Introducción
DISFRUTANDO AMÉRICA
Cuando los españoles llegaron a lo que hoy es Perú se encontraron con el Imperio Inca, una de las sociedades más desiguales del planeta. Los hombres con poder disponían de una gran proporción de mujeres. Los emperadores podían tener más de 700; los oficiales principales, 50; los líderes de naciones tributarias, 30; los jefes de provincias de 100 mil habitantes, 20, y los de provincias con hasta mil habitantes, 15. Una élite privilegiada. En el otro extremo, el hombre promedio en el Imperio Inca estaba prácticamente obligado a vivir en celibato debido a la escasez de mujeres. Los castigos por buscar el afecto de alguna mujer del emperador suponían la muerte para el condenado, sus parientes y sus sirvientes, así como la destrucción de su aldea y de todos quienes ahí viviesen.1 Una fuente de satisfacción normalmente bien repartida, las parejas, estaba probablemente concentrada en pocos individuos como en ningún otro lugar del mundo. Había, por supuesto, una desigualdad aún peor: la que sufrían las mujeres obligadas a casarse con la nobleza.
Muchas cosas han pasado desde que llegaron los españoles a América, pero persiste una alta desigualdad frente a países del mismo nivel de ingreso. También Estados Unidos, que fue un país relativamente igualitario, es hoy más desigual que sus contrapartes del mundo desarrollado. En América, la élite concentra una gran cantidad de riqueza y de beneficios. Incluso Canadá tiene una mayor concentración del ingreso que los países de Europa.
“Hacer la América”, como se le llamaba al emigrar hacia el continente, ha sido un sueño de quienes no veían oportunidades en su lugar de origen. Para los españoles, era la oportunidad de hacer dinero fácil y de regresar a España enriquecidos. América era imaginada como un lugar de paso, por más que muchos se terminarían quedando. Desde libaneses, italianos, ingleses, japoneses, muchos vinieron a hacer dinero.
Para muchos otros era el espacio de libertad donde se podía empezar una vida lejos de la persecución religiosa y política de sus lugares de origen. Huyendo llegaron desde los puritanos ingleses en el siglo XVII hasta los judíos de Europa del Este durante finales del XIX y principios del XX, así como quienes huían del terror nazi.
Por siglos, América ha estado en el imaginario de muchos como el lugar para empezar una vida mejor. El continente joven. El continente con recursos de sobra.
Hoy, Estados Unidos sigue siendo el sueño de muchos, pero no así América Latina. En los índices de bienestar, América Latina está muy por debajo de los países avanzados y de muchos países en desarrollo que antes tenían menores niveles de bienestar que la región.
Si la población en promedio no vive bien, los pobres viven particularmente mal. En contraste, América Latina es un lugar donde las élites viven muy bien. En todos lados los de adelante corren mucho, pero en América corren mucho más, y los de atrás se quedan aún más rezagados.
Las encuestas de felicidad de los segmentos altos así lo indican. La última encuesta de Bienestar Subjetivo del INEGI muestra que entre los mexicanos con mayores ingresos disminuye la probabilidad de reportar niveles de satisfacción bajos. En el otro extremo, quienes reciben menos ingresos tienen niveles de bienestar percibido mucho más bajos.2
Hay muchas otras razones para creer que las élites de estos países tienen un espacio de privilegio particularmente bueno. La más objetiva: concentran un alto porcentaje de la riqueza nacional.
Estados Unidos, de acuerdo con los índices de bienestar, está por debajo de varios países europeos. Tiene también una mayor concentración del ingreso que todos los países de Europa occidental.
Un lector podría pensar que todo esto es interesante, pero no necesariamente relevante. Incluso desde un punto de vista cínico, lo importante es, para quien pertenezca a la élite de su nación, saber cómo quedarse ahí, cómo seguir corriendo más que el resto de la población. En contraste, para quien nació fuera de ella, lo importante es aprender a llegar a ese espacio donde se concentran los recursos, por más difícil que sea.
