Dios tiene un nombre de John Mark Comer no es solo un libro: es una experiencia. Este libro es más que un manjar nutritivo; es una experiencia estética llena de pasión y poder, verdad e imaginación. Es uno de los pocos escritores cristianos que me hace querer leer más (buenos) libros y ver menos Netflix.
Dr. Preston Sprinkle, autor bestseller del New York Times y presidente de The Center for Faith, Sexuality and Gender
John Mark Comer es un maestro comunicador. Y más importante aún, ama la Biblia, escucha la Biblia y ha aprendido de la Biblia de una forma tan profunda que lo que enseña y predica está impregnado de ella. Solo por esa razón, John Mark se ha convertido en una voz importante en la iglesia estadounidense. Dios tiene un nombre nos ofrece nada menos que un panorama de la comprensión bíblica de Dios basado en uno de los pasajes más importantes (y a menudo descuidados) de toda la Biblia. ¡Este libro bendecirá tu vida porque te llevará directamente a Dios!
Scot McKnight, PhD, profesor Julius R. Mantey de Nuevo Testamento en Northern Seminary
La mejor manera de describir a Dios tiene un nombre es imaginar que The Knowledge of the Holy [El conocimiento del Dios Santo] de A. W. Tozer y What We Talk About When We Talk About God [De qué hablamos cuando hablamos de Dios] de Rob Bell tuvieran un hijo rebelde que se opone a sus padres.
David Lomas, pastor principal de Reality San Francisco y autor de The Truest Thing about You [La mayor verdad sobre ti]
En una época en la que todos piensan que Jesús está de su lado, respaldando su agenda y apoyando sus ideologías, nos hemos convertido en un pueblo ortodoxo según nuestra propia medida. Todos parecen afirmar: «Yo soy la medida de la verdad y los disidentes deben ser quemados en la hoguera». De la mano de John Mark Comer, tenemos un libro que hará estallar nuestras burbujas de arrogancia. Al final, nos obliga a salir del autoengrandecimiento y nos invita al salón del trono de la adoración. ¡Lo recomiendo sin reservas!
Dr. A. J. Swoboda, pastor, profesor y autor de The Dusty Ones [Los desgastados]
Con su estilo único, un humor maravillosamente encantador y una habilidad especial para la paráfrasis teológica, John Mark Comer ha creado otra obra desafiante que oramos para que impacte a los lectores tanto como ha impactado a nuestra comunidad en Portland.
Los ancianos de Bridgetown Church
John Mark Comer es un guía sabio y estimulante que muestra cuánto hemos subestimado la infinita misericordia de Dios en el Antiguo Testamento. Prepárate para que tus suposiciones más profundas sobre el carácter de Dios sean desafiadas de la mejor manera posible.
Dr. Tim Mackie, co-creador de The Bible Project [El proyecto Biblia]
«¿Cómo es Dios?» es la pregunta que uno debe responder. La propia Biblia cita constantemente Éxodo 34:6-7. Las reflexiones de John Mark Comer te ayudarán a meditar sobre lo que enseña. Tu mente, tu espíritu y tu corazón serán transformados.
Gerry Breshears, PhD, profesor de Teología en Western Seminary, Portland
A lo largo del mundo occidental hay un número creciente de vecindarios, ciudades y pueblos que se aferran firmemente a sus identidades progresistas, resistiendo y rechazando el cristianismo como algo pasado de moda, en el mejor de los casos, y opresivo, en el peor. John Mark Comer pastorea desde una de esas ciudades (Portland) animándonos a vivir una vida de discipulado fiel, profunda y comprometida. Su voz es importante, ya que nos ayuda a florecer como seguidores de Cristo en contextos donde se cuestiona hasta el nombre de Dios.
Mark Sayers, pastor senior de Red Church en Melbourne, Australia, y autor de Disappearing Church [Una iglesia que desaparece] y Strange Days [Días extraños]
No hay muchas preguntas en la vida cuya respuesta pueda cambiarlo todo. Pero inquirir quién es Dios y cómo es son dos de esas preguntas, y John Mark Comer las responde de manera brillante en este libro.
