Una monstruoamiga muy misteriosa

Gitty Daneshvary
Gitty Daneshvari

Fragmento

CAPÍTULO: Dos

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En todos mis años de existencia, jamás he visto un trabajo de artesanía tan hermoso y refinado —murmuró Rochelle con los ojos vidriosos de puro asombro, mientras sus amigos irrumpían tras ella en la estancia.

—¡Por la flora y la fauna, menudo susto me has pegado! —resolló Venus mientras ella y los demás apagaban las velas de un soplo—. ¿No te podías haber limitado a decir que la chica araña no se encuentra aquí? ¿O que estabas bien?

—¡Guau! ¡Este sitio es vampitástico! —proclamó escandalosamente Robecca mientras abría de par en par sus ojos color avellana para asimilar el espectáculo.

Colgada de las vigas desnudas, una colección de linternas envueltas en tela de araña bañaba la estancia de cálida luz de velas. Pequeños copos de nieve delicadamente elaborados decoraban las paredes, creando un efecto tan prodigioso como invernal. Y justo en mitad de la estancia se encontraba una mullida hamaca con forma de plátano que parecía invitar a dar una siesta a todos cuantos la vieran. Largos y ondulantes velos, una tupida alfombra y un armario completaban el encantador espacio abierto.

—Salta a la vista que esta monstruita tiene un talento increíble. Es un auténtico genio —se maravilló Rochelle—. ¡Imagínense lo que Clawdeen podría crear con este tejido!

Clawdeen Wolf, la chica loba de sedosa melena, era la diseñadora más destacada de Monster High, además de la ganadora de la última edición del concurso de la prestigiosa fundación de moda Ogrotella Guillotiné.

—Mmm, ¿hola? —dijo Venus con palpable irritación—. La arácnida también trabaja con la señorita Alada. Y lo más probable es que esté implicada en el secuestro de la directora Sangriéntez.

—Venus tiene razón. Que tenga o no talento no debería cambiar nada —convino Cy entre murmullos.

—Buu là là!, me cuesta creer que me haya dejado llevar por delicadas telas y diseños cautivadores. Que la araña haya creado este fabuespantoso espacio carece de toda relevancia —admitió Rochelle con una pizca de vergüenza.

Entonces, la chica de granito agachó la cabeza y, en silencio, lamentó su capacidad de distraerse en una situación tan turbulenta. Se trataba de un comportamiento no solo impropio de una gárgola, sino manifiestamente irresponsable. Al fin y al cabo, la directora Sangriéntez había desaparecido, ¿qué podía ser más importante que eso? Bueno, tal vez unas cuantas cosas; pero, desde luego, los tejidos no.

—Alguien tiene una cierta adicción a los guantes —conjeturó Venus al tiempo que registraba el armario de la arácnida en busca de pistas.

—En honor a la verdad, tiene seis manos —repuso Cy mientras descorría los velos que llegaban hasta el suelo y contemplaba el jardín delantero de Monster High por la pequeña ventana—. Parece que la tormenta ha pasado; con un poco de suerte, la electricidad no tardará en volver.

—¡Ay, menos mal! Me pongo como una olla express solo de pensar en los mordiscos que Ñamñam les estará dando a Penny y Gargui. Esa planta apenas ve con las luces encendidas —parloteó Robecca mientras las rodillas le empezaban a crujir.

—¿Qué quieres que te diga? Ñamñam tiene un apetito insaciable y mala vista. Reconozco que no es una buena combinación —respondió Venus—. Por cierto, Robecca, creo que tal vez sea el momento para un cambio de aceite en Lubricante y Tan Campante. A menos que te guste sonar como una caldera vieja.

—¡¿Una caldera vieja?! ¡Retuercas! ¿Es que hay algo peor?

—Que te vuelvan a desmontar, compartir cepillo de dientes con un trol, que un piano te caiga en el pie, compartir cepillo para el pelo con un trol, el óxido, una caldera vacía —enumeró Rochelle con tono serio y, acto seguido, efectuó una pausa—. Aunque no era una pregunta, ¿verdad?

—No, pero aun así te agradezco la información. Ayuda a poner las cosas en su sitio —contestó Robecca, ahogando la risa.

Todavía parado frente a la ventana, Cy descubrió algo en el extremo más alejado del borde. Le pareció un recibo arrugado, aunque no estaba seguro. Sorprendentemente, a pesar del enorme tamaño de su único ojo, los cíclopes tienen fama de contar con una visión deficiente. De hecho, según las enciclopedias, en la Isla de los Cíclopes se prohibía estrictamente a los habitantes conducir vehículos motorizados, utilizar maquinaria industrial y ejercer de testigos en procesos judiciales.

