NOTA DE LA AUTORA
Crecí empapándome de la mitología nórdica. Mi abuelo siempre me contaba historias y me daba libros, y aunque no lo veía muy a menudo cuando era pequeña, siempre podía contar con los libros mientras él estaba de viaje. Ahora, a algunos de ellos les faltan páginas, y otros los he conservado específicamente para mis propios hijos.
Yo siempre estaba haciéndole preguntas, y él exageraba sobre los dioses de Asgard. Era una persona impresionante, y si alguien me hubiera dicho cuando era pequeña que él era Odín, yo habría contestado: «Sí, ¡ahora mi mundo está completo y todo tiene mucho sentido!». Él fue también quien le dijo a mi padre que su primogénito debería llamarse Torbald. Mi hermana acabó teniendo otro nombre, pero al final pudimos hacer su sueño realidad cuando llamamos Thor a mi hijo mayor. No os preocupéis; en mi propia historia, tenemos Mjölnirs de sobra por casa (y, en opinión de mi hijo de diez años, todos ellos son reales, ¡chisss!).
La mitología siempre me ha resultado apasionante, pero realmente te afecta de forma diferente cuando es algo vinculado a tu infancia y tu familia. Aunque Fallen Gods aborda la mitología nórdica y he estado investigando de forma concienzuda, por favor, tened en cuenta que me he tomado licencias creativas con muchos temas. Quería crear una historia del tipo «¿Qué pasaría si…?» que llevara a los lectores a un viaje en el que nunca se hubieran embarcado antes. Al fin y al cabo, todo tiene un significado.
Disfrutad de mi versión de los dioses y los gigantes, pero os lo advierto: vais a tener que escoger un bando.
Un abrazo,
RVD
PRÓLOGO

rey
–¿Lo harías? —susurro, odiando el temblor de mi voz. Estamos plantados en mitad del campus, y una brisa fresca que me roza las mejillas acaloradas me da el valor para volver a preguntárselo—. ¿Huirías conmigo, sabiendo que el mundo se acabaría terminando? ¿Sabiendo que el mundo ardería?
Hace unas semanas, jamás se me habría ocurrido que mantendríamos una conversación como esta. Ahora, el aire entre nosotros está lo bastante frío como para que su aliento se condense delante de él en una neblina escarchada. En otra vida, me habría resultado poético. Pero ahora tan solo me recuerda lo que es exactamente.
Un gigante.
Implacable.
Poderoso.
Un dios por derecho propio.
Aric desplaza su peso de una pierna a otra, y el silencio se extiende entre nosotros como un abismo que ninguno de los dos puede cruzar.
A lo mejor no debería haberme dejado llevar con él. No después de saber qué era lo que había en realidad tras la guerra entre los dioses y los gigantes. Ahora, simplemente, parece como si hubiera llegado el fin.
—Estás dudando —digo, apenas capaz de pronunciar la frase.
Él clava su mirada oscura en la mía y aprieta la mandíbula.
—No te lo puedo prometer —responde al fin—. No hasta que terminemos con esto.
Lo único que quería era que dijera que sí. No lo habría obligado a cumplirlo; tan solo quería saber que estaba dispuesto a correr el riesgo… por mí.
El suave susurro de las hojas antiguas atraviesa el espacio entre nosotros, un tenue recordatorio de dónde nos encontramos… y de lo que está en juego.
—Entonces ¿eso es todo? Vamos a hacerlo.
El calor me quema las mejillas, pero tenía que preguntarlo. Solo una última vez.
Él desliza la lengua por su labio inferior, y entonces tensa la mandíbula, como si estuviera tratando de contenerse para no decir demasiado. Mientras unos cuantos copos de nieve errantes flotan por el aire, sus ojos permanecen clavados en los míos.
Niego con la cabeza. Uno de los dos tiene que ser lo bastante fuerte para esto.
—No necesito el frío —digo, y me siento todavía más patética—. No lo quiero.
—Pero yo todavía necesito tu calidez —responde él, y sé que lo dice en serio.
Sin embargo, ya no es suficiente. La nieve motea sus anchos hombros, esos mismos hombros que han cargado con demasiadas cosas.
—Uno de los dos va a morir.
Al fin he pronunciado las palabras en voz alta.
Y, en lo más profundo de mi alma, lo sé.
Voy a ser yo.
CAPÍTULO UNO

rey
UNA SEMANA ANTES…
La nota que tengo en la mano se encuentra tan arrugada y húmeda por el sudor que estoy segura de que la tinta se habrá pegado a mi piel como un tatuaje. Pero eso no es lo que me sorprende.
A pesar de cómo la trataba él, yo nunca había visto llorar a mi madrastra. Ni una sola vez. Durante todos mis años con ella, Laufey ha sido una fortaleza; impertérrita e ilegible. A pesar de los abusos de él, a pesar de su propia enfermedad, a pesar de todo.
Hasta hoy. Mi decimoctavo cumpleaños.
Al principio, pensaba que se debía a lo que mi padre me había pedido al fin que hiciera, ese «favor» que siempre supe que iba a llegar, aunque rezaba para que no lo hiciera jamás. Hasta que, por supuesto, al fin llegó.
Pero ¿esto? Parece algo más grande.
Como si hubiera estado conteniendo algo enorme dentro de ella durante años, guardando sus lágrimas para este preciso momento.
Hoy, Laufey se ha roto al fin.
Entre sollozos, me suplica:
—Por favor, Rey. No lo hagas. Podemos encontrar otra manera.
No soy capaz de devolverle la mirada. Ella era el único lugar seguro que tenía, además de Rowen. Ella me ha protegido, y ahora me toca a mí protegerla. Puede que no sea mi verdadera madre, pero es la única que he conocido en la vida. Y sus lágrimas me atraviesan como un cuchillo.
Miro a mi alrededor, a la opulenta casa de mi padre, y por primera vez en toda mi miserable vida, desearía poder quedarme aquí. Pero no puedo. Mi padre me ha encomendado una misión, y me ha prometido el mundo si tengo éxito.
Me da un vuelco el estómago, pero el miedo no importa. No puede importar. No si significa liberar a Laufey.
—Sé lo que sueñas, Rey. Con estar lejos de mí algún día —dice Padre, impasible ante la histeria de su mujer—. Sé que te carcome por dentro.
