Un crimen entre bastidores

Julia Seales

Fragmento

cap-1

Prólogo

A Walter Shrewsbury nunca le había interesado la música; no le veía la gracia. Las mujeres siempre se las apañaban para echar a perder un banquete perfecto con los tonos arañados del arpa. Se suponía que las damas debían crear un ambiente agradable, no reclamar el centro de atención con bobadas experimentales. Uno podía estar disfrutando de un buen plato hasta que un glissando estridente interrumpía ese momento especial entre el hombre y un guiso con pepino.

Aquella noche, el señor Shrewsbury no podía aguantarlo más, así que se retiró al salón y cerró la puerta para amortiguar la melodía que emanaba del comedor.

Últimamente, las damas de Londres parecían envalentonadas por alguna inoportuna musa. Tocaban canciones que elegían ellas, en lugar de lo que les pedían sus maridos. Sus melodías estaban plagadas de tonos repugnantemente dulces que alguien dado a conmoverse con la música podría denominar «emotivos». Las mujeres seguían una moda muy rara, que se preocupaba más por la comodidad que por las preferencias de un caballero. Y lo peor de todo, en la cena de esa noche, a una mujer se le había ocurrido una broma... ¡a costa de él! Walter se había levantado de la mesa en cuanto le explicaron dónde estaba la parte graciosa.

En ese momento se dejó caer en un sillón, arrepentido de haberse dejado las verduras en el plato, y empezó a darle vueltas a una inquietud. No era un ingenuo; comprendía el peligro del arte, de ese ridículo concepto de la «expresión». Era el origen de todos aquellos terribles avances. Le daba voz a una persona cualquiera y le hacía creer que tenía la capacidad de potenciar el cambio. Como caballero acaudalado, Walter Shrewsbury no necesitaba ningún tipo de cambio. Le beneficiaría tanto como una sinfonía bien compuesta: es decir, nada en absoluto.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó una carta. La había recibido semanas antes, era poco más que una notita desagradable que desde entonces le había generado una incomodidad creciente. La desdobló y se quedó mirando las palabras que contenía:

«Confiese o muera. Usted decide».

Por si el significado no estaba claro, el remitente anónimo había hecho un esbozo en la parte de abajo: una polilla con un alfiler clavado en el tórax.

Walter arrugó el papel y lo tiró a la otra punta de la habitación. Se había decidido. No aceptaría la amenaza. No dejaría que se rieran de él. No se quedaría de brazos cruzados mientras lo obligaban a escuchar música que despertaba emociones y recuerdos y amores no correspondidos y que hacía que le temblara el labio cuando había jurado específicamente que lo mantendría siempre tenso. Fuera cual fuese el cambio que estaba sucediendo lo detendría, igual que detuvo una vez la actuación demasiado larga de una orquesta: con amenazas, gritos y rompiendo los violines que hiciera falta.

La puerta del estudio crujió al abrirse y Walter se volvió hacia allí.

—¿Es que no puedo tener ni cinco minutos para mí...? —empezó a decir, pero se quedó a medias—. Ay, es usted. Tenemos que hablar. Coja el oporto...

Se puso de pie, pero cayó hacia atrás cuando el intruso le asestó el primer golpe. Walter Shrewsbury se llevó una mano a la nariz para detener la repentina hemorragia.

—Pero ¿qué hace? —farfulló.

Sin embargo, antes de que pudiera asimilar lo que ocurría, el intruso le pegó otra vez, y otra, hasta que sacó un puñal y se lo clavó en el pecho.

El último sonido que oyó Walter antes de exhalar el postrer aliento fue la vibración distante y burlona del arpa cuando se abrió la puerta y el intruso se escabulló.

No oiría ningún sonido más, ni siquiera el grito que resonó un rato después cuando una sirvienta descubrió su cuerpo desparramado en el sillón en un charco de sangre.

—¡Asesinato! —gritó—. ¡Asesinato en el Club de la Rosa!

La Asociación de Caballeros Ostentosos de Sweetbriar (ASCOS) presenta

LA INAUGURACIÓN DE
LA TEMPORADA LONDINENSE


La señorita Steele y su carabina, la señorita Helen Bolton,

están invitadas a asistir a la Inauguración de la Temporada

en los salones sociales de Sweetbriar.

