Amor apache

Luisa R. López Madueño

Fragmento

Título

INTRODUCCIÓN


A lo largo del trabajo que he realizado en la consulta individual y en talleres con mis pacientes, me he dado cuenta de que el tema principal —o el que gira alrededor de los motivos más significativos en las terapias, sin discriminar edad, sexo o condición socioeconómica— es el AMOR.

Cada vez que abordo el tema en programas de radio o televisión con el público, es como si se encendiera un reflector que apunta con toda su potencia a la piedra angular que mueve al mundo: la búsqueda por llenar el corazón de ese sentimiento sublime y profundo que todo lo transforma.

La historia de la evolución del ser humano está trazada por el deseo de amar, una necesidad que se ha grabado en la filogénesis de su ser. El amor es parte de la naturaleza del hombre, por ello los fuertes apegos a todo lo que huela a ese sentimiento o se le parezca.

Amar por necesidad no es una moda, es un tema latente a través de la historia. El ser humano es terrenal, apegado, aferrado, afectivo: es emocional por naturaleza. El ser humano maneja emociones fuertes, muchas de ellas aún muestran algunos rastros de un cerebro primitivo y animal.

Se supone que tras la evolución física también debería existir un avance en el manejo de las emociones, pero hoy en día, la sexualización desde etapas tempranas en la infancia, gracias a la tecnología y la invasión masiva en los medios de comunicación, está llevando a los seres humanos a una especie de involución espiritual y existencial del ser, provocando una hambruna afectiva y desesperada que se intenta llenar con múltiples, efímeras y superficiales formas del amor.

Antes los niños escuchaban únicamente canciones infantiles como las de Cri-Crí, con letras totalmente inocentes y educativas. Esto no significa que hoy en día no existan esas canciones, el problema es que también tienen acceso sin restricción a canciones, películas y videos con contenidos sexuales que evidentemente no son para niños. Incluso podemos ver a muchos padres festejando orgullosos a sus niños cuando bailan reguetón con movimientos sensuales y vestidos como adolescentes.

Gracias a ese tipo de actitudes o costumbres, se está generando desde edades muy tempranas la necesidad de apegarse sexualmente a una pareja, de «comer» desesperadamente amor, de no estar solo a como dé lugar, etcétera. Pero también tenemos otro tipo de vacíos que se buscan llenar, ya sea a través de la sexualidad o de objetos materiales.

En un mundo consumista marcado por las modas y las compras compulsivas, las ofertas, los créditos, la casi nula demora a la recompensa y la baja tolerancia a la frustración, llenan a la humanidad de falsas necesidades en un ímpetu bulímico de saciar los espejismos de su hambre emocional. Este ataque masivo de información lo podemos encontrar en muchos espacios, donde estas mentes ávidas de aprendizaje y altamente sugestionables —como las de los jóvenes y niños— se pueden programar fácilmente para que así suceda.

Una de las maneras más coloquiales de recibir toda esa información son las canciones que, a través de la repetición de mensajes sobre la necesidad de amor o la falta del mismo, llegan al inconsciente influyendo en «el sistema operativo» mental. Abordaré este tema con mayor profundidad más adelante.

Es por ello que la falta de un soporte educativo con bases morales espirituales (no necesariamente religiosas) con una creencia en un ser superior supremo contribuye a la desinformación o mala información. Se tenga un dogma religioso o no, la necesidad de creer en un ser superior es otro de los aspectos que el ser humano ya tiene programado. Cuando existe una carencia espiritual, invariablemente se crea una sensación de vacío que no se puede llenar con absolutamente nada; al contrario, el que lo sufre busca compulsivamente llenar un vacío cuya procedencia desconoce.

Por ello, es necesario crear conexiones espirituales, desarrollar la autoconfianza y autoestima saludables, así como una comunicación asertiva parental, etcétera. Estos elementos, de los que cada día carecemos más, son básicos para el desarrollo emocional de un niño.