Sus palabras se clavan profundamente en mi piel, como un dolor del que no puedo librarme, y no me molesto en negarlas. En vez de eso, me vuelvo para clavar los ojos en su mirada oscura, y permito que un débil atisbo de valor me haga subir los hombros.
Una sonrisa helada se extiende por su cara, y desvío la mirada. Pelo blanco recogido en su característica coleta baja. Un parche que le cubre el ojo derecho. Un traje azul marino de tres piezas, complementado por un elegante bastón. Adornos de oro que cuelgan de su corbata. Uno es un martillo, y el otro, la cabeza de su enemigo.
Siempre se desmadra en las fiestas.
Padre mira a su guardaespaldas, que está apoyado contra la puerta a oscuras a mi izquierda, y asiente con la cabeza. Sin decir ni una palabra, Rowen se mueve para ir a por Laufey. Tan solo tiene unos cuantos años más que yo, y es más alto que Padre, con unos hombros que parecen el doble de anchos y una apariencia juvenil y fuerte. Pero, aun así, siempre ha parecido el más débil de los dos hombres. Tal vez se deba a que obedece todos los caprichos de Padre sin hacer preguntas.
Lo entiendo. Yo me siento igual de pequeña bajo su sombra.
Se me retuerce el estómago cuando Rowen rodea la cintura de Laufey con un brazo y la pone en pie. Ella se derrumba contra su ancho pecho mientras él la conduce por el pasillo, hasta sus habitaciones privadas.
Padre los ignora a los dos.
—Tienes una semana para encontrar el martillo de Thor. —Su voz es intensa y profunda—. Elimina a cualquiera que se interponga en tu camino. Destrúyelos a todos por lo que nos han arrebatado, Rey. A los Erikson, hasta el último de ellos. Pero no lo hagas deprisa. —Su tono se vuelve grave al dar la orden—. Hazles sufrir.
—¿Cómo sabéis que lo tiene Aric?
Sigurd es más poderoso. ¿Por qué no lo guardarían los gigantes con él?
—Lo sé —responde alzando la voz, y yo trato de no encogerme—. Porque sus padres lo escondieron. El último error que cometí en la vida. —Aprieta la mandíbula—. Tu trabajo no es hacer preguntas. Es cumplir con lo que te pido.
Asiento con la cabeza; eso es lo único que podría hacer cualquiera cerca de este hombre si tiene la esperanza de conservarla sobre los hombros. No sé por qué he pensado que preguntárselo serviría de algo. Al menos, no ha dicho que todo haya sido culpa mía.
Habría estado bien pedirle información a Laufey antes de comenzar con esta misión, ya que ella misma es una giganta, pero mi padre jamás lo permitiría. Ella tiene demasiado miedo de su ira; se marcha de la habitación cada vez que yo menciono a los Erikson. Pensar siquiera en lo que Padre podría hacerle en mi ausencia hace que se me revuelva el estómago.
Casi me encojo cuando él se inclina hacia mí para rozarme la mejilla con una mano y besarme en la frente. Un suave roce carente de cariño.
—Estoy orgulloso. Lo sabes, ¿verdad? De entre todos mis hijos…, tú eres la más digna.
Sé que está tratando de hacerme un cumplido, pero se parece más a una maldición.
Da un paso atrás y baja la mano.
—Rowen traerá el coche dentro de un minuto. Recoge tus cosas y vámonos. He esperado demasiado tiempo este momento, y no deseo que haya más retrasos.
Y tras eso, se marcha, golpeando el suelo de mármol con el bastón mientras marca un ritmo que me reta a seguirlo.
Aprieto los dientes y me guardo la nota arrugada de Laufey en lo más hondo del bolsillo de mis vaqueros. Todavía no la he leído, pero no tengo que hacerlo. Estoy segura de que serán ruegos para que abandone esta misión. Absurdo.
Me agacho para coger mi mochila nueva, y después me la cuelgo del hombro. Padre tiene razón. Más me vale terminar con esto lo más rápido posible.
En cuestión de minutos, los dos estamos acomodados en el asiento trasero de un elegante Mercedes negro de cuatro puertas, con Rowen tomando con pericia el desvío que nos llevará hasta la carretera que sale de Bellevue, en Washington, para ir hacia Everett, a la Universidad de Endir, y a mi primer año como estudiante.
Tengo la mirada clavada en la lluvia que salpica el cristal, en el limpiaparabrisas moviéndose de un lado a otro. Alguien cerca de nosotros aporrea el claxon, y me entran ganas de gritarle; no sabe la suerte que tiene. Ojalá mi peor día fuera encontrarme con un mal conductor.
Pero el dolor es el dolor; le da igual el rango. Simplemente existe. Y saber que hay alguien en algún lugar que ha cargado con más que yo… es lo único que me ha ayudado a superar los dos últimos años.
Estoy metida en este lío debido a quién es mi padre; a lo que es capaz de hacer y a lo que se ha hecho en ambos bandos de esta guerra. Algunos podrían decir que es porque nací siendo especial.
Se equivocarían.
De hecho, la auténtica razón por la que estoy aquí es por lo poco especial que soy. O, al menos, por lo poco impresionante que le he resultado a una persona en particular.
Se me acelera el corazón cuando un atisbo de unos ojos castaños y cálidos cruza mi mente. No, no son cálidos. Me paso el dedo por las tenues cicatrices de mis nudillos y me concentro en el tráfico.
La mirada astuta de Rowen se encuentra con la mía a través del retrovisor, y entonces se aparta. Típico. Observo los gruesos mechones rubios y ondulados que rozan sus hombros, como si mirar algo sólido pudiera ayudarme a olvidar lo astillados que estamos por debajo.
No recuerdo cuándo fue el momento exacto en el que Rowen se convirtió en mi amigo más cercano. Simplemente ocurrió; un día no estaba allí, y al siguiente orbitaba alrededor de mi vida como una segunda luna. Se vino a vivir con nosotros hace tres años, probablemente, después de graduarse del instituto; pero nunca hablábamos sobre aficiones, cumpleaños ni ninguna de las cosas que la gente normal compara para sentirse menos sola. Compartir espacio bajo el techo de mi padre era suficiente. El trauma crea vínculos más deprisa que el tiempo.
Y ahora, después de hoy, lo más probable es que jamás vuelva a verlo.