Adjunto a esta invitación

encontrarán un mapa del distrito,

así como un calendario de los próximos eventos.

¡Esperamos con impaciencia su incorporación a la sociedad londinense!

Nota: Esta invitación solo es válida

para la Temporada de los Clubes del Tulipán y el Clavel.

Las invitaciones para el Club de la Rosa se envían por separado,

en el remoto caso de que reciban una.

Les recomendamos que no se hagan demasiadas ilusiones, jóvenes damas.

¡Salud!

imagen decorativa

1
Una salida

En el extremo occidental de Londres había un distrito llamado Sweetbriar, conocido por su teatro, su parque público y una desafortunada plaga de ardillas voladoras. Allí era donde Beatrice Steele se había instalado con su carabina, la señorita Helen Bolton. Salvo por las ardillas, era justo la clase de barrio en el que Beatrice siempre había soñado vivir; bueno, cuando no soñaba con resolver casos de asesinato. Pero, de momento, su nueva vida no era como se la había imaginado.

Beatrice se había criado en una localidad pequeña obsesionada con los buenos modales llamada Swampshire, donde siempre temía que su reputación se fuera al traste si salía a la luz su verdadera obsesión secreta por los crímenes truculentos. (Sus pésimas cualidades para dibujar, bordar, dar conversación sobre temas no macabros y casi cualquier otro hobby apto para una «mujer realizada» tampoco ayudaban mucho). Sin embargo, cuando un caballero cayó desplomado en un baile del pueblo por fin tuvo la oportunidad de poner a prueba sus dotes como investigadora y atrapó al asesino junto con el altivo, pero indudablemente perspicaz, inspector Vivek Drake.

¿Fue una desdicha que el difunto fuese un hombre rico, además de un buen partido para la hermana de Beatrice? Sí. ¿Fue aún peor que Beatrice descubriera que el asesino era su mejor amigo de la infancia y prometido en potencia? Por supuesto. ¿Fue un golpe devastador que un baile de ensueño quedara arruinado por un cadáver? Tal vez, pero no para la señorita Steele.

Drake se presentó en el umbral de su puerta poco después de que terminara la investigación y le preguntó si quería asociarse con él para abrir un despacho de detectives en Londres. El capital para la empresa lo puso la media hermana recién descubierta de Drake (quien acababa de descubrirla era Beatrice, un hecho que no dejaría que Drake olvidara). El futuro de Beatrice había empezado a dibujarse a la perfección..., hasta que intervino su madre.

—Si vas a ayudar a resolver asesinos, debes hacerlo como es debido: ¡acompañada de una mujer mayor soltera! —insistió la señora Steele.

No quería ni oír hablar de que Beatrice se fuera a Londres sin carabina. Sin alguien que la vigilara, Beatrice se juntaría con malas compañías, despilfarraría el dinero, sería el hazmerreír de las columnas de sociedad y se vería obligada a trabajar de cantante de ópera con el fin de pagar sus deudas. Beatrice era incapaz de cantar sin desafinar, aunque la vida le fuera en ello. El escándalo sería mayúsculo.

Por suerte, la señorita Bolton, amiga íntima de la familia y vecina de toda la vida, le ofreció sus servicios sin pensárselo dos veces. Como dramaturga en ciernes, la señorita Bolton tenía sueños propios que perseguir en la ciudad. Su perro Bi Bi y ella fueron a Londres encantados. Beatrice agradeció la compañía, así como la cómoda casa adosada que la señorita Bolton alquiló para que vivieran las dos.

Lo que no agradeció fue que la señora Steele apresara con garra de acero a la señorita Bolton. Beatrice no tardó en enterarse de que «carabina» no era más que otro término para «espía», pues la señora Steele no había abandonado la esperanza de que su hija mayor acabara encontrando un buen partido. Aunque Beatrice confiaba en pasarse la vida resolviendo crímenes con el inspector Drake, sus primeros meses en Londres habían sido un cúmulo de agitadas actividades sociales cuyo propósito era que hallase a un hombre. Y, por desgracia, ese hombre sería un marido, no un asesino.

