PRÓLOGO
Hay historias que nacen de un susurro, de una voz que apenas se atrevía a existir. Que se quedan atrapadas entre recuerdos confusos y emociones reprimidas, esperando el momento justo para salir a la luz. Historias que, cuando por fin se cuentan, tienen la capacidad de conmover, de incomodar y también de despertar conciencias.
La de Shari Franke es una de esas historias.
Durante años, millones de personas siguieron su vida a través de una pantalla. La vieron crecer junto a sus hermanos, jugar con ellos, celebrar cumpleaños, ir de vacaciones… Para muchos, eran la imagen de la familia perfecta. Pero lo que se muestra a través de la cámara no es siempre lo que sucede cuando esta se apaga.
La casa de mi madre es el intento valiente de una hija por recuperar su voz, por contar el abuso oculto tras las paredes de un hogar aparentemente feliz. Pero esta obra no es solo un relato autobiográfico, también es un espejo en el que nos vemos reflejados como sociedad: consumidores de vidas ajenas y testigos pasivos de comportamientos que jamás aceptaríamos si sucedieran fuera del mundo virtual.
El testimonio de Shari Franke no solo es valioso por exponer un problema actual que pocos se atreven a mencionar: la explotación infantil en redes sociales; lo es, principalmente, por ser la primera obra de no ficción sobre sharenting, escrita de puño y letra por parte de la víctima. Y ahí reside su importancia.
A través de sus vivencias, la autora destapa una sociedad adultocentrista, en la que algunos padres llegan a considerar que sus hijos son una extensión de sí mismos, una propiedad privada que pueden exponer, manipular o controlar a voluntad.
La falta de límites legales abre la puerta a nuevas formas de abuso que, aunque disfrazadas de amor o educación, terminan atentando contra la dignidad y la integridad de las infancias. Cuando los hijos son vistos como propiedades, desaparece el respeto por su privacidad y sus derechos se diluyen bajo la idea de que los padres siempre saben lo que es mejor. Lamentablemente, no siempre es así.
Este discurso se ha usado durante años para justificar comportamientos autoritarios, pero en la era digital cobra nuevas formas: desde la exposición de la vida íntima en redes sociales hasta el castigo ejemplar grabado y compartido como contenido educativo.
Los niños expuestos en las redes no solo pierden el derecho a decidir sobre su imagen y su intimidad, sino que también se ven obligados a vivir bajo la mirada pública. La ausencia de regulación en el entorno digital ha hecho que muchos padres, sedientos de fama y de dinero, pierdan la noción de los límites éticos, llegando incluso a cometer abusos impensables, como en el caso de Shari.
El problema no reside únicamente en la exposición, sino en el mensaje que se transmite: que los niños no tienen derechos y que sus vivencias pueden ser monetizadas para cubrir las necesidades de los adultos.
En la actualidad se están normalizando prácticas muy dañinas, ya que se perpetúan modelos de crianza que ponen en riesgo el bienestar emocional de generaciones enteras.
Por eso, Shari no escribe desde el resentimiento, sino desde la necesidad de sanar y de proteger a otros niños que, como ella, han crecido creyendo que tienen la obligación de estar siempre disponibles para los demás.
Porque, al final, esta historia va sobre todos nosotros. Sobre qué clase de espectadores somos. Sobre cuántas veces callamos ante lo que nos incomoda. Ella nos invita a mirar a través de sus ojos. A preguntarnos, con sinceridad, si el entretenimiento justifica cualquier cosa. Y a recordar que todos esos niños que vemos a diario en las redes tienen unos derechos que deberían ser respetados.
No es fácil leer a Shari sin removerse por dentro. No es fácil acompañar a unos niños que vivieron la peor de sus pesadillas dentro de su propio hogar. Pero es necesario, porque hay historias que nacen de un susurro, pero cuando encuentran su voz tienen el poder de cambiar el mundo.
NATALIA DÍAZ (@medianochetube)
Te conduciría y te llevaría a la casa de
mi madre; ella que solía enseñarme.
CANTAR DE LOS CANTARES 8, 2
BIBLIA
INTRODUCCIÓN
Por fin
30 de agosto de 2023
Era un miércoles, al principio de un nuevo curso en la universidad, y me encontraba encorvada sobre mi escritorio abarrotado, ahogándome en un mar de programas de estudios y tareas de lectura para la primera semana. Estaba leyendo las páginas por encima, pero mi mente se negaba a centrarse y mis pensamientos no dejaban de volver a mis cinco hermanos.
