LA HABILIDAD DE VER MÁS LEJOS
Hará unos veinte años, Alan Cluterback —fundador de Red de Acción Política (RAD)— me pidió que diera una charla ante un grupo de líderes políticos y empresariales argentinos que asistían a un evento en Harvard. No recuerdo exactamente lo que dije. Seguramente hablé de la escasa transformación productiva de la Argentina, fruto de su escasa adopción y adaptación de tecnologías que el mundo había desarrollado pero no se habían difundido en el país austral, por lo que seguía atrapado en los productos de siempre. En cambio, otras regiones del mundo habían transformado dramáticamente su canasta de exportaciones, volviéndose competitivas en cosas que no hacían veinte o treinta años antes.
Con cierto enojo, pero con gran claridad, pidió la palabra un joven alto y rubio para protestar contra la caracterización que yo había hecho de la Argentina. Aunque con una cara amable y una gran sonrisa, el empresario explicó con firmeza que lo que había dicho quizás caracterizara al resto de la economía argentina, pero que el sector agrícola estaba en medio de una gigantesca revolución, no solo por su adopción y adaptación de tecnología, sino también por su capacidad de hacer aportes tecnológicos y organizacionales propios. Me habló de la siembra directa, de las semillas genéticamente modificadas, de la organización necesaria para coordinar la cadena de valor, de la absurda obsesión política por formas disfuncionales de propiedad de la tierra. En su mente se estaba fraguando un ecosistema totalmente distinto al de la agricultura argentina en tiempos de su padre.
Obviamente, ese joven (ya no lo es tanto) era Gustavo Grobocopatel. De esa confrontación nació una gran amistad. La forma en que pienso y entiendo los temas de la economía agrícola tiene todo que ver con lo que aprendí con Gustavo, no solo en esa confrontación inicial sino en las muchas experiencias que hemos compartido desde el Laboratorio de Crecimiento de la Universidad de Harvard. Muchos pensarán que el llamado “Rey de la Soja” tendría solamente sensibilidad por la agricultura extensiva con el paquete tecnológico de soja—maíz con siembra directa y semillas genéticamente modificadas. Pero a través de los años hemos tenido que pensar en retos para pueblos, territorios y contextos muy distintos. Trabajamos en Chiapas, el estado más pobre de México, donde numerosas familias se dedican a sembrar maíz y frijoles para autoconsumo. En ese contexto, un cambio en la forma de producir y de cooperar entre miembros de la misma comunidad puede incrementar notablemente los niveles de bienestar, como observamos en Miguel Alemán, un ejido en el Soconusco en Chiapas.
De igual manera, en 2015 tuvimos que pensar el problema agrícola de Albania, la Corea del Norte de Europa desde 1945 hasta 1990, donde el régimen comunista de Enver Hoxha había roto toda conexión con el mundo exterior. Con escasas extensiones de tierra e increíblemente fragmentada, ¿que se podía hacer allí para prosperar? Afortunadamente, el país cuenta con un buen régimen de lluvias, lo que permite cultivar frutas y hortalizas de calidad. Recuerdo cuando visitamos el pequeño pueblo de Konispol, en el sur, donde conocimos a Dhimo Kote, líder de la cooperativa de mandarinas. Dhimo nos explicó cómo funcionaba su organización: cada uno trabajaba su tierra y todos cooperaban para comprar insumos y vender la producción. Gustavo le explicó que lo que él tenía era una cooperativa horizontal: sus miembros hacen todos lo mismo. La alternativa era pensar en términos de una cooperativa vertical, donde cada uno se dedica a un eslabón distinto de la cadena de valor. Recuerdo cómo se le encendieron los ojos a Dhimo. Más allá de las enormes diferencias con el contexto argentino, la forma de pensar de Gustavo permitía contemplar nuevas posibilidades. Al poco tiempo, nos reunimos con el primer ministro Edi Rama y su ministro de Agricultura de entonces, Edmond Panariti, para convencerlos de la importancia de cambiar su política agrícola —hasta entonces enfocada en subsidiar ciertos insumos como la energía— en una política que invirtiera en la cadena de valor. En particular, les propusimos crear centros de acopio donde pudieran operar empresas estilo Los Grobo, ofreciendo insumos de calidad y comercializando la producción. La reforma se hizo y a Dhimo lo nombraron viceministro de Agricultura. Los cambios que ocurrieron a raíz de estas reformas fueron realmente impresionantes, duplicando el valor de las exportaciones agrícolas en los siguientes cuatro años. Productos como tomates, pepinos, melones y sandías para el mercado europeo lideraron la transformación de la producción, sin cambiar el régimen de propiedad pero con cambios profundos en la cadena de valor.