Así fue como Beatrice se encontró en una fiesta al aire libre un martes de junio exageradamente cálido, dando la cuarta vuelta alrededor de los austeros jardines del Club del Clavel. Había pasado la tarde codo con codo con otras damas y caballeros en busca de pareja. Había probado el granizado de limón, jugado dos rondas de croquet y comentado cinco veces lo rápido que crecía la hierba en ese barrio. Mientras tanto, se esforzaba por no desmayarse, ni de calor ni de aburrimiento.

—Seguro que riegan con mucha agua el césped —dijo la señorita Bolton por sexta vez—. Hablando de agua... Este ponche es horrible.

Beatrice y ella estaban embutidas entre cuatro carabinas y las correspondientes doncellas a su cargo; todas paseaban arrastrando los pies por el jardín húmedo.

—¿Tiene un sabor amargo? —preguntó en un momento dado Beatrice, y se oyó el chirrido de sus zapatos de baile cuando se detuvo en mitad del césped—. Podrían haber envenenado la hierba con cicuta, o incluso con agua de laurel...

—Nadie la ha envenenado, Beatrice —le aseguró la señorita Bolton—. Y es algo bueno, no ponga cara de decepción.

—Vaya, es solo que se me ha ocurrido que el letargo provocado por la toxina podría explicar por qué todo el mundo está tan apático —dijo Beatrice suspirando.

—Es por el calor, y el hecho de que la mayor parte de la gente tiene una personalidad poco apasionada —dijo la señorita Bolton. Dio otro sorbo al ponche y luego frunció los labios, nerviosa—. Aunque..., si hubiera veneno...

—Entonces tendría que administrar brandi para contrarrestar los efectos —dijo Beatrice de inmediato—. Puedo ir a buscarle una copa, por si acaso...

—¡No hace falta!

La señorita Bolton alzó la tapa de su sombrero y dejó a la vista varias botellitas guardadas dentro. Eligió un frasquito de brandi, se lo echó a la copa de ponche y después volvió a poner la tapa.

—Su madre insiste en que nada debe impedirnos participar en la Temporada de este año, así que he venido preparada.

Había tres salones sociales en el distrito de Londres en el que residía Beatrice: el Club de la Rosa, el del Tulipán y el del Clavel. Todos ellos celebraban una Temporada Estival a la que podían asistir las damas y los caballeros en edad de merecer. Aunque se precisaba invitación, por supuesto; así era como los clubes privados proporcionaban protección contra los desarrapados. Cuando cortejaban, los caballeros y las damas inteligentes siempre se protegían.

Las casamenteras y anfitrionas —mujeres casadas con buen ojo para hacer parejas— elegían a dedo a los asistentes de cada Temporada. Eso aseguraba que las jóvenes solo conocieran al tipo adecuado de hombres: apuestos, educados y escandalosamente ricos. Y probablemente en busca de una esposa que prefiriera tocar el piano a perseguir la justicia.

Sin saber cómo, Beatrice había logrado invitaciones para el Club del Tulipán y el del Clavel, pero el misterioso y elitista Club de la Rosa se le había resistido.

—Las instrucciones de su madre fueron claras —reiteró la señorita Bolton—. Participe en la Temporada, cásese con un hombre rico y mejore la reputación de su familia y la consiguiente fortuna siguiendo un estricto código de conducta durante el resto de su vida.

—Sí, claras y diáfanas —contestó Beatrice con sequedad—. Pero aquí hay tanta gente que casi no puedo respirar, y mucho menos destacar entre las otras jóvenes que buscan un buen partido.

En Swampshire, Beatrice se había sentido siempre en el punto de mira; en un pueblo en el que todo el mundo se conocía, vigilaban todos sus movimientos. Pero ahora era como si alguien hubiera creado un centenar de Beatrices y de señoritas Bolton y las hubiera soltado juntas en ese jardín, lo cual suponía sus propios retos. En concreto, el espacio personal.

—La lista de invitados del Club del Clavel es abrumadora —coincidió la señorita Bolton mientras se abrían paso entre dos damas y sus carabinas—. Sería maravilloso si la invitaran al de la Rosa...

