Los mercadólogos a su cargo le llaman a Sergio Romo, Sergio “Promo”, por su incapacidad de vender un champú sin que esto implique obsequiar boletos gratis para ver a la Selección Mexicana contra Trinidad y Tobago. Hombre educado en otro clima comercial llegó el siglo pasado a la poderosa gerencia continental del refresco de soda Pepsi obsequiando camionetotas a cambio de un proceso casi arcaico: llamar por teléfono, registrar el código que venía en las taparroscas marcadas y así participar en un sorteo. “Mientras más refrescos compres más posibilidades tienes de ganar”, gritaban los anuncios de televisión. El sistema se adaptó al vertiginoso mundo digital de inicios de siglo XXI: “Escanea el código en las tapas participantes, regístralo en nuestra app y gana”, rezan los tuits.
¿Pero gana qué?
A los consumidores meta de hoy en día no les interesan las estampillas coleccionables o los viajes para dos personas con todos los gastos pagados a Disneylandia. De hecho ya ni siquiera se les llama consumidores meta. A partir de que el bebedizo Red Bull arrojó a un hombre desde la estratósfera con su logo en la espalda, nada volvió a ser lo mismo en la forma de vender un producto. La moda entre dentífricos, aguas embotelladas y gomas de mascar es salvar al mundo, apoyar a una comunidad indígena en su lucha contra el cáncer de mama o generar conciencia al respecto de la isla de basura que flota en los océanos. En la opinión de Sergio Romo, ¡puras mamadas al meón!
—Mamadas al meón —grita sin que venga mucho al caso. Todos los presentes en la sala de juntas se vuelven chiquititos ante su perfumada furia de CEO.
Verifica que no se haya desacomodado su corbata color green screen y acaricia el borde de su taza de la suerte, rotulada con el diseño retro de la refresquera. En esos dos sencillos actos queda definido por completo el hombre: lleva años rasguñándole al joven siglo un poco más de vigencia empresarial. ¿Será acaso que ya estás viejo, Sergio? ¿Éste es el final de tu carrera?, se pregunta por las mañanas frente al espejo esperando a que la crema antiarrugas seque por completo. Mira los caóticos códigos QR en las vallas publicitarias y siente melancolía por los formales y estéticos códigos de barras de su era. Sí está viejo y sí llega su carrera a un irremediable final. Ahora mismo, frente a la plana de ineptos que lidera, siente que las orejas le cuelgan por culpa de los piercings. Y sus gafas con patas rojas y detalles ajedrezados lo hacen lucir idiota. Todo con tal de mantenerse reinante entre aquel grupo de escuincles con crudas de cocaína. No hay en todo su equipo una sola persona que no viva en una perpetua tornaboda. Es como si se bañaran diario en confeti, medita desde las alturas del organigrama y a la cabeza de una junta de revisión creativa que ya duró más de lo que debería.
—¿Cómo dijo, señor? —pregunta alguien.
—Mamadas al meón —reitera, pero ahora controlado y respirando quedito.
Observa el miedo en los ojos de sus expertos en redes sociales y community managers. A su parecer: niños pedorros que presumen de ser expertos en algo que no existía hace cuatro años y que probablemente no existirá en dos. Expertos en estornudos, casi casi. Justifican su sueldo diciendo que son la voz de la marca. ¡Botargas sofisticadas, es lo que son! La silla reclinable de Sergio Romo es la única que rechina.
Sergio Romo observa inquisitoriamente a las cabecillas de su agencia de publicidad: dos argentinos que tomaron el curso propedéutico de creatividad que dan en el vuelo Buenos Aires-Ciudad de México, y ahora ganan lo suficiente como para que sus tenis jamás luzcan desgastados. A menos, claro, que la moda sea que tus tenis luzcan desgastados. Presumiendo sendos peinados de futbolista con un mundial de retraso, esperan a que la ejecutiva de cuentas termine de leer su presentación estratégica de sesenta slides en Power Point. Ella habla y habla. Sergio nota que está enlutada. Manipula los ruidos que genera su asiento dejando ir y venir sus 75 kilos de hombrecillo saludable que corre una maratón al mes y no bebe ni por accidente el producto cuyas ventas debe triplicar este año. Ése es uno de los logros de los que Sergio Romo se enorgullece con la malicia de un satán. Bajo su mandato, marcas como Pepsi han conseguido cambiar la historia: que los pobres sean obesos y los ricos, flacos.
