1
El nom del Payre e del Filh e del Sant Esperit.
[En el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo].
Cantar de la cruzada, I, Inicio
En un instante pasé del arrobo del amor a la angustia de la muerte. Mi cabeza tenía un precio y los intrusos, que penetraron en nuestra habitación astillando la puerta, la querían. Con la mejilla aplastada contra una banqueta, solo podía ver a mi caballero debatiéndose impotente, desesperado, hundiendo en sus carnes las cuerdas que le ataban en un vano intento de socorrerme. Aún no comprendíamos el enigma del que yo formaba parte y, creyéndonos seguros, nos habíamos dejado sorprender. Sentía en mi cuello, sobre el que se alzaba la espada, una extraña sensación, preludio del tajo, de mi final. Intentaba rezar, pero desfallecía. Y en unos momentos sin tiempo recordé cuando, solo semanas antes, era Bruna de Béziers, y me apodaban la Dama Ruiseñor.
Aquella fue una primavera radiante; estaba enamorada y era muy feliz. Ignoraba que el diablo estaba tejiendo un futuro trágico donde yo sería el eje de un misterio secular, y mi amor, la clave para un mundo dolorosamente bello, una vez perdido.
Y disfrutaba del presente cantando desde la ventana, a la vista del cerezo en flor del patio de mi casa, la trova galante oída la noche anterior, arrullada por el zumbido de las abejas y el tañido de mi vihuela.[1]
Los criados y la gente en la calle se detenían a escuchar, envidiosos, sonrientes, el himno del primer amor, ese que nace del deseo de amar y que tiene la fuerza de los brotes delicados de las plantas en marzo, la misma que mueve el sol y la luna en el cielo, la que hace latir el corazón.
De haberme advertido alguien, habría contestado, incrédula, riéndome. Porque yo apuraba mi primavera, estaba enamorada y era muy feliz. Nada existía fuera de eso.
Pero aquellos recuerdos se esfumaron, ligeros, ahuyentados por el filo de la espada que iba a cercenar mi cuello y, extenuada, al fin conseguí murmurar un rezo.
Kýrie eléison,
Chríste eléison.
[Señor, ten piedad,
Cristo, ten piedad].
2
Kýrie eléison,
Chríste eléison.
[Señor, ten piedad,
Cristo, ten piedad].
Oración
Camino de Saint Gilles a Arles.
Enero de 1208
Al distinguir las aguas del Ródano entre la arboleda, Peyre de Castelnou, legado papal y abad de Fontfreda, suspiró aliviado y, girándose por enésima vez sobre su montura, comprobó que no los seguían. A poca distancia esperaba una barcaza que, cruzando el río, los llevaría a Arles y desde allí, ya en las tierras del rey de Aragón, el viaje sería más seguro.
Dio orden al grupo de apresurar el paso cansino de las mulas y los cinco frailes azuzaron las bestias. Peyre observó con aprensión la séptima acémila. El papa esperaba su carga con ansia. Él había rogado al pontífice que, si el conde de Tolosa accedía a entregársela, le permitiera quemar el contenido de aquellos fardos de inmediato, pero Inocencio III se negó; quería ver con sus propios ojos aquello que hacía tambalear su Iglesia. El legado se estremeció, preguntándose si sería por la inclemencia de aquella tarde fría de enero o por miedo.
Solo tras agrias discusiones y gracias a las peores amenazas —excomunión y desposeimiento de sus tierras— había conseguido doblegar al arrogante conde de Tolosa. Un éxito del que era incapaz de disfrutar, la responsabilidad de transportar aquello a Roma abrumaba al legado.
—Demasiado riesgo —iba murmurando al contemplar el bulto—. Demasiado riesgo; el demonio es poderoso.
Tratando de cruzar aquella tierra de herejes sin llamar la atención, tal como le aconsejara fray Domingo de Guzmán, viajaba sin lujos, como un fraile más. Roma había multiplicado últimamente los esfuerzos de conversión, enviando decenas de clérigos predicadores, y pensó que sus hábitos grises le protegerían ocultando su condición de legado papal.
Pero cuando oyeron retumbar cascos de caballos a sus espaldas, vio a cuatro jinetes, ocultos sus rostros por las celadas de sus yelmos y los escudos sin divisas, supo que había errado al rechazar una tropa que le protegiera.
—¡Detenedlos! —gritó—. ¡Por el amor de Dios!
Y tomando las riendas del séptimo animal, espoleó al suyo en un intento desesperado de galopar la corta distancia que le separaba de los guardas que les estarían esperando en la barcaza.
Peyre había escogido, para que le escoltaran en aquella misión, a antiguos soldados o mercenarios, ahora frailes en su abadía, y los cistercienses intentaron cubrirle la espalda sacando las espadas escondidas bajo sus hábitos.
—¡Alto! —gritó fray Benet, que era quien mandaba—. ¡Legación papal! ¡Pena de excomunión si no obedecéis! ¡Quedaos donde estáis!
Pero los caballeros no se detuvieron; formaban cuña y, ayudados por la mayor fuerza y altura de sus monturas, abrieron un espacio por el que uno de ellos se lanzó sin oposición hacia Peyre, que huía. Este, al oírle a sus espaldas, azuzó aún más su acémila, pero el jinete le alcanzó de inmediato clavándole con toda su fuerza la azcona que enarbolaba en la espalda, ensartándole como a una perdiz. El eclesiástico sintió un golpe brutal; enseguida vino el dolor y, al llevarse las manos a la tripa, notó una gran púa de hierro que le salía de las entrañas. Aquella lanza corta había atravesado la malla metálica que cargaba bajo el hábito, inútil protección a tan corta distancia, partiéndole la columna con un chasquido estremecedor. Perdió la conciencia aun antes de que su cuerpo chocara contra el suelo helado.
Al recuperar los sentidos, lo recordaba todo. Se vio en algo que parecía un jergón, rodeado de velas y de sus frailes. Buscó el hierro asesino, pero en su lugar halló unos trapos sanguinolentos y mucho dolor. No sentía nada por debajo de la herida, supo que estaba muriéndose y deseó que aquello terminara tan pronto se pudiera confesar.
—La carga de la séptima mula —murmuró—. ¿Dónde está?
—La robaron, padre —repuso fray Benet, cabizbajo.
El abad cerró los ojos mientras su tormento se multiplicaba; había sabido la respuesta aun antes de formular la pregunta.
—Dios mío, era la herencia del diablo —musitó—. ¡Debiera haberla quemado!
Al confesarse, encargó a Benet que fuera a ver al papa, le contara lo ocurrido y suplicara perdón para él, su legado, el pobre abad de Fontfreda, cuya alma sufriría en el purgatorio el suplicio del mayor de los fracasos.
Por su negligencia, el mal continuaría reinando en Occitania, quizá incluso se extendiera por el mundo, y rezó al Señor pidiendo compasión.
Cuando el gallo rompió, con su canto estridente, la monotonía del lloroso canturreo quedo de kirieleisons fúnebres que los monjes entonaban, el abad quiso incorporarse. Se esforzaba abriendo la boca con desmesura.
Sus frailes se equivocaron al pensar que intentaba respirar una última bocanada. Aquello era miedo. Peyre creía estar oyendo en el gallo las risotadas del diablo escapado de los fardos.
Y murmurando «vade retro, Satanás», se derrumbó sobre el jergón mientras con un suspiro entregaba su alma.
Al poco, amaneció un día cargado de nubes pesadas, preñadas de tormenta.
3
De lai de Monpeslier entro fis a Bórdela
o manda tot destruiré, si vas lui se revela.
