Princesa de otoño, niño dragón (Leyendas de Shikanoko 2)

Lian Hearn

Fragmento

Princesa de otoño niño dragón

LISTA DE PERSONAJES

Personajes principales

Kumayama no Kazumaru, después Shikanoko o Shika

Nishimi no Akihime, la Princesa de Otoño, Aki

Kuromori no Kiyoyori, el señor de Kuromori

Señora Tama, su esposa, la señora de Matsutani

Masachika, hermano menor de Kiyoyori

Hina, a veces se le conoce como Yayoi, su hija

Tsumaru, su hijo

Bara o Ibara, doncella de Hina

Yoshimori, también Yoshimaru, el Emperador Oculto, Yoshi

Takeyoshi, también Takemaru, hijo de Shikanoko y Akihime, Take

Señora Tora

Shisoku, el hechicero de la montaña

Sesshin, un anciano sabio

Príncipe Abad

Akuzenji, rey de la montaña, un bandido

Hisoku, vasallo de la señora Tama

El clan Miboshi

Señor Aritomo, líder del clan, también se le conoce como señor de Minatogura

Yukikuni no Takaakira

La señora de Yukikuni, su esposa

Takauji, su hijo

Arinori, señor de la zona de Aomizu, capitán

Yamada Keisaku, padre adoptivo de Masachika

Gensaku, miembro del séquito de Takaakira

Yasuie, uno de los hombres de Masachika

Yasunobu, su hermano

El clan Kakizuki

Señor Keita, líder del clan

Hosokawa no Masafusa, pariente de Kiyoyori

Tsuneto, uno de los guerreros de Kiyoyori

Sadaike, uno de los guerreros de Kiyoyori

Tachiyama no Enryo, uno de los guerreros de Kiyoyori

Hatsu, su esposa

Kongyo, vasallo superior de Kiyoyori

Haru, su esposa

Chikamaru, después Motochika, Chika, su hijo

Kaze, su hija

Hironaga, vasallo en Kuromori

Tsunesada, vasallo en Kuromori

Taro, sirviente en casa de Kiyoyori en Miyako

Corte imperial

El emperador

Príncipe Momozono, príncipe heredero

Señora Shinmei’in, su esposa, madre de Yoshimori

Daigen, su hermano menor, después emperador

Señora Natsue, madre de Daigen, hermana del Príncipe Abad

Yoriie, miembro del séquito

Nishimi no Hidetake, padre de Aki, padre adoptivo de Yoshimori

Madre de Aki, nodriza y madre adoptiva de Yoshimori

Kai, su hija adoptiva

En el templo de Ryusonji

Gessho, monje guerrero

Eisei, monje joven, después uno de los Gemelos Quemados

En Kumayama

Shigetomo, padre de Shikanoko

Sademasa, su hermano, tío de Shikanoko, ahora señor de la propiedad

Nobuto, uno de sus guerreros

Tsunesada, uno de sus guerreros

Naganori, uno de sus guerreros

Nagatomo, su hijo, amigo de Shika de la infancia, después uno de los Gemelos Quemados