Había transcurrido un año desde la última vez que había escuchado sus voces y visto sus caras, y la idea de que siguieran atrapados en esa casa me estaba comiendo viva. A pesar de todos mis esfuerzos —las incontables llamadas telefónicas, las súplicas desesperadas a cualquiera que quisiera escucharme—, parecía que no había nada que pudiéramos hacer para alejarlos del peligro.
Sonó mi móvil y el nombre de nuestra vecina apareció en la pantalla. El corazón se me detuvo un instante; cada llamada de aquella vecina era como una cuerda salvavidas. Significaba alguna novedad sobre mis hermanos. Significaba que todavía estaban vivos.
—Shari, ¡la policía está en casa de tu madre! —Las palabras explotaron a través del altavoz, sin tiempo para saludos—. ¡Han sacado las pistolas y están a punto de echar la puerta abajo!
El corazón se me constriñó en el pecho mientras unas imágenes vívidas y horripilantes inundaban mi mente. Unas figuras sin rostro y de uniforme sacando pequeñas bolsas para cadáveres de la casa de mi madre.
El pensamiento apareció en mi mente: «Ha ocurrido. Están muertos».
Aturdida, cogí las llaves del coche y salí corriendo. El trayecto desde mi piso de estudiante hasta la casa de mi madre en Springville normalmente duraba veinte minutos, pero ese día fue una eternidad comprimida en momentos de pánico ciego.
No había vuelto a estar en esa casa desde que Ruby había renegado de mí un año antes. Ruby, la autoproclamada santa de la maternidad. Ruby, quien había convertido mi vida en una versión surrealista de El show de Truman para sus discípulos de las redes sociales. Ruby, quien nos había sometido a mis hermanos y a mí a su retorcida interpretación del crimen y el castigo durante toda nuestra vida; hasta que llegó Jodi, que añadió unos terroríficos sabores nuevos de sadismo al régimen.
Jodi. Nuestra propia líder de secta de la familia, una falsa profeta que irrumpió en nuestra vida como un huracán y convirtió a mi madre en una acólita aduladora y deslumbrada que se tragaba todas y cada una de sus palabras demenciales como si se tratara de agua bendita. Mi padre, que había sido una vez nuestra ancla, fue expulsado, lo que dejó a Ruby y a Jodi solas para gobernar sin oposición a mis hermanos pequeños que todavía estaban allí con ellas.
Conduje a través de las calles de Springville, que tan bien conocía, con una furia sorda y demasiado familiar hirviendo a fuego lento dentro de mí mientras avanzaba a través de la tranquilidad de la zona residencial. ¿Por qué nadie tenía ninguna información acerca de mis hermanos? ¿Por qué los habían sacado del colegio? ¿Por qué nadie podía protegerlos del peligro?
Tanto los vecinos preocupados como yo habíamos enviado incontables advertencias al Departamento de Servicios para la Infancia y la Familia y a las fuerzas de seguridad. Yo me había pasado un año prácticamente gritando desde los tejados. Y, aun así, a pesar de las evidentes señales de que había problemas, nadie había hecho nada al respecto. Las banderas rojas que habíamos alzado bien podrían haber sido invisibles, y el sistema que se suponía que tenía que proteger a mis hermanos los había dejado a merced de dos mujeres borrachas de delirios y poder desenfrenado.
Viré hacia nuestra somnolienta calle sin salida y me encontré con una zona de guerra. Los coches de policía formaban una barricada de luces parpadeantes. Los equipos SWAT merodeaban por nuestro jardín delantero. Había vecinos apiñados en las aceras, con las caras llenas de miedo y fascinación.
Salí de mi coche y un agente se interpuso en mi camino, con la cara como una lápida.
—No puedo dejarla pasar más allá de este punto, señorita.
—Pero ¡esa es mi casa! —supliqué—. Mis hermanos… ¿están bien? ¿Dónde están?
Oí unos fragmentos de voces por la radio. ¿Era el nombre de mi hermano lo que había oído?
—Por favor —le rogué—. ¿Puede contarme alguien lo que está pasando?
Otro agente se acercó a mí y habló con tono urgente.
—Señorita, ¿podría decirnos la distribución de la casa? ¿Hay alguna caja fuerte? ¿Pistolas?