[Desde los muros de Montpellier hasta
Burdeos (el papa) ordena destruir a todo
aquel que se le oponga].
Cantar de la cruzada, I, 5
Roma, marzo de 1208
Al terminar la oración, majestuoso, el papa Inocencio III alzó sus manos, de guantes blancos donde centelleaba el rubí de su anillo, al cielo. Los doce cardenales que rodeaban al pontífice, tocados de mitras empedradas y cubiertos de casullas con brillantes y bordados en oro, plata y perlas, respondieron «amén» a coro.
Decenas de velas iluminaban las gruesas paredes románicas del templo, pero el papa se dirigió a la que se elevaba sobre una larga palmatoria situada en el centro del crucero. Allí se detuvo y, con gesto solemne y poderoso, tomó el apagacandelas que le ofrecía uno de los frailes de cabeza tonsurada, elevándolo amenazador sobre el único cirio de color negro. La vela tenía un nombre escrito en ella, el mismo que pronunció Inocencio al apagarlo:
—Raimon VI, conde de Tolosa.
El papa ahogó, ceremonioso, la llama con el metal y, al extinguirse esta, terminó el rito de excomunión.
El conde de Tolosa dejaba de pertenecer a la comunidad católica. No sería admitido en iglesia alguna, ni podría recibir los sacramentos, ni ser tratado o auxiliado por ningún cristiano, ni siquiera para darle sepultura. Su cuerpo sería devorado por las alimañas. Cualquiera podía arrebatarle bienes y tierras, puesto que había perdido el derecho a conservarlos.
Los duros ojos azules de Arnaldo Amalric, legado papal y abad general de la poderosa Orden del Císter, se posaron sobre fray Domingo de Guzmán y este le sostuvo la mirada.
El duelo que ambos mantenían desde hacía mucho tiempo acababa de dirimirse a favor del abad.
Dos años antes, en la primavera de 1206, los legados papales Arnaldo Amalric y Peyre de Castelnou se habían convencido de su fracaso predicando contra los cátaros. Fue en Montpellier donde los desanimados cistercienses se encontraron con dos extranjeros: Diego, obispo de Osma, y Domingo de Guzmán.
Estos regresaban de un viaje por el norte de Europa en misión diplomática por encargo del rey de Castilla y fueron a visitar al papa con el fin de solicitarle que les permitiera ser misioneros en los países bálticos, donde tantos paganos había. Inocencio III, impresionado por la fe de los castellanos, quiso que predicaran en Occitania.
En Montpellier, Domingo y su obispo convencieron a los legados papales para que abandonaran temporalmente su pompa y boato de altos cargos de la rica Orden del Císter y predicaran tal como lo hacían los herejes cátaros y valdenses. Con pobreza y humildad, según las enseñanzas de Cristo.
Conmovidos por el entusiasmo de los castellanos, y más aún por el apoyo que el pontífice les daba, los legados siguieron a Domingo y a su obispo en su predicación por tierras occitanas, aceptando incluso polémicas públicas con herejes y judíos, a veces en plazas de pueblo, otras en castillos.
Pero después de unos años de soportar miserias, humillaciones y burlas, los legados Arnaldo y Peyre llegaron a la conclusión de que el avance obtenido no era suficiente y que las herejías continuaban progresando de forma alarmante, imparables. Decidieron volver a su antiguo estilo basado en el castigo divino, la amenaza y la intimidación.
No así Domingo de Guzmán, que, después del fallecimiento de su obispo Diego, había fundado la Orden de los Predicadores para continuar con humilde esfuerzo la difusión de palabra de Jesucristo y su amor fraterno.
Las voces de la feroz polémica, pronunciadas pocas horas antes, aún retumbaban en las bóvedas de la iglesia:
—Vuestros métodos han fracasado, Domingo —clamaba Arnaldo, el abad del Císter. Por debajo de su lujoso ropaje asomaban unos borceguíes de buen cuero. Al verlos, Domingo sintió más frías las losas del suelo en sus pies desnudos—. Mandamos decenas de misioneros y, en lugar de convertir herejes, estos aumentan cada día.
—Enviasteis a monjes rollizos, acostumbrados a los rezos y letanías de convento y que ignoran la realidad del pueblo; no saben predicar en el sur —contestaba Domingo—. Unos vinieron en mulos y otros a caballo, ni siquiera hablan la lengua. ¡Pretendían convencer a los occitanos de la plebe hablándoles en latín o en la parla francesa de oíl! ¡Pero si ni les entienden!
—La verdadera palabra de Dios debe ser reconocida por los justos con independencia de cómo sea pronunciada —sentenció Arnaldo elevando la barbilla.
—Los predicadores herejes llegan como tejedores ambulantes, médicos o zapateros, trabajan entre la gente del pueblo, les hablan en su lenguaje, les convencen. No les agobian con impuestos para levantar iglesias y mantener clérigos, ya que los suyos se sustentan con su propio trabajo. Dan ejemplo de austeridad, comen solo vegetales y pescado…
Una gran pintura cubría el muro a espaldas de Arnaldo. Un impresionante ángel apocalíptico pesaba almas, representadas por multitud de cabezas que sobresalían de los hondos platos de la balanza romana, pero un diablo tiraba intentando hundir a aquellos infelices en el infierno. Los trazos duros del románico, de colores primarios separados por líneas negras, conferían a la escena una fuerza y dramatismo trágicos. Domingo se identificaba con el ángel salvador de almas y, angustiado, pensó que su contrincante era aquel diablo tramposo, y que le estaba ganando.
—Lleváis años predicando como hacen los herejes, Domingo. Peyre de Castelnou y yo os ayudamos y nada se consiguió. —El abad del Císter volvía a la carga.
—Hemos convertido a muchos y convertiremos a más —argumentaba Domingo.
Pero al coincidir su mirada con la del papa, el castellano vio en los ojos del pontífice compasión para él, no hacia las gentes de Occitania, y supo de inmediato que la suerte estaba echada y que sería derrotado.
—Muchos menos que ellos —repuso Arnaldo alzando la voz—. Ya no podemos esperar más. ¡Démosle fuego a los herejes y hierro a quien se resista!
Los cardenales debatieron. El asesinato del legado Peyre de Castelnou ensombrecía su ánimo y, atemorizados por el imparable avance de los herejes, y más aún por el robo de la séptima mula con la llamada «herencia del diablo», decidieron a favor de las propuestas del abad Arnaldo. Raimon VI, conde de Tolosa, sería excomulgado como responsable de la muerte de Peyre y se llama a los nobles del norte a una cruzada contra el sur.
Entonces fue cuando Inocencio III se levantó de su trono y, extendiendo los brazos en cruz, pronunció el terrible anatema, una condena masiva a muerte:
—Desde los muros de Montpellier a Burdeos, ordeno que se destruya a todo aquel que se nos oponga. Proclamo la cruzada de Dios.
Los doce cardenales dijeron «amén» a coro, alzaron sus manos enguantadas de blanco al cielo y entonaron el Veni Creator Spiritus.
Domingo bajó los ojos, llenos de lágrimas, y apartándolos de los de Arnaldo, juntó las manos para rezar; pedía perdón al Señor por no haber podido impedir lo que vendría.
La muerte y la desolación iniciaban su cabalgata. El diablo había decantado la balanza.
4
Rossinyol que vas a Franca, rossinyol,
encomana’m a la mare, rossinyol.
[Ruiseñor que vas a Francia, ruiseñor,
encomiéndame a mi madre, ruiseñor].