Al lado de los dos sudamericanos está Luis Pastrana, el redactor del equipo. Es decir: el que hace todo el trabajo duro. Sin embargo, su participación en estas juntas es irrelevante, lo llevan para hacer bulto. Él aprovecha que nadie lo observa para sacarse un moco.
Ante la reiterada majadería, la ejecutiva de cuentas toma asiento. El vicepresidente creativo toma la palabra. Habla en un tono entre chilango y bonaerense, que es como un tango lleno de albures involuntarios:
—Acá en corto y brincándonos la paja de planning, la promoción será: escaneá el código QR en las tapas participantes, registralo en nuestra app y ganá un concierto de Biuti Full para tu ciudad. Así, tal cual, un concierto de nuestro spokeperson en… equis sitio.
Jamás se imaginó Sergio Romo que acabaría extrañando un código de barras. Han sido días pesadillezcos. Desde que cerró un contrato millonario con el reguetonero ese, no ha habido sino problemas y más problemas.
—Es decir, papi, la gente será quien elija a dónde mandamos al pibe a dar un recital, ¿viste? Comprás una Pepsi, registrás una clave y votás por, no sé, la loma del orto —y como al creativo nadie le dijo que la redundancia cierra las puertas del paraíso, concluye, inspirado—, el sitio en el mundo que más likes tenga se gana un concierto de Biuti Full patrocinado por Pepsi. Vos, Sergio, fuiste el pionero de este tipo de promos. Es retro, che.
Sergio Romo sonríe. La iniciativa poco tiene que ver con apoyar a una comunidad indígena en su lucha contra el cáncer de mama pero Sergio Romo sonríe. Se pone de pie y observa el paisaje santafesino como si pasara lista de asistencia a todos los edificios y centros comerciales que se alcanzan a ver. La silla sigue rechinando aun sin él encima.
No suena descabellada aquella idea: mandar al reguetonero adonde la gente decida.
Por la ventana se mueven los cables que sostienen a un empleado que lava los vidrios de ese edificio inteligente de 24 pisos. Sergio se le queda viendo. Aquel empleado, dándole la espalda al abismo encima de una plataforma tembleque, amenaza con arrojar un chist de jabón. Tiene el cuerpo embarrado de la mugre acumulada en tan inhumanas alturas. Como si se tratara de un limpiaparabrisas de crucero, Sergio le señala con una rotunda indicación que “hoy no, gracias”. Hoy no quiere que laven su edificio, pero gracias. Megalómano de pacotilla.
—¿Y si la gente vota por, no sé, Celaya o algún lugar naco? —pregunta uno de los asistentes de Romo. Él es de Puebla.
—O algo peor: Apodaca —dice otro, un regio.
—O Ciudad Neza —comenta otro, en este caso es un gringo.
—Nada de eso. Por pura lógica ganará un sitio con muchos habitantes. De Miami a Guadalajara para arriba. Una cosa bárbara. Documentamos toda la competencia, el viaje, entrevistas, premios, beneficios sociales para la ciudad ganadora… ¿viste?
El representante del cantante de reguetón conocido como Biuti Full suda la gota gorda. Ha estado bajo demasiada presión. Hasta ese momento, durante toda la junta, no ha intervenido para nada. Está aún muy fresco el incidente en Las Vegas: Biuti Full bebiendo cubas con Diet Coke. El último sencillo es una descripción medianamente rimada de una orgía interracial, canción que ha provocado polémica y la rampante furia de las abuelitas. Además, la esposa del representante quiere remodelar la casa de nuevo, quiere embarazarse de nuevo, quiere ir a Egipto de nuevo. ¡Carajo! Nuestro amigo sabe que Pepsi lo tiene agarrado de los huevos. Dentro de unos minutos todos en la sala de juntas voltearán a verlo para que él dé el visto bueno.
¿Que la gente compita por un concierto, votando?
No suena tan mal.
Debe lucir relajado: después de todo es el representante en la tierra de su Deliciosa Magnificencia Soberana El Rey Biuti Full Capuleto Balboa Junior. Alarga la mano con rumbo a una de las galletas de coco al centro de la mesa. Es hasta varias mordidas después que le cae el veinte de que él nació, precisamente, en Apodaca, barrio marginal en su Sultana añorada. Que cada quien sea Proust a su manera. El representante recuerda su juventud. Evoca a los compas de la cuadra y a sí mismo matando lechuzas ante la aprobación de los adultos y la prensa local. Todavía a la fecha en esa zona del país se cree que los búhos realmente son brujas. A cada rato salen en las noticias las aves asesinadas a pedradas. Sonríe.