En Nishimi

Señora Sadako y Señora Masako, maestras de Hina

Saburo, mozo de cuadra, amado de Bara

Los pobladores de la ribera

Señora Fuji, cortesana en los barcos del placer

Asagao, músico y artista itinerante

Sarumaru, Saru, acróbata y entrenador de monos

Kinmaru y Monmaru, acróbatas y entrenadores de monos

La Tribu Araña

Kiku, más adelante Maestro Kikuta, hijo mayor de la señora Tora

Mu, segundo hijo de la señora Tora

Kuro, tercer hijo de la señora Tora

Ima, cuarto hijo de la señora Tora

Ku, quinto hijo de la señora Tora

Tsunetomo, guerrero, vasallo de Kiku

Shida, esposa de Mu, mujer zorro

Kinpoge, su hija

Unagi, comerciante en Kitakami

Seres supernaturales

Tadashii, un tengu

Hidari y Migi, espíritus guardianes de Matsutani

El niño dragón

Ban, un caballo volador

Gen, un lobo falso

Kon, un hombre halcón

Zen, un hombre halcón

Caballos

Nyorin, semental blanco de Akuzenji, después de Shikanoko

Risu, yegua café y malhumorada

Tan, su potrillo

Princesa de otoño niño dragón

1

SHIKANOKO

Shikanoko no podía dormir, el dolor y la fiebre lo atormentaban, así que caminó durante días y noches por el Bosque Oscuro. Por momentos sentía la piel helada y luego ardiente, parecía no pertenecerle. Flotó fuera de su cuerpo, lo miró sudar y temblar, y se preguntó por qué aún se aferraba a la vida. A menudo alucinaba. Los muertos parecían acompañarlo, lo arengaban, lo acusaban. Cuando escuchó el relincho agudo de los caballos, no supo si correr hacia ellos o esconderse. Sus armas, la bolsa con la máscara rota y la espada de Kiyoyori, le pesaban más. Un día sencillamente tiró su espada, el arco y la aljaba al piso. Ni siquiera se imaginaba volver a usarlos. Al día siguiente el aroma de la muerte lo torturó. Me estoy pudriendo, ha llegado el fin, pensó. Se apoyó en el tronco suave de un haya joven y después se dejó caer y resbalar hasta sentarse en las hojas secas de la base. En pleno verano, el bosque resonaba a su alrededor con los cantos de las aves y los ruidos de los insectos. Alguna vez había adorado ese sonido, había conocido a todas las aves. Ahora era un clamor desagradable que le provocaba dolor de cabeza.

Había enterrado su cabeza en sus brazos, pero ahora un sonido repentino y extraño, una especie de ladrido ronco, lo hizo levantar la mirada. Un animal artificial, una especie de lobo, estaba frente a él. Vio el destello de sus ojos color lapislázuli y sus labios de cinabrio. La claridad de la alucinación y su fiebre lo colmaron de desesperación.

Entonces el falso lobo habló con una voz marcada, vacilante.

—Bienvenido a casa —le dijo, y Shika supo dónde estaba y de dónde provenía el hedor de la putrefacción. Hacía más de un año que se había alejado con Akuzenji, el rey de la montaña, pero ahora había vuelto al hechicero de la montaña, Shisoku.

La criatura lo vio ponerse de pie con dificultad, después ésta se dio la vuelta y se alejó caminando rígidamente. Shika la siguió; cruzaron el arroyo, pasaron las esculturas, las pieles secas, las pilas de huesos, los animales vivos y muertos, y llegaron a la choza debajo de la paulonia imperial.

El lobo se detuvo frente a la puerta:

—¡Maestro! —las vocales en su habla eran claras, pero no podía articular las consonantes: ¡Ma-eo!

Shisoku salió de la cabaña, protegiéndose los ojos del sol con una mano.

—¿Shikanoko? ¿Por qué has vuelto? ¿Qué has hecho?

Shika tiró la bolsa cuando Shisoku se acercó. La bolsa quedó en el suelo como un pájaro muerto, sobresalía la empuñadura de la espada.

—¿Qué es esto? ¿De quién es esta espada? ¡No se debe guardar nada en la misma bolsa que la máscara! ¿Y la máscara?

—Se rompió —Shika escuchó su propia voz.

—¡Aaaah! —Shisoku gritó como la madre de un niño muerto—. No puede estar rota. Ningún poder humano puede dañarla. ¿Cómo sucedió?

Sacó las dos piezas y lloró sobre ellas.

Shika intentó explicar:

—Fueron los caballos, me atacaron, no fue su culpa, sino mía.

La furia y la pena habían distorsionado la cara de Shisoku. Sin decir nada más, entró a la cabaña. Shika se desplomó en el suelo. Le temblaban los dientes pues la fiebre enviaba violentos temblores por todo su cuerpo.

—¿Estás enfermo? —preguntó el falso lobo—. Maestro, está enfermo.

—Déjalo que se muera —gritó Shisoku desde el interior de la choza—. Destruyó mi regalo, mi creación. Todo el poder del bosque pudo haber sido suyo y lo desperdició.

El lobo falso le gritó de nuevo:

—¡Maestro! ¡Ayúdalo! —y comenzó a lamerle la cara a Shika con una lengua que se sentía humana.

El hechicero reapareció.

—Qué extraordinario —lo escuchó decir Shika—. La criatura se apiada de él. Quizá también yo debería hacerlo. Sí, supongo que debo hacerlo —se arrodilló a un lado de Shika y le tocó la frente; después, sin ninguna gentileza, le examinó el brazo roto.