El corazón se me hunde hasta el fondo del estómago mientras, a mi lado, mi padre abre un periódico, como si los teléfonos móviles y las redes sociales no existieran. Cada pocos segundos, se aclara la garganta y se ajusta la corbata con la mano derecha, la que tiene unos tatuajes que le dirían al mundo quién es exactamente… si los demás fueran lo bastante privilegiados como para saber lo que significan las runas que tiene en sus cinco dedos asesinos.
Incluso para un espectador casual, las marcas parecen oscuras y amenazadoras. Porque, por supuesto, lo son. A él le gusta la atención.
A fin de cuentas, yo sé a qué clase de mano pertenecen esos tatuajes. Una de autoridad, terror y poder. Me pregunto qué dirá de mí el hecho de que mis primeras fantasías diurnas consistan en cortarle los dedos. En arrebatarle su orgullo y su alegría. Uno. Por. Uno.
Vuelvo a suspirar y miro por la ventana, metiéndome la mano en el bolsillo para aferrar el trozo de papel que tengo allí, arrugándolo más y más.
Vamos esquivando el tráfico. Me siento como si cada vez fuéramos más rápido. Demasiado rápido. Me pregunto si sería mejor que tuviéramos un accidente. ¿Cambiaría eso algo? Probablemente no.
Las leyendas no mueren.
Y eso es exactamente lo que es mi familia: legendaria.
Sé quiénes somos. Conozco nuestro linaje. Me han machacado con él desde que nací. Y esa es la razón por la que también sé que mi padre no va a rendirse jamás. No cuando yo soy la única persona que está en la posición de conseguir lo que él desea.
Un hecho que sé que le molesta, porque mi padre no es paciente ni amable, y tener que ceder aunque solo sea una pizca de control, depender de otra persona para obtener su objetivo, en fin, eso es la definición del infierno para él.
Sonrío ante ese pensamiento. A lo mejor yo no soy la única que está furiosa con este resultado. A lo mejor ese es mi regalo de cumpleaños: que él me necesite a mí.
Lo acepto con vergüenza.
Ignoro la furia por el hecho de que esté dispuesto a poner en peligro mi vida para recuperar lo que nos arrebataron, lo que nos robaron, y me aferro a este único concepto estúpido: que el mismísimo Odín me necesita.
Él ni siquiera sabía dónde guardaban los Erikson el Mjölnir hasta el año pasado. Fue entonces cuando me convertí en la última pieza de ajedrez y en su única opción.
Me necesita. Pero no necesita a la gente que quiero, y esa es la razón por la que estoy sentada en este coche.
—Tienes exactamente una semana. Es todo el tiempo que nos queda.
Mi padre ha hablado al fin, con la voz como un gruñido bajo y áspero, teñida de furia. Como siempre.
Yo no me inmuto. Al menos, de forma externa. Pero ¿por dentro? Una tormenta ruge con fuerza.
—Lo entiendo.
Mantengo la mirada fija en la lluvia, observándola mientras corre por la ventanilla en patrones erráticos. Es la única constante en una vida ahogándose en el caos. El agua cae implacable y despiadadamente, pero se detendrá, su final llegará. Como el de todas las cosas.
El coche sube por la escarpada carretera montañosa, internándonos más en el corazón del bosque de hoja perenne. Mi padre solía contarme historias sobre los bosques y el frío de su interior, advirtiéndome siempre de que una helada temprana nunca significaba el comienzo de algo, sino su final agonizante, lo que indicaba que los dioses estaban agitados, clamando venganza.
Me estremezco y trato de mantener las manos inmóviles sobre mi regazo; tomo aliento para tranquilizarme. Finalmente tengo un propósito, por diabólico que sea, y no puedo fracasar. Miro hacia los gigantescos pinos, el escabroso paisaje cubierto de una niebla espeluznante. Incluso a través de la fuerte lluvia, esa neblina de cuento de hadas se enrosca alrededor de los árboles, serpenteando a través del musgo verde y los velos de escarcha, y me doy cuenta de que esto es hermoso. Pacífico.
Al menos, mejor que Bellevue.
Odio la suciedad, el ajetreo de la ciudad.
Lo odio todavía más de lo que significa mi apellido allí.
El bosque se vuelve más denso conforme nos acercamos al lago Stevens, el hogar de los Erikson: la familia alrededor de la cual me veré obligada a orbitar en Endir, ya que ellos fundaron la universidad que va a convertirse en mi nueva prisión.
Y, por supuesto, allí también estará su hijo mayor, Aric. Porque no es suficiente con que él sea la única persona que sabe dónde se encuentra el martillo de Thor. No, mi vida es un culebrón escrito por los dioses, con drama familiar, planes de venganza y hasta un antiguo prometido.
Si se puede considerar compromiso a algo que apenas duró una tarde.
El simple hecho de pensar en Aric hace que me dé un vuelco el estómago. Ya han pasado años, pero la idea de volver a verlo sigue tensando un nudo en la profundidad de mi pecho. Evitarlo va a ser imposible. Tendrá que bastar con fingir que no existe.
Nos detenemos frente a un semáforo en rojo en Everett. Mi padre suelta un gruñido de frustración, como si la luz estuviera ralentizando nuestro viaje a propósito, como si tuviera algo que ganar o perder en este juego. No comprende que el mundo ya no gira al son de su antiguo Rolex.
Un Land Rover Defender negro se detiene junto a nosotros, con el motor rugiendo, y siento envidia por la potencia detrás de ese acelerador. Las ventanillas están bajadas, y aunque apenas soy capaz de atisbar el interior del vehículo, puedo apreciar por completo esa música que fastidia enormemente a mi padre, así como el brazo musculoso que descansa parcialmente fuera de la ventanilla.
Esbozo una sonrisita mientras él se remueve en su asiento y suelta un gruñido entre dientes. Estos son los detallitos que me alegran la vida.
He aprendido a aceptar mis pequeñas victorias conforme puedo encontrarlas.
En el instante en que el semáforo se pone en verde, el coche acelera y se aleja a toda velocidad. Nosotros avanzamos en la misma dirección mientras mi padre comienza con un monólogo sobre el respeto y los jóvenes de hoy en día. Lo he escuchado un millón de veces; no tiene el más mínimo impacto.
Sé que estamos cerca cuando el sonido de Padre plegando el periódico llena el coche. Con cada nítido crujido del papel, mi cuerpo se tensa.