Jefferson Bethke, autor de It’s Not What You Think [No es lo que piensas]
A pesar de la creciente popularidad del ateísmo, la gran mayoría de las personas aún asevera creer en Dios. Sin embargo, este «dios» suele ser solo una proyección de sus propios valores, de su moral y de sus pensamientos. Este libro es una guía sencilla, pero profunda, sobre lo que Dios ha dicho sobre sí mismo. Quien afirma Él que es y su verdadera identidad y carácter son mucho más distintos y mucho mejores de lo que jamás podríamos imaginar.
Skye Jethani, autor de With [Con] y exeditor en Christianity Today [Cristianismo hoy]
Tras leer las primeras páginas de Dios tiene un nombre alcé ambos puños al aire. Después del tercer capítulo, sentí ganas de chocar pecho contra pecho con todos los que estaban en la cafetería. Al final del libro, me sentí como Jack Black en los créditos finales de School of Rock [Escuela de rock]. ¡Este libro es electrizante! No estoy seguro de a quién sacudirá más, si al escéptico desencantado o al religioso de toda la vida, pero, de cualquier manera, ¡consíguelo!
Evan Wickham, artista, líder de alabanza y plantador de iglesias, San Diego, California
Si disfrutas de la lectura, por favor, cuéntaselo a tus amigos.
#diostieneunnombre
Nota para el lector:
Como la mayoría de las traducciones de la Biblia, la versión NVI traduce el nombre hebreo de Dios, «Yahveh», con el título «el SEÑOR». Por razones que se aclararán a medida que avances, hemos añadido Yahveh entre corchetes. Cada vez que lo leas, recuerda que Dios tiene un nombre.
Éxodo 34:4-7
Moisés labró dos tablas de piedra semejantes a las primeras y muy de mañana las llevó en sus manos al monte Sinaí, como se lo había ordenado el SEÑOR [Yahveh]. El SEÑOR [Yahveh] descendió en la nube y se puso junto a Moisés. Luego le dio a conocer su nombre: pasando delante de él, proclamó: «El SEÑOR [Yahveh], el SEÑOR [Yahveh], Dios compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después y que perdona la maldad, la rebelión y el pecado; pero no tendrá por inocente al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación».
Prólogo
El Dios en la cima de la montaña
La semana pasada, un ateo se acercó a mí y me preguntó cómo podía creer en un Dios que hizo que los padres se comieran a sus hijos.
Naturalmente, me quedé un poco confundido. Mucha gente tiene ideas extrañas sobre Dios, pero ¿canibalismo? Eso sí que era nuevo.
Hablaba en un evento, y el tema de ese fin de semana era la Biblia: en toda su rareza, misterio, drama, verdad, mentiras, violencia, no violencia, burros sarcásticos, Mesías moribundos y su «¿pero qué rayos está pasando con esta historia?».
Se suponía que el evento era para pastores y líderes de iglesia, pero varios ateos se colaron en la fiesta.
Resulta que mucha gente tiene problemas con la Biblia.
Incluso la mayoría de nosotros tenemos problemas con Dios.
Así que este muchacho, Micah, se me acerca con una cita de Levítico. (¿Por qué siempre es Levítico?). Había sacado accidentalmente una línea fuera de contexto y la había malinterpretado. Esto suele ocurrir.
Tuvimos una charla agradable sobre cómo, en realidad, Dios no es un caníbal, y luego tuve que subir al escenario y enseñar. Sin embargo, más tarde me di cuenta de que Micah, el ateo, y yo, el pastor, estábamos hablando de Dios, aunque ambos teníamos ideas radicalmente diferentes respecto a quién es Dios.
Para mí, Dios es el Creador de todo lo bueno, lo hermoso y lo verdadero; el Dios del que leo en las Escrituras y el que veo luego en Jesús de Nazaret.
Para Micah, Dios es un monstruo sádico que obligó a los antiguos hebreos a comerse a sus hijos.
La misma Biblia, pero un Dios ciertamente diferente.
Unas semanas después, mi hijo Jude me preguntó sobre la resurrección de Jesús. Quería saber si Jesús era un zombi, como en Guerra Mundial Z.
¿Jesús, un zombi?1
Actuamos como si la palabra «Dios» fuera un denominador común, pero no lo es.
Cuando hablamos de Dios, resulta que nuestras ideas están por todas partes.