Canción popular
Béziers, marzo de 1209
Nos encontramos de frente y lo primero que vi fue el brillo de sus ojos oscuros al cruzarse con los míos y sus pupilas dilatadas al contemplarme. Me quedé sin respiración. Después, advertí que él sonreía y automáticamente, sin pensarlo, una sonrisa se formó en mis labios. Y así nos quedamos los dos un tiempo que a mí me pareció horas, siglos, pero que solo fueron instantes. Iba cogida del brazo de mi prima Guillemma, que, al observar aquel embeleso, impropio de una dama, tiró de mí rompiendo el encantamiento que nos atrapaba.
—Por Dios, Bruna —me reprochó mi prima—, ¿qué os pasa?
Fue, entonces, deshecho el sortilegio de la mirada y la sonrisa, cuando me di cuenta de que no podía responder a esa pregunta, no sabía qué me pasaba; algo se encogía dentro de mi pecho y mi corazón batía loco. Jamás me había ocurrido eso antes.
Aún era invierno y el gran salón del palacio fortificado de mi castillo, senescal en la ciudad del vizconde Trencavel, estaba lleno de invitados. El fuego ardía intenso en el hogar.
Me acomodé junto a mi prima, mi ama y otras damas, mientras cantaba un juglar local, al que no presté atención. Todo mi interés se centraba en el forastero. El joven era alto y se destacaba del grupo situado al fondo de la sala. Lo observaba furtiva, pero de repente su mirada se encontró con la mía. Cohibida al descubrirme en falta, me sobresalté, casi como si el contacto hubiera sido físico, y aparté mis ojos de inmediato. Notaba mis mejillas enrojecidas y el corazón otra vez alocado. ¿Qué me ocurría? Un sudor frío acudió a las palmas de mis manos.
—Es Hugo de Mataplana —me susurró mi prima, que no se había perdido detalle.
—¿Le conocéis? —inquirí ansiosa hablándole al oído.
Ella tenía un par de años más y mayor experiencia social.
—Solo de vista, pero he oído hablar de él.
—Contadme, ¿de dónde es?
—Creo que es aragonés o catalán y parece que noble —repuso bajito—. No os lo aconsejo. Comentan que es peligroso, que oculta algo, que se comporta de forma misteriosa.
El codazo de mi ama y su gesto severo nos obligó a callar, pero esa advertencia no hizo más que aumentar mi interés por el galán, y al poco volvieron las miradas.
Y así, entre os veo y no os miro, empezamos a jugar a un delicioso gato y ratón que me producía tanto rubor como placer. Me di cuenta de que yo no le era indiferente.
El cantante local terminó haciendo una reverencia y cuando los aplausos cesaron vi sorprendida que el tal Hugo de Mataplana se situaba en el centro del salón portando una guitarra. ¡Era un juglar! Inclinando la cabeza, pidió permiso a mi padre y se hizo un silencio expectante. El origen morisco de aquel instrumento y su rareza en nuestra tierra aumentaban el interés por oírle. Con toda tranquilidad hizo sonar unas notas de la guitarra y, afinando un par de cuerdas, empezó a tañerla con una melodía desconocida pero llena de brío y belleza. Al poco, incorporó su voz, potente y cálida. La canción hablaba de la lucha en las fronteras del sur de los caballeros cristianos de los reinos españoles contra los musulmanes y comprendí que su origen era meridional.
El joven era osado; no se comportaba como muchos juglares que miran al techo entornando los ojos cuando de damas y amores cantan. Él buscaba la mirada del público, y más la mía, sonriendo cuando el tono del verso lo permitía.
Después se puso a cantar una romanza de amores, también inédita. Si antes se detenía a mirarme, ahora mucho más, escogiendo las estrofas de requiebro para la doncella. Parecía que me las cantara a mí. Y yo, aunque ruborizada y con un estremecimiento desconocido, no le rehuía.
—¿Por qué decís que es peligroso? —no pude resistirme a cuchichear.
—Comentan que es muy bueno componiendo sátiras —repuso mi prima— y que gusta tanto a las señoras como disgusta a sus maridos. Y que sus idas y venidas a la ciudad son extrañas; hay algo inquietante en él. No es como los demás.
Callé para atenderle con mis cinco sentidos, aunque no podía quitarme del pensamiento la advertencia sobre el misterio y el peligro.
Al terminar, Hugo de Mataplana se retiró a su rincón, ufano, mientras todos le aplaudían. Pero, cuando sus ojos se volvieron a la sala, pude ver su asombro al comprobar el juglar que tomaba su sitio en la escena.
Ese juglar era yo.
Dicen que solo en Occitania y Aquitania algunas damas dictaban canciones como trovadores y pocas se exhibían cantando en público como juglares. No era costumbre en el norte: ni en Francia, ni Borgoña, Flandes o Alemania. Y por el aspecto asombrado del joven, tampoco debía de ser común en los reinos del sur.
Mi padre, en especial después de la muerte de mi madre y de mi único hermano, me había educado en algunos asuntos como lo hubiera hecho con su hijo. Y como a mí me encanta la música, dejaba que me entretuviera, siempre vigilada por mi ama y junto a mi prima, con los juglares y trovadores que hacían noche en nuestra casa. La mayoría de aquellos artistas trotamundos afirmaban que la poesía también era riqueza para damas y no tuvieron inconveniente en enseñar lo que sabían a aquella jovencita, que era la hija de su anfitrión y que tan interesada estaba.
Un paje trajo un taburete donde me senté, extendiendo con cuidado mi amplia falda bordada, cual pavo real, como si quisiera abarcar el espacio libre que quedaba en el centro del salón. También trajo un escabel donde apoyar el pie y así descansar la vihuela en mi pierna. Mi padre, sentado entre los principales en la zona de honor de la amplia pieza, escuchaba orgulloso los murmullos admirados que mi despliegue producía en los invitados, contemplándome con ternura.
En esa posición daba la espalda a casi la mitad de la sala y también al juglar del sur. Eso me aliviaba; nuestras miradas se habían cruzado demasiadas veces y sabía que, de tenerle de frente, mis ojos terminarían buscándole. Así, más tranquila, acaricié con el arco las cuerdas del instrumento y empecé a cantar con su música. La audiencia era familiar y entregada, casi todos se unieron acompañándome en las dos primeras canciones, pero cuando sonaron las notas de la tercera se hizo el silencio:
Ruiseñor que vas a Francia, ruiseñor,
encomiéndame a mi madre, ruiseñor.
Sabían que era la canción de mi madre y que solo a veces la cantaba. Aun así, el sentimiento que ponía en ella y el que despertaba en los que me rodeaban era tal que me llamaban la Dama Ruiseñor. Nadie más cantaba esa canción, era solo mía.
No sé por qué quise cantarla esa noche. Quizá porque deseaba regalarle algo muy querido al joven gallardo que me rendía con su sonrisa.
Esa fue la última actuación de la velada y la gente, después de los aplausos, vino a felicitarme; hablaban conmigo, pero yo no atendía su conversación. Mi interés se centraba en mi juglar, de pie, allí al fondo, junto a otros extraños. Él también me buscaba con la vista y yo estaba segura de que quería hablarme sin saber cómo. Entonces, vino mi ama y sin demasiadas contemplaciones me arrastró junto a mi prima, hacia el otro extremo, donde se situaba la puerta que llevaba a las habitaciones.
—Ya os habéis puesto demasiado en evidencia mirando tanto a ese forastero —me dijo en su lengua francesa de oíl—. Es hora de recogerse.
Una última mirada clandestina nos unió cuando, justo antes de cruzar el umbral, me rebelé contra mi captora y me giré para verle. Él puso una mano sobre su corazón y saludó con la cabeza con una sonrisa triste. Mis ojos se humedecieron al pensar que le estaba perdiendo sin ni siquiera haber gozado del encuentro.