Y entonces, se gira hacia mí. Sé que lo hace, no porque lo vea, sino porque el aroma almizcleño de la tierra lo sigue. Cierro los ojos con fuerza durante un segundo, y después dirijo la mirada hacia él.
El coche se detiene, pero no me atrevo a apartar la vista de él. Sería demasiado desobediente, y si quiero salir de este coche, tengo que demostrarle que sé cuál es mi lugar. El periódico se encuentra sobre su muslo derecho, olvidado.
Su mano se curva alrededor de la cabeza del cuervo de oro que adorna la parte superior de su bastón omnipresente, y la golpea con un pulgar tatuado, marcando un ritmo insistente con el pesado anillo de oro de su mano. Sé que hace esto a propósito; quiere atraer la atención. Yo soy una de las pocas personas en este mundo que conocen el poder que contiene ese bastón. Es una reliquia de nuestro mundo que oculta una espada de acero asgardiano. Es una parte de él. Jamás se aleja de ella.
—No creo que tenga que recordarte lo importante que es esto, Rey. —Levanta la mano libre hasta su barba blanca, trenzada y enjoyada. Con cada caricia, su ansiedad, sin duda, disminuye mientras la mía se incrementa—. ¿Sabes? Yo no quería hijos, al menos, no… —hace una mueca— a ti.
Y así, como si nada, vuelve a recordarme mi valía.
Ya que, por mucho que me necesite, nunca se le olvida recordarme cuál es mi lugar.
Yo. Alguien insignificante en comparación con él.
Al igual que Laufey, al igual que Rowen, al igual que cualquier otra persona en su vida, yo nunca he sido lo bastante buena. Tan solo soy su débil bastarda; son sus palabras, no las mías.
—Lo comprendo, señor.
A la mayoría de los niños se les dice que brillen desde que nacen.
A mí me han dicho que me mantenga tenue desde que nací.
Pero ahora me toca a mí brillar. No me han dado la oportunidad de elegir.
Él asiente con la cabeza.
—Sin embargo, lo has hecho bien, a pesar de los grandes esfuerzos de mi esposa por incentivar lo opuesto a mi adiestramiento. Y ahora tienes siete días. Una semana para demostrarme que me equivocaba sobre tu valía. —Lleva la mano hasta mi barbilla, y mis labios tiemblan ante el gesto. «No llores», pienso. «No te encojas»—. Todo el mundo te adorará. Al fin y al cabo, no pueden evitarlo, ¿verdad?
Sonríe, y no hay nada más que malicia en su sonrisa.
Porque tiene razón: los demás me adorarán, no tienen elección. Se sentirán atraídos por mi Aura. Una especie de encanto, tan antiguo como la sangre de mis venas. La gente no «elige» fijarse en mí. Simplemente lo hace.
Es apropiado que el único regalo que me ha hecho jamás mi padre sea una maldición.
—Gracias —susurro, odiándome a mí misma de nuevo—. Por el honor de serviros.
Sus fosas nasales se dilatan. Se inclina hacia mí y me susurra al oído:
—Se te ha olvidado la última parte.
No tiemblo.
No grito.
Estoy entumecida.
Me lamo los labios y digo:
—Padre Odín.
—Buena chica. Ahora, vete a cazar.
CAPÍTULO DOS

rey
Cuando nos detenemos delante de la universidad, Padre no lleva la mano a la manija de la puerta. Al igual que siempre, espera a que Rowen se la abra. Su sirviente. Su escolta. Su mascota. Cualquier papel que le haya asignado hoy.
Me ajusto el largo abrigo negro y me pongo mis gafas de sol de Celine, como si fueran la única armadura que necesito para entrar en el campamento enemigo.
La infame familia Erikson ha dejado su legado estampado por todo el campus. Hasta tienen una escultura familiar delante del centro de estudiantes que aparece en el folleto que venía con mi carta de aceptación. El fundador, Sigurd, abrazando a sus dos nietos, Aric y Reeve, que miran con adoración la deslumbrante sonrisa de su abuelo.
A lo largo de los años me he encontrado en unas cuantas ocasiones con el hermano pequeño, Reeve, en diversos eventos sociales. Esas veces me bastan para saber que preferiría saltar de un acantilado antes que fingir una amistad con él.
Pero su hermano mayor, en cambio… Aric no se molestaba en aparentar.
Rara vez hablaba, a menos que se viera obligado a hacerlo, e incluso entonces era normalmente un gruñido o una mirada afilada destinada a diseccionar cada centímetro de tu confianza.
A excepción de esa única vez.
El momento que, desde entonces, me he convencido a mí misma de que no contaba. Un lapsus. Una debilidad. Una que no podía permitirme entonces, y que ni de coña puedo permitirme ahora.
Son polos opuestos. Reeve habla hasta que le suplicas que pare. Aric apenas existe en la habitación; hasta que te das cuenta de que no puedes dejar de preguntarte cómo sonaría su voz pronunciando tu nombre.
Y después está su rostro, dolorosamente hermoso.
La línea de su mandíbula, que parece como si estuviera tallada en granito. La clase de pelo oscuro y ondulado que los estilistas tratan de crear para los anuncios de perfumes, salvo porque, en su caso, simplemente cae sobre su frente, sin esfuerzo aparente pero inasequible.
—Escúchame con atención, Rey. —Padre no alza la voz ahora—. Encuentra el martillo o no regreses.
—Lo entiendo —respondo, asintiendo con la cabeza. Diría cualquier cosa con tal de poner fin a esta despedida.
Él ya se ha pasado toda la noche machacándome con el plan.
Encontrar el martillo.
Matar a cualquiera que se interponga en mi camino.
Llevarlo a casa.
Ha hecho que todo sonara dolorosamente simple. Y tal vez sea así, porque yo he crecido sabiendo exactamente lo que éramos.
Los Erikson no lo han hecho.
Se aferraban al poder por cuestión de instinto, rondando a mi familia durante décadas sin comprender jamás la razón. Por lo que ellos sabían, era todo cuestión de negocios: tensión territorial, riqueza heredada, alianzas quebradas.
Pero la verdad era más antigua. Divina. Y estaba empapada en sangre.
El último acto de Odín al final de la guerra entre los dioses y los gigantes no fue la conquista. Fue el borrado.
Eliminó sus recuerdos.
Absolutamente todos.
Los de todo el mundo, a excepción de sí mismo, por supuesto.
Y los de las pocas personas que él necesitaba que recordaran.