En Occidente, todavía vivimos con la resaca de nuestro pasado cristianizado. Hubo un tiempo en el que podías decir «Dios» y las personas pensaban enseguida en el Dios del que leemos en las Escrituras y vemos en Jesús. La mayoría incluso llegaría a las mismas conclusiones básicas sobre este Dios.
Ese tiempo ya quedó en el olvido.
Hoy, cuando digo «Dios», podrías pensar en muchas cosas, dependiendo de tu país de origen, tu idioma, tu religión, tu experiencia en la iglesia, tus antecedentes y, por supuesto, si tienes televisión por cable.
Todo esto me lleva a la pregunta central de este libro: ¿Quién es Dios?
No escribo este libro para demostrar que Dios existe. Si eres ateo, como mi nuevo amigo Micah, bienvenido a la mesa. Nos alegra que estés aquí. Solo quiero que sepas que no voy a ingresar en una lista interminable de razones por las que yo estoy en lo cierto y tú estás equivocado. Hay numerosas personas mucho más inteligentes que yo, la clase de personas con letras extra después de su nombre, que ya se han encargado de ello.
Solo puedo hablar desde mi propia experiencia, y, en mi caso, la existencia de Dios nunca fue la pregunta. He recorrido el camino de la duda, he tenido una crisis de fe (varias, en realidad), he reflexionado mucho sobre Jesús y he tenido una lista de preguntas tan larga sobre la Biblia que podría llegar a Florida y regresar (vivo en Portland; es un largo recorrido). Sin embargo, para mí, la cuestión nunca fue si Dios existe. Por la forma en que estoy hecho, esto siempre fue algo axiomático y evidente por sí mismo.
¿Has salido al exterior últimamente?
Por mi parte, la pregunta mucho más interesante siempre fue: «¿Cómo es Dios en realidad?».
¿Dios es él?
¿O es ella?
Vamos, hermanas…
¿Es Dios ellos?
¿O eso?
¿Está el árbol de mi jardín lleno de lo divino?
¿Lo estoy yo?
¿Acaso Dios es una persona? ¿O es él/ella/ellos/eso/el árbol/quizás incluso yo más bien una fuerza de la energía o un estado mental?
¿O tiene razón Micah? ¿Es Dios solo un mito? ¿Acaso el vestigio de un mundo que todas las personas inteligentes y pensantes ya han superado? Ahora que tenemos ciencia y tecnología, «sabemos más».
Supongamos, por ahora, que existe algún tipo de ser invisible, pero real, que creó todo, y llamémosle «Dios» por el momento. Si es así, ¿cómo es este Dios?
¿Amable o cruel?
¿Cercano y presente en mi vida, o distante e indiferente?
¿Estricto y rígido, como un predicador fundamentalista, o libre y relajado, como un buen progresista educado?
¿Vota por los demócratas? ¿O es republicano? ¿Tal vez del Partido Verde?
Y aquí va otra: ¿Es Dios todavía bueno para el mundo? Cada vez menos personas responden que sí. ¿Y si Dios y la religión son tan solo una fuente interminable de violencia, odio, fanatismo, hipocresía y música realmente mala?
¿Quién es este «Dios» a quien amamos, odiamos, adoramos, blasfemamos, en quien confiamos, al que tememos, creemos, de quien dudamos, al que usamos para maldecir, ante quien nos inclinamos, de quien hacemos bromas y, al que la mayor parte del tiempo, simplemente ignoramos?
Yo argumentaría que el modo en que respondas a esta pregunta definirá quién eres.
El escritor del siglo XX, A. W. Tozer, hizo una afirmación impactante: «Lo que nos viene a la mente cuando pensamos en Dios es lo más importante sobre nosotros».2
¿En serio?
¿Lo más importante?
¿Más que nuestro género, nuestra sexualidad, nuestra etnia, nuestra familia de origen, la ciudad en la que crecimos, dónde fuimos a la universidad, nuestra clase económica, o si nuestro deporte es el fútbol americano o el fútbol?
Absolutamente.
Aquí hay una verdad que atraviesa todo el universo: nos convertimos en aquello que adoramos.
Tozer continuó escribiendo: «Tendemos, por una ley secreta del alma, a movernos hacia nuestra imagen mental de Dios… Si pudiéramos extraer de cualquier hombre una respuesta total a la pregunta “¿Qué te viene a la mente cuando piensas en Dios?”, podríamos predecir con certeza el futuro espiritual de ese hombre».3
Dicho de otra manera, lo que piensas de Dios moldeará tu destino en la vida.
