solas para poder decirme esas palabras. Le contesté que no pasaba nada. Nick sostenía el cigarrillo entre los dedos índice y corazón, donde parecía una miniatura en comparación con la anchura de su mano. Era consciente del hecho de que podía fingir ser cualquier persona que quisiera, y me pregunté si, al igual que yo, carecía de «auténtica personalidad».

He llegado a tiempo de oír cómo os aplaudían entusiasmados, dijo. Así que solo puedo suponer cosas buenas. En realidad he leído algunos de tus poemas, ¿queda muy mal decirlo? Melissa me los reenvió, cree que me gusta la literatura.

En ese momento me invadió una extraña incapacidad de reconocerme a mí misma, y me di cuenta de que no podía visualizar ni mi rostro ni mi cuerpo. Era como si alguien hubiese utilizado la goma de un lápiz invisible para irme borrando suavemente de pies a cabeza. Era una sensación curiosa y de hecho nada desagradable, aunque también era consciente de que tenía frío y de que quizá estuviera temblando.

Melissa no me dijo que fuera a compartirlos con la gente, repuse.

Con la gente no, solo conmigo. Te enviaré mi opinión por correo. Si te felicito ahora creerás que solo lo digo por quedar bien, pero el email será muy halagador.

Ah, eso está bien. Me gusta que me hagan cumplidos sin tener que mirar a la persona a los ojos.

Nick se echó a reír, lo cual me complació. La lluvia arreciaba y Philip había vuelto del baño y se había resguardado con nosotros bajo el saliente. Mi brazo rozaba el de Nick y experimenté una placentera sensación de proximidad física ilícita.

Resulta muy raro conocer a alguien de modo informal, dijo, y más tarde descubrir que es muy observador y no se le escapa nada. En plan: ¿Dios, que habrá visto de mí?

Nos miramos. Nick tenía una cara hermosa en el sentido más genérico: piel clara, estructura ósea bien definida, labios ligeramente carnosos. Pero las expresiones parecían posarse sobre su rostro con cierta sutileza e inteligencia, lo que dotaba a su mirada de una cualidad carismática. Cuando me miraba me sentía vulnerable ante él, pero a la vez tenía la sensación inequívoca de que se dejaba observar, de que sabía que intentaba formarme una opinión acerca de él y él sentía curiosidad por conocer el resultado.

Ya, dije. Toda clase de horrores.

¿Y tienes… qué, veinticuatro años?

Veintiuno.

Por un segundo me miró como si pensara que lo decía en broma, con los ojos muy abiertos, enarcando las cejas, y luego negó con la cabeza. Los actores aprenden a comunicar cosas sin sentirlas, pensé. Él ya sabía que yo tenía veintiún años. A lo mejor, lo que de veras pretendía transmitir era una conciencia exagerada de la diferencia de edad entre nosotros, o un leve rechazo o decepción ante la misma. Yo sabía por internet que él tenía treinta y dos años.

Pero no dejemos que eso se interponga en nuestra conexión natural, dije.

Me miró por unos instantes y luego sonrió, de un modo ambiguo, y me gustó tanto su sonrisa que de pronto tomé conciencia de mi propia boca, ligeramente entreabierta.

Desde luego que no, dijo él.

Philip nos informó de que se iba para tomar el último autobús, y Melissa dijo que tenía una reunión a la mañana siguiente y pensaba marcharse pronto. Poco después, todo el grupo se dispersó. Bobbi cogió el tren de vuelta a Sandymount y yo regresé a casa paseando junto al río. El Liffey bajaba crecido y parecía enfurecido. Pasó flotando un banco de taxis y coches, y un borracho que caminaba por la acera de enfrente me gritó que me quería.

Al cruzar la puerta de mi apartamento pensé en la entrada de Nick en el local cuando todo el mundo estaba aplaudiendo. Ahora me parecía que había sido perfecta, tan perfecta que hasta me alegraba que se hubiese perdido la actuación. Supongo que el hecho de que viera lo mucho que otros me aprobaban, sin tener que asumir ninguno de los riesgos necesarios para ganarme su aprobación personal, me había hecho sentirme capaz de volver a hablar con él, como si yo también fuera una persona importante con un montón de admiradores como él, como si no hubiera nada inferior en mí. Pero al mismo tiempo sentía aquella ovación como una parte de la actuación en sí, la mejor parte, y la más pura expresión de lo que intentaba conseguir, que era llegar a convertirme en esa clase de persona: alguien digno de elogio, digno de amor.

6

Después de aquella noche seguimos viendo a Melissa de forma esporádica, y ella nos mandaba algún que otro correo para informarnos sobre los progresos de su artículo. No volvimos a ir a su casa, pero de vez en cuando coincidíamos en algún acto literario. Yo solía preguntarme de antemano si ella y Nick acudirían a tal o cual evento, porque me caían bien y me gustaba que los demás fueran testigos del cálido trato que me dispensaban. Me presentaron a editores y agentes literarios que parecían encantados de conocerme y se interesaban por mi obra. Nick siempre se mostraba afable, y a veces hasta me elogiaba delante de otras personas, pero nunca parecía especialmente ansioso por volver a entablar conversación conmigo, y me acostumbré a que nuestras miradas se cruzaran sin que el corazón me diera un vuelco.

Bobbi y yo acudíamos juntas a esos actos, pero ella solo estaba interesada en captar la atención de Melissa. En la presentación de un libro en Dawson Street le dijo a Nick que no tenía «nada contra los actores», a lo que él contestó: Vaya, gracias, Bobbi, muy generoso por tu parte. En cierta ocasión, al ver que había venido solo, Bobbi le espetó: ¿Tú solo? ¿Dónde está tu guapísima esposa?

¿Por qué tengo la impresión de que no te caigo bien?, le preguntó Nick.