Rowen.
Laufey.
O aquellos como yo, a los que Odín nos agració con el conocimiento.
Para nosotros, la verdad es como la correa de un perro.
Odín jamás permite que olvidemos lo que somos; tan solo balancea nuestra libertad frente a nosotros, como una promesa que no tiene ninguna intención de cumplir.
—Si no lo haces, tú no serás la única que sufrirá. —Extiende la mano y le da un capirotazo a la correa de la mochila azul que me dio esta mañana y que se encuentra en el asiento entre nosotros—. Aquí dentro está todo lo que necesitarás. Estudia bien la información y recuerda quién sufrirá si no lo haces.
Se me tensa la garganta, y esta vez lo único que puedo hacer es asentir con la cabeza.
Si Aric se interpone en mi camino, no se lo verá venir. Ni siquiera sentirá el cuchillo hundiéndose entre sus costillas hasta que sea demasiado tarde. Hasta que se lo haya arrebatado todo.
Lo haré porque mi padre tiene razón. Siempre tiene razón con respecto al mundo y nuestros enemigos en él.
A lo mejor, en el fondo, no soy tan diferente al hombre que me engendró: implacable y dispuesta a hacer lo que haga falta para conseguir lo que quiero.
Durante un breve instante, la vergüenza tensa sus garras alrededor de mi garganta, seguida por el arrepentimiento, tal como siempre ocurre, pero puedo hacerlo.
Tengo que hacerlo.
Arrugo la nota de Laufey en la mano hasta que me duelen los dedos, y después la dejo en mi bolsillo. Ahora no es el momento para derrumbarme. No paro de decirme a mí misma que tengo un trabajo, y eso es lo único en lo que tengo permitido centrarme. Porque no hay forma de escapar de esto.
Como si hubiera estado esperando una señal, Rowen abre la puerta del coche.
—Buena chica —repite Padre, y sale del vehículo.
Cojo la mochila, pero Rowen ya está allí; abre mi puerta y me la quita de la mano como si no pesara nada. Sus ojos se encuentran con los míos durante medio segundo, pero con eso es suficiente. Suficiente para ver la resignación. La vergüenza. La clase de derrota silenciosa que no grita, tan solo se queda sentada en tu pecho y se pudre.
Le dirijo media sonrisa de todos modos. Una mentira con dientes. Todo va bien. Todo va perfectamente.
Mi padre me dijo una vez que la familia de Rowen ha estado sirviendo a la nuestra desde hace generaciones, como si eso hiciera que fuera noble. Como si unas cadenas heredadas fueran alguna clase de legado. Estábamos caminando por la playa, con las olas mordisqueando la orilla, y yo le pregunté cuánto tiempo duraría su penitencia.
Él se agachó, cogió un puñado de arena y dijo:
—Hasta que esto haya desaparecido.
—¿De vuestra mano? —le había preguntado yo.
—Del mundo.
Y ya está. Una cadena perpetua sin apelación. Lealtad tallada en los huesos.
Él se había sacudido las manos en los pantalones y se había alejado de allí, clavando el bastón en la arena con cada paso de forma brusca y deliberada, como si quisiera que la playa lo recordara.
Y eso fue todo. Conversación terminada.
En ese momento supe que era lo mismo para mí, para Laufey, para cualquiera que se encontrara en el círculo de mi padre. Jamás seríamos libres de él, a menos que él decidiera liberarnos.
Y, en cuanto a Rowen… Él simplemente lo acepta como su destino, porque se siente como si hubiera fracasado y tiene las cicatrices que lo demuestran.
Por las historias que me han contado desde la infancia, no siempre fue así. ¿En qué punto se torció todo? ¿En qué momento lo importante empezó a ser quién tenía más poder? ¿Más riqueza? ¿Cuándo se volvió tan corrupto nuestro mundo? Jamás lo he preguntado.
No creo que me siga dando miedo la respuesta. Realmente no. Lo que me da miedo ahora es saber que no va a importar. No después de todo. La verdad no salvará a nadie. Y a mí, menos todavía.
Rowen ya se encuentra junto al maletero abierto, esperando. Lo sigo con pasos demasiado firmes y la respiración demasiado controlada.
Otros coches comienzan a entrar ahora en el aparcamiento. Algunos padres con las mejillas llenas de lágrimas, otros cargando torpemente con el equipaje o dando abrazos poco entusiastas. Todo ello demasiado ruidoso, demasiado normal. A lo mejor esa es la razón por la que mi padre de repente se inclina hacia delante y me rodea los hombros con un brazo, como si estuviera jugando a ser humano.
Me quedo paralizada. Su calidez me presiona, desconocida e indeseada. Me siento como si llevara la piel de otra persona.
Una palmada en la espalda. Entonces, se aparta de mí y muestra esa sonrisa demasiado blanca que nunca le alcanza los ojos.
—Trataré de echarte de menos, hija.
Eso sí que se parece más a la despedida previa a la universidad que esperaba del Padre Odín.
Se da la vuelta sin decir nada más y vuelve a subirse al coche. La puerta se cierra con un suave «clic», pero para mí es como una sentencia de muerte. Algo definitivo. Lo siento asentándose en mi pecho.
Rowen saca del vehículo mis maletas y un baúl grande sin mirarme. Sin mirar nada, en realidad.
Mientras subimos a la acera, la ventanilla baja justo lo suficiente como para que mi padre apremie:
—Tic, tac, Rowen.
Y, entonces, el cristal vuelve a subir.
—Cuídate —le digo a Rowen mientras deja mi equipaje en el suelo. No puedo evitar que se me rompa la voz, ni la sensación de que estoy metiéndome en una tumba vacía, una que mi padre ha excavado para mí—. Aquí es donde nuestros caminos se separan. Sobrevive. No me escribas.
Odio ser cruel con él, pero es más fácil cortar lazos ahora antes de sumergirme demasiado en esto. Me conozco bien. Sé que querré arrastrarlo hasta las profundidades conmigo, y en un momento de debilidad (un pecado capital en esta familia), le pediré que me salve.
Y Rowen lo hará. Siempre lo hará. Y entonces pagará el precio por ello, al igual que ocurrió la última vez. Cuando se lo arrebataron todo.