En la actualidad, algunos padres jóvenes, que además de haber crecido con sus propios conflictos de infancia a los que comúnmente un ser cualquiera se enfrenta, han estado a expensas de la mercadotecnia sexual, creando fuertes vacíos y necesidades afectivas insaciables. Estos padres educan niños que crecen cegados por satisfacer su seguridad, sin responsabilidad ni conciencia de sí mismos; en su mayoría, exponen a sus hijos a circunstancias no saludables de crecimiento emocional. Queda claro que estos comportamientos no son conscientes, sin embargo, son frecuentes y automáticos en su repetición de patrones.

El resultado es una humanidad basada en el apetito por el reconocimiento virtual, viral, social y superficial; seres humanos carentes de seguridad en sí mismos, sin herramientas orgánicas, fuertes y saludables de relación con los demás, desesperados por encontrar el amor a toda costa y en lo que sea.

Es innegable que el amor siempre ha sido la llave que abre todas las puertas. Desde la expresión emocional más desgarradora, lacerante y dolorosa, hasta la más sutil, inocente y hermosa, todas tienen como base el amor, su búsqueda o la falta del mismo. Ése es el motivo por el que la historia hoy sea como es. Ha causado o abolido guerras, gobiernos, determinado tratados, unido países, destruido otros tantos; destruido familias, asesinado amantes, amarrado tratos; ha creado y destruido a la humanidad.

El problema es cuando al ser humano se le olvida que el amor vibra en cada una de sus células y átomos, entonces empieza a buscarlo compulsivamente en el exterior, ya sea de forma efímera o profunda, pero de manera desesperada.

Veamos: el ser humano nace lleno de amor en su software emocional integrado. Se dice que la felicidad es el estado natural del ser humano. Sin embargo, al crecer, su historial con los apegos se va canalizando del exterior al interior, en lugar de emanar el amor de adentro hacia afuera.

Cuando un niño nace, la dependencia es una etapa obligatoria y necesaria para el fortalecimiento y confianza vital del crecimiento humano. En especial la parental, ya que en ella se forman los vínculos más importantes de amor con uno mismo y con los demás. Los arquetipos de padre y madre son las primeras imágenes masculinas y femeninas que se traducirán en todas las relaciones que se tengan; son el punto de referencia, no importan los defectos o virtudes de nuestros padres, o si nos gusta o no su forma de ser; es desde esa imagen donde se proyectan las futuras relaciones interpersonales. Por esta razón, es importante que los padres asuman la responsabilidad para proteger y asegurar la crianza no solo física sino emocional de los adultos del mañana.

Este libro es una recopilación de historias reales —a excepción de los nombres de los protagonistas— sobre las múltiples formas en que se puede manifestar esa famélica forma de amar; y una de las intenciones es prevenir a tiempo de relaciones enfermizas que nos hagan caer en el ciclo compulsivo del amor.

Por otro lado, podremos constatar que la codependencia no sólo se limita a las relaciones interpersonales de pareja, sino que está a merced de cualquier tipo de relación que el ser humano tenga de forma enfermiza, ya sea con situaciones, objetos, animales o personas. Tan patológico puede llegar a ser una relación codependiente con una cosa o con la otra, porque ya no será el qué sino el para qué se está creando y alimentando ese lazo enfermizo que destroza el vínculo sano de las relaciones.

El propósito de este libro es abrir la ventana a un panorama de relaciones saludables, cualquiera que éstas sean, y crear una mirada introspectiva con la que podamos darnos cuenta de que, algunas veces y casi de forma inconsciente, podemos estar manejando una codependencia por más inocente que sea el interés de la relación o el tipo de «objeto» a lo que se esté apegado.