Finalmente, la historia de la humanidad es la historia de la desigualdad. Está en nuestra naturaleza. Así quedó retratado en Rebelión en la granja de George Orwell. En el momento en que un grupo de animales decretó un mundo sin desigualdad, muy pronto hubo animales más iguales que otros.
Un primer problema con esa aseveración es ético. En América, como en el resto del llamado mundo occidental, partimos de una premisa: todos somos iguales. Es el principio que ordena nuestro pacto social. Es también el principio que rige esa, en su momento, disruptiva religión, el cristianismo.
El segundo problema es que de este principio de igualdad se desprende otro: todos (dentro de quienes sean considerados iguales) tienen un voto y éste tiene el mismo valor, independientemente de su nivel de ingreso. En principio, un sistema democrático es una gran fuerza igualadora. En América Latina no se ha sentido. En Estados Unidos esa fuerza igualadora se perdió desde los años setenta.
Hay muchas razones que parecen explicar la tendencia a la desigualdad. La globalización premia a los mejor educados, el cambio tecnológico permite a los más exitosos dominar todo un sector de la economía con rapidez y el dinero da recursos para distorsionar el principio de “un hombre, un voto”.3
En el caso de América Latina la desigualdad ha permanecido casi constante durante el siglo XX, a pesar de que en ese periodo se vivieron innumerables revoluciones y el continente se volvió democrático, salvo excepciones como Cuba. Estas fuerzas políticas transformadoras no lograron erosionar de forma importante la posición de privilegio de las élites o, si lo hicieron, simplemente provocaron que una élite sustituyera a otra.
Toda desigualdad, y más en países que parten de la ficción de que todos son iguales, tiene que ser justificada con alguna ideología que ayude a cohesionar a la sociedad. En Estados Unidos esa ficción tiene un nombre: el sueño americano. Es el mito de que cualquiera puede llegar a ser rico, pero que sólo los más hábiles y trabajadores lo logran.
El caso de América Latina es muy distinto. Priva la sospecha de que el enriquecimiento suele ser por corrupción. Afortunadamente, ésta parece estar cada vez peor vista, desde el escándalo de Petrobras hasta las derrotas del partido de aquellos gobernadores en México sobre los que penden sospechas. Hay enojo, pero la corrupción sigue siendo endémica.
La ira de muchos no le ha impedido a la élite de la región vivir muy bien. Este libro busca mostrar de qué tamaño son estos privilegios y por qué la desigualdad importa. Analiza también cuáles son las jerarquías que se construyen en función del dinero y cómo se relacionan y retroalimentan las élites de América Latina con las de Estados Unidos. Finalmente, aborda los riesgos que corren las élites en sus desiguales y violentos países de origen.
Por élite se entiende a quienes están en la cima de una sociedad. Es decir, existen todo tipo de élites, no simplemente las económicas. En cada organización alguien está arriba, es el grupo que la controla. En el Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA, la élite de ese partido la encarna López Obrador y quienes tienen su confianza como para ser parte de la dirigencia. En la Confederación de Trabajadores de México, la CTM, el grupo de líderes sindicales que la han controlado. No hay una élite, sino varias. El mundo cultural tiene la propia. El sindical, otra. El científico, la suya. El dinero es algo que todas comparten como uno de los fines de estar en una posición dominante en su sector.
En toda economía capitalista un pequeño grupo controla una importante proporción del capital. Ésta es la llamada oligarquía. Las oligárquias pueden competir entre ellas, o coludirse, dependiendo de cada momento. Cuando reaccionan de forma coordinada, cuando perciben que sus intereses se pueden ver afectados, tienen más probabilidades de defender sus privilegios. Pero cuando se dividen es más probable que no los logren defender.