Se rasca las cicatrices que recorren la longitud de su brazo derecho, y aunque no responde, puedo ver lo que le está costando su silencio en la mueca que tensa su mandíbula. Me concentro en esas cicatrices. Si bien no tengo forma de imaginar lo que ha debido de sufrir, comprendo lo suficiente como para saber que lo dio todo, y que le arrebataron lo más preciado que tenía, aquello que lo hacía ser él.
Eso es lo único que ha estado dispuesto a compartir conmigo. Hasta este día, no tengo ni idea de lo que perdió. Tan solo sé que la culpa que siente por ello tiene que ser enorme si está trabajando para mi padre sin matarlo mientras duerme.
El estómago me da un vuelco cuando Rowen palidece al darse cuenta de lo que ha estado haciendo. Su pelo rubio se agita con la brisa, y sus ojos se encuentran con los míos. Es guapo sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, y es el ejemplo perfecto del aspecto que tiene el auténtico sacrificio. Se ha entregado a nuestra familia de por vida, y aun así, se niega a contarme qué es lo que hizo mi padre para ganarse tal lealtad.
Las lágrimas me escuecen en los ojos.
Él siempre ha sido mi ancla. Y ahora… tengo que obligarlo a vivir una vida en la que ya no podremos seguir dependiendo el uno del otro.
Sus ojos se centran en la mochila azul, llena de los secretos de mi padre. Sé lo que está pensando: «Huye. Vete de aquí». Pero eso no es una opción. Mi padre, su… su gente, son todos implacables. Despiadados.
Y después está mi madrastra.
Tengo miedo de que mi padre vaya a preguntarnos por qué estamos tardando tanto, de modo que me apresuro a recoger mis maletas de la acera y tomo el asa del baúl. Le hago un gesto con la cabeza a Rowen; es lo mejor que puedo hacer.
—Ha sido genial.
Ha sido triste.
En realidad, ha sido el séptimo círculo del infierno, y ahora estoy caminando hacia otro círculo sin tenerlo a él junto a mí.
Sus ojos son tan grandes que me siento como si fueran a tragarme entera.
—Volverás. ¿Verdad?
Por primera vez desde que mi padre me apartó a un lado hace unas semanas, tengo ganas de llorar. Entonces era casi feliz, preparándome para asistir a la Universidad de Seattle para estudiar Psicología. Me había permitido sentir emoción por primera vez, por los nuevos comienzos, por la posibilidad de ser libre de verdad. Libre de él, de los intensos estudios, las artes marciales, el infinito entrenamiento… y entonces él me obligó a aceptar en su lugar una oferta repentina para asistir a Endir.
Me quedé destrozada.
Al principio, había dado por hecho que los dos últimos años de entrenamiento y tortura, de palizas cuando fallaba, de una comida cuando no lo hacía, estaban diseñados para castigarme después de que me hubiera rechazado un Erikson. Mi humillación exigía una penitencia. Hasta había dado por hecho que había recibido la maldición de mi Aura para que mi padre jamás volviera a sentir el golpe de que alguien me rechazara. Qué equivocada había estado con respecto a todo.
Pero estos pensamientos son inútiles ahora. Estoy aquí, y tengo un trabajo que hacer.
De modo que adopto un tono semialegre y le ofrezco una media sonrisa a Rowen.
—Pues claro. Jamás podría abandonar a mi mejor amigo.
Él no me devuelve la sonrisa.
—Entonces ¿nos vemos en el otro lado?
No soy estúpida. Y él tampoco lo es.
Conoce los riesgos, y tiene las cicatrices que demuestran lo que ocurre cuando las cosas no salen según lo planeado.
Me cuesta pronunciar mis siguientes palabras.
—El otro lado. He oído que no está tan mal.
La muerte podría ser realmente la única escapatoria para los dos.
Él traga saliva, y entonces muestra una sonrisa muy grande y convincente.
—Como mínimo, seguro que tienen patatas fritas tan grasientas como para provocarte un infarto.
Por los dioses, habría dado cualquier cosa por sentarme a su lado durante el trayecto hasta aquí, escuchando sus bromas irónicas y sacándome todos los miedos del pecho. Sinceramente, me habría sentido mejor simplemente con estar sentada junto a él.
—Me encantan las patatas fritas —digo al fin.
—Me aseguraré de que estén especialmente crujientes cuando vuelva a verte.
Aliso una arruga invisible de mi jersey de cachemira, desesperada por estirar este momento hasta que se rompa. Las únicas palabras que quedan son «buena suerte» y «no te mueras», pero yo nunca he tenido suerte, y una muerte temprana es el final más probable para los dos.
—Te aburrirás mucho sin mí —añado.
Rowen levanta la mano, pero entonces la baja y cierra los dedos en un puño junto a su costado, como si quisiera acariciarme la cara pero supiera que no debería hacerlo.
—Sabes que sí, porque soy impaciente.
—¿No lo somos todos? —bromeo.
El claxon suena, haciéndonos dar un respingo a los dos. El hecho de que mi padre se las haya arreglado para estirarse hasta la parte delantera y tocarlo significa que está más que irritado.
Rowen inclina la cabeza.
—Hasta el otro lado, donde no hay guerra. —Levanta la mano hasta el lado derecho de su cara, y entonces la baja por su mejilla hasta golpearse el pecho y darle la vuelta en una antigua ofrenda para los dioses—. Ninguna guerra con ellos.
Con la boca seca, susurro:
—Solo vida para nosotros.
—Solo vida —susurra él—. Caza bien, hija de…
Niego con la cabeza.
No necesito que sus palabras condenatorias queden libres por el mundo; no creo que sea capaz de soportar su peso. Ya estoy sintiendo que todo pesa demasiado. Ya estoy sintiendo que todo se ha torcido.
Tal vez porque es así.
—Todo saldrá bien —digo.
Odio ser capaz de mentir con tanta facilidad ahora.
Odio tener en realidad todavía más ganas de creerme esa mentira.
CAPÍTULO TRES

aric
Me duele la mandíbula de tanto apretarla, y me paso una mano por la barba de un día como si pudiera eliminar la tensión frotándola. Debería ir a correr. Darme una ducha. Afeitarme. Fingir que estoy preparado para la arremetida de estudiantes, nuevos y antiguos, que están a punto de inundar el campus.
Me quedo donde estoy.
He estado plantado frente a esta ventana, mirando fijamente el camino frente a las puertas de Endir, el tiempo suficiente como para que mi aliento se condense en el cristal.