Si piensas en Dios como un homofóbico, racista y enojado con el mundo, esta visión distorsionada de la realidad te convertirá en un fanático religioso que será —¡agárrate!— homofóbico, racista y enojado con el mundo.
Si piensas en Dios como un progresista educado, afín al movimiento LGBTQ+ de la costa oeste, eso te convertirá en el estereotipo del bohemio adinerado, con la pegatina «No a la intolerancia» adherida al parachoques de tu auto híbrido.
(No tomes esto como un ataque. Estoy escribiendo sobre la mitad de mis vecinos y amigos).
Si piensas en Dios como la versión cósmica de un coach de vida, que está ahí para «maximizar tu vida», eso te convertirá en un yuppie de autoayuda, incluso si lo disfrazas y le llamas a eso seguir a Jesús.
¿Ves a lo que me refiero?
El terrorista de ISIS que decapita al infiel; el predicador de la teología de la prosperidad que se baja de su Hummer después de una noche de copas con Kanye West; el manifestante de Westboro Baptist que, a la salida de un funeral militar, grita: «¡Dios odia a los mar…s!»; el hindú que ofrece una cabra a Shiva; el médico brujo africano que sacrifica a un niño pequeño; el francotirador del ejército de EE. UU. que reza a Dios antes de disparar; la activista por la paz que arriesga su vida para detener otra guerra porque cree en las enseñanzas de Jesús sobre el amor al enemigo; el cantante gay que se levanta en los Grammys y le da gracias a Dios por su canción sobre una aventura de una noche; la monja católica que renuncia a una «vida normal» para vivir en pobreza y trabajar por el cambio social… Todos estos hombres y mujeres hacen lo que hacen por lo que creen respecto a Dios.
Así que, claramente, lo que pensamos de Dios importa.
Quién es Dios tiene implicaciones profundas sobre quiénes somos.
He aquí el problema: normalmente acabamos teniendo un Dios que se parece mucho a nosotros.
Como reza el dicho: «Dios creó al hombre a su imagen. Y el hombre, que es un caballero, le devolvió el favor».4
Existe una inclinación humana en todos nosotros a hacer a Dios a nuestra propia imagen.
Mi amigo Scot McKnight es profesor de Nuevo Testamento en Chicago. Durante años, impartió una clase sobre Jesús, y comenzaba cada semestre con dos encuestas. La primera era un conjunto de preguntas sobre el estudiante: qué les gusta, qué no les gusta, en qué creen, etc. La segunda era el mismo conjunto de preguntas, pero esta vez sobre Jesús. Me comentó que el 90 % de las veces, las respuestas eran exactamente las mismas.
Es revelador, ¿no?
Aquí te dejo una forma de saber si has creado a Dios a tu imagen: Él está de acuerdo contigo en todo. Odia a todas las personas que tú odias. Votó por la misma persona por la que tú votaste. Si eres republicano, Él también lo es. Si eres demócrata, Él también lo es. Si eres un apasionado de _____, entonces Dios es un apasionado de _____. Si eres abierto y flexible respecto a la sexualidad, Él también lo es. Y, sobre todo, Él es manso. Nunca te enojas con Él ni te impresiona, ni te da miedo. Porque Él es controlable.
Y, por supuesto, es una creación de tu imaginación.
A menudo, lo que creemos sobre Dios habla más sobre nosotros que sobre Él. Nuestra teología es como un espejo del alma. Nos muestra lo que hay en lo más profundo.
Tal vez la verdad es que queremos un Dios controlable porque queremos ser Dios. Nosotros queremos ser la autoridad con respecto a quién es Dios o a quién no es, y sobre lo que está bien o mal, pero pretendemos que la máscara de la religión o la espiritualidad cubra la realidad de que queremos ser Dios.
La tentación más antigua y primitiva, que se remonta a Adán y Eva en el Jardín, es decidir por nosotros mismos cómo es Dios, y si debemos vivir conforme a su visión del florecimiento humano o inventar la nuestra propia. Todo esto para «llegar a ser como Dios, conocedores del bien y del mal».5
Por eso, la teología es tan increíblemente importante.