No es nada personal, dije yo. Bobbi odia a los hombres.

Y por si te sirve de consuelo, añadió ella, también me caes mal personalmente.

Después de la noche en que se perdió nuestra actuación, Nick y yo empezamos a intercambiar emails. En el mensaje que había prometido enviarme sobre mis poemas, describía una imagen en particular como «hermosa». Seguramente podría afirmar sin faltar a la verdad que su interpretación en la obra me había parecido «hermosa», aunque nunca lo hubiese expresado así en un email. Pero también es cierto que su actuación estaba ligada a su existencia física de un modo que un poema, mecanografiado en una tipografía estándar y reenviado por una tercera persona, no lo estaba. En un cierto nivel de abstracción, cualquiera podría haber escrito el poema, pero eso tampoco se ajustaba a la verdad. Era como si en realidad estuviese diciéndome: hay algo hermoso en tu manera de pensar y sentir, o bien, tu forma de experimentar el mundo es en cierto modo hermosa. Esta observación resonó en mi mente durante varios días después de recibir el email. No podía evitar sonreír cada vez que pensaba en ella, como si recordara una broma privada.

Intercambiar mensajes con Nick era fácil, pero también competitivo y emocionante, como una partida de ping-pong. Siempre nos estábamos vacilando mutuamente. Cuando se enteró de que mis padres vivían en Mayo, escribió:

nosotros teníamos una casa de veraneo en Achill (como toda familia adinerada del sur de Dublín que se precie).

Yo contesté:

Me alegro de que la tierra de mis ancestros contribuyera a forjar tu identidad de clase. P.D.: Debería ser ilegal tener una casa de veraneo en ninguna parte.

Nick era la primera persona que había conocido desde Bobbi con la que disfrutaba conversando, de la misma forma irracional y sensual en que disfrutaba del café o de la música alta. Me hacía reír. En cierta ocasión mencionó que Melissa y él dormían en habitaciones separadas. No se lo conté a Bobbi, pero le estuve dando muchas vueltas. Me preguntaba si aún «se querían», aunque me costaba imaginar a Nick diciendo algo así sin ser irónico.

Daba la impresión de que siempre se iba a dormir a las tantas, y empezamos a escribirnos cada vez más avanzada la noche. Me dijo que había estudiado filología inglesa y francesa en el Trinity College, así que habíamos tenido algunos profesores en común. Se había especializado en literatura inglesa y había hecho su tesis de fin de carrera sobre Caryl Churchill. A veces, mientras hablábamos, escribía su nombre en Google y miraba fotos suyas para recordar qué aspecto tenía. Leía cuanto encontraba en la red sobre él y a menudo le enviaba citas de sus propias entrevistas, incluso después de que me pidiera que dejara de hacerlo. Decía que le daba una «vergüenza horrorosa». Yo repliqué: pues deja de mandarme mensajes a las 3.34 de la madrugada (no dejes de hacerlo). Él contestó: quién, yo, escribirle a una chica de 21 años a las tantas de la noche? no sé de qué me hablas. yo nunca haría eso.

Cierta noche, en la presentación de una nueva antología poética, Melissa y yo nos quedamos solas charlando con un novelista del que yo no había leído nada. Los demás se habían ido a buscar unas copas. Estábamos en un bar cerca de Dame Street y me dolían los pies porque los zapatos me iban pequeños. El novelista me preguntó qué autores me gustaban y me encogí de hombros. Me planteé si podría seguir en silencio hasta que me dejara en paz, o si eso sería un error, pues ignoraba hasta qué punto era aclamada su obra.

Tienes mucho estilo, me dijo. ¿A que lo tiene?

Melissa asintió sin demasiado entusiasmo. Mi estilo, si es que lo tenía, nunca la había conmovido.

Gracias, dije.

Y además sabes aceptar un cumplido, eso está bien, añadió. Mucha gente intentaría restarse méritos, pero tú tienes la actitud que hay que tener.

Sí, se me da muy bien aceptar cumplidos, dije.

En este punto vi cómo el novelista intentaba intercambiar una mirada con Melissa, que seguía mostrando un evidente desinterés. El hombre pareció a punto de guiñarle el ojo, pero no lo hizo. Luego se volvió hacia mí con una sonrisa arrogante.

Bueno, no dejes que se te suba a la cabeza, dijo.

Entonces Nick y Bobbi se reunieron con nosotros. El novelista le dijo algo a Nick, a lo que este contestó usando la palabra «tío», algo así como: Vaya, cuánto lo siento, tío. Más tarde me burlaría en un email de su tono afectado. Bobbi apoyó la cabeza en el hombro de Melissa.

Cuando el novelista se fue, Melissa apuró su copa de vino y me miró con una sonrisa maliciosa.

Pues sí que te lo has camelado, dijo.

¿Es eso sarcasmo?, repuse.

Estaba intentando ligar contigo. Ha dicho que tienes mucho estilo.

Yo era muy consciente de tener a Nick a mi lado, aunque no podía ver su expresión. Y sabía que deseaba desesperadamente no perder el control de la conversación.

Ya. A los hombres les encanta decirme que tengo estilo, bromeé. Lo que pasa es que quieren que reaccione como si fuera la primera vez que lo oigo.

Entonces Melissa soltó una carcajada. Me sorprendió descubrir que podía hacerla reír de ese modo. Por un momento tuve la impresión de que me había equivocado con ella, y con su actitud hacia mí en particular. Luego me di cuenta de que Nick también se reía, y lo que pudiera sentir Melissa dejó de interesarme.

Qué cruel, dijo él.

No creas que tú te libras, apuntó Bobbi.

Ah, no, tengo claro que estoy en el bando de los malos, dijo Nick. No me río de eso.