Entre lágrimas, le di la información que necesitaba: siete dormitorios, seis cuartos de baño en los que una vez nos habíamos dado empujones para tratar de conseguir espacio frente al espejo, algunas pistolas guardadas bajo llave, una despensa que podría aguantar un apocalipsis. Cada estancia contenía el eco de los fantasmas de quienes habíamos sido una vez.
Entonces, estalló el caos. La puerta de entrada quedó hecha trizas bajo la embestida del ariete. Los agentes irrumpieron en la casa como avispones furiosos. Yo me quedé plantada donde estaba, observando.
«Por favor, Dios. Que estén vivos», recé.
Un pensamiento surrealista burbujeó dentro de mí. Aquel momento, aquel clímax del descenso a la locura de mi familia, tenía que quedar documentado, preservado y compartido en las redes sociales. Al igual que había ocurrido con cada sonrisa forzada, con toda la perfección escenificada.
Saqué mi teléfono móvil, con las manos firmes a pesar de la locura a mi alrededor.
«Encuadrar la imagen. Sacar la foto».
El texto cristalizó en mi mente, unas pocas letras que cargaban con el peso de los años: «POR FIN».
«Subir a Instagram. Compartir».
Aquella pesadilla había nacido en las redes sociales, así que también debía morir allí.
PRIMERA PARTE

El
jardín
de
las
delicias
CAPÍTULO 1
Eternamente unidos
Tengo un sueño recurrente. Siempre comienza de una forma preciosa.
Una luz etérea baña unos campos ondulados que llegan tan lejos como alcanza la vista. Una sensación de profunda paz me invade por completo al darme cuenta de que esto debe de ser el cielo. Mi viaje terrenal ha terminado.
El paisaje cambia y se vuelve familiar, pero al mismo tiempo parece de otro mundo. Los seres queridos que he perdido aparecen en la distancia, con rostros radiantes. Avanzo hacia ellos, ingrávida y ligera, y los abrazo entre lágrimas de felicidad. «Esto es el paraíso —pienso—. Esto es la paz».
Entonces veo esos ojos. Fríos e inflexibles, clavándose en mí con un poder tan ancestral como las estrellas. Es ella. Ruby.
De repente, la voz de Dios retumba a mi alrededor, haciendo temblar hasta los mismos cimientos del cielo:
—Hija mía, ¡has hecho mal al desafiar a tu madre!
Me despierto de golpe, con el corazón latiendo con fuerza, y, durante un momento, el terror permanece ahí: ¿es que nunca podré verme libre de ella, ni siquiera en la otra vida?
Mi madre nació con el nombre de Ruby Griffiths el 18 de enero de 1982 en Logan, en el estado de Utah. Fue la primera de los cinco hijos de Chad y Jennifer Griffiths, cuyas familias habían sido miembros devotos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días desde hacía generaciones.
Cuando Ruby era joven, su familia se mudó a Roy, en Utah, una pequeña ciudad donde dicha Iglesia moldeaba casi todos los aspectos de la vida. En aquella comunidad tan unida, los días giraban en torno al estudio de las Escrituras, la vida sin vicios y, por encima de todo, la familia. Al fin y al cabo, esa es la piedra angular de nuestra fe.
Como era la hija mayor en un hogar estricto y conservador, la infancia de Ruby no se centraba tanto en los juegos como en la responsabilidad, y recibió la tarea de ayudar a criar a sus hermanos pequeños. Puedo imaginarme fácilmente a una joven Ruby con la espalda recta y los ojos decididos, cumpliendo las expectativas de su familia con un sentido de recto propósito, esperando con entusiasmo el día en que ella tuviera su propia familia, disfrutando de la idea de ser por fin la que creara las reglas y moldeara su hogar exactamente como le pareciera conveniente. Para Ruby, la maternidad no era solo un papel para el futuro: era la cúspide de sus aspiraciones, la única cosa que siempre había querido para sí misma por encima de todo lo demás.
Su reverencia por la maternidad no es poco común en la teología de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con la que me crie. En mi fe, convertirse en madre es una vocación espiritual del más alto nivel, una oportunidad de emular la divinidad y participar en el gran tapiz de la creación. Tal vez esa fuera la razón por la que Ruby no veía las consecuencias físicas —las incomodidades del embarazo, el dolor desgarrador del parto— como obstáculos que superar ni cargas que soportar. En vez de eso, se trataba de pruebas sagradas, oportunidades para demostrar su fe inquebrantable en el plan de Dios y garantizar su lugar en la otra vida celestial, junto a los ancestros consagrados que habían recorrido ese camino antes que ella.