Observando. Esperando.
Esperándola a ella.
La última persona en el mundo que querría volver a ver en la vida.
Hace dos años, ese día en la playa, cometí el error de tener un gesto amable con ella. Ella fue directamente a su padre. Y, para cuando terminó la semana, mis padres estaban muertos.
Esperaba que se pudriera en el infierno.
Cuando vi su nombre en la lista de matriculados la semana pasada, me quedé paralizado. Mi hermano Reeve estaba leyendo la lista por encima de mi hombro, y supe el momento en que él también vio su nombre porque se alejó unos cuantos pasos, como si yo fuera a ponerme a tirar cosas.
Y eso tan solo me cabreó todavía más. Yo no soy violento. Por lo general.
Mi abuelo es un cabrón astuto. En este campus, no ocurre nada sin su permiso. De modo que, si ella iba a venir aquí, era porque él había permitido que ocurriera. Porque él quería que ocurriera. La única pregunta era… ¿por qué?
Coloco un brazo contra el marco de la ventana y continúo esperando. No tenía ningún sentido presionar al viejo para tratar de obtener respuestas. Las daría solo cuando eso le conviniera. Por el momento, yo solo necesitaba echar un vistazo a la mujer responsable de haber hecho pedazos a mi familia. Un vistazo para confirmar que no siento absolutamente nada por ella, más allá del odio.
Entonces, como si la hubiera invocado yo mismo, un coche negro y alargado se desliza hasta detenerse. Y Rey Stjerne sale de él, con la lluvia cayendo sobre su pelo oscuro y brillante.
Tan solo puedo verla brevemente antes de que se gire hacia el lado contrario, pero es suficiente.
La última vez que la vi, tenía unos rizos salvajes y oscuros, los vaqueros rasgados, y una sudadera extragrande de la Universidad de Nueva York con una mancha de mostaza en la manga. Es curioso pensar en los detalles que se te quedan grabados.
¿Ahora? Todo es diferente. Tiene un moño elegante, con el pelo tan tenso hacia atrás que parece doloroso. Unas gafas de sol amplias. Su boca forma una línea que hace que parezca estar tallada en hielo. Un abrigo largo y negro, vaqueros oscuros y anchos, botas de tacón alto, un jersey de un gris claro. Cada prenda es deliberada, calculada.
Suelto un largo aliento, y la tensión de mi mandíbula se alivia por primera vez en más de una semana. Esta versión de ella será fácil de odiar.
Continúo observándola mientras el maletero se cierra; Rey y su padre se abrazan antes de que él vuelva a entrar en el coche. Entonces, ella y el conductor caminan para subirse a la acera. Están demasiado juntos.
Levanto la mano y vuelvo a limpiar la condensación del cristal, me imagino que puedo oír su voz en el aire, flotando a través de mi ventana de la segunda planta. A pesar de que no nos vemos desde hace años, yo jamás olvidaría una voz como la de Rey.
Es una contradicción total y absoluta, suave y aireada cuando no debería serlo, y extremadamente afilada cuando necesita serlo. La clase de voz que te atraviesa como un cuchillo, cortándote hasta hacerte jirones, pero haciéndote sentir agradecido por el dolor; hasta que te das cuenta de que es demasiado tarde y de que ya te estás desangrando.
Me estremezco. A lo mejor no sobrevivo a este semestre.
Ni siquiera sé por qué sigo observándolos. No debería importarme, y en realidad no me importa. Simplemente siento curiosidad.
Desde aquí arriba, parece más pequeña de lo que recordaba. Casi frágil.
Está inclinada para alejarse ligeramente del conductor, como si ya se hubiera ido a medias. Él dice algo, pero ella no se ríe. Tampoco sonríe. Tan solo asiente una vez con la cabeza y mantiene las manos dentro de los bolsillos de su abrigo.
Otros estudiantes están empezando a llegar; sus padres arrastran las maletas, los abrazan durante demasiado tiempo, se ríen y sacan fotos familiares con sus teléfonos móviles. Pero ella no se mueve como ellos. No tiene esa energía torpe y de ojos muy abiertos que poseen todos los demás. Está sosegada. Serena. Como si fuera a ir a un funeral, en vez de a su primer día de universidad.
El conductor se acerca más a ella. Ella no se inmuta. Pero tampoco se inclina hacia él.
En vez de eso, levanta la cabeza ligeramente, escudriñando los edificios. Su mirada no llega hasta esta ventana, pero retrocedo un paso de todos modos.
No porque me esté escondiendo.
Simplemente por costumbre.
Todo en su postura es exactamente igual a lo que recordaba: cautelosa, resuelta, casi cruel. Es un monstruo disfrazado de ángel.
No miro a Rey cuando pasa más cerca de la ventana. Mi padre siempre me decía que no mirara las tormentas, sobre todo aquellas que llevan un rostro humano.
Aprendí esa lección demasiado tarde.
La última vez que ignoré las señales de advertencia, me costó todo. Mis padres son ahora un recuerdo, desperdigados entre las cenizas y el silencio.
Y el hombre responsable de ese silencio la crio a ella.
Exhalo larga y lentamente hasta que mis hombros se relajan, y entonces bajo la mirada a mi móvil. Tan solo es el primer día, y ya me está afectando con esta intensidad. A lo mejor me ignorará, tal como yo planeo ignorarla a ella.
¿Por qué demonios está en Endir? ¿Ella, de entre todas las personas? ¿La hija del anticristo?
Odio a su padre.
La odio a ella.
Detesto todo lo que representa su familia, y todo lo que han hecho para dañar a la mía. ¿Es que no han hecho ya suficiente? ¿Ahora tienen que infiltrarse en la única paz que me queda?
Se da la vuelta, y la luz del sol que se derrama a través de una nube tras ella la baña en un resplandor sobrenatural. Levanta la mirada y, en un instante, está mirándome directamente. Justo a través de mí. Pero no, yo ya he dado un paso atrás. No puede verme de verdad.
Voy a poner tierra de por medio con Rey, y rezaré para que ella haga lo mismo conmigo. Me he esforzado mucho para conseguir la paz que me da este lugar. No estoy dispuesto a renunciar a ella ahora.
Una cosa está clara. Rey Stjerne puede arder en el infierno.
Y a lo mejor lo hará.
Si guardo las distancias. Si consigo mantener el control.