—Solo aceptan en su club a los más ricos, a los miembros más elitistas de la sociedad —las ilustró la carabina que estaba junto a la señorita Bolton—. La única ocasión en la que todas las clases se mezclan es en el baile de disfraces de Sweetbriar, que se celebra al final de verano.

—Disculpe, pero es una conversación privada —dijo la señorita Bolton después de volverse hacia la mujer. Estaban cara a cara, casi pegadas. Entonces se dirigió de nuevo a Beatrice—. Menudo temple... Dando por hecho que no formamos parte de los más ricos, de la élite de la sociedad.

—Bueno, es que es así —dijo Beatrice.

—Sí, pero ella no lo sabe —susurró la señorita Bolton.

—Pensaba que dejaríamos atrás estos juegos sociales en Swampshire —suspiró Beatrice—. ¿Es obligatorio que participemos en los eventos de la Temporada? ¿No desea a veces poder... mandarlo todo al traste sin más?

—Le hice una promesa a su madre: que sería su carabina. Y pienso mantener dicha promesa —respondió con firmeza la señorita Bolton—. La última vez que desatendí mis obligaciones estuvo usted a punto de morir. No volveré a cometer ese error.

Técnicamente, la señorita Bolton tenía razón con ese comentario. Le habían asignado que fuese la carabina de Beatrice durante su primer caso con el inspector Drake. Pero después de que el detective pusiera en duda si la señorita Bolton era de fiar, ella huyó y los dejó solos. Cuando más adelante el asesino atacó a Beatrice y a Drake, la señorita Bolton se sintió culpable, porque pensaba que abandonar el lugar que le correspondía los había dejado en una posición vulnerable. Después de que se escaparan por los pelos, volvió a dedicarse a dicha función (y a sus sombreros, que al final les salvaron el pescuezo, pues el paracaídas que llevaba oculto en el sombrero de la fiesta los había librado a todos de una muerte segura).

No obstante, pese a la determinación de la señorita Bolton, Beatrice sabía muy bien cómo darle esquinazo a su querida amiga.

—¿Se ha enterado de que el señor Percival Nash ronda por la fiesta? —le preguntó con aire despreocupado, y la señorita Bolton la soltó del brazo. Abrió mucho los ojos por la emoción (y la distracción), justo como Beatrice sabía que sucedería.

—¿Percival Nash? ¿La estrella de Fígaro III: El regreso de Fígaro? —La señorita Bolton suspiró—. Estoy segura de que sería el protagonista ideal para mi obra de teatro. Es carismático, guapo, tiene un control de la respiración admirable... Y no me creo los rumores de que su pelo es falso. Si tuviera la suerte de lograr que leyera mi guion de Altus... Es un homenaje a las contraltos y los contratenores, toda cantada en latín. Ese tipo de cantantes de ópera nunca tienen oportunidad de destacar, ¿sabe?

—Alguien ha dicho que estaba cerca de la fuente. Vaya a mirar y yo iré a buscar más ponche para las dos —le dijo Beatrice.

—Asegúrese de que no está envenenado —comentó la señorita Bolton distraída antes de alejarse.

Beatrice comprobó que la mujer baja y su sombrero alto ya no estaban a la vista y luego salió a toda prisa en dirección contraria, a través de una multitud de invitados sudorosos.

Sintió una puñalada de culpabilidad mientras sorteaba a las carabinas y a las esperanzadas doncellas a su cargo. Odiaba mentir a la señorita Bolton. Y, a decir verdad, sí convenía que Beatrice se dedicase a buscar marido, por el bien de su familia. Desde que su hermana Louisa se había casado con el empobrecido (aunque carismático) Frank, la responsabilidad de asegurar el futuro familiar había recaído sobre los hombros de Beatrice. Sí, de acuerdo, también quedaba Mary, pero no había que depositar demasiadas esperanzas en la hermana menor de Beatrice (igual que tampoco había que depositarlas en ponerle lazos en el pelo, que, curiosamente, siempre llevaba lleno de tierra).

