Iconos de estilo

Erea Louro

Fragmento

cap-2

PRÓLOGO

Desde el primer trazo de kohl en los ojos de Cleopatra hasta las Converse desgastadas de Zendaya, la historia del estilo es también la historia de la humanidad. Vestirse nunca ha consistido únicamente en una necesidad: supone, además, un acto de expresión, un lenguaje silencioso que revela aspiraciones, rebeldías y sueños. A través de tejidos, cortes y colores, generaciones enteras han contado quiénes eran —y quiénes querían ser— al mundo que las observaba.

Hablar de estilo va mucho más allá de la moda. Es hablar de una energía que no se puede fingir, de una forma de expresarse que no necesita palabras. Reúne intuición, sensibilidad, carácter. El estilo, cuando es auténtico, ofrece un reflejo del alma: un espejo que dice quién eres, incluso cuando aún no lo tienes del todo claro.

Este libro nace de la fascinación por aquellas figuras que, a lo largo de la historia, usaron la estética como una herramienta de poder. No solo como adorno, sino como lenguaje, escudo o provocación. Mujeres que entendieron que la ropa podía ser mucho más que vestimenta y la convirtieron en una revolución elegante, una forma de ser escuchadas en un mundo que muchas veces no quería hacerlo.

A lo largo de sus páginas homenajeo a esas mujeres que transformaron la ropa en arte, el gesto en manifiesto y el estilo en legado. No se trata solo de modas pasajeras ni de tendencias efímeras, sino de presencias que marcaron un antes y un después. Ellas —desde pasarelas, palacios, escenarios o calles— redefinieron el significado de estilo dejando una huella imborrable en la cultura visual de su tiempo… y del nuestro.

Esta obra propone un recorrido por la historia de la moda a través de veinte iconos eternos. Cada uno de ellos encarna una época, una estética, una forma de estar en el mundo, y nos permite comprender cómo la vestimenta ha evolucionado a lo largo de los siglos. Las elecciones de estas mujeres —conscientes o impuestas— nos hablan de los códigos sociales de cada tiempo, de los límites y las libertades de lo femenino, y el modo en que han buscado constantemente reescribirse con los medios que tenían a su alcance.

Nos acompañan en este viaje, entre otras, María Antonieta, que desató pasiones y odios con cada bordado de su corsé; Brigitte Bardot, que hizo de su sensualidad una bandera; Carolyn Bessette-Kennedy, que demostró que la simplicidad puede ser tan impactante como el exceso, o Diana de Gales, que con cada look nos hablaba de su transformación personal: de princesa a mujer libre, de icono a ser humano.

La historia, el público y la prensa las observó con una lupa feroz. Muchas de ellas fueron incomprendidas, incluso ridiculizadas. Se las criticó por vestirse «demasiado poco» o «demasiado bien» y se las tachó de frívolas y superficiales por preocuparse de su imagen. Como si vestir bien les restara profundidad o las incapacitara para ser inteligentes y tener pensamientos propios; negándoles, a fin de cuentas, el deseo profundamente humano de expresarse tal y como eran.

Y es que —pese a la fama o el éxito del que gozaron— la mayoría fueron perseguidas, criticadas con saña, acosadas por una opinión pública que no les perdonaba ser mujeres visibles y complejas. Sus gestos eran diseccionados, sus silencios interpretados y sus cuerpos juzgados sin tregua. Fueron señaladas por sus gustos, sus profesiones y también por sus elecciones sentimentales. Toda excusa era válida para hacerles daño.

Al ahondar en sus vidas, descubrí que detrás de los cegadores focos que tantos envidiaban se escondían la oscuridad y un precio alto, demasiado alto. Y terminé con una tristeza difícil de sacudirme al comprender cuánto dolor, cuánta soledad y cuánta incomprensión sufrieron esas mujeres a las que el mundo entero miraba con fascinación, pero rara vez con verdadera empatía. Bajo la superficie satinada y brillante del glamour, muchas veces se ocultaban heridas profundas que nunca cicatrizaron del todo.