En términos de concentración del ingreso se suele hablar de quienes acumulan el uno por ciento del ingreso de un país. Dentro de este porcentaje, la oligarquía es una muy pequeña minoría. Es ahí donde reside realmente buena parte del poder económico. El uno por ciento es esa clase alta que vive muy bien, pero no tiene poder para modificar el entorno a su favor. En México, son alrededor de 1.2 millones de habitantes.
En el caso de nuestro país, y de los países de América Latina, todas estas élites suelen correr más de prisa, y acrecentar sus privilegios gracias a transferencias de recursos públicos. La relación más importante es entre las élites económicas y las políticas, es decir, la forma en que se articulan, se intercambian favores, se pelean, se imponen límites y se relacionan con el resto de la sociedad.
En este libro veremos ciertos casos que nos ilustran sobre el comportamiento de élites específicas. No es una historia detallada de su comportamiento, sino una visión estilizada de ellas.
La estabilidad de una sociedad y de cada organización depende de qué tan eficaces y legítimas sean sus élites. Cuán capaces son de ceder algunos privilegios, como el mal menor para mantener el resto de ellos.
Este libro está lejos de ser un estudio exhaustivo del tema. Es un esfuerzo por mostrar quiénes son esas élites, en qué mundo desigual viven, con qué privilegios, qué riesgos enfrentan, cómo se relacionan entre ellas y, sobre todo, cómo han perdurado a lo largo de toda la historia de América Latina y crecientemente se han fortalecido en Estados Unidos.
Élites tan ricas y tanta desigualdad implican que en la región hay más pobres de los que uno esperaría para el nivel de ingreso promedio de nuestro continente. Sin embargo, este libro no va a decir gran cosa sobre los pobres, salvo en la medida en que contribuyen o afectan el bienestar de las élites. Lo hacen de dos formas: de forma positiva desde la perspectiva de las élites, como sus sirvientes, y de forma negativa cuando les tratan de robar, secuestrar, matar o votar a favor de quien promete redistribuir los recursos.
Hay otras élites que viven muy bien en el mundo. La élite masculina en el Medio Oriente, casi siempre vinculada a la casa reinante, tiene muchos más recursos y poder que la de América Latina; puede virtualmente hacer casi lo que quiera, incluido tener varias mujeres. Sin embargo, está sujeta a las restricciones que imponen los gobiernos autoritarios de sus países, y a las limitaciones propias de los Estados eclesiásticos que suelen dominar la región. Las mujeres en la región no tienen derecho alguno.
Una de las peculiaridades de nuestra región es el papel que juega Estados Unidos en los equilibrios que hacen posible la cómoda vida de las élites. Si bien este libro se concentra en las élites de América Latina, y en particular en las de México, que son las que conozco mejor, esta introducción se llama Disfrutando América por dos razones. La primera, porque, como iremos viendo a lo largo del libro, la élite en Estados Unidos vive con muchos mayores privilegios que sus contrapartes en los países más desarrollados de Europa. La segunda, porque América Latina no existiría en la forma que es si no fuera por Estados Unidos. Este país les ha brindado a las élites de América Latina seguridad regional, les ha permitido no armarse para protegerse de invasiones lejanas, ni de los vecinos. Las élites de América Latina han sido tradicionalmente cercanas a las de Estados Unidos. Durante la Guerra Fría y la amenaza comunista, Estados Unidos protegió con éxito los privilegios de la élite de la región, salvo en el caso de Cuba.
En México hay una interesante literatura sobre pobreza y desigualdad. El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) es fuente de innumerables estudios sobre la pobreza. Los escritos de John Scott, Rodolfo de la Torre, Graciela Teruel, Gerardo Esquivel, Miguel del Castillo Negrete, entre otros, han ayudado a entender la pobreza, sus causas e implicaciones, así como los altos niveles de desigualdad y la evolución de ésta. Sus datos serán muy útiles en subsecuentes capítulos.4
Branko Milanovic, especialista en desigualdad, contaba hace algunos años que las fundaciones no financ