Sin embargo, Beatrice había ido a la ciudad en busca de asesinos, no de amoríos. Así pues, asistía a las fiestas con muy poco entusiasmo y se limitaba a permanecer el tiempo imprescindible para que se percataran de su presencia. Después, aprovechaba la menor oportunidad para escabullirse cuanto antes.

Que fue justo lo que hizo entonces, cuando esquivó a una pareja sudorosa que charlaba y se metió de cabeza en los altos setos del Club del Clavel.

Beatrice salió por el otro lado con la ropa ligeramente perjudicada. Se había hecho unos rasgones en el vestido de muselina blanca, pero por lo demás estaba ilesa. Se recolocó el tocado y se dio la vuelta para completar su huida.

—También opino que las puertas están sobrevaloradas.

Una voz masculina le hizo dar un respingo, y al girarse se topó con un hombre apoyado en un árbol. Llevaba el pelo rubio peinado hacia atrás e iba recién afeitado, de modo que se le marcaba una mandíbula fuerte. En la mano sujetaba una pipa, a medio camino hacia sus labios carnosos.

Al principio, Beatrice se preguntó si era actor. Había muchos merodeando por el distrito con la esperanza de que los descubrieran; pero, aunque aquel hombre tenía el atractivo de un artista, iba vestido con un conjunto aristocrático. La joven se fijó en que desprendía un aire noble y no llevaba restos de maquillaje teatral en el rostro.

Ese hombre era un caballero.

—A veces una dama necesita efectuar una salida creativa —dijo Beatrice, con un ápice de curiosidad.

¿Qué hacía un caballero pululando solo por los alrededores de una fiesta?

—En efecto —coincidió el hombre. Se llevó la pipa a la boca e inhaló, pensativo. Exhaló varias volutas de humo y añadió—: Así logra ser memorable.

—No era esa mi intención —dijo Beatrice, y su curiosidad se transformó en preocupación.

Al fin y al cabo, era lo último que deseaba una detective; investigar era más fácil cuando nadie se fijaba en una. Justo lo que había ocurrido hasta entonces en Londres.

Pero en ese momento se percató de que las inmediaciones del Club del Clavel estaban desiertas salvo por aquel hombre y ella, y su preocupación se incrementó todavía más.

Barajó distintas formas de ataque, desde darle una patada en la entrepierna hasta hacerle tragar la pipa. El hombre bajó la pipa y esbozó una sonrisa cálida, a todas luces ajeno a lo que ella estaba pensando. Aunque le resultaba extrañamente familiar, era imposible que hubiesen coincidido antes, pensó Beatrice. Llevaba meses en Londres, pero la Temporada acababa de empezar y apenas había hablado con los posibles candidatos... Mucho menos con alguno tan guapo como ese.

—Intentaré olvidarme de usted —le aseguró el hombre—, aunque admito que... será un reto.

Y le guiñó un ojo con descaro.

En cuanto lo hizo, Beatrice giró sobre sus talones y se alejó a paso rápido. Había aprendido que no había que fiarse nunca de un caballero que fuese excesivamente educado y guapo. Podía ser un asesino a sangre fría.

Dobló la esquina y la calle vacía se abrió a una avenida más ancha, con flores a ambos lados.

Sweetbriar debía su nombre a los rosales silvestres que crecían por todas partes, cuyas ramas trepadoras se enredaban por las verjas, los setos y los edificios. El color otorgaba calidez a la arquitectura gótica del barrio: casas grises con torretas y agujas se alzaban imponentes por las calles y proyectaban sombras alargadas en los jardines, con gárgolas que flanqueaban todos los portales.[1] El jardín público rodeaba el Sweet Majestic, el teatro local.

(Por desgracia, el Sweet Majestic era el motivo por el que había tantos mimos y actores aficionados merodeando; representaban monólogos sin parar con la esperanza de que algún director pasara por delante y descubriera su talento).

Sweetbriar se dividía en cuatro zonas, y Beatrice se hallaba entonces en la más suroriental. La habían rebautizado como Barrio del Clavel, a raíz del club social del que acababa de huir. También era donde el inspector Drake y Beatrice tenían su modesto despacho, el destino al que se dirigía la joven.