Biuti Full no se acuerda por qué se hizo ese tatuaje del Gato Félix. Lo observa con fastidio en el nacimiento de su brazo. Está insoportablemente frito, crudo de cosas imprecisas mezcladas a lo pendejo y demasiado temprano durante varios días seguidos. No siente las manos. No siente el bolígrafo en las manos. No siente que al apoyarlo en una superficie, aquel garabato resultante tenga nada que ver con él. Escucha ecos superpuestos de cosas que le dijeron diferentes personas a lo largo de toda la semana. El mar está ahí, a tiro de piedra. Alguna vez le prometió a una mujer que lo transformaría en pozole si ella se lo pedía. No pudo, por más que lo intentó. ¡El soberano no pudo transformar los océanos en un gigantesco caldo!
Al lado del Gato Félix hay unas alas de ángel mezcladas con alas de demonio que representan a sus difuntos abuelos. Sus nombres podían leerse en forma de aureola antes de que la tinta se encharcara y tuvieran que fusionarlos con la detalladísima tela de araña y el camposanto inconcluso que abarcan todo el musculoso antebrazo y se funden para transformarse en la cinta de un cassette musical. En el hombro sonríe torpemente una calaca más bien cabezona, como si tuviera síndrome de Down. Más abajo, en la cara oculta del brazo, empieza el listado. Siendo muy joven se mandó a tatuar nombres de mujeres en toda la extremidad. Dichos nombres se presentan en desorden, en una sola columna y diseñados con diferentes tipografías disque manuscritas y con patines quizá demasiado libres y abigarrados. Parecen una familia de colas de papalote. Uno de los nombres tiene una tierna falta de ortografía. El resto son chicas que sacó de una Sección Amarilla al azar, mezclándolos indistintamente. Son los nombres hipotéticos de las fans que anhelaba poseer en la juventud. Después vienen los hinchados ríos bicolores en los paisajes de sus muñecas, enmarcados por relojes obesos y esclavas ostentosas con las iniciales B. F. de su distintivo oficial. Deja caer el bolígrafo y mira, en la palma de su mano temblorosa, la que supuestamente es la línea de la vida. En ese pliegue de la piel se estipuló que carecería de descendencia y pudo prever desde niño esa casa en la playa, el blinblineo en sus dientes y sus cinco carrazos pimpeados. Lo predijo su abuela bruja. Por traer tantos anillos, los dedos del reguetonero se le asemejan a deliciosas salchichitas cocteleras, sonrosadas y pacientemente fritas. Más bien tiene hambre, pero no recuerda si ya comió. Uniendo sus puños, en los nudillos de ambas manos, se leen las letras que forman el mote con que se dio a conocer en las calles hace ya más tiempo del que las brutales crudas le permiten evocar.
Antes. “Cuando tenía piojos”, como dice él.
En otras palabras: antes del primer éxito y la ola de perreos que éste generó, antes de los discos de oro, antes de las muchedumbres que se saben sus canciones y antes del contrato con la mierda negra Pepsi. Todo era más sencillo antes: “Cuando todo se trataba sencillamente de hacer sandungueo para que la raza bailara restregándose el cuerpo sabroso, perreando tan abajo que el diablo acaba besándole el traste a uno”.
Frente a Biuti Full está su representante, completamente empapado con el sudor de dos viajes en avión; ojeroso, panzón y mal rasurado. Tiene un sombrero vaquero que no es de su talla y por lo mismo le interesa al viento; también tiene los músculos del cuello repletos de abultadas conexiones y una sonrisa de niño que aprendió majaderías nuevas. El representante toma el bolígrafo del suelo, le sacude la arena y lo coloca de nuevo entre los dedos de su mal portado cliente. Le palmea la espalda.
—Carmen Mauleón —le dice.
Y, encima de una fotografía suya, el músico a regañadientes escribe: “Para Carmen Mauleón”.
—Mauleón con acento en la “o”.
Biuti Full repara en la fotografía. Es en blanco y negro, de cuando todavía traía tres kilos de rastas en la cabeza. Toma el retrato y se lo acerca a la cara apretando ambos párpados. Reconoce una versión de sí mismo menos corpulenta e incluso flacucha pero con una sonrisa que no le cabe en el rostro. Recuerda aquella sesión entre los algodones cinematográficos del recuerdo. Lo obligaron a usar tirantes sin playera, él estaba intoxicadísimo y enamorado: acababa de coger.