A finales de junio me fui un par de días a Ballina a ver a mis padres. Mi madre no me imponía estas visitas, pero últimamente, cuando hablábamos por teléfono, había empezado a soltar cosas del tipo: Vaya, pero si estás viva… ¿Voy a reconocerte la próxima vez que vengas a casa o tendrás que ponerte una flor en el ojal? Al final compré un billete de tren. Le mandé un mensaje al móvil para decirle cuándo iba a llegar y firmé: Imbuida del deber filial, tu devota hija.

Bobbi y mi madre se llevaban de fábula. Bobbi estudiaba historia y ciencias políticas, materias que mi madre consideraba serias. Asignaturas de verdad, decía, mirándome con una ceja arqueada. Mi madre era una especie de socialdemócrata, y por entonces creo que Bobbi se definía como anarquista comunitaria. Cuando mi madre venía de visita a Dublín, disfrutaban enzarzándose en pequeñas discusiones sobre la guerra civil española. A veces Bobbi se volvía hacia mí y soltaba: Frances, tú eres comunista, apóyame. Y entonces mi madre se echaba a reír y decía: ¿Esa de ahí? Ya puedes esperar sentada. Nunca se había interesado demasiado por mi vida social o personal, un arreglo que nos convenía a ambas, pero cuando rompí con Bobbi lo describió como «una verdadera pena».

Después de recogerme en la estación el sábado, pasamos la tarde en el jardín de casa. El césped recién cortado desprendía un olor cálido, alergénico. El cielo se veía suave como una tela que los pájaros surcaban como largos hilos. Mi madre arrancaba las malas hierbas y yo fingía ayudarla, pero en realidad me limitaba a darle conversación. Descubrí un imprevisto entusiasmo por hablarle de todos los editores y escritores a los que había conocido en Dublín. En un momento dado me quité los guantes para secarme la frente y no volví a ponérmelos. Le pregunté si le apetecía un té, pero me ignoró. Entonces me senté debajo del arbusto de pendientes de la reina y, mientras arrancaba florecillas de las ramas, seguí hablando de gente famosa. Las palabras brotaban de mis labios de un modo delicioso. No tenía ni idea de que tuviera tanto que contar, ni de que pudiera disfrutar tanto haciéndolo.

Al final mi madre se quitó los guantes y se acomodó en una silla de jardín. Yo me había sentado con las piernas cruzadas, examinando las punteras de mis deportivas.

Pareces muy impresionada por esa tal Melissa, dijo.

¿Tú crees?

Te ha presentado a mucha gente, desde luego.

Bobbi le cae mejor que yo, dije.

Pero tú le caes bien a su marido.

Me encogí de hombros y dije que no lo sabía. Luego me lamí el pulgar y me puse a frotar una motita de suciedad en una de mis deportivas.

¿Y dices que son ricos?, preguntó mi madre.

Eso creo. Él viene de una familia adinerada. Y tienen una casa preciosa.

No es propio de ti ese entusiasmo por las casas pijas.

Ese comentario me dolió. Seguí restregando la deportiva como si no hubiese captado su tono.

No me entusiasman, dije. Solo te estoy contando cómo es su casa.

Debo decir que todo esto me resulta muy extraño. No entiendo por qué una mujer de esa edad se rodea de estudiantes universitarias.

Tiene treinta y siete años, no cincuenta. Y está escribiendo un artículo sobre nosotras, ya te lo he dicho.

Mi madre se levantó de la silla y se frotó las manos en los pantalones de lino que usaba para trajinar en el jardín.

Bueno, dijo. Tú no te criaste precisamente en una de esas preciosas casas de Monkstown.

Me eché a reír, y ella me tendió una mano para ayudarme a levantarme. Sus manos eran grandes y cetrinas, nada que ver con las mías. Estaban cargadas del pragmatismo que a mí me faltaba, y mi mano se veía entre las suyas como algo que necesitara reparación.

¿Irás a ver a tu padre esta noche?, preguntó.

Aparté la mano y me la metí en el bolsillo.

Puede, contesté.

Desde muy temprana edad me quedó claro que mis padres no se llevaban bien. Las parejas de las películas y la televisión hacían tareas domésticas juntas y hablaban con cariño de sus recuerdos compartidos. Yo no recordaba haber visto a mis padres juntos en la misma habitación a menos que estuvieran comiendo. Mi padre era propenso a los «cambios de humor». A veces, durante uno de esos episodios, mi madre me llevaba a casa de su hermana Bernie en Clontarf, y las dos se sentaban en la cocina hablando y meneando la cabeza mientras yo miraba a mi primo Alan jugar a Ocarina del Tiempo. No se me escapaba que el alcohol tenía algo que ver con aquellos incidentes, pero su papel concreto seguía siendo un misterio para mí.

Disfrutaba de aquellas visitas a casa de la tía Bernie. Me dejaban atiborrarme de galletitas digestivas, y cuando volvíamos a casa mi padre o bien no estaba, o bien se mostraba muy arrepentido. Me gustaba más cuando no estaba. Durante sus momentos de contrición, intentaba darme conversación hablando de la escuela y yo tenía que escoger entre seguirle la corriente o ignorarle. Seguirle la corriente me hacía sentir hipócrita y débil, un blanco fácil. Ignorarle provocaba que mi corazón latiera desbocado y que más tarde no pudiera mirarme en el espejo. Además, hacía llorar a mi madre.