Después colaboramos juntos en Kazakstán, donde Gustavo convenció al primer ministro de las enormes posibilidades de implementar una estrategia centrada en el paquete soja—maíz en los inmensos pastizales del norte del país.
A lo largo de los años invité a Gustavo a participar en otros proyectos. En algunos, como Etiopía y Namibia, Gustavo logró involucrarse personalmente. En otros, como Sri Lanka y Sudáfrica, nos ayudó poniéndonos en contacto con alguno de sus colaboradores.
A través de todas esas aventuras compartidas, he aprendido a ver y analizar el mundo con el marco mental que Gustavo fue desarrollando en su increíble trayectoria.
Para mí, la forma ideal de leer este libro es como la evolución de ese marco mental. Empezando desde Carlos Casares, a 350 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires, en la estancia de su padre y con un título de agrónomo, Gustavo revolucionó la agricultura en la Argentina y luego exportó el modelo a Brasil y Uruguay. Su fama hizo que lo invitaran a pensar las oportunidades de crecimiento agrícola en los llanos venezolanos, en la altillanura colombiana y en las tierras del África occidental.
Este libro es claro, honesto e inspirador. Es un ejemplo de cómo los retos individuales y organizacionales llevan al crecimiento, al desarrollo de capacidades y a desplegar la habilidad de ver más lejos.
RICARDO HAUSMANN
Profesor de Economía de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard, donde fundó y dirige el Laboratorio de Crecimiento
PRÓLOGO
Hay hechos que, mirando hacia atrás en el tiempo, hacia el pasado más lejano o el más cercano, se parecen más a coincidencias cargadas de sentido. Por esas vueltas del destino, Los Grobo, la empresa de agronegocios que fundamos con mi familia, nació junto con la democracia argentina, en 1984. Y por otro giro del azar, la larga entrevista que empezó en 2022 y dio lugar a este libro entró a su etapa final de edición justo cuando una crisis financiera sacudía a Los Grobo. ¿Cómo será el nuevo Los Grobo? ¿2025 será testigo del capítulo final o el renacer de una empresa que se volvió emblema del agro argentino y de los desafíos y oportunidades que afrontan las empresas del agronegocio en la Argentina? ¿Este libro llega como el balance definitivo de la larga historia de Los Grobo? ¿O como parte de un proceso de aprendizaje que la proyecta con renovada fortaleza? Son preguntas abiertas. Por el momento, este diálogo permite volver a pensar lo construido más allá de la categoría de éxito o de fracaso. Toda construcción, y más si cumple cuarenta años, tiene mucho de aporte y, también, de lecciones por aprender.
En 1984, la Argentina abrió una etapa clave para su vida política, económica, social y productiva, que nos ha transformado a todos de manera profunda, a veces para bien y otras, para mal, lo sabemos. Con ese timonazo clave en la historia del país, también se inició un proceso único para el agro argentino. Los Grobo se convirtió en el caso testigo de una de las revoluciones productivas más profundas e interesantes del sector, uno de los más competitivos y pujantes que tiene la Argentina. En la comparación global, nuestro agro es líder orgulloso, territorio de pioneros con ideas de vanguardia que han sabido moldear el presente a partir de las mejores virtudes: la confianza, como el cemento que sostiene la gesta y como enzima que le permite fluir en tiempo y forma, el trabajo esforzado, la voluntad inquebrantable y el respeto por el conocimiento llevado a la práctica de la producción y el negocio del agro.