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AMAR LO QUE NECESITO
MÁS QUE A MÍ MISMO


Hoy por hoy, el término codependencia es un trending topic —con hashtag incluido— en el lenguaje de las relaciones humanas y las redes sociales. Es muy común escuchar a las personas diagnosticar a diestra y siniestra con enfermedades mentales y emocionales tan sólo por notar ciertas características o comportamientos en las personas. A pesar de que este término en el área de la salud mental no tiene más de cincuenta años de antigüedad, su manifestación ha persistido desde que el hombre ha aprendido a vivir en sociedad. Es decir: los apegos han estado a la orden del día en las relaciones desde siempre.

En palabras simples, la codependencia es una condición mental donde los pensamientos, actos y emociones de una persona giran obsesivamente alrededor de una cosa, situación o persona. Aquello a lo que —o a quien— se decide darle todo el poder e interés, se le atribuyen características que cubren las necesidades de quien las deposita. Es como cuando al relacionarnos con alguien o algo, decimos: «Yo creo-veo-siento que tú (o esto) tienes lo que necesito».

De manera persistente, el objeto del deseo —cosa, objeto, situación o persona— se convierte en la idea central de su mente para quien considera que no posee todo aquello que ve en lo otro; cree que así puede cubrir esas necesidades. Las emociones, el pensamiento y las acciones giran alrededor de eso que se desea tener consigo.

En la codependencia afectiva de las relaciones, o cuando necesitamos que los demás cubran nuestros vacíos con su presencia, el objeto del deseo se convierte en un anhelo, en algo profundamente anhelado y «amado». Anoto la palabra amado entre comillas, porque cuando hablamos de afectos que intentan compensar emociones internas no resueltas o llenar huecos en el corazón, no se le puede llamar en esencia amor, sino apego.

Veamos esta importante diferencia: el sentimiento del amor es la energía afectiva más pura que existe por sí misma. Quien realmente se permite vibrar en el más alto amor, en el amor verdadero, no posee, no necesita, no controla, no cela, no se aferra al amado. Es la mera libertad de permitir ser en esencia al otro y de permitirse a sí mismo sentir sin aferrarse a recibir de igual manera.

Es decir, que quien realmente ama, se permite sentir la emoción sin esperar ser correspondido por más que esto sea su mayor deseo. Claro, si no es correspondido seguramente le dolerá, pero no sufre. El dolor es inherente a las emociones humanas, sí y es importante vivirlo estrictamente como una etapa del duelo. Sin embargo, en la pureza del acto de amar no tiene por qué existir reciprocidad para completarse el sentimiento del amor. Una relación de afectos saludables está basada en el respeto de las emociones mutuas y en la libertad del ser y de los sentimientos de cada individuo.

Por otro lado, cuando se ama por apego, la persona que se aferra emocionalmente a otra intenta llenar necesidades de su ego, generando relaciones basadas en cubrir con el otro lo que le falta a uno y, además, se espera recibir en la misma manera en que es dado el amor.

Querer a alguien de esta manera y unirse a ella por estos motivos, en gran medida inconscientes, hacen que el codependiente se ensimisme en la autosatisfacción de sus necesidades afectivas. Al no estar consciente de ello, comienza a tratar de controlar la relación para que no se le vaya de su vida. Desarrolla un fuerte temor al abandono y se obsesiona mental y conductualmente para mantener ese apego a su lado, sin importarle cuánto daño le pueda provocar a sí mismo y al que lo recibe.

Así que esto es la codependencia, unirse a alguien o mantenerse a su lado por completarse —no complementarse— a través de la otra persona. Y es un hecho, siempre que una relación tiene como base una unión para llenar lo que la falta al otro, está destinada al fracaso o a volverse enfermiza.

Hay una pregunta muy frecuente en las personas a propósito de este razonamiento: «¿Está mal necesitar a alguien en tu vida?». Un paciente me comentaba que él realmente se sentía muy feliz con su pareja, y hacía que él fuera sumamente feliz. Él siente que ella completa su felicidad y que realmente la necesita para serlo. «¿Qué puede haber de malo en ello?», me decía.