Y, sin embargo, en medio de ese juicio constante, muchas de ellas encontraron fuerza. Resistieron, evolucionaron, brillaron. Por eso hoy, décadas o siglos después, seguimos hablando de ellas no por lo que llevaban puesto —al menos no solo por ello— sino por todo lo que representan. Porque el estilo verdadero no envejece: se transforma en símbolo, en influencia, en legado.

No encontrarás aquí una lista de las «mejor vestidas» ni una galería de nostalgia. Este libro es una carta de admiración que propone una mirada diferente sobre esas pioneras que marcaron el rumbo, a veces desde la opulencia, a veces desde la discreción, pero siempre con intención. Y, al mismo tiempo, es una reivindicación: un merecido reconocimiento a aquellas que usaron la estética como herramienta creativa, política o emocional, y que por eso mismo fueron juzgadas.

Personalmente, siempre me intrigó esa contradicción. Desde pequeña, me fascinaban las revistas de moda, los archivos visuales, los gestos sutiles de las mujeres con estilo. Pero también me incomodaba ver cómo se desestimaba esa pasión con condescendencia. Me molestaba escuchar que interesarse por el estilo era sinónimo de vacuidad. Como si el buen gusto, la creatividad o el cuidado personal no mereciesen un lugar en las grandes conversaciones. Así que este libro es, en parte, mi respuesta a esos prejuicios y mi contribución para poner sobre la mesa lo que muchos ya sabemos: que el estilo es una forma de inteligencia, una forma de lucha, una forma de amor propio.

Las mujeres que habitan estas páginas provienen de siglos distintos, de contextos históricos muy variados y de cánones de belleza completamente diferentes. Lo que se consideraba elegante en la corte de Versalles poco tiene que ver con el minimalismo de los años noventa o la innovación contemporánea de una alfombra roja. Cada una de ellas representa un momento específico y una estética propia de su época. Sin embargo, es justo reconocer que muchas de ellas responden a un ideal normativo de belleza: delgado, blanco, occidental. Este hecho no significa en absoluto que no haya existido estilo más allá de esas coordenadas, sino que admite las limitaciones históricas que han hecho que, a lo largo de los siglos la visibilidad y el reconocimiento hayan sido privilegios normalmente reservados a unos perfiles concretos, que son los que han llegado a nuestros días. Resulta muy evidente sobre todo en mundos como los del espectáculo, la moda o el cine, donde han imperado ciertos cánones. Este libro refleja, en parte, esa realidad. Pero también celebra que eso está cambiando. Hoy, voces cada vez más diversas reclaman su lugar como referentes de estilo, rompiendo barreras, ampliando imaginarios y transformando lo que entendemos por elegancia, belleza y presencia. El estilo ya no es patrimonio exclusivo de unos pocos: es una conversación abierta, rica y cada vez más inclusiva.

Hecha esta aclaración, me gustaría añadir que considero que eso no resta mérito alguno a estas maravillosas mujeres que no ostentaron el poder de decidir sobre dichos cánones y que a menudo lucharon contra ellos. La elección de estos veinte iconos no ha sido casual, pues la suma de todos ellos nos permite recorrer la historia de la moda a través de las distintas épocas y de formas únicas de habitar el cuerpo y el mundo, desde sus inicios más encorsetados hasta su expresión más libre y contemporánea. Algunas, como Audrey Hepburn, forman parte del imaginario colectivo; sabemos mucho de ellas, o creemos saberlo. Otras, como Cléo de Mérode o Louise Brooks, han quedado en los márgenes, pese a haber sido figuras clave en su tiempo. He querido incluir mujeres de distintos ámbitos —bailarinas, actrices, reinas, modelos e incluso activistas como Gloria Steinem— porque los iconos pueden surgir en todos los ámbitos, incluso de los más inesperados. Soy consciente de que muchas otras mujeres podrían haber engrosado esta nómina y con honores más que sobrados para ello. Sin embargo, me he permitido escribir sobre aquellas que más me resuenan, con las que siento una conexión personal, estética o emocional. Porque Iconos de estilo es también un homenaje a su legado: a lo que llevaron puesto, sí, pero sobre todo a lo que dejaron encendido.

EREA LOURO

CLEOPATRA

EL MITO HECHO MUJER

Busto romano de Cleopatra esculpido en mármol en el que puede observarse el cabello ondulado y recogido con una diadema. (S. I a.C.) – Museo de Pérgamo, Berlín. © Bridgeman Standard / ACI.

«La edad no puede marchitarla ni arranciar la costumbre su variedad infinita. Otras mujeres empalagan los apetitos que alimentan, pero ella más los despierta cuanto más los satisface…».

WILLIAM SHAKESPEARE

Cleopatra VII levantó un imperio y lo perdió. Todo. Subió al trono con solo dieciocho años y su ascenso fue fulgurante, como una estrella fugaz. En los veintidós años que gobernó, dejó su huella en la historia por sus grandes dotes como estratega política y también como un icono de estilo cuya influencia ha trascendido el tiempo. Poetas, dramaturgos, historiadores y cineastas de todas las épocas han abordado su figura y nuestra idea sobre ella ha quedado condicionada para siempre por sus relatos.

El nombre de Cleopatra evoca imágenes de lujo dorado, ojos delineados como alas de halcón y atuendos que parecen fluir como el Nilo mismo, tejiendo una narrativa de poder y seducción. Al pensar en ella, la imaginamos con un cierto aspecto y una vestimenta, pero lo cierto es que con el hundimiento de su palacio se perdió casi toda la información existente sobre ella. ¿Cómo es posible entonces que la leyenda de su belleza haya alcanzado nuestro siglo? ¿Por qué su estilo ha llegado hasta nuestros días y las mujeres siguen buscando inspiración en Cleopatra? El suyo es, probablemente, el mayor ejemplo de influencia a lo largo del tiempo y un fenómeno que tiene más que ver con el mito que con la historia.

La reina más poderosa de su tiempo —y quizá la primera en amasar tanto poder, riqueza y prestigio— era una mujer culta, capaz de hablar varios idiomas y con formación en música, ciencia y filosofía. Su labor al frente del imperio fue destacada: alivió el hambre de su pueblo, controló insurrecciones con firmeza y forjó buenas alianzas. Sin embargo, siempre ha sido presentada al mundo como una gran manipuladora, frívola y seductora. Por desgracia, este es un patrón que se repite con muchos de los iconos de este libro. En los relatos que nos han llegado de muchas de estas figuras históricas no se habla de éxito o de poder, sino que se pone el acento en aspectos superfluos. Quienes han tenido la posibilidad de contar la historia, han escogido crear personajes planos y con pocos matices…

Traicionera, sanguinaria, envenenadora… son algunos de los adjetivos que han acompañado a Cleopatra a lo largo de los siglos. Ya los primeros historiadores clásicos, vinculados a Roma, apostaron por la exageración de sus defectos con la intención de perjudicar su imagen futura. Paradójicamente, el vacío documental que existe sobre su reinado mezclado con la hipérbole y el misterio en torno a su figura, consiguieron el efecto contrario: engrosaron su leyenda hasta transformarla en una estrella de Hollywood. Un icono fascinante que incluso hoy sigue ejerciendo su poder de atracción.

«Nefertiti es un rostro sin reina y Cleopatra es una reina sin rostro», dijo André Malraux, y esta es otra de las claves fundamentales en la construcción del mito. Las primeras fuentes no la consideraban muy bella. Plutarco escribió: «La belleza de Cleopatra no era, en sí misma, excesivamente exuberante como para subyugar a primera vista. Era más bien su trato el que tenía un punto irresistible». De su hermosura comenzó a hablarse con el paso del tiempo, y fue a partir del siglo III cuando empezaron a referirse a ella como «la más bella de las mujeres».

Apenas quedan representaciones que nos permitan imaginar cuál era su aspecto real. La única prueba fehaciente que conservamos de su imagen son los retratos que aparecen en las monedas acuñadas en la época y que fueron aprobadas por Cleopatra. En ellas puede apreciarse una belleza poco convencional —con una nariz un poco aguileña, ojos grandes, mentón afilado y pequeño y frente alta—, muy diferente a la construida más adelante.