Aunque, mientras mi corazón late con fuerza como si ya supiera lo que está por llegar, ninguna de esas cosas me parece probable ahora mismo.
CAPÍTULO CUATRO

rey
El coche de mi padre se desvanece en la distancia, pero no miro atrás. Mantengo los ojos cerrados para centrarme. Estoy preparada para esto. El aire cambia, de forma sutil pero innegable, y puedo sentir la carga bajo la superficie. Se acerca una tormenta.
Abro los ojos cuando un grupo de estudiantes pasan caminando junto a mí. Necesito ponerme en marcha antes de que caiga más lluvia.
Cojo mis maletas y me dirijo hacia los dormitorios. Tiro del baúl por detrás de mí, con las ruedas arrastrándose sobre la piedra como si tuviera tan pocas ganas de estar aquí como yo.
Justo entonces, una brisa sopla y me levanta unos mechones de pelo sobre la cara. El agua del lago a mi izquierda no ondea. No se mueve en absoluto.
Sigo la línea de la orilla con la mirada y finalmente observo los edificios del campus, los veo de verdad; y lo que me devuelve la mirada no tiene un lugar en este mundo.
El campus de Endir se eleva desde el paisaje como si jamás lo hubieran construido, como si simplemente estuviera desenterrado. Se trata de una mezcla de edificios de los años ochenta desperdigados entre otros de aspecto más antiguo que ni siquiera están fechados. La mayoría de los edificios cuestionables están tallados en alguna roca negra innombrable, pulida a causa de la edad y el mito; se rumorea que es lo último a lo que los dioses o los gigantes dieron forma antes de que el mundo se hiciera pedazos a sí mismo. Tras ellos se alzan las montañas, gigantescas e inflexibles, como centinelas haciendo guardia sobre algo demasiado viejo como para nombrarlo y demasiado peligroso como para olvidarlo.
Mi padre dice que la estructura más antigua no se puede datar con carbono, pero teniendo en cuenta cuál es la fuente, lo clasifico en la categoría de «tal vez sea verdad, tal vez propaganda». En cualquier caso, no importa. Este lugar parece ancestral de una forma que me hace sentir un hormigueo en la piel.
Esto no es un campus normal.
Y la mayoría de los estudiantes que caminan a través de él tampoco son normales, incluso aunque ellos piensen que sí.
Unos cuantos, como Aric, están aquí por razones que jamás comprenderán. ¿Y el resto? En su mayor parte, son seres humanos que viven de fondos fiduciarios y fingen que sus linajes no les compraron un asiento en algo sagrado.
Recorro el camino de piedra con mis maletas y casi me caigo cuando una de las ruedas se queda atascada en una muesca. Al bajar la mirada, veo que uno de los pequeños adoquines tiene grabada una marca con la forma de la runa Thurisaz. Genial, fantástico. Tan solo llevo aquí unos cuantos minutos y ya me ha dado la bienvenida la runa que representa la destrucción.
Mi padre siempre decía que había veintiséis runas, cada una de ellas con diferentes significados y habilidades. Por supuesto, los humanos tan solo están al tanto de veinticuatro de ellas. Pero, con independencia del número, la verdad es que no me hace ninguna gracia encontrarme con esta en concreto.
No es que necesite un recordatorio de lo peligroso que es esto.
No puedo evitar mirar a mi alrededor para ver si he activado alguna clase de trampa que me estuviera esperando, pero no. Tan solo me contesta otra brisa fresca que golpea mi piel. Gracias a los dioses.
¿Así es como va a ser todo el semestre? ¿Preguntándome qué es seguro y qué no? ¿Mirando siempre por encima del hombro, dudando de todo y de todos? No esperaba que hasta el aire supiera diferente aquí, pero así es. Mi padre me ha dicho que la mochila que me ha dado contiene toda la información que voy a necesitar para llevar a cabo mi misión. Sin embargo, tan solo han pasado unos cuantos minutos y ya estoy pensando que exageraba.
A lo mejor esa es la razón por la que no ha puesto ni un pie en el campus.
Y entonces, me pregunto…
¿Esta universidad estará protegida contra él? ¿Contra nosotros?
Esquivo la runa y niego con la cabeza. No se me ocurrió preguntárselo a mi padre, pero ahora la pregunta me carcome. Sujeto las maletas más fuerte, cojo el asa de mi baúl, y comienzo a caminar otra vez en dirección a la puerta de los dormitorios. Hay estudiantes por todas partes, sonriendo bajo los brillantes carteles que les dan la bienvenida a Endir como si de alguna manera fuera a cambiarles las vidas.
Me reiría si siguiera teniendo sentido del humor.
Un pelirrojo larguirucho se choca contra mí, y hace una pausa para murmurar:
—Oh, lo siento.
Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo. Nop. Hoy no.
Me gustaría pensar que se me da bien mantener mis emociones a raya, de modo que simplemente inclino la cabeza y hago lo que mejor se me da: cautivarlo.
—No te preocupes. No estaba mirando por dónde iba.
Él abre mucho los ojos marrones.
—Ah, eh, bueno, vale. Pero de verdad que lo siento. ¿Cómo te llamas? ¿Eres nueva?
Sonrío.
—Seguro que nos vemos por ahí.
El chico frunce el ceño, como si no tuviera muy claro dónde se encuentra.
—Claro, sí. Tendré más cuidado y tal caminando.
—Es un deporte peligroso.
Él se ríe, y entonces se da la vuelta y de inmediato se tropieza con sus pies.
Mi padre dice que es un don esto de que la gente se olvide de sí misma momentáneamente cuando está cerca de mí, pero yo siempre quiero preguntarle cómo se sentiría él si jamás supiera si de verdad le caía bien a la gente. Por supuesto, él siempre lo sabe. ¿En qué mundo iban a sentir los demás nada que no fuera miedo?
—¿Ya estás haciendo amigos? —dice una voz familiar desde detrás de mí—. ¿Qué será lo próximo? ¿Adoptar a un cachorrito para parecer accesible, solo para acabar abandonándolo más tarde?
Genial.
Ni siquiera tengo que darme la vuelta.
—Reeve.
El hermano de Aric, el príncipe de los tabloides, nacido para los titulares y alérgico a la responsabilidad. La clase de tío que hace que las fiestas parezcan zonas de guerra, y que de alguna manera logra marcharse intacto. No es peligroso en el sentido tradicional; simplemente no le importa quién sa