Picado por la curiosidad, Cy se acercó al extremo más apartado del borde de la ventana, lo que dejó en primer plano la fotografía arrugada de un castillo. El enorme fuerte de piedra con arcos y torreones góticos, rodeado por un foso, al instante provocó un recuerdo en el chico de un solo ojo. Ese mismo trimestre, en la clase de Monstroria, los alumnos habían estudiado la arquitectura del Viejo Mundo, la tierra al otro lado del océano, y de eso se trataba sin duda alguna. Baste decir que no existían edificios como aquel en el Nuevo Mundo o, como se le conocía de manera informal, el Tétrico Mundo.

Tras contemplar la foto unos segundos, Cy le dio la vuelta y vio un mensaje garabateado toscamente: «Wydowna, nunca olvides de dónde vienes ni a quién sirves».

—Chicas, me parece que les interesa ver esto —declaró Cy con un tono inquietante, lo que de inmediato provocó la atención de Robecca, Rochelle y Venus, quienes se acercaron a toda prisa para examinar la fotografía.

—Se llama Wydowna —susurró Rochelle mientras leía la parte posterior de la fotografía—. Bueno, eso explica todas esas «W» en su ropa.

—«Nunca olvides de dónde vienes ni a quién sirves» —repitió en voz alta Robecca—. No me gusta cómo suena… a menos, claro está, que sea una camarera.

—Becs… —dijo Venus con un suspiro.

—¿Me estoy haciendo ilusiones? —rezongó Robecca.

—Creo que sí —repuso Venus con sequedad.

—¿Alguno se ha dado cuenta de que falta un panel en la pared? —preguntó Rochelle mientras atravesaba la estancia y escudriñaba el interior del conducto, ahora al descubierto.

—Pues ya sabemos quién visitó a la señorita Alada —concluyó Venus, en referencia al monstruo que escucharon desplazarse por encima del techo de su dormitorio, que luego se dejó caer en la habitación de la señorita Alada.

—A la vista del mensaje en esta fotografía, considero pertinente terminar de registrar la habitación y marcharnos lo antes posible. Que Wydowna, la señorita Alada y a quienquiera que estén sirviendo no sepan que sospechamos de ellos juega a nuestro favor —explicó Rochelle al grupo.

—Estoy de acuerdo; si nos descubren, será más complicado encontrar a la directora Sangriéntez —señaló Cy.

—Bueno, de todas formas, ya hemos inspeccionado en todas partes excepto, claro está, debajo de la alfombra —comentó Venus mientras se agachaba y tiraba de la alfombra hacia atrás.

Un leve rumor comenzó a surgir del conducto que separaba el desván del piso inferior. Y aunque se trataba de un sonido suave, amortiguado, al instante captó la atención del cuarteto. Descargas de adrenalina recorrieron sus respectivos cuerpos mientras intercambiaban gestos de tensión. De inmediato, Venus volvió a colocar la alfombra y se dispuso a incorporarse. Pero no pudo. Una de las gruesas vides verdes que le crecían de los brazos se había quedado enganchada entre las tablas del suelo.

—Estoy atorada —murmuró Venus, tirando frenéticamente de su vid.

—¡Planta derribada! ¡Planta derribada! —gritó Robecca, alarmada, mientras expulsaba vapor por la nariz.

—Quel désastre! El vapor y las telarañas no se mezclan. O más bien, cuando lo hacen, se forma una especie de pegamento —explicó Rochelle, dándose frenéticos golpecitos en la mejilla con sus garras.

—Vamos —concluyó Cy mientras arrojaba su suéter sobre la cara de Robecca y tiraba de ella en dirección a las escaleras.

—No podemos dejar sola a Venus. Nuestra política no permite abandonar a las plantas —murmuró Robecca por debajo del suéter tejido mientras los sonidos que indicaban la proximidad de la chica araña aumentaban de volumen.

—Rochelle la está ayudando —susurró Cy al tiempo que ambos desaparecían de la vista.

—S’il vudú plaît, Venus, debes relajarte —dijo Rochelle con voz calmada mientras jalaba la vid intentando zafarla de entre las dos tablas de madera.

—Me cuesta relajarme mientras escucho cómo se acerca —murmuró Venus a medida que los inconfundibles sonidos de algo que se desplazaba por el hueco de entre los dos pisos seguían aumentando de volumen.

—Casi está —aseguró Rochelle con los dientes apretados.

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