Se han encontrado también por todo Egipto imágenes que se piensa que fueron creadas en su honor, pero nos dicen poco acerca de su fisonomía ya que el estilo egipcio era más bien simbólico y todos los faraones y reinas solían tener rasgos similares, porque su misión no consistía en retratarlos, sino que estaban destinadas a alabar el poder de un imperio con tres mil años de historia.

Otro de los rasgos sobre el que se ha debatido mucho es el tono de su piel. Generalmente se ha considerado que los gobernantes del Antiguo Egipto eran de piel oscura, pero en su caso no está nada claro ya que Cleopatra pertenecía a la dinastía ptolemaica, de origen griego. Y aunque existen ciertas lagunas en su árbol genealógico, lo más probable, si hacemos caso a las descripciones de la época, es que su piel fuera «color miel».

Las representaciones más realistas a las que podemos acudir son las estatuas romanas que se han encontrado de ella; no olvidemos que, durante el tiempo que estuvo casada con César, vivió en Roma. En el Altes Museum (Alemania) se conserva un busto de mármol que data del siglo I a.C. en el que vemos a una Cleopatra ataviada con una diadema real helenística, el pelo ligeramente ondulado y recogido con un peinado al estilo «melón» (dividido en partes desde la frente hacia atrás). Su nariz es prominente y sus ojos almendrados. Presenta un aspecto similar al de otro de los bustos de mármol hallados en el que, aunque le falta la nariz, tanto los rasgos como el peinado son muy semejantes. Sin embargo, ninguno de ellos se corresponde con la idea que ha quedado en nuestro imaginario colectivo, y esto quizá se deba a que Cleopatra mezclaba los estilos grecorromano y egipcio.

En el Antiguo Egipto las clases adineradas llevaban pelucas de auténtico cabello humano y el pelo negro brillante se consideraba juvenil, por lo que es muy probable que Cleopatra llevase también ese peinado de media melena lisa en un negro azabache con la que estamos acostumbrados a relacionarla.

La vestimenta de una reina era importante y, en el caso de Cleopatra, se convirtió en otro de sus puntos fuertes. Como no podía ser de otra forma en una mujer tan inteligente como ella, parece que elegía sus prendas mezclando estilos, seguramente como parte de su estrategia política. Es habitual verla representada con el pecho descubierto, a la manera tradicional egipcia, y parece que realmente podría haber aparecido así en alguna celebración con el fin de ganarse a sus súbditos. Y es que, durante más de un siglo, fue habitual en el Antiguo Egipto que hombres y mujeres dejaran sin cubrir la parte superior del cuerpo y solo vistieran el schenti, una especie falda que llegaba hasta las rodillas y se ataba a la cintura. Más tarde adoptaron el kalasiris (más parecido a un vestido) y la túnica, que fueron adaptando y modificando a su gusto.

Los Ptolomeos solían llevar túnicas de lino, tejido muy fresco y bastante transparente, que se producía en las orillas de su río sagrado: el Nilo. Además, adornaban sus cabezas con diademas y cintas y, en el caso de las mujeres de la realeza ptolemaica, añadían joyas muy similares a las griegas o a las de Oriente Próximo. Debido a esa herencia griega, también era común verlas con vestidos drapeados al estilo del quitón griego, que solían cubrir un solo hombro, los cuales realzaban la figura y daban un aura de diosa.

Lo más probable es que, durante su matrimonio con Julio César, Cleopatra adaptara su modo de vestir a la tradición romana con túnicas que ocultaran mucho más su cuerpo. En ese momento lo habitual era ajustarlas con un cinturón y sujetarlas con una cinta o broche bajo el pecho. El conjunto se completaba con una capa transparente y una especie de chal que cubría los hombros.

El estatus real se manifestaba sobre todo a través de los accesorios, especialmente joyas, que es donde la realeza y las clases altas podían diferenciarse de los demás. Cleopatra conocía muy bien el poder de una buena pieza de joyería, por eso en sus apariciones nunca faltaban grandes collares dorados, brazaletes con piedras preciosas, tobilleras con forma de serpiente… todo lo necesario para transmitir su riqueza y su poder. La importancia de las joyas era tal que reinas y faraones se enterraban con sus piezas más preciadas con el fin de que los protegieran en la travesía final hacia el mundo de los muertos, como el Ojo de Horus, pero también que los acompañaran al otro lado. La tumba de Cleopatra no se ha encontrado aún y su ubicación sigue siendo todo un misterio, por lo que el mito se intensifica.

Como faraona, podía llevar tocados que simbolizaban su autoridad divina. En los relieves encontrados en los templos egipcios aparece representada llevando el tradicional vestido de lino hasta los tobillos y con el pecho al descubierto, varios collares de gran tamaño y un tocado con forma de buitre con dos alas que cuelgan a ambos lados de la cabeza, o con el tocado que representaba a la diosa Isis, con la que solía identificarse.

Egipto contaba con una gran variedad de cosméticos cuando comenzó su reinado. Seleccionaban plantas y minerales con los que creaban maquillajes, así como todo tipo de productos destinados a protegerse del clima adverso. Las mujeres adineradas solían ponerse sombras azules y verdes en los ojos añadiendo a veces partículas de pirita dorada. Oscurecían sus cejas y pestañas con kohl negro, que servía también para proteger los ojos del sol. En los labios usaban un tipo de arcilla roja, y empleaban la henna para pintarse las uñas y adornarse las manos con variados diseños.

Cuenta la leyenda que Cleopatra mantenía una gran cantidad de burras en sus establos con el propósito de obtener leche fresca a diario. De acuerdo con la tradición, la reina se sumergía durante horas en largos baños de leche que ayudaban a suavizar su piel, aclarar el cutis y preservar su legendaria belleza. A menudo se menciona que la leche se mezclaba con miel o aceites esenciales, potenciando así sus efectos nutritivos y humectantes. Si bien no existen pruebas arqueológicas directas que confirmen dicha práctica, la constancia en las menciones históricas ha logrado que esta historia sea ampliamente aceptada como parte del folclore en torno a su figura, y ha contribuido a consolidar su imagen como una mujer adelantada a su tiempo en cuanto a cuidados cosméticos y como símbolo de la sofisticación y el lujo de la corte ptolemaica.

En realidad, Cleopatra no inventó un estilo —pues todo lo que conocemos de ella es parecido al de otras mujeres ricas de la época—, pero no cabe duda de que supo elevarlo y sacarle el mayor partido. Tenía vestidos de lino blanco y lujosos trajes de noche, prendas sencillas que ella potenciaba con los mejores complementos, su peinado, el maquillaje y por medio de su actitud. Desde mi punto de vista, esa sigue siendo una gran clave de estilo.

La figura de Cleopatra está rodeada de muchas historias jugosas, con todos los ingredientes para convertirse en la protagonista de una leyenda: juegos de poder, envenenamientos, relaciones incestuosas, traiciones, suicidio. Son incontables los relatos sobre ella, y sus detractores se emplearon a fondo en airearlas.

Una de las escenas más conocidas y que ha pasado a la historia del cine es su estrategia para «seducir» a Julio César. Cuentan que se coló a escondidas en sus aposentos envuelta en una alfombra, logrando así su objetivo de unir los Imperios romano y egipcio en una relación muy criticada. Siendo honestos, resulta difícil imaginarse a la reina de Egipto en dicha situación, pero la leyenda ha llegado así hasta nuestros días.

En su Historia natural, Plinio el Viejo relata otro de esos episodios fabulosos. Parece que Marco Antonio retó a Cleopatra a preparar el más lujoso banquete. Ambos adoraban la ostentación y Cleopatra ideó una puesta en escena espectacular para impresionarle. Lo recibió con el par de perlas más grandes del mundo en sus orejas, ordenó a sus esclavos que sirvieran la mesa y trajeron un cuenco de vinagre ante un desconcertado Marco Antonio. Entonces ella se despojó de una de las perlas y la introdujo en el vinagre para que se disolviera antes de beberse el elixir resultante, logrando una vez más el objetivo de sorprender a su amante. El historiador romano remata la anécdota con la siguiente lindeza: «Esta cortesana regia, inflada de vanidad y arrogan

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