«¿Le veré otra vez?», me pregunté desconsolada.
En nuestro dormitorio interrogué a mi prima hasta que me contó todo lo que sabía sobre el joven. No era mucho. Hugo visitaba Béziers con cierta frecuencia e incluso había estado antes en mi casa, sin que yo lo supiera o me fijara en él. Se comentaba que sus idas y venidas eran misteriosas y que viajaba de forma demasiado humilde para ser noble, si en verdad lo era. Y que era audaz, pendenciero a veces, y que había cortejado a varias damas. Pero yo no reparaba en estos detalles; la esperanza de volverle a ver me llenó de alegría, desatando mi imaginación. ¿Era aquello amor? ¿Sentiría él lo mismo por mí?
5
Encomana’m a la mare, rossinyol,
i a mon pare no pas gaire
perquè m’ha mal maridada.
[Encomiéndame a mi madre, ruiseñor,
pero no tanto a mi padre, no,
porque me malcasó…].
Canción popular
Cuando se casaron, mi madre tuvo que dejar su Francia verde entre ríos y venir a un sur brillante al que nunca se acostumbró. Ella aportaba al matrimonio unas propiedades en el norte, tan lejanas que quizá fueran más incordio que beneficio para mi padre. Nunca entendí las razones políticas para ese enlace. Un día le pregunté y ella, mirando por la ventana ensimismada, como si lamentara su juventud perdida, musitó:
—Mi padre, los compromisos de familia…, lo común en las damas de nuestra alcurnia —no dijo más ni yo, viéndola triste, volví a preguntar.
Se conocieron cuando ella llegó con sus familiares para la boda arreglada, dicen, por el viejo vizconde del que mi padre era senescal, el noble de su confianza en la ciudad de Béziers, su defensor.
Ella era muy joven, no respondía al modelo típico de amante de señor feudal a la que este casa con un vasallo alcahuete. Tampoco mi padre, último miembro de una viejísima dinastía noble meridional, parecía un subordinado consentidor.
Pero quizá eso no le hubiera importado a él, que se limitó a preñarla de mi hermano y de mí y a darle poco más, pues tenía sus propios romances. Ella al principio no hablaba nuestra lengua occitana, y se comunicaba exclusivamente en oíl con la criada que se trajo de su tierra; mi ama. En Béziers la llamaban Ana de Francia o simplemente «la Francesa».
Pero un día llegó aquel trovador y ella conoció el ansia del amor, la poesía, el suspiro y la sonrisa.
Bernard de Béziers, mi padre, como buen caballero occitano, respetuoso de la fin’amor, no puso trabas a la relación. Ella pertenecía físicamente a su marido, pero este, que usaba poco su cuerpo y menos su espíritu, sabía que era desdichada y que nunca podría hacerla feliz, pues él amaba a otras.
Pero era un buen hombre al que le entristecía la tristeza de ella y respetaba la libertad de Ana para entregar su amor a otro. El espiritual solo, naturalmente.
Cuando Sans d’Urgell se encontraba en la ciudad, yo le veía más que a mi propio padre. Cantaba en el salón de la casa para familia e invitados, o en el patio si el tiempo era bueno, y tenía acceso a la habitación de mi madre. Allí dormíamos mi madre, mi ama, yo y otras damas, incluida mi prima cuando nos visitaba. Creo que solo se veían allí cuando estábamos las demás, que nunca se encontraron a solas y que solo algunos besos, caricias y algún regalo de cuando en cuando fueron la recompensa para él. Pero no podría asegurarlo. Veía la ternura, el amor, en cómo se miraban y notaba el desconsuelo de ella cuando Sans venía a despedirse para emprender viaje. Yo le quería mucho; siempre jugaba con nosotros, los niños, reíamos con él, nos enseñaba cómo los trovadores componen canciones, cómo se saca bellos sonidos a una vihuela y trucos de juglar para divertir a las gentes. También nos contaba lo grande que era el mundo, describiendo las maravillas que contenía. Destacaba como la mayor de las bellezas el joy, el gozo del amor cortés, que era casi religión para él. Y también a la afamada Dama Grial, que cultivaba el joy y vivía en la Montaña Negra, en el fabuloso castillo de Cabaret, refugio de trovadores y juglares.
Él compuso para mi madre la Canción del ruiseñor y, a veces, ella lloraba al oírla. Habla de una joven dama que añoraba su hogar, su familia en las tierras del norte. Es melancólica, sabe a soledad y cuenta un mal matrimonio decidido por el padre. También de un ruiseñor viajero, correo de un mensaje de amor. Es triste, pero muy bella.
A mí me gusta cantarla con sentimiento y lo hago en memoria de mi madre y de su amor.
Murió joven, hermosa, nostálgica, pero enamorada. Era invierno, le vino tos, fiebre y en pocos días se consumió. Se trajeron todos los remedios, mi padre hizo cuanto pudo, estuvo con ella, pero la mano que Ana quiso sostener en su último suspiro fue la de Sans, su trovador, su juglar, su verdadero amor.
Recuerdo ver, desde el primer banco de la iglesia, el reservado a mi familia, a Sans d’Urgell solo, encogido en un rincón lejano, llorando en el funeral. Él, que acostumbraba a erguirse como un gallo al cantar, luciendo su orgulloso bonete empenachado con dos largas plumas de faisán, se apoyaba durante aquella misa, cabeza descubierta, contra una pared trasera, deshecho. Nunca más supe de él.
Pienso que buscó un lugar distante donde morir cual viejo ruiseñor en invierno que, no pudiendo mantener más su propio calor, se acurruca en un último refugio.
Así que cuando canto la Canción del ruiseñor también lo hago en honor a Sans, agradeciéndole toda la felicidad, todo el amor que le dio a mi madre.
Aquella pasión alumbró mi infancia y me preguntaba si Hugo de Mataplana, el juglar del que me había prendado, y con quien en los últimos días había conseguido intercambiar unas pocas palabras y muchas sonrisas, sería capaz de algo tan bello.
6
Gaudeamus igitur
juvenes dum sumus.
[Acompáñennos los gozos
mientras seamos jóvenes].
Carmina burana
Afueras de París, marzo de 1209
Los dados rodaron dando tumbos sobre la mesa de roble basto y uno se detuvo en el pequeño desnivel formado por dos tablones mal ensamblados.
—¡Cuatro y dos! —gritó un hombretón de barba rubia cuya sonrisa de dientes corroídos brillaba a la luz de los candiles—. ¡Perdéis, señores estudiantes!
—Os equivocáis —repuso Amaury de Montfort, un joven corpulento—. El dos está montado, hay que rodarlo de nuevo.
—¡De ninguna manera! —gruñó otro hombre rubio, con un acento que denotaba su procedencia de los condados del norte—. Antes habéis dado por buena una jugada semejante porque os convenía.
—Aquel dado estaba casi bien —intervino Guillermo de Montmorency, un muchacho tan fornido como el anterior y en cuyos ojos azules había un brillo irónico. Y mirando desdeñoso al último que había hablado, añadió—: No saldréis de aquí con bien si no se repite esa jugada.
El tono era de amenaza. Sus miradas se encontraron retándose. El hombre buscó la empuñadura de la daga que le colgaba del cinto.
—Déjale que eche el dado de nuevo, Gunter —razonó el tercero de los mercaderes intentando calmarle—. Tendría que sacar un seis; demasiada suerte. No merece la pena la trifulca.
—El dado de antes estaba más montado que este y se aceptó por bueno —rezongó Gunter, sin apartar la mirada de los ojos de su contrincante. La lengua se le trababa por el vino y el coraje.