Conectando puntos desde el presente hacia el pasado y el futuro para imaginar un trazado posible, surge una trama que emociona y provoca, aun a pesar de que ni los hitos que trae el azar ni la cadena de causas y efectos que se deja entrever no se hayan mostrado siempre amables. La Argentina es un país potente y rico en creatividad e inspiración pero que siempre plantea desafíos enormes a sus ciudadanos. El sector del agro conoce a la perfección esa realidad.
En estas cuatro décadas, el agro argentino encaró una modernización imparable. En la Argentina y en el mundo, se volvió sinónimo de un cruce virtuoso de resiliencia a prueba de crisis repetidas, de experiencia y saber acumulado a lo largo de más de un siglo de desarrollo productivo y de capacidad de construcción colectiva basada en el empuje de individuos únicos por su arrojo intelectual puesto al servicio del agronegocio.
Por eso este libro, porque la biografía del emprendimiento que encaramos mi padre, mis hermanas, la familia ampliada con nuera, yernos y yo mismo con convencimiento y decisión a mediados de la década de los 80 llegó a sus cuarenta años. Justo cuando la Argentina hace balance histórico para ver cómo seguir hacia delante, Los Grobo también llega a un momento clave: salir de las crisis en la Argentina es, en sí mismo, una crisis. Y el agro insiste con presentarse ante los ojos de los argentinos como uno de los horizontes posibles donde la prosperidad se encuentra con el bienestar para todos, donde el conocimiento científico y tecnológico se transforma en crecimiento económico y riqueza para todo un país.
Volver a mirar lo construido es una oportunidad para hacer balances personales, pero también para compartir experiencias y lecciones aprendidas en el agro. No creo que las experiencias enseñen; sí creo que inspiran con sus logros y sus errores. En la historia de Los Grobo, se sintetizan los obstáculos y las oportunidades perdidas de un país y de uno de sus sectores más pujantes, pero también, y, sobre todo, el potencial que encierra hacia el futuro. También, su aporte innegable a la mejor versión de la Argentina. El camino recorrido ya es una prueba de las maravillas que el agronegocio tiene para ofrecer.
¿Cómo es posible aportar al crecimiento de la Argentina, a la revolución del conocimiento biotecnológico y a la transformación productiva cuando el contexto es adverso? Crisis políticas y económicas, políticas públicas perjudiciales, sequías destructivas, inundaciones arrasadoras, cambios globales impensados y desconcertantes: el agro argentino viene surfeando esas olas. Los Grobo es parte de esa historia, más por lo que inspira que por lo que es. Es el recorrido que quiero contarles.
Hay dos ejes principales que han atravesado mi vida, mis ideas y conductas: el conocimiento y la integración. El conocimiento es sus múltiples formas. Obviamente en mi amor por la tecnología, viviendo intensamente estos tiempos de convergencias tecnológicas, y transformaciones culturales a partir de ellas. Y también en la escuela y universidad, en las conversaciones con otros y en la soledad, donde estoy más cerca del “mí mismo” y la naturaleza, de las interacciones con mis hijos y los hijos de mis vecinos, con mi familia, clientes, amigos. Podría decir que dudo hasta cuando estoy seguro. Alguno podría decir que cambio rápido de opinión, que me adapto, que soy ambiguo, pero en la sociedad que nos tocó vivir, turbulenta, impredecible, siempre pienso que quizá me pierdo de algo mejor si no me permito esa libertad. Quiero poder ir y venir, sin prejuicios ni barreras, con algunos límites propios que imponen mis valores.
Algunos íntimos, que me conocen un poco más, me dicen que gestioné mis empresas, y las organizaciones que me tocó liderar como si fueran laboratorios, explorando y experimentando ideas copiadas de libros, pegadas con otras, y masajeadas varias veces durante su ejecución. En realidad, lo que me mueve es el conocimiento aplicado. Ese ir y venir de las ideas a las acciones. Muchas veces las acciones preceden a las ideas, y yo me dejo llevar. Pero finalmente si no hay conceptualización, alguna forma de modelizar, es más difícil avanzar. El conocimiento no está aprehendido completamente si no está ejecutado: con la acción se sigue aprendiendo.
El otro eje es la integración, una aproximación sistémica sobre la interdependencia de las personas, de los pueblos, de los ecosistemas, del sentido de las c
