ÍNDICE
Introducción
Prólogo del doctor José Eduardo Monterrubio Narváez
Advertencia
1. Blinda tu cuerpo de químicos tóxicos
2. Con las hormonas no se juega
3. Los sucios secretos de las fragancias y colorantes artificiales
4. El agua que todos bebemos
5. El plástico más seguro es el que no se compra
6. ¿Nos echamos un cigarrito? Una decisión socialmente aceptada
7. Fertilidad a la baja
8. Limpieza natural contra limpieza comercial
9. Cosmética comercial contra cosmética natural
Conclusión
Referencias
Agradecimientos
Sobre este libro
Sobre la autora
Créditos
INTRODUCCIÓN
Antes del año 2006 no tenía idea de que muchas de las cosas que compraba me estaban enfermando. Sus ingredientes eran tóxicos para mi cuerpo, y no me estoy refiriendo a la comida. Los productos de limpieza, así como los artículos de aseo personal y cosmética que consumía con normalidad no solamente me enfermaban a mí, sino también al medio ambiente. Era una época en la que la idea de “cuidar el planeta” aún no existía en mi mapa mental.
Fue por ello que cuando leí el libro Squeaky Green (Rechinando de verde) de Erick Ryan y Adam Lowry, conocí la parte oscura de la industria química y su presencia en los productos que todos llevamos del carrito del supermercado a nuestras casas. A partir de ahí pude trazar una línea y unir los puntos que conectan las sustancias sintéticas que se incluyen en los ingredientes de gran parte de lo que consumimos con muchas de las enfermedades que padecemos los seres vivos y afectan el medio ambiente.
Sentí como si me hubiera puesto unos lentes de realidad virtual que me dieron un ángulo de visión totalmente nuevo. Podría decir incluso que tuve una “conversión”, en la que mi estilo de vida dio un giro de 180 grados.
Fue así como me puse a estudiar y, de manera autodidacta, me dediqué a la investigación para sustentar cada cambio que iba haciendo en mis decisiones de compra y en mi manera de relacionarme con el planeta. Comencé también a preparar en casa mucho de lo que estaba rechazando del súper, pero usando ingredientes inofensivos para la salud.
En el año 2013 registré la marca Verde a la mexicana con el propósito de hacer divulgación y educación ambiental, y un año después fundé una micropyme que hoy fabrica, exitosamente, productos de aseo personal libres de químicos tóxicos: immi México.
Entonces quise que todos a mi alrededor supieran esto. Comencé a dar conferencias, pláticas y talleres presenciales en escuelas, universidades, restaurantes y hoteles de mi ciudad. Fui invitada a participar en entrevistas en radio y televisión, el tema: ¿Cómo llevar un estilo de vida libre de químicos tóxicos (en la medida de lo posible)?
Una lectura muy sencilla cambió radicalmente mi estilo de vida. Mi papá, un ávido lector, me dijo un día: “Hija, cualquiera puede escribir un libro, pero no cualquiera tiene un mensaje que pueda ser de valor para los demás”. Por ello, anhelo que este libro tenga en ti, lector, un impacto positivo. Creo firmemente que todos tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de nuestra salud cuestionando nuestras decisiones de compra, pero también debemos hacernos cargo de la manera en que impactamos al planeta con nuestras acciones diarias.
Tenemos una relación tóxica y de profunda dependencia emocional con muchos productos que creemos necesitar para vivir. Eso es precisamente de lo que la mercadotecnia nos ha convencido. La realidad es, en cambio, que esta relación puede ser de otra manera. ¿Podemos eliminar al 100 % la exposición a los químicos tóxicos que nos rodean en nuestra vida diaria? ¿Podemos hacer contacto cero? No, definitivamente no; pero sí es posible “conocer al enemigo”, ponerle límites, reducir el contacto y, al reducirlo, vivir más sanos o menos enfermos.
Soy modelo 1965 y ya estoy irremediablemente contaminada, por más que lleve mucho tiempo intentando no hacerlo. Pero tú, que quizás estás por iniciar una familia, tienes niños pequeños, estás embarazada o trabajas en el sector salud y tienes la responsabilidad de prevenir a muchas personas, aún tienes oportunidad de reducir tu exposición a las sustancias sintéticas que nos enferman. Además, se habla tanto de Inteligencia artificial que es momento de difundir en todos los foros la Inteligencia natural: para mí, el cuidado de nuestra salud y del medio ambiente, hacerla tendencia para un mundo verde, una vida libre de químicos tóxicos, así que ¡comencemos!
PRÓLOGO
Es natural que el ser humano sea incongruente. Cuando decidimos tomar el camino de cambiar hábitos, es muy importante aceptar nuestra propia incoherencia; si no lo hacemos así, el camino se hace muy pesado y terminamos tirando la toalla.
Todas las personas que quieran lanzarse a la aventura de “ser verde”, tendrán que pensar desde antes de empezar que muchas veces en la vida no logramos nuestras metas y objetivos al 100 %, pero eso no significa que no se esté avanzando.
Aceptar nuestra incongruencia puede ser doloroso al principio, pero en realidad es liberador. Esa actitud, aunque suena un poco extraño, nos ayudará a ser más coherentes con los cambios que queramos hacer.
Si al leer este manual te motivas a hacer cambios en tu estilo de vida, será un gran paso; pero si en el camino vuelves a tus hábitos anteriores, ¡no pasa nada! Es normal que por momentos sientas que estás traicionando a los nuevos principios adquiridos y que eres un fraude; aun así, no te desanimes, es imposible ser 100 % verde. Serlo se convertiría en una calamidad espantosa, no irías a ningún restaurante. ¿En dónde comprarías tus cosas? No podrías tomar ningún avión. ¿Con qué te vestirías? ¿Tendrías celular? Al final, si ponemos atención, todo tiene una huella ecológica. Los alimentos que compraste, la ropa que usas, el café que bebes... Tendríamos que irnos a vivir a la selva para ser 100 % verdes. Esto es, de hecho, lo que puede pasar en un movimiento verde: que se caiga en fanatismos, en la descalificación a quienes se equivocan o que no son tan perfectos y eso desanima muchísimo.
Si tú quieres llevar un estilo de vida Verde a la mexicana, como nos invita Lucía Moreno en este manual, no te desanimes si no eres tan perfecto o si hay “retrocesos” en tu deseo de cambiar. Si aceptas tus incongruencias, aceptas también las de los demás, y de este modo la vida será más hermosa, menos rígida, mucho más funcional. Si juzgas desde “el deber ser”, sufres; pero si juzgas desde la naturaleza humana sufres menos. El proceso de convertirte en verde puede ser gozoso y esperanzador.
Doctor José Eduardo Monterrubio Narváez
Estratega Sistémico y Problem Solver
ADVERTENCIA
Me ha tocado ver pequeños logros a mi alrededor de personas que quieren modificar sus hábitos pero los “puristas” les bajan los pulgares, les dicen que lo que hacen por cuidar su salud y la del planeta no es suficiente, que no están haciéndolo bien.
Sí, es un hecho, hay personas que son demasiado ortodoxas o extremistas. Predican un estilo de vida tan exigente que es imposible de llevar para las mayorías y lo único que logran con esta postura es desanimar al cambio. ¡Por favor, no les hagas caso!
Existen también los negacionistas, quienes sostienen que nuestro estilo de vida y la exposición diaria a químicos tóxicos no son la causa de muchas de nuestras enfermedades. No creen que todo esto afecte al reino animal ni al planeta.
Definitivamente, esto no lo he escrito ni para los perfectos ecologistas ni para los negacionistas. Lo escribo para ti que quieres hacer algo al respecto, pero no sabes exactamente cómo o por dónde empezar.
1. BLINDA TU CUERPO DE QUÍMICOS TÓXICOS
¿Cuándo comenzó todo?
La química contemporánea logró la “hazaña” de alterar la faz de la tierra y de poner en peligro nuestra sobrevivencia como especie. En la Segunda Guerra Mundial se encargó de hacer realidad “el prodigio” de crear nuevas armas, las químicas, que no requirieran enviar caballos ni tantos soldados al campo de batalla.