En cuanto cumplió los dieciocho años, sonó el pistoletazo de salida en la carrera de Ruby hacia la exaltación eterna, y mi madre se embarcó en su misión para poblar no solo su hogar terrenal, sino también su mansión celestial.
Pero, primero, necesitaba un marido.
En el año 2000, cuando la Ruby de dieciocho años puso el pie por primera vez en el campus de la Universidad Estatal de Utah, tan solo tenía una cosa en mente: cazar un hombre. Sí, había escogido la contabilidad como su especialización, pero, para ella, la universidad nunca fue un lugar donde aprender, sino un lugar donde encontrar una pareja para poder casarse, formar una familia y comenzar a cumplir con su propósito divino lo antes posible.
En un tablero de visión codificado por colores, Ruby estableció las cualidades clave que necesitaba en un hombre. «Doce centímetros más alto que yo», «Guapo», «Coche pagado», «Ingeniero». (Su propio padre era ingeniero, así que tal vez le gustaba la idea de que la historia se repitiera). Y no hace falta decir que su hombre ideal tenía que ser devoto de la Iglesia.
Entonces apareció mi padre, Kevin Franke: un estudiante de último curso que vivía en el campus, de veintidós años de edad, cuatro más que ella. Estaba a punto de terminar sus estudios de Ingeniería Civil y era básicamente un producto de su fe en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Era doce centímetros más alto que Ruby (bien), tenía una mandíbula cincelada (era guapo; doble bien) y su agudo intelecto y su ambición dejaban entrever un futuro prometedor.
Además, parecía muy… agradable. Kevin exudaba una amabilidad genuina y tenía un aura tranquila que era como un bálsamo para el intenso espíritu de Ruby. Al fin y al cabo, ella no tenía ningún interés en las luchas de poder; lo que necesitaba era a alguien lo bastante relajado como para que le permitiera tomar las riendas sin oponer demasiada resistencia, un copiloto que se contentara con dejar que ella llevara el timón de su viaje compartido, que pagara las facturas y que le diera los hijos que anhelaba.
Kevin había nacido el 9 de octubre de 1978 en Ogden, Utah, y era el más joven de siete hermanos, doce años enteros por debajo del hermano al que más se acercaba en edad. La llegada tardía de Kevin lo convertía en una especie de anomalía: mientras sus hermanos transitaban por el instituto y la vida posterior, él todavía estaba aprendiendo a atarse los zapatos, y sus días se sucedían entre una neblina de aventuras por el vecindario y ver deportes en la televisión, supervisado por unos padres que ya lo habían hecho todo antes.
A la madre de Kevin no le gustaba cocinar ni tampoco la repostería; la vida giraba en torno a las comidas precocinadas, la televisión y las conversaciones sobre la fe. En la casa solía haber un ambiente relajado, sin demasiadas normas; un entorno tranquilo que esculpió a Kevin para convertirlo en un hombre amable y equilibrado.
Al igual que Ruby, Kevin estaba entregado a encontrar a su compañera espiritual; la futura madre de los hijos que esperaba poder criar según las enseñanzas del evangelio. Pero había ido a la universidad para aprender, para asegurarse su futuro, y no tenía ninguna prisa por conocer a su esposa. Al menos, hasta que vio a Ruby.
Fue él quien la vio primero, moviéndose por la sala en un evento con perritos calientes de la semana de bienvenida del campus. Ruby, la indiscutible abeja reina, revoloteaba de un hombre a otro, y su confianza seductora no se parecía a nada que él hubiera visto antes. Ayudaba el hecho de que tuviera una belleza natural, con el pelo rubio, una enorme sonrisa deslumbrante y una figura esbelta; Ruby era exactamente su tipo.
Mientras ella sometía a audiciones metódicas a sus posibles maridos, como una directora de casting tratando de encontrar a su actor protagonista, Kevin se dio cuenta de que el reloj no iba a detenerse. Ruby era un premio codiciado y, si no lograba hacerse destacar entre la multitud, acabaría siendo nada más que otro segundón en la carrera de la joven hacia el altar.