Mientras Shika lloraba de dolor, Shisoku desapareció y, luego de lo que pareció una eternidad, estuvo de nuevo arrodillado a su lado, haciéndole beber una poción. Le adormeció los sentidos lo suficiente como para que pudiera alinearle las puntas del hueso roto.

Shika deseaba dormir y olvidar, pero cada vez que cerraba los ojos creía estar muerto y ardiendo en el infierno, atravesado por espadas, cuchillos, flechas y espinas, atormentado por imágenes de demonios y una sed insaciable. Vio una y otra vez los dientes enormes de los caballos mientras lo desgarraban; su cuerpo se arqueó y se retorció al sentir de nuevo los golpes de sus cascos como martillos.

De su cuerpo rezumaba líquido, sudor y lágrimas, las aguas del remordimiento.

En cierto momento, soñó que la señora Tora se le aparecía. Intentó preguntarle si estaba viva o muerta, pero ella le tapaba los labios ardientes con sus dedos helados y no sólo silenciaba sus palabras, también sus pensamientos.

Por fin durmió, tal vez durante días. En todo ese tiempo, el lobo falso no se apartó de su lado.

Al despertar, estaba dentro de la choza y escuchó a Shisoku decir:

—Se ha encariñado mucho con él. Es la primera vez que pasa algo así. No lo esperaba. Incluso yo nunca he inspirado afecto a mis creaciones.

—Usted es un hechicero mucho más poderoso de lo que cree —respondió una mujer. Shika volteó la cabeza ligeramente y comprobó que se trataba de la señora Tora. Ella prosiguió—: Tal vez sea porque le ha otorgado el poder del habla. ¿Cómo lo consiguió?

Shisoku se rio:

—Le di la lengua que corté de una cabeza humana y construí cuerdas vocales a partir de telarañas y tendones.

—¿Y la cabeza? ¿De quién era?

—En el último año ha habido muchas muertes entre Miyako y Minatogura. Éste era un guerrero Kakizuki que

huyó al bosque y murió por sus heridas. Lo encontré cuando seguía fresco. Ahí está su cráneo en la pared.

Shika vio el nuevo cráneo blanco sonriendo al vacío. A su lado, el lobo falso gimió.

—Shikanoko está despierto —dijo la señora Tora.

Los dos voltearon a verlo. Las llamas del fuego y las velas en torno al altar delineaban sus siluetas. Vio el vientre hinchado de la señora Tora y recordó lo que ella le había dicho, que le daría más hijos a Kiyoyori. De quienquiera que fuera el niño, su nacimiento era inminente.

—Shisoku estaba sumamente enojado contigo, pero ya te perdonó —dijo la señora Tora.

—¿Ah sí? —preguntó el ermitaño.

—Lo ha hecho o lo hará pronto. Pero Shikanoko debería contarnos lo que sucedió. A ver si puedes levantarte —le dijo.

Shika se puso de pie con esfuerzo y apoyado en ellos, salió. Lo condujeron a la paulonia imperial y, sentado en medio de ellos bajo la sombra del árbol, les contó todo, desde la ceguera de Sesshin a su escape por el Bosque Oscuro, la captura de su tío Sademasa, quien los entregó al monje Gessho, el conocimiento que Sesshin le había transmitido y el invierno que pasó en Ryusonji con el Príncipe Abad.

—Hubo un levantamiento. Bueno, lo empezó el Príncipe Abad, que envió a sus hombres a arrestar al príncipe heredero, pero después se dijo que el príncipe Momozono se rebeló en contra de su padre. Murió y su hijo escapó. Me enviaron a encontrarlo y llevar su cabeza a la capital. Lo alcancé junto con Akihime, la Princesa de Otoño, en su camino a Rinrakuji.

—Ah, empiezo a entender —dijo la señora Tora.

—Maté a dos hombres que querían violarla a ella y al joven emperador, pues él es el verdadero emperador, saben. Todos lo reconocen. Dos hombres halcón me acompañaban y ellos lo reconocieron de inmediato. Los llamé Kon y Zen. Zen intentó regresar a Ryusonji y Kon lo mató. Seguimos cabalgando hacia Rinrakuji, pero un espíritu nos detuvo en una intersección. Era el señor Kiyoyori.

—¿Entonces está muerto? —preguntó Tora en voz baja.

—Lo llamé de vuelta —explicó Shika, recordando el poder inmenso que había utilizado, un poder que lo hizo ser orgulloso y arrogante y al final lo traicionó—. Su espíritu entró en el potro no nacido dentro del cuerpo de mi yegua, Risu.