La señora Steele tenía la impresión de que Beatrice hacía «tareas de secretaria» de vez en cuando en el despacho (acompañada de la señorita Bolton, por supuesto). Beatrice sabía que su madre solo lo permitía porque pensaba que eso servía para mantener «a raya y como algo secreto» los macabros intereses de su hija. Ni Susan Steele ni Helen Bolton sabían que Beatrice se escabullía con frecuencia para dedicar todo el tiempo posible a sus macabros intereses..., y ella confiaba en que siguiera siendo así.

La tarde se fue agotando, aunque el calor del día persistió en el ambiente. La plaza mayor distaba de estar vacía: había muchos londinenses sentados en las terrazas delante de los restaurantes, tomando algo; algunos caballeros llamaban a los carruajes; y las parejas paseaban cogidas del brazo por las calles adoquinadas. Con el calor parecía haber llegado cierto espíritu colectivo; la gente tenía un brillo especial en la mirada. Una joie de vivre, podría decirse, si una se veía obligada a hablar en francés.

Beatrice observó a un grupo en concreto: una hilera de damas sofisticadas que habían salido a pasear. Desde sus vestidos elegantes hasta la confianza con la que andaban, todo irradiaba el aire cosmopolita que Beatrice envidiaba. ¿Sería alguna vez como esas mujeres de ciudad, que caminaban con tanta desenvoltura, tan seguras de estar en su ambiente?

Salió de sus pensamientos de forma brusca cuando un carruaje acelerado estuvo a punto de arrollarla. Un brazo la agarró y tiró de ella, y al darse la vuelta se topó con un hombre alto. Sintió un escalofrío de emoción al ver que llevaba una calavera en la mano...

Hasta que se dio cuenta de que era falsa y que la estaba usando como complemento para recitar un soneto improvisado.

—«Ella no se fijó en el carro ni en mí, el joven del traje antiguo y raído» —empezó con tono lastimero—. «Y esta misma calle habría visto su fin..., sin el ágil joven que la ha cogido».

—Sí, gracias —dijo Beatrice, y echó unas monedas en el sombrero que había a los pies del hombre—. Aunque «mí» y «fin» forman una simple rima asonante y hay quien dice que no sirve para los sonet...

—«La he salvado de una muerte segura, le he salvado la vida ante sus ojos» —continuó recitando el hombre a voz en grito.

Un grupo de gente se acercó a escuchar el poema y Beatrice se escabulló, pues no le apetecía en absoluto seguir oyendo versos sobre cómo se había salvado por los pelos de un atropello.

Pero justo cuando pensó que se había librado del actor, este se plantó de nuevo ante ella.

—«¿Cómo me lo pagará? Buena pregunta» —añadió gritando—. «Pasando mi retrato a un director... ¡o dos!».

Con una gran floritura, el actor callejero le entregó a Beatrice un pedazo de pergamino. Contenía un esbozo de su cara encima de varias líneas en las que relataba sus dotes artísticas.

—No conozco a ningún director de teatro. ¡No tengo ni un solo contacto! —insistió Beatrice, pero el hombre ya se había dado la vuelta y había empezado a recitar otro soneto inventado sobre la belleza de una mujer que pasaba por allí.

Sin duda acabaría con el mismo cuarteto tan poco logrado que acababa de oír, pensó Beatrice mientras se metía el retrato del hombre en el bolsito y echaba a andar de nuevo.

Londres era muy distinto de Swampshire. No solo por los artistas callejeros; la ciudad hervía de calor, energía y... ¿un tufillo a asesinato?

No, se corrigió mientras esquivaba una salpicadura grande: alguien estaba vaciando el orinal por la ventana.

—¡Ardilla al ataque! —gritó otra persona entonces, y el grupo de damas cosmopolitas bien vestidas que Beatrice tenía delante se agachó.

Beatrice fue lenta de reflejos y el roedor volador surgió de la nada, se estampó contra su cara y la joven trastabilló hacia atrás.

(El Barrio del Clavel era la zona más económica del distrito, y allí se concentraba la plaga de ardillas).

—Mire por dónde va —la reprendió un peatón, empujándola con impaciencia.