Guillermo sonrió enseñando los dientes y colocando también la mano sobre su puñal en amenaza.
—¡Por san Dimas, Gunter! —exclamó el prudente, sujetando a su compañero del brazo—. Tenemos la partida ganada; te está provocando y aquí somos forasteros. ¡Deja que tire el dado!
La mirada se mantuvo mientras Guillermo ampliaba su sonrisa triunfal. El otro apartó la vista y dijo:
—¡Tirad de una vez, maldita sea!
Guillermo cogió el dado y, ocultándolo de la luz de los candiles con la sombra de su mano grandota, lo sacudió en alto, haciendo un hueco entre sus manos, para lanzarlo rodando sobre la tabla. Todos contuvieron la respiración y el ruido de la pieza de hueso saltando en la madera sonó diáfano, hasta que fue a pararse junto al mismo desnivel donde se detuvo el dado anterior.
—¡Un seis! —rugió Guillermo—. ¡Ganamos nosotros! —Y su compadre Amaury empezó a reír a carcajadas.
—¡No puede ser! —gritó Gunter—. ¡Ha cambiado el dado!
—Un seis, hemos ganado. Partida terminada —insistió Guillermo, mientras recogía el dado y lo guardaba en su faltriquera.
—¡No lo escondas! —advirtió el mercader.
El muchacho le miró mientras golpeaba su bolsa sonriendo triunfal.
—No te vas a burlar de mí, petimetre —gruñó Gunter, y la hoja de su daga brilló buscando las tripas de su adversario.
Este lo esperaba y dio un paso atrás esquivándolo, aun sin poder evitar que el estilete rasgara su túnica y penetrara hacia los intestinos. El pinchazo dolió, pero el muchacho se dijo que era una suerte que aquel necio no hubiera advertido que vestía una fina cota de malla de acero bien trenzado bajo el ropaje exterior y que lanzara su golpe en lugar equivocado. Pudo sujetar la muñeca del agresor con su mano izquierda, evitando la siguiente puñalada, mientras que su derecha aferraba uno de los cubiletes de madera maciza ahuecada que servían de tazones y lo levantó por encima de su cabeza, esparciendo el vino que contenía por el aire, para estrellarlo contra el rostro de su atacante. Este tiraba del puñal sin poderse librar de aquella zarpa que lo sujetaba, intentando mientras cubrirse la cara ensangrentada con su mano izquierda. Pero Guillermo, usando el pesado tazón cual maza, golpeó con todas sus fuerzas la mano protectora y esta, la cara. Los huesos crujieron y Gunter trastabilló hacia atrás. Uno de los mercaderes quiso sujetar al joven por la espalda, pero se encontró con un pinchazo en el cuello. Amaury se había interpuesto y, apuntándole con su daga bajo la barbilla, le hizo retroceder un par de pasos.
El tercer extranjero sacó su puñal, pero lo guardó apresurado cuando vio a dos individuos que, salidos de la oscuridad, le amenazaban blandiendo espadas. El siguiente golpe hizo que Gunter retrocediera varios pasos y, aunque pudo sujetar por unos instantes aquella maza que le machacaba la faz, al tropezar con un taburete y caer de espaldas, soltó a su contrincante y su propio puñal. Guillermo de Montmorency se abalanzó sobre el caído y le martilleó, ya en el suelo, ferozmente.
—¡Dejadle, por piedad! —suplicaba el mercader prudente—. Habéis ganado de buena lid! ¡Quedaos con todo el dinero! Pero dejadle, por la Virgen, ¡que lo vais a matar!
Amaury intervino para frenar a su primo, que jadeaba excitado, aunque sonriente, al incorporarse. Y al fin, del tenebroso lucio donde la luz de los candiles no alcanzaba, los vencidos pudieron retirar a Gunter, que mostraba un rostro ensangrentado. Los tres fueron expulsados a patadas con gritos de ¡Montfort y Montmorency!, que tuvieron que corear, una vez fuera de la posada, amenazados por las espadas de los escuderos.
Los primos se repartieron las monedas de la mesa y, acomodándose en los bancales, invitaron a sus escuderos, que les llenaron los tazones de vino, y los cuatro brindaron. Mostrando el polémico dado, Guillermo lo rodó varias veces obteniendo siempre un seis. Celebraron la hazaña con risotadas y Amaury, achispado y feliz, subió sobre la mesa y, alzando su cubilete lleno de vino, se puso a cantar en latín goliardo:
Soy el abad de la Zizaña,
el que a bebedores acompaña
y a san Dado mi vida consagro.
Guillermo se unió a él encima de los tablones, mientras simulaba unos pasos de danza. Desde abajo, los escuderos animaban coreando la letra y dando palmas.
De repente, Amaury, que al bailar con su primo le había sujetado de la cintura, notó un contacto húmedo y cálido.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Es sangre! ¡Ese bastardo te ha herido!
—No, no es nada.
—Sí que lo es —dijo Amaury mostrando su mano teñida de rojo.
Y dio gritos para que despertaran a las criadas y los escuderos se apresuraron complacidos a hacerlo.
Las muchachas fingían dormir, a pesar del escándalo que producían sus parroquianos, sobre unos jergones de paja. Estaban orientados al fuego de la cocina y descansaban encima de unas bancas de altos respaldos que las protegían de corrientes de aire, dándoles una precaria intimidad.
El posadero hacía horas que junto a su familia se había refugiado en el piso de arriba dejando a las jóvenes fámulas la difícil tarea de lidiar con semejantes clientes. Lo hacía siempre que, pasada la hora, quedaban parroquianos conflictivos en la posada.
Las chicas se apresuraron a atizar el fuego para hervir unos paños y a limpiar la mesa donde tendieron a Guillermo.
En efecto, la herida era solo superficial. La puñalada que lanzó el norteño, sin duda mortal a no ser por la malla de acero, consiguió abrir algunas de las argollas, produciendo poco más que un rasguño.
María, que ya conocía a Guillermo de visitas anteriores, se afanó cariñosa en la cura del muchacho y, una vez detuvo la hemorragia, le colocó las vendas. Y besándole la mano, se retiró junto a la otra criadita a los jergones.
Ya vestido, y después de otro trago de vino, reanudaron los cantos.
Quien al alba me busque en la taberna,
desnudo andará de anochecida
repitiendo a gritos esa monserga:
¡ay, qué suerte tan cochina!
Pero al rato, Guillermo sintió nostalgia del suave contacto de las manos de María y de su tibio aliento.
Dejó a los demás con sus cantos y, sin advertirles, se fue hacia la lumbre, buscó bajo las frazadas con las que se cubría la muchacha y encontró sus pechos cálidos y abundantes.
Ella no pretendió ni sorpresa ni timidez ya que no era la primera vez que se complacían mutuamente. Se incorporó y empezó a besarle tirando suavemente de él, hasta que Guillermo estuvo bajo las ropas, en equilibrio precario sobre las tablas del banco.
La situación no había pasado desapercibida para los demás y Amaury fue bajando el volumen y el entusiasmo del canto hasta callar, y los escuderos le imitaron. Los amantes no contenían su arrullo amoroso y el caballero apuró el vino de su tazón de un trago y seguido de los escuderos se dirigió al hogar.
Solo quedaban brasas en la lumbre y poco podía ver Amaury de los trabajos de su primo, aunque no por eso, dado el murmullo de la pareja, desconocía por que capítulo andaban.
Excitado, se dirigió a la otra criada que se acurrucaba en su banco fingiendo dormir, pero, al no encontrar con sus tanteos respuesta favorable, empezó a quitarle las frazadas y a manosearla. Ella se defendió en silencio apartándole, hasta que él, impaciente, le soltó un manotazo y, amenazándola con lenguaje soez, puso todo su ardor y fuerza en la batalla, logrando la rendición del enemigo después de una resistencia inútil.