—Carmen con “c” de casa.
Biuti Full alza la mirada. Mira a su actual mujer trofeo emerger del mar. Nada sensual ni parecido a lo que pasa en sus videoclips musicales. Más bien es como si el mar la escupiera. En este momento ella es sólo un punto a la distancia. Un costoso punto prieto y fuera de foco rodeado de un mar fuera de foco y de un cielo fuera de foco. El bolígrafo luce indefenso en medio de su puño lleno de llagas por las pesas y por tomar el micrófono con la furia de mil barrios en llamas.
—Concéntrate, amigo. Va otro. Cristóbal Bilbao. Ese lleva acento en la primera “o”.
Biuti Full escribe las letras que forman tal nombre con dolorosa parsimonia, el resultado parece la caca que le cuelga a un pez nadando en su pecera. Arriba de su rúbrica dibuja una pequeña corona. Siempre ha querido acompañarla de un número flotando, como hacen los futbolistas. En alguna fase de su vida incluso intentó una pequeña nota musical.
—El que sigue está complicado, te lo deletreo. Manuel Massonneau. A ése ponle algún mensaje, no sólo el nombre. Con cariño… con afecto…
—¿Con cariño y afecto, maleante?
—Sólo uno de los dos, no seas joto. O lo que se te ocurra. No es literal. Ponle, ándale.
Biuti Full ya no se acuerda por qué permite que lo traten como si fuera un imbécil o un niño de ocho años. La mujer se va acercando. Ha dejado de ser un punto indeterminado, ahora es una silueta imponente pero también vaga. Él garrapatea. Sin mensaje especial y con las letras todas encimadas, incluso ilegibles. Confuso, el garabato juzga a su creador. Las dos eses del apellido quedan casualmente encima de donde actualmente hay un inexplicable tatuaje del Gato Félix. ¿Por qué chingados se puso a ese personaje? No recuerda atesorar tal caricatura ni mucho menos. Él era más de Don Gato y su pandilla. La cruda transforma su cerebro en una jerga. Un dolor inexplicable le revolotea por todo el cráneo. Flap, flap, flap, una ola, otra ola, otra ola.
—Ahí te va el del mero cabrón. Escríbelo chingón, que se lea bien. Sergio Romo.
¿En qué momento escribir un nombre se volvió una labor tan complicada? La mujer está enfrente de Biuti Full. Su cuerpo empapado con rescoldos del océano Atlántico salpica las fotos a la par que ella le truena los dedos. Él se levanta a medias y le entrega la toalla sobre la que estaba sentado. Desde hace varias semanas al reguetonero le dan unos súbitos ataques de ansiedad que sólo se aminoran mordiendo fuerte cosas suaves. Por ejemplo, los cuellos de sus camisas. Por eso los lleva todos deshilachados y chiclosos, con el olor de la saliva acumulada. En su cabeza, se vuelve imposible tener que realizar tareas sencillas como marcar un teléfono o decirle al chofer a dónde quiere que lo lleve o cortar un bistec en pedacitos. Piensa que en algún momento tendrá que llamar a alguien por teléfono o transportarse o comer. Y sólo de pensarlas, aquellas actividades se le presentan como imposibles, propias de astronautas o científicos. Desearía jamás tener que escribir una vez más su nombre. Pero su representante lo tiene agarrado de los huevos. Su terapeuta por Skype es un cínico paparazzi. Su actual mujer trofeo es una ingrata hija de puta. El mar es de llanto, no un delicioso pozole rojo. Se le antoja una cuba con Coca-Cola de dieta.
—Ser gio ro mo —dice el representante, escandiendo y afianzándose el sombrero con una mano.
—Mi amor, ¿me puedes ayudar a escribir un nombre? ¿Puedes firmar por mí? —suplica Biuti Full—. ¿Te sale mi letra?
Ella envuelve su cabeza con la toalla, prescindiendo del mundo por unos instantes. Debajo de la tela empapada se escucha una voz suavecita.
—Eres un pinche cliché, negro. Haz tus cosas y no molestes.
Él escribe aquel nombre con cautela, una letra a la vez. A las “o” les pone unos como pezones. El representante comienza a carcajearse. Fuerte. Muy fuerte. Más fuerte.