Fue en la época de la postguerra cuando la industria química comenzó el trabajo de limpiar su imagen, identificada socialmente con los explosivos, los gases venenosos utilizados en las trincheras europeas y con la mortífera bomba nuclear.
De la mano de lo anterior creció el consumismo como un estilo de vida. Había que reactivar la economía. La sociedad comenzó a enfocarse en adquirir constantemente bienes y servicios para satisfacer “deseos” más que necesidades. Para lograrlo apareció en escena Edward Bernays de nacionalidad austríaca y sobrino de Sigmund Freud, utilizó ideas relacionadas con el inconsciente para la persuasión en el ámbito publicitario en Norteamérica; su trabajo en las campañas publicitarias tuvo un impacto significativo en la sociedad de consumo de la época.
Le debemos a DuPont, la empresa multinacional de origen estadounidense, la gran hazaña cuando, por obra suya, lo artificial comenzó a sustituir a lo natural acompañado de su slogan publicitario que utilizó de 1935 a 1982: “Mejores cosas para vivir mejor… Gracias a la química”. Este período se caracterizó por un crecimiento industrial que necesitó más mano de obra, aumentaron los salarios y los puestos de trabajo. Lo preocupante de esto es que nació toda una industria basada en el petróleo que, entre otras cosas, introdujo el plástico en el mundo.
Nadie contaba con que ese desarrollo y prosperidad iba a traer bajo el brazo destrucción. Así fue reconocido en el 2022 por la Sociedad Química Estadounidense (ver referencias).
“La industria química está produciendo miles de sustancias sintéticas fuera del límite planetario cuyos riesgos en la salud humana, animal y del planeta no pueden ser evaluados y monitoreados porque son tantas que no hay posibilidad de que puedan ser estudiadas, no solo por su cantidad, sino también porque no ha pasado el tiempo necesario para estudiar los riesgos de su producción a largo plazo”.
Como humanos tenemos poco más de 100 años contaminando cielo, mar y tierra, provocando la extinción de especies y activando la cuenta regresiva sobre la posibilidad de que la tierra pueda ser un planeta habitable. Además, el calentamiento global, provocado por actividades humanas y no por ciclos naturales de la tierra, está poniendo en riesgo a nuestra especie.
Es muy difícil que podamos aportar un gran invento para resolver la crisis de salud planetaria. ¡Pero por nuestra casa y su entorno, así como por nuestro cuerpo y el de nuestra familia, sí que podemos hacer y mucho!
Así como el planeta, nosotros y nuestros espacios también están enfermos. “Nadamos” todos los días en químicos tóxicos presentes en los productos que usamos para vivir, comer, asearnos, movernos, etcétera. ¿Cuáles químicos? De eso se trata este libro, te los compartiré uno a uno.
Ojos que no ven, ¿cuerpo que no siente?
Nuestra casa es uno de los lugares en los que tenemos plena potestad. Nosotros decidimos quién puede entrar, cuándo y cómo. ¿Sucede igual con tus decisiones de compra? ¿Te quiero preguntar si estás consciente de a qué productos les estás abriendo las puertas para que estén en tu mesa, en tu lavandería, en tu cocina, en tus baños, tu cama y en el interior de tu cuerpo?
Los artículos de limpieza, al igual que los cosméticos y los artículos de aseo personal que compramos en el supermercado, están compuestos de una serie de sustancias sintéticas, reguladas y en las dosis “adecuadas”; pero ahora se sabe que afectan en algún grado nuestra salud. Muchos de ellos pueden contener sustancias que, por inhalación, ingestión o penetración cutánea, pueden ser tóxicos, corrosivos, irritantes, sensibilizantes, carcinógenos, mutágenos, tóxicos para la reproducción y peligrosos para el medio ambiente. Lo mismo sucede con la comida, con la composición de nuestra ropa y con los materiales con los que está hecha nuestra casa, pero de ello no hablaremos aquí.
Sé que quizá estás pensando que exagero, que para eso existen las autoridades sanitarias: para regular lo que los fabricantes nos venden y que, de ser cierto lo que afirmo, todos estaríamos enfermos. Te respondo con la voz del doctor David Servan, autor del libro Anticáncer: “Ciertamente, en el mundo occidental estamos viviendo una epidemia de cáncer. Incluso es posible datar su inicio con bastante precisión: en la Segunda Guerra Mundial”. 1
Y no es solo el cáncer lo que nos afecta, las cifras de los problemas de fertilidad, como lo veremos en el capítulo 7 son muy altas, el aumento de los trastornos hormonales y en concreto los de la tiroides, son alarmantes. Las enfermedades de la piel y las alergias, el asma, los trastornos de déficit de atención también han crecido de manera considerable, solo por mencionar algunos de los efectos de nuestra exposición al boom de las sustancias sintéticas.
“¿Qué es lo que ha cambiado en nuestros países desde la Segunda Guerra Mundial? La adición a nuestra alimentación de grandes cantidades de azúcar refinada. Cambios en los métodos agrícolas y ganaderos y, como consecuencia, cambios en nuestros alimentos. Exposición a una gran cantidad de productos químicos que no existían antes de 1940”. 2
Estoy segura de que nadie en su sano juicio se expondría a sabiendas a una contaminación de químicos tóxicos, especialmente cuando se baña, lava su ropa o arregla su casa. Como dice el dicho, “no hay loco que trague fuego”. Lo que pasa es que los consumidores nos enfrentamos a una contaminación silenciosa y desconocida porque no sabemos cómo o por qué está ocurriendo. Eso hace que sea mucho más difícil de evitar.
Todos necesitamos comprar bienes y servicios. La clave es que, como consumidores, debemos estar informados de lo que nos están vendiendo. Debemos aspirar a ser “consumidores eco-informados”, de modo que cada decisión de compra tenga el menor impacto negativo posible sobre nuestra salud y sobre el medio ambiente. Acerca de esta idea, Achim Steiner, subsecretario general de las Naciones Unidas, ha expresado que “los productos químicos están cada vez más presentes en la vida moderna y son importantes para algunas economías nacionales, pero su gestión irracional pone en peligro la consecución de objetivos de desarrollo fundamentales y un desarrollo sostenible para todos”3 En este sentido, te hago una pregunta: si pudieras encontrar en el supermercado o en la farmacia dos productos que cumplan con la misma función y sean del mismo precio, pero uno de ellos no contenga sustancias sintéticas cuestionables, ¿cuál comprarías? ¿Te irías sobre tu “marca de confianza”, por la que tienes toda la vida usando sin investigar sus ingredientes? ¿O indagarías otras opciones para tomar tu decisión de compra?
Poner límites
Hay venenos tan lentos que cuando llegan a producir efecto
ya ni nos acordamos de su origen.
JOSÉ SARAMAGO
Por tu salud mental y paz interior, estoy segura de que has aprendido a identificar a las personas tóxicas en tu vida y haces todo lo posible por evitarlas o al menos a ponerles límites. Esto es justamente lo que debes hacer con los productos que usas en tu vida diaria y que contienen sustancias tóxicas: identificarlos y reducir tu exposición a ellos.
Cuando se habla de la “toxicidad” de una sustancia química, se refiere a su capacidad de provocar una enfermedad o una lesión que altera el organismo de un ser vivo. Un ejemplo de toxicidad aguda es cuando ocurre un accidente, nos podemos envenenar al darle un trago a una botella creyendo que es agua, cuando en realidad contiene cloro. Esto ocurre con mucha frecuencia con los niños pequeños en algunas casas.
Aquí, sin embargo, vamos a hablar de la “toxicidad crónica”, una forma de toxicidad a la que estamos expuestos diariamente, debido al contacto permanente con químicos que están presentes –en cantidades mínimas o reguladas– en miles de productos que usamos en nuestra vida diaria; es silenciosa y ocurre poco a poco, los bebés y los niños pequeños, por su estatura y peso, están más expuestos a ella, así como las mujeres embarazadas.
Cuando hablo en público, suelen preguntarme con frecuencia si creo que las grandes transnacionales, que dan de comer, vestir y medicar a billones de seres humanos, están siendo responsables con sus fórmulas y muy al pendiente de que lo que fabrican no tenga un impacto negativo en nuestra salud y en la del planeta. Yo respondo con una de las ideas centrales de Phil Brown en su libro Exposiciones tóxicas: enfermedades controvertidas y el movimiento de salud ambiental:4 “Actúa siguiendo el principio de precaución. En ausencia de un consenso científico en el contexto de la exposición a sustancias químicas tóxicas, el principio de precaución implica tomar medidas preventivas como respuesta a posibles amenazas a la salud humana o al medio ambiente, incluso cuando no se dispone de pruebas científicas definitivas del daño”. Ante lo incierto, más vale prevenir que lamentar. Si ya has encontrado evidencia, elimina tu exposición, explora qué alternativas hay para lo que vas a eliminar y cuestiónate si realmente es necesario que consumas el producto “X” o si puedes prescindir de él.
Me gustaría que te preguntaras si ¿elegirías mantener tu rutina diaria sin preocuparte por la posible toxicidad de los productos que utilizas o más bien estarías dispuesto a cambiar tus hábitos para reducir la exposición a los ingredientes químicos? ¿Te inclinarías por confiar al 100 % en las grandes empresas transnacionales para que formulen productos seguros o crees que es necesario cuestionar su responsabilidad en la seguridad de los ingredientes?
El nacimiento de la química verde
Ha surgido en los últimos tiempos una nueva forma de la química, la llaman la “química verde”. Sobre ella hay, como en todo, críticas y alabanzas. Te invito a formarte tu propia opinión: “Green Chemistry Institute nació en 1997 como una corporación sin fines de lucro dedicada a promover la química verde. En enero de 2001, se unió a la Sociedad Química Estadounidense en un mayor esfuerzo por abordar los problemas globales en la intersección de la química y el medio ambiente”5. Esta nueva forma de química nació con los siguientes objetivos:
- Usar la química para prevenir la contaminación.
- Diseñar productos y procesos que minimicen o eliminen en su totalidad la producción de sustancias peligrosas.
- Buscar que la industria y los consumidores puedan tener alternativas compatibles ambientalmente y que exista una prevención de contaminación a nivel celular.
- Buscar soluciones científicas innovadoras que puedan resolver los actuales problemas ambientales.
- Incentivar el desarrollo y generación de materias primas renovables y de productos biodegradables, de tal manera que al finalizar su función no persistan en el medio ambiente.
Dados estos objetivos, la cuestión importante que surge es esta: ¿Realmente las empresas están dispuestas a sacrificar ganancias por cuidar la salud humana y la del planeta? Ante esa pregunta, muchos ambientalistas se muestran escépticos y critican el surgimiento de esta química verde. Creen que es solo un intento por “lavarse la cara” después de las toneladas de tóxicos que han vertido en nuestros cuerpos y en el medio ambiente, como si fuéramos un basurero.
Por otro lado, la presión desde el campo político, de los consumidores y los ambientalistas es grande. Los fabricantes de sustancias sintéticas, así como las trasnacionales que producen los bienes que consumimos usándolas de materia prima, saben que tienen que dirigir sus esfuerzos para “ser verdes”, pero sin sacrificar su rentabilidad. Saben que millones de consumidores hemos abierto los ojos a su refinada agresión, y es así como ha nacido un nuevo delito: el del “engaño verde”.
Lobos con piel de oveja
El “lavado verde”, o greenwashing en inglés, es una práctica de marketing deshonesta. Las empresas usan afirmaciones engañosas o exageradas para hacer que sus productos o servicios parezcan más amigables de lo que son con el medio ambiente, con la salud o con la justicia social. El emprendedor, ambientalista y activista Paul Hawken ha definido greenwashing como “la construcción de una ciudad global esmeralda en la que todas las cosas irradian una tonalidad verde que hace sentir bien al consumidor que compra felizmente mientras can