Beatriz se apartó de la acera y se pegó a la fría fachada de piedra de una tienda hasta que recuperó la compostura. Incluso teniendo en cuenta las frecuentes granizadas y los hoyos cenagosos de su pueblo, nunca había tenido tantas experiencias próximas a la muerte en un simple paseo.

Cuando por fin llegó a su destino estaba aturdida y sin aliento. Era un despachito con unas discretas letras doradas en la puerta: D. S. INVESTIGACIONES.

Las iniciales le subieron el ánimo a Beatrice. ¿Alguna vez acabaría de asimilar que la «S.» de la placa remitía a «Steele»? ¿Se creería de verdad que era la mitad de una empresa de detectives de Londres? Su vida en la ciudad no era tal como se la había imaginado, pero, por lo menos, eso sí parecía un sueño hecho realidad.

Abrió la puerta con ímpetu y entró en el despacho, que era una sala con dos escritorios repletos de pilas de cartas y libretas. Varias estanterías atestadas de libros forraban las paredes, y había dos sillones enfrente de un diván de rayas finas. Entre los sillones había un tablero de ajedrez encima de una mesita de madera de caoba, con una partida a medias. La luz dorada del sol se filtraba en la oficina y le daba un brillo acogedor.

Al entrar, Beatrice vio a un hombre familiar, un indio alto con el traje arrugado y un parche en el ojo. Aunque tenía el ceño fruncido y el rostro surcado de cicatrices, la joven sabía que se alegraba de verla por el resplandor en el ojo que le quedaba. Beatrice respondió a la expresión seria con una sonrisa. Por un instante, le pareció que la comisura de los labios del hombre subía..., pero entonces él apretó la mandíbula y puso un semblante aún más serio.

—Señorita Steele —dijo el inspector Vivek Drake—. Ya era hora.

Querida Beatrice:

Confío en que la señorita Bolton y tú hayáis tenido un comienzo favorable de la Temporada Estival. Ahora que ha llegado el calor, también lo harán las fiestas... ¡y los buenos partidos!

Me alegro de saber que estás a gusto en la casa adosada de Londres. ¿De verdad tiene esa gárgola tan horripilante en la puerta principal? ¿O intentaste hacer un autorretrato en tu última carta? Sea como sea, por favor, NO vuelvas a enviarme más dibujos en tus siguientes misivas. Utiliza las palabras únicamente para pintar la imagen de tu vida londinense y ahórrame las pesadillas.

En cuanto a cómo están las cosas en Swampshire: Louisa, Frank y tu sobrina, la pequeña Bi Bi, están bien y te mandan recuerdos. Les apetecería ir a verte a la ciudad, pero como Frank es un desarrapado salvo por la mísera mansión que tiene, no hay dinero para alquilar un carruaje. Mary me pidió que te transmitiera cierto sentimiento de su parte, pero se me ha olvidado cuál. Sin embargo, sí te pido por favor que le cuentes a la señorita Bolton que tu hermana cuida a las mil maravillas de la Mansión Fauna; ha investigado el asunto de los aullidos y ha llegado a la conclusión de que no hay nada de lo que preocuparse.

Tu padre te mandó recuerdos en una carta aparte, aunque me parece que la escribió con tinta invisible. Repetiría aquí su mensaje, pero ahora no nos hablamos porque hizo estallar la escalera a causa de una broma ridícula y no se le ha ocurrido ninguna solución sobre cómo vamos a pagar la reparación. Mis nervios y el pasamanos no se recuperarán jamás.

Por lo demás, te aseguro que estamos en la gloria, de verdad, salvo porque cada día somos más pobres, la cuenta bancaria está seca y reseca, tenemos el ánimo por los suelos, no podemos acceder a ninguna de las habitaciones de la planta de arriba... Todo eso podría cambiar, claro, si te casaras con un buen partido.

Por lo tanto, te recuerdo, Beatrice, que estás en Londres para ir a los eventos sociales. No te distraigas con esas fantasías macabras, ni con las obligaciones administrativas ni con cierto inspector. (Dale recuerdos al señor Drake de mi parte, por cierto).