Una noche, Kevin estaba sentado al lado de Ruby, cogiéndole la mano por debajo de una manta mientras veían una película con unos amigos. A él no podría importarle menos lo que estaba ocurriendo en la pantalla; lo único en lo que podía pensar era en la suavidad de su piel, la suave presión de la mano de la muchacha sobre la suya, la caricia ocasional del pulgar de Ruby sobre sus nudillos. Cada sensación era eléctrica y le provocaba escalofríos que subían por su brazo y llegaban directamente hasta su corazón.
Entonces Kevin se volvió hacia ella y se dio cuenta de que otro chico —uno de los admiradores de Ruby— estaba sentado demasiado cerca, al otro lado de la joven. El estómago le dio un vuelco al advertir que ella también le estaba cogiendo la mano por debajo de la manta. Aunque normalmente era muy racional, Kevin se levantó de golpe, con la cara ardiendo y el corazón acelerado. Sin decir ni una palabra, salió de allí hecho una furia, dejando a Ruby mirando boquiabierta el lugar por donde se había marchado.
Al día siguiente, Kevin habló con ella y le dejó bien claras las normas. Se acabó lo de cogerles la mano a otros chicos. Punto. La joven, atraída por su pasión hacia ella, se apresuró a presentárselo a los Griffiths, sus padres y sus críticos más duros. Ellos lo aprobaron y Kevin, a su vez, les presentó a Ruby a sus propios padres, los Franke, que pensaron que parecía una señorita encantadora y perfecta para su hijo.
Dos semanas después del día que se conocieron, Ruby fue directa al grano.
—Entonces ¿vamos a casarnos? —le preguntó.
Había pillado a Kevin con la guardia baja, y este pronunció la palabra más peligrosa del diccionario:
—Sí.
En solo catorce días, habían pasado de ser dos extraños a estar comprometidos.
Mientras Ruby y Kevin se zambullían en la planificación de la boda, tuvieron ocasión de conocerse un poco más. Resultó que a los dos les encantaba tocar el piano, aunque el acercamiento al instrumento de cada uno no podía haber sido más diferente. Él tenía memoria fotográfica y era capaz de tocar temas de jazz y canciones populares sin ensayar siquiera, mientras que ella había dedicado todo su ser al piano en el pasado. Durante la adolescencia, se había sumergido en el mundo de la música clásica; sus sueños estaban llenos de visiones de salas de conciertos y ovaciones en pie. Se acercaba a cada pieza con una meticulosa precisión; se pasaba horas perfeccionando cada nota, cada cambio dinámico. Para ella, tocar no tenía nada que ver con pasárselo bien, sino con lograr la excelencia, y, cuando no alcanzaba la perfección, se abría una herida en su ego que no era capaz de cerrar por mucho que ensayara.
Toda la autoestima de Ruby estaba construida sobre la excepcionalidad, así que, si no podía ser extraordinaria, ¿qué sentido tenía entonces? Necesitaba un nuevo sueño, una nueva fuente de validación. Si la música no iba a definir su grandeza, entonces lo haría la maternidad. Rostros de querubines sonriéndole con el amor y la adoración que anhelaba. Páginas en blanco preparadas para escribir en ellas con su sabiduría, sus valores, su «rubynismo».
Un par de hijos le habrían parecido bien a Kevin, pero ella ansiaba un clan, y él estaba encantado de aceptar la gran visión de Ruby, de mover el cielo y la tierra para apoyarla con sus sueños. Así pues, se estableció la dinámica: Kevin sería el perpetuo actor secundario para el papel principal de Ruby en su épica producción de la «Madre Suprema».
El 28 de diciembre del 2000, apenas tres meses después de haberse conocido, Ruby y Kevin caminaron hacia el templo, preparados para quedar eternamente unidos a ojos de Dios. Ella era todo un espectáculo vestido de marfil, con el pelo como una cascada de rizos y un chal de estilo suroccidental sobre los hombros para protegerse del frío del invierno. Ni siquiera los zapatos disparejos de Kevin —uno negro y el otro marrón, ya que se había vestido a toda prisa en la oscuridad— podían atenuar su sonrisa.
Había ocurrido; el momento de cuento de hadas de Ruby se había hecho realidad. Mientras los votos salían por sus labios, pensó que la etapa de ser «felices para siempre» se desplegaba ante ella como una alfombra roja: al fin, su vida estaba a punto de comenzar.