No es fácil describir con exactitud en qué consistían aquellos cambios de humor de mi padre. A veces se iba de casa un par de días y cuando volvía lo encontrábamos vaciando mi hucha del Banco de Irlanda, o descubríamos que se había llevado la tele. Otras veces se chocaba sin querer con algún mueble y montaba en cólera. En cierta ocasión me arrojó a la cara uno de mis zapatos del colegio después de haber tropezado con él. No dio en el blanco y el zapato cayó en la chimenea, donde lo vi arder como si fuera mi propio rostro el que se quemaba. Aprendí a no demostrar miedo, eso solo le provocaba. Me mostraba como un témpano de hielo. Después de aquello mi madre me preguntó: ¿Por qué no lo has sacado del fuego? Al menos podrías haber hecho el esfuerzo. Me encogí de hombros. Habría dejado que mi propio rostro ardiera en la chimenea.

Por las noches, cuando mi padre volvía a casa del trabajo, yo me quedaba completamente inmóvil y unos segundos me bastaban para saber con total certeza si estaba sufriendo o no uno de sus episodios. Algo en su forma de cerrar la puerta o de manejar las llaves lo delataba de un modo tan inequívoco como si entrara en casa berreando. Entonces yo le decía a mi madre: Está de mal humor. Y ella contestaba: Basta. Pero lo sabía tan bien como yo. Un día, cuando tenía doce años, se presentó de forma inesperada para recogerme después de clase. En lugar de llevarme a casa, condujo fuera del pueblo, en dirección a Blackrock. El tren pasó a nuestro lado por la izquierda y vi las torres Poolbeg por la ventanilla. Tu madre quiere romper nuestra familia, me dijo. Yo repliqué al instante: Por favor, déjame bajar del coche. Más tarde, este simple comentario bastaría para validar su teoría de que mi madre me había predispuesto en contra de él.

Cuando mi padre se mudó a Ballina, iba a verlo en fines de semana alternos. Por lo general se portaba bien. Cenábamos comida para llevar y a veces íbamos al cine. Yo lo observaba atentamente en busca de esa chispa que pondría fin a su buen humor y haría que todo se torciera. El detonante podía ser cualquier cosa. Pero cuando íbamos a McCarthy’s por las tardes, sus amigos le decían: Así que esta es tu niña prodigio, ¿no, Dennis? Y me leían los enunciados del crucigrama de la última página del periódico, o me pedían que deletreara palabras larguísimas. Cuando acertaba, me daban unas palmaditas en la espalda y me invitaban a una limonada roja.

Acabará trabajando para la NASA, decía su amigo Paul. Te solucionará la vida.

Trabajará en lo que a ella le guste, replicaba mi padre.

Bobbi solo había coincidido con él una vez, en nuestra graduación del instituto. Vino a Dublín para la ocasión, vistiendo camisa y una corbata morada. Mi madre le había hablado de Bobbi, y cuando se la presenté después de la ceremonia le estrechó la mano y dijo: Ha sido una actuación magnífica. Estábamos en la biblioteca de la escuela, comiendo triangulitos de sándwich y bebiendo Coca-Cola. Se parece a Frances, le dijo Bobbi. Mi padre y yo nos miramos y nos reímos tímidamente. No sé yo, dijo. Después me comentó que Bobbi era una «chica guapa» y se despidió de mí con un beso en la mejilla.

Cuando empecé la universidad dejé de visitarlo con la misma frecuencia. Solo iba a Ballina una vez al mes, y siempre me quedaba en casa de mi madre. Después de jubilarse, sus cambios de humor se volvieron más erráticos. Comencé a darme cuenta de cuánto tiempo me pasaba apaciguándolo, mostrando una fingida alegría y recogiendo las cosas que él tiraba. Sentía rígida la mandíbula y notaba que me estremecía al menor ruido. Nuestras conversaciones se volvieron tensas, y en más de una ocasión me acusó de haber cambiado mi acento. Me miras por encima del hombro, me espetó durante una discusión. No seas estúpido, repliqué. Se echó a reír y dijo: ¿Ves?, ahí lo tienes. Por fin la verdad sale a la luz.

Después de cenar le dije a mi madre que iría a verlo. Ella me dio un suave apretón en el hombro y me dijo que le parecía estupendo. Es una gran idea, dijo. Buena chica.

Caminé por el pueblo con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. El sol se estaba poniendo y me pregunté qué echarían en la tele esa noche. Noté un dolor de cabeza incipiente, como si bajara directamente del cielo a mi cerebro. Probé a andar dando fuertes pisotones para alejar los malos pensamientos, pero la gente me miraba de un modo raro y me sentí cohibida. Sabía que eso revelaba debilidad por mi parte. Bobbi nunca se dejaba intimidar por los desconocidos.

Mi padre vivía en una casita adosada cerca de la gasolinera. Llamé al timbre y volví a meterme las manos en los bolsillos. No pasó nada. Llamé otra vez y luego probé el picaporte, que se notaba grasiento. La puerta se abrió y entré.

¿Papá?, llamé. ¿Hola?

Dentro olía a aceite de freír y vinagre. La alfombra del recibidor, que tenía un dibujo discernible cuando mi padre se instaló allí, se había vuelto plana y marrón a fuerza de pisarla. Encima del teléfono colgaba una foto familiar de unas vacaciones en Mallorca, en la que yo aparecía a los cuatro años con una camiseta amarilla que ponía SÉ FELIZ.

¿Hola?, volví a llamar.

Mi padre se asomó a la puerta de la cocina.

¿Eres tú, Frances?, preguntó.

Sí.

Pasa, estaba comiendo.

La cocina tenía una ventana alta de cristal esmerilado que daba a un patio con suelo de cemento. Junto al fregadero se apilaban los platos sucios, y pequeños desechos se derramaban por el borde plástico del cubo de basura hasta caer al suelo: recibos, mondas de patata. Mi padre los pisó al pasar como si no los viera. Estaba comiendo de una bolsa de papel marrón dispuesta sobre un platito azul.

Ya has cenado, ¿verdad?, preguntó.

Sí.

Cuéntame qué novedades hay por Dublín.

No muchas, me temo, contesté.