—No seas cabrón. Escucha esta maravilla. En la agencia de publicidad de Pepsi hay un vatillo que se llama Cafiaspirino. Dedícale un autógrafo a Cafiaspirino Montoya. Ay, pinche gente puñetas.
Y el representante no cesa de reír mientras se pone de pie con rumbo a la cantina. Las olas también se ríen, una tras otra: el infinito borroso, ¡botado de la risa! No le causa gracia el nombre Cafiaspirino. No ve Biuti Full donde se unen mar y cielo. No observa los archipiélagos de gotas en la piel de su actual mujer trofeo, mudan en delicioso y lento éxodo desde el tramp stamp hasta la pantorrilla. La arena es un burdo tapete café y no innumerables granitos tan ínfimos como prodigiosos. Si bien Biuti Full ha sospechado desde siempre que necesita lentes, se niega a hacerse el examen de la vista. Un músico de su talla con miopía y astigmatismo, ¿un reguetonero con pupilentes? Primero muerto. Para él la realidad es una fiesta de manchones difusos, pelusas de colores sin textura ni detalle. Los rostros de sus seguidores en los conciertos son una masa color carne a la que los estrobos tonifican u ocultan. Una pesadilla. Fieras de color inquieto que lo someten aun dormido o ebrio o drogado. Además no sabe si Cafiaspirino va con “c” o con “k” y no logra recordar por qué chingados se hizo un tatuaje de Félix el gato, pudiendo ser Benito Bodoque.
Alma Delia salió a dar un rol en su bici. Necesita pensar, tomar decisiones, abstraerse por un rato. Le urge desairar sus problemas sudando. Es verdad eso que leyó por ahí: la verdadera velocidad de la vida es arriba de una bicicleta. Cuando la mira pasar, el hombre del valet parking le grita:
—Ay, pinche güera sabrosa.
Ella pedalea con celeridad, ignorándolo. Su progreso tiene gusto a huida. Viene pensando en su hermana menor, Mónica. Su cruz. El problema con Mónica es que modifica la realidad para justificar sus pesadillas. A pesar de que sus historias son exageradas y casi irreales por sí mismas, le encanta ensalzarlas de más, glorificarlas o de plano aminorarlas o cambiarlas enteramente. Además, como está en la edad de las efervescencias, ha construido a su alrededor una saga propia de cogedera tan esporádica como incongruente. Si el tipito en turno no consiguió la erección, Mónica comenta que su tanga brillaba en la oscuridad. Si él era muy feo, Mónica encumbra su capacidad de ingerir turbochelas. Si él se llamaba Carlos, ella comenta que su nombre era Maxwell. Si él se quitó el condón a la mitad del acto para sentir más rico, Mónica narra que el hombre era un caballero y al día siguiente hasta fueron a desayunar y él pagó órdenes extra de guacamole. Ni siquiera son mentiras. ¿Qué son? Burdos desfases de la realidad. Disparates degenerados que Alma Delia solapa quién sabe por qué. Más que mitómana, Mónica es su propio camino del héroe, coro griego y dios metiche. Esta dinámica no aplica sólo en las historias sexuales sino también en el pasado lejano, en los proyectos a futuro y en el yermo presente. ¡Miente! Miente sobre cosas en las que no es productivo mentir. El colmo es que le da poco, o nulo, seguimiento a sus mentiras.
El lunes consiguió empleo como extra en un concierto en Alaska. Aún no es seguro, pero le avisan dentro de una semana. Dicen que si te embarazas estando allá, el gobierno te mantiene.
El martes la entrevistaron de un noticiero al respecto del nuevo reglamento de tránsito y saliendo se fue a su clase de cocina turca. Luego presenció un asalto al banco. Luego se tomó una foto en la que al fondo aparece el fantasma de un fraile. Ah, pero si le pides que te la muestre dice que, asustada, la borró.
El miércoles, ella aseguraba que era jueves.
El fin me voy a Acapulco, dijo Mónica el viernes. Y Alma Delia la escuchó recluída en su cuarto todo el sábado viendo series gringas. Risas grabadas sonando a todo volumen. Apenas la mañana del domingo coincidieron en la cocina, la hermana embustera finiquitó el trámite: “No te pude traer lo que me pediste, pinche Playa del Carmen, todo está en dólares”.