CAPÍTULO 2
Lágrimas
–Parece que ya está cansada de estar ahí dentro —dijo la obstetra—. Vamos a tener que hacer un parto asistido.
Y entonces, con un aparato que parecía más apropiado para limpiar alfombras que para guiar una nueva vida a la luz, la doctora me succionó la cabeza y me sacó al mundo a la fuerza.
Era el 3 de marzo de 2003 y, después de nueve difíciles meses de embarazo llenos de un montón de complicaciones médicas, la Ruby de veintiún años al fin me había expulsado del útero a mí, su primer bebé. De alguna manera, a través de la neblina de dolor y agotamiento, consiguió esbozar una sonrisa victoriosa. En sus brazos no solo había un bebé, sino también el poder definitivo de una mujer. Su derecho divino a moldear un alma nueva a su propia imagen.
Mientras me acunaba durante los momentos de agotamiento posteriores al parto, miró más allá del bulto que chillaba y se retorcía entre sus brazos para ver el futuro glorificado que yo representaba. En mi pequeño cuerpo, Ruby veía las primeras pinceladas de su magnum opus, el primer capítulo de la épica narrativa que sería su legado de una habilidad maternal incomparable.
Cuando yo tenía unos tres meses, Ruby me llevó al pediatra para averiguar por qué lloraba tanto —mis llantos constantes ponían a prueba su visión de felicidad maternal—, pero el doctor le dijo que no era más que un cólico. Cuando comencé a rechazar los biberones y a quedarme apática, Kevin se asustó y me llevó a toda prisa a urgencias, donde descubrieron que tenía una obstrucción intestinal que ponía en peligro mi vida. Sin la cirugía inmediata que me hicieron, lo más probable es que hubiera muerto. Parecía como si, desde el mismísimo principio, mi infancia estuviera destinada a ser una lucha por la supervivencia.
Contrariamente a lo que cree la mayoría de los padres, Ruby no creía que fuera necesario consolarme cuando yo era un bebé. ¿Por qué iba a hacerlo? La filosofía de su familia siempre había sido que a un bebé no le hace ningún daño desahogarse llorando. Que no se debe consentir a los bebés. Que no se deben consentir las rabietas. Es por su propio bien, para que sepan quién manda, y para que, cuando crezcan, sean capaces de aprender a enfrentarse a cualquier desafío que les presente la vida sin ser unos débiles perdedores o unos llorones.
Sin embargo, curiosamente, mis primeros recuerdos son de Ruby llorando. Tenía lágrimas para cualquier ocasión. Alegría, tristeza, aburrimiento; no importaba, ella lloraba por todo, una mujer perpetuamente en conflicto con su propia estabilidad. Tal vez esa era la razón por la que quería tantos hijos. Como si fueran unas muñecas rusas, cada una de ellas una versión ligeramente más pequeña que la anterior, para que pudieran absorber el tsunami de sus emociones desbocadas. Al fin y al cabo, ¿qué mejor forma hay de llenar el enorme vacío de tu interior que rodearte de pequeñas versiones de ti misma que te adoran? Aunque es curioso que alguien que lloraba tanto pareciera ser completamente inmune a las lágrimas de los demás, incluidas las mías.
A menudo me pregunto cuánto de mi yo adulta se forjó en esos primeros años formativos. Mi tendencia a esconder mis emociones, a presentar un rostro estoico ante el mundo…, ¿serán los ecos de una niña pequeña aprendiendo que su angustia siempre será ignorada? Incluso antes de que pudiera formar palabras o pensamientos, ¿estaba aprendiendo que mi dolor no importaba, que mis necesidades eran inconvenientes? Si mis lágrimas hubieran recibido consuelo en lugar de una calculada indiferencia, ¿habría crecido para ser una persona más abierta, menos reservada? ¿O siempre estuve destinada a retraerme dentro de mí misma, a volverme emocionalmente distante sobre la marcha, a que mis sentimientos estuvieran atrapados detrás de una fortaleza que todavía me cuesta atravesar?
No hay forma de saberlo con seguridad; después de todo, la naturaleza y la crianza bailan un tango complejo. Pero, mientras reflexiono sobre las muchas incongruencias de mi infancia, no puedo evitar sentir tristeza por esa bebé que lloraba para llamar a su madre. Que quería una clase de amor diferente al que recibía. Un amor que permitiera vulnerabilidad, y también lágrimas, que permitiera la gama completa de las emociones humanas. Un amor que permitiera a una niña tener la libertad de sentir.