Cuando acabó de comer, puse el hervidor al fuego y llené el fregadero de agua caliente y detergente con aroma a limón. Mi padre se fue a la otra habitación a ver la tele. El agua estaba ardiendo, y cuando sacaba las manos del fregadero podía ver que habían adquirido un tono rosa brillante. Lavé los vasos y los cubiertos primero, luego los platos, y por último las ollas y sartenes. Cuando acabé, vacié el fregadero, sequé con una bayeta las superficies de la cocina y recogí las mondas del suelo. Al ver las pompas de jabón deslizarse silenciosamente por las hojas de los cuchillos, sentí un súbito deseo de hacerme daño. Pero me contuve, guardé el salero y el pimentero y fui a la sala de estar.

Me voy, dije.

¿Ya te vas?

Hay que sacar la basura.

Nos vemos, dijo mi padre.

7

En julio Melissa nos invitó a su fiesta de cumpleaños. No la veíamos desde hacía tiempo y Bobbi empezó a preocuparse por lo que habría que comprarle, y por si deberíamos darle regalos separados o solo uno de parte de ambas. Yo dije que como mucho pensaba comprarle una botella de vino, así que por lo que a mí me respectaba aquel fue el final de la discusión. Cuando coincidíamos en algún acto, Melissa y yo evitábamos cada vez más mirarnos a los ojos. Bobbi y ella se susurraban cosas al oído y se reían como colegialas. Yo no tenía el valor para mostrarle aversión, aunque sabía que quería hacerlo.

El día de la fiesta Bobbi llevaba unos vaqueros negros y una camiseta muy corta y ceñida. Yo me puse un vestido veraniego con unos tirantes muy finos y rebeldes. Hacía una noche cálida y apenas había empezado a oscurecer cuando llegamos a la casa. Las nubes se habían teñido de verde y las estrellas parecían de azúcar. Oímos a la perra ladrando en el jardín de atrás. Yo no había visto a Nick en la vida real desde lo que se me antojaba como mucho tiempo, y estaba un poco nerviosa por ello, por lo graciosa e indiferente que había simulado ser en nuestros mensajes.

Fue la propia Melissa quien salió a abrirnos. Nos abrazó, primero a una y después a la otra, y me plantó un beso empolvado en la mejilla izquierda. Olía a un perfume que reconocí.

¡No teníais que traer regalos!, protestó. ¡Sois muy generosas! Pasad, servíos una copa. Me alegro mucho de veros.

La seguimos hasta la cocina, que estaba en penumbra, rebosante de música y de gente luciendo largos collares. Todo se veía limpio y espacioso. Por unos segundos imaginé que aquella era mi casa, que me había criado allí y que cuanto había en ella me pertenecía.

Hay vino en la encimera y los licores están en el lavadero de ahí detrás, dijo Melissa. Servíos.

Bobbi se llenó una enorme copa de vino tinto y siguió a Melissa hasta la galería acristalada. Yo no quería sumarme a ellas, por lo que fingí que me apetecía algo más fuerte.

El lavadero era un pequeño cuarto al que se accedía por una puerta al fondo de la cocina. Dentro había como unas cinco personas fumando un porro y riendo a carcajadas. Una de esas personas era Nick. Cuando entré, alguien dijo: ¡Oh, no, es la poli! Y rompieron a reír de nuevo. Me quedé allí plantada, con la sensación de ser más joven que todos ellos y pensando en lo escotada que era la espalda de mi vestido. Nick estaba sentado sobre la lavadora, bebiendo una botella de cerveza. Llevaba una camisa blanca con el cuello abierto y me pareció que tenía el rostro enrojecido. Hacía mucho calor allí dentro, mucho más que en la cocina, por no hablar del humo.

Melissa me ha dicho que los licores están aquí, dije.

Sí, repuso Nick. ¿Qué te apetece?

Le dije que tomaría una ginebra mientras todos me escudriñaban de un modo apacible, un poco colocados. Aparte de Nick, había dos mujeres y dos hombres. Ellas no se miraban entre sí. Me examiné las uñas para asegurarme de que estaban limpias.

¿Tú también eres otra actriz?, preguntó alguien.

Es escritora, contestó Nick.

Entonces me presentó a sus amigos, cuyos nombres olvidé al instante. Nick vertió una generosa dosis de ginebra en un gran vaso de whisky y dijo que había tónica por algún sitio, así que esperé mientras la buscaba.

No te ofendas, dijo el tipo de antes, es que hay muchas actrices por aquí.

Sí, Nick tiene que tener cuidado de dónde mira, dijo alguien más.

Nick me miró, aunque era difícil saber si estaba abochornado o sencillamente colocado. El comentario tenía evidentes connotaciones sexuales, aunque no me quedó claro cuáles podían ser.

No, no es verdad, dijo.

Pues será que Melissa se ha vuelto muy liberal, dijo otro invitado.

Todos rieron, excepto Nick. A esas alturas ya era consciente de que mi llegada se había interpretado como una presencia sexual vagamente disruptiva que podían utilizar para sus bromas. No me molestaba en absoluto, e incluso llegué a pensar en lo divertido que haría que sonara aquello en un email. Nick me tendió el gin-tonic y yo le sonreí sin despegar los labios. No sabía si esperaba que me fuera ahora que tenía la copa, o si lo consideraría una falta de educación.

¿Qué tal te ha ido por casa?, preguntó.

Ah, bien, dije. Mis padres bien. Gracias por preguntar.

¿De dónde eres, Frances?, preguntó uno de los hombres.

De Dublín, pero mis padres viven en Ballina.

Así que eres una pueblerina, dijo el hombre. Nunca pensé que Nick tuviera amigos pueblerinos.

Bueno, me crie en Sandymount, dije.

¿Con qué condado vas en el All Ireland?, preguntó alguien.

Inhalé por la boca el humo que habían exhalado, su regusto rancio y dulzón. Como mujer no puedo ir con ningún condado, dije. Me sentí bien menospreciando a los amigos de Nick, aunque parecían inofensivos. Él se rio para sí, como si se hubiese acordado de algo.

Alguien gritó en la cocina algo sobre la tarta y todos salieron del lavadero salvo nosotros dos. La perra intentó colarse, pero Nick la empujó con el pie y cerró la puerta. De pronto me pareció tímido, aunque tal vez solo fuera porque seguía muy acalorado. En la cocina sonaba «Retrograde», la canción de James Blake. Nick había comentado en un email lo mucho que le gustaba ese álbum, y me pregunté si él habría escogido la música de la fiesta.

Lo siento, dijo. Estoy tan colocado que ni siquiera consigo enfocar la vista.

Me das envidia.

Apoyé la espalda contra la nevera y me abaniqué un poco la cara con la mano. Él alzó la botella de cerveza y rozó con ella mi mejilla. El cristal estaba deliciosamente frío y húmedo, tanto que solté un pequeño jadeo sin querer.

¿Te gusta?, preguntó.

Sí, me encanta. ¿Qué tal aquí?

Me bajé uno de los tirantes del vestido y él posó la botella sobre mi clavícula. Una gota helada de condensación rodó por mi piel y me estremecí.

Qué gusto, murmuré.

Él no dijo nada. Me fijé en que tenía las orejas rojas.

Detrás de la pierna, dije.

Nick asió la botella con la otra mano y la sostuvo contra la cara posterior de mi muslo. Las yemas frías de sus dedos me rozaron la piel.

¿Así?, preguntó.

Pero acércate más.

No estaremos flirteando, ¿verdad?

Lo besé. Él se dejó. El interior de su boca estaba caliente y me puso la otra mano en la cintura, como si quisiera tocarme. Yo lo deseaba tanto que me sentí completamente estúpida, incapaz de decir o hacer nada.

Al cabo de unos segundos Nick se apartó de mí y se pasó la mano por la boca, pero con dulzura, como si intentara asegurarse de que seguía allí.

No deberíamos estar haciendo esto aquí, dijo.

Tragué con fuerza. Será mejor que me vaya, dije. Salí del lavadero, pellizcándome el labio inferior con los dedos y procurando que mi rostro no expresara emoción alguna.

Fuera, en la galería acristalada, Bobbi estaba sentada en un antepecho hablando con Melissa. Me llamó por señas y me sentí obligada a reunirme con ellas, aunque no quería. Estaban comiendo unas pequeñas porciones de tarta, con dos finas líneas de nata y mermelada que parecían pasta de dientes. Bobbi comía la suya con los dedos, Melissa sostenía un tenedor. Sonreí y volví a tocarme la boca compulsivamente. Incluso mientras lo hacía supe que era una mala idea, pero no pude evitarlo.

Justo le estaba diciendo a Melissa lo mucho que la idolatramos, comentó Bobbi.

Melissa me sostuvo la mirada y sacó un paquete de cigarrillos.

No creo que Frances idolatre a nadie, dijo.

Me encogí de hombros, impotente. Apuré mi gin-tonic y me serví un vaso de vino blanco. Quería que Nick entrara en la cocina para poder verlo desde el otro lado de la encimera. Luego miré a Melissa y pensé: Te odio. La idea brotó sin más, como una broma o una exclamación. Ni siquiera sabía si la odiaba de veras, pero aquellas palabras me sonaban bien, como la letra de una canción que acabara de recordar.

Pasaron varias horas y no volví a ver a Nick. Bobbi y yo habíamos pensado quedarnos a pasar la noche en la habitación de invitados, pero la mayoría de la gente no se marchó hasta las cuatro o cinco de la madrugada. Para entonces ni siquiera sabía dónde estaba Bobbi. Subí a la habitación de invitados pensando que quizá estaría allí, pero la encontré vacía. Me tumbé en la cama sin quitarme la ropa y me pregunté si iba a dejarme vencer por alguna emoción en particular, como tristeza o arrepentimiento. Sin embargo, lo que sentí fue un cúmulo de cosas que no conseguía identificar. Al final me quedé dormida, y cuando me desperté Bobbi no estaba. Fuera hacía una mañana gris y me marché sola de la casa, sin cruzarme con nadie, para tomar el autobús de vuelta al centro.

8

Pasé gran parte del día tumbada en la cama, en camiseta y ropa interior, fumando con la ventana abierta. Tenía resaca y aún no sabía nada de Bobbi. A través de la ventana veía el follaje mecido por la brisa y a dos niños que aparecían y desaparecían detrás de un árbol, uno de ellos blandiendo una espada láser de plástico. La escena me pareció relajante, o al menos me distrajo de sentirme tan mal. Tenía un poco de frío, pero no quería romper el hechizo vistiéndome.

Finalmente, a las tres o cuatro de la tarde, me levanté de la cama. No me apetecía escribir. De hecho, temía que si lo intentaba solo me saldría algo feo y pretencioso. No era la clase de persona que fingía ser. Me recordé en el lavadero, tratando de hacerme la ocurrente delante de los amigos de Nick, y me entraron ganas de vomitar. Yo no encajaba en las casas de los ricos. Solo me invitaban a esa clase de lugares por Bobbi, que jamás desentonaba en ningún lugar y tenía una especie de aura que me volvía invisible por comparación.

Esa noche recibí un email de Nick.

hola, frances, siento mucho lo que pasó anoche. me porté como un imbécil y me siento fatal. no quiero ser esa persona y tampoco quiero que me veas como si lo fuera. no sabes cuánto lo siento. no debería haberte puesto en esa situación. espero que hoy estés bien.

Me obligué a dejar pasar una hora antes de contestar. Estuve viendo dibujos animados en internet y me preparé una taza de café. Luego volví a leer su email varias veces. Me alivió comprobar que había escrito toda aquella parrafada en minúsculas, como siempre. Habría resultado dramático que hubiese empezado a poner mayúsculas en un momento tan tenso. Al cabo de un rato le contesté, diciendo que la culpa había sido mía por besarlo, y que lo sentía.

Su réplica llegó al instante.

no, no fue culpa tuya. yo soy 11 años mayor que tú y además era el cumpleaños de mi mujer. me he portado fatal y no quiero que te sientas culpable de nada.

Fuera empezaba a oscurecer. Me sentía aturdida e inquieta. Pensé en salir a dar un paseo, pero estaba lloviendo y había tomado demasiado café. Mi corazón latía como si fuera a salírseme del pecho. Le di a responder.

¿Sueles besar a chicas en las fiestas?

Nick contestó al cabo de unos veinte minutos.

desde que me casé, nunca. aunque creo que eso lo hace aún peor.

Mi teléfono empezó a sonar y lo cogí sin apartar la vista del mensaje.

¿Te apetece quedar para ir a ver Brazil?, dijo Bobbi.

¿Qué?

¿Quieres que vayamos a ver Brazil juntas? ¿Hola? Es la peli distópica en la que sale uno de los Monty Python. Dijiste que querías verla.

¿Qué?, repliqué. Sí, vale. ¿Esta noche?

¿Estabas durmiendo o qué? Suenas rara.

No estaba durmiendo. Lo siento. Estaba navegando por internet. Sí, sí, quedemos.

Bobbi tardó una media hora en llegar al apartamento. Al entrar me preguntó si podía quedarse a dormir. Le dije que sí. Nos sentamos en la cama, fumando y comentando la fiesta de la noche anterior. El corazón me latía con fuerza porque sabía que no estaba siendo sincera, pero de cara al exterior podía ser una mentirosa capaz, incluso competente.

Te ha crecido mucho el pelo, dijo Bobbi.

¿Crees que debería cortármelo?

Decidimos cortármelo. Me senté en una silla frente al espejo de la sala de estar, rodeada de hojas de periódicos viejos. Bobbi usó las mismas tijeras que utilizaba en la cocina, pero antes las lavó con agua muy caliente y Fairy.

¿Sigues creyendo que le gustas a Melissa?, le pregunté.

Bobbi me sonrió con cierta indulgencia, como si en realidad nunca hubiese aventurado semejante teoría.

Yo le gusto a todo el mundo, repuso.

Ya, pero me refiero a si crees que ella siente una conexión especial contigo, en comparación con otra gente. Ya sabes a qué me refiero.

No lo sé, Melissa no es precisamente un libro abierto.

Yo también lo pienso. A veces creo que me odia.

No, como persona le caes bien, estoy segura. Creo que le recuerdas a sí misma.

Entonces me sentí todavía más hipócrita, y noté una sensación de calor subiéndome por las orejas. Quizá el hecho de saber que había traicionado la confianza de Melissa me hacía sentir como una mentirosa, o quizá esa imaginaria conexión entre nosotras sugiriera algo más. Había sido yo la que había besado a Nick y no al revés, pero estaba convencida de que él lo había deseado. Si Melissa veía en mí algo que le recordaba a sí misma, ¿era posible que Nick también viera en mí algo que le recordaba a Melissa?

Podríamos cortarte el flequillo, dijo Bobbi.

Ni hablar, la gente ya nos confunde demasiado.

Me ofende que eso te resulte tan ofensivo.

Después de cortarme el pelo, preparamos una cafetera y, sentadas en el sofá, estuvimos charlando sobre la asociación feminista de la facultad. Bobbi se había dado de baja el año anterior, después de que invitaran a una conferenciante británica que había apoyado la invasión de Irak. En la página de Facebook del grupo, la presidenta de la asociación había tachado las objeciones de Bobbi de «agresivas» y «sectarias», algo que en privado todos conveníamos en que era una auténtica chorrada, pero como al final la oradora no aceptó la invitación, Philip y yo no llegamos al extremo de formalizar nuestra renuncia. La actitud de Bobbi respecto a esa decisión variaba enormemente y tendía a ser un indicador del estado de nuestra relación en un momento dado. Cuando las cosas iban bien, ella la consideraba una prueba de mi tolerancia o incluso un sacrificio autoimpuesto por la causa de la revolución de género. Cuando teníamos pequeñas discrepancias sobre algún asunto, a veces se refería a mi decisión como un ejemplo de deslealtad y debilidad ideológica.

¿Han adoptado alguna postura sobre el sexismo últimamente?, decía. ¿O también tienen un doble rasero al respecto?

Sin duda quieren más mujeres en puestos directivos.

¿Sabes?, siempre he pensado que hay muy poca presencia femenina entre los traficantes de armas.

Finalmente pusimos la película, pero Bobbi se durmió mientras la veíamos. Me pregunté si prefería quedarse a dormir en mi piso porque estar cerca de sus padres le provocaba ansiedad. No me había comentado nada al respecto, y por lo general era bastante abierta con los detalles de su vida emocional, pero las cuestiones familiares eran distintas. No me apetecía ver la película sola, así que la quité y estuve un rato navegando por internet. Al final Bobbi se despertó y fue a acostarse al colchón de mi cuarto. Me gustaba saber que estaba durmiendo allí mientras yo seguía despierta, me reconfortaba.

Esa noche, mientras ella estaba acostada, abrí el portátil y contesté al último mensaje de Nick.

Después de aquello estuve dándole muchas vueltas a la cuestión de si debía decirle a Bobbi que había besado a Nick. Fuera cual fuese mi decisión final, había ensayado meticulosamente cómo se lo contaría, qué detalles subrayaría y cuáles omitiría.

Ocurrió sin más, le diría.

Es una locura, replicaría Bobbi. Pero la verdad es que siempre he sospechado que le gustas.

No sé. Estaba muy colocado, fue una estupidez.

Pero en el email te dio a entender claramente que había sido culpa suya, ¿verdad?

Me di cuenta de que estaba utilizando al personaje de Bobbi básicamente para convencerme de que Nick se sentía atraído por mí, y era consciente de que en la vida real Bobbi nunca reaccionaría de ese modo, así que lo dejé. Sentía el impulso de contárselo a alguien que pudiera comprender la situación, pero no quería arriesgarme a que Bobbi le fuera con el cuento a Melissa, algo que la creía muy capaz de hacer, no como una traición consciente, sino como un esfuerzo por entrelazar aún más su vida con la de Melissa.

Decidí no contárselo, lo cual significaba que no podía contárselo a nadie, por lo menos a nadie que pudiera comprenderlo. Le comenté a Philip que había besado a alguien a quien no debería haber besado, pero él no podía saber de qué le estaba hablando.

¿Es Bobbi?, preguntó.

No, no es Bobbi.

¿Es mejor o peor que si hubieses besado a Bobbi?

Peor, dije. Mucho peor. Olvídalo, anda.

Dios, pensaba que no podría haber nada peor.

De todos modos, no tenía ningún sentido intentar explicárselo.

Una vez besé a una ex en una fiesta, dijo. Semanas de drama. Perdí la perspectiva.

No me digas.

Se había echado un novio, lo cual complicaba las cosas.

Me lo imagino, repuse.

Al día siguiente se celebraba la presentación de un libro en Hodges Figgis y Bobbi quería ir para conseguir un ejemplar firmado. Era una tarde muy calurosa de julio, y me pasé la hora previa al acto metida en casa, desenredándome el pelo con los dedos, tirando con tanta fuerza que llegué a arrancarme pequeños mechones. Pensé: Lo más probable es que ni siquiera estén allí, y luego tendré que volver a casa y barrer todos estos pelos y me sentiré fatal. Seguramente no volverá a pasarme nada importante en toda mi vida y no haré más que barrer cosas hasta que me muera.

Había quedado con Bobbi en la puerta de la librería, y al verme me saludó con la mano. Llevaba unas pulseras en la muñeca izquierda que se deslizaron por su antebrazo tintineando con elegancia. A menudo me sorprendía pensando que, si me pareciera a Bobbi, nada malo podría pasarme. No sería como despertarme con un rostro nuevo y extraño: sería como despertarme con un rostro que ya conocía, un rostro que ya imaginaba como propio, por lo que me resultaría muy natural.

Mientras subíamos a la sala donde tendría lugar la presentación, vislumbré a Nick y Melissa a través de la barandilla de la escalera. Estaban junto a un expositor de libros. Las pantorrillas desnudas de Melissa se veían muy pálidas, y llevaba unos zapatos planos con una tira en el tobillo. Me detuve y me pasé una mano por la clavícula.

Bobbi, dije. ¿Me brilla mucho la cara?

Ella se volvió y entornó los ojos para examinarme.

Sí, un poco, dijo.

Exhalé despacio el aire de mis pulmones. No podía hacer nada al respecto, porque ya estaba subiendo la escalera. Deseé no habérselo preguntado.

Pero no de un modo desagradable, añadió Bobbi. Estás guapa, ¿por qué?

Negué con la cabeza y seguí subiendo los escalones. La lectura aún no había empezado, por lo que todo el mundo se paseaba por la sala con sus copas de vino y gesto expectante. Hacía mucho calor en la sala, pese a que habían abierto las ventanas que daban a la calle, y una bocanada de aire fresco me acarició el brazo izquierdo, provocándome un escalofrío. Estaba sudando. Bobbi me estaba diciendo algo al oído y yo asentía, fingiendo escucharla.

Finalmente Nick me miró y le sostuve la mirada. Sentí que una llave giraba en mi interior con tanta fuerza que no podía hacer nada por detenerla. Sus labios se entreabrieron como si estuviera a punto de decir algo, pero se limitó a inhalar y luego me pareció que tragaba saliva. Ninguno de los dos saludó o hizo gesto alguno, simplemente nos miramos, como si ya estuviéramos manteniendo una conversación privada que nadie pudiera escuchar.

Al cabo de unos segundos me di cuenta de que Bobbi había dejado de hablar, y cuando me volví hacia ella vi que también estaba mirando a Nick, con el labio inferior un poco hacia fuera, como diciendo: Ah, ya veo qué observas con tanto interés. Deseé tener una copa para sostenerla contra mi cara.

Bueno, por lo menos sabe vestirse solo, dijo.

No fingí mostrarme confusa. Nick se había puesto una camiseta blanca y el calzado de ante que todo el mundo llevaba por entonces, unos botines de safari. Hasta yo los llevaba. Si estaba guapo era solo porque lo era, aunque Bobbi no era tan sensible a los efectos de la belleza como yo.

O quizá le viste Melissa, añadió Bobbi.

Sonreía para sí misma como si ocultara un secreto, aunque su actitud no era misteriosa ni mucho menos. Me pasé una mano por el pelo y aparté la vista. El sol dibujaba un níveo cuadrado blanco sobre la alfombra.

Ni siquiera duermen juntos, dije.

Nuestras miradas se cruzaron y Bobbi alzó levemente la barbilla.

Lo sé, repuso.

Durante la presentación del libro no cuchicheamos entre nosotras, como solíamos hacer. Era una recopilación de relatos cortos de una escritora. Me giré hacia Bobbi pero ella siguió mirando al frente, y supe que me estaba castigando por algo.

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