Mientras la relación permanece sin grandes cambios que alteren esa estabilidad emocional, todo puede ir viento en popa; la pareja podría tener la fortuna de perdurar así muchos años y «vivir felices para siempre»… Aparentemente no debería haber problema en que los dos se necesiten para ser felices, menos aún si el sentimiento es mutuo y se mantienen siempre juntos. Sin embargo, la vida generalmente es todo menos estable en sus circunstancias. Independientemente de que la relación entre ambos fuera pacífica y llena de positiva afectividad, los cambios propios del diario vivir pueden poner su universo a temblar. Supongamos que esta pareja estable y amorosa disfruta plenamente de estar unidos. Su felicidad depende de ambos y la reciprocidad es total. Hasta aquí podríamos ir muy bien. Pero, ¿qué sucedería si alguno pierde la vida o, por causas de fuerza mayor, se ven obligados a separarse?

Si su felicidad se ha basado en amar al otro más que a sí mismo, si la estabilidad de sus estructuras psíquicas y emocionales depende de que el otro esté o no a su lado, bajo estas circunstancias, una ruptura puede desatarse un verdadero caos emocional; es frecuente que se caiga en depresión, se tengan ideas o intentos suicidas, o que simplemente se pierda el sentido del amor o la vida cuando ya no se tiene «asegurado» al ser amado, quedando así destinado a un coma emocional.

Es por ello que desarrollar la capacidad resiliente del amor, esa capacidad para sobreponerse a cualquier catástrofe emocional sin morir en el intento, es esencial para la supervivencia de la estabilidad afectiva del ser.

Esta idea del sentido de vida a partir de uno mismo y no del prójimo, es lo que podría salvarle la vida a alguien si, por alguna circunstancia extraordinaria, se ve en la necesidad de salir solo adelante. Como debería de ser. Esto se ve claramente en las grandes guerras o catástrofes naturales, en las que no se salva el más fuerte físicamente, sino aquel que lo es mentalmente; esta es la fortaleza que necesitamos para sobrevivir, y la mente no se puede permitir añorar o necesitar a alguien en esos momentos, porque se puede perder hasta la vida.

Así que le respondo a mi paciente: «No, no es que esté mal que encuentres la felicidad en tu pareja. Lo que sí está fatal es que dependas de ella para ser feliz».

Cuántas veces hemos escuchado sobre aquello que les sucede a algunas parejas de muchos años: cuando muere uno de ellos, al poco tiempo fallece el otro. «Se lo llevó», dice la gente. Se dejó morir, más bien; no soportó vivir sin el otro, de quien dependía su felicidad, y se abandona hasta la muerte.

Amar a otro más que a sí mismo no es amar, se llama «necesidad de amar y ser amado»; no se puede amar a alguien si uno no se ama —saludablemente— primero a sí mismo. Toda esa emoción de supuesto amor por alguien más, si se tiene total falta de amor propio, proviene de la necesidad de depositar en alguien sus sentimientos, de ser retribuidos, de ser compensados, de llenar el enorme vacío, de tener miedo a quedarse solo y morir.

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LAS CARAS DE LA CODEPENDENCIA


Las razones por las que una persona genera una relación codependiente se manifiestan en muchas formas. La historia del desarrollo afectivo que cada hombre y mujer tiene delinea su identidad emocional, es decir, su historia se convierte en un patrón de relación con sus parejas. Si alguien arrastra desde su infancia un fuerte trauma de abandono físico o emocional, de negligencia, de dolor o cualquier daño que haya recibido durante su formación, eso será una referencia para construir y establecer sus relaciones futuras; normalmente en la pareja ese patrón se manifiesta de manera más evidente.

Por lo tanto, una persona que ha interpretado su vida desde el desamor en cualquiera de sus formas, generalmente se relaciona con otros a través de una personalidad fracturada; los otros también están fracturados, de ahí esa frase tan famosa: «Siempre hay un roto para un descosido».