CAPÍTULO 3
Mamá no se porta muy bien conmigo
En 2005, cuando yo tenía dos años, El show de Ruby amplió su elenco con el debut de mi hermano Chad. Junto a él, también debutó nuestra primera perra, Nolly, una inquieta cachorra de labrador de color anaranjado que estaba llena de energía y amor. Se acercaba a mí correteando y meneando el rabo furiosamente, y me bañaba en besos húmedos. Nolly, de forma muy similar a mi hermano pequeño, siempre conseguía hacerme reír.
En 2007 entró en escena la tercera criatura de Ruby, una niña. No voy a mencionar su nombre en este libro. A lo largo de esta narrativa, todos mis hermanos pequeños permanecerán sin nombrar, a excepción de Chad. Esto no es un descuido, sino mi última línea de defensa para ellos.
En un mundo más amable, sus historias no serían carne de cañón para un libro. Sus momentos privados serían suyos, conocidos solamente por sus amigos y sus familiares, en vez de estar diseccionados por gente desconocida en internet. Pero la paz y el anonimato nunca fueron algo que estuviera escrito para nosotros. Tenemos que darle las gracias a Ruby por ello. A ella y a su insaciable sed de atención y éxito.
El viaje de mi madre hacia los focos comenzó de forma bastante inocente: un blog de cocina con el título Good Lookin Home Cookin (Comida casera con buena pinta). Los blogs de madres eran todavía una frontera salvaje en esa época, preparados para que cualquiera se apoderara de ellos, y Ruby, al igual que sus hermanas y sus amigas, estaba emocionada por explorar las posibilidades de los medios digitales.
—Mi objetivo principal para este blog es documentar el crecimiento y las experiencias de nuestra familia —proclamaba Ruby en su flamante perfil nuevo de bloguera—. Quiero que mis hijos tengan un lugar en internet donde puedan entrar y disfrutar leyendo sobre ellos mismos y viendo cuánto han progresado.
En mi iglesia, se nos alienta a documentar nuestras vidas de forma meticulosa, a crear una hoja de ruta para que las futuras generaciones comprendan sus raíces, y parecía como si internet no fuera más que una extensión de eso, otra forma de llevar a cabo el trabajo del Señor. Su pequeño blog lleno de recetas le dio a Ruby el primer contacto con la existencia en internet y las posibilidades que eso tenía —como una herramienta para expresarse a sí misma, una forma de proyectar una identidad y de forjar una conexión con la gente compartiendo sus recetas de mantequilla de frambuesa, pollo con miel y lima, y galletas para las caminatas—, pintando la imagen de una casa llena del aroma constante del pan recién horneado y las comidas preparadas con cariño.
La verdad es que no estoy segura de que preparara siquiera esos platos. Sí, Ruby siempre estaba horneando algo (le gustaba probar las recetas de su libro de cocina de Ann Romney), pero la mayoría de las recetas de Good Lookin Home Cookin eran más una cuestión de aspiración que de realismo, una parte de una imagen, la de una madre sonriente y llena de harina, con las risas de sus querubines congregados alrededor de la mesa. Incluso en aquella etapa tan inicial de su carrera en internet, Ruby demostraba que estaba dispuesta a sacrificar la autenticidad en el altar de las apariencias.
Hay algunas excepciones; puedo confirmar que su pan era legendario, un elemento básico de todas las reuniones familiares y comidas compartidas. Lo cortaba en rebanadas gruesas; cada trozo era una hogaza en sí misma, con burbujas de aire irregulares que dejaban entrever un amasado a mano llevado a cabo con mucha paciencia. La corteza siempre tenía una ligera grieta que daba paso a un interior blando y cálido. Era de la clase de pan que exigía atención, que convertía un simple bocadillo en una comida. Una sola rebanada solía bastar para llenarme, aunque normalmente acababa comiendo más.
Después empezó otros blogs: Full Suburban y Yummy Mummy’s, y en este último escribía ella y otras madres blogueras amigas suyas. Empleando su talento natural para el marketing, comenzó a marcar nuestras fotos familiares con un logotipo en la esquina que rezaba: «Una vida Franke». Mis tres tías, Ellie, Bon