Tal como antes hicieron, los escuderos velaron desde la oscuridad, detrás de los bancos, por sus señores.
7
Done se crozan en Fransa e per tot lo regnat
can sabo que seran del pecatz perdonat.
[En Francia y en todo el reino se hacen cruzados
al saber que les perdonarán sus pecados].
Cantar de la cruzada, I, 8
Tal y como sus galenos exigían, después de yacer con las muchachas, los primos orinaron para limpiarse y decidieron hacerlo contra el portón de la posada, marcando territorio, mientras sus escuderos se ocupaban con los caballos en el establo.
Los orines humeaban al rociar la madera. Amanecía y ya los pájaros cantaban en las arboledas al borde del camino que conducía a París. Desde el interior de la posada se oían los gritos del patrón, que, descendido de su refugio en el piso superior, ya seguro de que aquellos peligrosos parroquianos se habían ido, lanzaba improperios a las criadas para que se levantaran a atizar el fuego y asear la casa.
—¿Por qué no liquidaste a ese bastardo? —inquirió Amaury de Montfort.
—No sé —dijo bostezando Guillermo de Montmorency—. Caridad cristiana, imagino.
Amaury rio.
—Guarda eso para cuando seas obispo —repuso—. Ese tipo te pudo haber matado.
Hacía frío y, habiendo terminado, se apresuró a subirse los calzones y bajarse la camisa, cota de malla y sayo que había mantenido arremangados durante el desahogo. Esperó a que Guillermo acabara con lo mismo y le dio un abrazo de oso, besándole con babas en la mejilla.
—Te quiero, primo —le dijo—. Y temo que un día un desgraciado de taberna te abra en canal.
Los primos conversaban entre bostezos al paso tranquilo de sus caballos. Aún oculta tras la bruma, la ciudad de París, protegida tras sus fuertes muros, estaba cercana y las puertas tardarían en abrirse. El hielo fino de los charcos del camino se quebraba bajo los cascos y los campos se mostraban escarchados y cubiertos de neblina, que se disiparía al contacto con el sol, si este decidía mostrarse.
—¿Qué tal la universidad? —inquirió Amaury.
—Mucho latín y se duerme mal en sus bancos.
Su primo rio.
—Serás un buen obispo, compondrás buenos sermones.
Guillermo se encogió de hombros.
—Es lo que la familia ha decidido, ¿no?
—Bueno, yo también tengo que casarme con una desconocida por alianza política —repuso Amaury consolándole.
—Quizá hasta sea guapa.
—O coja. ¿Qué más da? Igualmente consumaré.
—De eso estoy seguro —rio Guillermo.
—Tenemos parientes en las casas más poderosas de Francia, Borgoña y Flandes. Yo heredaré un condado, pero tú tienes buena cabeza. Serás obispo, y quizá te podamos hacer arzobispo o cardenal.
Guillermo bostezó.
—Quién sabe. Hasta podrías llegar a papa —continuó su primo.
—Si eso se puede ganar en una partida de dados…
Amaury soltó una carcajada.
—Te quiero, primo —repitió.
Varios pasos más atrás, encogidos sobre sus caballos, los escuderos comentaban la noche.
—¿Por qué no te acostaste con la criada? —inquirió Paul, el hombre de Amaury de Montfort.
—Mi señor no deja que lo haga con las que él lo hace —repuso malhumorado Jean— y menos con esa, a la que parece tener querencia.
El otro rio.
—Pero si el posadero la vende a cualquiera por unas monedas… Ni que fuera una dama.
—Mi señor no quiere. —Y se encogió más, como si de repente el frío húmedo le hubiera penetrado los huesos.
—Vaya mal amo.
—No siempre. En lo demás, se muestra generoso.
—Qué tipo raro.
—Quizá sea así porque es eclesiástico —aventuró el escudero de Guillermo.
—Vente conmigo a la cruzada contra los herejes —propuso Amaury a su primo después de un rato de silencio.
—No se me ha perdido nada en el sur y ya me divierto todo lo que quiero en París.
—Te perdonan todos los pecados que traigas más los que cometas, y habrá un buen botín. Incluso feudos.
Guillermo se encogió de hombros.
—No necesito botín y ya encontraré alguien aquí que perdone mis culpas.
—Debieras venir; los Montfort nos hemos comprometido con Arnaldo, el legado papal y abad general del Císter. Iremos todos —insistió Amaury—. Te conviene para tu futuro como obispo.
—Sí, pero… —El estudiante acercó su caballo al de su primo y bajó la voz en tono confidencial—. Hay una dama a la que pretendo. Y su marido se ha cruzado. Él pasará el verano en el sur matando herejes y, entonces, yo…
Amaury estalló en carcajadas.
—Eres un bribón, primo. —Y después le susurró a Guillermo—: ¿Sabes? Nuestra familia tiene una alianza especial con el legado. Me ha encargado una misión secreta.
—¿Cuál?
De pronto Guillermo notó que su primo vacilaba, como arrepintiéndose de lo que acababa de decir.
—¿Cuál? —repitió ante el silencio de Amaury.
Este carraspeó antes de responder:
—Bueno, tengo que asegurarme de que una dama muera durante la cruzada. Y también su padre.
—¿Una dama? —se escandalizó Guillermo—. ¿El legado quiere que mates a una dama?
—Sí, eso es.
—¿Y por qué?
—Es secreto.
—¿Cómo se llama?
—Bruna, y la apodan la Dama Ruiseñor. Es la hija del senescal de Béziers.
—Pues vaya mierda de misión. Prefiero quedarme en París dándole buena vida a una dama que tener que ir a Béziers a darle mala muerte a otra.
—Tampoco a mí me gusta eso.
—Pues no lo hagas.
—El apoyo del legado es importante para nuestra familia, y también para ti, piensa en tu futuro. Debieras acompañarme.
—No, primo; mi asunto en París me importa más.
Ambos continuaron un rato en silencio hasta que Guillermo preguntó pensativo:
—¿Por qué querrá el legado papal matar a una dama?
—Eso le pregunté yo también —contestó Amaury.
—¿Y qué te dijo?
—Dijo que todo lo que no necesitara saber y no supiera no me podía dañar.
—Parece una amenaza —bromeó Guillermo.
—Y lo es —repuso Amaury convencido—, pero insistí.
—¿Y qué dijo?
—Que el senescal cometió una falta muy grande contra Dios y la Iglesia. Y que él y su descendencia deben pagar por ello.
—Suena a castigo bíblico —murmuró Guillermo.
—Recuerda que es un secreto que me debes guardar.
Guillermo afirmó con la cabeza mientras continuaba dándole vueltas a aquel extraño asunto.
Desde alguna rama oculta por la neblina, un ruiseñor, heraldo de primavera, cantó.
8
Anc mais tan gran ajust no vis, pos que fus nat
con fan sobre.ls eretjes e sobre’ls sabatatz.
[Nunca en mi vida viera tanto gentío
como él contra herejes y valdenses reunido].
Cantar de la cruzada, I, 8
No preguntes lo que no quieres saber, dice el refrán. Jamás debiera haber preguntado yo aquella mañana de primavera, y a veces me siento culpable cuando pienso que fue mi pregunta y la terrible respuesta que recibí lo que desencadenó tanta pérdida, tanto dolor. Dios es clemente haciéndonos ignorantes de nuestro destino.