La palabra teología proviene de dos palabras griegas: theo, que significa «dios», y logos, que significa «palabra». En resumen, la teología es una palabra sobre Dios. Es lo que nos viene a la mente cuando pensamos en Él.
No es que algunos de nosotros estemos interesados en la teología y otros no. Todos tenemos una teología. Todos tenemos pensamientos, opiniones y convicciones respecto a Dios. Buenos, malos, correctos, incorrectos, brillantes, peligrosos; todos teologizamos.
No obstante, el problema es que la mayor parte de lo que pensamos sobre Dios es simplemente erróneo.
Sé que es directo, pero en realidad no sé cómo expresarlo de otro modo.
Gran parte de lo que leemos en las noticias, o vemos en la televisión, o escuchamos en la calle en cuanto a Dios y a la forma en que Él actúa, está mal. Tal vez no completamente mal, pero sí lo bastante como para arruinar nuestra forma de vivir.
En el mundo moderno, partimos de la suposición de que sabemos cómo es Dios, y luego juzgamos cada religión, cada iglesia, cada sermón o cada libro según nuestra visión de Dios.
Hace un tiempo, leí una entrevista en Rolling Stone a una celebridad que contaba que creció en la iglesia, pero la dejó en la universidad porque «no podía creer en un Dios que limitara el sexo a un hombre y una mujer para toda la vida».6
Lo que me sorprendió no fue la parte del sexo. Al fin y al cabo, vivimos en el mundo moderno, y aquel individuo era una estrella de rock…
Lo que me sorprendió fue el extraño giro de lógica.
¿No podía creer en un Dios que _____?
Como si lo que pensamos y sentimos sobre Dios fuera un barómetro preciso de lo que Él es en realidad.
Los escritores de la Biblia lo abordan de la otra manera. Desde Moisés hasta Mateo dan por sentado que no tenemos idea de cómo es Dios. De hecho, presuponen que gran parte de lo que pensamos de Dios está totalmente fuera de lugar. Si la historia nos enseña algo es que la mayoría de las veces estamos equivocados.
Y no pienses que si eres religioso (o incluso si eres cristiano) estás a salvo. Jesús pasó la mayor parte de su tiempo ayudando a las personas religiosas a ver que muchas de las cosas que pensaban de Dios también estaban equivocadas.
Ustedes han oído que se dijo…
Pero yo les digo…
O comenzaba una enseñanza diciendo: «El reino de Dios es semejante a…», y entonces contaba una historia que estaba radicalmente fuera de lugar respecto a la forma de pensar de su época.
Para Jesús y todos los escritores de las Escrituras, el punto de partida para toda teología es la comprensión de que:
No sabemos cómo es Dios, pero podemos aprender.
No obstante, para aprender debemos ir a la fuente.
Y eso significa que necesitamos revelación. De lo contrario, terminamos con todo tipo de ideas erróneas, raras, falsas y puede que hasta tóxicas sobre Dios.
Por «revelación», no me refiero al último libro de la Biblia o a los gráficos desplegables de los años 70 sobre el fin del mundo. Me refiero a que Dios mismo tiene que revelarnos cómo es. Él tiene que apartar el telón del universo y dejarnos a ti y a mí mirar dentro. Sin embargo, he aquí la cuestión: la revelación, por definición, suele ser una sorpresa. Un giro en la historia. Una ruptura con el statu quo. Así que cuando Dios se revela, casi siempre difiere de nuestras expectativas.
Todo esto nos lleva a Moisés en la cima del Monte Sinaí.
Sí. Ahí vamos.
Soy seguidor de Jesús, no musulmán ni hindú, ni budista, ni Caballero Jedi (lamentablemente). Así que todo lo que pienso de Dios lo veo a través de las Escrituras y de Jesús mismo.
Las Escrituras son, ante todo, una historia. Y es una historia sobre Dios. Queremos convertirla en una historia sobre nosotros, sobre cómo salir adelante en la vida, tener buen sexo, mejorar nuestro portafolio o simplemente ser felices. Y hay todo tipo de «principios de éxito» en la Biblia, pero, sinceramente, la historia no consiste en esto. Si desmontas la Biblia hasta su núcleo central, es una historia sobre Dios y sobre cómo nosotros, como pueblo, nos relacionamos con Él.
Y en la historia, hay momentos culminantes en los que