—¿A dónde con tanta prisa, güerita? —le grita uno de los que atienden el puesto de renta de sonideros. Alma atraviesa la cortina de hielo seco sin decir “agua va”.
Alma Delia, pues, sabe de antemano que su hermana es una mentirosa, jamás pone en tela de juicio las ficciones de la otra, las da por verdaderas y a veces incluso las fomenta y recalca. Sabe que no la aceptaron en la UNAM y que ella misma se imprimió una tira de materias con asignaturas y horarios inventados. Incluso se tomó la molestia de asegurarse asueto en todos los viernes del semestre. ¡Qué Alaska ni qué mangos!, sabe que las sofisticadas chambas que consigue consisten en doblar la ropa en un Zara o desear al espectador que disfrute su función a la entrada del cine. Sabe que sus amigos son o imaginarios o enemigos. Además usa uñas postizas.
—No te vayas, güera, ven —vocifera un repartidor de periódicos sin dientes.
Anoche Alma se enteró de que la mentira es incluso más grande, más retorcida y dolorosa. Mamá, cada vez más chiflada, llamó ebria. Palabras más o palabras menos, le dijo llorando que Mónica es adoptada. Hasta pareció un compejo chiste. Luego eso explicó muchas cosas de golpe. La fastidiosa verdad deformando la realidad aún más, encrudeciéndola como una fotografía con flash en medio de la noche. Alma Delia le dijo a su madre que mejor mañana hablaban y durmió sin inconvenientes pero a la mañana siguiente estalló en llanto invisible, el peor de todos. ¿Adoptada? La misma palabra se le presenta lejana, difícil de comprender. Le parece una palabra, de hecho, adoptada. Algo que jamás antes estuvo ahí.
Su hermana ya se había ido a la facultad pero le dejó preparados en el sartén unos huevos con jamón que más bien sabían y parecían la mitad de un emparedado de atún.
—Ay, güera, tu calzón —le grita uno de los albañiles del edificio en construcción. Seguido de un concierto de silbidos.
La porquería que sale de los escapes de los coches se mete en los ojos de Alma Delia. La ciudad, ondulada por los gases y emanaciones de los motores, se transforma en un enorme comal de carnitas. Todo lo que va del año en la Ciudad de México hay contingencias ambientales un día sí y un día no. Alma Delia dice que ya estamos como Sísifo, con la diferencia de que aquel cada vez que alcanza la cima con su piedrota, disfruta del aire fresco de la montaña.
—Ábrete, güerota —le alcanza a decir un repartidor de pizzas que la rebasa en su moto.
Alma siente que pedalea con las manos, que tiene ojos en la nuca, que su cabello es rubio. ¿Y ahora? ¿Le dirá a su hermana que no es su hermana? El sol luce desdibujado, falso también. Los nombres de las cosas están errados, también los reflejos en los charcos y espejos se han estropeado, las sombras no corresponden, hasta pareciera que por la noche modificaron la dirección en que transitan los autos por las calles. Va sin rumbo. Tampoco avanza en círculos. Tose y siente que sus muslos acabarán rozados. Compró esa bicicleta muy barata. Pero es de varón y el asiento la hace sentir muy incómoda. Todo es un desacierto. Pasa encima de un tramo de ladrillos y suena, a su espalda, un sonido futurista.
—¡Ay, güerita!, ¿todo eso tan sabroso? —le grita un estudiante de prepa.
Alma Delia se frena. Su perfume tarda en alcanzarla un par de segundos, su escandalosa cabellera castaña viene hecha un lío. Sin bajar del vehículo, con los dientes y los puños apretados le grita desesperada al escuincle:
—¡Te voy a enseñar el coño para que dejes de decirme güera, pendejo!
Y el chavo, riendo, la filma con la cámara de su teléfono todo el tiempo que dura el semáforo en rojo. Ciudad de México, 2019.
MAIL ENVIADO POR EMILIANO ZAPATA A ALMA DELIA
Te escribe Emiliano Zapata. En efecto, me llamo igual que el sanguinario líder revolucionario pero eso no es algo en lo que tengamos que detenernos mucho. Noto en tus redes sociales que tienes el hábito de la lectura así es que no debe parecerte desconocida mi siguiente referencia: Mefistófeles entra en casa del doctor Fausto en forma de perro.
De igual manera un día el gato Becario apareció en el portón de casa de mis padres usando una corbata de moño y mi madre, que no leyó El maestro y Margarita, le agarró cariño y lo atrajo con varios pssst pssst