Recuerdo que era una mañana transparente, hermosa, fría aún, de inicios de primavera. Y era jueves, el día grande de mercado en Béziers, el mejor de la semana para nosotras. Me encantaba curiosear los tenderetes y a mi ama, doña Bernarda, más aún. A los puestecillos habituales de cacharros, verduras, aves, conejos y corderos, se sumaban aquel día los de mercaderes ricos, con aromáticas especias, brocados, sedas, cajas de marfil o maderas nobles y perfumes…
A las once de la mañana, cuando salíamos a pasear, antes de la misa de doce, el mercado estaba abarrotado de gente, de gritos, colmado de colores vibrantes, rebosante de olores y mi ama no se cohibía en empujar o soltar un bramido con su fuerte acento de oíl a algún villano, para abrirme paso.
Yo estaba exultante. Hugo de Mataplana, ese juglar de modales de caballero, había reaparecido en la ciudad y en aquel momento seguía mis pasos mostrándose sonriente, pero se ocultaba, travieso, de la ceñuda mirada de mi ama entre la multitud. Yo no podía evitar corresponder con mi sonrisa a la suya. Sin duda, él era audaz y exageraba, cómico, el temor a mi voluminosa ama. Cuando, al cruzarnos apretujados entre la gente, vi que se agachaba como para recoger algo y noté un tirón en mi falda, me quedé estupefacta. Doña Bernarda iba adelante atareada, apartando a la chusma, y yo, impedida de seguirla, sin arriesgarme a perder la parte baja de mi vestido, me detuve sin saber qué hacer. Descarté de inmediato delatar a Hugo. ¡Menudo escándalo hubiera organizado mi ama! Pero él me devolvió la libertad enseguida, tras un instante para mí eterno entonces, pero que después, al recordarlo, se me antojaba demasiado corto. Besó el borde de mi falda, sonrió otra vez y, acercándose a mi oído, me recitó algo sobre las penas de amor que le causaba la Dama Ruiseñor.
No era la primera vez que furtivamente habíamos intercambiado palabras, pero en esta quedé como flotando en una nube. Estaba acostumbrada a que me dedicaran trovas galantes. En casa de mi padre lo hacían todos los juglares que allí paraban, pero Hugo era especial. Era la comidilla de las damas y los rumores le hacían noble, hijo de un barón catalán, aunque él se hacía pasar por simple juglar trotamundos. Tenía deje sureño al hablar la lengua de oc y usaba alguna palabra foránea rimando sus poemas. Eso nos hacía concluir que además de juglar era trovador, siendo la mayor parte de lo cantado composición propia. Además, sus misteriosas idas y venidas, y los rumores de sus aventuras galantes, no hacían más que aumentar el interés y las especulaciones. Sumando los dimes y diretes femeninos sobre su persona a su apostura y sonrisa, se entenderá que el corazón me batiera alocado y los colores me vinieran a las mejillas al oír el verso, furtivo, que me dedicaba.
¡Quizá quisiera pedirme que fuera su dama!
Cuando Hugo desapareció, arrastrado por el gentío, me quedé emocionada e impaciente. ¿Cuándo me solicitaría? Fue entonces cuando doña Bernarda paró en un tenderete fascinante; el del genovés que trataba en sedas. Allí estaban colgados, como pendones de combate, tejidos maravillosos en púrpura, azul, blanco, con caprichosos dibujos… y tremolaban con la brisa. Era irresistible y nos detuvimos a acariciar aquellas bellezas. Pero mi atención no iba con la mercancía ni atendía a los comentarios de mi ama y cuando esta se puso a regatear a partir de un precio que demostraba que no pretendía comprar, sino solo exhibirse con aquel mercader que le gustaba, decidí apartarme y observar con disimulo si Hugo me acechaba. Pero no le vi y buscándole, disimulada, fui andando hacia los soportales. Allí la encontré.
Acostumbraba a vender su mercancía de hierbas medicinales, extendida en el suelo sobre hatillos de tela, que servían de envoltorio. La llamaban Sara la judía y decían que era bruja. Aquella mañana Sara se había situado en uno de los extremos del mercado, a la entrada de una bocacalle, medio oculta tras una columna. Cuando le pedí que me leyera el futuro para averiguar si el muchacho que me gustaba me pediría prenda de dama y le tendí la mano, ella se negó, dijo que no hacía eso. Pero soy insistente cuando quiero algo, así que a la tercera negativa, saqué un sueldo que había ocultado de mi ama en un bolsillo de la falda y se lo ofrecí. Negó con la cabeza, pero sus ojos no podían apartarse de la moneda, que quizá representara sus ganancias de una semana. Yo le dediqué mi sonrisa más dulce y junto a ella coloqué el dinero, y añadí un por favor. Ella sabía que se arriesgaba mucho, me hizo una seña y en la sombra que proyectaba la columna extendió un pañuelo negro bordado con una estrella de seis puntas en blanco. De un saquito también negro hizo caer unos objetos dentro de un cuenco de madera y, tapándolo con una mano, los agitó con cuidado para luego desparramar su contenido sobre el pañuelo.
Eran huesecillos, mondos, lirondos y blanquísimos, que se extendieron sobre el paño. La mujer fue señalándolos mientras murmuraba. Parecía leer, dependiendo de en qué lugar, dentro o fuera de la estrella, hubieran caído cada uno.
—Él será vuestro trovador, quizá vuestro caballero. Pero difícilmente más —dijo al fin. Estaba muy seria y se quedó mirándome en espera de mi siguiente pregunta.
—¿Por qué? ¿No es noble?
—Sí lo es.
—¿Le gusto?
—Os ama.
No pude disimular mi alegría palmoteando como una niña.
—Entonces ¿nos podríamos casar?
—Un gran poder se opone…
—¿Cuál?
Ella recogió los huesos dentro del cuenco y, agitándolos de nuevo, los esparció sobre el pañuelo. Estuvo largo rato señalando uno y otro, murmurando para sí, arrugando su frente y luego me miró con ojos que denotaban temor y dijo precisamente eso:
—La rata devorará al ruiseñor occitano.
Aún hoy oigo el silbido del aire en su boca de pocos dientes.
—¿Qué? —me alarmé.
—Sí —dijo ella señalando los huesos, y me fijé en que uno de ellos parecía el cráneo de un pequeño roedor y otro, el de un pájaro—. Mirad. Uno está en la punta de la estrella que dice «comer» y el otro «ser comido».
—¿Pero quién es la rata?
—Los esbirros del papa.
—¿El papa? —repetí como tonta—. He oído decir a mi padre que el pontífice de Roma está muy molesto por culpa de los cátaros —dije después—, pero solo es contra los herejes.
—No es solo contra ellos. Lo está contra los nobles, contra los burgueses que no se someten a sus obispos.
—Entonces, el ruiseñor occitano…
—El ruiseñor occitano es vuestro mundo. Todo él. Sois vos —confirmó tendiéndome la mano; quería su pago.
—Esperad, no me has dicho casi nada…
—Os he dicho que él os ama, quedaos con el amor.
—Pero dijisteis que es noble. Quiero saber si puede llegar a ser…
—La respuesta está rodeada de horrores, no queráis saber más, dama Bruna —su voz era triste, suplicaba—; no me hagáis mirar de nuevo. El futuro solo está en manos de Adonai, el Señor, y mis huesos no responden solo a vuestras preguntas, hablan de otras cosas, cosas que no queréis saber. A veces, Adonai castiga a quien pretende descubrir lo que Él quiere ocultar. Dadme mi moneda y rezad.
Sentí miedo y un escalofrío en forma de temblor sacudió mi cuerpo, le di la moneda y ella empezó a recoger su tenderete de forma precipitada, como huyendo del desastre, mientras yo trataba de asimilar lo oído. Cuando regresé con mi ama, esta me regañó por haberme escapado y, tomándome por el codo, me condujo presurosa a la iglesia. La misa estaba a punto de empezar.