—¿Él incitó a los caballos a que te atacaran? —preguntó la señora Tora.

—Sí, y así se rompió la máscara.

Guardó silencio y luego continuó:

—La espada es de Kiyoyori. No se puede reparar.

—Shisoku puede repararlo todo, incluso si a veces los resultados son inesperados, como el lobo falso que se ha encariñado contigo.

Puede reconocer mi falsedad, pensó Shikanoko. Somos de la misma calaña. Aún no concluía su confesión:

—Fuimos a la antigua choza de Akuzenji. Mi plan era traerlos aquí para ocultarlos.

—El último lugar en donde uno esperaría encontrar al emperador de las Ocho Islas —murmuró Shisoku.

Shika siguió:

—Pero en la cabaña, a solas con la Princesa de Otoño, que creí que estaba destinada para mí, me puse la máscara y me encontré bajo la influencia del Príncipe Abad. Me culpo a mí mismo. Me sentí omnipotente…

—¡Ajá! Te habrá enseñado muchas cosas, pero no te enseñó nada sobre el quebrantamiento —comentó Shisoku.

Shika deseaba que dejara de interrumpirlo. Cada vez que tenía que empezar de nuevo era más difícil.

—El Príncipe Abad me dijo que hiciera lo que quisiera con ella. Lo hice. Sin embargo, ella debía convertirse en doncella del templo y escapó en la noche. En la mañana él me dijo que matara a Yoshimori, y estaba a punto de hacerlo cuando el hombre halcón y los caballos me atacaron. Al despertar, estaba solo en el bosque y la máscara estaba rota.

—Los dioses debieron de haber estado furiosos con ustedes —dijo Tora.

Luego de unos segundos, Shika añadió:

—Kon, el hombre halcón, se estaba volviendo dorado. Recuerdo haber visto el sol en su plumaje.

—Debe estar transformándose en un houou. Es el ave sagrada que aparece en la tierra cuando el gobernante es justo y el cielo lo ha bendecido —dijo Shisoku.

—Debe ser Yoshimori. Tengo que encontrarlo y restituirlo en el trono.

—Ésas son preocupaciones propias de guerreros y nobles. Deja que ellos las resuelvan y conviértete en hechicero de la montaña como yo —dijo Shisoku.

—Primero fui guerrero, mucho antes de convertirme en hechicero —respondió Shika—. Restaure la máscara y la espada, y cuando estén listas, comenzaré a buscar a Yoshimori.

—Nada cambiará hasta que tu poder se equipare con el del Príncipe Abad —dijo la señora Tora—. Tendrás que enfrentarlo y superarlo física y espiritualmente. De momento no puedes hacer ninguna de las dos cosas. No tienes hombres ni seguidores, ni siquiera un caballo. En tu primer encuentro con él, fracasaste. Te obligó a cometer un error tremendo del que es posible que nunca te recuperes. Los caballos y el hombre halcón, que debieron haber sido tus aliados, se pusieron en tu contra. Tienes mucho que enmendar y todavía más que aprender.

—¿Cuánto tiempo le llevará reparar la máscara y la espada? —le preguntó Shika a Shisoku.

—Cuando tú estés listo, ambas lo estarán también —respondió el anciano de mala gana.

—¿Serán días o semanas?

—Más bien años —contestó el hechicero.

—No puedo esperar tanto —exclamó Shika; su impaciencia indicaba que se estaba recuperando.

—Tendrás mucho en que ocuparte. Además de todo lo que tienes que aprender, debes criar a mis hijos —dijo la señora Tora.

—Eso te enseñará un par de cosas —murmuró Shisoku.

images

—Los niños no pueden venir al mundo aquí, en medio de la magia impredecible de Shisoku, todos esos huesos, pieles y transformaciones —afirmó la señora Tora.

—Sin duda —convino Shisoku—. El parto, sobre todo si involucra a los Pobladores Antiguos, es completamente disruptivo y podría desencadenar toda clase de fuerzas incontrolables, aunque tal vez podría aprovechar una de ellas para reparar la máscara, así que no te vayas muy lejos.

—Shikanoko debe ayudarme a construir una morada —dijo ella.

