Introducción
Tengo anhelos inmortales dentro de mí.
SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra
Todos sentimos a veces que algo falta en nuestra vida. Anhelamos lo que sea que podría compensar la carencia, aunque rara vez con resultados satisfactorios. ¿Durante cuánto tiempo hemos anhelado aquello que no se deja atrapar, el fruto que está lejos de nuestras manos, el barco que se ha desvanecido en el horizonte, los labios que rechazan nuestro beso? Lo imposible de asir es precisamente lo que despierta nuestros más profundos anhelos. ¿Qué timo nos hace añorar lo que no somos capaces de obtener y no estamos equipados para conservar? ¿Qué hay dentro de nosotros que nos hace extender nuestras “estrechas manos para aferrar el paraíso”, como dice Emily Dickinson? ¿Por qué hay en nosotros hambres existenciales que no se van, ni siquiera en banquetes? Éstas son las preguntas que abordaremos de manera cuidadosa en las siguientes páginas.
El hecho de que anhelemos lo duradero en un mundo siempre cambiante no es ilógico. Es señal de la presencia de algo trascendente en nosotros, aquello que es y busca más que lo que salta a la vista en el medio que nos rodea, que cree que algo es más que lo que aparenta, que hay más en nosotros de lo que creemos ser, más en nuestra experiencia que lo que hemos notado hasta ahora.
Las palabras más que no indican multiplicidad. Esto no es “más” como en “cuatro es más que dos”. Esto es “más” como en dos a la milésima potencia. Con la palabra más nos referimos a lo que todo anhelo promete: el “más” que siempre hemos querido. Veremos que también es el “más” con el que nacimos.
Los anhelos pueden definirse como ansias fuertes y duraderas por aquello que en última instancia no es por completo alcanzable de algún modo definitivo. Nuestros anhelos comenzaron temprano en nuestra vida y nos acompañan hasta la muerte. Encontramos un poco de satisfacción de ellos durante el transcurso de la vida, mas nunca es suficiente para ponerles fin. Los anhelos son inciertos, más fáciles de sentir que de definir. Las mujeres en particular parecen cómodas en ese dominio de la incertidumbre. Los hombres más a menudo prefieren que las cosas estén bien definidas, expresadas con claridad, orientadas a objetivos (cosa posible en el deseo pero no en el anhelo). El deseo es para lo claro y alcanzable; el anhelo es para lo tácito y no alcanzable de manera definitiva o total. Para la mayoría de los hombres es difícil comprender el estilo indefinido del anhelo de las mujeres. Es todo un reto para nosotros, los hombres, seguir el consejo de Shakespeare en el Soneto 23: “Oh, hay que aprender a leer lo que el amor escribe en silencio”.
Todos tenemos muchos anhelos. En este libro nos enfocaremos en cinco: amor, significado, libertad, felicidad y crecimiento. Cada uno nos revela a nosotros mismos, nos muestra lo que queremos, cuáles son nuestros ideales, qué nos motiva, qué somos en realidad como humanos:
Nuestro anhelo de amor nos muestra cómo estamos hechos para una conexión cariñosa, no para el aislamiento. Anhelamos de manera profunda una sensación de pertenencia. El hueco en forma de amor dentro de nosotros sólo se llena durante esos momentos en que forjamos y usamos nuestros recursos fisiológicos y espirituales para sentir un afecto auténtico que viene de o hacia nosotros. De igual manera, el anhelo de ser vistos tal y como somos es parte del anhelo de ser amados.
Nuestro anhelo de significado nos indica que nunca podemos estar satisfechos con la superficialidad, porque nuestras mentes están orientadas a encontrar significaciones y son capaces de crearlas a partir de cualquier cosa. El vacío en forma de significado dentro de nosotros se llena en esos instantes en que confiamos en que existe una certeza en el mundo y en nosotros mismos.
Nuestro anhelo de libertad nos manifiesta que tenemos derecho y capacidad de gozar de la gama completa de pensamiento, imaginación, sentimiento y acción del ser humano. El hueco en forma de libertad dentro de nosotros se llena cuando sentimos que se nos permite ser quienes somos a plenitud, sin inhibiciones, sin exigencias, sin vergüenza. Cuando decimos sí a quienes somos, enfrentamos nuestro mayor desafío: acceder a la elevada libertad que nunca nos atrevimos a intentar.
Nuestro anhelo de felicidad advierte que nuestro yo fundamental no es nada más que alegría incontenible. El hueco en forma de felicidad dentro de nosotros se colma durante esos momentos en que nos regocijamos por ser nosotros mismos, por dejar que otros sean quienes son, por aceptar que el mundo sea lo que es.
Nuestro anhelo de crecer nos muestra que somos drásticamente evolutivos, que nacimos para avanzar de manera progresiva por el trayecto hacia la autoexpresión y la autoexpansión en servicio, en última instancia, del mundo en su conjunto. El hueco en forma de crecimiento dentro de nosotros se llena al vernos desafiados a evolucionar o cambiar y asumimos el reto sin importar los obstáculos en nuestro camino.