Me dije que me estaba bien empleado por preguntarle a esa bruja embaucadora. Sin embargo, olvidándome de Hugo, en la iglesia me concentré como nunca en los rezos; no pensaba más que en mi súplica:
—Señor, que no sean ciertos los horrores. Que se equivoque esa mujer…
9
El l’abas de Cistels, qui Dieus amava tant,
que ac nom fraire Arnaut, primier el cap
denant.
[El abad del Císter, al que tanto Dios amaba,
y cuyo nombre era Arnaldo, los legados
lideraba].
Cantar de la cruzada, I, 4
París, abril de 1209
Guillermo de Montmorency esperaba de pie. Hacía un buen rato le introdujeron en aquel austero salón que servía de despacho del prior de la universidad. Dos ventanales vidriados dejaban ver la lluvia que empapaba París en aquella mañana oscura.
Había saludado, pero el viejo le ignoraba y, mojando su pluma en el tintero, escribió sobre un pergamino. No era la primera vez que se enfrentaba a aquella situación y lo que vendría después. Otra reprimenda, otra advertencia. Curioso, se preguntaba qué le habrían contado al prior en esa ocasión.
De repente, este levantó la vista de su escrito y sin más preámbulo le espetó:
—Olvidaos de alcanzar un obispado, no llegaréis ni a cura de iglesia pobre.
Guillermo observó inquieto al prior Gerard, que le miraba severo. Aquello tomaba un rumbo desconocido; jamás el viejo se había pronunciado tan contundente, jamás le había amenazado así, le preocupaba la ausencia de su acostumbrado tono paternal. Decidió callar hasta saber de qué le acusaba.
—Faltáis a muchas de las lecciones, sois un libertino. Bebéis, jugáis, fornicáis.
Nada de aquello era nuevo, se decía Guillermo. ¿Por qué estaba tan enojado el prior?
—Hace unos días violentasteis a unos mercaderes de los condados del norte…
Guillermo continuó en silencio, apartó sus ojos de la mirada severa de su interlocutor y recorrió la habitación con la vista. Buscaba argumentos para su defensa; tenía que sobreponerse a la sorpresa que la inusual actitud del prior le causaba. Repasó uno a uno los pocos muebles austeros, los ventanales, una celosía interior y la puerta.
El prior se levantó, enfrentándose a Guillermo.
—El papa Inocencio III ha decidido terminar con clérigos vagos, libertinos y corruptos. No hay lugar para vos en la Santa Iglesia de Roma.
El muchacho lo miró asombrado.
—¿Qué estáis diciendo?
—Que vuestros estudios eclesiásticos han terminado, podéis volver a las tierras de vuestro padre.
Guillermo construyó rápidamente el escenario de lo que su expulsión comportaba. Las tierras, castillos y la mayor parte de los bienes iban, junto al título nobiliario de Montmorency, para su hermano mayor. Algo quedaría para la dote de su hermana, pero poco para él. En contrapartida, la potencia política y económica de los clanes Montfort, Montmorency y de sus aliados ya se había puesto a funcionar para conseguir su rápido progreso hacia la obtención de un obispado importante. Y de sus abundantes rentas. Pero el objetivo principal de todo ese esfuerzo por parte de la familia no era solo su bienestar económico, sino que ambicionaban el poder y prestigio que contar con un obispo en el clan comportaba. La amenaza del prior Gerard malograba sus planes, se perdían años de esfuerzos e intrigas. No quería imaginar la cólera de su padre y de su tío cuando se enteraran.
—Pero… —balbució— no podéis hacer eso. No me podéis echar sin más, sin aviso previo…
—Os he avisado ya suficiente.
—No, no podéis echarme —afirmó Guillermo, aparentando una seguridad que no tenía.
—¡Claro que sí! —afirmó el prior irritado.
El muchacho se quedó observándole, ponderando la reacción de su oponente. Pensaba a toda velocidad en cómo salvarse de aquello, en cómo recomponer la situación. Allí había algo muy raro. Y de pronto, se le ocurrió que el viejo estaba fingiendo.
—¿Quién se esconde tras la celosía? —inquirió señalando al enrejado de la pared.
—¿Qué?
—Vos habéis estado actuando para alguien, esta no es vuestra forma de ser. Alguien detrás de la celosía nos observa.
—¿Por qué creéis eso?
—Porque jamás os atreveríais a expulsarme sin antes hablarlo con mi padre, y este hubiera recurrido al rey. No tenéis la autoridad. Por alguna razón queréis asustarme y si os comportáis de forma tan distinta a la habitual, es porque actuáis para alguien más poderoso que vos.
Era ahora el prior de la Universidad de París quien miraba asombrado. Se había quedado en silencio. Guillermo se lanzó hasta la celosía intentando arrancarla, pero el maderamen estaba muy bien sujeto, no iba a ceder. Miró por el entramado y vio como una figura se movía en la oscuridad, saliendo de la estancia.
—¿Quién es? —gritó—. ¿Quién estaba aquí?
Se volvió hacia el prior interrogante, pero no tuvo tiempo de formular una nueva pregunta. La puerta de la estancia se abrió y un imponente personaje cruzó el umbral. Era alto, de unos cincuenta años, de andar y ademanes seguros, y vestía capa y bonete púrpuras. Guillermo anduvo unos pasos atrás, como intentando protegerse, conforme el hombre se desplazaba hasta el centro de la sala.
—Arnaldo Amalric —anunció el viejo—, abad general del Císter, antiguo prior de Poblet y legado con plenos poderes del papa.
Guillermo intentaba reponerse de la sorpresa pensando aún más aprisa, mientras se acercaba sumiso al prelado e, hincando la rodilla, le tomaba la mano para besársela. Al serle concedida esta, el muchacho se tranquilizó algo, aún sin dejar de preguntarse qué pintaba allí semejante jerarca.
—Yo sí puedo expulsaros a pesar de vuestro padre y del rey —afirmó Arnaldo altivo.
Guillermo se mantuvo en genuflexión y cabizbajo, convencido de que la humildad era la virtud que más le convenía en ese momento. Mientras, el legado papal empezó a moverse a sus espaldas al tiempo que hablaba con el prior.
—Decidme, prior Gerard —su voz sonaba potente—, ¿qué motivos podríamos tener para aceptar en nuestra comunidad eclesiástica a semejante individuo? ¿Veis alguno?
El prior no respondió mientras Arnaldo llegaba al fondo de la sala, se sentaba en una silla e invitaba a Gerard a hacer lo mismo. Guillermo continuaba semiarrodillado y de espaldas a ellos.
—El prior no ve ningún motivo —continuó el abad del Císter—. Venid aquí, dadnos vos alguna razón para que, a pesar de vuestro historial violento, libertino y pecaminoso, no os echemos ahora mismo.
El muchacho obedeció y, recuperado su aplomo, se plantó frente a los dos eclesiásticos.
—Me enmendaré, padre —dijo.
—¿Y qué más? —interrogó Arnaldo.
—Cumpliré con eso tan especial que me queréis pedir.
—¿Que os queremos pedir algo?
—Sí, padre —conforme crecía en seguridad, más le costaba a Guillermo mantener su tono humilde.
—¿Qué os hace pensar tal cosa?
El muchacho clavó sus ojos en los del abad del Císter y repuso con un toque arrogante:
—Es sencillo, padre. El prior Gerard no puede expulsarme sin más. Vos sí, pero sois demasiado importante y estáis demasiado ocupado predicando la cruzada como para preocuparos por un tem