Los Pobladores Antiguos… ¿En dónde había escuchado eso Shika? Entonces las palabras de Sesshin se cristalizaron en su mente. Después de haberle transferido la perla de poder por la boca, le había dicho: De cinco padres, nacerán cinco niños. Encuéntralos y mátalos. Serán demonios. Ella pertenece a los Pobladores Antiguos.

Se obsesionó con esas palabras mientras, siguiendo las órdenes de Tora, construyó una choza pequeña al norte del claro, de cara al sur. Él cortó la madera de arces con aroma dulce y de encinas fuertes, con el hacha y la sierra afilada de Shisoku. Forjaron juntos los clavos, llevando el fuego al rojo vivo con fuelles hechos de piel de venado.

Shika nunca había construido nada y, como la mayoría de los empeños de Shisoku, los resultados no eran lo previsto, pero le gustaba el proceso de cortar madera y darle forma para que fuera una vivienda. Era como hacer arcos y flechas, una especie de magia en sí, convertir lo que el bosque les daba en algo que no había existido antes. Cuando terminaron e hicieron el techo con junco de susuki, era agradable a la vista.

Shisoku trataba las herramientas como si fueran niños o sirvientes. Nunca las tomaba de su lugar en la pared sin antes pedirles permiso ni las regresaba sin darles las gracias. Shika entendía que todo en su mundo estaba conectado, que Shisoku conocía íntimamente todos los hilos e intersticios y que su poder provenía de dicho conocimiento, de su habilidad para desenmarañar y reconectar.

Cuando los gusanos de seda comenzaron a tejer sus capullos, la señora Tora también comenzó a tejer. Shika no veía de dónde provenían los hilos; tal vez de la telaraña que el rocío matutino convertía en joyas relucientes, mezclada con el suave pelaje del vientre de algún lobo o zorro, o de los largos zarcillos de la glicinia y la brionia, de las semillas del algodoncillo y el diente de león, de las hebras delicadas y poderosas de las raíces y los tendones de las cortezas, de todo lo maleable y flexible que pudiera servir de hilo.

De esto tejió cinco capullos, suaves por dentro y duros por fuera, y los colgó de las vigas de la cabaña. Una mañana, quedó claro que cada uno albergaba una especie de huevo.

Shika no presenció su nacimiento ni escuchó los gemidos de dolor que suelen acompañar el parto. La señora Tora parecía exhausta. No lo quería cerca de ella, estuvo recostada todo el día sin moverse. De la puerta de la choza se percibía el olor característico de la sangre y la yema de huevo. Al anochecer, le pidió a Shika que le llevara agua y trapos y que esperara afuera mientras ella se lavaba.

Después le dio el cuenco y le dijo:

—Dale esto a Shisoku, está lleno de poder.

Su voz era débil, su cara pálida, y parecía que le habían extraído algo esencial. A lo largo de los siguientes días, a medida que las criaturas en los capullos crecían, ella se debilitaba.

—He cumplido mi labor en la tierra —le dijo a Shika cuando él intentó convencerla de comer.

—¿Pretende morir? —le preguntó Shika al hechicero.

Shisoku frunció los labios y después dijo con reticencia:

—Son las costumbres de los Pobladores Antiguos.

—¿Quiénes son los Pobladores Antiguos?

—A veces se les llama la Tribu Araña. Son quienes vivieron aquí antes.

—¿Antes de qué? —preguntó Shika.

—Antes de que gente como tú llegara de Silla, con sus espadas y caballos, sus príncipes y emperadores.

—¡Nunca he oído hablar de ellos! —lo asaltó la sospecha—. ¿Usted es uno de ellos?

—Mi abuela lo fue. Murió cuando nació mi padre, de un capullo como éste. Su padre lo crio en el bosque, como nosotros tendremos que criar a estos niños. No serán como los niños ordinarios.

—¿Serán demonios? —preguntó Shika con una especie de terror.

Shisoku sonrió:

—No, demonios no, sólo diferentes.

Shika tenía que preguntar:

—¿Y yo? ¿Yo también lo soy?

—¿Porque llegaste en el momento adecuado? ¿Porque pudiste convertirte en el hijo del ciervo? A veces me lo pregunté, y también Tora. Pero no sabíamos de tu existencia, y quedan tan pocos que los conocemos a todos. Tal vez tienes sangre de los Pobladores Antiguos. Tal vez sólo eres afortunado.

—O desafortunado —murmuró Shika.