Es muy cierto que cada padre de familia hace lo que puede con lo que tiene desde su conciencia, inconsciencia o negligencia; sin embargo, cada niño, desde su individualidad, interpreta de distintas maneras la historia de los otros miembros de su familia, aunque hayan vivido en el mismo hogar. Sin importar si los padres lo hicieron bien o mal, o si la sociedad hizo lo mejor que pudo o no, el conjunto de todos los factores externos e internos que intervienen la personalidad es lo que va a forjar y la forma en que se va a manifestar la conducta de cada ser humano, así como su forma de manipular el mundo.

Lo que para algunos fue una inocencia traumatizante, para otros pudo convertirse en una oportunidad de modificar patrones y cancelar la repetición de los mismos. Es verdad que hasta que crecemos y nos relacionamos se determina la asimilación de la propia historia y el éxito o fracaso afectivo.

Las figuras parentelas son de vital importancia, a partir de ellas los niños construyen todas sus futuras relaciones humanas. La familia simboliza, como núcleo, los primeros modelos de todas las representaciones en la idea de hombre y mujer. Los roles que cada uno desempeña en la familia y la manera de relacionarse de los padres con sus hijos, determinará en gran medida cómo el niño interpreta la realidad y manera de concebir su propia historia.

Por ello, basta que el niño haya interpretado la relación con alguno de sus padres con carencia —aunque hayan estado o no con el niño cuando los necesitaba, que no le hayan dado las expresiones de afecto como el niño lo requería, etcétera—, para quedar marcado de por vida con un patrón de relaciones codependientes, buscando en sus parejas lo que no pudo satisfacer en sus etapas primarias de desarrollo.

La otra cara de la moneda —y la que vemos con más frecuencia— es que no siempre tiene que haber abandono, abuso o maltrato para que se forma una personalidad codependiente. Existen otras maneras con las que los padres les dan a entender a sus hijos que no son capaces de hacer nada sin ellos, sobreprotegiendo y creando niños altamente inseguros, dependientes e inmaduros.

Cuando se cuida en extremo a un niño por el miedo del padre o madre a exponerlo a algún daño, de manera inconsciente se le envían mensajes como: «Tú no puedes hacer esto solo», «conmigo te sientes seguro», «no eres capaz de tomar decisiones por ti mismo», «el mundo es inseguro, necesitas de una madre/padre para sobrevivir a él»; el amor desmedido del progenitor afecta a su hijo al llenarlo de miedos y no proporcionarle herramientas internas saludables para enfrentar al mundo.

Cuando ese niño crece y ve que sus padres no pueden continuar resolviéndole su existencia, se aferra a una pareja con un rol más bien de padre o madre que le dé la seguridad y confort que tuvo siempre. Esos niños crecen físicamente pero no maduran; son adultos con el «síndrome de Peter Pan», que viven en el país de «nunca querer crecer», aferrándose a una Wendy que los proteja siempre.

En la búsqueda desesperada de pareja en las edades más tempranas, se tiende a aceptar lo que sea con tal de compensar las carencias afectivas que se sufrieron en la infancia por alguno de los progenitores. En este caso, la ley de la atracción está determinada por los patrones repetitivos del núcleo familiar, incluso por generaciones y generaciones que fueron víctimas de otras víctimas; así es como se heredan comportamientos por años y años. No es casualidad sino causalidad el hecho de que frecuentemente las personas refieren premisas como las siguientes: «Siempre atraigo parejas casadas», «todas mis parejas se parecen a mi madre/padre», etcétera.

Sin embargo, no en todas las historias de dependencia tiene que existir un abandono, sino que simplemente el medio no satisfizo sus necesidades al niño o niña de forma saludable, y eso se proyecta al mundo con todas sus defensas activadas para poder mantenerse a flote de la mejor forma posible.