Tal como se describe con anterioridad, en los cinco anhelos fundamentales es posible observar la importancia crucial del papel que interpretan otras personas. Los anhelos requieren una capacidad de respuesta. Una boyante relación consciente dentro de una familia, una amistad o un vínculo íntimo es una que acoge nuestros anhelos. En una relación se les puede dar cabida a estos cinco conceptos de manera cordial, se les puede reconocer como legítimos, satisfacerlos sin renuencia a pesar de nuestras limitaciones como seres humanos. Nunca nos mostramos demasiado avergonzados por tener anhelos que tenemos ni mucho menos para pedir que sean cubiertos.
Es posible sobrevivir sin la satisfacción de cada anhelo. Pero no podemos ser humanos por completo sin tener los cinco. Por ejemplo, en el caso de la libertad: soy capaz de sobrevivir encadenado, pero no puedo conservar mi condición humana si me siento satisfecho con permanecer atado. Nuestros anhelos revelan lo que implica ser humano: amar y ser amados, vivir una vida significativa, ser libres, ser felices la mayor parte del tiempo, crecer más allá de nuestros límites impuestos por nosotros mismos o por otros. Los cinco anhelos son marcas indelebles que provienen de nuestras primeras experiencias en la vida y también de nuestra herencia humana común. Todos tenemos los mismos anhelos. Todos hemos tenido una experiencia diferente respecto de cómo se implantaron en nuestras vidas, algunos armoniosamente, otros con un golpe seco. Este libro te permite aceptar tus propios anhelos y te muestra cómo compartirlos con la gente en quien confías.
Los cinco anhelos abarcan mucho. Cada uno es una categoría, un encabezado general que comprende muchos anhelos derivados.
Incluidos en amor, hay anhelos para hallar y dar amor: buscamos conexión, comunidad, mutualidad, pertenencia, compañerismo, apoyo, confiabilidad e intimidad. Deseamos sentir la certeza duradera de que no estamos solos, de que le importamos a alguien, de que hay alguien que resiste con nosotros sin importar qué; de que la gente, y alguien especial, nos ama sin condiciones. De igual modo, anhelamos amarnos y luego dar nuestro amor a otros: tal vez queramos alguien especial a quien podamos mostrar nuestro amor de manera íntima. En el nivel colectivo, quizás anhelemos demostrar amor a los cuatro vientos haciendo algo que contribuya al bienestar de todos los seres.
Significado incluye un sentido del propósito, alguna sensación de que nuestra vida posee una meta, de que lo que nos ha ocurrido tiene importancia bajo las superficies que vemos. También queremos encontrar la realización y el significado en nuestro trabajo, saber que marca una diferencia en nosotros y en el mundo a nuestro alrededor. De igual modo, anhelamos encontrar una profundidad de significado en nuestras relaciones, en sucesos de la vida, en la naturaleza y en cómo vemos y experimentamos al mundo. Queremos importarles a otros, saber que tenemos un significado en sus vidas: “Mi vida te importa” es equivalente a “Yo importo”.
Libertad engloba la certidumbre de que tenemos poder y voluntad en el mundo, de que no estamos a merced de las inhibiciones o compulsiones que obstaculizan el que seamos libres. Libertad también significa autonomía personal, que otros ya no tengan voz ni voto sobre cómo vivimos nuestras vidas. Nuestras decisiones entonces no giran en torno al miedo ni son tomadas cuidando la manera en que otros podrían reaccionar a nuestras elecciones. Anhelamos la libertad de vivir de acuerdo con nuestras más profundas necesidades, valores y deseos, sin la obligación de diseñar nuestras vidas de modo que se ajusten a la aprobación de otros. Anhelamos ser libres de apegos que nos aten demasiado fuerte, de perspectivas que nos confinen, de patrones que nos limiten, de viejos problemas no resueltos que nos restrinjan. Queremos liberar nuestra vivaz energía como liberaríamos a un potro de un establo estrecho. Indudablemente, bloqueamos nuestro momento de liberación cuando permanecemos atrapados en hábitos que, aunque con frecuencia son reconfortantes por ser familiares, son arcaicos.
Felicidad incluye anhelos de una sensación duradera de protección y seguridad en la vida y las relaciones. Nuestra experiencia de felicidad comprende tanto alegría vivaz como paz interna. Esta paz se compone de equilibrio, armonía, ecuanimidad, calma, de estar centrado, de tener los pies en la tierra, de una sensación de flujo. La paz interna nos brinda capacidad para la complacencia. Podemos estar satisfechos con la manera en que se dan las cosas, con lo que somos y poseemos, incluso cuando no está perfecto o completo. Dicha paz se encuentra tan firme en nosotros que el temor, sin importar su magnitud, no puede cancelarla o siquiera alcanzarla. En lugar de eso, se ha convertido en alegría vivaz; estamos felices de ser justo como somos.
Crecimiento, por otro lado, se refiere a un anhelo de ir más allá de lo que tenemos y somos, de desarrollarnos, de evolucionar, de luchar por más. Nuestros desafíos de crecimiento no giran en torno a la complacencia sino a ampliar nuestro mundo. Estamos hech