Sweetbriar es un barrio respetable, con tres salones sociales maravillosos. Tanto el Club del Clavel como el del Tulipán han dado lugar a muy buenos matrimonios, pero, por supuesto, deberías intentar entrar en la lista del Club de la Rosa. Según las noticias de sociedad, entre sus miembros están los caballeros más acaudalados.

Recuerda que cada día que pasa estás más decrépita y te será más difícil casarte. Debes intentar procurarte un marido antes de que las arrugas se apoderen de ti. En los hombres quedan distinguidas, pero en las mujeres son horrendas.

Confío en que regreses a Swampshire en cuanto te hayas asegurado el dinero la mano de un buen marido con una propuesta de matrimonio.

Te echo de menos, corazón mío. Te mando todo mi cariño.

Tu madre,

Susan Steele

2
Un caso

En cuanto se cerró la puerta, dejó de oírse el ruido de la calle. Beatrice y Drake se quedaron mano a mano en el modesto despacho.

Sin que los demás lo supieran, ahora Drake y ella pasaban mucho tiempo a solas, siempre que Beatrice era capaz de burlar la vigilancia de la señorita Bolton. Aunque la señora Steele no lo hubiera aceptado, en realidad no había motivos para que se preocupase. Drake trataba a Beatrice con la mayor profesionalidad, incluso le ofrecía oporto y una pipa al final de una jornada laboral especialmente larga. (Ninguno de los dos fumaba, pero estaban de acuerdo en que los detectives tenían que llevar pipa, aunque fuese de atrezo).

—¿Algún caso nuevo? —preguntó Beatrice.

Se quitó el tocado y sacudió los rizos negros. El mechón blanco de su melena —ganado durante una partida de whist muy reñida— había crecido un poco más a raíz de los acontecimientos del otoño anterior. Atrapar a un asesino era casi tan estresante como una partida de cartas agresiva.

—Nada que valga la pena —respondió Drake—. ¿Algún pretendiente nuevo?

Su voz grave tenía un leve acento indio... y dejaba traslucir cierto desprecio.

El inspector Drake no sentía simpatía por la alta sociedad y no comprendía los intentos de Beatrice de participar en la Temporada y, a la vez, resolver crímenes. Pero Drake no era el que recibía la insistente correspondencia de la señora Steele, en la que se quejaba de sus desgracias económicas e insistía en que un matrimonio en condiciones era la única manera de rescatar a la familia. No tenía a nadie que dependiera de él, como por desgracia le ocurría a Beatrice; su madre había muerto hacía mucho tiempo y su rica media hermana, Alice, había emprendido un Grand Tour por el mundo para disfrutar de su recién recuperada libertad después de pasarse años encerrada en un ático.

Beatrice, por el contrario, tenía pesadillas recurrentes en las que perseguía sombras de personas por toda la ciudad mientras sus hermanas, sus padres y su querida sobrina debían vivir apiñados en una chabola y se hundían en los hoyos cenagosos de Swampshire, a punto de perecer...

Trató de borrar ese pensamiento.

—A decir verdad, he recibido tres propuestas de matrimonio hoy —informó a Drake mientras sacaba un paquete del bolsito.

—¿En serio?

Drake arqueó una ceja.

—No. Tuve que soportar tres conversaciones sobre cómo se seca la pintura.

Dejó el paquete en el escritorio de él.

—¿Qué es eso? —preguntó el detective mirándolo con sospecha.

—El pastel que robé mientras todo el mundo peroraba sobre la pintura —respondió Beatrice.

—No hacía falta que se molestara en traerlo —le dijo Drake—. Proporcionarme cosas dulces no forma parte de sus obligaciones laborales.

—Es de almendra —añadió Beatrice—. Su sabor favorito.

—Nunca he dicho que sea mi favorito.

—Soy capaz de hacer deducciones, inspector.

Beatrice cruzó la sala y se acercó al tablero de ajedrez. Lo analizó un momento y luego movió la reina.

—¿Ya ha movido la reina? ¿Tan pronto? —preguntó Drake mientras desenvolvía el pastel—. Qué peligroso.

—¿Por qué desaprovechar una pieza tan poderosa?

—Ciertamente... —murmuró el detective—. Hemos recibido varias cartas de clie

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