En estos autosalvavidas emocionales se pueden generar patrones de codependencia al repetir cadenas de victimización, chantaje, complejos de salvador o victimario; vengándose, autosaboteándose, etcétera.

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DIME CON QUIÉN ANDAS Y TE DIRÉ EN QUIÉN TE ESTÁS CONVIRTIENDO

pleca La verdad es que ya no recuerdo quién soy sin pareja. Desde los 10 años de edad tengo pareja. Ahora tengo un miedo terrible a saber quién soy; me conozco sólo a través de lo que a mis parejas les gusta, lo que ellos quieren, lo que deciden por mí. No sé quién soy si estoy sola.

—Gloria, 46 años

Las palabras textuales de Gloria nos muestran a una mujer que por primera vez —y por obligación— se enfrenta a sí misma; se enfrenta a estar sin pareja después de evitar estar sola a lo largo de tantos años.

Uno puede perderse tanto entre relación y relación, que se llega a un punto en el que la propia identidad se mimetiza por completo con la de la pareja. Hay personas que han brincado de relación en relación prácticamente desde que eran unos niños; pasan años y años sin descubrir quiénes son sin una pareja. Sin importar cuán tempranas sean estas relaciones, no dejan de manifestarse en ellas los primeros patrones que definen relaciones posteriores. El problema es que la tendencia de esos patrones es ir empeorando, encontrándose cada vez en una relación peor que la anterior.

Esto es muy notorio sobre todo en la adolescencia, donde el intento por ser agradado, aceptado y amado pulula aún más que en el resto de las edades. Al tener una relación, con frecuencia los codependientes llegan a olvidarse de sí mismos y dejan de lado prácticamente todo lo que hacen, en especial su individualidad, por temor a que la pareja los abandone y quedarse solos. En etapas tempranas, esto es una terrible amenaza a la identidad si ésta no se ha ido formando adecuadamente.

En el caso de Gloria, podemos notar que ella había sido tan complaciente con todas sus parejas que olvidó definitivamente quién era por sí misma, qué le gustaba; vaya, no sabía ya ni cuál era su género de película favorito, ni el tipo de comida que más le agradaba.

A esta mujer había que enseñarle habilidades para la asertividad, toma de decisiones y resolución de problemas, pues le aterraba quedarse sin saber qué decir cada vez que sus parejas le preguntaban algo y debía tomar una decisión; todo lo dejaba en manos de sus parejas, mandando así la señal de ser una mujer altamente dependiente; una idea muy diferente a la impresión que de ella tienes cuando la conoces: Gloria es alta, fornida y guapa, pero al comenzar a tratarla, fácilmente ves todo lo contrario: una niña débil y frágil.

Lo primero que llegaba a la mente de Gloria es el temor a que su pareja la dejara y, entre sus recuerdos inconscientes de temor al abandono por su padre, terminaba en llanto. Se sentía insegura y aceptaba cualquier disposición aunque ella no estuviera de acuerdo con lo que se le estaba proponiendo o con la decisión tomada.

Por increíble que parezca, es así como podemos llegar a olvidar que tenemos una identidad ajena a la del ser que amamos. Todo lo que hacemos, incluyendo cada una de las cosas más sencillas que podríamos elegir en la vida, se vuelcan en el otro, justificándose con la premisa de «para que no haya problemas, accedo a lo que quiere; total, a mí no me afecta, eso que desea no es tan importante para mí».

Pero el punto aquí no es si tal o cual decisión es o no importante para nosotros, sino que comenzamos a ser desleales con nosotros mismos; dejamos de tomar decisiones por temor a que quien las está tomando por nosotros nos abandone. No importa cuán insignificante puede llegar a ser una decisión, se trata de no tener miedo a expresarnos. El resto se trata de ponerse de acuerdo para llegar a un punto medio sobre lo que los dos desean. U

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