—También —convino Shisoku—. ¿Alguna vez te encontraste con un tengu?

Shikanoko se quedó callado.

—¿Sí?

—De niño, apenas lo recuerdo, pero quizá fue un sueño. ¿Por qué?

—La primera vez que viniste, creí identificar influencia tengu en tu vida.

—En mi sueño, si eso fue, mi padre jugaba un juego de Go con un tengu. Perdía el juego, su vida y a Ameyumi, su arco. Me ocultó en el pasto, pero los tengu sobrevolaron y me vieron. Recuerdo sus picos y sus alas.

—Qué interesante. Eso podría explicar muchas cosas —dijo el hechicero.

images

Un par de días después, la señora Tora los llamó desde la choza. Las criaturas habían crecido y parecían niños humanos; eran demasiado grandes para los capullos, que empezaban a romperse a medida que los niños forcejeaban y empujaban con las manos y los pies.

—¿No deberíamos ayudarlos a salir? —preguntó Shika.

—No, deben hacerlo solos para que sepamos quién es el primero y el más fuerte.

Daba la impresión de que los dos saldrían al mismo tiempo y, antes de que rasgaran la tela sedosa por última vez, ya parecían estar compitiendo. Crecieron frente a los ojos de Shika, y para cuando el primero se puso de pie frente a ellos, tenía el tamaño de un niño de dos años, se tambaleaba sobre sus piernas inseguras como las crías de los animales del bosque.

—Te llamarás Kiku —dijo la señora Tora—. Significa “escuchar”. Escucharás todo. Como fuiste el primero en salir, serás el más fuerte y el más inteligente.

Casi de inmediato, el segundo niño ya estaba de pie, mirando con ojos curiosos y sin miedo.

—Tu nombre es Mu —dijo su madre—. Significa “nada” y “guerrero”. Existirás entre los dos. Nadie te verá. Tu destino será esforzarte siempre por ser el primero, pero nunca superarás a Kiku.

Tenían algo encantador. Eran atractivos, como cervatillos o monos pequeños.

—Vengan —dijo Shika y cargó a un niño en cada brazo. La presión de Mu en su brazo roto le produjo un dolor mínimo. Ya había sanado casi por completo.

El tercer niño salió a rastras del capullo y la señora Tora lo llamó Kuro, Oscuridad, y le dijo que caminaría solo.

—Será como yo —dijo Shisoku, quien lo cargaba en la piedra donde descansaba la rodilla.

Se produjo una breve pausa mientras los dos niños restantes se esforzaban, con más dificultad, para salir. Los otros miraban, sin ninguna emoción aparente salvo curiosidad. Shika sintió el calor de sus cuerpos que descansaban con total confianza sobre él. Eran seres hermosos, con pelo negro y denso y extremidades delgadas. Pensó en los cinco padres cuyas semillas se habían fundido para hacerlos: Akuzenji, Kiyoyori, Sesshin, Shisoku y él mismo. Era imposible que considerara matarlos.

Uno de los dos que faltaban se liberó y salió a rastras, débil y exhausto.

—Te llamas Ima, que significa “ahora” —dijo la señora Tora—. Serás sirviente de tus hermanos, nunca conocerás la envidia ni la desilusión —lo abrazó un momento antes de dárselo a Shisoku—. Y tu destino es ir al final —le dijo al último. Era visiblemente más pequeño que los otros y no se paró ni caminó de inmediato, sino que gateó como un cachorro ciego—. Tú serás Ku. Amarás a todos los animales y ellos te amarán y confiarán en ti. Seguirás a tus hermanos como un perro.

images

A medida que Tora se debilitaba, decía ansiar la naturaleza, el aire cálido en su piel, la sombra moteada, el susurro del arroyo y los sonidos de las aves y los insectos, el cielo nocturno y las estrellas. Haber dado a luz a los niños la había vuelto amable, como si ellos hubieran absorbido toda su dureza y su fuego.

A petición de ella, Shisoku tomó una joya de ámbar claro del altar y la colocó en su pecho. Shika la sacó cargando de la choza y se quedó tumbada varios días, sin comer ni beber, pero al parecer en paz. Los niños jugaban a su alrededor, y crecían visiblemente cada día.

—¿Cómo escapaste de Matsutani? —preguntó Shika una mañana—. Todos creímos que habías muerto en el incendio.

—Arderé —respondió—, pero ése no

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos