{

Manual para la obediencia

Sarah Bernstein

Fragmento

cap-2

1

COMENZANDO DE NUEVO COMENZANDO

Fue el año en que la cerda mató a sus lechones. Fue una época veloz y amenazante. Una de las perras del lugar tuvo un embarazo psicológico. Las cosas desaparecían en un lugar y aparecían en otro. Era primavera cuando llegué al campo, soplaba un viento del este, un viento que resultó ser extraño. Empezaron a ocurrir cosas. Lo de los cerdos sucedió más tarde, pero no mucho después, y aunque yo acababa de llegar, y no estaba al cuidado del ganado, y solo me había asomado desde el otro lado de la verja eléctrica, sabía que ellos tenían razón al culparme. Pero todo eso, como he dicho, sucedió después.

Por dónde comenzar. Es cierto que solo puedo arrojar luz sobre mis actos, e incluso así es una luz débil e intermitente. Yo era la hija menor, la menor de muchos niños —más de los que quiero recordar— a los que cuidé desde mi más tierna infancia, antes, de hecho, de que yo misma tuviera el poder del habla y aunque mis habilidades motrices apenas estaban desarrolladas por entonces, ellos, mis muchos hermanos, fueron puestos a mi cargo. Atendí cada uno de sus deseos, suavicé sus más leves incomodidades con obediencia perfecta, con el más alto grado de devoción, de tal forma que con el tiempo sus deseos fueron los míos, así pude anticipar necesidades no articuladas aún, tal vez ni siquiera aún imaginadas, proporcionando a mis hermanos la mayor ayuda posible, colmándolos tan solo para que exigieran más, siempre más, exigencias a las que yo accedía con entusiasmo y prudencial prontitud, suministrándoles los complejos licores curativos recetados para ellos por varios médicos, sirviendo sus alimentos y refrigerios, sus cigarrillos y aperitivos, sus copas y vasos de leche en la mesita de noche. De nuestros padres nada diré, no todavía, no. Continué pasando los largos años desde la infancia cultivando la soledad, persiguiendo al silencio hasta su siempre inalcanzable horizonte, persecución que exigía un tipo de atención particular, un autoolvido por mi parte que me permitía dedicar la más meticulosa, la más cuidadosa consideración al otro, a tratarlo como al más preciado objeto de contemplación. En este proceso, yo me vería reducida, disminuida y en definitiva transparentada, incluso dejaría de existir. Yo sería buena. Sería todo lo que se me había pedido.

Quizá sea mejor comenzar de nuevo.

Estaba la casa, situada al final de un largo sendero de tierra y en medio de una arboleda, sobre una colina que dominaba un pequeño pueblo escasamente habitado. Un arroyo marcaba los límites de la propiedad por uno de los lados y, en la noche, el sonido de su inquieto fluir entraba por la ventana de mi habitación. Mirando a lo largo del sendero, una podía ver el bosque denso, un pueblecito en el fondo del valle y, más allá, las montañas más altas que había visto en mi vida. El terreno y la casa en él situada pertenecían a mi hermano, el mayor. El hecho de que él hubiera terminado en este remoto país del norte, país, me enteré, de los antepasados de nuestra familia, gente desconocida y vilipendiada que había sido perseguida a través de las fronteras y metida en fosas, tenía que ver, sin duda, al menos en parte, con su sentido de la Historia, orientado como estaba hacia el progreso, vuelto hacia el futuro, siempre en la búsqueda de la eficiencia. Desde un punto de vista práctico —y el pragmatismo era, naturalmente, de la mayor importancia para mi hermano—, también estaba implicado en algunas transacciones perfectamente razonables, si bien algo perversas, pues era, o al menos había sido, un hombre de negocios involucrado en la exitosa venta, intercambio, importación y exportación de una variedad de bienes y servicios cuyos pormenores siguen constituyendo un misterio para mí hasta el día de hoy.

Llegué a instalarme en la casa a petición suya e inicialmente por un periodo de seis meses, dejando nuestro país natal por este frío y alejado lugar donde mi hermano había hecho su vida, o en todo caso su dinero, del cual había bastante, como yo vería con mis propios ojos. No vi razones para oponerme: siempre había querido vivir en el campo, en otoño había recorrido en coche las zonas rurales que rodeaban mi ciudad natal para ver las hojas coloreadas, para respirar el aire fresco, tan distinto del aire corrompido del centro, bien conocido por ser la causa principal de los altos índices de mortandad infantil, no era que yo tuviera hijos, no, no, aun así, la calidad del aire y sus efectos perjudiciales en la salud pública me concernían tanto como a cualquier otro ciudadano común. Además, como señaló mi hermano, no es que yo tuviera obligaciones específicas o compromisos que no pudiera incumplir sin problemas. Admití que estaba en lo cierto. El asunto era como sigue. Yo había, por así decirlo, tirado la toalla. Hacía mucho que mis contemporáneos me habían superado; ya por traición o habilidades superiores, se habían asegurado un lugar en la vida y en la profesión de su elección. Se decía que era algo terrible hacer realidad el sueño de una vida, y no obstante yo me preguntaba por qué no se relajaban un poco. Estaban hinchados de éxito. Tanto tiempo y nada que hacer. Yo apenas tenía un poco de voluntad. No formaba parte del gran juego. Durante un tiempo ejercí de periodista, pero al final dejé la agencia de noticias en la que había trabajado, ni siquiera con deshonra, mi tiempo ahí se había agotado, no había nada en absoluto que guiara mi camino. Mis esfuerzos a lo largo de los años por obtener un contrato de trabajo estable habían sido en vano, se me había dicho que el proceso era algo burocrático y en absoluto personal, y sin embargo cuando yo contestaba como correspondía, es decir, invocando los habituales procesos burocráticos y, actuando enteramente en mi derecho, hacía una petición de acuerdo con las pautas de la regulación de protección de datos generales bajo la sospecha de que sucedía algo turbio, mi solicitud era tratada como una afrenta personal y me dejaban claro que no me estaba haciendo ningún favor. La verdad es que yo nunca me había hecho ningún favor. Me fui en silencio. Nadie lamentó mi partida. El trabajo que tuve justo antes de que me fuera a casa de mi hermano, en el país de nuestros antepasados, y que continuaría llevando a cabo remotamente desde ahí, era de audiomecanógrafa para un despacho de abogados, trabajo en el que me distinguía, tecleando con velocidad y precisión, pues conocía bien el oficio. Sin embargo, me sentía de más en la oficina, cuyas paredes estaban revestidas de los acostumbrados accesorios legales, carpetas y diplomas, cuero y madera. Yo sabía que las vacilantes demostraciones que hacía de mi condición de persona, que mi lamentable insistencia en continuar apareciendo en la oficina día tras día, tan solo podía desanimar a los juristas y asistentes legales cuyas voces yo tecleaba en un procesador de textos con agilidad y precisión, con devoción e incluso amor, así que recibieron mi notificación de partida con no disimulado regocijo, montando una fiesta de despedida en mi honor, organizando una especie de banquete y entregando regalos abundantes. No me llevó mucho tiempo ordenar mis asuntos, fue cosa de semanas, tres meses a lo sumo y, tras un viaje sin incidentes, aquí estaba. Sentí que me haría bien el aire del campo, y el aislamiento, cuando mi hermano no me necesitara podría disfrutar de algunos senderos del bosque que mantenían grupos locales de voluntarios. Me callaría.

Mi hermano aún no estaba enfermo cuando llegué. De hecho, rebosaba salud, estaba en la flor de la vida; habiéndose liberado recientemente de su esposa e hijos adolescentes y sus constantes exigencias, finalmente se encontraba, dijo, libre para dedicarse en paz a sus negocios. Sus inversiones habían comenzado a dar frutos y, en ausencia de su familia, de la cual, era evidente, se sentía distanciado desde hacía tiempo, y dado que pasaba largas temporadas fuera, se había dado cuenta de que necesitaba a alguien que cuidara la casa, me dijo una tarde por teléfono. ¿Y quién mejor que yo, que desde la infancia había demostrado ser la más eficiente y complaciente administradora de los asuntos domésticos de mis hermanos? Al no responder yo de inmediato, me aseguró que la casa, aunque antigua y de varios pisos, y aunque antaño había pertenecido a los distinguidos líderes de la histórica cruzada contra nuestros antepasados, contaba con todas las comodidades modernas. A continuación pasó a enumerarlas, como si él fuera el agente de un hotel nuevo y poco fiable: internet de alta velocidad, una variedad de servicios de streaming a la carta, una gran bañera, una ducha con efecto lluvia, un colchón de espuma con memoria, linos tejidos a mano, un horno de convección, una tostadora para seis rebanadas, una máquina de hacer hielo, etcétera, etcétera. Como las afirmaciones de mi hermano sobre los enseres de la casa seguían la lógica de la declinación, se me ocurrió, como tal vez a él también, que sabía muy poco de mí y que, más aún, esto le preocupaba, la idea de que ya no sabía qué me gustaba. Por ejemplo, cuando dijo la palabra «colchón», de pronto su voz sonó aterrada, como si temiera haber cometido una torpeza irreparable, como si la mención del colchón fuera inaceptable, tal vez incluso ofensiva, para mí. Esa señal de discontinuidad en la autoridad total de mi hermano me inquietó, me dije que el asunto con su esposa debía de haber sido un golpe para él, lo poco que yo sabía de los hombres me sugería que eran constitutivamente incapaces de estar solos, que les aterraba no ser admirados, y que parecían entender el envejecimiento y sus efectos como un fracaso personal. Sí, sí, dije. Por supuesto que iría. ¡Por supuesto!, dije, casi gritando al teléfono. ¿Cuándo le había negado a él, mi hermano mayor, o a cualquiera de los otros hermanos sucesivos, cuyo paradero desconocía entonces, cuándo le había negado a alguno de ellos la menor petición? Por supuesto que iría. Por supuesto, dijo, recuperándose, que él se encargaría de organizar y pagar mi viaje, que él mismo me iría a recoger al aeropuerto con su coche, un modelo nuevo que acababa de adquirir, y me llevaría a la casa. Y en efecto hizo todo eso, jamás incumplía promesas o faltaba a su palabra, no importaba cuán precipitadamente hubiera hablado, no importaba lo borracho o coaccionado que hubiera estado en el momento en que contraía el compromiso, aunque en cualquier caso es cierto que daba su palabra, libre y frecuentemente, a amigos y extraños por igual, a socios y adversarios, en lo que a mi hermano concernía, una cosa, una vez dicha, era lo mismo que un hecho y no había nada más que decir. Cuando crucé las puertas automáticas del aeropuerto, lo que me llevó un buen rato porque los sensores no registraron inicialmente mis movimientos, aunque exagerados, y tuve que esperar a que otro pasajero recién desembarcado del avión pasara por las puertas para salir, el coche de mi hermano ya estaba esperándome junto al bordillo. A través de la ventana me hizo gestos para que entrara, y lo hice.

En el camino del aeropuerto a su casa, como a dos horas de distancia, mi hermano admitió que su esposa, en connivencia con los hijos, había salido pitando a Lugano, donde vivía su familia, sin mediar palabra y, que él supiera, para siempre y tal vez incluso en plena noche. La pareja había estado condenada desde el principio, dijo mi hermano mientras conducía bajo la lluvia, habían compartido demasiado sobre ellos mismos, sabían demasiado el uno del otro como para que fuera posible el respeto mutuo. Es más, prosiguió, en varias ocasiones, en turnos alternos, habían cometido pecados muy graves uno contra otro, diciendo finalmente en voz alta la terrible verdad de la personalidad del otro, verdades que conocían desde siempre sobre ellos mismos y sobre el otro, pero acerca de las cuales habían llegado al acuerdo tácito de jamás mencionar, jamás discutir, jamás dar la más mínima pista de que dicho conocimiento existía. La esposa, conociendo el defecto principal en el corazón del esposo, jamás debería hablar de ello; de igual forma, el marido jamás debería mencionar el terrible e i

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos